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Los que, tras un ataque terrorista islamista, señalan que el terror no tiene religión...

HAMED ABDEL-SAMAD · TEXTO



Los que, tras un ataque terrorista islamista, señalan que el terror no tiene religión, han descubierto tras el ataque a la mezquita en Nueva Zelanda que el terror tenía una raza. Las mismas personas que exigen con razón no poner bajo sospecha general a los musulmanes hablan ahora libremente del "hombre blanco" como una categoría.


A menudo tenemos tendencia a etiquetar a un grupo entero como víctimas o como autores. Pero la autoexaltación, la autoflagelación y la victimización son mecanismos que permiten escapar de la realidad.


Cada persona, sin distinción de raza o religión, es capaz de todo, tanto positivo como negativo. Sin embargo, existen factores y esquemas de pensamiento que favorecen el odio y la exclusión, como, por ejemplo, creer que el propio grupo es el elegido y está por encima de la humanidad. Este pensamiento es común entre los musulmanes tanto como entre los hombres blancos. Los "supremacistas blancos" no difieren mucho de los "supremacistas musulmanes". Ambos son exclusivos, y creen en una conspiración mundial contra ellos. Ambos tienen un proyecto colonial y sueñan con poner el mundo bajo su control. Ambos se detestan exteriormente, pero en realidad se inspiran y proveen con los mismos argumentos para la supervivencia.


La modernidad ha debilitado masivamente los tres pilares de la identidad clásica: la nación, la religión y la masculinidad. Esto nos permitió distanciarnos de esos anclajes identitarios o relativizarlos. Pocas personas pueden vivir con esta ambivalencia. Uno tiene necesidad  de contornos identitarios claros. Los supremacistas blancos y los supremacistas musulmanes llevan a cabo actualmente una contrarrevolución frente a la modernidad y quieren devolver a aquella trinidad su antigua fuerza.


La cuestión que se plantea ahora es la siguiente: ¿qué modelos de identidad tenemos en el mundo islámico y en Occidente como respuesta a esa contrarrevolución?


La asimetría económica, política y cultural entre Oriente y Occidente aumenta, alimentando el odio de los extremistas de ambos lados. La educación en el mundo islámico no logra romper con ese pensamiento excluyente y abrirse a modelos de identidad modernos y flexibles. En Occidente, en cambio, la modernidad y las Luces se relativizan en parte, a fin de integrar modos de vida inflexibles y, a veces, radicales. Esto inspira a la vez a los supremacistas blancos y a los supremacistas musulmanes, así como a otras corrientes radicales, y debilita la sensibilidad. Hasta ahora, hemos ampliado el pluralismo, pero no un denominador común para la coexistencia pacífica.


¡El problema es que nuestro compromiso con la libertad es tan débil como lo ha sido desde hace tiempo!


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