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‘Cristianismo e islam, una falsa igualdad’, Éric Zemmour

SAMI ALDEEB · TEXTO



Se ha convertido en un hábito. Un reflejo. Cuando se le pregunta sobre el velo islámico impuesto a las niñas pequeñas, Aurelien Taché, diputada de La República en Marcha [el partido de Macrón], lo compara con la diadema de las niñas en las familias católicas tradicionales. Un año antes, Christophe Castaner, entonces delegado general de La República en Marcha, también había evocado los "velos católicos que llevaban nuestras madres". Esta formulación la había plagiado, casi palabra por palabra, de Alain Juppé (que hablaba de su abuela). Uno llega así, como guinda del pastel (o azúcar en la delicia turca), a Marlène Schiappa que, unos días antes que Taché, veía una "convergencia ideológica" entre "la Manif pour tous" [el principal colectivo de asociaciones​ que organizó las mayores manifestaciones, en Francia, en oposición al matrimonio homosexual] y los "terroristas islamistas". Y cuando surgen protestas contra el Hijab running de Decathlon, unos y muchos otros denuncian la "histeria antiislámica" que cunde por el país.


Esta "convergencia ideológica" entre electos del partido de Macrón, o emparentados como Juppé, no es una casualidad. Quizás no sea una estrategia concertada, sino una comunión de pensamiento. Para esta gente, el islam no es más que un cristianismo de árabes. Por ignorancia, quieren creer que una religión vale lo mismo que la otra, que hay que meterlas todas en el saco de los "opios del pueblo". Hablarían con gusto de las "tres religiones del libro", sin saber que así estarían utilizando una fórmula coránica. Ignoran que ellos no hablarían de laicidad sin el cristianismo y que, para el islam, laicidad significa increencia.


Aurélien Taché dice en voz alta lo que el grueso de la tropa de La República en Marcha piensa por lo bajo cuando denuncia "el republicanismo guerrero" antimusulmán, sin darse cuenta de que a una pretendida "islamofobia", responden con una "cristianofobia" desinhibida.


La idea de estos "islamófilos" es situar en el mismo plano las dos religiones, para hacer olvidar que es el cristianismo el que ha hecho a Francia, mientras que el islam planea deshacerla para mejor rehacerla a su antojo.


Situar en plan de igualdad a las dos sirve a la nueva estrategia de los militantes islamistas que quieren apropiarse de Francia. De ahí la frase del salafista a Alain Finkielkraut: "Francia es nuestra". De ahí la reciente fórmula de la neolengua universitaria y mediática sobre los "barrios populares" del extrarradio.


Algunas feministas, todavía muy poco numerosas, se dan cuenta, por fin, de que esas mujeres con velo no es que sean sumisas en absoluto a sus maridos o a sus padres, sino que son militantes que quieren marcar la presencia del islam en la calle, con objeto de demostrar su fuerza y coaccionar a las "hermanas" musulmanas para que las imiten. Esta lógica separatista concierne también a los hombres que muestran ostentosamente su chilaba cuando van a la mezquita.


Este militantismo islámico se sirve de nuestras libertades y nuestra compasión tan cristiana (las melifluas referencias a nuestras "mamás" dirigidas a esas madres que acompañan las salidas escolares con el velo puesto, que el Ministro de Educación no fue capaz de prohibir debido a la oposición de su mayoría parlamentaria) para imponer su ideología totalitaria. Los adeptos de Macrón, en nombre del "Estado de derecho" y del "rechazo a la islamofobia" se han convertido en los tontos útiles de este proyecto conquistador.



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