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Para acabar de una vez con los "tres monoteísmos"

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Desde hace algunos años, en el diálogo interreligioso y en los medios de comunicación en general, al referirse a las religiones cristiana, judaica y musulmana se habla de “los tres monoteísmos”, “las tres religiones de Abrahán” o “las tres religiones del libro”. Se utilizan estas expresiones por motivos nobles: representan un lugar común o, eventualmente, un terreno de entendimiento. Sin embargo, esas expresiones son a la vez falsas (porque cada una oculta un grave error sobre la naturaleza de las tres religiones a las que se pretende colocar en un mismo plano) y peligrosas (porque favorecen una pereza mental que nos dispensa de examinar de cerca la realidad. Un verdadero diálogo ha de partir de otras premisas.



¿TRES MONOTEÍSMOS?


El monoteísmo no es por esencia religioso


El término “monoteísmo” viene de fuera y no del interior de las religiones. El monoteísmo no se designa a sí mismo como tal. Sólo desde hace unas decenas de años hay una caracterización del judaísmo por parte de los propios judíos como “monoteísmo ético”. El término “monoteísmo” nace tardíamente, en el siglo XVII, por obra de Henry Moore, uno de los teólogos de Cambridge influidos por el platonismo. El término se desarrolla posteriormente más en el seno de la filosofía que de la teología y casi nunca como expresión de la devoción de los creyentes.


El monoteísmo, y por supuesto el politeísmo, no tienen nada de religioso. Ante todo ambos pertenecen a la filosofía. Puede que existan religiones no monoteístas. Pero, al contrario, hay monoteísmos no religiosos en los cuales se encuentra una afirmación filosófica sobre un Dios, que en absoluto puede constituir el objeto de una religión. Es el caso del deísmo, cuyos mejores ejemplos hay que buscarlos en los filósofos griegos, que nunca habían oído hablar del judaísmo y menos aún del cristianismo. Así, el presocrático Xenófanes de Colophon (VI-V a. de C.) opone “un dios único”a la variedad imaginativa de las naciones que se representan cada una su dios a su propia imagen. Tras él Aristóteles llama “dios” al Primer Motor inmóvil y único que presupone su física y que no parece conocer nada de lo que está fuera de él. Al contrario, Epicuro admite la presencia de muchos dioses que viven entre los mundos que él postula en su cosmología. Gozan de una perfecta beatitud y no se preocupan en absoluto de sus mundos ni de sus habitantes. La filosofía reconoce los dioses de la ciudad, les rinde culto, pero no los considera como verdaderos dioses. Por tanto, la afirmación de un dios único no es necesariamente un fenómeno religioso. Se puede tener un dios sin religión; recíprocamente, puede también existir una religión sin dios como es el caso del budismo primitivo.



No se trata de tres monoteísmos solamente


Cuando se dice “los” tres monoteísmos la utilización del artículo da a entender que no hay más que tres. Pero los “tres monoteísmos” no son los primeros. El primero quizá fue Amenofis IV que tomo el nombre de Akenaton (1250 a.C.). La idea subyacente es que un solo dios es verdadero, no siendo los demás sino delegados. Israel parte de un dios nacional, el único al que se puede rendir culto, aunque los otros dioses son los dioses legítimos de las naciones vecinas. Es a la vuelta del exilio cuando aparece la idea de que solamente hay un Dios, siendo falsos los otros, “ídolos” (Isaías 44,8; 47,21). Los “tres monoteísmos” no son tampoco los últimos. La fecundidad religiosa no se agota. Las religiones nacen frecuentemente a partir de una religión preexistente que pretenden reformar. Y esas religiones-madre son monoteístas. Así, en el siglo XIX nacieron a partir del cristianismo religiones como la de los mormones; a partir del islam, la religión de Baha’i, etc. Las religiones antiguas difícilmente admiten que las nuevas puedan reivindicar la representación de una variante legítima de aquéllas.



¿Se enfrentan monoteísmo y politeísmo?


La verdadera cuestión no es nunca la cantidad de dioses. Por lo demás, cabe preguntarse si ha habido alguna vez un verdadero politeísmo. Aristóteles diferencia los distintos tipos de unidad de los casos en los que se dice “es lo mismo”. De este modo, distingue la unidad por el número (lo que se enumera), por la especie (tú y yo somos hombres), por el género (mi perro y yo somos seres vivos) y por la analogía (las escamas y las plumas son algo parecido). La verdadera cuestión sería pues preguntarse cuál es el tipo de unidad que vincula lo divino a sí mismo.


El paganismo antiguo conoce la idea de un “mundo” divino, un panteón que hace a todos los dioses miembros de una unidad. Y, por encima de la familia de los Olímpicos, planea el Destino, que reglamenta la sucesión de las generaciones que la constituyen, destronando a los padres en beneficio de los hijos. Quizás es esta potencia impersonal el factor de unidad de lo divino. ¿Podemos ser aún politeístas? Aunque la palabra está de moda entre algunos intelectuales, éstos no aprecian tanto su carácter religioso como encontrar en él una cierta actitud de tolerancia. Cabe preguntarse si no serían ellos monoteístas del sujeto, pues sólo éste puede fabricar dioses, elegir entre ellos, fijar su número, etc. Lo que significa que el sujeto vale más que los dioses y que por tanto es él mismo el único dios.



La verdadera cuestión consiste en saber cómo Dios es uno


Esto puede querer decir que Dios es único. Que sólo hay un Dios: singularidad en el conjunto “dioses”. Ahora bien, la unidad, como todo número, no es una propiedad de la cosa, más bien lo es de la clase a la que pertenece. De esta manera, afirmando la unidad de Dios se cree hacer de éste algo supremo cuando en realidad lo que se hace es minusvalorarlo en relación con la clase de las unidades.


Por esta razón a las religiones no les basta afirmar que Dios no existe más que en un solo ejemplar (su “unicidad”). Las religiones dicen también algo del modo cómo es uno (su “unidad”). Dios puede ser uno por continuidad consigo mismo, de un sujeto solo. El Corán hace una representación de este tipo cuando llama a Dios “el impenetrable” (los comentaristas explican que Él es como continuo, como un trozo de metal forjado).


Dios puede ser uno por fidelidad a sí mismo dentro de un proyecto de salvación que se despliega dentro de una historia. Es lo que expresa, quizá, la famosa fórmula del Dios de Israel autodefiniéndose: “Yo soy el que soy”. Dios puede ser uno por la concordancia en el amor entre las tres hipóstasis de la sustancia divina. La Trinidad, para el cristianismo, no es un modo de atenuar el rigor del monoteísmo, sino un modo de decir cómo es la unidad de Dios. El amor es lo que debe constituir la ley interior de su ser y por tanto de su unidad consigo mismo.



El monoteísmo islámico


La creencia de los árabes en un Dios único, Alá, es anterior al Islam. Pero puede que este Alá fuera lo que los historiadores de las religiones llaman un deus otiosus, que ha creado y se ha retirado dejando administrar lo creado a las divinidades secundarias. El Islam sería una especie de cortocircuito que pasa por encima de las divinidades encargadas de interceder para llegar directamente al Dios creador.


La historia tradicional supone que en la época de Mahoma la mayoría de los árabes eran paganos y por tanto politeístas, con algunas tribus cristianas y otras judías. Sin embargo, parece que la Arabia de la época estaba mucho más cristianizada de lo que generalmente se cree. El Corán habla con términos muy duros de los “asociadores”, de aquellos que asocian al Dios único a uno o a muchos otros seres. Pero no sabemos si se referían a paganos o más bien a cristianos partidarios de la Trinidad tal como la interpretan los judeocristianos.



¿TRES RELIGIONES DE ABRAHÁN?


Denominándolas “las tres religiones de Abrahán” se cree estar entrando en un terreno de entendimiento a base de invocar un antepasado común. En realidad, se pone el dedo en la manzana de la discordia.



Los personajes comunes


El judaísmo, el cristianismo y el Islam tienen libros comunes en los que figura el nombre de un personaje llamado Abrahán. En el árabe del Corán con una ligera variante: Ibrahîm. Además, éste no es el único personaje bíblico común a estas tres religiones. También lo son Adán, Noé, José, Moisés, Jonás, que aparecen tanto en el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento como en el Corán. Por el contrario Jesús y María son reconocidos por el Corán pero no aparecen, evidentemente, en los escritos fundacionales del judaísmo.


Además, el nombre de Jesús que utilizamos cristianos y judíos (Yeshu) o incluso los cristianos árabes (Yashua‘) es muy diferente del que emplea el Corán, ‘Issâ, que recuerda de manera sorprendente el de Esaú (‘Isaaw). ¿Podemos ver en ello una comparación implícita de las tres religiones: la de los judíos que procede de Jacob (Israel), la de los árabes de Ismael y la de los cristianos de Esaú?


En un plano más general surge el problema de la presencia en las tres religiones de figuras literarias que llevan el mismo nombre, aunque ello no quiere decir que se trate de los mismos personajes. Lo que los libros sagrados de las tres religiones cuentan sobre estos personajes no es ni mucho menos uniforme. En algunos casos, como en la historia de José o de Moisés, el Corán reproduce a grandes rasgos el relato bíblico. Pero donde el Corán y el Nuevo Testamento se alejan más uno del otro es a propósito de Jesús. Los milagros de que habla el Corán son curaciones que no se especifican. En cambio, les añade milagros espectaculares propios del niño maravilloso de los evangelios apócrifos. Este Jesús no es crucificado por los judíos, sino que, arrebatado al cielo, no tiene necesidad de resucitar.



¿El mismo Abrahán?


La figura de Abrahán es más bien fuente de desacuerdo que de armonía. Para el judaísmo y el cristianismo el Islam no es abrahámico. Jesús, los doce, Pablo y los primeros cristianos eran todos judíos. Se situaban por tanto en una genealogía abrahámica que nadie discutía. El problema se planteó cuando Pablo hizo que creyentes de origen pagano fueran admitidos en la comunidad, justificándolo mediante el relato de los dos hijos de Abrahán: el hijo de la esclava Agar representa la carne, en tanto que el segundo representa el espíritu (Gálatas 4,21-31).


Mahoma y los primeros musulmanes no eran de ascendencia judía ni vivían en Tierra Santa. Tuvieron entonces que acogerse a la historia bíblica inventando una genealogía. Y lo hicieron asimismo tomando la historia de los dos hijos de Abrahán, vinculándose ellos en la persona de Ismael, que según la Biblia era el antepasado de los nómadas del desierto (Génesis 16,12).


La historia de Abrahán no se interpreta de la misma manera en el judaísmo que en el cristianismo. Ambos subrayan la extraordinaria fe del Patriarca, dispuesto a sacrificar al hijo que Dios le había prometido. Pero el judaísmo prefiere poner el acento en el “no sacrificio” de Isaac, siendo la intervención de Dios el elemento central al contener la mano de Abrahán y al sustituir la víctima humana por un simple carnero. El cristianismo, en cambio, añade al ejemplo de la fe de Abrahán una comprensión alegórica de su sacrificio como prefiguración de la Cruz de Cristo. El Corán, por su parte, deja sin definir la identidad del hijo que tenía que ser sacrificado y se sirve de la figura de Abrahán y sus hijos para relatar una historia de la que nada saben ni el judaísmo ni el cristianismo: la de la fundación por el Patriarca de un Templo en el cual la tradición islámica ve el templo cúbico de la Meca, la Caaba.



¿Tres religiones de Abrahán o una sola?


En Occidente es habitual hablar de las “religiones de Abrahán” en plural. Pero, para el Islam, no hay más que una religión de Abrahán y es justamente el Islam. Para el cristiano hablar de la religión de Abrahán significa incluir el judaísmo y el Islam y asociarles el cristianismo. Para el dogma musulmán, el Islam era ya la religión de Abrahán, anterior tanto al judaísmo como al cristianismo. Era también la religión de Moisés, de Noé y de Adán, como más tarde fue también la de Jesús, e incluso de toda la humanidad, de acuerdo con una escena que relata el Corán (7, 172). ¿Cuál es el estatuto de las otras dos religiones que siguieron (anteriores en el tiempo)? Ellos consideran que las otras dos religiones son deformaciones, traiciones al mensaje originario dirigido a Abrahán, por obra de los judíos y los cristianos. Así, gracias a la invocación de la figura de Abrahán, el Islam lleva a cabo una operación paradójica que le hace presentarse a la vez como la última de las religiones y como la primera de todas.



¿LAS TRES RELIGIONES DEL LIBRO?


Una expresión engañosa


La expresión es engañosa. Primero, porque ya tiene un significado en una de las tres religiones, el Islam. En la ciudad islámica no hay sitio para los paganos quienes han de elegir entre la conversión o la muerte. Por el contrario, los representantes de las dos religiones que ya tenían un texto sagrado cuando Mahoma entró en escena tienen una situación jurídicamente definida por las reglas de la dhimma. Pero el Islam no se considera a sí mismo como formando parte de las “gentes del libro”.


El segundo defecto de esta expresión es su imprecisión. Una “religión del libro” ¿significa una religión en la que existe un libro o muchos libros sagrados? Cabe hacer notar que toda religión que nace en un pueblo que conoce la escritura tiene uno o muchos textos escritos que pueden ser relatos, lo que llamamos mitos o leyendas sobre el dios o los dioses de dicha religión. También puede tratarse de instrumentos o prescripciones sobre el culto. En estos libros se pueden encontrar normas de conducta, de moral o consejos para agradar a la divinidad. Cabe, en fin, que se encuentren allí recogidas las enseñanzas del fundador de la respectiva religión.


Por tanto, conviene no identificar las religiones del libro con las tres religiones: judaísmo, cristianismo, Islam. Además, una religión en la que existe un libro no es por ello una “religión del libro”. La relación de cada una de estas tres religiones con su libro no es la misma en los tres casos.



Tres libros diferentes: el Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento y el Corán


Esto se explica ante todo por la diferencia de naturaleza de estos tres libros. Han sido redactados a un ritmo diferente: La redacción del Antiguo Testamento duró aproximadamente siete siglos; la del Nuevo Testamento, unos setenta años y la del Corán, aproximadamente veinte años. Por otra parte, no han sido redactados con la misma finalidad. Los textos reunidos en el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento sólo han formado un libro sagrado una vez reunidos. El Corán, en cambio, parece haber sido redactado para servir de libro sagrado a una comunidad.


El Antiguo Testamento es un conjunto de libros que pertenecen a todos los géneros literarios. En ellos encontramos historia, poesía, exhortaciones proféticas, literatura sapiencial, etc. Los textos más antiguos datan probablemente del 1200 a. C.; los más recientes difieren un poco entre judíos y cristianos (que incorporan textos escritos en griego, que van hasta el siglo primero anterior a nuestra era). En el curso de esos mil años de redacción, los textos posteriores contienen reflexiones sobre textos anteriores, a los que comentan y a los que reenvían. Para el lector del Antiguo Testamento el peligro está en colocar todos los textos en el mismo plano, cuando es necesario prestar mucha atención al género literario de cada uno de ellos.


El Nuevo Testamento también contiene géneros literarios diferentes: los cuatro evangelios, relatos de la vida, enseñanzas y Pasión de Jesucristo, los Hechos de los Apóstoles, historia de los inicios de la predicación cristiana, las epístolas, cartas escritas por los principales apóstoles, y finalmente el Apocalipsis, libro de revelaciones. Los autores y estilos son diferentes, pero el Nuevo Testamento presenta una mayor unidad que el Antiguo Testamento, está escrito en una sola lengua y fue redactado en sólo unas decenas de años.


El Corán tiene, al menos aparentemente, una mayor unidad y es obra de un único redactor. Abundan las repeticiones, las citas y alusiones. Pero la dificultad de su lectura reside en la gran oscuridad de su vocabulario. Es la primera obra en lengua árabe de la que tengamos noticia, salvo ciertas inscripciones y poemas (la “poesía ante-islámica”), que podrían haber sido reescritos en fecha posterior para una más fácil comprensión.



Tres relaciones con el libro


Tenemos pues tres religiones, cada una con su libro, que tienen con él diferentes relaciones: la religión de Israel es una historia que conduce a un libro, el cristianismo es una historia relatada en un libro, el Islam es un libro que conduce a una historia.



El judaísmo


La biblioteca que conocemos como el Antiguo Testamento fue escrita en circunstancias estrechamente vinculadas al desarrollo de la vida política del pueblo. La religión del antiguo Israel es una religión nacional con sus sacrificios, fiestas y lugares de culto que, en una época determinada, fueron reducidos a uno solo: el templo de Jerusalén. En el marco de esta historia se redactaron las crónicas de los reyes y la historia de los Patriarcas. Israel redactó también su código penal, el reglamento del Templo de Jerusalén y su repertorio de cánticos.


El judaísmo propiamente dicho se constituyó como consecuencia de una serie de acontecimientos trágicos en la historia de Israel. Hacia el año setenta de la era cristiana los romanos, después de destruir el Templo, prohibieron a los judíos vivir en Palestina. El pueblo ya no tiene un principio de identidad pero le queda un modo de vida cuyas reglas políticas, morales y familiares quedaron formuladas en la Torá.


El judaísmo es la religión del Libro, pero en un sentido totalmente diferente al que tenía en el antiguo Israel: éste se asentaba en la vida política, económica, cultural de una nación que produjo un libro. El judaísmo es casi lo contrario: es el libro el que produce la nación. Ser judío es aplicar las reglas de la Torá, que constituyen la identidad más profunda de un pueblo. Se le añadirán las discusiones sobre el modo de interpretar las prescripciones y prohibiciones dictadas por Dios (el Talmud).



El cristianismo


El cristianismo es, ante todo, un hecho, un acontecimiento, vinculado a Jesús de Nazaret, siendo posterior el libro. Los evangelistas no pretenden redactar una biografía de Jesús, sino mostrar que su vida volvía a dar un sentido a la historia de Israel, a toda la vida humana. El inicio del cristianismo es la predicación de Jesús y el mensaje de sus discípulos que dicen que ha resucitado, que se ha aparecido a varios testigos y que volverá.


Los primeros cristianos pensaban que esta vuelta estaba cercana, que Jesús iba a manifestarse en su gloria inmediatamente. No había tiempo ni necesidad de escribir el mensaje. Todo lo más se puede escribir a la comunidad para pedirle que no pierda la paciencia. Éste es el contenido de los textos más antiguos del Nuevo Testamento, de las dos cartas de Pablo a los cristianos de Tesalónica. Los cristianos comenzaron a recoger las manifestaciones de Jesús que contienen principios de gran relieve en época bastante tardía. Parece que los dejaron establecidos en relaciones de las que los cuatro evangelistas tuvieron noticia y que a su vez combinaron con un esquema histórico de hechos para redactar los evangelios a partir de estos dos corpus. Estamos en presencia de un acontecimiento que se relata posteriormente en un libro, pero lo esencial es el acontecimiento.



El islam


El Islam es también un acontecimiento: la conquista del sur del Mediterráneo y del Oriente Medio hasta el Irán por las tribus árabes en el siglo VII. El origen de esta expansión puede ser la predicación de un jefe excepcional que logró federar las tribus lanzándolas a la conquista. Según la tradición musulmana, Mahoma habría empezado a recibir mensajes del “más allá” hacia el año 610 o el 615 d. de C. Hacia el 622 emigró a Medina desde donde inició sus conquistas. Falleció en La Meca en el 632.


No sabemos exactamente cuándo se compiló el Corán. Según la tradición dominante, el tercer sucesor de Mahoma, Osmán (del 644 al 656), habría establecido un texto unificado ordenando destruir todas las versiones que se desviaban.


El libro goza en el Islam de una posición particular. Había que dar a los conquistadores de un territorio inmenso reglas de vida para que pudieran distinguirse de los otros. Se han buscado dichas reglas en el Corán. Aunque se han encontrado algunas indicaciones del propio profeta, la mayor parte han sido complementadas por declaraciones que se le han atribuido, reales o supuestas, que se convierten así en fuente de derecho.



La idea de revelación


Para terminar, el concepto de “religión revelada” es asimismo engañoso porque la revelación no tiene el mismo significado en las tres religiones. Lo revelado en el judaísmo es la historia del pueblo de Israel, y los mandamientos han sido dictados por Dios en un preciso momento de dicha historia. Para el cristianismo lo revelado no es el Nuevo Testamento, es Cristo mismo: el libro no hace sino relatar la historia y transmitir sus enseñanzas. En el Islam lo revelado en realidad es el libro. La persona de Mahoma ha tenido poca importancia por lo que se puede considerar que la única religión del libro es el Islam: El autor del Corán es Dios. Mahoma es únicamente el escriba.


En el judaísmo y en el cristianismo el libro santo es un libro compuesto por un hombre “ayudado” por Dios. Por tanto, la Biblia puede tener errores, por ejemplo cronológicos, o apoyarse en una cosmología hoy totalmente superada. Para el Islam, por el contrario, el Corán no puede tener errores, contradicciones o alguna regla provisional.



¿Tres religiones?


Podrían prolongarse estas observaciones con una reflexión más explosiva: ¿existen verdaderamente tres religiones?


El cristianismo es una forma de judaísmo: Jesús de Nazaret, los apóstoles y los redactores del Nuevo Testamento eran judíos. El cristianismo se separó progresiva y dolorosamente del judaísmo, por una parte, porque los cristianos se volvieron hacia los paganos para anunciarles el mensaje de la resurrección y, por otra, porque los judíos consideraron que los cristianos eran herejes.


Por el contrario, el Islam nació independientemente de Israel, en el seno de un pueblo que no era judío. Mahoma ni era judío ni cristiano. Por eso “teorizó” esta diferencia remitiéndose a Abrahán, anterior a la ley de Moisés y a la vida de Jesús. En cierto modo, se puede considerar que estamos en presencia de dos “semi-religiones”, el judaísmo y el desgarro cristiano de la unidad judía, y de una tercera, el Islam.



¿Tres libros?


La respuesta no es sencilla porque el cristianismo tiene un libro sagrado doble que comprende el libro sagrado del judaísmo. La expresión “la biblia” merece atención: Antiguo Testamento y Nuevo Testamento parecen constituir una evidencia. Sin embargo, conservar el Antiguo Testamento no era algo evidente, y en el siglo II el cristianismo primitivo superó la tentación de alejarse del Antiguo Testamento. El judaísmo y el cristianismo tienen en común el Antiguo Testamento. Éste constituye el modo como los cristianos interpretan los acontecimientos de la vida de Jesús a la luz de lo que había sido anunciado según ellos en el Antiguo Testamento.


Por el contrario, el Islam tiene un libro sagrado propio, el Corán, que no concibe como una especie de “Tercer Testamento”. El Islam no considera auténticos ni el Antiguo Testamento ni el Nuevo Testamento, incluso a veces prohíbe su lectura. Así, pues, más que tres religiones existen dos y media, como en el caso de los libros, estando la diferencia entre judaísmo y cristianismo en la lectura que se hace del Antiguo Testamento.



CONCLUSIÓN


El uso de las tres expresiones estudiadas pretende encontrar elementos comunes sobre los que todos estén de acuerdo para hacer posible así un diálogo pacífico. Sin embargo, el vocabulario que hemos criticado más bien suscita confusión, ya que enmascara los verdaderos problemas bajo una armonía meramente superficial. Un verdadero diálogo ha de empezar por respetar al otro. Y esto implica comprenderle como se comprende él mismo, tomar sus expresiones en el sentido que tienen para él, y aceptar la situación inicial de desacuerdo para evolucionar hacia una mejor comprensión.


"Para acabar de una vez con los 'tres monoteísmos'", Communio 29 (2007) 33-49.

Condensó: Joquim Pons Zanotti



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