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Soy un descreído y lo asumo

KARIM AKOUCHE · TEXTO



Escritor argelino, autor de Lettre à un soldat d'Allah. Chroniques d'un monde désorienté. Ed. Écritures (l'Archipel), 2018.

Puesto que me acusan de traición hacia la religión de Mahoma, debo asumirlo de inmediato: soy un descreído. He dejado de ser musulmán. ¿Realmente lo he sido? No. Un poco. A la fuerza. Me vi obligado a serlo. Cuando era niño, jugaba al juego. No tenía elección. Como mis compañeros, aprendí a recitar mecánicamente suras y hadices. Era solo por las notas, para no fracasar. La escuela argelina quería hacer de mí un creyente, domado a voluntad, un sumiso. Perdido. Resistí con mis medios y, sobre todo, gracias a la canción cabila comprometida, del bardo Matoub Lounès, y a los valores de mis antepasados.


Lo he dicho en alguna parte: soy un superviviente de la escuela argelina. Hubiera podido convertirme en yihadista. El sistema educativo de mi país natal me inculcó todo tipo de barbaridades. Me enseñaron a odiar a los "descreídos", a burlarme de las otras religiones, a menospreciar a las mujeres, a despreciar a los homosexuales, los cristianos, los judíos, los budistas, los ateos... Me enseñaron a combatir la democracia, a defender la primacía de las leyes de Dios sobre las de los hombres. Me educaron para hacer proselitismo, para utilizar la taquiya, la astucia. Me exhortaron a contribuir, de una forma u otra, al Reino de Alá sobre la Tierra, para merecer más tarde, una vez en el cielo, las 72 huríes y los ríos de vino... Cuando llegué a adolescente, alimentado con las ideas de la revuelta, rompí las cadenas, rechacé lo intolerable; luego, más tarde, mal que bien, llegué a ser un ciudadano libre, prendado de la filosofía, pertrechado de dudas. He practicado el arte y me he codeado con artistas. He dibujado. He escrito. He gritado contra la impostura islamista, sus necedades, sus templos y sus patrocinadores.


Por los caminos del exilio, en Occidente, tropecé por primera vez con la "islamofobia", esa palabra polisémica, vaga, vulgar y peligrosa. Los islamistas, taimados, la instrumentalizan con fines de conquista, mientras que los intelectuales flojos, extraviados en causas desfasadas o aliados objetivos de los primeros, la repiten a troche y moche. Eso me da vértigo. Sus aires de loros borrachos me cabrean a menudo. Es demasiado fácil inscribirse en el campo hipócrita de un Bien imaginario, el de "todos somos hermanos", en vez de afrontar el Mal real de la ideología macabra de los "Hermanos" y sus avatares. La primera actitud no requiere ningún esfuerzo intelectual, ningún matiz, ningún riesgo. La segunda, por el contrario, exige lucidez, responsabilidad y coraje.


No son los que apoyan a los islamistas los que están amenazados o son asesinados, sino los laicos, las mujeres y los hombres libres quienes se enfrentan, en el terreno ideológico, y a veces militar, a los soldados de Alá. La laicidad, el debate de ideas, la razón y la crítica del islam nunca han matado a nadie. El islamismo, por su parte, ha producido cientos de miles de muertos.


Lo digo de una vez por todas: odiar a los musulmanes es un delito, porque es racismo. Criticar el islam es un derecho. Combatir contra el islamismo y el yihadismo, un deber.


No trabajo a sueldo de ninguna facción. Solo obedezco a mi intuición de poeta. No reniego de mis orígenes ni de mis convicciones. Quienes me acusan de servir a la mano invisible del antiguo colonizador se equivocan de objetivo. La justicia, como la verdad, tiene una sola cara. Yo la proclamo en todas las ocasiones. Emprendo caminos escarpados, cargando la espalda con tareas peligrosas. ¿Cómo podría dar la espalda a los musulmanes, yo que vengo de ellos? Son ciudadanos como los demás, que tienen los mismos derechos y los mismos deberes. Los defenderé siempre, con vigor, si son víctimas de xenofobia, y los criticaré, con no menos fuerza, si algunos de ellos se comportan como inquisidores.


Tengamos el coraje de decir que algo no anda bien en la religión musulmana. Podemos calificarla de "religión de paz, amor y tolerancia", podemos disculpar algunos de sus textos violentos, pero la verdad nos explota en la cara a cada despertar atormentado. Sin el islam, nunca habría habido islamismo. El islamismo y el yihadismo no salen de la nada. Las razones pueden ser sociales, cierto, pero son sobre todo y ante todo ideológicas. Nos guste o no, las raíces de la violencia se encuentran, sin lugar a dudas, en lo escrito, en el Corán y los hadices.


Solo estoy expresando lo que me pesa. Ya no puedo retener por más tiempo esta verdad sabida por todos, pero callada por casi todos. Lanzo un grito en el caos del mundo. Hablo para desanudar la cuerda que ata a la mayor parte de las élites. Escribo para sembrar coraje y disipar la espesa niebla de los tabúes. Enhebro las palabras, al ritmo del azar y de la música, como piedras, como flechas. Yo disparo. No mato. Me rasco donde duele. Es mi oficio de poeta rebelde que lo exige. Yo enfoco la tiranía del silencio. La banalidad del fanatismo. La falsificación de la moral. No me gustan los "burros eruditos" ni los eruditos falsarios.


Hago mías estas palabras de Ionesco, extraídas de su libro Presente pasado, pasado presente: "Si yo fingiera amar lo que detesto, lo detestaría menos, lo amaría quizá, me dejaría hacer,  me dejaría violar, terminaría por adorarlo. Me basta con decir que no estoy vencido por el ogro y que el ogro no es un ogro, sino que es amor, que es la revolución benéfica. Así es como adoptamos a los tiranos".


Solo por una vez, doy la razón a Sartre. Como él, "odio a las víctimas que respetan a sus verdugos". Mientras que el islam no se reforme, es decir, hasta que no esté apaciguado, expurgado de sus mensajes de odio y guerra, continuaré, guste o no, denunciando los extravíos.



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