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Una mirada a fondo al talón de Aquiles del islam

RAYMOND IBRAHIM · TEXTO





La historia del islam y Occidente ha sido una de antagonismo inquebrantable y colisiones sísmicas, iniciadas a menudo por los seguidores de Mahoma. Según los anales de la historia, nada entre las dos fuerzas está tan bien documentado como esta larga guerra. En consecuencia, durante más de un milenio, tanto los europeos educados como los no tan educados sabían, estos últimos tal vez instintivamente, que el islam era un credo militante que durante siglos atacó y cometió atrocidades en sus respectivos países, todo en nombre de la "guerra santa" o yihad. En palabras de Konstantin Mihailović, un serbio del siglo XV que fue obligado a convertirse al islam en su juventud y forzado a luchar como esclavo-soldado de los turcos hasta que escapó: "los persas, los turcos, los tártaros, los bereberes y los árabes; y los diversos moros… [todos] se comportan de acuerdo con el maldito Corán, es decir, la escritura de Mahoma".


Esta perspectiva sostenida durante largo tiempo se ha torcido radicalmente en tiempos recientes. De acuerdo con el relato dominante, tal como lo sostienen los principales medios de comunicación y Hollywood, los comentaristas y los políticos, los académicos y los "expertos" de todas las tendencias, el islam fue históricamente progresista y pacífico, mientras que la Europa premoderna fue fanática y depredadora. O, para citar a la BBC, "A lo largo de la Edad Media, el mundo musulmán era más avanzado y más civilizado que la Europa occidental cristiana, que aprendió mucho de su vecino".


La razón de estas afirmaciones vueltas del revés es que "quien controla el pasado controla el futuro", como observó George Orwell en su obra 1984 (una novela distópica que se ha vuelto cada vez más aplicable a nuestro tiempo). Por lo tanto, no sorprende descubrir que la mayor apología de los islamistas políticamente activos y sus aliados de izquierda, y la primera premisa de todas las apologías posteriores del islam, es de naturaleza puramente histórica.


Recordemos, por ejemplo, la pregunta más popular y frecuente que surgió después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001: "¿Por qué nos odian?" Sin que la mayoría lo supiera, esta pregunta presuponía —de hecho, estaba muy cargada de— un punto de vista histórico que se había forjado a lo largo de décadas y que en gran medida sigue sin ser cuestionado, incluso por los críticos del islam moderno: puesto que el islam fue tolerante y avanzado en el pasado, como sostiene esa visión tan arraigada, sus problemas actuales —autoritarismo, intolerancia, violencia, radicalización, terrorismo, etc.—tienen que ser aberraciones, producto de circunstancias, políticas, economías, y "agravios" desfavorables —cualquier cosa menos el islam mismo—. En pocas palabras, si no nos "odiaban" antes, sino que eran más bien progresistas y tolerantes, seguramente algo más que el islam ha "salido mal" entonces. Tampoco es de mucha ayuda argumentar que el Corán y los hadices dejan bien claro que el islam es intrínsecamente intolerante gracias a la noción ampliamente arraigada de que todo, especialmente las escrituras antiguas, están abiertas a la "interpretación".


Desde aquí se puede ver la importancia de salvaguardar el relato actual de un islam históricamente "avanzado" y "tolerante" con respecto a una Europa históricamente "atrasada" e "intolerante".


Yo mismo experimenté de primera mano lo importante que es controlar este relato para los islamistas políticos. Después de que la Escuela de Guerra del Ejército de Estados Unidos me invitara a dar una conferencia sobre mi último libro de historia, La espada y la cimitarra. Catorce siglos de guerra entre el Islam y Occidente, el Consejo de Relaciones Americano-Islámicas (CAIR), un coconspirador no imputado en el mayor caso de financiamiento terrorista  en la historia de Estados Unidos, y sus aliados de izquierda lanzaron un ataque "sin precedentes" contra mí y la Escuela de Guerra. Emitieron, en dos ocasiones separadas, comunicados de prensa, peticiones histéricas (presentando a la Escuela de Guerra, incluso a mí que soy egipcio de nacimiento, como "supremacistas blancos"), e hicieron varias llamadas directas y se reunieron con los directores de la Escuela de Guerra, todo en un esfuerzo por cancelar mi charla.


Al final, fracasaron, en parte porque la Asociación Nacional de Académicos envió una carta de súplica al entonces presidente Donald Trump, firmada por más de cinco mil personas, en su mayoría profesores de universidad; diez congresistas también acudieron en mi apoyo. Más concretamente, y como explicó el teniente coronel retirado del Ejército de Estados Unidos y antiguo miembro de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Allen West, quien también me apoyó, "ni una sola frase [que pudiera estar equivocada] de su reciente proyecto literario [La espada y la cimitarra] fue mencionada por estos islamofascistas".


Cuando la Escuela de Guerra del Ejército y sus aliados "despiertos" se dieron cuenta de que sus intentos de censura académica habían fracasado y de que yo hablaría de todos modos, instaron a la Escuela de Guerra y esta aceptó permitir que otro historiador presentara una "opinión contraria" en respuesta a mi conferencia. Este era John Voll, profesor emérito de historia islámica en la Universidad de Georgetown en Washington (véase aquí cómo este renombrado apologista tergiversó y blanqueó la historia de terror del islam con respecto a Occidente). Desafortunadamente, y a pesar del hecho de que la Escuela de Guerra grabó en vídeo mi charla (objetivamente resumida por un reportero aquí) y me informó de que sería, como todas sus charlas, publicada en línea, nunca fue publicada.


En cualquier caso, ¿por qué la Escuela de Guerra del Ejército y sus aliados lanzaron tal ataque contra mí en primer lugar, sobre todo considerando que no habían respondido así a mis otros libros, sobre los que también di conferencias en otros recintos prestigiosos —libros que trataban temas actuales y candentes (por ejemplo, Crucificado de nuevo: Exposición de la nueva guerra del islam contra los cristianos y The Al Qaeda Reader)? ¿Por qué, en cambio, persiguieron un libro que giraba, entre otras cosas, en torno a la "historia antigua", y con tanta vehemencia, en un momento insistiendo desesperadamente en que si se me permitía dar una conferencia sobre él en la Escuela de Guerra, los militares estadounidenses se enojarían tanto que empezarían a masacrar a los musulmanes que vieran?


Porque ellos también saben lo que está en juego; ellos también saben que "quien controla el pasado", lo cual están decididos a seguir haciendo, "controla el futuro". Mientras que la gente de Occidente acepte como primera premisa que el islam fue históricamente y durante siglos una fuerza avanzada, ilustrada y tolerante, especialmente en comparación con Europa, todas las cosas violentas y terribles que actualmente se cometen en su nombre deben atribuirse a otros factores, a disputas territoriales, agravios, economía, educación, política o "desempleo" por citar a la Casa Blanca de Obama, pero nunca al propio islam.


Se admite que tal lógica es sólida, pero solo mientras su primera premisa permanezca sin cuestionarse. Sin embargo, para aquellos que están familiarizados con la verdadera historia del islam frente a Occidente, no hace falta explicar "¿por qué nos odian?" o "¿qué salió mal?". Al contrario, lo obvio se vuelve dolorosamente claro: el presente del mundo musulmán es, por desgracia, una prolongación, a menudo una representación especular, de su pasado.



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