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Al tratar de hacerme amar al islam y a Mahoma, mi madre hizo de mí una apóstata

SAMIA



Ser mujer en el islam no protege de la necedad musulmana y, sin embargo, yo habría amado tanto, esperado tanto... Así, ellas podrían haber bloqueado la transmisión de ese dogma a las generaciones futuras, dulce sueño que se aleja un poco más cada día.


Soy una gran ingenua, pensaba que ser mujer en el islam hubiera debido ser una vacuna antirrábica, o sea antiislam; aparentemente no, pues estos últimos años han visto florecer en el país de Simone de Beauvoir hordas de mujeres con velo, obstruyendo la vista de la belleza de las calles, las avenidas, los bulevares franceses. Toda esta ignominia que se hace vivir a las mujeres en el medio islámico era, para mí, una razón suficiente para que ellas lo tiraran por la borda y no al contrario, cogen sogas (velos, obediencia ciega a los hombres...) y se ahorcan con ellas. Sin embargo, a mí ser mujer me ha salvado de la infección islámica, para otras no sé cuál habrá sido su motivación.


Entonces, ¿cuál puede ser el clic que hace que un individuo, nacido en la secta más totalitaria que ha conocido jamás la faz de la tierra, pueda escapar de ella, apartarse con fuerza y ruido? ¿Qué clic? ¿Qué milagro? ¿Qué recurso? ¡Cuando uno sabe todo el ardor que se pone en hacer necios y dóciles a los niños nacidos en la umma, esa endiablada maldición!


Son múltiples y muy personales para cada uno, no hay uno que se parezca a otro. Cada individuo tiene su propia historia y camina como puede y a su propio ritmo. Yo he conocido incluso en mi ambiente a quienes habían caído en la versión más dura del islam y están de vuelta por razones que con toda seguridad son las suyas. También en mi familia tengo personas que han rechazado el islam bastante jóvenes, para abrazar el cristianismo evangelista, sobre todo un primo que vive en Cabilia y yo aprecio mucho, pues siempre he contado con su apoyo. En los momentos difíciles, siempre ha estado ahí conmigo. Con él podía hablar de mis cuestionamientos existenciales, aunque para mí lo que me atraía era el ateísmo más que una orientación religiosa.


Nada de taquiya en este proceso, nada de artimañas, nada de hipocresía, sino una acción saludable, una acción salvadora y un profundo amor por la vida más que por la muerte. El islam lleva consigo ondas mortíferas a las que es difícil escapar cuando estás en relación con una mayoría de musulmanes. Yo pagué el precio de la muerte de mi querido padre. Algunos querían impedirme llorar bajo el pretexto de que todos vamos a morir un día para reunirnos con el otro desgraciado. ¡Ah! Con estos atontados, ni siquiera el duelo lo puedes hacer tranquilamente, hacerlo como puedes, como quieres. ¡Vamos! Una capa más de odio hacia esa con porosidad de islam.


Recuerdo esto porque normalmente los apóstatas son sospechosos a causa de sus "primos musulmanes" y sus horribles, sus insoportables fechorías, comportamientos, insolencia, exigencias de todo pelaje. El apóstata no puede encontrar el reposo como el islamófobo, lo atacan por todas partes. Todas las sospechas se concentran en el, sea porque es un innoble traidor, sea porque es un mentiroso, un manipulador. Es la máquina de abofetear, el castigo doble, pero bueno hay que relativizar, porque, si uno ha conseguido salir del avispero musulmán, yo diría que el resto es un paseo saludable...


Por mi parte, me acuerdo precisamente del momento en que puede, o supe, decirme con claridad lo que me hacía odiar el islam. La primera vez de todas, tenía solo nueve años, fue en 1985, cuando me "pobre" madre pensaba transmitirme esta seudorreligión. Ella pensaba hacer que la amara. Ella consiguió exactamente lo contrario, consiguió en realidad aclarar el malestar que yo sentía ante el islam. ¿Cómo? ¿Por qué?


De niña, creo que yo era una chiquilla muy sentimental como mucho. Me encantaba leer libros rosa con historias del corazón ingenuas y acarameladas, ver series también del mismo estilo. Para mí solo contaba el amor, sin importar el origen de la gente. Para mí, debíamos respetarnos, apreciarnos sin diferencia. Pero, desgraciadamente, no era esto lo que yo veía alrededor de mí, cuando escuchaba hablar de chicas que habían sido rechazadas, golpeadas por su familia, por haberse tratado con no musulmanes. Yo retenía esto en mi corazón de niña rebelde. No decía una palabra y miraba atónita todas esas situaciones dramáticas que se desarrollaban ante mis ojos. Por otro lado, mi hermano, aunque mis padres le ponían límites, tenía más ventajas que yo y, además, yo debía cargar con más prohibiciones que él. También debía yo ayudar a mi madre en la casa. Ella me reprimía siempre cuando yo jugaba, cuando leía, que era mi gran pasión ya entonces. Y mi hermano nada, tan tranquilo. Estaba indignada con esas pequeñas injusticias que me afligían a veces en ciertas situaciones anodinas de la vida.


Esto no era espectacular ni violento, pero estaba tan presente que yo me preguntaba de dónde podía venir. Siendo joven, no tenía verdadera conciencia del origen de esas pequeñas nadas que me hacían tanto mal ya, hasta un día en que mi madre comenzó a hablarme del profeta de los musulmanes. La pobre mujer estaba toda feliz de contarme sus aventuras con todas sus mujeres. Era, supuestamente, según ella, un hombre admirable, de una gran bondad, de una gran justicia, ¡pues actuaba con equidad con cada una de ellas! ¿Qué? ¿Justo? ¡Varias mujeres! Se me helaba la sangre a mi, la pequeña sentimental. Vaya un bastardo, que tiene un montón de mujeres y que tiene que calcular su tiempo para estar con cada una de ellas. El amor, el respeto, la reciprocidad en las relaciones entre hombres y mujeres se habían esfumado. No era insignificante para mí. En ese preciso momento se suscitó en mí un odio indecible hacia el profeta de los musulmanes, un odio al islam que ya nunca se ha debilitado, que nunca me ha abandonado. Al fin podía decir una palabra sobre el origen de la situación catastrófica de las jóvenes procedentes del Magreb. A la altura de mis nueve años, me prometí no dejarme estafar por esta siniestra religión. Comprendí instintivamente que para las mujeres, y para mí también, en el islam la situación no era rosa, no era un trabajo fácil en absoluto. Y por entonces, yo era impúber. Más tarde, mucho  más tarde, se volvió más duro...


¿Cómo resistí todo eso? Por algo increíble: la canción. Cada vez que mi madre me contaba sus historias podridas con respecto al islam, cierre de las escotillas y cantos en mi cabeza; a cada pelea, aislamiento y canción para calmarme; a cada tristeza, canción para recuperar la sonrisa. Así es como el canto se convirtió en mi pasión, mi oxígeno. A este respecto, forme parte de un coro durante algunos años. Hoy, canto sin parar con mis hijos, mis amigos, en el trabajo en mi oficina (a mis colegas les encanta).


Durante muchos años, no expresé abiertamente mi rechazo del islam, mi odio hacia esa siniestra farsa. Solo mi familia directa estaba al corriente. Con los primos, primas, tíos, etc., sin representar una comedia ni mentir sobre mi pretendida adhesión a la ortodoxia islámica, tomé la decisión de no hablar nunca con ellos, o de hacerlo de manera que evitara el tema, utilizando piruetas semánticas. Hasta que un día ya me cansé, quería, sentía la necesidad de ser verdaderamente yo misma con todo el mundo. Llevaba dos vidas bien distintas, la verdadera con los no musulmanes y la familia que formé, donde era yo misma, donde era consecuente con mis opiniones, y luego la otra con la familia amplia, donde no me manifestaba completamente, caracterizada por los silencios. Le comuniqué a mi madre  mi decisión. Ella me suplicó que no lo hiciera. Pero estaba decidido a que nada hubiera podido hacerme cambiar de idea. Gran choque, por supuesto. Dos meses de ruptura con ella, en que la dejé estar, y ella sola volvió. Era eso, o un adiós definitivo...


Este es un ejemplo del camino que puede tomar un apóstata, pero con seguridad hay otros...



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