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Católicos: ingenuidad criminal frente al islam conquistador

SOPHIE DURAND · TEXTO





Estamos en Constantinopla, en 1453, y la ciudad está a punto de caer en manos de los musulmanes, como una fruta madura. Pero seguimos divirtiéndonos, viviendo normalmente, discutiendo del sexo de los ángeles, nos dicen.


En Saint-Sulpice, que se ha convertido en catedral de París desde que Notre-Dame está en obras, el 6 de febrero es un poco lo mismo: se organizó un encuentro islamo-cristiano sobre el tema de María, con predicadores islamistas y chicas con velo en el coro.


El obispo Pontier, administrador provisional de la diócesis, incluso fue a cantar con las muchachas veladas, sin que nadie se lo pidiera.


Una joven católica, extasiada, cuenta que estaba muy conmovida por el coro Salam:

"Es una prueba de que el futuro no es tan sombrío como podría pensarse. El diálogo con respeto hacia los demás es posible", dijo la joven.


La señora Takaycroire, pobre ingenua. Dondequiera que vaya el islam, la libertad muere. Todos los países invadidos y anexionados por el islam siguen dominados por el islam.


El coro Salam es un conjunto vocal compuesto por varios coros, incluido el de la mezquita Omar Ibn Al Khattab de la calle Jean-Pierre Timbaud, en el distrito XI, que tiene mala reputación. Esta mezquita Omar era uno de los socios del evento y tenía un puesto en la iglesia.


Es una mezquita tabligh radical, cuyo imán Mohamed Hammani fue expulsado en 2012 por sermones que promovían la yihad, el antisemitismo y la violencia contra las mujeres.


Una vez expulsado, ¿se ha vuelto menos violenta la mezquita? No. Está dirigida por Hamadi Hammami, que no es otro sino el hijo del imán expulsado, ya entonces secretario de su padre. De tal padre, tal hijo.


Hace dos años, Hamadi Hammami todavía rendía homenaje a su islamista padre.


Perseguimos a las gentes que ponen la escuela en casa con el pretexto de la radicalización, pero dejamos el campo abierto a una coral islamista donde las niñas son obligadas a llevar el velo.


En el coro de la iglesia de Saint-Sulpice, un musulmán habló del "profeta" Mahoma, que siempre negó la divinidad de Cristo y persiguió a los cristianos, pero eso no es grave...


Muy a menudo, los coros de las iglesias están prohibidos a las mujeres, que en principio no tienen derecho a poner un pie allí (¿quién sabe todavía?), pero los predicadores islámicos sí se admiten allí. ¡Y hasta muchachas con velo, para un baile!


En el coro, se recitó la Fatiha [la primera sura del Corán], que llama a luchar contra los cristianos, estos "descarriados" asociadores.


Algunos cristianos encuentran eso muy bien. El cretino de turno comenta sobre François Desouche: "Me parece estupendo que se acoja la oración musulmana en lo que tiene de mejor". ¿Es la llamada a matar a los cristianos lo que considera lo mejor, sin duda?


Se trataba de rezar juntos a María, católicos y musulmanes, rezándole normalmente... cada uno por su lado. Esto es olvidar que la María del Corán no es en absoluto la misma María del Evangelio. Así que todo es una manipulación. Una mentira.


Los musulmanes no tienen absolutamente nada que decir sobre María a los católicos, y todo ese bonito mundo de ingenuos, de colaboradores descerebrados, hubiera hecho mejor en abstenerse.


Porque organizar eso en una iglesia, que además es la catedral, supone permitir que los dos imanes presentes tomen posesión del lugar. Ellos se acordaran de esto, no lo dudemos.


Cuando podamos organizar oraciones católicas en una mezquita, tal vez podamos abandonar estos prejuicios. Pero esto no va a ocurrir hoy por hoy.


Un viejo conocido colaboracionista del islam me dice: "¿Pero entonces tú estás a favor de la ley del talión?" No, en absoluto. La reciprocidad implica reconocimiento recíproco y no tiene nada que ver con el talión. Pero digámoslo sin rodeos: con los musulmanes esta reciprocidad es imposible.


Los musulmanes siempre aprovecharán una puerta entreabierta para meter el pie allí y bloquearla, y más tarde, para entrar e instalarse definitivamente.


Por lo tanto, un día será necesario prohibir el islam en Francia, si no queremos acabar desbordados.


Mientras tanto, digamos las cosas con claridad: esos católicos que organizan tales reuniones son colaboradores y traidores.


Incluso dejar, en estas condiciones, de poner un pie en las iglesias a modo de protesta, como hacen muchos católicos, no es suficiente.


Tenemos que hacer entender a los católicos dónde está su interés, que no está en estas comedias, que no está en la acogida servil de esos que practican la taquiya y que solo nos desean el mal.


Pero, claro está, con el papa Francisco, islamocompatible, que da preferencia a los musulmanes sobre los cristianos, como lo ha demostrado mil veces, y con obispos como monseñor Pontier que lo obedecen servilmente, no estamos fuera de peligro.


A causa de ellos, asistimos desde hace varios años al final violento de sacerdotes, como el del padre Hamel, el obispo Padovese, el padre Olivier Maire, veinte misioneros en 2020, y muchos otros que no menciono porque no puedo nombrarlos a todos de tantos que son.


Los católicos colaboracionistas, desconcertantemente ingenuos y al borde de la delincuencia, se comportan como si nada funesto se estuviera gestando. Están engreídos de estupidez e irán cantando en procesión con una sonrisa para que les corten el cuello, sin sospechar lo más mínimo qué es lo que está ocurriendo realmente.


Los colaboracionistas católicos tienen una enorme responsabilidad en esta invasión conquistadora y mortífera. Lástima por ellos si desaparecen. Pero que no nos arrastren a esta trampa mortal.


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