ESTUDIOS


Cronología y teoría de la yihad

7. Las teorías y las organizaciones del yihadismo actual

PEDRO GÓMEZ · TEXTO





Los teóricos contemporáneos del yihadismo

 

La doctrina islámica suele presentar la yihad como un esfuerzo interior y exterior, consistente en una lucha por todos los medios, dirigida a favorecer la expansión de la causa de Alá, es decir, a la conquista del mundo con el fin de someterlo a la fe monoteísta y la ley divina revelada por Mahoma, en la práctica, al poder islámico. Por eso, todo buen musulmán tiene la obligación de militar en pro de la yihad de alguna manera.

 

Está claro que, como indica el Corán, es preceptivo seguir el «buen modelo» que encarna el profeta. En él, la yihad desplegó no solo un sentido espiritual, sino también el sentido de un esfuerzo corporal, en particular, de combate armado «en el camino de Alá», en una guerra apocalíptica contra los considerados «infieles», hasta alcanzar la supremacía de la religión coránica. Es casi imposible encontrar en el Corán un solo capítulo que no involucre directa o indirectamente un planteamiento yihadista, siempre en polémica con algún tipo de «descreídos». Y son cientos las aleyas que tratan expresamente a la yihad en cuanto batalla, violencia, ataque y asesinato por la fe. Este significado bélico, refrendado por los hadices y las biografías de Mahoma, aparece estricta y unánimemente reglamentado en los ordenamientos legales de las escuelas de jurisprudencia, entre el siglo X y el XIV. Además, en la actualidad, multitud de voces y textos musulmanes predican la ortodoxia islámica en la que aquel sentido originario de la yihad queda fuera de duda, mientras que los más fieles al fundamentalismo llevan el combate violento sobre el terreno en no pocos países de nuestro mundo.

 

En consecuencia, la intensificación contemporánea de la violencia armada y el terror islámicos no son ninguna desviación, sino que representan, rememorando el pasado y proyectándose al futuro, la continuación de una lucha de siglos contra la Cristiandad, ahora contra Occidente y contra las libertades de la modernidad. Las versiones más recientes de la doctrina de la yihad, renovada en el siglo XX, satanizan frontalmente a las naciones modernas y, para justificarlo en su visión del mundo, les aplican una consabida etiqueta coránica, pretendiendo que están sumidas en la «era de la ignorancia» (yahiliya), una imaginaria época anterior al islam, marcada por el politeísmo y la depravación social, contra la que hay que combatir por mandato divino.

 

Ya he mencionado a los Hermanos Musulmanes de Egipto, fundados en 1928, para luchar contra semejante «ignorancia». Su principal teólogo e ideólogo, Sayyid Qutb, elaboró teóricamente los planteamientos del islamismo fundamentalista de nuestros días. Formuló una teología política, en la que se han adoctrinado la mayoría de los grupos salafistas y yihadistas existentes. Expone una virulenta crítica de las sociedades capitalistas y también de los regímenes totalitarios ateos, cuya perversidad, según él, es imperativo repudiar y destruir. Propugna como alternativa una «vía árabe», que recupere el islam de los antepasados. Este salafismo da una visión totalmente mitificada de los tiempos de Mahoma, sus compañeros y los cuatro primeros califas «rectamente guiados». En su obra Hitos del camino, Qutb sostiene que el verdadero islam no puede jamás admitir componendas con la modernidad, con ninguna de esas sociedades de infieles perdidas en la «ignorancia» y lejos de Alá. De ahí que los musulmanes tengan el deber de organizarse en plan militante, para llevar contra ellos la guerra, hasta prevalecer. Escribe:

 

«Por tanto, es necesario que el fundamento teórico del islam –la creencia– se materialice en la forma de un grupo organizado y activo desde el principio. Es necesario que este grupo se separe de la sociedad yahilí, convirtiéndose en independiente y distinto de la sociedad yahilí activa y organizada, que tiene como objetivo bloquear el Islam. El centro de este nuevo grupo debe ser un nuevo liderazgo; el liderazgo que por primera vez se dio en la persona del profeta, y después de él fue delegado en los que se esforzaron por traer a la gente bajo la soberanía de Dios Todopoderoso, su autoridad y sus leyes. Una persona que da testimonio de que no hay ninguna deidad digna de culto más que Alá y que Mahoma es su mensajero debe cortar su relación de lealtad con la sociedad yahilí, que ha abandonado, y con el liderazgo yahilí, ya sea en la forma de sacerdotes, magos o astrólogos, o en la forma de liderazgo político, social o económico, como hizo el profeta en su tiempo con los curaisíes. Él tendrá que dar su completa lealtad al nuevo movimiento islámico y al liderazgo musulmán» (Qutb 1964: 58).

 

La figura de Sayyid Qutb es hoy uno de los máximos mentores de la yihad, concebida como lucha global por la instauración de la saría y el Estado islámico. Pero no es el único ideólogo en el que se inspiran los yihadistas. Está el indopaquistaní Abul Ala Maududi, también mencionado ya, que, en su libro La yihad en el islam, nos aclara:

 

«La verdad es que el islam no es una ‘religión’, ni los musulmanes son una ‘nación’ en el sentido convencional de los términos. En realidad, el islam es una ideología y un programa revolucionarios que pretenden cambiar y revolucionar el orden social del mundo y reconstruirlo de acuerdo con sus propios principios e ideales. Del mismo modo, ‘musulmanes’ es de hecho un partido revolucionario internacional, organizado bajo la ideología del islam para llevar a cabo su programa revolucionario. Yihad es el término que significa la lucha revolucionaria, el máximo empeño del Partido Islámico revolucionario para conseguir la revolución islámica. (...) Cualquier Estado y poder que se oponga a la ideología y programa del islam, dondequiera que sea y quienquiera que pueda ser, el islam está decidido a eliminarlo. El islam se propone la dominación de su propia ideología y programa, sin que importe quién protagoniza su causa ni de quién es el poder que vence en este proceso. El islam exige no una porción de tierra, sino el poder sobre todo el planeta» (Maududi 1939a, págs. 5 y 6).

 

Según este teórico musulmán, la verdad del islam radica en el islamismo fundamentalista revolucionario del islam. No es solo una posición suní. En la corriente chií, la coincidencia es completa. Las palabras del ayatolá Jomeini, en Irán, no pueden ser más explícitas y ofensivas en su incitación a la guerra despiadada para la conquista del mundo en nombre de la religión coránica:

 

«El islam obliga a todos los adultos varones, con la única excepción de los discapacitados, a prepararse para la conquista de países a fin de que el mandato islámico se obedezca en todos los países del mundo. Quienes estudian la yihad islámica comprenderán por qué el islam quiere conquistar el mundo entero. (...) Quienes no saben nada del islam creen que el islam es contrario a la guerra. Estos son unos estúpidos. El islam dice: Matad a todos los no creyentes tal como ellos os matarían a todos vosotros. ¿Acaso significa esto que los musulmanes deben cruzarse de brazos hasta que los devoren? El islam dice: Matadlos, pasadlos a cuchillo y dispersadlos. ¿Significa esto que hemos de cruzarnos de brazos hasta que nos derroten? El islam dice: Matad por Alá a todos los que puedan querer mataros. ¿Significa esto que debemos rendirnos al enemigo? El islam dice: Todo lo bueno que existe es gracias a la espada y por la amenaza de la espada. ¡Solo con la espada se puede conseguir la obediencia de la gente! La espada es la llave del Paraíso, que solo los guerreros santos pueden abrir. Hay otros cientos de himnos y hadices que instan a los musulmanes a estimar la guerra y combatir. ¿Significa esto que el islam es una religión que impide que los hombres libren una guerra? Escupo sobre todos los imbéciles que proclaman tal cosa» (citado en Ibn Warraq 1995, prólogo a la edición española de 2003: 16-17).

 

Otro ideólogo de gran impacto es Aymán Al-Zawahiri, discípulo de Sayyid Qutb y mentor de Osama Bin Laden. Es hoy el nuevo máximo dirigente de la organización terrorista Al Qaeda. En junio de 2011, Al-Zawahiri, a través de un vídeo difundido en sitios yihadistas, emplazada a los musulmanes para continuar en la «senda de la yihad» contra Estados Unidos, contra todos los «cruzados» y sus colaboradores.

 

También goza de gran predicamento el teólogo islámico egipcio Yusuf Al-Qaradawi, vinculado a la organización Hermanos Musulmanes. En público se declara contrario al extremismo yihadista. Preside el Consejo Mundial de Ulemas y es muy popular por sus sermones a través de la cadena de televisión Al Yazira, con su programa La saría y la vida. Desde su púlpito, Al-Qaradawi pontifica: «El islam volverá a Europa como conquistador y victorioso tras ser expulsado de ella dos veces, una desde el sur, de Andalucía, y la segunda desde el este, cuando llamó a las puertas de Atenas. Conquistando Europa el mundo será del islam» (citado en varias páginas de Internet).

 

A partir de los Hermanos Musulmanes, se creó la Yihad Islámica egipcia, de la cual se desgajó Al Qaeda, y también la Yihad Islámica palestina, así como el partido Hamás que gobierna en Gaza. Los Hermanos Musulmanes han marcado el camino para muchos grupos yihadistas, en diferentes países. Todos ellos parten del axioma de que la única alternativa a todas las civilizaciones es el sistema islámico. Por tanto, todas sus actividades van dirigidas a la instauración del islam en el mundo entero. No es otro el objetivo que justifica el hostigamiento permanente de la yihad, en sus propios términos: «la gran yihad para eliminar y destruir la civilización occidental desde dentro». El plan pasa por «construir centros islámicos, organizaciones islámicas, escuelas islámicas», por «destruir el execrable mundo occidental, a fin de que no exista, y que la religión de Alá se alce con la victoria sobre todas las otras religiones» (Manifiesto de los Hermanos Musulmanes de América del Norte, traducido del vídeo documental The Third Jihad, 2008). El desarrollo de tal proyecto cuenta con el apoyo de numerosas organizaciones afines o afiliadas, entre las que figuran no pocas que se consideran «moderadas», como Islamic Circle of North America (ISNA), Muslim Students Association (MSA), Islamic Association for Palestina (IAP), etc.

 

El gran ayatolá iraquí Ahmad Hussaini Baghdadi es otro personaje que nos lo manifiesta de manera inequívoca en su discurso: «La yihad ofensiva significa atacar al mundo a fin de propagar las palabras No hay más dios que Alá y Mahoma es el mensajero de Alá en todo el mundo» (Al Yazira, mayo de 2006). No son bravatas de gente extremista exaltada, es la convicción consuetudinaria en su religión.

 

En Pakistán, predomina el magisterio de Maududi, en el que se inspira la coalición de partidos religiosos antioccidentales, que reclaman la aplicación de la saría en el país. En 2007, asaltaron la Mezquita Roja, en el centro de Islamabad, donde su jefe Abdul Rashid Ghazi, cayó muerto. En una entrevista previa, había enunciado su teoría: «Si nos atacan, la obligación del musulmán es extender la lucha a todo el mundo. Persona por persona, ojo por ojo, nariz por nariz, oreja por oreja, diente por diente». Así citaba el Corán, a la vez que ponía su confianza en que les siguen miles de jóvenes dispuestos a morir y en que son más poderosos porque Dios está de su parte.

 

Todas las corrientes del islam, sea este suní o chií, sea tradicionalista o pretendidamente modernizador, sustentan una visión del mundo esencialmente idéntica.

 

 

Las organizaciones islamistas minan Occidente

 

Por todas las latitudes, descubrimos la misma teoría de la yihad y organizaciones cortadas por el mismo patrón, con diferentes grados de apelación a la violencia. Pero, en el fondo, se trata de un sistema de creencias único, de pretensión universal y radicalmente intolerante. Nos lo recuerda el predicador Zakir Naik, al explicar en una cadena de televisión de Bombay, en India: «El Corán (3,85) dice que Alá no tolerará jamás otra religión que el islam. Por consiguiente, sabiendo que el islam es la única religión verdadera, nosotros no toleramos la propagación de otras religiones». De esta intolerancia dogmática brota la misión de combatir con todos los medios por la expansión de la fe mahometana. Son perfectamente coherentes los musulmanes que suscriben fervientemente las palabras del jeque Feiz Mohammad, australiano de orientación wahabí, director del Global Islamic Youth Centre, en Sidney, cuando afirma: «La cumbre, el cénit, la más alta cima del islam, esto es la yihad». En efecto, saben que eso forma parte esencial e imprescriptible del mensaje de Mahoma.

 

No faltan quienes se resisten a creer que el planteamiento de la religión islámica sea realmente así y que los actos de violencia terrorista que hoy observamos respondan a la llamada a «la yihad en el camino de Dios». Se preguntan si el mundo islámico, en general, apoya la violencia yihadista. Por muchas excepciones particulares que pueda haber, la respuesta es globalmente afirmativa; y lo es porque cuenta histórica y teológicamente con una sólida legitimación religiosa. Ya hemos señalado cómo las fuentes islámicas, el Corán, la biografía, las tradiciones, las exégesis clásicas, el derecho islámico, las escuelas de jurisprudencia, por no mencionar la historia de los imperios califales y de los países musulmanes, sin excepción, lo atestiguan. El islam autoriza y sacraliza el empleo de la violencia contra los no creyentes, la saría regula jurídicamente los casos previstos. El mismo Corán tacha de «hipócritas» y amenaza con las penas del infierno a aquellos que se muestran reacios a la hora de ir al combate.

 

Los propósitos del islam militante fundamentalista están definidos de manera transparente, aunque a veces se disimulen. El disimulo es una táctica frecuente, sobre todo en Occidente, donde tampoco faltan las declaraciones desinhibidas o santurronas. Por ejemplo, un imán de Washington, llamado Abdul Alim Musa, no tiene empacho en decir públicamente: «El islam viene a los Estados Unidos no por la violencia. El islam viene a los Estados Unidos como el cristianismo fue a Roma. (...) Alá dice que el islam alcanzará el lugar que merece en el mundo, aunque esos politeístas, esos hipócritas, esos criminales, esos opresores, aunque todos esos se junten, el islam dominará, les guste o no» (The Third Jihad, 2008).

 

Otro ejemplo: un capellán musulmán del Servicio Penitenciario de Nueva York, Warith Deen Umar, adoctrinaba a unos jóvenes en la prisión: «Hermanos, estad preparados para combatir, para morir y matar. Esto forma parte de la religión. No soy yo quien os lo dice, es la historia, el Corán. Nadie lo puede negar. (...) ¿No estará el terrorismo en el Corán? Se llama irhab. Está escrito en la sura 8,12 del Corán. No es cuestión de la traducción. No es cuestión de quién lo dice. No. Está muy claro: ‘Yo infundiré terror en los corazones de los infieles. ¡Cortadles el cuello, amputadles los dedos!’» (The Third Jihad, 2008).

 

Por su parte, un tal Abu Mujahid, portavoz de la Islamic Thinkers Society estadounidense, declaraba que su meta es la instauración del Estado islámico mundial: «Alá dice que el mundo entero estará bajo su dominio. El mundo acabará por obedecer a las leyes divinas». Y otro militante de la misma asociación, Yousef Khattab, proclamaba durante una manifestación islámica en Nueva York, en 2007: «El islam dominará. Eso es lo que va a ocurrir. (...) Queremos la saría aquí y la tendremos. La bandera de ‘No hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta’ ondeará en la Casa Blanca, si lo queremos. Solo es cuestión de tiempo. (...) Pero la ley islámica la impondremos. Inch Alá» (The Third Jihad, 2008). Hace falta estar muy ciego para no ver que, en Occidente, estos colectivos musulmanes no están reclamando derechos, sino conspirando para la dominación del islam, para reemplazar la constitución democrática por la saría, ese derecho medieval islámico.

 

Al parecer, los políticos occidentales prefieren no darse por enterados del asunto.  El fundador del American Muslim Council, Abdurahman Alamoudi, supuestamente un musulmán «moderado», fue recibido en audiencia, en su día, por los presidentes Clinton y Bush. Luego, en 2004, sería detenido y condenado a pena de prisión por terrorismo, y su organización, prohibida. Lo cierto es que siempre había estado operando en el plan de islamizar Estados Unidos: «Tenemos la oportunidad de llegar a ser la fuerza moral de Norteamérica. La única cuestión es cuándo. Esto ocurrirá un día, loado sea Alá. No tengo ninguna duda. Esto depende de nosotros. Será ahora o dentro de cien años, pero este país se hará musulmán» (The Third Jihad, 2008).

 

Llevan razón quienes nos avisan de que lo sensato es desconfiar de las «organizaciones musulmanas moderadas», por la sencilla razón de que su islam, su Corán y su Mahoma no son distintos. Nunca sabremos, pese a la buena voluntad, si la aparente moderación es, o no, solo una táctica. La piedra de toque de las verdaderas opciones estará, seguramente, en qué es lo que hacen y qué apoyan. Demasiadas veces hemos oído palabras como tolerancia, libertad o verdad que, en realidad, servían para encubrir todo lo contrario. Pudiera ocurrir verosímilmente que, bajo la etiqueta de «religión de paz», se esconda un propósito de guerra.

 

Solo de manera excepcional, y a contrapelo de la corriente imperante, hay unos cuantos casos de repulsa hacia la yihad violenta. Así, Zuhdi Jasser, fundador y presidente del American Islamic Forum for Democracy, versado en teología islámica, se pronuncia abiertamente como contrario al islam fundamentalista y al yihadismo. Se dirige a los jóvenes musulmanes norteamericanos para prevenirlos ante el islam político, que lanza tremendas acusaciones contra Occidente, incitando al odio, en vez de predicar el amor de Dios. Llega a desenmascarar el proceder típicamente yihadista. Dice: «Hay dos estrategias de yihad. La yihad violenta, en la que los islamistas se sirven de la violencia y el terrorismo para vencer a su enemigo. Y lo que se llama la yihad cultural, en la que los islamistas se sirven, con una gran doblez, de las leyes y los derechos que les otorga nuestra sociedad para intentar subvertirla» (The Third Jihad, 2008).

 

Si miramos lo que pasa en Europa, vemos que el yihadismo está por doquier y va tejiendo sus redes, sobre todo entre los inmigrantes musulmanes, pero también entre conversos al islam. Probablemente no es dominante, pero no se puede negar que opera ahí el proyecto de combatir en nombre de Alá a los descreídos, que no son otros que los países anfitriones. En Alemania, desde 1990, se ha observado la radicalización de los musulmanes residentes, la mayoría turcos, y, por si fuera poco, un incremento de la conversión de ciudadanos alemanes al islam. Estos últimos se calculan en unos cien mil, extrañamente más mujeres que hombres. Cada cierto tiempo, la policía desarticula células yihadistas, que preparando atentados en suelo alemán, o que reclutan jóvenes islamistas para combatir en las guerras de Irak, Afganistán, Siria, etc. También se les exhorta a atacar a los enemigos del islam en Europa. Y se les presenta los terroristas suicidas como héroes y mártires de la yihad, un buen modelo.

 

Los sectores más activos fomentan un movimiento religioso-político que se denomina Euroislam. Su proyecto estriba en hacerse con Europa y, desde ahí, promover la islamización mundial. Para darse un cierto barniz de modernez, agregan a la ideología tradicional musulmana unos cuantos componentes culturales occidentales. Por ejemplo, hay quienes se apropian de la filosofía de Heidegger. El converso Abu Bakr Rieger, director del órgano islamista Islamische Zeitung, defiende la tesis de que el libro Ser y tiempo aporta una fundamentación válida para el «pensamiento de la unidad» tan esencial en el islam; y cree que existen en la filosofía de Heidegger otros elementos aprovechables para combatir la modernidad ilustrada y democrática, como la crítica a la técnica y al pensamiento racional. Se reproduce aquí la convergencia del discurso político islamista con la ideología nazi, no solo de Martin Heidegger, sino de otros como Ernst Jünger y Carl Schmitt. Se trata de una clara afinidad con las ideas totalitarias, que cuentan con fervientes seguidores en la República Islámica de Irán. Tales ideas son fácilmente incorporadas al sistema islámico, de modo que contribuyen eficazmente a la legitimación del violento rechazo de la modernidad y de Occidente, reforzando los cimientos teóricos y políticos para la destrucción de la sociedad abierta y democrática, y para la implantación del totalitarismo, esta vez en forma de teocracia islámica.

 

De manera visible o clandestina, el hecho incuestionable es que el islam habita en nuestras ciudades. Hay que ser conscientes de que no se trata del islam idílico, idealizado, mitificado o domesticado con el que intentan engañarnos tantos ignorantes, crédulos o embaucadores con quienes tropezamos. El islam realmente existente es otro, en el que se incluye el proyecto político fundamentalista y yihadista. Está aquí y se esfuerza por ganar terreno, con el consabido objetivo de avanzar hacia la supremacía de Alá, a medida que se obtiene poder para imponer la vigencia de la ley islámica. A todo musulmán se le exige el compromiso con la yihad, que participe a su manera en el combate frente a la sociedad no musulmana; una lucha que se libra en todos los frentes: religioso, cultural, espiritual, económico, político, militar, terrorista. Resultaría un error fatal creer que la amenaza yihadista queda lejos, o que tiene escasas posibilidades de arraigar en nuestras sociedades avanzadas.

 

Finalmente, en España, es ya ubicua la presencia de organizaciones islamistas, muchas de ellas radicales. Conforme señalan los informes oficiales del Gobierno, desde hace años, la presencia del fundamentalismo islámico en España está articulada, sobre todo, en torno a cinco organizaciones conocidas. Lo que no excluye que haya otros grupos directamente terroristas (cfr. Reinares 2003 y 2014). Son las siguientes:

 

En primer lugar, el movimiento y partido político Justicia y Caridad, fundado por el jeque Abdul Salam Yasin. Es una organización islamista tolerada, pero ilegal, en Marruecos. En España se propaga, predicando un islam tradicionalista y enemigo de la modernidad. Aunque rechaza la violencia, fomenta la radicalización de sus adeptos y obstaculiza la integración de los musulmanes en nuestra sociedad. Su influencia se canaliza por medio de la llamada Organización Nacional para el Diálogo y la Participación. Controla la mayoría de las mezquitas de Murcia y, en parte, las de Andalucía. En su interior, incluye una rama política más activa, denominada Alianza para la Libertad y la Dignidad.

 

Segundo, está una filial de los Hermanos Musulmanes, una facción de origen sirio, cuya estrategia mira a la islamización de los países europeos que acogen inmigración musulmana. Al parecer, se hallan implantados en Valencia.

 

Tercero, el salafista Partido de la Liberación Islámica (Hizb ut Tahrir al-Islami), procedente de Asia central, está asentado en Cataluña. Insta a los musulmanes a no mantener relaciones con el Estado español y promueve un islam «puro» cuya meta sea la restitución del califato mundial.

 

Cuarto, la Jamaat e-Islami (Asamblea Islámica) es un movimiento de origen indopaquistaní, que radica en Barcelona. Con una ideología radical, incita al odio contra Occidente y contra los judíos, y preconiza también la instauración del califato.

 

Por último, la secta Tablighi Jamaat (Asociación para la Predicación), también antioccidental y antidemocrática, pretende reavivar la fe de los musulmanes en la línea de un yihadismo radical. Se ha propagado, sobre todo, en Ceuta.

 

Todo este horizonte histórico y presente de calamidades atribuibles a una cosmovisión religiosa y política caracterizada por la yihad, cuya cronología y teoría es la que se ha expuesto, sin embargo, no anula del todo la posibilidad de que los musulmanes, ellos, abran la historia del islam a la modernización y a la convergencia con la ética universal. No lo tienen fácil, porque requiere una transformación muy a fondo de la tradición y una revisión del libro sagrado. Pero, como se hizo en otras grandes tradiciones religiosas, a los musulmanes les incumbe escoger lo mejor de sí mismos y reformular el mensaje islámico en sintonía con la conciencia común de humanidad. En este sentido, tal vez deberán empezar por la aceptación de las investigaciones histórico-críticas, la crítica textual de las fuentes y la consiguiente reinterpretación de la yihad, de forma que se neutralice el imperativo de agresión contra los otros y se potencie la cooperación para solucionar los problemas globales de la humanidad. Es lo que intentaron, hasta ahora sin éxito, diversos reformadores musulmanes desde el siglo XIX. Un caso emblemático es el del pensador y político liberal sudanés Mahmud Mohamed Taha, quien, en sus escritos, argumentaba la diferencia entre dos períodos de la vida y del mensaje de Mahoma, y distinguía netamente al «mensajero de Dios», que exhorta a la fe y a la paz, en el período de La Meca, y el posterior del «profeta armado» en Medina. Defendía la tesis de que este segundo período solo tiene una validez circunscrita a aquel contexto particular, mientras que el mensaje universal del islam ya está completo en el primer período. Por desgracia, no tuvo acogida, sino un rechazo total: el régimen islamista de Sudán, presidido por Al-Numeiri, persiguió su obra, lo juzgó, lo condenó y, el 18 de enero de 1985, Taha fue ahorcado en la plaza pública de Jartum.


El hecho es que, desde el siglo VII, la aparición de lo que llegaría a ser el islam surgió con la guerra y se expandió por medio de la guerra, que llaman yihad. Siglo tras siglo, el islamismo llevó la guerra en nombre de su Dios a todas las regiones donde hizo acto de presencia. Inmune a toda modernización, hasta ahora, el islam no ha cesado de predicar su guerra santa contra todas las civilizaciones.


 

Bibliografía y sitios en Internet



 LA CRONOLOGÍA Y LA TEORÍA DE LA YIHAD


1. La yihad atraviesa toda la historia del islam


2. La yihad protagonizada por el personaje Mahoma


3. La yihad desde la muerte de Mahoma al final del califato omeya


4. La yihad durante el califato abasí de Bagdad


5. La yihad en el auge y la decadencia de los imperios islámicos


6. El resurgimiento del fundamentalismo yihadista en el siglo XX


7. Las teorías y las organizaciones del yihadismo actual