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PUNTOS DE REFLEXIÓN



"Hombres que saben muy poco de ciencia y hombres que saben muy poco de religión se pelean, y los espectadores imaginan que hay un conflicto entre la ciencia y la religión, mientras que el conflicto es solo entre dos especies diferentes de ignorancia" (Robert A. Millikan).



El sagrado ideal del botín. Gracias al botín obtenido de la razias y las conquistas, Mahoma se hizo inmensamente rico. Pero su mayor ambición era apoderarse del Imperio romano oriental. Sus inmediatos sucesores arrebataron más de la mitad del territorio de Bizancio. Luego, los califas soñaron siempre con apropiárselo del todo, por lo que asediaron una y otra vez las murallas de Constantinopla. Cuando, en 1453, por fin lo consiguió el turco Mehmet II, el Conquistador, aún persistía el ideal de poseer el Imperio bizantino. De hecho, Mehmet no alardeó de su título califal, sino del título de emperador romano, como consta en un medallón suyo acuñado con esta leyenda en latín:
MAGNI SULTANI MOHAMETI IMPERATORIS

(Del Gran Sultán Mohamet el Emperador).



En consecuencia, la intensificación contemporánea de la violencia armada y el terror islámicos no son ninguna desviación, sino que representan, rememorando el pasado y proyectándose al futuro, la continuación de una lucha de siglos contra la Cristiandad, ahora contra Occidente y contra las libertades de la modernidad. Las versiones más recientes de la doctrina de la yihad, renovada en el siglo XX, satanizan frontalmente a las naciones modernas y, para justificarlo en su visión del mundo, les aplican una consabida etiqueta coránica, pretendiendo que están sumidas en la «era de la ignorancia» (yahiliya), una imaginaria época anterior al islam, marcada por el politeísmo y la depravación social, contra la que hay que combatir por mandato divino.



La hégira (emigración) es el inicio de la yihad. Y la yihad es el preludio de la dimmitud: el sojuzgamiento de los no musulmanes. El proyecto del islam es radicalmente belicoso, intolerante e incompatible con los derechos individuales y las libertades políticas.



El éxito del velo islámico impuesto a las mujeres evidencia el fracaso del islam como religión universal.



Demasiadas veces ya, he observado que comenzar a hablar del islam es comenzar a mentir.



¿Por qué pasan tan fácilmente delincuentes comunes a hacerse asesinos suicidas yihadistas? Simplemente potencian su criminalidad, elevándola al plano trascendente de una religión delictiva: que considera la violencia una virtud y al asesino, un mártir.



"Los principios encerrados en el Corán son enemigos del progreso moral" (Ibn Warraq 1995: fin capítulo 4).



Pensar que Dios manda que las mujeres lleven velo es cosa manifiestamente ridícula. ¿No supone hacerse una idea ridícula de Dios? Porque decir que Dios manda algo que en sí es ridículo supone hacerse una idea ridícula de Dios.



Atentado islamista en Barcelona, el 17 de agosto de 2017. Si esto tiene que ver con el islam, entonces la islamofobia constituye un deber moral.



La islamofobia está mal vista y perseguida. Pero la cristianofobia no merece el menor reproche.



¿Tolerancia? Cada día, todo buen musulmán, en el rezo del azalá, repite diecisiete veces una fórmula de odio a los judíos y a los cristianos.



Al visitar una exposición monográfica sobre Rubens en el museo del Prado, ante la serie de cuadros titulada Los sentidos, por contraste, me vino a la cabeza la intuición de cómo el islam castiga los sentidos en las relaciones sociales. Castiga la vista: prohíbe la representación pictórica de figuras humanas y al mismo tiempo cubre con un velo a la mujer. Castiga el oído: prohíbe todos los instrumentos musicales en el ritual. Castiga el olfato: prohíbe perfumarse para salir a la calle. Castiga el gusto: prohíbe el vino y el jamón (la carne de cerdo). Castiga el tacto: con la separación radical de hombres y mujeres, la prohibición de saludarlas con un beso e incluso dando la mano, y en el extremo, mandando lapidar a los adúlteros e imponiendo toda la serie de castigos corporales estipulados