Sobre el diálogo islamo-cristiano

AMOUR, TOLERANCE, PAIX





El sincretismo y el diálogo islamo-cristiano


Para iniciar un diálogo que pretenda ser sincero y razonado, conviene como mínimo haber leído por entero los textos fundacionales (Evangelio y Corán), pues, al eliminar sistemáticamente todo lo que diferencia, se corre el gran riesgo de dejarse arrastrar por los meandros del relativismo y del sincretismo, según los cuales todas las religiones valen lo mismo, son intercambiables según el entorno, manifiestan un absoluto que nadie puede conocer realmente, y convergerían, por el bien de la humanidad, en un compromiso de reconciliación, ya que las religiones «reflejan un rayo de la verdad que ilumina a todos los hombres» (Nostra aetate, Vaticano II).


La afirmación de la propia fe es un requisito previo a todo diálogo, pues «¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!», decía san Pablo (Corintios 9,16). No se trata de renegar de la propia riqueza y de las tradiciones culturales propias, sino, en una relación de confianza, de reconocer la igual dignidad del otro y reconocerse recíprocamente como hermanos y hermanas humanos, aceptándose en sus diversidades, siendo esta aceptación recíproca y franca una condición sine qua non del diálogo.



El Corán confirma que el Evangelio no está falsificado


Por sinceridad, conviene abrir el absceso de la pretendida falsificación del Evangelio (en realidad hay 4 Evangelios). Sí, los musulmanes creen que la palabra de Dios descendió en un libro, el Corán, y los cristianos creen que la palabra de Dios se hizo hombre en Jesús, para la salvación de los hombres, y su credo lo proclama. Pero cuando se nos explica que Jesús era musulmán y que, en el Evangelio (Juan 14,16-20), anunciaba, no el Espíritu Santo, sino a Mahoma, ¿quién falsifica el espíritu y la letra?


El Corán habla del Evangelio como una referencia de la palabra de Dios (Corán 21,7; 7,157; 2,91; 5,43; 5,66; 5,68; 29,46): «Y enviamos tras ellos a Jesús, hijo de María, para confirmar lo que había en la Torá antes que él. Y le dimos el Evangelio, en el que hay guía y luz, para confirmar lo que había en la Torá antes que él, y una guía y una exhortación para los piadosos» (Corán 5,47). Dice también (Corán 18,27) que Alá vela particularmente para que su palabra no sea corrompida. Ahora bien, Jesús es la palabra de Dios (Corán 3,45; 4,171; 19,34).



Alá no es Dios Padre


Proclamar la existencia, y la unicidad, de Dios es una cosa, pero ¿qué se sabe más de ese Dios con esa sola proclamación? Dar a entender que compartimos una misma concepción monoteísta de Dios equivale a renegar de la fe cristiana.


Los musulmanes no pueden esperar en el otro mundo más que los placeres que deben odiar aquí abajo, mientras que el paraíso, el reino de Dios prometido a los cristianos, es la relación con Dios, comunión en el amor divino.


El dios de la sumisión (1), que guía o extravía a quien quiere, sin posibilidad de penitencia, no es el padre que llama a su creación al amor. Dios Padre creó a todos los hombres para participar activamente en la creación y llegar al paraíso; Alá creó a algunos predestinados para el infierno (Corán 7,179), sin redención posible, «mektub». El cristiano, que goza de libre albedrío, cree que sus pecados han sido rescatados por el sacrificio de Jesús, y que puede, mediante la confesión y el arrepentimiento, obtener el perdón. El Corán no ofrece esa facilidad, y no propone al creyente, como esperanza de redención para su salvación, más que morir como mártir, haciendo el mayor daño posible a los enemigos de Alá (2). Dios Padre no tiene enemigos sobre esta tierra; es el buen pastor, que solo tiene ovejas descarriadas a las que busca incansablemente.


Una fetua [decreto] del sultán malasio de Selangor afirma, por otra parte, que la palabra Alá, que era empleada para «dios» por los cristianos en su traducción local de la Biblia, es «una palabra sagrada, exclusivamente reservada a los musulmanes». No se trata, por tanto, del mismo Dios.


Es Alá quien escribió el Corán. ¿Es Dios Padre quien escribió el Corán? No; por tanto, no es el mismo dios.


El Corán no deja de repetir que Alá detesta a toda la gente de la que el Evangelio dice que Dios la ama tanto que envió a su Hijo para salvarla. Dios Padre no solo ama a los justos, sino que ama a los pecadores como se amaría a un hijo, y entra en su creación para salvarlos. En cambio, «Alá ama a quienes llegan a matar por su causa» (Corán 61,4), y no ama a los transgresores (Corán 2,190), a los incrédulos (Corán 2,276), a los pecadores (Corán 4,107), a los infieles (Corán 3,32), a los injustos (Corán 3,57), a los traidores (Corán 4,107), a los presuntuosos, a los orgullosos (Corán 16,23), a los arrogantes (Corán 28,76), a los corruptores (Corán 28,77), a los sembradores de desorden (Corán 5,64), a los que cometen excesos (Corán 7,31), a los derrochadores (Corán 6,141), a los presuntuosos (Corán 31,18)… y en Corán 80,17 Alá llega a decir: «Perezca el hombre, qué ingrato es». Entonces, ¿por qué habría de entrar en su creación y morir por los pecados de aquellos a quienes no ama? Por tanto, evidentemente, no es el mismo dios; el Corán mismo lo confirma: «¡Oh, infieles! Yo no adoro lo que vosotros adoráis, y vosotros no adoráis lo que yo adoro» (Corán 119,1). «Os repudiamos, a vosotros y a lo que adoráis fuera de Alá. Renegamos de vosotros. Entre vosotros y nosotros quedan declaradas para siempre la enemistad y el odio, hasta que creáis en Alá, solo Él» (Corán 60,4).


Por otro lado, en 1978, en respuesta a los representantes del Vaticano que querían celebrar una conferencia titulada «La creencia común en un dios único comporta implicaciones humanistas y culturales y puede representar una base de acercamiento entre cristianos y musulmanes», la revista oficial de Al-Azhar denunció «la equivocidad del título mismo de la conferencia», [pues] «la fe musulmana en Dios no es semejante a la fe cristiana», [de modo que] «hacer creer que no hay diferencia solo puede perjudicar tanto a los musulmanes como a los cristianos», ya que el islam vino después del cristianismo para reformar la fe en Dios, como testimonian las múltiples intervenciones de Mahoma ante los cristianos de su tiempo, [fe que] «es común con la que profesan los asociadores [mushrikun]» […]. «La común afirmación de la existencia de Dios» no basta: el problema está en saber qué se entiende por «unicidad de Dios». Los cristianos […] le añadieron las doctrinas trinitarias, que les dificultan cualquier síntesis apropiada. Solo el islam ha desarrollado perfectamente «la ciencia de la unicidad» […] la fe islámica no puede admitir […] lo que el Vaticano I dice de Dios, a saber, que Él es «sustancia»; espíritu; espiritual; natural; que tiene una «naturaleza». En cuanto al humanismo, ¿cómo podría ser común si Dios, que es su base, no es el mismo? Además, «¿qué significa un humanismo basado en Dios?». Solo «la razón que se somete a la sabiduría divina» puede aspirar a ello […]» (citado en L’Église face à l’islam, de Joachim Véliocas).


Véase este esquema muy completo para la comparación entre Alá y el Dios trinitario de los cristianos:

Chrétiens et musulmans croient-ils au même Dieu?



Dios en el Antiguo Testamento


«El que es»: «Yo soy el que soy» (Éxodo 3,14).
«El Creador»: «Al principio, Dios creó el cielo y la tierra» (Génesis 11).
«El Salvador»: «Bendito eres, salvador de Israel» (1 Macabeos 4,30 y Sabiduría 16,7).
«El Señor»: «Él es el Dios de los dioses y el Señor de los señores» (Deuteronomio 10,17).
«El Redentor»: «Nuestro Redentor, tal es tu nombre desde siempre» (Isaías 63,16).
«El Poderoso»: «Tu Redentor es el Poderoso de Jacob» (Isaías 49,26; 60,16).
«El Amo»: «Los montes se funden como cera ante el amo de la tierra» (Salmo 96,5).
«El Juez»: «Tú eres el Juez del mundo» (Tobías 3,2; Salmo 49,6; 93,2).
«La Luz»: «El Señor es mi luz y mi salvación» (Salmo 26,1).
«El Santo de Israel»: «Abandonaron al Señor, despreciaron al Santo de Israel» (Isaías 1,4).
«La salvación»: «Tú eres el Dios de mi salvación» (Salmo 24,5).
«El Rey»: «El Señor es nuestro rey, él es nuestro salvador» (Isaías 33,22).
«El Misericordioso»: «El Señor tu Dios es un Dios misericordioso» (Deuteronomio 4,31).
«El Viviente»: «El Señor es el Dios verdadero, el Dios viviente» (Jeremías 10,10).
«El día del Señor»: «Antes del día del Señor, grande y temible» (Malaquías 3,23).
«El nombre del Señor»: «Nuestro auxilio está en el Nombre del Señor» (Salmo 123,8).
«La gloria del Señor»: «Toda la tierra está llena de su Gloria» (Salmo 71,19).
«El templo del Señor»: «La gloria llenaba el templo del Señor» (1 Reyes 8,11).



El Nuevo Testamento atribuye a Jesús todos los títulos atribuidos a Dios


«El que es»: «Antes de que Abraham existiera, Yo Soy» (Juan 8,24; 28,58; 13,19).
«El Creador»: «Todo fue por él y sin él nada fue» (Juan 1,3; Hebreos 1,10).
«El Salvador»: «Este es verdaderamente el Salvador del mundo» (Juan 4,42).
«El Señor»: «El discípulo que Jesús amaba dijo a Pedro: ¡es el Señor!» (Juann 21,7).
«El Redentor»: «En él encontramos la Redención, por su sangre» (Efesios 1,7).
«El Maestro»: «Me llamáis Maestro y Señor, y en verdad lo soy» (Juan 13,13).
«El Poderoso»: «Este Hijo que sostiene el universo con su palabra poderosa» (Hebreos 1,3).
«El Juez»: «El Señor, el Juez justo, en su aparición» (2 Timoteo 4,8).
«La Luz»: «El Verbo es la luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Juan 1,9).
«El Santo de Israel»: «Así habla el Santo, el Verdadero, que tiene la llave de David» (Apocalipsis 3,7).
«El Salvador»: «Jesucristo es el Dios verdadero y la vida eterna» (1 Juan 5,20).
«El Misericordioso»: «El Señor es misericordioso y compasivo» (Santiago 5,11).
«El Viviente»: «Yo soy la Resurrección y la Vida» (Juan 11,25).
«El día del Señor Jesús»: «Y yo lo resucitaré en el último día» (Juan 6,44).
«El nombre de Jesús»: «Para que, al nombre de Jesús, toda rodilla se doble» (Filipenses 2,10).
«La gloria de Jesús»: «¡A él la gloria por todos los siglos! ¡Amén!» (2 Timoteo 4,18).
«El templo de su cuerpo»: «Destruid este templo y en 3 días lo levantaré» (Juan 2,19).



El Evangelio desarrolla la revelación de la identidad de Cristo


«Yo soy el Pan de Vida, que ha descendido del Cielo» (Juan 6,35; 6,48; 6,51).
«Yo soy la Luz del mundo» (Juan 8,12; 9,5).
«Yo soy la Puerta de las ovejas» (Juan 10,7; 10,9).
«Yo soy el buen Pastor» (Juan 10,11; 10,14).
«Yo soy la Vid verdadera y mi Padre es el viñador» (Juan 15,1).
«Yo soy el Rey de los judíos» (Juan 18,37).
«Yo soy el Primero y el Último, el Viviente» (Apocalipsis 1,17).
«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por Mí» (Juan 14,6).
«Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en Mí, aunque muera, vivirá» (Juan 11,25).
«Yo soy el Alfa y el Omega, el que es, el que era y el que viene» (Apocalipsis 1,8; 21,6).
«Yo soy el Alfa y el Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin» (Apocalipsis 22,13).
«Yo soy el Principio y el Fin, el Viviente. Estuve muerto y aquí estoy vivo por los siglos de los siglos: tengo las llaves de la muerte y del reino de los muertos» (Apocalipsis 1,17).
«El Cordero los vencerá, porque es Señor de señores y Rey de reyes» (Apocalipsis 17,14).
«Lleva escrito un nombre: “Rey de reyes y Señor de señores”» (Apocañipsis 19,16).


¿Quién puede decir todo esto sino Dios mismo?



El Hijo también es llamado explícitamente «Dios»


«En el principio era el Logos, el Logos estaba con Dios, el Logos era Dios» (Juan 1,1).
«Señor mío y Dios mío» (Juan 20,28) (fórmula hebrea: «Adonai Elohim»).
«Cristo está por encima de todo, Dios bendito eternamente» (Romanos 9,5).
«Jesucristo es el Dios verdadero y la vida eterna» (1 Juan 5,20).
«Aguardando la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo» (Tito 2,13).

Jesús se proclama Hijo de Dios.



Jesús actúa como Dios


«Increpó a los vientos y al mar, y se hizo una gran calma» (Mateo 8,26).
«El Cielo y la Tierra pasarán, mis palabras no pasarán» (Mateo 24,35).
«El Hijo del hombre es señor, incluso del sábado» (Marcos 2,28).
«Habéis oído que se dijo a los antiguos… Pues bien, yo os digo» (Mateo 5,21).
«El Hijo del hombre tiene poder, sobre la tierra, para perdonar los pecados» (Mateo 9,6).
«Si alguien viene a mí sin preferirme a su padre, su madre, su mujer, sus hijos, sus hermanos y hermanas, e incluso a su propia vida, no puede ser mi discípulo» (Lucas 14,26).
«Sin mí, no podéis hacer nada» (Juan 15,5).
«En estos días, Dios nos ha hablado por su Hijo, por quien creó los mundos» (Hebreos 1,2).


«Adorarás al Señor tu Dios y a él solo darás culto» (Deuteronomio 6,13), y por eso san Pedro y san Pablo se niegan a que se postren ante ellos:
«Pedro levantó a Cornelio diciendo: Levántate, que yo también soy un hombre» (Hechos 10,26).
«Los apóstoles rasgaron sus vestiduras y exclamaron: ¿Por qué hacéis esto? Nosotros somos hombres, de la misma naturaleza que vosotros» (Hechos 14,14-15).


Pero Jesús nunca rechaza ninguna forma de culto:
«Los Magos, cayendo a sus pies, se postraron ante él» (Mateo 2,11).
«Que se postren ante él todos los ángeles de Dios» (Hebreos 1,6).
«Un hombre, cayendo de rodillas, dijo: “Señor, ten piedad”» (Mateo 17,14).
«Que al nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los infiernos» (Filipenses 2,10).
«Al ver a Jesús, cae a sus pies y le suplica con insistencia» (Marcos 5,23).
«En mi nombre expulsarán demonios» (Marcos 16,17).
«Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre» (Lucas 10,17).


En definitiva, nada de lo que pertenece únicamente a Dios le es negado a Jesús. Precisamente por eso es condenado a muerte:

«Tú, que no eres más que un hombre, te haces dios» (Juan 10,33).

«Habéis oído la blasfemia» (Mateo 26,65; Marcos 14,64).
 


Jesús es Dios hecho hombre


El Corán distingue a los nazarenos (3), que creen en Issa y que son los mejores amigos de los musulmanes, y por otro lado los asociadores, que asocian a Dios un hijo, Jesús, e incluso una madre (4), María (5,116), y a quienes se acusa de cometer con ello el peor de los crímenes, imperdonable: el politeísmo.


Los milagros de Jesús que recoge el Corán muestran exclusivamente su poder: habla desde su nacimiento (Corán 19,30), da vida a pájaros de arcilla (Corán 3,49; 5,111), hace descender una mesa servida (Corán 5,112), pero el Corán no recoge ninguno de los milagros de los Evangelios, que son milagros que muestran también el amor de Jesús. ¿Cómo podría el Jesús del Corán, cuyo poder queda demostrado, haber sido crucificado, y cómo aceptaría el Jesús de los Evangelios, cuya vida demuestra el amor a los hombres, que otro fuera crucificado en su lugar?


El Antiguo Testamento nos muestra a Dios como el Padre de su pueblo; muestra también la Palabra de Dios que procede de él, y el Espíritu de Dios, artífice de relaciones. Esto no supone, sin embargo, tres dioses: ¡Dios es único!


Dios es amor, ama, pero ¿a quién ama? Como es autosuficiente, ese otro debe estar en él, por lo que se trata de un dios en al menos dos personas. Esta relación de amor necesita ser reconocida por un tercero que sea su testigo, y estas tres personas cooperan en la creación.


Por otra parte, el Corán afirma que Jesús fue fortalecido por el Espíritu Santo, que es la «palabra de Dios», por la cual todo fue creado, y que aporta pruebas milagrosas «con permiso de Dios» (Corán 5,110; 3,45-49; 19,17). ¿No es esto un resto de los escritos cristianos originales, un reconocimiento de la trinidad?


Véase también: Dieu n’a pas de fils et il n’a pas engendré


No se puede amar ni ser amado por aquello que se domina, por lo que la revelación cristiana es el conocimiento de la esencia trinitaria de Dios y su designio de salvación por el amor, en la comunión con Dios (5). Y es para hacer posible esa comunión con Dios por lo que, para los cristianos, el hombre y la mujer fueron creados a imagen de Dios (Génesis), de donde procede el respeto debido a toda persona; y Dios trata a sus criaturas con paciencia, como un padre compasivo trata a sus hijos. Los creyentes lo reconocen así al rezar al «padre eterno», y los cristianos, tal como Jesús les enseñó, dicen «Padre nuestro que estás en los cielos…». Sin embargo, para ellos Jesús es mucho más que un hijo de Dios, y el Corán lo reconoce, puesto que afirma que él es el «Verbo» (Corán 3,45) y el «Espíritu» (Corán 2,87 y 253; 4,171) de Dios, su palabra increada e inseparable, que existe desde el principio (Juan 1,1), y que, no creado sino eterno, fue insuflada en el seno de la virgen María (Corán 66,12). Como anunciaron los profetas, tomó, pues, carne sin concepción humana (Corán 3,47; 19,20; 21,91). Y cuando Dios decide algo, le basta decir: «Sé», y se realiza. Al hacerse así hombre, Jesús tomó, pues, la naturaleza de hijo de Dios para descender entre los hombres y anunciarles la buena nueva de la salvación de los pecadores que la deseen.


En la controversia de 1215 entre tres doctores musulmanes y el abad Giorgi, se encuentra este intercambio:


Rechid: Persisto en negar lo que sostenéis, que Dios haya podido engendrar, y que puedas llamar al Mesías Hijo de Dios, tanto más cuanto que Dios dijo en el Libro que descendió del Cielo a Mahoma, nuestro Profeta: Decid, es Él quien es Dios, es uno, es eterno, no engendra, no es engendrado, y no tiene asociado ni igual.


El cenobita: ¿Qué dice además el Al-Corán? Si Dios, dice, hubiera querido darse un Hijo, lo habría elegido. Es decir, lo habría tomado de entre los hijos de Adán. Sopesad estas palabras y reflexionad. […] Decidme, Rechid, ¿no es verdad que la palabra proferida por la boca del hombre es engendrada y concebida en su espíritu?


Rechid: Sí.


El cenobita: ¿No son los rayos y la luz engendrados por el Sol; la luz que el fuego pone en movimiento, no es una producción de ese elemento? ¿No es el vino engendrado por la vid, la palabra por el pensamiento? ¿Podéis negar esta hipótesis?


Rechid: No, no puedo negarla.


El cenobita: ¿De dónde viene, entonces, que no os rindáis a esta verdad constante, que la palabra de Dios, el Verbo, sea engendrado por Dios mismo; es esta palabra, es este Verbo lo que llamamos Hijo de Dios. Vuestro Profeta, vuestro Al-Corán dicen que Jesucristo el Mesías es el Espíritu y el Verbo de Dios; ¿por qué, entonces, querríais negar que el Verbo es Hijo de Dios? Es necesario que creáis esta verdad, o bien que acuséis de mentira a vuestro Profeta y a vuestro Al-Corán.


Véase también cómo Jesús realiza lo que anuncia la Biblia: No se puede creer en el Evangelio y negar la divinidad de Cristo.



Miriam no es la inmaculada concepción


María es la Inmaculada concepción, es decir, que en su nacimiento fue preservada del pecado original, el cual no existe en el islam.


Es un «hombre perfecto» quien viene a anunciar a Miriam que va a ser madre, no Gabriel, nombre añadido al texto por los traductores (Corán 19,17), y ella permaneció virgen hasta la concepción del mesías (Corán 66,12). Para los cristianos, su matrimonio con José protege a María de la difamación, pero, según el Corán, Miriam no está ni prometida ni casada con José, por lo que el espíritu de Alá le aconseja la mentira para explicar su ausencia, que sería juzgada como deshonesta: «Come, pues, y bebe, y que se alegre tu ojo. Si ves a alguien entre los humanos, dile: “Ciertamente, he hecho voto de ayuno al Todo Misericordioso; hoy no hablaré, pues, con ningún ser humano”» (Corán 19,26).


Pretender que María «reúne al conjunto de los creyentes, cristianos y musulmanes» es un engaño, porque ¿qué creencias tienen en común esos «creyentes» sin apostatar de su propia fe? ¡María es la madre de Dios encarnado para unos, y esto es una blasfemia abominable para los otros!



El cristianismo no es la religión de un libro


La Biblia y el Evangelio son libros inspirados por Dios a autores humanos; el Corán se presenta como palabra de Dios revelada, descendida directamente.


El cristianismo no es la religión de un libro, sino la de la palabra de Dios encarnada: Jesucristo, la buena nueva que se acepta con fe. Evocar la pertenencia a la «gente del libro» da a entender que solo habría una religión y un libro, y que el cristiano se salvaría obedeciendo una ley, cuando es la fe la que salva; las buenas obras son la consecuencia de la salvación, y en absoluto el medio para obtenerla. Entre esas obras, el amor al prójimo mismo no es más que el amor a Dios, puesto que el Evangelio nos muestra a Dios en cada uno de nuestros prójimos.


La expresión «gente del libro» se asocia en el Corán con el estatuto discriminatorio de «dimmi», y situarse, falsamente, entre la gente del libro es aceptar ese estatuto de inferioridad. Podría, al menos, reivindicarse como gente de los libros, ¡siendo los musulmanes gente de un libro y de sus comentarios! Por otra parte, pasear por la calle con ese famoso libro, la Biblia, es un delito en los países musulmanes.


Conviene también expurgar del discurso cristiano contemporáneo expresiones tan perniciosas como «las tres religiones abrahámicas», «las tres religiones reveladas», e incluso «las tres religiones monoteístas», porque hay muchas más, y porque ello se sobreentiende una convergencia inexistente, negada por los textos fundacionales: la asociación (la creencia en la trinidad) se denuncia en el Corán como el peor crimen.



Todos somos descendientes de Abrahán


Se dice tradicionalmente que los árabes descienden de Ismael y los judíos de Isaac. Dios hizo alianza con Abrahán y le prometió un hijo, pero Abrahán y Sara envejecen y ese hijo no llega. «Abrahán, en su impaciencia, quiere arrancarle a Dios lo que había anunciado, en lugar de esperar el tiempo elegido por Dios, y Dios no desaprueba esta unión de Abrahán con la esclava egipcia Agar; no lo condena por haber querido hacer por sí mismo lo que solo puede venir de Dios. Pero la promesa de bendición no irá a quien el hombre eligió: Ismael recibe una promesa puramente secular, que concierne a su historia, pero que no es ni una promesa universal ni una promesa para la eternidad. Isaac recibe la herencia total de Abrahán, la promesa de la alianza, y en él, el hijo del milagro (y su nacimiento es tan milagroso como el de Jesús), todos los pueblos serán efectivamente bendecidos, en Jesucristo» (según Jacques Ellul).


Por otra parte, Jesús muestra que descender de Abrahán no es garantía de salvación: «No os atreváis a decir en vuestro interior: Tenemos por padre a Abrahán; porque os digo que, de estas piedras, puede Dios levantar hijos a Abrahán» (Mateo 3,8-9). Y, más adelante, Abrahán tuvo otros hijos, al casarse con Ketura; ¡hay, por tanto, muchos más descendientes de Abrahán que los judíos y los árabes! Y los cristianos no descienden de Abrahán, salvo por la alianza universal del espíritu. Véase:


Israël contre Ismaël ? Ou qui a fait croire aux 'Arabes' qu'Ismaël était leur ancêtre?


Irlande : un Prélat catholique et un Rabbin ont assisté à la fête islamique de l’Aïd-el-Kébir



Jesús cumplió las profecías, abrogó la parte ritual y civil de la ley judía, y, al confirmar los 10 mandamientos de Moisés, perfeccionó la ley moral


Jesús dijo: «No penséis que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolir, sino a cumplir. Porque, os lo digo en verdad, mientras no pasen el cielo y la tierra, no desaparecerá de la ley ni un solo iota ni una sola tilde, hasta que todo se haya cumplido» (Mateo 5,17), y por tanto Jesús vino a cumplir las predicciones de los profetas, y a confirmar los 10 mandamientos dados a Moisés, de los que ni un iota cambiará. Y el sermón de la montaña recuerda y detalla estos mandamientos. A las prescripciones rituales y civiles de los fariseos, Jesús se sometió, se liberó de ellas por su muerte, y nos libera de ellas por su resurrección.


Los versículos tolerantes del Evangelio abrogan los que no lo son en la Torá:


El Antiguo Testamento contiene la ley del talión (Deuteronomio 19,21 y Levítico 24,17), y el propio Jesús la denuncia (Mateo 5,43-48); el Evangelio abroga, pues, la ley del talión, que el Corán conserva.


El Antiguo Testamento contiene la lapidación de la mujer adúltera (Deuteronomio 22,13-24), y el propio Jesús la denuncia (Juan 8,7-11); el Evangelio abroga, pues, la lapidación, que el islam conserva.


El Antiguo Testamento contiene, en el contexto de la entrada de los hebreos en la tierra prometida, múltiples ejemplos de glorificación del uso de la fuerza, de reyes que toman ciudades y exterminan a sus habitantes… (Deuteronomio 20,13; Libro de los Reyes, Libro de Samuel), y el propio Jesús lo denuncia (Mateo 26,52 y Juan 18,36); el Evangelio abroga, pues, el uso de la violencia, que el Corán conserva bajo la forma teorizada de la yihad.


El Antiguo Testamento contiene múltiples obligaciones rituales diarias y prohibiciones (vino, cerdo…), y Jesús abrogó claramente esas abluciones rituales y esas prohibiciones: «¿No comprendéis que todo lo que entra por la boca va al vientre y luego se echa fuera? Pero lo que sale de la boca viene del corazón, y eso es lo que mancha al hombre […] pero comer sin haberse lavado las manos no mancha al hombre» (Mateo 15,16-20). En su carta al musulmán al-Hashimi, el cristiano Abd al-Masih al-Kindi escribe:


«En cuanto a tus palabras sobre practicar las abluciones, lavarse después del coito, circuncidarse para conformarse a la tradición de nuestro padre Abrahán, te responderemos con la palabra que Cristo dirigió a los judíos que le preguntaban: “¿Por qué tus discípulos no se lavan?” (Mateo 15,1-2). Él les respondió: “¿Qué utilidad hay, en una casa oscura, en tener afuera una lámpara luminosa mientras el interior de la casa permanece oscuro? Son las intenciones y el corazón los que deben purificarse de los malos pensamientos y del vicio del pecado que mancha y marchita. En cuanto al exterior del cuerpo, ¿qué utilidad hay en limpiarlo? ¡Oh hipócritas que cuidáis las apariencias! Os parecéis a los sepulcros decorados por fuera, cuyo interior está lleno de cadáveres pestilentes” (Mateo 23,25-28). De la misma manera, vosotros os laváis el cuerpo, pero vuestros corazones están impuros y manchados por el pecado. ¿Cuál es, entonces, la utilidad de lavarse las manos, los pies y el cuerpo, y celebrar el rezo, mientras al mismo tiempo se forma en el corazón, la conciencia y la voluntad el propósito de matar a la gente, saquearla y tomar cautivos a sus hijos?

   Reflexiona sobre lo que Cristo les respondió: es necesario, primero, que el hombre se purifique interiormente, eliminando de su corazón los malos pensamientos que empujan a hacer el mal y a dañar a los demás. Y cuando la conciencia y las intenciones hayan sido purificadas de toda mala idea, entonces se pueden lavar las manos con agua.»


El Antiguo Testamento contiene la obligación de la circuncisión, que ni los cristianos ni los musulmanes consideran necesaria. En su carta al musulmán al-Hashimi, el cristiano Abd al-Masih al-Kindi afirma:


«¿Y cómo invitas a la gente a circuncidarse, sabiendo que tu maestro no estaba circuncidado? Esta es la aserción de quienes profesan tu doctrina, según lo que los narradores han transmitido de que él no estaba circuncidado, pues lo compararon —y afirmaron esta comparación en este punto— con Adán, padre del género humano, con Set, con Noé y con Hanzala ibn Safwan. Este testimonio es admitido, y ninguno de tus amigos, de los que profesan tu doctrina, pone en duda su autenticidad.

   Si me haces notar que Cristo estaba circuncidado, te responderemos que Cristo quiso someterse a las prescripciones de la Torá, para que nadie pudiera pretender que no las respetaba o que las suprimía. La prueba de ello es esta declaración: “No he venido a abolir la ley y los profetas, sino a llevarlos a plenitud y cumplirlos” (Mateo 5,17).

   De igual modo, Pablo, apóstol de la verdad, declara: “Si os circuncidáis porque Cristo estaba circuncidado, eso no os servirá de nada. La incircuncisión tampoco es nociva para la verdadera fe y el corazón puro. De lo contrario, tendríais que ofrecer los sacrificios, respetar el Sábado, celebrar la Pascua, cumplir todas las prescripciones de la Torá, como hizo Cristo, nuestro Señor” (Gálatas 5,2-6).

   [Jesús no vino, pues, a abolir la ley, sino a perfeccionarla]: Cristo cumple las profecías y nos libera de la ley. Nos enriquece con sus prescripciones divinas y sus mandamientos espirituales, con los que sustituyó la Ley acerca de la cual Dios decía por boca de su profeta: “Os he dado, oh pueblo de Israel, prescripciones que no son perfectas y ordenanzas por las que no podéis cumplir y vivir (6)” (Ezequiel 20,25).

   Sé, pues, equitativo y reconoce que la circuncisión no es un deber necesario, puesto que tu libro, que contiene, según tú, las prescripciones de tu religión [no indica que la circuncisión sea una obligación legal, e incluso indica más bien lo contrario] (Corán 30,30). No es más que una vieja costumbre: quien la considera buena la cumple, y quien la encuentra atroz se abstiene de ella.

   En cuanto a nuestros amigos que se circuncidan, que practican abluciones y se lavan después del coito, no lo hacen porque se trate de una tradición necesaria o de una obligación indispensable de la que no esté permitido eximirse, sino que lo hacen para seguir la costumbre corriente entre la gente y conformarse a las prácticas de las poblaciones entre las que viven.»


El Antiguo Testamento, al no distinguir entre la ley divina y el código civil, contiene las descripciones de las penas relativas a los delitos, y Jesús, con su célebre fórmula «dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mateo 22,15-22), quiso dejar que el poder político organizara la equidad entre los ciudadanos. Todo ello se conserva en el Corán, bajo la denominación de saría [la ley islámica]


¿De qué ley, de la que no cambiará un iota, habla Jesús en Mateo 5,17? La ley judía no distinguía entre la ley ritual, la ley civil y la ley moral. Pero ¿qué queda de las prescripciones civiles y rituales de la ley judía después de que Jesús, habiendo cumplido las profecías y confirmado los diez mandamientos, haya abrogado la ley del talión, la lapidación, el uso de la violencia, las abluciones de purificación y las prohibiciones alimentarias, y de que san Pedro y san Pablo hayan abrogado la circuncisión? ¿No están de hecho abrogadas?


Y el Corán lo confirma al recoger estas palabras de Jesús, desconocidas por los Evangelios: «Y confirmo lo que hay en la Torá revelada antes de mí, y os hago lícita una parte de lo que estaba prohibido» (Corán 3,50) y «Dios quiere aliviaros (las obligaciones), porque el hombre fue creado débil» (Corán 4,28).


Los sabios de Israel lo afirman: «cuando un hombre ha muerto, queda exento de los mandamientos» (Talmud, Shabbat 30b), y por tanto Jesús, que les fue fiel, quedó liberado de ellos con su muerte; así, todos los que viven en la nueva alianza con el Cristo resucitado, el mesías anunciado por el Antiguo Testamento, se encuentran de hecho liberados (Romanos 7,1-4; 8,10; Gálatas 2,19-20), sin dejar de nutrirse de la Biblia entera, pues «el Nuevo Testamento está oculto en el Antiguo, y el Antiguo se desvela en el Nuevo» (san Agustín).


Jesús nos libera, pues, de las prescripciones civiles y rituales de la Torá, y los versículos tolerantes del Evangelio abrogan los que no lo son en la Torá. El primer papa precisa además: «Pues ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros no imponeros más carga que la necesaria» (Hechos 15,28-29) y «porque no es por las obras de la ley como el hombre es justificado, sino por la fe» (Gálatas 2,16). En cierto modo, un verdadero «no hay coacción en religión» (Corán 2,256).


Véase también: Connaitre pour vivre


Y he ahí por qué los cristianos siguen la ley moral de Moisés, los diez mandamientos inscritos en las tablas de la ley, pero no las obligaciones de las prescripciones civiles y rituales de la Torá, pues no hay coacción en religión; y sin duda comen cerdo y beben vino, igual que los musulmanes comen camello (Corán 16,80), aunque tanto el cerdo como el camello están prohibidos por la Torá (Deuteronomio 14,3). De igual modo que Dios dijo a Abrahán «sé perfecto» (Génesis 17,1), mal traducido como «sé sumiso», Jesús cumplió las profecías y perfeccionó la ley colocando por encima de todo el mayor mandamiento: amar, perdonar y rezar por quienes nos persiguen. Y es esta nueva alianza, este nuevo rito, lo que los cristianos celebran, pero está fuera de cuestión para ellos imitar a Marción (9) y rechazar el Antiguo Testamento, que es mucho más que una ley ritual, civil y moral, puesto que en el Génesis proclama la existencia del dios único y creador de todas las cosas, canta sus alabanzas mediante salmos, cánticos y poesías, define en él la ley moral y anuncia por medio de los profetas la venida del mesías Jesucristo; es en verdad el fundamento de su fe y una etapa de su historia, de la pedagogía de Dios, y no están lo bastante locos como para cortar sus propias raíces.


Los cuatro grandes profetas del Antiguo Testamento llevan sobre sus hombros a los cuatro evangelistas. De izquierda a derecha: Jeremías lleva a san Lucas (la buena nueva anunciada a los paganos), Isaías lleva a san Mateo (Jesús hombre y judío), Ezequiel lleva a san Juan (Jesús palabra de Dios), y Daniel lleva a san Marcos (Jesús hijo de Dios).


Bernardo de Chartres, maestro del siglo XII, decía: «Somos como enanos encaramados a hombros de gigantes, de modo que podemos ver más cosas y más lejanas que las que veían estos últimos. Y ello, no porque nuestra vista sea más potente ni nuestra estatura más ventajosa, sino porque nos vemos alzados y elevados por la alta estatura de los gigantes».



El amor al prójimo es incompatible con la yihad


El Evangelio abroga, pues, una parte del Antiguo Testamento, pero es exactamente lo inverso lo que ocurre en el Corán mismo, con los versículos medinenses, intolerantes, que abrogan los versículos mecanos, más antiguos. Jesús nos enseña la misericordia, incluso hacia los enemigos, pero el Corán, al contrario del amor al prójimo, nos llama, mediante la yihad, a conquistar el mundo para agradar a Dios y a matar o someter aquí abajo, en su nombre, a todos los no musulmanes. Hay que matar o morir, «amar por Alá y odiar por Alá» (al-Gazali). El Corán llega a pedir que se rechace toda compasión (Corán 24,2) hacia los incrédulos. «Mi reino no es de este mundo», decía Jesús.


Mahoma propaga su religión por la espada y la yihad; Jesús nos llama a amarnos los unos a los otros (7). Hay que leer los textos fundacionales: el islam no es lo que uno quisiera que fuera, no está definido ni por las buenas palabras de algunos ni por los actos de desequilibrados, sino por los textos fundacionales, que hay que leer antes de hablar de él.


A partir del Evangelio, los islamistas concluyen sin sonrojo que Jesús era un yihadista, porque retienen en particular una parábola sobre el juicio final, en la que Jesús presenta a un rey que hace matar a un mal siervo (Lucas 19,17-27), y en el momento de enviar a sus discípulos a llevar la buena nueva de la palabra de Dios a los pueblos del mundo, les advierte que los envía a un duro combate de la fe contra el mal: «No he venido a traer la paz, sino la espada, porque he venido a traer división […], y el hombre tendrá como enemigos a los de su propia casa. […] Quien no toma su cruz y me sigue no es digno de mí» (Mateo 10,16-42). «Golpeará la tierra con la vara de su palabra, y con el aliento de sus labios hará morir al malvado» (Isaías 11,4), y Pablo (Efesios 6,11-17) explica que «la Palabra de Dios es más cortante que cualquier espada de dos filos, y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las junturas y las médulas; discierne los sentimientos y los pensamientos del corazón» (Hebreos 4,12). «De su boca salía una espada aguda» (Apocalipsis 19,15). Esa espada es la acción salvadora del Espíritu Santo que separa el bien del mal (Juan 20,21-22), pues la paz de Cristo, y el combate al que nos llama en el contexto del conjunto del Evangelio y de su mayor mandamiento del amor al prójimo, nada tiene que ver con el odio a los infieles y la yihad (combate en la senda de Alá) del Corán.


Decir que tenemos valores comunes no significa nada mientras no se precise cuáles (8); procedemos, en efecto, de la misma fuente judía, pero esta ha sido reescrita y reinterpretada hasta tal punto que se ha vuelto irreconocible. Sí, el Corán habla, en términos favorables, de Issa y de Miriam; pero Issa, simple profeta, no es Jesús, miembro de la trinidad divina, Dios hecho hombre, muerto en la cruz, resucitado, redentor de los pecados del mundo. El Corán contradice al Evangelio en todo lo relativo al mensaje y a la misión de Jesús: Issa no es Dios, no murió en la cruz, no resucitó, no rescató los pecados. Como los demás profetas, está sometido a Dios, ¡y por tanto es musulmán! En los últimos días volverá, junto con el mahdi, para derribar las cruces, matar a los cerdos (los cristianos) y a los monos (los judíos), y establecer el islam. El Corán no narra la historia de Jesús, sino que encubre su mensaje, al que no concede en absoluto ningún lugar.


La revelación coránica no es más que una ley y unos ritos que aplicar. Por un lado, se atiende a la apariencia: «la barba», «el velo», «la chilaba», «la peregrinación», «las abluciones», «el ayuno», «la prohibición del cerdo», «la prohibición del vino»; incluso la «oración» no es en absoluto un diálogo con Dios, sino, en primer lugar, una alineación del cuerpo individual con el comportamiento del grupo, y después una sucesión muy codificada de movimientos y recitaciones que hay que hacer en el orden correcto: hay que hacer, según la hora, 2, 3 o 4 prosternaciones (rakats), y no de otro modo, pues de lo contrario no es «válida» y hay que empezar todo de nuevo, siendo el colmo tener la marca de la prosternación en la frente; imitar, hacer lo mismo, los mismos rituales, las mismas prohibiciones; no son más que signos externos, fácilmente controlables por la comunidad, que así puede presionar a los «malos» musulmanes que no respetasen esa segregación sexista con el velo, la negativa a estrechar la mano de una mujer y el confinamiento de las mujeres en su casa; segregación alimentaria con lo halal; segregación social y supremacista con la aparición de grupos que reprimen los incumplimientos de la saría (intimidación, agresión con ácido, palizas, «autodefensa» hoy contra los gitanos…). Esto es exactamente lo contrario del mensaje de Cristo en el Evangelio. La palabra de Cristo es espiritual; es la libertad, la elección de la fe, sin coacción, la entrega de sí mismo al otro, íntegramente, sin esperar nada a cambio, sin deseo de dominación, y menos aún de humillación, de relación de fuerza. Es el perdón para quien ha caído, y, por su sacrificio en la cruz, todo le es perdonado al hombre.



Jesús anunció falsos profetas


¿Quién puede venir a traer un nuevo mensaje después del mesías, Jesús? ¿Si no el anticristo? El evangelista Juan dice incluso que «ese es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo» (1 Juan 2,22); ahora bien, Alá, en el Corán (9,30), niega al padre y al hijo.


Sí, Jesús en el Evangelio anunció que llegarían falsos profetas (Mateo 24,11; Marcos 13,6): «Guardaos de los falsos profetas. Vienen a vosotros vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Los reconoceréis por sus frutos.» (Mateo 7,15). Y «llega la hora en que los que os den muerte creerán ofrecer culto a Dios» (Juan 16,2).


El angelismo y la ignorancia son malos consejeros. Y el Corán mismo lo reconoce: «Alá es el mejor de los que urden astucias» (Corán 3,54; 8,18-30).


Del mismo modo que, por astucia, Mahoma se postró ante las «sublimes diosas» de los idólatras de La Meca para congraciarse con ellos, hoy se pretende igualmente reverenciar a Issa y Miriam (presentados como Jesús y María), y de igual modo algunos hoy, como ayer, se felicitan de que «Mahoma habló bien de ellos y los trató como eminentes, cuya intercesión es aprobada».



¿Rezar juntos? ¿A qué Dios?


Rezar juntos de otro modo que en silencio será imposible (10): un musulmán no podrá pronunciar sin blasfemia el credo o el padrenuestro (11), y un cristiano no podrá injuriarse a sí mismo al pronunciar la fátiha [la primera sura del Corán] si no se le oculta que «los que se han desviado del camino recto por el que pedimos a Dios que nos guíe» son los cristianos (12). Los judíos, por su parte, saben que «aquellos que han incurrido en la cólera de Dios» son ellos (13).



La visión del diálogo islamo-cristiano según los Hermanos Musulmanes


Insisten en que el comunismo, por un lado, y el laicismo, por otro, son los enemigos de todas las religiones, y que los cristianos encontrarían por tanto ventaja en verse protegidos por un Estado islámico. Así, Yusuf al-Qaradawi, en «Prioridades del Movimiento Islámico en la fase venidera», afirma en 1990:


«Un cristiano que acepta someterse al sistema laico no religioso no debería sentirse incómodo bajo un régimen islámico. Es más, un cristiano que comprende su propio derecho religioso debe acoger el régimen del islam, pues tal régimen se basa en la creencia en Alá, los mensajes del Cielo y la recompensa en el más allá. Tal régimen busca también reforzar los valores de fe y de moral que fueron predicados por todos los Profetas. Venera también a Cristo, a María y al Inyil [evangelio], y presta una atención particular a la gente del Libro. Entonces, ¿cómo podría un régimen así, con su naturaleza celestial, moral y humanitaria, ser una fuente de inquietud o de temor para un creyente de una religión que reconoce a Alá, a sus mensajeros y el más allá, mientras que ese creyente no se preocuparía por un régimen secular que desprecia todas las religiones y no le deja más que un pequeño rincón en la vida? […]

   Los sabios cristianos de espíritu amplio han saludado el régimen islámico como una formidable barrera capaz de detener el avance del horrible materialismo que amenaza a todas las religiones en manos del comunismo mundial.»


Y presenta el diálogo como una de las prioridades de su movimiento: «Que haya un diálogo religioso entre el islam y el cristianismo, para diversos objetivos, entre ellos los siguientes:


1. Mantenerse firmes ante la tendencia del ateísmo y el materialismo, que quiere acabar a espada con todos los mensajeros del Cielo, que se burla de la creencia en lo invisible, y que rechaza a Alá, a sus mensajeros, sus Castigos y los valores morales, y que tiende a la permisividad y a las costumbres ligeras que casi han destruido por completo los rasgos nobles que la humanidad adquirió con la orientación de los mensajes del cielo.


2. Confirmar los puntos de acuerdo entre las dos religiones, señalados por el sagrado Corán, que evoca la manera de discutir con la gente del Libro: Decid «Creemos en la revelación que nos ha llegado y en la que procede de vosotros; nuestro Dios y vuestro Dios es Uno, y a Él nos sometemos [el islam]» (Corán 29,46).


3. Purificar las relaciones de los restos de sentimientos hostiles que dejaron las cruzadas del pasado y el imperialismo presente, y promover los sentimientos de fraternidad, de humanismo y de caridad. Abrir una nueva página para relaciones más puras y más claras. Esto incluye que la Iglesia deje de apoyar a los cristianos contra los musulmanes en todas las batallas que estallan entre ambas partes, como las del sur de Sudán y en Filipinas, y en otras regiones. La Iglesia se pondría incluso del lado de los comunistas y de los paganos contra los musulmanes» (citado por Joachim Véliocas en Les Frères musulmans dans le texte).



El Vaticano II y el diálogo islamo-cristiano


La Congregación para la Doctrina de la Fe declara que «es contrario a la fe católica considerar a la Iglesia como un camino de salvación entre otros, complementado por las demás religiones» (Dominus Iesus, 21, 6 de agosto de 2000). Y Pío XI condenó «la empresa de aquellos hombres convencidos de poder llevar sin dificultad a los pueblos, a pesar de sus divergencias religiosas, a un acuerdo fraternal sobre la profesión de ciertas doctrinas consideradas como fundamento común de vida espiritual (…). Tales empresas no pueden, en modo alguno, ser aprobadas por los católicos, puesto que se apoyan en la teoría errónea de que todas las religiones son más o menos buenas y loables, en el sentido de que todas, aunque de maneras diferentes, manifiestan y significan el sentimiento natural e innato que nos lleva hacia Dios y nos empuja a reconocer con respeto su poder. En verdad, los partidarios de esta teoría se extravían en un completo error; al pervertir la noción de la verdadera religión, la repudian. (…) Solidarizarse con los partidarios y propagadores de tales doctrinas es alejarse completamente de la religión divinamente revelada» (Pío XI, Mortalium animos).


Por eso el catecismo proclama que «la economía cristiana, siendo la Alianza Nueva y definitiva, no pasará ya nunca, y no hay que esperar ya ninguna nueva revelación pública antes de la manifestación gloriosa de nuestro Señor Jesucristo. Sin embargo, aunque la revelación esté ya consumada, no está sin embargo completamente explicitada; le queda a la fe cristiana ir captando poco a poco todo su alcance en el transcurso de los siglos» (Catecismo, n.º 66). Desgraciadamente, la declaración Nostra aetate del Vaticano II no distingue con claridad entre las religiones aparecidas antes de la venida de Cristo y las surgidas después de él. Ahora bien, antes de esa venida los hombres podían extraviarse en la búsqueda de la verdad; ya no pueden hacerlo después de haber recibido el conocimiento de Cristo. Así, el concilio Vaticano II, para no excluir de la salvación a quienes no tuvieron conocimiento ni del Evangelio ni de Cristo, admitió que hay varios caminos que llevan a Dios, de donde, lógicamente, se llegó a la idea de que rezaríamos al mismo dios. Y al final del razonamiento se acaba en la negativa a anunciar el Evangelio, y finalmente en la voluntad de afianzar en sus religiones a aquellos a quienes ahora se considera inútil evangelizar, puesto que estarían ya en un camino justo.


Como ejemplos alucinantes, podemos citar los cursos de islam en Taizé para inmigrantes; la recitación desde el púlpito de la sura primera, la fátiha (Barbarin en Lyon); la llamada al rezo [adhan], una llamada blasfema (en Saint-Louis-des-Invalides), que reconoce a Mahoma como profeta y el Corán como revelación y palabra de Dios (de ahí los abrazos al Corán), y que reconoce el islam como vía de salvación.


Y qué decir cuando, en ese mismo espíritu, con ocasión de una restauración, se deja grabar «Alahú akbar» [Dios es grande] en una gárgola de la catedral de Saint-Jean de Lyon, con una traducción además errónea, puesto que como mínimo habría que haber grabado «Alá es el más grande» (14). ¿Y qué se dirá cuando, reconstruida la aguja de Notre-Dame de París, se la corone con una cruz, una estrella de David y una media luna? Todo el mundo aplaudirá ese magnífico símbolo del sincretismo multicultural. Tendremos suerte si evitamos la flecha con forma de tapón anal y el portal del Juicio Final restaurado como vagina de la reina, lo cual, sin embargo, sería un símbolo de progresismo.


Así, en su libro L’Église face à l’islam, Joachim Véliocas presenta un gran número de declaraciones de obispos italianos y franceses que se ofenden por la prohibición del velo integral, que piden la construcción de mezquitas, la financiación pública, a veces incluso parroquial, o el préstamo o donación de terrenos, iglesias o salas parroquiales para transformarlos en mezquitas, la extensión del concordato al islam, y discursos increíbles con ocasión de la inauguración de esas mezquitas, que demuestran una ignorancia total de los textos fundacionales islámicos y de la vida de Mahoma, o una renuncia a partes importantes de su antigua fe católica.


Si bien es justo abrirse a cada musulmán individualmente que se presenta como hermano humano, es igualmente un grave y funesto error reconocer al islam como una simple religión, portadora de un mensaje espiritual, una explicación de la vida y de la muerte, una esperanza para el más allá, cuando es, a la vez, una ideología política de conquista, una comunidad, una ley, un Estado, una civilización, y es una herejía o una apostasía proclamar que se estiman sus valores y sostener sus fundamentos tal como se describen en el Corán, los hadices y el ejemplo de Mahoma, fundamentos contrarios sin ambigüedad a los valores del Evangelio. Ciertamente, todos los papas desde Pablo VI (véase nuestra página de documentos) cometen este error, con excepción de Benedicto XVI, quien por ello posiblemente fue víctima de un golpe de Estado.


Léanse nuestras páginas:

Mahoma asociado a Alá

Mahoma y Jesús

Mahoma y el espíritu santo

Jesús y María

Los nazarenos de Siria

La clave de lectura

La redención

 

Véase nuestra página:

Controversias del diálogo islamo-cristiano en los primeros siglos

  

***


NOTAS

 

1. El islam no significa «paz» sino «sumisión», por una mala traducción de la recomendación de Dios a Abrahán: «sé perfecto», mal traducido como «sé sumiso» (Génesis 17,1: hăwēh šālēm, sé perfecto). La paz es salam, como en salam aleikum, o en shalom alekhem, saludo extendido en Oriente: que la paz sea contigo.


2. Es evidente que la mayoría de los musulmanes son como usted y como yo: aman el amor, la tolerancia y la paz, y buscan seguir del Corán los versículos tolerantes, llamados «mecanos», que son mayoritariamente los traducidos del arameo y del hebreo al árabe por los nazarenos inspirados por el Evangelio y el Antiguo Testamento (léase nuestra página versión del padrenuestro). Pero que venga un predicador que predique al pie de la letra el Corán completo, con sus versículos conquistadores llamados «medinenses», y entonces se forma sobre esa base una minoría activa yihadista, más pura, según el texto fundacional, más consumada, y que, bajo la amenaza permanente de la acusación de blasfemia o de apostasía, arrastrará rápidamente a la mayoría por el terror. El drama para la humanidad es que, según el Corán y los sabios del islam, estos versículos medinenses, revelados en último lugar, abrogan a los primeros, y la solución más razonable, que consiste en rechazar los versículos medinenses, es desgraciadamente una blasfemia.


3. Pero hoy, habiéndose borrado la existencia de los orígenes nazarenos del Corán, la palabra «nazareno» es la que se usa para designar a los cristianos, de donde la «N» que sirve para marcar sus casas ante el paso de las hordas yihadistas.


4. El error proviene de que el espíritu, que es femenino en hebreo y en arameo, fue identificado falsamente, en el Corán, con María, pero esta nunca fue deificada por los cristianos. Además, contrariamente a lo que dice el Corán, María no es hija de Amram ni hermana de Aarón (19,28), y por tanto de Moisés, que vivieron 1500 años antes que ella.


5. Juan Pablo II (en Entrevistas) afirma: «Quien lea el Corán, conociendo ya bien el Antiguo y el Nuevo Testamento, percibirá claramente el proceso de reducción al que allí es sometida la Revelación divina. Es imposible no sentirse impresionado por la incomprensión que allí se manifiesta respecto de lo que Dios ha dicho de sí mismo, primero en el Antiguo Testamento por los profetas, y después de manera definitiva en el Nuevo Testamento por su Hijo. Toda esta riqueza de la autorrevelación de Dios, que constituye el patrimonio del Antiguo y el Nuevo Testamento, ha quedado, de hecho, dejada de lado en el islam. El Dios del Corán es […] un Dios que permanece ajeno al mundo. Un Dios que es solo Majestad y nunca Emmanuel, “Dios-con-nosotros”. El islam no es una religión de redención. […] Por eso, no solo la teología, sino también la antropología del islam están muy alejadas de las del cristianismo.»


6. Pío IX precisa que «la revelación divina es imperfecta y, por consiguiente, sujeta a un progreso continuo e indefinido que responde al desarrollo de la razón humana» (Syllabus, Qui pluribus, 9-11-1846).


7. Véase:

http://www.bvoltaire.fr/pierredelacoste/

ny-a-dislam-modere,184741


8. ¿Es la fraternidad, el amor a los demás, a todos los demás, incluso a los de otras religiones? No: el Corán proclama incluso que no hay que tomar amigos entre los incrédulos (5,51). ¿Es la tolerancia y la libertad de religión? Cuando los no musulmanes, considerados impuros, son, cuando no se los erradica, mantenidos en un estatuto inferior de dhimmis. Véase, por ejemplo, (9,5), (8,39) o (4,56). ¿Es la paz, cuando el Corán incita a la yihad, cuando el mundo musulmán está a sangre y fuego y los refugiados huyen de él a millares? ¿Es la igualdad, del musulmán y el dhimmi, del musulmán y el esclavo, del hombre y la mujer? No. ¿Es la laicidad, la democracia, cuando solo la ley de Dios, la sharía, no reformable por el voto de los ciudadanos, debe aplicarse? ¿Es la libertad, cuando islam significa sumisión, sumisión del musulmán a Dios y del no musulmán al musulmán? No, de nuevo no y siempre no: esos valores que los nazarenos transmitieron en los versículos tolerantes mecanos quedan cubiertos y abrogados por los versículos conquistadores medinenses.


9. Marción llegó a rechazar tres de los cuatro Evangelios (conservando solo el de Lucas), y muchas epístolas que consideraba demasiado impregnadas de judaísmo.


10. Para evitar todo engaño, no admitir oraciones en latín o en árabe, pues el propio papa Francisco, durante la oración por la paz en el Vaticano en 2014, fue sorprendido a traición: el imam añadió una oración no prevista, en árabe, que terminaba con «y dános la victoria sobre los pueblos infieles» (2,286). Para una oración por la paz, por una religión de paz, fue, en efecto, una elección particularmente acertada.


11. Tareq Oubrou: «El encuentro de las religiones en torno a una oración común me incomoda enormemente; es muy difícil encontrar un lenguaje común: los cristianos dicen Padre Nuestro; para nosotros no es posible.»


12. Esto no impidió que el cardenal Barbarin hiciera recitar esta fátiha desde el púlpito, con ocasión de varios encuentros «ecuménicos» en torno al dios de la misericordia. ¿Ignorancia o ingenuidad? Pequeña pregunta: ¿dónde tienen lugar siempre los encuentros del diálogo islamo-cristiano? En las iglesias y en las salas parroquiales. ¿Por qué? Respuesta: no tenéis nada que enseñarnos, todo está en el Corán. Véase:

Lyon : le cardinal Barbarin indigne les chrétiens au nom de la fausse miséricorde coranique


13. Véase el interesantísimo artículo de Jacques Ellul sur l'Islam


14. Esta historia de la gárgola grabada con «Allah ouakbar» no es una noticia falsa. Véase:

Lyon: la gargouille de la cathédrale Saint-Jean s'appelle Ahmed

Lyon: "Allah est grand" à la cathédrale Saint-Jean
Lyon: Ahmed, la nouvelle gargouille de la cathédrale Saint-Jean


FUENTE