Sobre
el diálogo islamo-cristiano
AMOUR, TOLERANCE, PAIX
|
El sincretismo y
el diálogo islamo-cristiano
Para iniciar un
diálogo que pretenda ser sincero y
razonado, conviene como mínimo haber
leído por entero los textos
fundacionales
(Evangelio y Corán), pues, al eliminar
sistemáticamente todo lo que diferencia,
se corre el gran riesgo de dejarse
arrastrar por los meandros del
relativismo y
del sincretismo, según los cuales todas
las religiones valen lo mismo, son
intercambiables según el entorno,
manifiestan un absoluto que nadie puede
conocer realmente, y convergerían, por
el bien de la humanidad, en un
compromiso
de reconciliación, ya que las religiones
«reflejan un rayo de la verdad que
ilumina a todos los hombres» (Nostra
aetate, Vaticano II).
La afirmación de la
propia fe es un requisito previo a
todo diálogo, pues «¡ay de mí si no
anuncio el Evangelio!», decía san Pablo
(Corintios 9,16). No se trata de renegar
de la propia riqueza y de las
tradiciones culturales propias, sino, en
una relación de confianza, de
reconocer la igual dignidad del otro y
reconocerse recíprocamente como hermanos
y hermanas humanos, aceptándose en sus
diversidades, siendo esta aceptación
recíproca y franca una condición sine
qua non del diálogo.
El Corán confirma
que el Evangelio no está
falsificado
Por sinceridad,
conviene abrir el absceso de la
pretendida falsificación del Evangelio
(en realidad hay cuatro evangelios). Sí,
los
musulmanes creen que la palabra de Dios
descendió en un libro, el Corán, y los
cristianos creen que la palabra de Dios
se hizo hombre en Jesús, para la
salvación de los hombres, y su credo lo
proclama. Pero cuando se nos explica
que Jesús era musulmán y que, en el
Evangelio (Juan 14,16-20), anunciaba, no
el
Espíritu Santo, sino a Mahoma, ¿quién
falsifica el espíritu y la letra?
El Corán habla del
Evangelio como una referencia de la
palabra de Dios (Corán 21,7; 7,157;
2,91; 5,43; 5,66; 5,68; 29,46): «Y
enviamos
tras ellos a Jesús, hijo de María, para
confirmar lo que había en la Torá antes
que él. Y le dimos el Evangelio, en el
que hay guía y luz, para confirmar lo
que había en la Torá antes que él, y una
guía y una exhortación para los
piadosos» (Corán 5,47). Dice también
(Corán 18,27) que Alá vela
particularmente para
que su palabra no sea corrompida. Ahora
bien, Jesús es la palabra de Dios
(Corán 3,45; 4,171; 19,34).
Alá no es Dios
Padre
Proclamar la
existencia, y la unicidad, de Dios es
una
cosa, pero ¿qué se sabe más de ese Dios
con esa sola proclamación? Dar a
entender que compartimos una misma
concepción monoteísta de Dios equivale a
renegar de la fe cristiana.
Los musulmanes no
pueden esperar en el otro mundo más
que los placeres que deben odiar aquí
abajo, mientras que el paraíso, el reino
de Dios prometido a los cristianos, es
la relación con Dios, comunión en el
amor divino.
El dios de la
sumisión (1), que guía o extravía a
quien
quiere, sin posibilidad de penitencia,
no es el padre que llama a su creación
al amor. Dios Padre creó a todos los
hombres para participar activamente en
la
creación y llegar al paraíso; Alá creó a
algunos predestinados para el infierno
(Corán 7,179), sin redención posible, «mektub».
El cristiano, que goza de libre
albedrío, cree que sus pecados han sido
rescatados por el sacrificio de Jesús,
y que puede, mediante la confesión y el
arrepentimiento, obtener el perdón. El
Corán no ofrece esa facilidad, y no
propone al creyente, como esperanza de
redención para su salvación, más que
morir como mártir, haciendo el mayor
daño
posible a los enemigos de Alá (2). Dios
Padre no tiene enemigos sobre esta
tierra; es el buen pastor, que solo
tiene ovejas descarriadas a las que
busca
incansablemente.
Una fetua [decreto]
del sultán malasio de Selangor afirma,
por
otra parte, que la palabra Alá, que era
empleada para «dios» por los cristianos
en su traducción local de la Biblia, es
«una palabra sagrada, exclusivamente
reservada a los musulmanes». No se
trata, por tanto, del mismo Dios.
Es Alá quien escribió
el Corán. ¿Es Dios Padre quien
escribió el Corán? No; por tanto, no es
el mismo dios.
El Corán no deja de
repetir que Alá detesta a toda la
gente de la que el Evangelio dice que
Dios la ama tanto que envió a su Hijo
para salvarla. Dios Padre no solo ama a
los justos, sino que ama a los
pecadores como se amaría a un hijo, y
entra en su creación para salvarlos. En
cambio, «Alá ama a quienes llegan a
matar por su causa» (Corán 61,4), y no
ama a
los transgresores (Corán 2,190), a los
incrédulos (Corán 2,276), a los
pecadores (Corán 4,107), a
los infieles (Corán 3,32), a los
injustos (Corán 3,57), a los traidores
(Corán 4,107), a los
presuntuosos, a los orgullosos (Corán
16,23), a los arrogantes (Corán 28,76),
a los
corruptores (Corán 28,77), a los
sembradores de desorden (Corán 5,64), a
los que cometen
excesos (Corán 7,31), a los
derrochadores (Corán 6,141), a los
presuntuosos (Corán 31,18)… y en
Corán 80,17 Alá llega a decir: «Perezca
el hombre, qué ingrato es». Entonces,
¿por qué habría de entrar en su creación
y morir por los pecados de aquellos a
quienes no ama? Por tanto,
evidentemente, no es el mismo dios; el
Corán mismo
lo confirma: «¡Oh, infieles! Yo no adoro
lo que vosotros adoráis, y vosotros
no adoráis lo que yo adoro» (Corán
119,1). «Os repudiamos, a vosotros y a
lo que
adoráis fuera de Alá. Renegamos de
vosotros. Entre vosotros y nosotros
quedan declaradas
para siempre la enemistad y el odio,
hasta que creáis en Alá, solo Él»
(Corán 60,4).
Por otro lado, en
1978, en respuesta a los
representantes del Vaticano que querían
celebrar una conferencia titulada «La
creencia común en un dios único comporta
implicaciones humanistas y culturales
y puede representar una base de
acercamiento entre cristianos y
musulmanes», la
revista oficial de Al-Azhar denunció «la
equivocidad del título mismo de la
conferencia», [pues] «la fe musulmana en
Dios no es semejante a la fe
cristiana», [de modo que] «hacer creer
que no hay diferencia solo puede
perjudicar tanto a los musulmanes como a
los cristianos», ya que el islam vino
después del cristianismo para reformar
la fe en Dios, como testimonian las
múltiples intervenciones de Mahoma ante
los cristianos de su tiempo, [fe que]
«es común con la que profesan los
asociadores [mushrikun]» […].
«La
común afirmación de la existencia de
Dios» no basta: el problema está en
saber
qué se entiende por «unicidad de Dios».
Los cristianos […] le añadieron las
doctrinas trinitarias, que les
dificultan cualquier síntesis apropiada.
Solo el
islam ha desarrollado perfectamente «la
ciencia de la unicidad» […] la fe
islámica no puede admitir […] lo que el
Vaticano I dice de Dios, a saber, que
Él es «sustancia»; espíritu; espiritual;
natural; que tiene una «naturaleza».
En cuanto al humanismo, ¿cómo podría ser
común si Dios, que es su base, no es
el mismo? Además, «¿qué significa un
humanismo basado en Dios?». Solo «la
razón
que se somete a la sabiduría divina»
puede aspirar a ello […]» (citado en L’Église
face
à l’islam, de Joachim Véliocas).
Véase este esquema
muy completo para la comparación
entre Alá y el Dios trinitario de los
cristianos:
Dios en el Antiguo
Testamento
«El que es»: «Yo soy
el que soy» (Éxodo 3,14).
«El Creador»: «Al principio, Dios creó
el cielo y la tierra» (Génesis 11).
«El Salvador»: «Bendito eres, salvador
de Israel» (1 Macabeos 4,30 y Sabiduría
16,7).
«El Señor»: «Él es el Dios de los dioses
y el Señor de los señores» (Deuteronomio
10,17).
«El Redentor»: «Nuestro Redentor, tal es
tu nombre desde siempre» (Isaías 63,16).
«El Poderoso»: «Tu Redentor es el
Poderoso de Jacob» (Isaías 49,26;
60,16).
«El Amo»: «Los montes se funden como
cera ante el amo de la tierra» (Salmo
96,5).
«El Juez»: «Tú eres el Juez del mundo»
(Tobías 3,2; Salmo 49,6; 93,2).
«La Luz»: «El Señor es mi luz y mi
salvación» (Salmo 26,1).
«El Santo de Israel»: «Abandonaron al
Señor, despreciaron al Santo de Israel»
(Isaías 1,4).
«La salvación»: «Tú eres el Dios de mi
salvación» (Salmo 24,5).
«El Rey»: «El Señor es nuestro rey, él
es nuestro salvador» (Isaías 33,22).
«El Misericordioso»: «El Señor tu Dios
es un Dios misericordioso» (Deuteronomio
4,31).
«El Viviente»: «El Señor es el Dios
verdadero, el Dios viviente» (Jeremías
10,10).
«El día del Señor»: «Antes del día del
Señor, grande y temible» (Malaquías
3,23).
«El nombre del Señor»: «Nuestro auxilio
está en el Nombre del Señor» (Salmo
123,8).
«La gloria del Señor»: «Toda la tierra
está llena de su Gloria» (Salmo 71,19).
«El templo del Señor»: «La gloria
llenaba el templo del Señor» (1 Reyes
8,11).
El Nuevo
Testamento atribuye a Jesús todos los
títulos atribuidos a Dios
«El que es»: «Antes
de que Abraham existiera, Yo Soy»
(Juan 8,24; 28,58; 13,19).
«El Creador»: «Todo fue por él y sin él
nada fue» (Juan 1,3; Hebreos 1,10).
«El Salvador»: «Este es verdaderamente
el Salvador del mundo» (Juan 4,42).
«El Señor»: «El discípulo que Jesús
amaba dijo a Pedro: ¡es el Señor!»
(Juann
21,7).
«El Redentor»: «En él encontramos la
Redención, por su sangre» (Efesios 1,7).
«El Maestro»: «Me llamáis Maestro y
Señor, y en verdad lo soy» (Juan 13,13).
«El Poderoso»: «Este Hijo que sostiene
el universo con su palabra poderosa»
(Hebreos
1,3).
«El Juez»: «El Señor, el Juez justo, en
su aparición» (2 Timoteo 4,8).
«La Luz»: «El Verbo es la luz verdadera
que ilumina a todo hombre» (Juan 1,9).
«El Santo de Israel»: «Así habla el
Santo, el Verdadero, que tiene la llave
de
David» (Apocalipsis 3,7).
«El Salvador»: «Jesucristo es el Dios
verdadero y la vida eterna» (1 Juan
5,20).
«El Misericordioso»: «El Señor es
misericordioso y compasivo» (Santiago
5,11).
«El Viviente»: «Yo soy la Resurrección y
la Vida» (Juan 11,25).
«El día del Señor Jesús»: «Y yo lo
resucitaré en el último día» (Juan
6,44).
«El nombre de Jesús»: «Para que, al
nombre de Jesús, toda rodilla se doble»
(Filipenses 2,10).
«La gloria de Jesús»: «¡A él la gloria
por todos los siglos! ¡Amén!» (2 Timoteo
4,18).
«El templo de su cuerpo»: «Destruid este
templo y en 3 días lo levantaré» (Juan
2,19).
El Evangelio
desarrolla la revelación de la
identidad
de Cristo
«Yo soy el Pan de
Vida, que ha descendido del Cielo» (Juan
6,35; 6,48; 6,51).
«Yo soy la Luz del mundo» (Juan 8,12;
9,5).
«Yo soy la Puerta de las ovejas» (Juan
10,7; 10,9).
«Yo soy el buen Pastor» (Juan 10,11;
10,14).
«Yo soy la Vid verdadera y mi Padre es
el viñador» (Juan 15,1).
«Yo soy el Rey de los judíos» (Juan
18,37).
«Yo soy el Primero y el Último, el
Viviente» (Apocalipsis 1,17).
«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.
Nadie va al Padre sino por Mí» (Juan
14,6).
«Yo soy la Resurrección y la Vida. El
que cree en Mí, aunque muera, vivirá»
(Juan
11,25).
«Yo soy el Alfa y el Omega, el que es,
el que era y el que viene» (Apocalipsis
1,8;
21,6).
«Yo soy el Alfa y el Omega, el Primero y
el Último, el Principio y el Fin»
(Apocalipsis
22,13).
«Yo soy el Principio y el Fin, el
Viviente. Estuve muerto y aquí estoy
vivo por
los siglos de los siglos: tengo las
llaves de la muerte y del reino de los
muertos» (Apocalipsis 1,17).
«El Cordero los vencerá, porque es Señor
de señores y Rey de reyes» (Apocalipsis
17,14).
«Lleva escrito un nombre: “Rey de reyes
y Señor de señores”» (Apocañipsis
19,16).
¿Quién puede decir
todo esto sino Dios mismo?
El Hijo también es
llamado explícitamente «Dios»
«En el principio era
el Logos, el Logos estaba con Dios,
el Logos era Dios» (Juan 1,1).
«Señor mío y Dios mío» (Juan 20,28)
(fórmula hebrea: «Adonai Elohim»).
«Cristo está por encima de todo, Dios
bendito eternamente» (Romanos 9,5).
«Jesucristo es el Dios verdadero y la
vida eterna» (1 Juan 5,20).
«Aguardando la manifestación de la
gloria de nuestro gran Dios y Salvador
Jesucristo» (Tito 2,13).
Jesús se proclama
Hijo de Dios.
Jesús actúa como
Dios
«Increpó a los
vientos y al mar, y se hizo una gran
calma» (Mateo 8,26).
«El Cielo y la Tierra pasarán, mis
palabras no pasarán» (Mateo 24,35).
«El Hijo del hombre es señor, incluso
del sábado» (Marcos 2,28).
«Habéis oído que se dijo a los antiguos…
Pues bien, yo os digo» (Mateo 5,21).
«El Hijo del hombre tiene poder, sobre
la tierra, para perdonar los pecados»
(Mateo 9,6).
«Si alguien viene a mí sin preferirme a
su padre, su madre, su mujer, sus
hijos, sus hermanos y hermanas, e
incluso a su propia vida, no puede ser
mi
discípulo» (Lucas 14,26).
«Sin mí, no podéis hacer nada» (Juan
15,5).
«En estos días, Dios nos ha hablado por
su Hijo, por quien creó los mundos»
(Hebreos
1,2).
«Adorarás al Señor tu
Dios y a él solo darás culto»
(Deuteronomio
6,13), y por eso san Pedro y san Pablo
se niegan a que se postren ante ellos:
«Pedro levantó a Cornelio diciendo:
Levántate, que yo también soy un hombre»
(Hechos 10,26).
«Los apóstoles rasgaron sus vestiduras y
exclamaron: ¿Por qué hacéis esto?
Nosotros somos hombres, de la misma
naturaleza que vosotros» (Hechos
14,14-15).
Pero Jesús nunca
rechaza ninguna forma de culto:
«Los Magos, cayendo a sus pies, se
postraron ante él» (Mateo 2,11).
«Que se postren ante él todos los
ángeles de Dios» (Hebreos 1,6).
«Un hombre, cayendo de rodillas, dijo:
“Señor, ten piedad”» (Mateo 17,14).
«Que al nombre de Jesús se doble toda
rodilla en el cielo, en la tierra y en
los infiernos» (Filipenses 2,10).
«Al ver a Jesús, cae a sus pies y le
suplica con insistencia» (Marcos 5,23).
«En mi nombre expulsarán demonios»
(Marcos 16,17).
«Señor, hasta los demonios se nos
someten en tu nombre» (Lucas 10,17).
En definitiva, nada
de lo que pertenece únicamente a
Dios le es negado a Jesús. Precisamente
por eso es condenado a muerte:
«Tú, que no eres más
que un hombre, te haces dios» (Juan
10,33).
«Habéis oído la
blasfemia» (Mateo 26,65; Marcos 14,64).
Jesús es Dios
hecho hombre
El Corán distingue a
los nazarenos (3), que creen en
Issa y que son los mejores amigos de los
musulmanes, y por otro lado los
asociadores, que
asocian a Dios un hijo, Jesús, e incluso
una madre (4), María (5,116), y a
quienes se acusa de cometer con ello el
peor de los crímenes, imperdonable: el
politeísmo.
Los milagros de Jesús
que recoge el Corán muestran
exclusivamente su poder: habla desde su
nacimiento (Corán 19,30), da vida a
pájaros
de arcilla (Corán 3,49; 5,111), hace
descender una mesa servida (Corán
5,112), pero el
Corán no recoge ninguno de los milagros
de los Evangelios, que son milagros que
muestran también el amor de Jesús. ¿Cómo
podría el Jesús del Corán, cuyo poder
queda demostrado, haber sido
crucificado, y cómo aceptaría el Jesús
de los
Evangelios, cuya vida demuestra el amor
a los hombres, que otro fuera
crucificado
en su lugar?
El Antiguo Testamento
nos muestra a Dios como el Padre
de su pueblo; muestra también la Palabra
de Dios que procede de él, y el
Espíritu de Dios, artífice de
relaciones. Esto no supone, sin embargo,
tres
dioses: ¡Dios es único!
Dios es amor, ama,
pero ¿a quién ama? Como es
autosuficiente, ese otro debe estar en
él, por lo que se trata de un dios en al
menos dos personas. Esta relación de
amor necesita ser reconocida por un
tercero que sea su testigo, y estas tres
personas cooperan en la creación.
Por otra parte, el
Corán afirma que Jesús fue
fortalecido por el Espíritu Santo, que
es la «palabra de Dios», por la cual
todo fue creado, y que aporta pruebas
milagrosas «con permiso de Dios» (Corán
5,110;
3,45-49; 19,17). ¿No es esto un resto de
los escritos cristianos originales, un
reconocimiento de la trinidad?
No se puede amar ni
ser amado por aquello que se domina,
por lo que la revelación cristiana es el
conocimiento de la esencia trinitaria
de Dios y su designio de salvación por
el amor, en la comunión con Dios (5). Y
es para hacer posible esa comunión con
Dios por lo que, para los cristianos, el
hombre
y la mujer fueron creados a imagen de
Dios (Génesis), de donde procede el
respeto debido a toda persona; y Dios
trata a sus criaturas con paciencia,
como
un padre compasivo trata a sus hijos.
Los creyentes lo reconocen así al rezar
al «padre eterno», y los cristianos, tal
como Jesús les enseñó, dicen «Padre
nuestro que estás en los cielos…». Sin
embargo, para ellos Jesús es mucho más
que un hijo de Dios, y el Corán lo
reconoce, puesto que afirma que él es el
«Verbo» (Corán 3,45) y el «Espíritu»
(Corán 2,87 y 253; 4,171) de Dios, su
palabra increada
e inseparable, que existe desde el
principio (Juan 1,1), y que, no creado
sino
eterno, fue insuflada en el seno de la
virgen María (Corán 66,12). Como
anunciaron
los profetas, tomó, pues, carne sin
concepción humana (Corán 3,47; 19,20;
21,91). Y
cuando Dios decide algo, le basta decir:
«Sé», y se realiza. Al hacerse así
hombre, Jesús tomó, pues, la naturaleza
de hijo de Dios para descender entre
los hombres y anunciarles la buena nueva
de la salvación de los pecadores que
la deseen.
En la controversia de
1215 entre tres doctores
musulmanes y el abad Giorgi, se
encuentra este intercambio:
Rechid: Persisto en negar
lo que sostenéis, que Dios haya podido
engendrar, y que puedas llamar al Mesías
Hijo de Dios, tanto más cuanto que Dios
dijo en el Libro que descendió del
Cielo a Mahoma, nuestro Profeta: Decid,
es Él quien es Dios, es uno, es eterno,
no engendra, no es engendrado, y no
tiene asociado ni igual.
El cenobita: ¿Qué dice
además el Al-Corán? Si Dios, dice,
hubiera querido darse un Hijo, lo habría
elegido. Es decir, lo habría tomado de
entre los hijos de Adán. Sopesad estas
palabras y reflexionad. […] Decidme,
Rechid, ¿no es verdad que la palabra
proferida por la boca del hombre es
engendrada y concebida en su espíritu?
Rechid: Sí.
El cenobita: ¿No son los
rayos y la luz engendrados por el Sol;
la luz que el fuego pone en movimiento,
no es una producción de ese elemento?
¿No es el vino engendrado por la vid, la
palabra por el pensamiento? ¿Podéis
negar esta hipótesis?
Rechid: No, no puedo
negarla.
El cenobita: ¿De dónde
viene, entonces, que no os rindáis a
esta verdad constante, que la palabra de
Dios, el Verbo, sea engendrado por Dios
mismo; es esta palabra, es este Verbo
lo que llamamos Hijo de Dios. Vuestro
Profeta, vuestro Al-Corán dicen que
Jesucristo el Mesías es el Espíritu y el
Verbo de Dios; ¿por qué, entonces,
querríais negar que el Verbo es Hijo de
Dios? Es necesario que creáis esta
verdad, o bien que acuséis de mentira a
vuestro Profeta y a vuestro Al-Corán.
Miriam no es la
inmaculada concepción
María es la
Inmaculada concepción, es decir, que en
su
nacimiento fue preservada del pecado
original, el cual no existe en el islam.
Es un «hombre
perfecto» quien viene a anunciar a
Miriam
que va a ser madre, no Gabriel, nombre
añadido al texto por los traductores
(Corán 19,17), y ella permaneció virgen
hasta la concepción del mesías (Corán
66,12). Para
los cristianos, su matrimonio con José
protege a María de la difamación, pero,
según el Corán, Miriam no está ni
prometida ni casada con José, por lo que
el
espíritu de Alá le aconseja la mentira
para explicar su ausencia, que sería
juzgada como deshonesta: «Come, pues, y
bebe, y que se alegre tu ojo. Si ves
a alguien entre los humanos, dile:
“Ciertamente, he hecho voto de ayuno al
Todo
Misericordioso; hoy no hablaré, pues,
con ningún ser humano”» (Corán 19,26).
Pretender que María
«reúne al conjunto de los creyentes,
cristianos y musulmanes» es un engaño,
porque ¿qué creencias tienen en común
esos «creyentes» sin apostatar de su
propia fe? ¡María es la madre de Dios
encarnado para unos, y esto es una
blasfemia abominable para los otros!
El cristianismo no
es la religión de un libro
La Biblia y el
Evangelio son libros inspirados por Dios
a autores humanos; el Corán se presenta
como palabra de Dios revelada,
descendida
directamente.
El cristianismo no es
la religión de un libro, sino la
de la palabra de Dios encarnada:
Jesucristo, la buena nueva que se acepta
con
fe. Evocar la pertenencia a la «gente
del libro» da a entender que solo habría
una religión y un libro, y que el
cristiano se salvaría obedeciendo una
ley,
cuando es la fe la que salva; las buenas
obras son la consecuencia de la
salvación, y en absoluto el medio para
obtenerla. Entre esas obras, el amor al
prójimo mismo no es más que el amor a
Dios, puesto que el Evangelio nos
muestra
a Dios en cada uno de nuestros prójimos.
La expresión «gente
del libro» se asocia en el Corán con
el estatuto discriminatorio de «dimmi»,
y situarse, falsamente, entre la gente
del libro es aceptar ese estatuto de
inferioridad. Podría, al menos,
reivindicarse como gente de los libros,
¡siendo los musulmanes gente de un
libro y de sus comentarios! Por otra
parte, pasear por la calle con ese
famoso
libro, la Biblia, es un delito en los
países musulmanes.
Conviene también
expurgar del discurso cristiano
contemporáneo expresiones tan
perniciosas como
«las tres religiones abrahámicas», «las
tres religiones reveladas», e incluso
«las tres religiones monoteístas»,
porque hay muchas más, y porque ello se
sobreentiende una convergencia
inexistente, negada por los textos
fundacionales: la asociación (la
creencia en la trinidad) se denuncia en
el Corán como el
peor crimen.
Todos somos
descendientes de Abrahán
Se dice
tradicionalmente que los árabes
descienden de
Ismael y los judíos de Isaac. Dios hizo
alianza con Abrahán y le prometió un
hijo, pero Abrahán y Sara envejecen y
ese hijo no llega. «Abrahán, en su
impaciencia, quiere arrancarle a Dios lo
que había anunciado, en lugar de
esperar el tiempo elegido por Dios, y
Dios no desaprueba esta unión de Abrahán
con la esclava egipcia Agar; no lo
condena por haber querido hacer por sí
mismo
lo que solo puede venir de Dios. Pero la
promesa de bendición no irá a quien el
hombre eligió: Ismael recibe una promesa
puramente secular, que concierne a su
historia, pero que no es ni una promesa
universal ni una promesa para la
eternidad. Isaac recibe la herencia
total de Abrahán, la promesa de la
alianza,
y en él, el hijo del milagro (y su
nacimiento es tan milagroso como el de
Jesús), todos los pueblos serán
efectivamente bendecidos, en Jesucristo»
(según Jacques Ellul).
Por
otra parte, Jesús muestra que descender
de Abrahán
no es garantía de salvación: «No os
atreváis a decir en vuestro
interior:
Tenemos por padre a Abrahán; porque os
digo que, de estas piedras,
puede Dios levantar hijos a Abrahán»
(Mateo 3,8-9). Y, más adelante,
Abrahán tuvo otros
hijos, al casarse con Ketura; ¡hay, por
tanto, muchos más descendientes
de
Abrahán que los judíos y los árabes! Y
los cristianos no descienden de
Abrahán, salvo
por la alianza universal del espíritu.
Véase:
Jesús cumplió las
profecías, abrogó la parte ritual y
civil de la ley judía, y, al confirmar
los 10 mandamientos de Moisés,
perfeccionó la ley moral
Jesús dijo: «No
penséis que he venido a abolir la ley o
los profetas; no he venido a abolir,
sino a cumplir. Porque, os lo digo en
verdad, mientras no pasen el cielo y la
tierra, no desaparecerá de la ley ni un
solo iota ni una sola tilde, hasta que
todo se haya cumplido» (Mateo 5,17), y
por tanto Jesús vino a cumplir las
predicciones de los profetas, y a
confirmar
los 10 mandamientos dados a Moisés, de
los que ni un iota cambiará. Y el sermón
de la montaña recuerda y detalla estos
mandamientos. A las prescripciones
rituales y civiles de los fariseos,
Jesús se sometió, se liberó de ellas por
su
muerte, y nos libera de ellas por su
resurrección.
Los versículos
tolerantes del Evangelio abrogan los que
no lo son en la Torá:
El Antiguo Testamento
contiene la ley del talión
(Deuteronomio 19,21 y Levítico 24,17), y
el propio Jesús la denuncia (Mateo
5,43-48); el Evangelio abroga, pues, la
ley del talión, que el Corán conserva.
El Antiguo Testamento
contiene la lapidación de la mujer
adúltera (Deuteronomio 22,13-24), y el
propio Jesús la denuncia (Juan 8,7-11);
el Evangelio abroga, pues, la
lapidación, que el islam conserva.
El Antiguo Testamento
contiene, en el contexto de la
entrada de los hebreos en la tierra
prometida, múltiples ejemplos de
glorificación del uso de la fuerza, de
reyes que toman ciudades y exterminan a
sus habitantes… (Deuteronomio 20,13;
Libro de los Reyes, Libro de Samuel), y
el
propio Jesús lo denuncia (Mateo 26,52 y
Juan 18,36); el Evangelio abroga, pues,
el uso de la violencia, que el Corán
conserva bajo la forma teorizada de la
yihad.
El Antiguo Testamento
contiene múltiples obligaciones
rituales diarias y prohibiciones (vino,
cerdo…), y Jesús abrogó claramente esas
abluciones rituales y esas
prohibiciones: «¿No comprendéis que todo
lo que
entra por la boca va al vientre y luego
se echa fuera? Pero lo que sale de la
boca viene del corazón, y eso es lo que
mancha al hombre […] pero comer sin
haberse lavado las manos no mancha al
hombre» (Mateo 15,16-20). En su
carta al musulmán al-Hashimi, el
cristiano Abd al-Masih al-Kindi escribe:
«En cuanto a tus
palabras sobre practicar las
abluciones, lavarse después del coito,
circuncidarse para conformarse a la
tradición de nuestro padre Abrahán, te
responderemos con la palabra que Cristo
dirigió a los judíos que le preguntaban:
“¿Por qué tus discípulos no se lavan?”
(Mateo 15,1-2). Él les respondió: “¿Qué
utilidad hay, en una casa oscura, en
tener afuera una lámpara luminosa
mientras el interior de la casa
permanece
oscuro? Son las intenciones y el corazón
los que deben purificarse de los malos
pensamientos y del vicio del pecado que
mancha y marchita. En cuanto al
exterior del cuerpo, ¿qué utilidad hay
en limpiarlo? ¡Oh hipócritas que cuidáis
las apariencias! Os parecéis a los
sepulcros decorados por fuera, cuyo
interior
está lleno de cadáveres pestilentes”
(Mateo 23,25-28). De la misma manera,
vosotros os laváis el cuerpo, pero
vuestros corazones están impuros y
manchados
por el pecado. ¿Cuál es, entonces, la
utilidad de lavarse las manos, los pies
y
el cuerpo, y celebrar el rezo, mientras
al mismo tiempo se forma en el corazón,
la conciencia y la voluntad el propósito
de matar a la gente, saquearla y tomar
cautivos a sus hijos?
Reflexiona sobre lo que Cristo les
respondió: es
necesario, primero, que el hombre se
purifique interiormente, eliminando de
su
corazón los malos pensamientos que
empujan a hacer el mal y a dañar a los
demás. Y cuando la conciencia y las
intenciones hayan sido purificadas de
toda
mala idea, entonces se pueden lavar las
manos con agua.»
El Antiguo Testamento
contiene la obligación de la
circuncisión, que ni los cristianos ni
los musulmanes consideran necesaria. En
su carta al musulmán al-Hashimi, el
cristiano Abd al-Masih al-Kindi afirma:
«¿Y cómo invitas a la
gente a circuncidarse, sabiendo
que tu maestro no estaba circuncidado?
Esta es la aserción de quienes profesan
tu doctrina, según lo que los narradores
han transmitido de que él no estaba
circuncidado, pues lo compararon —y
afirmaron esta comparación en este
punto—
con Adán, padre del género humano, con
Set, con Noé y con Hanzala ibn Safwan.
Este testimonio es admitido, y ninguno
de tus amigos, de los que profesan tu
doctrina, pone en duda su autenticidad.
Si me
haces notar que Cristo estaba
circuncidado, te
responderemos que Cristo quiso someterse
a las prescripciones de la Torá, para
que nadie pudiera pretender que no las
respetaba o que las suprimía. La prueba
de ello es esta declaración: “No he
venido a abolir la ley y los profetas,
sino
a llevarlos a plenitud y cumplirlos”
(Mateo 5,17).
De igual
modo, Pablo, apóstol de la verdad,
declara: “Si
os circuncidáis porque Cristo estaba
circuncidado, eso no os servirá de nada.
La incircuncisión tampoco es nociva para
la verdadera fe y el corazón puro. De
lo contrario, tendríais que ofrecer los
sacrificios, respetar el Sábado,
celebrar la Pascua, cumplir todas las
prescripciones de la Torá, como hizo
Cristo, nuestro Señor” (Gálatas 5,2-6).
[Jesús
no vino, pues, a abolir la ley, sino a
perfeccionarla]: Cristo cumple las
profecías y nos libera de la ley. Nos
enriquece con sus prescripciones divinas
y sus mandamientos espirituales, con
los que sustituyó la Ley acerca de la
cual Dios decía por boca de su profeta:
“Os he dado, oh pueblo de Israel,
prescripciones que no son perfectas y
ordenanzas por las que no podéis cumplir
y vivir (6)” (Ezequiel 20,25).
Sé,
pues, equitativo y reconoce que la
circuncisión no
es un deber necesario, puesto que tu
libro, que contiene, según tú, las
prescripciones de tu religión [no indica
que la circuncisión sea una
obligación legal, e incluso indica más
bien lo contrario] (Corán 30,30). No es
más
que una vieja costumbre: quien la
considera buena la cumple, y quien la
encuentra atroz se abstiene de ella.
En
cuanto a nuestros amigos que se
circuncidan, que
practican abluciones y se lavan después
del coito, no lo hacen porque se trate
de una tradición necesaria o de una
obligación indispensable de la que no
esté
permitido eximirse, sino que lo hacen
para seguir la costumbre corriente entre
la gente y conformarse a las prácticas
de las poblaciones entre las que viven.»
El Antiguo
Testamento, al no distinguir entre la
ley
divina y el código civil, contiene las
descripciones de las penas relativas a
los delitos, y Jesús, con su célebre
fórmula «dad al César lo que es del
César
y a Dios lo que es de Dios» (Mateo
22,15-22), quiso dejar que el poder
político
organizara la equidad entre los
ciudadanos. Todo ello se conserva en el
Corán,
bajo la denominación de saría
[la ley islámica]
¿De qué ley, de la
que no cambiará un iota, habla Jesús
en Mateo 5,17? La ley judía no
distinguía entre la ley ritual, la ley
civil y
la ley moral. Pero ¿qué queda de las
prescripciones civiles y rituales de la
ley judía después de que Jesús, habiendo
cumplido las profecías y confirmado
los diez mandamientos, haya abrogado la
ley del talión, la lapidación, el uso de
la violencia, las abluciones de
purificación y las prohibiciones
alimentarias,
y de que san Pedro y san Pablo hayan
abrogado la circuncisión? ¿No están de
hecho abrogadas?
Y el Corán lo
confirma al recoger estas palabras de
Jesús, desconocidas por los Evangelios:
«Y confirmo lo que hay en la Torá
revelada antes de mí, y os hago lícita
una parte de lo que estaba prohibido»
(Corán 3,50) y «Dios quiere aliviaros
(las obligaciones), porque el hombre fue
creado débil» (Corán 4,28).
Los sabios de Israel
lo afirman: «cuando un hombre ha
muerto, queda exento de los
mandamientos» (Talmud, Shabbat 30b), y
por tanto
Jesús, que les fue fiel, quedó liberado
de ellos con su muerte; así, todos los
que viven en la nueva alianza con el
Cristo resucitado, el mesías anunciado
por
el Antiguo Testamento, se encuentran de
hecho liberados (Romanos 7,1-4; 8,10;
Gálatas 2,19-20), sin dejar de nutrirse
de la Biblia entera, pues «el Nuevo
Testamento está oculto en el Antiguo, y
el Antiguo se desvela en el Nuevo» (san
Agustín).
Jesús nos libera,
pues, de las prescripciones civiles y
rituales de la Torá, y los versículos
tolerantes del Evangelio abrogan los que
no lo son en la Torá. El primer papa
precisa además: «Pues ha parecido bien
al Espíritu Santo y a nosotros no
imponeros más carga que la necesaria»
(Hechos 15,28-29) y «porque no es por
las obras de la ley como el hombre es
justificado, sino por la fe» (Gálatas
2,16). En cierto modo, un verdadero «no
hay coacción en religión» (Corán 2,256).
Y he ahí por qué los
cristianos siguen la ley moral de
Moisés, los diez mandamientos inscritos
en las tablas de la ley, pero no las
obligaciones de las prescripciones
civiles y rituales de la Torá, pues no
hay
coacción en religión; y sin duda comen
cerdo y beben vino, igual que los
musulmanes comen camello (Corán 16,80),
aunque tanto el cerdo como el camello
están
prohibidos por la Torá (Deuteronomio
14,3). De igual modo que Dios dijo a
Abrahán «sé perfecto» (Génesis 17,1),
mal traducido como «sé sumiso», Jesús
cumplió
las profecías y perfeccionó la ley
colocando por encima de todo el mayor
mandamiento: amar, perdonar y rezar por
quienes nos persiguen. Y es esta nueva
alianza, este nuevo rito, lo que los
cristianos celebran, pero está fuera de
cuestión para ellos imitar a Marción (9)
y rechazar el Antiguo Testamento, que
es mucho más que una ley ritual, civil y
moral, puesto que en el Génesis
proclama la existencia del dios único y
creador de todas las cosas, canta sus
alabanzas mediante salmos, cánticos y
poesías, define en él la ley moral y
anuncia por medio de los profetas la
venida del mesías Jesucristo; es en
verdad
el fundamento de su fe y una etapa de su
historia, de la pedagogía de Dios, y
no están lo bastante locos como para
cortar sus propias raíces.
Los cuatro grandes
profetas del Antiguo Testamento
llevan sobre sus hombros a los cuatro
evangelistas. De izquierda a derecha:
Jeremías lleva a san Lucas (la buena
nueva anunciada a los paganos), Isaías
lleva a san Mateo (Jesús hombre y
judío), Ezequiel lleva a san Juan (Jesús
palabra de Dios), y Daniel lleva a san
Marcos (Jesús hijo de Dios).
Bernardo de Chartres,
maestro del siglo XII, decía: «Somos
como enanos encaramados a hombros de
gigantes, de modo que podemos ver más
cosas y más lejanas que las que veían
estos últimos. Y ello, no porque nuestra
vista sea más potente ni nuestra
estatura más ventajosa, sino porque nos
vemos
alzados y elevados por la alta estatura
de los gigantes».
El amor al prójimo
es incompatible con la yihad
El Evangelio abroga,
pues, una parte del Antiguo
Testamento, pero es exactamente lo
inverso lo que ocurre en el Corán mismo,
con
los versículos medinenses, intolerantes,
que abrogan los versículos mecanos,
más antiguos. Jesús nos enseña la
misericordia, incluso hacia los
enemigos,
pero el Corán, al contrario del amor al
prójimo, nos llama, mediante la yihad,
a conquistar el mundo para agradar a
Dios y a matar o someter aquí abajo, en
su
nombre, a todos los no musulmanes. Hay
que matar o morir, «amar por Alá y
odiar por Alá» (al-Gazali). El Corán
llega a pedir que se rechace toda
compasión (Corán 24,2) hacia los
incrédulos. «Mi reino no es de este
mundo»,
decía Jesús.
Mahoma propaga su
religión por la espada y la yihad;
Jesús nos llama a amarnos los unos a los
otros (7). Hay que leer los textos
fundacionales: el islam no es lo que uno
quisiera que fuera, no está definido
ni por las buenas palabras de algunos ni
por los actos de desequilibrados, sino
por los textos fundacionales, que hay
que leer antes de hablar de él.
A partir del
Evangelio, los islamistas concluyen sin
sonrojo que Jesús era un yihadista,
porque retienen en particular una
parábola
sobre el juicio final, en la que Jesús
presenta a un rey que hace matar a un
mal siervo (Lucas 19,17-27), y en el
momento de enviar a sus discípulos a
llevar la buena nueva de la palabra de
Dios a los pueblos del mundo, les
advierte que los envía a un duro combate
de la fe contra el mal: «No he
venido a traer la paz, sino la espada,
porque he venido a traer división […], y
el hombre tendrá como enemigos a los de
su propia casa. […] Quien no toma su
cruz y me sigue no es digno de mí»
(Mateo 10,16-42). «Golpeará la
tierra con la vara de su palabra, y con
el aliento de sus labios hará morir al
malvado» (Isaías 11,4), y Pablo (Efesios
6,11-17) explica que «la
Palabra de Dios es más cortante que
cualquier espada de dos filos, y penetra
hasta partir el alma y el espíritu, las
junturas y las médulas; discierne los
sentimientos y los pensamientos del
corazón» (Hebreos 4,12). «De su boca
salía una espada aguda» (Apocalipsis
19,15). Esa espada es la acción
salvadora del Espíritu Santo que separa
el bien del mal (Juan
20,21-22), pues
la paz de Cristo, y el combate al que
nos llama en el contexto del
conjunto del
Evangelio y de su mayor mandamiento del
amor al prójimo, nada tiene que
ver con el odio a los infieles y la
yihad (combate en la senda de Alá)
del Corán.
Decir que tenemos
valores comunes no significa nada
mientras no se precise cuáles (8);
procedemos, en efecto, de la misma
fuente
judía, pero esta ha sido reescrita y
reinterpretada hasta tal punto que se ha
vuelto irreconocible. Sí, el Corán
habla, en términos favorables, de Issa y
de
Miriam; pero Issa, simple profeta, no es
Jesús, miembro de la trinidad divina,
Dios hecho hombre, muerto en la cruz,
resucitado, redentor de los pecados del
mundo. El Corán contradice al Evangelio
en todo lo relativo al mensaje y a la
misión de Jesús: Issa no es Dios, no
murió en la cruz, no resucitó, no
rescató
los pecados. Como los demás profetas,
está sometido a Dios, ¡y por tanto es
musulmán! En los últimos días volverá,
junto con el mahdi, para derribar las
cruces, matar a los cerdos (los
cristianos) y a los monos (los judíos),
y
establecer el islam. El Corán no narra
la historia de Jesús, sino que encubre
su mensaje,
al que no concede en absoluto ningún
lugar.
La revelación
coránica no es más que una ley y unos
ritos que aplicar. Por un lado, se
atiende a la apariencia: «la barba», «el
velo», «la chilaba», «la peregrinación»,
«las abluciones», «el ayuno», «la
prohibición del cerdo», «la prohibición
del vino»; incluso la «oración» no es
en absoluto un diálogo con Dios, sino,
en primer lugar, una alineación del
cuerpo individual con el comportamiento
del grupo, y después una sucesión muy
codificada de movimientos y recitaciones
que hay que hacer en el orden correcto:
hay que hacer, según la hora, 2, 3 o 4
prosternaciones (rakats), y no de
otro modo, pues de lo
contrario no es «válida» y hay que
empezar todo de nuevo, siendo el colmo
tener
la marca de la prosternación en la
frente; imitar, hacer lo mismo, los
mismos
rituales, las mismas prohibiciones; no
son más que signos externos, fácilmente
controlables por la comunidad, que así
puede presionar a los «malos» musulmanes
que no respetasen esa segregación
sexista con el velo, la negativa a
estrechar la
mano de una mujer y el confinamiento de
las mujeres en su casa; segregación
alimentaria con lo halal; segregación
social y supremacista con la aparición
de
grupos que reprimen los incumplimientos
de la saría (intimidación,
agresión
con ácido, palizas, «autodefensa» hoy
contra los gitanos…). Esto es
exactamente
lo contrario del mensaje de Cristo en el
Evangelio. La palabra de Cristo es
espiritual; es la libertad, la elección
de la fe, sin coacción, la entrega de
sí mismo al otro, íntegramente, sin
esperar nada a cambio, sin deseo de
dominación, y menos aún de humillación,
de relación de fuerza. Es el perdón
para quien ha caído, y, por su
sacrificio en la cruz, todo le es
perdonado al
hombre.
Jesús anunció
falsos profetas
¿Quién puede venir a
traer un nuevo mensaje después del
mesías, Jesús? ¿Si no el anticristo? El
evangelista Juan dice incluso que «ese
es el anticristo, el que niega al Padre
y al Hijo» (1 Juan 2,22); ahora bien,
Alá, en el
Corán (9,30), niega al padre y al hijo.
Sí, Jesús en el
Evangelio anunció que llegarían falsos
profetas (Mateo
24,11; Marcos 13,6): «Guardaos de los
falsos profetas. Vienen a vosotros
vestidos de ovejas, pero por dentro son
lobos rapaces. Los reconoceréis por sus
frutos.» (Mateo 7,15). Y «llega la hora
en que los que os den muerte
creerán ofrecer culto a Dios» (Juan
16,2).
El angelismo y la
ignorancia son malos consejeros. Y el
Corán mismo lo reconoce: «Alá es el
mejor de los que urden astucias»
(Corán 3,54; 8,18-30).
Del mismo modo que,
por astucia, Mahoma se postró ante
las «sublimes diosas» de los idólatras
de La Meca para congraciarse con ellos,
hoy se pretende igualmente reverenciar a
Issa y Miriam (presentados como Jesús y María),
y de igual modo algunos hoy, como
ayer, se felicitan de que «Mahoma habló
bien de ellos y los trató como
eminentes,
cuya intercesión es aprobada».
¿Rezar juntos? ¿A
qué Dios?
Rezar juntos de otro
modo que en silencio será imposible
(10): un musulmán no podrá pronunciar
sin blasfemia el credo o el padrenuestro
(11), y un cristiano no podrá injuriarse
a sí mismo al pronunciar la fátiha
[la primera sura del Corán]
si no se le oculta que «los que se han
desviado del camino recto por el
que pedimos a Dios que nos guíe» son los
cristianos (12). Los judíos, por su
parte, saben que «aquellos que han
incurrido en la cólera de Dios» son
ellos (13).
La visión del
diálogo islamo-cristiano según los
Hermanos Musulmanes
Insisten en que el
comunismo, por un lado, y el
laicismo, por otro, son los enemigos de
todas las religiones, y que los
cristianos encontrarían por tanto
ventaja en verse protegidos por un
Estado
islámico. Así, Yusuf al-Qaradawi, en
«Prioridades del Movimiento Islámico en
la
fase venidera», afirma en 1990:
«Un cristiano que
acepta someterse al sistema laico no
religioso no debería sentirse incómodo
bajo un régimen islámico. Es más, un
cristiano que comprende su propio
derecho religioso debe acoger el régimen
del
islam, pues tal régimen se basa en la
creencia en Alá, los mensajes del Cielo
y
la recompensa en el más allá. Tal
régimen busca también reforzar los
valores de
fe y de moral que fueron predicados por
todos los Profetas. Venera también a
Cristo, a María y al Inyil [evangelio],
y presta una atención particular a la
gente del
Libro. Entonces, ¿cómo podría un régimen
así, con su naturaleza celestial,
moral y humanitaria, ser una fuente de
inquietud o de temor para un creyente de
una religión que reconoce a Alá, a sus
mensajeros y el más allá, mientras que
ese creyente no se preocuparía por un
régimen secular que desprecia todas las
religiones y no le deja más que un
pequeño rincón en la vida? […]
Los
sabios cristianos de espíritu amplio han
saludado el
régimen islámico como una formidable
barrera capaz de detener el avance del
horrible materialismo que amenaza a
todas las religiones en manos del
comunismo
mundial.»
Y presenta el diálogo
como una de las prioridades de su
movimiento: «Que haya un diálogo
religioso entre el islam y el
cristianismo,
para diversos objetivos, entre ellos los
siguientes:
1. Mantenerse firmes
ante la tendencia del ateísmo y el
materialismo, que quiere acabar a espada
con todos los mensajeros del Cielo,
que se burla de la creencia en lo
invisible, y que rechaza a Alá, a sus
mensajeros, sus Castigos y los valores
morales, y que tiende a la permisividad
y a las costumbres ligeras que casi han
destruido por completo los rasgos
nobles que la humanidad adquirió con la
orientación de los mensajes del cielo.
2. Confirmar los
puntos de acuerdo entre las dos
religiones, señalados por el sagrado
Corán, que evoca la manera de discutir
con
la gente del Libro: Decid «Creemos en la
revelación que nos ha llegado y en
la que procede de vosotros; nuestro Dios
y vuestro Dios es Uno, y a Él nos
sometemos [el islam]» (Corán 29,46).
3. Purificar las
relaciones de los restos de
sentimientos hostiles que dejaron las
cruzadas del pasado y el imperialismo
presente, y promover los sentimientos de
fraternidad, de humanismo y de
caridad. Abrir una nueva página para
relaciones más puras y más claras. Esto
incluye que la Iglesia deje de apoyar a
los cristianos contra los musulmanes en
todas las batallas que estallan entre
ambas partes, como las del sur de Sudán
y
en Filipinas, y en otras regiones. La
Iglesia se pondría incluso del lado de
los comunistas y de los paganos contra
los musulmanes» (citado por Joachim
Véliocas en Les Frères musulmans
dans le texte).
El Vaticano II y
el diálogo islamo-cristiano
La Congregación para
la Doctrina de la Fe declara que
«es contrario a la fe católica
considerar a la Iglesia como un camino
de
salvación entre otros, complementado por
las demás religiones» (Dominus
Iesus, 21, 6 de agosto de 2000). Y
Pío XI condenó «la empresa de aquellos
hombres convencidos de poder llevar sin
dificultad a los pueblos, a pesar de
sus divergencias religiosas, a un
acuerdo fraternal sobre la profesión de
ciertas doctrinas consideradas como
fundamento común de vida espiritual (…).
Tales empresas no pueden, en modo
alguno, ser aprobadas por los católicos,
puesto que se apoyan en la teoría
errónea de que todas las religiones son
más o
menos buenas y loables, en el sentido de
que todas, aunque de maneras
diferentes, manifiestan y significan el
sentimiento natural e innato que nos
lleva hacia Dios y nos empuja a
reconocer con respeto su poder. En
verdad, los
partidarios de esta teoría se extravían
en un completo error; al pervertir la
noción
de la verdadera religión, la repudian.
(…) Solidarizarse con los partidarios y
propagadores de tales doctrinas es
alejarse completamente de la religión
divinamente revelada» (Pío XI, Mortalium
animos).
Por eso el catecismo
proclama que «la economía
cristiana, siendo la Alianza Nueva y
definitiva, no pasará ya nunca, y no hay
que esperar ya ninguna nueva revelación
pública antes de la manifestación
gloriosa de nuestro Señor Jesucristo.
Sin embargo, aunque la revelación esté
ya
consumada, no está sin embargo
completamente explicitada; le queda a la
fe
cristiana ir captando poco a poco todo
su alcance en el transcurso de los
siglos» (Catecismo, n.º 66).
Desgraciadamente, la declaración Nostra
aetate
del Vaticano II no distingue con
claridad entre las religiones aparecidas
antes
de la venida de Cristo y las surgidas
después de él. Ahora bien, antes de esa
venida los hombres podían extraviarse en
la búsqueda de la verdad; ya no pueden
hacerlo después de haber recibido el
conocimiento de Cristo. Así, el concilio
Vaticano II, para no excluir de la
salvación a quienes no tuvieron
conocimiento
ni del Evangelio ni de Cristo, admitió
que hay varios caminos que llevan a
Dios, de donde, lógicamente, se llegó a
la idea de que rezaríamos al mismo
dios. Y al final del razonamiento se
acaba en la negativa a anunciar el
Evangelio, y finalmente en la voluntad
de afianzar en sus religiones a aquellos
a quienes ahora se considera inútil
evangelizar, puesto que estarían ya en
un
camino justo.
Como ejemplos
alucinantes, podemos citar los cursos de
islam en Taizé para
inmigrantes; la recitación desde el
púlpito de la sura primera, la
fátiha (Barbarin en Lyon); la
llamada al rezo [adhan], una
llamada blasfema (en
Saint-Louis-des-Invalides), que reconoce
a Mahoma como profeta y el Corán
como revelación y palabra de Dios (de
ahí los abrazos al Corán), y que
reconoce el islam como vía de salvación.
Y qué decir cuando,
en ese mismo espíritu, con ocasión
de una restauración, se deja grabar «Alahú
akbar»
[Dios es grande] en una
gárgola de la catedral de Saint-Jean de
Lyon, con una traducción además
errónea, puesto que como mínimo habría
que haber grabado «Alá es el más
grande»
(14). ¿Y qué se dirá cuando,
reconstruida la aguja de Notre-Dame de
París, se
la corone con una cruz, una estrella de
David y una media luna? Todo el
mundo
aplaudirá ese magnífico símbolo del
sincretismo multicultural.
Tendremos suerte si evitamos la flecha
con forma de tapón anal y el
portal del Juicio Final restaurado como
vagina de la reina, lo cual,
sin embargo, sería un símbolo de
progresismo.
Así, en su libro L’Église
face à l’islam,
Joachim
Véliocas presenta un gran número de
declaraciones de obispos italianos
y
franceses que se ofenden por la
prohibición del velo integral, que
piden la
construcción de mezquitas, la
financiación pública, a veces incluso
parroquial,
o el préstamo o donación de terrenos,
iglesias o salas parroquiales
para
transformarlos en mezquitas, la
extensión del concordato al islam, y
discursos
increíbles con ocasión de la
inauguración de esas mezquitas, que
demuestran una ignorancia total de los
textos fundacionales islámicos y
de la vida de Mahoma, o una
renuncia a partes importantes de su
antigua fe católica.
Si bien es justo
abrirse a cada musulmán individualmente
que se presenta como hermano humano, es
igualmente un grave y funesto error
reconocer al islam como una simple
religión, portadora de un mensaje
espiritual, una explicación de la vida y
de la muerte, una esperanza para el
más allá, cuando es, a la vez, una ideología
política de conquista, una
comunidad, una ley, un Estado, una
civilización, y es una herejía o una
apostasía proclamar que se estiman sus
valores y sostener sus fundamentos tal
como se describen en el Corán, los
hadices y el ejemplo de Mahoma,
fundamentos
contrarios sin ambigüedad a los valores
del Evangelio. Ciertamente, todos los
papas desde Pablo VI (véase nuestra
página de documentos)
cometen este
error, con excepción de Benedicto XVI,
quien por ello posiblemente fue víctima
de un golpe de
Estado.
Léanse nuestras
páginas:
Véase nuestra página:
***
NOTAS
1.
El islam no significa «paz» sino
«sumisión», por una mala traducción de
la
recomendación de Dios a Abrahán: «sé
perfecto», mal traducido como «sé
sumiso»
(Génesis 17,1: hăwēh šālēm, sé
perfecto). La paz es salam, como
en salam aleikum, o en shalom
alekhem, saludo extendido en
Oriente: que la paz sea contigo.
2.
Es evidente que la mayoría de los
musulmanes son como usted y como yo:
aman el amor, la tolerancia y la paz, y
buscan seguir del Corán los versículos
tolerantes, llamados «mecanos», que son
mayoritariamente los traducidos del
arameo y del hebreo al árabe por los
nazarenos inspirados por el Evangelio y
el Antiguo Testamento (léase nuestra
página versión del
padrenuestro). Pero que
venga un
predicador que predique al pie de la
letra el Corán completo, con sus
versículos conquistadores llamados
«medinenses», y entonces se forma sobre
esa
base una minoría activa yihadista, más
pura, según el texto fundacional, más
consumada, y que, bajo la amenaza
permanente de la acusación de blasfemia
o de
apostasía, arrastrará rápidamente a la
mayoría por el terror. El drama para la
humanidad es que, según el Corán y los
sabios del islam, estos versículos
medinenses, revelados en último lugar,
abrogan a los primeros, y la solución
más razonable, que consiste en rechazar
los versículos medinenses, es
desgraciadamente una blasfemia.
3.
Pero hoy, habiéndose borrado la
existencia de los orígenes nazarenos del
Corán, la palabra «nazareno» es la que
se usa para designar a los cristianos,
de donde la «N» que sirve para marcar
sus casas ante el paso de las hordas
yihadistas.
4.
El error proviene de que el espíritu,
que es femenino en hebreo y en arameo,
fue identificado falsamente, en el
Corán, con María, pero esta nunca fue
deificada por los cristianos. Además,
contrariamente a lo que dice el Corán,
María no es hija de Amram ni hermana de
Aarón (19,28), y por tanto de Moisés,
que vivieron 1500 años antes que ella.
5.
Juan Pablo II (en Entrevistas)
afirma: «Quien lea el Corán, conociendo
ya bien el Antiguo y el Nuevo
Testamento, percibirá claramente el
proceso de reducción al que allí es
sometida la Revelación divina. Es
imposible no sentirse impresionado por
la
incomprensión que allí se manifiesta
respecto de lo que Dios ha dicho de sí
mismo, primero en el Antiguo Testamento
por los profetas, y después de manera
definitiva en el Nuevo Testamento por su
Hijo. Toda esta riqueza de la
autorrevelación de Dios, que constituye
el patrimonio del Antiguo y el Nuevo
Testamento, ha quedado, de hecho, dejada
de lado en el islam. El Dios del Corán
es […] un Dios que permanece ajeno al
mundo. Un Dios que es solo Majestad y
nunca Emmanuel, “Dios-con-nosotros”. El
islam no es una religión de redención.
[…] Por eso, no solo la teología, sino
también la antropología del islam están
muy alejadas de las del cristianismo.»
6.
Pío IX precisa que «la revelación divina
es imperfecta y, por consiguiente,
sujeta a un progreso continuo e
indefinido
que responde al desarrollo de la razón
humana» (Syllabus, Qui pluribus,
9-11-1846).
7.
Véase:
http://www.bvoltaire.fr/pierredelacoste/
ny-a-dislam-modere,184741
8.
¿Es la fraternidad, el amor a los demás,
a todos los demás, incluso a los de
otras religiones? No: el Corán proclama
incluso que no hay que tomar amigos
entre los incrédulos (5,51). ¿Es la
tolerancia y la libertad de religión?
Cuando los no musulmanes, considerados
impuros, son, cuando no se los erradica,
mantenidos en un estatuto inferior de
dhimmis. Véase, por ejemplo, (9,5),
(8,39) o (4,56). ¿Es la paz, cuando el
Corán incita a la yihad, cuando el mundo
musulmán está a sangre y fuego y los
refugiados huyen de él a millares? ¿Es
la igualdad, del musulmán y el dhimmi,
del musulmán y el esclavo, del hombre y
la mujer? No. ¿Es la laicidad, la
democracia, cuando solo la ley de Dios,
la sharía, no reformable por el voto de
los ciudadanos, debe aplicarse? ¿Es la
libertad, cuando islam significa
sumisión, sumisión del musulmán a Dios y
del no musulmán al musulmán? No, de
nuevo no y siempre no: esos valores que
los nazarenos transmitieron en los
versículos tolerantes mecanos quedan
cubiertos y abrogados por los versículos
conquistadores medinenses.
9.
Marción llegó a rechazar tres de los
cuatro
Evangelios (conservando solo el de
Lucas), y muchas epístolas que
consideraba
demasiado impregnadas de judaísmo.
10.
Para evitar todo engaño, no admitir
oraciones en latín o en árabe, pues el
propio papa Francisco, durante la
oración por la paz en el Vaticano en
2014,
fue sorprendido a traición: el imam
añadió una oración no prevista, en
árabe,
que terminaba con «y dános la victoria
sobre los pueblos infieles» (2,286).
Para una oración por la paz, por una
religión de paz, fue, en efecto, una
elección particularmente acertada.
11.
Tareq Oubrou: «El encuentro de las
religiones en torno a una oración común
me
incomoda enormemente; es muy difícil
encontrar un lenguaje común: los
cristianos dicen Padre Nuestro; para
nosotros no es posible.»
12.
Esto no impidió que el cardenal Barbarin
hiciera recitar esta fátiha desde el
púlpito, con ocasión de varios
encuentros «ecuménicos» en torno al dios
de la
misericordia. ¿Ignorancia o ingenuidad?
Pequeña pregunta: ¿dónde tienen lugar
siempre los encuentros del diálogo
islamo-cristiano? En las iglesias y en
las
salas parroquiales. ¿Por qué? Respuesta:
no tenéis nada que enseñarnos, todo
está en el Corán. Véase:
13.
Véase el interesantísimo artículo de Jacques
Ellul sur l'Islam
14.
Esta historia de la gárgola grabada con
«Allah ouakbar» no es una noticia
falsa. Véase:
Lyon: la gargouille
de la cathédrale Saint-Jean
s'appelle Ahmed
Lyon: "Allah est grand"
à la cathédrale Saint-Jean
Lyon: Ahmed, la nouvelle
gargouille de la cathédrale Saint-Jean
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