De la ciencia
a la metafísica: el “ajuste fino” del universo y el significado de la
realidad
ENRIQUE IÁÑEZ
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¿Qué aportan los modelos cosmológicos
recientes a la posibilidad de encontrar un “propósito cósmico”?
Desde siempre, los seres humanos se han planteado el sentido y el
propósito del universo y de la propia vida. Se trata de preguntas cuyas
respuestas siempre han parecido fuera del alcance y capacidad del
método científico. ¿Qué aportan los modelos cosmológicos recientes a la
posibilidad o no de encontrar un “propósito cósmico”, a partir de los
datos de las ciencias?
En el presente artículo pretendo revisar brevemente los modelos
cosmológicos recientes, sobre todo por lo que hace al debate sobre la
justificación del ajuste fino de los parámetros básicos del universo (y
del principio antrópico). El objetivo es contribuir al diálogo sobre la
posibilidad o no de encontrar un “propósito cósmico” a partir de los
datos de las ciencias, y mostrar cómo se crean y se usan ciertos
modelos de base científica para apoyar o socavar visiones filosóficas y
teológicas contrapuestas.
La idea teológica de creación es compatible (pero no se identifica) con
la visión científica sobre el origen físico y evolución del universo,
aunque esta última puede ser relevante para la acotación de aquella y
para la idea que los creyentes puedan tener sobre la relación y acción
de Dios con el mundo material.
Introducción
El único dios verdaderamente bien muerto es el
dios tapa-agujeros. Y nadie llora su muerte. Tenemos todas las razones
para creer que las cuestiones científicamente estables llegarán a
recibir respuestas científicamente estables, por difícil que sea a
veces encontrarlas. Pero tenemos también todas las razones para creer
que hay muchas cuestiones llenas de sentido y dignas de preguntarse,
que van más allá del poder interpelador autolimitado de las ciencias.
Se trata de metacuestiones, para las que el Dios de la
explicación total puede resultar la respuesta adecuada.
John Polkinghorne (2000)
Desde siempre, los seres humanos se han
planteado una serie de cuestiones relacionadas con el sentido y el
propósito (del universo y de la propia vida personal). Se trata de
preguntas en las que, aunque la ciencia puede esclarecer y purificar la
búsqueda, las respuestas finales parecen quedar fuera del alcance y
capacidad del método científico.
En primer lugar, tenemos todo ese mundo de intenciones, deseos,
pensamientos, afectos, relaciones, etc. que impulsan la búsqueda de
sentido y significado a la vida humana. Las neurociencias pueden
estudiar el cerebro, soporte de la actividad mental, pero a lo más que
llegan es a ver los correlatos neuronales o cerebrales de la
consciencia, sin dar cuenta completa del mundo de la intencionalidad
tal como se vive en primera persona (ese es el núcleo del viejo debate
mente-cerebro, antes conocido como alma-cuerpo).
Ningún experimento, ninguna tomografía o resonancia cerebral nos va a
mostrar el mundo interior, afectivo y espiritual del ser humano
concreto, incluyendo el sentido de finalidad y motivación tan
característico de los individuos de nuestra especie. Es muy improbable
que la ciencia llene nunca el hiato entre la descripción física del
mundo y la experiencia subjetiva, en primera persona, que todos tenemos
de él. Ahí, aparte de los aspectos “inefables”, quien quiera dar cuenta
y razón de tales experiencias, tendrá que recurrir a otros tipos de
racionalidades (filosóficas, estéticas, éticas, etc.).
Por otro lado, tenemos el mundo de los fines. Incluso para
productos tecnológicos es imposible probar científicamente su
razón de ser, que solo puede venir de la expresión de un agente
consciente. Ahora bien, podemos inferir alguna finalidad a
partir del estudio de sus propiedades. Es importante no caer en los
errores de la vieja teología natural del diseño al estilo de William
Paley, ya que una cosa es atribuir diseño consciente y fines impuestos
a un producto tecnológico y otra distinta es deducir fines externos a
los organismos o a seres concretos de la naturaleza, por el hecho de
que tengan diseños “adaptados” a su mantenimiento, supervivencia y
reproducción.
Finalmente, tenemos la pregunta de por qué hay algo en vez de nada,
que nos introduce en la cuestión de la creación. “Si ha de darse una
realidad material allí donde se comienza con nada, es preciso admitir
la actividad de un infinito no material, un Creador de potencia
trascendente que no encaja en la descripción de realidades físicas, por
no estar siquiera en el marco espacio-temporal en que actúa la materia”
(Manuel Carreira) [1].
Así pues, no podemos remitirnos a otra causa de esa causa (cadena de
causas materiales) ni caer en una regresión matemática infinita, sino a
algo totalmente nuevo, no constreñido por mecanismos ni leyes. Incluso
un universo infinito y eterno, por el hecho de ser material, tendría
que tener un Creador que le diera el ser para comenzar a existir y lo
mantuviera en su existencia, como ya vio Tomás de Aquino. La idea de
Creación no alude a un proceso material, sino que se refiere a la razón
explicativa de la existencia del universo.
Por lo tanto, la idea teológica de creación es compatible (pero no se
identifica) con la visión científica sobre el origen físico y evolución
del universo, aunque esta última puede ser relevante para la acotación
de aquella y para la idea que los creyentes puedan tener sobre la
relación y acción de Dios con el mundo material.
En el presente artículo pretendo revisar brevemente los modelos
cosmológicos recientes, sobre todo por lo que hace al debate sobre la
justificación del ajuste fino de los parámetros básicos del universo (y
del principio antrópico). El objetivo es contribuir al diálogo sobre la
posibilidad o no de encontrar un “propósito cósmico” a partir de los
datos de las ciencias, y mostrar cómo se crean y se usan ciertos
modelos de base científica para apoyar o socavar visiones filosóficas y
teológicas contrapuestas.
La revista Studies in History and Philosophy of Modern Physics,
en un recomendable número monográfico reciente (2014) ha abordado las
relaciones entre filosofía y cosmología. Su coordinador, Henrik
Zinkernagel, en el artículo introductorio [2] reconoce que “la
cosmología es una de las pocas disciplinas científicas en las que los
científicos debaten abiertamente sobre cuestiones filosóficas”. En el
mismo número, el cosmólogo y matemático George Ellis, afirma que “la
filosofía subyace a nuestros acercamientos a la cosmología, y ésta se
beneficiará al hacer explícitos tales temas filosóficos […] En lugar de
negar la relevancia de la filosofía, deberíamos considerar con cuidado
la relación filosofía-cosmología y desarrollar una filosofía de la
cosmología adecuadamente profunda” [3].
Una moraleja que se puede sacar del debate sobre el significado
profundo de los actuales modelos cosmológicos, es una llamada a evitar
usarlos como garantes de ideas filosóficas que caen fuera de la
competencia de tales modelos (nos referimos a los grandes temas que
podríamos etiquetar como cuestiones limítrofes, donde la física
confluye con la meta-física, y que incluyen cuestiones de significado).
Origen y evolución del Universo
Según el Modelo Estándar actual que, desde los años ochenta
incluye la llamada inflación cósmica, el Universo que
observamos (el propio espacio-tiempo) se originó hace unos 13.820
millones de años en un estado microscópico de extrema densidad conocido
habitualmente como Big Bang (Gran Estallido). En ese inicio, las
fuerzas electromagnética, nuclear fuerte y nuclear débil estaban
unificadas (época GUT). A los 10-35 segundos
la fuerza nuclear fuerte se separa de la electro-débil y solo a los 10-10
segundos se separa la débil respecto de la electromagnética.
Hasta los 10-34 segundos (prácticamente
coincidiendo con la época GUT) se debió producir una fase de inflación,
en la que el universo, aún vacío y frío, pasó de ser 1017
veces más pequeño que un átomo a tener el tamaño de una moneda (o sea,
aumentó en un factor de por lo menos 1026). Este brutal
“estirón” alisó las inhomogeneidades iniciales del espacio-tiempo,
haciéndolo muy uniforme, salvo pequeñas irregularidades aleatorias
(atribuidas hoy al carácter cuántico del inflatón, el campo cuántico
propuesto como responsable de la inflación) que sirvieron más delante
de semillas gravitatorias para la formación de estrellas y galaxias.
Al terminar esta fase de expansión exponencial del espacio, la energía
potencial de esa descomunal inflación se convirtió en las “familiares”
formas de materia-energía que hoy dominan (materia ordinaria bariónica,
materia oscura y radiación), y el universo se continuó expandiendo a un
ritmo más moderado, acorde con la teoría original del Big Bang [4].
En esta fase de expansión moderada, la materia oscura (mayoritaria hoy
respecto de la ordinaria) permitió la acción gravitatoria sobre las
semillas de inhomogeneidades, lo que dio origen al agrupamiento de las
estrellas en grandes estructuras de supercúmulos de galaxias.
Frente a la extrema simplicidad del universo en el tiempo cero del Big
Bang, hoy vemos un universo lleno de estructuras complejas en una gran
jerarquía de niveles, desde el nivel microfísico (partículas
elementales) hasta las grandes escalas, y en el que (para sorpresa
reciente de los científicos), domina desde hace unos 5.000 millones de
años una misteriosa energía oscura, opuesta a una gravitación cada vez
menor, y responsable de una expansión acelerada (que en el futuro se
hará exponencial y conducirá a la total disgregación).
Estamos en un universo evolutivo en el que, por encima de los grandes
números cósmicos, en al menos uno de sus rincones, la materia ha
generado dos fenómenos nuevos, la vida y la autoconsciencia,
manifestaciones de la emergencia (surgimiento) de novedad y complejidad
[5].
El modelo cosmológico estándar (cuya versión actual más aceptada se
denomina Lambda-Materia Oscura Fría, L-CDM) está apoyado en un gran
número de evidencias de observación (que se siguen acumulando) [6]:
1. La teoría predice un remanente “fósil” (procedente de 377.000 años
después del Big Bang) en forma de fondo de radiación cósmica de
microondas (CMB), indicio de la llamada “era de la recombinación” en la
que los electrones y los protones se asociaron para formar los primeros
átomos neutros, y los fotones quedaron libres para viajar por el
espacio, por lo que el universo se hizo por fin transparente. Tal CMB
ha sido efectivamente detectado por una serie de observatorios en
satélites (COBE, WMAP, Planck).
Por cierto, esta CMB nos muestra el horizonte
visual que nos es permitido conocer: la materia que detectamos así es
la más antigua y lejana visible por ondas electromagnéticas, pero los
eventos anteriores a esta época no los podemos “ver” directamente.
2. Más aún, la teoría actual nos dice que durante la anterior y
brevísima fase de inflación debió producirse una serie ondas de choque
(ondas gravitacionales), y predice que si es así deberíamos poder
detectar las huellas de estas “arrugas” en el espacio-tiempo bajo la
forma de un patrón definido de polarización de la radiación de fondo de
microondas (CMB) [7]. Se espera que en breve, el satélite Planck y
otros ensayos en curso puedan detectar tales ondas gravitacionales
primigenias.
3. La teoría predice galaxias más activas a mayores distancias (que
corresponden a galaxias muy antiguas, las primeras que se formaron
debido a las pequeñas inhomogeneidades del fondo de microondas que
sirvieron de “semillas” gravitacionales), que de hecho, igualmente es
lo que se observa.
4. La teoría predice con éxito la composición y proporción de los tres
elementos químicos mayoritarios, que son los elementos más ligeros
(hidrógeno, helio y litio). El resto de los elementos químicos que
observamos en el universo (en mucha menor proporción) proceden de dos
tipos de procesos:
En primer lugar de reacciones nucleares en el centro de las estrellas.
Esta nucleosíntesis estelar solo puede llegar hasta el nivel del hierro
dentro de la tabla periódica de los elementos, en la secuencia
hidrógeno-helio-carbono-oxígeno àsilicioàhierro. Por otro lado, cuando
las estrellas muy masivas agotan su combustible nuclear, explotan como
supernovas, expulsando violentamente al medio interestelar una gran
cantidad de material enriquecido con elementos más pesados que el
hierro.
Más tarde, las nubes de gas y polvo (enriquecidas en estos elementos
pesados) expulsadas por las supernovas se pueden contraer por la fuerza
gravitatoria, generando discos giratorios que a su vez originan
estrellas de nueva generación, eventualmente dotadas de sistemas
planetarios. Se piensa que el sistema solar se comenzó a constituir de
este modo hace unos 4.600 millones de años. La Tierra se formó como uno
de los planetas interiores rocosos que orbitan alrededor del Sol. Según
indicios, hace unos 3.800 millones de años parece que surgió la vida en
nuestro planeta, que a su vez generó formas sensibles, conscientes y,
muy recientemente, autoconscientes.
Volviendo al modelo cosmológico estándar, diremos que aunque existe una
notable concordancia entre dicho modelo y sus predicciones exitosas,
aún existen importantes cuestiones que resolver: cuál es la naturaleza
de la inflación (hay varias teorías al respecto, e incluso modelos
alternativos a la inflación); cómo pudieron las supuestas
perturbaciones cuánticas durante la inflación servir de semillas para
las ulteriores estructuras a gran escala dominadas por la gravedad
(cúmulos de galaxias); cuál es la naturaleza de la materia oscura (que
constituye el 26,8 % de la materia-energía total actualmente y que
preside la dinámica galáctica); qué es la aún más enigmática y
mayoritaria energía oscura (68,3 %), responsable de que el universo
haya entrado en una fase de expansión acelerada, etc.
El ajuste fino
Desde mediados del siglo XX se fueron acumulando datos desconcertantes
sobre el universo que venían a indicar que ciertas leyes, constantes y
parámetros eran tales que de haber sido ligeramente diferentes, el
universo hubiera evolucionado de un modo que no hubiera generado vida
ni observadores inteligentes. A esto se le llama “ajuste fino”
del universo, y dio pie a la formulación del llamado principio
cosmológico antrópico [8].
Es decir, los parámetros básicos de la física y las condiciones del Big
Bang (que podrían haber sido diferentes) fueron tales que hacen posible
la vida y la existencia de los humanos en este rincón del universo.
Dicho de otra forma: el universo tiene rasgos que no parecen impuestos
por ninguna necesidad física previa, gracias a los cuales es posible la
vida inteligente en al menos un lugar de dicho universo. Esto
desencadenó un apasionado debate sobre cómo interpretar esta intrigante
coincidencia cósmica.
Veamos en primer lugar los rasgos
especiales de nuestro universo que hacen posible que nosotros
estemos aquí [9].
1. Carácter abierto
El surgimiento de novedad
auténtica (“emergencia”) en el universo depende de la existencia de
dinámicas “al borde del caos”, en las que orden y desorden se
entrelazan de modos sutiles, como podemos ver en la evolución
biológica, que es un juego entre el azar y la necesidad. El carácter
básico de la ley física es la mecánica cuántica, la ley más demostrada
de la ciencia, y que incluye tanto la fiabilidad (ej., la estabilidad
de los átomos) como la apertura (impredecibilidad de los resultados de
medida). Si el universo se comportara a nivel básico al modo
determinista newtoniano-laplaciano, no habría surgido novedad, ni por
lo tanto, la vida ni nosotros.
2. Escenario general
Si el espacio hubiera tenido
cuatro dimensiones espaciales en vez de tres, la ley de la gravedad
seguiría no la ley del inverso del cuadrado de las distancias, sino la
del inverso de su cubo, lo que hubiera dado órbitas planetarias
inestables.
3. Especificidad cuantitativa de las constantes
físicas
[10]
Hay cuatro fuerzas o interacciones fundamentales
en la Naturaleza (gravitatoria, electromagnética, nuclear fuerte y
nuclear débil), que determinan ciertas constantes de nuestro universo.
Pues bien, los valores de muchas de estas constantes, así como ciertas
proporciones entre ellas están finamente ajustadas, de modo que de
haber adoptado otros valores (igualmente posibles), el universo no
habría evolucionado como lo ha hecho ni habría generado vida basada en
el carbono, incluyéndonos a nosotros.
a. Si la fuerza nuclear débil no estuviera
relacionada de cierta forma (aparentemente casual) con la fuerza
gravitatoria, o bien todo el hidrógeno se habría convertido en helio a
los pocos segundos del Big Bang, o bien (en sentido contrario), nada
del hidrógeno habría pasado a helio, y no se podría haber formado agua,
disolvente universal para la vida. Por otro lado, si quisiéramos
“diseñar” un universo con supernovas para generar elementos pesados
para la vida, nos encontraríamos de nuevo con que las relaciones entre
ambas fuerzas (gravitatoria y nuclear débil) deben estar limitadas a
ciertos valores muy estrechos.
b. La vida requiere un universo con muchos elementos químicos (carbono,
nitrógeno, azufre, fósforo, potasio, etc.), de modo que si el universo
se hubiera quedado a nivel de los generados solamente en el Big Bang,
que son los más sencillos (hidrógeno y helio), hubiera sido un universo
“aburrido” e inerte (y por supuesto, sin observadores internos).
El elemento fundamental para la vida es el carbono, el único capaz de
formar moléculas complejas con más carbono y con otros elementos. El
carbono solo se forma en las “calderas” de las estrellas, y a su vez se
“quema” para producir oxígeno, y otros elementos de la tabla periódica.
Pues bien, ello depende de un fino ajuste entre la fuerza nuclear
fuerte (que mantiene unidos los núcleos atómicos) y la fuerza
electromagnética.
c. Como ya dijimos, los elementos más pesados que el hierro, algunos de
los cuales también participan en la materia de los seres vivos, no
pueden generarse en el interior de las estrellas, y solo se producen
durante las explosiones de supernovas, que además “siembran” el medio
interestelar de un “polvo” rico en los elementos generados. La relación
entre la masa del protón y la del electrón tiene que ser la observada
de 1.840 para que las estrellas produzcan esos elementos interesantes
para la vida.
d. Las estrellas tienen otro papel fundamental, ya que al menos algunas
de ellas deben de durar miles de millones de años (nuestro Sol lleva
4.600 millones). Para ello, hay un límite estrecho a la relación entre
la constante del electromagnetismo y la constante de la gravedad. Si no
hubiera sido así, o bien las estrellas se habrían agotado en unos pocos
millones de años, o bien habrían sido tan débiles que no habrían
generado la química necesaria para la vida.
4. Rasgos relacionados con las condiciones
iniciales del
universo
a. La constante cosmológica, que parece estar detrás de la expansión
acelerada del universo (y asociada con la misteriosa energía oscura
antigravitatoria) está ajustada de un modo sorprendente, a un valor de
decenas de órdenes de magnitud. (Las estimaciones teóricas sobre la
energía del vacío que hace la teoría cuántica de campos se equivocan en
70 órdenes de magnitud respecto del valor real, cosa
extraordinariamente llamativa).
b. Al parecer estamos en un universo “plano”: las fuerzas expansivas y
contractivas del universo están afinadas en grado extremo: la densidad
media en el universo está ajustada tan finamente como con un error de 1
en 1060 de la densidad crítica que separa un
universo
abierto (en expansión indefinida) de un universo cerrado (que se
contrae en un “Big crunch” o gran implosión). Si ese dato fuera
ligeramente menor, el universo se expandiría tan rápidamente que no se
formarían estrellas ni galaxias; si fuera mayor, todo el universo se
derrumbaría por gravedad sobre sí mismo. En ambos casos, se obtiene un
universo aburrido y sin observadores.
c. El famoso matemático y físico Roger Penrose, usando principios
termodinámicos, llegó a la conclusión de que obtener un universo plano
sin inflación es muchísimo más probable que con inflación. Para ello,
contabilizó las configuraciones iniciales posibles del campo
gravitatorio y del hipotético campo escalar del inflatón (necesario
para explicar la inflación cósmica).
Resulta que un universo uniforme y plano como el nuestro es
relativamente improbable, pero aun así, tal tipo de universo es
muchísimo más probable que se obtenga sin inflación que con ella, en un
increíble factor de 10100 Es decir, al
contrario que el caos
inicial de la teoría inflacionaria, nuestro universo debió de comenzar
con un grado de orden increíblemente alto. Eso significa que, de los
muchísimos universos posibles, el nuestro es de los pocos (si no el
único) con el orden suficiente para producir seres como nosotros.
d. La anisotropía (“arrugas”) de la radiación de fondo de microondas
(popularizadas por las imágenes coloreadas de los satélites COBE, WMAP,
Planck) muestra las pequeñas inhomogeneidades que sirvieron de semillas
para las grandes estructuras del universo (galaxias agrupadas en
cúmulos y supercúmulos).
Pues bien, la amplitud de la fluctuación
responsable de dicha anisotropía está “ajustada” en torno a una parte
por 100.000. De modo que un valor solamente diez veces más alto habría
originado un universo solo a base de objetos extremadamente densos como
agujeros negros y estrellas de neutrones; y por otro lado, con un valor
diez veces menor el universo actual sería una masa laxa y en expansión
de hidrógeno y helio, sin capacidad de formar galaxias, estrellas,
planetas, vida, etc.
e. En su evolución, el universo tiene que alcanzar una gran edad, un
enorme tamaño y una gigantesca cantidad de galaxias (100.000 millones),
cada una de ellas con unas 100.000 millones de estrellas, antes de
generar vida y seres inteligentes. A primera vista, la enormidad del
universo parece apuntar a la insignificancia de una especie de un
planeta perdido en esta inmensidad, pero en realidad el argumento se
vuelve del revés, ya que, como decimos, es debido a su inmensidad por
lo que podemos estar aquí (de haber sido más pequeño o con menos
galaxias y estrellas, no habría vida inteligente).
5. Precondiciones químicas para la vida
Hay tres propiedades del agua que son indispensables para la vida, y
que dependen de ajustes finos: a) el agua es líquida a las temperaturas
en que ocurren las reacciones químicas vitales; b) el agua actúa como
disolvente universal; c) posee un alto índice de calor específico que
la hace un excelente estabilizador térmico. Estas u otras propiedades
dependen de una combinación de tres factores: enlace covalente fuerte
entre oxígeno e hidrógeno; forma peculiar de sus moléculas y puentes de
hidrógeno entre dichas moléculas. Y estos tres factores, a su vez,
dependen de sutiles “ajustes finos” en parámetros básicos de las
fuerzas físicas fundamentales.
Ante todo este panorama de “coincidencias cósmicas”, el famoso físico,
Freeman Dyson dijo: “Cuanto más examino el universo y los detalles de
su arquitectura, más evidente encuentro que el universo, en cierto
modo, debía de saber que nosotros estábamos en camino”. Todo ello
requiere una justificación. Y sin embargo, la vida autoconsciente es un
producto cuantitativamente insignificante aparecido en un pequeño
planeta perdido en un cosmos inimaginablemente grande.
Ahora bien, ya advirtió Pierre Teilhard de Chardin que lo importante en
el universo tiene que ver más bien con la complejidad y la consciencia
[11]. Un moderno teilhardiano, Schmitz-Moormann, ha insistido
igualmente en que aquí no valen los argumentos cuantitativos del tipo
“solo es relevante lo más abundante” para descalificar el principio
antrópico como antropocéntrico; es decir, no sirve apelar a nuestra
pequeñez e irrelevancia a escala cósmica, ya que “cualquier
investigación no respaldada por el parámetro cuantitativo se convierte
en una empresa antropocéntrica… Tenemos que buscar otra clave para
interpretar el universo”.
“El hecho de relegar a los seres humanos a la insignificancia en el
universo basándose en su presencia cuantitativa podría considerarse
como un artilugio ideológico: la cantidad no dice gran cosa sobre el
significado del universo” [12].
El cosmólogo y matemático George Ellis, en un notable artículo
reciente, aludiendo a las “grandes cuestiones de la cosmología”,
argumenta que el hecho de que el universo haya generado un subespacio
de posibilidades donde se despliega la acción dotada de propósito de
seres inteligentes obliga a conectar la cosmología con el significado
de la vida humana, pero para ello hay que introducir datos que se
relacionan con la vida en general, y con la humana en particular,
incluyendo la experiencia humana ordinaria. Y para ello, el mundo de
las ecuaciones no nos sirve, ya que la física no engloba el concepto de
mente [13].
Por ahora no seguiremos esta línea de relación entre la antropología y
la cosmología, aunque en un próximo artículo intentaremos abordar este
fleco reflexivo, sobre todo por lo que se refiere a la evolución
biológica y de la humanidad, y sobre los fenómenos dotados de aparente
finalidad (teleología) e intencionalidad.
Por el momento nos quedaremos con la pregunta de
qué sentido dar al intrigante ajuste fino del universo. Aquí es donde,
lo queramos o no, estamos obligados a reflexionar de modo racional,
partiendo de la ciencia, pero más allá de ella.
Breve inciso epistemológico
Resumamos lo dicho hasta ahora. El modelo estándar de interacciones
físicas y de cosmología inflacionaria contiene unas quince constantes
libres especificables. Nadie sabe nada acerca del por qué estas
constantes tienen los valores que tienen (dichos valores son empíricos,
o sea, se obtienen por observación, sin que ninguna teoría dé razón de
su existencia).
Aunque desde Hume algunos (incluidos ahora algunos físicos) nos
exhortan a aceptar las propiedades de la materia como datos brutos
(“son cosas que pasan”), el descubrimiento del ajuste fino nos pide
alguna explicación, interpretación o justificación.
Para dar sentido al enigma de este universo antrópico, en primer lugar
debemos mostrar la epistemología que subyace a la cosmología física.
Pero como veremos luego, más allá nos enfrentamos a las “grandes
preguntas” que nos empujan a cosmologías (cosmovisiones) abiertamente
metafísicas.
Una primera cuestión de fundamental importancia es no perder de vista
lo que son los modelos explicativos en ciencia (por lo pronto, “el mapa
no es el territorio”). Algunos de los modelos sobre el ajuste fino han
abandonado uno de los núcleos irrenunciables de lo que hasta ahora se
consideraba como ciencia respetable: veremos que algunos de ellos (más
allá de su coherencia interna y de su simplicidad o elegancia) son por
principio imposibles de contrastar empíricamente (o sea, no son
falsables en sentido popperiano).
Como dice Javier Monserrat, “a un modelo imaginado, por muy elegante y
bien construido que esté, dando por supuesto que no es contradictorio
con los hechos, que es armónico con ellos y pudiera explicarlos, no
puede atribuírsele, eo ipso la realidad” [14].
Los modelos científicos, que son provisionales y solo nos hablan de
partes de la realidad, no de toda la realidad, están además
infradeterminados por la limitación de datos de observación de que
disponemos. Por ello, siempre tenemos que hacer suposiciones teóricas
para sustentar los modelos, que no dejan de ser tanteos provisionales
de captar “lo que hay ahí fuera”.
La cosmología física tiene además dificultades añadidas
extraordinarias: se trata de una ciencia histórica (el cosmos tuvo un
nacimiento y un desarrollo temporal) pero a diferencia de otras
ciencias históricas, cuenta solo con un solo “ejemplar” a estudiar
(nuestro universo). Y por otro lado no podemos construir universos en
el laboratorio.
Esto nos lleva al problema de la variancia cósmica: la diferencia entre
lo que predicen los modelos teóricos (posibles universos alternativos
imaginables) y el universo real, el único del que tenemos datos. Estas
dificultades no ocurren en otras ciencias.
Ellis llama la atención sobre el giro que ha dado la cosmología desde
la década de los setenta del siglo XX: mientras que entonces se daba
por supuesto que el universo tenía una naturaleza muy especial, ahora
el péndulo se ha ido al extremo opuesto, y muchos cosmólogos, en su
búsqueda de explicaciones del ajuste fino, nos dicen que nuestro
universo no tiene nada en especial, salvo el trivial de que sus
parámetros permiten que estemos aquí. Y para ello se han propuesto todo
tipo de especulaciones, muchas de las cuales asumen filosóficamente que
nuestro universo en realidad no es improbable, sino que es un ejemplar
concreto de múltiples universos sujetos a leyes estadísticas.
Interpretaciones del ajuste fino
Aun si dispusiéramos de todo tipo de datos para elaborar un modelo
“completo”, siempre nos tendríamos que enfrentar a la tarea de
interpretar dicho modelo. Y como veremos, interpretaciones no faltan,
ni mucho menos, pero en ellas es irremediable acudir a razonamientos y
conjeturas que van más allá de la ciencia.
Las posturas interpretativas
se pueden clasificar en tres tipos:
a. “La existencia del universo se debe a una necesidad
emanada de las leyes físicas”. ¿Se pueden proponer teorías científicas
capaces de dar cuenta o predecir las magnitudes fundamentales que vemos
como necesarias y no como arbitrarias? Einstein lo resumió en otra de
sus conocidas frases: “¿Tuvo Dios alguna alternativa al crear?”. Porque
si las constantes físicas son “necesarias” y no contingentes (o sea, no
pueden ser de otra manera), según algunos se podría “descartar” la
“hipótesis teísta” (por ahí va en parte la teoría de cuerdas).
Por otro lado, dotar a las leyes físicas de una
existencia platónica y una necesidad metafísica separadas de su
plasmación en el mundo real es decir demasiado: no parece que se pueda
plantear la existencia de leyes preexistentes al espacio-tiempo y a la
materia.
Además, si el universo es único (solo hay uno), y dado que la
cosmología es una ciencia histórica en la que no podemos realizar
experimentos, no está claro cómo podemos distinguir la leyes
universales necesarias respecto de las condiciones iniciales y de
frontera (contingentes) [15]. Por ejemplo, la famosa segunda ley
de la termodinámica, responsable de la flecha del tiempo, parece que se
debe a las especiales condiciones iniciales del comienzo del universo.
b. “El universo se debe al azar”. Esta idea es tan
chocante que, para evitar lo absurdo de atribuir a la mera suerte la
existencia de un cosmos tan peculiarmente ajustado, se han propuesto
diversas hipótesis sobre la existencia de multitud de universos, cada
uno con una combinación de parámetros básicos y su propia evolución, de
modo que nosotros simplemente estaríamos en uno de ellos, sin ninguna
peculiaridad especial, aparte de que estamos aquí constatando el que
nos ha tocado en la lotería. O sea, se sugiere un juego de azar cósmico
que, llevado al extremo propone infinitos universos, lo que quitaría
misterio al ajuste fino del nuestro. Lo veremos en una sección
ulterior.
c. “El universo se debe a un propósito o finalidad
impartida por algo o alguien ajeno al propio universo”. Por aquí van
las propuestas que tratan de mostrar la verosimilitud (que no
demostración) de la tesis teísta. Por ejemplo, para Soler Gil, el
universo posee unos rasgos de racionalidad, carácter de objeto e
indicios de finalidad suficientes para confiar en la razonabilidad de
la tesis teísta [16], un Creador que llama a la existencia a nuestro
mundo. El riesgo subyacente en esta tercera alternativa es caer en una
teología natural con las connotaciones negativas asociadas a la
teología del diseño de siglos anteriores (al estilo de Paley),
desacreditada para los seres vivos por el evolucionismo darwiniano.
Pero como dice Polkinghorne, la nueva teología natural derivada del
principio antrópico es diferente a la del siglo XVIII, ya que afecta al
origen de las mismas leyes de la naturaleza, “algo que una ciencia
honrada no puede explicar, ya que tiene que asumirlas como la base
inexplicada de su registro detallado de fenómenos” [17].
Obsérvese, pues, que una cosa es un modelo explicativo científico sobre
cómo es y se comporta el universo que observamos, y otra es explicar la
mera existencia del universo: es este segundo caso traspasamos los
límites de los modelos causales de base física y pasamos a otros tipos
de causación, y entramos en el terreno de la especulación meta-física.
Veamos en resumen las interpretaciones y modelos teóricos que se han
propuesto, en los que casi inevitablemente la ciencia entra en diálogo
con la filosofía y la teología.
1. Modelos de inflación
Es el modelo aceptado hoy día, sugerido en su día por Alan Guth [18],
que propone un período de expansión muy rápida en los primeros 10-34
segundos tras el Big Bang (inflación) seguido de una expansión
“normal·”.
La teoría de la inflación no implica negar la posibilidad de diseño
divino, porque podemos preguntar: “¿Por qué la teoría da los valores
que da?” Pero además, la inflación a su vez muestra signos poderosos de
ajuste fino entre las fuerzas expansivas y las contractivas,
responsable del universo tal como lo observamos. Para explicar este
equilibrio se han propuesto decenas de modelos de inflación, de modo
que como dice Holder [19], se ha producido un fenómeno parecido a lo
que ocurrió con la proliferación alambicada de epiciclos sobre
epiciclos en la astronomía ptolemaica.
2. Teorías de la gran unificación
Se puede proponer que nuestro universo es único, pero que los valores
de los parámetros libres fundamentales no son arbitrarios, sino
obligatorios. A las dificultades no resueltas de unificar la
gravitación de la relatividad general con las otras tres fuerzas ya
explicadas por mecánica cuántica se ha respondido con un aluvión de
modelos totalmente hipotéticos. Se intenta conseguir un modelo cuántico
de la gravedad, a pesar de que el modelo explicativo actual (basado en
la relatividad general) es plenamente satisfactorio.
Por ahora no hay soporte empírico, pero hay experimentos en camino que
pueden lograr en el futuro pruebas de dicho carácter cuántico, al igual
que se han cuantizado las otras tres fuerzas de la naturaleza.
Ahí nos encontramos teorías de gran unificación que pretenden llegar a
una deducción (predicción) de las leyes y parámetros
fundamentales, en un intento de convertir estos parámetros hoy
libres (o sea, contingentes) en necesarios. Algunas de dichas teorías
se fundamentan a su vez en modelos de teorías de cuerdas o
supercuerdas, como la llamada “teoría M”.
Pero las propias teorías de cuerdas se enfrentan a numerosos problemas,
entre los cuales hay que destacar su carácter no falsable, es decir,
que violan principios básicos de la epistemología científica tal como
se entienden desde Popper, como destaca Lee Smolin [20]. En concreto,
las teorías predicen seis dimensiones espaciales ocultas a añadir a las
cuatro conocidas del espacio-tiempo [21].
Es más, las cinco teorías de cuerdas distintas con capacidad de
“predecir” el mundo se pueden interpretar como límites matemáticos de
una sola teoría subyacente, llamada teoría M [22]. Sin embargo, las
propias teorías no conducen a predicciones unívocas, resultando un
espacio abstracto de resultados posibles denominado “paisaje” [23].
Otro problema, al que aludiremos luego, es que dichas teorías parecen
exigir la existencia de numerosos universos incomunicados con el
nuestro. Cabe preguntarse qué clase de “ciencia” es esta que no puede
hacer predicciones unívocas, ni contrastables ni falsables. (Para salir
del atolladero en que se encuentran las teorías de cuerdas, se están
planteando modelos de intersección de “branas”, planos
multidimensionales del espacio-tiempo, algunos de cuyos postulados
podrían contrastarse por observaciones cosmológicas y en experimentos
de aceleradores de partículas como el LHC).
De todos modos, imaginemos que logramos una teoría de todo (TOE, theory
of everything). En este caso la mayor coincidencia antrópica sería
que esta teoría, establecida sobre bases de consistencia
lógico-matemática, está tan finamente ajustada que genera un mundo
evolutivo capaz de producir seres inteligentes capaces de comprender
dicha consistencia. Además, habría que explicar cómo tales leyes se
encarnan en el mundo real: no podríamos nunca probar por qué ese mundo
debería haber llegado a existir [24].
Una "teoría (física) de todo" no explicaría
todo
Hay que aclarar que una teoría de todo solo sería aplicable al ámbito
de la física, ya que hoy sabemos que estamos en un universo en
evolución, por lo tanto con una historia irreversible que incluye
contingencias imprevisibles; un universo el que más allá de lo
cuantitativo de los grandes números, han surgido minoritarias pero
fundamentales novedades ontológicas como la vida y la consciencia, con
sus propias leyes y dinámicas, emergidas de los niveles más básicos de
la materia, pero irreductibles a ellos [25].
El propio Stephen Hawking reconoce que quizá la teoría omniabarcadora
se nos escapará para siempre, y que necesitaremos diferentes teorías
para diferentes ámbitos, cada una con su propia versión válida de la
realidad [26]. El universo no se deja atrapar por modelos unitarios,
sino que su conocimiento requiere multitud de disciplinas no reducibles
unas de otras).
De todos modos, si se llegara a una teoría (física) de todo al estilo
de la citada teoría M, el teorema de Gödel nos advierte de que ella no
podría dar cuenta de su propia validez. El teorema de incompletitud de
Gödel viene a decir que no puede probarse que ningún sistema racional
de enunciados sea al mismo tiempo consistente y completo [27].
Si la consistencia se acepta como una condición necesaria de toda
descripción de la realidad, no podemos llegar a un sistema racional que
al mismo tiempo sea completo.
Como se sabe, este golpe a la pretensión de formalizar completamente el
lenguaje matemático fue seguido por la demostración por parte de Alan
Turing de que no es posible demostrar siempre que la ejecución de un
algoritmo en una máquina de cómputo se detenga en un tiempo finito.
Este llamado “problema de la detención” implica que no toda la
matemática es decidible semánticamente [28]. En esa estela, más
recientemente, Gregory Chaitin, ha mostrado que no es posible una
teoría de todo para la matemática [29].
Años después de sus aspiraciones iniciales a una teoría de todo,
Hawking ha llegado a reconocer que “si existen resultados matemáticos
que no pueden ser demostrados, entonces existen problemas físicos que
no pueden ser predichos”, de modo que las teorías físicas se hallan
referidas a sí mismas, así que “cabe esperar que o bien sean
contradictorias o bien sean incompletas”.
Por lo tanto, necesitamos una pluralidad de
enfoques y lenguajes, incluido el interdisciplinar, para hacer honor a
la complejidad irreducible de lo real sin incurrir en realismos
ingenuos [30].
Pasemos a un breve resumen de los modelos de
gran unificación.
Universo como resultado de una fluctuación
cuántica
En los años setenta del siglo pasado se intentó ampliar teoría cuántica
de campos (victoriosa en el ámbito de la microfísica) al plano
cosmológico, es decir, tratando el universo en su origen como una
partícula elemental sometida a las leyes de la mecánica cuántica. Ello
produjo la idea de que nuestro universo podría haber surgido como
resultado de una fluctuación cuántica del vacío físico.
En el vacío cuántico se producen continuamente pares de partículas y
antipartículas virtuales, que inmediatamente se aniquilan entre sí. La
hipótesis propone que el universo pudo ponerse en marcha por un evento
en el que la energía fue tomada “en préstamo” durante un instante
brevísimo. Además, la energía total no tuvo necesariamente que ser muy
grande, a juzgar por lo que nos dice la cosmología del balance total
incluyendo energía gravitatoria negativa.
-
El primer modelo de este tipo (Edward Tryon,
1973) llevaba a la insatisfactoria respuesta de que nuestro universo es
fruto de una mera probabilidad estadística, o sea, que “esto son cosas
que pasan, simplemente porque sí”. Algunas de estas ideas volverán a
aparecer cuando hablemos de modelos de multiverso.
-
Pero aparte de los problemas técnicos, estas
teorías usan a veces un lenguaje confuso, como “tiempo antes del
tiempo” y caen en una reificación de entidades matemáticas.
-
Aún más fundamental es la identificación
errónea que estas propuestas hacen entre el vacío (una entidad física)
y la nada metafísica. Porque el vacío cuántico no es la nada, sino otra
entidad material más, descrita por las propias leyes cuánticas, y
dotada de los rasgos de lo material [31].
De hecho, esta confusión es frecuente en los
divulgadores científicos de moda. Recientemente se ha editado en España
un libro con el significativo (y mixtificador) título de “Un mundo de
la nada”. Son textos que no esconden su militancia atea (cosa
legítima), pero que confunden al público, al hacer pasar como
“científico” un postulado metafísico producto de sus propios prejuicios
antiteológicos.
Los intentos de llegar a un cosmos autosuficiente no parecen tener
mucho éxito. Como dice Mark Worthing, “en el mismo momento en que uno
afirma poseer una teoría explicativa de cómo podría el
universo haberse originado de la nada, cae uno en una contradicción
inevitable (…) Naturalmente, podría afirmarse que no había nada y de
repente hubo algo, sin razón ni causa aparente. Pero esto más bien
sería el enunciado de una creencia filosófica o teológica que una
genuina teoría científica [32].
b) Modelo de Hawking
Stephen Hawking intentó hace años un modelo de universo autocontenido
“que no dependiera de un Creador”, a partir de la gravedad cuántica.
Buscó una función de onda para el universo como un todo, tratándolo de
modo análogo a la función de onda de Schrödinger asociada a las
partículas subatómicas.
Para ello Hawking y Jim Hartle aplicaron el método de Feynman para el
cálculo de probabilidades de la transición de estado de las partículas
cuánticas. Ahora bien, para lograr esto, hay que partir de unos
presupuestos arbitrarios, como el tiempo imaginario y las “condiciones
de frontera” del universo (se trata de una especie de apuesta a
priori).
Sin embargo, tras muchos años en esta línea, no se ha producido ni una
sola predicción correcta, por lo que esta vía ha sido abandonada
incluso por el propio Hawking.
Pero incluso imaginando que Hawking llevara razón en su apuesta
científica, de ella no se seguiría la conclusión de la ausencia de un
Creador [33]. Pues una cosa es el modelo científico y otra muy distinta
las conclusiones filosóficas. Además, la idea que tiene Hawking del
concepto de Creación es bastante pobre, como le han criticado muchos
autores.
Entre otros, comete el tipo de error, ya señalado por Tomás de Aquino,
de pensar que ex nihilo (de la nada) necesariamente significa
post nihilum (después de la nada), de modo
que negando la segunda, se deduciría la negación de la primera, y por
lo tanto, del Creador [34].
Lo que nos dice la creatio ex nihilo es la dependencia
fundamental del mundo con respecto a Dios, es decir, su contingencia de
existencia y de condiciones límite [31] (véase más adelante). Por otro
lado, Hawking comete la simpleza de pensar que lo que no tiene inicio
cronológico no tiene causa o principio ontológico, algo que habría
hecho sonreír a cualquier aprendiz de filósofo desde Grecia en adelante
[36].
c) Modelo de gravedad cuántica de bucles
Martin Bojowald propuso un modelo consistente en cuantizar directamente
las ecuaciones de Friedman del modelo cosmológico estándar con ayuda de
las matemáticas asociadas a la gravedad cuántica de bucles. Ello hace
que el espacio y el tiempo no sean continuos, sino discretos, “a
saltos” infinitesimales. De ahí derivaría un universo que colapsa
“antes” del Big Bang, alcanza un volumen mínimo, pasa por un estado de
energía cero y “rebota”, expandiéndose ya según el modelo estándar
[37].
Sin embargo, este curioso universo sigue teniendo los rasgos de un
objeto físico: es un objeto aislable y dinámico, y es racionalmente
comprensible. De hecho, aquí la racionalidad matemática llega a nuevos
extremos insospechados, levantando, una vez más, las objeciones ya
aludidas antes. Por lo tanto, sigue siendo un universo tan contingente
como otras descripciones de la física [38].
3. Multiverso(s)
Decir que todos los parámetros físicos iniciales del universo tienen
esas proporciones y relaciones solamente por casualidad es absurdo si
postulamos un solo universo, ya que las “casualidades” aluden a hechos
probabilísticos, o sea, el azar depende de la probabilidad de diversos
resultados.
Para hacer que lo muy improbable se convierta en probable o incluso en
obligatorio, algunos han propuesto modelos de múltiples universos
(multiverso), bien sean simultáneos o sucesivos.
Las primeras ideas de multiverso arrancan con la interpretación que
hizo Hugh Everett del principio de incertidumbre de la mecánica
cuántica. Este principio nos viene a decir que antes de una
observación, solo existen probabilidades, y que la observación
“selecciona” una entre todas esas posibilidades estadísticas. Pues
bien, Everett, un opositor acérrimo a la interpretación de Copenhague
del principio de incertidumbre, en su propuesta (llamada “de los muchos
mundos”) nos dice que para escapar de la paradoja del principio de
Schrödinger hay que postular que todas las posibilidades en realidad
ocurren, aunque en universos separados y paralelos.
En cada momento estarían surgiendo versiones alternativas de cualquier
evento, que por así decir se “ramificarían” a partir del momento
previo. O sea, habría infinitos universos, y cada uno de ellos se
estaría desdoblando continuamente en otros infinitos nuevos universos
[39].
Se han propuesto varios modelos de multiverso con muchos o infinitos
universos coexistentes o sucesivos [40]. Como dice, John Leslie, “los
teóricos modernos encuentran cosa fácil el inventar mecanismos para
lograr que la física aparente y las propiedades
manifiestas difieran de un universo a otro, incluso cuando la
física subyacente y las propiedades más fundamentales sigan siendo las
mismas”.
Resumamos los principales modelos de múltiples universos:
En el peldaño más sencillo o “comprensible” de
multiversos tenemos en realidad un solo universo de enorme tamaño o
incluso infinito, a base de múltiples dominios coexistentes, a modo de
burbujas separadas. En este mega-universo solo podemos tener noticia de
un dominio parcial (el nuestro), correspondiente a lo que se llama
“volumen de Hubble”, calculado teniendo en cuenta la velocidad finita
de la luz y el tiempo que ha pasado desde el Big Bang. Lo que exista
más allá de nuestra “burbuja” no lo sabemos (ni lo podremos saber), e
incluso las leyes de la física allí podrían ser distintas.
El segundo tipo de multiversos se sustenta en ciertas hipótesis
físico-cosmológicas que hoy día no cuentan con apoyo empírico:
-
Ya Edward Tryon postuló en 1973 un vacío
físico con una constante actividad de formación y destrucción de
partículas diversas con propiedades y masas infinitamente variables.
Esas fluctuaciones cuánticas del vacío darían lugar a semillas de
universos con todas las combinaciones posibles de rasgos físicos. Cada
uno de esos universos sufriría una expansión y evolución distinta e
independiente de los otros universos “hermanos”, con los cuales nunca
podría conectar. La inmensa mayoría de esos universos serían aburridos
o estériles (no podría surgir vida ni vida inteligente).
-
Inflación eterna de Andrei Linde y Alex
Vilenkin: como consecuencia directa de la mecánica cuántica asociada a
una expansión acelerada, una vez iniciado el proceso de inflación
cósmica, este no se detiene jamás; ello implica que el espacio en
expansión va formando dominios (“universos burbuja”) desconectados
entre sí, de modo que nuestro universo observable sería uno de dichos
dominios [41].
La extrapolación que se hace aquí desde la
física cuántica conocida no solo no está comprobada, sino que
seguramente es inverificable. El mecanismo por el que se realizan
diferentes vacíos de la teoría de cuerdas en diferentes dominios es
totalmente especulativo.
En tal tipo de universo con inflación eterna, tal como dice Alan Guth,
“todo lo que puede llegar a ocurrir, sucederá; de hecho sucederá un
número infinito de veces”. De esta manera, el ajuste fino pierde su
misterio, ya que la combinación de constantes y parámetros se vuelve
estadísticamente necesaria debido a la ley de los grandes números.
En esta y otras propuestas parecidas (como algunas de las que Hawking
expone en su libro El gran diseño) subyace la idea de la
existencia de una especie de meta-universo en estado de superposición
cuántica, cuya función de onda colapsa, produciendo los diferentes
multiversos o universos. Pero como vienen a decir Javier Monserrat y
George Ellis, esto es ilegítimo, porque la base en que se apoyan
(incluyendo la electrodinámica cuántica de Feynmann) está pensada para
los fenómenos dentro de nuestro universo, y no se puede
extrapolar al hipotético meta-universo. Además, en la mecánica cuántica
solo es real el estado colapsado medido, no las posibles trayectorias o
historias posibles en el estado de superposición [42].
-
El “paisaje cósmico” de Leonard Susskind: la
búsqueda de una teoría cuántica de la gravedad (por supercuerdas-teoría
M o por gravedad cuántica de bucles) conduce a un multiverso con un
número inimaginable de versiones (en torno a 10500;
a título
comparativo digamos que nuestro universo contiene “solo” 1080
átomos). Susskind propone que todas esas posibilidades son exploradas realmente
por la realidad física, viviendo nosotros en
una de ellas [43]. De nuevo nos encontramos con una extrapolación
ilegítima y no falsable.
- En su momento, Lee Smolin propuso la
idea de multiversos generados por colapso de agujeros negros.
- Una de las propuestas más atrevidas es la de Max Tegmark, según la
cual todas las estructuras matemáticas consistentes imaginables existen
también de modo físico, real. Nosotros estaríamos en el único universo
que es consistente con nuestra existencia [44].
Crítica de los modelos de multiverso
En este apartado comenzaremos retomando algunas de las críticas
epistemológicas ya apuntadas en secciones anteriores, centradas en la
pregunta de que, dado que todas o casi todas las propuestas de
multiversos son por principio inverificables (no falsables), si se
pueden considerar como científicas.
Hasta ahora, el núcleo de lo que consideramos como ciencia es su apoyo
en los datos de observación y experimentación y su capacidad
predictiva. No parece que los modelos de multiversos cumplan dicho
requisito.
Ahora bien, dado que en ciencia admitimos ciertas entidades
inobservables, ¿podríamos justificar la existencia del multiverso o
meta-universo? La respuesta, según Ellis, es negativa porque estas
hipótesis (a) carecen de buenos fundamentos; (b) no cuentan con
resultados predecibles; (c) el multiverso no es la única manera de
explicar los datos del ajuste fino, existiendo otras alternativas, y
sobre todo porque (d) carecen de base observacional y experimental
[45].
[Un inciso: sin embargo, para algunos científicos, como Lee Smolin, el
debate cosmológico del ajuste fino en versión de los multiversos, junto
con las especulaciones de las teorías de cuerdas y los intentos de
lograr una teoría de todo obligan a replantear seriamente los mismos
fundamentos epistemológicos de la propia empresa científica [46]. Para
Leonard Susskind, uno de los padres de la teoría de cuerdas, hay que
renunciar a la idea de que podamos llegar a comprender la realidad, y
defiende que las paradojas y contradicciones de la física actual dan
más razones que nunca para adscribirse a las ideas instrumentalistas de
Niels Bohr, debiendo conformarnos con realizar y verificar predicciones
empíricas («la palabra “reproducible” resulta mucho más útil que la
palabra “real”») [47].
Paul Steinhardt, uno de los padres del modelo de inflación,
reflexionando sobre los infinitos universos burbuja derivados de la
inflación eterna de Linde, dice: “¿Qué significa que la inflación
realiza una serie de predicciones […] si todo lo que puede ocurrir
sucede un número infinito de veces? Y si una teoría carece de
predicciones verificables, ¿cómo puede sostenerse, como suele hacerse,
que se halla de acuerdo con las observaciones?” [48].
El físico Paul Davies ha comentado que la “flagrante contradicción de
la teoría de la selección cósmica [en el multiverso] es que necesita un
número infinito de universos invisibles solo para explicar el que
vemos”. Además, “debe presuponer el concepto de ley, y obvia la
pregunta de dónde vienen esas leyes y cómo se ‘ligan’ al universo de un
‘modo eterno’”.
Por su parte, Eduardo Battaner declara que “[con las propuestas de
multiverso] el nivel de especulación es tan atrevido que no sabemos
bien qué tierra estamos pisando, desde luego no la de la Física
tradicionalmente entendida, con el experimento y la observación como
pilares básicos [49].
Además, muchos autores favorables a multiversos cometen un error
categorial al confundir las legítimas preguntas de tipo “cómo” que se
hace la ciencia con pretender que la física tiene la respuesta a la
pregunta clave de “por qué” existe el universo. Y esto se debe, entre
otras cosas a que no pueden explicar por qué las leyes de la física son
como son, ni si esas leyes existían (y en su caso cómo eran) “antes” de
que el universo apareciera.
Por supuesto, la especulación es posible y es legítima en ciencia,
siempre y cuando se respete el núcleo de los valores epistémicos
de la ciencia, cosa diferente a dar por buenos modelos sin posibilidad
de apoyo observacional, propuestos por su “elegancia”, su “belleza” o
su consistencia matemática (por ejemplo, el modelo de inflación eterna
de Linde se basa en relacionar dicha inflación con la compleja
matemática de la teoría de cuerdas).
Para John Polkinghorne “este multiverso no es más que una especulación
metafísica con un exceso de prodigalidad ontológica”.
-
En la misma línea, para Ellis “es una
propuesta extraordinariamente extravagante postular innumerables
universos inobservables, solo para explicar una única entidad (el
universo observable). No podemos caracterizarla precisamente como un
ejercicio de parsimonia, tal como defendía Guillermo de Ockham”.
En resumen, una teoría solo es científica si
permite hacer predicciones unívocas contrastables sobre hechos que
podamos observar, y las hipótesis del multiverso presuponen que jamás
podremos observar los otros hipotéticos universos hermanos del nuestro.
Por lo tanto, estamos ante elucubraciones metafísicas como bien ha
hecho notar Carlos Beorlegui en un artículo de Tendencias21 de las
Religiones [51].
Pero hacer metafísica no es malo (aquí ya es
inevitable); lo malo es, como hacen muchos autores en sus libros de
divulgación, esconder bajo la apariencia de ciencia respetable lo que
es mera especulación sustentada en modelos no contratados y casi con
seguridad inverificables. Para “jugar limpio”, habría que dejar claro
que se ha entrado en plenos dominios de la cosmología metafísica,
intentado no perder de vista lo que nos dice la cosmología física
verificada, pero evitando “colar” una cierta postura filosófica como si
estuviera avalada por los datos científicos.
“No hay nada de malo en la especulación filosófica con base científica,
que es lo que son las propuestas de multiverso. Pero deberíamos
llamarlas por su nombre (Ellis) [52]. “No veo objeciones
teológicas fundamentales contra un multiverso […] Solo estoy en contra
de la elaboración de hipótesis físicas especulativas acicaladas con
cálculos matemáticos para darles apariencia de cientificidad” (Hans
Küng) [53].
Una propuesta razonable
Como dice Javier Monserrat, los resultados actuales de la
investigación científica, sometidos a reflexión filosófica, no nos
imponen una verdad metafísica última del universo, es decir, el
universo es ambivalente desde el punto de vista metafísico [54].
Por lo tanto, la ciencia no impone ni el teísmo ni el ateísmo.
Lo que se abren son interpretaciones y propuestas más o menos
razonables, que cada cual intentará hacer congruentes con sus
creencias. Tanto el creyente como el ateo han de mostrar la razonabilidad
de sus respectivas creencias recurriendo a argumentos metafísicos, pero
no pueden imponerlas ni existe un tribunal
independiente que pueda resolver a favor de uno o de otro.
El creyente legítimamente podrá justificar que el universo (explicado
por la ciencia) es coherente con la idea teológica de Creación, e
incluso hablar de la creación de un mundo en evolución, aceptando,
igual que el ateo, lo que la ciencia legítimamente nos dice sobre el
origen físico y decurso histórico del cosmos. Y el ateo puede
legítimamente justificar su postura a partir de los mismos datos y
modelos científicos.
La ciencia no impone pues una idea de sentido o finalidad en el
universo. El concepto de finalidad que usamos aquí no se desprende de la ciencia, no se deriva de
ningún principio físico ni de ninguna ecuación o actividad de las fuerzas de
la naturaleza, sino que pertenece al campo de la metafísica, aunque
para formularlo de modo congruente debamos tener en cuenta lo que nos
dice la ciencia sobre la realidad material.
La filosofía y la teología son perspectivas que, al reflexionar sobre
la racionalidad, orden y tendencias del mundo natural (desentrañados
mediante la ciencia) nos pueden conducir a proponer (no demostrar en
sentido estricto) lo razonable de la finalidad de un cosmos contingente
y de la existencia de un Creador de dicho cosmos, un Dios que gobierna
el mundo contando con el juego entre azar, contingencia y leyes
naturales.
La teleología (finalidad) es un concepto que sirve de puente y nexo
armonizador entre las ciencias naturales y las humanidades, bien
entendido que no nos suministra “demostraciones” ni nos manifiesta los
detalles del plan divino [55].
La realidad material es contingente,
cambiante, y no puede llegar a existir por sí misma. Como ha quedado
claro antes, incluso si se encontrara una teoría que unificara las
leyes físicas y los parámetros arbitrarios descubiertos empíricamente,
dicha teoría sería igualmente contingente (y en base a los teoremas de
incompletitud, las leyes reflejan axiomas no derivables que igualmente
no son necesarios).
Para el creyente, la realidad material solo puede llegar a la
existencia por un Ser necesario e inmutable, sin limitación alguna.
Dicho Ser creó nuestro universo, dotándolo de un dinamismo y ajustando
sus parámetros básicos de tal manera que permiten la aparición de vida
y de seres inteligentes.
Es decir, la finalidad del universo (un plan racional, pero no
demostrable desde la ciencia) sería traer a la existencia (mediante
causas naturales derivadas del propio dinamismo natural) seres
inteligentes capaces de explorar el mismo universo y preguntarse por su
sentido, y llegado el caso, reconocer y honrar a su propio Creador.
La interpretación teísta del principio antrópico da un salto
del “parece” al “es”: el universo parece hecho
para el hombre porque está hecho para nosotros (y quizá otros
seres inteligentes en otras partes del cosmos); el universo está
diseñado por un Creador para llamarnos a la existencia y para
acogernos.
Insistamos en que el concepto de creación no es una
explicación causal (de causas físicas) ya que Dios no es una
causa entre causas [56]. La imagen de la creación nos dice que
Dios (ser necesario) y el mundo (contingente) son diferentes (en
contraste con el panteísmo), señalando la dependencia ontológica de
este respecto de aquel. Por otro lado, la “creación de la nada” (idea
surgida a comienzos del cristianismo) era un modo de oponerse a
enseñanzas gnósticas dualistas que postulaban la maldad de la materia
frente al espíritu.
La noción de causalidad en ciencia llega a sus límites cuando se
considera el universo como un todo, ya que la causalidad presupone
tiempo (ya Agustín de Hipona dijo que la pregunta de qué hacía Dios
antes del tiempo carece de sentido). Como dice Berg, “la pretensión
cristiana de que el universo es creado no entra en competencia con
teorías científicas sino más bien con pretensiones metafísicas de otro
tipo referidas a la estructura última de la realidad” [57]. El
acto de traer a la existencia el universo no se puede explicar en los
términos habituales de causa y efecto, y hay que usar un lenguaje
meramente analógico y simbólico.
Insistamos igualmente en algo que no terminan de tener claro algunos
físicos ingenuos filosóficamente y algunos creyentes igualmente
ingenuos: origen (principio) y creación son conceptos no solo
diferentes, sino pertenecientes a categorías epistemológicas distintas.
Entre los astrofísicos que tienen esto claro cabe citar, de nuevo, a
Eduardo Battaner: “Si principio y creación son conceptos diferentes, y
el tiempo comienza su andadura con la materia, del hecho de que el
universo haya tenido un principio no podemos concluir que haya tenido
una creación. Y si no hubiera tenido un principio, no por eso habría
que descartar que no haya sido creado” [58].
Para Polkinghorne, el orden asombroso que descubrimos en el cosmos, y
el hecho de que nuestras mentes puedan entender dicho orden, se pueden
igualmente interpretar como un reflejo de la mente de su Creador.
Igualmente es relevante el hecho de que la humanidad, en sus diversas
épocas y culturas, ha tenido experiencias de lo sagrado a las que ha
dotado de una importancia radical [59].
Una vez más: esto no demuestra la existencia de Dios, sino
que sugiere (más allá del alcance de la ciencia, pero
partiendo de los datos científicos) que la hipótesis teísta es razonable
y quizá más sencilla que sus alternativas metafísicas materialistas
[60]. Si entendemos la teología natural en esta su nueva y más humilde
concepción, quizá podamos decir que sigue viva [61].
Como dice Polkinghorne: “Es ciertamente sorprendente que un universo
inteligible, fecundo, abierto e interrelacionado resulte así
consistente con la idea de un Creador inmanentemente activo” [62].
Obsérvese de nuevo el matiz: consistencia no significa demostración,
sino no contradicción entre distintos ámbitos o sistemas de
pensamiento, lo cual permite su convivencia pacífica. Y como dice
Javier Leach aludiendo a los distintos tipos de lenguajes y
significados que empleamos los humanos, la creencia en la consistencia
es una presunción metafísica, lo que implica que tiene no solo valor
racional y científico, sino también valor teológico [63].
Para el George Ellis, el universo está diseñado para la ambigüedad,
para acceder a la naturaleza oculta de Dios desde el enigma. En el
universo no hay “marcas explícitas” de la actividad de Dios que
obliguen a creer en Él. En este universo el ser humano es libre ante un
Dios que no se le impone. Para Ellis, el universo está diseñado para
que surja la libertad y responsabilidad de seres inteligentes, y un
requerimiento para ello es que la naturaleza de Dios y su actividad
creadora queden ampliamente ocultos de modo que se haga posible dudar.
Sin embargo, Dios no está totalmente oculto, ya que el universo está
diseñado para permitir el acceso del hombre a Él, dejando abierta la
posibilidad de la duda y del rechazo. Por lo tanto, el diseño del
universo es kenótico: Dios “se ha abajado”, ha renunciado a
imponer su presencia para dejar sitio a la libertad de sus criaturas
inteligentes [64].
Notas
[1] CARREIRA, M. (1997): “El hombre en el cosmos”, Cuadernos Fe y
Secularidad, Santander: Sal Terrae, pp. 29-30.
[2] ZINKERNAGEL, H. (2014):
“Introduction: Philosophical aspects of modern cosmology”, Studies
in History and Philosophy of Modern Physics 46: 1-4.
[3] ELLIS, G.F.R. (2014): “On the
philosophy of cosmology”, Studies in History and Philosophy of
Modern Physics 46: 5–23.
[4] Un artículo divulgativo por dos
“padres” de la inflación cósmica: GUTH, A.H., STEINHARDT, P.J. (1984):
“El universo inflacionario”, Investigación y Ciencia 94
(julio). Años más tarde, el segundo de estos autores mostraba los pros
y contras de tal modelo: STEINHARDT, P. J. (2011): “La inflación a
debate”, Investigación y Ciencia (junio): 16-23.
[5] Un libro reciente que analiza la
complejidad desde multitud de ángulos científicos y filosóficos:
LINEWEAVER, CH. H., DAVIES, P.C.W., RUSE. M., coords. (2013): Complexity
and the Arrow of Time, Cambridge University Press.
[6] Artículos de divulgación
accesibles: TURNER, M.S. (2009): “El origen del universo”, Investigación
y Ciencia (noviembre), 18-25; SCHNEIDER, P. (2010): “Cuestiones
fundamentales de cosmología”. Investigación y Ciencia 405
(junio), 60-68.
[7] Un artículo de divulgación sobre
dichas predicciones, FIGUEROA, D.G., GARCÍA-BELLIDO, J. (2012):”Una
ventana al primer instante del universo”, Investigación y Ciencia
(diciembre). Y otros sobre la detección de las ondas gravitacionales:
SHAWHAN, P.S. (2005): “La detección de ondas gravitatorias”, Investigación
y Ciencia 349 (octubre); ANDERSEN, R.D. (2013): “Cómo oír la gran
explosión”, Investigación y Ciencia 447: 16-23; SCHWARZ, R.
(2014): “Tras las huellas de la inflación”, Investigación y Ciencia
454 (julio): 74-85.
[8] Un texto clásico sobre este
principio es BARROW, J, TIPLER, F. (1986): The anthropic
cosmological principle, Oxford: Clarendon Press. Para una breve
revisión de los conceptos, historia y consecuencias
filosófico-teológicas del principio antrópico y del ajuste fino, véase
ARTIGAS, M. (2007): Ciencia y religión. Conceptos
fundamentales, Pamplona: Eunsa, pp. 291-305.
[9] HOLDER, R.D. (2001): “Fine-Tuning,
Many Universes, and Design”, Science and Christian Belief 13,
5–24; POLKINGHORNE, J. (2007): “The anthropic principle and the science
and religion debate”, Faraday Papers 4. Véase también, más
resumido: POLKINGHORNE (2000): Ciencia y Teología, Santander:
Sal Terrae, pp. 57-64.
[10] Véase SOLER GIL, F.J. (2013): Mitología
materialista de la ciencia, Madrid: Ediciones Encuentro, pp.
225-232; HOLDER, R.D. (2012): “¿Ha sido diseñado el Universo?”, Faraday
Papers nº 10; COLLINS, R. (2005): “La evidencia del ajuste fino”,
en F. J. Soler Gil (ed.), Dios y las cosmologías modernas,
Madrid: BAC.
[11] TEILHARD DE CHARDIN, P. (1971): El
fenómeno humano, Madrid: Taurus.
[12] SCHMITZ-MOORMANN, K., SALMON, J.
(2005): Teología de la creación de un mundo en evolución.
Estella: EVD. Las citas corresponden, respectivamente a las páginas 71
y 98.
[13] ELLIS, G.F.R. (2014): “On the
philosophy of cosmology”, Studies in History and Philosophy of
Modern Physics 46: 5–23.
[14] MONSERRAT, J. (2011): “La obra
de Hawking confirma el enigma metafísico del universo”, Pensamiento 67:
1133-1145. Compárese con ELLIS, G.F.R. (2014): “On the philosophy of
cosmology”, Studies in History and Philosophy of Modern Physics 46:
5–23.
[15] ELLIS, G.F.R. (2014): “On the
philosophy of cosmology”, Studies in History and Philosophy of
Modern Physics 46: 5–23.
[16] SOLER GIL (2013), op. cit.,
pp.209-216. Y para las ventajas del teísmo ante los datos antrópicos,
pp. 221-232.
[17] POLKINGHORNE, J.C. (2007), op.
cit.
[18] GUTH, A.H. (1998): The
inflationary universe, Basic Books. Como artículo divulgativo,
GUTH, A.H., STEINHARDT, P.J. (1984): “El universo inflacionario”. Investigación
y Ciencia 94 (julio).
[19] HOLDER (2012), “¿Ha sido
diseñado el Universo?”, Faraday Papers nº 10, cita en p. 3
[20] SMOLIN, L. (2007): Las
dudas de la física en el siglo XXI. ¿Es la teoría de cuerdas un
callejón sin salida?, Barcelona: Crítica. Un artículo divulgativo
al respecto: LÜST, D. (2010): “¿Es la teoría de cuerdas una ciencia?”. Investigación
y Ciencia (septiembre), 82-87.
[21] HAWKING, S., MLODINOV, L.
(2010): El gran diseño. Barcelona: Crítica. Véase una crítica
a este texto en MONSERRAT, J. (2011): “La obra de Hawking confirma el
enigma metafísico del universo”, Pensamiento 67: 1133-1145.
[22] DUFF, M.J. (1998): “La teoría
M”. Investigación y Ciencia (abril); HAWKING, S., MLODINOV,
L. (2010): “La (escurridiza) teoría del todo”. Investigación y
Ciencia 411 (diciembre); HAWKING, S., MLODINOV, L. (2010): El
gran diseño. Barcelona: Crítica.
[23] BOUSO, R., POLCHINSKI, J.
(2004): “El paisaje de la teoría de cuerdas”. Investigación y
Ciencia (noviembre)
[24] Véase, p. ej., BERG, CH. (2005):
“Entre el dios ‘tapa-agujeros’ y la ‘Teoría del Todo’ ”, Pensamiento
229: 77-94.
[25] Para esta cuestión y su relación
con la complejidad del mundo, véase CLAYTON, PH. (2013): “On the
plurality of complexity- producing mechanisms”, en Ch. H. Lineweaver,
P. C.W. Davies y M. Ruse (eds.),
Complexity and the Arrow of Time, Cambridge
University Press. También, un breve ensayo sobre la flecha del tiempo
evolutiva frente a la termodinámica: RULL, V. (2012): “Time, evolution
and physical reductionism”, EMBO Reports 13: 181-185.
[26] HAWKING, S., MLODINOV, L.
(2010): El gran diseño. Barcelona: Crítica.
[27] Para un breve tratamiento de las
consecuencias del teorema de Gödel sobre las pretensiones de un
conocimiento completo, véase KUNG, H. (2007): El principio de
todas las cosas. Ciencia y religión, Madrid: Trotta, especialmente
pp. 32-48. Para un análisis más en detalle de los fundamentos y de la
filosofía de la matemática, véase LEACH, J. (2011): Matemáticas y
religión. Santander y Madrid: Sal Terrae y Ediciones de la
Universidad de Comillas.
[28] Para toda esta cuestión, véase
LEACH, J. (2011): Matemáticas y religión. Santander y Madrid:
Sal Terrae y Ediciones de la Universidad de Comillas.
[29] CHAITIN, G. (2006): “Los límites
de la razón”. Investigación y Ciencia (mayo): 58-65.
[30] Véase el volumen 40 de ASINJA,
coordinado por Carlos Alonso Bedate (El saber interdisciplinar,
Universidad P. Comillas, Madrid, 2014), especialmente MARTÍN MORILLAS,
A.M. (2014): “Polimorfismo y movilidad. Fundamentos epistemológicos de
la interdisciplinariedad del conocimiento”, en pp. 21-56, y LEACH, J.
(2014): “Disciplina y lenguaje. Hacia un lenguaje interdisciplinar”, en
pp. 151-159.
[31] Cfr. SOLER GIL, F.J. (2013): Mitología
materialista de la ciencia, Madrid: Ediciones Encuentro, pp.
242-245.
[32] WORTHING, M. (2005): “¿Creó Dios
el Universo de la nada?”, en F.J. Soler Gil (ed.), Dios y las
cosmologías modernas, Madrid: BAC, p. 351.
[33] Todo esto ha sido ampliamente
tratado en otro libro de SOLER GIL, F.J. (2008): Lo divino y lo
humano en el universo de Stephen Hawking, Madrid: Cristiandad. Del
mismo autor, véase SOLER GIL, F.J. (2013), Mitología materialista
de la ciencia, Madrid: Ediciones Encuentro, pp.247-267).
[34] CARROL, W. (2005): “Tomás de
Aquino: Creación y cosmología contemporánea”, en .J. Soler Gil (ed.), Dios
y las cosmologías modernas, Madrid: BAC, p. 3-20.
[35] BARBOUR, I. (2004): Religión
y ciencia, Madrid: Trotta, especialmente pp. 352-358, dentro del
capítulo 8, que trata muchos de los temas cosmológicos aludidos en este
trabajo. También se puede consultar UDÍAS, A. (2010): Ciencia y
religión. Dos visiones del mundo, Santander: Sal Terrae,
especialmente cap. 7.
[36] Al respecto, véase RUIZ DE LA
PEÑA, J.L. (1999): Crisis y apología de la fe. Santander: Sal
Terrae.
[37] BOJOWALD, M. (2010): Antes
del big bang. Una historia completa del universo. Barcelona:
DeBolsillo. Un artículo divulgativo del propio autor: BOJOWALD, M.
(2008): “Rebote del universo”, Investigación y Ciencia
(diciembre) 387:14-19. Véase también SMOLIN, L. (2004): “Átomos del
espacio y del tiempo”, Investigación y Ciencia (marzo)
[38] Cfr. SOLER GIL, F.J. (2013): Mitología
materialista de la ciencia, Madrid: Ediciones Encuentro, pp.
261-267.
[39] BYRNE, P. (2008): “Los muchos
mundos de Hugh Everett”. Investigación y Ciencia 377
(febrero), 72-79.
[40] LESLIE, J. (1998): “The
anthropic principle today”, en Modern Cosmology and Philosophy
(J. Leslie, coord.), Amherst, Nueva York: Prometheus Books. Textos de
divulgación sobre los multiversos: GREENE, B. (2011): La realidad
oculta. Universos paralelos y las profundas leyes del cosmos,
Barcelona: Crítica; FRANCK, A. (2012): El fin del principio. Una
nueva historia del tiempo, Barcelona: Ariel (cap. 10);
[41] LINDE, A. (1995): “El universo
inflacionario autorregenerante”, Investigación y Ciencia 220
(enero). VILENKIN, A. (2009): Muchos mundos en uno. La búsqueda de
otros universos. Alba Editorial.
[42] MONSERRAT, J. (2011): “La obra
de Hawking confirma el enigma metafísico del universo”, Pensamiento 67:
1133-1145. ELLIS, G.F.R. (2013): “On the philosophy of cosmology”,
Studies in History and Philosophy of Modern Physics 46: 5–23.
[43] SUSSKIND, L. (2007): El
paisaje cósmico: Teoría de cuerdas y el mito del diseño inteligente.
Barcelona: Crítica.
[44] TEGMARK, M. (2003): “Universos
paralelos”, Investigación y Ciencia 322 (julio).
[45] ELLIS, G.F.R. (2014): “On the
philosophy of cosmology”, Studies in History and Philosophy of Modern
Physics 46: 5–23.
[46] Véase, p. ej., SMOLIN, L.
(2007): Las dudas de la física en el siglo XXI. ¿Es la teoría de
cuerdas un callejón sin salida?, Barcelona: Crítica. Para este
autor, la manera de hacer física de los últimos años, con la “moda” de
la teoría de cuerdas “perjudica gravemente a la ciencia”. Se trataría
de un fracaso no tanto de la teoría, sino del estilo de hacer ciencia.
“La lección de los últimos treinta años nos enseña que este estilo
pragmático de hacer ciencia no resuelve los problemas a los que nos
enfrentamos hoy en día. Si queremos que el progreso de la ciencia se
mantenga, debemos enfrentarnos de nuevo a las preguntas más profundas
sobre el espacio y el tiempo, la teoría cuántica y la cosmología. […]
Necesitamos nuevas direcciones que restablezcan el contacto de la
teoría con la experimentación… trabajando según el estilo reflexivo y
fundamental de los pioneros de principios del siglo XX” (pág. 29). En
los últimos capítulos (casi la cuarta parte de la obra), el autor
realiza una reflexión sobre la ciencia, sus límites, y la posibilidad
de superarlos ante la crisis de la física actual. Otro enfoque
distinto, en el que según su autor la teoría de cuerdas obligaría a
modificar lo que entendemos por ciencia, es la de LÜST, D. (2010): “¿Es
la teoría de cuerdas una ciencia?”, Investigación y Ciencia
(2010), 81-87.
[47] SUSSKIND, L. (2009): La
guerra de los agujeros negros: Una controversia científica sobre las
leyes últimas de la naturaleza. Barcelona, Crítica. La cita está
tomada de una entrevista: BYRNE, P. (2011): “Los límites del
conocimiento”. Investigación y Ciencia 420 (septiembre),
84-87.
[48] STEINHARDT, P. J. (2011): “La
inflación a debate”, Investigación y Ciencia (junio): 16-23.
La cita se refiere a la pág. 22
[49] BATTANER, E. (2011): ¿Qué
es el Universo? ¿Qué es el Hombre?, Madrid: Alianza Editorial. La
cita corresponde a la página 237.
[50] POLKINGHORNE, J. (2007): “The
anthropic principle and the science and religion debate”, Faraday
Papers nº 4, p. 4.
[52] ELLIS, G.F.R. (2011): “¿Existe
el multiverso?”, Investigación y Ciencia (octubre): 20-25.
Para un tratamiento más en profundidad, ELLIS, G.F.R. (2014): “On the
philosophy of cosmology”, Studies in History and Philosophy of
Modern Physics 46: 5–23.
[53] KÜNG, H. (2007): El
principio de todas las cosas. Ciencia y Religión, Madrid: Trotta,
p. 75.
[55] Cfr. ARTIGAS, M. (2007): Ciencia
y religión. Conceptos fundamentales, Pamplona: Eunsa, pp. 33-46.
[56] Otros buenos ejemplos de
distinción entre Creación y Origen del Universo, en diálogo entre
teología y ciencia, en: BARBOUR, I. (2004): Religión y ciencia,
Madrid: Trotta, especialmente pp. 325-342; KÜNG, H. (2007): El
principio de todas las cosas. Ciencia y Religión, Madrid: Trotta,
especialmente pp. 17-38 (análisis de los datos cosmológicos) y pp.
55-91 (Cap. B: “¿Dios como principio?”); HAUGHT, J. (2009): Cristianismo
y ciencia. Hacia una teología de la naturaleza, Santander: Sal
Terrae, cap. 7 (“Cosmología y Creación”); ARTIGAS, M. (2007): Ciencia
y religión. Conceptos fundamentales, Pamplona: Eunsa, voz
“Universo y Creación”, pp. 351-365.
[57] BERG, CH. (2005): “Entre el dios
‘tapa-agujeros’ y la ‘Teoría del Todo’ ”, Pensamiento 229:
77-94. La cita es de la pág. 88.
[58] BATTANER, E. (2011): ¿Qué
es el Universo? ¿Qué es el Hombre?, Madrid: Alianza Editorial. La
cita corresponde a la página 306.
[59] POLKINGHORNE (2007): “The
anthropic principle and the science and religion debate”, Faraday
Papers nº 4, p. 4.
[60] Un enfoque diferente al mostrado
aquí, concretamente de tipo neotomista, se puede consultar en
SINISCALCHI, G. (2014): “Fine-tuning, atheist criticism, and the fifth
way”, Theology and Science 13: 64-77.
[61] Para una defensa de los signos
de Dios a partir del orden y ajuste del cosmos, véase SWINBURNE, R.
(2012): ¿Hay un Dios?, Salamanca: Sígueme, especialmente el
cap. 4.
[62] POLKINGHORNE, J. (2000):
“Science and theology in the twenty-first century”, Zygon 35:
941-953.
[63] LEACH, J. (2011): Matemáticas
y religión. Santander y Madrid: Sal Terrae y Ediciones de la
Universidad de Comillas (especialmente el capítulo 6). También LEACH,
J. (2014): “Disciplina y lenguaje. Hacia un lenguaje interdisciplinar”,
en Carlos Alonso Bedate (coord.): El saber interdisciplinar.
ASINJA 40, Universidad P. Comillas, Madrid, pp. 151-159.
[64] Cfr MONSERRAT, J. (2010): Hacia
el nuevo concilio. El paradigma de la modernidad en la era dela ciencia,
San Pablo, Madrid, especialmente los capítulos 4 y 5. MARLÉS, E.,
coord. (2014): Trininidad, universo, persona. Teología en
cosmovisión evolutiva. Editorial Verbo Divino, Estella. Un resumen
de este último libro se puede encontrar en GARCÍA DONCEL, M (2014):
“Cosmovisión evolutiva y actualización de la teología”, en Carlos
Alonso Bedate (coord.): El saber interdisciplinar. ASINJA 40,
Universidad P. Comillas, Madrid, pp. 91-133.
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