El Corán o el Testamento de los califas. Introducción
FLORENCE CHAUSSY
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RESUMEN
1. La
Alianza como categoría de partida
La Introducción arranca de la noción bíblica de
«Testamento». El Nuevo Testamento se presenta como el libro de la fe cristiana
y como signo del Testamento de Dios, redactado en Jesús la víspera de su muerte
y vinculado a las otras Escrituras (el Antiguo Testamento), que recogen las
voluntades divinas en su diálogo con la humanidad. En lenguaje bíblico,
«Testamento» engloba «Escrituras, Tablas de Leyes, Hechos y sellos de Dios», de
modo que la «Alianza escrita en forma de Testamento» es el fundamento del judaísmo
y del cristianismo.
La autora recuerda los dos momentos fundacionales. En el
Sinaí, y con la sangre de los machos cabríos, Moisés sella el primer Pacto
(Libro de la Alianza, lectura ante el pueblo, aspersión con sangre). Jesús lo
cumple con su sangre, transmitida por la liturgia, y sus últimas palabras
(«Todo está cumplido») cierran el cumplimiento de las Escrituras. La iniciativa
corresponde siempre a Dios, la Alianza es eterna, y solo una alianza de sangre
y carne podía resolver la miseria humana causada por el pecado.
2. La
pregunta central: el Corán ante la Alianza
El Corán, texto «difícil y abstruso», no se reclama a
primera vista de ninguna de esas alianzas. Sin embargo, una sura entera
(Al-Maida, «La Mesa») está consagrada a la Alianza, y el corpus contiene
innumerables «signos» de ella: fórmulas como «Sois la mejor comunidad», las
siete raíces léxicas que designan la elección divina, y las numerosas
maldiciones contra los «mušrikun» (asociadores), que la autora interpreta como
denuncia de una Alianza pervertida en «asociación». Esos signos (ayat) serán
los indicios para recuperar los sentidos primeros de un corpus «abigarrado»,
compilado en el protoislam, religión que también se moldea sobre un pacto.
La problemática se formula así: ¿es el islam un Testamento
nuevo por iniciativa de Dios o la reescritura última del último Testamento, el
que Dios dio en la persona de Jesús? Se citan como testimonios de esa llamada a
la Alianza Corán 5,54 («Alá hará surgir un pueblo que Él ama y que Lo ama») y
las apariciones de «kitab» en Corán 4,24 y 24,33, que cobrarían el sentido de
«Testamento de Dios» (kitāba Llāhi). Los procesos de relectura y subversión de
las Escrituras son, según la autora, eminentemente políticos, como ya lo
sugería el IV Libro de Esdras al vincular escritura-testamento y escritura de
las Leyes. Queda planteado además si las dualidades entre sello divino «de
piedra» y «de carne» y escritura de las Leyes son realmente incompatibles.
Se discute también qué es una Alianza divino-humana: ¿una
mera asociación contractual con intercambio de dones y obligaciones, como la
entiende el islam actual a través de la saría (Marie-Thérèse Urvoy habla de una
«juridización de la Ética» como triunfo del monoteísmo y retorno a la Alianza)?
La relación es, según la autora, fundamentalmente asimétrica. Propone incluso
que la «asociación» fustigada por el Corán pudiera designar originalmente no al
cristianismo, sino un defecto de apreciación de la Alianza: una asociación
hipócrita en la que no se compromete la propia vida y en la que Dios perdería
su soberanía. En todo caso, el islam se posiciona siempre frente a la Alianza
bíblica, que transforma en pacto mediante mecanismos de apropiación, subversión
y ruptura; se apoya en los dos pilares, el mosaico y el cristiano, a la vez que
los denuncia.
3. La
acusación a los «asociadores» y la fidelidad declarada a la Alianza
La Biblia establece una Alianza única, inimitable y eterna
con el pueblo elegido; la Alianza de la Cena, sellada en la sangre (Marcos 14,22;
Lucas 22,15; 1 Corintios 11,23), reconcilia a la humanidad y obtiene la remisión de los
pecados. El Corán, en cambio, «desborda de maldiciones» contra quienes asocian
otras entidades a Dios y a su Pacto. La exégesis suní suele entender que se
trata sobre todo de los cristianos (acusados de adulterar la Alianza con la
Trinidad) o, según los comentarios, de los paganos mecanos. La autora sostiene
que estudios coránicos más profundos indican otra cosa: Adán y Eva también
están afectados (Corán 7,191). Desde el punto de vista islámico lo que
justifica el término «asociadores» es una ruptura de contrato entre Alá y su
pueblo. Quienes tenían la Torá y no la aplicaron, «como un asno que porta
libros» (Corán 62,4), obligan a que «la mejor comunidad» se apodere del
Contrato. El Corán declama así su fidelidad a la Alianza bíblica y se presenta
como su feroz defensor.
Respecto a la remisión de los pecados, ligada bíblicamente a
la sangre, el intercambio de sangre entre Dios y los hombres parece ausente del
Corán, pero existiría «en filigrana»: en Corán 9,111 el hombre ofrece su vida
combatiendo en el sendero de Dios a cambio del paraíso; Corán 61,11-12 promete
perdón y jardines a quien cree y combate con sus bienes. La autora recuerda que
un contrato semejante no es desconocido en el cristianismo siríaco (Sínodo
nestoriano), donde limosnas y dádivas borran parte de los pecados, y ve en la
difusa promesa del jardín una imitación del culto mosaico. Del mismo modo, las
exigencias legalistas de la sura 2 muestran una proximidad con la Ley mosaica,
que será el punto de partida del estudio y que se analizará mediante mecanismos
de fusión, sustitución y recomposición de las Alianzas.
4.
Método: estratos de composición y lectura filológica
La autora trabaja sobre lo que llaman un «estrato primitivo
de significación», único material utilizable, y recurre al marco narrativo
islámico solo en segunda instancia. Rechaza partir únicamente de la vulgata
actual o de la Sunna, pues los sabios musulmanes habrían descuidado u ocultado
voluntariamente la intertextualidad con las tradiciones judeocristianas. Cita a
Jan Van Reeth, según el cual los autores, narradores y teólogos musulmanes
posteriores «oscurecieron deliberadamente» el trasfondo y los orígenes
cristianos del Corán. Detectar las lagunas hermenéuticas entre el texto y la
tradición permitiría descubrir un islam diferente en sus primeras etapas, quizá
no del todo discontinuo respecto a lo posterior, pero con carácter distintivo.
El enfoque combina varias vías: la luz de la Biblia y de la
literatura apócrifa, homilética y exegética judía y cristiana; análisis
filológicos que tienen en cuenta el entorno bilingüe del Próximo Oriente y el
carácter defectivo del ductus consonántico (rasm), cuya interpretación pudo
variar con la introducción de diacríticos y vocales; y los trabajos de Günter
Lüling, Christoph Luxenberg, Guillaume Dye, Geneviève Gobillot, Younes Munther,
Walter, Shoemaker y otros. De Dye retoma la atención a la estructura compuesta
del texto, la ausencia de marco narrativo y el efecto de la recopilación y del
trabajo de los escribas (Formgeschichte y Redaktionskritik). Se invoca además una
lógica política de separación respecto del cristianismo, medible históricamente
mediante datos numismáticos y arquitectónicos y que la propia Tradición
islámica no negaría en lo esencial.
A ello añade métodos propios: estadísticas de ocurrencias de
palabras o expresiones clave (los «segmentos»), observación sistemática del
cotexto, localización de las raíces árabes y sus correspondencias arameas, con
ayuda informática y de los trabajos del profesor Gabriel Swama. La autora
declara no poder emplear la rectificación diacrítica de Luxenberg; se limita a
identificar grafemas desnudos idénticos que, por el diacritismo, adquieren
sentidos distintos. Observa que el rasm árabe siempre tiene sentido en arameo
(siroarameo o arameo talmúdico), con excepciones como las palabras con ḍa y las
del mundo beduino, y que esos sentidos, normalmente próximos al sentido árabe
atribuido, enriquecen la comprensión, atenúan las discontinuidades internas del
Corán y tejen vínculos con la Biblia y el Talmud. Como indicio del problema
textual cita el elevado número de hápax (371 sobre 1620 raíces, según Shawkat
Toorawa) y la gran variabilidad de las traducciones.
5. La
«clave de lectura» y la hipótesis editorial
De ahí deriva la distinción central: un estrato primitivo de
predicaciones siroarameas y de folios recopilados, y un estrato terminal de los
compositores de los Califas y de su Vulgata. Esta distinción de niveles de
escritura y composición en el tiempo es la «clave de lectura»: sin ella, el
análisis choca con contradicciones, porque el tiempo y los motivos de la
escritura pueden diferir de los de la edición. Se hipotetiza un cambio de
doctrina desde el corpus-leccionario hasta la Vulgata, con remodelaciones que
se rastrearán mediante la frecuencia de las raíces, su sentido y su
localización textual, bajo la suposición de una lógica interna en la fase
final. Esa lógica de edición, atribuida por la Tradición a Utmán, obedecería a
una doctrina política que define «la mejor comunidad».
Como ejemplo, la raíz «nṣr» (asociada a menudo a los
cristianos) solo aparece en ciertas suras, lo que haría sospechar razones
editoriales o políticas. Según Dye, estas manipulaciones tardías perseguían la
«autonomización»: fabricar la comunidad del islam y distinguirla de la comunidad
cristiana en cuyo seno surgió. Una vez diferenciado, el islam pudo desarrollar
una polémica interreligiosa con dos estrategias: una más suave (supervivencia
del estrato polémico antiguo) y otra más acerba, la acusación de falsificación
de los textos e infidelidad al dogma monoteísta y a la ley divina dirigida a
judíos y cristianos. La autora señala que la tesis de la falsificación (taḫrif)
es moneda corriente en la Antigüedad (Justino acusa a los judíos de omitir
pasajes mesiánicos) y se halla también en el maniqueísmo.
Señala además saltos semánticos de raíces, hápax que podrían
ser términos arameos ya ininteligibles y no topónimos de La Meca, títulos de
suras evocadores («los coaligados», «los alineados», «los romanos», «la fila»)
y rectificaciones impuestas por los comentarios («léase Mekka en lugar de
Bakka, Muhammad en lugar de Aḥmad») como huellas de un último retoque que no pudo
uniformarlo todo, y que habría reorganizado o borrado relaciones antiguas, como
las mantenidas con los naṣara, tratados unas veces con elogio y otras con
dureza. Propone dejar de identificar «Corán» con el Muṣhaf de Utmán y leerlo,
en su estrato antiguo, como leccionario o producción literaria de comunidades
de predicación siroarameas de corrientes gnóstica o nazarena. Apoya la
hipótesis de estratos de edición en el examen visual del códice: François
Déroche habla de manos de escribas diferentes, pero tintas de distinto color
sobre la misma superficie de pergamino, hasta perforarlo, sugerirían manos de
períodos distintos. Así, el paso por el arameo hace imposible negar una
continuidad espiritual y textual entre los corpus talmúdicos o la Peshitta y el
Corán.
6.
Contexto histórico: conquista, imperio y Mesías
El estudio quiere explorar la construcción ideológica que
desemboca en la pretensión islámica de poseer «el verdadero Pacto mosaico» y
«la verdadera Torá», y buscará la Ley coránica, sus cláusulas y las instancias
reales que la portaron. Según la tradición islámica, el pergamino coránico
sería la «impronta» de las Tablas celestiales junto a Alá; se pregunta si ello
conecta con las Tablas celestiales junto a Yahvé y si la ascensión de Mahoma
sobre la Roca y su viaje nocturno (isra') cumplían una función de
autonomización o de continuidad respecto a la «gente del Libro», teniendo en
cuenta que las únicas ocurrencias coránicas de un viaje nocturno conciernen a
Moisés.
La autora insiste en que toda lectura fuera de contexto
aboca a un callejón sin salida. Siguiendo a Édouard-Marie Gallez, supone un
estrato antiguo que aguarda el retorno inminente de Jesús, y se pregunta cómo
se articula con escrituras que justifican su no venida. Los folios iniciales
habrían tenido una gestación concomitante a una conquista militar, y la Vulgata
una compilación contemporánea de la gestión de un imperio gigantesco, complejo
y cambiante. La necesidad de justificar la victoria sobre la tierra «santa»,
bajo presión de comunidades judías y cristianas, es la segunda clave de
lectura. El relato de los orígenes en La Meca debe leerse como metáfora
parenética, aunque con elementos auténticos; la Escritura talmúdica tras la
pérdida del Templo sustituyó a la tierra y preservó la identidad judía, y se
pregunta qué función cumplirían la predicación inicial y la Vulgata. La
presencia de Alejandro Magno en la sura 18 solo se comprendería como parte de
la epopeya militar de un grupo en gestación; Dye y otros filólogos señalan la
reutilización de la Novela de Alejandro, fechada en 630, posterior a la muerte
del Predicador.
Sobre la figura de Mahoma, retoma la observación de algunos
musulmanes de que el tratamiento literario evoluciona hacia una divinización a
lo largo de las suras medinesas, y la hipótesis del grupo Inarah: quien
anunciaba el retorno del Mesías («el bien Amado Mesías», Mḥmd) y vestía el
hábito de general y predicador habría sido honrado y luego glorificado ante el
no retorno del Mesías; el que glorificaba se convirtió en el glorificado.
7.
Abrahán, Moisés y la Ley: el esquema paulino
Se analizará la «bisagra abrahámica». Según Pablo (Romanos 5,20;
Gálatas 3,17; Hebreos), la Alianza con Abrahán es la verdadera, fundamental y
permanente, y la mosaica llegó 430 años después. Pablo distingue dos modos de
Alianza: la Alianza-legislación y la Alianza-promesa, don de amistad ofrecido
sin condiciones. El Corán parece retomar esa perspectiva (2,129 y 2,134:
recurso a Abrahán), pero acaso desde una óptica opuesta, pues la amistad y la
relación del hombre con Dios estarían ausentes u ocultas. Para la autora, la
Ley, que en Pablo es mediadora de la Promesa, vuelve a ser la única Alianza
coránica a través de la saría. Se interroga sobre cómo este «segundo nuevo
testamento» legalista se nutre de los dichos y hechos de Mahoma, «nuevo
Moisés», y sobre el impacto de los Califas, de la gestión del Califato árabe, de
las disensiones cristológicas y de las concepciones del poder de los dos
imperios anteriores, que habrían acentuado el papel legislativo del Profeta.
8.
Puntos de ruptura con la Alianza bíblica
La Alianza bíblica, en sus dos modos, es una historia de
diálogos entre Dios y su pueblo, una historia de amor antes que legislación. El
Corán se describe sobre todo como sello de la profecía: la recitación fija el
verbo, que se «cosifica» en contrato, sin esos diálogos. La dimensión nupcial,
central en la Biblia (la unión de Adán y Eva como prototipo de la Alianza,
recordada por Jesús como proyecto inicial de Dios), presenta en el Corán una
disimetría: Adán y Eva son expulsados juntos pero no regresan juntos al
Paraíso, pues las huríes impedirían y comprometerían la unidad primitiva de la
carne.
Se pregunta cómo la irrupción de las «bellas vírgenes»
trastoca el Paraíso del primer estrato (recuperación del Edén para los elegidos
que esperan el retorno del Mesías), si el Paraíso coránico carece de visión
beatífica y por tanto de alianza, y si hay dos visiones del Paraíso. La
trascendencia total e inmutabilidad de Dios excluirían, según la autora, toda
conyugalidad eterna y toda Alianza integral. Asimismo, el retorno glorioso de
Jesús, admitido por la Tradición islámica, parece articularse solo con la
Jerusalén Celestial y encaja mal con la función de restauración de la Ley
propia del mesianismo de los primeros dirigentes; la crucifixión y sus
beneficios se difuminan, dejando por redefinir el «sabil Allah», cuyo camino
hacia la Jerusalén terrestre reforzaría el impulso guerrero inicial.
9. Tesis
y plan del libro
El argumento principal es seguir el objeto teológico de la
alianza, multiforme en su paso de una religión a otra, y observar cómo se
modifica en su sintaxis y semántica doctrinal. El libro rastrea así las
discontinuidades del Corán, «testamento de los Califas», respecto a la Alianza
bíblica. Entre los elementos de ruptura destacan la bicefalia del Santuario, la
clausura de la profecía, la vaguedad sobre el retorno de Jesús y la
intensificación de la polémica.
Síntesis extraída de Florence Chaussy
(seudónimo: Leila Qadr), 2022, Le Coran
ou le Testament des califes: «Introduction».
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