Einstein
anticipó la ciencia que quiso refutar
GUILLERMO ARMENGOL
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El determinismo einsteniano determinó su filosofía y su teísmo.
La filosofía depende hoy de la idea del mundo elaborada por la física,
como ciencia fundamental. Por ello, las decisivas aportaciones de
Einstein a la física tienen una repercusión inmediata sobre el discurso
filosófico. Este discurso tuvo en Einstein un incuestionable carácter
teísta. Y aunque la posición estrictamente determinista de Einstein le
conducía a reconocer la autolimitación del posible Dios en el mundo, la
ciencia física ha evolucionado más bien en la línea del indeterminismo,
configurando la imagen de un universo abierto que permite entender
tanto la libertad de la acción humana como de la acción divina en el
universo. Sin pretenderlo, Einstein anticipó así la ciencia que quiso
refutar.
En el año 1905 aparecieron una serie de artículos de Albert Einstein en que se contenían ya algunas de sus decisivas aportaciones a la ciencia física. Este annus mirabilis sólo es comparable quizá en la historia de la física a otro annus mirabilis,
de 1665 a 1666, en el que Isaac Newton estableció las bases del cálculo
integral, la ley de la gravitación y la teoría de los colores.
El pasado año 2005, para conmemorar el siglo desde este revolucionario
año einsteniano de 1905, fue declarado, como sabemos, Año Mundial de la Física
por las Naciones Unidas. Las decisivas aportaciones de Einstein a la
física tienen una repercusión inmediata sobre el discurso filosófico.
Tanto más cuanto que el mismo Einstein se comportó en muchas ocasiones
como filósofo y discurrió sobre la significación filosófica de muchas
de sus ideas y de la imagen general del mundo en la ciencia.
Los artículos escritos en el año 1905 (aunque algunos publicados en
1906) contienen ya la apertura de las tres dimensiones sustanciales de
la física einsteniana. Primero, el nacimiento de la mecánica cuántica a
través de la dualidad corpúsculo-onda de la luz. Segundo, el análisis
físico del movimiento browniano, transformando la mecánica estadística
y consolidando la idea atómico-molecular de la materia. Tercero, la
teoría de la relatividad especial, perfeccionando las ideas
relativistas anteriores de Lorenz y Poincaré en un sistema físico mucho
más lógico.
La primera y segunda dimensión se proyectarán más adelante en la idea
de la materia vislumbrada en los condensados de Bose-Einstein, en la
discusión de los efectos EPR (Einstein, Podolsky y Rosen), así como
también en la discusión general de la teoría mecánico-cuántica
posterior. La tercera dimensión se proyecta ya sobre la cosmología,
hasta conducir a la relatividad general y a la idea
clásico-determinista del universo einsteniano que se enfrentará
criticamente con el pretendido indeterminismo cuántico.
Desde lo más pequeño, la microfísica, repasemos, pues, el alcance de
las grandes aportaciones de la física de Einstein en su proyección
última hacia lo filosófico.
Microfísica einsteniana
Cuando Einstein, buscando una explicación al efecto fotoeléctrico, se
decidió a establecer la necesidad de considerar los efectos
corpusculares de la luz, extendiendo así la propuesta de los quanta
hecha por Plank en la termodinámica, introducía la dualidad
corpúsculo-onda en la luz, uno de los constituyentes esenciales de la
materia conocida.
Todavía pasarían más de tres lustros hasta que Louis de Broglie, bajo
inspiración de Einstein, aplicara también la misma dualidad a la
naturaleza del electrón, una de las pocas partículas entonces
conocidas. La dualidad corpúsculo-onda es hoy un principio esencial de
la mecánica cuántica: la materia es radiación que, en determinadas
circunstancias objetivas, queda colapsada en corpúsculos
experimentalmente detectables.
Ya fuera del control de Einstein, la mecánica cuántica derivó pronto
hacia los principios de la Escuela de Copenhage: el funcionalismo
instrumental de los sistemas matemáticos equivalentes para describir el
mundo atómico (mecánica ondulatoria de Schroedinger, mecánica matricial
de Heisenberg o álgebra de Dirac), la exclusión de representaciones
ontológicas sobre la naturaleza real del mundo microfísico, el
indeterminismo, la tecnología matemática estadístico-probabilista para
predecir globalmente la evolución de los procesos microfísicos y su
comprobación por el método experimental.
Sin embargo, Einstein nunca estuvo conforme con la imagen de la física
en la Escuela de Copenhage. Creía, como David Bohm, que los sucesos
microfísicos se producían por una estricta concurrencia de causas
físicas. El universo era desde sus raíces microfísicas un sistema
determinado y preciso que la razón científica debía llegar a describir.
La orientación de la física hacia la indeterminación y la probabilidad
era incorrecta. A esto respondía su conocidísima sentencia de que “Dios
no juega a los dados” (escrita en una famosa carta a Bohr en 1926,
donde no dice Dios sino “El”, pronombre, a su vez referido a “el
viejo”, que es una forma coloquial de nombrar a Dios).
Einstein en la polémica de un universo determinista
Es pues evidente que el pensamiento de Einstein está metido de lleno,
ya desde la microfísica, en la discusión de la imagen del mundo físico,
todavía enigmática, que la filosofía debe asumir para relacionarla con
la biología, con la antropología psicológica, neurobiológica,
filosófica e histórica, y para establecer hipótesis sobre la
explicación final del universo. No es lo mismo contar con un universo
de cadenas causa-efecto precisas, determinista, que con un universo
indeterminista y “abierto”. La física einsteniana no cierra la
discusión, pero hace acto de presencia, autoritaria y potente, en la
polémica.
Es evidente que hoy se ha impuesto una imagen indeterminada del mundo
físico, bien sea una indeterminación epistemológica dentro del
funcionalismo de la tradición de la escuela de Copenhage, bien sea una
indeterminación pretendidamente ontológica, hoy unida, además, a las
teorías del caos cuántico y del caos clásico-macroscópico.
Sin embargo, todavía no está claro que la imagen estrictamente causal y
determinista de Einstein no acabe siendo correcta. Una teoría unificada
de la física podría quizá llegar a mostrar que la teoría cuántica
debería subsumirse en una teoría fundamental, más cercana a la clásica.
Pero el futuro de la física es todavía incierto.
Es un hecho histórico, sin embargo, que Einstein pensó que ciertas
“variables ocultas” actuaban sobre los eventos microfísicos y producían
su estricta determinación. Este universo, entendido como clockwork,
entusiasmaba estética y racionalmente a Einstein y es la pieza esencial
de su filosofía: un universo perfectamente construido y con una
presencia abrumadora del diseño racional.
Einstein fue siempre un adversario vivencial (intuitivo) de la nueva
física que se estaba formando, fundada en la probabilidad, la
estadística y el funcionalismo de modelos y teorías. Esto le marginó,
sin duda, de la corriente de su tiempo (y un claro ejemplo es su
automarginación del congreso de Solvay, Bruselas 1927). Sin embargo, la
gran paradoja del pensamiento de Einstein es que las circunstancias le
llevaron a hacer contribuciones decisivas (en verdad sin pretenderlo) a
esa manera de pensar de la que era visceralmente adversario. Esto es lo
que, en definitiva, pasó tanto con los condensados Bose-Einstein y como
con los efectos EPR.
Los condensados Bose-Einstein
En 1924 recibió un trabajo enviado por un profesor bengalí desconocido,
Satyendranath Bose, que había sido rechazado antes para su publicación.
Las ideas de Bose sobre la radiación fueron extendidas por Einstein a
un gas de moléculas y así nació la mecánica estadística de
Bose-Einstein; la clásica se vería ya desde entonces como un caso
particular de esta nueva estadística.
Las ideas de Bose-Einstein, en efecto, permitían describir el
comportamiento de gases a bajas temperaturas e incluso predecir la
producción de un extraño fenómeno, conocido como la condensación de
Bose-Einstein: a temperaturas extremadamente bajas los átomos, muy
cercanos entre sí a distancias del orden de la longitud de onda de De
Broglie, perderían su identificación, se harían indistinguibles, y
colapsarían en una vibración de conjunto sintonizada en un mismo estado
cuántico.
Estas masas de materia, condensados Bose-Einstein, serían una forma
holística de unificación de las partículas, al perderse individualmente
en un estado global. Estos estados producirían situaciones sistémicas
de coherencia cuántica, superfluidez o superconductividad, cercanas a
lo que se produce en los estados de luz láser.
Más tarde se entendió que estos estados sólo podían alcanzarlos cierto
tipo de partículas con función de onda simétrica que se llamaron
bosones. Las otras partículas, con función de onda antisimética, se
describieron por otra estadística, la de Fermi-Dirac, y se nombraron
como fermiones. Los bosones representarían así la materia más
primigenia; los fermiones, en cambio, serían la base de la materia
organizada, diferenciada, que constituye las estructuras independientes
de los objetos físicos del mundo macroscópico que podemos observar
fenomenológicamente.
Las partículas aptas para entrar en esos estados holísticos, del tipo
de los condensados Bose-Einstein, son, pues, los bosones. Los
fermiones, en cambio, serían un tipo de energía no apta para entrar en
la disolución en un único estado vibratorio cuántico que disolviera la
individualidad en lo holístico.
Por ello, mantienen su existencia diferenciada en orbitales que
producen la diferenciación de los átomos, moléculas y de todos los
objetos que comprobamos en nuestro mundo de experiencia. Sin embargo,
hoy en día se han logrado condiciones experimentales extremas en que
también se han detectado fenómenos holísticos con partículas
fermiónicas.
Coherencia cuántica y efectos EPR
En el año 1935 publicó Albert Einstein, junto con otros dos colegas de
Princeton, Boris Podolsky y Nathan Rosen, un artículo de crítica de la
mecánica cuántica titulado “¿Puede considerarse completa la descripción
mecano-cuántica de la realidad física?”.
En este artículo, para mostrar la inconsistencia de la mecánica
cuántica, se argumentaba que, según los principios de ésta, entre dos
partículas correlacionadas (nacidas de la excisión de otra partícula
anterior) que se alejaran en el espacio a grandes distancias, debería
admitirse una “acción a distancia” o “causalidad no local”; cosa por
otra parte absurda para el pensamiento “clásico” de Einstein.
Sin embargo, lo que era absurdo para Einstein en el año 1935 llegó a
comprobarse por la experimentación (Aspect, 1982) y se ha seguido
comprobando desde entonces repetidamente.
Hoy en día quasi-formas biológicas de condensados de Bose-Einstein
están siendo estudiados para entender la “vitalidad” de la materia
biológica y la acción a distancia, junto con la causalidad no local.
Están siendo los puntos de apoyo más importantes para acercarse a una
neurología “cuántica” que explique la naturaleza de la conciencia; todo
ello en la línea de Herbert Fröhlich, Stuart Hamerof y Roger Penrose.
Paradójicamente, el poder explicativo de la mecánica cuántica,
apoyándose en ideas germinales de Einstein, ha ido ampliándose a partir
de la indeterminación, la incertidumbre, el enredo, hacia zonas
científicas y filosóficas cada vez más ajenas a la ciencia y filosofía
profunda del mismo Einstein.
Relatividad
La tercera dimensión abierta por los escritos de 1905 es la más
conocida: la física relativista especial que más tarde se completará
con la teoría general de la relatividad. Einstein acabó, en efecto, con
el espacio-tiempo absoluto de Newton.
Cada sistema físico inercial tiene su propio espacio-tiempo y depende
de la velocidad del sistema. Sólo las leyes de la física y la velocidad
de la luz permanecen como valor constante y establecen los límites de
la evolución de cualquiera de los sistemas. La simultaneidad pasó a ser
relativa al espacio-tiempo de cada sistema.
Estas ideas se extendieron más tarde a la gravedad (1915), cuando
Einstein predijo la curvatura del espacio-tiempo bajo el efecto de la
materia-energía. Hoy en día las correcciones relativistas en el
análisis de sucesos simultáneos son de aplicación general.
Desde su aplicación al GPS (Global Positioning System) hasta sus
aplicaciones en la mecánica cuántica, principalmente en la
electrodinámica cuántica, donde se han conseguido extraordinarios
niveles de precisión en la concordancia entre predicciones teóricas y
experimentos.
De nuevo, introducir “relativismo” parece ir en contra de la absolutez
newtoniana, o aquella absolutez remanente que todavía quedaba en el
éter de Poincaré y Lorenz. Pero Einstein trató de que su universo fuera
también, como el de Newton, estable y consistente, finito, aunque
ilimitado. Para armonizar esta suficiencia de su universo introdujo la
“constante cosmológica”.
Pero de nuevo, la física relativista que Einstein había creado se le
fue de las manos y, más adelante, Gamow, Hawking, Penrose y otros,
mostraron la congruencia de la relatividad con un extraño universo, de
estabilidad cuestionable, surgido del big bang y en expansión.
El universo relativista de Einstein abrió la ciencia por primera vez
hacia la idea de que es la materia la que configura la realidad física
por sí misma, sin referencia a instancias externas a ella, entendidas
como receptáculos espacio-temporales absolutos. Así son los sistemas
inerciales los que configuran su tiempo y su espacio, en función de la
velocidad. Su tiempo debe ser medido por relojes que son también
relativos y plantean el problema de la eventual simultaneidad de los
eventos.
En todo caso, este universo relativo es un paso más hacia la
naturalización, la autonomización de la imagen del universo. Un paso
más, nueva paradoja, que aleja la ciencia de la imagen “cuasi-sacra”
del universo einsteniano, perfectamente determinado y con una
racionalidad masiva abrumadora en su diseño.
La metafísica de Einstein
Si apuntamos finalmente a la metafísica de Einstein, no nos referimos a
“ciencia” como tal (ajena a la metafísica), sino a sus convicciones
profundas que sin duda debían ser congruentes con su imagen científica
del universo. El mismo Einstein solía decir que un ser humano no son
las anécdotas de su vida, sino su pensamiento y sus convicciones
profundas.
Mucho se ha estudiado la biografía de Einstein y se han dado incluso
vueltas morbosas en torno a su vida afectiva, en la línea de Las vidas
privadas de Einstein de Roger Highfield y Paul Carter (Espasa-Calpe,
Madrid 1996). Pero para entender la profundidad de sus convicciones
profundas es mejor seguir obras como la reciente de Max Jammer,
Einstein and Religion (Princeton University Press 1999). A esta seria y
documentada obra de Jammer nos referimos.
En este sentido, pues, creemos que en Einstein destacan dos tendencias
intelectuales. Primero, la sensación de asombro ante un universo
construido como un sorprendente entramado de leyes deterministas que
explican los eventos por causalidad clásica y que manifiestan una
imponente racionalidad universal. Esta dimensión de misterio y de
enigma último ante un universo preciso, racionalmente sorprendente,
abre un horizonte en que cabría la presencia última de la divinidad de
que Einstein hablaba con familiaridad.
Segundo, la persuasión intelectual de que esa posible y mistérica
divinidad no podía intervenir en un mundo en que los eventos se
producían por una estricta causalidad que no permitía intervenciones
externas. Sería la persuasión intelectual de que ese Dios mistérico, en
caso de que fuera fundamento del universo, lo habría creado de tal
manera que excluía de principio su intervención. Por ello, abrirse al
misterio sería siempre aceptando el universo como es, tanto en sus
bienes como en sus males.
Esta posición estrictamente determinista de Einstein conducía, por
tanto, a reconocer, digamos, la autolimitación del posible Dios en el
mundo. Algo parecido estaba diciendo su coetáneo Norbert Whitehead,
germen de la posterior filosofía del proceso norteamericana. Sin
embargo, la ciencia física ha evolucionado más bien en la línea del
indeterminismo configurando la imagen de un universo abierto que
permite entender tanto la libertad de la acción humana como de la
acción divina en el universo.
Por todo ello cabría decir que la “religiosidad” de Einstein era, por
una parte, de reverencia mistérica ante la estética sistémico-causal y
racional del universo y, por otra, de aceptación del universo tal como
es, sin la apelación religiosa a un Dios del podamos esperar que lo
cambie. Creemos que la discusión sobre si Einstein era teísta clásico,
o panteísta, o sobre su concepto personal o no personal de Dios, es
estéril, porque si fuera alguna de esta cosas habría ido más allá del
misterio, habría tratado de desvelar el misterio que le sobrecogía como
tal.
Creemos que Einstein quiso mantenerse siempre dentro de los márgenes
del sobrecogimiento en esa religiosidad mistérica. De ahí que Spinoza
fuera su filósofo preferido o también las menciones tan positivas de
Schopenhauer que le introdujo a la intuición budista de una
religiosidad mistérica, abierta a un futuro salvador al que ni siquiera
se osa calificar como Dios personal.
Por ello, concluimos con unas palabras del mismo Einstein, en que nos
describe su experiencia del misterio. “El misterio es lo más hermoso
que nos es dado sentir. Es la sensación fundamental, la cuna del arte y
de la ciencia verdaderos. Quien no la conoce, quien no puede admirarse
ni maravillarse, está muerto. Sus ojos se han extinguido. Esta
experiencia de lo misterioso, aunque mezclada de temor, ha generado
también la religión” (Einstein, Mi visión del mundo, Tusquets,
Barcelona 1981, p. 13).
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