El emergentismo, una vía humanista de la ciencia
GUILLERMO ARMENGOL
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Más allá del reduccionismo supera la imagen del “hombre máquina”.
A lo largo de los siglos XIX y XX se fue imponiendo la teoría de la
evolución construida sobre las ideas de Darwin. El descubrimiento del
ADN desde los años cincuenta (Crick y Watson) dio paso a la síntesis
neodarwiniana en que los cambios y adaptaciones ventajosas se
interpretan desde una clave bioquímica (mutaciones). El emergentismo no
elimina el darwinismo, ni puede considerarse un argumento a favor del
creacionismo o del intelligent disign (ver otros items de esta
sección). Mas bien conduce a una nueva versión del darwinismo, a la que
probablemente no fueron ajenas las mismas intuiciones de Darwin. Este
darwinismo emergentista es más conciliable tanto con el humanismo de
nuestra experiencia ordinaria (no nos sentimos máquinas, ni la sociedad
tendría sentido si fuéramos máquinas), como con el humanismo de la
imagen religiosa del hombre.
Abordamos esta reflexión actualizada sobre el emergentismo con ocasión de un amplio informe aparecido en Science&Theology News
en el número del pasado mes de marzo, firmado por Matt Donnelly.
Consideramos el análisis de Donally correcto, aunque quizá se hubieran
podido destacar con más fuerza algunos conceptos a nuestro entender
fundamentales.
El reduccionismo
en biología fue una derivación inmediata de la pretensión de que la
explicación de la vida fuera científica: por tanto congruente, dentro
una visión unitaria del universo, con los paradigmas ya formados de las
ciencias físico-químicas que llevaban delantera de varios siglos en su
matematización cuantitativa. Los fenómenos biológicos debían
explicarse, pues, por causas de naturaleza físico-química, dadas en el
marco de las interacciones causales propias de las ciencias
físico-químicas.
El término “reduccionismo” nació con un sentido en parte peyorativo, ya
que servía para valorar que la pretensión explicativa de la vida desde
la físico-química suponía “reducir” la biología a la físico-química,
sin entender el carácter propio que debía tener la epistemología
biológica (por ejemplo, nuevas formas de explicar teleonómicas, no
conocidas por las ciencias del mundo inorgánico). Este enfoque
insuficiente para explicar la vida era “reduccionista” porque reducía
los fenómenos vitales superiores al orden inorgánico inferior
(físico-químico), derivando a una explicación mecanicista, determinista
y, en el fondo robótica, de los seres vivos.
Este reduccionismo clásico ha recibido modernamente dos apoyos de gran
importancia. Primero el desarrollo de la bioquímica de los ácidos
nucleicos (el ADN) que ha permitido entender que la vida se construye
desde un mecanicismo estricto (herencia y embriogénesis). Segundo los
formalismos computacionales que han conducido a las teorías
computacionales de la vida: la complejidad observacional de ésta (muy
difícil de explicar hasta ahora por el mecanicismo clásico del XIX)
derivaría de que la evolución habría diseñado los seres vivos como
computadores “biológicos”.
El reduccionismo sigue siendo hoy la posición teórico-epistemológica de
una gran parte de la biología. Por tanto, la idea pura y dura del
“hombre máquina” (ya formulada por Lametrie en la ilustración francesa
del XVIII) sigue estando hoy vigente para muchos. El mecanicismo se ha
convertido ahora en la metáfora fuerte del ordenador, y parece más
fácil explicar la complejidad mecánica de las respuestas humanas desde
el modelo de la velocidad y complejidad de las respuestas de los
sistemas de computación.
El mundo interior del hombre, su conciencia y la actividad psíquica
(conocer, sentir, emoción, pensamiento …), para el reduccionismo, es un
epifenómeno: un fenómeno que está ahí pero que no juega ningún papel en
producir la conducta, sin capacidad causal descendente que controle la
clausura total de las cadenas de interacción físico-química.
La alternativa del emergentismo
Para Donnelly el emergentismo fue formulado ya por el mismo Darwin en
El Origen de las Especies, al decir que “desde lo más simple un
conjunto de formas sin fin, las más hermosas y maravillosas, han
surgido y están en surgimiento (evolved)”. Nadie parece hoy dudar de
que la historia natural muestra fenómenos incuestionales de emergencia
(el mismo hombre es un ejemplo notable). Por ello, según la opinión de
Terrence Deacon (antropología biológica en la Universidad de California
en Berkeley), entender estos fenómenos de emergencia es para la ciencia
una vía no sólo para explicarlos en su individualidad, sino para
entender también a través de ellos las claves que explican en general
el proceso evolutivo.
Según la exposición de Nancey Murphy (conocida filósofa y epistemóloga
del Fuller Theological Seminary de Pasadena, California), en los años
veinte había una controversia con tres alternativas: el reduccionismo,
el vitalismo (que hablaba de entelequias, principios vitales o
cuasi-formas aristotélicas y el emergentismo). En realidad, según
nuestra opinión, el vitalismo no se tomó nunca en serio, pero sí la
alternativa de la doctrina dualista clásica, que todavía perdura. Quizá
hoy estas sean las alternativas con fuerza real: dualismo (muy
minoritario, aunque presente en personajes influyentes como John
Eccles), el reduccionismo y el emergentismo.
Pero, ¿qué dice el emergentismo? Su lema científico esencial consiste
en decir que el conjunto es siempre más que la suma de las partes. Así,
la materia, al unirse de acuerdo con las leyes físico-químicas, produce
sistemas cuyas propiedades son nuevas y no se reducen a ninguna de las
propiedades de las partes integrantes aisladas. Por tanto, las
propiedades emergentes se producen por una organización sistémica nueva
de la materia. Un aspecto esencial es que estas propiedades emergentes
contribuyen a producir el comportamiento de los sistemas reales o
vitales (tienen causalidad descendente en contra de lo que afirma el
reduccionismo).
A nuestro entender los rasgos básicos del emergentismo son: el monismo
(no es dualista, sino que todo surge de la unidad ontológica básica del
universo), la unidad continua del proceso evolutivo (las emergencias no
son saltos o discontinuidades evolutivas), las propiedades emergentes
(sistémicas) son irreductibles a las anteriores (la especie humana
tiene unas propiedades que son irreductibles al mundo animal, aunque
pueda haber continuidad). En realidad, lo que emerge son nuevas formas
de ser real (el hombre es irreductible al modo de ser animal, la vida
es irreductible al mundo inorgánico).
Momentos en la historia del emergentismo
Ciñéndonos a algunas observaciones modernas, Darwin es considerado por
muchos como el primer emergentista (no sería, pues, reduccionista).
Joseph Hooker (1871) y George Henri Lewes (1875) serían pasos adelante
en la formulación del emergentismo anglosajón. Hans Driesch y Henri
Bergson hacen propuestas hacia el vitalismo al comenzar el siglo XX. En
este tiempo, sin embargo, se produce un renacer del emergentismo con
Samuel Alexander (1920), C.D. Broad (1925) y Stephen Pepper (1926). En
alguna manera A. N. Whitehead defendía ya en estos años, en Harvard, un
tipo de emergentismo fundado en la física. Desde los años treinta hasta
los sesenta se produjo una atención preferente al reduccionismo, en
parte producida por el conductismo y las teorías computacionales
aplicadas en ciencias humanas (Newell, Simon, Minsky …).
A lo largo de los sesenta y en los setenta aparecieron nuevos autores
que contribuyeron al avance conceptual del emergentismo. Recordemos a
Ernest Nagel (1961) y P.W. Anderson (1972). Ya en los ochenta y noventa
aparecen nuevos emergentistas como Michael Silverstein, Paul Humphreys,
Tim O´Connor, Robert Klee, Terry Deacon, Philip Clayton y otros. En
1992 comienzan las importantes aportaciones de Stuart Kauffman en el
estudio de las leyes de la autoorganización de la materia; su obra
parecía apoyar al reduccionismo, pero hoy se considera que es
armonizable con las posiciones del emergentismo.
El estado actual de las aportaciones puede seguirse por el libro de Philip Clayton y Paul Davies The Re-emergence of Emergente
(2006). En España, ya desde los años ochenta, muchos profesores
universitarios han defendido el emergentismo (como José Luis Pinillos).
Por otra parte, coincide con las filosofías de Amor Ruibal y de Xavier
Zubiri, así como con las corrientes de antropología médica,
representadas por Barraquer Bordás, Laín Entralgo o Diego Gracia.
Emergencia débil y emergencia fuerte
David J. Chalmers ha propuesto dintinguir dos formas de emergentismo,
el débil y el fuerte. La débil responde al reduccionismo clásico: es la
misma evolución mecánica de los sistemas físico-químicos la que hace
emerger propiedades nuevas y sorprendentes, pero se trata sólo de
nuevos estados y estructuras físicas. No emerge algo nuevo, sino una
mayor complejidad de lo físico-químico. En este emeregentismo cree
Daniel C. Dennett y lo llama “emergencia inocente”.
Paul Davies es uno de los representantes de la emergencia fuerte. Para
esta la continuidad evolutiva físico-química hace “emerger” propiedades
nuevas no reducibles a las anteriores y que, además, tienen efectos
sobre los mismos sistemas físicos que las han producido. Davies ha
propuesto incluso que la ciencia debe diseñar experimentos para
comprobar la emergencia en sentido fuerte. Esta debiera dejar de ser
algo cuasi-filosófico y pasar a ser algo constatado por las evidencias
científicas.
Michael Silverstein y las causas físicas de la emergencia
Que las nuevas propiedades reales surgidas en la evolución lo sean por
“emergencia” es una hipótesis explicativa. Ahora bien, si emergencia
supone la continuidad del proceso evolutivo, la ciencia debe mostrar
que el soporte físico que constituye el universo pueda llegar a
producir (sea capaz de) las propiedades emergentes. Por ejemplo: la
sensibilidad-conciencia en el mundo biológico, así como el psiquismo
animal y humano. Michael Silverstein
ha insistido en estas cuestiones y considera que todo depende, en
último término, de que se llegara a explicar cómo el mundo
mecano-cuántico hace surgir el mundo macroscópico clásico.
Matt Donnelly, en su informe sobre el emergentismo en
Science&Theology News, no lo relaciona con los avances actuales en
neurología cuántica que muestran, por ejemplo, entre otras muchas
cosas, la coherencia cuántica constituida en enjambres de tejidos
celulares que permitirían entender cuál es el soporte físico que
explica la emergencia evolutiva de propiedades cómo la sensibilidad o
la conciencia. En nuestra opinión, la convergencia entre emergentismo y
neurología cuántica permitiría avances significativos en la explicación
científica de las causas reales que han producido las emergencias del
proceso evolutivo.
Philip Clayton y el teísmo emergentista
Philip Clayton
es hoy uno de los principales representantes de la filosofía del
proceso en América. Ha investigado repetidamente el emergentismo (Mind
and Emergence, 2004) y ha firmado escritos sobre la misma temática con
Paul Davis y Stuart Kauffman. Considera que el emergentismo no tiene,
evidentemente, ningún “valor probatorio” en relación a la cosmvisión
religiosa. Pero, sin embargo, entiende que frente al reduccionismo, la
hoy crecientemente extendida teoría emergentista representa un punto de
vista que contribuye a hacer más verosímil la idea de Dios y del
proceso creador. El reduccionismo clásico reducía al hombre a una
dimensión robótica, incompatible con el humanismo de la libertad y de
la responsabilidad, así como con el humanismo cristiano fundado también
en una idea libre y responsable del hombre.
Digamos, por último, desde el punto de vista católico, que la dogmática
cristiana no está identificada ni con el aristotelismo ni con el
dualismo (aunque ambos enfoques se hayan aplicado durante siglos para
explicar el cristianismo). Filósofos, sin duda ninguna cristianos, como
Xavier Zubiri no han sido ni aristotélicos ni dualistas. La
antropología bíblica hebrea tampoco fue ni aristotélica ni dualista (en
el sentido griego), como hoy muestran los estudios de antropología
hebrea. Desde estas perspectivas podemos entender que el emergentismo
es asumible por el pensamiento cristiano.
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