La filosofía y teología del proceso, en el corazón del diálogo ciencia-religión
GUILLERMO ARMENGOL
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Las ideas de Whitehead entraron en colisión con la ortodoxia católica y protestante.
La obra científica y filosófica de Whitehead ha marcado en los Estados
Unidos una de las tendencias más importantes en el diálogo
ciencia-religión durante todo el siglo XX, que va unida a la llamada
filosofía y teología del proceso. Para Whitehead, la teología cristiana
tradicional respondió a la metafísica de un ser absoluto, todopoderoso
y omnisciente, fuente única de todo ser. En consecuencia, considera que
esta idea de Dios debe ser sustituida por la de un Dios del proceso que
dará lugar a una reinterpretación de las enseñanzas de Cristo. Y aunque
la teología católica fue siempre remisa a emprender un diálogo a fondo
con la teología del proceso, un mayor interés hacia ella hubiera podido
enriquecer muchos contenidos de la teología católica moderna y
cristiana en general.
No puede hoy abordarse el estudio de las relaciones ciencia-religión en
el siglo XX, sobre todo en la cultura anglosajona, sin conocer la
filosofía de la ciencia y de la religión de Alfred N. Whitehead. Su
influencia ha sido enorme en la teología norteamericana, siendo el gran
maestro que inspiró la llamada filosofía y teología del proceso. Su
imagen del universo físico respondió a la mecánica cuántica naciente en
la primer mitad del siglo XX.
El mundo procesual de la ciencia le
condujo a un entendimiento de Dios cercano al platonismo y a la
introducción de temas teológicos muy problemáticos, entre los que
destaca el de la autolimitación divina en el mundo. La moderna teología
de la kénosis (del ocultamiento e impotencia divina ante el mundo) en
el siglo XX no puede rastrearse sin recoger las influyentes
aportaciones de Whitehead, siempre unido a la filosofía-teología del proceso.
La filosofía del proceso nace con el pensamiento del físico y filósofo
inglés, afincado pronto en la universidad americana de Harvard, Alfred North Whitehead
(1861-1947). Su filosofía es ya una filosofía del proceso. Pero el
nacimiento de la teología del proceso, debe conectarse con una serie de
discípulos que tienen en Charles Hartshorne
su figura sin duda más relevante. Se consolidó en la década de los
sesenta con la escuela de Chicago y la fundación de la revista Process Studies.
Desde los años fundacionales ha sido constante la presencia de la
filosofía-teología del proceso en la teología anglosajona,
principalmente en América. Hoy en día sigue existiendo una corriente ortodoxa
de esta filosofía-teología que enlazaría con la línea de pensamiento de
sus autores básicos de referencia: A.N. Whitehead, Charles Hartshorne,
John B. Cobb, David Ray Griffin y W.H. Vanstone.
Alfred North Whitehead
Whitehead nació en 1861 (muere en 1947). Fue Lecturer de matemáticas en
Cambridge hasta 1911 y de matemáticas y física en Londres hasta 1924,
año en que pasó como profesor de filosofía a Harvard. De su primer
período destacan sus colaboraciones con Bertrand Russell que le dieron
a conocer en todo el mundo; sobre todo los Principia Mathematica (3
volúmenes, 1910-1913), donde justificaban el fundamento lógico del
razonamiento matemático.
Science the Modern World (1925) y
Religion and Making (1926) aparecieron ya en América. Pero fue el
encargo de las Gifford Lectures en 1927-28 lo que derivó a la
preparación de su obra fundamental publicada con el título de Process
and Reality (1929).
En ella se explica su metafísica
procesual no como pura ciencia o descripción objetiva, sino como
cosmología metafísica siempre referida a un sujeto, testigo
privilegiado del proceso fluente de la realidad. Es ya lo que él llamó
“filosofía orgánica” (philosophy of organism).
Modes of Thought (1938) es su último
libro, donde ofrece una presentación general de sus ideas de forma más
divulgativa, menos técnica y asequible; probablemente también una de
sus obras imprescindibles.
Temas de la filosofía-teología del proceso
Ha tratado de la ontología metafísica del mundo físico que pudiera
conciliar el cristianismo con la ciencia moderna; ha tratado de la
revisión del cristianismo para adaptarlo a la cultura actual y hacerlo
inteligible por el hombre moderno; ha tratado de cuestiones teológicas
tan importantes como el problema del mal y del sufrimiento humano; ha
tratado del problema de la limitación o autolimitación divina en el
mundo y de la kénosis divina; y ha replanteado también un sin número de
cuestiones morales. Y todo ello siendo una teología teísta, cristiana y
religiocéntrica, aunque heterodoxa.
La teología católica fue siempre
remisa (al menos en Europa, aunque no tanto en América) a emprender un
diálogo a fondo con la teología del proceso. Muchas de sus afirmaciones
entran en colisión con principios básicos de la iglesia católica y de
otras iglesias cristianas, como por ejemplo la iglesia de Inglaterra.
Pensamos que un mayor interés hacia la teología del proceso, al menos
su discusión, hubiera podido enriquecer muchos contenidos de la
teología católica moderna y cristiana en general.
Matemáticas y física: la imagen del mundo en la ciencia
Al entrar Whitehead en la metafísica tenía ya en su mente la imagen del
mundo en la ciencia moderna. Es más: da la impresión de que el
detonante de su tránsito a la metafísica fue precisamente la idea de
que la ciencia había puesto patas arriba la metafísica tradicional y
era necesario crear una nueva metafísica congruente con ella. Su obra
de 1925 (La ciencia y el mundo moderno, CMM) muestra cómo la ciencia
exige una transformación del mundo para hacerlo “moderno”: es la
ciencia la que hace moderno al mundo, forzando también una metafísica y
una religión modernas.
En CMM se nos ofrece la imagen
científica que condicionó la filosofía de Whitehead. Recordemos que la
mecánica matricial de Heisenberg y la mecánica ondulatoria de
Schroedinger, giran en torno a 1924-25, tiempo de la publicación de
esta obra. Al redactar “Proceso y Realidad” en los años siguientes,
hasta 1929, tuvo tiempo de seguir la deliberación de la mecánica
cuántica en sus años más creativos: pero era un tiempo todavía inicial
en que, por ejemplo, sólo se conocía la existencia del protón y del
electrón (ni siquiera se había confirmado experimentalmente la del
neutrón).
Sin embargo, al leer el capítulo VIII
de CMM sobre la mecánica cuántica (tras la historia de la evolución de
los conceptos científicos analizada en capítulos anteriores),
entendemos que a Whitehead le bastaba ya lo que la ciencia había dado
de sí hasta 1925 para alcanzar una intuición precisa de la naturaleza
del mundo físico que iría confirmándose en la evolución posterior de la
ciencia hasta nuestros días.
La realidad física (CMM, c. VIII)
estaba constituida por materia corpuscular que fundaba la
individualidad, discontinuidad, distancia e interacciones entre las
cosas (describible por la mecánica); pero esa materia corpuscular era
también al mismo tiempo vibración ondulatoria (que exigía una física de
los campos en un marco de continuidad física). A los eventos
microfísicos primordiales (vg. el electrón en su orbital cuántico) no
se les podía atribuir una identidad estable en el tiempo.
Sin embargo, un fluir de eventos
microfísicos constituía y daba cierta estabilidad en el tiempo a los
objetos macrofísicos, aunque también abiertos en su interior a la
evolución y transformación continua. Para Whitehead, era evidente que
la física de comienzos del XX describía un mundo que fluía por eventos
inestables, que se relacionaban entre sí por prehensiones físicas para
constituir entidades actuales, como sociedades de eventos organizados,
que se transformaban dinámicamente en un proceso continuo.
Metafísica whiteheadiana
Whitehead forma parte, pues, de un movimiento epocal claramente
embarcado en la ola del vitalismo. Pero no creemos, como a veces se
dice, que influyeran en él de forma significativa autores como
Santayana, Spengler o Ralph Waldo Emerson. Sin embargo, estamos
convencidos de la influencia que debieron de ejercer sobre él Charles
Sanders Peirce, William James y, sobre todo, el filósofo francés Henri
Bergson.
Este último, cuando Whitehead llegó a
su maduración filosófica, tenía ya desde hacía algunos años sus grandes
obras en el mercado de las ideas y su fama era internacional. Lo más
probable es, pues, que lo conociera, e incluso que se inspirara en él.
Nosotros, al menos sí lo creemos (y se comprueba por las frecuentes
menciones de la metafísica bergsoniana).
Whitehead verá la necesidad de
construir esa nueva metafísica, haciendo una revisión original del
pensamiento bergsoniano, dándole más precisión, ajustándolo más a la
ciencia, suprimiendo los saltos líricos, y formulándolo con una nueva
terminología, menos poética, más técnica, aunque mucho más críptica y
difícil. Whitehead, en lugar de “vida”, usará el concepto de organismo
y su filosofía será “organicista”. En resumidas cuentas, tanto Bergson
como Whitehead se mueven dentro de la misma intuición de un paradigma
vitalista-procesual de fondo (frente al dualismo y al mecanicismo) que
responde plenamente al sentir de su época.
Conceptos básicos de la filosofía física de Whitehead
Entidades actuales. Son entidad actual un árbol, una partícula
elemental y también el mismo Dios. En términos científicos diríamos (y
esto es lo que Whitehead tiene in mente) que todo objeto es resultado
de la interacción entre multitud de eventos microfísicos. Objetos
eternos. Las entidades pueden ser para Whitehead actuales (las cosas
reales existentes) e ideales (puras formas no existentes pero que
podrían definir realidades existentes). Estas entidades ideales se
conocen como los “objetos eternos”.
Concrescencia. Las entidades actuales
son resultado de un proceso de “concrescencia”. Este término proviene
de la biología y significa la unión y crecimiento unitario de partes
originalmente separadas. Prehensión. La “prehensión” es un término que
describe la actividad de cada una de las entidades actuales cuando
realizan la concreción con otras entidades. La unidad del universo se
construye por prehensión de unas entidades actuales sobre otras.
La prehensión orgánica del universo.
Esta unidad es orgánica, sistémica, abierta al “todo” del universo; no
es individual, cosista, cerrada, localizada. Las entidades actuales
están unidas a todo el universo por prehensión. Si una entidad actual,
digamos el hombre o un animal por sus sentidos, está abierto a la
sensación de un mundo externo existente no puede explicarse sino por el
hecho de que el cuerpo animal o humano está abierto, o unifica en sí
mismo prehensivamente diferentes contenidos ambitales del universo.
Dios en la metafísica de Whitehead
El mundo de Whitehead son eventos actuales, agrupados en sociedad o
estructuras, por medio de prehensiones físicas y conceptuales, abiertos
a un mundo de objetos eternos, embarcados en un proceso de
concrescencia en la unidad del universo, atribuyendo a los eventos un
feeling subjetivo (Whitehead era pampsiquista) dado en la misma
realización física de las prehensiones, etc.
Esta metafísica responde a la imagen de la ciencia (la imagen cuántica
que Whitehead ya tenía), pero responde también a la intuición
“vitalista” (Bergson) de un universo en proceso que produce la
“experiencia psíquica” porque ésta está ya en sus entrañas ontológicas.
Hasta aquí todo es admisible. Pero, ¿por qué introducir en esas
entrañas ontológicas la realidad de un ser divino?
Un primer argumento es que la naturaleza como proceso es un continuo
surgir de cosas nuevas por medio de las prehensiones y la
concrescencia; en ese surgir de lo nuevo hay configuración de un “plus
de ser” que va más allá del ser de las entidades que por la prehensión
lo constituyen.
Por ello, en el proceso evolutivo, la potencialidad general del
universo, su ascenso creativo hacia la novedad, debe estar fundada en
una entidad actual especial, no temporal, dada siempre como fondo
ontológico del universo, y que se nombra como Dios. Nada puede salir
del no-ser para introducirse en el mundo actual: Dios es la entidad
actual fundante de la que brota la potencialidad (ontológica) del
proceso universal.
El segundo argumento whiteheadiano es más difícil, pero lo mencionamos.
El proceso evolutivo ha producido multitud de formas extraordinarias:
son de por sí pura potencialidad, formas abstractas no realizadas y sin
relación con las entidades actuales; ¿cómo han podido, sin embargo,
entrar en el proceso creador de las entidades actuales? Whitehead
responde que Dios es precisamente la mediación entre lo potencial (los
objetos eternos) y la actualidad (su actualización en el mundo como
proceso concrescente).
Crítica de la idea religiosa de Dios en la teología cristiana
Se centra en dos supuestos. Primero critica sus conexiones con la
filosofía griega; segundo la imagen de la sociedad de su tiempo,
socio-políticamente referida al gobierno de un monarca absoluto (en el
mundo romano o en los despotismos mesopotámicos). Frente a esta
teología inductora de una idea falsa de Dios, el mundo moderno y la
filosofía del proceso ofrecen una imagen distinta de Dios.
El Dios que se desprende de la enseñanza de Cristo es “en lugar de un
Dios-Déspota, un Dios-Amor que obra por el amor y la persuasión. En
lugar del Motor-Inmóvil, un Dios-Amor que padece el sufrimiento del
mundo. En lugar de un Dios-Moralista, un Dios-Amor que salva la
inmediatez presente al absorverla incesantemente en su propia
harmonía”.
Para Whitehead la teología cristiana tradicional, desde sus fuentes
patrísticas greco-romanas, respondió a la metafísica de un ser
absoluto, todopoderoso y omnisciente, fuente única de todo ser. Esta
idea de Dios debe ser sustituida por la idea de un Dios del proceso que
dará lugar a una reinterpretación de las enseñanzas de Cristo.
El Dios cristiano de Whitehead
La persuasión divina. La idea de que Dios no obra sobre el mundo de
forma coercitiva, sino por persuasión, es una pregnante formulación de
Whitehead. Caer en la cuenta de que Dios obra por persuasión supone
para Whitehead romper con la filosofía-teología clásica del
cristianismo que se movió siempre en el marco del Dios dominador, que
se impone por la razón y por el orden moral.
Como tal se constituye en un principio coercitivo que domina la vida de
los individuos. La acción continua de Dios es una acción persuasiva,
amorosa y suave, porque no rompe ni condiciona la libertad del
movimiento de la naturaleza. La acción de Dios es así la victoria de la
persuasión sobre la fuerza. Esta es la manera de pensar debería
constituirse en uno de los ejes de la reforma moderna de la
religiosidad.
El mal y la limitación divina en omnipotencia y omnisciencia. Se debe
partir de que el Dios de Whitehead no es creador. La metafísica
whiteheadiana no lleva a un ser divino transcendente que decide crear
en un determinado momento. Dios y el mundo, el proceso, son como son y
Dios no lo ha hecho, no lo ha creado. No es, por tanto, responsable del
proceso. Debe atenerse a lo que hay: no es omnipotente para intervenir
ilimitadamente.
Además, por ello mismo, no es omnisciente sobre la evolución final del
proceso, ya que este depende de sí mismo, de su propio impulso y, en
último término, de la libertad. El mal es, pues, inherente al universo
por sí mismo.
Dios en alguna manera sufre el mal de la misma manera que lo sufren las
entidades actuales al ver frenado su impulso hacia el bien. Dios,
inmerso en el proceso, no es responsable del mal, sino, más bien, el
fellow sufferer who understands, el fiel compañero que sufre como
nosotros, que nos acompaña y nos comprende.
Problemas de la metafísica whiteheadiana
La metafísica clásica entiende que a Dios, como decía la escolástica,
no se le encuentra en las “causas segundas”, sino como “causa primera”;
esto es, cuando se busca la absolutez y necesidad última, ya dentro de
un discurso propiamente filosófico y no sólo científico. Por ello, el
mundo como un todo es un sistema de causas segundas congruente que
presenta autonomía y suficiencia funcional.
Whitehead, en cambio, no cuestiona el mundo en el nivel último de la
“causalidad primera” (de su absolutez y necesidad), ya que el mundo es
para él eterno: absoluto y necesario. El problema de Whitehead consiste
en explicar el sistema de las “causas segundas”, ya que éstas no
parecen constituir un sistema congruente si no se introduce la
referencia a Dios como un elemento del mundo.
Pongamos un ejemplo para entenderlo. Consideremos un artilugio complejo
(un ordenador, un coche …). La metafísica clásica no cuestionaría que
ese artilugio funcionara autónomamente de forma congruente y
suficiente. Lo cuestionaría en preguntas fronterizas, muchas no
respondibles por la ciencia: su persistencia indefinida en el tiempo,
su origen, el diseño racional a que responde, etc., apuntando al
problema de su absolutez y necesidad últimas.
En cambio, Whitehead daría por sentado que ese artilugio es absoluto y
necesario, eterno en el tiempo. Pero su argumentación diría que ese
artilugio no presenta un funcionamiento inteligible si no se postula la
existencia de un Dios que forme parte de la ontología interna del mismo
artilugio. Dios sería necesario para las funciones propias del
artilugio, fuera éste un ordenador, un coche u otro cualquiera.
Esta manera de pensar whiteheadiana presenta no pocas dificultades. La
ciencia, en efecto, avanza con toda firmeza en la descripción del
sistema del mundo como una estructura de interacciones causales
autónoma y suficiente: las “causas segundas” forman un sistema
explicativo en total congruencia. Es evidente que la suficiencia actual
de las ciencias hará mucho más difícil introducir referencias teístas
en un nivel de análisis de las “causas segundas”.
Una última consecuencia de la metafísica teísta de Whitehead es que
parece situarse en una dimensión teocéntrica que no atiende
suficientemente al hecho de que es posible construir una hipótesis
explicativa del universo sin Dios. Es verdad que Whitehead no presenta
su metafísica teísta como una “demostración”, sino como una “opción de
congruencia”; pero, a nuestro entender, se trata de una opción de
congruencia teísta y teocéntrica.
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