Habermas abre el camino a la moderna razón religiosa
GUILLERMO ARMENGOL
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La vía no es que la Religión imponga su discurso ni que el Estado implante una metafísica secular.
En su larga evolución, Habermas ha construido una crítica de la
sociedad que ha denunciado diversos estados insatisfactorios de
comunicación (o mejor, de incomunicación) humana. Pero, finalmente.
Habermas ha trazado la lógica que debería llevar a la integración y
cohesión social: la apertura no dogmática y abierta al diálogo racional
intercultural-religioso, por una parte, y secular-religioso por otra.
La vía no es que la Religión trate de imponer su discurso. Pero tampoco
es que el “sistema” (el Estado), que debería ser neutro
ideológicamente, trate de imponer una metafísica secular. La sociedad
es libre y la nueva sociedad reconciliada – entre culturas, religiones
y razón técnico-científica moderna – sólo podrá surgir de un diálogo
racional profundo entre la tradición cultural del mundo de la vida y la
razón técnico-científica que se ha apropiado hasta ahora del “sistema”.
La reciente publicación de la tercera edición de la obra del profesor Enrique Menéndez Ureña La Teoría Crítica de la Sociedad de Habermas. La crisis de la sociedad industrializada (Tecnos,
Madrid 2008) puede servirnos de hilo conductor para revisar la
significación de la obra de Habermas y su especial conexión con la
valoración del papel de la religión en lo que Habermas concibe como la
gran aventura de la humanidad, a saber, hacer posible el ejercicio de
una “razón comunicativa” que permita llegar a la “comunión interhumana”
en el dominio del mundo. ¿Cómo podría la historia humana
“reconciliarse” con sus propios ideales? Para Habermas esto no será
posible si la razón moderna no logra re-formularse desde dentro de una
apertura a la razón religiosa que ha configurado gran parte de las
tradiciones humanas. Esta necesidad de diálogo entre la razón moderna y
la razón religiosa afecta en gran parte al diálogo de la razón
científica de la modernidad con la razón metafísica de la tradición
religiosa.
La obra de Ureña que aquí comentamos tuvo una primera edición en 1978 y
en ella se presentó el contenido esencial del pensamiento clásico de
Habermas que ya había alcanzado entonces – antes de cumplir los
cincuenta años – una admirable madurez y un reconocimiento social
indiscutible. En esta primera edición planteaba ya Ureña algunas
preguntas, o cuestionamientos de fondo, a los resultados de la obra
habermasiana de entonces.
En la edición de 1998 apareció un “Epílogo a la Segunda Edición” en que
Ureña emprendía una revisión del camino recorrido por Habermas hasta
ese año; revisión realizada a la luz de las preguntas que ya había
propuesto Ureña en 1978. En la edición de 2008, por último, ha
aparecido también un “Epílogo a la Tercera Edición” en que Ureña ha
seguido revisando también la obra de Habermas a la luz de las
cuestiones suscitadas por su obra hasta 1978. Sirva este comentario a
la lectura e interpretación de Habermas por el profesor Ureña como una
incitación al estudio directo de la tercera edición de su libro
recientemente aperecida en Tecnos.
Jürgen Habermas
Jürgen Habermas
nació en 1929. Tras sus primeros estudios en diversas universidades
alemanas pasó a Frankfurt donde tomó contacto con profesores como
Horkheimer y Adorno, ambos representantes de la teoría crítica de la
sociedad o “Escuela de Frankfurt” en aquellos años. Las objeciones de
Horkheimer y Adorno a la disertación de Habermas le llevaron a
trasladarse a Marburg, donde comenzó su vida académica. Pasó después a
Heidelberg para volver finalmente a Frankfurt con el apoyo del mismo
Th. Adorno.
Habermas ha sido profesor en numerosas universidades de Europa y
América, asumiendo también en 1971 la dirección del Max Plank Institut
en Starnberg, cerca de Munich. Recibió en 1986 el Premio Gottfried
Wilhem Leibniz, máximo galardón concedido en Alemania a la
investigación personal. Son además innumerables los premios y honores
recibidos en todo el mundo a lo largo de estos últimos años.
Entre otros fue invitado hace unos años a dictar una conferencia ante
el Parlamento español. En 2003 se le concedió también el Premio Principe de Asturias de Ciencias Sociales.
Habermas se jubiló en la universidad de Frankfurt en 1993, pero ha
seguido trabajando intensamente desde entonces y participando en el
análisis de los importantes cambios socio-políticos de comienzos del
siglo XXI.
Considerado el último gran representante de la Escuela de Frankfurt,
participa, como ésta, de una influencia de fondo de la tradición
marxista, sin embargo reinterpretada y proyectada hacia el futuro de
una forma original. Habermas ha formado parte en esta segunda mitad de
siglo XX del núcleo intelectual más prestigioso de la llamada
“izquierda europea”.
Ha sido un pensador honesto en el sentido de que no ha dicho lo que
ciertas servidumbres le habrían exigido, sino lo que en cada momento ha
creído que honestamente debía decir. En este sentido tiene especial
importancia cómo ha visto a lo largo de su evolución intelectual el
papel de la religión, tal como Ureña ha explicado con claridad.
La teoría habermasiana del interés ha entendido la historia como la
empresa humana de lograr el bienestar mediante un dominio del mundo que
se consigue por medio de la “razón técnico-instrumental”. Pero este
interés básico de dominio no puede lograrse sin el interés por la
“comunión interhumana” que debe conseguirse a su vez por el cultivo
creciente a la “razón comunicativa”.
La investigación habermasiana en torno a la “acción comunicativa” es,
pues, siempre la reflexión sobre cuál es el estado, la problemática
actual, la posibilidad y las perspectivas futuras de esa interacción
comunicativa que deberá conducir la humanidad hacia el ideal de
armonía, convergencia, reconciliación y paz – el dominio del mundo en
“comunión interhumana” – que fue siempre ansiada por la ilustración
europea.
La crítica social de Habermas hasta 1978
La primera edición de la obra de Ureña es, como decíamos, de 1978.
Hasta ese año Habermas había diagnosticado de una cierta manera el
estado de la sociedad desde el punto de vista de su avance hacia una
sociedad comunicativa. Su diagnóstico se había referido a dos
cuestiones principalmente.
La primera era el estudio de los mecanismos de represión vigentes en
las sociedades capitalistas avanzadas. Es decir: el ideal de avanzar
hacia la intercomunicación humana (y esta es la principal preocupación
de fondo del pensamiento habermasiano) se había frenado porque las
sociedades capitalistas habían producido una serie de mecanismos
internos que se imponían, lo avasallaban todo y anulaban incluso la
capacidad humana de la sociedad para plantearse la necesidad misma de
comunicación y de reflexión sobre las grandes preguntas por el
“sentido”. La adicción al consumo, la burocratización funcional y la
tecnificación estatal-administrativa, habían reducido al hombre a un
estado de “cosificación” (o pérdida “por narcotización” de su condición
humana).
La segunda cuestión hacía referencia al diagnóstico crítico sobre el
papel del “discurso religioso” en el “discurso racional moderno” hacia
una nueva sociedad. Para Habermas el discurso religioso había sido
esencial en el pasado. Pero estaba ya anulado, no tenía fuerza interna,
estaba marginado de la sociedad e iba a quedar definitivamente
extinguido con el avance inevitable de un fuerte proceso de
secularización en todos los niveles de la vida.
En la revisión crítica de la obra de Habermas proponía Ureña, en la
edición de 1978, dos objeciones concretas: 1) que Habermas había hecho
la crítica de la truncación del camino a la comunicación en las
sociedades capitalistas avanzadas, pero no había hecho una crítica
paralela de la forma de truncación especial que se había producido
también en el socialismo de economía planificada; 2) la segunda
objeción de Ureña hacía referencia a la valoración habermasiana de la
religión: “la crítica a una insuficiencia en el planteamiento de la
relación entre moral y religión, que simplificaba demasiado su
problematicidad real en las sociedades modernas” (Ureña, 178).
En el Epílogo a la segunda edición (1998) se ha replanteado Ureña la
evolución del pensamiento habermasiano desde la perspectiva de estas
dos críticas hechas en 1978. Para seguir esta evolución ha distinguido
Ureña tres etapas: la primera hasta 1981; la segunda de 1981 a 1989; y
la tercera de 1989 en adelante (o sea, hasta la la segunda edición de
Ureña en 1998). La evolución de 1998 a 2008 ha sido tratada por Ureña
en el Epílogo a la tercera edición en 2008.
Para seguir a Ureña en su valoración de la obra de Habermas, nos
referimos en primer lugar a la evolución del pensamiento habermasiano
en torno al problema esencial de la “intercomunicación humana”. En
segundo lugar pasaremos a revisar su replanteamiento del “discurso
religioso” y su relación con el “discurso de la razón moderna”
(precisamente de esa razón que camina en búsqueda del ideal de una
razón comunicativa que haga posible la intercomunicación entre los
hombres).
La teoría del interés hasta 1981
Ya nos hemos referido anteriormente a ella. “El marco fundamental y más
abarcante de Habermas, que perdura a lo largo de toda su obra y
mantiene la continuidad en ella, es la distinción entre una dimensión
técnica y una dimensión comunicativa. La primera se caracteriza por la
relación entre sujeto y cosa; la dimensión comunicativa por la relación
entre sujetos” (Ureña, 183).
“En la obra anterior a 1981 encontramos dos concreciones terminológicas
del esquema de las dos dimensiones: la distinción entre interés técnico
e interés práctico del conocimiento”. “El resultado es una nueva teoría
del conocimiento inseparable de una teoría de la acción. Por eso, al
establecer y desarrollar la primera distinción, Habermas tiene también
que definir dos tipos de acción correlativos a los dos tipos del
conocimiento: la acción técnica y la acción comunicativa” (Ureña, 184).
La armonía y congruencia entre esas dos acciones, según el diagnóstico
de Habermas, no va a cumplirse en el capitalismo avanzado. La técnica
crecerá hasta ahogar las posibilidades de la acción comunicativa.
“Habermas distingue, a su vez, en una sociedad entre el “marco
institucional” o “mundo socio-cultural de la vida”, en el que domina la
acción comunicativa, y ciertos “subsistemas” en los que predomina la
acción técnica (concretamente: la acción económica y estatal). Con esta
nueva distinción caracteriza las sociedades de capitalismo avanzado
como aquellas en que la esfera estatal tecnificada [ … ] domina sobre
el marco institucional comunicativo; y en las que la ciencia y la
técnica ejercen el papel de ideología represora” (Ureña, 185).
“La dinámica originada en esa interrelación terminará en una crisis de
motivación, consistente en una contradicción insoluble entre la
dimensión comunicativa y la técnica” (Ureña, 185). Esta presión
destructora de la dimensión técnica sobre la comunicativa se manifiesta
en las sociedades de nuestro tiempo donde los ciudadanos no son capaces
ni siquiera de preguntarse por las grandes cuestiones morales y éticas
que lleven a promover el progreso hacia la justicia, la paz y la
solidaridad. El estado y la sociedad se convierten en un monstruo
tecnificado inexpugnable que absorbe al individuo al mismo tiempo que
lo narcotiza perversamente por el consumo, el entretenimiento y una
aparente libertad.
La teoría de la acción comunicativa en 1981
En una situación en que la dimensión técnica ahoga la dimensión
comunicativa, ¿será posible promover una acción que lleve la sociedad
hacia el cumplimiento del interés comunicativo? La obra aparecida en
1981, La Teoría de la Acción Comunicativa, trataba de responder a esta
pregunta. ¿Cómo es posible recuperar la intercomunicación humana en una
sociedad tecnificada y narcotizada?
“El gozne principal sobre el que gira la Teoría de la acción
comunicativa [ … ] es una tercera concreción terminológica de la
distinción entre dimensión técnica y dimensión comunicativa: la
distinción entre sistema (System) y mundo de la vida (Lebenswelt)”
(Ureña 186).
Esta distinción asume, clarifica y simplifica las terminologías
anteriores de Habermas. Todo se produce dentro del “sistema”: en una
sociedad de la ciencia y de la técnica, del mercado y del consumo, de
la organización absorbente del estado y de la burocracia administrativa
extrema. Pero los hombres absorbidos (y narcotizados) por el “sistema”
provienen (y en el fondo todavía están) en el “mundo de la vida”: es el
mundo de las tradiciones, de los valores, de la cultura, de los
sentidos, de las religiones, de la integración social, e incluso de las
filosofías e ideologías que están dando sentido a la vida de muchas
personas …
Habermas vuelve a concebir el problema fundamental de nuestra
sociedades como el de un conflicto estructural entre el mundo de la
vida y el mundo del sistema. El “sistema” ahoga la “vida”. Pero, ¿cómo
superar esta contradicción entre el sistema y el mundo de la vida?
La respuesta ofrecida por Habermas en 1981 parte de la admisión de que
el “sistema” tiene una racionalidad justificativa; por otra parte, el
“mundo de la vida” también la tiene. Por consiguiente, sólo se podrá
llegar a la armonía si ambas racionalidades son capaces de dialogar
para lograr la reconciliación. De esta manera la reflexión de Habermas
sobre la acción comunicativa se convierte en una teoría del lenguaje
que haga posible la “intercomunicación humana” entre sistema y mundo de
la vida.
“Si la teoría de la acción comunicativa “pone en el centro de su
interés al entendimiento lingüístico como mecanismo de coordinación de
las acciones”, la fundamentación lingüística de la teoría habermasiana
de la sociedad [ … ] ha de volver a ocupar aquí un puesto de honor. [ …
] Habermas muestra la equidignidad de las fundamentaciones racionales
en las dimensiones científico-técnica, moral y expresiva o estética:
todas ellas se levantan sobre pretensiones de validez universal
discursivamente fundamentables y criticables en diálogo con cualquier
potencial oponente” (Ureña, 189). Por tanto, sólo la sociedad
comunicativa puede hacer posible el diálogo. Pero sólo el diálogo puede
hacer posible el discurso sobre las racionalidades surgidas en la
historia para conducirlas a una eventual convergencia o reconciliación
(entre “sistema” y “mundo de la vida”).
Sin embargo, ¿quién debe dialogar? ¿Quiénes son sus protagonistas?
Hasta 1989 Habermas pensó que este diálogo no había sido posible (y por
ello la racionalidad técnica había crecido autonónomamente sin control
frente al mundo de la vida) porque las racionalidades dominantes en el
“mundo de la vida” respondían a las cosmovisiones religiosas antiguas,
incapaces de dialogar con la ciencia. Pero, para Habermas, las cosas
estaban cambiando con el nacimiento de la racionalidad moderna que, ya
al margen de lo religioso, que sería definitivamente arrinconado, haría
posible el diálogo.
Religión y diálogo intercultural como necesidad comunicativa
Dos textos habermasianos de 1972-74, citados por Ureña (182), muestran
cómo veía Habermas la religión es su primera época. “La religión ya ni
siquiera se puede considerar como una cosa privada”. “La evolución
hacia el ateísmo de masas apenas se puede negar ya empíricamente”.
Pero en la etapa de la evolución del pensamiento de Habermas (de 1989 a
1998), analizada por Ureña en el Epílogo a la segunda edición de su
libro, se nos presenta un giro sorprendente, sin duda producido por la
caída del imperio soviético, que conducirá a un replanteamiento de la
significación histórica de las culturas, de la religión, y del papel
necesario de estas en lograr el objetivo que ha animado siempre el
pensamiento habermasiano: llegar a una sociedad libre reconciliada por
la intercomunicación humana.
“Tras la caída del Imperio Soviético y el fin de una polarización del
mundo concebida en términos socio-políticos, los conflictos se definen
cada vez más en términos culturales, es decir: como el choque frontal
entre pueblos y culturas, marcados en su identidad por la oposición
tradicional de las religiones universales. En esta situación, los
europeos nos encontramos ante la tarea de lograr un entendimiento
intercultural entre el mundo del Islam y Occidente marcado por la
tradición judeo-cristiana”. “En la situación mundial actual apenas se
puede dudar de la capacidad de supervivencia de las religiones” (véanse
las citas de Habermas en Ureña, 182).
Esta tercera fase, de 1989 a 1998, “se caracteriza por un
desplazamiento del conflicto relevante desde la oposición entre las
dimensiones técnica y comunicativa a una oposición en el interior de
esta última: el enfrentamiento entre culturas diferentes” (Ureña, 190).
Y esto plantea un problema inmediato al proceso de entendimiento entre
“técnica” y “mundo de la vida”. ¿Cómo puede dialogar la cultura con la
técnica, si la cultura está desintegrada y en conflicto?
“Si la cultura es el primer componente del mundo de la vida, y hay
diferentes culturas encontradas, que se reproducen dentro de sus
propios mundos, ¿es posible seguir hablando del proceso de integración
social dentro de una sociedad multicultural o pluralista, o dentro de
la sociedad mundial? Si no es posible llegar a un entendimiento
intersubjetivo entre las diversas creencias mediante un discurso
racional, ¿dónde ha quedado la razón comunicativa? ¿dónde la acción
comunicativa?” (Ureña, 192).
¿Qué hacer? La respuesta de Habermas en un artículo de 1995, analizada
por Ureña, es modesta. “Este tipo de comunicación no podrá iniciarse si
antes no hay un entendimiento sobre presupuestos importantes para la
existencia de comunicación. Las partes han de renunciar a la imposición
de sus verdades de fe por medio de la violencia militar, estatal o
terrorista; han de reconocerse unas a otras, con total independencia de
la valoración mutua de sus tradiciones y formas de vida, como
consorcios con los mismos derechos; han de reconocerse también como
participantes activos en en un discurso en el que, en principio, cada
una de las partes puede aprender de la otra”. “La [ … ] voluntad de
comunicación sin límites surge de una visión moral, que precede a todo
lo que pueda descubrirse dentro de una comunicación existencial”
(Ureña, 193).
Generalización final del discurso comunicativo
Hasta 1989 Habermas parecía pensar: la reconciliación entre “sistema” y
“vida” se logrará cuando la vida supere la religión y esté dominada por
una razón secular triunfante. Entre 1989 y 1998 Habermas cambió de
perspectiva y pareció pensar: la vida está dominada por importantes
tradiciones cultural-religiosas que no van a desaparecer y que tienen
que dialogar entre sí, para después dialogar con el “sistema” (con la
razón técnica secular).
Pero, en su última etapa, tras el impacto del atentado de las Torres
Gemelas, parece haberse dado una generalización del discurso racional
que debe conducir a la intercomunicación humana: las tradiciones
religiosas deben dialogar entre sí, pero al mismo tiempo deben hacerlo
simultáneamente con la racionalidad técnica secular, ya que ninguna
racionalidad es autónoma pues las otras racionalidades pertenecen a la
“genealogía” de la propia racionalidad. Así la razón técnica secular no
puede entenderse sino desde la genealogía de la razón
metafísico-religiosa y ésta, a su vez, no puede hacerlo sino desde la
genealogía de la razón técnico-científica secular.
Ureña analiza el discurso de Habermas en la Paulskirche de Frankfurt,
titulado “Fe y Saber” y nos dice: “Podría decirse que el mensaje
central del discurso de la Paulskirche consiste en la llamada a una
cooperación entre creyentes y no-creyentes para traducir a un lenguaje
secularizado, a un lenguaje moderno, aquellos contenidos de las grandes
tradiciones religiosas que sean relevantes para una supervivencia
verdaderamente humana de nuestras sociedades occidentales
secularizadas, y que no hayan podido encontrar, al menos hasta ahora,
una traducción filosófica equivalente y sustitutoria” (Ureña, 198).
En el célebre coloquio
entre Habermas y el entonces Cardenal Ratzinger en la Katolische
Akademie de Munich, afirmó Habermas (citado por Ureña, 200), que “bajo
las condiciones de la secularización del saber, de un poder estatal
neutral y de una libertad religiosa generalizada” toda religión debe
renunciar a la pretensión de estructurar una forma de vida en su
totalidad, pero que, por otro lado, “la neutralidad cosmovisiva del
poder estatal, que garantiza a todo ciudadano las mismas libertades
éticas, es incompatible con la generalización política de una visión
secularista del mundo”.
El fundamento racional de esta última exigencia se basa en que las
grandes religiones universales están en los orígenes de la genealogía
de la razón: “La filosofía tiene razones para situarse frente a las
tradiciones religiosas en disposición de aprender”, ya que estas
últimas, y concretamente el cristianismo, pertenecen a los orígenes de
la genealogía de la razón”.
Ureña concluye citando (209) el párrafo conclusivo de la introducción
al último gran libro de Habermas (Entre Naturalismo y Religión, 2005).
Dice Habermas: “En este conflicto [entre “sistema” o razón técnica y
“vida”] yo defiendo la tesis de Hegel de que las grandes religiones
pertenecen a la historia de la razón misma. El pensamiento
postmetafísico [o sea, el de la razón técnica secular frente a la vida]
no se puede comprender a sí mismo si no incluye en la propia
genealogía, codo a codo con la metafísica, a las tradiciones
religiosas. Bajo esta premisa sería irracional dejar de lado aquellas
tradiciones “fuertes”, como si fuesen en cierta manera restos arcaicos,
en lugar de aclarar la relación interna que las une con las formas
modernas de pensamiento. Las tradiciones religiosas consiguen hasta el
día de hoy la articulación de una conciencia de aquello que nos falta.
Mantienen viva una sensibilidad para lo que no logramos conseguir, para
lo que se nos escapa. Protegen del olvido aquellas dimensiones de
nuestra convivencia social y personal en las que los progresos de la
racionalización cultural y social han causado todavía abismales
destrucciones. ¿Por qué no podrían encerrar esas tradiciones
potenciales semánticos todavía no descifrados que, si se transformasen
en un discurso fundamentado y se extrajese su contenido de verdad
profana, pueden desarrollar una fuerza inspiradora?”.
Conclusión: ciencia y religión en el discurso “comunicativo”
La gran inquietud de Habermas ha sido: ¿cómo conseguir que el dominio
del mundo guiado por la razón técnico-científica lo realice una
sociedad unida bajo la guía de una razón comunicativa que posibilite la
“comunión interhumana”?
En su larga evolución, Habermas ha construido una crítica de la
sociedad que ha denunciado diversos estados insatisfactorios de
comunicación (o mejor, de incomunicación) humana. Pero finalmente
Habermas ha trazado la lógica que nos debería llevar a la integración y
cohesión social: la apertura no dogmática y abierta al diálogo racional
intercultural-religioso, por una parte, y secular-religioso por otra.
¿Cómo conseguirlo?
La vía no es que la Religión trate de imponer su discurso. Pero tampoco
es que el “sistema” (el Estado), que debería ser neutro
ideológicamente, trate de imponer una metafísica secular. La sociedad
es libre y la nueva sociedad reconciliada – entre culturas, religiones
y razón técnico-científica moderna – sólo podrá surgir de un diálogo
racional profundo entre la tradición cultural del mundo de la vida y la
razón técnico-científica que se ha apropiado hasta ahora del “sistema”.
En ese diálogo comunicativo que conduzca al mutuo respeto y a la
integración social de diversas ideologías y confesiones, juega un papel
importante la confrontación de la ciencia con el pensamiento religioso.
Este es el sentido de las alusiones de Habermas a la razón “bioética” y
a la “razón religiosa” en el discurso de la Paulskirche. Para encauzar
este diálogo Habermas ha introducido también en su última etapa un
nuevo protagonismo de la sociedad civil que aquí no podemos ya exponer,
pero que puede seguirse, como recomendamos, con la lectura del libro de
Ureña que hemos comentado.
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