El cristianismo en sus comienzos. Tomo I. Jesús recordado
Primera parte. La fe y el Jesús histórico
Capítulo 3. El (re)despertar de la conciencia histórica

JAMES D. G. DUNN





RESUMEN

Aunque el inicio de la «búsqueda del Jesús histórico» suele situarse en la Ilustración (ca. 1650-1780) y el surgimiento de la modernidad, Dunn subraya que el interés por la investigación histórica y por la figura humana de Jesús comenzó mucho antes. Su punto de partida adecuado se encuentra en el Renacimiento (siglos XIV-XVI) y en la Reforma (siglo XVI).



3.1. El Renacimiento


El Renacimiento, iniciado en la Italia del siglo XIV con el reflorecer del estudio de la Antigüedad clásica impulsado por Petrarca, no inventó el interés por el pasado —que se remonta al menos a Heródoto y Tucídides—, pero sí inauguró una nueva fase de la conciencia histórica europeo-occidental. Su rasgo característico es la emergencia de una clara sensación del carácter pretérito y ajeno del pasado: este se siente no solo como distante del presente, sino como cualitativamente distinto. El redescubrimiento de los clásicos griegos en su lengua original hizo evidente que las costumbres, instituciones y concepciones de la Antigüedad no coincidían con las del presente, y que para entender los textos antiguos había que reconocer y tener en cuenta esos cambios.

De esta exigencia nacieron dos disciplinas nuevas: la filología histórica, que estudia las palabras según el uso de su época, y la crítica textual, que compara manuscritos variantes, corrige errores y reconstruye el texto original. Con ellas se formuló el primer principio hermenéutico moderno: los textos históricos deben leerse ante todo como textos históricos, situados en su marco y leídos según las reglas gramaticales de su tiempo. Aplicando este principio, Lorenzo Valla pudo demostrar la falsedad de la «Donación de Constantino», considerada hoy de común acuerdo una falsificación del siglo VIII.

Estas mismas preocupaciones impulsaron el primer gran avance en el estudio del Nuevo Testamento: el reconocimiento de que bajo la Vulgata latina —de reinado milenario— subyacían textos hebreos y griegos originales. De ahí surgió la edición erasmiana del Nuevo Testamento griego (1516), de la que derivan todos los estudios modernos occidentales sobre esta parte de la Biblia. Dunn recuerda la deuda permanente del estudioso actual con aquellos humanistas: leemos los textos antiguos «subidos a hombros de gigantes».



3.2. La Reforma


Históricamente, la Reforma prolonga el Renacimiento sin solución de continuidad, pero teológicamente marca una segunda fase del desarrollo de la conciencia histórica en el cristianismo occidental. Los Reformadores creían que la Iglesia occidental había cambiado desde los tiempos apostólicos y patrísticos, y que ese cambio había ido más allá de lo que el Nuevo Testamento, los Apóstoles y los Padres podían legitimar; reconocer esa diferencia entre pasado y presente era para ellos fundamento de su crítica a Roma. La Reforma Radical llevó esta lógica más lejos al intentar volver a la pureza original; la Contrarreforma admitió, a su modo, el semper reformanda. El siglo XVI reconoce así que la tradición eclesial puede necesitar corrección y que el pasado puede servir de criterio para juzgar el presente.

El debate giró en torno a la autoridad del canon neotestamentario y al modo en que esa autoridad debía funcionar. Ya en 1496 John Colet, en Oxford, había anticipado el paradigma de la Reforma al sostener que el texto debía explicarse en su sensus literalis. Lutero insistió en el sentido llano o histórico y rechazó la alegorización medieval; Calvino, todavía menos tolerante con la alegoría, fijó este criterio en sus comentarios bíblicos. Surge así el segundo principio hermenéutico moderno —perfeccionamiento del primero—: primacía del sentido llano del texto, entendiendo que ese «sentido llano» puede incluir alegoría o símbolo cuando el texto mismo es claramente alegórico o simbólico.

De este principio se derivaron dos corolarios decisivos. El primero, frente a Roma: la transparencia del Nuevo Testamento, que se interpreta a sí mismo (sui ipsius interpres) cuando se lee en su sentido llano, sin necesidad del magisterio. El segundo, de incalculable repercusión cultural: la traducción de la Biblia a las lenguas vernáculas, difundida por la imprenta recién inventada. Las Biblias de Lutero y de Tyndale —antecedente esta última de la King James— moldearon el alemán y el inglés modernos, y la traducción se reveló como un puente hermenéutico entre pasado y presente que excedía con mucho lo estrictamente confesional.



3.3. Percepciones de Jesús


¿Qué consecuencias tuvo todo esto en la percepción de Jesús? Sorprendentemente, no muchas. Cabría esperar que el Renacimiento hubiera reavivado el interés por la humanidad real de Jesús, oscurecida por el énfasis tradicional en su divinidad y por imágenes como la del Pantocrátor bizantino. Pero ya en la baja Edad Media existía en Occidente una corriente de espiritualidad atenta a la humanidad y los sufrimientos de Cristo, impulsada desde el siglo XIII por la influencia de san Francisco de Asís y la piedad franciscana, que aportaron «un nuevo realismo» a la pintura y la poesía.

Esa transición artística se aprecia en el Crucifijo de Cimabue, en cuya intensidad emotiva ya se reconoce a un hombre que padeció de verdad —frente al Christus triumphans altomedieval—, y culmina en el realismo brutal del retablo de Isenheim de Grünewald (1516), que muestra la carne flagelada y el horror de la crucifixión. Dunn destaca una coincidencia significativa: Grünewald terminó su retablo y Erasmo publicó su Nuevo Testamento griego el mismo año (1516), justo el anterior a las tesis de Lutero (1517).

La crítica renacentista del presente a la luz del pasado planteó la cuestión de qué pretendía realmente Jesús respecto a la Iglesia, intensificando la tensión entre historia y fe tradicional, aunque sin convertirse aún en antagonismo. Los Reformadores reaccionaban contra los abusos eclesiásticos, no contra la fe ni la cristología tradicionales: les era importante reafirmar los dogmas centrales sobre Jesús, e incluso se mostraron más vehementes que los católicos contra la negación sociniana de su naturaleza divina. Cualquier menoscabo de la cristología clásica habría sido percibido por ellos no como reforma, sino como amenaza a la existencia misma del cristianismo.


La verdadera confrontación entre fe e historia estaba por llegar.