El
cristianismo en sus comienzos. Tomo I. Jesús recordado
Primera parte. La fe y el Jesús histórico
Capítulo 4. El alejamiento del dogma
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
La
tensión entre fe e historia se polarizó con la Ilustración (ca.
1650-1780),
época que la mayoría de los especialistas sitúa como inicio de la
«búsqueda del
Jesús histórico». Este capítulo recorre las fases en que los
protagonistas de
esa búsqueda procuraron, en mayor o menor medida, distanciarse de las
afirmaciones tradicionales de la fe. No se pretende un análisis
exhaustivo,
sino señalar los hitos más significativos y de continua pertinencia
para los
interesados en proseguir la investigación.
4.1. La
Ilustración y la modernidad
a.
Crítica científica
La
Ilustración designa el período en que los intelectuales de Occidente
comenzaron
a liberarse de la sumisión del saber a la autoridad y la tradición. El
caso de
Galileo, juzgado por herejía en 1633 por defender la doctrina
copernicana, se
convirtió en arquetipo de la hegemonía teológica que se había vuelto
intolerable. La base filosófica la aportó Descartes (1596-1650) con su
modelo
de razonamiento analítico: toda idea debe someterse a duda sistemática
hasta
llegar a una evidencia («Cogito, ergo sum»).
Con
la Ilustración nacen la ciencia moderna y el método científico: la
información
sobre el mundo no se deriva de la Biblia ni de la autoridad de la
Iglesia, sino
del mundo mismo, mediante observación y experimentos repetibles.
Influidos por
este nuevo paradigma, biblistas y teólogos siguieron la misma lógica.
Surgió la
«crítica científica», cuya misión era evaluar los documentos del pasado
a la
luz del conocimiento moderno, libre de supersticiones primitivas.
Apareció así
un tercer modelo de estudio del Jesús del pasado: el modelo de la
investigación
científica.
b. La
historia científica
La
«modernidad» coincide en lo conceptual con la Ilustración, aunque se
prolonga
hasta los años sesenta del siglo XX. Su efecto más duradero para la
búsqueda
del Jesús histórico fue la aplicación del paradigma científico a la
historia.
La historia misma fue redefinida como ciencia, con hipótesis y leyes
análogas a
las de las ciencias físicas. Hasta el siglo XIX no surgió plenamente el
método
histórico como herramienta para reconstruir el pasado. Leopold von
Ranke se
convirtió en el modelo del historiador, con su famosa fórmula de
escribir la
historia «como realmente fue» (wie es eigentlich gewesen ist).
Estrictamente
hablando, la búsqueda del Jesús histórico no comenzó hasta el siglo
XIX, cuando
el método histórico se convirtió en instrumento para llegar, a través
del
Cristo del dogma, al Jesús original. El método histórico-crítico se
transformó
en el procedimiento dominante durante ciento cincuenta años. Sus
supuestos
hermenéuticos, sin embargo, mostraron ser su talón de Aquiles:
1)
Existe en la historia una objetividad que permite
tratarla como las
ciencias naturales (positivismo): los hechos históricos son objetos
descubribles.
2)
El historiador puede ser completamente imparcial
y objetivo, evitando
juicios de valor (historicismo).
3)
La razón humana es suficiente para calibrar lo
verdadero y lo falso,
suposición vinculada al creciente secularismo de la modernidad.
4)
Tras Newton, se concebía el cosmos como una
intrincada máquina sujeta a
leyes inmutables, un sistema cerrado de causa y efecto en el que no
había lugar
para la intervención divina.
Estas
suposiciones impregnaron todo el pensamiento del siglo XIX y siguen
influyendo
soterradamente en la cultura intelectual popular. Conviene recordar, no
obstante, que la conciencia histórica occidental se remonta al
Renacimiento,
dos o tres siglos antes de la Ilustración. Queda abierta la cuestión de
si un
concepto viable de método histórico puede salvarse de las anteojeras
historicistas y positivistas.
4.2. La
revelación y los milagros, relegados
Las
conclusiones más dramáticas surgieron al aplicar la crítica científica
a los
conceptos fundamentales de revelación y milagro. Si antes la razón
había
permanecido pasiva ante esas afirmaciones, ahora se invertían las
tornas: las
afirmaciones sobre revelación y milagros quedaban sometidas al juicio
de la
razón. El primer cuestionamiento serio de los milagros bíblicos provino
de
Spinoza (1632-1677); el primer ataque contra las ideas tradicionales
sobre
Jesús, de los deístas ingleses, en particular Thomas Chubb (1679-1747).
Pero
los textos clásicos son los de Hermann Reimarus (1694-1768), publicado
póstumamente, y David Friedrich Strauss (1808-1874), cuya Vida de Jesús
destruyó su carrera académica.
En
ambos casos, las suposiciones hermenéuticas produjeron un doble
criterio para
evaluar el valor histórico de los evangelios: contradicción y
coherencia.
Cuando los textos parecían contradecir otros textos o las leyes
universales
conocidas, lo referido debía considerarse no histórico.
Reimarus
Trabajaba
además con un criterio de necesidad: una verdadera revelación debía
contener
conocimiento no alcanzable por la razón natural. Reimarus fue el
primero en
establecer una separación sistemática entre Jesús y sus discípulos. La
muerte
de Jesús como salvador que sufre por la humanidad contradecía su
intención y
debía considerarse una invención posterior. La intención del propio
Jesús
habría sido «despertar a los judíos a la esperanza de un Mesías
terreno»; su
muerte supuso la frustración de esa esperanza. Su análisis de las
contradicciones en los relatos de la resurrección raramente ha tenido
parangón
en la crítica posterior. Los milagros no probaban nada: el origen y
expansión
del cristianismo se explicarían por causas naturales (el fraude de los
apóstoles
para mantener su éxito anterior).
Reimarus
inauguró un cuestionamiento sistemático: ¿cuál era el objetivo de
Jesús, si
distinto del que las posteriores afirmaciones cristianas le
atribuyeron? ¿Era
Jesús de Nazaret una figura totalmente distinta de la descrita en los
evangelios? Después de Reimarus, cualquier armonización ingenua de los
evangelios resultaba simplemente increíble.
Las
racionalizaciones intermedias
Entre
Reimarus y Strauss, los milagros se convirtieron en el centro del
interés. Hubo
varios intentos racionalistas de salvar la historicidad de los relatos:
las
contradicciones se explicaban postulando diferentes acontecimientos;
los
elementos sobrenaturales se aligeraban (curaciones graduales, no
instantáneas);
o se daban explicaciones naturales (la tormenta cesó al doblar un cabo,
Jesús
caminaba sobre tierra cercana, los esenios habían depositado los panes
en una
cueva, etc.). Estas racionalizaciones no eran expresiones de
incredulidad sino,
paradójicamente, intentos de mantener la fe en un mundo donde la
ciencia se
imponía como paradigma.
Strauss
y la categoría de mito
Strauss
aceptó la imposibilidad de los milagros, pero observó agudamente que
las
explicaciones racionalistas se apartaban del texto sin hacerlo más
creíble, y
que eliminar el milagro suprimía el sentido del relato. En vez de
explicar el
suceso subyacente, había que explicar antes cómo había surgido el
texto. Su
solución se condensa en la palabra mito: expresión de una idea, en este
caso la
idea que los primeros cristianos tenían de Cristo. La narración nace de
la
idea, no al revés. Distinguió mitos históricos (desarrollos sobre un
acontecimiento real, como el bautismo de Jesús) y mitos puros (sin
correspondencia histórica, como la transfiguración, desarrollada a
partir de la
idea de un nuevo Moisés). Detrás de todo está la noción mesiánica que
de Jesús
tenían sus discípulos.
Tres
puntos merecen destacarse de Strauss. Primero, fue el primero en
subrayar la
importancia de reconocer la intención del texto (narrar un milagro)
antes de
indagar el acontecimiento subyacente. Segundo, su obra puso de
manifiesto el
embarazo de los creyentes ilustrados ante los milagros: durante los
siguientes
cien años apenas tendrían papel en la búsqueda. Tercero, ni Reimarus ni
Strauss
llegaron a una historia objetiva, sino a ideologías diferentes
(racionalismo e
idealismo respectivamente). Esto recuerda que la crítica erudita nunca
es
bastante crítica si no es también autocrítica.
4.3. El
Jesús liberal
El
enaltecimiento de la razón por el racionalismo ilustrado tenía que
producir una
reacción. Existe también el conocimiento por apertura y relación
personal, el
conocimiento del corazón. Como dijo Pascal, «el corazón tiene razones
que la
razón no conoce». El pietismo alemán y el despertar evangélico inglés
(Wesley)
ya destacaban la experiencia religiosa. Pero la reacción plena llegó
con el
Romanticismo: nueva importancia de la emoción interna como fuente de
inspiración; el sentimiento como acceso inmediato a la realidad.
Schleiermacher, considerado fundador de la hermenéutica moderna,
formuló el
principio de entrar empáticamente en la experiencia creadora del autor.
El
Romanticismo entró en la teología a través del propio Schleiermacher.
En Sobre
la religión (1799) presentó la religión como «la suma de todos los
sentimientos
elevados», y en Die Glaubenslehre (1821-22) la explicó desde «el
sentimiento de
dependencia absoluta». Describió a Jesús como la realización histórica
del
hombre ideal, distinto de los demás solo por «el poder constante de su
conciencia de Dios». Surgió así el «protestantismo liberal», que pasaba
de la
religión sobre Jesús a la religión de Jesús, centrándose en su
personalidad
religiosa y su «vida interior».
La
otra gran influencia liberal vino de Kant: el campo propio de la
religión no
era la metafísica sino la moral; el imperativo categórico permitió
postular un
Ser que lo arreglaría todo al final. La obra de Ritschl se describiría
como «la
teología de los valores morales». La teoría darwiniana reforzó la idea
de
evolución hacia formas superiores, con corolarios como el laissez faire
económico, el sentido de superioridad moral imperialista y la confianza
optimista expresada en la fórmula de Coué: «Cada día, en cada aspecto,
soy
mejor y mejor».
Renan y
Harnack
La
Vida de Jesús de Ernest Renan (1863) fue la primera vida liberal
publicada, la
primera católica y un éxito editorial sin precedentes (61 ediciones,
traducciones a múltiples idiomas). En prosa más seductora que
argumentativa,
Renan presentó a Jesús como aquel en quien «se dio el más alto grado de
conciencia de Dios jamás existente»; el creador de la hermandad
universal, de
un culto puro sin sacerdotes, basado en los sentimientos del corazón.
Hacia
el final del auge liberal llegó la contribución más influyente: las
lecciones
de Adolf Harnack en Berlín al final del siglo XIX, publicadas como Das
Wesen
des Christentums (1900). Harnack volvió la espalda al Cristo del dogma.
La
esencia del cristianismo era el evangelio que Jesús mismo había
predicado: la
paternidad de Dios, el valor infinito del alma humana y el mandamiento
del
amor; popularizado como «la paternidad de Dios y la hermandad de los
hombres».
«La verdadera fe en Jesús no es cuestión de ortodoxia credal, sino de
obrar
como él».
¿El
resultado? Un Jesús como maestro de moral intemporal, como buen
ejemplo, como
primer cristiano más que como Cristo. Un alejamiento del Cristo del
dogma. No
conviene censurar sin más esta concentración moral: el mismo interés
acabó con
el comercio de esclavos e impulsó reformas sociales, aunque el liberal
individualismo apenas influyó en el laissez faire económico ni en la
arrogancia
imperialista. El gran logro de los liberales fue su preocupación por
construir
un discurso con sentido para su tiempo. El problema fue permitir que el
espíritu de la época impusiera no solo el lenguaje, sino también el
programa.
4.4.
Las fuentes para la reconstrucción crítica de la vida de Jesús
La
erudición liberal se aplicó intensamente a los evangelios, las únicas
fuentes
posibles. Pero ¿qué clase de fuentes eran? ¿Igualmente fiables? Hasta
el siglo
XIX se les daba a los cuatro un valor similar y se intentaba
armonizarlos.
Estudios posteriores obligaron a revisar esta idea.
a. El
evangelio de Juan
Aún
en 1832 Schleiermacher utilizó Juan como fuente principal. Pero ya
entonces su
fiabilidad como fuente histórica había quedado minada. Strauss había
cuestionado la autenticidad de los discursos joánicos. En 1847, F. C.
Baur
sostuvo con poderosos argumentos que el cuarto evangelio nunca había
sido
pensado como relato «estrictamente histórico». La conclusión
inevitable: Juan
está mucho más determinado por la teología que por fines históricos. En
el
siglo siguiente, el carácter teológico y no histórico de Juan se
convirtió casi
en axioma. Como los milagros, aunque no tan tajantemente, el cuarto
evangelio
quedó fuera de la búsqueda.
b. La
hipótesis de los dos documentos
Con
Juan excluido, la atención se centró en los tres sinópticos. Sus
considerables
coincidencias permitían el estudio en paralelo (de ahí «sinópticos» y
«sinopsis»). Desde antiguo se asumía que el orden canónico era el
histórico.
Pero el estudio minucioso llevó a una conclusión trascendental: en la
base de
los sinópticos hay no una, sino dos fuentes primarias. Marcos era el
más
antiguo y fue utilizado por Mateo y Lucas; estos además se sirvieron de
una
segunda fuente, principalmente de dichos, denominada Q (de Quelle,
«fuente»).
Heinrich Julius Holtzmann estableció firmemente esta teoría en 1863.
Para los
lectores anglófonos, B. H. Streeter (1924) fue la referencia.
La
prioridad de Marcos se sustenta en tres realidades: 1) la mayor parte
del
material de Marcos aparece en Mateo y Lucas (solo 30 versículos no se
encuentran en los otros dos); 2) cuando se comparan los tres, el orden
marcano
siempre parece primario; 3) la forma marcana de los episodios parece
más
primitiva. La existencia de Q se apoya en: 1) unos 200 versículos
sustancialmente iguales en Mateo y Lucas, incluidos «duplicados» o
«dobletes»;
2) en Mateo el material de Q se agrupa en discursos compuestos,
mientras que en
Lucas se reparte a lo largo del evangelio (lo que difícilmente se
explica si
Lucas usara Mateo).
La
aparición de la teoría de las dos fuentes no fue casual: respondía en
gran
parte al desafío de Strauss y permitía rodear sus objeciones sobre los
milagros. Identificar a Marcos como primer evangelio eludía las
críticas de
contradicción, y Q aparecía como una fuente primitiva compuesta
exclusivamente
de dichos: una base óptima para presentar a Jesús como maestro de ética
intemporal, soslayando el problema de los milagros. El hecho de que Q
no
parezca contener un relato de la muerte atenuaba además la pregunta
sobre una
posible teología de la expiación. Sin embargo, reintroducía aumentada
la
cuestión de Reimarus: ¿no transformó el énfasis posterior en la cruz el
sencillo mensaje ético de Jesús en una religión de redención?
La
prioridad marcana, junto con el testimonio de Papías sobre Marcos como
«intérprete» de Pedro, llevó a considerar este evangelio como relato
cronológico básico del ministerio. La narración marcana de una
«primavera
galilea» seguida por las sombras de la cruz se convirtió en patrón
normativo de
las vidas liberales de Jesús. Aunque pronto fue cuestionado tal uso, la
prioridad marcana en sí misma sigue siendo un gran logro de la
investigación.
4.5. El
fracaso de la búsqueda liberal
La
idea de que la crítica histórica estaba descubriendo un Jesús atractivo
para la
sensibilidad liberal fue echada por tierra entre el final del siglo XIX
y el
inicio del XX. Tres causas explican el fracaso.
a.
Vuelve la escatología
El
protestantismo liberal había entendido el reino de Dios en clave
puramente
ética. Para Ritschl, el reino consistía en la comunidad ética de los
creyentes;
misión histórica de Jesús era «traerlo» a la tierra y tarea de los
discípulos
extenderlo. Quien rompió esta visión optimista fue Johannes Weiss
(irónicamente, yerno de Ritschl) en 1892. Las palabras de Jesús sobre
el reino
debían entenderse desde la apocalíptica judía intertestamentaria: el
reino era
ultramundano, no realizable por medios humanos, completamente
dependiente de la
intervención divina; era escatológico (no una sociedad ética sino el
fin del
orden presente) y futuro, no presente. Jesús anunciaba el reino como un
acontecimiento que Dios produciría en un futuro próximo.
Albert
Schweitzer llevó la escatología aún más lejos: era la clave de todo el
ministerio de Jesús. A su entender, Jesús estaba fanáticamente
convencido de
que se acercaba el fin, y avanzado su ministerio creyó ser el agente de
ese
fin, cuya muerte provocaría la intervención divina. Su famoso pasaje:
«Jesús...
agarra la rueda del mundo... pero no gira, y Jesús se lanza sobre ella.
Entonces la rueda comienza a moverse y lo aplasta. En vez de producir
las
condiciones escatológicas, Él las ha destruido». Aunque Schweitzer
omitió el
pasaje en ediciones posteriores, su impacto entre los lectores ingleses
fue
enorme.
La
cuestión decisiva era: ¿quién querría seguir a un profeta apocalíptico
fracasado? Ni Weiss ni Schweitzer tenían respuesta convincente. Más
relevante
aún: «El Jesús histórico será para nuestra época un extraño y un
enigma». Los
buscadores liberales habían ofrecido un Jesús a su imagen, lo habían
modernizado. Como observó William Temple sarcásticamente: «Por qué
alguien
había de molestarse en crucificar al Cristo del protestantismo liberal
ha sido
siempre un misterio».
b.
¡Vuelve la fe!
El
segundo obstáculo fue el resurgimiento de la fe. Martin Kähler (1892)
distinguió entre Historie (los simples datos) y Geschichte (la historia
con su
significación). El Cristo de la Biblia es Jesús visto en su
significación; no
hay un Jesús subyacente carente de significado al que se pueda llegar
eliminando capas de interpretación. La imagen de los evangelios está
toda ella
impregnada de interpretación. Los buscadores estaban de hecho usando un
quinto
evangelio, el de su propia imaginación. La búsqueda era un callejón sin
salida.
Wilhelm
Wrede planteó una objeción complementaria: los evangelios no
presentaban a
Jesús como realmente había sido, sino como sus discípulos lo vieron
después. Su
estudio del «secreto mesiánico» en los sinópticos concluyó que se
trataba de un
motivo teológico introducido por Marcos para explicar por qué la
mesianidad de
Jesús no había sido reconocida. Por tanto, también los sinópticos eran
documentos teológicos, no relatos históricos directos. Esta visión
devino casi
axiomática en el siglo XX y fue grave impedimento para una renovada
búsqueda.
La
respuesta de Schweitzer a Wrede merece destacarse: la presencia de
influencia
dogmática en las narraciones no implica necesariamente teologización
cristiana
posterior; la fe, la teología o el dogma podrían haber sido del mismo
Jesús.
Donde Wrede dijo «dogmático y, por consiguiente, no histórico», la
escuela
escatológica replicó «dogmático y, por consiguiente, histórico». Esta
percepción complementa la de Kähler de modo decisivo.
c. El
golpe de gracia
El
golpe más devastador lo asestó la Gran Guerra (1914-1918). El
hundimiento de
naciones europeas cultas en el horror del Somme y Passchendaele dejó al
liberalismo en entredicho y arruinó su programa para la nueva
generación. La
feroz brutalidad humana tuvo un efecto deletéreo sobre el optimismo
liberal
acerca de la evolución moral. La respuesta teológica posterior llegó en
términos muy distintos: la nueva ortodoxia de Barth y el «decisionismo»
existencialista de Bultmann. Ninguno de los dos estaba especialmente
interesado
en sumarse a la búsqueda.
4.6.
Jesús desde una perspectiva sociológica
Los
cuarenta años posteriores al inicio de la Primera Guerra fueron un
tiempo de
marasmo en la investigación sobre la vida de Jesús. Pero desde mediados
de los
años setenta del siglo XX, los planteamientos de la antigua búsqueda
liberal
volvieron a reafirmarse, en dos formas. Una de ellas fue la perspectiva
sociológica, que tenía precedentes en la escuela de la historia de las
religiones de comienzos del siglo XX y en escritos marxistas tempranos
(Kautsky), pero que solo alcanzó la mayoría de edad con el arraigo de
las
ciencias sociales en las universidades y el surgimiento de la teología
de la
liberación.
a. Gerd
Theissen
Theissen
realizó el primer intento eficaz de estudiar el NT desde una
perspectiva
sociológica. La tradición de los dichos —según él— se caracteriza por
un
radicalismo ético que aflora en la renuncia a casa, familia y
posesiones. En su
sociología del movimiento de Jesús (1977) sostuvo que «Jesús no fundó
primariamente comunidades locales, sino un movimiento de carismáticos
ambulantes», y que las comunidades locales solo se entienden por su
relación
complementaria con esos itinerantes. Sus paralelos más próximos eran
los
filósofos cínicos y los predicadores itinerantes.
Su
reconstrucción es vulnerable a la crítica: confiere papel definitorio a
los
pasajes sobre la misión (Mc 6,6-13 par.), interpreta demasiado
literalmente la
retórica del coste del discipulado, y su énfasis en los itinerantes
parece
deber más a una concepción romántica de los poetas vagantes que a una
sólida
sociología de la tradición. Pese a ello, su influencia ha sido amplia,
especialmente en el Jesús neoliberal.
b.
Richard Horsley
Horsley
protesta enérgicamente contra la despolitización de Jesús y los
presupuestos
teológicos que separan tajantemente «religión» y «política». Jesús
pertenecía a
la tradición de profetas políticos como Elías y Eliseo, y fue ejecutado
como
agitador. El reino de Dios no es el fin del mundo, sino «metáfora
política» de
la restauración de la sociedad y la transformación de la vida social.
Jesús
buscaba la renovación de Israel, plasmada en patrones concretos de
relación
social: comunidades locales no patriarcales (Mc 3,35), sin jerarquía
(Mt
23,8-9), con responsabilidad económica recíproca («perdónanos nuestras
deudas»), amor incluso a los enemigos, resolución de conflictos sin
tribunales
(Mt 18,15-22), independencia del templo (Mt 17,24-27) y del tributo a
Roma (Mc
12,17). «Al parecer, el reino de Dios no necesitaba una hierocracia ni
un
sistema creado a partir del templo».
Su
utopismo igualitario es atractivo, y su tesis tiene base más sólida que
la de
Theissen, pero plantea la pregunta inevitable: ¿no proyecta Horsley sus
propias
prioridades en Jesús, como hicieron los liberales? Mantiene ambigüedad
sobre la
futura venida y el juicio final, y se abstiene de afrontar el problema
de la
transición a la misión paulina. Aun así, su advertencia de no abstraer
la
enseñanza de Jesús del contexto religioso, social y político de su
tiempo
merece ser escuchada.
4.7.
Llega el Jesús neoliberal
Uno
de los hechos más sorprendentes de la investigación reciente es que,
tras
setenta años de silencio, el viejo Jesús liberal ha renacido. Esta
recuperación
tuvo lugar sobre todo en Norteamérica, donde la separación entre
Iglesia y
Estado ha propiciado un individualismo liberal académico que tiende a
perpetuarse. El resurgir presenta peculiaridades reconocibles:
alejamiento del
dogma, confianza en nuevas fuentes, centramiento en la enseñanza de
Jesús, y
supresión —de nuevo— de los rasgos apocalípticos.
El
alejamiento radical del dogma
Robert
Funk no oculta su intención de organizar «un ataque frontal contra un
analfabetismo religioso generalizado». Considera axiomática la
distinción entre
el Jesús de la historia y el Cristo de la fe; el Seminario de Jesús que
él
fundó busca liberar al Jesús real no solo del Cristo de los credos,
sino
también del Jesús de los evangelios. Paul Hollenbach busca al Jesús de
la
historia «para derruir, no simplemente corregir, el error llamado
cristianismo». El equivalente alemán es Gerd Lüdemann.
La
búsqueda de nuevas fuentes (Crossan, Koester)
J.
D. Crossan ha sido el defensor más audaz de las nuevas fuentes:
presenta nada
menos que 52, de las que tres serían principales y datables entre 30-60
d.C.:
1) el Evangelio de Tomás, en su estrato más temprano (hacia 50 d.C.),
independiente de Q; 2) Q misma, dividida en tres estratos (sapiencial,
apocalíptico, introductorio); 3) un «Evangelio de la Cruz» reconstruido
a
partir del Evangelio de Pedro. Más fiable es Helmut Koester, que llega
a
conclusiones similares sobre Tomás y Q pero rechaza la hipótesis del
Evangelio
de la Cruz.
El
Jesús no escatológico
Marcus
Borg ha sido el promotor más constante de un Jesús no escatológico: las
amenazas de los sinópticos solo se refieren a la destrucción de
Jerusalén, y
los dichos sobre la venida del Hijo del hombre son desarrollos
cristianos
posteriores. Funk lo formula como uno de los «pilares» de la
investigación
contemporánea: la liberación del Jesús no escatológico de los aforismos
del
Jesús apocalíptico schweitzeriano. La tesis de un primer estrato
sapiencial de
Q (Kloppenborg) ha intensificado esta tendencia. Hasta Tom Wright,
crítico del
Seminario de Jesús, comparte la crítica a Schweitzer: el lenguaje
apocalíptico
debe entenderse metafóricamente, en referencia a acontecimientos
históricos y
políticos, no a un fin literal del universo.
Las
imágenes resultantes
Las
imágenes son fascinantes: Jesús como «espíritu libre», «sabio
vagabundo»,
«sabio subversivo», «subversor del mundo cotidiano» (Funk); Jesús
teólogo de la
liberación; Jesús como cínico judío del medio rural (Mack, Vaage); o,
en
versión más cuidada, el Jesús de Crossan que predica un «igualitarismo
radical»
y «el reino de Dios sin intermediarios». Borg presenta a Jesús como
hombre del
Espíritu, sanador, maestro de sabiduría, profeta social e iniciador de
un
movimiento. No es ya el catequista decimonónico, sino un Jesús
imaginable en
una sala de profesores universitarios, con sus aforismos perturbadores
y su
retórica provocativa.
Reaparece
la pregunta nefasta para el Jesús liberal del siglo XIX: ¿no será el
Jesús
neoliberal una construcción que retrotrae al siglo I los ideales y
aspiraciones
del siglo XX? La sarcástica pregunta de Temple resuena: ¿por qué
alguien se
habría tomado la molestia de crucificar al Cristo del neoliberalismo?
Aportaciones
reales
Más
cuestionable es la confianza de Crossan en la estratificación de sus
fuentes;
pero el descubrimiento del Evangelio de Tomás tiene una significación
innegable: por primera vez disponemos de un evangelio de dichos
completo, lo
que da credibilidad a la hipótesis Q como nunca tuvo antes. La llamada
(formulada inicialmente por Wrede) a investigar los orígenes del
cristianismo
prescindiendo del canon merece ahora más atención. La recuperación del
Jesús no
apocalíptico, en cambio, debe afrontar la crítica de petición de
principio, y,
sobre todo, la pérdida del criterio de Schweitzer: el Jesús histórico
ha de ser
para nuestro tiempo un extraño y un enigma. Una vez más, Jesús ha sido
modernizado o, mejor, posmodernizado.
4.8.
Conclusiones
El
alejamiento del dogma deja una serie de puntos para futuro examen:
•
La magnitud de la distancia entre Jesús y sus
seguidores, Pablo en
particular (Reimarus, Harnack).
•
El problema de los milagros y la importancia de
tomar en serio la intención
de los relatos (Strauss).
•
La necesidad de confrontar la tradición con sus
fuentes originales y de
recuperar esas fuentes (liberales y neoliberales).
•
La importancia de la relación experiencial entre
intérprete y texto
(Schleiermacher) y el resultado ético de las creencias (liberales).
•
El peligro de modernizar a Jesús y de no
reconocer su alteridad, en
particular respecto a su predicación escatológica (Schweitzer).
•
La conveniencia de reconocer el papel
significativo de la fe en la
configuración de la tradición desde sus primeras etapas (Kähler).
•
La necesidad de tener en cuenta el contexto
social y político de Jesús y de
su movimiento (Theissen, Horsley).
•
La exigencia de extender la búsqueda de fuentes
para la enseñanza de Jesús
más allá de los límites del canon (Koester, Crossan).
Y
todo esto es solo un lado de la historia.
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