El cristianismo en sus comienzos. Tomo I. Jesús recordado
Primera parte. La fe y el Jesús histórico
Capítulo 5. El alejamiento de la historia
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
La
búsqueda del Jesús histórico ha estado marcada por la tensión entre fe e
historia. En el capítulo anterior se mostró cómo, inicialmente, la fe se
concebía como dogma —una capa sofocante que separaba el presente del pasado— y
la historia se veía como la gran libertadora: una cuidadosa investigación
permitiría desencerrar al Jesús real. Pero hay otro lado de la tensión. La
historia no ha sido vista siempre como una fuerza positiva, y la pregunta sobre
qué puede hacer realmente la investigación histórica ha sido demasiado poco
planteada. Este capítulo recorre las fases en que distintos autores
reaccionaron contra la búsqueda procurando distanciarse de los nuevos
planteamientos históricos.
5.1. El
método histórico-crítico
Dos
figuras formularon con particular claridad los principios y consecuencias del
método histórico-crítico: Lessing y Troeltsch.
Gotthold
Lessing (1729-1781)
Como
editor de los fragmentos de Reimarus, Lessing intentó afrontar el reto a un
nivel más profundo. En su panfleto Sobre la prueba del espíritu y de la fuerza
(1777) distinguió entre las noticias de los acontecimientos milagrosos y los
acontecimientos mismos, estableciendo así una división entre fe e historia.
Diferenció dos clases de verdades: las verdades religiosas o «necesarias de la
razón» (innatas, evidentes, necesarias) y las verdades históricas
(contingentes, accidentales, siempre dudosas, pues el historiador solo cuenta
con probabilidades). De ahí su famoso aforismo: «Las verdades accidentales de
la historia no pueden convertirse nunca en la prueba de las verdades necesarias
de la razón». Surge así el «feo, ancho tajo» que separa la inseguridad histórica
de la certeza racional. En otros términos: es imposible «probar» la fe desde la
historia.
Ernst
Troeltsch
A
finales del siglo XIX, Troeltsch planteó el problema con la mayor agudeza,
identificando tres características del método histórico:
1)
Probabilidad: la verdad histórica nunca es más que probable, nunca cierta.
2)
Analogía: el pasado debe entenderse como análogo al presente; las leyes de
la naturaleza operaban entonces como ahora; los seres humanos eran inteligibles
desde nuestra propia experiencia.
3)
Correlación: todos los acontecimientos están interconectados en un
«entramado de la causalidad»; ningún hecho puede ser extraído de esa
correlación.
El
problema es devastador: como todo en historia es histórico, resulta imposible
evitar los estragos del método. «Una vez aplicado a los estudios bíblicos y a
la historia de la Iglesia, [el método histórico] es una levadura que todo lo
altera»; «todo lo relativiza». Los ácidos empleados para eliminar las capas de
suciedad acumulada destruyen también la pintura original y hasta el lienzo. Las
observaciones de Lessing y Troeltsch deben tomarse en serio. Pero cabe
preguntarse si los principios de analogía y correlación no resultan demasiado
restrictivos: ¿pueden reconocer lo realmente novum, lo genuinamente nuevo? ¿No
están demasiado ligados a una visión newtoniana del mundo que el siglo XX dejó
atrás?
5.2. La
búsqueda de un espacio invulnerable para la fe
La
aplicación estricta de Lessing y Troeltsch se convirtió en un gran problema
para quienes deseaban mantener una posición de fe. La respuesta fue un
alejamiento de la historia, menos pregonado que el abandono del dogma, pero
igualmente importante.
La
solución de Lessing fue postular un espacio para las «verdades necesarias de la
razón» no susceptibles de investigación histórica. Pero la teoría de las
verdades innatas no podía durar: pronto resultó que las verdades evidentes para
«todos los hombres sensatos» no eran ni evidentes ni necesarias. El método
histórico se mostraba simplemente reductor de la fe.
Los
protestantes liberales decimonónicos buscaron ese espacio seguro en la
conciencia religiosa de Schleiermacher y en la obligación moral kantiana,
intentando derivar una ética religiosa con independencia del NT. La
preocupación por encontrar un espacio invulnerable —en expresión de Kähler, una
sturmfreies Gebiet, una «zona libre de tormentas»— motivó tanto a Wilhelm
Herrmann como al propio Kähler.
Wilhelm
Herrmann
Herrmann
reconocía la fuerza de las advertencias de Lessing, pero sostenía que se podía
hallar una base segura en la experiencia religiosa, en la experiencia de fe: la
fuerza de la vida interior de Jesús se extiende a través de los siglos. «Jesús
mismo y su poder sobre el corazón es realmente el principio vital de nuestra
religión». Su énfasis en la experiencia influyó tanto en Barth como en
Bultmann, y su atención a la fe de Jesús anticipó intereses posteriores. Pero
la quimera de la «vida interior» de Jesús difícilmente podía ser un espacio
seguro contra las amenazas del método histórico; Troeltsch fue desdeñoso: «Toda
esa posición es insostenible frente a la crítica histórica».
Martin
Kähler
Kähler
tuvo más efectividad e influencia. Aceptó plenamente el reto de la crítica
histórica: «Para una Vida de Jesús no disponemos de ninguna fuente que un
historiador pueda aceptar como fiable y adecuada». La investigación nos deja
con simples probabilidades. Además, solo unos pocos eruditos están preparados
para reconstruir; ¿ha de depender la fe de los hallazgos de unos cuantos? ¿Han
de convertirse los historiadores en los nuevos sacerdotes de la fe cristiana?
La fe solo puede vincularse al Cristo histórico, al Cristo de la Biblia, al
Cristo predicado. «El Cristo bíblico es la zona invulnerable desde la que la fe
puede obtener su certeza».
Kähler
anticipó a Bultmann y al posterior centramiento en los evangelios mismos en
lugar de en la historia subyacente. Pero su «sí» tenía problemas: incluso en el
NT hay varios «Cristos de la fe», y la diversidad de experiencias de fe puede
ser tan problemática como la diversidad de Jesuses históricos. ¿Es realmente el
Cristo bíblico un espacio tan invulnerable? Esto solo comenzó a cuestionarse en
la segunda mitad del siglo XX. Entretanto, continuaba el alejamiento de la
historia.
5.3.
Rudolf Bultmann (1884-1976)
Karl
Barth (1886-1968) hizo doblar las campanas por el protestantismo liberal: este
no tuvo mensaje que dar a una Europa desgarrada por la guerra. En cambio, en la
carta a los Romanos, Pablo expresó un evangelio de soberanía y trascendencia
divina, transmitido a través del kerigma sobre Cristo, no en un Jesús
descubierto por el análisis histórico. En su Carta a los romanos, Barth
reafirmó la posición de Kähler: «En la historia como tal... no hay nada que
pueda ofrecer una base para la fe».
En
el famoso intercambio epistolar Harnack-Barth (1923), Harnack acusó a Barth de
abandonar la teología científica; Barth replicó que la crítica histórica tiene
sus limitaciones: puede servir para las palabras de Pablo, no para llegar a la
palabra de Dios dentro de ellas. Tomando 2 Cor 5,16 («ya no conocemos a Cristo
según la carne»), Barth sostuvo que el Cristo que debe interesarnos es el de la
fe, no el de la investigación crítica. El debate influyó decisivamente en
Bultmann, que abandonó el liberalismo y abrazó la teología kerigmática.
La
crítica formal
La
principal contribución de Bultmann fue el desarrollo de la Formgeschichte
(«crítica formal» o «historia de las formas»). Construyó sobre dos
predecesores. Julius Wellhausen había mostrado que en cada sinóptico se
distingue entre tradición antigua (unidades breves) y contribución redaccional.
K. L. Schmidt examinó los vínculos entre los episodios de Marcos y concluyó que
casi todas las referencias a tiempo y lugar se encuentran en los versículos de
conexión, obra del evangelista; la tradición original constaba de unidades
sueltas, sin indicación temporal ni geográfica, carentes de referencia
histórica.
Bultmann
pretendió conocer lo que subyacía a las fuentes primarias: «redescubrir el
origen y desarrollo de las distintas unidades y arrojar alguna luz sobre la
historia de la tradición antes de que tomase forma literaria». Inicialmente
esto podría haber dado renovada esperanza a los buscadores, pero pronto
Bultmann la frustró: las formas primitivas no muestran interés histórico ni
biográfico. De ahí su famosa frase: «Creo realmente que no es posible saber
casi nada sobre la vida y la personalidad de Jesús... Lo que se ha escrito en
los últimos ciento cincuenta años sobre la vida de Jesús, su personalidad y el
desarrollo de su vida interior es fantástico y romántico».
Importa
reconocer, sin embargo, que Bultmann censuraba la inútil investigación sobre la
personalidad y la vida interior. Sobre el mensaje tenía mucha más confianza:
«Por poco que podamos saber de su vida y personalidad, sabemos lo bastante de
su mensaje para hacernos una imagen consistente». Mediante el análisis crítico
podía llegarse a un «estrato más antiguo», con el que asoció unos veinticinco
dichos de Jesús (unos cuarenta versículos), suficiente para esbozar su
enseñanza.
Sitz im
Leben y los criterios
La
otra barrera levantada por Bultmann fue su afirmación de que «lo que nos
ofrecen las fuentes es sobre todo el mensaje de la comunidad cristiana
primitiva». Aquí cobra importancia decisiva el Sitz im Leben («circunstancia
vital»): la utilidad de la tradición para la vida de las comunidades primitivas
le dio su forma. Esto significaba: 1) muchos dichos podrían haberse modificado
durante la transmisión; 2) numerosos dichos «se originaron en la Iglesia misma»
(material tomado del judaísmo o palabras de profetas cristianos primitivos
atribuidas al Jesús resucitado). De aquí se deriva un útil esencial para
Bultmann: «Todo lo que deja traslucir intereses específicos de la Iglesia o
revela características de desarrollo posterior debe ser rechazado como secundario».
La
hermenéutica existencialista
Para
Bultmann ninguna de estas conclusiones negativas importaba realmente. La
crítica formal confirmaba (con ironía: por su propio método histórico) el
acierto del giro teológico kerigmático. Kähler tenía razón: el único Jesús que
encontramos en los evangelios es el Cristo de la fe. La fe no depende de la
historia ni debe ponerse en dependencia de ella. Bultmann encontró un refugio
seguro para la fe en el momento de encuentro existencial con la palabra de la
predicación: un espacio invulnerable frente al mordiente de la crítica
histórica.
Salvó
el abismo entre sus hallazgos negativos y su positiva fe en el Cristo
kerigmático mediante una hermenéutica existencialista: las palabras de Jesús
«se dirigen a nosotros con la pregunta de cómo debemos interpretar nuestra
propia existencia». Sin embargo, cabe preguntarse si la hermenéutica
existencialista es más valiosa que la racionalista de Reimarus o la liberal de
Harnack. La fe había sido reformulada en términos de una filosofía
contemporánea cuyo atractivo no era más duradero que el método histórico-crítico
que combatía. «Quien se casa con el espíritu de la época no tardará en
enviudar».
5.4. La
segunda búsqueda
Pese
a la enorme influencia de Bultmann, fueron sus discípulos quienes volvieron a
plantear la cuestión. La antigua búsqueda había sido declarada imposible (los
evangelios son ante todo fuentes de la historia de la Iglesia primitiva) e
ilegítima (iba en dirección opuesta a la fe, intentando evitar el riesgo del
kerigma proporcionando pruebas objetivas). A las preguntas «¿Podemos saber algo
del Jesús histórico?» y «¿Necesitamos saber algo?» Bultmann respondió con un
«no» rotundo. Pero pronto sería impugnado.
Käsemann
y la legitimidad teológica
En
su famosa conferencia de 1953, Ernst Käsemann hizo dos observaciones. Primero,
postular una discontinuidad absoluta entre el Jesús de la historia y el Cristo
de la fe entrañaba el peligro del docetismo: «Ceñirse firmemente a la historia
es un modo de dar expresión al extra nos de la salvación». Segundo, los
sinópticos mismos daban importancia intrínseca al pasado; su formato indica que
veían la historia de Jesús como esencial para la fe. Los evangelios son también
kerigma, pero se interesan considerablemente por el qué de la historia
prepascual. Sería grave que lo conocido de Jesús se revelase incoherente con el
kerigma.
El
propio Bultmann había distanciado a Jesús de la teología de la Iglesia: «El
mensaje de Jesús corresponde a los presupuestos de la teología neotestamentaria
y no es parte de esa teología misma». El kerigma empezó en la Pascua. La frase
atribuida a Wellhausen lo expresa agudamente: «Jesús fue el último de los
judíos, y Pablo el primer cristiano». Sin embargo, en respuesta a los nuevos
buscadores, Bultmann concedió que la predicación de Jesús es también kerigma,
«predicación cristiana oculta o secreta». Esta admisión fue extraordinariamente
importante: si Jesús predicó en algún sentido sobre sí mismo, podría darse una
cristología «desde abajo».
Resultados
positivos
También
en el plano metódico hubo respuestas alentadoras: el análisis crítico-formal no
siempre arroja resultados negativos. Käsemann identificó como «el elemento
distintivo en la misión de Jesús» la sorprendente autoridad que se atribuía
frente a Moisés y la Torá. Bornkamm añadió la nota de cumplimiento
escatológico: «Jesús clama: ¡Llega el cambio de era! ¡Ya amanece el reino de
Dios!». Ernst Fuchs subrayó la conducta de Jesús —su comer con recaudadores y
pecadores— como «el contexto real de su predicación». El producto más
sensacional fue La predicación de Jesús de Joachim Jeremias, junto con su
demostración de que Jesús llamó a Dios «Abba», hallazgo de los más seguros.
Los
criterios de autenticidad
Pero
la luminosa fase pronto se nubló por un problema metodológico: ¿cómo
identificar los dichos auténticos? El criterio más prominente fue el formulado
por Norman Perrin como «criterio de desemejanza»: «La forma más primitiva de un
dicho a que sea posible llegar puede considerarse auténtica si muestra
desemejanza respecto a puntos característicamente resaltados por el antiguo
judaísmo y por la Iglesia primitiva». Lo apoyó con el «criterio de coherencia»
y, dubitativamente, con el «criterio de testimonio múltiple». Después se han
propuesto otros: estilo aramaico (Jeremias), dificultad (Meier), verosimilitud
histórica (Theissen-Winter), desarrollo (Strecker), memorabilidad (Patterson) y
los criterios lingüísticos de Porter.
Pocos
están plenamente satisfechos. Aplicar sistemáticamente el criterio de
desemejanza produce un Jesús extraño, sin vínculos con su pueblo ni con sus
seguidores: «un Jesús solo, en un vacío». Como pregunta Morna Hooker: ¿sabemos
lo suficiente sobre el judaísmo de la época y el cristianismo primitivo? Lee
Keck observó agudamente: «En vez del Jesús distinto deberíamos buscar el Jesús
característico». El criterio de coherencia podría reforzar un núcleo
desequilibrado; el testimonio múltiple, debilitarse si las variaciones se
remontan a una fuente pospascual común; la presencia de aramaísmos no sirve
para distinguir entre Jesús y una iglesia aramea; el criterio de dificultad
encuentra el mismo obstáculo que el de desemejanza.
¿Hay
continuidad?
¿Termina
aquí la segunda búsqueda? No exactamente: hubo un «petardazo» que se examinará
en §5.6. Pero algunos siguen con confianza inamovible en el método histórico
(Gnilka, Becker), aunque a uno y otro lado del Atlántico se han escrito libros
que sirven de puente: Un judío marginal de John P. Meier (tres volúmenes hasta
entonces) y The Historical Jesus de Theissen y Merz. Ambos atienden seriamente
a las fuentes y al contexto social. Pero quedan sin resolver cuestiones
fundamentales: ¿desde qué punto de partida abordar la tradición de Jesús? ¿Se
han considerado las implicaciones del contexto galileo? ¿Qué materiales son
fuentes para las fases primitivas? ¿Con qué concepto del proceso de transmisión
trabajar? ¿Es posible desmantelar la barrera de la «imposibilidad» con tanta
facilidad como cree la segunda búsqueda?
5.5.
¿Una tercera búsqueda?
En
las últimas décadas del siglo XX, el avance más esperanzador fue el
reconocimiento de que la búsqueda tenía que dirigirse a un judío y afrontar las
consecuencias. Lo que caracteriza a esta «tercera búsqueda» es la convicción de
que toda imagen histórica de Jesús ha de partir del hecho de que él era un
judío del siglo I que operaba en un contexto judío del siglo I. Se formó como
judío religioso, desarrolló su misión en territorio de Israel y fue ejecutado
bajo la acusación de ser «rey de los judíos». ¿Qué más natural que emprender
una búsqueda del judío Jesús histórico?
La
omisión histórica del Jesús judío
Pese
a la obviedad, generaciones de estudiosos parecen haberse desentendido
conscientemente. Una de las características más chocantes de doscientos años de
búsquedas es el modo sistemático en que se intentó distanciar a Jesús de su
ambiente judío. Los teólogos liberales describían el judaísmo del siglo I del
modo más negativo posible para «enaltecer a Jesús como una figura única en
oposición a su entorno judío» (Heschel). Renan llegó a escribir:
«Fundamentalmente, no había nada de judío en Jesús... Jesús ya no era judío».
Para Ritschl, «la renuncia de Jesús al judaísmo y su Ley» era una clara línea
divisoria. El existencialismo de Bultmann pudo dar el salto al momento de
encuentro sin dependencia de los antecedentes judíos. Hasta después de la
Segunda Guerra Mundial siguió siendo habitual hablar del Spätjudentum
(«judaísmo tardío»), implicando que el judaísmo posterior carecía de
significación. En la segunda búsqueda, el criterio de desemejanza situó a Jesús
frente a su medio judío. Y la búsqueda neoliberal exagera las similitudes con
la cultura helenística sobre las judías.
El
cambio de perspectiva
No
es que faltaran perspectivas judías sobre Jesús (Klausner, Flusser, Vermes;
este último ha sido «de hecho un Juan el Bautista de la tercera búsqueda»).
Pero el cambio decisivo vino de la marejada de reacción contra la denigración
del judaísmo, tras el arrepentimiento exigido por el Holocausto. Sin embargo,
fue el trabajo de E. P. Sanders sobre Pablo (Paul and Palestinian Judaism,
1977) y luego Jesus and Judaism (1985) lo que sirvió de catalizador. Sanders
debe considerarse el verdadero iniciador de la tercera búsqueda.
Las
perspectivas han mejorado por: el descubrimiento de los manuscritos del Mar
Muerto, que refutaron la idea de un judaísmo monolítico; el final de la marcada
distinción entre judaísmo y helenismo (Hengel); el reconocimiento de que la
Misná y el Talmud no pueden retrotraerse sin más al siglo I (Neusner); el
renovado interés por la literatura judía apócrifa y seudoepigráfica; y los
avances arqueológicos sobre la Galilea de Jesús. Como observó Nils Dahl: «Todo
lo que amplía nuestro conocimiento de ese ambiente de Jesús amplía también,
indirectamente, nuestro conocimiento del propio Jesús histórico». Importa
además reconocer que los propios escritos del NT son prueba de la diversidad de
la literatura judía del siglo I.
Sanders
y Wright
Los
intentos más significativos han sido los de Sanders y Wright. Sanders se centra
en dos asuntos: la clave de las intenciones de Jesús está en la «escatología de
la restauración» de Israel; y Jesús no se posicionó contra el judaísmo, la Ley
ni los fariseos, permaneciendo en él hasta el final. Wright desarrolla esa
percepción como esperanza de Israel de volver del destierro (idea fija en él)
y, con Borg, sostiene que Schweitzer se equivocaba: Jesús no esperaba el fin
del mundo; su lenguaje apocalíptico es metafórico, y el clímax esperado era el
regreso de YHWH a Sión.
Pero
precisamente cuando otra generación emprende una nueva búsqueda, se hace más
necesario que nunca preguntar si el método histórico es realmente capaz de
llegar a un «Jesús histórico». La marea del posmodernismo se ha levantado
contra los diques del método. El alejamiento de la historia se ha reanudado con
mayor intensidad.
5.6. El
posmodernismo
El
posmodernismo indica un cambio de paradigma en el pensamiento occidental,
comparable al Renacimiento o la Ilustración. En el siglo XX se había puesto en
cuestión la antítesis cartesiana sujeto-objeto. La visión cósmica newtoniana
cedió ante el mundo einsteiniano de la relatividad y las incertidumbres de la
física cuántica; la antigua objetividad científica vio minada su base. Las
reverberaciones aún ondulan a lo largo de las disciplinas que asumían a las
ciencias como paradigma metodológico.
El giro
lingüístico y la nueva crítica
El
posmodernismo es, en las humanidades y la teoría literaria (a partir de los
años setenta), el resultado de esta nueva apreciación de la relatividad. En la
disciplina histórica ha llevado al abandono de la idea de hechos independientes
de la interpretación, del tiempo lineal y de toda «gran narración». En el «giro
lingüístico», la historia ha sido devuelta a su lugar como literatura, con las
antiguas distinciones entre hecho y ficción nuevamente difuminadas. Sus
principales efectos: impugnación de la hegemonía del autor, liberación del
significado del contexto generador, y centramiento en el lector. La «nueva
crítica» de mediados de siglo ya había cuestionado la intención del autor
(«falacia de la intención») y afirmado la autonomía del texto.
La
crítica narrativa
En
los estudios evangélicos, la respuesta equivalente fue la «crítica narrativa»,
surgida en los años ochenta, segunda fase de reacción contra la fragmentación
crítico-formal y un intento de trascender la crítica redaccional. Subraya la
integridad y unidad del evangelio como tal; pone «entre paréntesis las
cuestiones históricas» (Rhoads). Reintroduce el concepto de «autor implícito»
(Iser) —no el autor real detrás del texto, sino el inferido de la narración
misma.
La
teoría de la respuesta del lector
Más
característico del posmodernismo ha sido pasar del autor al lector, de leer lo
que está detrás del texto a lo que el texto pone delante, de la ventana al
espejo. El significado «no está en el pasado, ni en el texto en sí, sino que se
produce en el presente del lector al ser leído el texto». Los textos no dictan
a los lectores; los lectores dictan a los textos. Como dice Stephen Moore:
«antes de la acción interpretativa, no hay nada definitivo que descubrir en el
texto».
Esto
pone en peligro cualquier canon de significados convenidos. Pero se han
señalado dos restricciones. Iser, frente a Stanley Fish, quiere mantener el
texto como «dato» objetivo que «procesar», con función limitativa. Y Fish
reconoce que la lectura no es totalmente individual, sino condicionada por la
comunidad interpretativa a la que pertenece el lector. Esta idea es compatible
con la percepción de Gadamer de que intérprete e interpretación se hallan en
una Wirkungsgeschichte («historia del efecto»), de modo que solo se interpreta
adecuadamente como parte de una tradición. Esta solución no devuelve la antigua
objetividad, pero evita la subjetividad total y concuerda con la idea
tradicional del sensus communis o sensus fidelium.
El
posmodernismo radical
Para
los posmodernistas más radicales, esos intentos son cesiones por falta de
coraje. El posmodernismo va más lejos: no solo cuestiona la objetividad del
significado, sino que objetivamente pueda obtenerse un significado. Para los
críticos deconstruccionistas no hay texto, solo interpretaciones; «una serie
infinita de interpretaciones». Cada texto cae en «el abismo epistemológico». La
desestabilización tiene una intención política: liberar el texto de los
significados predominantes en el pasado, percibidos como opresivos
(perspectivas feministas y de la teología de la liberación).
Consecuencias
para la búsqueda
La
pérdida de confianza en el método histórico dentro de los círculos posmodernos
es completa. En lo concerniente a la búsqueda del Jesús histórico, los
resultados —sobre todo cuando se incluyen los Jesuses neoliberales— solo
confirmarían el fracaso de la metodología tradicional. La triste realidad es
que los investigadores han llegado a resultados discrepantes: parecen incapaces
de coincidir más que en unos pocos hechos básicos. El largo debate sobre los
criterios ha sido bastante estéril. Todo se ve como demostración de las
deficiencias del método histórico tradicional y como confirmación de la
inviabilidad de la antigua búsqueda.
El
alejamiento de la historia ha sido completo: del contexto histórico al mundo
del texto; del autor histórico al lector contemporáneo; del significado
pretendido a la experiencia de la lectura; del significado estable a la serie
infinita de interpretaciones. Así las cosas, ¿cabe esperar que la búsqueda del
Jesús histórico se vea alguna vez coronada con el éxito?
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