El cristianismo en sus comienzos. Tomo I. Jesús recordado
Primera parte. La fe y el Jesús histórico
Capítulo 6. Historia, hermenéutica y fe
JAMES D. G. DUNN
|
RESUMEN
6.1. Un
diálogo en curso
Dunn
abre el capítulo constatando que el panorama de comienzos del siglo XXI es aún
más confuso que el que halló Schweitzer un siglo antes. La búsqueda neoliberal
ha cuestionado resultados fundamentales de la investigación de los siglos XIX y
XX sobre Jesús, y el posmodernismo parece haber hecho quimérica la posibilidad
de que la investigación histórica produzca resultados ampliamente aceptables.
Antes de explorar una posible "tercera búsqueda", el autor considera
necesario hacer balance de los éxitos, fracasos y cuestiones pendientes de más
de quinientos años de tensión entre fe e historia con respecto a Jesús de
Nazaret.
Las
preguntas planteadas por Reimarus, Strauss, Lessing, Troeltsch, Kähler, Wrede,
Bultmann, Robinson, Funk, Crossan, Iser y Fish siguen vigentes. Sin respuestas
satisfactorias a ellas, será imposible salir del atolladero actual. El análisis
previo confirma que la historia (como disciplina) y la fe son malas compañeras
de cama, pero también que entre la historia y la hermenéutica existe un vínculo
casi de hermanas siamesas. La hermenéutica, poco percibida como acompañante
inseparable, convierte la relación entre las otras dos en un incómodo ménage à
trois. Como dice Gadamer, "la base para el estudio de la historia es la
hermenéutica".
Cualquier
reafirmación de la importancia de la historia para la fe deberá afrontar los
problemas planteados por el posmodernismo. Dunn anuncia que enumerará algunos
principios esenciales surgidos del recorrido anterior, sin pretender entrar en
las complejidades filosóficas más sutiles. Advierte, sin embargo, que todos
esos principios están interconectados: cada uno modifica o limita los otros, de
manera que el método histórico no puede reducirse a un solo principio. Se trata
más bien de una tarea de equilibrio e integración entre aspectos diferentes y a
veces antagónicos.
6.2.
Necesidad de la investigación histórica
La
figura histórica de Jesús estimula siempre la curiosidad. Quienes desean
entender las fuerzas históricas, sociales e ideológicas que han configurado la
cultura occidental no pueden ignorar al hombre de cuyo título (Cristo) tomó
nombre el cristianismo, movimiento que ha ejercido una influencia decisiva en
las tradiciones intelectuales, artísticas, religiosas y éticas de Europa. El
imperativo "conócete a ti mismo" implica también una invitación a
interesarse por Jesús como etapa en la búsqueda de la propia identidad y las
propias raíces.
Ya
en la baja Edad Media la piedad occidental deseaba conocer mejor los
sufrimientos de Cristo, y el Renacimiento y la Reforma renovaron el interés por
la verdadera historia de Jesús. Hoy, preguntas como "¿Cómo era realmente
Jesús?", "¿Hizo Jesús realmente esto?" o "¿Dijo realmente
aquello?" no son pueriles: expresan la curiosidad humana que está en la
raíz de toda investigación.
Para
quienes están insertos en la tradición de la fe cristiana, la cuestión cobra
mayor relevancia. La fe en la Encarnación —la acción de Dios manifestándose en
Jesús en un determinado lugar y momento de la historia humana— hace
inconmensurablemente importantes los sucesos ocurridos en Palestina hacia los
años 28-30 de nuestra era. Los cristianos desean saber cómo era Jesús,
entendiendo que él muestra cómo es Dios. Aunque el conocimiento que tenemos sea
fragmentario e inseguro, como Kähler y Bultmann subrayaron, la fe no depende de
argumentos académicos sobre tal o cual versículo. Pero los nuevos buscadores
del tercer cuarto del siglo XX hicieron ver que la fe puede tener un interés
teológicamente legitimado en la historia de Jesús: la investigación histórica
honesta puede estimular, fortalecer, equilibrar e incluso corregir la fe. Una
fe que considere todo escrutinio crítico de sus raíces como contrario a ella no
puede mantener alta la cabeza en ningún foro público.
6.3.
¿Puede la historia satisfacer las expectativas?
La
tarea del historiador es explicar qué sucedió, por qué sucedió y por qué
sucedió de ese modo. Sin embargo, tratar la historia como una
"ciencia" ha estado plagado de suposiciones acríticas y expectativas
excesivas. Dunn examina varios puntos importantes en cinco apartados.
a.
Distancia y diferencia histórica
La
prueba del escrutinio histórico del pasado es la percepción de que el pasado
nos resulta ajeno. Esa distancia y diferencia histórica impide al presente
domesticar el Nuevo Testamento. Como observó Schweitzer, si Jesús no nos viene
en cierto grado como un extraño y un enigma, podemos estar seguros de haberlo
modernizado. La alteridad de Jesús es, al menos en parte, una alteridad
histórica: la alteridad de Jesús el judío. Sin la conciencia de Jesús
"nacido bajo la Ley" (Gál 4,4) y "hecho siervo de la circuncisión"
(Rom 15,8), la humanidad de Cristo se pierde de vista y queda absorbida en una
afirmación esencialmente docética de su divinidad. Hay que resistir, pues, la
compulsión instintiva de sacar a Jesús de su contexto histórico para suponerlo
asimilable a los hombres de todas las épocas.
b.
Probabilidad, no certeza
Las
observaciones metodológicas de Lessing y Troeltsch siguen siendo fundamentales.
Conviene distinguir entre acontecimiento, datos y hechos. El acontecimiento
histórico pertenece al pasado irrecuperable; el historiador sólo dispone de los
datos transmitidos (diarios, testimonios, restos arqueológicos, datos
circunstanciales). Con ellos intenta reconstruir los hechos, que son siempre
interpretación de los datos y no deben confundirse con el acontecimiento mismo.
Cuando
los datos son numerosos y concordantes, el historiador puede aproximarse
razonablemente a los hechos; pero con datos fragmentarios la confianza
disminuye. Por eso el investigador gradúa sus juicios: "casi cierto",
"muy probable", "probable", "verosímil". En
investigación histórica, "probable" es una apreciación muy positiva,
y todo juicio es provisional, sujeto a revisión por nuevos datos.
Esto
supuso una crisis para la fe porque impugnó las certezas sobre las que parecía
asentarse. Lessing buscaba la certeza de las "verdades de razón
necesarias", y Bultmann situó las certezas de la fe en antítesis con la
incertidumbre del conocimiento histórico. Pero rara vez se planteó la pregunta
fundamental: ¿cabe esperar certeza en cuestiones de fe? La fe se desenvuelve en
otra esfera distinta de las matemáticas. Su lenguaje habla de
"esperanza" y "confianza", no de certeza inamovible. La fe
es entrega, no sólo convicción; vive en diálogo con los cuestionamientos, y la
duda es la vacuna que la mantiene vigorosa frente a la incredulidad. El
"ansia de certeza" conduce al fundamentalismo. La fe puede convivir
con las incertidumbres del testimonio humano más cómodamente de lo que Lessing
o Troeltsch pensaban.
c.
Analogía
La
segunda característica del método histórico-crítico, según Troeltsch,
complementa el reconocimiento de la alteridad histórica. La proximidad
experiencial del historiador con el sujeto tratado evita que la historia se
reduzca a un catálogo de acontecimientos. Dilthey distinguió por ello entre la
metodología de las ciencias humanas y la de las naturales: las experiencias
vividas del pasado pueden ser revividas mediante el entendimiento histórico
empático. El historiador puede entrar empáticamente en la experiencia de fe de
los primeros seguidores de Jesús sin compartir esa fe. Por eso la búsqueda del
Jesús histórico no es simplemente una búsqueda de la propia confirmación; una
perspectiva de fe puede y debe ser autocrítica.
Pero
el principio de analogía tiene un aspecto limitativo. Gadamer cita a Schlegel,
según el cual los postulados básicos de la crítica histórica (que todo lo
grande, bueno o bello es improbable, y que las cosas tienen que haber sido
siempre como lo son para nosotros) reducen lo reconocible al mínimo común
denominador. ¿Dejan suficiente margen para reconocer un genio sin paralelos, o
para lo verdaderamente nuevo? ¿Es la medida de la experiencia humana occidental
lo bastante amplia? Estas preguntas no pueden ser pasadas por alto cuando se
trata precisamente de un personaje cuyo carácter extraordinario es fundamental.
d. La
ilusión de la objetividad
Otro
defecto del análisis de Troeltsch es que era hijo no emancipado del paradigma
científico decimonónico. Mientras la ciencia entendida así proporcionó el
modelo, pudo mantenerse la visión de los hechos históricos como entes objetivos
y la búsqueda de la objetividad histórica como propósito viable. Pero el
reconocimiento en el siglo XX de la imprecisión y del carácter complementario
de las explicaciones (Heisenberg, Bohr) confirmó que tal percepción era
demasiado restringida.
Bultmann
cayó en la misma trampa al afirmar (1957) que "el método histórico incluye
el presupuesto de que la historia es una unidad en el sentido de un continuo de
efectos cerrado". Su programa de desmitologización reaccionó contra esa
objetividad, pero, como señala Ricoeur, ignoraba el carácter objetivador de
todo lenguaje, incluido el de la fe y el del mito. Husserl había denunciado ya
"la ingenuidad de hablar de objetividad prescindiendo por completo de la
subjetividad que conoce".
Esto
no resta importancia a la alteridad del pasado ni niega que los datos tengan
una objetividad perceptible. Simplemente reconoce que el paso de los datos al
hecho es mucho más complejo de lo que se suele pensar. El lenguaje implica
interpretación e intérprete; los hechos que importan en historia nunca son
"hechos desnudos", sino hechos en su significación. Es una realidad
ignorada por algunos buscadores que, ansiosos de respetabilidad, siguen
recurriendo al paradigma ilustrado de la objetividad científica.
e. El «realismo crítico»
Fue
Ben Meyer, deudor de Bernard Lonergan, quien introdujo en los estudios
neotestamentarios la expresión "realismo crítico". Para Lonergan,
conocer no es simplemente percibir, sino una conjunción de experiencia,
entendimiento y juicio. El realismo crítico se formula contra el "realismo
simplista" del antiguo positivismo histórico ("el principio de la
cabeza vacía", la idea de que la objetividad se logra sustrayendo la
subjetividad) y contra el idealismo. N. T. Wright lo describe como "un
proceso de conocimiento que tiene en cuenta la realidad de la cosa a conocer
como algo distinto del sujeto cognoscente (realismo), aunque admitiendo que el
único acceso a esa realidad se halla en el sinuoso camino del adecuado diálogo
entre el sujeto y la cosa (crítico)".
Dunn
comparte esta epistemología y su aplicación a la historia. Los datos nunca
están "en bruto": vienen ya seleccionados por el proceso histórico y
por el modo en que han sido descubiertos; el ángulo de visión del intérprete
hace que ciertos datos parezcan más importantes que otros. Pero, dicho esto,
hay que reconocer en los datos una alteridad y un carácter de
"ajenos" a nosotros. El intento de describir y evaluar los datos para
alcanzar un juicio sobre los hechos, yendo más allá de lo subjetivo, es viable
y, en el gran acontecimiento de Jesús, necesario. El modelo del estudio
histórico como diálogo entre presente y pasado, entre historiador e historia,
reconoce que el historiador no sólo plantea preguntas sino que también se
encuentra cuestionado él mismo.
6.4.
Principios hermenéuticos
El
"viraje lingüístico" del posmodernismo ha desplazado el eje del
historiador del "acontecimiento" al "texto". Como cualquier
intento de reconstruir la figura de Jesús se relaciona con textos antiguos, las
cuestiones de historia devienen casi imperceptiblemente cuestiones de
interpretación. Dunn expone seis principios.
a. El
texto histórico como texto histórico
El
Renacimiento y la Reforma aportaron un principio hermenéutico básico al
evidenciar que los textos del NT no fueron compuestos en latín. La necesidad de
la traducción y el modo en que se efectúa son factores fundamentales. Las
palabras griegas antiguas deben interpretarse en el contexto del uso
lingüístico de su época, por lo que la filología histórica es esencial e
ineludible. El texto griego es normativo respecto a toda traducción: si no se
le reconoce capacidad de determinar y limitar el alcance de la traducción, ésta
pierde su legitimidad. Hay traducciones malas o erróneas, y los profesores
posmodernos de lenguas antiguas no disienten de esta afirmación. No existe una
sola traducción correcta ni perfecta —traducir implica siempre interpretar—,
pero el texto en lengua original es lo que hay que traducir, y cada traducción
debe justificarse como traducción de ese texto.
b.
¿Cuáles son los derechos del texto?
La
"nueva crítica" introdujo en el siglo XX la idea de la
"autonomía" del texto, intentando liberarlo de la suposición de que
su significado debía equipararse al pretendido por el autor. Pero la autonomía
del texto es una ilusión: el texto siempre se lee en un contexto, y cuanta
menos atención se preste al suyo histórico, más probable es que sea mal
utilizado. Robert Morgan dice que "los textos, como los muertos, no tienen
derechos", pero Dunn matiza: los derechos de los muertos están protegidos
por las leyes de sucesión, y los textos tienen derechos comparables a los de un
niño —entre ellos, el de su identidad como fue determinada por su autor o por
el proceso del que resultó su forma. Algunos textos (proverbios, aforismos)
nunca estuvieron limitados a un contexto particular; otros (cartas de Pablo) se
escribieron en circunstancias muy concretas. Los evangelios sinópticos, desde
Wrede, son reconocidos como intencionales en forma y contenido. Sigue siendo
válido el principio de respetar el texto y permitirle hablar con su propia voz.
c. La
prioridad del sentido llano
El
antiguo postulado de la filología histórica y el principio del "sentido
llano" siguen siendo válidos. Tal como lo concebía Calvino, el sentido
llano no era siempre el meramente literal, sino un sentido determinado en parte
por la fe del intérprete: "llano" para los que compartían esa fe. La
prioridad concedida al texto incluye la tarea de escucharlo, de dejarle hablar
con su propia voz.
El
posmodernismo ha cuestionado la idea misma de la estabilidad del significado.
Pero el concepto de comunicación efectiva, base de los discursos, libros y
cartas, presupone que las palabras suelen tener éxito en transmitir un
pensamiento. Pese a los teóricos que niegan la referencialidad de los textos,
los historiadores no renuncian a la idea de que el lenguaje hace referencia a
la realidad. La ironía (¿autorrefutación?) de los argumentos destinados a
probar la incapacidad de los textos para comunicar parece escapársele a
algunos. Si se puede extraer significado de una comunicación actual, también es
posible, en principio, hacerlo de una comunicación antigua y alcanzar consenso
amplio sobre su sentido básico.
Dunn
ofrece la imagen de una planta: el texto histórico tiene raíces en su contexto
original, y el "sentido llano" no puede sacarse del texto olvidando
ese arraigo. La referencia incluye no sólo la situación social del escritor y
los primeros lectores, sino también las connotaciones, alusiones y ecos que el
lenguaje pudo comunicar. Reafirmar la importancia del sentido llano no es negar
la intención del autor, sino contextualizarla. Es al texto como expresión de
esa intención, como acto comunicativo entre autor y lectores, a lo que se
dirige la atención. La respuesta del lector no empezó en el siglo XX: era ya la
mitad del acto comunicativo.
d. El
círculo hermenéutico
En
su forma inicial, ya señalada por Schleiermacher, el círculo es la circularidad
de las partes y el todo: sólo desde el todo se entienden las partes, pero a
través de las partes se llega al todo. El proceso es un movimiento hacia atrás
y hacia delante, de modo que el entendimiento es siempre provisional. Boeckh
advirtió que tal círculo nunca puede resolverse completamente: la
interpretación procura una aproximación gradual sin alcanzar el límite.
La
crítica narrativa intentó reducir el círculo limitando el todo al texto mismo,
pero el texto histórico se inspira en el uso lingüístico de su época y hace
referencias a personajes y costumbres no explicados dentro de su "universo
cerrado". Sin conocer las tensiones entre judíos y samaritanos, por
ejemplo, no se entiende la parábola del buen samaritano. La evocación de la
visión newtoniana del mundo en una hermenéutica que intenta distanciarse del
método histórico-crítico suscita una sonrisa burlona.
Una
segunda forma del círculo es la del intérprete moviéndose entre el asunto del
texto y el discurso usado para comunicarlo: entre la Palabra y las palabras,
Sache und Sprache. Este procedimiento se aplica, por ejemplo, en la Sachkritik
de Bultmann, en el "canon dentro del canon" de Käsemann o en la
metanarración del destierro y regreso de Wright.
La
tercera forma es la interacción entre lector y texto. Bultmann insistía en que
"no puede haber una exégesis libre de presuposiciones": el
preentendimiento siempre acompaña al exegeta, pero el texto reacciona contra
ese preentendimiento e induce a revisarlo. La hermenéutica deconstruccionista
convierte esto en círculo vicioso, presentando la realidad como una serie
infinita de círculos engranados; pero tales ejercicios no ayudan a vivir la
vida ni a construir comunidad. Mejor que un círculo, la imagen es la de un cono
o una espiral en que cada evolución progresa hacia un centro común. El
escrutinio crítico y autocrítico de los textos puede proporcionar y proporciona
creciente entendimiento.
e.
"El conocimiento efecto de la historia"
Merece
mención especial el concepto gadameriano de Wirkungsgeschichte, la
"historia del efecto" de un texto. El abismo entre texto y lector no
es un "vacío": está lleno por el efecto que el texto ha ejercido en
el tiempo intermedio. Gadamer cuestiona la idea historicista de que la
distancia temporal debe ser superada; antes bien, debe verse como una realidad
positiva y productiva.
Gadamer
distingue además entre dos "horizontes" hermenéuticos: el del
intérprete y el horizonte histórico del texto. Pero los horizontes no son
estáticos: "el horizonte del presente está en continuo proceso de
formación... y no puede formarse sin el pasado". El entendimiento es la
"fusión de horizontes" (Horizontverschmelzung). El valor de esta
visión es doble: por una parte, reconoce la distancia y diferencia entre
intérprete y texto, sin perderlas de vista en la fusión; por otra, presenta el
proceso hermenéutico como reconocimiento creciente tanto de la alteridad del
texto como de su efecto en la idea que el intérprete tiene de su propia
identidad. Gadamer es por ello un aliado para quienes mantienen que la fe no
está reñida con el proceso hermenéutico.
f. La
lectura como encuentro
Dunn
prefiere la imagen del diálogo, como encuentro personal, en parte porque
refuerza el concepto de la hermenéutica como proceso de formación personal y
reconoce el texto como acto comunicativo. Es un diálogo, no un interrogatorio;
requiere intensa discusión del intérprete con el texto. Esto se aleja del
antiguo paradigma científico de investigación fría que trataba el texto como un
cadáver para diseccionar. La idea fue ya reconocida en el pietismo, en el
resurgimiento romántico, en la teología barthiana del encuentro, en el
existencialismo de Bultmann, en formas conservadoras de la crítica de la
respuesta del lector, en la "segunda ingenuidad" de Ricoeur y en la
"presencia real" de Steiner. Sin disposición a dejarse hablar por el
texto, no puede evitarse hacer de él una interpretación abusiva.
A
la pregunta posmoderna "¿Hay significado en el texto?", la respuesta
debe ser "sí" y "no", con reservas. No se trata, como decía
Northrop Frye, de un "picnic" donde el texto pone las palabras y el
lector el significado. La verdad está en la integración de ambos polos. El
texto posee ya una potencialidad de significación que se hace activa en el
encuentro de la lectura. El texto debe ser tanto escuchado como leído: "La
voz que habla desde el pasado plantea ella misma un interrogante y nos pone en
actitud receptiva" (Gadamer).
6.5.
¿Cuándo una perspectiva de fe influyó por primera vez en la tradición de Jesús?
La
cuestión clave en cualquier intento de hablar históricamente sobre Jesús ha
sido y sigue siendo la tensión hermenéutica entre fe e historia. Dunn
desarrolla siete apartados.
a. ¿Qué
es el Jesús histórico?
El
ideal ilustrado de la objetividad propuso una falsa meta. Los buscadores han
supuesto que detrás de los textos hay un "Jesús histórico" objetivo,
distinto del Cristo del dogma o del Jesús de los evangelios y útil para la
crítica de éstos. Un factor importante en la confusión es la propia expresión
"Jesús histórico". Aunque al definirla los autores aclaran que es el
Jesús creado por la investigación, en la práctica suele usarse como amalgama:
el Jesús reconstruido se identifica imperceptiblemente con el Jesús real que
recorrió Galilea. Conviene reiterar que el Jesús histórico es propiamente una
creación moderna basada en los datos de la tradición sinóptica, no el Jesús que
anduvo por Palestina ni un personaje que pueda usarse para criticar el retrato
sinóptico.
b. La
posición de Kähler
La
perspectiva de Kähler debe reafirmarse. La idea de que un Jesús reconstruido a
partir de las tradiciones sinópticas, pero significativamente distinto del
Jesús de los evangelios, es el Jesús real es ilusoria. Y la idea de que a
través de la perspectiva de fe del NT podemos ver a un Jesús que no inspiró fe,
o que la inspiró de modo diferente, también lo es. Que existió un Jesús que
inspiró la fe está fuera de discusión, pero pretender abstraer ese efecto
teológico para descubrir un Jesús diferente pertenece al mundo de la fantasía.
No tenemos imágenes de Jesús desde la perspectiva de los jefes religiosos, las
autoridades romanas o el pueblo: no existe un retrato "neutral". Sólo
tenemos al Jesús percibido a través de los ojos de la fe; no un "Jesús
histórico", sino el "Cristo histórico". El típico "Jesús
histórico" reconstruido es tan teológico como el de cualquier evangelio,
amalgama de los ideales del historiador y de datos seleccionados críticamente.
c.
Oportunidad perdida para la crítica formal
La
crítica de las formas abrió la posibilidad de retroceder más allá de las
primeras fuentes escritas y mostró que la fe había configurado esas fuentes.
Pero sus practicantes no exploraron las implicaciones: centraron su atención en
el modo en que la fe había configurado las formas hasta su forma final,
descuidaron investigar el estímulo de fe que puso en marcha el proceso, o lo
situaron sin más en la fe pascual, suponiendo que el retrato de Jesús es
enteramente pospascual. La traducción "crítica de las formas" para
Formgeschichte hizo que el estudio de la transmisión se redujera al estudio de
las formas mismas. El Sitz im Leben desvió la atención del proceso de
comunicación a las comunidades. La crítica formal sucumbió a la misma ilusión
percibida por Kähler: creer que detrás del texto hay una forma
"original" no influida por la fe, como si las formas se hubieran
originado en torno a fogatas o en mercados, ajenas a las comunidades de fe.
d. La
respuesta discipular
Sirviéndose
de una conclusión de la crítica posmoderna, Dunn afirma que el significado de
un texto es producto del encuentro creativo entre texto y lector. Esto vale
también para el proceso de tradición que subyace a los sinópticos. No existe
ningún vacío entre un Jesús históricamente concebido y la tradición posterior.
Sólo hay discípulos que recibieron el "efecto" de Jesús y luego lo
manifestaron formulando la tradición que a su vez causó efecto. Las tradiciones
más primitivas son fruto de la respuesta discipular. No hay un significado
objetivo que descubrir eliminando las aportaciones de la fe.
El
impulso original para la creación de los textos partió de "dichos de Jesús
como fueron oídos y recibidos y acciones de Jesús como fueron presenciadas y
retenidas en la memoria", junto con la reflexión correspondiente. Lo que
tenemos en la tradición no es sólo el producto final, sino también la palabra o
el acontecimiento fuente de la fe, conservados y repetidos por la fe así
creada. Los exegetas del siglo XX no inician el diálogo hermenéutico: continúan
uno que comenzó con la formación inicial de la tradición.
e. El
Jesús recordado
Llevando
aún más lejos a Kähler, Dunn formula un principio fundamental: la tradición
sinóptica atestigua no tanto lo que Jesús hizo o dijo como el modo en que fue
recordado por sus primeros discípulos; en otras palabras, atestigua el impacto
que hechos y palabras de Jesús causaron en ellos. El proceso de recordar es lo
que funde los horizontes de pasado y presente, haciendo presente el pasado
(Vergegenwärtigung). En las primeras transmisiones de la tradición sinóptica
encontramos no a Jesús mismo, sino al Jesús recordado.
La
idea de retroceder hasta una realidad históricamente objetiva, separable del
recuerdo, es pura fantasía. Los relatos sobre Jesús no comenzaban nunca con
Jesús, sino con testigos presenciales. Lo mismo sucede con la tradición de los
dichos: lo que ha llegado son las enseñanzas tal como impactaron en los
individuos. Trazar un retrato de Jesús tal como fue visto y oído por sus
primeros discípulos no es tarea ilegítima ni imposible. Como observa Keck,
"la percepción de sí que Jesús catalizó forma parte de quien él era".
Lo que tratamos de recuperar es precisamente el impacto que Jesús produjo y que
vino a parar en el surgimiento del cristianismo, y la tradición sinóptica es lo
que necesitamos para esa tarea.
f.
¿Cuándo empezó la fe?
La
fe se remonta a los mismos orígenes de la tradición de Jesús: esa tradición
surgió desde el principio como expresión de fe. Esto no significa que se
formulara sólo a la luz de la Pascua (postura de Wrede y los teólogos
kerigmáticos), sino que existieron primeros brotes de fe en la respuesta
prepascual de los discípulos. La enseñanza y los hechos del ministerio de Jesús
no se volvieron súbitamente significativos en la Pascua; adquirieron mucha más
importancia, sí, pero no fueron importantes por primera vez. La idea de un
Jesús anodino e incapaz de fascinar es increíble. Pedro y los demás no se
hicieron discípulos en la Pascua: ya antes habían dado una respuesta de fe, un
vínculo de confianza inspirado por lo que habían oído y visto. Los evangelistas
no dudan en hablar de fe al describir esa respuesta prepascual.
Esta
visión proporciona una solución al abismo entre historia y fe: en el momento
histórico de creación de la tradición tenemos fe histórica. El problema sólo
aparece más abajo en el discurrir de ambas. Si seguimos hacia atrás las dos
corrientes hasta el venero de la tradición, podremos pasar de una a otra con
menos dificultad. Esto no niega que la tradición siguió desarrollándose,
recibiendo aportaciones pospascuales y adquiriendo complejidad. Pero la
tradición sinóptica atestigua una continuidad de fe entre los recuerdos
prepascuales y la predicación pospascual: por grande que fuera la conmoción de
la muerte y resurrección, no hay razón para suponer una completa discontinuidad
con la respuesta inicial.
g. La
diversidad de la fe
La
crítica posmoderna recuerda que los lectores responden de diferentes maneras y
generan multiplicidad de significados. Aplicado a los orígenes, esto sugiere
que la impresión causada por Jesús varió de unos a otros, y que hubo diversidad
de fe desde el principio. Pero la tradición sinóptica indica una homogeneidad
en cuanto al impacto de Jesús sobre quienes la crearon y transmitieron. Es la
coherencia de la respuesta discipular lo que da coherencia a la tradición. Al
mismo tiempo, dada la diversidad posterior del cristianismo, hay que recordar
que el círculo de discípulos no fue uniforme.
¿Hubo
otras respuestas que no llegaran al discipulado o lo entendieran de modo
diferente? El neoliberalismo dice encontrarlas en el Evangelio de Tomás y otros
documentos. Sea como fuere, la respuesta discipular que dio origen a la
tradición sinóptica y de la que surgió la corriente principal del cristianismo
es el objeto principal del estudio. Q sólo se conservó integrada en el formato
evangélico iniciado por Marcos, y Tomás fue rechazado por la gran Iglesia. El
mismo afán de algunos por demostrar la coherencia de Tomás con una tradición
sinóptica primitiva es un reconocimiento indirecto de su carácter normativo.
6.6.
Dos corolarios
a. La
cuestión de las normas
El
intérprete debe reconocer cierta normatividad en determinadas formas de la
tradición: el texto griego es normativo para las traducciones; el sentido llano
tiene preferencia en el diálogo sobre el significado; la forma sinóptica es
normativa para hablar de los comienzos del cristianismo. "Normativo"
se entiende aquí en el sentido de definitivo y determinante, estableciendo
límites para nuevas expresiones aceptables, sin pretender una única lectura
correcta. La cuestión se planteó arquetípicamente en la crítica que la Reforma
hizo, basándose en la Escritura, al catolicismo medieval. Sólo reconociendo la
alteridad del testimonio neotestamentario puede oírse al NT hablar dentro y,
llegado el caso, frente a la tradición. El NT, en virtud de su testimonio sobre
la encarnación, está abocado a funcionar como norma normans, como canon dentro
del canon. Esta autocrítica a la luz de la tradición caracteriza a la Iglesia
occidental, dispuesta a reconocer cuándo se desvió de su norma —en la condena
de Galileo o en su larga tradición de antisemitismo—, mientras permanece como
motivo de perplejidad para el cristianismo oriental y meridional.
b. El
reto de seguir hablando en un foro mayor
Desde
el Renacimiento cristiano hasta el programa de desmitologización bultmanniano,
todos los esfuerzos compartían un objetivo: que los documentos fundacionales de
la tradición cristiana pudieran oírse hoy con sentido, que la educación
cristiana no fuera una actividad arrinconada, que la teología ocupara su lugar
entre las demás disciplinas académicas. Hay cierto peligro en posiciones como
las de Fish y Gadamer: que la significación de la tradición de Jesús sólo se
aprecie dentro de la comunidad interpretativa (la Iglesia) y la voz de los
evangelios quede de nuevo encerrada, incapaz de hablar al mundo. Por otro lado,
todo intento de presentar un Jesús despojado de las vestiduras de la fe está
condenado al fracaso, dado el carácter de su tradición desde el principio. El
problema final, con el que Dunn cierra el capítulo, es si un Jesús presentado
por la fe y a través de ella puede ser todavía oído fuera de las iglesias, en
los foros donde se debaten las cosas que interesan al mundo.
|
|
|