El cristianismo en sus comienzos. Tomo I. Jesús recordado
Segunda parte. A Jesús por los Evangelios
Capítulo 7. Las fuentes
JAMES D. G. DUNN
|
RESUMEN
Introducción
Tras
haber examinado en la Primera Parte los momentos decisivos de la búsqueda del
Jesús histórico y las tensiones entre historia y fe que han marcado la
investigación bíblica, el autor entra en la Segunda Parte abordando las
cuestiones de método que quedaron pendientes: cuál debe ser el punto de partida
en la aproximación a la tradición de Jesús, qué concepto de proceso de
transmisión adoptar y cómo tener en cuenta la condición judía de Jesús y su
contexto galileo. Estos asuntos se desarrollarán en torno a tres ejes: fuentes
(cap. 7), tradición (cap. 8) y contexto histórico (cap. 9).
El
primer paso de toda investigación histórica consiste en identificar las fuentes
disponibles y calibrar su fiabilidad. En el caso de Jesús, casi todas las
fuentes son las que reflejan, de un modo u otro, su influencia. Las externas,
escasas, pueden tratarse brevemente. Respecto a las cristianas (y casi
cristianas), la historia de la investigación ha conocido dos fases de intenso
debate sobre las fuentes: la liberal, centrada en el problema sinóptico, y la
neoliberal, más reciente, que ha subrayado la importancia de las fuentes no
canónicas. Entre ambas se sitúa la fase de la crítica de las formas (aprox.
1920-1980), que desplazó a la crítica de fuentes como instrumento principal.
Dunn
se pregunta si la prioridad de Marcos, la hipótesis Q y la valoración menor del
evangelio de Juan como fuente para el ministerio de Jesús siguen constituyendo
buenas hipótesis de trabajo. Examina también las propuestas más recientes
(estratificación de Q en Kloppenborg, importancia de otras fuentes evangélicas
en Koester), advirtiendo que no han alcanzado el mismo consenso que las
hipótesis clásicas y requieren un escrutinio cuidadoso, dadas las
ramificaciones que tienen para toda búsqueda histórica de Jesús.
7.1.
Fuentes externas
Las
referencias a Jesús fuera de las tradiciones directamente cristianas son
revisadas periódicamente y casi siempre con los mismos resultados.
Josefo,
en sus Antigüedades judaicas (años noventa del s. I), alude dos veces a
Jesús. El primer pasaje (Ant. 18.63-64), aunque retocado por copistas
cristianos, contiene un núcleo ampliamente reconocido como auténtico: Jesús es
presentado como un hombre sabio, autor de hechos asombrosos, maestro de muchos
judíos y griegos, condenado a la cruz por Pilato a instigación de las
autoridades judías, y origen de la 'tribu de los cristianos'. El segundo pasaje
(Ant. 20.200), más breve, menciona a Santiago como 'el hermano de Jesús que es
llamado Mesías', y prácticamente nadie duda de su autenticidad.
Tácito
(Anales 15.44), a comienzos del s. II, refiriéndose al incendio de Roma bajo
Nerón, explica que el nombre 'cristianos' deriva de Cristo, ejecutado bajo
Tiberio por el procurador Poncio Pilato. La formulación carece de rasgos
cristianos típicos, lo que sugiere que no procede de fuentes cristianas.
Suetonio
(Claudio 25.4) menciona, con respecto al año 49 d. C., disturbios en Roma 'a
instigación de Cresto', confusión probablemente debida a la pronunciación
similar de Christus y Chrestos. El testimonio se vincula con
tensiones provocadas en sinagogas romanas por la predicación cristiana, pero su
confusión le resta valor histórico.
Fuentes
rabínicas: entre las posibles alusiones a Jesús, b. San. 43a (que
dice que Yeshu fue colgado en la víspera de la Pascua y lo describe como un
mago que extravió a Israel) es la más probable como eco de reacción
prerrabínica. Pero, en general, extraer datos del s. I de tradiciones rabínicas
mucho más tardías es tarea difícil y poco segura.
Estas
referencias son importantes sobre todo porque desautorizan la tesis,
periódicamente reaparecida, de que Jesús nunca existió. Pero ofrecen muy poca
información sustantiva.
7.2.
Las primeras referencias a Jesús
Las
referencias más antiguas a Jesús como personaje histórico se encuentran en las
cartas de Pablo, los documentos cristianos más tempranos conservados.
La
más antigua está en 1 Cor 15,3, donde Pablo recita el credo fundacional
que él mismo recibió como primera instrucción catequética ('Cristo murió...').
Dado que su conversión tuvo lugar unos dos años después del acontecimiento
confesado, esto significa que ya en los años treinta del s. I se hablaba a
Pablo de un Jesús muerto pocos años antes.
La
segunda referencia, Gál 1,18-20, relata la primera visita de Pablo a
Jerusalén, no más de cinco años después de la crucifixión, donde vio a
'Santiago, el hermano del Señor'. Otra mención aparece en 1 Cor 9,5
('los hermanos del Señor'). Estos datos coinciden con la segunda referencia de
Josefo (Ant. 20.200): existió un hombre llamado Jesús cuyos hermanos eran bien
conocidos entre los años treinta y sesenta del s. I.
Aunque
las cartas paulinas, no destinadas a ofrecer datos biográficos, contendrían
poca información si fuesen nuestra única fuente, sus numerosas alusiones
(descendiente de Abrahán y David, nacido de mujer, vivió en pobreza dentro de
la Ley, con un hermano llamado Santiago, instituyó una comida conmemorativa,
etc.) bastan para confirmar que Pablo tenía conocimiento de Jesús e interés por
él desde antes de su muerte y resurrección. No conviene, pues, presuponer un
gran vacío entre la tradición de Jesús y Pablo.
7.3.
Marcos
Pese
a los intentos de derribarla, la hipótesis marcana (prioridad de Marcos)
permanece firme. Para la gran mayoría de los especialistas, la explicación más
obvia de los datos es que Marcos fue una fuente primaria utilizada por Mateo y
Lucas. De los tres argumentos tradicionales, el del orden ha resultado el menos
satisfactorio, pero el grado extraordinario de coincidencia entre Marcos y
Mateo (más del 95 % del primero aparece en el segundo o en Lucas) muestra
claramente la existencia de dependencia literaria.
La
cuestión es la dirección. Las antiguas teorías presentaban a Marcos como un
compendio de Mateo, pero el análisis sinóptico revela que muchos episodios
marcanos son más extensos que sus paralelos mateanos: la suposición más
razonable es que Mateo abrevió a Marcos para dar cabida al material de dichos
(Sermón del Monte, parábolas del reino). Resultaría inverosímil que Marcos,
evangelista que destaca a Jesús como maestro, hubiera omitido tan considerable
cantidad de enseñanza. Las diferencias menores se explican como mejoras
estilísticas de Mateo o como intentos de evitar equívocos del lenguaje marcano.
Persisten
dudas sobre si el Marcos canónico es exactamente el que utilizaron Mateo y
Lucas o si hubo un Ur-Markus o diversas ediciones. La mayoría sostiene
que la fuente debía de estar muy próxima al canónico. Pero la propuesta de
Koester sobre revisiones más amplias plantea la cuestión de si no estamos
asimilando excesivamente el proceso de transmisión al de varias ediciones de un
libro moderno. Conviene reajustar la mentalidad hacia la perspectiva de la
tradición oral, lo que permitiría reconocer variaciones orales en las
tradiciones utilizadas por Marcos y recuerdos orales de oyentes de su versión.
La
gran mayoría de los eruditos contemporáneos datan Marcos entre los años 65-75
d. C. La antigua tradición (Papías) que lo vincula a los recuerdos de la
predicación de Pedro tiene sentido en un contexto de transmisión oral, aunque
los datos son demasiado escasos para sostener hipótesis firmes sobre lugar de
composición y comunidad de origen. En cuanto a su valor como fuente, el
consenso es firme: Marcos es el evangelio escrito más antiguo conservado
intacto, compuesto unos cuarenta años después de la muerte de Jesús y contiene
tradiciones que debieron de circular ya en la generación anterior.
7.4. Fuente Q
La
atención prestada a Q en las últimas décadas del s. XX ha sido equivalente a la
que recibió Marcos a finales del XIX. Las cuestiones suscitadas en torno a Q
tienen gran importancia potencial para toda investigación sobre la misión y el
mensaje de Jesús.
a. ¿Un
documento Q?
La
segunda conclusión de la teoría de los dos documentos sigue siendo una
hipótesis de trabajo válida para una mayoría considerable. Las estrechas
similitudes verbales entre pasajes mateanos y lucanos no presentes en Marcos se
explican mejor por dependencia literaria de una tradición ya vertida al griego.
La única alternativa significativa sería que Lucas tomase ese material de
Mateo, lo que implicaría una datación de Lucas anterior a Mateo, posibilidad
escasamente sopesada.
Sin
embargo, hay complicaciones que no siempre se reconocen. La letra 'Q' designa
tanto el material común a Mateo y Lucas como el documento hipotético del que
procedería: convendría distinguir 'q' (material común) de 'Q' (fuente
postulada). Además, no se puede excluir que Mateo o Lucas omitieran algún
material de Q. Su misma definición impide medir la extensión real de la fuente.
Para responder a estas dificultades se argumenta que el material Q tiene
consistencia y unidad propias (estrategia coherente de composición) y que, como
en el uso paralelo de Marcos, 'q' debe constituir el grueso de 'Q'. Pero el
grado de coincidencia verbal entre los pasajes oscila enormemente, desde casi
el 100 % hasta el 8 %, lo que debilita la confianza en Q en su extremo inferior.
La
sugerencia de Streeter, de que parte del material común (q) procede de
tradición oral y no de Q, merece más atención, pues abre la posibilidad de que
Mateo o Lucas conocieran variantes orales de tradiciones Q.
b. ¿Una
comunidad Q?
Algunos,
como Kloppenborg, extraen conclusiones de gran alcance sobre una 'comunidad Q'.
No es objetable, en principio, una perspectiva sociológica que vea Q como
tradición de comunidad. Lo problemático es la suposición de que Q defina por sí
solo a esa comunidad. Dunn detecta varias falacias:
1)
La falacia de 'un documento por comunidad': no se puede identificar
el carácter de una comunidad con el de un solo documento asociado a ella. El
hallazgo de los manuscritos de Qumrán debería haber desterrado esta idea. Que
en Q no se mencionen ciertos temas (pureza, Torá) no prueba que no interesaran
a su comunidad; puede ser simple indicio de que Q no representaba todo lo que
importaba a esa colectividad.
2)
Un argumento ex silentio sobredimensionado: la ausencia del kerigma
de la pasión en Q ha llevado a deducir que la comunidad Q lo desconocía o
mantenía una cristología incompatible con la de los canónicos. Resulta
increíble que grupos galileos conservaran enseñanzas de Jesús ignorando o
desatendiendo su ejecución. De hecho, Q muestra conocimiento de su muerte. En
el NT hay diversos modos de presentar la muerte de Jesús, no mutuamente
excluyentes; el modelo sufrimiento-triunfo de los discursos de Hechos es muy
próximo al implícito en Q.
3)
Aislamiento de las comunidades: suponer que las comunidades estaban
aisladas y que sus documentos servían sólo a la suya propia contradice los
indicios de que mantenían contacto entre sí. Probablemente Q se escribió para
facilitar la comunicación a distancia. El acceso simultáneo de Mateo y Lucas a
copias sugiere una difusión no pequeña.
En
resumen, la hipótesis de que Q representa material de enseñanza de una o varias
comunidades es muy probable; las ulteriores suposiciones sobre 'comunidades Q'
de carácter específico y aisladas van mucho más allá de lo que los datos
permiten.
c. ¿Un
estrato redaccional en Q?
Dunn
discrepa también del argumento de Kloppenborg sobre la división de Q en un
estrato sapiencial primitivo (Q1) y un estrato redaccional
secundario, de género profético (Q2), aproximadamente equivalente al
estrato apocalíptico secundario de Koester. Aunque hay razones para reconocer
estructuras y temas redaccionales en Q (juicio inminente, teología
deuteronomista), las dificultades son notables.
En
cuanto al género, calificar como 'sapiencial' un conjunto tan amplio y variado
de material termina por hacer perder valor clasificatorio al rótulo, como ha
mostrado Tuckett. La equiparación a una colección de chreiae cínicas
(Kloppenborg, retomada por Downing, Mack, Vaage, Crossan) no ha hecho sino
añadir complicaciones, y la idea de una tendencia gnostizante inherente al
género sapiencial confunde evolución posterior con motivación original.
En
cuanto a la redacción, los problemas metodológicos son graves. Si distinguir lo
redaccional resulta difícil con un texto fijado como el de Marcos, cuánto más
con un Q cuyo texto es hipotético y discutido. ¿Cómo distinguir redacción de
composición? ¿Cómo predicar al mismo tiempo unidad y coherencia de Q (para
sostener su existencia) y tensiones internas reveladoras de estratos? Las
tensiones no son prueba indiscutible de niveles redaccionales: ningún autor
elimina todas las tensiones de su texto.
Más
concretamente, Kloppenborg no demuestra que Q1 funcionase como
documento independiente, ni que constituya un estrato del 'subsuelo' de Q. Lo
que aparece son seis grupos de enseñanza de Jesús (sermón del llano;
discipulado y misión; oración; confesión sin temor; verdaderas prioridades; más
enseñanza sobre discipulado), pero no hay razón para verlos como un documento.
Parecen más bien material objeto de repetida enseñanza dentro de las
comunidades Q, agrupado para mayor facilidad pedagógica. La hipótesis de una
sola etapa de composición, en la que el autor de Q reunió, adaptó e
interconectó esos grupos, encaja perfectamente con los datos.
Estas
disquisiciones tendrían poca importancia si no fuera porque tal estratificación
se utiliza para postular distintas visiones de Jesús, distintos kerigmas,
distintos círculos discipulares, y, finalmente, un Jesús maestro de sabiduría
no apocalíptico como capa más primitiva. Pero el propio Kloppenborg admite que
'la historia de la tradición no es intercambiable con la historia literaria':
una tradición incorporada en una fase redaccional puede ser tan antigua como la
que modifica, o incluso más.
En
conjunto, el salto desde 'q' hasta 'Q', una 'comunidad Q', etapas dispares de
desarrollo y un Jesús sapiencial no apocalíptico carece de apoyos sólidos. Por
tanto, Dunn utilizará la hipótesis Q como hipótesis de trabajo, pero
prescindirá de la estratificación (Q1, Q2, Q3),
recordando la advertencia de Streeter de que una parte sustancial del material
común procede probablemente de otra fuente (oral).
d.
Fecha y lugar
Cualquier
datación anterior al período en que escribieron Mateo y Lucas (80-95) es
técnicamente posible. Hoffmann y Kloppenborg sitúan la redacción final hacia el
fin de la primera rebelión judía o poco después. Otros (Catchpole, Theissen,
Allison) detectan alusiones que llevarían a fechas posteriores al año 39/40
(intento de Calígula de erigir su estatua en el templo) o al año 45 (profetas
de señales conocidos por Josefo). Allison propone los años treinta para su Q¹ y
los cuarenta o cincuenta para el Q final.
En
cuanto al Sitz im Leben de Q, el argumento más sólido sigue siendo
Galilea. La influencia de Theissen es evidente en quienes piensan que una
primera colección Q servía de orientación a misioneros itinerantes. Pero los
desacuerdos sobre la composición/revisión de Q dificultan una mayor precisión.
Lo que emerge es más bien una historia de tradiciones y un proceso de
transmisión que, según Catchpole y Allison, habría comenzado con el propio
Jesús; aunque concebirlo desde la perspectiva de la redacción literaria, y no
de la tradición oral, es para Dunn un enfoque defectuoso que limita
innecesariamente la visión de las primeras etapas.
7.5.
Mateo y Lucas
Además
de Marcos y Q, son fuentes para la tradición de Jesús los propios Mateo y
Lucas, no sólo por su uso de Marcos y Q, sino por las tradiciones propias de
cada uno (designadas como 'M' y 'L'). Estas tradiciones atestiguan material tan
sustancial como el de Marcos o Q (relatos de la infancia, Mt 10,5.23, parábolas
del buen samaritano y del hijo pródigo, etc.) y no pueden desdeñarse.
Dos
observaciones son oportunas. La primera: el Sondergut mateano y lucano
indica que existía un corpus de tradición más abundante del que cada
evangelista utilizó. Esto enseña algo sobre el proceso de transmisión: no toda
iglesia conocía o consideraba necesario conocer cuanto se podía saber de Jesús,
y los evangelistas fueron probablemente selectivos. No debemos aceptar sin más
el argumento simplista de que la tradición atestiguada una sola vez vale
necesariamente menos como recuerdo de Jesús.
La
segunda observación insiste en que el Sondergut no debe entenderse sólo
desde la perspectiva literaria, como si Mateo y Lucas hubieran dependido
únicamente de fuentes escritas. Tal modo de concebir la transmisión revela
incapacidad de la imaginación histórica para dejarse iluminar por la historia.
En el Israel del s. I la cultura era predominantemente oral, y es probable que
la tradición de Jesús se transmitiera oralmente durante las dos primeras
generaciones (y aún después) antes de incorporarse a Q y a los evangelios
escritos.
7.6. El
Evangelio de Tomás
El
crédito otorgado por Koester y los buscadores neoliberales al Evangelio de
Tomás hace particularmente relevante la cuestión de su valor como fuente.
Desde su publicación en 1959, la opinión se ha dividido casi por igual entre
quienes piensan que su autor conocía y utilizó los sinópticos (y Juan) y
quienes lo ven como testimonio de una forma primitiva e independiente de la
tradición. Los datos no permiten decantarse definitivamente, dada la
complejidad del proceso de transmisión: hay que contar con interrelaciones
entre Tomás (en forma griega o copta) y varios niveles (tradiciones orales o
escritas, documentos, conocimiento oral por audición de lecturas, asimilación
textual posterior). Tuckett concluye que el problema es 'a la postre
insoluble'.
Dunn
formula varias advertencias importantes:
1)
Tomás es un documento gnóstico. Si su tradición propia fuera temprana,
ofrecería base para sostener un cristianismo gnóstico tan antiguo como el de
los canónicos. Pero la investigación sobre el mito de un redentor gnóstico
precristiano resultó infructuosa, y conviene reconsiderar la definición del
gnosticismo como herejía cristiana del s. II, o al menos plantear que el mito
del redentor gnóstico fue dependiente de la cristología cristiana primitiva.
Tomás parece atestiguar el mito gnóstico en forma desarrollada (EvTom 28) y su
perspectiva puede describirse como gnosticismo del s. II. No sorprende, pues,
que muestre revisión gnóstica de alguna tradición anterior.
2)
'Independiente' no equivale a 'más original'. Una persistente falacia en
este campo asume que cualquier elemento no derivable del cristianismo en los
textos de Nag Hammadi debe ser anterior a él. Pero 'independiente' puede
significar simplemente independiente del cristianismo, no anterior. En Tomás,
la diversidad de versiones de muchos dichos puede deberse tanto a tradición
previa como a redacción posterior.
Koester
resulta especialmente vulnerable a la acusación de petición de principio:
supone más que demuestra un estrato primitivo no apocalíptico de la tradición.
Pero es comprensible que una revisión gnóstica, centrada en la 'escatología
realizada', omitiera o corrigiera tradiciones que sugerían escatología futura o
esperanza en una venida del Hijo del hombre. La escatología futura está
vinculada a la raíz misma de la tradición sinóptica, lo que hace pensar que
Tomás atestigua más bien una supresión que una conservación.
La
consecuencia es clara: Tomás atestigua diferentes formas que adoptó la
tradición de Jesús; pero allí donde difiere marcadamente del consenso
sinóptico, lo probable es que la tradición sinóptica esté más cerca de los
primeros dichos recordados. La tradición sinóptica primitiva proporciona el
criterio para juzgar el material de Tomás; e insistir en datarlo en fecha muy
temprana refleja, una vez más, una teoría de la transmisión concebida desde
estadios literarios más que desde nuevas narraciones orales.
7.7. El
evangelio de Juan
La
exclusión de Juan como fuente histórica por Baur ha venido imponiéndose durante
casi un siglo. Aunque Wrede minó la rígida distinción entre Juan (teología) y
sinópticos (historia), pocos especialistas recurrirían hoy al cuarto evangelio
para informarse sobre la vida y el ministerio de Jesús en la misma medida que a
los sinópticos.
Los
factores son varios: imagen muy distinta del ministerio en cuanto a orden,
alcance (purificación del templo, resurrección de Lázaro) y localización
(predominantemente Jerusalén en lugar de Galilea); estilo de Jesús discursivo y
teológico frente al aforismo y la parábola sinópticos; uniformidad de ese
estilo, hable Jesús a Nicodemo, a la samaritana o a sus discípulos, similar al
del Bautista y al de 1 Juan, lo que sugiere que el estilo corresponde al
evangelista, no a Jesús. Y, quizá lo más importante, en los sinópticos el tema
central es el reino de Dios y Jesús raramente habla de sí mismo, mientras que
en Juan el reino queda en segundo plano y los discursos son vehículos para que
Jesús revele su propia realidad. Las impresionantes autoafirmaciones ('Yo
soy...') difícilmente podrían haber sido ignoradas por los sinópticos si
hubieran formado parte del recuerdo histórico.
La
aportación que ha exigido una revisión de ese consenso es el estudio magistral
de C. H. Dodd, que muestra con argumentos sólidos que el material narrativo y
discursivo de Juan contiene tradición antigua y genuina: 1) el relato sobre los
comienzos del ministerio podría aportar información no incluida en los
sinópticos; 2) los datos geográficos se explican mejor como detalles
recordados; 3) muchos especialistas dan mayor crédito a Juan en cuanto a la
duración del ministerio (tres Pascuas), las visitas frecuentes a Jerusalén y la
cronología de la última semana. En el material discursivo, los numerosos dichos
con paralelos sinópticos se explican mejor por el conocimiento de una tradición
de tipo sinóptico, y los discursos joánicos suelen tener la apariencia de
meditaciones del evangelista sobre palabras y hechos significativos de Jesús,
articuladas en el esquema 'milagro-discurso' o en los discursos de despedida
(Jn 14-17).
Juan
ofrece, pues, otra ventana al uso de la tradición de Jesús en el s. I,
especialmente en las dos primeras generaciones cristianas. La tradición ha sido
reelaborada con intensidad y, a la vez, está bien enraizada en la tradición de
Jesús. En lo concerniente al material de enseñanza, la tradición sinóptica
funciona como norma para reconocer las tradiciones más antiguas. Por eso Dunn
utilizará Juan como fuente, pero sobre todo como fuente secundaria, para
complementar o corroborar el testimonio sinóptico.
7.8.
Otros evangelios
El
valor de los demás evangelios invocados por Crossan y Koester como testimonio
de los primeros recuerdos de Jesús disminuye progresivamente.
a)
El Evangelio dialogado (presunta fuente del Diálogo del Salvador
de Nag Hammadi) es claramente gnóstico y se compuso con material conocido por
el Evangelio de Tomás. Tuckett encuentra indicios de su dependencia de
Marcos y probablemente de Lucas. Sus paralelos con Juan son interesantes, pero
el documento es ya una reflexión bien desarrollada sobre tradición anterior. Es
dudoso que ofrezca versiones más antiguas u originales que la tradición
sinóptica, y aún más dudoso que dé pruebas de arraigo en las formas primitivas
de la tradición de Jesús.
b)
La Carta apócrifa de Santiago es similar pero aún menos consistente.
Koester sobreinterpreta los datos al verla como etapa anterior a la tradición
joánica de los discursos. El documento es claramente gnóstico, y sus paralelos
pueden explicarse como ecos de tradición conocida por los evangelios canónicos.
c)
El Evangelio secreto de Marcos, versión 'más espiritual' del Marcos
canónico según Clemente de Alejandría, ampliada por los carpocracianos. Sus dos
fragmentos (resurrección de un joven, similar a Lázaro de Jn 11; encuentro con
la hermana y la madre y con Salomé) son interpretados por Crossan y Koester
como precanónicos. Pero la idea de que el Marcos canónico procede del Secreto y
de que los fragmentos pertenecerían al cúmulo de tradición precanónica es poco
probable: lo más verosímil es que el Marcos secreto reutilizase frases recordadas
oralmente del canónico.
d)
El llamado Evangelio de la Cruz, desenterrado por Crossan del Evangelio
de Pedro como fuente común de los cuatro canónicos, no ha convencido ni
siquiera a Koester. Pedro podría atestiguar relatos de la pasión que circularon
oralmente al margen de los canónicos, pero la tesis de Cameron de que el
documento, tal como lo conocemos, antecede a los cuatro evangelios canónicos
lleva al extremo la falacia de equiparar 'independiente' a 'anterior'.
e)
El papiro Egerton 2 presenta paralelos llamativos con Jn 5; 9; 10 y con
Mc 1; 7; 12. Los paralelos admiten varias explicaciones: utilización de
tradiciones anteriores e independientes, recuerdos de lecturas o circulación
oral de lo narrado. Hay que evitar pensar inconscientemente en una
interdependencia literaria o en una redacción por recortes y añadidos.
f)
Por último, suele postularse la existencia de colecciones de relatos de
milagros subyacentes a Marcos y a Juan, así como la pregunta sobre la
existencia de un relato de la pasión premarcano, asuntos que se retomarán al
estudiar el proceso de transmisión.
7.9.
Conocimiento de la enseñanza y agrapha de Jesús
Para
completar el examen de las fuentes hay que mencionar las referencias
específicas a la enseñanza de Jesús en textos paulinos (1 Cor 7,10-11; 9,14;
11,23-25) y la posibilidad de que Pablo y otros autores tempranos de
epístolas aludieran en numerosas ocasiones a las tradiciones sobre dicha
enseñanza, cuestión que se aplaza a un estudio posterior.
También
hay que mencionar los agrapha (dichos no conocidos) atribuidos a Jesús
en el resto del NT (especialmente Hch 20,35), en lecturas variantes de
los evangelios (especialmente Lc 6,4 D) y en fuentes patrísticas
(especialmente EvTom 82, citado por Orígenes). Su credibilidad como
dichos de Jesús depende en gran parte de su compatibilidad con las tradiciones
sinópticas, más familiares. Pero constituyen un recordatorio adicional de que
debió de haber una tradición de dichos de Jesús bastante vigorosa que siguió
circulando aparte de los evangelios canónicos. Y la tradición es precisamente
el tema que se aborda a continuación.
|
|
|