El
cristianismo en sus comienzos. Tomo I. Jesús recordado
Segunda parte. A Jesús por los Evangelios
Capítulo 8. La tradición
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
Pocos especialistas, si alguno, piensan hoy día que las
fuentes escritas conducen al lector directamente hasta el Jesús que trabajó y
enseñó en Galilea tres o más décadas antes de que esos textos fueran
compuestos. Pero también pocos, si alguno, ponen en duda que tales documentos
se sustentan sobre tradición anterior. Lo que está por dilucidar es si esa
tradición antigua cubre totalmente o solo en parte el período entre Jesús y los
escritos en cuestión. La crítica de las formas ofreció una respuesta parcial;
pero su interés principal parece haberse reorientado hacia un debate
interminable sobre criterios. Y la búsqueda neoliberal de nuevas fuentes da la
impresión de haber caído en la vieja trampa de concebirlas solo como fuentes
escritas. Como observa David Du Toit, existe una completa falta de consenso
sobre el proceso de transmisión de la tradición de Jesús, y una necesidad
urgente de desarrollar una teoría general de dicho proceso. Existe, sin
embargo, un enfoque hasta hace poco insuficientemente reconocido: ver esa
tradición como transmitida oralmente. En este capítulo se proponen los
primeros pasos hacia el desarrollo de una teoría de la transmisión que responda
a esa necesidad.
8.1. Jesús, el fundador del cristianismo
La reflexión sociológica sobre el hecho de que los primeros
creyentes se identificasen a sí mismos por referencia a Jesús el Cristo o
Jesucristo arroja nuevos frutos. Se trataba de pequeños grupos que, casi con
certeza, necesitaron una o más historias de fundación que sirvieran para
explicarse a sí mismos y a los demás por qué se habían constituido como
colectivos distintos y por qué eran llamados «nazarenos» o «cristianos». Una
simple fórmula kerigmática como 1 Cor 15,3-8 difícilmente bastaba para fundar esa
identidad: incluso los mitos iniciáticos de los cultos mistéricos narran
historias más desarrolladas. Personajes tan diversos como Jeremías o Diógenes
fueron recordados por sus discípulos con relatos legitimadores de su
seguimiento. Y si vemos en Moisés el equivalente más próximo —como fundador de
la religión de Israel—, basta recordar que su vida vertebra el Pentateuco desde
el Éxodo hasta el Deuteronomio. Aunque hay excepciones (sabemos muy poco del
Maestro de Justicia de Qumrán), los primeros cristianos solo podían dar razón
de sí mismos remitiéndose a aquel al que llamaban «(el) Cristo». Una de las
cosas que podemos colegir de los evangelios es precisamente esa necesidad de
explicarse a sí mismos hablando de Jesús, contando lo que dijo e hizo.
Maestros y tradición
Esta lógica a priori se ve confirmada por el hecho de
que la transmisión de la tradición fue parte de la actividad de la Iglesia
desde el principio. Pablo remitió en varias ocasiones a sus comunidades a esas
tradiciones fundacionales, y no únicamente a fórmulas kerigmáticas o
confesionales: hay también tradición comunitaria (1 Cor 11,2.23), enseñanza
sobre cómo deben vivir los nuevos convertidos (Flp 4,9; 1 Tes 4,1; 2 Tes 3,6) y
tradiciones de Jesús que sirven de pauta para la vida de los cristianos (Col
2,6-7).
Confirmación adicional la ofrece la prominencia de los maestros
en las primeras iglesias cristianas. Su ministerio parece haber sido el primero
retribuido con regularidad (Gál 6,6; Did 13,2). ¿Por qué los maestros?
Por su idoneidad para servir como depósito de la tradición oral de la
congregación. Junto a una interpretación cristiana de las Escrituras, los
maestros enseñarían también las tradiciones que distinguían a las iglesias caseras
de sinagogas o de otras sociedades. Conviene recordar la enorme importancia de
los maestros en las comunidades antiguas: las sociedades orales de la
Antigüedad apenas disponían de libros de consulta y dependían de personas cuyo
papel era funcionar como lo que Jan Vansina llama «una biblioteca de consulta
con piernas».
No hay que olvidar, además, que Jesús era para muchos un
«maestro» (didaskalos), y desde luego para sus discípulos; quizá él
mismo se consideraba así (Mt 10,24-25/Lc 6,40). Que sus seguidores próximos
sean llamados sistemáticamente «discípulos» —es decir, talmidim, mathætai,
los que aprenden— refuerza esta impresión. La relación recordada entre Jesús y
su grupo fue la de un maestro y unos discípulos, con la implicación de que
estos últimos se creyeron en el deber de dar a conocer a otros lo que les había
sido enseñado.
Testimonio y memoria
Dos temas significativos del Nuevo Testamento confirman la
importancia que tuvo para los primeros cristianos difundir el conocimiento de
Jesús y ser memoria activa de lo que dijo e hizo.
El primero es el tema de dar testimonio,
especialmente prominente en Hechos y en Juan. Los primeros discípulos, y los
apóstoles en particular, son «testigos» (martyres) de Jesús (Hch 1,8).
Pensándose principalmente en los acontecimientos de la crucifixión y
resurrección (2,32; 3,15; 5,32; 10,41; 13,31), Lucas entendía sin embargo que
el testimonio incluía el ministerio de Jesús «comenzando por el bautismo de
Juan» (Hch 1,22; 10,37-39). También Pablo es presentado como «testigo» de Jesús
(22,15.18; 23,11; 26,16). El cuarto evangelio destaca asimismo la importancia
del testimonio: lo dan Juan Bautista, la samaritana, la multitud, y muy
especialmente los discípulos, asistidos por el Espíritu (15,26-27). El propio
evangelista considera estar dando testimonio mediante su evangelio (19,35;
21,24). El mismo tema reaparece en las epístolas joánicas (1 Jn 1,2; 4,14),
donde se complementa con dos motivos: aquello «desde el principio» (ap’
archæs) que los testigos oyeron, y la transmisión de lo «oído» a los nuevos
convertidos para que lo retengan y vivan de acuerdo con ello. Todo ello indica
que en el cristianismo del siglo I se sentía la necesidad de asegurar la
continuidad de la tradición desde los primeros testigos hacia los discípulos
posteriores.
Más llamativo aún es el tema de la memoria, capital
para la formación de la identidad. Ya Pablo subraya que sus convertidos se
acuerden de él y de las tradiciones que les ha transmitido (1 Cor 11,2; 2 Tes
2,5). En la tradición de la última cena resuena la exhortación a recordar a
Cristo —«haced esto en memoria mía» (1 Cor 11,24-25; Lc 22,19)—, que dista
mucho de ser un simple acto cognitivo. La necesidad de recordar las palabras de
Jesús es tema reiterado en Lucas-Hechos y Juan: la equivalencia de Jn 14,26 y
15,27 indica que «recordar» y «testimoniar» son las dos caras de una misma
moneda. 2 Pedro, Apocalipsis 3,3, 1 Clemente (que introduce dichos de Jesús con
la fórmula «recordando lo que el Señor enseñó») y Policarpo confirman que la
memoria de la enseñanza recibida era una cuestión fundamental del cristianismo
primitivo. Y lo mismo evoca la famosa tradición de Papías. Aunque pueda
observarse cierta libertad al transmitir esos dichos, la idea de recordar la
tradición de Jesús es tan antigua como las primeras referencias a ella, y los
temas del testimonio y la memoria refuerzan la impresión de que, desde el
principio, quienes fundaban iglesias procuraron ofrecer como base la tradición
de Jesús y construir sobre ella.
Custodios apostólicos
La idea de los apóstoles como cimientos de la Iglesia
aparece ya en Ef 2,20 y Ap 21,14. Más notable es el énfasis de los primeros
capítulos de Hechos en el papel de los apóstoles como garantes de la
continuidad entre lo que enseñó Jesús y la misión expansiva inaugurada en
Pentecostés. Hch 1,1 presenta el libro como continuación de «todo lo que Jesús
empezó a hacer y enseñar»; las instrucciones a los apóstoles (1,2) suponen
prevista esa continuidad. Por eso el criterio para reemplazar a Judas es haber
estado con ellos durante el ministerio de Jesús «comenzando desde el bautismo
de Juan» (1,21-22), y por eso 2,42 destaca como característica principal de la
nueva comunidad la perseverancia en la «doctrina de los apóstoles».
Tales afirmaciones no son meras proyecciones tardías. La
significación de Pedro, Santiago y Juan como primeros entre los dirigentes está
atestiguada por los textos, y Pablo confirma que un triunvirato (con Santiago
hermano de Jesús sustituyendo a Santiago hermano de Juan) era visto como «las
columnas» de Jerusalén. Ya a los veinte años del movimiento se consideraba que
sobre estos tres descansaba la comunidad que se estaba construyendo. Esto
encaja con la tradición de Jesús, según la cual los más cercanos a él eran
Pedro y los hermanos Zebedeos: nada extraño, pues, que se los tuviera por
principales testigos y custodios de su herencia. El concepto paulino de
apostolado, aunque distinto del lucano, coincide en que Pablo entendía su labor
apostólica como fundación de iglesias (Rom 15,20; 1 Cor 3,10; 9,1-2), una de
cuyas funciones esenciales era transmitir la tradición fundacional.
Cómo fue utilizada la tradición de Jesús
A este conjunto de pruebas indirectas suele restársele
importancia ante la aparente desatención de Pablo al ministerio y la tradición
de Jesús. No se puede dar por seguro que Pablo conociese a Jesús personalmente;
con todo, seguramente aprovechó las dos semanas pasadas en compañía de Pedro
(Gál 1,18) para adquirir un mayor conocimiento de las tradiciones de su misión.
Sin embargo, Pablo cita explícitamente a Jesús solo en tres ocasiones —todas en
1 Corintios (7,10-12; 9,14; 11,23-25)—, aunque da a entender que si hubiera
conocido más tradiciones referentes a otras cuestiones disciplinares las habría
citado (1 Cor 7,25; 14,37). Por otro lado, hay varios ecos de tradición
sinóptica en las cartas paulinas, pero ninguno con referencia explícita a
Jesús, ni Pablo cita su autoridad para dar peso a su propia enseñanza.
¿Significa esto falta de interés por «recordar» lo que Jesús
dijo? La pauta paulina se repite en otros escritos del cristianismo primitivo,
particularmente en Santiago y en 1 Pedro: solo ocasionalmente se menciona a
Jesús como autoridad para los dichos citados; lo habitual es que la enseñanza
derivada de la tradición de Jesús aparezca incrustada en una parénesis más
amplia, sin atribución explícita. Como Santiago y 1 Pedro nos llevan
probablemente a la segunda generación, cuando ya circulaban los sinópticos, es
muy improbable que sus autores ignorasen el origen de esa enseñanza. La
explicación más verosímil es que estamos ante uno de los modos en que era
recordada y utilizada la tradición: como un lenguaje propio del grupo.
Los colectivos consolidados desarrollan un lenguaje que les proporciona
identidad y demarca: palabras y frases abreviadas que funcionan como código
interno y no se explicitan, pues es su reconocimiento lo que cohesiona. La
tradición de Jesús habría conformado ese tipo de lenguaje, compartido por las
primeras comunidades cristianas. El uso paulino del mismo en su carta a los
Romanos —iglesia que él nunca había visitado— supone confianza en que era un
lenguaje común a todas las iglesias, aportado por el apóstol fundador al
transmitir la tradición de Jesús.
En suma: que casi todas las referencias a la tradición de
Jesús en los documentos del cristianismo primitivo adopten forma de alusión y
eco confirma que esos documentos no eran un medio de instrucción inicial en la
tradición, y que las iglesias destinatarias ya poseían un conocimiento
relativamente extenso de ella, transmitido en la época de su fundación.
Los evangelios como biografías
Bultmann llevó a los buscadores a otra pista falsa al
afirmar que «no hay interés histórico-biográfico en los evangelios». Esa
perspectiva persiste hoy, pero se olvida que Bultmann reaccionaba contra la
confianza liberal en poder penetrar en la conciencia mesiánica de Jesús. Como
ya había mostrado Kähler, lo que aquellos buscadores hacían era proyectar su
propia imaginación, entendiendo la biografía a la manera decimonónica, con su
interés por la vida interior y el desarrollo personal del sujeto. Lo que Bultmann
en realidad censuraba era el intento de escribir una biografía moderna
de Jesús.
Desde los años setenta del siglo XX se aprecia con claridad
que los evangelios se asemejan a las antiguas biografías (gr. bioi,
lat. vitae). En ellas, a diferencia de las modernas, no era importante
analizar la vida interior del sujeto ni seguir la evolución de su carácter,
considerado fijo e inmutable; el biógrafo se centraba en describir el carácter
a través de las palabras y los hechos. Esto es justamente lo que encontramos en
los evangelios canónicos —no, conviene subrayarlo, en los otros evangelios
utilizados por la búsqueda neoliberal—. La intención habitual de los biógrafos
antiguos era ofrecer ejemplos dignos de imitación, conservar el recuerdo del
biografiado y promover su reputación; rasgos también propios de los evangelios.
Es cierto que estos nunca fueron concebidos como simplemente biográficos: eran
propaganda, kerigma; pero tampoco eran semblanzas desapasionadas (ni siquiera
lo son las biografías modernas). Las coincidencias entre evangelio y biografía
antigua son sustanciales y significativas.
Como observa Burridge, «la biografía es un tipo de
literatura que surge de manera natural en agrupaciones formadas en torno a un
maestro o líder carismático al que se intenta seguir»; y Momigliano recordaba
que en el mundo helenístico las personas instruidas tenían curiosidad por
conocer la vida de personajes famosos. El género en sí ya nos revela que había
un considerable interés histórico en formular, narrar y coleccionar en forma de
evangelio el material sinóptico. En síntesis, hay sustanciales pruebas indirectas
de dos cosas: primera, que las iglesias primitivas quisieron recordar y tener
como referencia la tradición de Jesús —que les había sido proporcionada como
tradición fundacional por sus respectivos apóstoles—; segunda, que los
evangelios atestiguan un vivo interés entre los primeros cristianos por saber
acerca de Jesús, por conservar, promover y defender el recuerdo de su misión y
por aprender de su ejemplo.
8.2. Influencia de la profecía
La imagen resultante —apóstoles fundadores que transmiten la
tradición, maestros que la consolidan, escritores epistolares que la evocan en
su parénesis— resulta incompatible con la opinión generalizada de que en las
iglesias primitivas fueron añadidas con frecuencia declaraciones proféticas a
la tradición de Jesús. No se trata solo de que esta fuera modificada por la
enseñanza eclesial; se piensa además que las declaraciones de profetas
cristianos fueron escuchadas como palabras de Jesús, aceptadas como tales e
integradas en el acervo, sin que nadie considerase necesario distinguirlas. Lo
afirmaba Bultmann: «La Iglesia no establecía distinción entre esas
declaraciones de profetas cristianos y los dichos de Jesús recibidos de la
tradición». Käsemann hablaba sin reservas de «incontables dichos en primera
persona del Cristo revelado a través de los labios de los profetas». El estudio
más completo de la cuestión, debido a Eugene Boring, concluye que una cantidad
sustancial de la tradición de Jesús ha sido influida por uso profético o tiene
origen directo en declaraciones proféticas.
¿Qué base tiene la hipótesis? Es cierto que hubo en las
iglesias primitivas considerable vitalidad profética, muy apreciada por Pablo;
determinadas declaraciones son atribuidas al Espíritu Santo y algunas a Jesús
resucitado (1 Tes 4,15[?]; Ap 2-3); sabemos también que los profetas solían
expresarse en primera persona. Hay, en efecto, casos en que cabe sospechar la
incorporación de dichos proféticos a la tradición (probablemente Mt 18,20;
quizá Mt 11,28-30 y Lc 11,49-51; 22,19b). Pero, frente a las muy frecuentes
referencias a profetas en la tradición cristiana primitiva, no hay en sus
pasajes indicio alguno de que se hicieran voz de Jesús, ni de que se esperase
tal cosa al hablar ellos en las asambleas cristianas. Y Ap 2-3 no constituye
argumento en contra. Sería sorprendente que ningún profeta hubiese expresado en
una iglesia paulina una profecía sobre la circuncisión, y sin embargo no hay
rastro de ello en la tradición de Jesús. La función profética, aun siendo vital
para Pablo, era mucho más modesta de lo que esa hipótesis supone (1 Cor 14,3).
Además, en las tradiciones judía y cristiana, las profecías reciben normalmente
el nombre del profeta aun cuando este habla en nombre de Dios; Lucas siempre
menciona al profeta concreto y distingue las palabras del Espíritu de las del
Cristo exaltado; y Pablo separa cuidadosamente su propia opinión inspirada de
la tradición de Jesús (1 Cor 7,10.25.40).
El examen de los ejemplos propuestos por Boring muestra que
los criterios usados no permiten distinguir una declaración profética de Jesús
de una profecía cristiana primitiva. La lógica de Boring solo funcionaría si
Jesús no hubiera enviado en misión a sus discípulos, no hubiera esperado que
ellos sufrieran persecución y no hubiera visto en su mensaje una significación
escatológica. Aquí también se descuida el carácter originalmente oral de la
tradición y la posibilidad de que el profeta interpretara y prolongara dichos
previos sin que ello convierta esa reelaboración en creación profética.
Pero la cuestión central es otra: ¿hubo adiciones que
torcieran el sentido de la tradición primitiva, un «cambio de dirección» en el
material primario? Un rasgo común a la profecía judía antigua y a la cristiana
es el reconocimiento de que la inspiración podía dar origen a falsa
profecía: una declaración profética no se aceptaba sin más como palabra de
Dios. La necesidad de probar la profecía y disponer de criterios para
ello se reconoce desde el comienzo de la confianza de Israel en ella. Filón,
los qumranitas y Josefo eran conscientes del problema; Pablo aconseja: «No
menospreciéis la profecía, pero examinadlo todo» (1 Tes 5,20-22); distinguir la
profecía verdadera de la falsa es función habitual entre los primeros
cristianos (1 Cor 12,10; 14,29); y 1 Jn 4,1 lo prescribe expresamente.
De aquí se sigue un corolario decisivo: probablemente, allí
donde estuvo activa, la profecía iba acompañada de una hermenéutica de
sospecha; las declaraciones no se consideraban automáticamente palabra del
Cristo exaltado. ¿Qué prueba aplicar? Una respuesta coherente —ya formulada en
Dt 13,1-3— es el contraste con la tradición reconocida y arraigada. Dentro del
NT, la prueba se encuentra señalada con claridad en 1 Cor 12,3 («Jesús es
Señor») y en 1 Jn 4,2-3 (la confesión cristológica desarrollada). Las propias
reivindicaciones apostólicas de Pablo tuvieron que pasar esa prueba: en Gálatas
1-2, pese a insistir en la independencia de su autoridad, considera necesario
presentar su evangelio a los apóstoles de Jerusalén «no fuera que ahora y
entonces me estuviera afanando inútilmente» (2,2).
Trasladada al asunto de las incorporaciones proféticas, esta
percepción tiene gran alcance. En primer lugar, cualquier profecía atribuida
al Cristo exaltado habría sido probada con lo que ya se consideraba que era lo
que Jesús había dicho; lo que supone que en la mayoría de las iglesias
existía un canon de tradición fundacional de Jesús. En segundo lugar, solo las
declaraciones proféticas coherentes con ese material habrían sido aceptadas
como dichos de Jesús. Y en tercer lugar —y este es un punto importante—,
cualquier dicho o tema atípico presente en la tradición procede
posiblemente del propio Jesús, pues de otro modo, si se hubiera originado como
declaración profética, difícilmente habría sido aceptado. Nos encontramos aquí
con un criterio potencialmente importante, una suerte de criterio de coherencia
a la inversa: cuanto menos coherente con la tradición de Jesús es un
dicho o tema integrado en ella, más probable es que se remonte al mismo
Jesús. En suma, la idea bultmanniana de una intensa actividad profética que
aportara sustancialmente a la tradición no se confirma; las primeras iglesias
eran muy conscientes del peligro de diluir o contaminar su tradición
fundacional.
8.3. La tradición oral
¿Corrobora lo que sabemos sobre los procesos de transmisión
las inferencias precedentes? Todos los investigadores coinciden en que la
prueba decisiva ha de ser la tradición de Jesús misma. Tal convicción, sin
embargo, mal se aviene con la persistente laguna en el análisis: no se ha
tenido suficientemente en cuenta que, en sus etapas iniciales, la tradición
tuvo que ser oral; tampoco se ha investigado a fondo el carácter de la
tradición en su fase oral ni lo que su oralidad significó para la transmisión.
El asunto se ha abordado repetidamente a lo largo de las búsquedas, pero casi
siempre ha quedado en vía muerta.
J. G. Herder
El mérito de haber sacado el problema a debate suele
atribuirse a Herder (1744-1803). En contra de Lessing, sostenía que subyace a
los sinópticos no un evangelio arameo original, sino un «evangelio ordinario»
y, además, en forma oral. Con su descripción del material transmitido
como «una saga oral» se adelanta a muchos estudios posteriores: en una
narración libre y oral, dichos largos, parábolas y unidades cortas conservan su
forma de expresión mejor que los detalles menores y las fórmulas de transición;
el «evangelio ordinario» constaba de unidades sueltas —relatos, parábolas,
dichos, perícopas— cuyo diferente orden de aparición en los evangelios
atestigua precisamente ese carácter independiente. Por desdicha, estas
percepciones potencialmente fructíferas quedaron opacadas por la búsqueda de
fuentes escritas, que fue la preocupación principal del siglo XIX.
Rudolf Bultmann
Hasta el surgimiento de la crítica formal a comienzos del
siglo XX no volvió a emerger la cuestión del carácter oral de la primitiva
tradición. Bultmann definía su tarea como «estudiar la historia de la tradición
oral de Jesús subyacente a los evangelios», y observaba —como ya hiciera
Herder— que cuando los relatos pasan de boca en boca se conserva bien el
argumento central, mientras varían los detalles incidentales. Pero las
posibilidades de trabajar provechosamente con esa intuición se frustraron casi
de inmediato a causa de varias ideas que distorsionaron su reconstrucción. Dos
son particularmente importantes: por un lado, Bultmann se centró en las formas
y conjeturó «leyes de estilo» —tomadas de manera imprecisa del folclore— que
implicaban la presunción de una forma «pura» original y una evolución natural
hacia mayor complejidad, determinada más por la forma que por el contenido. Por
otro lado —y esto es lo más trascendente—, supuso un modelo literario
para explicar la transmisión: percibió toda la tradición como compuesta por
«una serie de estratos», capas construidas unas sobre otras de las cuales
podían separarse las superiores (helenísticas y tardías) para dejar al
descubierto las inferiores (palestinas y primitivas). Esa imagen está tomada
del proceso literario de edición, pero ¿es adecuada para un proceso de
repeticiones orales? Bultmann nunca abordó realmente esa pregunta. Hubo, con
todo, tres excepciones a esta línea principal que conviene examinar.
C. F. D. Moule
Moule no centró su atención en los procesos de la tradición
oral, pero dos percepciones suyas resultan pertinentes. La primera es que, a su
entender, los evangelios mantienen una clara distinción entre las imágenes
prepascual y pospascual de Jesús; los sinópticos conservan un claro sentido de
lo que es anterior y posterior a la Pascua en el contenido de la
tradición, mientras el contexto de transmisión es siempre pospascual. La
segunda, desplegada en Birth of the New Testament, es la insistencia en
la vitalidad del proceso histórico-formal en la vida de las iglesias y la
necesidad de situar en ese contexto los procesos que llevaron a escribir los
primeros libros cristianos.
Helmut Koester
El segundo paso significativo después de Bultmann lo dio su
alumno Koester, quien desde el principio puso de relieve que la tradición
existió en forma de corrientes orales —«tradición libre»— hasta bien entrado el
siglo II, y ha defendido coherentemente esa convicción previniendo contra una
concepción puramente literaria y lineal del desarrollo. Sin embargo, no ha
llegado a desarrollar un modelo de transmisión oral ni a profundizar en la
dinámica del proceso, fuera del apoyo que su tesis le brinda a la idea de que
ciertos evangelios posteriores contienen formas primitivas de la tradición.
Birger Gerhardsson
La tercera respuesta a Bultmann merecedora de mención es la
protesta de Harald Riesenfeld y de su discípulo Birger Gerhardsson contra el
descuido de los precedentes palestinos en la transmisión de la tradición.
Riesenfeld advirtió que los términos técnicos griegos del NT (paralambanein
y paradidonai) traducen los rabínicos y dedujo que el proceso de
tradición cristiano primitivo era, como el rabínico, «una transmisión
rígidamente controlada» de palabras y hechos memorizados y recitados como
palabra sagrada. Gerhardsson desarrolló esa tesis con un minucioso estudio del
judaísmo rabínico: la palabra clave es memorización, lograda por
repetición constante; el discípulo debía «conservar las palabras exactas de su
maestro» como base de cualquier comentario posterior. Por analogía, Jesús
habría procurado que sus discípulos retuvieran ciertos dichos, lo que permitió
a los evangelistas trabajar «sobre una base de tradición fija, definida,
procedente de Jesús y acerca de él».
Estas contribuciones fueron desestimadas, en buena medida
porque el recurso al precedente rabínico se juzgó —injustamente— anacrónico.
Hay que reconocer, sin embargo, que la tradición evangélica no describe a Jesús
enseñando por repetición, y que el modelo de Riesenfeld y Gerhardsson resulta
demasiado rígido para dar cuenta de las obvias disparidades que los
evangelistas presentan al usar la tradición. Aunque algún elemento de
memorización tenía que estar presente —los aforismos de Jesús se prestan a ello—,
queda la duda de si su intención era iniciar una cadena de enseñanza basada en
la memorización. El proceso así imaginado parece demasiado controlado y formal
para explicar las divergencias existentes en la tradición.
Werner Kelber
Kelber tiene el mérito de ser el primer estudioso del NT que
tomó en serio la peculiaridad de la tradición oral tal como la habían iluminado
los clásicos, los folcloristas y los antropólogos sociales. Entre las
características de la oralidad figuran «pautas mnemotécnicas ideadas para
facilitar la repetición oral», modelos rítmicos, repeticiones y antítesis,
aliteraciones y asonancias, expresiones epitéticas y formularias, frases
proverbiales; típicas son las variaciones que, sin embargo, dejan reconocibles versiones
de un mismo relato. Kelber identifica esos rasgos en la tradición de Jesús:
dichos marcados por aliteraciones, paronomasias, paralelismos y antítesis;
relatos de milagros estereotipados que se prestan a una memorización «no
palabra por palabra» pero sí fácil. Reconoce sin reservas, además, que «el
pensamiento oral consiste en esquemas formales desde el principio»; «la
estabilidad de las fórmulas» y la «variabilidad de la composición» van de la
mano, en un «estado intermedio entre fijo y libre»; «variabilidad y
estabilidad, conservadurismo y creatividad, evanescencia e impredecibilidad son
características de la transmisión oral», bajo el principio de «la variación
dentro de lo mismo».
Sin embargo, el libro de Kelber se centra en desarrollar
—sobre todo siguiendo a Walter Ong— la distinción entre oralidad y escritura.
La distinción es importante porque obliga al erudito moderno a no proyectar
suposiciones alfabéticas sobre el mundo antiguo, y porque señala la inmediatez
de la comunicación oral, en contraste con la «síntesis oral» que la escritura
interrumpe; es algo de esto lo que está en juego cuando se habla del «impacto»
causado por Jesús en sus discípulos. Pero el contraste puede exagerarse: en el
mundo antiguo los documentos se escribían para ser oídos, las cartas
suplían eficazmente la ausencia personal, y la respuesta del lector renueva
cada lectura como una nueva ejecución pública. Con todo, la diferencia entre
asistir en vivo a una gran obra musical y escuchar una grabación es
inconfundible.
Kelber, además, previene con razón contra la obsesión por la
«forma original» (inspirándose en Lord): «cada comunicación oral es una
creación rigurosamente única»; si Jesús dijo algo más de una vez, no hay
«original». Acierta también al observar que las palabras de Jesús debieron de
empezar a repetirse estando él vivo —lo que vuelve discutible la tesis
bultmanniana de que la tradición de Jesús no comenzó a circular hasta después
de Pascua—. Y reafloran en su obra los relatos sobre Jesús, marginados
por la investigación que casi exclusivamente se centraba en los dichos. Marcos,
además, conserva muchos indicios de oralidad: sintaxis dinámica, griego
coloquial, tríadas, pleonasmos y repeticiones; aunque sea «oralidad congelada»,
el evangelio marcano es oralidad.
El problema es que Kelber fuerza su tesis sobre Marcos y
presenta una transición demasiado abrupta entre lo oral y lo escrito. Su
afirmación de que el evangelio escrito surge «no de la oralidad en sí, sino de
los escombros de la oralidad deconstruida», que «perpetra la muerte de las
palabras como medio de dar vida a la textualidad», dramatiza en exceso. En una
cultura predominantemente oral, las versiones orales continúan circulando tras
la fijación escrita, y el conocimiento del texto existe normalmente en el medio
oral. Es cierto, en cambio, que solo a partir de un texto escrito se puede
hablar de edición a la manera bultmanniana; antes, las repetidas
comunicaciones orales se ajustan más al modelo de «variaciones sobre un tema»
que al de la memorización de Gerhardsson. Por eso hablar de «fuentes»
—apropiado para textos— puede ser engañoso para la tradición oral; incluso
«transmisión oral» puede inducir a error, pues sugiere transferencia más que
celebración.
Pero Kelber lleva su tesis demasiado lejos al ver en la
textualización marcana una «condena del proceso oral y de las autoridades», una
emancipación frente a «la metafísica oral de la presencia», por la cual Marcos
desacredita a los primeros discípulos y a la familia de Jesús. Convierte a
Pablo en apóstol de la oralidad y opone sus cartas al texto escrito de Marcos,
reelaborando la clásica antítesis evangelio/ley como antítesis entre evangelio
oral y ley escrita, espíritu y letra. Pablo, sin embargo, se habría quedado
perplejo ante esa lectura: él mismo recordó en sus cartas su predicación viva,
difundió el kerigma de los primeros testigos y dependió del Espíritu para el
efecto de su anuncio del Cristo crucificado. Kelber olvida la continuidad entre
lo oral y lo escrito, y pasa por alto que Q es generalmente considerado fuente escrita.
Una vez más, la peculiaridad del proceso oral en el caso de la tradición de
Jesús queda opacada por otras cuestiones.
R. A. Horsley y J. Draper
Horsley y Draper se han beneficiado de los trabajos más
recientes de J. M. Foley sobre épica oral. Foley ha hecho avanzar el debate
recurriendo a las teorías «recepcionistas» de Iser y Jauss para cubrir lagunas
con lo que denomina «horizonte de referencialidad»: todo texto tiene «lagunas
de vaguedad» (Iser) que solo el oyente conocedor previo del texto, del autor y
de la tradición puede llenar; el texto debe ser oído dentro de los «horizontes
de expectativa» (Jauss). La «referencialidad tradicional» invoca «un contexto
enormemente más amplio y más lleno de resonancias que el texto en sí». Foley
utiliza la noción de metonimia y de «referencia metonímica» —un modo de
significación en el que la parte representa el todo— y habla de la «función
unificadora de la tradición».
Horsley aplica todo esto a Q, entendido como la puesta por
escrito de un texto oral comunicado en público, «las palabras de una historia
que se narraba con regularidad en un primitivo movimiento de Jesús», cuyo
contexto metonímico habrían sido las tradiciones israelitas (distintas de las
judaicas). Draper, por su parte, interpreta Q 12,49-59 desde la referencia
metonímica y concluye que esta no es apocalíptica, sino relativa a profecía y a
la Alianza. Más allá de sus intereses particulares, la mezcla de la antigua
teoría de la tradición oral con la teoría literaria contemporánea de Foley es
de gran importancia y debería seguir explorándose para la tradición de Jesús.
Kenneth Bailey
Lo que ha faltado hasta aquí es un paralelo bastante
estrecho con el tipo de transmisión oral que probablemente vehiculó la
tradición de Jesús. Como reconocía el propio Kelber, por útiles que sean las
lecciones de Homero o de las sagas yugoslavas, no podemos deducir de ellas la
pauta seguida por la tradición de Jesús en los aproximadamente treinta años que
median entre la Pascua y el primer evangelio escrito. Para llenar ese vacío, el
paralelo más cercano lo proporcionan los ensayos anecdóticos de Kenneth Bailey,
basados en más de treinta años de vida en el ambiente rural del Oriente
Próximo: pequeñas poblaciones que han conservado su identidad a lo largo de
muchas generaciones y cuya cultura oral es probablemente lo más próximo a la
cultura rural de la Galilea del siglo I.
Bailey propone la idea de tradición informal controlada,
distinta tanto de la «tradición informal incontrolada» de Bultmann como de la
«tradición formal controlada» de Gerhardsson. El relato puede ser narrado en
una reunión de la aldea por cualquiera —normalmente por los ancianos—, y es la
propia comunidad quien ejerce el «control». El material conservado en estos
contextos lo clasifica en varias categorías: proverbios sustanciosos, enigmas
narrativos, poesía clásica y popular, parábolas o relatos, y narraciones muy
repetidas sobre personajes importantes del pasado del lugar. Y distingue tres
grados de control: ninguna flexibilidad (poemas y proverbios); alguna
flexibilidad (parábolas y recuerdos identitarios, donde «no se pueden
introducir cambios en las líneas principales, pero se admite flexibilidad en
los detalles»); flexibilidad total (historias jocosas y noticias informales,
que no atañen a la identidad del grupo). En la haflat samar, si
alguien descubre errores en la versión, un coro de voces corrige al recitador:
aun en ocasiones informales, la recitación es controlada.
Bailey ilustra todo esto con dos anécdotas memorables. Una
concierne a un accidente mortal en una boda. Yendo de regreso al pueblo, Bailey
conoció el suceso de labios de varias personas; cada versión incluía detalles
diferentes, pero todas coincidían casi palabra por palabra en el núcleo: «Hanna
intentó disparar. No salió el tiro. Hanna abatió el cañón. El fusil se disparó.
La bala atravesó el estómago a Butrus. Butrus murió. […] Cuando llegó la
policía, les dijeron: ‘Un camello lo ha pateado’.» La comunidad había
determinado enseguida el carácter accidental de la muerte, y el relato había
cristalizado para preservarlo. La otra anécdota procede de su actividad como
predicador: tras narrar un nuevo relato a la comunidad, los fieles realizaban
«una suerte de taquigrafía oral», repitiéndose unos a otros el núcleo del
relato dos y tres veces para difundirlo por el pueblo durante la semana.
Bailey hipotetiza que la tradición oral informal controlada
es la mejor explicación de la transmisión primitiva de la tradición de Jesús:
hasta los trastornos de la primera rebelión judía (66-73), ese tipo de
transmisión debió de funcionar en los pueblos de Palestina, y aún en los años
sesenta cualquier adulto pudo ser «un auténtico recitador de esa tradición».
Aunque su ensayo sea anecdótico, el modelo concuerda con otras investigaciones
sobre oralidad y resulta mucho más cercano a la tradición de Jesús que el
imaginado por Kelber. En particular, el paradigma de edición literaria se
revela inadecuado: en una serie de repeticiones de una tradición oral, cada
repetición no es una versión modificada de la anterior, sino una representación
de la tradición misma. Lo que añade Bailey es valioso, sobre todo el
reconocimiento de que una comunidad puede vincularse a sus tradiciones lo
bastante como para ejercer algún control; el grado de control varía con la
forma de la tradición y su importancia identitaria; y el núcleo del relato, lo
que constituye la clave de su significado, suele ser su parte más fija.
8.4. La tradición sinóptica como tradición oral.
Narraciones
Toda investigación sobre la fase oral está abocada a
escudriñar la tradición sinóptica misma para ver si en ella hay suficientes
indicios de oralidad y qué nos dicen sobre el proceso. Por razones prácticas,
conviene empezar por las tradiciones narrativas, donde no se plantea la
pregunta —inevitable con los dichos— de si proceden del propio Jesús: en el
mejor de los casos provienen de quienes estaban con él y fueron testigos.
La conversión de Saulo
Un primer ejemplo, no propiamente sinóptico, ofrece el caso
de la conversión de Saulo en Hechos. Su valor es triple: los tres relatos (Hch
9,1-22; 22,1-21; 26,9-23) proceden de un mismo autor, narran un mismo suceso y
difieren sorprendentemente en los detalles. Hay constantes —Saulo, el viaje a
Damasco, la luz, la caída, los compañeros, la voz del cielo—, pero también
notables variaciones: ¿cayeron todos los compañeros o solo Saulo? ¿Oyeron la
voz o no? La ceguera, prominente en los capítulos 9 y 22, no aparece en el 26;
Ananías está en 9 y 22, pero no en 26; el encargo a los gentiles lo recibe
Saulo directamente en el camino (26,16-18), a través de Ananías (9,15-17) o más
tarde en Jerusalén (22,16-18). Lo más notable es que el núcleo —el diálogo
entre Saulo y el Jesús exaltado— coincide palabra por palabra en los tres
relatos, después de lo cual cada uno toma su propia dirección. Estamos ante
un excelente ejemplo del principio oral de «variación sobre el mismo tema» y de
la percepción de Bailey según la cual el núcleo se mantiene constante mientras
los detalles accesorios pueden variar.
El siervo del centurión
Uno de los episodios más intrigantes de la tradición
evangélica es el de Mt 8,5-13/Lc 7,1-10 (con posible paralelo en Jn 4,46b-54).
Llama la atención que la perícopa suela adscribirse a Q, aun siendo un relato y
no encontrándose paralelo en otros evangelios de dichos; pero ¿puede atribuirse
a Q simplemente por ser material no marcano común a Mateo y Lucas? La
divergencia entre ambos en la primera parte del relato es sustancial; el
material «q» propiamente dicho cubre solo una parte, por lo que el argumento
favorable a Q en este punto carece de solidez. La hipótesis de utilización
común de tradición oral resulta al menos igual de verosímil.
El episodio es claramente el mismo: curación a distancia del
siervo gravemente enfermo de un centurión en Cafarnaún. Hay un núcleo
donde la coincidencia es casi palabra por palabra (Mt 8,8-10/Lc 7,6b-9); en
cambio, los detalles que rodean ese núcleo varían hasta el punto de que las
versiones parecen contradecirse mutuamente (el centurión mateano va en persona
a Jesús; el lucano se cree obligado a no ir). Mateo destaca la fe del
centurión, insertando Mt 8,11-12 (que Lucas recoge en 13,28-29) y rematando con
un nuevo elogio (8,13); Lucas subraya su dignidad, haciendo que los
ancianos atestigüen que «es digno» (axios, 7,4-5) en contraste con la
indignidad que el mismo centurión declara. Es buen ejemplo de transmisión oral
—o de cómo los evangelistas pusieron por escrito un relato a la manera oral—.
Varias comunidades debieron de tenerlo en su acervo, y todo el episodio gira en
torno a las palabras intercambiadas entre Jesús y el centurión, conservadas con
cuidado y exactitud.
El posible paralelo joánico de Jn 4,46-53 coincide en no
menos de once detalles, lo que justifica verlo como otra versión —eco más
distante— del mismo episodio, aunque el oficial ya no es identificado como
gentil ni aparece el núcleo mateano/lucano. Las diferencias son tan grandes que
la hipótesis de dependencia literaria parece sumamente improbable; ambas
versiones representan un buen ejemplo de relatos sobre Jesús mantenidos vivos
en la tradición oral. Apreciamos tanto la retentiva del proceso como su flexibilidad
para adaptar las tradiciones destacando aspectos diferentes.
Narraciones marcanas
En otros casos, las variaciones entre Marcos, Mateo y Lucas
son tales que la hipótesis de dependencia literaria —Mateo y Lucas usando solo
Marcos— resulta forzada. Pensemos en la tempestad calmada (Mc 4,35-41 parr.),
la mujer sirofenicia (Mc 7,24-30/Mt 15,21-28), la curación del muchacho poseso
(Mc 9,14-27 parr.), la discusión sobre quién es el más grande (Mc 9,33-37
parr.) y el óbolo de la viuda (Mc 12,41-44/Lc 21,1-4).
En la tempestad calmada, los datos esenciales
permanecen constantes —Jesús con los discípulos en la barca, la gran tormenta,
Jesús dormido, los discípulos que lo despiertan, la increpación al viento, la
pregunta final—, pero las diferencias en torno a ese núcleo carecen casi todas
de sentido si se postula una mera dependencia literaria. Lo más razonable es
pensar que Mateo y Lucas conocían versiones orales y las utilizaron, o que
utilizaron Marcos «a la manera oral», conservando el núcleo y elaborando el
resto. En el caso de la mujer sirofenicia, las dos versiones comparten
poquísimas palabras fuera del diálogo entre Jesús y la mujer (Mc 7,27-28/Mt
15,26-27), que se ha conservado casi palabra por palabra. Marcos destaca la
identidad gentil de la mujer, mientras Mateo subraya la tensión y la fe. Es
engañoso hablar aquí de «versiones» como si cada repetición fuera una nueva
«edición»; estamos ante variaciones espontáneamente distintas sobre un tema.
Lo mismo se observa en la curación del muchacho poseso,
donde la modesta coincidencia verbal entre los tres sinópticos sugiere que
Mateo y Lucas conocían además otra versión oral; en la discusión sobre quién es
el más grande, con elementos invariables (la discusión, el niño que Jesús pone
como ejemplo, el núcleo narrativo) y desarrollos propios de cada evangelista; y
en el óbolo de la viuda, donde el comentario memorable de Jesús se conserva
casi palabra por palabra, mientras los detalles descriptivos varían. Sin negar
la prioridad de Marcos ni el uso literario que Mateo y Lucas hicieron de él en
otros pasajes, en numerosos casos como estos la explicación más natural no es
la dependencia literaria, sino el conocimiento de los mismos relatos por
transmisión oral.
Quienes estudian la tradición sinóptica deben librarse del
prejuicio de que las variaciones solo se explican como resultado de
redacción literaria. La suposición —casi innata en la cultura occidental
letrada— de que las tradiciones sinópticas deben analizarse como sucesión
lineal de ediciones escritas distorsiona la percepción crítica. La transmisión
narrativa tiene demasiados rasgos orales como para pasarlos por alto. Dos
conclusiones se imponen. Primera: las variaciones no son indicio de actitud
desdeñosa hacia los sucesos ni de falta de interés histórico; en casi todos los
casos vistos es una misma historia la que se narra, y son precisamente
las variaciones las que hacen pensar en una oralidad anterior. En la
transmisión oral, el recuerdo de Jesús se manifiesta en los elementos
esenciales —que dan estabilidad— mientras la vitalidad se expresa en las variaciones;
esas tradiciones constituían «el alma de las comunidades» en las que eran
narradas una y otra vez. Segunda: en el material examinado, las diferencias
introducidas por los evangelistas —ya sea como diversidad oral o como
modificación literaria— se producen sistemáticamente por abreviación,
aclaración, elaboración y ampliación de temas; los desarrollos reflejan a
menudo la fe pascual, pero no parecen cambiar la sustancia, el carácter ni el
sentido del relato. En conjunto, los cambios en la tradición de Jesús eran
coherentes con las tradiciones más antiguas del Jesús recordado.
8.5. La tradición sinóptica como tradición oral.
Enseñanzas
Se emplea «enseñanzas» en vez de «dichos» porque este último
término es demasiado informal y sugiere palabras oídas y recordadas
casualmente. Pero Jesús era conocido como maestro y los discípulos se veían a
sí mismos como tales («alumnos», mathætai); el recuerdo de la enseñanza
fue una empresa más pensada desde el principio. Las primeras comunidades
procuraron conservarla como parte de su tradición fundacional, y Pablo y otros
escritores epistolares la aprovecharon para sus parénesis. La conservación, sin
embargo, no tuvo por qué ser, como suponía Gerhardsson, un proceso formal de
memorización; bastaba el interés por aprender lo enseñado y cierto control
sobre los criterios de aceptación de las variaciones, conforme al modelo
descrito por Bailey.
Tradición aramea
Conviene recordar que la tradición de Jesús ha llegado a
nosotros ya traducida del arameo al griego. Pocas veces los autores se
preguntan acerca de la forma aramea en que, presumiblemente, era comunicada al
principio la enseñanza. No se trata de aplicar rígidamente un criterio del tipo
«¿Es posible verter este dicho de vuelta al arameo?», porque la traducción
dinámica podía alejar mucho la frase griega del literal arameo. Pero las
observaciones de los especialistas en arameo son relevantes: la tradición de la
enseñanza, incluso en su etapa griega, presenta marcas de transmisión oral en
arameo. Ya en 1925 C. F. Burney llamó la atención sobre los varios tipos de
paralelismo (sinonímico, antitético, sintético) y el ritmo (cuaternario,
ternario, metro kina) propios de la poesía hebrea; Matthew Black señaló
muchos ejemplos de aliteración, asonancia y paronomasia; Joachim Jeremias
concluyó que muchas palabras de la enseñanza son de origen arameo y que su
discurso presenta rasgos típicos de esa lengua —incluida la «pasiva divina»—.
Si la tradición está marcada sistemáticamente por rasgos estilísticos
peculiares, hay que concluir que estas son más probablemente las
características de una sola persona que las de numerosos transmisores
sucesivos. La posibilidad de que todavía oigamos la ipsissima vox —no
los ipsissima verba— de Jesús merece más consideración de la que ha
recibido.
El Padrenuestro (Mt 6,7-15/Lc 11,1-4)
Sería verdaderamente extraño que Mateo y Lucas hubiesen
tomado la oración del Señor de una misma fuente escrita Q. ¿Por qué, entonces,
tanta diferencia precisamente dentro de una oración? Aquí también el paradigma
literario enturbia la visión. La explicación más obvia es que la tradición del
Padrenuestro se conservó viva en la liturgia de la comunidad (como sugiere el
«nosotros» del texto): los primeros cristianos la conocían porque la rezaban,
posiblemente a diario. Como argumenta Jeremias, la explicación más verosímil de
las dos versiones son dos modelos ligeramente divergentes de oración litúrgica:
Mateo refleja un modo más reverencial, una frase inicial apta para ser
pronunciada al unísono y adiciones al final de cada mitad para evitar el
laconismo; Lucas modifica en sentido de oración diaria («cada día»). Que el
proceso continuó se ve en la posterior adición de la doxología final («porque
tuyo es el reino…») a Mateo. Ambos contextos introductorios (Mt 6,7-9a; Lc
11,1-2a) confirman que la oración funcionaba como signo de identidad para los
discípulos: los cristianos eran reconocibles como aquellos que llamaban «Padre»
o «Padre nuestro» a Dios. Ambas versiones atribuyen explícitamente la oración a
Jesús; sería injustificadamente escéptico concluir que está compuesta de
peticiones sueltas dirigidas a Jesús o que surgió posteriormente por obra de un
discípulo desconocido.
La última cena
El relato de la última cena (1 Cor 11,23-26) se conserva en
dos formas claramente distintas: una en Marcos y Mateo (A), otra en Lucas y
Pablo (B). En A, Jesús bendice el pan; en B, da gracias. B añade a las palabras
sobre el pan «que es dado/se da por vosotros. Haced esto en memoria mía». No
parece tratarse de dependencia literaria ni de mayor proximidad al arameo, sino
de prácticas litúrgicas ligeramente distintas. En A, las palabras sobre el pan
y el vino forman un paralelo —«este es mi cuerpo; esta es mi sangre»—
probablemente adaptado a la secuencia litúrgica; en B se mantiene la estructura
de una comida (pan al inicio, copa al cierre, «después de la cena»). Sería
absurdo suponer que esta tradición fuera conocida por estos autores solo como
tradición escrita: era tradición viva antes y después de ser puesta por
escrito, fundamental, transmitida con cuidado por Pablo a sus iglesias y
conceptuada desde el principio como procedente del mismo Jesús. Las
características de la tradición oral siguen siendo evidentes: preocupación por
mantener los elementos fundamentales unida a cierta flexibilidad —incluso
ampliación— que refleja prácticas litúrgicas en desarrollo.
El sermón del monte/de la llanura
Una característica curiosa de la tradición del sermón del
monte es lo mucho que varía en cuanto a proximidad entre Mateo y Lucas. En lo
que podría llamarse el «tercer cuarto» del sermón de Mateo, la cercanía es tal
que los pasajes pueden servir como buena prueba de la existencia de un
documento Q. Pero en los tres cuartos restantes, el paralelo verbal es tan poco
estrecho como para suscitar dudas sobre la dependencia literaria. Y si pasamos
al sermón de la llanura (Q/Lc 6,20b-23.27-49) y a otros paralelos Q, la
proximidad con Mateo es bastante modesta, y la dependencia literaria parece más
que discutible. En muchos casos la explicación más verosímil es la existencia
de dos versiones de una misma tradición que fueron divergiendo en la etapa
oral.
Dos cosas resultan evidentes. La primera, que la enseñanza
coincide en lo sustancial, marcada por palabras y frases clave (sal y pérdida
de sabor; el acusador y la prisión; la otra mejilla; el manto y la túnica; «da
al que te pida»; el tesoro en el cielo invulnerable a la polilla y a los
ladrones; «donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón»; «entrad por
la puerta estrecha»; escuchar y poner por obra; la casa sobre roca, la riada,
la casa sobre malos cimientos). La segunda, que hay una gran variación en los
detalles. Resulta difícil imaginar que esos dichos hayan sido simplemente
copiados del mismo documento. La hipótesis de varias ediciones de Q usadas por
Mateo y Lucas parece un recurso a la desesperada, pues socava los argumentos
para la existencia de Q. El paradigma literario no sirve aquí. Son todas
enseñanzas recordadas como procedentes de Jesús del modo en que la tradición
oral conserva tal tipo de materiales: el carácter y la sustancia del dicho son
mantenidos por medio de palabras y frases clave, mientras el narrador adapta
los detalles según lo requiera la ocasión.
Otras tradiciones Q/q
En otros casos de tradición compartida por Mateo y Lucas hay
pasajes donde la coincidencia verbal es tan estrecha que la dependencia
literaria resulta obvia; pero hay también pasajes donde, presentando claramente
el mismo tema, la coincidencia es tan modesta que cuesta sostener dependencia
directa. Es lo que sucede, por ejemplo, en Mt 10,37-38 (mérito) y Lc 14,26-27
(discipulado); Mt 18,15.21-22 (disciplina comunitaria) y Lc 17,3-4 (disposición
a perdonar); Mt 22,7.11-14 y Lc 14,21-22.23 (parábola del banquete). En cada
caso el evangelista parece haber expresado y desarrollado el tema común a su
propio modo, dentro de los parámetros de la enseñanza transmitida oralmente.
Jesús es recordado advirtiendo sobre las dificultades del discipulado y las
divisiones familiares; animando a un perdón generoso; refiriendo una historia
(o más) sobre un banquete al que los invitados no acuden y son reemplazados por
gente de calles y caminos —siendo la variación en las causas propia de la
narración oral—.
No se trata de negar la existencia de Q ni la prioridad de
Marcos. Pero una y otra vez, en el material «q»/Q, encontramos tradiciones que
tienen una vinculación clara —la misma enseñanza en lo esencial— y que
evidentemente eran valoradas como procedentes de Jesús, sin que la relación
parezca literaria sino establecida en la oralidad. Tal vez los evangelistas las
conocieron en la tradición viva de la liturgia o celebración, o conocieron Q
como forma de narración oral (al oír leer/recitar el material), por lo que sus
versiones conservaron las características orales del proceso. Las alternativas
no se excluyen, pero la elección tiene consecuencias significativas para
definir el alcance y contenido de Q. La futura investigación sobre Q debería
tenerlas presentes.
Como en el caso de las narraciones, las muestras de
tradición de enseñanza confirman las implicaciones del carácter oral. Primero,
parte de la enseñanza causó tal impacto en sus primeros oyentes que fue
recordada, y sus contenidos esenciales cristalizaron en el tema general o en
determinadas palabras o frases que permanecieron constantes a lo largo del
proceso de repetición y transmisión, particularmente en reuniones de discípulos
y celebraciones litúrgicas. Segundo, las variaciones indican disposición a agrupar,
adaptar y desarrollar el material, y a extraer nuevas lecciones de él, en
coherencia con el impacto inicial y a la luz de las cambiantes circunstancias.
La tradición era tradición viva; no había preocupación por las palabras
exactas de Jesús ni por las circunstancias precisas de la enseñanza. Pero
tampoco hay en el material examinado ningún indicio de que esos dichos fueran
introducidos por profetas, de creación libre literaria, ni de torsión del
sentido original. Se recordaban como enseñanza comunicada por Jesús mientras él
estaba aún con sus discípulos, y eran valorados por ello y por su continua
importancia para la vida y el testimonio de la propia comunidad.
8.6. Transmisión oral
A la luz de todo lo anterior podemos empezar a bosquejar el
proceso de transmisión probablemente seguido por la tradición de Jesús. Es
significativo el hecho de que armonice tan bien con lo esbozado tentativamente
en capítulos previos y con las consideraciones a priori de las primeras
secciones de este capítulo.
Al comienzo
Ya en el ministerio de Jesús, tan pronto como los discípulos
empezaron a reunirse en torno a él, hubo impresiones y recuerdos compartidos.
«¿Os acordáis de lo que él dijo/hizo cuando...?» debió de ser una pregunta
frecuente desde el momento en que la comunidad embrionaria comenzó a sentir su
carácter peculiar. Al moverse el círculo de discípulos por Galilea encontrando
simpatizantes en diversas localidades, el impulso natural sería el mismo. Jesús
ofrecería enseñanzas nuevas y repetiría otras; en reuniones de reflexión o en
su ausencia, se impondría el impulso a referir lo que mayor impacto había
causado.
Tres aspectos merecen subrayarse en esta etapa inicial.
Primero: si los relatos de Bailey nos acercan a la cultura oral de la Galilea
del primer cuarto del siglo I, el proceso de tradición empezó con el
dicho o hecho inicial de Jesús; el impacto causado por él no fue algo puesto en
forma tradicional días, meses o años después. Ese impacto incluiría la
formación de la tradición para recordar aquello que lo había causado: al
producir su efecto, la palabra o el hecho impactante devino tradición de
esa palabra o hecho. La estructura, los elementos identificativos y las
palabras fundamentales —el núcleo o clímax— serían expresados oralmente en el
reconocimiento inmediato de la importancia; establecidos así de manera casi
inmediata, esos rasgos serían luego las constantes de las sucesivas
narraciones, frente a una memoria colectiva dispuesta a protestar si algún
elemento clave faltaba o variaba demasiado.
Segundo: quienes estamos acostumbrados al individualismo
cultural contemporáneo necesitamos hacer un esfuerzo consciente para comprender
que el impacto inicial de Jesús no consistió en una serie de reacciones
dispares de individuos independientes —un pluralismo posmoderno desatado desde
el principio—. La formación de tradición es un proceso comunitario,
entre otras razones porque la tradición entra a menudo en la constitución misma
de la comunidad. Así como una experiencia compartida del impacto reunió
individuos en el discipulado, la formulación de ese impacto en palabras
compartidas estrechó esos lazos. «Ya el círculo prepascual de discípulos era
una "comunidad de confesión" constituida por discípulos comprometidos
que confesaban que Jesús era el revelador e intérprete final de la palabra de
Dios.» Como consecuencia del carácter de memoria compartida, no podemos saber
con precisión qué dijo o hizo Jesús: lo que tenemos son los rasgos constantes y
coherentes del impacto compartido, no los hechos y dichos objetivos. Hay un Jesús
que produjo tal impacto, el Jesús recordado, pero no una forma pura
original ni un impacto único al que el historiador pueda remontarse en cada
caso.
Tercero: el proceso de tradición no debe concebirse como
informal en el inicio y solo tomado en serio en situación pospascual. La
formación de comunidad estaba ya embrionariamente presente desde la primera
llamada; la «tradición formativa» debió desempeñar un papel en ese proceso. En
la medida en que el impacto unió grupos de adeptos, la dinámica de formación de
grupos actuaría: ¿qué otros rasgos distintivos podían tener si no los recuerdos
compartidos de lo que Jesús había dicho y hecho? Los relatos declarativos y de
controversia debieron desempeñar muy pronto su papel, incluso prepascual.
Tampoco hay que olvidar la función de los testigos transmisores, los apóstoles
como portadores autorizados (§ 8.1). E indispensable es subrayar el claro
recuerdo de que Jesús envió a sus discípulos en una misión que era ampliación
de la suya (Mc 6,7-13 parr.). Su predicación tenía que incluir al menos
enseñanza recibida de Jesús, no palabra por palabra, sino de un modo que
transmitiese el impulso al seguimiento. Buena parte de la tradición de Jesús
ahora conservada en los sinópticos estaba ya empezando a tomar forma en aquella
predicación prepascual.
Esto no significa coincidir con Theissen en que la tradición
era dominio de carismáticos ambulantes responsables primarios de mantenerla.
Formación de comunidad y formación de tradición van de la mano, y el material Q
deja percibir localizaciones de la tradición en pueblos y aldeas. Hay riesgo de
concebir la tradición simplemente como «evangelio» y de enfocarla solo desde la
perspectiva de la predicación evangélica; pero, como reconocían los primeros
críticos formales, la tradición de Jesús ha llegado hasta nosotros a causa de
su uso regular y repetido. El principal conducto de transmisión no era la
predicación ocasional de evangelistas en misión, sino las comunidades surgidas
de esa predicación, que se identificaban por referencia a la tradición y se
remitían a ella en sus reuniones regulares. Esa tradición fundacional
proporcionaba el contexto de recepción —el «horizonte de expectativa» y la
posibilidad de llenar las «lagunas de vaguedad»— para las sucesivas
transmisiones.
La Pascua, naturalmente, marcó una diferencia: cambió la
perspectiva desde la cual se recordaba la primera tradición. El paso del ámbito
rural a la ciudad helenística la configuró para circunstancias cambiantes, y la
transición del arameo al griego introdujo los inevitables cambios de matiz.
Pero la tradición oral de Jesús proporcionó la continuidad, el vínculo vivo con
su ministerio, y por eso fue tan valorada. El propio carácter de la tradición
lo demuestra: conserva temas de ambiente rural galileo, rasgos prepascuales y
ecos arameos. Si, como subraya el posmodernismo, el oyente cubre las lagunas
desde su conocimiento compartido (Iser, Foley), hay buenas razones para pensar
que la tradición de Jesús era esa parte esencial de conocimiento compartido en
las reuniones comunitarias, que permitía a los oyentes intervenir y ejercer
cierto control sobre el desarrollo de las exposiciones orales.
Series de tradición
Otra suposición discutible, dominante desde los primeros
críticos formales, es que en la etapa inicial la tradición consistía en
unidades sueltas. Tal pudo ser efectivamente el caso al comienzo —y el Evangelio
de Tomás parece apoyar esa idea—, pero las huellas redaccionales en las
colecciones sinópticas no prueban que cada colección fuera compuesta solo por
sus transmisores. Hay buenos indicios de que ya muy pronto se agruparon dichos
y se vincularon relatos —en algunos casos quizá por iniciativa del propio
Jesús—. Agrupar era un recurso mnemotécnico y didáctico evidente. Pensemos en
la serie de bienaventuranzas (Mt 5,3-12; Lc 6,20b-26), en las respuestas a
aspirantes a discípulos (Mt 8,19-22/Lc 9,57-62), en las breves parábolas de Mc
2,18-22, en las enseñanzas sobre el discipulado y el perder/ganar la vida, o en
la serie de dichos sobre la luz y el juicio de Mc 4,21-25, con paralelos
dispersos en Q y en Tomás. La tradición sobre el envío en misión (Mc 6,7-13 y
los paralelos de Mt 9,37-10,1.7-16; Lc 9,1-6; 10,1-12) revela claramente al
menos dos variantes, indicio de que el material se utilizó una y otra vez,
probablemente a partir de instrucciones del propio Jesús, desarrolladas luego
en la experiencia de la misión cristiana. Cabe incluso entender la composición
de Marcos como la formación de una serie con la colocación adecuada de grupos
ya familiares en el proceso de tradición (las veinticuatro horas de ministerio,
Mc 1,21-38; las controversias galileas, Mc 2,1-3,6; las parábolas, Mc 4,2-33; y
así sucesivamente).
Pero las imágenes del paradigma literario son sencillamente
inadecuadas. Cada comunicación oral de una tradición no tiene nada que ver con
una nueva edición literaria. La anterior no estaba «ahí» como texto que
consultar; al ser referida oralmente de nuevo, la tradición no se hace
existente como escrito susceptible de revisión. En transmisión oral, una
tradición se recita, se interpreta, se representa, se ofrece en audición, pero
no se edita. Y las audiciones contienen elementos de estabilidad —asunto, detalles
fundamentales, diálogos— y elementos de variabilidad —detalles complementarios
y aspectos que se subrayan—. Ello permite —e incluso exige— llegar a
conclusiones bastante diferentes. Entre ellas, la probabilidad de que los
elementos estables fueran suficientemente conservados y los variables sometidos
en las sucesivas interpretaciones a control suficiente como para que lo
sustancial —y a menudo las auténticas palabras de Jesús que dieron origen al
impacto— continuase formando parte integral de la tradición hasta que fuera
puesta por escrito. Mientras el concepto de estratos literarios implica
una lejanía creciente respecto de un estrato «original», el concepto de audición
supone entrada en contacto directo con el núcleo de un tema vivo, diversamente
ataviado en las distintas audiciones.
La tradición oral, ilustrada por la propia tradición
sinóptica, no ampara, pues, ni el escepticismo de los críticos más radicales ni
las injustificadas afirmaciones de los buscadores neoliberales. Señala más bien
hacia un punto medio entre la comunicación de una tradición memorizada
mecánicamente y la transmisión de evanescentes reminiscencias. Anima a ver y
oír la tradición sinóptica como el repertorio que las primeras iglesias
utilizaban al rememorar al Jesús que había llamado a sus primeros dirigentes y al
celebrar el impacto de su vida y enseñanza.
De tradición oral a evangelio escrito
No es preciso seguir la transmisión más allá de la
transición del relato oral al evangelio escrito. La importancia de esa
transición puede exagerarse: la tradición no dejó de circular oralmente por
haber sido puesta por escrito; las audiciones de un evangelio leído eran parte
de la transmisión oral/auditiva y llegaban a nuevos círculos de oralidad; aun
así, el texto seguía siendo tradición que fluía. Conviene, sin embargo,
examinar dos suposiciones engañosas que han conducido a posiciones erróneas.
La primera es la impresión de que la tradición oral era como
dos o más corrientes poco significativas, completamente absorbidas por los
evangelios escritos. Tanto esfuerzo investigador se ha dedicado a la cuestión
de las fuentes que ha parecido natural concebir la tradición oral simplemente
como fuente de los escritos, sin investigar cómo eran las comunidades orales ni
cómo funcionaba la tradición antes e independientemente de las colecciones
escritas. Cierta crítica narrativa parece dar por supuesto que la primera vez
que determinada iglesia conoció la tradición de Jesús fue al recibir Marcos,
Mateo o Lucas. Pero esto ignora una de las grandes percepciones iniciales de la
crítica formal: las formas reflejan los diversos modos de uso de la tradición
en las primeras iglesias. Es casi obvio que los evangelistas reunieron y
ordenaron tradición que ya estaba en circulación. ¿Dónde, si no, podrían
haberla encontrado? ¿En una vieja caja en lo recóndito de la casa de un
maestro? ¿Almacenada sin uso en la memoria insegura de algún viejo apóstol?
Mucho más probable es que cuando los sinópticos llegaron a las diversas
iglesias, estas ya poseyeran —en la memoria comunitaria o en forma escrita— sus
propias versiones de gran parte del material.
La segunda suposición es que cada documento refleja los
puntos de vista de una sola comunidad y que las tensiones internas y externas
indican cristianismos rivales. Esa suposición, también heredada de la crítica
formal, fue radicalizada por la perspectiva sociológica del último cuarto del
siglo XX hasta afirmar que cada texto fue escrito por y para una determinada
comunidad (Q, marcana, mateana…). Lleva a postular corrientes rivales y
antagónicas que celebrarían diferentes Jesuses: el profético-apocalíptico, el
maestro de sabiduría, el de las aretalogías, etc. Richard Bauckham ha
cuestionado recientemente esta suposición: «los evangelios fueron escritos para
que circularan por las iglesias en general». La formulación quizá sea
exagerada, pero no es inverosímil pensar que los evangelistas escribían desde
su experiencia local para un círculo más amplio. Bauckham acierta al rechazar
que cada evangelista escribiese exclusivamente para su comunidad local y al
subrayar que las primeras iglesias no estaban aisladas ni enfrentadas entre sí,
sino que conformaban «una red de comunidades en constante comunicación»,
conectadas por mensajeros, cartas y visitas de figuras relevantes. La fundación
de una iglesia incluía la transmisión de la tradición fundacional, y Pablo presuponía
una tradición común incluso a una iglesia que nunca había visitado (Roma). La
idea de iglesias que conocían una única corriente de tradición —Jesús solo
taumaturgo o solo maestro de sabiduría— fue aceptada acríticamente y debería
haber sido cuestionada mucho antes.
8.7. Resumen
El capítulo ha sido largo; conviene recapitular lo principal
sobre la tradición de Jesús antes de ser puesta por escrito.
Primero (§ 8.1): hay convincentes indicios de que desde el
principio los nuevos convertidos quisieron saber acerca de Jesús, de que
ninguna iglesia se estableció sin su dotación de tradición fundacional
—incluida la de Jesús— y de que las iglesias se organizaron para conservar y
transmitir esa tradición. La importancia de recordar a Jesús, de saber acerca
de él y de contar con maestros responsables está atestiguada tan atrás en el
cristianismo como sea posible retroceder, tanto en iglesias judías como gentiles.
El aparente silencio de Pablo y el carácter de los evangelios no representan un
argumento sustancial en contra.
Segundo (§ 8.2): la suposición de que la profecía añadió
considerable material a la tradición de Jesús se ha revelado errónea; no la
confirma significativamente nada de lo que sabemos sobre la actividad profética
entre los primeros cristianos. Por el contrario, el reconocimiento del peligro
de la falsa profecía debió de estar tan extendido como la profecía
misma, y las primeras iglesias eran conscientes del riesgo de aceptar
declaraciones proféticas que no estuviesen en consonancia con la tradición de
Jesús ya recibida.
Tercero (§ 8.3): pasamos luego a examinar la relevancia de
la tradición oral, advirtiendo el amplio reconocimiento entre los especialistas
de que la transmisión oral es mezcla de temas estables y flexibilidad, de
elementos fijos y variables; pero también que estos hallazgos apenas habían
comenzado a explotarse adecuadamente para la tradición de Jesús. Las
observaciones de Bailey, basadas en la vida rural del Oriente Próximo, han
puesto de relieve la distinción decisiva: allí donde determinados relatos o enseñanzas
eran fundamentales para la identidad o la vida de la comunidad había interés
por conservar el núcleo o las líneas principales, mientras los detalles menores
podían variar.
Cuarto y quinto (§§ 8.4 y 8.5): el examen de la tradición
confirmó la relevancia del paradigma oral y el peligro de asumir el literario.
Los hallazgos no pusieron en cuestión la prioridad de Marcos ni la existencia
de Q, pero el grado de variación entre tradiciones claramente paralelas y el
carácter intrascendente de muchas de las variaciones han desanimado a buscar
explicación en dependencia o adaptación literaria. La combinación de
estabilidad y flexibilidad pedía a gritos el reconocimiento de su naturaleza
típicamente oral: en algunos casos la variación se debió al conocimiento y uso
de la tradición a la manera oral; en otros, aun cuando alguna perícopa hubiera
sido tomada de Marcos o Q, su forma en Mateo o Lucas puede relacionarse con la
oralidad, al presentar más el carácter de una comunicación oral que de una
adaptación literaria.
En ambos casos —relatos y enseñanzas— se observaron: 1) un
interés por recordar las cosas que Jesús hizo y dijo, considerado central por
el discipulado y las comunidades embrionarias para su identidad como discípulos
e iglesias; 2) recuerdos en forma de relatos y enseñanzas cuya sustancia giraba
en torno a determinados temas y/o palabras y frases, generalmente dichos por el
mismo Jesús; 3) variaciones y desarrollos de carácter no lineal ni acumulativo,
sino propio de las comunicaciones orales. El material no mostraba ni
preocupación por una historicidad literalista en los detalles, ni disposición a
rellenar la tradición con sabiduría judía o declaraciones proféticas.
Por último (§ 8.6): el modelo del proceso oral fue
establecido más o menos desde el principio —antes incluso de la primera Pascua—
y probablemente mantuvo su carácter hasta que la tradición fue puesta por
escrito (y aun después). El primer impacto (la serie de impactos) producido por
Jesús dio como resultado la formación de tradición; esta a su vez fue
constitutiva de comunidades e iglesias después de la Pascua y más allá de
Galilea, y, ya en forma griega, fue conservada y celebrada mediante recitación regular
—en reuniones comunitarias o específicamente litúrgicas— y analizada con fines
apologéticos o catequéticos. En otras palabras, lo que hoy día encontramos en
los evangelios no es el estrato superior —última edición— de una serie de capas
cada vez más impenetrables, sino la tradición viva de la celebración cristiana,
que nos lleva con sorprendente inmediatez al núcleo de los primeros recuerdos
conservados de Jesús.
Sobre esta base se puede empezar a elaborar un retrato del
Jesús recordado, del impacto causado por sus palabras y hechos en los primeros
discípulos tal como ese impacto fue «traducido» a tradición oral y comunicado
en los primeros círculos de discípulos y en las primeras iglesias, para a su
debido tiempo ser atesorado en la tradición sinóptica escrita.
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