El
cristianismo en sus comienzos. Tomo I. Jesús recordado
Segunda parte. A Jesús por los Evangelios
Capítulo 9. El contexto histórico
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
La
investigación histórica sobre Jesús
exige reconstruir con precisión el contexto en el que vivió: el
contexto
geográfico de Galilea y Judea en las primeras décadas del siglo I, el
contexto
social y político —Jesús fue un artesano galileo bajo dominación
romana— y,
sobre todo, el contexto nacional y religioso. Reconocer que Jesús era
judío
obliga a esbozar qué significaba esa condición en su tiempo: el
contexto
fundamental fue, por tanto, el judaísmo.
9.1.
Suposiciones
engañosas acerca del «judaísmo»
La
descripción del judaísmo en tiempos
de Jesús está rodeada de problemas de definición, entre ellos los de la
definición anacrónica. Una generación anterior de especialistas, tanto
cristianos como judíos, hablaba de un «judaísmo normativo», suponiendo
que el
judaísmo representado en la tradición rabínica (Misná, Talmudes, etc.)
servía
ya como norma determinante para el judaísmo del siglo I. Los
pseudoepígrafos y
Filón eran tratados como variaciones o desviaciones de esa supuesta
norma
farisaica/rabínica. Se postuló también la existencia de un judaísmo de
la
diáspora como rama diferente —e inferior— del palestino, lo que
reforzaba la
sensación de divergencia que explicaría el alejamiento entre el
cristianismo
paulino y el judaísmo normativo.
A
mediados del siglo XX, el
descubrimiento de los manuscritos del Mar Muerto echó por tierra la
idea de un
judaísmo farisaico/rabínico reconocido como normativo en el Israel del
siglo I.
Quedó claro que entre esos escritos hay textos anteriores al
cristianismo, de
evidente carácter sectario, vinculados a un judaísmo que floreció en el
corazón
de Israel hasta los años sesenta del siglo I d. C. Renació el interés
por los
pseudoepígrafos, se reconoció que han de adscribirse a diferentes
formas de
judaísmo y se cuestionó radicalmente la supuesta influencia hegemónica
de los
fariseos. Además, la distinción tajante entre «judaísmo palestino» y
«judaísmo
helenístico» se volvió borrosa, mientras que la orientación liberal y
posmoderna minaba la idea misma de «norma».
Como
consecuencia, las dos últimas
décadas del siglo XX vieron una creciente tendencia a subrayar la
diversidad
del judaísmo del siglo I y a hablar de «judaísmos». Queda, sin embargo,
una
cuestión poco explorada: cómo se compagina esta visión fenomenológica
moderna
con la percepción que cada uno de aquellos judaísmos tenía de sí mismo
y de los
otros.
La
alternativa más usada para
describir el período es «judaísmo palestino». El nombre Palestina,
aunque
oficialmente aplicado al territorio a partir del siglo II d. C., es de
uso muy
antiguo entre escritores grecorromanos (Heródoto, Aristóteles), por lo
que
«judaísmo palestino» resulta históricamente exacto para el judaísmo del
siglo I
d. C. «Judaísmo en la tierra de Israel» sería una denominación
equivalente y
daría más relieve a la perspectiva aliancista. Igualmente problemáticas
han
sido las connotaciones temporales: «judaísmo tardío» (Spätjudentum)
reducía el
judaísmo a simple precursor del cristianismo; «judaísmo
intertestamentario» lo
convertía en mero puente entre dos Testamentos cristianos; «judaísmo
primitivo»
o «formativo» tiene el riesgo simétrico de presentarlo solo como
precursor del
judaísmo rabínico. La designación más neutra es «judaísmo del Segundo
Templo»,
que no se refiere al judaísmo como tal, sino al judaísmo que duró
aproximadamente los seiscientos años comprendidos entre la
reconstrucción del
templo de Jerusalén a finales del siglo VI a. C. y su destrucción en 70
d. C.,
un judaísmo centrado en torno a ese templo.
Todo
ello aconseja proceder con
cautela. El programa del capítulo será: aclarar el término «judaísmo»
(§ 9.2);
indicar la gama de creencias y prácticas que abarca (§ 9.3); subrayar
la
división interna que lo caracterizó (§ 9.4); preguntar qué hacía
posible usar
la misma categoría para todos los «judaísmos» —qué tenían en común— (§
9.5);
considerar la situación galilea (§ 9.6-7); examinar la situación
política (§
9.8); y, finalmente, esbozar la vida y misión de Jesús (§ 9.9). El
objetivo es
triple: mostrar el carácter integral del judaísmo —no solo religión,
sino
ideología nacional que abarcaba educación, familia, ley, economía y
política—;
dar idea tanto de su diversidad como de lo que lo mantenía unido; y
permitir al
lector situar mejor a Jesús dentro de él.
9.2.
Definición del
«judaísmo»
a. El
«judaísmo»
Si
la respuesta dependiera solo de la
presencia de la palabra judaísmo en las fuentes literarias, sería
bastante
clara. El término Ioudaismos aparece por primera vez en 2 Macabeos
(2,21; 8,1;
14,38), donde se aplica a los rebeldes Macabeos que luchaban «por el
judaísmo»
y al mártir Razis acusado «de judaísmo». Reflejo de las mismas
tradiciones es 4
Mac 4,26. La única otra presencia literaria en el período (antes del
final del
siglo I d. C.) es Gál 1,13-14, donde Pablo habla de su anterior
conducta «en el
judaísmo». Cabe añadir una inscripción funeraria de Italia que alaba a
una
mujer «que vivió una vida virtuosa dentro del judaísmo».
Dos
observaciones se imponen. Primera:
en su fase más temprana, el término nunca lo emplean no judíos.
«Judaísmo»
comienza como término judío de autorreferencia, y notablemente las
cuatro
fuentes citadas reflejan la perspectiva del judaísmo helenístico
(diáspora o de
lengua griega). Es significativo que aparezca en 2 Macabeos, compuesto
en
griego y «epítome» de la obra de Jasón de Cirene, y no como traducción
de un
término hebreo de 1 Macabeos. Estamos por tanto utilizando un término
para
designar la religión de los judíos en la tierra de Israel en el siglo I
que no
era empleado por quienes vivían entonces en ese territorio.
Segunda:
en todos los casos «judaísmo»
sirve para diferenciar la fe y la práctica que distinguía a los
usuarios del
término frente a la cultura y la religión circundantes. En 2 Macabeos,
Ioudaismos se contrapone explícitamente a hellænismos (estilo de vida
griego) y
a allophylismos (condición de extranjero). El término designa la
identidad
nacional y religiosa que movilizó la rebelión macabea contra el intento
sirio
de asimilación por la abolición de prácticas distintivas como la
circuncisión y
las leyes alimentarias. Desde su origen, pues, «judaísmo» tiene un
marcado
tinte nacionalista y denota la poderosa integración de la identidad
religiosa y
nacional que distinguía al judaísmo de otras naciones y religiones.
Lo
confirma Gál 1,13-14: la vida «en
el judaísmo» se singularizaba por la aceptación total de las prácticas
religiosas tradicionales y por la hostilidad a cuanto pudiera diluir lo
que
diferenciaba a Israel. La intensidad de esa reacción se expresa con los
términos «celo» (Flp 3,6) y «celante» (Gál 1,14), profusamente usados
al
describir la motivación de los Macabeos, con Pinjás como modelo. Pablo
se sitúa
implícitamente en continuidad con esa feroz respuesta nacionalista
cuando
atribuye al «celo» su persecución de la Iglesia, y contrapone su vida
«en el
judaísmo» a su posterior servicio como apóstol de los gentiles. En
suma: el
término judaísmo designa el sistema de religión y modo de vida con que
los
judíos de la diáspora mantenían su identidad distintiva, y también la
identidad
nacional y religiosa que cobró perfil mediante una vigorosa resistencia
a las
influencias asimiladoras del helenismo.
b.
«Judío», «Israel»
Esta
percepción se refuerza por
comparación con los términos «judío» (Ioudaios) e «Israel», mucho más
extendidos. Ioudaios comienza como designación de alguien nacido en
Judea
(Ioudaia): en su uso primigenio convendría traducirlo «judeano» antes
que «judío».
Aun en su uso posterior, el sentido básico de «los judíos» como nación
o pueblo
identificado con el territorio de Judea sigue presente. Pero como Judea
era un
Estado-templo, la identidad religiosa quedaba inextricablemente unida a
la
étnica: los judíos eran los adoradores del Dios cuyo templo estaba en
Jerusalén. Esta ambivalencia inicial y el desplazamiento hacia un
sentido más
religioso permitieron la idea de no judíos convertidos en judíos, como
en el
caso de Izates de Adiabene.
La
distinción de Kuhn es decisiva:
«Israel» es el nombre que la gente usa para su propio pueblo, mientras
que
«judíos» es la designación que aplican quienes no pertenecen a él.
«Judío» es
el término empleado por escritores judíos helenísticos (Filón, Josefo,
Aristeas, etc.) para distinguir al pueblo de otros pueblos, mientras
que
«Israel» es la autoafirmación referida a la colectividad propia. Así,
en 1
Macabeos se usa «judíos» en contextos diplomáticos y «Israel» en
autodesignación; en los evangelios, Pilato dice «rey de los judíos» y
los jefes
de los sacerdotes «rey de Israel»; Pablo habla de «judío(s) y
griego(s)» como
modo de referirse al conjunto de la humanidad, pero de sí mismo dice
«soy
israelita»; y los escritos rabínicos emplean casi siempre «Israel» al
designar
al propio pueblo. Además, «judíos» evoca naturalmente su contrario
«gentiles»,
por exclusión recíproca; «Israel», en cambio, se define desde dentro,
por
referencia a la historia interna como herederos de las promesas
patriarcales.
En resumen: «judío» denota la perspectiva del espectador; «Israel», la
del
participante.
Lo
confirma la rareza del verbo
correspondiente: ioudaizein, «vivir como judío», utilizado casi siempre
para la
adopción por un no judío de costumbres consideradas judías (sin llegar
a la
circuncisión). No existe forma verbal de Israel/israelita: el que
«judaíza»
está fuera y atraviesa una línea divisoria; el «israelita» está ya
dentro. La
enseñanza es que conviene gran cuidado al utilizar el término
«judaísmo» para
la identidad religiosa de los principales habitantes de la tierra de
Israel en
el siglo I. Como historiadores, debemos ser conscientes de que
cualquier
descripción moderna acentuará inevitablemente la perspectiva del
espectador y
dificultará obtener una visión «desde dentro». Si queremos ver a Jesús
y al
cristianismo primitivo «dentro del judaísmo», hay que tener muy
presentes las
connotaciones nacionalistas del término, la fusión entre identidad
nacional y
religiosa, y la cierta hostilidad implícita hacia otras naciones y sus
prácticas.
9.3.
Diversidad del
judaísmo. El judaísmo desde fuera
El
abordaje habitual es mirar a los
diferentes grupos y escritos de la época. Aunque el enfoque tiene
limitaciones,
una idea de tales textos y grupos resulta imprescindible para entender
la
diversidad del judaísmo del siglo I.
a. Las
cuatro
«sectas»
El
punto de partida usual son las
«cuatro filosofías» o «sectas» (haireseis) de Josefo (Guerra 2.119-66;
Ant.
18.11-25). Empezar con Josefo tiene sentido por su proximidad a los
hechos y
porque su perspectiva ofrece una base más completa que ninguna otra,
aunque su
tratamiento sea selectivo y tendencioso.
1) Los
fariseos
Aparte
de encabezar siempre las listas
de Josefo, fueron casi con seguridad los principales precursores del
judaísmo
rabínico. Los estudios antiguos sobre ellos suelen ser poco fiables,
por
prejuicios cristianos —que los veían como representantes de un
legalismo
contrastable con la misericordia del mensaje de Cristo— y por el uso
acrítico
de tradiciones rabínicas posteriores. Sanders ha combatido el primer
error;
Neusner ha hecho lo propio con el segundo. Hoy sabemos menos sobre los
fariseos
de lo que se solía suponer.
Las
cuestiones debatidas son
principalmente tres. Primera, la importancia de la pureza: el nombre
mismo
«fariseos» significa probablemente «los separados», lo que indica un
grupo
definido por su interés en mantenerse aparte, deseo conectado sobre
todo con la
pureza. Segunda, su influencia política y social: Sanders rechaza la
idea de
que «dirigieran el judaísmo», pero reconoce cierta influencia política;
más
relevante aún es la probabilidad de que influyeran de manera sustancial
sobre
la gente, como confirman la preocupación generalizada por la pureza y
los
hallazgos arqueológicos de miqwaot en todo el territorio. Saldarini los
presenta como una clase «profesional» al servicio de la aristocracia,
hipótesis
sin consonancia con la estima popular de que gozaban según Josefo.
Tercera, su
característica principal: el interés por mantener la Ley con
escrupuloso rigor
(akribeia) y por desarrollar una interpretación halájica de la Torá,
las
«tradiciones de los padres», la llamada «Ley oral». Los fariseos no
formaban un
partido uniforme: famosas en tiempos de Jesús fueron las disputas entre
las
«escuelas» de Hillel y Shammai. Su adhesión a la Torá explica que el
judaísmo
que sobrevivió a 70 d. C. y se relacionó más estrechamente con ellos
fuera un
judaísmo de los rabinos, la Torá y la Halaká.
2) Los
saduceos
Poco
se puede decir, ante la escasez
de datos. Solían rechazar la «Ley oral»; algunos comentaristas sitúan
la
división básica con los fariseos en la cuestión de la pureza. Existía
una
coincidencia parcial entre los saduceos y las familias aristocráticas
sacerdotales
que controlaban el templo. Siendo Judea un Estado-templo, las palancas
del
poder político, religioso, económico y social estaban en manos de
ellos, en la
medida permitida por Roma y los Herodes. Esto es de gran importancia
para el
estudio de Jesús: el judaísmo de su tiempo tenía un carácter
sociopolítico-religioso, y en lo concerniente a la muerte de Jesús solo
podemos
hablar con realismo de la facción sumosacerdotal. Pese a su riqueza y
helenización, el nombre mismo «saduceos» sugiere un origen similar al
de los
esenios: protestas partidistas en apoyo de los sacerdotes legítimos
(los
sadoquitas), cuya prerrogativa había usurpado la dinastía asmonea.
3) Los
esenios
Hay
consenso sustancial en que Qumrán
era una comunidad esenia y en que la mayor parte de los manuscritos del
Mar
Muerto proceden de su biblioteca. Pero las noticias de Josefo y Filón
muestran
que Qumrán era solo una rama: había otros grupos esenios en diversas
ciudades,
posiblemente incluida Jerusalén. La disparidad del material manuscrito
es cada
vez más clara: solo algunos textos representan las creencias propias de
la
comunidad; el Documento de Damasco refleja a los esenios más dispersos.
La
comunidad de Qumrán es el ejemplo
más palmario de «secta» en sentido moderno dentro del judaísmo del
siglo I, con
marcados rasgos predestinacionistas, dualistas y místicos. Se
consideraba
alternativa al templo de Jerusalén (de ahí su retirada al desierto),
condicionaba la pertenencia a la adhesión a su interpretación de la
Escritura y
aplicaba reglas estrictas. Aunque se asemejaba al primitivo movimiento
cristiano en su sentido de la gracia divina (1QS 11; 1QH) y en la
expectación
escatológica, la separaban de él su rigurosa disciplina y sus normas de
pureza.
Si esto también era judaísmo, la Torá y el templo aparecen como
elementos
definidores fundamentales.
4) La
«cuarta
filosofía»
Josefo
habla de una «cuarta filosofía»
en Ant. 18.9, lo que ha generado confusión. La descripción que hace
implica una
asociación deliberada con la tradición de «celo» iniciada por Pinjás y
los
Macabeos, en la que la resistencia armada contra cualquier intento de
debilitar
la relación de Israel con Yahvé era predominante. Sin embargo, Josefo
no usa el
término «zelota» como nombre de partido hasta la propia rebelión, y
«sicarios»
designa a los asesinos que actuaron desde los años cincuenta.
Considerados todos
los datos, debemos abstenernos de emplear el término «zelota» para una
facción
política violenta antes de 66 d. C. Y de la referencia lucana a Simón
«el
Zelota» no se sigue que Jesús eligiera a un «resistente» entre sus
discípulos.
Al mismo tiempo, la tradición de piedad marcada por el celo y el
compromiso, a
ejemplo de Pinjás, fue ampliamente valorada: la conciencia de ser
pueblo
elegido, separado entre las naciones, ha de contarse también como
característica fundamental.
b. Los
datos de los
apócrifos y los pseudoepígrafos
Además
de esas agrupaciones, hay que
considerar otras expresiones del judaísmo, sobre todo las referidas por
los
pseudoepígrafos. La datación y procedencia de muchos de estos escritos
es
incierta, pero muchos corresponden a agrupaciones o tendencias que
debieron de
existir en Israel durante el siglo I.
Llamativos
son, en primer lugar, los
escritos apocalípticos: libros de Henoc, 4 Esdras, 2 Baruc, Apocalipsis
de
Abrahán y Apocalipsis de Juan. Surgen de la convicción de que los
acontecimientos terrenos están determinados por lo que sucede en el
cielo y del
deseo de conocer las realidades celestiales, donde los seres angélicos
—intérpretes o gloriosos— son prominentes. Hay una coincidencia parcial
entre
apocalíptica y misticismo: un judaísmo centrado en la inmediatez de la
experiencia revelatoria, pero proclive a los «vuelos de la fantasía».
En
segundo lugar, la literatura
testamentaria, donde figuras patriarcales recuerdan su vida y dejan su
última
voluntad. Aunque solo los precursores de los Testamentos de los Doce
Patriarcas
y el Testamento de Moisés corresponden al período, su difusión muestra
la
interrelación entre judaísmos de Israel y de la diáspora. Lo distintivo
de los
testamentos es el deseo de promover una vida recta. En los Testamentos
de los
Doce Patriarcas, la superioridad de Leví sobre Judá indica un judaísmo
donde el
templo y los sacerdotes siguen siendo centrales.
En
tercer lugar, la literatura
sapiencial. Los dos únicos escritos de este género originados en hebreo
—Eclesiástico y Baruc— vinculan explícitamente la sabiduría divina
universal
con la Torá. En las historias de héroes y heroínas judíos destinadas a
alimentar
la piedad popular, los personajes son descritos como prósperos
precisamente por
su observancia de las leyes alimentarias y su rechazo de los alimentos
gentiles.
Merecen
mención aparte dos
pseudoepígrafos. Jubileos, reelaboración del Génesis y primeros
capítulos del
Éxodo, busca promover una obediencia más rigurosa de la Torá; data
probablemente del período macabeo-asmoneo y se considera precursor de
los
esenios de Qumrán. Los Salmos de Salomón, escritos a raíz de la
conquista de
Jerusalén por Pompeyo en 63 a. C., afrontan el problema de teodicea que
plantean los recientes acontecimientos. Una dificultad importante es
saber cuán
representativos eran estos documentos: no podemos deducir sin más que
hablen
por grupos importantes, pero tampoco identificarlos cada uno con una
comunidad
cerrada. Debemos contentarnos con que arrojen luz sobre facetas del
judaísmo
del Segundo Templo, sin imponerles una sistematización ajena.
c.
Otros judaísmos
Conviene
mencionar otros grupos del
Israel del período. (1) Los «ancianos» (presbyteroi): miembros más
entrados en
años de cada comunidad, venerados por su experiencia, que aparecen
frecuentemente en el NT junto a jefes de sacerdotes, jefes del pueblo o
escribas.
No son una secta, sino parte del caleidoscopio de roles que constituía
el
judaísmo del siglo I. (2) Sacerdotes y escribas: funcionarios de
categoría
media y «profesionales» sin los cuales el sistema religioso-social se
habría
derrumbado. Los sacerdotes, además de su servicio en el templo durante
dos o
tres semanas al año, eran en sus localidades los expertos legales y
bíblicos,
los maestros, los magistrados y jueces. Los escribas eran
imprescindibles para
las transacciones cotidianas, y solían estar relacionados con
sacerdotes,
ancianos o fariseos.
(3)
«El pueblo de la tierra» (am
haaretz). Originalmente designaba a los campesinos; tras el destierro
tomó un
matiz peyorativo respecto a poblaciones cuya pureza era dudosa, sentido
que se
prolongó en la Misná. Tal expresión no aparece en el NT y es dudoso que
se
usara con ese desdén en tiempos de Jesús. (4) Los herodianos: grupo
oscuro
mencionado por Josefo y por Mc 3,6; 12,13 par. El término sugiere
partidarios
activos de Herodes (Antipas en los evangelios) o personas prominentes
que lo
apoyaban; nos recuerda que el judaísmo de la época no tenía miras
exclusivamente religiosas.
(5)
Los «helenizantes» o «helenistas».
La designación cabe para los judíos que apoyaban el programa de
«helenización»
de Antíoco Epífanes, origen de la rebelión macabea. En sentido amplio,
todo el
judaísmo estaba influido en alguna medida por la cultura helenística,
que era
la cultura internacional de la época, pero había sectores tan
helenizados que
se les conocía como «grecohablantes» (helenistas). En Galilea, las
ciudades de
Séforis (capital hasta 18 d. C.) y Tiberíades fueron centros
administrativos
reconstruidos por Herodes Antipas. Hacia ellas y sus residentes más
helenizados
los galileos comunes sentían considerable hostilidad. Conviene incluir
también
el cuerpo amorfo de «helenistas» del NT (Hch 6,1; 9,29; 11,20), judíos
retornados de la diáspora que celebraban sus asambleas en griego en
Jerusalén.
(6)
Los samaritanos. Su historia en
este período es oscura y su propia literatura es demasiado tardía para
ayudar.
A veces se llamaban a sí mismos «judíos», «hebreos» e «israelitas», lo
cual
recuerda la cautela necesaria al usar estos nombres. Era claro, sin
embargo, el
distanciamiento entre Samaría y los judíos: factores importantes eran
la
hostilidad samaritana a la reconstitución de Judea en la época persa,
la
percepción de su identidad étnica y religiosa como diluida, y, sobre
todo, la
cuestión del templo y el lugar adecuado para dar culto a Dios. La
preferencia
samaritana por el monte Garizín y la destrucción de su templo por Juan
Hircano
en 128 a. C. hicieron insalvable la enemistad.
Esto
interesa para preguntar si Jesús
encaja en ese espectro y si se reconocía a sus seguidores como dentro
del
judaísmo. Lucas describe a los seguidores de Jesús como una «secta» —la
«secta
de los nazarenos»— junto a otras sectas judías. Jesús mismo estaba
decididamente situado dentro de la diversidad del judaísmo de su época:
en las
tensiones de su misión no se enfrentó al judaísmo como tal, sino a
grupos o
aspectos concretos del judaísmo de finales del Segundo Templo.
d. El
judaísmo común
Hasta
los grupos más relevantes
mencionados representaban una pequeña minoría dentro de la población.
Josefo
cifra en más de seis mil los fariseos en tiempos de Herodes el Grande,
en más
de cuatro mil los esenios, y describe a los saduceos como una minoría
acaudalada. No hay modo seguro de cuantificar los grupos vinculados a
apócrifos
y pseudoepígrafos. Los «helenistas» eran minoría sustancial en las
ciudades
helenizadas, pero imposible de cuantificar y sin cohesión grupal. Los
samaritanos eran importantes políticamente, pero probablemente fuera
del
«judaísmo» en sentido estricto. Sumados, los judaísmos diferenciados
eran una
parte relativamente pequeña de la población.
De
ahí la oportunidad de la
observación de Sanders: al tratar sobre el judaísmo del siglo I,
debemos hablar
ante todo de las prácticas y creencias de la gran mayoría, lo que él
llama
«judaísmo común». Las otras formas son brotes que destacan sobre el
parterre
mucho más extenso del judaísmo de la gente corriente. Es ese común
enraizamiento lo que les da el denominador compartido de «judaísmo»:
existía
una base compartida de práctica y fe, constitutiva de los factores
comunes que
unían todas las diferentes formas y sobre la que estas se habían
construido.
Pero conviene antes intentar observar el judaísmo «desde dentro», para
no
quedarnos solo con la perspectiva del espectador.
9.4.
Tendencia judía
a la escisión. El judaísmo desde dentro
El
acceso «dentro» del judaísmo
requiere leer con empatía documentos compuestos en Israel, sobre todo
los
escritos desde la perspectiva de miembros del grupo y en defensa de la
percepción propia. Al hacerlo así aflora un rasgo notable: dondequiera
que esos
documentos se hayan generado dentro del judaísmo posmacabeo en la
tierra de
Israel, los grupos que están detrás insisten en dos temas comunes: la
firme
pretensión de ser los únicos herederos legítimos del legado de Israel y
una
crítica dura, a veces sumamente mordaz, de los otros judaísmos. Esto se
observa
en los documentos del Mar Muerto, en 1 Henoc, en el Testamento de
Moisés, en
Jubileos, en los Salmos de Salomón e incluso en escritos cristianos. El
período
estuvo claramente marcado por enfrentamientos entre las facciones
judías.
Los
esenios de Qumrán se consideraban
los únicos fieles a la alianza, «los hijos de la luz», «la casa de la
perfección y la verdad en Israel». De sus adversarios religiosos decían
que
eran «los hombres del bando de Belial», «traidores», «malvados», que
habían
transgredido la alianza. Uno de los principales pecados que les
imputaban era
no admitir la percepción esenia de la Torá. Los «que buscan el camino
fácil»,
los «embaucadores», suelen identificarse con los fariseos, y los
debates
halájicos de 4QMMT confirman que los fariseos estaban entre los
adversarios.
El
corpus de Henoc da a conocer
ásperas disputas sobre el calendario, que exacerbaron las divisiones
probablemente durante el siglo II a. C. «Los justos» procuran
establecer una
clara distinción frente a «los que pecan como los pecadores», con
cálculos erróneos
de meses, fiestas y años. En el Testamento de Moisés se acomete
frontalmente
contra «hombres impíos que se presentan a sí mismos como justos», con
una
caricaturización de la preocupación farisaica por la pureza; pero, dado
que esa
preocupación estaba muy extendida, lo importante es que un documento
judío
llegue a calificar tal preocupación como propia de «hombres impíos».
Jubileos
se dirige al conjunto de
Israel suplicando una observancia más rigurosa de la alianza, pero
incluye la
convicción de que muchos hijos de Israel abandonarán la alianza y se
harán
«como los gentiles»; también aquí el calendario es causa de discordia.
En los
Salmos de Salomón se hace la apología completa de los «justos», los
«devotos»,
frente a los «pecadores»: estos no son solo los gentiles o los
manifiestamente
malvados, sino oponentes judíos, probablemente los saduceos asmoneos
que habían
usurpado la monarquía y profanado el santuario.
¿Era
seria toda esta polémica? Las
opiniones varían. Desde un lado del espectro, podría considerarse que
los
desacuerdos son simplemente parte de una vigorosa disputa halájica, de
modo que
las discusiones de Jesús con los fariseos serían amistosas; desde el
otro, las
polémicas de Mt 23 o Jn 8 marcarían una ruptura decisiva con el
judaísmo. La
gravedad de las condenas en los textos mencionados es notablemente
similar a la
de la tradición cristiana: pueden compararse las espantosas maldiciones
de 1QS
2,5-10 contra los hombres de Belial con la advertencia de Mc 3,29
contra el
«pecado eterno», o la denigración joánica de «los judíos» como hijos
del diablo
(Jn 8,44) con Jub 15,33-34; 4QFlor 1,8; TestDan 5,6. Lo más llamativo
es la
insistencia en reprobar a otros judíos como «pecadores», dado que en la
teología judía el pecador era excluido del mundo futuro y condenado a
las
tinieblas eternas.
¿Cuánta
importancia darle? Hay una
ambivalencia inevitable en el término «Israel»: ¿son «Israel» solo los
fieles a
la alianza tal como cada grupo la entiende, o restaurará Dios al final
la
integridad del Israel desobediente y desterrado en cumplimiento
escatológico de
Dt 30? Esa ambivalencia es visible en CD 3,12–4,12, en la tensión entre
Jub
15,34 y 22,23-30, o en los Salmos de Salomón entre la persistente
condenación
de los «pecadores» judíos y la esperanza final para Israel; y se
prolonga en
Pablo entre «no todos los que proceden de Israel son Israel» y «todo
Israel se
salvará» (Rom 9,6; 11,26). El debate sobre «¿Quién es judío?» sigue
todavía
hoy, en particular como cuestión política en el Estado de Israel.
Cabe
preguntarse, alternativamente,
por la función de ese lenguaje injurioso: ¿condenar irreparablemente a
otros
judíos?, ¿autolegitimarse confirmando la importancia decisiva de las
propias
prácticas?, ¿exhortar y atemorizar para inducir a otros a aceptar las
propias
creencias? La consecuencia es la de todo sectarismo, esto es, la
tendencia al
fundamentalismo: la afirmación de la significación fundamental de algún
elemento de fe lleva consigo el corolario de que quienes lo cuestionan
están
condenados, sin reconocer la legitimidad de otras interpretaciones sin
negar la
propia. El judaísmo del siglo I es solo representativo de la tensión
entre los
ideales de «la Iglesia pura» y de la inclusión, que han atravesado
todas las
religiones e ideologías.
Esta
tensión dificulta cualquier
descripción coherente del judaísmo de la tierra de Israel en el siglo
I. Desde
fuera se aprecia la diversidad y los rasgos distintivos de los
subgrupos en
contraste con el amplio sector del judaísmo común; pero tan pronto como
nos
situamos en el interior de uno de esos judaísmos cambia la imagen: de
la
confortable convivencia se pasa a una dura pugna por permanecer dentro
y por
dejar fuera a otros. La tensión es en parte entre el «judaísmo»
percibido
fenomenológicamente e «Israel» percibido desde dentro, y en parte entre
la
percepción de un Israel de forma pura en el aquí y ahora y un Israel de
compleción escatológica. Sin tener en cuenta esa dinámica resulta más
difícil
entender las interacciones entre grupos y el impacto de Jesús y su
«secta».
¿Cómo ver a Jesús? ¿Como un peculiar representante de la esencia del
judaísmo?
¿Como un falso profeta, un hijo rebelde, un apóstata embrionario? Pero,
mientras tanto, el «judaísmo común», el Israel general, seguía
funcionando: es
el momento de echarle un vistazo.
9.5.
Unidad del
judaísmo del siglo primero
Uno
de los anacronismos más graves de
la investigación moderna es el empleo del término «judaísmo» en plural.
En su
uso primitivo siempre aparece en singular: el judaísmo era percibido
—también
desde fuera— como una sola entidad, llamada «judaísmo». Podemos
describirlo
como un «judaísmo común» del que los otros judaísmos eran expresiones
particulares, o como «judaísmo fundacional», sobre el que se
construyeron las
superestructuras más específicas. Lo importante es que había un género
reconocible, llamado «judaísmo», con diferentes especies. De este
judaísmo
genérico cabe identificar cuatro «pilares»: la fe en Dios, la
revelación de la
Torá a Israel y la vida de Israel por la Torá en obediencia a Dios, a
los que
en el siglo I hay que añadir un cuarto factor: el templo.
a. El
templo
En
el templo se centró la vida
nacional y religiosa de Israel antes de su destrucción en 70 d. C.
Judea era un
templo-Estado. El templo, con su plataforma ideada y construida por los
arquitectos de Herodes, era el eje del poder político y económico, la
razón de
la existencia de Jerusalén. Los ingresos del culto sacrificial, del
impuesto
del templo y de los peregrinos debieron de ser inmensos. Pero, sobre
todo, el
templo era el lugar escogido por Dios para poner su nombre, el punto
focal del
encuentro divino-humano y del culto sacrificial del que dependían
bienestar y
salvación: una señal de identidad primordial para el pueblo de la
alianza. En
el período romano, «judío» era identificador étnico y religioso por su
relación
con Judea, un Estado cuya peculiar existencia dependía por entero de
Jerusalén
y de su templo.
Hemos
visto su importancia para las
sectas: con claridad para los saduceos y para los esenios de Qumrán, y
también
para los fariseos, que procuraban extender por la tierra de Israel la
santidad
requerida para el templo. Las disensiones reseñadas en § 9.4 no
cuestionaban la
significación fundamental del templo: precisamente por su importancia
se
agudizaban las disputas sobre su correcto funcionamiento. No era el
templo,
sino su ubicación (según los samaritanos) o el mal uso de él (según los
Salmos
de Salomón y Qumrán) lo que se denunciaba. La cuestión de qué pensaban
Jesús y
sus seguidores sobre el templo es clave para todo historiador del
cristianismo
naciente.
b. Dios
La
fe en un Dios único y sin imagen
era fundamental. La mayor parte de los judíos recitaban con regularidad
la
Shemá (Dt 6,4.7), de ahí que las palabras de Jesús en Mc 12,28-31
resulten
familiares. El correspondiente mandamiento de no reconocer otros dioses
ni
hacer imágenes estaba grabado a fuego en el judío del siglo I. Poco de
esto
aflora en la literatura, simplemente porque no era objeto de
controversia y se
daba por supuesto. Pero quienes explicaban el judaísmo a no judíos,
como
Josefo, consideraban necesario señalar que «el reconocimiento de Dios
como uno
solo es común a todos los hebreos». El aborrecimiento de la idolatría
era común
a todo el judaísmo: lo confirman la violenta reacción del pueblo contra
los
estandartes de Pilato y el intento de Calígula de erigir su estatua en
el
templo. El modo en que Jesús y los primeros cristianos consideraron
esta
afirmación fundamental es ineludible para entender el surgimiento del
cristianismo.
c. La
condición de
pueblo elegido
Igualmente
fundamental era la
conciencia de Israel como pueblo elegido entre todas las naciones. Esa
convicción, ya previa al destierro, se convirtió en categoría central
de
autodefinición desde Esdras; motivó la resistencia al sincretismo
helenístico
en la crisis macabea y se manifestó en el deseo de mantener una
identidad
separada de las naciones. La expresan en forma extrema Jubileos, pero
subyace
también a la preocupación cotidiana por la pureza, prominente en la
mayoría de
los judaísmos del siglo I y atestiguada arqueológicamente por los
miqwaot. Está
estrechamente vinculada a las normas estrictas sobre pureza
alimentaria. La
«separación» de los fariseos y los esenios era solo la expresión
exagerada de
una convicción muy enraizada: la de ser pueblo elegido, separado de las
demás
naciones.
«Judaísmo»
se acuñó, pues, como
designación de identidad étnico-religiosa por oposición a la influencia
corruptora de lo no israelita: expresa una idea de elección marcada por
la
desconfianza y el exclusivismo, actitud que afloraba en la tendencia
sectaria.
Irónicamente, «Israel» —término acuñado para los de dentro— muestra
mayor
apertura al mundo exterior: no nace como término de oposición, no se
define por
raza ni categoría social, sino solo por la gracia de la elección (Dt
7,6-8), e
incluye la tarea de llevar la salvación hasta los confines de la tierra
(Is
49,6). Pablo intentó mantener esa idea de sí mismo como «israelita» y
de su
misión como continuación de la de Israel (Rom 9–11), aunque sin mucho
éxito.
d. La
Torá
Por
último, la Torá: tan fundamental
para la visión que Israel tenía de sí como para su concepto de Dios,
del templo
y de la elección. Justificaba y explicaba la importancia del templo y
su culto,
y se reveló como lo más sustancial y duradero del judaísmo cuando este
dejó de
ser religión de templo y sacerdotes para convertirse en religión de
Torá y
rabinos. Dada como señal del favor del único Dios y de la elección de
Israel,
parte integrante de la alianza, enseñaba a Israel a vivir como pueblo
de Dios (Deuteronomio)
y se entendió como encarnación de la Sabiduría divina universal
(Eclesiástico
24,23; Baruc 3,36–4,4). Servía además de frontera y baluarte que
separaba a
Israel de las naciones por el mantenimiento del código de pureza. Se
inscribía
en el concepto más amplio de las Escrituras, «la Ley y los Profetas» o
«la Ley,
los Profetas y los Escritos»; Josefo habla de veintidós libros
sagrados, pero
la Torá era considerada decisiva, y el resto comentario sobre ella.
Su
centralidad la convirtió en motivo
de divisiones, no porque los grupos discreparan en su importancia,
sino, al
contrario, porque cada uno pretendía ser el que vivía conforme a sus
principios. Todos coincidían en el «nomismo aliancista» —obediencia a
la Ley
como respuesta apropiada a la gracia de la alianza—, pero la pretensión
de
exclusividad llevaba a la negación recíproca. La circuncisión no jugaba
ningún
papel en esas disputas internas (entró como divisoria solo entre judíos
y
gentiles), pero otras cuestiones —cálculo de fiestas, pureza, leyes
alimentarias, sábado— sí marcaban diferencias radicales, con el uso del
epíteto
«pecadores» para quienes infringían la Torá. La Torá se convirtió así
en un
instrumento para la condena recíproca entre grupos.
Esto
lleva a una reflexión añadida
sobre la distinción entre judaísmo e Israel. Cabría argumentar que fue
la Torá
vista en su función de separación frente a las naciones —y no la Torá
como tal—
lo que transformó «Israel» en «judaísmo». No está claro que este factor
incidiera en la misión de Jesús, pero sí en la reconfiguración paulina
de la fe
a la luz de su llamada apostólica. Establecer adecuadamente el contexto
histórico de Jesús y del cristianismo embrionario ayudará a entender
cómo y por
qué se recordó a Jesús del modo en que lo fue.
9.6. El
judaísmo
galileo
Aclarar
el contexto inmediato de la
misión de Jesús exige preguntarse por Galilea. «Judaísmo» nace como
religión
nacional de los habitantes de Judea, pero Jesús es recordado como
galileo y su
misión se centró en Galilea. ¿Significa eso que los galileos no eran
parte del
judaísmo y que sería inapropiado llamar a Jesús «judío»? La cuestión
tiene dos
caras: ¿era Galilea judía? y ¿en qué medida estaba helenizada?
a. ¿Era
Galilea
judía?
Como
parte del Reino del Norte,
Galilea había quedado separada de Judea desde la división del reino
davídico
(hacia 922 a. C.). Tras la invasión asiria (722/721 a. C.), los
israelitas
fueron deportados y reemplazados por gentes de Mesopotamia. Solo en la
época
macabea, después de la mortífera guerra que provocó el declive sirio,
Samaría y
Galilea fueron añadidas a Judea (hacia 152 a. C.); aún tuvieron que
pasar
cincuenta años hasta que Aristóbulo I (105-103 a. C.) tomara el pleno
control:
Josefo refiere una conversión forzosa que obligaba a circuncidarse y
vivir
según las leyes de los judíos. Tras más de un siglo de gobierno desde
Jerusalén, a la muerte de Herodes el Grande Galilea con Perea pasó a
Antipas (4
a. C.–39 d. C.), mientras que Judea quedó sujeta a gobierno imperial
directo.
La obvia pregunta es si Jesús se crió en una Galilea solo
superficialmente
«judaizada».
Freyne
argumentó convincentemente que,
pese a los datos, los galileos habían conservado una sólida identidad
judía.
Horsley, en cambio, ha defendido que Galilea no estaba integrada en un
judaísmo
común culturalmente unificado, sino que había una división entre
campesinos
galileos y aristócratas importados, manteniéndose más bien continuidad
con
antiguas tradiciones israelitas del Reino del Norte. Los recientes
descubrimientos arqueológicos han transformado el debate y parecen
decidir la
cuestión. El estudio de los modelos de asentamiento revela dos rasgos.
Primero,
los datos indican un abandono casi completo de la región tras las
campañas
asirias, con una Galilea totalmente devastada y despoblada. Segundo, en
los
estratos del fin del siglo II a. C. aflora un chorro de vestigios
(arquitectura, cerámica, monedas asmoneas) que indica una rápida
multiplicación
de asentamientos: apuntan claramente a la llegada de una oleada de
colonos
judíos. La tesis de una aristocracia asmonea superpuesta a una
población autóctona
no se sostiene.
A
ello se añaden lo que Reed llama
«cuatro indicadores de identidad religiosa judía»: recipientes de
piedra
(atestiguan preocupación por la pureza ritual), estanques escalonados
enlucidos
(miqwaot), prácticas de enterramiento (osarios en kojim) que reflejan
creencias
judías, y huesos de diversos animales excepto cerdo, indicio de
observancia de
las leyes alimentarias. Estos hallazgos se distribuyen por toda
Galilea, no
fuera de ella ni en el Golán. La imagen arqueológica coincide con la
literaria:
hay datos de consideración hacia el templo de Jerusalén (pagos de
diezmos y
gabelas, participación en las fiestas de peregrinación; Josefo refiere
muchedumbres galileas en Pentecostés y la costumbre de pasar por
Samaría camino
de la ciudad santa); de lealtad a la Torá (los estudios de la Torá, la
familiaridad de Jesús con ella, la presencia de sacerdotes locales
encargados
de aplicarla, la referencia de Josefo a Eleazar de Galilea como
extremadamente
estricto, y la vehemente reacción galilea ante la orden de Calígula de
erigir
su estatua en el templo, con la declaración: «Preferimos morir antes
que violar
nuestras leyes»). Los pilares del templo, el monoteísmo y la Torá
estaban tan
empotrados en Galilea como en Judea.
¿Eran
los galileos «judíos» sin más?
La implicación de que los galileos del siglo I eran descendientes de
los
colonos asmoneos pide un claro sí. Pero conviene recordar la
ambivalencia del
término: «Judío» era más bien una denominación usada desde fuera, y a
veces
Josefo llama Ioudaioi a galileos, otras los distingue de los Ioudaioi.
La
designación de Galilea como parte de Judea era cuestión de perspectiva,
con el
elemento dominante dando nombre al conjunto. La conclusión es que no
debemos
tener reparo en llamar «judíos» a los galileos en general, incluido
Jesús de
Nazaret, y mantener la implicación de que practicaban el «judaísmo
común», con
las reservas que correspondan en casos concretos.
b. ¿En
qué medida
estaba helenizada Galilea?
La
otra cara de la moneda. La antigua
expresión «Galilea de las naciones» y la hipótesis del sincretismo
galileo
llevaron a Grundmann a afirmar escandalosamente que «Galilea era
gentil» y
«Jesús no era judío». En tiempos recientes, la cuestión se replanteó
por la
presencia en la Baja Galilea de dos ciudades, Séforis y Tiberíades,
reestablecidas por Herodes Antipas como centros administrativos en vida
de
Jesús. Desde el modelo de las ciudades helenísticas de la Decápolis o
de la
costa, se argumentó que también esas dos ciudades eran «helenísticas»
en
carácter y cultura, y que Séforis, a dos horas de Nazaret, habría
atraído al
joven Jesús, quizá como carpintero para la construcción de su teatro.
Una capa
adicional fue suponer que las actitudes y principios de la filosofía
cínica
eran familiares a esa cultura urbanizada y configuraron las ideas de
Jesús,
como se colegiría sobre todo de la tradición Q.
Tales
hipótesis no se sostienen frente
a los datos. Séforis y Tiberíades no se asemejaban a las ciudades
helenísticas
de la Decápolis: eran capitales administrativas, no poleis
independientes, y no
tenían jurisdicción territorial sobre la zona circundante. No eran
ciudades
helenísticas importantes (como Escitópolis o Cesarea Marítima) sino
centros
provinciales menores: ni templo pagano, ni gimnasio, ni hipódromo, ni
odeón, ni
ninfeo; el teatro de Séforis era modesto y posiblemente posterior; los
habitantes
no aparecen como particularmente acaudalados. El camino que iba de
Tiberíades a
Tolemaida pasando por Séforis no era una gran ruta internacional, sino
interregional. Y los datos arqueológicos en Séforis muestran los mismos
cuatro
indicadores de identidad judía: recipientes de piedra, miqwaot,
ausencia de
restos porcinos, y enterramientos en kojim con osarios. La población
era
predominantemente judía y devota.
Lo
cual debilita el supuesto arraigo
del cinismo. Una fina capa de cultura cosmopolita no tiene por qué
conducir a
los filósofos cínicos, y de su presencia en Galilea no hay evidencia.
Construir
la hipótesis sobre material Q implica además circunscribir un documento
griego
a Galilea, ignorando que los dichos de Jesús eran conocidos mucho más
ampliamente, y desconocer que las enseñanzas pueden explicarse mejor
desde un
estilo de vida profético (que evoca a Elías) y una crítica profética a
la
opresión de los ricos.
Tampoco
son obvias las relaciones
entre Séforis y los pueblos de alrededor. Horsley discrepa del modelo
europeo
del pueblo cabeza de comarca: los pueblos pequeños de Galilea eran
básicamente
autosuficientes; el excedente se iba en tributos y diezmos,
recolectados en las
eras; la economía estaba poco monetizada. La imagen de campesinos en
tropel a
Séforis ignora la hostilidad hacia esa ciudad, dramáticamente expresada
en la
devastación de Séforis durante la revuelta del 66 d. C. El silencio de
la
tradición de Jesús sobre cualquier contacto con Séforis es elocuente.
Reed, por
otra parte, sostiene que Nazaret tendía a orientarse más hacia Séforis
y
Tiberíades que hacia el sur, por orografía y rutas; la reconstrucción
de
Séforis requirió cambios en producción y distribución agrícola;
instalaciones
halladas (prensas, eras, molinos) sugieren funciones industriales
locales. En
todo caso, había tensión entre ciudad y campo, agravada por la
adquisición de
las mejores tierras (el valle de Bet-Netofa) por la elite herodiana;
situaciones reflejadas en muchas parábolas de Jesús: ricos
terratenientes,
herencias en disputa, endeudamientos, jornaleros desposeídos. Cómo
conecta todo
esto con Jesús y su relación con Séforis y Tiberíades sigue sin estar
claro; el
silencio de la tradición es sorprendente y algo ominoso.
9.7.
¿Sinagogas y
fariseos en Galilea?
a.
Sinagogas/asambleas galileas
Los
evangelios hablan de que Jesús
enseñaba con regularidad en synagøgai galileas. La traducción habitual
«sinagogas» asume que había en tiempos de Jesús lugares de culto
destinados a
la lectura de la Torá y a la oración comunitaria, y que en ellos los
fariseos
tenían una base de poder algo enfrentada al templo. En los últimos
veinte años
estos presupuestos han encontrado fuerte oposición: la arqueología no
ofrece
claros indicios que los sostengan. Solo tres edificios sinagogales del
período
del Segundo Templo están datados con seguridad en Israel: Gamala,
Masada y
Herodión; a veces se añade Magdala como «minisinagoga». De ahí una
corriente de
opinión que prefiere traducir synagøgæ como «asamblea», «reunión» o
«congregación»: archisynagøgos sería «director de la asamblea» más que
«jefe de
la sinagoga».
Tal
posición tiene base: synagøgæ
denotaba en primer lugar reunión de aldea o asamblea de ciudad. Uno de
sus
fines sería la lectura y explicación de la Torá (por sacerdote, anciano
u
otros) en sábados y días festivos, y probablemente la oración; pero
también
convocatorias para asuntos de la comunidad, arreglo de disputas y
administración de justicia local. ¿Dónde se reunían? En algunos lugares
pudo
ser en casas grandes, como en las primeras reuniones cristianas; pero
no hay
razón para descartar los datos literarios sobre edificios
específicamente
destinados a reuniones, llamados «sinagogas» o «casas de oración», y la
planta
de los edificios más seguramente identificados como sinagogas, con
bancos a lo
largo de los muros, no corresponde a una vivienda privada. Más que a la
iglesia
de pueblo, equivaldrían modernamente al salón de actos local. Es fácil
imaginar
la exposición de enseñanzas de Jesús y la narración de historias sobre
él en
tales lugares, en asambleas vecinales o en reuniones de sus seguidores.
La diferencia
entre «sinagoga» como congregación y como edificio acaso parezca
insustancial,
pero implica un cambio de orientación significativo para el historiador.
b.
¿Fariseos en
Galilea?
Los
datos sobre grandes maestros de la
Torá en Galilea son mínimos, pero existe una tradición que conecta a
Yohanán
ben Zakkai con la ciudad galilea de Arav. Es verosímil que algunos
fariseos
aceptaran vivir en Galilea para implantar sus principios halájicos por
toda la
tierra santa. Esto concuerda con el testimonio de los evangelios:
aunque varias
referencias a los fariseos hayan sido insertadas en recuerdos de la
misión de
Jesús, otros datos parecen sustanciales. La tradición de Mc 12,38-39
(escribas o
fariseos que esperan los mejores puestos en las asambleas), las
protestas de Q
contra fariseos y legistas por diezmos y lavado de copas (Mt 23,23.25 /
Lc
11,42.39) suponen un conocimiento local de prácticas farisaicas. La
indicación
de Lucas (13,31) de fariseos galileos positivos hacia Jesús no debe
desestimarse. Y dado que los fariseos estaban radicados sobre todo en
Judea, la
noticia de Mc 7,1 sobre fariseos y escribas que bajaron de Jerusalén a
ver lo
que hacía Jesús es plausible. La conversión de Pablo hacia Damasco
confirma que
en los años treinta había fariseos con autoridad para velar por la
fidelidad a
la Torá incluso fuera de la tierra prometida.
Nada
de esto, sin embargo, refuerza la
suposición de que los fariseos procuraran activamente organizar y
desarrollar
la sinagoga. No hay indicios al respecto: la inferencia natural es que
esas
reuniones eran presididas por sacerdotes o ancianos del lugar, uno de
los
cuales actuaba como director (archisynagøgos). El judaísmo rabínico
solo se
involucraría significativamente en los asuntos sinagogales a partir del
siglo
III: solo entonces empieza a responder a la realidad la imagen
tradicional de
los fariseos/rabinos controlando la sinagoga. Por otro lado,
despolitizar del
todo a los fariseos de finales del Segundo Templo va más allá de los
datos. La
conclusión razonable es que algunos fariseos visitaban periódicamente
Galilea,
que algunos se preocupaban por lo que veían como relajación en la
obediencia a
la Torá, que en general gozaban de buen reconocimiento entre judíos
observantes, pero que provocaban cierto desdén entre la gente por sus
pretensiones de reconocimiento en las asambleas y por sus excesos
halájicos.
9.8. El
contexto
político
Israel/Palestina
estaba bajo dominio
de Roma. Pompeyo conquistó el territorio en 63 a. C. y Roma estableció
su
dominio eficazmente mediante su cliente Herodes el Grande (37-4 a. C.).
A su
muerte, el reino fue dividido entre sus hijos supervivientes, y Herodes
Antipas
quedó al frente de Galilea y Perea. Judea, tras el reinado del
impopular
Arquelao (4 a. C.–6 d. C.), fue gobernada directamente por Roma hasta
el
estallido de la rebelión de 66 d. C., con el breve paréntesis del
reinado de
Herodes Agripa (41-44).
Mientras
los impuestos fluyeran y no
hubiera disturbios graves, Roma gobernaba con mano relativamente
liviana. Era
más evidente en Jerusalén, donde controlaba el poder nacional del sumo
sacerdote: Roma se reservaba la facultad de nombrarlo y destituirlo,
así como
el poder de imponer la pena capital, aunque se aceptaba que la
profanación del
santuario llevara aparejado ese castigo. La guarnición de Jerusalén era
pequeña
(una cohorte de quizá quinientos hombres) y el prefecto residía
habitualmente
en Cesarea. Durante más de la mitad del siglo I d. C. el gobernador de
Judea
dispuso solo de unas tres mil tropas auxiliares para mantener el orden,
con el
grueso de las legiones (tres o cuatro) estacionado en Siria. Mal se
compagina
esto con la supuesta «espiral de violencia» en el período de la misión
de
Jesús.
En
Galilea, durante toda la vida de
Jesús, la realidad del poder romano se notaba aún menos: los romanos no
eran un
ejército de ocupación. La represión inexorable de la rebelión del 4 a.
C., con
el incendio de Séforis y la deportación de sus habitantes como
esclavos,
dejaría secuelas de temor en la generación siguiente; y nombres como
Tiberíades, Cesarea Marítima, Cesarea de Filipo o Betsaida Julias
recordaban
permanentemente la realidad política. Pero durante el reinado de
Antipas hubo
relativa calma; ni Séforis ni Tiberíades tenían guarnición militar. El
telón de
fondo de los evangelios refleja esto: las figuras de autoridad son
religiosas y
políticas locales (sacerdotes, fariseos, herodianos, «notables»,
Antipas «ese
zorro»). El centurión de Cafarnaún mandaría una pequeña guarnición de
Herodes
Antipas, dada la proximidad de la frontera con Herodes Filipo; podía
también
ser mercenario o militar retirado. El dicho de la «segunda milla» puede
aludir
a simples movimientos rutinarios de tropas.
El
poder romano afectaba a los pueblos
de Galilea —y a Jesús durante la mayor parte de su vida— principalmente
a
través de los impuestos. Los galileos del siglo I estaban sujetos a dos
o tres
niveles de imposición: los diezmos debidos a los sacerdotes y el medio
siclo
del templo, que sumaban quizá el 15 % de los ingresos; las exacciones
por
bienes raíces y tasas aduaneras de Herodes; y el tributo romano
(alrededor del
12,5 % anual). Existe debate sobre el peso real de la carga, pero
probablemente
ascendía a un tercio o más de todo producto e ingreso. Con tal
imposición, los
pequeños propietarios rurales estaban siempre en peligro de endeudarse,
perder
sus tierras y trabajar como aparceros o jornaleros. Estas imágenes
asoman
repetidamente en las parábolas de Jesús, aunque también indican que la
pobreza
extrema no era predominante. Esta es la realidad de fondo que servirá
para
entender muchas enseñanzas de Jesús.
9.9.
Esbozo de la
vida y misión de Jesús
A
la luz de todo lo expuesto pueden
trazarse los rasgos de un esbozo provisional de la vida y misión de
Jesús, que
capítulos posteriores irán completando.
a. El
marco
cronológico
Las
referencias evangélicas a Herodes
el Grande (37-4 a. C.), Herodes Antipas (4 a. C.–39 d. C.) y Pilato
(26-37 d.
C.) permiten situar a Jesús de manera aproximada. Suele aceptarse que
Jesús
nació poco antes de la muerte de Herodes el Grande en 4 a. C.; una
fecha entre
6 y 4 a. C. concuerda con Mt 2,16 y con Lc 3,23. Para la crucifixión,
las
dataciones principales son el 14 de nisán del 30 o del 33, con
preferencia por
la primera, compatible con la duración de dos o tres años que sugieren
las tres
pascuas joánicas. Más allá de eso, los datos no permiten avanzar mucho.
b.
Primeros años y
educación
Jesús
procedía de Nazaret, un pueblo
bastante pequeño de la Baja Galilea. Hijo de un tektøn (artesano,
carpintero),
creció no en la pobreza extrema pero conociéndola; según Mc 6,3 su
familia era
numerosa, con cuatro hermanos y algunas hermanas. ¿Sabía leer y
escribir? La
tasa de analfabetismo en el Imperio era alta, pero el judaísmo del
Segundo
Templo subrayaba mucho el estudio de la Torá: Josefo refiere como
normal
enseñar a leer a los niños, y Testamento de Leví 13,2 propone el ideal
de que
el padre enseñe a sus hijos a leer la Ley. La frecuente pregunta de
Jesús «¿No
habéis leído...?» presupone presumiblemente que él sí había leído; la
parábola
del administrador infiel (Lc 16,6-7) supone una extensión de capacidad
básica
de escritura; rollos de Escritura están atestiguados en pueblos
palestinos. La
escena de Lc 4,16-17 resulta esencialmente creíble.
En
cuanto a las lenguas, hay
sustancial consenso en que Jesús enseñó la mayor parte de las veces en
arameo,
sin que ello excluya cierto conocimiento del griego, dada la
penetración de
esta lengua en la Palestina del siglo I.
c.
Jesús y el
judaísmo común
Un
chico criado en un pueblo de la
Baja Galilea a comienzos del siglo I puede describirse adecuadamente
como
«judío». Estarían entre las razones una educación piadosa en familia y
una
formación en la Torá en la asamblea/sinagoga de Nazaret. Supiera leer o
no, es
totalmente verosímil que conociera la Escritura como indica la
tradición
sinóptica. Al menos alguna peregrinación a Jerusalén para las grandes
fiestas
es muy probable; Lc 2,41-51 sugiere la peregrinación con motivo del
paso a la
edad adulta. Debió de estar familiarizado con el templo y sus
funcionarios, con
sacerdotes locales en funciones de maestros y magistrados, con las
obligaciones
de diezmo y pureza. Recitaría la Shemá, probablemente como obligación
diaria, y
oraría dos o tres veces al día. Como Jesús adulto, es muy probable que
guardara
el sábado y asistiera a la sinagoga; las referencias a la «orla» de su
manto
sugieren un judío piadoso. No ofrece dudas que conoció fariseos y su
afán
interpretativo, y que supo de los esenios y de las tensiones con los
samaritanos.
d.
Centro en
Cafarnaún
Los
textos indican claramente que
Jesús hizo de Cafarnaún el centro de su misión: «Dejando Nazaret, vino
a
residir en Cafarnaún» (Mt 4,13); «estaba en casa» (Mc 2,1), «su ciudad»
(Mt
9,1), donde solía enseñar en la sinagoga. Las recriminaciones Q contra
Cafarnaún,
Corozaín y Betsaida —las tres poblaciones más cercanas entre sí—
sugieren que
tras concentrar allí sus esfuerzos Jesús había sido rechazado en mayor
o menor
medida. Reed estima para Cafarnaún una población modesta de entre 600 y
1500
habitantes, sin calles empedradas, sin edificios públicos, sin
inscripciones de
evergetismo y con casas y utensilios de baja calidad: era uno de los
pueblos
mayores de Galilea, pero modesto. Su importancia radicaba en la
ubicación: en
la orilla noroeste del lago, principal localidad pesquera de la zona y
último
pueblo del territorio de Antipas en la ruta a Damasco; por eso servía
de aduana
(Mt/Leví), y había un oficial militar con tropas (centurión), datos que
añaden
una fina capa de burocracia provincial al cuadro arqueológico.
¿Por
qué Cafarnaún? Posiblemente algún
seguidor le facilitara alojamiento. Aun en un confín del territorio
galileo,
ofrecía acceso fácil al Golán y al corazón de Galilea, proximidad a
zonas
septentrionales gentiles y, a través del lago, a la Decápolis, sin que
esto
implique necesariamente interés por una misión a los gentiles. Reed
especula
que la cercanía a la frontera y al lago también permitía, llegado el
caso,
escapar de la jurisdicción de Antipas: factor relevante a la luz de la
suerte
de Juan el Bautista.
e.
Relación con
Séforis y Tiberíades
Como
Nazaret hacia Séforis, los
pueblos del noroeste del lago dependían en algún grado de Tiberíades.
La
tradición sobre Jesús prácticamente las silencia: ¿las evitó
deliberadamente,
por razones religiosas, sociales o políticas? Otras referencias —misión
en «las
ciudades», advertencias contra la acumulación de riqueza, alusiones a
«calles
anchas», jueces y cárceles, depósitos en banqueros, costumbre
helenística de
reclinarse a la mesa y «puestos de honor» en banquetes— evocan
ambientes
ciudadanos y suponen alguna familiaridad. Los pueblos modestos como
Nazaret,
Cafarnaún o Corozaín ofrecían pocas oportunidades para tales hábitos,
pero la
tradición de personajes acaudalados que protegen a un predicador no es
nueva.
El silencio sobre Antipas y sobre sus dos capitales en Galilea, junto
con
alusiones críticas como Mt 11,7-8 / Lc 7,24-25 y la explícita Lc
13,31-33,
refuerza la sospecha de que Jesús evitó deliberadamente esas ciudades
como
sedes del poder herodiano, no sin razón ante el final del Bautista.
f.
Misión a través de
Galilea (¿y más allá?)
El
cuadrante noroeste del lago parece
el foco de la misión, pero hay memoria de actividad en otras zonas de
Galilea:
un regreso a Nazaret (Mc 6,1-6), milagros en Naín y en Caná. Bien
arraigado
está el envío de los discípulos «de pueblo en pueblo» (Lc 9,6).
Theissen los
describió como carismáticos itinerantes, pero no hay que exagerar la
itinerancia: la mayor parte de Galilea estaba a dos días de camino de
Cafarnaún. Jesús y los suyos podían vivir de la hospitalidad de los
lugareños,
y un grupo de mujeres funcionaba como apoyo, asistiéndolo del propio
peculio.
La
fama de Jesús se extendía por toda
Galilea y más allá. Marcos refiere, con su hipérbole habitual,
multitudes de
Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania, Tiro y Sidón. Jesús es
recordado yendo
al territorio de Tiro (y Sidón), a los pueblos administrados desde
Cesarea de
Filipo, y cruzando a la orilla opuesta del lago en territorios de la
Decápolis.
Nunca se dice que entrara en alguna de las ciudades. Para los
evangelistas,
esas salidas a zonas no judías prefiguraban la misión a los gentiles;
pero esos
territorios habían pertenecido antaño al gran Israel y podían
considerarse
herencia abrahámica. No puede descartarse que el propio Jesús viera
como parte
de su tarea alcanzar a los hijos de Israel todavía allí; de ahí el
episodio con
la mujer sirofenicia (Mc 7,24-30).
g.
¿Misión en Judea y
Jerusalén?
La
cuestión es compleja. Es probable
que hubiera viajes de peregrinación de Jesús a Jerusalén en
adolescencia y
juventud, aunque solo Lc 2,41-51 narre uno. Más tarde, dada la zona
donde solía
actuar el Bautista, Jesús debió de viajar al sur para ser bautizado,
sin que
parezca haber llegado entonces a Jerusalén. Por lo demás, los
sinópticos
sugieren que Jesús nunca visitó la ciudad santa durante el período de
su misión
galilea: la anterior misión transcurriría exclusivamente en el norte.
Cabe que
los evangelistas omitieran visitas previas para construir un crescendo
hasta la
semana final.
El
cuarto evangelio cuenta otra
historia: sitúa muy pronto la «purificación del templo» (Jn 2,13-22),
presenta
a Jesús actuando en el sur en coincidencia con el Bautista (3,22-26),
enmarca
Jn 5 en Jerusalén y desarrolla buena parte del relato desde 7,10 allí.
Parte de
esto puede ser literario, pero hay factores que sugieren tradición
histórica:
la verosímil coincidencia parcial con la misión del Bautista; el
sentido de una
misión orientada a la restauración de Israel, que difícilmente podía
omitir
Judea y Jerusalén; las referencias sinópticas a seguidores procedentes
de Judea
y Jerusalén y la presencia de discípulos en o cerca de la ciudad (María
y Marta
en Betania, José de Arimatea, Nicodemo, los preparativos de la entrada
en
Jerusalén y la última cena); y la posibilidad de que la misión galilea
no
durara mucho más de un año, con visitas periódicas a las fiestas de
peregrinación que explicarían el lapso mayor habitualmente asignado. Jn
7,1-13
podría conservar un eco de incertidumbre acerca de la conveniencia de
esas
visitas.
En
nada de esto cabe certeza alta. Los
transmisores de la tradición sinóptica no se interesaban por localizar
la mayor
parte de la enseñanza de Jesús en tiempos y lugares concretos;
estructuraron
las narraciones en torno al momento decisivo en Cesarea de Filipo, pero
su
indiscriminación previa hace muy incierta la localización de cada
enseñanza. La
excepción significativa es el relato de la última semana en Jerusalén y
de las
disputas allí. En consecuencia, al examinar con detenimiento la
tradición de Jesús
conviene abstenerse de argumentar sobre cronología o localización de
enseñanzas
o hechos, y mantener este esbozo provisional como marco de fondo en el
que el
contexto religioso, social, político y galileo desplegado a lo largo
del
capítulo cobra todo su sentido.
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