El
cristianismo en sus comienzos. Tomo I. Jesús recordado
Segunda parte. A Jesús por los Evangelios
Capítulo 10. A Jesús a través de los evangelios
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
10.1. ¿Cabe esperar éxito en una nueva
búsqueda?
La cuestión subyacente es si cabe culminar con
éxito alguna
«búsqueda del Jesús histórico», dada la calidad de los datos
disponibles y el
carácter de la labor histórica y hermenéutica requerida. La primera
búsqueda
fue considerada un fracaso y su objetivo —descubrir la «vida privada»
de Jesús—
se juzgó tanto ilegítimo (la fe no debe depender de los hallazgos del
investigador) como imposible (por la naturaleza teológica de los
datos). El
primer obstáculo se ha superado al señalar la importancia de la vida y
misión de
Jesús para la fe y el papel de la historia para informarla, aunque no
para
demostrarla. Abstraer la fe de la tarea histórica es proceder
ahistóricamente,
pues la fe inicial de aquellos a quienes Jesús llamó es parte de los
datos
históricos. La tarea consiste en descubrir el carácter del impacto
causado por
Jesús en los primeros que formularon las tradiciones llegadas hasta
nosotros.
a) El estudio de las fuentes (cap. 7)
confirma que el
punto de partida será casi siempre la tradición sinóptica. Se recurrirá
ocasionalmente a Juan, a Tomás, a otros evangelios, a Pablo, a otros
escritos y
a variantes textuales, pero la mejor prueba del valor histórico de
tales
versiones suele ser su conformidad con la sinóptica. Dentro de esta, la
importancia de Q creció a lo largo del siglo XX; conviene, sin embargo,
no
excederse en la confianza en nuestra capacidad para precisar si todo
«q»
equivale a Q, si conocemos suficientemente su extensión, orden y texto
para un
análisis redaccional, y si es posible determinar el carácter del
material que
originó Q. Lo decisivo es que la mayor parte del material Q es
presentado como
enseñanza del mismo Jesús; aun cuando no todo «se remonte a Jesús», no
por ello
cabe concluir que Q sea solo enseñanza de las primeras comunidades. Hay
una
tercera opción: estaba en la memoria de esas comunidades que ese
material era
enseñanza impartida por Jesús, y la afirmación implícita en ese
recuerdo debe
respetarse. La tradición sinóptica no da acceso directo al Jesús mismo,
pero
tampoco nos remite simplemente a la fe de las iglesias del siglo I;
ofrece el Jesús
recordado: no como esas iglesias eligieron recordarlo, sino como
quedó
grabado en su memoria por el impacto de sus palabras y hechos.
b) El estudio de la fase oral (cap. 8)
corrobora esta
línea: en las primeras asambleas discipulares y comunitarias podían
variar
detalles, combinaciones y énfasis, pero los aspectos principales
permanecían
constantes y los elementos nucleares —normalmente palabras de Jesús—
estaban
relativamente fijos. Ambas características son aún perceptibles en la
tradición
sinóptica; el modelo solo vale, probablemente, para los primeros
cincuenta
años, pues Juan y los evangelios posteriores manifiestan una libertad
creciente
para «adaptar» episodios y enseñanzas. La diferencia respecto a otros
buscadores es triple: la convicción de que podemos remontarnos al
primer
impacto de Jesús; la afirmación de que ese impacto se tradujo desde el
principio en tradición comunitaria, parte ella misma del efecto
producido en
los llamados al discipulado; y el reconocimiento de que el carácter
oral del
proceso de transmisión permite escuchar aún, en las variaciones todavía
evidentes en la tradición sinóptica, los relatos primeros sobre Jesús y
sus
enseñanzas. Donde aparezcan rasgos concordantes a través de una
extensión de
tradición comunicada oralmente, será lícito atribuirlos a la influencia
más
formativa: muy probablemente, el propio impacto creativo de Jesús. Esto
no
impide reconocer que en la recitación se daba a la tradición nuevos
sesgos y
desarrollos, pero difícilmente habrían sido aceptadas modificaciones
fuertemente discordantes. El examen procederá presentando los datos sinópticamente,
pues la confrontación visual con la sinopsis revela mejor que ningún
comentario
tanto las divergencias entre versiones como las inverosimilitudes de
toda
armonización.
c) El estudio del contexto histórico (cap.
9) aporta
varias pistas: clarifica lo que «judío» y «judaísmo» pueden significar
propiamente en el siglo I; muestra la unidad y diversidad del judaísmo
del
Segundo Templo y la heterogeneidad del contexto en que Jesús se
desenvolvió;
permite afirmar sin reservas que Jesús era judío, un judío de Nazaret
en la
Baja Galilea, del que se sabe con bastante probabilidad algo sobre su
educación; y, con los datos arqueológicos coherentes con la información
geográfica de la tradición, deja trazar a grandes rasgos el marco
social y
político de su misión.
10.2. ¿Cómo proceder?
Una mirada a los predecesores confirma varios
peligros que
evitar. La crítica liberal estuvo demasiado determinada por tendencias
intelectuales y culturales; en otros casos, la validez de un tratado ha
dependido inquietantemente de la interpretación de un dicho concreto
(la
reconstrucción de Schweitzer descansaba en buena medida sobre Mt 10,23;
la idea
alemana de que Jesús esperaba el triunfo final por medio del Hijo del
hombre
celestial se apoyaba excesivamente en Lc 12,8). La crítica formal
centró indebidamente
la atención en determinados dichos, y los «nuevos» buscadores
procuraron
identificar criterios que aislaran un núcleo «críticamente
garantizado». La
cuestión de si Q (o Q¹) ofrece acceso inmediato al Jesús histórico
—como antaño
se esperaba de Marcos— no se ha planteado con la regularidad necesaria.
Cada
buscador contemporáneo tiene su clave: Theissen, la itinerancia
carismática;
Funk, las parábolas («En el principio era la parábola») como base para
reconocer los aforismos auténticos; Viviano, los treinta y un dichos
parcialmente coincidentes de Q y Marcos; Sanders, los «hechos relativos
a
Jesús», con su abordaje de la «purificación» del templo como pieza
decisiva;
Crossan, la conjunción de antropología transcultural, historia
grecorromana y
judía y análisis literario, sumada a su estratificación de la
tradición;
Wright, la metanarración del destierro y la restauración de Israel como
«gran
hipótesis» que ilumina todos los detalles.
Lo prudente es dirigir primero la atención a la
imagen de
conjunto —el «Jesús característico» de Keck, en lugar del Jesús
distinto—; de
otro modo se queda uno empantanado en un mare mágnum de
detalles en
disputa. El objeto de la búsqueda es alguien cuya misión era recordada
por
diversas características, ilustradas con relatos y enseñanzas que
circulaban en
círculos de discípulos y reuniones comunitarias, aunque aún no
«documentadas»
en el sentido del paradigma literario. De ahí se sigue un criterio
general: todo
aspecto característico y relativamente distintivo en la tradición de
Jesús es
muy probable que se remonte a Jesús. Si un aspecto distingue esa
tradición
frente a otras tradiciones judías, la explicación más obvia es que
refleja la
duradera impresión producida por Jesús entre sus primeros seguidores,
que los
indujo a formar comunidad y que era celebrada, junto con las
tradiciones
kerigmáticas de la cruz y la resurrección, en las reuniones de la
primera
generación.
Este enfoque no excluye la evolución dentro de la
tradición;
simplemente reconsidera sus procesos. El paradigma oral admite a la vez
flexibilidad y estabilidad. Toda la tradición refleja la perspectiva de
la fe
pospascual, aunque rara vez deje una marca material; algunos dichos de
profetas
cristianos primitivos pueden haberse incorporado, pero no muchos, y
solo cuando
concordaban con la tradición ya recibida. Es imposible determinar si
los
evangelistas tomaron las ampliaciones del repertorio de las iglesias o
las
desarrollaron por su cuenta a la manera oral, pero en ambos casos los
desarrollos estaban en la línea de lo que la tradición indicaba.
Adaptando la
metáfora de Schweitzer, rastrear la historia de la tradición no tiene
perfecta
analogía en un viaje con numerosas estaciones intermedias y trasbordos
—los
estratos sucesivos—, sino en una serie ininterrumpida de
representaciones de
una obra clásica en la que cambian los intérpretes y la interpretación
pero se
sigue representando la misma obra. Esa continuidad hace realista
identificar
una inspiración originaria aún audible a través de las
representaciones: tal
impacto perceptible de palabras y hechos da al «Jesús recordado»
sustancia
histórica.
Aplicado este criterio, un retrato notablemente
completo
empieza a configurarse: el de un galileo perteneciente al círculo de
Juan el
Bautista, activo durante la mayor parte de su vida pública en los
pueblos y
aldeas de Galilea; un predicador cuyo anuncio principal era el reinado
de Dios;
un sanador famoso sobre todo por sus exorcismos; un maestro
caracterizado por
enseñar con aforismos y parábolas, que llamó a muchos al seguimiento
obteniendo
respuesta y formó en torno a sí un estrecho círculo de doce; un profeta
que de
algún modo se opuso a las autoridades del templo y que fue crucificado
fuera de
los muros de Jerusalén por las autoridades romanas, acusado de ser un
falso
mesías. Esta figura inicial requiere mucho trabajo de detalle, pero,
una vez
trazada con confianza, permite reformular las preguntas: no solo «¿es
este
detalle fiable?», sino «¿es coherente esta historia o enseñanza con el
perfil
de quien produjo el impacto manifiesto en la imagen general?». Aunque
persistan
zonas nebulosas, la imagen general se mantendrá válida. Hay, pues, un
Jesús
histórico que es legítimo y posible objeto de nueva investigación: no
un Jesús
casi objetivo, cínico o filosóficamente teñido, sino el Jesús que
históricamente fue significativo para el primer florecimiento de la fe
cristiana.
10.3. Tesis y método
El argumento puede sintetizarse en cuatro
proposiciones. Primera:
el único objetivo realista de cualquier «búsqueda del Jesús histórico»
es el
Jesús recordado. Segunda: el Jesús de los evangelios confirma
que el
cristianismo primitivo tenía interés en recordarlo. Tercera: la
tradición muestra cómo era recordado y revela que cobró su forma
esencial al
ser utilizada repetidamente de manera oral. Cuarta: esa forma
esencial
es producto del impacto original e inmediato causado por Jesús,
expresado
primero en palabras por los implicados o testigos. En tal sentido
fundamental,
la tradición de Jesús es Jesús recordado, y el Jesús así
recordado es
Jesús, o lo más próximo a él a lo que podamos llegar jamás.
De ahí se siguen varias consecuencias
metodológicas. La
atención se centrará en rasgos y temas característicos, sin
detenerse en
exceso en dichos o episodios particulares ni hacer depender un aspecto
entero
de la misión de una o dos perícopas; el texto principal quedará
despejado y las
notas asumirán el detalle. El interés se concentra siempre en la
tradición de
los evangelios —principalmente la sinóptica— y en lo que sus formas
persistentes dicen del origen y la historia de esa tradición. Frente a
quienes
estudian el problema sinóptico como cuestión puramente literaria —donde
toda
coincidencia denota dependencia y el «testimonio múltiple» se reduce al
de una
versión escrita anterior—, aquí se impugna ese pensar «por defecto»: el
paradigma literario es excesivamente limitado para explicar las
complejidades
de la tradición.
Tres puntos concretos resumen la propuesta: a)
tradiciones aisladas y en grupos fueron formuladas inicialmente de
manera oral
y así circularon en una primera etapa; b) la mayor parte de
ellas
adquirió durante esa etapa oral la forma con que fueron incorporadas a
los
sinópticos; c) los evangelistas, junto a colecciones escritas
como Q —y,
en el caso de Mateo y Lucas, Marcos—, conocían también muchas de esas
tradiciones orales. Lo permanente y lo cambiante reflejan las
continuidades y
variaciones de la comunicación oral, no solo la dependencia literaria:
en las
partes estables se ve la identidad de la tradición; en las variables,
su
vitalidad.
Lanzar así el guante no implica pretender una
prueba
categórica —¿quién puede probar categóricamente cualquier tesis sobre
las
tradiciones sinópticas?—. Lo que se pide es que el mismo juicio de
verosimilitud que lleva a aceptar la prioridad de Marcos y la
existencia de Q
se aplique a textos en los que la dependencia literaria es menos
manifiesta y
más discutible. Se pide que desaparezcan las anteojeras del literalismo
y que
los textos sinópticos sean mirados con la dinámica de la transmisión
oral en
mente. La forma y las variaciones verbales de la mayor parte de las
tradiciones
sinópticas se explican mejor mediante esa hipótesis de la etapa oral
que
recurriendo solo a la dependencia literaria. El éxito o el fracaso de
la tesis
dependerá, en buena medida, del grado en que el lector logre cambiar
los
ajustes «por defecto» de su «ordenador de a bordo» de «literario» a
«oral».
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