El
cristianismo en sus comienzos. Tomo I. Jesús recordado
Tercera parte. La misión de Jesús
Capítulo 11. Comienzo en el bautismo de Juan
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
Dos
hechos de la vida de Jesús suscitan un asentimiento casi universal y
encierran
los tres años por los que es más recordado, los de su actividad pública
o
misión: su bautismo por Juan y su muerte en la cruz. Por ocupar un
lugar tan
alto en la escala de hechos «casi imposibles de negar», ambos
representan
obvios puntos de partida para un intento de aclarar el qué y el porqué
de su
misión. Sería factible comenzar por la crucifixión y trabajar hacia
atrás,
pero, dado que el bautismo es también un hecho histórico muy importante
y que
su estudio completa el examen del contexto histórico del que Jesús
surgió,
conviene empezar por el principio. El término misión es
preferible al de
«ministerio» —que tiene un matiz casi inevitablemente eclesiástico—,
pues su
matiz de finalidad cuidadosamente concebida, de responsabilidad ante la
autoridad que envía e incluso de «vocación» suscita precisamente las
cuestiones
que habrá que aclarar.
11.1.
¿Por qué no «comienzo en Belén»?
Si
el bautismo de Jesús es un posible punto de partida, ¿por qué no hacer
como
Mateo y Lucas y retroceder hasta su nacimiento? Una «vida», en sentido
de
biografía moderna o antigua, debería decir al menos lo que se sabe
sobre los
orígenes del biografiado. Sin embargo, hay varias razones para no
seguir esa
opción.
a) El modo de proceder
seguido en esta
obra se basa en el reconocimiento de que Jesús causó un impacto en
quienes se
convirtieron en sus discípulos, impacto aún perceptible en las
tradiciones
llegadas hasta nosotros. No puede decirse lo mismo del nacimiento de
Jesús ni
de los relatos que lo recogen. No hay indicio de que los pastores de Lc
2 o los
magos de Mt 2 se hicieran luego discípulos. Lucas refiere que María
«guardaba
todas estas cosas en su corazón», pero el «impacto» que ahí se concibe
no se
traduce en una tradición narrada y repetida durante los treinta años
anteriores
al comienzo de la misión.
b) ¿Reflejan los relatos del
nacimiento
mismos el impacto producido en María? Muy improbablemente: son narrados
sobre
María, no por ella, y presentan claros indicios de haber sido
elaborados en
buena medida —con notable intervención de los propios Mateo y Lucas—
para hacer
alusiones significativas y destacar ciertos aspectos teológicos. En
Mateo
vienen a la mente las citas de cumplimiento tan características de su
evangelio; la estrella de los magos (2,2.7-10), evocación de Núm 24,17
(«De
Jacob sale una estrella»); el reconocimiento de la importancia del
nacimiento
de Jesús por gentiles (2,2.11); el paralelismo entre Jesús y Moisés,
Herodes y
el faraón, y la «matanza de los inocentes» (2,16). No quiere decirse
que Mateo
creara todos estos motivos —pudo servirse de una tradición ya bien
desarrollada—, pero está claro su trabajo redaccional.
En
Lucas los indicios son más difíciles de evaluar. Ante todo está la
cuestión de
los cánticos —Magníficat, Benedictus, Gloria in excelsis, Nunc
dimittis— que se
convirtieron en un elemento tan habitual de la liturgia. No es probable
que
fueran cantados en aquel momento y luego conservados por María; los
nacimientos
de quienes después han sido considerados grandes han inspirado siempre
a poetas
a posteriori. Su uso, si no su creación, implica creencias que no
empezaron a
emerger hasta la misión de Jesús y después: Juan como cumplimiento de
la
profecía del regreso de Elías, el surgimiento de un Mesías davídico
portador de
la salvación, la apertura de la salvación a los gentiles. A esto se
añaden los
temas marcadamente lucanos presentes en Lc 1-2 —la infusión del
Espíritu Santo,
la prominencia dada a las mujeres, la opción por los pobres, la
extensión del
evangelio a los gentiles—, lo que vuelve difícil evitar la conclusión
de que
tanto la forma como el contenido estaban muy influidos por las primeras
comunidades
cristianas y no eran independientes del impacto de la misión.
c) ¿Podemos ser más precisos?
Raymond
Brown observó en su magistral comentario que, pese a sus diferencias,
las dos
versiones —mateana y lucana— coinciden en lo medular: Jesús es hijo de
David e
Hijo de Dios. Más concretamente, coinciden en la anunciación de Jesús
como
Mesías davídico y, sobre todo, en su concepción como Hijo de Dios por
medio del
Espíritu Santo. En Mateo, para quien la filiación davídica es central,
el
evangelista hace constar que Jesús desciende legalmente de David a
través de
José; en el anuncio fundamental, José es llamado «hijo de David», el
niño
procede «del Espíritu» y, en cumplimiento de Is 7,14, será llamado
Emmanuel. La
explicitación de que Jesús es además Hijo de Dios se pospone hasta 2,15
(«de
Egipto llamé a mi hijo»). Lucas es más directo: aunque el tema de Jesús
«hijo
de David» no llega a ser principal en su evangelio, en el relato del
nacimiento
la estirpe davídica de José se subraya, y el factor clave es que Jesús
es «el
Hijo del Altísimo», «el Hijo de Dios» porque el Espíritu Santo vino
sobre
María.
Brown
insiste en que esta declaración no depende del lenguaje ni del concepto
de Is
7,14, pasaje citado solo por Mateo. El núcleo de la tradición parece
ser
simplemente la afirmación de la doble filiación, davídica y divina,
conservada
en dos relatos ricos en detalles desarrollados de maneras diversas. Por
lo que
respecta a estos relatos, lo más atrás que cabe remontarse en la
tradición es
probablemente a la convicción de que Jesús era no solo hijo de David
sino
también Hijo de Dios. Esta convicción, sin embargo, no se formuló en
estos
términos hasta la época pospascual; los relatos del nacimiento parecen
haber
sido resultado de la convicción, y no al contrario.
d) ¿No hay, entonces, hechos
históricos
concernientes al nacimiento de Jesús que puedan extraerse de esos
relatos? Las
perspectivas son poco prometedoras. La estrella móvil de Mateo no
produce una
fuerte impresión de realidad histórica; la notable tipologización de Mt
2,13-18
(Herodes evocando al faraón, Jesús a Israel en Egipto) suscita dudas
sobre la
posibilidad de discernir un suceso histórico detrás. La «matanza de los
inocentes» no es impropia de Herodes, pero resulta extraño que Josefo
no
hiciera referencia a ella; y todo el episodio de Egipto da cierta
impresión de
inventado. Más inquietante aún para quien busque hechos históricos es
la
probabilidad de que Lucas obtuviera datos equivocados respecto al
motivo del
nacimiento en Belén: el censo de Quirino tuvo lugar en el 6 d. C., no
debió
afectar a Galilea (territorio de Antipas), no consta un censo del
Imperio
entero, y resulta difícil de creer que los individuos hubieran de
empadronarse
en el lugar de origen de antepasados muy lejanos.
Belén
misma debe ser cuestionada como marco del nacimiento. ¿Se introdujo a
causa de
la profecía de Miq 5,2? Solo en los relatos del nacimiento se la
menciona;
fuera de ellos se considera que Jesús es «de Nazaret», «el Nazareno».
Mc 6,1.4
presupone que Nazaret y Galilea eran su patria. Juan, además,
plantea
sin refutarlas las dobles preguntas «¿acaso puede salir algo bueno de
Nazaret?»
y «¿no dice la Escritura que el Mesías tiene que venir de Belén?» (Jn
1,46;
7,42). En ningún lugar se cuestiona, en cambio, el linaje davídico de
Jesús,
que se da por supuesto en formulaciones credales primitivas (Rom 1,3; 2
Tim
2,8). Lo nuclear, una vez más —Jesús hijo de David—, resulta menos
vulnerable
al escepticismo histórico que la tradición de Belén, que podría ser una
adición.
Queda
la concepción virginal. Si María permaneció virgen y lo dio a conocer,
sería de
esperar que Is 7,14 LXX hubiera salido a relucir antes o en otra parte
de la
tradición neotestamentaria como «prueba». Lo que encontramos son, en
cambio,
dos o tres alusiones a un cierto conocimiento o rumor popular sobre una
irregularidad en el nacimiento. Primero, en el episodio del rechazo en
Nazaret,
llamar a alguien por la madre («el hijo de María», Mc 6,3) sorprendía y
aludía
a ilegitimidad —el padre desconocido—, lo cual explica que Mateo
modificara el
texto marcano («¿no es este el hijo del carpintero? ¿no se llama su
madre
María?», Mt 13,55). Segundo, la inclusión por Mateo en la genealogía de
cuatro
mujeres recordadas por encuentros sexuales irregulares —Tamar, Rajab,
Rut y la
mujer de Urías— podría intentar amortiguar esos rumores. Tercero, la
pulla
atribuida a los adversarios de Jesús en Jn 8,41 —«nosotros no hemos
nacido de porneia»—
apunta en la misma dirección. Jane Schaberg deduce sin más que Jesús
era
realmente hijo ilegítimo; pero la base para inferirlo es muy escasa: el
lenguaje de Marcos pudo ser simplemente informal, no se sabe que
hubiera
ilegitimidad en el nacimiento de Rajab y Rut, y la insinuación de
origen
marcado por la irregularidad ha sido siempre un medio de insulto y
denigración.
Lo
que la tradición nuclear afirma —Mateo y Lucas— es que el nacimiento de
Jesús
fue especial: «del Espíritu Santo», por el poder del Espíritu Santo. No
se
alude necesariamente a una concepción virginal, que pudo haber sido un
desarrollo de la afirmación básica, especialmente una vez sacado a
colación Is
7,14. La asociación de concepción virginal, nacimiento por obra del
Espíritu y
filiación divina concuerda con el comienzo de la misión de Jesús y con
un tema
fundamental del cristianismo primitivo: los creyentes que tenían la
viva
experiencia del Espíritu como hijos de Dios difícilmente habrían
pensado que la
filiación divina de Jesús fuese de menor categoría (Rom 8,14-17; Gál
4,6-7). En
suma, lo que percibimos más claramente en los relatos del nacimiento
son
desarrollos diversos de la convicción de que Jesús había nacido del
Espíritu de
Dios de un modo especial. Esos relatos proporcionan una valiosa prueba
de la
rapidez con que se formó el pensamiento cristiano, pero no constituyen
un buen
punto de partida para investigar la misión de Jesús.
11.2.
Juan el Bautista
Pese
a los relatos de la infancia, el conjunto de la tradición evangélica
invita a
empezar con Juan y su bautismo el estudio del impacto causado por
Jesús. De
hecho, un estudio histórico de Jesús apenas tiene otra opción que
intentar
«ubicarlo» en relación con Juan, por varias razones.
La
estatura histórica de Juan
Inicialmente,
Juan parece haber tenido tanta importancia histórica como Jesús, si no
más. Es
mencionado favorablemente por Josefo —«Juan, el llamado Bautista»—,
quien lo
presenta como un hombre bueno que invitaba a los judíos a participar en
su
bautismo siempre que practicasen la justicia y la piedad. Josefo
refiere que el
gran entusiasmo despertado por su predicación fue lo que hizo temer a
Antipas
una posible insurrección, e incluso que algunos judíos interpretaron la
posterior derrota militar de Herodes como un desagravio divino por la
ejecución
de Juan. Los evangelios reflejan el mismo entusiasmo, aun con sus
hipérboles
(«toda Judea y todos los de Jerusalén»). El hecho de que Juan fuese
conocido
como «el Bautista» indica que debió de practicar ampliamente su rito;
la
tradición Q de Mt 11,7-9/Lc 7,24-26 sugiere un flujo constante de
personas que
iban al desierto a verle, y era considerado un «profeta», título raras
veces
otorgado desde Malaquías. Según Lucas, la gente se preguntaba incluso
si no
sería «el Mesías» (Lc 3,15; Jn 1,20). En torno a él se formó un grupo
de
discípulos que conservaron una identidad reconocible mucho después de
su muerte
(Hch 19,1-7); la clara nota polémica del cuarto evangelio contra una
sobrevaloración de Juan y el testimonio de las Pseudoclementinas lo
confirman.
Que la figura de Jesús sea tan grande desde la perspectiva cristiana no
debe
oscurecer el hecho histórico de que para muchos, en el siglo I, la
figura de
Juan era aún mayor.
Jesús,
¿discípulo de Juan?
Es
muy probable que el propio Jesús surgiera del círculo de Juan; cabe
perfectamente la posibilidad de que empezara, propiamente hablando,
como discípulo
del Bautista. El hecho clave es que Jesús fue bautizado por Juan
(Mc 1,9
parr.), uno de los episodios con base más segura de toda la historia de
Jesús.
No es algo que sus seguidores pudieran haber inventado: en el impacto
de Jesús
no había nada que impulsara a atribuirlo a la influencia de Juan como
mentor.
Al contrario, el hecho parece haber resultado embarazoso, pues el
bautismo de
Juan es descrito claramente como «un bautismo de arrepentimiento» (Mc
1,4)
—coincidencia con Josefo—, lo que planteaba la pregunta perturbadora de
qué
tenía Jesús que arrepentirse. De ahí que Mateo considerase necesario
hacer
decir a Juan que era él quien debía ser bautizado por Jesús (Mt
3,14-15); para
la teología cristiana esto siempre ha sido espinoso.
Un
segundo hecho es que la misión de Jesús coincidió al principio con la
de Juan.
Aquí el testimonio del cuarto evangelista llena lo que sería una
preocupante
laguna histórica: según Juan, los primeros discípulos de Jesús
procedían del
círculo de Juan (Jn 1,35-42); Jesús bien podría haber modelado su
misión con
arreglo a la de su maestro, y los discípulos de este parecen haber
visto a
Jesús como un competidor con mayor éxito —«Jesús bautizaba más gente
que Juan»
(3,26; 4,1)—. El cuarto evangelista se apresura a negarlo («en realidad
no
bautizaba Jesús, sino sus discípulos», 4,2), lo que da aún mayor
credibilidad
al dato. Aquí se percibe la misma situación embarazosa que en Mt
3,14-15: los
sinópticos parecen haberse esforzado en correr un velo sobre ese
período de
coincidencia. Marcos subraya que Jesús no empezó su misión en Galilea
hasta
«después que Juan fue arrestado» (Mc 1,14), y Lucas inserta el
encarcelamiento
del Bautista antes incluso del bautismo de Jesús (Lc 3,18-20), para que
Juan
salga de escena antes. Es difícil no deducir que hubo un período
temprano de la
misión de Jesús que los sinópticos prefirieron pasar por alto. Si Jesús
debe
ser catalogado como «discípulo» de Juan o no, y cuándo adoptó un
mensaje
distintivo, son cuestiones para más adelante; por ahora basta señalar
que el
bautismo por Juan tiene sustancia histórica suficiente para marcar el
inicio de
la misión.
El
comienzo del evangelio
Reforzando
esta conclusión está el hecho de que el Bautista es recordado en todas
las
corrientes de la tradición como «el comienzo del evangelio de
Jesucristo» (Mc
1,1). Mc 1,2-8 señala explícitamente que Juan constituye ese comienzo;
más
tarde, la muerte casi martirial de Juan prefigura la de Jesús (Mc
6,14-29). Q
empieza también con la predicación de Juan. Mateo, pese a sus relatos
de
infancia, presenta a Juan predicando el mismo mensaje que Jesús:
«arrepentíos,
porque está cerca el reino de los cielos» (Mt 3,2 = 4,17). Lucas hace
que el
nacimiento de Juan preceda al de Jesús (Lc 1,5-25.57-80) y dice que
Juan
«predicaba la buena noticia», usando el verbo (euangelizesthai)
que
aplica luego a Jesús. El cuarto evangelista da a entender que la
historia de
Jesús no puede narrarse sin referencia a Juan (Jn 1,6-8.19-34). En
Hechos, los
criterios para reemplazar a Judas exigen haber estado con ellos «desde
el
bautismo de Juan» (Hch 1,21-22); y el discurso de Pedro en Hch 10,37
resume la
misión de Jesús como «lo que sucedió en el país de los judíos,
empezando por
Galilea, después del bautismo predicado por Juan».
También
interesa «ubicar» a Jesús por referencia a Juan en otros pasajes. La
identificación de Juan con Elías, el que tenía que venir antes del «día
del
Señor», está implícita en el uso marcano de Mal 3,1 (Mc 1,2), en la
descripción
del Bautista «vestido con pelo de camello» —evocación de 2 Re 1,8—, y
se hace
diáfana en Mc 9,11-13 y en el cántico lucano del nacimiento (Lc
1,16-17). Para
las primeras comunidades cristianas era importante que el papel
profético
reconocido a Juan se correspondiera con la significación atribuida a
Jesús: una
finalidad apologética inicial sería probablemente que Jesús se
beneficiase de
la mayor consideración de que gozaba Juan fuera del círculo de los
discípulos.
El mismo propósito se percibe en el cuarto evangelio, aunque allí la
subordinación de Juan está más acentuada: es solo un testigo, pero
testigo de
Jesús por excelencia.
En
vista de la incomodidad que ocasionaba posteriormente la cuestión de la
primacía en la relación entre ambos, no cabe pensar que la influencia
implícita
de Juan sobre Jesús pasara a la tradición en una etapa tardía; al menos
en
cuanto al hecho del bautismo y el surgimiento de Jesús desde el entorno
de
Juan, ha de estar conectada con el fundamento histórico. Es revelador,
en
cambio, que el tema Jesús-Juan apenas aparezca en el Evangelio de
Tomás,
donde la introducción de Q sobre Juan está omitida y el tema del juicio
inminente —característico de la predicación del Bautista en Q— ha sido
eliminado, en línea con la reducción tomasiana más general del tema del
juicio.
Esto va en dirección contraria al argumento de Koester de que el juicio
en Q
sería un desarrollo redaccional desconocido de Tomás: más bien parece
que Tomás
omitió un claro recuerdo de la significación de Juan y de la fuerza del
juicio
en su predicación.
11.3.
El bautismo de Juan
«El
Bautista»
De
lo poco que sabemos sobre Juan, lo más sobresaliente es su bautismo.
Marcos lo
presenta «bautizando en el desierto» o como «el bautizador»; resume su
mensaje
como «proclamando un bautismo de arrepentimiento» y dice que otros lo
llamaban
«el Bautista». En Mateo y Lucas todos lo conocen por ese título;
también en
Josefo. El término nos es tan familiar que olvidamos su carácter
inusitado: baptizein
no se aplicaba antes a una práctica como esa, y bajo el griego subyace
muy
probablemente el arameo tabela. En ambos casos —arameo y
griego— estamos
ante un título creado ex novo: nadie antes había sido llamado
«el
Bautista». Es indicio del surgimiento de una práctica nueva: una
palabra
extranjera no se incorpora a una lengua salvo que esta carezca de
equivalente,
y la traducción directa de tabela como baptistæs revela
el
reconocimiento de que una función inusual exigía denominación nueva.
Las
especulaciones sobre «movimientos baptistas» en el valle del Jordán y
sobre un
bautismo de prosélitos previamente establecido se debilitan por este
mismo
argumento: si la práctica era ya conocida, ¿por qué solo a Juan se
llamó «el
Bautista»? La explicación más razonable es que Juan fue influido al
menos en
alguna medida por la importancia del baño ritual en la piedad judía y
especialmente en Qumrán, pero su rito era peculiar y requería un nombre
nuevo.
El diálogo de Mc 11,28-33 parr. lo confirma: la réplica de Jesús solo
podía
tener eficacia si el bautismo de Juan era una innovación controvertida
que la
gente apreciaba en grado considerable.
Un
bautismo de arrepentimiento
¿Qué
hacía peculiar el rito? Dos respuestas inmediatas. Primero, era
probablemente
un acto único, para toda la vida, a diferencia de los baños rituales
regulares;
el carácter definitivo del juicio inminente que Juan anunciaba lo
confirma.
Segundo, el hecho mismo de que Juan fuese conocido como «el bautizador»
recuerda que, mientras en los baños rituales las personas se metían en
el agua,
lo característico de Juan era que él introducía en el agua a quienes
administraba el bautismo.
Más
atención merece la fórmula «un bautismo de arrepentimiento para el
perdón de
los pecados» (Mc 1,4/Lc 3,3) y el dato de que la gente acudía
«confesando sus
pecados». Esto distinguía aún más el bautismo de Juan de las
purificaciones de
Qumrán: la inmersión en un miqweh era para eliminar la
impureza, no el
pecado, aunque 1QS 3,6-9 establece una relación estrecha entre ambas.
Sobre
todo es notable que se hable de «perdón de los pecados», cosa que
confirma
Josefo, cuyo lenguaje pone ante nosotros lo verdaderamente innovador:
la Torá
preveía el perdón mediante el sistema sacrificial del templo —solo Dios
podía
perdonar, pero el sacerdote era intermediario indispensable—; en
cambio, la
predicación de Juan no exige acto expiatorio, y en cierto sentido el
bautismo sustituye
la ofrenda por los pecados. Esto distinguía realmente a Juan: no
rechazó los
ritos del templo aduciendo que el arrepentimiento bastaba, sino que
ofreció su
propio rito como alternativa. Casi podría decirse que, bautizando, Juan
desempeñaba el papel del sacerdote. Cómo lo veían las autoridades del
templo no
lo sabemos: posiblemente un bautismo único por individuo no se percibía
como
amenaza para el «negocio» de las ofrendas expiatorias. En cualquier
caso, Juan
se inscribía en una tradición profética que ofrecía un encuentro
efectivo con
lo divino, alternativo al del templo.
Josefo
da una pista sobre cómo entender la fórmula marcana. ¿Era el bautismo
concebido
como medio para obtener el perdón? No parece: es más probable
que se
entendiera como factor clave el arrepentimiento expresado por
el
bautizando. La frase «metanoia eis aphesin hamartiøn» es casi un solo
concepto:
«arrepentimiento-para-el-perdón-de-los-pecados». Así lo entendió Lucas
(24,47;
Hch 5,31; 13,24); Mateo, llamativamente, evita la fórmula y define el
rito como
bautismo «para el arrepentimiento» (Mt 3,11), reservando el «perdón de
los
pecados» para el relato de la última cena. La aversión estética de
Josefo a
presentar el bautismo como manipulación cultual («no debían emplearlo
para
obtener perdón... sino como consagración del cuerpo, dándose por
supuesto que
el alma ya había sido completamente purificada por la rectitud de su
conducta»)
concuerda con la exhortación a dar «frutos dignos del arrepentimiento»
(Q
3,8-9). La mejor lectura sería, pues, «un bautismo que expresaba
arrepentimiento en busca de perdón por los pecados», quedando abierta
la
cuestión de si Juan pensaba en un perdón inmediato o en uno futuro
vinculado al
juicio inminente.
Un
bautismo de preparación
Uno
de los rasgos más constantes de la predicación de Juan es la promesa de
un
bautismo futuro comparado con el suyo: «yo os bautizo con agua;
él os
bautizará con Espíritu Santo». La implicación es que el bautismo de
Juan
preparaba para ese bautismo futuro. La interpretación cristiana
posterior
supuso que «bautizar» significaba en ambos casos hacerlo «con agua» y
que el
bautismo futuro era —o demostraría ser— el bautismo cristiano «con agua
y
Espíritu» (Jn 3,5). Pero la primera suposición no respeta el contraste
explícito que Juan establecía entre su propio bautismo «con agua» y un
bautismo
futuro con otro medio («Espíritu»). Se ha pasado por alto la fuerza
metafórica
de «bautizar», y la identificación del bautismo futuro con el bautismo
cristiano solo se sostiene desgajando el contraste de Juan de su
contexto
inmediato. Conviene, pues, situar primero ese lenguaje en el marco del
mensaje
de Juan.
11.4.
El mensaje de Juan
Nuestras
fuentes para la predicación de Juan
Donde
con más nitidez se percibe la línea de pensamiento del mensaje de Juan
es en la
tradición Q de Mt 3,7-12/Lc 3,7-9.16-17: el discurso de la «camada de
víboras»,
la «ira inminente», los «frutos dignos del arrepentimiento», la
advertencia
contra confiar en la paternidad de Abrahán, el hacha puesta «a la raíz
de los
árboles», el bautismo «con Espíritu Santo y fuego» y la limpieza de la
era con
el bieldo. Que solo Q recoja este material no es tan problemático como
parece.
Primero, había una razón obvia para que la tradición cristiana atenuara
el
anuncio del juicio que el Bautista atribuía al que tenía que venir,
pues Jesús
no cumplió esa expectativa como Juan la había formulado; la reducción
marcana,
que omite las imágenes del juicio y conserva solo la promesa del
bautismo con
Espíritu Santo (Mc 1,8), parece ya una síntesis. Segundo, el silencio
de Josefo
se explica porque pretendía ofrecer a sus lectores una imagen positiva
de Juan,
y las imágenes apocalípticas resultaban poco inteligibles y atractivas
para un
público romano. Tercero, Q alude retrospectivamente al carácter
terrible de la
expectativa al recordar el desconcierto posterior de Juan: «¿eres tú el
que ha
de venir o debemos esperar a otro?» (Mt 11,3). Cuarto, debía de ser
precisamente esa nota de amenaza inminente lo que daba urgencia a su
llamada y
atraía a multitudes. Y, por último, no había nada que la tradición de
Jesús-discípulo ganara atribuyendo a Juan esa nota de juicio si no era
lo que
él efectivamente había predicado.
Juicio
a Israel
La
referencia al juicio es implacable: «camada de víboras» evoca textos
como Sal
58,4, Dt 32,33 o Sal 140,3, donde el áspid es metáfora del enemigo; «la
ira
inminente» bebe de la imaginería profética del «día de la ira» (Is
13,6-16; Sof
1,15.18); el «hacha a la raíz de los árboles» y la quema del árbol
estéril, así
como la limpieza de la era, eran imágenes familiares del juicio (Is
10,33-34;
Sal 1,4; Miq 4,12-13). Que se aluda a Israel es evidente por la
advertencia de
no confiar en la ascendencia abrahámica: la libre elección de Abrahán
por parte
de Dios no era garantía, pues Dios podía elegir de nuevo con la misma
libertad
—posible juego de palabras hebreo o arameo entre banim/’abanim
(«hijos»/«piedras»)—. Juan se sumaba a la tradición de la recriminación
profética contra la presunción de Israel, y a su modo protestaba contra
la
tendencia faccional del judaísmo del Segundo Templo: frente a la
solución
sectaria de restringir la alianza a los fieles de la propia secta, Juan
recordaba que la elección divina era ante todo un acto de libre
voluntad y
llamaba al arrepentimiento. No se sigue de aquí que Juan pensase en los
gentiles, pero su advertencia coincide en parte con Am 9,7 y será
desarrollada
por Pablo en Rom 9-11.
A
lo largo del siglo XX el anuncio del juicio se ha considerado
«escatológico»,
en el sentido de un juicio final inminente, lo cual concuerda con la
referencia
a «la ira inminente» y con la imagen del fuego. Pero diversos pasajes
bíblicos
en los que Juan resuena describen calamidades futuras para individuos o
naciones que no necesariamente eran entendidas como «finales»; el
surgimiento
de nuevos hijos de Abrahán mal se aviene con un brusco final para los
descendientes del patriarca, y la enseñanza ética concreta de Lc
3,10-14 carece
de urgencia escatológica. La advertencia podría ser, pues, un último
aviso a
los contemporáneos, sin tener que implicar el fin del universo.
Bautizará
con Espíritu y fuego
Sugiere
igualmente juicio la imagen central: «él os bautizará con Espíritu y
fuego» (Q
3,16), que combina tres poderosas figuras. Primera, el río o la
inundación como
metáfora de anegación por la desgracia (Sal 18,16; Is 8,7-8; Jon 2,5).
Segunda,
el juego subyacente al término pneuma —hebreo/arameo ruaj:
«viento/espíritu/Espíritu»—, que califica a la vez el juicio y la
bendición; la
inserción cristiana de «Santo» refleja una lectura posterior. Tercera,
el
fuego, la metáfora más obvia del juicio, profusamente atestiguada en
Qumrán y
en la literatura apocalíptica.
Especial
fuerza tiene la combinación de las tres: fuego y agua como medio de
purificación (Núm 31,23); el Espíritu junto con metáforas acuáticas (Is
32,15;
44,3; Jl 2,28); el viento abrasador como purificación; y, sobre todo,
el río de
fuego de Dn 7,10. El precedente más destacado, que combina las tres y
que
podría haber inspirado a Juan, es Is 30,27-28, donde el aliento (ruaj)
del Señor es «como torrente desbordado que cubre hasta el cuello», con
el fuego
devorador y la criba destructora de las naciones. Juan se sitúa en una
tradición de advertencias proféticas y apocalípticas a Israel que
utilizaba
estas imágenes y las adaptó al aspecto más característico de su misión
como bautista:
el que iba a venir bautizaría en el río de la abrasadora ira de Dios.
El
verbo baptizein existía antes de convertirse en término técnico
para el
rito de Juan, y significaba sencillamente «introducir en un fluido,
sumergir,
mojar». Los LXX lo emplean tres veces para lavado o inmersión rituales,
y
Josefo lo aplica al hundimiento de un barco o a la inmersión de un
objeto.
Filón lo utiliza metafóricamente para el alma anegada por los objetos
sensibles, y Josefo para hundir la espada en una garganta, la
inundación de una
ciudad, o quien está «hundido en la inconsciencia y el sueño de la
embriaguez».
Juan tendría una imaginación análoga: concebía al que iba a venir
introduciendo
a la gente en el río del ígneo aliento de Dios que fluiría desde el
cielo. La
imagen podía ser destructiva o purificadora —como en Mal 3,2-3—, pues
Juan
anunciaba ese otro bautismo no como amenaza a quienes rechazaran el
suyo, sino
como promesa para quienes él mismo bautizase: «yo os bautizo con agua;
él os
bautizará con Espíritu Santo y fuego». La imagen paralela del trigo
reunido en
los graneros y la paja quemada lo confirma. Juan, en otras palabras,
tomó la
imagen ofrecida por su rito y ofreció una variación nueva de una
antigua
expectativa profética/apocalíptica: la inmersión en el Jordán
prefiguraba una
inmersión futura mucho más terrible, que a los arrepentidos limpiaría y
purificaría en lugar de destruirlos.
La
imagen del bautismo en un río de fuego pudo ser el modo que tenía Juan
de
figurarse el período final de tribulación que el pensamiento
apocalíptico
consideraba prólogo inevitable a la nueva era, raíz probablemente en Dn
12,1 y
conectada con la visión del cuerno que vence a los santos (Dn 7,21);
también la
imagen de la mujer con dolores de parto era familiar (Is 26,17-18; Miq
4,9).
Estas figuras son ciertamente «escatológicas», pero conviene
preguntarse hasta
qué punto eran «finales». La purificación y los dolores de parto son
imágenes
de un nuevo comienzo: ¿qué iba a suceder con los árboles que
daban fruto
de arrepentimiento? ¿Qué con el trigo reunido en el granero? Las
preguntas son
pertinentes porque el carácter «escatológico» de la predicación de
Jesús ha
sido objeto de un debate candente, y la influencia de Juan precisamente
en este
punto resulta insoslayable. Indicio de las complicaciones es que las
palabras
del Bautista sobre uno que «bautizará con Espíritu Santo y fuego»
pasaron a la
tradición cristiana en forma atenuada —«seréis bautizados con Espíritu
Santo»—
y atribuidas a Jesús (Hch 1,5; 11,16).
El
que viene
Lo
menos claro de todo es la idea que tenía Juan del que iba a venir:
«detrás de
mí viene uno que es más fuerte que yo, no soy digno de desatar las
correas de
sus sandalias». ¿A quién esperaba? Entre las principales respuestas,
ninguna es
plenamente satisfactoria. La primera identificación es Dios: el
mensajero precursor de Mal 3,1 va por delante del Señor, y la
atribución del
juicio a Dios mismo es habitual. Pero la imagen de la sandalia y la
comparación
(«uno más fuerte que yo») apenas son apropiadas referidas a Dios: «Dios
no
lleva sandalias». La segunda propuesta es una figura celestial como el Hijo
del hombre; sin embargo, parece dudoso que existiese tal concepto
en el
judaísmo del Segundo Templo y que el verbo «venir» bastara para
evocarlo. La
tercera —que merece más consideración de la habitual— es Elías:
en Mal
3,1 es el mensajero quien «viene», y la identificación de ese mensajero
con el
Elías de Mal 4,5 sería natural; además, Elías era conocido como profeta
del
fuego. Pero entonces Juan habría de verse a sí mismo solo como
precursor de
Elías, y el papel de Elías en Mal 4,5 parece preparatorio, no propio
del juez
final. La cuarta y tradicional interpretación cristiana es el Mesías;
la
dificultad es que el judaísmo del Segundo Templo no tenía una idea
simple y
precisa del «Mesías», y la figura mesiánica esperada no solía asociarse
con el
fuego.
Una
cuestión raramente planteada es si Juan tenía una idea clara de quién
era el
que iba a venir. La identificación apenas podía ser menos explícita
—alguien
que vendría después y sería más grande—. Más tarde, Juan es recordado
enviando
discípulos a preguntar a Jesús: «¿eres tú el que ha de venir, o debemos
esperar
a otro?» (Mt 11,3). No hay razón de peso para que esa pregunta no
refleje su
expectativa anterior, lo que indicaría que Juan mismo no sabía con
precisión a
quién precedía y que tampoco identificaba a la figura con Dios ni con
el Hijo
del hombre. La única orientación firme es el papel de juez que le
atribuía.
Acaso Juan estuviera convencido de que iba a seguirle alguien más
importante y
debía bautizar en preparación para un bautismo mucho más temible: con
eso
tendremos que conformarnos.
11.5.
Unción de Jesús en el Jordán
«Bautismo
por Juan» o «unción con Espíritu»
Es
habitual hablar de «el bautismo de Jesús por Juan», pero la
denominación es
inapropiada: los evangelistas coinciden en dirigir la atención, más
allá del
bautismo, a lo que sucedió al salir Jesús del río: la bajada del
Espíritu y la
voz del cielo. Marcos conecta el bautismo con la bajada del Espíritu
mediante
su característico euthys («inmediatamente»); Mateo sigue a
Marcos; Lucas
vincula el bautismo de Jesús al de «todo el pueblo» y sitúa los
acontecimientos
mientras Jesús «estaba orando». El cuarto evangelista ni siquiera
menciona el
acto del bautismo y centra la atención —por repetición— en el
testimonio de
Juan sobre la bajada y permanencia del Espíritu sobre Jesús (Jn
1,32-33).
Igualmente significativo es que el discurso de Pedro en casa de
Cornelio
recuerde que la misión «comenzó por Galilea después del bautismo de
Juan», y que
«Dios ungió a Jesús con el Espíritu Santo y con poder» (Hch 10,37-38).
En suma,
la historia de la misión empieza a partir de su bautismo, no tanto
porque fuera
bautizado por Juan cuanto por lo que sucedió en aquella ocasión.
Dos
elementos clave estructuran el relato. Primero, la bajada del Espíritu,
con la
apertura de los cielos como preludio: el cristianismo primitivo veía
aquí la
unción de Jesús por Dios para su misión, cumplimiento de Is 61,1 («el
Espíritu
del Señor está sobre mí, porque me ha ungido»), la unción que lo hace
«el
Ungido», el Mesías/Cristo. Segundo, la voz celestial, probablemente
combinación
de Sal 2,7 («tú eres mi hijo, hoy te he engendrado») e Is 42,1 («he
aquí mi
siervo, mi elegido, en quien se complace mi alma; he puesto mi espíritu
sobre
él»). Es decir, los primeros narradores en las asambleas presentaban a
Jesús
como Mesías real, Hijo de Dios según Sal 2,7, e hijo de Yahvé según Is
42,1,
reconocidos en la unción por el Espíritu en el Jordán.
Pero
¿qué sucedió realmente?
La
mayor parte de los especialistas ha seguido la línea de Strauss: aquí
tenemos
un clásico ejemplo de «mito histórico». No hay razón para dudar de que
Jesús
fue realmente bautizado por Juan, pero la apertura de los cielos, la
bajada del
Espíritu en forma de paloma y la voz celestial son desarrollo mítico,
modo
cristiano de poner de manifiesto el significado del acontecimiento. Los
intentos liberales de leer aquí una experiencia personal de Jesús —la
de su
autorización por Dios— tropiezan con el carácter del relato: como
señaló
Dibelius, los discípulos solo podían conocer una vivencia tan íntima si
Jesús
se la hubiera comunicado, y entonces habría llegado a la tradición
narrada con
sus propias palabras (cf. Lc 10,18), mientras que lo que tenemos está
formulado
desde el punto de vista del narrador. Es muy improbable que el primero
en
formular la tradición fuera el mismo Jesús.
Coincide
con esto la tendencia, visible en la historia de la tradición, a hacer
del
conjunto del acontecimiento un portento más visible y objetivo. En
Marcos, los
cielos se abren y la voz son experiencia de Jesús —«viste» bajar el
Espíritu,
«tú eres mi Hijo»—; en Mateo, la apertura ya no es visión personal y la
voz
tiene carácter público («este es mi Hijo»); en Lucas, el Espíritu baja
«en
forma corporal»; en el Evangelio de los Ebionitas una gran luz
brilla en
el lugar, y en Justino se enciende un fuego en el Jordán. Difícilmente
se puede
rechazar la conjetura básica de que todo el relato es una versión
cristiana
imaginativa del bautismo, retrotraída a los comienzos de la misión, con
una
salvedad: la perspectiva de fe perceptible en la tradición se remonta
probablemente a su formulación primera. Eso no significa que se remonte
al
acontecimiento; pero los primeros grupos de discípulos sí reflexionaron
sobre
los comienzos de la misión y sobre la relación con la de Juan.
¿Qué
llevó a formular la tradición en esos términos? Los datos más
llamativos
sugieren que el propio Jesús entendía su misión desde esa misma
perspectiva.
Como se verá, Jesús probablemente creía haber sido ungido con el
Espíritu (Is
61,1) y entendía su relación con Dios como la de un hijo con su padre;
no
convirtió esta idea en objeto de enseñanza explícita, pero dijo lo
suficiente
como para que sus discípulos la captaran. La impresión de que Jesús
estaba
inspirado por el Espíritu y vivía en intimidad con Dios formaba parte
del
impacto, y en algún momento cristalizó esa característica definitoria,
probablemente al comienzo de la misión o cuando esta tomó forma propia.
Como
sucedió que el bautismo se vio pronto como el comienzo de la misión y
la
separación respecto de Juan, los narradores asociaron al acontecimiento
del
Jordán los rasgos distintivos: la unción por el Espíritu y la relación
filial.
Lo mismo ocurrió con las narraciones de la infancia, donde aquellos
temas
pasaron a ser centrales.
Conviene
subrayar que en ningún caso se piensa que Jesús deviniera
Mesías o Hijo
de Dios en aquel punto: se piensa en un Jesús dotado del Espíritu e
Hijo de
Dios desde el principio —de su misión o de su vida—. No está tan claro
que el
propio Jesús experimentase el Espíritu y su filiación divina antes de
la misión
(pese a Lc 2,49); sí cabe deducir de la tradición esa viva experiencia
durante
ella. Lo único que puede afirmarse es que los discípulos narradores,
desde los
primeros días, no tenían duda de que Jesús había sido ungido por el
Espíritu en
el Jordán y era amado por Dios como su Hijo desde entonces o incluso
antes.
11.6.
La muerte de Juan
Tanto
la tradición sinóptica como Josefo refieren que Juan fue ejecutado por
Herodes
tras un período de prisión —en la fortaleza de Maqueronte, según
Josefo—. Las
razones difieren: en los sinópticos, Juan provocó la ira de Antipas al
condenar
su matrimonio con Herodías; en Josefo, el entusiasmo despertado por su
predicación hizo temer una insurrección. Las dos versiones, sin
embargo, están
más cerca de lo que parece, pues también Josefo presenta a Juan como
predicador
de la justicia y de la piedad, y los sinópticos lo recuerdan como
«hombre justo
y santo». La intervención de Herodes no se debió a un peligro militar;
la
figura de Juan recuerda más a un Savonarola, cuyo estilo ascético y sus
llamadas a la reforma moral causaron resentimiento en la clase
dirigente.
Hay
aquí, primero, un buen ejemplo de la arbitrariedad de los gobernantes
de la
época: encarcelar y ejecutar a Juan «por recelo», sin proceso formal,
fue
posible. Conviene tenerlo presente para cuando surja la cuestión de si
Jesús
previó su propia muerte: dado el precedente de su mentor y la tendencia
aún más
arbitraria del poder romano, sería extraño que Jesús no contemplara la
posibilidad de un final abrupto por medios cuasijudiciales.
Segundo,
Mc 6,17-28 es quizá el mejor ejemplo en los sinópticos de «reportaje»
popular
incorporado a la tradición. La popularidad de Juan favorecía el interés
del
público, al que se sumaba el chismorreo de corte. La historia
probablemente
circuló en las plazas y asambleas del reino de Herodes; al carecer de
enfoque
peculiarmente cristiano y de temas característicos del Bautista, no fue
una
tradición fundamental para los grupos de discípulos, aunque pudieran
narrarla.
Lo importante no es tanto la exactitud cuanto el carácter típicamente
popular:
el relato encierra lo que generalmente se creía que había
pasado. Nos
ofrece, pues, un ejemplo extremo de que la tradición no refiere tanto
el hecho
cuanto la impresión, el impacto del hecho.
11.7.
Jesús tentado
En
los sinópticos, la unción en el Jordán va seguida «inmediatamente» (Mc
1,12)
del relato de las tentaciones en el desierto durante cuarenta días. Es
verosímil que Jesús pasara algún tiempo allí al inicio de su misión.
Una
retirada para orar y reflexionar no tenía nada de extraño; las
tradiciones de
Moisés y Elías sobre cuarenta días de ayuno en conexión con una
revelación
directa de Dios pudieron influir en el relato e incluso configurar la
motivación. Otras retiradas suyas a lugares solitarios para orar están
recordadas; por motivo análogo Saulo de Tarso marcha a Arabia tras
Damasco, y
Josefo refiere haber sido tres años discípulo del asceta Banno en el
desierto.
Interesante también: que Marcos diga que Jesús fue echado al
desierto
por el Espíritu (Mc 1,12) tiene ecos del relato típico del chamán en
ciernes
conducido al bosque por el espíritu inspirador para una experiencia
purificadora previa a su papel futuro. El relato sinóptico puede
reflejar,
pues, una experiencia y motivación religiosa antes que una recreación
literaria.
Subsiste,
no obstante, la dificultad histórica para ubicar tal período al
comienzo de la
misión: si esta siguió al principio el modelo de la del Bautista (Jn
3,22-24) y
no adquirió carácter propio hasta después del encarcelamiento de Juan,
no es
claro cuándo tuvo lugar la retirada, sobre todo porque el cuarto
evangelista
—única fuente del período de coincidencia— no habla de ella.
La
cuestión de si podemos hablar de «las tentaciones de Jesús» como
experiencia
suya queda igualmente sin respuesta. Como ocurría con el bautismo, lo
que
tenemos es un relato sobre Jesús, no un relato o enseñanza de
Jesús conservada como comunicación personal. Detrás hay impresiones
dejadas por
él, pero no cabe decir mucho más. En Marcos el elemento interpretativo
es
modesto («estaba con las bestias salvajes», quizá protegido como
Daniel, o
quizá anticipación del paraíso restaurado). La versión Q es mucho más
detallada, con tres tentaciones específicas; resulta difícil evitar la
conclusión de que se configuró para establecer un paralelo entre los
cuarenta
días de Jesús y los cuarenta años de Israel —especialmente claro en
Mateo, casi
un midrás de Dt 6-7, con citas de Dt 8,3; 6,16; 6,13—. Pero la idea de
la
prueba del justo está profundamente arraigada en la tradición judía:
Abrahán,
Job, David, Daniel, Tobías, Judit. Además, pueden percibirse ecos de
otros
episodios con más testigos —la multiplicación, la demanda de una señal
milagrosa para «tentar» (peirazein) a Jesús, la afirmación de que solo
Dios
puede pedir sumisión total—. Por último, el énfasis en la filiación
divina («si
eres Hijo de Dios», Q 4,3.9) sugiere que el relato no adquirió su forma
actual
hasta que esa convicción hubo arraigado en la fe común.
Difícilmente,
pues, puede afirmarse que la tradición de las tentaciones lleve las
marcas del
impacto directo de Jesús «allí y entonces». Lo que atestigua es un
impacto a
distancia, una impresión producida a lo largo de toda la misión. Podría
significar que los discípulos pensaban que Jesús había sufrido
determinadas
tentaciones en ciertos momentos, señaladamente al considerar la
posibilidad de
una muerte espantosa (Mc 14,32-42); pero también podría indicar que
veían la
misión en conjunto caracterizada por un firme rechazo a adoptar
estrategias
alternativas como las que las tentaciones representan. En cualquier
caso, el
relato atestigua vivamente la impresión producida por Jesús: se
recordaba su
firme rechazo de opciones populistas y atractivas, y su decidida
resistencia a
transigir respecto a la devoción incondicional que solo a Dios podía
exigirse.
Este pensamiento final sobre la exigencia soberana de Dios, expresada
tan
rotundamente en la tercera tentación de la versión mateana, sirve de
adecuado
prólogo al asunto principal de la enseñanza de Jesús.
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