El
cristianismo en sus comienzos. Tomo I. Jesús recordado
Tercera parte. La misión de Jesús
Capítulo 12. El reino de Dios
JAMES D. G. DUNN
|
RESUMEN
12.1. La
centralidad del reino de Dios
Entre
los hechos
concernientes a
Jesús, la centralidad del reino de Dios (basileia tou theou) en
su
predicación es de los menos discutibles. Marcos, al narrar la misión de
Jesús,
lo resume así: «Después de que Juan hubo sido entregado, vino Jesús a
Galilea
predicando el evangelio de Dios y diciendo: 'Se ha cumplido el tiempo y
se
acerca el reino de Dios; arrepentíos y creed en el evangelio'» (Mc
1,14-15).
Encabezando con dicha fórmula la predicación de Jesús, Marcos indica
que lo
nuclear de ese evangelio es la predicación por Jesús del reino. Mateo y
Lucas
resumen luego la predicación de Jesús con casi los mismos términos («el
evangelio del reino», «la buena noticia del reino»), y la tradición Q
recuerda
que Jesús envió sus discípulos a difundir el mismo mensaje: «Está cerca
el
reinado de Dios» (Mt 10,7/Lc 10,9).
La
expresión «el reino de
Dios»
aparece regularmente en las palabras de Jesús según los evangelistas:
treinta
veces en Marcos, nueve en el material Q, veintiocho en tradición
distintiva de
Mateo y veinte en tradición sólo lucana. Estos datos sólo se explican
por un
persistente recuerdo de que Jesús hablaba a menudo del reino. Si bien
algunas
referencias son redaccionales y otras fueron introducidas en la
transmisión
oral, todas reflejan el conocimiento de que el reino había sido un tema
prominente en la predicación de Jesús. En las referencias al reino
debemos ver
un buen ejemplo de cómo fue transmitida oralmente y por escrito la
tradición:
re-presentando un tema conocido con embellecimientos explicativos
adecuados al
caso particular, a semejanza de las «notas de adorno» musicales.
Esta
continuidad y
frecuencia
contrasta con lo que sabemos de las iglesias primitivas y del judaísmo
del
Segundo Templo. En las Escrituras y los escritos posbíblicos del
judaísmo del
Segundo Templo, la expresión «reino de Dios» está apenas atestiguada;
y, aunque
Hechos la utiliza con cierta frecuencia, en las cartas de Pablo —voz
dominante
de la primera generación cristiana— no llega a tener una presencia
destacada.
El uso más frecuente en las cartas, «heredar el reino», es
probablemente una
fusión de las palabras de Jesús con la imagen, más antigua, de la
herencia de
la tierra prometida. La prominencia del tema del reino en la tradición
de Jesús
no puede explicarse, pues, como reflejo de una prominencia similar en
el
judaísmo de la época ni en la enseñanza de las iglesias primitivas,
sino sólo
como reminiscencia del relieve que tuvo en la enseñanza y predicación
de Jesús.
Esta
posición se refuerza
al recordar,
con Jeremias, que la tradición ha conservado características
distintivas de la
predicación de Jesús sobre el reino: el reino «está cerca», «que
venga», «ha
venido», debe ser «buscado», hay que «entrar en él», y es «conquistado»
y
«sufre violencia» (Mt 11,12/Lc 16,16). Tales imágenes no tienen
paralelo en la
literatura judía ni en escritos cristianos primitivos. En el resto del
Nuevo
Testamento, sólo Hch 14,22 habla similarmente de «entrar en el reino de
Dios»:
el tema evangélico es difícil de explicar a partir de tal caso aislado;
más
bien éste se explica mejor como un eco de la tradición de Jesús.
Un
caso particularmente
revelador es
la tradición parabólica. Se recordaba que Jesús había utilizado
parábolas para
ilustrar lo que tenía en mente al hablar del reino. Así lo atestiguan
Marcos
(4,26.30) y Q (Mt 13,33/Lc 13,20). La fórmula más extensa que Mateo
emplea para
introducir las parábolas («el reino de los cielos es como...») puede
indicar
tanto la técnica del narrador oral como el estilo característico de
Jesús. En
cualquier caso, utilizase o no Jesús esa frase introductoria, se le
recordaba
haciendo uso de parábolas en su enseñanza sobre el reino.
En
suma, los indicios
llevan a
concluir que permanecía el recuerdo de que Jesús había predicado sobre
el reino
de Dios y que esto era central para su mensaje y misión. El impacto de
su
predicación se ha conservado en la tradición, aunque menos claramente
fuera de
ella en escritos cristianos primitivos.
12.2.
¿Cómo debe ser entendido «el reino de
Dios»?
Si
hablar del reino era tan
propio de
la predicación de Jesús, ¿cómo lo entendían sus oyentes? La tradición
presenta
a Jesús y a sus discípulos en misión hablando del reino sin explicar
tal
concepto, como si fuera evidente para su auditorio. De ahí la pregunta
ineludible: ¿qué significado tenía la expresión en aquellas
circunstancias?
a) La
connotación de «basileia»
Los
términos clave basileia
(griego), mamlaka (hebreo primitivo) y malkut (hebreo
posexílico
y arameo) tenían una amplitud de significado: denotaban «realeza» en
sus varios
aspectos, particularmente el ejercicio de ella («reinado») y el
territorio
sobre el que era ejercida («reino»). El reconocimiento de que el
término no era
monovalente, sino que podía expresar la soberanía de Dios en sus
diferentes
aspectos, ayudó a entender mejor el uso atribuido a Jesús. Por un lado,
referencias a «entrar» en el reino, «reclinarse a la mesa» en el reino
o ser
«grande» en él sugieren una entidad espacial o temporal. Por otro,
otras
expresiones se entienden mejor como referidas al ejercicio del reinado
divino.
b) El
reino de Dios
A
un público judío no le
extrañaría la
idea de que Dios era rey (melek) de toda la tierra, de todas
las
naciones, de todos los dioses. Era un tema frecuente en el libro de los
salmos:
«El Señor reina»; «El Señor ha establecido su trono en los cielos, y su
reino
domina sobre todas las cosas» (Sal 103,19); «Tu reino es un reino
eterno» (Sal
145,13). En los Cánticos del sacrificio del Sábado de Qumrán se
alaba a
Dios como «rey de los seres celestiales», «rey de la gloria», etc.
Típicamente
judía era
también la
convicción de que sólo Israel reconocía la realeza divina. Pero
igualmente se
tenía la esperanza de que el reinado de Dios, hasta entonces sólo
reconocido
por Israel, pronto alcanzaría al mundo entero y sería reconocido por
todos. La
visión de Daniel sobre la piedra que pulveriza la estatua y crece hasta
llenar
la tierra (Dn 2,35.44-45) ejemplifica este tema, recurrente luego en la
literatura posbíblica: Qumrán esperaba que Dios desplegase su poder de
rey
sobre los enemigos de Israel; los Oráculos sibilinos anuncian
que «el
más grande reino del rey inmortal se manifestará a los hombres»; los Salmos
de Salomón esperan «el reino de nuestro Dios para siempre sobre las
naciones en juicio».
c) ¿Una
historia más amplia?
¿Era
esa esperanza del
reino futuro de
Dios parte de una expectativa más amplia? Conviene resumir aquí las
principales
esperanzas del judaísmo del Segundo Templo:
—
El regreso del
destierro: la
creencia, fundada en Dt 30,1-10, de que los desterrados de Israel
serían
reunidos de nuevo y conducidos a la tierra prometida, restaurándose la
unidad
de las doce tribus.
—
Una prosperidad
renovada y
abundante (Dt 30,5.9), con la eliminación de incapacidades y taras
y la
restauración, en efecto o para los efectos, del paraíso.
—
La intervención de una figura
(mesiánica) concreta o agente divino, frecuentemente llamada «la
era
mesiánica», con variaciones en torno a una figura davídica, sacerdotal
o
profética.
—
Una alianza renovada,
con
conversión desde la transgresión, nueva efusión del Espíritu y un grado
de
respeto de la ley no conocido antes.
—
La construcción de un
nuevo
templo, esperanza destacada por Sanders.
—
El regreso de Yahvé a
Sión,
para el cual Wright ha pedido particular atención.
—
El futuro de las
otras naciones /
los gentiles: objeto de especulación y desacuerdo. Algunos
imaginaban su
destrucción; más corriente era la idea de que los gentiles
peregrinarían a Sión
para pagar tributo o adorar a Dios (los «prosélitos escatológicos»).
—
La ampliación de la herencia
de
la tierra (prometida a Abrahán y descendientes) para abarcar la
tierra
entera.
—
Un período de
tribulación,
«un tiempo de angustia como no hubo otro» (Dn 12,1-2), propio de la
transición
a la nueva era y comparado a los «dolores de parto».
—
Perturbaciones
cósmicas,
incluso la destrucción de la creación, seguida de una creación nueva.
—
La destrucción final
del mal
y la derrota de Satanás.
—
El juicio final,
desarrollado
con temas complementarios sobre libros donde se anotan obras y nombres.
—
La resurrección,
que no
emergió como pensamiento explícito hasta la segunda mitad del período
del
Segundo Templo.
—
La concepción del
sheol/hades como
lugar de castigo para los malos (infierno), identificado con la
gehena.
Este
inventario no debe
sorprender al
conocedor de la tradición cristiana: un estudio paralelo de las
expectativas de
los primeros cristianos da igualmente un resultado fragmentario, una
serie de
atisbos de lo que se podía esperar, no menos difíciles de fundir en un
todo.
Los cristianos de las generaciones posteriores se han contentado con
afirmar la
esperanza del cielo, sin ser capaces de explicar su contenido más allá
de
vislumbres dispersos: parusía, resurrección y juicio, banquete
celestial,
participación en la adoración. ¿Debemos esperar entonces, también para
el
discurso de Jesús, una serie equivalente de atisbos instantáneos en vez
de un
relato coherente y completo?
12.3. Tres
preguntas clave
a) ¿Una
gran narración?
La
primera cuestión es si
los
elementos enumerados en § 12.2c se integran en una sola gran narración
o si
forman, más bien, un conjunto fragmentario de esperanzas variadas. La
hipótesis
de una metanarración unitaria —especialmente la del «regreso del
destierro»
propuesta por Wright— intenta dar cohesión al material. Es cierto que
la
narración da a la historia su flujo temporal y proporciona la red
conceptual en
la que cobran sentido los acontecimientos: sin una gran narración de
fondo no
es fácil leer la tradición de Jesús. Pero ese mismo presupuesto resulta
problemático: ¿es posible identificar la gran narración que
conformaba
el pensamiento de los contemporáneos de Jesús? El sumario de las
expectativas
indica que estaba presente una pluralidad de líneas, no fácilmente
reducibles a
una sola trama coherente. Como veremos, las tentativas de Crossan y de
Wright
no resuelven el problema, sino que muestran lo difícil de encontrar
consenso
sobre cuál sería esa narración «de control».
b) ¿Qué
entendemos por «escatológico»?
Una
segunda cuestión es
hasta qué
punto podemos calificar tales expectativas de «escatológicas». Este
término ha
dominado y sembrado de confusión la búsqueda del Jesús histórico
durante un
siglo. La palabra griega eschaton denota «fin», pero ¿fin de
qué? Desde
Schweitzer se ha venido dando por supuesto que se pensaba en «el fin de
los
tiempos, el fin de la historia». Sin embargo, buena parte de las
catorce
expectativas correspondía a la continuidad de la existencia en este
mundo:
regreso de la diáspora, triunfo sobre las naciones, restauración del
paraíso en
la tierra. «Fin», sí, en el sentido de término de un período de
tiempo, de
conclusión de una época; pero ¿«fin de los tiempos, de la historia, del
mundo»?
Por otro lado, parece haber elementos más radicalmente «finales»: nueva
creación, juicio final, resurrección.
La
terminología hebrea (qe≈, 'aharit, 'olam)
tampoco resuelve la cuestión. Qe≈
denota normalmente la
expiración de un período de tiempo; en Daniel adquiere connotación
claramente
escatológica («el tiempo del fin»). 'Aharit puede connotar
«fin», y la
expresión «fin de los días» ('aharit hayyamim) puede emplearse
tanto
para un tiempo futuro limitado como para la culminación de la historia.
En los
manuscritos del Mar Muerto encontramos qe≈ 'aharit, pero 1QpHab
7,7
expresa explícitamente la creencia de que la «era final será
prolongada». La
voz 'olam, mucho más corriente, aparece en el sentido «por
siempre»,
pero con frecuente matiz desiderativo o hiperbólico: el saludo al rey
«¡Viva
por siempre el rey!» no era un ruego de vida eterna, sino el deseo de
larga
vida. ¿No sería más exacto hablar de períodos de tiempo sin conclusión
predeterminada, en contraste con los períodos fijos como un sábado o
una
generación?
A
lo largo del siglo XX, la
cuestión
se ha oscurecido por la confusión entre «escatología» y «apocalíptica».
Las
distinciones académicas han propuesto: «apocalipsis» como género
literario,
«apocalipticismo» como ideología social y «escatología apocalíptica»
como
conjunto de ideas. Debe evitarse el uso popular de «apocalíptico»
referido a
una serie de intervenciones sobrenaturales violentas; «escatológico» es
un
término más apropiado, aunque ambiguo.
c)
¿Sentido literal, simbólico,
metafórico...?
¿Es
«el reino de Dios» un
concepto o
un símbolo? El discurso sobre el reino ¿debe ser enfocado en su sentido
literal
o simbólicamente? Wright considera el lenguaje apocalíptico como «un
rico
sistema de metáforas destinado a conferir significación teológica a
ciertos
acontecimientos históricos»: las advertencias sobre un juicio inminente
se
entendían en referencia a acontecimientos sociopolíticos, no al fin del
conjunto espacio-temporal.
Hay
que ser cuidadosos con
el término metáfora.
En crítica literaria, la metáfora es un tropo: una palabra cambia su
sentido
convencional, experimentando un giro. Como observa Ricoeur, la metáfora
produce
su efecto semántico por la impertinencia de su atribución y tiene poder
para
describir una realidad inaccesible a la descripción directa. Soskice
señala que
las metáforas religiosas pueden ser «descripciones de la realidad sin
pretensión de ser directamente descriptivas». Debemos, pues, estar
abiertos a
la posibilidad de que las palabras de Jesús sobre el reino tuvieran un
carácter
metafórico: una «descripción de la realidad sin pretensión de ser
directamente
descriptiva», diciendo lo que no podía ser expresado de otro modo. Las
vicisitudes de la esperanza cristiana proporcionan paralelo: la ciudad
amurallada de piedras preciosas, el río y el árbol de la vida, el
banquete de
bodas del Cordero. Tomar literalmente tal simbolismo es
malinterpretarlo.
d) ¿Cómo
proceder, entonces?
Sería
un error considerar
esas tres
preguntas algo secundario en la tarea de entender el impacto causado
por Jesús
al predicar el reino. Por el contrario, tales preguntas van al meollo
del
problema hermenéutico de percibir cómo eran oídos esos textos en el
siglo I y
cómo oímos hoy nosotros aquella audición. Conviene, pues, obtener una
visión
amplia de la enseñanza de Jesús y luego abordar las tres preguntas
clave. El
debate sobre el reino, vehemente a comienzos del siglo XX y resurgido
al final
del mismo, fue desencadenado por una cuestión central: la tensión
entre
presente y futuro en la tradición de Jesús (Jesús habló del reino
como aún
por venir pero a la vez ya presente). Este es el eje en
torno al
cual estructuramos el examen.
12.4. El
reino vendrá
a) El
reino de Dios está cerca
Marcos
introduce el resumen
de la
misión de Jesús con la fórmula: «El reino de Dios está cerca (engiken)»
(Mc 1,15). Mateo lo sigue (Mt 4,17), y la tradición Q recuerda que
Jesús
encargó a los discípulos difundir el mismo mensaje (Mt 10,7/Lc 10,9).
Marcos y
Q coinciden en resumir el mensaje de Jesús precisamente en los mismos
términos.
El tiempo perfecto del verbo griego (engiken) indica una acción
ya
realizada cuyo efecto continúa en el presente: algo ha sucedido para
que se
produzca ese acercamiento del reino. El sentido es de inminencia más
que de
presencia. Los evangelistas no tenían duda de que el acontecimiento que
había
acercado el reino era la misión de Jesús. La parábola de la higuera (Mc
13,28-29 parr.), con su doble uso de engys («cerca»), refuerza
la misma
idea: lo que viene se aproxima ya sin demora.
b) El
reino por venir
Igualmente
merecedora de
relieve es la
segunda petición del Padrenuestro: «Venga tu reino» (Mt 6,10/Lc 11,2).
El
Padrenuestro se recordaba como la oración que el mismo Jesús había
enseñado a
sus discípulos para distinguirlos. Que ruegue por la venida del reino
sin
indicar que ya haya venido es de indudable importancia: no se ruega por
la
venida de algo que está ya presente. Parece compuesto según el modelo
del
Qadish judío («Que establezca su reino durante tu vida y tus días...»).
El
paralelismo confirma el origen judío del Padrenuestro y probablemente
implica
que Jesús estuvo influido por una forma primitiva del Qadish. La
petición debió
ser entendida como esperanza en Dios como rey: que ejerciera su reinado
con
mayor plenitud o que interviniera final y decisivamente en favor de su
pueblo.
También
las demás
peticiones encierran
nota escatológica. La cuarta, con la difícil frase «nuestro pan ton
epiousion», puede traducirse mejor como «danos hoy nuestro pan para
el día
que tenemos por delante»: ruego matinal o vespertino. En el contexto de
la
predicación de Jesús, podría evocar el banquete celestial futuro o el
recuerdo
del maná necesario para llegar a la tierra prometida. La petición de
perdón
apunta probablemente al juicio final: el veredicto favorable de Dios se
hace
depender de la disposición del peticionario a perdonar a otros (Mt
6,12/Lc
11,4a). La petición final, «no nos lleves a peirasmos», admite
dos
lecturas: ruego de ayuda en las dificultades diarias, o ruego de ser
preservado
de la prueba final y más ardua de la era presente. Esto último
concuerda con la
espera de algo espantoso, característica de los escritos apocalípticos
y de la
predicación del Bautista. Como sea, la petición indiscutida de que
venga el
reino introduce una nota escatológica que deja ecos en todas las demás.
Otros
rasgos distintivos
señalados por
Jeremias implican un reino futuro. La mayor parte de los dichos que
hablan de
«entrar en» lo implican claramente: la entrada en el reino supone el
acceso a
un futuro estado. El reino tiene que ser «buscado» como algo aún por
alcanzar.
Relacionado está el contraste entre «esta edad presente y la edad
venidera»,
donde sólo en la segunda se goza de «vida eterna» (Mc 10,30/Lc 18,30) y
una
existencia como de ángeles (Lc 20,34-36).
c)
Inversión escatológica
Un
tema persistente en la
tradición de
Jesús es el de la inversión escatológica, expresado de modo notable en
las
bienaventuranzas (Mt 5,3-12/Lc 6,20-23). Mateo, Lucas y Q coinciden en
colocarlas al inicio de la primera colección de enseñanzas de Jesús,
encabezadas
por la bienaventuranza relativa al reino. El presente del verbo es
proléptico:
el reino va a ser de los pobres. Las palabras de ánimo no se justifican
porque
su situación haya cambiado, sino porque Dios no los ha olvidado y les
tiene
reservado un puesto en su reino.
El
tema reaparece en otros
pasajes: el
niño tipifica al que puede participar del reino; sólo quien se hace
como un
niño podrá entrar (Mc 10,14-15; Mt 18,3). Para los ricos la entrada
será muy
difícil, si no imposible (Mc 10,23-25). Recaudadores y prostitutas
preceden a
los oyentes en el reino (Mt 21,31). El reino es como un grano de
mostaza —la
más pequeña de las semillas— que crece hasta ser mayor que cualquier
hortaliza
(Mc 4,30-32). Los discípulos discuten sobre quién es más grande, sin
duda en el
reino. «Grande» es el servidor; el Bautista es el más grande entre los
nacidos
de mujer, pero el más pequeño en el reino es más grande que él (Mt
11,11/Lc
7,28). Mateo repite el dicho «Los primeros serán últimos, y los
últimos,
primeros», como Lucas repite «El que se ensalce será humillado, y el
que se
humille será ensalzado».
Junto
a la exaltación
inesperada está
la nota de inesperada postergación de aquellos que podrían haberse
sentido
seguros. Digna de relieve es la predicción de que muchos vendrán de
Oriente y
Occidente al banquete del reino, mientras los oyentes de Jesús («los
hijos del
reino» en Mateo) serán echados fuera (Mt 8,11-12/Lc 13,28-29):
sorprendente
variación sobre las esperanzas de Israel respecto al regreso de los
exiliados
con los peregrinos escatológicos de las naciones. Otras «parábolas de
inversión» que imaginan explícitamente el reino son las del banquete de
boda
(Mt 22,1-14) y la gran cena (Lc 14,15-24), donde los primeramente
invitados
rechazan el festín, que queda abierto a todos; la lucana del rico y
Lázaro (Lc
16,19-31); la mateana de los trabajadores de la viña, donde los últimos
reciben
la misma paga que los primeros (Mt 20,1-15). Y la promesa final a los
Doce: «Os
sentaréis en tronos para juzgar a las doce tribus de Israel» (Mt
19,28/Lc
22,30).
En
todo esto hay una nota
de presente:
el hecho mismo de que se afirmen tales cosas aquí y ahora, con tanta
confianza,
da al mensaje un carácter de inminencia. Pero el sentido general apunta
al
futuro: lo seguro es que Dios tiene diferentes prioridades, y esto se
verá
pronto. Habrá una inversión de situaciones: los que esperan gran
reconocimiento
se verán defraudados, y los tenidos en poco resultarán muy estimados
por Dios.
El tema no es uniforme y no siempre se ve cómo o cuándo ocurrirá la
inversión:
el reino futuro bien puede ser concebido como un estado post mórtem.
Pero la
repetición del tema hace poco dudoso que Jesús lo utilizó en su
predicación.
d) Espera
de sufrimiento
El
Padrenuestro pide ser
librados de peirasmos,
y la bienaventuranza final (Mt 5,11-12/Lc 6,22-23) supone que los
discípulos
deben esperar sufrimiento. Estos aspectos son parte de un tema más
amplio que
proporcionó base al «pequeño apocalipsis» de Marcos (Mc 13) y a las
instrucciones misionales de Mateo (Mt 10,16-39). Notables son la
evocación de
los «dolores de parto» escatológicos (Mc 13,8), la alusión a Dn 12, las
convulsiones cósmicas (13,24-25). El objetivo: «el que persevere hasta
el fin (eis
telos), ése se salvará» (13,13).
Las
previsiones incluyen
las
«condiciones del discipulado»: disposición a aceptar dificultades y a
entregarse totalmente (Mt 9,18-22/Lc 9,57-62); voluntad de cortarse la
mano o
el pie causantes de ofensa para «entrar en el reino» (Mc 9,43-47);
seguimiento
del camino de humillación y crucifixión; disposición a sufrir desprecio
(Mt
5,39/Lc 6,29); peligro al compartir la misión; bebida de la copa amarga
(Mc
10,35-40). Mucho de esto conecta con las tradiciones del rechazo de los
profetas, pero también con la perspectiva apocalíptica del sufrimiento
previo a
una resolución final en favor de los fieles. Se recordaba que Jesús
compartió
muchas previsiones del Bautista.
e) El
juicio
La
perspectiva de un juicio
inminente
no puede excluirse del núcleo de los recuerdos de la predicación de
Jesús. Ya
señalada en la inversión escatológica: los que esperan un lugar en el
reino con
Abrahán serán «arrojados fuera»; los que rechazan la invitación al
banquete no
tendrán sitio; las generaciones anteriores condenarán a la generación
de Jesús
en el juicio final (Mt 12,41-42/Lc 11,31-32); los Doce tomarán parte en
el
juicio (Mt 19,28/Lc 22,28.30). Todos estos pasajes son de Q. Además, Mt
5,25-26/Lc
12,58-59 advierte indirectamente sobre la inminencia del juicio, y Mt
11,21-24/Lc 10,12-15 se refiere a él con toda claridad: los «ayes»
contra
Corozaín, Betsaida y Cafarnaúm.
Otras
parábolas hablan de
un juicio
que los oyentes deben prever: los talentos / las minas (Mt 25,14-30/Lc
19,11-27); el siervo inexorable entregado a los carceleros (Mt
18,23-35); el
administrador infiel (Lc 16,1-8); el rico insensible cuyo destino es
ser
atormentado en el Hades (Lc 16,19-31). Hay nota similar en las
«parábolas de
crisis», en los dichos que prevén un trastorno a gran escala (Mt
24,37-41/Lc
17,26-35) o una calamidad repentina como la riada que arrasa una vida
de
trabajo (Mt 7,24-27/Lc 6,47-49). La misma idea aparece en el trigo y la
cizaña,
donde ésta será reunida y quemada (Mt 13,24-30) con fuertes ecos del
Bautista;
la red, con peces buenos y malos (Mt 13,47-48); las ovejas y las
cabras, donde
éstas son condenadas a «un castigo eterno» (Mt 25,31-46); el rico
insensato al
que se le reclama el alma esa misma noche (Lc 12,16-20). Finalmente, en
Lc
13,1-5 Jesús insiste en el arrepentimiento porque la muerte puede
llegar en
cualquier instante.
Tenemos
aquí un tema
concerniente al
juicio futuro ampliamente extendido y completamente arraigado en las
diferentes
ramas de la tradición (en varios casos en que sólo un evangelio
sinóptico lo
recoge, también Tomás lo atestigua). Parece sumamente
improbable que el
tema entrase en la tradición sólo con las iglesias primitivas. Es muy
posible
que maestros orales lo modificasen y desarrollasen, asimismo que Q lo
reforzase
y que Tomás atenuase la connotación de juicio (EvTom 57
es una
excepción). Pero que un tema tan característico hubiera sido
introducido pese a
no figurar entre los primeros recuerdos resulta muy difícil de
concebir. No es
creíble que sus discípulos, sabiendo que Jesús había soslayado el
anuncio del
juicio del Bautista, introdujeran una nota de juicio tan clara en la
tradición:
tal proceder no cuadra con la estima que tenían a su maestro. Es
probable,
pues, que Jesús hablase bastante a menudo del juicio final y de los
destinos de
cielo e infierno derivados, entendiendo el infierno como exclusión del
reino.
f)
Recompensa y banquete celestial
Otra
línea del tema de la
inversión es
la perspectiva de recompensa o justificación. Las bienaventuranzas lo
caracterizan. La advertencia respecto a avergonzarse de Jesús (Mc 8,38)
tiene
su complemento positivo (Mt 10,32-33/Lc 12,8-9). Los siervos fieles
tendrán
recompensa; quien pierda su vida la salvará; los que lo dejaron todo
recibirán
«mucho más en esta vida, y en la edad venidera vida eterna» (Mc
10,29-30). Los
discípulos esperaban alta posición en el reino, y Q termina con la
promesa a
los Doce de juzgar a Israel.
La
esperanza del banquete
escatológico
es clara: bienaventurados los hambrientos, porque podrán saciarse;
muchos
vendrán de Oriente y Occidente a reclinarse a la mesa con Abrahán,
Isaac y
Jacob; el reino es como un gran banquete (Mt 22,2-10/Lc 14,16-24). Aquí
debe
incluirse el dicho de la última cena: «No beberé más del fruto de la
vid hasta
el día en que lo beba nuevo en el reino de Dios» (Mc 14,25). Jeremias
lo
describe como un «voto de abstinencia» con vistas a la esperada llegada
del
reino. Estamos ante otro dicho que imagina el reino como un estado
futuro.
g) Las
parábolas de crisis
El
énfasis en la cercanía
del reino
cobra fuerza mediante lo que Dodd ha denominado «parábolas de crisis»:
los
siervos a la espera de su señor (Mc 13,34-36); el ladrón en la noche
(Mt
24,43-44/Lc 12,39-40); el siervo fiel e infiel; las vírgenes prudentes
y necias
(Mt 25,1-13). Las secuencias comparten dos rasgos: la certeza
de la
venida de alguien decisivo y la incertidumbre de la hora, con
la
consiguiente llamada a permanecer despiertos (gregoreo). Frente
a la
tesis de Dodd —que Jesús veía en su ministerio una crisis ya
acontecida—, la
exhortación a la vigilancia sobraría si todo hubiese pasado. Lo natural
es
percibir aquí la advertencia de una crisis cierta e inminente, aunque
de fecha
desconocida: ya es tiempo de estar despiertos.
h) La
inminencia del reino
Kümmel
puso de manifiesto
«la
apremiante inminencia del fin» en la predicación de Jesús, identificada
con la
venida del reino. La inminencia se percibe en el material con engiken,
engys
y en las parábolas de crisis. También en la parábola del juez inicuo,
donde
Dios hará justicia en tachei, «rápido, pronto» (Lc 18,8a).
Para
Kümmel la prueba
concluyente está
en tres textos muy debatidos: Mc 9,1; Mc 13,30 y Mt 10,23. El primero
anuncia
que habrá discípulos que experimentarán el reino antes de morir. El
segundo:
«no pasará esta generación antes de que hayan sucedido todas estas
cosas» (Mc
13,30) —«esta generación» sólo puede referirse a los contemporáneos de
Jesús—.
El tercero, Mt 10,23, es el más difícil: «no habréis completado las
ciudades de
Israel antes de que venga el Hijo del hombre». Es texto sólo mateano y
refleja
sin duda circunstancias misioneras posteriores, pero la nota de
inminencia es
difícil de pasar por alto.
La
otra notable
contribución de Kümmel
es la observación de que la inminencia estaba limitada por el
reconocimiento de
un intervalo previo a la consumación: «cerca» no es «ya aquí»;
primavera
no es aún verano (Mc 13,28); el peirasmos no ha acorralado
todavía al
que reza el Padrenuestro; se anticipa un período en que los seguidores
de Jesús
serán perseguidos; el «voto de abstinencia» implica un tiempo anterior
a aquel
en que se dejará de ayunar (Mc 14,25); la parábola del juez inicuo
presupone un
período de súplica; algunos no morirán sin haber visto venir el reino,
mientras
otros no vivirán para verlo; «esta generación» pudo prolongarse aún más
de una
década; se prevé un tiempo de misión. Jeremias añade que la parábola de
la
higuera estéril (Lc 13,6-9) indica la posibilidad de que Dios prolongue
el
período de gracia: «Déjala por este año todavía». El único texto que
prevé un
intervalo considerable («es preciso que antes sea predicado el
evangelio a
todas las naciones», Mc 13,10) es uno de los mejores ejemplos de
probable
adición interpretativa: gira sobre la palabra evangelio
característicamente marcana, interrumpe el discurso, y la misión formal
a los
gentiles no parecía entrar en los proyectos de Jesús. No hay, pues,
base sólida
para pensar que Jesús previera un período de varias generaciones hasta
la
venida del reino.
El
elemento común y
constante es la
espera de un acontecimiento inminente, de importancia excepcional y
decisiva:
la venida del reino, una crisis del juicio futuro. Llama la atención la
constante presentación del reino como futuro o como todavía no
cerniéndose del
todo. Entrar en el reino equivale a entrar en la vida; la alternativa
es la
gehena. A veces la expectativa podría haber sido de una intervención
divina
final para una regeneración en la tierra. Pero dada su extensión, la
única
conclusión creíble es que Jesús fue recordado anunciando la venida ya
cercana
del reino.
12.5. El
reino ha venido
Si
la nota del reino aún
por venir
vibra con fuerza en la tradición, la nota discordante del reino ya
venido
no es menos sonora. Resuena en todos los ramales de la tradición
sinóptica,
incluso en parábolas, y particularmente cuando Jesús habla de sus
exorcismos y
del Bautista.
a) El
tiempo se ha cumplido
El
resumen marcano (Mc
1,14-15) tiene
dos detalles pertinentes: Jesús no solamente anuncia la cercanía del
reino,
sino que se refiere también al cumplimiento: «El tiempo se ha cumplido (peplerotai
ho kairos)» (1,15a). Kairos tiene aquí su sentido más
enjundioso: el
tiempo decisivo, el tiempo del juicio. El verbo en perfecto indica que
el
período previo se ha completado: ¡ese tiempo es ahora! El versículo
encierra la
tensión entre «ya venido» y «aún por venir»: «El tiempo se ha cumplido,
se
acerca el reino». Esto concuerda con el uso del hebreo 'et y
del arameo zeman,
que denota el comienzo de un período. Lucas introduce la nota de
cumplimiento
en la sinagoga de Nazaret: «Hoy se ha cumplido esta escritura a oídos
de
vosotros» (Lc 4,21). Mateo, aunque atenúa la diferencia entre Juan y
Jesús,
también resalta el cumplimiento mediante sus citas características.
b)
Expectativa realizada
La
fuente Q tiene dos
dichos que
aluden al cumplimiento con notable claridad: Mt 13,16-17/Lc 10,23-24
(«muchos
profetas y justos desearon ver lo que veis...») y Mt 12,41-42/Lc
11,31-32 (la
reina del Sur y los ninivitas se levantarán en el juicio, «¡pero algo
más
grande está aquí!»). La afirmación es que en la misión de Jesús las
bondades de
la edad venidera son ya perceptibles. Hoy puede chocar tan alta estima
de la
propia misión, pero sería una ligereza rechazar el testimonio de la
tradición
sobre la valoración que Jesús hacía de ella.
Una
indicación similar de
cambio
fundamental se encuentra en la colección de dichos parabólicos de Mc
2,18-22:
las imágenes de la boda y el banquete nupcial, metáforas de la
restauración de
Israel; las miniparábolas del paño nuevo y del vino nuevo, que indican
un nuevo
comienzo, una ruptura con cuanto venía desarrollándose. Algo similar se
aprecia
en dos parábolas mateanas del reino: el tesoro escondido y la perla de
gran
valor (Mt 13,44-46), con paralelos en Tomás: el reino se
encuentra por
sorpresa, merece dar cuanto se posee, y —lo más significativo— es
descubierto ahora.
A
esto se añade el dicho
lucano sobre
la presencia oculta del reino: «El reino de Dios no viene con signos
que puedan
ser observados; el reino de Dios está entre vosotros (entos hymon)»
(Lc
17,20-21). Lo más significativo es la tensión perceptible: la venida
futura del
reino no es susceptible de cálculo; el reino está ya presente. Suena la
misma
nota de expectativa realizada, de algo trascendental de significación
escatológica, de algo nuevo que irrumpe.
c) La
diferencia entre el Bautista y Jesús
En
nada es el tema «ya
aquí» tan
manifiesto como en la diferencia, marcada en la tradición, entre Juan
el
Bautista y Jesús. Juan había predicado un juicio inminente; tal
predicación
concuerda con algo de la enseñanza atribuida a Jesús. Pero el anuncio
de Juan
no tenía la implicación de «ya venido», mientras la tradición sinóptica
la
consideraba central en el de Jesús. Aquí está la diferencia principal.
El
material reunido por Q presenta cuatro o cinco dichos sobre Juan:
Mt 11,2-6/Lc 7,18-23. Entra del todo en lo
posible que el
Bautista dirigiese a Jesús tal pregunta («¿Eres tú el que ha de venir,
o
esperaremos a otro?»). La idea de Juan sobre el que «viene» era vaga
más allá
de que ese personaje actuaría como juez. Que Jesús hiciera graves
afirmaciones
sin acentuar la nota de juicio debió dar a Juan que pensar. Si la
pregunta
hubiera sido inventada por la apologética cristiana, el episodio habría
concluido con la aceptación de la respuesta por el Bautista, en línea
con la tendencia
a presentar a Juan como testigo de Jesús. Pero el episodio termina
precisamente
con la respuesta: es el dicho de Jesús lo que formaba el núcleo de la
tradición.
La
respuesta de Jesús es lo
verdaderamente interesante. Su lenguaje procede en gran parte de
Isaías. Hay
tres aspectos dignos de señalar. Primero, el sorprendente eco
de 4Q521,
publicado en los años noventa, que habla de manera casi seguida (2,1.7)
de un
Mesías futuro y de un reino eterno, y refleja la misma serie de pasajes
de
Isaías: devolución de la vista a ciegos, curación de tullidos,
resurrección de
muertos y predicación de la buena noticia a los pobres. Particularmente
notable
es la inclusión de la resurrección, eco directo de Is 26,19. Con tales
indicios
no es apropiado afirmar que la lista Q de milagros fue compuesta desde
una
visión pospascual: en tiempos de Jesús existía la expectativa de que la
venida
del Mesías estaría acompañada de esos sucesos en cumplimiento de
Isaías. Lo que
hace Mt 11,5/Lc 7,22 es tomar esa expectativa y declararla cumplida en
la
misión de Jesús.
Segundo, otra característica de
los pasajes
de Isaías reflejados es su considerable proximidad a advertencias de
castigo.
Aquí encontramos una respuesta sutil a Juan: el eco de esos pasajes
confirma
que el Bautista estaba acertado al buscar en Isaías idea de lo que iba
a
suceder; pero, omitiendo precisamente la nota de castigo en la que Juan
se
había centrado, la respuesta dice de hecho que se ha olvidado de algo
más
positivo: la esperanza de la restauración, de la buena noticia, de la
vida
nueva.
Tercero, Mt 11,5/Lc 7,22 confirma
que en la
tradición de dichos se conocía a Jesús como sanador eficaz: curaciones
de
ciegos, cojos, sordos, resurrecciones. Notable es la inserción
inesperada de
«los leprosos son limpiados»: nada en Isaías inspira tal inserción, y
no hay
noticia de curaciones de lepra en los documentos de las iglesias
primitivas. Su
inclusión sólo puede deberse a que muchos —y el mismo Jesús— creían que
él
había curado leprosos.
Mt 11,7-11/Lc 7,24-28. El alto concepto del
papel de Juan
(«más que un profeta») y la restricción de la frase final: «pero el más
pequeño
en el reino es más grande que él». La audacia de la antítesis transmite
una
idea clara: algo ha sucedido entre las misiones, algo que ha elevado
las
posibilidades a un nuevo plano. La clave está en la palabra reino.
Esto
causó que Bornkamm y los investigadores entregados a la nueva búsqueda
se
apartaran de Bultmann: entre las misiones del Bautista y de Jesús se
había producido
«un cambio de era».
Mt 11,12-13/Lc 16,16. Uno de esos dichos
desconcertantes
acaso conservados sólo por haber salido de labios de Jesús. ¿Qué puede
significar que el reino «sufre violencia» o es tomado «por la fuerza»?
La mejor
explicación quizá: Jesús habría animado a todos, incluso a los mal
vistos, a
entrar en el reino, ¡aunque fuera tomándolo por la fuerza! En este caso
no hay
marcada línea divisoria entre Juan y Jesús: la misión del Bautista dio
inicio
al período más caracterizado por la predicación de Jesús.
Mt 11,16-19/Lc 7,31-35. La diferencia de estilos:
Juan,
ascético; Jesús, dado a los placeres de la mesa. El contraste concuerda
con Is
61,3 («una corona en vez de ceniza, perfumes de fiesta en vez de traje
de
luto»). Recuerdo de uno de los intentos más brillantes de Jesús de
señalar la
diferencia con Juan.
La
conclusión es clara: las
iglesias
primitivas no veían esta cuestión como surgida en su propia época, sino
que la
recordaban como asunto del que Jesús había hablado. Era vista como
indicación
de que estaba aconteciendo una transición crucial: expectativa
realizada,
llegada de venturas largo tiempo deseadas, oportunidad para la
celebración.
Particular interés teológico: el Bautista veía el presente sólo como
oportunidad para huir de la ira que se avecinaba; Jesús lo percibía
como tiempo
en que ya se manifestaba la gracia de Dios.
d)
Afirmaciones de Jesús sobre sus exorcismos
Jesús
era conocido como
eficaz
exorcista. Existen dos colecciones de dichos: una de tres (Marcos) y
otra de
seis (Q/Lucas). Los tres primeros están vinculados por un tema común:
el éxito
de Jesús como exorcista señala el triunfo del reino sobre Satanás. Por
amplia
mayoría los especialistas admiten que este énfasis pudo ser una
característica
de la enseñanza de Jesús.
Primer dicho (Mc 3,22-26): responde a
la acusación
de magia negra. El poder del mal es descrito como un reino, con Satanás
como
soberano. La autoridad de Jesús no viene de ese reino, sino del reino
de Dios.
Segundo dicho (Mt 12,27-28/Lc 11,19-20):
los
exorcismos de Jesús son efectuados por el poder divino y demuestran que
«el
reino de Dios ha llegado (ephthasen) a vosotros». Este dicho ha
sido
considerado desde antiguo uno de los puntos de acceso más seguros a la
enseñanza de Jesús, por la clara afirmación de la presencia del reino
en su
misión. La estructura es deliberada: «Espíritu/dedo de Dios» y «reino
de Dios»
son las expresiones clave, situadas en los extremos. Lo que distinguía
los
exorcismos de Jesús no era simplemente el éxito, sino su significado:
en ellos
se hacía presente el reinado divino.
Tercer dicho (sobre el «hombre
fuerte»): a un
público judío le habría parecido claro que el «hombre fuerte» es
Satanás, y que
su «atadura» o saqueo significa la derrota del poder del mal.
e)
Parábolas de crecimiento
Dodd
habla también de
«parábolas de
crecimiento», tres de ellas designadas explícitamente parábolas del
reino: la
semilla que crece sola (Mc 4,26-29), el trigo y la cizaña (Mt 13,24-30)
y el
grano de mostaza (Mc 4,30-32). A ellas se suma la del sembrador (Mc
4,2-9) y la
de la levadura (Mt 13,33/Lc 13,20-21). Dodd subraya que las parábolas
miran
hacia atrás desde el final del proceso, desde el tiempo de la cosecha:
el
reinado de Dios ha llegado a su fructificación. Aunque la posición de
Dodd no
debe defenderse rígidamente, las parábolas pertenecen al material que
Jesús
empleaba en su predicación; las cuestiones de tiempo le preocupaban
menos que a
los buscadores modernos. Expresan la tensión y diversidad de la
tradición sobre
la venida del reino.
En
suma, la tradición
recoge una
segunda y poderosa corriente: el reino ha llegado, está ya presente de
algún
modo. La corriente mantiene su cohesión gracias a un persistente
sentimiento de
cumplimiento, de cambio de tono respecto al mensaje del Bautista, de
derrota
del poder de Satanás. Esta nota de presencia actual seguramente
distinguió la
tradición de Jesús desde el principio.
12.6.
Resolución del enigma
a) En
resumen
Para
toda búsqueda de
Jesús, el tema
del «reino de Dios» indica al menos dos cosas esenciales. 1) La
tradición
atestigua claramente el carácter central de la realeza divina en la
predicación
de Jesús. Que Dios era «rey», con todas las implicaciones de soberanía
absoluta, era fundamental en su mensaje: lo que Dios hace revestía
infinitamente más importancia que cualquier cosa realizada en la
tierra. 2)
Jesús estaba seguro de que Dios tenía para su creación un plan en
desarrollo
—de hecho, a punto de culminar—, y de que su misión era expresión de
ese plan.
La
referencia básica de «el
reino de
Dios» la daba el lenguaje tradicional de la devoción judía. Sin
embargo, Jesús
no es recordado aplicando a Dios la palabra rey ni adorándolo
como «rey
del universo». Todo lo recordado de su predicación tiene que ver con
las
esperanzas para el futuro. Algunas se estaban ya realizando: ciegos
veían,
cojos andaban, había muertos que resucitaban, se predicaba la buena
noticia a
los pobres; el mensaje del Bautista debía modificarse; el reinado de
Satanás
era destruido; había una mies escatológica por cosechar. Otras veces
Jesús
adoptaba una perspectiva de futuro: 1) el reino acuciantemente próximo,
creando
una crisis; 2) el reino como ideal utópico para el futuro de la tierra;
3) el
reino como estado final tras un juicio que concerniría a generaciones y
naciones, con una existencia similar a la angélica.
Ambos
ramales —presente y
futuro—
están firmemente arraigados en todas las corrientes de la tradición. Es
imposible eliminar uno u otro sin desvirtuar la tradición. La mayoría
de los
estudiosos se siente impelida a concluir que es inevitable una especie
de
«ya-todavía no» en la descripción del reino.
b)
¿Proporciona Q la clave?
Los
principales cambios
desde el
consenso de los años setenta han sido la estratificación de Q
(Kloppenborg
distinguió un Q1 sapiencial y un Q2 apocalíptico) y la mayor
importancia
concedida al Evangelio de Tomás. La conjunción Q1/Tomás
ha
llevado al Seminario de Jesús y a Crossan a argumentar que el estrato
más
primitivo era sapiencial y no apocalíptico, y que la nota de juicio
entró
tardíamente en la tradición. Pero el argumento tiene fallos:
1)
La historia
composicional de Q no
determina la época ni el origen del material en cada etapa. Q1 sería
simplemente una extensión de la práctica —vista en § 12.4-5— de agrupar
material similar.
2)
El argumento se apoya en
la
hipótesis frágil «un documento por comunidad».
3)
El argumento de que Tomás
atestigua una etapa no escatológica no se libra de la acusación de
petición de
principio; varios casos sugieren que Tomás desescatologizó la
tradición.
4)
Se basa en el paradigma
literario
de transmisión, ignorando la continuidad de la tradición desde el
principio.
5)
Se exagera la oposición
entre Jesús
y Juan: la relación era más positiva, y la ruptura no implicó una
negación del
mensaje del Bautista.
En
conjunto, los argumentos
basados en
Q1/Tomás son insuficientes para romper el anterior consenso. No
cabe
pasar por alto la fuerza, extensión y coherencia del doble aspecto
temporal en
la predicación del reino.
c) ¿Una
gran narración?
Una
respuesta al problema
ha sido leer
la tradición de Jesús como parte integrada en una gran narración (o
metanarración). Halvor Moxnes recuerda que algunos protestantes se
sintieron
atraídos por la gran narración sobre el declinar de la edad del
espíritu y la
libertad (el cristianismo primitivo) a la edad de las instituciones y
el
control (lo que Moxnes llama «catolicismo primitivo»).
Crossan
trabaja, en su Birth
of
Christianity, con una gran narración inspirada en la antropología
intercultural (el «modelo de Lenski-Kautsky»): una sociedad campesina
igualitaria, explotada por las clases gobernantes pero resistente a
ellas. En
este esquema, Crossan introduce datos de la arqueología galilea y, en
la tesis
de Horsley, encuentra confirmación de creciente protesta y agitación
campesina
en tiempo de Jesús. Pero esta hipótesis exagera la conflictividad
galilea: con
la media docena de episodios de protesta narrados por Josefo se forma
demasiado
a la ligera una sola trayectoria ascendente de agitación; exceptuadas
la
revuelta a la muerte de Herodes el Grande y la creciente tensión hacia
66 d.
C., los incidentes aislados tuvieron probablemente repercusión mínima
en
Galilea durante los años veinte y treinta. Durante el ministerio de
Jesús
apenas hay indicios de agitación creciente, aunque sin duda había
injusticia y
malestar. Es sorprendente, además, que Crossan tome sus ejemplos del
reino
sapiencial enteramente de la diáspora (Filón, Sabiduría de Salomón)
y de
la literatura griega (Sentencias de Sexto), siendo tan notable
la
ausencia de lenguaje rey/reino en los escritos sapienciales judíos. El
tema es
prominente, en cambio, en la literatura sálmica, profética y
apocalíptica.
Wright
es el más categórico
al afirmar
que el buscador necesita una gran narración: identifica «la historia
dominante»
con la del «exilio y la restauración», y entiende la predicación del
reino como
anuncio de que el destierro terminaba. Pero hay puntos débiles:
Primero,
Wright exagera la
importancia
del tema del regreso del destierro. No hay verdaderos indicios de que
los
habitantes de la tierra prometida se considerasen aún desterrados: ni
el sumo
sacerdote Simón del Eclesiástico (cap. 50), ni los sacerdotes del tamid,
ni el fariseo Saulo (Flp 3,6), ni los Salmos de Salomón
trabajan con ese
paradigma. La comunidad de Qumrán hizo uso complejo del tema, no
reducible a
una única vivencia del exilio.
Segundo,
por el sumario de
las
expectativas judías (§ 12.2c) no había una gran narración general que
configurase el pensamiento de los contemporáneos de Jesús. El regreso
de los
dispersos era un aspecto destacado, pero no la gran narración. Otros
elementos
entraron en mucha mayor medida en la predicación de Jesús: eliminación
de
incapacidades, banquete escatológico, peregrinación de las naciones,
herencia
de la tierra para los mansos, sufrimiento, derrota de Satanás, juicio
final.
Tercero,
Wright no consigue
demostrar
que la narración del regreso del destierro fuese factor de control de
la
enseñanza de Jesús. Una «seria verificación» requeriría al menos un
buen número
de posibles alusiones al regreso del destierro dentro de la tradición.
La más
probable es la parábola del hijo pródigo, que vuelve de «un país
lejano» (Lc
15,11-24). Pero el gran relato resulta inadecuado para la segunda
mitad, donde
la resistencia del hermano mayor funciona como tema distinto. Poco
refuerza
Wright su argumento privilegiando la parábola del sembrador (Mc 4,2-8):
no sólo
está traída por los pelos la idea de que la semilla aluda a los
regresados del
destierro; las metáforas de plantar y cosecha son mucho más diversas, y
la
imagen de diferentes suelos invita a otra línea de aplicación. La
llamada a los
doce ciertamente hace pensar en la restauración escatológica de Israel,
pero
sorprende que no se le dé mayor relieve si la teología del regreso del
destierro fuera fundamental. En general, Wright se contenta con leer la
tradición con la lente de su gran relato, sin más intento de
justificación. Al
comprimir la diversidad de la predicación para conformarla a ese único
relato,
desatiende lo central en la predicación: la postura crítica de Jesús
frente a
los dirigentes de Israel, su preocupación por los «pobres» y los
«pecadores».
Hay que prestar oído a la advertencia del posmodernismo contra la
dependencia
acrítica de grandes relatos: contra la superposición de una
metanarración
unitaria sobre datos mucho más complejos.
d) ¿Qué
clase de «escatología»?
¿Qué
clase de fin preveía
la tradición
de Jesús? «Fin» puede denotar el fin de una época, y «el fin de los
días» no
necesariamente significa el fin de los tiempos. La idea de que Jesús en
su
misión hubiera hecho realidad esperanzas escatológicas es menos
problemática de
lo que parece. Similarmente, lo «apocalíptico» tiene aspectos diversos:
las
convulsiones cósmicas se mencionan apenas (Mc 13,24-25); la
intervención divina
es más implícita que explícita.
Las
respuestas típicas no
convencen:
la transformación bultmanniana de la ultimidad cronológica en
existencial va
mucho más allá de lo que reconocerían los judíos del tiempo de Jesús.
Crossan
intenta una «escatología ética» intermedia entre la apocalíptica de Q y
la
ascética de Tomás, pero no resuelve el problema. Wright reduce
los
elementos futuros a interpretar la destrucción de Jerusalén de 70 d.
C.; con
ello no aborda lo que pudo entrar en las previsiones de Jesús (juicio
de las
naciones, resurrección, cielo e infierno).
La
cuestión final es si
Jesús atinó o
erró en cuanto al tiempo de la venida del reino. Como ha apuntado Lee
Keck: «La
verdadera cuestión no es si Jesús atinó o erró en cuanto al tiempo de
la venida
del reino, sino si estaba en lo cierto respecto al Dios que él
imaginaba como
rey y padre».
e) ¿El
reino, una metáfora?
La
línea de reflexión
conduce a
problemas de conceptualización. Ricoeur observa que es la narración lo
que da a
la historia su flujo temporal. Pero si no podemos entender la historia
de la
que Jesús fue parte como una sola gran narración, no basta tampoco con
concluir
que hay una multiplicidad de narraciones para los judíos del siglo I.
Lo que
tenemos en § 12.2c es un esquema común básico de fe y esperanza
desarrollado
con fogonazos de percepción, comparable a un rollo fragmentario del Mar
Muerto:
sabemos que los fragmentos pertenecen al mismo documento, pero unirlos
asignando a cada uno su lugar está fuera de nuestro alcance. La
escatología de
la tradición de Jesús se asemeja a una película llena de flash-forwards:
el espejo roto de la profecía da a menudo una imagen picassiana.
Es
útil el término mito,
entendido no como historia ficticia, sino como historia que trasciende
la historia. Si la Urzeit (tiempo prehistórico) es mítica,
también lo es
la Endzeit (tiempo poshistórico). Quien intente hablar del
final futuro
deberá recurrir a términos gráficos o alusivos, en la imposibilidad de
establecer una correlación palabra-acontecimiento. La historia se
asemeja a un
día de otoño: en las horas centrales se ve con suficiente claridad,
pero en las
partes más cercanas al comienzo y al final, cuando la niebla acumulada
confunde
los sentidos, nadie puede tener una idea clara de posición ni de
dirección.
El
término metáfora
es
preferible al de «símbolo flexible» de Perrin, precisamente porque no
es
fácilmente convertible en otra cosa. La metáfora dice lo que no puede
expresarse de otra manera, o no tan eficazmente. No sólo expresa la
esperanza
en algo; ella misma es la esperanza. La pregunta correlativa
adecuada no
es: ¿qué significa esto?, sino ¿qué evoca? No
preguntamos por el
significado de la sinfonía «Heroica» de Beethoven, ni del «Guernica» de
Picasso, ni del poema «Jerusalén» de Blake: están dirigidos más al
corazón que
a la cabeza. Sucede algo parecido con la metáfora: imprime un giro tal
a una expresión
que ésta deja de apuntar a su referente lógico y adquiere una cualidad
casi
subliminal.
No
hay, pues, razón para
sorprenderse
cuando las metáforas que «describen» un asunto no se acomodan unas con
otras:
siempre hacen referencia a aspectos particulares y son fragmentarias
por
naturaleza. La inherente polivalencia de las parábolas echa a perder
todo
intento de extraer una imagen uniforme del reino. Durante siglos, los
judíos
han esperado la edad futura y los cristianos el cielo, sin tener unos
ni otros
una idea clara de lo que esperaban, sino sólo esos términos y las
imágenes que
completaban la metáfora básica. Quizá debamos inferir simplemente que
«el reino
de Dios» era otro modo de hablar de la edad futura, del cielo y de sus
repercusiones en la tierra. La expresión hacía una referencia, mas no
tenía un
«significado» preciso: de ahí la variedad de imágenes, a veces
incoherentes.
Pero su poderoso simbolismo motivó a Jesús más que cualquier otra
imagen.
Todo
este capítulo
intentando
dilucidar qué quería decir Jesús con la expresión «el reino de Dios» o
qué
entendían quienes la oían, y sólo para llegar a tan modesto resultado.
Sin
embargo, era más importante haber puesto de manifiesto el carácter
evocador del
lenguaje antes de exprimirlo para obtener más contenido. Para que el
piano dé
notas armoniosas, primero ha de estar afinado. En este capítulo se ha
intentado
afinar hermenéuticamente el oído; ahora estamos en condiciones de
empezar a
interpretar melodías más fácilmente reconocibles para los seguidores de
la
Búsqueda.
|
|
|