El
cristianismo en sus comienzos. Tomo I. Jesús recordado
Tercera parte. La misión de Jesús
Capítulo 13. ¿A quiénes dirigió Jesús su mensaje?
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
Tras haber dedicado el capítulo 12
a
lo que era el elemento central de la predicación de Jesús —el reino de
Dios— y
haber visto que la pregunta «¿qué quería decir Jesús exactamente al
hablar del
reinado de Dios como futuro?» no admite una respuesta diáfana, conviene
formular ahora nuevas preguntas que permitan arrojar luz sobre la
dimensión de
presente del reino. En este capítulo y los cuatro siguientes nos
preguntaremos
sucesivamente: ¿a quiénes dirigió Jesús su mensaje del reino?, ¿qué
significó
su aceptación para los que respondieron a él?, ¿cómo vieron otros el
papel de
Jesús respecto a la venida del reino?, ¿cómo lo entendió él mismo? y
¿previó
Jesús su muerte como parte de ese papel? Tales cuestiones se integran
en la
gran pregunta que ha obsesionado a la búsqueda del Jesús histórico
desde
Reimarus: ¿cuál era la intención de Jesús? Por difícil que sea, no hay
modo de
eludirla.
13.1. La escucha de Jesús
La primera pregunta plantea de
entrada
una dificultad: desde el comienzo venimos subrayando la imposibilidad
de llegar
hasta Jesús mismo. Todo lo que tenemos en la tradición es el acervo de
referencias sobre cómo lo escuchaban quienes respondían positivamente a
su
mensaje (el Jesús recordado). En consecuencia, la pregunta inicial ha
de
reformularse: ¿cómo era entendida la intención de Jesús por quienes lo
seguían?
El capítulo, así planteado, podría retitularse «La llamada al
discipulado», ya
que era así como entendían la predicación de Jesús aquellos de los que
procede
la tradición.
Pero al abordar la tradición desde
ese
ángulo quedan otras cuestiones sin tocar. ¿Se dirigía Jesús solo a un
pequeño
grupo en la Galilea del siglo I? ¿Aspiraba a convocar solo a un resto
dentro de
Israel? ¿Cómo lo escuchaban quienes no respondían positivamente?
¿Obtuvo el
éxito que buscaba o fracasó por hacer tan pocos discípulos? Son
preguntas
incómodas para la fe, pero ineludibles. Y se planteaban ya en la propia
tradición: los primeros transmisores y compiladores estaban
familiarizados con
ellas, y su legado lo atestigua en un rasgo a menudo desatendido —el
énfasis en
escuchar, verbo puesto con frecuencia en
labios de Jesús; o, más
exactamente, en escuchar adecuada, correctamente.
Cada uno de los sinópticos
presenta a
Jesús instando a la escucha de sus parábolas; en Q subraya el
privilegio de los
oyentes por ver y oír lo que ven y oyen (Mt 13,16-17/Lc 10,24); la
parábola
final del sermón hace hincapié en escuchar y poner por obra sus
palabras (Mt
7,24.26/Lc 6,47.49). Este énfasis es característicamente judío y
refleja la
demanda del maestro en el contexto de la transmisión oral. La
perentoriedad
está implícita en el hebreo shamaʻ, oír «prestando atención a
lo que se
dice», como en la Shemá (Dt 6,4-5), oración que Marcos pone en
labios de
Jesús (12,29-30). Tanto Pablo (Rom 2,13) como Santiago (Sant 1,22-25)
insisten
en escuchar y hacer, lo que con toda probabilidad refleja un
rasgo de la
tradición de Jesús más que una influencia entre ellos.
La
paradoja de la parábola
Aquí nos topamos con la paradoja
de la
parábola. El término que Jesús más probablemente utilizaba, maßal,
tenía
una gama amplia de significados: sabiduría proverbial, pero también
dicho
oscuro o enigmático. Que parabolæ quedara establecido como su
traducción
griega y tomara en la tradición cristiana su significado característico
no debe
hacernos perder de vista esa ambivalencia originaria. Si Jesús definía
su
enseñanza (en conjunto o en parte) como meshalim, esa
ambivalencia debía
de serle evidente: difícilmente podía escapársele que su enseñanza,
iluminadora
para unos, era oscura y enigmática para otros.
La parábola, incluso más que la
metáfora, depende para su efecto del modo en que el oyente la percibe.
La
tradición sinóptica refleja en Mc 4,10-12 par. la confianza (posterior)
en que
los discípulos habían sido receptores privilegiados de una enseñanza
especial:
la enseñanza sobre el reino era un mystærion revelado a ellos,
pero
oculto para «los de fuera». El lenguaje deja percibir cómo las
parábolas eran
adaptadas en algunas comunidades primitivas para reforzar el
sentimiento de ser
una minoría privilegiada. De hecho, sin embargo, esa formulación
reflejaba
simplemente el resultado real: a muchos la enseñanza de Jesús les había
producido desconcierto.
En el espíritu de Is 6,9-10, ese
resultado era considerado compatible con la intención divina, incluso
querido
por Dios. Pero la realidad básica del amplio rechazo debió de ser
patente al
propio Jesús mucho antes del final de su misión: muchos oían y no
entendían,
muchos veían y no percibían, muchos eran reacios a convertirse. El
mismo que
recriminó a Cafarnaún, Corozaín y Betsaida por no haber respondido
difícilmente
podía sorprenderse de ver sus parábolas rechazadas. El tema de lo
oculto/manifiesto, presente en Mc 4,21-22, Q (Mt 5,15/Lc 11,33; Mt
10,26-27/Lc
12,2-3) y Tomás (6,4; 33,1-2), sugiere que los discípulos se
sentían
privilegiados con percepciones reveladoras que tenían el deber de
difundir,
aunque lo que Jesús dijo siguiera siendo oscuro.
Escuchar a Jesús no era, pues,
asunto
sencillo. La parábola del sembrador indica que inevitablemente había
diferentes
escuchas y diferentes resultados. Los que escuchaban y respondían
positivamente
eran, en todo caso, un grupo relativamente pequeño. ¿Cuánto había
previsto
Jesús de esto? ¿Eran sus objetivos muy modestos? No se puede dar
respuesta
clara. Lo que sí podemos es centrarnos en cómo lo escuchaban quienes,
respondiendo a su predicación, se hicieron discípulos suyos.
13.2. La llamada
Conviene partir de donde lo hizo
Marcos: 1,15. Marcos completa su resumen con una exhortación: «El
tiempo se ha
cumplido, y el reino de Dios está cerca; arrepentíos y creed en el
evangelio».
Jesús llamó a sus oyentes al arrepentimiento y a la fe.
«Arrepentíos»
Se discute si este tema fue
sustancial
en la predicación de Jesús. Mateo sigue aquí a Marcos (Mt 4,17), y
Marcos
refiere la misión de los Doce en términos similares: predicaron para
llevar a
sus oyentes al arrepentimiento (Mc 6,12). Pero estos son sumarios del
evangelista. Q recuerda los «ayes» contra las ciudades galileas que no
se
arrepintieron (Mt 11,21/Lc 10,13) y el elogio de los ninivitas, que sí
se
arrepintieron (Mt 12,41/Lc 11,32). Como advierte Jeremias, el número de
menciones puede inducir a error: hay parábolas y episodios donde se
deja claro
qué implica el arrepentimiento —el hijo pródigo (Lc 15,17), el
recaudador (Lc
18,13), la casa desocupada (Mt 12,43-45/Lc 11,24-26), el joven rico (Mc
10,17-31 par.), Zaqueo (Lc 19,8)—. Puede concluirse, pues, que el
recuerdo de
que Jesús habló de arrepentimiento estaba firmemente arraigado en la
tradición.
El significado del griego metanoeø/metanoia
no está en discusión: cambiar de opinión o actitud, a menudo con pesar.
Pero
detrás de él se encuentra el verbo hebreo/arameo mucho más radical ßub/tub,
«volver atrás, convertirse», traducido en LXX por epistrephø.
Esto
permite ver que Juan y Jesús estaban en realidad exhortando a «volver
al
Señor», haciéndose eco de una invitación constante en los Profetas. Los
esenios
hablaban de «la alianza de conversión» (CD 19,16). La llamada implicaba
abandonar una vida incompatible con los mandamientos divinos y la
irresponsabilidad social inaceptable en el pueblo de Yahvé. En el
individuo
supone alterar radicalmente la manera y dirección de toda su vida; en
la
sociedad, reformar sus metas y valores comunes. El hijo pródigo
representa de
modo perfecto esa conversión literal; la parábola del fariseo y el
recaudador
subraya su carácter incondicional. El único pasaje sinóptico que usa strephø
es Mt 18,3 («a menos que cambiéis y os hagáis como niños, nunca
entraréis en el
reino»), versión más radical de Mc 10,15/Lc 18,17, y Jn 3,3.5 indica
que la
tendencia a reformular la enseñanza de Jesús en términos cada vez más
radicales
era amplia.
«Creed»
Según Marcos, Jesús instó no solo a
arrepentirse, sino también a creer. Marcos formula la llamada en el
lenguaje de
misioneros posteriores («creed en el evangelio»), pero hablar de fe no
es ajeno
a la tradición sinóptica. Llama la atención que la mayoría de las
referencias a
la fe (o a su falta) se relacionan con milagros: casi dos tercios en
los
sinópticos, ocho de trece en Marcos. La tradición recuerda dichos como
«no
temas, tan solo ten fe» (Mc 5,36), «todo es posible para quien cree»
(Mc 9,23)
y, sobre todo, «tu fe te ha salvado/sanado». La fe del centurión causó
gran
impresión en Jesús (Mt 8,10/Lc 7,9; cf. Jn 4,48-50), como la de otra
persona no
judía (Mt 15,28).
Esta fe no tiene un carácter
distintamente cristiano: no es fe en Jesús, ni en su muerte y
resurrección. Los
evangelistas ni siquiera intentan presentarla así. Más bien aluden a la
confianza en el poder de Dios para curar, atender una súplica, o a la
providencia
divina (Mt 6,30/Lc 12,28), aunque solo Mc 11,22 habla explícitamente de
«fe en
Dios». Esto sugiere que los relatos y enseñanzas sobre la fe ya habían
adquirido forma definitiva antes de los acontecimientos pascuales. Es
notable,
además, la falta de referencias a la fe del propio Jesús o a él como
«creyente». Jesús no es el modelo del creyente ni aquel en quien hayan
de creer
los oyentes posteriores, sino el mediador a través del cual el poder
sanador
divino beneficia a quienes tienen esa fe/confianza.
Al verbo griego pisteuæ
subyace
el hebreo heʼemin, «creer, confiar en». El nombre equivalente, ʼemunâ
o ʼemet, tiene más el sentido de «firmeza, fiabilidad,
fidelidad». Si
Jesús utilizó el equivalente arameo hermanuta, la idea habría
sido de
«fe firme», sólida y absolutamente confiada en Dios. La fe firme del
centurión,
la arrolladora de los amigos del paralítico, la audaz de la mujer con
hemorragias, la tenaz de Bartimeo —fueron eso lo que impresionó a Jesús.
«Seguidme»
A diferencia del Bautista, Jesús es
recordado llamando a algunos a su seguimiento: Simón y Andrés (Mc
1,17/Mt
4,19), Leví/Mateo (Mc 2,14 par.), Felipe (Jn 1,43), el joven rico (Mc
10,21
par.), un discípulo en ciernes (Mt 8,22/Lc 9,59), los dispuestos a
tomar su
cruz (Mc 8,34 par.). ¿Tenía esta invitación carácter selectivo, o se
confundía
con la llamada general a arrepentirse y creer? La cuestión queda
oscurecida por
el hecho de que lo seguían no solo los del grupo inmediato de
discípulos, sino
también individuos no integrados en él (Mc 10,52), mujeres que le daban
apoyo
(Mc 15,41; Mt 27,55) e incluso grandes multitudes. La respuesta más
obvia es
que Jesús lanzó una llamada general al arrepentimiento y a la fe, pero
eligió a
determinados individuos como discípulos con idea de darles una
enseñanza más
intensa.
Urgencia
de la llamada
Una de las características de la
proclamación del reino era la nota de urgencia, y esa misma nota se
manifiesta
en las llamadas al discipulado, particularmente en la colección de Lc
9,57-62/Mt 8,19-22. Un aspirante pide: «permíteme ir primero a enterrar
a mi
padre», y la respuesta de Jesús es desabrida. Entre los judíos,
enterrar al
propio padre era de los deberes más elementales, antes incluso de la
recitación
de la Shemá (m. Ber. 3.1). Jeremias subraya la urgencia: en
Palestina el
entierro se celebraba el mismo día de la muerte y era seguido por seis
días de
duelo; Jesús no podía permitir tan prolongada demora. Bailey, en
cambio, ve en
la frase un modismo referente al deber del hijo de cuidar a sus padres
hasta
que estos fueran enterrados de modo digno, con lo cual la demora podía
ser
considerable.
Una urgencia similar es
perceptible en
el tercer dicho (Lc 9,61-62), en el que ni siquiera se permite al
aspirante
despedirse de su familia, en llamativo contraste con Eliseo (1 Re
19,20-21).
Bailey señala que la petición se ajustaba a las normas de buena
conducta —antes
de seguir a Jesús procedía solicitar el permiso paterno— y que al
rechazarla
Jesús se estaba atribuyendo de hecho mayor autoridad que el padre, lo
cual no
dejaba de ser escandaloso. Idéntica entrega exige el dicho sobre la
puerta
estrecha (Lc 13,24/Mt 7,13-14) y la instrucción «no intercambiéis
saludos por
el camino» (Lc 10,4), orden que en Oriente, donde los saludos tenían
significado religioso, podía parecer sumamente inapropiada (cf. 2 Re
4,29). En
definitiva, las cuatro exhortaciones —arrepentirse, creer, seguir y
hacerlo con
urgente prioridad— parecen haber sido características de la llamada de
Jesús.
13.3. Israel
¿Quiénes eran los destinatarios de
la
llamada? ¿El pueblo en conjunto, grupos, individuos? Conviene
distinguir entre
una exhortación general al arrepentimiento y la confianza y una llamada
al
discipulado dirigida a determinadas personas, aunque el seguimiento
haga la
distinción menos clara. Una mayor claridad es posible cuando se tiene
en cuenta
que Jesús abrigó cierta esperanza de restauración de Israel y orientó
su
misión, al menos en alguna medida, hacia ese fin.
La llamada
a «volver»
Si bajo el verbo griego metanoeø
se encuentra el hebreo ßub, la exhortación al arrepentimiento
era una
llamada a «volver». Era una llamada frecuente entre los profetas,
incluida la
vuelta necesaria para que el disperso Israel fuera reconstituido.
Particular
intensidad tiene Jr 3: «vuelve, Israel apóstata» (v. 12), «volved,
hijos
apóstatas» (vv. 14 y 22). En todos los casos se trataba de una llamada
a Israel
en conjunto, al pueblo de la alianza que no había sido fiel a su Dios.
También
la llamada a confiar tiene ecos de la alianza —confiar en Yahvé, en su
fidelidad—. Toda llamada de Jesús a arrepentirse y creer debió de ser
entendida
como reiteración de la llamada profética a Israel a volver a su Dios y
confiar
de nuevo en él. ¿Significa esto que Jesús esperaba una vuelta nacional,
como en
la época de Josías, o compartía la creencia de que el arrepentimiento
de Israel
desataría la nueva era? Las respuestas no pueden ser categóricas.
La
elección de los Doce
Pocos han puesto en duda que Jesús
formó en torno a sí un círculo de doce discípulos: un grupo más íntimo
que el
mal definido de los discípulos en general. Los argumentos principales
son los
siguientes:
Primero, «los Doce» como
denominación
tiene raíces profundas en la tradición. El grado de variación en las
referencias es típico de la comunicación oral. Pablo, al resumir el
evangelio
que recibió a su conversión, menciona una aparición posresurreccional
«a los
Doce» (1 Cor 15,5). No es probable que esa denominación fuera creada
por las
apariciones posteriores; más bien cuajó por la permanencia de ese
número en el
entorno de Jesús durante su misión en Galilea.
Segundo, hay varias listas de los
Doce
con las variaciones que cabe esperar en la transmisión oral. Simón
Pedro
encabeza siempre las listas y Judas Iscariote cierra siempre. Felipe y
Santiago
(hijo de Alfeo) abren los otros dos grupos de cuatro. La discrepancia
más
notable es en el tercer grupo —Tadeo (Mateo/Marcos) o Judas (de)
Santiago
(Lucas)—, lo que sugiere que era considerado menos importante. Solo se
recogen
las llamadas de cinco discípulos —los cuatro primeros y Leví/Mateo—; de
Tomás,
Bartolomé y los cuatro del tercer grupo no hay noticia de su llamada,
lo cual
confirma su escaso impacto en la memoria colectiva. Lo que permaneció
fue el
recuerdo de la existencia de los Doce; el detalle de quiénes lo
componían
importaba bastante menos.
Tercero, una de las presencias
destacadas es la de Judas, el traidor. Que fue «uno de los Doce» y que
«entregó» a Jesús son datos firmemente enraizados. Es muy improbable
que los
primeros transmisores hubieran atribuido a Jesús la elección de tal
personaje,
suscitando interrogantes sobre su capacidad para juzgar a sus allegados.
«Doce» tiene un carácter simbólico
manifiesto: alusión a los doce patriarcas y, sobre todo, indicación de
la
reunificación de las tribus separadas (Ez 37,15-22). Lo confirma el
único
pasaje Q sobre los Doce, según el cual se sentarán en tronos para
juzgar a las
doce tribus de Israel (Mt 19,28/Lc 22,30). No se intenta elegir uno por
cada
tribu; el simbolismo no dependía de genealogía. Y la nota de
restauración es
ambivalente, pues la función atribuida a los Doce es la de juzgar a
Israel.
Pero queda claro que en cierto modo los Doce simbolizan a Israel en su
reconstituida integridad.
El rebaño
de Yahvé
También notables son las metáforas de
las ovejas y el pastor, que evocaban la imagen popular de Israel como
rebaño de
Yahvé. Las alusiones son diversas y más débilmente atestiguadas: la
parábola de
la oveja perdida (Mt 18,12/Lc 15,4); el encargo de ir a «las ovejas
perdidas de
la casa de Israel» (Mt 10,6; 15,24); la cita de Zac 13,7 en Mc 14,27/Mt
26,31.
Lc 12,32 presenta a Jesús diciendo: «no temas, pequeño rebaño, porque
vuestro
Padre se complace en daros a vosotros el reino». La imagen de las
ovejas dispersas
o sin pastor (Mc 6,34; Mt 9,36) se evoca al describir a la gente que se
acercaba al lago para escucharle. La imagen tuvo un papel irregular,
pero su
utilización seguramente se debió más al uso que el mismo Jesús hizo de
ella que
a cualquier otra causa.
La
herencia de la tierra, la nueva
alianza, la asamblea de Yahvé
La tercera bienaventuranza mateana
(«bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra», Mt
5,5) alude
a Sal 37,11 y a la promesa pactal a los descendientes de Abrahán: los
mansos
gozarán del cumplimiento de la antigua promesa. La tradición de la
última cena
recuerda a Jesús describiéndola como una comida de alianza, «la nueva
alianza
en mi sangre» (Lc 22,20/1 Cor 11,25): igual que Qumrán, Jesús veía al
grupo de
su entorno como cumplimiento anticipatorio de la nueva alianza
prometida (Jr
31,31-34). Si los Doce representaban el Israel restaurado,
representaban
también el Israel de la nueva alianza.
En dos famosos pasajes de Mateo
Jesús
habla de su ekklæsia (16,18; 18,17). Probablemente ambos vienen
de
tiempos posteriores: el primero amplía la respuesta a Pedro en Mc 8,30
y el
segundo refleja contextos en que cada comunidad cristiana era llamada ekklæsia.
La única razón para dudar es que en los LXX ekklæsia traduce
regularmente el hebreo qahal, «asamblea», en expresiones como qahal
Yahweh y qahal Israel. No se puede excluir que Jesús
hablase de la
asamblea de Yahvé, insinuando su esperanza de reunir en torno a sí el
núcleo de
un Israel reconstituido —así como los reunidos para escuchar a Moisés
eran qahal/ekklæsia,
los reunidos para escucharle a él eran la asamblea renovada—.
¿Un nuevo
templo? ¿La diáspora?
Probablemente Jesús dijo también algo
respecto a que el templo sería destruido y edificado de nuevo (Mc
14,58); la
construcción de un nuevo templo era parte de las expectativas judías, y
un
templo renovado pudo servir como imagen de una comunidad
renovada/santificada.
Qumrán se consideraba una comunidad sacerdotal alternativa al culto
corrupto de
Jerusalén, y los primeros cristianos se vieron de modo semejante: las
columnas
Santiago, Cefas y Juan (Gál 2,9) evocan la imagen del templo; la visión
del
grupo como «templo o casa de Dios» era familiar en el cristianismo
primitivo;
el cuarto evangelista interpreta las palabras de Mc 14,58 como
referencia al
cuerpo resucitado de Jesús (Jn 2,21), lo que puede ayudar a explicar la
idea
paulina del cuerpo de Cristo. Los datos son imprecisos, pero sugieren
la
interesante hipótesis de que Jesús veía la comunidad de sus discípulos
como
núcleo de un pueblo renovado que daba culto a Dios.
Habría sido esperable alguna
referencia al regreso de los desterrados de la diáspora. Pero Jesús no
dio
claras indicaciones al respecto. Tampoco hubo intento de incluir un
judío de la
diáspora entre los Doce. La referencia a «las ovejas perdidas de la
casa de
Israel» en Mt 10,6 no piensa en la diáspora, pues la frase precedente
prohíbe a
los discípulos tomar «el camino de los gentiles». La imagen de las
ovejas sin
pastor (Mc 6,34/Mt 9,36) parece más dirigida a poner en evidencia a los
dirigentes que a preconizar la reunión de los dispersos.
En suma, los primeros discípulos
entendieron que Jesús se había consagrado a una misión cuyo objetivo y
beneficiario era Israel como un todo. Su propósito correspondía a la
finalidad
profética de hacer volver al pueblo a su Dios. Eligió doce discípulos
para que
formasen su entorno más íntimo y representasen al Israel renovado de la
nueva
alianza. Tenía un especial interés por las ovejas separadas del rebaño.
Partía
de la misma creencia que los profetas: Israel no florecería en cuanto
comunidad
hasta que, aglutinado como pueblo, se volviera lleno de fe hacia Dios.
Pero
¿aseguraría eso la venida del reino o sería prueba de que el reino
había
venido? Necesitamos más detalles.
13.4. Los pobres
Entre las profecías que pudieron
haber
influido en Jesús destaca Is 61,1: «el Espíritu del Señor Dios está
sobre mí,
porque el Señor me ha ungido; me ha enviado a llevar la buena noticia a
los
pobres (ʻanawim/ptøchois)». Su influencia es manifiesta en las
alusiones
isaianas con que Jesús responde al Bautista (Mt 11,5/Lc 7,22), y la
serie
inicial de bienaventuranzas (Mt 5,3-6/Lc 6,20b-21) parece haber sido
compuesta
teniendo Is 61,1-3.7 en mente. Aun siendo la descripción lucana de
Jesús
leyendo el pasaje (Lc 4,16-21) un desarrollo de la tradición más breve
de Mc
6,1-6a, podemos confiar en que se basa en el recuerdo de que Jesús
aludió a
aquel texto en más de una ocasión.
La lista de bienaventuranzas
escatológicas ya manifiestas en su misión no culmina con la
resurrección de los
muertos, sino con que «a los pobres se les anuncia la buena noticia»
(Mt
11,5/Lc 7,22). La primera bienaventuranza es una bendición a los pobres
(Mt
5,3/Lc 6,20). Hay aquí respuesta clara a nuestra pregunta: casi a la
cabeza de
toda lista de destinatarios figuraría «los pobres».
¿Quiénes
eran los pobres?
Detrás de ptøchoi se
encuentran
términos hebreos, particularmente ʻaniyyim, que denotan pobreza
material
y sus consecuencias sociales, especialmente las responsabilidades que
gravitaban sobre la comunidad. Pueden distinguirse tres dimensiones:
Primero, la pobreza material.
En las sociedades agrícolas del Próximo Oriente antiguo la propiedad de
la
tierra era la base de la seguridad económica. La pobreza podía resultar
de
malas cosechas, invasiones, expropiaciones, indolencia, procedimientos
ilegales
por parte de vecinos poderosos o círculos viciosos de deuda. Los pobres
carecían de base económica segura y, como las viudas, los huérfanos y
los
extranjeros, eran especialmente vulnerables. La responsabilidad
comunitaria se
expone en Dt 15,7-11 y 24,10-15.19-22: el jornalero ha de ser pagado en
el día
(24,15); el manto tomado en prenda debe devolverse antes de la puesta
del sol
(24,12-13); los propietarios deben dejar restos en sus campos para los
pobres
(24,19-21).
Segundo, la explotación
económica y
social. La pobreza no derivaba siempre de incapacidad: a menudo era
resultado de codicia y manipulación. Los pobres se hallaban sujetos a
humillación y opresión, lo que los empujaba al margen de la sociedad.
Los
episodios de Urías (2 Sm 12,1-6) y Nabot (1 Re 21) muestran la
indefensión
incluso de hombres relativamente importantes frente al poder, y los
profetas
Amós e Isaías asumieron en particular la defensa de los pobres frente a
los
ricos.
Tercero, la dimensión
espiritual.
A mayor indefensión, más necesidad de confiar en Dios. El concepto se
amplió
para incluir a los que reconocían la propia vulnerabilidad y
buscaban ayuda
en Dios. El salmista asegura que los pobres tienen en Dios su
valedor, y el
salmista y su comunidad se identifican como los pobres y necesitados.
En
tiempos cercanos a Jesús, esa autodesignación aparece en los Salmos
de
Salomón y en los manuscritos de Qumrán. Tradicionalmente, pues, los
judíos
tenían de la pobreza un concepto nada simple ni idealizado: material,
social y
espiritual.
Jesús y
los pobres
Miembro de la familia de un tektøn
y criado en un pueblo pequeño, Jesús no debió de conocer la miseria,
pero sí la
pobreza, lo mismo que su entorno inmediato. Era consciente de los
impuestos que
abrumaban a los campesinos, del asfixiante círculo vicioso de la deuda
y de la
pérdida de patrimonio. Sus parábolas reflejan las tensiones en los
pueblos
próximos a Séforis y Tiberíades: agobio por ricos terratenientes,
resentimiento
contra propietarios absentistas, explotación de trabajadores, disputas
familiares. La enseñanza sobre el abandono en la Providencia (Mt
6,25-33/Lc
12,22-31) refleja preocupaciones de los pobres: qué comer y con qué
vestir. El
Padrenuestro es en el fondo una oración de los pobres: para que venga
el reino,
para conseguir el pan necesitado «hoy», para que sean canceladas las
deudas,
para no caer en la tentación. Y a la promesa a los mansos de que
heredarán la
tierra (Mt 5,5) subyace el ideal de que cada miembro de Israel tendrá
parte en
la tierra de la herencia.
La actitud de Jesús se refleja en
tres
episodios marcanos. El más notable es la exhortación al joven rico:
«vete a
vender lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el
cielo»
(Mc 10,21). El episodio contiene una advertencia contra el peligro de
que la
riqueza llegue a ser algo en lo que confiar, una alternativa a Dios
mismo:
«nadie puede servir a dos señores… no podéis servir a Dios y a Mamón»
(Mt
6,24/Lc 16,13); «donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón» (Mt
6,21/Lc
12,34). De ahí la severidad: «¡qué difícil será que los que tienen
riquezas
entren en el reino!» (Mc 10,23); «le es más fácil a un camello pasar
por el ojo
de una aguja que a un rico entrar en el reino» (10,25). La hipérbole no
debe
tomarse a la ligera; tampoco la garantía final de que todo depende del
poder de
Dios (10,27).
En un episodio posterior se alaba
a la
viuda que echó en el tesoro lo que necesitaba para vivir (Mc 12,41-44):
los
pobres suelen estar más abiertos a Dios que los ricos. Cierta
contradicción
aparente encierra la unción en Betania (Mc 14,3-9), donde Jesús
contesta a la
protesta por el supuesto despilfarro: «pobres tendréis siempre con
vosotros,
pero a mí no me tendréis siempre». El relato circuló como aviso de que
la
actitud de Jesús hacia los pobres, aunque prioritaria, no debía
idealizarse:
hay situaciones en que se imponen prioridades aún más relevantes.
Mateo y Lucas entendieron la
cuestión
de manera diferente, o quizá la enseñanza de Jesús fue entendida a
través del
espectro del significado de pobreza. Lucas no dudaba de que Jesús habló
en
favor de los materialmente empobrecidos: «bienaventurados [vosotros]
los
pobres» (Lc 6,20b), seguido de los «ayes» a los ricos (6,24-25), el
Magníficat
(1,53), las parábolas del rico insensato (12,16-21) y del rico y Lázaro
(16,19-31), la exhortación a vender los bienes y dar limosna
(12,33-34), el
episodio de Zaqueo (19,8). Mateo, por su parte, se centró más en «los
pobres
que solo confían en Dios»: «bienaventurados los pobres de espíritu»
(Mt
5,3), los que tienen «hambre y sed de justicia» (5,6); cita
entera Dt
8,3 en la primera tentación («no solo de pan vive el hombre», Mt 4,4).
Ambos
énfasis reflejaban preocupaciones de la enseñanza de Jesús.
En suma, la actitud de Jesús lo
sitúa
dentro de la tradición judía sobre la pobreza. No fustigaba a los
ricos, como
Amós o Sant 5,1-6, ni idealizaba la pobreza, ni llamaba a la abolición
de la
propiedad, ni predicaba un igualitarismo absoluto. Indicaba que los
pobres, sin
poder confiar en posesión alguna, estaban cerca del corazón de Dios.
Pero
introdujo una novedad: el reino de Dios era precisamente para los
pobres, y no
solo como esperanza de futuro. Ya ahora podían experimentar la buena
noticia;
en la compañía de los seguidores de Jesús, esa seguridad, ese consuelo
y esa
satisfacción eran ya realidad.
13.5. Los pecadores
La tradición sinóptica contiene
solo
unos cuantos dichos en que Jesús manifiesta clara conciencia de su
misión. A
dos nos hemos referido —«solo he sido enviado a las ovejas perdidas de
la casa
de Israel» (Mt 15,24) y el pasaje de Nazaret (Lc 4,18 = Is 61,1)—. El
dicho con
más credibilidad es Mc 2,17 par.: «no vine a llamar a los justos, sino
a los
pecadores (hamartøloi)». Pronunciadas como respuesta a la
crítica
fariseo sobre los compañeros de mesa de Jesús (Mc 2,13-17 par.) y como
clímax
de la llamada a Leví/Mateo, estas palabras tienen una larga historia,
reflejada
en literatura cristiana posterior. La antítesis justo-pecador concuerda
con la
tendencia a las disputas entre facciones de la época, y el contexto se
confirma
en la crítica recordada: «un comilón y un borracho, amigo de
recaudadores de
impuestos y pecadores» (Mt 11,19/Lc 7,34), comentario despectivo que
difícilmente habría sido introducido por discípulos posteriores.
En Lucas el tema es frecuente:
Pedro
(«apártate de mí, porque soy un hombre pecador», 5,8); la mujer que
unge a
Jesús (7,37.39); la introducción a las tres parábolas de la
misericordia
(«recaudadores y pecadores se acercaban todos a él», 15,1-2), con la
«alegría
en el cielo por un solo pecador que se arrepienta» (15,7.10); el
fariseo y el
recaudador (18,13); Zaqueo (19,7). Tres rasgos sobresalen: el término pecador
(hamartølos) se empleaba al criticar a Jesús; «pecador» aparece
regularmente asociado a «recaudador de impuestos»; la crítica más
frecuente es
por comer con ellos.
¿Quiénes
eran los «pecadores»?
Una de las controversias más vivas de
la búsqueda reciente fue la crítica de Sanders a Jeremias. Jeremias
había
definido «pecadores» como «un término aplicado específicamente a los
que
trabajaban en oficios despreciados», agrupándolos con los amme-ha-arets,
los incultos cuya ignorancia religiosa y conducta suponían un obstáculo
para su
salvación. Sanders respondió que «pecadores» hacía referencia a «los
malos», es
decir, «los transgresores de la Ley voluntarios e impenitentes», y no a
la
gente corriente. El verdadero escándalo, según Sanders, era que Jesús
se
relacionaba con infractores de la Ley y les prometía el reino sin
instarlos al
arrepentimiento.
Pero el propio Sanders usaba un
concepto poco matizado. Aunque «pecador» (raßaʻ) designa a quien
infringe la Ley, la interpretación de lo que la Ley exigía no era ni
mucho
menos uniforme en el judaísmo del Segundo Templo. El reciente 4QMMT lo
ilustra:
detalla cuestiones en que la secta de Qumrán creía que sus halakot
eran
las exigidas por la Ley (B1-82), persuadía a otros de seguirlas
(C26-32), con
el obvio corolario de que quien se negara era pecador. Así sucede
siempre que
la doctrina o praxis adquieren tal importancia para un grupo que este
se separa
y mantiene una identidad distinta: los otros son «pecadores».
«Pecador» funcionaba, pues,
también
como término típico de la lucha entre facciones, palabra despectiva e
injuriosa. En Dn 12,10 los «pecadores» (reßaʻim) no entienden la
revelación de Daniel, frente a los sabios; en 1 Macabeos los «pecadores
e
impíos» eran los apóstatas (1 Mac 1,34; 2,44.48); en el ciclo de Henoc
los
pecadores son adversarios de los justos (utilizan calendario errado, no
guardan
las fiestas, 1 Hen 82,4-7); en Qumrán rßʻm son los
oponentes de
la secta; en los Salmos de Salomón los «justos» o «devotos»
atacan a los
«pecadores», probablemente los sacerdotes asmoneos. En todos los casos
«pecadores» no denota a judíos abiertamente no practicantes, sino a
judíos que
practicaban su judaísmo de otra manera que la facción del
escritor:
«pecadores» solo desde un punto de vista sectario.
El lenguaje de la crítica a Jesús
refleja ese uso polémico. La antítesis justo-pecador (Mc 2,17; Lc 15,7;
18,9.14) sugiere que Jesús era criticado por algunos que se
consideraban a sí
mismos correctos observantes de la Ley («justos») por su asociación con
los tachados
de pecadores por aquellos. El contexto encaja con el corpus
henóquico,
Qumrán y los Salmos de Salomón, y hace probable que los
críticos fueran
sobre todo fariseos. En Mc 2,17 Jesús no entra en consideraciones sobre
si sus
críticos eran justos: «los justos» de 2,17c corresponden a «los sanos»
de
2,17b. Tampoco niega que muchas veces el epíteto esté justificado (él
mismo
llamó al arrepentimiento; el recaudador confiesa ser «pecador»). Lo
importante
es el rechazo implícito del uso de «pecador» como término despectivo.
La
protesta iba contra un sectarismo que trazaba límites estrictos en
torno a una
conducta pretendidamente legitimada por la Torá y consideraba
reprobados por
Dios a los situados fuera. Protestaba contra unos supuestos «justos»
incapaces
de reconocer un cumplimiento de la alianza que no se ajustara a sus
condiciones.
Jeremias se había aproximado a las
circunstancias más de lo que Sanders reconocía. No era que Jesús
abriera las
puertas del reino a criminales impenitentes, ni que negara la
existencia de
pecadores. Su objeción era contra un trazado de líneas dentro de Israel
que
situaba a algunos israelitas fuera de la alianza y la gracia de Dios.
Todo
intento de levantar barreras y crear divisiones contrariaba la voluntad
divina.
Jesús era más crítico con los que condenaban a los «pecadores» que con
los
pecadores mismos. Como debía defenderse el derecho de los pobres dentro
del
pueblo, también el de los considerados «pecadores» a causa de la
estrechez de
las definiciones ajenas. Si los pobres tenían especial interés para
Dios, los
excluidos y marginados tenían especial interés para la misión de Jesús.
Los
recaudadores de impuestos
Un elemento constante de la crítica
era que Jesús se relacionaba con recaudadores (telønai). Tanto
Mateo
como Lucas recogen enseñanza en que Jesús habla favorablemente de
ellos, y uno
de sus discípulos cercanos era telønæs (Mateo/Leví). El término
denotaba
en Palestina recaudadores de impuestos indirectos, especialmente los
del
tránsito de mercancías; se aplicaba tanto a funcionarios supervisores
como
Zaqueo como a empleados que cobraban en casetas (telønion) como
Leví (Mc
2,14). Los recaudadores son asociados con los «pecadores» porque eran
tenidos
por tales: por la desaprobación general del recaudador-campesino,
porque el
dinero financiaba ambiciones de Herodes Antipas o el tributo a Roma, y
por la
extendida sospecha de enriquecimiento a costa de los contribuyentes (Lc
3,12-13; 18,11; 19,8). El rechazo se refleja en los dichos mateanos que
agrupan
recaudadores con gentiles (Mt 5,46-47; 18,17). Relacionándose con
ellos, Jesús
dio ocasión a ser tachado de «amigo de recaudadores y pecadores» (Mt
11,19/Lc 7,34).
Pero los recaudadores no son extraños: por inaceptable que fuera su
medio de
vida, formaban parte de un Israel falto de arrepentimiento y
necesitaban la
buena noticia más que muchos.
En suma, dentro de la llamada
general
a Israel, Jesús parece haber hecho un esfuerzo especial por infundir en
los
pobres y en los despreciados como «pecadores» la confianza en que el
reino
estaba abierto también para ellos. El mensaje fue escuchado por muchos
pobres y
pecadores en la tierra de Israel, y el grado de éxito de la misión ha
quedado
patente en la tradición.
13.6. Las mujeres
La tradición en conjunto se esfuerza
poco en relacionar el resultado de la misión con mujeres en particular.
Como
sucedió en muchos países occidentales hasta el siglo XX, no había
diferenciación interna entre hombres y mujeres en la comunidad como
tal. Pero
la nueva sensibilidad de la última generación ha hecho prestar mayor
atención
al patriarcalismo implícito de los textos, y la continua insistencia
católica
en que la elección de un grupo de doce solo de varones conserva
significación
perenne ha hecho ineludible la cuestión «mujeres y discipulado».
Dado que la tradición no se
esfuerza
por destacar el papel de las mujeres, las referencias específicas
tienen gran
interés. Es relevante que María, la madre de Jesús, no sea incluida en
el
círculo de discípulos durante su ministerio; aparece solo aludida en un
comentario admonitorio (Mc 3,31-35 par.). Mucho más prominente es María
Magdalena, de quien Lc 8,2 dice que Jesús expulsó siete demonios. La
tradición
la recuerda como cabeza de un grupo de mujeres que observaban «desde
lejos» la
crucifixión (Mc 15,40 par.), en contraste con los discípulos huidos;
que
pretendían embalsamar el cuerpo (Mc 15,47-16,1 par.); que fueron las
primeras
en ver el sepulcro vacío (Mc 16,2-8; Lc 24,22-23) y a Jesús resucitado
(Mt
28,8-10); y que informaron a los demás (Lc 24,10.23). Particular
interés tiene
que esas mujeres «le seguían y le servían» en Galilea (Mc 15,41) y que
«muchas
otras habían subido con él a Jerusalén». María Magdalena encabeza
también el
grupo de Lc 8,2-3, donde aparecen Juana, mujer del administrador de
Herodes, y
Susana, y «muchas otras» que servían a Jesús «con sus bienes/medios» (hyparchonta).
Otra María, junto con su hermana
Marta, de Betania, aparece en Lucas (10,38-42) y Juan (11,1-12,11),
doble
testimonio que indica valor histórico. María atendía con gran interés a
la
enseñanza de Jesús (Lc 10,39); en Juan, Marta desempeña el papel más
brillante
(Jn 11,20-27); ambas, con su hermano, gozaban de la amistad de Jesús
(11,5.11.35). Otras mujeres notables son la mujer con hemorragias (Mc
5,21-43
par.); la sirofenicia (Mc 7,24-30/Mt 15,21-28); la que ungió los pies
de Jesús;
la pecadora que le ungió la cabeza (Lc 7,36-50); la samaritana del pozo
(Jn
4,7-30.39-42); la sorprendida en adulterio (Jn 7,53-8,11). Mateo
recuerda que
Jesús anunció la anticipación de las prostitutas a otros en la entrada
en el
reino (Mt 21,31-32). La medida en que la tradición hace «visibles» los
papeles
femeninos es, a pesar de todo, inusitada y digna de ser tenida en
cuenta.
La presencia de mujeres entre los
discípulos y seguidores es indudable, y algunas parecen haber estado
más
próximas a Jesús que varios de los Doce. Se ha dicho que tal asociación
habría
sido escandalosa, pero solo Lc 7 sugiere algo (7,39) que cuadra con la
crítica
de Mt 11,19/Lc 7,34. Integradas en un grupo mayor, no necesariamente su
presencia se habría considerado contraria a las buenas costumbres; y la
enseñanza a María de Betania tuvo lugar en la intimidad de su casa.
¿Por qué
entonces los Doce eran solo hombres? La única incompatibilidad es que
Jesús los
envió en misión (Mc 6,6b-13 par.), «de dos en dos» (6,7). No habría
sido
concebible que unas mujeres recorrieran los pueblos solas o acompañadas
de un
hombre. Aun de haberlo querido Jesús, habría sido impensable que
desempeñaran
el mismo papel por razones sociales obvias. La ausencia de mujeres
entre los
Doce estaba determinada por las costumbres sociales de la época, no por
ninguna
razón teológica.
En suma, no hay indicio de que
Jesús
considerase a las mujeres una clase en desventaja como los «pobres» y
los
«pecadores». Daba por supuesto que formaban parte de Israel y gozarían
de las
ventajas prometidas a un pueblo arrepentido. De ahí la falta de una
«buena
noticia» específica para mujeres. Aun así, la prominencia de mujeres
entre sus
seguidores y la cercanía de él a algunas debió de provocar comentarios
entre la
gente biempensante. Pero todo ello indica que Jesús no encontraba en
las
mujeres, por su condición de tales, nada que les restara categoría ni
las
incapacitara para el servicio y el ministerio.
13.7. Los gentiles
Si bien Jesús centró su misión en
Israel, posteriormente el movimiento se abrió a los gentiles. ¿Tenía
Jesús
prevista tal expansión? Los datos no son muy alentadores para quienes
deseen
mostrar continuidad. Mateo conservó las instrucciones misionales: «no
toméis el
camino de los gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos» (Mt 10,5),
probablemente dadas por el mismo Jesús. ¿Significa esto que Jesús no
preveía un
lugar para los gentiles en el reino? No necesariamente. En la
escatología
profética apenas hubo pensamiento de misión a los gentiles —Is 66,19 es
excepción—, pero una fuerte corriente judía contaba con que
peregrinarían a
Sión para rendir culto a Dios convertidos en «prosélitos
escatológicos». Que
Jesús pudo compartir esa expectativa lo sugieren varios episodios.
Los relatos sobre encuentros con
gentiles recuerdan a Jesús respondiendo a sus preguntas e impresionado
por su
fe. El dicho Q prevé la venida de muchos «de Oriente y de Occidente» a
reclinarse a la mesa con los patriarcas en el reino (Mt 8,11/Lc 13,29).
Los
anuncios de inversión escatológica y la advertencia de que es un error
la
confianza basada en descender de Abrahán (Mt 3,9/Lc 3,8) permitían
deducir que
los gentiles (incluso Nínive, Tiro y Sidón) podían beneficiarse del
fallo de
Israel. Marcos incluye la cita completa de Is 56,7 en la purificación
del
templo: «mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones»
(Mc
11,17), texto clásico en la peregrinación escatológica. Y la parábola
del buen
samaritano (Lc 10,30-37), al presentar como héroe a un samaritano
—considerado
mestizo y apóstata—, sugiere que la preocupación de Jesús por derribar
barreras
quizá rebasaba los confines de Israel. La parábola de las ovejas y las
cabras
puede ser un nuevo ejemplo de la perspectiva más amplia de Mateo, pero
no se
puede excluir que Jesús compartiera una visión del juicio final en que
el
factor decisivo no fuera la identidad étnica y religiosa, sino la
responsabilidad universal de amar al prójimo.
Según la imagen resultante, Jesús
no
tenía prevista una misión dirigida a los gentiles, pero daba por
supuesta la
posibilidad de que fueran incluidos en el reino. No buscó gentiles,
pero
respondió positivamente a la fe y prescribió amar sin reservas al
prójimo
prescindiendo de identidades y orígenes.
13.8. Los círculos de discípulos
La ambigüedad inicial ha reaparecido
una y otra vez. Jesús parece haber predicado para llegar en Israel a
tantos
como pudieran escucharlo, aunque probablemente fue consciente —o no
tardó en
serlo— de la necesidad de llevar a término en su misión también la de
Isaías.
Sigue sin estar claro cómo encajaba su llamada a determinados
individuos a
seguirlo en la visión más amplia de un Israel retornado a su Señor, y
cómo se
compaginaba con sus expectativas sobre la venida del reino. Tampoco
está claro
si le habría parecido significativa la distinción entre «discípulos» y
«seguidores». Lo cierto es que parece haber tenido especial interés en
acoger a
los que los demás —y en particular los formadores de opinión—
consideraban
privados de la gracia derivada de la alianza: no solo a los pobres, lo
cual era
conforme a las prioridades de la Torá y los Profetas, sino también,
sorprendentemente, a los «pecadores», que debían encontrar el rechazo
de los
fieles. En todo lo demás Jesús difería poco de sus predecesores
proféticos en
la visión de un Israel renovado. Pero esperaba la realización de esa
esperanza
en un futuro próximo e intentó anticiparla en el círculo de discípulos
formado
en torno a sí.
Dada la ambigüedad, debemos hablar
de círculos
(plural) de discípulos, no de un solo círculo cohesionado. El más
íntimo parece
haber sido el de los Doce, con Pedro y los hermanos Santiago y Juan
como
miembros más prominentes, y Pedro como cabeza y portavoz. Alrededor de
los Doce
había un círculo más amplio de adeptos, en el que había mujeres que
seguían a
Jesús como María Magdalena y otras que permanecían en sus casas, como
María de
Betania, a las que él, al parecer, tenía especial afecto. ¿Cabe
describir un
tercer círculo, el de los que lo seguían en secreto, como el
propietario de la
sala «en el piso superior» (Mc 14,15) y José de Arimatea? Pero entonces
habría
que mencionar también a los que lo escuchaban con agrado (Mc 3,35), a
quienes
optaban por vivir conforme a su enseñanza (7,24-25), a los curados por
él (Mc
10,52), a los que se convertían y se hacían como niños (Mt 18,3), a los
pobres
que confiaban (Lc 6,20), a los pecadores que se arrepentían (Lc
18,13-14;
19,1-10), a los gentiles que mostraban una fe que Jesús apenas había
encontrado
antes (Mt 8,10) e incluso a fariseos bien dispuestos como aquellos de
los que
habla Lucas (7,36; 11,37; 14,1). Lo que llama la atención es el modo en
que
esos círculos se imbrican y entrelazan, impidiendo establecer una
distinción
categórica entre discípulos y seguidores, o siquiera grados diversos de
discipulado. Marcos recuerda que el propio Jesús mostró su
disconformidad ante
los que pretendían trazar esas distinciones (Mc 9,38-41/Lc 9,49-50).
A la luz de todo esto, y todavía
incapaces de decidir si la respuesta de discipulado era una condición
de la
venida del reino o el modo de su presencia, podemos intentar al menos
una
clarificación ulterior preguntándonos cómo debería ser descrito el
discipulado
al que llamó Jesús.
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