El
cristianismo en sus comienzos. Tomo I. Jesús recordado
Tercera parte. La misión de Jesús
Capítulo 14. El carácter del discipulado
JAMES D. G. DUNN
|
RESUMEN
Concluido el examen, en el
capítulo
anterior, de los destinatarios del mensaje del reino, queda en pie la
incertidumbre sobre si Jesús esperaba realmente un resurgimiento
nacional o si
se limitó a hacer su llamada sin una idea precisa de cómo encajarían
sus
seguidores en una esperanza más amplia. Quizá la falta de claridad esté
en el
historiador y no en Jesús, pero las preguntas siguen abiertas. Por eso
conviene
desplazar la atención: en lugar de fijarla en las esperanzas
inevitablemente
vagas respecto al conjunto de Israel, se trata ahora de centrarla en
los que
respondieron positivamente a su predicación. ¿Qué pensaba Jesús que su
mensaje
del reino significaba para ellos? ¿Qué efecto esperaba que tuviera el
reino en
sus vidas? ¿Qué implicaba «seguir» a Jesús?
Habrá inevitablemente cierta
imbricación con el material examinado en el capítulo 13: las tres
primeras
características corresponden a los tres primeros aspectos de la llamada
de
Jesús. Pero examinar el carácter de aquel discipulado tiene interés de
por sí,
y también a causa de las muchas personas que en siglos posteriores han
visto en
él, al menos en cierta medida, el modelo de su propio discipulado.
14.1. Súbditos del Rey
El tema principal de la predicación de
Jesús fue «el reino de Dios», de donde se sigue que Dios era concebido
como
Rey. Sorprendentemente, sin embargo, este aspecto se suele pasar por
alto, ya
que prácticamente nunca se recuerda a Jesús aplicando explícitamente a
Dios ese
título, aun cuando en el culto judío de la época Dios era regularmente
invocado
como «Rey». Probablemente la expresión «reino de Dios» era tan
predominante que
apenas hacía falta nombrar al Rey: la implicación quedaba clara para
todos los oyentes.
El antiguo fundamento de la
realeza es
nítido: el rey era la figura central en la protección frente al
exterior y la
administración de justicia en el interior. Su autoridad para mandar y
su poder
para hacerse obedecer eran los instrumentos necesarios para ello, y la
misma
lógica llevaba a considerar Rey a Yahvé, garante último de la paz y la
justicia
para Israel. Esta confianza en Dios como protector y juez, y como ser
supremo
al que se debe obediencia, es lo que se refleja en las palabras de
Jesús sobre
la realeza divina. El súbdito debe obedecer sin reservas: no es posible
un
doble vasallaje (Mt 6,24/Lc 16,13). El gran énfasis de la predicación
de Jesús
sobre la inversión escatológica y sobre el premio y el castigo confirma
esta
«cara» y esta «cruz» del reinado de Dios: Dios haría justicia a los
pobres,
pero también sería el amo que premia y castiga, el rey que entrega a su
siervo
inmisericorde a los verdugos (Mt 18,23-35) y quien decide entre el
descanso de
Lázaro y el tormento del rico (Lc 16,19-31).
Particularmente significativo es
el
dicho Q de Mt 10,28/Lc 12,4-5 sobre el temor al que tiene poder de
echar al
gehenna. Suele atribuirse a la situación de persecución posterior, pero
el
temor de Dios está profundamente arraigado en la teología y el culto de
Israel,
sobre todo en la literatura sapiencial, y armoniza con la imagen de
Dios como
juez final presente en diversos lugares de la tradición de Jesús.
Tachar el
dicho de «no auténtico» parece más bien un juicio arbitrario, motivado
por el
deseo de presentar un Jesús amable y coherente con una lógica
posterior.
Conviene recordar, eso sí, que en el concepto hebreo de «temor» entran
también
la admiración, la veneración y el respeto.
Otro tanto se desprende de la
primera
petición del Padrenuestro. En ella, la primera prioridad de los
seguidores de
Jesús es que el nombre de Dios sea santificado. Operan en esa petición
dos
conceptos antiguos: el «nombre» como representación de la persona y de
su
autoridad —en la Biblia hebrea, el shem de Yahvé denota tan
claramente
su poder y acción que puede emplearse en lugar del propio nombre
divino—, y la
«santidad» como absoluta alteridad, rechazo radical de toda proyección
de
ideales humanos sobre Dios. La forma pasiva del verbo («santificado
sea») es
una «pasiva divina»: se ruega a Dios que tome él mismo la iniciativa de
manifestar su santidad. Y esa santidad es correlativa al temor de Dios,
pues es
el sentimiento de su total alteridad lo que está en su raíz.
La tradición de Israel añade un
matiz
decisivo: el nombre y la fama de Dios están ligados a su pueblo. La
honra que
resulta para Dios procede en gran parte de contemplar su obra en
Israel; las
transgresiones del pueblo profanan ese nombre, y las catástrofes
resultantes
llevan a otros a profanarlo (cf. Lv 19,2: «sed santos, porque yo soy
santo»).
De ahí que la primera petición del Padrenuestro aspirase en realidad a
que Dios
demostrara su autoridad y poder y, en consecuencia, fuera debidamente
temido,
trayendo por fin la era en que su nombre ya no fuera profanado por la
conducta
de su pueblo. La implicación práctica es clara: quienes la rezan deben
vivir de
modo que hagan brillar el nombre de Dios. No es casual que, así como
ésta es la
primera petición, el primer mandamiento que los discípulos han de
guardar sea
el de amar a Dios con todo el corazón, alma, mente y fuerzas (Mc
12,30). Si el
temor de Dios es el correlato de la primera petición, la obediencia lo
es del
primer mandamiento.
14.2. Hijos del Padre
La llamada de Jesús al arrepentimiento
estaba en correspondencia con su predicación del reino —arrepentirse
era
reconocerse en falta como súbdito del Rey—, y la enseñanza sobre Dios
como
Padre lo estaba con su llamada a la fe y la confianza. Esto conduce a
uno de
los aspectos más notables de su predicación. Porque mientras que casi
no se le
recuerda hablando explícitamente de Dios como Rey, el recuerdo de su
enseñanza
sobre Dios como Padre está profundamente arraigado en la tradición.
El tema ha venido recibiendo, sin
necesidad, un tratamiento sesgado, principalmente porque unos
especialistas
tras otros pensaron encontrar en él el elemento más característico y
persistente de la enseñanza de Jesús, fácilmente distinguible del
judaísmo. Los
estudios liberales decimonónicos de Renan y Harnack acertaron al darle
posición
central, pero lo idealizaron y embadurnaron de sentimentalismo.
Bultmann lo
dejó opacado por su énfasis en la «cercanía» de Dios contrastada con
una
supuesta lejanía del judaísmo. Y el estudio de Jeremias estuvo
demasiado
dominado por la idea de que el término abba revelaba una
intimidad sin
precedentes en el judaísmo de su tiempo. Hay que depurar todo esto: la
concepción de Dios como Padre no era ninguna novedad en el judaísmo. La
idea de
que Dios era Padre de Israel, o de su rey, venía de antiguo; más
reciente era
el pensamiento de que los individuos justos eran hijos de Dios. La
tradición
del «justo» registra casos en que el hablante se dirige a Dios con un
grado
similar de intimidad. La exhortación de Jesús a confiar en Dios como
Padre, sin
ser única en el judaísmo, sí puede considerarse característica suya por
su
coherencia y por el grado de insistencia casi infantil que recomendaba
a sus
discípulos.
a.
Confianza como de hijo
Los datos son palmarios. Se recuerda
que Jesús empleó frecuentemente «vuestro Padre» al hablar con sus
discípulos.
Es probable que la tradición ampliara la idea, pero hay indicios
suficientes
para pensar que se trata del desarrollo de un aspecto muy recordado: al
enseñar
el Padrenuestro, anima a dirigirse a Dios como «Padre» (Lc 11,2/Mt
6,9), y
describe a los discípulos como niños, tomando a un niño pequeño como
modelo de
discípulo (Mc 10,14-15). La paternidad de Dios no es entendida como
mero
corolario de la creación, ni como adopción de la concepción de Padre de
Israel:
es invitación a entrar en una relación nueva en calidad o grado, a
«hacerse»
como niños (Mt 18,3).
El significado de la imagen no
admite
dudas: «Ser un niño es ser pequeño, necesitar ayuda, estar dispuesto a
recibirla». Hacerse discípulo es hacerse como un niño, volver a una
posición de
dependencia, no para fingirse niño o actuar de manera infantil, sino
para
reconocer que ante Dios uno es para los efectos un niño, incapaz de
llevar una
vida completamente independiente. La parábola del hijo pródigo, con su
repetida
referencia al padre, ilustra Mc 10,15: arrepentirse es volver a la
dependencia
generosamente paterna (Lc 15,11-24).
La confianza filial pedida por
Jesús
tiene su más viva paráfrasis en el pasaje Q de Mt 6,25-34/Lc 12,22-31.
Lo
importante es que se recordaba a Jesús animando a tener mayor confianza
en la
generosidad del Creador, que además es Padre. La fe excluye la ansiedad
respecto a las necesidades; Dios es completamente fiable. El Rey es
también
Padre, y su reinado puede ser ya experimentado en la manera fiable con
que
provee a los suyos. Esta enseñanza no debe descartarse como poco
realista
frente a la experiencia de hambre y crisis: era valorada no porque
inculcase
imprudente despreocupación, sino porque animaba a confiar en los
cuidados de un
Creador providente, a aclarar las prioridades personales (la vida misma
vale
más que la comida y el vestido) y a aceptar con serenidad lo que no
puede ser
cambiado. No hay base para oponer un matiz «escatológico»
(apocalíptico) a uno
«sapiencial»: la inminencia del reino motivó la reordenación de
prioridades,
pero la enseñanza siguió valiendo como aliento para afrontar la vida
diaria con
confiada calma incluso en medio de crisis.
b. Oración
La otra cara de esa confianza filial
aparece en la enseñanza de Jesús sobre la oración. Los hijos del Padre
saben
que pueden exponer confiadamente a Dios sus preocupaciones. Esto es
claro en
las peticiones, sencillas y fundamentales, del Padrenuestro: es a Dios
como
Padre a quien los discípulos deben dirigir sus peticiones de pan,
perdón y
defensa frente a la tentación (Mt 6,9-13/Lc 11,2-4). Igualmente
memorable es la
afirmación de Jesús de que Dios oye la oración y responde a ella (Mt
7,7-11/Lc
11,9-13): no se trata sólo de una exhortación a orar con persistencia,
sino de
una garantía de la buena disposición del Padre a acceder a las
peticiones de
sus hijos. Naturalmente está fuera de lugar la idea simplista de que
Jesús
animó a pedir cuanto se quisiera asegurando que se recibiría. Como en
el
Padrenuestro, las peticiones previstas corresponden a necesidades
básicas (pan,
pescado, huevo); y lo que Jesús asegura no es que Dios dará cualquier
cosa,
sino que será bueno lo que dé.
En suma, la concepción del
discipulado
como dependencia y confianza filial en el Padre es coherente con la
tradición
de Jesús. Este tema no debe situarse en antítesis con la piedad judía,
aun
cuando pueda considerarse una intensificación de esa piedad. Tampoco
contradice
la imagen de Dios como rey, puesto que la autoridad absoluta del padre
está
contenida en el término. Ni hay que universalizarlo a la ligera, como
si Jesús
hubiese declarado que la totalidad de los seres humanos eran hijos de
Dios,
aunque su rigurosa llamada al arrepentimiento y a la fe estaba abierta
a todos.
Hechas estas precisiones, hay que subrayar que la enseñanza sobre la
paternidad
de Dios es uno de los rasgos más característicos y atractivos de toda
la
tradición de Jesús.
14.3. Discípulos de Jesús
Un tercer aspecto del discipulado se
desprende naturalmente de la llamada «Sígueme». «Discípulos» eran los
que,
respondiendo, se habían hecho seguidores de Jesús. La llamada a
arrepentirse y
creer iba dirigida a todo Israel, y entre los seguidores había muchos
que no
deben definirse como discípulos en sentido estricto; pero no se puede
desdeñar
el claro recuerdo de que Jesús llamó a un seguimiento personal. Él se
hallaba
en el centro de los círculos de discípulos: cualesquiera otras
relaciones que
hubiera entre ellos, lo determinante era su relación con Jesús. La
llamada era
al seguimiento de Jesús. Hengel ha mostrado que ese carácter
personal
distinguía al grupo de Jesús de otras agrupaciones de la época: no hay
relatos
equivalentes de «llamada» y «seguimiento» en la tradición rabínica ni
en la
entrada a Qumrán; el único paralelo verdadero es la llamada de Elías a
Eliseo.
Existe, sin embargo, el peligro de exagerar esa peculiaridad. Habrá que
prestar
atención también a varios aspectos siguientes.
a.
Aprendizaje
Quienes rodeaban a Jesús formaban una
comunidad de aprendizaje. Eran mathætai (de manthanø,
‘aprender’), y él su maestro (didaskalos). Marcos indica que
escogió a
los Doce «para que estuvieran con él» (3,14). Jesús impartió mucha
enseñanza, y
el hecho de que tanta se haya conservado constituye indicio suficiente
de que
sus discípulos la valoraban e intentaban vivirla. Esto no obliga a
aceptar la
posición de Gerhardsson (escuela protorrabínica): la forma actual de la
tradición sinóptica se explica mejor conforme al modelo de tradiciones
comunitarias informalmente controladas, perfectamente compatible con
una
enseñanza impartida en la sinagoga, a la mesa, junto al lago, en el
monte o de
viaje. Jesús quería que su enseñanza proporcionara la estructura del
discipulado
al que había convocado.
b. Misión
Marcos refiere también que Jesús llamó
a Pedro y Andrés para hacerlos «pescadores de hombres» (1,17) y escogió
a los
Doce para enviarlos a predicar con poder de expulsar demonios (3,14).
Hace así
explícito lo que está implícito en la tradición del envío (Mc 6,6-12):
que
Jesús formó en torno a sí un grupo con vistas a que asumiera parte de
su
misión. Q recuerda que los envió a proclamar el mismo mensaje que
caracterizaba
su propia predicación: «El reino de Dios está cerca» (Mt 10,7/Lc 10,9).
El
principio del shaliaj —el enviado es como el que envía— está en
la raíz
del concepto de apostolado y era ya familiar entonces. Ser discípulo
era, pues,
tomar parte en la misión de Jesús. ¿Justifica esto describirlos, con
Theissen,
como «un movimiento de carismáticos itinerantes»? Realmente no: sólo
unos pocos
discípulos fueron en misión por cuenta de Jesús, y una misión por toda
Galilea
no exigía vida itinerante, sino viajes de uno o dos días desde una base
como
Cafarnaún. Lo distintivo de los discípulos de Jesús es que comparten la
misión
de su maestro: los fariseos no enviaban discípulos, y los esenios no
evangelizaban en nombre del Maestro de Justicia.
c. Servicio
Jesús es también modelo de servicio
dentro de la tradición evangélica, como vemos en Mc 10,41-45 (= Mt
20,20-28).
El tema del «más grande» está profundamente arraigado en la tradición.
Resulta
totalmente creíble que, al hablar del reino, Jesús hubiera suscitado
ambiciones
entre sus íntimos, y que las comunidades conservaran con interés el
recuerdo de
su severa reconvención. Lo más destacable es que se recuerda a Jesús
exponiendo
su sentido de la vocación y sus prioridades como modelo para sus
discípulos, describiendo
su función desde una perspectiva de servicio. Hay que señalar, en fin,
que no
condenó la ambición («ser grande»), sino que preconizó otra grandeza:
la del servidor.
d. Oración
Para ser exhaustivos hay que recordar
otros dos aspectos. Uno es el grado en que Jesús sirvió a sus
discípulos como
referente de hombre de oración. Es cierto que Lucas extendió esta
imagen para
inducir esa práctica a sus lectores cristianos; pero antes de Lucas
había ya
arraigada memoria de que Jesús enseñó a sus discípulos una oración que
reflejaba su particular manera de dirigirse a Dios como Abba
(Mt 6,9/Lc
11,2). Cabe suponer que sus demás consejos e instrucciones sobre cómo
orar
reflejaban su propia práctica. Ser discípulo de Jesús suponía orar como
Jesús
oraba.
e.
Sufrimiento
Por último, conviene recordar la
frecuencia con que la tradición presenta a Jesús advirtiendo a sus
discípulos
de que deben estar preparados para el sufrimiento. La persecución era
parte de
la bienaventuranza de ser tratado como los profetas (Mt 5,11-12/Lc
6,22-23).
Gran fuerza tiene el grupo de dichos de Mc 8,34-37, tras la confesión
de Pedro:
«Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz y
sígame».
Hacerse seguidor implica necesariamente seguirlo en la humillación y el
sufrimiento de la cruz, hasta perder lo más valioso e irreemplazable:
la vida
misma. Sufrir es el destino del mensajero, enviado como oveja entre
lobos (Mt
10,16/Lc 10,3).
Aprender, ir en misión, servir,
orar y
sufrir no representaban la totalidad del discipulado ni un plan
aplicable a
todos, pero eran marcas características de los discípulos de Jesús.
Volviendo a la imagen de los «círculos de discípulos», podemos hablar
de
«círculos» porque Jesús era el centro.
14.4. Hambre de lo que es justo
El alto valor atribuido a la Torá ha
sido siempre uno de los rasgos distintivos del judaísmo, y uno de los
puntos
fundamentales de diferenciación con el cristianismo. Por eso la actitud
de
Jesús ante la Ley ha sido un asunto clave para los investigadores.
Renan y
Ritschl ofrecieron opiniones tajantes; tras la fallida búsqueda
neoliberal,
Bultmann insistió en que Jesús debía verse dentro del judaísmo: «Él
afirmó la
autoridad de la Ley». Su rasgo diferenciador fue contraponer un pasaje
a otro,
distinguir entre lo esencial y lo no esencial. La descripción
bultmanniana de
«una actitud de soberanía hacia el Antiguo Testamento» fue retomada por
sus
sucesores: Käsemann basó la nueva búsqueda en la «asombrosa autoridad»
que
Jesús se atribuía frente a Moisés y la Torá; Hengel habla de «soberana
libertad»; Jeremias, de un Jesús que «criticó» y «rechazó» la halaká.
Por desdicha, este intento de
distanciar a Jesús del judaísmo ha sucumbido a la tentación de
presentar el
judaísmo como el fondo oscuro sobre el que destacar a Jesús, con la
sombra de
antijudaísmo desvirtuando la imagen resultante. Bultmann no pudo evitar
hablar
de «legalismo»; la difamación cristiana de los fariseos como exponentes
de ese
legalismo es bien conocida. Sanders protestó con razón: Jesús no estaba
en
contra de la Ley ni de los fariseos; simplemente contribuía a la
diversidad de
interpretaciones del judaísmo del Segundo Templo, en el debate del cual
los
fariseos también estaban representados.
El cambio de un planteamiento Evangelio
contra Ley a un debate interno en el judaísmo es
bienvenido, pero
requiere clarificación en dos puntos. Primero, el importante vínculo
entre
observancia de la Ley e identidad pactal: ciertas obligaciones (sábado,
alimentos) eran consideradas pruebas de fidelidad a la alianza, y los
que
fallaban en ellas eran tachados de «pecadores». Segundo, la Ley servía
de norma
para decidir lo justo. Lo que se debatía no eran disputas eruditas,
sino las
adecuadas relaciones entre Dios y su pueblo. Por eso esta sección no se
titula
«Jesús y la Ley», sino «Hambre de lo que es justo», con eco de la
cuarta
bienaventuranza de Mateo (5,6).
a. El
sábado
La tradición conserva al menos dos
intensos episodios en que Jesús o sus discípulos fueron criticados por
no
guardar el sábado: arrancar espigas (Mc 2,23-28) y curar al hombre de
la mano
atrofiada (Mc 3,1-5). Hay claras señales de retoque sucesivo (paso de
un
genérico «hijo de hombre» al título «Hijo del hombre», adiciones
precedentes de
Mateo, omisión del error de Abiatar), pero la tradición es premarcana,
y es muy
probable que Jesús adoptara ante los preceptos sabáticos una postura
más
liberal que la halaká rigurosa. Dos conclusiones se imponen: 1) Jesús
tenía el
sábado en alta consideración como mandamiento divino: en ningún
episodio se
trata de si guardarlo, sino de cómo guardarlo; 2) Jesús
se niega
a convertir el sábado en prueba de obediencia o distintivo de
pertenencia: el
sábado se hizo para la persona, no la persona para el sábado, y nunca
puede ser
malo hacer el bien o salvar vidas. La «valla en torno a la Torá» ponía
en
peligro lo que pretendía proteger.
b. Corbán
Mc 7,9-13 (= Mt 15,3-6 abreviado)
recoge otro punto de disputa con «tradición» (paradosis). Se
acusa a una
práctica que permitía evitar las obligaciones con los padres dedicando
ficticiamente al templo la ayuda debida, aun por ira o despecho. Tal
norma se
basaba en Nm 30,2; el tratado misnaico Nedarim muestra interés
por
aliviar la rigidez de ese principio, pero parece que cuando la
tradición de
Jesús se fijó, estaba vigente para algunos (¿shammaítas?) una dura
norma según
la cual no era posible retractarse del voto. Jesús es recordado yendo
más allá
del detalle legal para apelar a lo esencial: el mandamiento del
Decálogo de
honrar a los padres.
c. Lavado
de manos y pureza
Marcos inserta el corbán en una
discusión más amplia sobre la halaká de pureza (Mc 7,1-8.14-23 = Mt
15,1-3.10-20 abreviado). El texto refleja con autenticidad la
sensibilidad
farisaica por la pureza, la paradosis de los antepasados y el
cuidado de
no contraer impureza tocando. No hay razón para discutir que esa
preocupación
existía en tiempos de Jesús: si era anterior al 70 (como atestigua la
tradición
premarcana), ¿por qué no del tiempo de Jesús?
En la segunda parte (Mc 7,14-23)
interesa el modo sutil en que Mateo modifica la cuestión esencial.
Marcos
plantea la pureza alimentaria como antítesis absoluta (nada de
fuera
puede hacer impuro; declaración del final de la ley sobre alimentos
puros/impuros). Mateo, en cambio, convierte la antítesis en
comparación:
subraya qué es más importante sin negar validez a lo menos
importante.
La interpretación tradicional ha asumido que Marcos conserva la palabra
de
Jesús en 7,15; pero entonces resulta difícil explicar la protesta de
Pedro
(«nunca he comido nada profano ni impuro», Hch 10,14; 11,8), las
divisiones del
cristianismo primitivo sobre alimentos y la ausencia de cualquier
recuerdo de
que Jesús comiera cerdo o alimentos no kosher. Es más probable
que
Marcos represente una tendencia de comunicación en iglesias gentiles o
mixtas,
acentuándola con la nota interpretativa de 7,19, mientras que Mateo
refleja
iglesias en las que la continuidad con la tradición judía seguía
importando.
La conclusión es triple: 1) Se
recordaba que Jesús insistió en que la pureza de corazón era más
importante que
la ritual, en el espíritu de las antiguas llamadas a circuncidarse el
corazón.
2) Su enseñanza se entendió de modos distintos: unos lo recordaban como
abogado
de un nivel más fundamental de pureza de motivo e intención; otros,
comunicándola en círculos más amplios, entendieron que validaba la
conclusión
radical de que la ley de pureza ya no había que observarla. 3) En
cualquier
caso, Jesús no estaba interesado en hacer de la pureza ritual una
prueba de
lealtad a la alianza; la preocupación por la separación, característica
de las
rivalidades entre facciones de la época, no encontró eco en su conducta
ni en
sus relaciones, fueran con judíos piadosos, «pecadores» o,
ocasionalmente,
gentiles.
d. Divorcio
La enseñanza de Jesús sobre el
divorcio (Mc 10,2-12/Mt 19,3-9) está triplemente atestiguada: la
perícopa
marcana, Q (Mt 5,32/Lc 16,18) y Pablo (1 Cor 7,10-11). Es el recuerdo
de Jesús
en debate con fariseos sobre la prescripción de Dt 24,1. Lo distintivo
es que
ahonda en la prescripción deuteronómica hasta la descripción más
fundamental
del matrimonio en Gn 2,24: «se hacen una sola carne». El divorcio es un
fallo a
ese ideal, y Jesús se opone probablemente por principio al divorcio y
al nuevo
matrimonio, sin la intención —conviene recalcarlo— de proteger la
pureza ritual
(a la manera de Esd 9-10). Tanto Mateo como Pablo introdujeron
salvedades (la
cláusula de porneia; el caso de matrimonio mixto), al afrontar
difíciles
situaciones de fracaso matrimonial. La postura de Jesús se mantiene
como ideal
aun cuando la práctica obligue a matizarlo.
e.
Antítesis, diezmos y deber filial
No es necesario decidir las fuentes de
las seis antítesis mateanas (Mt 5,21-48). La fórmula introductoria
(«Habéis
oído que se dijo...») es probablemente del compilador, pero se
conservaba
memoria de que Jesús estableció su enseñanza oponiéndose en alguna
medida a
normas anteriores o dando interpretaciones radicales de la Escritura.
Las
antítesis se entienden mejor como medio de poner en evidencia lo más
esencial
de una ley: se condena no solo el asesinato sino la cólera
injustificada; no
solo el adulterio sino el deseo; no solo el falso juramento sino el
ambiguo. La
única antítesis que parece «abolir» una ley —la del talión— debe
entenderse
como intento de ahondar en una norma ya dirigida a limitar represalias,
llegando a un sentido más fundamental: la no represalia y la respuesta
positiva.
Sobre los diezmos, la
tradición
Q (Mt 23,23/Lc 11,42) recuerda a Jesús no denunciando la preocupación
por
diezmar ciertas hierbas como insustancial, sino enseñando que hay cosas
más
fundamentales —«la justicia y la misericordia»— totalmente en el
espíritu de
Miq 6,8. El pago del diezmo, como la oración, no es criticado en sí,
pero no
constituye base de aceptabilidad ante Dios ni prueba decisiva de
fidelidad.
Sobre el deber filial, el único pasaje en que Sanders ve a
Jesús
«sustituyendo» la Torá es «Deja que los muertos entierren a sus
muertos» (Mt
8,21-22/Lc 9,59-60). Pero más bien se trata de un recurso retórico para
subrayar la prioridad absoluta de la obra de Dios.
Todo esto es coherente con la
«piedad
toraica» de Jesús ya señalada: se le recuerda observando las normas
sobre la
lepra, remitiendo a la segunda tabla del Decálogo al joven rico (Mc
10,19),
presuponiendo en Mt 5,23-24 la participación de su grupo en los
sacrificios del
templo, y atestiguando en innumerables ecos de Isaías y los Salmos en
qué
medida «Jesús vivió en el Antiguo Testamento». Mateo le hace declarar
incluso
que no ha venido a abolir la Ley sino a cumplirla (Mt 5,17-20); aunque
expresa
convicciones propias, una versión sin base alguna en la enseñanza de
Jesús no
habría podido imponerse.
La conclusión es que la tradición
de
Jesús en debate con escribas y fariseos sobre la Ley resiste bien el
escrutinio. Hablar de «libertad soberana» quizá no sea la mejor
descripción de
su actitud; cabría aplicarla más bien a la técnica con que enseñaba y
debatía
con la confianza de quien sabe ver lo fundamental. Jesús no se situó
antitéticamente frente a la Ley: usaba el asunto inmediato como
trampolín para
zambullirse en cuestiones profundas de motivo y justicia, rehuyendo el
camino
fácil de aplicar la norma más obviamente a mano y ahondando en la Torá
para
discernir la razón divina en sus miṣwot. Hacer la voluntad de
Dios
seguía siendo el fin principal, aunque no pudiera discernirse por
simple
referencia a la Torá. En las cuestiones convertidas en pruebas de
obediencia y
lealtad a la alianza, Jesús eludía ir por el camino marcado: su
posición ante
Dios no dependía de determinadas interpretaciones, y su condición de
judío no
requería una pauta de observancia que lo distinguiese de los
desobedientes. No
se trata, en fin, de una ética interina (Schweitzer) necesaria solo
para el
intervalo anterior a la venida del reino, sino de una manera de vivir ya
a la luz del reino, apropiada para quienes esperan su venida.
14.5. El amor como motivación
Ligado a lo anterior hay un hecho
merecedor de especial atención: se recordaba que Jesús daba particular
realce
al mandato «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Lv 19,18), subrayando
lo que
implicaba. La tradición es diáfana, y la importancia del mandamiento en
la
parénesis cristiana primitiva difícilmente se explica si no fue el
impacto de
su enseñanza lo que aseguró ese relieve. Las variaciones de
comunicación son
notables: Mateo y Marcos resumen de modos diferentes la importancia
para la Ley
(Mt 22,40; Mc 12,31b); Marcos incluye el comienzo de la Shemá;
Lucas
hace que sean los dos mandamientos un legista los pronuncie con
aprobación de
Jesús (Lc 10,27-28), y a Lucas debemos también la parábola del buen
samaritano
(Lc 10,29-37) con su «Vete y haz tú lo mismo».
Dos aspectos merecen destacarse.
1) El
mandamiento de amar al prójimo se menciona a continuación del de amar a
Dios
con todo el ser: ambos van de la mano, y quizá en la realidad a largo
plazo
solo es posible el segundo como consecuencia del primero; ambos son
tanto
emoción profunda como decidido acto de voluntad. 2) Es realista la
formulación:
no pide amar a todo el mundo, sino al prójimo —al que Dios pone
cada día
próximo en el camino, como ilustra el samaritano—; ni pide un amor por
encima
de la capacidad humana, sino que el cuidado natural de uno mismo sea
medida del
amor al otro.
Aún más impresionante es Mt
5,43-48/Lc
6,27-28.32-36, donde Jesús extiende el mandamiento hasta los enemigos
en una
medida desconocida hasta entonces. Su huella en Rom 12,14, Did
1,3, 1
Cor 4,12 y 1 Pe 3,9 confirma su impacto. No hay razón para atribuirlo a
un
discípulo desconocido: precisamente porque era Jesús el recordado
exhortando
así se ha conservado tal enseñanza. El amor debía ser el criterio
principal y
decisivo de la conducta y las relaciones, no como ética individualista,
sino
como superación de un concepto del amor al prójimo determinado por la
fidelidad
a la alianza. La antítesis precedente (Mt 5,38-42/Lc 6,29-30) muestra
la razón:
no solo prescindir de venganza, sino practicar una generosidad amistosa
y
positiva (dar también el manto, ir dos millas). Así responde el amor a
la
provocación.
La «Regla de Oro» (Mt 7,12/Lc
6,31)
fue conocida en muchas formas en el judaísmo del Segundo Templo. Esto
suele
tomarse como indicio de que no procede de Jesús, pero el argumento es
débil: si
era tan conocida, bien pudo expresar su conformidad con ella.
Curiosamente, los
ecos en P. Oxy. 654 y EvTom 6,2 están más próximos a
Tob 4,15,
sugiriendo que esos casos sí proceden de otras fuentes. En cualquier
caso, no
se pierde nada admitiendo que el principio se incorporó a la tradición
como
modo de resumir lo que Jesús enseñó sobre el amor.
Dispuestos
a perdonar, puesto que
perdonados
Otra característica del amor predicado
por Jesús es la disposición a perdonar. El discipulado estaba marcado
por la
bilateralidad del perdón: perdonar puesto que perdonados. Es claro en
el
Padrenuestro («perdónanos como nosotros perdonamos», Mt 6,12; Lc 11,4),
y Mateo
lo refuerza con el material añadido a Marcos sobre la misma idea. Lucas
tiene
el dicho «Perdonad y seréis perdonados» (6,37). El dicho compartido
sobre el
perdón ilimitado (Mt 18,15.21-22/Lc 17,3-4) es unido por Mateo a la
parábola
del siervo inexorable (Mt 18,23-35). Y es el modelo «perdonar, puesto
que
perdonados» el que está detrás de Col 3,13. Mt 18,15-20 refleja la
posterior
«regla comunitaria», pero la importancia del perdón en ella procede
claramente
de la enseñanza de Jesús.
Es inútil decidir si Jesús pensaba
el
perdón divino como dependiente del humano o al revés. Cabe pensar que
la
enseñanza se entendía en ambos sentidos: los discípulos poco dispuestos
a
perdonar habían de advertir que negar el perdón era aceptar las
consecuencias
de no ser perdonados; e, igualmente importante, la motivación para
perdonar
dependía de la conciencia de haber necesitado y recibido perdón
generoso. La
voluntad de perdonar brota de la experiencia del perdón. La alternativa
son
unas relaciones corroídas por dentro por el cáncer de la desconfianza y
la
putrefacción de heridas no curadas. Jesús sabía que una comunidad solo
puede
funcionar bien cuando el perdón se otorga y recibe regularmente. Y así
debía
ser en la comunidad del reino.
14.6. ¿Una nueva familia?
En años recientes ha recibido mucha
atención la idea de que Jesús animaba al rechazo de las familias
naturales y
ofrecía el discipulado como una estructura casi familiar —Dios como
Padre, los
discípulos como hermanos—, acreedora prioritaria a la lealtad. Los dos
textos
clave son Lc 14,26 (paralelo en Mt 10,37) y Mc 3,20-21.31-35.
Sobre Lc 14,26 («si alguno
no odia
a su padre y a su madre...»), puede haber poca duda de que Jesús dijo
algo
semejante: el carácter escandaloso de la formulación, con el repetido miseø,
lo confirman los paralelos de Tomás; no sería extraño que Mateo
suavizara un dicho Q de sonido más bronco. A esto se añaden los datos
de los
llamados que «dejaron» sus oficios y a su padre (los hermanos
pescadores,
Leví), el carácter escandaloso de la llamada en Lc 9,57-62/Mt 8,19-22,
y las
instrucciones misionales que dejaban a los enviados dependientes de la
hospitalidad ajena. Con estos elementos podría construirse una imagen
del
discipulado como renuncia a la vida normal, especie de vagabundeo
cínico o
carismático.
Pero faltan demasiados elementos
para
que la imagen sea aceptable. 1) Jesús pasó a residir en Cafarnaún, base
de los
desplazamientos por Galilea. 2) Una misión por toda Galilea no exigía
vida
itinerante, sino viajes de uno o dos días. 3) Una vez más cabe
preguntarse si
no estamos ante un recurso retórico de Jesús: no parece que se
abstuviera de
emplear tácticas impactantes para mostrar que hacerse discípulo exigía
un
compromiso sin restricciones, máxime ante la inminencia de la crisis
escatológica.
Sobre Mc 3,20-21.31-35:
Marcos
resalta deliberadamente el contraste entre los sentados alrededor de
Jesús y su
familia, presentando a los suyos preocupados por su salud mental
(3,20-21) e
insertando ahí la discusión sobre los exorcismos (3,22.30), de modo que
el
temor de los familiares quede asociado a la acusación de los escribas.
Mateo y
Lucas atenúan el contraste omitiendo 3,20-21 y abandonando el
«emparedado»
marcano. Pero aunque Marcos coloreara la escena, lo descrito sigue
siendo
desconcertante. ¿Reniega Jesús de su familia? Si Marcos acierta, la
motivación
de ellos era pensar que sufría un trastorno mental, y en tal situación
el
implícito rechazo no indica una ruptura total: la presencia de María y
sus
hermanos junto a los discípulos en Hch 1,14 sugiere que no hubo ruptura
grave.
Mc 3,34-35 parece invitar a hablar de sustitución de la familia por los
discípulos, pero ¿no es hacer una montaña teológica de un montículo de
expresiones vivas usadas en una ocasión concreta?
Es cierto que en otro pasaje Jesús
promete a quienes han dejado familia y posesiones por seguirlo
compensaciones
que superan con mucho lo renunciado (Mc 10,29-30). Pero ¿equivale eso a
decir
que no se puede ser discípulo sin renunciar a familia y posesiones? ¿No
se
trata simplemente de animar a aquellos cuyo discipulado entrañaba tal
ruptura,
asegurándoles abundante compensación en «la nueva familia
escatológica»? Hay
que recordar muchos otros detalles: Pedro tenía suegra en Cafarnaún (Mc
1,29-31) y más tarde viajó en misión acompañado de su mujer (1 Cor
9,4-5); las
madres de Santiago y Juan y del otro Santiago están entre las testigos
de la
muerte de Jesús; Marcos y Mateo recuerdan que Jesús dio gran prioridad
al
mandamiento de honrar a los padres (Mc 7,9-13); la enseñanza marcana
sobre el
divorcio defiende la indisolubilidad del vínculo matrimonial; el
mandamiento de
honrar a los padres figura en la respuesta al joven rico; Jesús
responde a las
súplicas de padres angustiados por sus hijos; y la parábola del hijo
pródigo
presenta al hijo regresando al lado del padre y a la casa familiar. Por
poderosa que sea la imagen del discipulado como nueva familia, no debe
forzarse
hasta hacer una antítesis con la responsabilidad respecto a la familia
natural.
14.7. Comunidad abierta
Esta característica del discipulado se
ha dejado para el final no por menos importante, sino porque resume
mucho de lo
característico y distintivo de la concepción que Jesús inculcaba en sus
discípulos. Dos aspectos destacan especialmente.
a. Comidas
en común
La práctica de Jesús de comer en
compañía era una característica regular e importante de su misión.
Tenía fama
de excesos en la mesa: «un comilón y un borracho» (Mt 11,19/Lc 7,34);
no hay
que tomarlo al pie de la letra, pero cabe suponer que pasó largos ratos
a la
mesa, conversando y enseñando. En particular se le censuraba por comer
«con
recaudadores de impuestos y pecadores». Y de las críticas atribuidas a
los
fariseos, cuatro tienen que ver con cuestiones de comida: comer con
personas
inadmisibles, banquetear en vez de ayunar, arrancar espigas en sábado y
comer
con manos impuras. Lucas subraya especialmente que Jesús aceptaba
invitaciones
a comer, y da a entender que su actuación como anfitrión —bendiciendo y
partiendo el pan— había llegado a ser rasgo característico, lo que está
probablemente en la base del recuerdo de la primera multiplicación de
los panes
(Mc 6,32-44) y de la última cena (Mc 14,22-25). Que en la comunidad de
Jerusalén las comidas en común fueran característica desde el inicio
confirma la
continuidad con la práctica del propio Jesús. Y Jesús utilizó la imagen
del
banquete como metáfora de la vida en el reino venidero.
Hay que recordar el valor
religioso y
social de la comida común en el Próximo Oriente antiguo: era
ofrecimiento de
paz, confianza, hermandad y perdón. En el judaísmo, compartir mesa
significaba
comunidad ante Dios, porque al partir el pan todos participaban de la
bendición
del anfitrión. Por eso la compañía a la mesa era cuestión sensible:
comer con
otro significaba aceptarlo; no admitirlo era negar su aceptabilidad. La
mesa
funcionaba como barrera social, abierta para unos y cerrada para otros,
especialmente
entre las dos principales sectas/hermandades del tiempo de Jesús: los
fariseos
y los esenios.
La importancia de admitir o no
comensales es una de las cuestiones debatidas entre Neusner y Sanders.
Neusner
observó que muchas tradiciones prerrabínicas atribuidas a las casas de
Hillel y
Shammai se ocupaban de la pureza alimentaria; Sanders protestó por lo
que le
pareció exageración, pero la posición de Neusner tenía buen apoyo. Hay
consenso
en que los fariseos eran una secta preocupada por la pureza, sobre todo
en
cuestiones de mesa. Una cuestión no del todo decidida es si tal
preocupación
específica era propia solo de un subgrupo, los haberim
(«asociados»), o
de los fariseos en general; es difícil distinguir, y el término podría
indicar
simplemente la praxis característica farisaica.
Comoquiera que sea, la no
discriminación de Jesús al elegir comensales fue causa de disputa.
Muchos
fariseos entendían que su comportamiento debía reflejar la condición de
Israel
como pueblo elegido, y por tanto exigía separación de cuantos pudieran
comprometer
esa santidad. Jesús, en cambio, mantuvo una actitud de acogida también
en la
mesa, abierto a invitaciones de todo tipo y famoso por comer con
recaudadores y
pecadores. La santidad, para él, no era fuerza negativa y excluyente,
sino
justo lo contrario: según Mc 2,17, equiparaba ese compartir mesa con la
actividad sanadora del médico. E inducía a sus discípulos a imitar esa
práctica.
Los esenios de Qumrán eran aún más
estrictos: la comida iba precedida de purificación, comenzaba y
terminaba con
oración, se consumía en silencio reverencial, con «vestiduras
sagradas», y solo
tras riguroso noviciado el aspirante podía tocar «la comida común»;
veían su
comida diaria como anticipación del banquete escatológico en presencia
del
Mesías. Pero, en contraste con Jesús, excluían rigurosamente a los
impuros: «el
afectado de parálisis de pies o manos, o cojo, o ciego, o sordo, o
mudo, o con
una visible imperfección en la carne» (1Q28a 2,3-10), categorías que
recuerdan
a las excluidas del sacerdocio en Lv 21,17-24. Es notable que Lucas
conserve
una tradición en que Jesús destaca la importancia de invitar
precisamente «a
los pobres, los lisiados, los cojos y a los ciegos» (Lc 14,13.21): la
semejanza
terminológica con la lista qumránica sugiere que la exhortación de
Jesús
pensaba en Qumrán, o que la tradición se formuló con ese contraste
presente. En
antítesis directa al ideal qumránico, Jesús expresó deliberadamente la
visión
de que había que compartir mesa sin exclusiones.
La diferencia con otras pautas de
teología de la restauración era enorme. Fariseos y esenios, con
distintos
grados de rigidez, perseguían un ideal que exigía no solo gran pureza
personal
sino, como consecuencia, distanciamiento de los considerados impuros.
El rigor
de su práctica es admirable en su devoción. Pero Jesús se recordaba
viendo las
cosas de manera diferente: el ideal del reino que él promovía estaba
motivado
por el bien del otro en sus incapacidades; proponía una comunidad
marcada más
por el cuidado mutuo que por la Ley interpretada con rigor. Lo que para
muchos
fariseos y esenios era olvido pecaminoso de la alianza era para Jesús
expresión
de la buena noticia del reino.
b.
Ausencia de barreras
Esto pone de relieve una
característica notable. Como con su llamada inicial a «los pobres» y
los
«pecadores», con el carácter del discipulado el propio Jesús
proporcionaba la
pauta. Mientras otros intentaban proteger el estatus especial de Israel
ante Yahvé
levantando barreras cada vez más infranqueables, Jesús procuraba
derribarlas y
crear una comunidad esencialmente más abierta que cerrada. Su actitud
sobre la
compañía a la mesa lo muestra mejor que ningún otro aspecto.
Presumiblemente
muchas comidas con sus discípulos eran de carácter privado, y la última
cena no
fue una ocasión aislada; pero el escaso interés de los evangelistas
sinópticos
por presentar a Jesús usando las comidas para enseñanza reservada
indica que el
recuerdo predominante era el de la actitud abierta. A diferencia de
fariseos y
qumranitas, Jesús no levantaba valladar de pureza en torno a su mesa.
Esta inferencia se refuerza con el
«atronador silencio» de los evangelios respecto a cualquier bautismo
que
Jesús pudiera haber realizado. La práctica fue iniciada por Juan como
preparación; era rito de paso análogo al noviciado qumranita. Concluida
la
misión de Jesús, el bautismo reaparece en la comunidad pospascual como
rito de
paso indispensable. Pero, entretanto, los sinópticos no dicen
absolutamente
nada de práctica bautismal alguna por parte de Jesús. Si él o sus
discípulos
siguieron bautizando durante su coincidencia con Juan, lo abandonaron
al
emprender la misión propia en Galilea. Algunos especialistas han
argumentado
que Jesús bautizó a lo largo de toda su misión; pero el silencio total
de los
sinópticos es entonces desconcertante: en pasajes como Mc 10,21 cabría
haber
introducido alguna referencia, y los transmisores bautizados habrían
incluido
encantados varias. La única razón aducida para el bautismo cristiano es
una
orden del Señor resucitado; solo cabe concluir que Jesús mismo no
bautizó en la
parte principal de su misión.
Si es así, la pregunta «¿por qué
no
bautizó Jesús?» se vuelve acuciante. Su misión queda entre dos misiones
marcadas por la práctica del bautismo (la de Juan y la pospascual de
sus
seguidores), conectadas las tres por vínculos de influencia y
continuidad. A la
luz de su actitud hacia los compañeros de mesa, una respuesta se abre
paso:
Jesús no bautizó por la misma razón por la que no puso barreras de
pureza en
torno a la mesa. Incluso el bautismo podía tener mucho de barrera
ritual, que
excluyese a los no preparados todavía. Jesús, como Juan, llamaba al
arrepentimiento; pero el arrepentimiento que buscaba tenía su expresión
no en
el bautismo, sino en actos de amor al prójimo (Mc 10,21) y de
reparación por el
mal causado (Lc 19,8).
Esto no debe usarse para sostener
que
Jesús estaba en contra de los ritos: la tradición de la última cena
basta para
descartarlo. Y si pidió la máxima lealtad por parte de sus discípulos
(como
deduce Lc 14,26), difícilmente puede negarse el lado excluyente de esa
lealtad.
Pero un círculo de discipulado que reconocía girar en torno a Jesús se
caracterizaba por mirar hacia fuera en vez de hacia dentro.
Cualquier disputa sobre posición y jerarquía tropezaba con su decidida
oposición: el modelo de discipulado que quería no era la
jerarquía
estratificada típica de las organizaciones sociales. Y todo intento de
controlar el acceso a Jesús, o de negar reconocimiento a alguien
«porque no
viene con nosotros» (Mc 9,38-39/Lc 9,49-50), encontraba igualmente
rechazo.
Esta persistente nota de un discipulado característicamente abierto,
nunca
interesado solo por sus propios asuntos, merece más relieve del que
habitualmente se le ha dado.
14.8. Un vivir a la luz del
reino
venidero
La tradición examinada en los dos
últimos capítulos pudo dividirse, adaptarse y expandirse de muchas
maneras,
pero nos ha dicho lo suficiente para hacernos una idea de la fuerte
impresión
que Jesús dejó en sus discípulos sobre lo que esperaba de ellos. Pueden
resumirse así los rasgos principales.
1) Su mensaje del reino orientó el
discipulado decididamente con referencia a Dios como rey y como
Padre.
La vida había que vivirla venerando a Dios, temiéndolo, confiando en él
y
amándolo con todo el corazón. La generosidad de Dios —Creador y fuente
de
dones, Señor que perdona deudas impagables, Padre que responde
infaliblemente—
debía ser también pauta para los discípulos. Dar a Dios prioridad
absoluta
exigía reconsiderar toda ambición de ascenso social y acumulación de
riqueza,
disposición a soportar rechazo y sufrimiento y, en algunos casos,
ruptura con
la vida familiar. La nota escatológica, no siempre explícita, reverbera
como
cámara de resonancia. No hay base real para oponer lo «sapiencial» a lo
«escatológico» en la ética de Jesús: el Creador es también el rey, y el
reino
está siempre ahí como presupuesto necesario. Sería un juego sin sentido
contraponer el «primero» de Mt 6,33 («Buscad primero el reino de Dios»)
al
«primero» y «segundo» mandamientos del amor de Mc 12,28-31.
2) Jesús dirigió su mensaje a
Israel.
Como los profetas, instaba al pueblo a volver a su Señor, pero a volver
ahora,
en vista de la venida del reino. Los valores sociales que predicaba
eran los
recogidos antaño en la Torá y los profetas, particularmente la
preferencia de
Dios por los pobres. Pero también protestó contra los que, convencidos
de su
justicia, discriminaban a quienes interpretaban de otra forma las
exigencias de
la Torá. Característica suya era la acogida a quienes eran normalmente
evitados
como compañeros de mesa. No abrigaba esperanzas realistas de ampliar
mucho la
audiencia, pero tampoco hablaba desde una mentalidad de resto, ni
levantaba
barreras en torno a su grupo, ni volvía la espalda a Israel pese a
reiterada
frustración. Su llamada era a que sus seguidores fueran Israel,
viviendo
como Israel debía hacerlo ante Dios.
3) Nada indica que Jesús se
propusiera
renovar la comunidad local o reconstruir la rural. Su enseñanza no
equivale a
ningún proyecto completo de orden social, como podría extraerse de los
manuscritos del Mar Muerto. Las divisiones sociales y dificultades
económicas
de la época se reflejan con regularidad en la tradición: a los ricos se
les
previene de los peligros de la riqueza y se les aconseja dar de buena
gana a
los pobres, pero Jesús no es recordado proponiendo políticas económicas
reformistas. Por otro lado, tampoco se retiró de la «sociedad» ni animó
a sus
discípulos a hacerlo. Su enseñanza tampoco indica una distinción nítida
entre
moralidad pública y privada; los principios que enuncia (atención a los
pobres,
sábado, divorcio, integridad interior como motor del amor al prójimo,
efecto
asfixiante de las normas, servicio como verdadera grandeza) sirven de
vara de
medir para una y otra. En cambio son claras las advertencias contra
adoptar los
valores de una sociedad ávida de bienes materiales como norma de la
comunidad
de discípulos. ¿Permite esto calificar a Jesús de «sabio subversivo» o
«sabio
transformador»? ¿Por qué no? La denuncia profética rara vez perturba
mucho
tiempo a una sociedad demasiado cómoda; pero la protesta de Jesús
«sigue
estando sobre la mesa» para toda sociedad dispuesta a reconocer que su
tradición ha troquelado en alguna medida su carácter distintivo. Su
enseñanza
tiene una arista política que no debe ser embotada.
4) Tampoco encontraremos en su
enseñanza un sistema completo de ética. Las afirmaciones de que se
desentendió
de la Ley o la abrogó son, en el mejor de los casos, exageradas; en el
peor,
antijudías. Defendía principios no menos basados en la Torá que las
reglas a
las que se oponía. Pero sus respuestas éticas eran más instintivas que
sistemáticas, atentas al elemento humano en cada ocasión concreta. Como
su
visión del reino futuro, la escala de valores que documentó con
palabras y
acciones es episódica e ilustrativa. Sus enseñanzas no caben mejor en
la
casilla de la ética personal que en la de la ética social: trató con
las
personas como individuos, pero no como individuos aislados, sino con
responsabilidades para con otros miembros de la sociedad —el prójimo,
los
pobres, los marginados, el pecador—. Tampoco hay razón para pensar que
Jesús
previera diferentes niveles de discipulado: aunque no todos tendrían
que
abandonar familia y bienes, vivir conforme a unos principios, amar al
prójimo y
perdonar al condiscípulo no marcaba tales distinciones.
5) ¿Pretendía Jesús establecer una
iglesia?
La pregunta suena tan anacrónica que casi no merece formularse. Pero si
por
«iglesia» entendemos la «asamblea» reunida ante el Señor Dios, entonces
puede
decirse que Jesús quería que sus discípulos funcionaran así. ¿Habría
que hablar
más bien de una nueva familia —los discípulos como familia, con Dios
como Padre
y Jesús como hermano mayor—? No, si se piensa en una nueva institución
social
opuesta a las familias por sangre y a las agrupaciones ordinarias. Pero
si hablamos
de una comunidad unida por lazos de «amor fraterno», abierta a los
marginados,
caracterizada por el cuidado mutuo más que por la jerarquía, la astucia
sacerdotal y el juego de poderes, entonces el concepto no se aleja
mucho de lo
que Jesús parecía tener en la mente.
|
|
|