El
cristianismo en sus comienzos. Tomo I. Jesús recordado
Cuarta parte. La cuestión de cómo se veía Jesús a sí mismo
Capítulo 15. ¿Quién creían que era Jesús?
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
En
buena parte de la misión de Jesús hay un elemento innegablemente
generador de
controversia, incluso de escándalo: su enseñanza y su conducta. Pero no
podemos
centrarnos exclusivamente en la enseñanza y la conducta sin hacernos
preguntas
también acerca del hombre que así enseñó y vivió.
15.1. ¿Quién era Jesús?
La pregunta «¿quién era
Jesús?», aparentemente sencilla, puede sin embargo desorientar al
buscador más
que ninguna otra. En primer lugar, parte de la suposición —que ha
dificultado
gran parte de los trabajos sobre el «Jesús histórico»— de que existe
«por ahí»
un Jesús de algún modo independiente de la respuesta que él suscitó en
sus
discípulos y, sin embargo, recuperable mediante la investigación
histórica. En
segundo lugar, la pregunta enseguida se enmaraña en definiciones de
identidad y
en la confusión entre ser y hacer, entre papel y relación.
Para
abrirse paso entre tal confusión podría parecer útil replantear la
pregunta
desde la perspectiva de lo que Jesús pensaba de sí mismo. Esta
suposición
predominó durante la mayor parte de la historia del cristianismo,
aunque se ha
objetado con frecuencia que la identidad personal no depende
necesariamente de
la conciencia de esa identidad: el pobre podía ser príncipe sin
saberlo.
Cuestiones como si Jesús era consciente de su identidad divina y de su
preexistencia personal siguen siendo objeto de vivo debate.
Dentro
de la búsqueda, los liberales del siglo XIX fueron quienes mayor
interés
mostraron por tales cuestiones, ejemplificado en la idea de
Schleiermacher de
la «conciencia de Dios» en Jesús y en la preocupación por su
«conciencia
mesiánica». La reacción durante la mayor parte del siglo XX ha sido
negar la
posibilidad de acceder a la conciencia de una figura histórica. Pero el
tema
«Jesús y su conciencia de sí mismo» no se ha olvidado del todo: ha
encontrado
tratamientos refinados en Robinson y en el renovado interés por «los
propósitos
de Jesús» de Meyer. La descripción de Jesús como «vagabundo
carismático»
(Theissen), «campesino judío mediterráneo» (Crossan) o «rabí Jesús»
(Chilton)
lleva implícita la idea de su autoconciencia. Y la audaz tesis de
Wright de que
Jesús «vio su viaje a Jerusalén como símbolo y expresión del retorno de
Yahvé a
Sión» plantea la cuestión incisivamente.
Mi
tesis es que el único Jesús histórico que podemos llegar a conocer es
el Jesús
recordado. Mi énfasis en el impacto producido por Jesús no cierra
necesariamente el camino a consideraciones sobre la idea que él tenía
de sí
mismo, porque cuanto más clara la impresión producida, más claro el
causante de
la impresión. Aun en el caso de que sólo unos pocos dichos de Jesús
hayan sido
transmitidos tal como fueron oídos originalmente, no deja de haber
algunos que
bien pueden ser considerados una autoafirmación o expresión del modo en
que
Jesús se entendía a sí mismo y que no ha dejado de resonar en ellos
tras las
sucesivas transmisiones.
15.2. Mesías de
condición real
Expectativa
judía
Las
raíces de la expectativa de un Mesías de condición real están claras: a
David
le había sido prometido un hijo que aseguraría su reino y su trono para
siempre
(2 Sm 7,12-13.16). Esta promesa fue entendida como anuncio de un
vástago del
tronco de Jesé (Is 11,1-2), una «rama» real (Jr 23,5; 33,15), un
«príncipe»
davídico (Ez 34,24; 37,25). La esperanza decayó tras la desaparición
del linaje
davídico, pero renació frente a la llegada al poder de los Asmoneos. Su
expresión más notable está en SalSl 17,21-24, donde se pide a
Dios que
suscite «un rey, el hijo de David, que reine en Israel»; la figura es
luego
llamada «el Mesías Señor» (17,32).
En
los manuscritos del Mar Muerto las antiguas esperanzas reviven con
fuerza: la
«rama de David» y el «príncipe» davídico reaparecen en diversos textos;
en
Qumrán se esperan dos figuras mesiánicas, los Mesías de Aarón e Israel
—es
decir, un Mesías sacerdotal y otro real—. Los salmos mesiánicos reales
(Sal 2,
72 y 89) ocupan posiciones estructurales clave en el salterio, y Shemoné
Esré 14 ruega por «el reinado de la casa de David». La idea común
es que el
Mesías sería un príncipe poderoso, belicoso para acabar con los
enemigos de
Israel: «Los quebrantarás con vara de hierro» (Sal 2,9). Josefo refiere
que la
insurgencia del 62 d. C. fue provocada por un oráculo según el cual uno
de su
nación se convertiría en rey del mundo, y Bar Kojba fue visto como
mesianico en
la segunda rebelión.
Hay
que añadir los datos reunidos por Horsley sobre varios aspirantes a la
realeza
a la muerte de Herodes el Grande y en la primera rebelión: aunque no
aparezca
el término Mesías, los episodios indican que la idea seguía
atrayendo a
la población. Yendo más allá que Collins, puede afirmarse que la
esperanza en
un Mesías de linaje real estaba extendida también entre las masas
iletradas. No
sólo era una entre diversas expresiones de la esperanza, sino la más
destacada
y extendida de todas.
Jesús
el revolucionario
En
un extremo del espectro de posturas hay eruditos convencidos de que
Jesús
intentaba dirigir una revolución contra el dominio de Roma. Iniciada
con
Reimarus, esta tesis ha sido ofrecida en varios momentos durante los
últimos
doscientos años. Particularmente en la década de los sesenta, la
descripción de
un Jesús casi equivalente al moderno «luchador por la libertad» ejerció
gran
influencia en la teología de la liberación. El desarrollo más docto ha
sido el
de S. G. F. Brandon.
Su
argumento básico es que los evangelios enmascaran la figura de Jesús:
los
relatos fueron suavizados, suprimiendo las referencias a intentos de
fomentar
la revolución, pero el encubrimiento no se logró del todo. Sus datos
esenciales
son: entre los discípulos figuraba Simón el Zelota, comprometido con la
resistencia violenta; la entrada en Jerusalén constituyó «virtualmente
una
proclamación de la rebelión»; la «purificación del templo» fue intento
de
tomarlo por la fuerza, un coup d’État mesiánico probablemente
conectado
con Barrabás (Mc 15,7); en el pago del tributo Jesús expresó su
oposición
sosteniendo que la Tierra Santa pertenecía a Dios, no al césar (de ahí
Lc
23,2); Lc 22,36-38 indica que Jesús instó a adquirir armas y hubo
resistencia
armada en su arresto (Mc 14,47); y Jesús fue crucificado como
pretendido rey
mesiánico y acusado de subversión y amotinamiento.
La
tesis ha obtenido escaso apoyo. Es sumamente improbable que el
sobrenombre
«Zelota» aplicado a Simón tuviera en tiempos de Jesús las connotaciones
de
«luchador por la libertad»: la connotación era la de quien ponía celo
en algo,
no propugnar la violencia revolucionaria. Y si Jesús enseñó realmente
el amor a
los enemigos (§ 14.5b), esa sola inclusión deja tambaleante toda tesis
de
solución militar. Desde una perspectiva más general, ya hemos visto lo
tranquila que estaba Palestina, con destacamentos romanos en Judea más
para
labores policiales que de opresión militar; aparte de las convulsiones
tras la
muerte de Herodes el Grande y de la primera rebelión, las noticias
hablan de
disturbios menores y operaciones de control de masas. Aun así, los
datos enumerados
por Brandon plantean preguntas que apuntan a la posibilidad de que
consideraciones políticas hubiesen condicionado el movimiento de Jesús
en
Galilea: sería un error centrarnos demasiado en la condición de Mesías
de
condición real, como si sólo ese papel tuviera connotaciones políticas.
La
mesianidad de Jesús como afirmación pospascual
Otros
especialistas están convencidos de que la cuestión de la mesianidad
real no
surgió durante la misión de Jesús: se le aplicó por primera vez el
título de
Mesías después de la Pascua (Hch 2,36; 13,33). La mesianidad fue leída
retrospectivamente en la vida de Jesús; siempre que aparece en los
evangelios,
según esta lectura, el tema es redaccional. No hay conocimiento de un
enfoque
así hasta la tesis de Wrede sobre «el secreto mesiánico» (comienzos del
s. XX).
Antes, la suposición universal era que la mesianidad había sido un
rasgo
central de la misión de Jesús, tanto por su propia conciencia como por
ser la
razón de su muerte. Fue el argumento de Wrede de que el secreto
mesiánico era
motivo marcano —no histórico— lo que abrió los ojos a la generación
siguiente
sobre la realidad de la redacción y alejó el péndulo del juicio crítico
respecto a la antigua visión de Marcos como fuente más antigua y fiable.
El
argumento esencial de Wrede es que las repetidas órdenes de Jesús a
endemoniados y enfermos curados de que guardaran silencio son
históricamente
incomprensibles —la fama de Jesús ya se había extendido—; sólo como
concepto
teológico unificado resultan inteligibles. El secreto consiste en que
Jesús es
un ser sobrenatural, el Hijo de Dios; de ahí que sólo sea revelado por
seres
espirituales (demonios) y por palabras del cielo (bautismo y
transfiguración).
La creencia de que él era ese ser tiene origen posresurreccional. La
idea de la
mesianidad surgió por primera vez en la comunidad primitiva, no en vida
de
Jesús; si Jesús se hubiera proclamado Mesías, no habría habido secreto
mesiánico. La clave se ofrece en Mc 9,9: no debía conocerse más
ampliamente la
filiación mesiánica de Jesús hasta después de su resurrección. Esta
conclusión
se convirtió pronto en logro establecido de la investigación crítica,
particularmente en Alemania: hoy «el Jesús no mesiánico se ha
convertido
prácticamente en un dogma para muchos» (Hengel).
Sin
embargo, tres cuestiones empiezan a minar la posición de Wrede.
Primera: el
«secreto» no es un tema único y coherente, como ha mostrado Räisänen.
Segunda:
las tensiones dentro del material marcano sugieren más bien un respeto
por la
tradición utilizada; estamos quizá ante las tensiones de la vida real y
no ante
«fallos» editoriales. Tercera, y decisiva: la fe en que Jesús había
resucitado
no bastaba para originar la creencia de que era el Mesías; «exaltación
no
implica mesianidad» (Hengel). La única razón obvia por la que el Jesús
resucitado fue considerado Mesías es que la resurrección se veía como confirmación
de una afirmación hecha antes de su muerte. Si la mesianidad se había
considerado en vida de Jesús, la tesis central de Wrede se resquebraja.
Lo que
necesitamos es plantearnos de nuevo la cuestión histórica: ¿fue
abordada la
mesianidad durante la misión de Jesús y, en caso afirmativo, cómo
reaccionó él?
15.3. Asunto
constante durante la misión de Jesús
Es
posible a priori que alguien que pronunció palabras memorables
sobre el
reino de Dios, reunió discípulos en torno a sí y causó una especie de
conmoción
suscitase en muchas personas la pregunta equivalente a la moderna
«¿quién cree
él que es?». Ya debe quedar claro que «Mesías de condición real» fue
una
posible respuesta merecedora de examen. Si Simón, esclavo de Herodes, y
el
pastor Atrongeo pudieron aspirar a la realeza (Josefo, Ant.
17.273-74,
278), cabe suponer que un humilde origen no habría eliminado a Jesús
como
potencial candidato. Bien podía tener conocimiento de ser, como indican
nuestras fuentes, descendiente de David; al menos no hay indicio de que
esto
fuera puesto en discusión. Y no hay que descartar del todo las noticias
de que
el Bautista era considerado un posible candidato a la mesianidad.
De
hecho, hay varios incidentes relativos a Jesús que considerados
globalmente son
de una historicidad difícil de negar y en los que la cuestión de la
mesianidad
—o la pretensión político-religiosa equivalente— ocupa un lugar
central. Vamos
a empezar por el momento culminante de la «carrera» de Jesús: su
proceso y
condena. Lo tomamos como punto inicial por ser de historicidad casi
indiscutible y proseguiremos hacia atrás en nuestro examen.
Proceso
y condena de Jesús (Mc 15,1-39 parr.)
Jesús
fue ejecutado como pretendiente mesiánico a la realeza. 1) Fue
condenado por
haber dicho ser «el rey de los judíos», título que coinciden en
mencionar los
cuatro evangelios; nunca fue un título cristiano, por lo que su
presencia sólo
se explica como cargo por el que fue ejecutado. 2) Murió crucificado,
ejecutado
por orden de Pilato; ésta era la manera en que Roma trataba a los
rebeldes. 3)
De ahí se sigue que hubo algún tipo de audiencia ante Pilato, motivada
por la
acusación de ser «rey de los judíos».
Yendo
hacia atrás, no debemos entrar en el viejo debate sobre si Mc 14,55-64
describe
un juicio formal del sanedrín; el relato refiere una audiencia ante un
consejo ad
hoc reunido por Caifás. Que Jesús fue «entregado» a las autoridades
romanas
tras esa comparecencia está bien arraigado en la tradición. La
acusación
principal, según el relato, era que Jesús había amenazado con destruir
el
templo (Mc 14,58); este recuerdo es notablemente sólido, pues Jesús
anuncia en
otros pasajes la destrucción del templo, los pasaderos hostiles se
hacen eco de
ello (Mc 15,29), reaparece contra Esteban (Hch 6,14), y tanto Juan como
Tomás
recogen esas palabras como del propio Jesús.
Otto
Betz percibió hace décadas un vínculo decisivo entre acusación y
pregunta del
sumo sacerdote («¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?», Mc
14,60-61). La
promesa de Natán (2 Sm 7,12-14) era triple: hijo de David, constructor
del
templo e Hijo de Dios; y 4Q174 interpretaba el texto en clave
mesiánica. Si en
tiempos de Jesús la lectura mesiánica de la profecía estaba «en el
ambiente»,
la pregunta de Caifás queda justificada: «Se te acusa de haber
prometido
construir el templo. ¿Consideras, pues, que se cumple en ti la profecía
de
Natán? ¿Eres tú el Mesías real, el Hijo de Dios?». La profecía de Natán
y su
interpretación en Qumrán proporcionan el nexo perdido entre acusación y
pregunta.
Es,
pues, muy grande la probabilidad —tan grande como para no poder ser
soslayada—
de que surgiera la cuestión de la mesianidad en la comparecencia de
Jesús ante
Caifás y de que el resultado del juicio tuviera que ver con esa
cuestión.
Además, dado que «Mesías real» se traducía fácilmente como «rey de los
judíos»,
la deducción obvia es que Jesús fue entregado a la jurisdicción de
Pilato bajo
la acusación de presentarse como sucesor real de David, en el pleno
conocimiento de que nadie que dijara ser rey podía obtener clemencia
del
prefecto. El asunto de la mesianidad fue, pues, el factor legal
decisivo —o
quizá la excusa— en la ejecución de Jesús.
La
cuestión del hijo de David
Mc
12,35-37a, donde Jesús se pregunta cómo puede el Mesías ser hijo de
David si
David mismo lo llama Señor (Sal 110,1), es uno de los pasajes
sinópticos más
difíciles de evaluar. Aun así, su manifiesta relevancia no permite
pasarlo por
alto: la cuestión está, pues, en el aire durante la misión.
El
pago de tributo al césar (Mc 12,13-17 parr.)
Pocas
dudas hay sobre la autenticidad del episodio. EvTom 100 y Pap.
Eg.
2 atestiguan variaciones orales. El diálogo no es abiertamente
mesiánico, pero
tiene manifiesta significación política: ¿por qué se formularía tal
pregunta a
Jesús, sino porque se consideraba importante su opinión, o porque su
respuesta
podía proporcionar la oportunidad de presentarlo como amenaza política?
Las
tensiones mesiánicas se esconden bajo la superficie.
La
«purificación del templo» (Mc 11,15-17 parr.)
Casi
todos los especialistas están convencidos de que Jesús realizó
realmente una
acción simbólica en el templo, volcando mesas de cambistas y puestos de
vendedores de palomas. Su acción difícilmente podía ser entendida por
las
autoridades de otro modo que como crítica del templo.
Independientemente de si
pronunció en aquella ocasión las palabras sobre la destrucción, el
episodio
parece haber proporcionado la excusa necesaria para su arresto. La
esencial
ambigüedad de la escena hace que su significado mesiánico esté más en
el ojo
del espectador que en la intención de Jesús, pero cualquier disturbio
en lugar
tan sensible podía traer a la mente la cuestión del Mesías. La idea de
que el
templo necesitaba purificación para cumplir su función escatológica
estaba
presente en varias corrientes de la esperanza judía. Entre las
reverberaciones
provocadas estaba, pues, la pregunta: «¿Será éste el Mesías davídico?».
La
entrada en Jerusalén (Mc 11,1-11 parr.)
El
episodio en que Jesús entra en Jerusalén montado en un pollino culmina
en
aclamaciones populares. Varios indicios sugieren raíces en recuerdos de
los
discípulos: la multiplicidad de datos toponímicos (Betfagé, Betania,
monte de
los Olivos); la transmisión oral perceptible en la aclamación («Bendito
el que
viene en nombre del Señor»); el «Hosanna» firmemente anclado en la
tradición
pero no en el resto del NT; y la sorprendente sobriedad del relato de
Marcos.
Casi todas las implicaciones mesiánicas explícitas se encuentran en las
reformulaciones de los evangelistas posteriores. Aun así, el elemento
constante
es la entrada de Jesús en Jerusalén a lomos de un burro: como los
peregrinos
entraban normalmente a pie, debió de ser entendida como gesto de cierta
significación,
una parábola representada para quienes tuvieran «oídos para oír». Que
algunos
percibieran en ello ecos de Zac 9,9 tendría poco de sorprendente.
La
curación del ciego (Mc 10,46-52 parr.)
El
elemento esencial es que el mendigo ciego —Bartimeo según Marcos— se
dirige
repetidamente a Jesús llamándolo «Hijo de David». Varios detalles
indican
antigüedad: la localización en Jericó, el nombre arameo Bartimeo (más
probablemente omitido que añadido), el uso de «Hijo de David» (poco
característico de los relatos de milagros) y el arameo rabbuni,
que sólo
aparece aquí y en Jn 20,16. La tradición muy temprana recordaba, pues,
una
ocasión en que Jesús fue tratado de «Hijo de David»: su fama había
suscitado
especulación popular sobre su mesianidad, y un mendigo atrevido le dio
voz.
La
confesión de Pedro (Mc 8,27-30 parr.)
El
pasaje, fundamental en el evangelio marcano, es considerado a menudo
producto
de la teología cristiana primitiva. Sin embargo, hay varios indicios de
un
recuerdo arraigado: la mención inusual del lugar de la enseñanza y de
que ésta
fue «por el camino»; el paralelo independiente en Juan (Jn 6,69); la
lógica
histórica —si la cuestión de la mesianidad surgió al final de la
misión, sus
discípulos más cercanos estuvieron entre los primeros en preguntarle—;
y, sobre
todo, la firme conexión con el episodio en que Jesús llama «Satanás» a
Pedro,
calificativo difícil de imaginar inventado en una etapa posterior. Es
muy
probable, en suma, que Mc 8,27-30 recuerde un episodio real en que se
abordó la
cuestión de la mesianidad.
La
primera multiplicación de los panes (Mc 6,32-44
parr.)
Si
realmente tuvo lugar una gran comida en común en la margen oriental del
mar de
Galilea, en un paraje desolado, estaría llena de connotaciones
mesiánicas: el
milagro del maná, la esperanza profética de una estepa tornada vergel,
el otro
David que apacentaría a Israel (Ez 34,23) o las comidas mesiánicas
esperadas en
Qumrán (1QSa). Sobremanera notable es el final en Juan (6,15): la
multitud
quiere «tomar a Jesús por la fuerza para hacerlo rey», y él abandona la
escena.
Esto se corresponde con un dato curioso de Marcos: Jesús «obligó (ænankasen)
a sus discípulos a subirse a la barca y a ir por delante a la otra
orilla»
(6,45). La convergencia entre dos tradiciones independientes sugiere
una
respuesta obvia: parte de la multitud percibió significación mesiánica
en la
comida, los discípulos quedaron atrapados en una oleada de entusiasmo y
Jesús
forzó la separación. Marcos refiere además que Jesús se retiró al monte
a orar
(6,46), señal —en uno de los únicos tres episodios de este tipo— de un
momento
crítico.
Hemos
identificado varios incidentes que, en lo relativo a la formación de
tradición,
están firmemente basados en antiguos recuerdos y que suscitan la
pregunta de si
se veía en Jesús el esperado Mesías. La pregunta formulada por Pilato
debió de
estar en los labios de muchos durante la misión. Uno de los pilares
centrales
de la tesis de Wrede es, pues, poco sólido.
15.4. Un papel
rehusado
Si
la cuestión de la mesianidad surgió en la segunda mitad de la misión,
difícil
habría sido que Jesús no tuviera conocimiento de ello, y entonces debió
de
afrontarla. ¿Compartía esa especulación? ¿Se consideraba el Mesías, el
hijo de
David? Los mismos episodios ofrecen una respuesta significativa.
La
primera multiplicación de los panes
El
episodio facilita dos percepciones. Primera: había en Galilea creencia
popular
en un Mesías de condición real, que con sus hazañas recordaría los
grandes
acontecimientos de la primera liberación; muchos veían en Jesús al
Mesías, al
menos en potencia. Segunda y más interesante: Jesús se negó a que le
fuera
atribuido ese papel. Tal reacción supone que lo consideraba conducente
a una
visión errónea de su misión. Como hombre consciente, habría reconocido
el
carácter inflamable y voluble de las multitudes galileas. La lección
aprendida
aquí podría explicar la reticencia de Jesús en otras situaciones.
La
confesión de Pedro
La
atención se centra en la enigmática orden de guardar silencio (Mc
8,30). La
tradición no indica que Jesús rechazara lo declarado por Pedro, pero
tampoco
que lo aceptara: la orden funciona en Marcos como parte del tema del
secreto,
pero una lectura histórica es plenamente verosímil. La confesión de
Pedro
presenta a Jesús como Mesías real conforme a la idea popular de un
guerrero
poderoso; Pedro concebía el papel mesiánico como la multitud de la
multiplicación y como los hijos de Zebedeo cuando pidieron sentarse a
derecha e
izquierda (Mc 10,35-37). Si Jesús no compartía ese concepto, su
alternativa era
desengañarlos e indicar un modelo más próximo al que él se atribuía.
Esto
trasparece en Marcos, seguido inmediatamente de la enseñanza punzante
sobre
rechazo y sufrimiento (8,31). La orden de guardar silencio funcionaría
más como
aviso de una concepción mesiánica errónea que como exigencia de secreto.
La
curación del ciego
Lo
más notable es que el título «Hijo de David» queda sin utilización.
Jesús
responde a la persistencia del mendigo, pero no rechaza ni acepta el
título. El
relato está presentado desde la perspectiva del beneficiario; la
curación es lo
más importante. El episodio no es cristológico y nos dice poco sobre la
actitud
de Jesús con respecto al título.
La
entrada en Jerusalén
Tres
observaciones. 1) Marcos evita cuidadosamente presentarlo como abierta
afirmación mesiánica: no cita Zacarías, la aclamación parece proceder
más de
los discípulos que de la multitud, y los gritos no llegan a ser un
pleno
reconocimiento. 2) Aunque se evoca la imagen del rey de Sión (Zac 9,9),
el
pollino corresponde a la imagen de humildad del rey triunfante. 3) Las
autoridades no intentaron arrestarlo, y en el proceso no aparece
referencia
alguna a esta entrada. Para los expertos en captar connotaciones
políticas no
había nada particular que informar, salvo la ruidosa procesión de un
grupo de
peregrinos. Para los que esperaban el reino, sin embargo, el
acontecimiento
tenía un claro significado escatológico.
La
purificación del templo
Apunta
en dirección similar. Podemos descartar un golpe militar. Queda una
protesta
profética que reconocía la centralidad del templo, pero expresaba
aspiraciones
a que cumpliera su función escatológica. La falta de referencia al
episodio en
el proceso indica que no era considerado de particular gravedad. Jesús
actuó a
la luz de las expectativas escatológicas para el templo y posiblemente
como
actor consciente del propio papel en el drama escatológico.
El
tributo al césar
La
respuesta sobre el tributo siempre se ha visto como clásico ejemplo de
ambigüedad diplomática. La deducción más natural, dado que se hizo
referencia a
un denario con la efigie de Tiberio, es que Jesús reconoció el derecho
del
emperador a imponer tributo. El escaso relieve de la acusación de
prohibirlo en
el proceso (Lc 23,2) sugiere que ningún alegato de peso pudo
construirse al
respecto. El dicho atestigua, en todo caso, que Jesús no carecía de
astucia
política.
El
proceso de Jesús
Las
preguntas de Caifás y Pilato son lo importante. Particular interés
reviste la
ambigüedad de las respuestas en todas las versiones, salvo en una: «Tú
dices (su
eipas, su legeis)». Aun cuando concluyamos que en el texto original
de
Marcos aparecía «Yo soy (egø eimi)», es más probable que Marcos
hubiera
modificado un ambiguo «Tú dices», luego restaurado por Mateo. La
respuesta dada
a Caifás y a Pilato era probablemente la misma: «Tú lo dices». Al
menos, Jesús
no quería aceptar el título de Mesías/rey, o más precisamente, no
quería
aceptar el papel que el título sugería al interrogador. Aparte de Mc
14,62, Mesías
era un término que Jesús prefería no utilizar para su propio
papel.
¿Era
Jesús recordado diciendo ser el Mesías real? Es casi imposible no
concluir que
la cuestión surgió en las últimas etapas de su misión y que él era
recordado
reaccionando frente a ella. ¿Pretendió ser tal Mesías? La respuesta es
un «no»
con reservas. Es «no» porque no hay recuerdo de que Jesús utilizara
jamás el
título ni de que aceptara que otros se lo aplicasen (Mc 14,62 es la
única
excepción); también porque Jesús ignoró, desdeñó o rechazó la idea
dominante de
que el Mesías sería un rey con poder militar. La reserva es necesaria
porque la
rapidez con que los primeros cristianos adoptaron el título sugiere que
en las
expectativas de Israel había una corriente de «potencial mesiánico»:
los
discípulos habían vaciado el título de su contenido tradicional para
llenarlo
con uno nuevo, proporcionado por la Ley, los Profetas y los Salmos (Lc
24,25-27.44-46).
15.5. Mesías
sacerdotal
Para
una visión completa hay que mencionar otra corriente de expectativa
judía: el
sacerdote ungido. La expectativa suele retrotraerse a Zac 4, con sus
dos
ungidos —Zorobabel (real) y Josué (sumo sacerdote)—; está perceptible
en Testamentos
de los Doce Patriarcas (Leví es superior a Judá) y en los
manuscritos de
Qumrán (el Mesías de Aarón tiene primacía sobre el Mesías de Israel).
Lo
más interesante es que esta expectativa nunca fue vista como opción
para Jesús,
supuestamente porque era conocido que no descendía de Leví. Cuando el
autor de
Hebreos aprovecha la oportunidad de presentarlo como sumo sacerdote,
debe
desarrollar el argumento inaudito del sacerdocio según el orden de
Melquisedec
(Heb 4,14-5,10; 7). Esto sugiere dos cosas: 1) había suficiente
conocimiento
sobre el origen de Jesús como para que fuera obvio a todos que no
pertenecía a
linaje sacerdotal; 2) ni discípulos ni otros se sintieron libres de
crear
hechos relativos a su linaje para que encajara mejor en algún papel.
Por
contraste, el conocimiento relativo a su adecuación para otros papeles
estaba
también bien fundado.
15.6. Profeta
Con
mucho, la posibilidad más interesante era que Jesús fuera considerado
un
profeta, papel cuya venida era más esperada que la de un sacerdote
ungido.
La
expectativa judía
Tres
figuras proféticas entraban en la expectativa judía. 1) El regreso
de Elías
suscitó considerable especulación a partir de Mal 4,5-6: «He aquí que
os
enviaré al profeta Elías antes de que venga el día grande y terrible
del Señor.
Él volverá el corazón de los padres a sus hijos…». Esto se refleja en
Eclo
48,9-10 y es aludido en los manuscritos del Mar Muerto; subyace a
varias
formulaciones de los evangelios y a las opiniones expresadas en Mc 6,15
y 8,28
sobre quién podía ser Jesús. Uno de los rasgos más interesantes es la
asociación de Elías con Henoc, puesto que ninguno de los dos murió. 2)
Una base
obvia para especular sobre un profeta como Moisés era Dt
18,15.18: «El
Señor tu Dios suscitará en medio de ti un profeta como yo».
Sorprendentemente,
esta profecía parece haber tenido poca influencia en las expectaciones
judías
de la época de Jesús, aunque aparece en una colección de testimonios de
Qumrán
y fue aplicada a Jesús en el cristianismo primitivo (Hch 3,22-23;
7,37). Más
adelante examinaremos su posible eco en el relato de la transfiguración.
3)
También parece haber habido una expectativa menos definible y en parte
coincidente, relativa a una figura de nombre desconocido, un profeta
o,
mejor, el profeta escatológico. Se le suele asociar con Is
61,1-3: «El
Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido para
predicar
buenas noticias a los afligidos». La alusión a este pasaje y a Is 52,7
en dos
de los más interesantes manuscritos de Qumrán indica la atracción del
«predicador de buenas noticias». Es conocido también que en 1QS 9,11 se
espera
la venida del «profeta», así como de los Mesías de Aarón e Israel.
Particular
interés revisten las opciones enumeradas en Mc 6,15 y 8,28: Juan el
Bautista,
Elías, «un profeta como uno de los profetas», «uno de los profetas
antiguos,
resucitado» (Lc 9,8.19) y «Jeremías» (Mt 16,14). Y el evangelio de Juan
refiere
especulaciones sobre «el profeta». La separación es analítica: nada
indica que
las varias esperanzas fueran distinguidas en las expectativas de la
época. Por
el contrario, las diferentes ideas se entrelazaban; la variedad
recuerda lo
poco precisas que eran realmente las expectativas escatológicas
respecto a uno
o más ungidos.
Una
opción discutida en relación con Jesús
Cabe
poca duda de que Jesús fue visto como profeta. 1) Mc 6,15 y 8,28
testimonian
rumores en Palestina de que era Juan el Bautista, Elías o un profeta.
2) Hay
testimonios evangélicos —especialmente en Juan— de que se debatía si
era el
profeta esperado; sus milagros se asemejaban a los de Elías y Eliseo, y
fue
escarnecido como falso profeta (Mc 14,65). 3) También el Bautista era
visto
como profeta; si esto se pensaba de Juan, la misma especulación debía
existir
respecto a Jesús. 4) Josefo habla de varios «profetas de señales»
—Teudas, «el
Egipcio»— que prometían hazañas milagrosas; la categoría de profeta
tenía
cierto peso en tiempos de Jesús.
Hay
una tradición bien arraigada de que a Jesús se le pidió una «señal». El
núcleo
en sus varias formas está formado por la crítica de Jesús a la
«generación» que
«busca una señal» y la rotunda afirmación de que «no se le dará...
señal».
Posiblemente Jesús aludió a Jonás —cuya predicación llevó a los
ninivitas al
arrepentimiento (Mt 12,41/Lc 11,32)—; la versión de Mt 12,40 (los tres
días en
el sepulcro) debe considerarse explicación retrospectiva. La tradición
conserva
un nítido recuerdo: se pidió a Jesús una señal, él no aceptó la
implicación de
ser un profeta de señales, y se refirió de manera enigmática a Jonás.
¿Cómo
se veía el propio Jesús?
Los
datos son incompletos, pero llevan a una respuesta más positiva que en
el caso
del Mesías real. El proverbio «sólo en su tierra carece de prestigio un
profeta» (Mc 6,4 y paralelos en Mt, Lc, Jn, EvTom, Pap. Oxy.)
tiene un carácter proverbial bien arraigado en la tradición. Jesús veía
las
respuestas negativas como en línea con la tradición de los profetas
rechazados;
se habla de «un profeta», no «el profeta». Que los creyentes
pospascuales hayan
conservado esta estimación más humilde es significativo.
Pesa
también Lc 13,31-33, sin paralelos: el aviso de los fariseos, el
calificativo
de «zorro» aplicado a Herodes y la nota dogmática (dei) reflejan
la
conciencia de Jesús de la exigencia divina que determinaba su camino;
también
aquí Jesús se percibe sólo como «un profeta» en la línea de los
rechazados.
Más
notables son los indicios de que Jesús se sirvió de Is 61,1-3 para
configurar
su misión: probablemente remitió a los discípulos de Juan a este pasaje
(Mt
11,5/Lc 7,22) y ideó dos o tres bienaventuranzas teniéndolo en mente.
Como
Qumrán, Jesús encontró inspiración para su misión en Isaías. La
existencia en
Jesús de un sentimiento de encomienda profética se desprende también de
expresiones como «he venido» (Mc 2,17; Mt 10,34) y «he sido enviado/al
que me
envió» (Mc 9,37/Lc 9,48; Lc 10,16), propias del shaliaj de
Dios.
Finalmente, Jesús pudo haber configurado su misión atendiendo a
prioridades
proféticas clásicas —defensa de los pobres y pecadores— y a «acciones
proféticas»: la elección de los Doce, las comidas con recaudadores, las
curaciones, la entrada en Jerusalén, la acción en el templo y la última
cena.
¿Más
que un profeta?
Hay
base para suponer que Jesús pudo entender que su papel trascendía el de
profeta. 1) El uso de Is 61,1-3 puede implicar conciencia de ser no un
profeta
más, sino el profeta escatológico. 2) En la parábola de los viñadores
perversos
(Mc 12,1-9), la víctima final no es el administrador-jefe sino el
propio hijo
del propietario, salto significativo de categoría. 3) Dodd observó que
«he
venido» trasciende «he sido enviado», como «os digo» trasciende «así
dice el
Señor». 4) Hay sentimiento de novedad escatológica: estaba sucediendo
«algo más
grande que el profeta Jonás», y Jesús se consideraba parte de la
novedad que
proclamaba (Mt 11,6/Lc 7,23). 5) La transfiguración (Mc 9,2-10): los
acompañantes son profetas, se oye «escuchadle» (eco de Dt 18,15: el
profeta
como Moisés), y Jesús experimenta una transformación mayor que las de
Moisés y
Elías.
Parece
poco dudoso que muchos consideraran a Jesús un profeta, que él mismo se
veía en
la tradición profética, y que probablemente atribuía a su misión un
significado
escatológico que trascendía las antiguas categorías proféticas.
15.7. «Autor de
hechos extraordinarios»
¿Dónde
encajan las tradiciones de milagros? Antes de la Ilustración
constituían prueba
sustancial de que Jesús venía de Dios; desde entonces su «valor de
mercado» ha
estado por los suelos. Pero son aspecto demasiado importante de la
tradición
como para pasarlos por alto. Procuraremos evitar la categoría
problemática de
«milagro» y emplear denominaciones más neutras como «acontecimientos
notables»,
«hechos de poder» (dynameis) o «autor de hechos extraordinarios»
(la
descripción de Jesús por Josefo, Ant. 18.63).
La
expectativa judía
Existen
pocos indicios de que se esperasen hechos de poder por parte del Mesías
real o
sacerdotal. Pero David y Salomón tenían fama de exorcistas: David por
su música
ante Saúl, atestiguada en Pseudo-Filón y 11Q5; Salomón por su
conocimiento de
plantas (1 Re 4,33), del que el libro de la Sabiduría deduce
conocimiento de
los espíritus, y Josefo describe sus exorcismos. El Testamento de
Salomón
desarrolla estas leyendas, ya crecidas en tiempos de Jesús. Que el
«hijo de
David» escatológico tuviera poder sobre los malos espíritus no habría
sorprendido. También se hizo hincapié en el poder taumatúrgico del profeta
esperado: la historia celebraba dos períodos prodigiosos
(desierto/conquista y
Elías/Eliseo). 4Q521 esperaba un ungido que daría vista a los ciegos y
resucitaría a los muertos. Las curaciones se atribuían también a dioses
(Asclepio) y estaba extendida la creencia en hechizos y exorcismos: la
novia de
Tobías (Tob 6-8), Abrahán al faraón (1QapGn), Eleazar ante Vespasiano
(Josefo, Ant.
8.46-48). Poco habría tenido de sorprendente que los exorcismos no
figurasen en
la «lista de control» con la que Galilea y Judea evaluaban a Jesús.
La
fama de Jesús
Entre
toda la antigua gama de opiniones acerca de Jesús destaca especialmente
su fama
como exorcista y sanador. No hay exageración en afirmar que éste es uno
de los
hechos históricos más ampliamente atestiguados y mejor establecidos.
Las
razones son varias: está presente en todos los estratos de la tradición
evangélica (Marcos, Q, material propio de Mateo, propio de Lucas,
Juan);
aparece en testimonios externos como el de Josefo, que describe a Jesús
como
«autor de hechos extraordinarios»; y queda confirmado por las
acusaciones de
brujería de sus primeros oponentes, pues nadie acusa de brujería a
quien no
realiza hechos llamativos. Las polémicas posteriores en los rabinos
también
testimonian indirectamente esa fama.
Jesús
el exorcista
Dos
relatos de exorcismos son particularmente interesantes: el poseso de la
sinagoga de Cafarnaún (Mc 1,23-28) y el geraseno endemoniado (Mc
5,1-20). En el
primero, el espíritu impuro grita: «¿Qué tienes que ver con nosotros,
Jesús de
Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Yo sé quién eres: el Santo de
Dios». Jesús
lo increpa: «¡Cállate y sal de él!»; el espíritu, dando un fuerte
alarido,
sale. En el segundo, el endemoniado «vivía entre los sepulcros», nadie
podía
sujetarlo ni siquiera con cadenas; cuando ve a Jesús de lejos corre a
postrarse
y dice: «¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te
conjuro
por Dios que no me atormentes». Jesús pregunta el nombre, recibe la
respuesta
«Legión», y permite a los demonios entrar en una piara de cerdos que se
arroja
al mar.
Son
bastante claros los indicios de transmisión oral, pero la mayor parte
de los
elementos principales puede atribuirse sin problemas a testigos
oculares. 1) La
mención del lugar (Cafarnaún, Gerasa) sugiere recuerdos: no hay buena
razón
para localizar el segundo exorcismo en Gerasa salvo que un recuerdo
formara
parte de la tradición desde el principio. 2) El duelo verbal era típico
del
género: «¿Qué tienes que ver con nosotros/conmigo?» es un giro
semítico. 3) El
éxito del exorcista dependía de la autoridad invocada y de conocer el
nombre
del demonio (5,9); el endemoniado intenta dominar a Jesús invocando el
poder de
Dios. 4) Títulos como «el Santo de Dios» (1,24) e «Hijo del Dios
Altísimo»
(5,7) son poco comunes en la cristología posterior; difícilmente pueden
atribuirse a fe cristiana ulterior. 5) La conminación a guardar
silencio
funciona no tanto como expresión de un «secreto mesiánico» cuanto como
parte
del duelo verbal: silenciar al demonio es preliminar necesario del
éxito. 6)
Las órdenes «sal de él», «yo te lo mando», «no vuelvas a entrar en él»
son
habituales en otras fórmulas de exorcismo. Hay que suponer que los
seguidores
presenciaban estos episodios y los convertían en relatos orales; de
otro modo
serían difíciles de explicar el arraigo y el alcance de su fama como
exorcista.
Jesús
el sanador
Marcos
proporciona un buen repertorio de la variedad de curaciones atribuidas
a Jesús
durante su misión: la suegra de Simón con fiebre (1,29-31); el leproso
a quien
Jesús, «profundamente compadecido», tocó (1,40-45); el paralítico de
Cafarnaún
bajado por el techo desmontado (2,1-12) y a quien Jesús dijo «tus
pecados te
son perdonados» antes de ordenarle «levántate, toma tu camilla y vete»;
la hija
de Jairo, jefe de la sinagoga, a quien Jesús dijo Talitha kum
(5,21-43);
la mujer con hemorragias de doce años, curada al tocar el manto; el
sordo
tartamudo en quien Jesús metió los dedos en los oídos, escupió y le
tocó la
lengua diciendo Effatá (7,31-37); el ciego de Betsaida curado
en dos
etapas con saliva y manos puestas (8,22-26).
Son
visibles indicios de transmisión marcana («inmediatamente»,
terminaciones
corales como 2,12 y 7,37, contraste entre orden de silencio y
publicidad). Pero
la mayor parte de los principales elementos puede atribuirse a
recuerdos
reales: la localización geográfica precisa; la sencilla intimidad y
falta de
adornos del relato de la suegra de Simón; la descripción del estado
emocional
de Jesús ante la lepra («profundamente compadecido», dirigiéndose «en
tono
severo» al leproso); la orden de mostrarse al sacerdote, sorprendente
dada la
actitud de Marcos hacia la ley de pureza (7,19); el detalle vívido de
los
amigos del paralítico que «levantaron la techumbre»; el nombre Jairo,
jefe de
la sinagoga, cuya intervención causaría revuelo; la importancia
presupuesta de
la impureza menstrual; las palabras arameas conservadas (talitha kum,
effatá),
probablemente pertenecientes a la tradición desde el principio; y el
embarazoso
fracaso parcial del relato de la curación en dos etapas, indicio de
tradición
sólida pese a su carácter problemático.
La
conclusión obvia es que durante la misión hubo varias curaciones que,
para
quienes las presenciaron, tuvieron carácter religioso y fueron
realizadas a
través de Jesús por el poder divino. Estas primeras impresiones se
plasmaron
casi con certeza en los recuerdos de los episodios tal como circularon
por
primera vez entre los seguidores. Strauss tenía razón: elimínese el
elemento de
milagro y se eliminará la razón misma por la que surgió el relato.
Los
milagros sobre la naturaleza
Los
más inauditos son la tempestad calmada (Mc 4,35-41), la multiplicación
de los
panes (6,32-44) y el caminar sobre las aguas (6,45-52); los dos últimos
cuentan
con paralelo joánico independiente. Su unión en Marcos y Juan es tan
estrecha
que el cuarto evangelista la conservó pese a romper su pauta «milagro
más
discurso»: probablemente la doble tradición empezó siendo doble porque
procedía
de un doble recuerdo.
Una
característica de los tres relatos es el considerable grado en que han
sido
configurados con ecos y paralelos bíblicos: en la tempestad calmada hay
claras
resonancias de Jonás y de Sal 107,23-30; en la multiplicación de los
panes el
eco de 2 Re 4,42-44 parece haber determinado el relato del milagro; y
en el
caminar sobre las aguas es difícil no percibir frases
veterotestamentarias
relativas a Dios o a la Sabiduría divina. Cualesquiera que sean los
recuerdos
encerrados, un propósito teológico les dio la forma definitiva: Jesús
presentado como más grande que Jonás, más grande que Eliseo,
representando o
demostrando el dominio del Creador sobre los elementos.
Por
otro lado, ciertos detalles incidentales sugieren reminiscencias
históricas. En
la tempestad calmada, que «otras barcas iban con ellos» (Mc 4,36) no es
parte
integral del relato, queda allí colgando; el hecho inusitado de que los
discípulos tomen la iniciativa y el «cabezal» de 4,38 plantean idéntica
pregunta. Similarmente, la multiplicación contiene como destellos de
recuerdos:
la multitud dispersa en la playa que evoca Israel como ovejas sin
pastor, las
cantidades sin simbolismo aparente, la hierba «verde» (6,35), la
distribución
en grupos como «cuadros de puerros» (prasiai, prasiai). Y ya nos
hemos
referido a la conexión Marcos-Juan en las transiciones. Como concluye
Meier: lo
más probable es que detrás de todos estos relatos haya «alguna
memorable comida
a base de pan y pescado, y con tonos escatológicos, celebrada por Jesús
y sus
discípulos con una gran multitud a orillas del mar de Galilea».
En
el caminar sobre las aguas hay detalles curiosos que no armonizan con
el efecto
epifánico general: «quería pasarlos de largo» (6,48), declaración
oscura sobre
todo porque luego Jesús sube a la barca; «creyeron que era un fantasma»
tampoco
se explica fácilmente como eco del NT. Todo sugiere un estado de
ensoñación, de
movimiento y de visión impresionista más que un suceso claramente
recordado.
Posiblemente debemos pensar en discípulos que experimentaron uno o más
viajes
peligrosos por el lago como un milagro de salvamento o una revelación:
tradiciones que más o menos desde el principio tuvieron la forma que
aún las
determina, recibida de quienes reflexionaron sobre experiencias
interpretadas y
contadas mediante estos relatos.
¿Era
Jesús un mago?
La
cuestión ha sido intensamente debatida desde la respuesta afirmativa de
Morton
Smith. Pero el debate ha sido siempre embarullado por la dificultad de
definir
«magia» y por la imbricación entre religión, rito y magia. «Mago» es
una
clasificación social: donde tiene carácter negativo, indica más la
actitud
polémica del oponente que una descripción. Cuatro aspectos de la
técnica de
Jesús merecen comentario.
1)
Sanadores y exorcistas solían utilizar ayudas materiales (Tob
8,3;
Josefo Ant. 8.45-49; Justino, Test. Sal.); Jesús no
utilizó —que
se sepa— ninguna de esas ayudas en sus exorcismos. La posible excepción
es la
estampida de los cerdos en Mc 5,13, que pudo originalmente demostrar
que los
demonios habían salido. 2) En las curaciones, regularmente tomó de la
mano al
enfermo o lo tocó; la imposición de manos aparece como modo
normal en
Marcos, gesto quizá de compasión característico de Jesús. Más
sorprendentes son
las referencias al uso de saliva (Mc 7,33; 8,23; Jn 9,6),
prácticas
fácilmente clasificables como «magia», pero —recuerda Marcus— la saliva
era
remedio popular valorado incluso por Galeno. La «magia» podía estar
sólo en el
ojo del espectador. El otro caso llamativo es la mujer curada al tocar
los
vestidos de Jesús (Mc 5,27-30); pero Lucas no tuvo inconveniente en
atribuir
curaciones a la sombra de Pedro y a pañuelos de Pablo (Hch 5,15;
19,12). 3) La
mayoría de las referencias a la fe en los sinópticos están relacionadas
con
milagros; en Mc 6,5 el poder de Jesús parece depender de la fe de sus
beneficiarios. 4) La autoridad o fuente de poder del exorcista
era
factor clave: «te conjuro por X». Los primeros cristianos curaban «en
nombre de
Jesús»; pero Jesús nunca empleó tal fórmula, sólo «yo te lo mando» (Mc
9,25).
¿Implica esto que Jesús no necesitaba invocar otra autoridad, que
realizaba sus
curaciones con su propio poder?
Jesús
no da la imagen del mago típico. Josefo, aunque lo describió como
«autor de
hechos extraordinarios», evitó aplicarle términos como magos o goæs
que sí empleó para otros. El escaso recurso a ayudas materiales y la
ausencia
de conjuros refuerzan tal idea. Por otro lado, la saliva y uno o dos
episodios
extraños proporcionaron oportunidad a quienes deseaban denigrar a
Jesús:
calificarlo de «mago» o «brujo» era difamación que pareció idónea a sus
adversarios.
Significado
escatológico
Si
buscamos el rasgo más distintivo de los exorcismos de Jesús, sin duda
lo
encontramos en el significado escatológico que, según se recuerda, él
les
atribuyó. Bastará referirse a dos pasajes ya estudiados en § 12.5c-d:
Mt
11,5/Lc 7,22 y Mc 3,22-29. Muy interesante es que Jesús parece haber
considerado sus eficaces exorcismos como la derrota —o prueba
de la
derrota— de Satanás, que permite arrebatarle sus posesiones.
Una
afirmación así debió de extrañar a quienes esperaban la extirpación del
mal y
la derrota de Satanás como punto culminante en el plan divino y
condición para
una nueva era de paraíso restablecido. Aun así, Jesús era recordado por
sus
discípulos haciendo tal tipo de afirmación.
Es
decisivo el dicho de Mt 12,27-28/Lc 11,19-20: el hecho de que Jesús
tuviera
éxito en sus exorcismos por el Espíritu/dedo de Dios probaba
que había
llegado el reino de Dios. Esto distinguía la eficacia de Jesús
en la
expulsión de demonios de la que mostraban sus contemporáneos judíos
exorcistas:
él se atribuía una plenitud de poder de la que ellos, por implicación,
carecían. La frase enigmática sobre la blasfemia contra el Espíritu
Santo (Mc
3,29; Lc 12,10) atestigua que era Jesús —no los discípulos— la persona
recordada explícitamente haciendo la declaración: su confianza en que
su
ministerio de exorcista era manifiestamente de Dios. La misma confianza
aporta
claridad a las expresiones de condena contra las ciudades galileas y
«esta
generación»: su misión era tan manifiestamente de Dios que rechazarla
suponía
cargar con un máximo de culpa.
Refuerza
esta línea la bienaventuranza final de Mt 11,5-6: «Dichoso aquel que no
se
escandalice de mí». No era simplemente que el proclamador se
convirtiera en
proclamado tras Pascua; el proclamador era parte integral de la
proclamación.
Aquí también encaja el tema «algo más grande que Salomón», «algo más
grande que
Jonás», presente no sólo en los dichos (Mt 12,41-42/Lc 11,31-32) sino
implícito
en los éxitos como exorcista y en el discurso sobre Jonás como señal.
Bultmann
describió «la inmediatez de la conciencia escatológica» de Jesús que se
expresa
en este material; descripción un tanto sorprendente, dada su reacción
general a
los intentos liberales por conocer cómo se veía Jesús a sí mismo.
Difícilmente
sabremos valorar su enseñanza sobre el reino y su misión a menos que
reconozcamos que él atribuyó —era recordado atribuyendo— a su misión
una
autoridad distintiva, y distintivamente escatológica, manifiesta sobre
todo en
sus curaciones y exorcismos.
15.8. Maestro
Para
quienes acudían a escucharlo, ésta era la categoría en la que Jesús
«encajaba»
de manera más evidente. Por otro lado, es la categoría menos
abiertamente
mesiánica y escatológica de las examinadas.
Expectativa
judía
¿Se
puede hablar de expectativa de un maestro escatológico? En Qumrán
existía «el
Intérprete de la Ley», quizá estimulado por la esperanza de un profeta
como
Moisés; también el fundador (?) de la comunidad fue conocido como «el
Maestro
de Justicia» (morth h≈dq). Salomón era recordado como
extraordinariamente sabio. Pero los datos disponibles difícilmente
sugieren que
«maestro» destacara como título mesiánico o escatológico en tiempos de
Jesús.
Donde se esperaba que Dios enseñara directamente al corazón (Is 54,13;
Jr
31,34), poco se podía pensar en un maestro intermediario.
La
fama de Jesús
Sorprende
que «maestro» sea el título más frecuentemente aplicado a Jesús en la
tradición. El paralelo entre Jesús y sus discípulos por un lado y los
rabinos y
los suyos por otro, aunque no del todo ajustado, es difícil de obviar.
Josefo
lo describió como «maestro de gente que recibe con gusto la verdad» (Ant.
18.63).
Había
memoria de Jesús como maestro porque su enseñanza era memorable. Es
indudable
la abundancia de dichos sapienciales, aforismos y máximas,
característicos del
material Q y del sermón del monte (Mt 5-7). Es indiscutible que Jesús
dijo
muchas parábolas: aunque no inventó la forma, la parábola fue rasgo
distintivo
de su enseñanza, tanto por su amplio uso como por su carácter de
metáfora
extensa. Más apropiado que «maestro» habría sido el título moßel
(«parabolista»), alguien caracterizado por hablar en parábolas y dichos
sentenciosos (meßalim). El criterio de «característico y
relativamente
distintivo» (§ 10.2) prueba aquí su eficacia: estamos en contacto
directo con
el impacto permanente causado por Jesús.
La
sorprendente autoridad de Jesús al enseñar
La
tradición es explícita: la autoridad con que enseñaba causaba sorpresa
y era
puesta en discusión. Marcos conecta enseñanza y exorcismos: «¿Qué es
esto? ¡Una
nueva doctrina! Manda con autoridad incluso a los espíritus impuros»
(1,27);
«¡Qué sabiduría le ha sido dada!» (6,2). El centurión de Cafarnaún
comparaba la
autoridad de Jesús con la propia (Mt 8,9/Lc 7,8). Y una alta delegación
le
preguntó: «¿Con qué autoridad haces esto?» (Mc 11,28). Lo extraño
habría sido
que el tema no hubiera estado bien arraigado en recuerdos.
¿Por
qué causaba escándalo? Varias respuestas. 1) Jesús carecía de estudios
formales; el único maestro conocido suyo era Juan el Bautista, también
sin
preparación formal. 2) No se remitía a tradición ni autoridades
anteriores; «la
tradición de los padres» aparece conectada con sus oponentes. 3) Su
enseñanza
no estaba dirigida ante todo a la exposición de la Torá; el tema
principal
(reino de Dios) y la forma principal (parábola) eran más innovadores
que
tradicionales.
4)
Dos peculiaridades del modo de enseñar de Jesús destacan. La primera es
el
empleo de «En verdad» (’amen) para introducir declaraciones. En
el uso
normal, ’amen daba por cierto lo que otro había dicho;
en la
tradición de Jesús se utiliza sin excepción para confirmar las palabras
del mismo
que las pronuncia. Este uso peculiar y único no puede atribuirse a los
primeros
cristianos. Es quizá una de las conclusiones más seguras del estudio de
la
tradición: Jesús utilizó esta fórmula para atraer la atención y dar
mayor peso
a sus palabras. 5) La segunda peculiaridad es «os digo» (legø hymin),
por la que Käsemann puso en marcha la nueva búsqueda. Pese a las
críticas de su
excesivo énfasis en las antítesis y el «egø enfático», la
fórmula no
puede ignorarse: Jesús era recordado hablando regularmente de modo que
afirmaba
su autoridad personal; no se remitía a otra autoridad, sino que ofrecía
su
visión personal con un tono de seguridad que realzaba el valor de sus
palabras.
6) Para Jesús era de importancia extraordinaria su enseñanza y esperaba
que lo
fuera también para sus discípulos: la alta prioridad de la llamada al
discipulado y la implicación de que la respuesta a sus palabras podía
marcar la
decisiva diferencia entre éxito y desastre.
¿Algo
más grande que un maestro?
Quizá
necesitamos dar todavía un paso más. La afirmación implícita de Jesús
de estar
dotado de autoridad directa de Dios no es a primera vista
distintivamente
escatológica. Pero consideremos: 1) presumiblemente concuerda con su
proclamación del reino —hablaba con autoridad del que anunciaba la
inminencia
del reinado de Dios, y cuya misión ya lo realizaba en el presente—; 2)
«yo os
digo» parece trascender «así dice el Señor» como «he venido» trasciende
«he
sido enviado» (Dodd); «En verdad os digo» apunta en igual dirección; 3)
su
práctica exorcista expresaba seguridad en la inmediatez de la autoridad
recibida: «te ordeno que…» en vez de «te conjuro por…»; 4) Jesús pudo
haber
manifestado explícitamente ser el shaliaj de Dios, su emisario
y
representante escatológico; 5) ¿se veía también como emisario de la
Sabiduría
divina, no sólo como maestro de sabiduría sino como portavoz
escatológico de la
Sabiduría que actuaba en lugar de Dios?
Es
posible que tal línea de exposición fuerce demasiado los datos. Como en
la
transfiguración y en los «milagros sobre la naturaleza», las voces de
reflexión
pospascual podrían haber empezado a ahogar las reminiscencias
prepascuales y la
voz del mismo Jesús precisamente en los puntos aquí explorados. Sin
embargo,
cuando nos disponemos a pasar revista a las restantes categorías que el
mismo
Jesús, más que otros, pudo haber utilizado al hablar de su misión, nos
quedan
dos poderosas impresiones.
Una
es que la misión de Jesús parece haber trascendido toda clasificación
ordinaria; evidentemente, él tenía difícil encaje en cualquiera de las
categorías en que los observadores quisieran encasillarlo: ni
simplemente
Mesías de condición real (papel que rehusó), ni Mesías sacerdotal
(papel para
el que no encajaba por linaje), ni meramente profeta (categoría que
aceptó
parcialmente pero también superó), ni sólo un autor de hechos
extraordinarios
(los suyos tenían significado escatológico), ni únicamente un maestro
(su
autoridad trascendía la rabínica). La otra impresión es la posibilidad,
sin
duda interesante, de que Jesús hubiera presentado deliberadamente su
misión con
cierto grado de peculiaridad, pese al carácter completamente judío de
ella,
dejando a oyentes y discípulos incapaces de hallar palabras para
expresar el
significado de lo que veían, oían… y recordaban.
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