El
cristianismo en sus comienzos. Tomo I. Jesús recordado
Cuarta parte. La cuestión de cómo se veía Jesús a sí mismo
Capítulo 16. ¿Cómo veía Jesús su propio papel?
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
16.1. Agente
escatológico
La
cuestión planteada en este capítulo es continuación de la abordada en
el
capítulo 15, y la división entre ambos es más organizativa que
sustantiva. Si
en el anterior se preguntaba por las categorías con que sus
contemporáneos
clasificaron a Jesús, aquí se examinan las dos restantes que la
tradición de
Jesús incorpora: Hijo de Dios e Hijo del hombre. Pero
conviene
antes recoger los hilos del capítulo precedente, pues proporcionan ya
una
respuesta inicial a la pregunta. El objeto primordial sigue siendo el impacto
causado por Jesús; ahora se trata de dar un paso más y rastrear, por la
“forma”
de ese impacto, la “forma” de aquello que lo produjo: lo que Jesús pudo
decir o
indicar sobre la percepción que él tenía de su propio papel.
La
descripción más adecuada que cabe ofrecer es la de agente
escatológico,
formulación deliberadamente vaga porque ninguna de las categorías ya
examinadas
resultó plenamente aceptable para Jesús. Recapitulando: Mesías
real/Hijo de
David (§ 15.2-4) tenía gran carga escatológica, pero como
descripción de un
papel apuntaba en dirección errónea; antes que arrojar luz, aumentaba
la
confusión. Los primeros cristianos hubieron de transformar por completo
su
significado al aplicárselo a Jesús; para el propio Jesús, antes del
Viernes
Santo, el título era más obstáculo que ayuda. Mesías sacerdotal
(§ 15.5)
es una categoría que nunca se consideró apropiada para él, ni por sus
seguidores ni por él mismo.
Las
otras tres categorías —profeta, sanador y maestro
(§
15.6-8)— resultaban más aceptables porque, aun siendo escatológicas,
los
papeles que describían estaban menos rígidamente definidos. Jesús podía
admitirlos sin que su misión fuera mal entendida. Pero ninguna ofrecía
una
definición suficiente. Al mismo tiempo, la estrecha vinculación entre
Jesús y
su predicación del reino de Dios indica la enorme significación
escatológica de
Jesús mismo. En cada uno de los papeles mencionados se percibe lo que
cabe llamar
el “plus” o “extra” escatológico: no se vio como un profeta más, sino
como el
profeta escatológico de Is 61,1-3; no actuó como un simple exorcista,
sino con
plena conciencia de poder escatológico; no se limitó a enseñar, sino
que se
atribuyó una percepción inmediata de la voluntad de Dios y una
autoridad sin
paralelos contemporáneos. El mundo de su tiempo conocía individuos que
en
éxtasis hablaban en nombre de un dios o monarcas que decían ser
epifanías de
deidades; pero no había nadie comparable a este hijo de artesano que,
sobrio y
en plena posesión de sus facultades, decía hablar por Dios como su
representante al final de la era, expresándose con la modesta
arrogancia de su
fórmula introductoria: “En verdad os digo”.
No
está claro hasta dónde puede llevarse esta línea de exposición. Como
mínimo,
Jesús atribuyó a su misión un valor extraordinario de realización
escatológica
en el presente y de trascendencia final para sus oyentes. Y como
mínimo, en las
palabras del Jesús recordado se percibe la afirmación de la importancia
divina
de su misión como el (no simplemente un) emisario
escatológico de
Dios. Queda abierta la cuestión de en qué medida la afirmación de la
importancia de su misión era también una afirmación de su propia
importancia: ¿puede trazarse una línea nítida entre la misión que
plasmaba el
reino y Jesús como el que la encarnaba? El hecho de que la propia
tradición de
Jesús plantee la cuestión de la cristología implícita —y no sólo en
embellecimientos posteriores— no debe subestimarse.
Si
todas las categorías disponibles resultaron inadecuadas, la respuesta
obvia era
acuñar una nueva imagen verbal o llenar una distinta de nuevo
significado.
¿Siguió Jesús esa línea? Una advertencia final: en lo anterior se ha
hablado
como si Jesús hubiese tenido una idea precisa de cuál era su papel,
pero esto
no puede darse por supuesto. Ya hemos concluido que la visión que tenía
Jesús
del reino de Dios estaba lejos de ser nítida (§ 12.6); con mayor motivo
debe
ser cauto el investigador respecto a la idea aún menos tangible que
Jesús
pudiera tener de sí mismo. Ni siquiera podemos estar seguros de si
llegó a
preguntarse “¿quién soy yo?”, ni de si creyó importante responder. Por
tanto,
en lo que sigue hay que ser extremadamente cautos para que los ecos no
nos
lleguen sólo como reverberaciones de la cámara de resonancia de la fe
cristiana
posterior.
16.2. Hijo de
Dios
La
advertencia formulada vale especialmente para este apartado. En la
tradición
cristiana, Jesús es nada menos que “el Hijo único de Dios, nacido del
Padre...
engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre”. Con esta
formulación
nicena, “Hijo de Dios” se convirtió en el título principal aplicado a
Cristo y,
para el cristianismo, la expresión sólo tuvo un referente: Jesucristo.
Pero ese
credo representa la cristalización de un proceso que abarcó varios
siglos, y
aquí interesa sólo su comienzo. Ya en el NT se ve el proceso en
marcha:
mientras que en Marcos y Q Jesús se refiere a Dios como Padre sólo tres
o
cuatro veces, en Mateo más de treinta, y en el cuarto evangelio unas
cien.
Hubo, pues, una creciente tendencia a introducir esas referencias, lo
cual
indica que la idea de la filiación divina de Jesús cobró cada vez más
fuerza en
el siglo I. ¿Por qué y cuándo comenzó el proceso?
Como
ocurre con buena parte de la cristología, el impulso decisivo hay que
buscarlo
en la resurrección. Puede seguirse una línea de desarrollo que
retrotrae cada
vez más el origen de la filiación divina de Jesús: desde la
resurrección (Hch
13,33; Heb 5,5), al bautismo (Mc 1,11), a la concepción/nacimiento (Mt
1,20/Lc
1,35) y, finalmente, a la preexistencia (Jn 1,14.18). Esto plantea si
en la
tradición prepascual hubo algo que pudiera haber servido de base o
estímulo a
lo que en cualquier caso parece una evolución sustancial.
a)
El siglo I como “contexto de significado”
Importa
tener presente que, a diferencia de su uso cristiano posterior, “hijo
de Dios”
no era en el siglo I un título exclusivo ni una designación distintiva.
En la
cultura helenística se aplicaba a héroes legendarios (Dioniso,
Heracles), a
monarcas (sobre todo egipcios) y a filósofos famosos (Pitágoras,
Platón); el
estoicismo popular consideraba a Zeus padre de todos los hombres.
Dentro de la
tradición judía, la denominación se usaba para Israel como pueblo, para
los
ángeles o el consejo celestial y para el rey. Los manuscritos del Mar
Muerto
han mostrado que también del Mesías real esperado se creía que era hijo
de
Dios. Además, en la literatura sapiencial los justos se llaman a sí
mismos
“hijos de Dios” y se dirigen a él como “Padre”. Vermes ha llamado la
atención
sobre dos “maestros carismáticos”: Joní el trazador de círculos (s. I
a. C.),
que oraba a Dios “como un hijo de casa”, y Janiná ben Dosa, a quien una
voz
celestial llamó “mi hijo”. Asimismo, el modismo semítico “hijo de”
admite un
amplio campo de relaciones, incluso profesionales o de quienes
comparten
características.
“Hijo
de Dios” pudo, pues, ofrecer otra categoría para clasificar a Jesús,
como
corolario adecuado a su identificación como Mesías real, hijo de David:
una
lectura escatológica de 2 Sm 7,12-14 fundamenta la pregunta del sumo
sacerdote
en Mc 14,61. Alternativamente, si se conectó a Jesús con la tradición
del justo
doliente, la designación también habría sido apropiada. Es notable que
en la
tradición sapiencial la designación parece haber sido elegida
por el
justo como expresión de su confianza, más que aplicada desde fuera. El
denominador común es que “hijo de Dios” denotaba alguien que, de modo
especial,
tenía relación con Dios o gozaba de su favor: en general, alguien
íntimo de
Dios, que reflejaba muy de cerca su carácter y hacía absolutamente su
voluntad.
La lógica teológica es clara a juzgar por Eclo 4,10 y Mt 5,45/Lc 6,35:
portarse
compasivamente con el huérfano y la viuda es ser hijo de Dios. Si este
es el
contexto de significado en que se aplicó inicialmente la expresión a
Jesús, hay
que señalar que su empleo difería mucho del posterior cristiano
(Cristo, el
“unigénito”). Por eso queda abierta la cuestión de cuándo surgió ese
sentido
peculiar de la filiación de Jesús y si tiene raíces prepascuales.
b)
Abba como invocación de Jesús
La
tradición es clara: Jesús se dirigió a Dios llamándolo “Padre”. Como
mostró
Jeremias, los cinco estratos de material evangélico son unánimes. Los
testimonios principales son dos: Mt 11,25-26/Lc 10,21 y Mc 14,36 parr.
La
tradición Q guarda un vivo recuerdo de que Jesús se dirigió a Dios como
“Padre”. La oración es completamente judía y probablemente fue
pronunciada en
arameo. La nota de exultación, el gozo por el privilegio otorgado a los
“pequeños” y la idea sapiencial-apocalíptica de Dios dando
entendimiento a los
humildes y privando a los sabios son temas coherentes con la tradición.
¿Por
qué se atribuiría a Jesús este dicho en las primeras comunidades si
fuera una
creación posterior? Las dificultades apuntan más bien a su origen en
una
exclamación de Jesús que dejó honda impresión.
La
oración de Getsemaní tiene particular interés. Se ha señalado que los
discípulos estaban demasiado lejos —¡y dormidos!— para haberla oído; y
el eco
del Padrenuestro en la oración marcana sugiere que el relato fue
compuesto por
alguien conocedor del Padrenuestro, para subrayar la gravedad de las
circunstancias y presentar la plegaria como modelo. Pero también es
impresionante lo ampliamente atestiguada que está la tradición y lo
poco
martirial de la imagen de Jesús en el huerto. El paralelismo sugiere
que tanto
el Padrenuestro como Getsemaní tienen su origen en la memoria
compartida de
cómo oraba Jesús y de lo que enseñó sobre la oración.
Tres
factores apoyan que Jesús se dirigió realmente a Dios como “Padre”. (1)
Sólo en
una oración —el grito desde la cruz, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me
has
abandonado?” (Mc 15,34)— no llama a Dios “Padre”: la tradición reconoce
una
excepción, signo de un tema modificado y no inventado. (2) Al
enseñar el
Padrenuestro, Jesús anima a sus discípulos a dirigirse a Dios como
“Padre”: la
implicación obvia es que esta forma de invocarlo refleja desde el
principio el
modo de orar de Jesús. (3) El testimonio paulino, al que se vuelve a
continuación.
Hay
también buenas razones para concluir que Jesús se dirigió a Dios con el
vocablo
arameo Abba. En la tradición, el uso explícito está atestiguado
sólo en
Mc 14,36, pero no puede descartarse que subyazca a pater en
otras
plegarias (incluido el Padrenuestro). El indicio más notable lo ofrece
Pablo,
que evoca lo que parece haber sido la forma común de oración en sus
comunidades:
Rom
8,15-17: “Habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos, por el que
exclamamos: ‘¡Abba, Padre!’ El Espíritu mismo atestigua con nuestro
espíritu
que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos: herederos de
Dios y
coherederos con Cristo”.
Gál
4,6-7: “Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo,
que clama:
‘¡Abba, Padre!’ Por consiguiente ya no eres esclavo, sino hijo. Y si
hijo,
también heredero por medio de Dios”.
Son
destacables tres aspectos. Primero, Pablo recuerda a sus lectores algo
que era
experiencia compartida por cristianos gentiles (“[nosotros] clamamos”,
“nuestros corazones”). Segundo, iglesias gentiles de lengua griega
seguían
empleando una forma aramea de oración: esto sólo se explica si esa
forma había
quedado firmemente establecida en las iglesias anteriores
arameohablantes.
Tercero, en ambos pasajes se considera que la oración expresa la
filiación de
los cristianos, vista como reflejo de la filiación de Cristo: el
Espíritu que
clama “¡Abba!” es el Espíritu del Hijo. La conclusión más obvia
es que
la oración con Abba era tan estimada entre los primeros
creyentes por
ser la forma de oración propia de Jesús. Que circulos cristianos
tomaran de
Jesús la oración con Abba en imitación de su característico
modo de orar
es la suposición que mejor explica el dato.
¿Era Abba un rasgo distintivo de
Jesús? Jeremias fue en este punto más
allá de los datos: la misma forma de dirigirse a Dios se encuentra en
otros
escritos cercanos. Sin embargo, el testimonio paulino sugiere que la
invocación Abba era marca de culto cristiano y,
presumiblemente, distintiva
de los cristianos —los cuales debían considerarla característica de la
oración
de Jesús—. La matización adecuada es que lo distintivo no estaba tanto
en el uso
por Jesús de Abba al orar como en que Abba era su forma
sistemática
y casi invariable de dirigirse a Dios. La importancia de este
uso es
difícil de exagerar, aunque también de no exagerar. Abba
expresaba
relación de intimidad familiar; por eso era poco utilizada en las
oraciones
judías como invocación a Dios: se consideraba demasiado familiar,
lindante en
la petulancia. La deducción contraria es difícil de evitar: Jesús
empleó esta
forma porque la consideraba apropiada, porque expresaba el sentido que
tenía de
su relación con Dios. Como Janiná, rogaba a Dios “como un hijo de
casa”.
Incluso cabe aventurar que Jesús podía orar así sólo si experimentaba
su
relación con Dios como una íntima relación familiar. Desde esta
perspectiva, la
categoría más amplia (hijo de Dios) empieza a cobrar un nuevo
significado, que
los cristianos llevarían más lejos.
La
versión lucana del Padrenuestro implica que Jesús enseñó a sus
discípulos a
decir también Abba como emblema de su condición de tales (Lc
11,1-2).
Esto no socava, sino refuerza, la conclusión sobre el carácter
distintivo del
empleo de Abba por Jesús. Es precisamente a los discípulos a
los que se
insta a orar así como marca de su discipulado: en cada ocasión queda
claro que
la filiación del discípulo no es independiente de la de Jesús, sino
derivada de
ella. Esto es coherente con haber elegido Jesús doce discípulos: no
escogió
once con los que representar a Israel; se situó aparte, como el que los
llamó.
Y con el dato de que Jesús es recordado diciendo “mi Padre” y “vuestro
Padre”,
pero nunca sumándose con un “nuestro Padre”. También se inscribe aquí
el final
de la respuesta al Bautista: “Dichoso aquel que no se escandalice de
mí” (Mt
11,6/Lc 7,23). Todo ello aumenta las posibilidades de que Jesús se
viera como
Hijo de Dios y sintiera su filiación como algo distintivo en su
intimidad e
inmediatez.
c)
¿Enseñó Jesús que él era Hijo de Dios?
Dejando
aparte la muy desarrollada tradición joánica, tres pasajes no pueden
ser
pasados por alto: Mt 11,27/Lc 10,22; Mc 12,6 y Mc 13,32.
1)
Sólo el Hijo (Mt 11,27/Lc 10,22)
Es
la continuación del pasaje Q estudiado en § 16.2b, y su lenguaje,
estilo y
estructura apuntan a un origen arameo; las variaciones entre Mateo y
Lucas son
típicas de la comunicación oral. El problema es que ambas formas
parecen
tradiciones desarrolladas. Dos consideraciones interesan especialmente.
Primera,
el dicho es atípico de la tradición sinóptica y tiene un sabor
característicamente joánico: este pasaje de Q podría indicar que uno de
los
brotes creció hasta un florecimiento plenamente joánico, pero también
que el
desarrollo en esa dirección estaba ya en marcha dentro de Q. Segunda,
la
afirmación de autoridad ilimitada y el carácter absoluto y exclusivo de
la
relación “Padre/Hijo” no tienen precedentes en la tradición sinóptica
prepascual. Es posible postular una forma anterior, menos exclusiva:
Jeremias
sugirió que el paralelismo quiástico es una perífrasis oriental para
“sólo el
Padre y el Hijo se conocen el uno al otro”, y la literatura sapiencial
ofrece
paralelos (notablemente Sab 2,13.16). Sin embargo, cuanto más se
imagina un
dicho menos polémico detrás de Mt 11,27/Lc 10,22, más polémica resulta
la forma
actual.
Hay
que reconocer las insuficiencias del método histórico: tiende a amoldar
los
datos a precedentes y a explicar dando razón de los elementos menos
manifiestamente explicables. Cabe preguntarse si fue el mismo Jesús
quien se
expresó, quizá una sola vez, en términos que superaron en confianza a
los del
justo o del Maestro de Justicia de Qumrán. ¿Oímos aquí otro caso del
“plus”
escatológico (§ 16.1): una expresión de confianza por la autoridad
recibida, de
gozo por la intimidad con el Padre y de convencimiento de que la
culminación de
la revelación escatológica dependía de que él la impartiera? Todos
estos
elementos están ya implícitos en afirmaciones documentadas. La cuestión
es si
Jesús los explicitó al menos una vez. O si debe atribuirse el dicho a
quienes
formaron la tradición de Jesús, conscientes de estas afirmaciones
implícitas y
deseosos de formularlas de manera más explícita con fines didácticos y
litúrgicos. No hay en el texto nada que apunte decisivamente en favor
de una
alternativa frente a la otra.
2)
La parábola de los viñadores perversos (Mc 12,1-9 parr.)
La
parábola ilustra bien las variaciones típicas de las transmisiones
orales: el
marco y la estructura son estables, pero los detalles (lo construido en
la
viña, la serie de sirvientes enviados, el tratamiento de éstos) varían
según el
gusto del narrador. La versión de Tomás, más simple, ha llevado
a
algunos a pensar que las versiones sinópticas fueron desarrolladas para
subrayar la alusión a la viña de Israel (Is 5,1-7), a la muerte de
Jesús
“fuera” de Jerusalén y a la extensión de la misión a los gentiles. Pero
la
versión sinóptica conserva también la estructura y secuencia básicas, y
un
público judío difícilmente habría dejado de percibir la alusión a
Israel como
viña de Dios y a los profetas como mensajeros rechazados, incluso en la
versión
breve. La parábola coincide con temas centrales de la predicación de
Jesús
(rechazo de los profetas, juicio a Israel).
El
punto culminante está en el envío del hijo. Si algo constituye el
núcleo, es la
decisión del padre de “enviar” al hijo, suponiendo que los labradores
“lo
respetarán” (Mc 12,6). Esto no puede desestimarse simplemente como
retoque
cristológico: el contraste entre los siervos y el hijo es parte
integral de la
tensión dramática. Por la misma razón no debe percibirse demasiada
carga
cristológica en el uso posible del tema por Jesús. Aun así, es
significativo
que se recordara a Jesús parangonando su misión a la de un hijo, en
continuidad
con los profetas (los siervos) pero distinta de ellos. La sensación de
clímax
escatológico concuerda con la imagen del hijo. Un corolario importante,
al que
habrá que volver, es que la parábola acaso expresó el convencimiento de
Jesús
de que no sería tratado mejor que los profetas anteriores, ni que Juan
el
Bautista en su misma época.
3)
Ni siquiera el Hijo (Mc 13,32)
“De
aquel día y de aquella hora nadie sabe, ni los ángeles del cielo, ni el
Hijo,
sino sólo el Padre”. El dicho se inserta en la expectativa escatológica
de
Jesús sobre la venida del reino. Pudo ser un dicho aislado incluido en
el
discurso apocalíptico en alguna etapa, o parte de un bloque más extenso
de
enseñanza de Jesús. En cualquier caso es menos probable que proceda
enteramente
de un desarrollo cristológico temprano: va a contrapelo de la clase de
afirmación cristológica ya documentada en Mt 11,25-27/Lc 10,21-22. Es
la
mención del “Hijo” lo que parece indicar perspectiva cristológica
posterior,
pero como ha señalado Barrett, “la referencia a Jesús mediante el
título más
honorífico disponible sería precisamente la clase de compensación que
la
tradición habría introducido”. Esta observación descarta Mc 13,32 como
indicio
sólido de que Jesús se refirió a sí mismo como Hijo de Dios en su
enseñanza.
Lo
más que puede decirse con cierta confianza es que el sentimiento de
relación
filial que se desprende de la invocación Abba impregna la
tradición de
las enseñanzas de Jesús en una o dos referencias a su relación con Dios
bajo
las imágenes del padre y del hijo. Ninguno de los ejemplos posibles
ofrece base
firme para afirmar que Jesús se refirió a sí mismo como Hijo de Dios en
su
enseñanza.
16.3. Conclusión
Hay,
en suma, razones no sustanciales pero probablemente suficientes para
apoyar las
siguientes conclusiones relativas al Jesús recordado: (1) la invocación
Abba
era característica de su oración; (2) era adecuadamente entendida como
expresión de un profundo sentimiento de relación con Dios como Padre;
(3) se
recordaba que Jesús aludió a esa relación paterno-filial en algunas
ocasiones
durante su misión. Cabe deducir, además, que (4) ese sentimiento de ser
hijo
debió de ser importante, incluso central, en la concepción que Jesús
tenía de
sí mismo, y (5) la fuente de la inmediatez de la autoridad con que
proclamaba
el reino. Sólo si fuera así sería justificable, desde el punto de vista
histórico-tradicional, el gran desarrollo del tema Padre-Hijo en el
cuarto
evangelio; y sólo así las transformaciones posteriores de la
cristología
relativa al Hijo habrían podido ser tan aceptables como de hecho lo han
sido.
En
cuanto a lo que la filiación de Jesús significaba para los discípulos,
la
tradición no permite inferir que él hiciera de su relación con Dios
como Hijo
materia de enseñanza explícita ni que pidiera asentimiento a esa
creencia.
Tampoco que ese sentimiento fuera un secreto enseñado únicamente a un
grupo
íntimo. Lo que la tradición sí indica es que Jesús intentó inculcar en
sus
discípulos ese mismo sentimiento, enseñándoles a orar como él lo hacía,
y que
animó a todos a experimentar ese mismo vínculo con Dios. Es más, parece
que en
la relación de los discípulos con Dios como Padre vio Jesús un
compartir su
propia condición de Hijo. Para la escasez de indicios, estas
conclusiones son
no sólo amplias, sino sorprendentemente sólidas.
16.4. Hijo del
hombre: problemas
Después
de “el reino de Dios/de los cielos” no hay otra expresión tan frecuente
en la
tradición de Jesús como “el Hijo del hombre”. Dentro de esa tradición
es lo más
similar a una designación que él mismo hubiera elegido para sí: en la
curación
del paralítico, “para que sepáis que el Hijo del hombre tiene autoridad
en la
tierra para perdonar pecados...” (Mc 2,10-11); en la enseñanza
posterior, “el
Hijo del hombre debía sufrir mucho... y ser condenado a muerte y
resucitar a
los tres días” (Mc 8,31); ante Caifás, “veréis al Hijo del hombre
sentado a la
derecha del Poder y venir entre las nubes del cielo” (Mc 14,62). Nadie
habría
dejado de ver en “el Hijo del hombre” una referencia de Jesús a sí
mismo. Pero
el asunto no es tan sencillo: el actual debate sobre el “Hijo del
hombre”
constituye una de las situaciones más embarazosas de la investigación
histórica
moderna, sin consenso significativo. Durante los últimos ciento
cincuenta años,
la controversia ha girado en torno a dos interpretaciones principales:
el hijo
del hombre humano y el Hijo del hombre celestial.
Tradicionalmente se interpretaba como expresión de la humanidad de
Jesús, en
contraste con “Hijo de Dios”; la mención en Dn 7,13 representó siempre
un
problema para esa lectura, y la publicación de 1 Henoc impulsó
la visión
celestial.
En
el centro está el desacuerdo sobre el origen de la expresión “el Hijo
del
hombre”, su fuente en la tradición de Jesús. Dos posibilidades
destacan: el
origen filológico y el apocalíptico.
a)
Origen filológico
Hay
unanimidad en que ho huios tou anthrøpou es un griego poco
elegante, sin
paralelo en el griego de la época, que tuvo que entrar en él como
traducción
literal del hebreo ben ‘adam o del arameo bar ‘enaßa; y
la
expresión hebrea/aramea significa simplemente “hombre”. En hebreo,
“hijos de
los hombres” denota la comunidad humana, y “hijo del hombre” se aplica
a un
individuo particular o típico (Sal 8,4; Ezequiel); con frecuencia tiene
la
connotación de fragilidad en contraste con Dios. Vermes, al revitalizar
el
debate, argumentó que bar naßa se empleaba con valor de “ser
humano”,
como pronombre indefinido, y —su tesis más característica— como
circunlocución
del pronombre personal “yo”. Casey siguió a Vermes pero precisó que el
modismo
se empleaba para hacer declaraciones sobre un grupo de personas entre
las que
estaba el hablante incluido, nunca con referencia al hablante en
exclusiva.
Ambas opiniones han sido rebatidas con el argumento de que el arameo
conocido
del tiempo de Jesús no atestigua tal uso.
Cuatro
observaciones son oportunas. Primera, hay peligro de mantener
una
distinción demasiado rígida entre las categorías —genérica, indefinida,
personal— en el discurso informal. Segunda, el caudal de arameo
del
Segundo Templo es escaso, por lo cual toda estimación sobre lo posible
en el
habla aramea del siglo I ha de tenerlo en cuenta. Tercera, hubo
cierta
continuidad de uso del hebreo al arameo antiguo y posterior: Job 35,8
pone en
paralelo “un hombre como tú” e “hijo de hombre”; Sal 80,17 identifica
“el
hombre de tu derecha” con “el hijo de hombre”; 1QH 12[4],27-37 el
hablante usa
“hijo de hombre” para sus debilidades; una inscripción de Sefire alude
con bar
‘nß al hablante y sus descendientes; 1QapGen 21,13 presenta br
‘nß’
como referencia individual, similar a Dn 7,13. Cuarta, los
propios
evangelios sinópticos —escritos en el siglo I, dependientes de
tradición
anterior— son pruebas del uso. La cuestión se convierte así en exégesis
de la
tradición de Jesús misma. Otro punto: la forma con dos artículos (“el
hijo del
hombre”) es absolutamente constante en la tradición de Jesús, mientras
que no
hay ejemplos arameos de la forma definida bar ‘enaßa. Casey
sostiene que
el griego articular podría traducir tanto el indefinido como el
definido.
Alternativamente, el uso definido pudo ser una peculiaridad del estilo
de Jesús
para particularizar el sentido genérico (“ese hijo de hombre”).
b)
Origen apocalíptico
Uno
de los pocos ejemplos arameos de bar ‘enaß anteriores a Jesús
es Dn
7,13. Daniel 7,9-14 describe el tribunal celestial: el Anciano de Días
se
sienta, su trono es de fuego, miles le sirven; “alguien como un hijo de
hombre
vino sobre las nubes del cielo, se dirigió al Anciano de Días y fue
llevado a
su presencia; a él se le dio dominio, gloria y reino...”. Esta segunda
visión
parece adaptación de un mito de la creación: bestias salen del mar (las
cuatro
criaturas), y como culminación aparece una figura semejante a un
hombre; el
dominio es transferido. La interpretación identifica a las bestias con
cuatro
reyes/reinos y a la figura con “los santos del Altísimo”: como el
“hombre”
había sido la culminación de la creación, Israel sería la culminación
del plan
universal de Dios.
El
debate sobre quién es “alguien como un hijo de hombre” continúa: ¿un
representante celestial (angélico) de Israel, o una representación
simbólica de
Israel? En cualquier caso, Daniel 7 es propaganda a favor de Israel en
el
contexto de la opresión helenística. Esta visión influyó
considerablemente en
el pensamiento apocalíptico judío, sobre todo en el Libro de las
Parábolas
(1 Hen 37-71) y en 4 Esd 13. En las Parábolas la
figura es
identificada con “el Elegido”, y en 4 Esdras con un “hombre”.
La
cuestión es si estos textos atestiguan una interpretación de Daniel ya
disponible en tiempos de Jesús; en otras palabras, si en la primera
parte del
siglo I existía un concepto claro del Hijo del hombre como figura
celestial.
Particularmente debatida es la datación de las Parábolas.
Algunos
eruditos alemanes las sitúan unas décadas antes de Jesús, pero el hecho
de que
no figuren entre los manuscritos del Mar Muerto, pese a la popularidad
de Henoc
en Qumrán, hace dudar de que existieran mucho antes de 68 d. C.; cabe
que sean
posteriores a la misión de Jesús, como 4 Esdras. Las ideas
podrían ser
anteriores a la publicación, pero ambos textos presentan su
interpretación como
si fuera nueva. Existe además un tercer apocalipsis que interpreta Dn
7,13 como
primera interpretación: el Apocalipsis de Juan. Esto sugiere la
alternativa de
que crisis como la primera guerra judía produjeran renovado fervor
apocalíptico, con la visión daniélica como centro de nuevas
especulaciones.
Una
tercera cuestión es cuándo empezó a influir la visión de Daniel en la
tradición
de Jesús. Que lo hizo está fuera de discusión: Mc 13,26 (“y entonces
veréis al
Hijo del hombre venir entre las nubes con gran poder y gloria”) y Mc
14,62 son
los ejemplos más evidentes. Pero ¿indican conocimiento de una espera
judía del
Hijo del hombre como en las Parábolas? ¿Hubo desde el principio
influencia del lenguaje de Dn 7,13 en la tradición de Jesús? Las
opiniones
varían, y los dos posibles orígenes —filológico y apocalíptico— son tan
diferentes como lo divino y lo humano. ¿Cómo se relacionan? ¿Se
remontan ambos,
o sólo uno, a Jesús mismo?
c)
Las principales opciones
La
pluralidad de cuestiones ha generado una variedad de interpretaciones
de los
datos. Cuatro líneas principales pueden distinguirse.
(1)
El uso de Jesús hay que atribuirlo principalmente al origen
filológico:
él aludía a sí mismo con la expresión “el hijo del hombre”, equivalente
a “un
hombre como yo”, “uno”. La influencia de Dn 7,13 sería secundaria,
posterior a
Pascua: el indicio más claro es Mc 14,62, donde Dn 7,13 ha sido
amalgamado con
Sal 110,1, texto probatorio clave de la apologética cristiana. Al
rastrear las
Escrituras, los primeros cristianos hallaron Sal 110,1 y luego tiraron
de Dn
7,13, dando a bar ‘enaßa sentido titular. Esta percepción ha
ganado
terreno tras el replanteamiento de Vermes, con considerable apoyo entre
estudiosos de lengua inglesa y en el Seminario de Jesús (Borg, Crossan).
(2)
El origen escatológico es primario: Jesús dependía de
reflexiones
apocalípticas sobre Dn 7,13, ya corrientes en su tiempo. Se refirió a
esa
figura celestial expresando su confianza en que Dios haría triunfar su
misión
(un personaje celestial distinto de él). El texto clave es Lc
12,8. La
distinción no habría sido introducida después de la resurrección: al
contrario,
fue ésta lo que convenció a los cristianos de que el Hijo del hombre
era Jesús
mismo. Posición dominante en los dos primeros tercios del siglo XX bajo
influencia de Weiss y Schweitzer, y todavía con apoyo entre los
especialistas
de lengua alemana.
(3)
Una tercera opción busca acomodo entre ambas. “Hijo del hombre” tendría
connotación de debilidad y vulnerabilidad (“en mi condición de
hombre”),
añadiéndose la tradición del justo doliente (Sabiduría), que mantiene
la
esperanza de triunfo final —tradición en la que se inscribe Dn
7,13.14—. Jesús
habría usado la expresión para indicar que esperaba tanto sufrimiento
como
triunfo: las predicciones de la pasión saltan a primer plano. Otra
interpretación intermedia (más cercana a la segunda opción) sostiene
que “el
Hijo del hombre” no era exactamente Jesús, sino lo que él esperaba llegar
a
ser.
(4)
Si la tercera hacía remontar a Jesús ambos usos, una cuarta
opción
postula que ninguno de los dos se remonta a él; ningún dicho
sobre el
Hijo del hombre es auténtico. Vielhauer observó que, en los estratos
más
antiguos, “reino de Dios” e “Hijo del hombre” pertenecen a corrientes
distintas: el tema del reino se considera auténtico, mientras que el
del Hijo
del hombre habría sido introducido tras la resurrección. El argumento
es que el
Jesús que proclamó el reino como ya presente no podía proclamar una
venida
futura: toda la escatología de futuro inminente procedería del
entusiasmo
escatológico de los primeros cristianos.
16.5. Hijo del
hombre: Los datos
Partiendo
de un análisis histórico-tradicional pueden hacerse varias
observaciones con
grados diversos de confianza, todas sustanciales.
a)
Una expresión utilizada por Jesús
La
expresión aparece 86 veces en el NT: 69 en los sinópticos, 13 en Juan,
sólo 4
fuera de los evangelios. De estas cuatro, tres son citas o alusiones
del AT
(“un hijo de hombre”, sin artículo); el único uso titular fuera de los
evangelios es la visión de Esteban (Hch 7,56). La expresión es casi
exclusiva
de los evangelios. Y aún más notable: en los cuatro evangelios aparece
prácticamente sólo en labios de Jesús. Nadie le aplica nunca
ese título
al dirigirle la palabra ni declara que él es “el Hijo del hombre”, ni
se le
rinde culto como tal en las iglesias. El contraste con los demás
títulos es
marcado.
De
ahí dos aspectos importantes. Primero, “el Hijo del hombre” apenas
aparece en
la cristología primitiva como expresión independiente del uso
evangélico.
Segundo, esa expresión está plenamente integrada en la tradición de
Jesús.
Cuesta creer que se hubiera originado fuera de esa tradición y que
luego, tras
la Pascua, se introdujera en ella. La hipótesis de que un modo de
concebir a
Jesús fuera tan significativo como para introducirse de lleno y tan
insignificante como para no dejar virtualmente otra huella es
desatender la
evidencia. Lo más razonable es pensar que el uso ya estaba registrado
en la
tradición. Y se recordaba como expresión peculiar de Jesús: se
recordaba
como un uso distintivo de Jesús porque eso es precisamente lo que era.
Fue
él quien introdujo la expresión en la tradición. Difícilmente los
indicios
podrían apuntar más claramente a esta conclusión.
El
famoso argumento de Vielhauer —que la desconexión entre reino de Dios e
Hijo
del hombre demuestra que este último fue añadido posteriormente— no es
tan
convincente como parece. Si los transmisores se sintieron libres de
introducir
tan abundantemente “el Hijo del hombre”, ¿por qué se habrían cohibido
de
conectar el tema con el central? La explicación más simple es que ambos
temas
no eran compatibles entre sí: donde “el hijo del hombre” implicaba sólo
debilidad y sufrimiento, el reino no era compañero obvio; y donde
aludía a Dn
7,13, ya incluía la idea de dominio y reinado, haciendo redundante una
ulterior
referencia al reino. Esto no significa que todos los dichos se remonten
a
Jesús: hay claros indicios de adaptaciones, ampliaciones e inserciones
redaccionales.
Pero esas introducciones se limitaron a la tradición de Jesús y se
adaptaron al
patrón de la exclusividad de Jesús al pronunciar la expresión. El
patrón estaba
fijado desde el principio.
b)
Un hombre como yo
La
cuestión clave deja de ser si lingüísticamente es posible que Jesús
hablara de
“el Hijo del hombre” y se vuelve cómo entendió esa expresión. Los datos
indican
que el uso debió de ser significativo como modismo arameo tradicional,
incluida
la posibilidad de referencia individual o autorreferencia. El modismo
era
corriente y podía emplearse en singular implicando que el “hombre”
compartía la
fragilidad típica del género humano; el pronombre indeterminado “uno”
se acerca
bastante. Debe evitarse la tendencia a pensar que la expresión en sí
encierra
inevitablemente una alusión a Dn 7,13: la referencia daniélica era un
uso
específico del modismo y no agotaba su significado.
Los
datos fundamentales son: las primitivas referencias marcanas (Mc
2,10.28), el
dicho sobre el pecado imperdonable (Mc 3,28-29/Mt 12,31-32/Lc 12,10/EvTom
44), la frase de Q sobre no tener “donde reclinar la cabeza” (Mt
8,20/Lc 9,58/EvTom
86), la queja de ser “amigo de recaudadores y pecadores” (Mt
11,18-19/Lc
7,33-34) y los varios casos donde “el Hijo del hombre” equivale a “yo”
en la
tradición paralela.
Mc
2,10 (autoridad para perdonar pecados). El dicho pertenece al
núcleo del
relato. En la forma “fijada”, “el Hijo del hombre” funciona como
título, en
parte porque el contexto sugiere autorreferencia. Pero los oyentes no
manifiestan sorpresa ni contrariedad por el uso, lo que contradice la
tesis de
que “el Hijo del hombre (celestial)” fuera figura conocida de las
expectativas
judías del siglo I. Tampoco hay que dar por supuesto que la expresión
en sí
contenía alusión a Daniel. Significativamente, Mateo concluye con la
multitud
glorificando a Dios por haber “dado tal autoridad a los hombres” (Mt
9,8):
quizá refleja conciencia de que la frase griega ho huios tou
anthrøpou
hacía originalmente referencia al hombre como género humano. La
conclusión
provisional: Jesús fue recordado llamando la atención sobre el
sorprendente
hecho de que “el hijo del hombre”, “alguien como yo”, tenía autoridad
para
declarar perdonados los pecados.
Mc
2,28 (señor del sábado). Si subyace bar ‘enaßa, nos
hallamos ante el
paralelismo bíblico normal entre “hombre” e “hijo del hombre”
(2,27-28). El
dicho pudo entenderse: el sábado fue hecho para el hombre, luego el
hombre es
señor del sábado —es decir, Jesús defendió la acción de sus discípulos
como adecuada
al señorío que Dios había dado a la humanidad (o Israel) sobre toda su
creación—. Por la época en que llegó a Marcos, el sentido genérico
había
devenido referencia exclusivamente personal con valor titular. Mateo y
Lucas
omitieron Mc 2,27 (¿sin depender el uno del otro?) y dejaron sólo el
enfoque
cristológico. La traducción del arameo al griego, al perderse el
modismo, fue
factor principal.
Mc
3,28-29 (blasfemia contra el Espíritu Santo). Es uno de los
ejemplos más
interesantes desde el punto de vista de la historia de la tradición.
Marcos
habla de pecados/blasfemias no especificados; Mateo/Lucas (Q) de
palabras
contra el Hijo del hombre; Tomás de blasfemias contra (el Padre
y) el
Hijo. La explicación más simple es que a cada versión subyace un mismo
dicho
arameo con bar ‘enaßa interpretado de distintas maneras: el
dicho podía
leerse como que todo blasfemar se perdonaría a los hombres, o
como que
quienquiera que blasfemase contra el hijo del hombre sería
perdonado.
Marcos heredó una versión de la primera posibilidad, Q de la segunda
(titular y
autorreferencial), Mateo combinó ambas, Tomás perdió la
referencia. La
tradición original consistía en un clásico maßal, una frase
enigmática
cuyo sentido dependía de cómo era pronunciada y oída. Es posible que
hubiera
una referencia personal dentro de una referencia más ambigua.
Mt
8,20/Lc 9,58/EvTom 86 (no tener donde reclinar la cabeza). El
contraste es
muy concebible como un maßal genérico: la naturaleza ofrece
hábitat a
zorras y aves, pero los seres humanos (bar ‘enaßa) necesitan
más. En el
contexto en que circulaba, sin embargo, bar ‘enaßa se
interpretaba como
autorreferencia, advertencia a los aspirantes a discípulos. El dicho
concuerda
con el uso de la hipérbole por Jesús: los humanos viven en cuevas, y
Jesús
recibía hospitalidad; pero quería subrayar la necesidad de confianza
radical en
Dios.
Mt
11,18-19/Lc 7,33-34. La presencia de “el Hijo del hombre” no es
argumento
contra el origen del dicho en la enseñanza de Jesús; al contrario,
refuerza la
posibilidad de que Jesús se refiriera a sí mismo de manera alusiva.
“El
Hijo del hombre” = “yo”. Casos donde un paralelo sinóptico tiene
“el Hijo
del hombre” y otro “yo”: Mt 5,11/Lc 6,22; Mt 10,32-33/Lc 12,8-9; Mc
8,27/Mt
16,13; Mc 10,45/Lc 22,27. La explicación más obvia es que un dicho
original con bar ‘enaßa dio versiones variantes en griego: unos
traductores se
contentaron con verter literalmente, otros reconocieron el modismo y lo
tradujeron como referencia personal. Estos paralelos son indicio de que
en
algún momento de la transmisión hubo conciencia de que ambas
expresiones podían
ser sinónimas, y recuerdo de que Jesús usó bar ‘enaßa para
referirse a
sí mismo.
La
conclusión es que Jesús era recordado usando bar ‘enaßa de un
modo
ambiguo o similar a un maßal. La transición al griego tuvo dos
consecuencias: algunos tradujeron literalmente, perdiéndose el modismo;
otros
tradujeron idiomáticamente, perdiéndose la ambigüedad. Por un lado se
mantuvo
el sentido genérico; por otro, predominó el valor titular. Jesús usó la
expresión con ambigüedad o como maßal, incluyendo una especie
de
autorreferencia más discreta, pero no como título.
c)
Influencia de Dn 7,13
La
idea de que la expresión, en labios de Jesús, evocara una creencia ya
formada
sobre el Hijo del hombre mesiánico tropieza desde el principio con un
gran
obstáculo: la expresión se utiliza una y otra vez en la tradición de
Jesús sin
provocar sorpresa ni rechazo —los esperables si evocara o impugnara una
creencia viva—. La única ocasión en que la expresión sale de otros
labios que
los de Jesús es Jn 12,34, donde la gente pregunta: “¿Quién es ese Hijo
del
hombre?” Esto indica que la expresión resultaba oscura, no “conectaba”
con las
creencias entonces vigentes.
Mc
13,26 parr. La referencia, con su clara alusión a Dn 7,13,
pertenece a lo
nuclear de la tradición. El núcleo podía expresar una cristología ya
desarrollada, pero también la esperanza del propio Jesús respecto al
futuro con
imágenes daniélicas. La “venida” parece desarrollarse en el cielo,
donde
aparece la señal del Hijo del hombre y desde donde envía ángeles: la
implicación es que la venida, como en Dn 7,13, ocurre en el
cielo,
aunque pueda entenderse como desde el cielo. Mateo añadió una
referencia
más (Mt 24,30), mezclando Zac 12,10-14 con Dn 7,13: de las nueve
menciones
mateanas, dos vienen de Marcos (las alusiones más explícitas a Daniel),
dos
potencian la alusión a Daniel, tres son exclusivas. La presentación
mateana del
Hijo del hombre refleja una evolución dentro de la tradición sinóptica
y la
continua influencia de Dn 7.
Mc
14,62 parr. En la comparecencia ante Caifás, la respuesta de Jesús
sobre el
Hijo del hombre pertenece al núcleo de la narración (lo atestigua la
versión
modificada de Lucas). Hay doble alusión: Dn 7,13 (“veréis al Hijo del
hombre
venir sobre las nubes”) y Sal 110,1 (“sentado a la derecha”). La
referencia a
Dn 7,13 parece primaria, y Sal 110,1 una inserción: ha sido adaptado a
la
sintaxis y pospone la venida hasta después de la entronización,
convirtiéndola
en venida desde el salón del trono celestial. La ausencia de
“venir
sobre las nubes” en Lucas se debería al intento de eliminar la torpeza.
En
origen el dicho no fue compuesto, sino combinado en la transmisión: Dn
7,13
primero, Sal 110,1 después.
El
otro aspecto notable es que el sumo sacerdote considerara la respuesta
una
“blasfemia”. Con una definición estricta —maldecir o pronunciar el
nombre de
Yahvé—, ni siquiera la respuesta marcana entra en ese campo. Quizá blasfemia
se empleó en sentido lato y la retórica polémica hizo afirmaciones
exageradas.
Una alternativa: un dicho entendido como autorreferencial a la visión
daniélica
pudo tomarse como pretensión de ocupar el segundo trono junto al
Anciano de
Días en el cielo. El rabino Aqiba fue acusado un siglo más tarde de
profanar la
Shekiná con especulación similar; otro místico fue condenado por
considerar a
la segunda figura entronizada como “el segundo poder en el cielo”. En
el
judaísmo del Segundo Templo se practicaba una forma de misticismo
centrada en
el carro-trono de Dios (Ezequiel 1). En conjunto: la tradición era que
Jesús
usó la visión daniélica para expresar su esperanza de triunfo final, lo
cual
fue entendido como afirmación de que él mismo sería entronizado.
Dirigentes
decididos a deshacerse de Jesús aprovecharían cualquier referencia para
presentarlo como amenaza a la alteridad absoluta del Dios único,
asegurándose
el apoyo del pueblo, como acusarlo de mesianidad les permitiría
asegurarse el
apoyo de Pilato.
Mc
8,38 parr./Mt 10,32-33/Lc 12,8-9. La influencia de Dn 7,13 es menos
clara,
pero probable. Lc 12,8-9 ha sido el eje de la idea alemana de que Jesús
consideraba al Hijo del hombre como una figura celestial que lo
justificaría en
el juicio final. Pero esto presupone una espera muy conocida del Hijo
del
hombre, lo cual es cuestionable. Mt 10,32 tiene un paralelo “yo”, por
lo que es
posible que en el original estuviera bar ‘enaßa (jugando con
“hombres” e
“hijo del hombre”). La dificultad para muchos ha sido concebir que
Jesús
hablara de alguien como él mismo en el juicio final. La versión Q es
clara: el
juicio tiene lugar en el cielo; pero Marcos permite la
posibilidad de
una venida desde el cielo. ¿Es la venida desde el cielo un
desarrollo
posterior, ligado a la transformación del “hijo del hombre” en “el Hijo
del
hombre”?
d)
El día (o días) del Hijo del hombre
Una
secuencia que origina mucha intriga es Lc 17,22-30/Mt 24,23.27.37-39.
Mateo y
Lucas usaron un mismo material, pero lo integraron de modo que resulta
difícil
percibir la historia de la tradición. No está claro si Lucas introdujo
las
frases sobre el día (o días) del Hijo del hombre. Parecen referirse a
un
período en que la vida sigue su rutina hasta que de repente se ve
alterada por
la llegada del castigo, lo cual concuerda con los avisos de Jesús sobre
el
juicio inminente. Pero ¿implica que el Hijo del hombre es una figura como
Noé y Lot (proximidad del castigo), o que será figura principal
en el
juicio inminente? En el primer caso tendríamos paralelo a la señal de
Jonás,
con un bar ‘enaßa indeterminado/autorreferencial subyacente; en
el
segundo, sólo débil apoyo a la idea de alusión a Dn 7,13. No es grande
la
posibilidad de extraer conclusiones seguras.
e)
Influencia de las parábolas de Henoc
Dado
que la posibilidad de influencia de las Parábolas es
fundamental,
conviene examinar los indicios. Mt 25,31: “Cuando el Hijo del hombre
venga en
su gloria, y con él todos sus ángeles, entonces se sentará en el trono
de su
gloria”. Aquí cabe percibir tanto un eco de la doble visión de Dn 7
(los
“tronos” en plural, el segundo trono ocupado por “alguien como un hijo
de
hombre” para participar en el juicio) como influencia de las Parábolas,
que hacen explícita esa implicación: el Elegido se sienta repetidamente
“en el
trono de su gloria” para juzgar, y esa figura es identificada con “ese
Hijo del
hombre” (1 Hen 69,27). Las dos referencias mateanas (Mt 19,28;
25,31),
posiblemente junto a Jn 5,27, son los únicos indicios en los evangelios
de
conocimiento de la tradición desarrollada en 1 Henoc. Mateo y
Juan se
datan en las dos últimas décadas del s. I; nada indica influencia
anterior
similar en Marcos o Q. Esto sugiere que las Parábolas no
influyeron en
la tradición de Jesús hasta esas dos décadas finales, y refuerza la
idea de que
las Parábolas no fueron conocidas hasta el tercer cuarto del
siglo I.
f)
Dirección de la “venida”
Otro
aspecto intrigante es la ambigüedad sobre la dirección de la “venida”
del Hijo
del hombre. En Dn 7,13, va hacia el Anciano de Días: toda la
acción se
desarrolla en el cielo. En los pasajes con alusión más marcada,
cabe que
la “venida sobre las nubes” se entendiera en el cielo; pero, tal como
ahora
están, las dos alusiones más obvias sugieren (¿también?) una venida desde
el cielo. El material Q presenta ambigüedad similar: la versión Q de Mc
8,38
sugiere acción en el cielo (Mt 10,32-33/Lc 12,8-9), aunque Mc 8,38
admite
venida desde el cielo. La comparación con el relámpago (Mt 24,27/Lc
17,24)
tiene connotaciones tanto de teofanía (desde/en el cielo) como de
castigo
(procedente del cielo). En la parábola sobre el momento de la venida
(Mt
24,44/Lc 12,39-40), la imagen del Hijo del hombre pudo haber
reemplazado a la
del dueño que regresa de manera inesperada. Y Lc 18,8 implica venida a
la
tierra: “Cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará fe sobre la
tierra?”
La
ampliación mateana añade confusión: una venida para sentarse en su
trono de
gloria (Mt 19,28; 25,31) y, a la vez, referencias a la parusía
(término
empleado en las cartas del NT para la segunda venida de Cristo). La
venida a la
tierra está probablemente implícita en Mt 10,23 y 24,44; todo parece
desarrollo
de Mt 24,30 (= Mc 13,26), una de las citas explícitas de Dn 7,13. La
posibilidad emergente es que hubo una tendencia a invertir la
dirección
de la “venida” al transmitir la tradición de Jesús. Lo que empezó como
evocación de la visión daniélica, de una exaltación y entronización en
el
cielo, fue desarrollado paulatinamente como episodio más complejo:
entronización seguida de una nueva bajada a la tierra. Los indicios más
manifiestos son cuatro: la transición de pensamiento todavía
perceptible en Mc
13,26-27 y Mc 8,38; la probable inserción de Sal 110,1 en la alusión a
Dn 7,13
de Mc 14,62; y la fusión de la venida del Hijo del hombre con el
regreso del
amo/dueño/novio en varias parábolas.
16.6. Hijo del
hombre: una hipótesis
No
es extraño que el material sobre el Hijo del hombre haya dado tantos
quebraderos de cabeza. El grado de complejidad no tiene equivalente en
la
tradición de Jesús; los paralelos son tan discutidos lingüística y
apocalípticamente que toda hipótesis puede ser atacada desde varios
ángulos. Y
ha habido modificaciones manifiestas: la tradición no se ha limitado a
recitarse, sino que ha variado en su interpretación. Los elementos
centrales
han cambiado de significado sin sufrir variaciones de palabras (“el
hijo del
hombre” se ha convertido en “el Hijo del hombre”); un acontecimiento
celestial
ha sido desarrollado para expresar esperanza en el regreso de Jesús
desde el
cielo. La dificultad para vislumbrar la idea que Jesús tenía de sí
mismo en
relación con el “Hijo del hombre” es mayor que en cualquier otro caso.
Pero
ello no se debe a que el tema fuera incluido tardíamente ni a que fuera
muy
modificado: simplemente, lo inicialmente oído por los discípulos cobró
mayor
significación durante el proceso temprano de tradición. Por acercarse
“el hijo
del hombre”, en el uso de Jesús, a una referencia al propio papel, los
discípulos —tras la conmoción pascual— rápidamente percibieron en la
expresión
una significación mayor, que pusieron de manifiesto en sus primeras
comunicaciones
sin alterar mucho (¡o nada!) sus palabras.
Cabe,
no obstante, no sólo sacar una conclusión, sino elaborar una hipótesis
consistente.
(1) El mismo Jesús utilizó la expresión “el
hijo del hombre” (§ 16.5a).
Desde la perspectiva histórico-tradicional, esto no admite duda. Cuando
tantas
cuestiones son difíciles, supone un alivio encontrar un caso en que las
pruebas
inclinen la balanza tan perceptiblemente. Si no podemos confiar en que
Jesús
empleó —y muy regularmente— la expresión, no hay prácticamente nada en
la
tradición que pueda atribuírsele con suficiente seguridad.
(2)
Más allá, la confianza disminuye rápidamente. Pero los indicios
sostienen que Jesús
empleó el arameo bar ‘enaßa de un modo general y autorreferencial,
traducible por “un hombre como yo”, equivalente a “uno”. Al moßel
Jesús
probablemente le atrajo la ambigüedad entre referencia general y
autorreferencia, jugando con los significados “hombres”, “hombre”, “un
hombre
como yo”... Ese juego de palabras es evidente en varios puntos de la
tradición;
no es creíble que fuera introducido tras la traducción al griego:
figuraba ya
en la etapa aramea. Hay poca razón para negar que el mismo Jesús
hiciera propio
ese uso.
(3)
Es probable también que el juego de palabras incluyera al menos alguna
referencia a “alguien como bar ‘enaß” de Dn 7,13. Con la posible
excepción
de Lc 12,8, no hay indicios para apoyar que el Hijo del hombre fuera ya
título
establecido o modo de referirse a una figura redentora celestial
esperada.
Tampoco los hay (aparte de Mc 14,62-64) de que bar ‘enaßa
escandalizase
a los oyentes. Hipótesis verosímil: Jesús veía en el bar ‘enaßa
daniélico un nuevo juego con el modismo y un signo de esperanza en el
propio
triunfo final, pese a cualquier cosa que pudiera sucederle. Por la
ambigüedad,
y porque Dn 7,13 era un ejemplo del modismo (“alguien como un hijo de
hombre”),
la expresión no fue entendida necesariamente como afirmación de ser
la
figura daniélica, sino como alusión al triunfo subsiguiente al papel de
sufridor que la figura representaba para los fieles de Israel.
(4)
Esto concuerda con lo conocido sobre las Parábolas de Henoc. La
posibilidad de que las Parábolas introdujeran una nueva
interpretación
de Daniel socava el contraargumento de que presuponen una
interpretación
anterior. Y el hecho de que claros indicios de su influencia no
aparezcan hasta
tarde en el desarrollo de la tradición de Jesús (Mateo y Juan) refuerza
la
sospecha de que las Parábolas no entraron en escena hasta algún
tiempo
después de finalizada la misión de Jesús.
(5)
En cuanto al desarrollo manifiesto, parece haber comenzado con
el uso
por Jesús del modismo arameo (bar ‘enaßa), al que él mismo
imprimió la
particular alusión (bar ‘enaß) a Dn 7,13. A lo largo de la
transmisión
se hizo más marcada la autorreferencia en “el hijo del hombre”, y la
transición
al griego fijó la expresión como título formal (“el Hijo del hombre”).
En el
mismo proceso, la inicial alusión a Dn 7,13 devino más compleja: por la
incorporación de Sal 110,1 (Mc 14,62), por la inversión de dirección en
la
“venida” para dar cabida a la idea del regreso (parusía) desde el cielo
(especialmente Mateo), y por la elaboración de una alusión a la también
modificada visión daniélica de las Parábolas de Henoc (Mateo y
Juan).
Desde
una perspectiva histórico-tradicional, la hipótesis es sólida, pese a
que los
datos externos son confusos. Su fuerza está en que contempla la
tradición de
Jesús como intento de recordar lo que Jesús dijo y de interpretarlo a
la luz de
la cristología en desarrollo y de las circunstancias cambiantes. Su
mayor valor
consiste en indicar la posibilidad de que las raíces de Jesús
influyeran en él,
de que considerara propias las debilidades humanas y de que la visión
daniélica
alentara en él la esperanza de ser acogido por el Altísimo una vez
cumplida su
misión. Su mayor defecto para la fe cristiana tradicional es el
corolario de
que la tradición de la venida de Jesús (nuevamente a la
tierra)
pudo originarse mediante una fusión pospascual del tema de la venida
del Hijo
del hombre con el del regreso, peculiar de las parábolas de crisis.
16.7. Conclusión
Aún
no se ha completado el examen de los datos pertinentes —algunos
aspectos quedan
para el próximo capítulo—, pero pueden sacarse ya algunas conclusiones
oportunas.
En
cierto sentido, las averiguaciones son decepcionantes. Hay que dar como
probable que Jesús no intentó atribuirse ningún título y que rechazó al
menos
uno que otros le aplicaron. Cabe apurar más: Jesús consideraba que no
era parte
de su misión hacer declaraciones específicas sobre su propia condición.
Lo más
cercano a una declaración de ese tipo es su uso de la expresión no
titular bar
‘enaßa, demasiado ambigua para ser una petición implícita de fe en
él, y
que constituye más bien una manifestación de esperanza en el propio
triunfo
final. La alusión a su papel es más un resultado de su proclamación del
reino
de Dios que una afirmación de su estatus. Lo importante para él era la
proclamación del reino; la identidad del proclamador era cuestión
secundaria.
Más lejos en esta línea cabría plantearse si Jesús consideraba que la
fe en el
reinado de Dios dependía de la fe en él mismo, o si el discipulado
requería una
particular fe en Jesús, o si bastaba con compartir su fe en Dios como
Padre (Abba)
y en su misión para vivir a la luz del reino venidero.
Por
otro lado, la revisión de los datos ha mostrado la improcedencia de
convertir
en eje del debate títulos bien definidos (el Mesías, el Hijo del
hombre, etc.).
Conviene investigar partiendo de conceptos más amorfos, de percepciones
embrionarias y de asunción de papeles, más que de títulos. Los indicios
parecen
sugerir simplemente un hombre que, al leer/escuchar su Escritura,
percibía
connotaciones escatológicas y veía en ella posibilidades y modelos que
dejaban
atrás las categorías más tradicionales. En tal caso puede hablarse más
resueltamente del hombre recordado como alguien que ante todo asumió el
papel
de portavoz escatológico de Dios; y de ahí, sin forzar los
datos,
deducir algo de la idea que Jesús tenía de sí mismo en relación con ese
papel:
su convencimiento de ser agente escatológico de Dios en la
culminación
de los planes divinos para Israel, su sentimiento de íntima
vinculación
filial con Dios y de la dependencia de sus discípulos respecto a
él, y su
probablemente intensa esperanza de acabar siendo reconocido
como el
hombre que estaba desempeñando la decisiva función de traer el reino a
su
realización y consumación.
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