El
cristianismo en sus comienzos. Tomo I. Jesús recordado
Quinta parte. Culminación de la misión de Jesús
Capítulo 17. ‘Crucifixus sub Pontio Pilato’
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
17.1. La culminación de la misión de Jesús
Desde
los primeros tiempos, el Credo de los Apóstoles pasó directamente del
nacimiento de Jesús a su pasión y muerte, dejando un vacío intermedio
difícil
de llenar con datos históricos. Por esa razón, en los capítulos
anteriores no
se ha intentado precisar con detalle el lugar y orden de los hechos y
enseñanzas de Jesús, ni la cuestión de sus posibles visitas a Jerusalén
durante
su misión galilea. Pero con los últimos días de su misión se pisa un
terreno
más firme: todas las fuentes coinciden en que la misión de Jesús
culminó en su
visita final a Jerusalén y en su ejecución allí, probablemente en la
Pascua del
año 30 de nuestra era.
a)
La tradición de la última semana de Jesús
Basta
una ojeada a una sinopsis para advertir que todos los evangelios
emplean una
misma estructura narrativa para el período final: entrada en Jerusalén,
diversas enseñanzas, una cena colectiva final, arresto, proceso y
ejecución. La
explicación más obvia es que esa estructura quedó fijada en una etapa
temprana
del proceso de tradición y se mantuvo en la transición a los evangelios
escritos, fruto de la memoria de los discípulos que la transmitieron.
Esto
resulta especialmente claro en el llamado relato de la pasión
(Mc
14–15): la última cena y la detención, condena, ejecución y sepultura
de Jesús
fueron importantes para la identidad de cada nueva iglesia desde el
principio.
Lo corroboran las formulaciones tradicionales citadas o aludidas por
Pablo: la
Cena del Señor era elemento central de unión en sus iglesias (1 Cor
10–11), y
la fórmula de Jesús «entregado» y «muerto», la cruz como ignominia, y
la
presencia de Poncio Pilato (ya en 1 Tim 6,13) aparecen como ecos
tempranos.
Estamos ante un claro ejemplo del paradigma de la tradición oral:
estabilidad
de estructura y tema, atención predominante a los elementos centrales.
Dentro
de esa estructura amplia había, sin embargo, espacio para variantes
notables:
la posible ampliación del discurso escatológico de Mc 13, las parábolas
añadidas por Mateo o trasladadas por Lucas al viaje a Jerusalén, y las
variaciones sustanciales de Juan, que añade los «discursos de
despedida» (Jn
14–17). Los intentos de explicar estas variantes a partir de fuentes
escritas
(un relato premarcano de la pasión, una fuente especial lucana) no han
alcanzado consenso, y en realidad los criterios son insuficientes. Una
vez más,
debemos aceptar la realidad de la tradición oral, incluido el uso oral
de
tradiciones escritas: la estabilidad de la estructura general y de los
puntos
específicos refleja los elementos nucleares para quienes la
transmitieron,
mientras que los comunicadores ampliaron con cierta libertad los
detalles menos
importantes. Su respeto por la tradición no se expresó en una copia
servil.
Naturalmente,
este cuerpo de tradición fue formulado después de los acontecimientos
pascuales
y, a diferencia de otros materiales, se narró desde una perspectiva
posresurreccional. Pero no hay motivo para dudar del carácter
histórico, en
general, de la estructura, secuencia y elementos principales del
relato,
presumiblemente formulados por testigos oculares. Sin esa continuidad
sería
difícil comprender cómo el «evangelio» llegó a ser tan rápidamente el
fundamento de todas las iglesias conocidas por Pablo. Los componentes
principales (entrada en Jerusalén, protesta en el templo, disputas
posteriores,
discurso escatológico, oración en Getsemaní, comparecencia ante el sumo
sacerdote, proceso ante Pilato, titulus de la crucifixión) ya
han sido
examinados; quedan, no obstante, algunas cuestiones específicas que
requieren
atención: el episodio de Lázaro, la motivación de Judas, el carácter de
la
última cena, el arresto y la huida de los discípulos, el papel de
Pilato, la
influencia del AT en el relato de la muerte, y la sepultura.
b)
¿Qué desencadenó el arresto de Jesús?
El
valor histórico del episodio joánico de la resurrección de Lázaro
siempre ha
sido discutido. La cuestión se plantea por la discrepancia entre
sinópticos y
Juan sobre los acontecimientos que condujeron al arresto. Los
sinópticos
sugieren con bastante claridad que el incidente desencadenante fue la
«señal
profética» de Jesús en el templo: Marcos indica que lo que Jesús dijo
sobre el
templo movió a los sumos sacerdotes y escribas a buscar su destrucción
(Mc
11,17-18); a continuación se cuestiona su autoridad y crece el
antagonismo con
los escribas, antes de la decisión de Judas. La marcha hacia el
desenlace
trágico es manifiesta y el incidente del templo inició el movimiento.
El cuarto
evangelista, en cambio, adelantó la «purificación» del templo al inicio
de su
evangelio (Jn 2,13-22), conservando la palabra sobre la destrucción del
templo
(Jn 2,19), que parece haber sido la base de la principal acusación
contra
Jesús. Pero al haber eliminado de la última semana el acontecimiento
desencadenante, Juan necesitaba ofrecer otro verosímil, y la
resurrección de
Lázaro, con su mensaje de poder vivificante, constituye una portada
idónea.
Dada la libertad de Juan para modificar el orden de los
acontecimientos, su
versión del desencadenante tiene mucho menos valor histórico que la
sinóptica.
c)
La motivación de Judas
La
«traición» de Judas está tan profundamente arraigada en la tradición
que cuesta
dudar de su historicidad. El embarazo de que Jesús lo hubiera elegido
personalmente y le hubiera prometido uno de los doce tronos (Mt
19,28/Lc 22,30)
habría creado más tensión en la tradición si las noticias relativas a
Judas
fueran una invención posterior. Pero la admisión de que Judas traicionó
a Jesús
suscita un «¿por qué?» sin fácil respuesta. El cristianismo ha visto en
su
acción el súmmum del mal, mientras otros se han inclinado a retratarlo
de
manera más favorable, dado que en la fe cristiana fue un instrumento
esencial
del drama sagrado. Los datos no ayudan a rehabilitarlo: los
evangelistas
insinúan codicia (Mc 14,11), Juan lo llama «ladrón» (Jn 12,6), y
muestran poco
interés en él aparte de la entrega. Las noticias sobre su muerte (Mt
27,3-10;
Hch 1,16-20) son inconciliables y no permiten especular con base
suficiente.
Judas sigue siendo un enigma.
d)
La última cena
No
hay duda de que Jesús se reunió con sus discípulos para la última
comida
juntos, «la noche en que fue entregado» (1 Cor 11,23). Pablo confirma
que este
dato pertenecía al núcleo de la tradición fundacional. La comida era
además
característica de una misión en que las reuniones en torno a la mesa
eran un
aspecto señalado, y probablemente gran parte de la enseñanza al círculo
más
íntimo se impartió en contexto prandial.
Una
cuestión interesante pero difícil de resolver: ¿fue pascual la última
comida?
Los sinópticos así lo dan a entender (Mc 14,1-2.12-17), y Jeremias
encuentra
razones a favor: comida en Jerusalén y de noche, con vino y palabras de
interpretación. Por otro lado, no hay alusión a los elementos normales
de la
comida pascual, la tradición no menciona su carácter pascual, y es
improbable
que la ejecución tuviera lugar el día mismo de Pascua. Tal vez por eso
Juan
precisa que Jesús fue crucificado el día de preparación (paraskeuæ),
anterior a la comida pascual (Jn 18,28; 19,14): difícilmente puede
evitarse la
sospecha de que Juan hace teología, presentando a Jesús, el Cordero de
Dios,
sacrificado junto a los demás corderos pascuales. Aun así, las
posibilidades
están igualadas; ambas versiones indican que se vio pronto importante
el nexo
entre Jesús y la Pascua. En cuanto a la cena misma, lo más que puede
deducirse
es que Jesús le dio una importancia especial, presintiendo seguramente
que iba
a ser la última.
e)
El arresto de Jesús y la huida de los discípulos
No
hay duda del arresto, y la tradición es sólida en varios aspectos: el
suceso
ocurrió al otro lado del Cedrón, en el monte de los Olivos; Judas guió
a los
encargados de arrestar a Jesús o llegó con ellos; uno de los
acompañantes cortó
la oreja a un miembro del grupo de arresto; y Jesús reprendió a los que
lo
formaban. Alrededor de este núcleo se perciben ampliaciones: el beso de
traición, la reprensión de Jesús al que resistió, la curación de la
herida y el
episodio del joven misterioso de Mc 14,51-52. El carácter del grupo de
arresto
es confuso (multitud, oficiales del templo, cohorte y guardias), pero
las
versiones concuerdan bastante. No hay razón para deducir que
intervinieran los
romanos; el grupo había sido enviado por los sumos sacerdotes, que
podían
recurrir a la policía del templo.
La
huida de los discípulos, recordada en Marcos y Mateo, junto con la
negación de
Pedro (en los cuatro evangelios) y la casi total ausencia de los
discípulos en
la crucifixión, es demasiado vergonzosa para haber sido inventada. Más
bien
indica que los arrepentidos de no haber respondido adecuadamente
quisieron
hacer alguna reparación incluyendo memoria de su fallo en la tradición
de la
que eran responsables.
f)
El papel de Pilato
Pilato
es un personaje casi tan enigmático como Judas. Hay una notable tensión
entre
los relatos evangélicos y el conocimiento que de él aportan Josefo y
Filón,
quienes lo describen como un gobernador despiadado, resuelto a imponer
su
voluntad. El típico funcionario de categoría media, representante del
poder
imperial en una zona sensible, supo mantenerse en el cargo (26-37 d.
C.)
sobreviviendo a las crisis que él mismo generaba. Es sabido que tenía
poco
escrúpulo en ejecutar arbitrariamente a quienes consideraba
provocadores de
disturbios. La crucifixión era una forma romana de castigo para
esclavos
insumisos y rebeldes políticos, y puede darse por seguro que Jesús fue
crucificado por decisión directa del propio Pilato.
La
única razón para dudar de esta conclusión es la tendencia evangélica a
librar a
los romanos de responsabilidad cargándola sobre las autoridades judías:
Pilato
se daba cuenta de que se lo habían entregado por envidia (Mc 15,10),
ofreció a
la multitud la opción Barrabás/Jesús, Lucas subraya que lo declaró
inocente y
quiso soltarlo, Mateo presenta a la mujer de Pilato advirtiéndole y a
Pilato
lavándose las manos, Juan imagina un debate en el que Pilato repite no
encontrar delito. Hay elementos verosímiles, pues los gobernadores eran
vulnerables a denuncias por injusticias; pero la imagen de Pilato
cediendo a la
presión para ejecutar a un hombre cuya inocencia él reconocía debe casi
con
seguridad más a motivación política que a memoria histórica. La
principal
responsabilidad por la ejecución debe apuntarse, en cualquier caso, en
la
cuenta de Pilato, y los primeros indicios de tendencia antijudía deben
ser
reconocidos y repudiados con claridad.
g)
El relato de la muerte de Jesús
Desde
hace mucho se sabe que la tradición fue influida por ecos
veterotestamentarios,
especialmente del salmo 22. Es difícil evitar la conclusión de que el
relato
fue adaptado para que diese cabida a esos ecos, sobre todo en los
desarrollos
de Mateo (27,43) y Lucas (23,46). Esto no significa que los detalles se
crearan
pensando en alusiones escriturísticas: la crucifixión junto con otros
dos, la
burla, la oferta de vino agrio por los soldados y el grito de Sal 22,1
podrían
haber sido históricos. Lo que sí significa es que, desde el inicio, la
forma de
la tradición pudo dar lugar a que unos detalles quedasen relegados y
otros, en
cambio, puestos en primer plano.
De
aquí se siguen dos corolarios importantes. El primero es que una de las
primeras reacciones de los discípulos ante la conmoción de la ejecución
fue
tratar de buscarle sentido en la Escritura, especialmente en los
grandes
«salmos de sufrimiento» (Sal 22, 69). El segundo es que, si el relato
se basaba
siquiera parcialmente en recuerdos de testigos, los únicos testigos
oculares
reconocidos por todos los evangelistas son las mujeres discípulas (Mc
15,40);
ellas pudieron desempeñar un papel importante en la formación de la
tradición
sobre la muerte de Jesús.
Conviene
tocar también las últimas palabras de Jesús desde la cruz. Sorprende
cuán
débilmente arraigadas están en la tradición: sólo una de las «siete
palabras»
(Mc 15,34/Mt 27,46: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»)
está
atestiguada por más de un autor (y Mateo depende de Marcos). Cada una
de las
restantes cuenta sólo con el testimonio de un evangelista, con débil
apoyo
textual o evidentes signos de ampliación. La conclusión es que las
palabras
pronunciadas por Jesús en la cruz corresponden en su mayoría a
ampliaciones de
diversas narraciones orales. La más probablemente histórica es la del
salmo
22,1, conservada en griego como transliteración del arameo, embarazosa
para la
apologética posterior y por ello probable indicio de autenticidad. En
suma, la
tradición de la crucifixión y muerte tiene verosimilitud en sus líneas
generales, pero ya desde el inicio se formó con el propósito de aludir
a la
Escritura y dar al conjunto un carácter edificante.
h)
La sepultura de Jesús
Algunos
suponen que las autoridades se deshicieron rutinariamente del cuerpo,
pero la
tradición es firme en que Jesús recibió adecuada sepultura (Mc
15,42-47), y hay
buenas razones para respetar este testimonio. 1) La tradición de la
sepultura
es una de las más antiguas conservadas (1 Cor 15,4) y, a diferencia del
relato
precedente, no hay en ella nada tomado de la Escritura. 2) La Ley judía
exigía
bajar el cadáver de un reo antes de la noche (Dt 21,22-23), práctica
habitual
confirmada por Josefo; los romanos difícilmente la hubiesen ignorado en
ocasión
tan sensible como la Pascua. 3) Hay constancia de permisos para bajar a
crucificados, y los huesos de Giv'at ha-Mivtar muestran que un hombre
crucificado pudo ser sepultado en tumba familiar. 4) Muy probablemente,
José de
Arimatea es histórico: aparece en los cuatro evangelios y en el Evangelio
de
Pedro; cuando la tradición tendía a culpar al sanedrín, la
invención ex
nihilo de un simpatizante en su seno habría sido sorprendente, y
«Arimatea»
no es ciudad reminiscente de simbolismo escriturístico. 5) La presencia
de
mujeres junto a la cruz y en el sepelio responde más probablemente a
temprana
memoria que a narración creativa. Como concluye Brown, no hay nada en
el relato
básico preevangélico que no pueda considerarse posiblemente histórico.
Cabe
suponer, pues, con bastante certeza, que la tradición sobre los días
finales de
Jesús ya era recordada y reflejada en las reuniones comunitarias de los
seguidores tras la Pascua del año 30. Estaba incluida en una estructura
amplia
con flexibilidad, sujeta a variaciones habituales y desarrollos según
la
ocasión. Las tradiciones del proceso, ejecución y sepultura (el relato
de la
pasión) parecen haber estado plenamente integradas en una sola
narración casi
desde el principio, posiblemente para recitación sagrada durante el
culto,
quizá pascual. Quedan por dilucidar dos cuestiones específicas:
¿podemos
obtener una idea más clara de por qué fue ejecutado Jesús y cuál era su
propia
percepción y motivación?
17.2. ¿Por qué
ejecutaron a Jesús?
Uno
de los fallos del retrato liberal de Jesús era la improbabilidad de que
alguien
quisiera crucificar a un maestro de moral encantador. Difícilmente
puede ser
histórico un Jesús que no fuera «crucificable». La responsabilidad
principal de
su muerte recae en las autoridades romanas, sobre todo en Pilato, y se
le
ejecutó por considerársele una amenaza al poder de Roma sobre Israel
(al
presentarse como Mesías). Pero la tradición también refiere que la
iniciativa
de acabar con él partió del lado judío. Aunque la responsabilidad judía
se
exageró en la transmisión, no hay buena razón para dudar de hechos
fundamentales como el arresto por la policía del templo y la
comparecencia ante
un consejo reunido por Caifás. De ahí la pregunta: ¿por qué fue Jesús
arrestado
y entregado a Pilato?
Una
respuesta antigua suponía que la impugnación de la Ley por
Jesús había
sido el punto crucial de ruptura con las autoridades judías,
identificadas
principalmente con los fariseos (a partir de Mc 3,6 y de Mt 23). Esta
hipótesis
ha resultado malparada con la crítica de Sanders: los fariseos no
ocupaban una
posición de poder como para determinar la suerte de Jesús, y sus
objeciones a
la Torá y a la halaká difícilmente fueron tan radicales como supuso la
opinión
cristiana posterior. Más importante aún: los fariseos prácticamente no
aparecen
en los relatos de la pasión. Marcos no los menciona tras 12,13 (la
pasión
empieza en 14); Mateo, tras 23, sólo en 27,62; Lucas, tras 19,39; Juan,
tras el
cap. 12, sólo en 18,3. La tradición no guarda virtualmente memoria de
implicación farisea en la muerte de Jesús. En cambio, los sumos
sacerdotes
aparecen regularmente, y son ellos, del lado judío, los principales
actores del
arresto y la condena. Esto implica que los factores decisivos no fueron
cuestiones relacionadas con la Torá, sino con el templo y la jerarquía
sacerdotal.
17.3. La
protesta en el templo y el dicho
sobre él
La
prominencia de los sumos sacerdotes en la maniobra para silenciar a
Jesús
concuerda con dos observaciones: 1) el templo no era sólo centro
religioso,
sino importante base económica del poder político de las familias
sumosacerdotales; 2) la acción simbólica de Jesús en el templo y sus
palabras
sobre destruirlo proporcionaron la razón o excusa final para su arresto
y para
las principales acusaciones. Quienes movían las palancas del poder
dentro del
sistema sociopolítico y religioso de Israel decidieron actuar de manera
drástica, presentando la decisión como puramente religiosa (blasfemia).
Pilato
no necesitó mucha persuasión para condenarlo como opositor político de
Roma,
pero es improbable que hubiera dado el paso sin esa persuasión. Jesús
fue
ejecutado, en último término, porque se había convertido en una espina
para el establishment
político-religioso.
¿Cuándo
empezó Jesús a ser percibido como molesto? ¿A partir de su viaje final
a
Jerusalén, o había ya contra él un resentimiento que se exacerbó al
llegar?
Parece más bien lo primero: en los evangelios los sumos sacerdotes
apenas
aparecen antes de la entrada en Jerusalén; hasta entonces, los
principales
antagonistas son los escribas y fariseos. Sin embargo, hay indicios de
que
palabras y acciones de Jesús pudieron haber sido entendidas como
reprobación de
las prerrogativas sacerdotales.
a)
El perdón, ¿un soslayar el culto?
Ya
hemos visto la relativa prominencia de la perspectiva del perdón en la
predicación de Juan el Bautista y Jesús. No hay que exagerar la
cuestión:
Israel se gloriaba de tener un Dios que perdona, orar por el perdón era
parte
de la liturgia, y el sistema sacrificial (especialmente el Día de la
Expiación)
estaba concebido para obtenerlo. Pero de Jesús se recuerda que causó
sorpresa o
irritación al decir «tus pecados te son perdonados» al paralítico (Mc
2,5.9) y
a la «pecadora» que le ungió los pies (Lc 7,48-49). En el primer caso
aparece
la autoridad del Hijo del hombre para perdonar pecados, en respuesta a
la
recriminatoria pregunta «¿quién puede perdonar pecados sino sólo
Dios?». Pero
la declaración «tus pecados te son perdonados», con su forma pasiva, es
una
notificación de perdón divino (como cuando un sacerdote da la
absolución);
presumiblemente igual era la implicación cuando el Bautista declaraba
perdonados los pecados o cuando un exorcista lo hace en la Oración de
Nabónido.
No hay idea de usurpación de la prerrogativa de Dios, sino mediación
humana del
perdón divino.
Una
causa más verosímil de irritación es que Jesús declaró perdonados los
pecados fuera
del culto y sin referencia a él: los pecados eran perdonados allí y
entonces, sin necesidad de ofrenda sacrificial. La irritación no
provendría
tanto de usurpar la prerrogativa de Dios como de arrogarse el papel que
Dios
había asignado a los sacerdotes y al culto. El bautismo de Juan para el
perdón
planteaba problemas similares. Si Jesús suscitó escándalo al declarar a
alguien
perdonado, los escandalizados serían quienes mayor motivo tenían para
preocuparse por los valores religiosos y materiales del sistema del
templo: las
familias sumosacerdotales.
b)
La pureza, ¿un desentenderse del culto?
Causa
aún más probable de irritación serían las informaciones sobre la
actitud
distante de Jesús respecto a la pureza ritual. Las prescripciones sobre
pureza
eran centrales en el judaísmo del Segundo Templo y constituían uno de
los
factores principales de la tensión entre facciones. Borg insiste en que
el
sistema de la pureza era «la ideología de la clase dirigente», y el
templo,
integrado por círculos concéntricos de santidad, hacía de la pureza una
preocupación principalmente sacerdotal.
En
contraste con esa preocupación está la impresionante serie de episodios
en
Marcos: Jesús toca a un leproso sin preocuparle la impureza (1,40-45),
expulsa
«espíritus impuros», es acusado de tener uno, come con «pecadores»
(2,16), cita
a David transgrediendo respecto al templo (2,25-26), exorciza al
endemoniado de
la legión entre sepulcros, envía los espíritus a una piara de cerdos
(5,1-17),
cura a una hemorroísa y toma de la mano a una niña muerta (5,41),
aconseja
aceptación de hospitalidad sin pensar en impureza (6,10), no exige a
sus
discípulos prácticas como lavarse las manos, y discute la validez de
las normas
de pureza (7,1-23). Aunque Marcos enfatizó el tema, éste estaba
hondamente
arraigado en la tradición; se recordaba una actitud flexible de Jesús
respecto
a la pureza ritual. Esa actitud por sí sola debió convertir su misión
en causa
de irritación para las autoridades del templo.
En
suma, hay indicios suficientes de que elementos principales de la
enseñanza de
Jesús y el modo en que desarrollaba su misión pudieron atraerle una ira
y
hostilidad crecientes por parte de las familias sumosacerdotales y
autoridades
del templo. La acción simbólica en el templo y el anuncio de su
destrucción no
hicieron más que confirmar antiguas sospechas y persuadir a quienes
tenían el
poder de que había que eliminar a Jesús cuanto antes. Si podemos
deducir una
explicación razonable para los acontecimientos, ¿es posible llegar a
conocer
las intenciones de Jesús? La primera pregunta a plantear es: si Jesús
había
despertado ya la oposición de la jerarquía sacerdotal, ¿por qué subió a
Jerusalén poniéndose al alcance de sus enemigos más poderosos?
17.4. ¿Por qué
subió Jesús a Jerusalén?
En
el marco de los evangelios, la respuesta es clara: los evangelistas,
especialmente Lucas, subrayan el «plan» preestablecido por Dios, la
necesidad
divina del acontecimiento, y la firmeza de Jesús al dirigirse a
Jerusalén (Lc
9,51). No debe inferirse que todo es creación pospascual: difícilmente
se puede
excluir que un sentimiento del propio destino hubiera impulsado a
Jesús. Pero
quienes buscan respuesta en la tradición han propuesto razones
distintas o
adicionales, relacionables con el objeto principal de su misión: la
predicación
del reino. Si Jesús esperaba realmente la restauración de Israel,
Jerusalén
tenía que desempeñar un papel importante en esa expectativa. K. H. Tan
ha
pasado revista a las principales respuestas, que se reducen a tres
opciones: 1)
Jesús quería dar a conocer su mensaje en la capital, esperando una
respuesta
positiva de los jefes; 2) estaba decidido a afrontar y apabullar a unos
dirigentes obstinados, quizá fomentando un sistema religioso
alternativo; 3) la
opción más radical: si el reino estaba a punto de venir, Jerusalén era
el lugar
donde más probablemente «aquello» iba a acontecer, ¿pensaba acaso Jesús
desencadenar la venida del reino con su predicación o actividad allí?
La famosa
tesis de Schweitzer es una respuesta en esta línea, pero no la única
posible.
a)
¿Con el fin de restaurar Jerusalén para el reinado de Yahvé?
Tan
ha centrado la atención en las importantes tradiciones sobre Sión. La
Biblia
judía recoge la convicción de que Sión es morada y trono de Dios, lugar
de
refugio y bienaventuranza, punto de destino en la peregrinación
escatológica de
las naciones, centro del dominio universal de Yahvé. A juicio de Tan,
tres
pasajes sugieren que Jesús compartía esta teología: 1) Mt 5,34-35 llama
a
Jerusalén «la ciudad del gran rey» (Sal 48,1), denominación que bien
podría
proceder de Jesús. 2) En Lc 13,32-33 Jesús habla de alcanzar su meta en
Jerusalén, aunque es más problemático por ser vocabulario lucano. 3)
Lucas
conecta esto con el lamento Q por Jerusalén, normalmente considerado no
procedente de Jesús, pero del que es difícil rechazar ciertos rasgos:
la
inserción en una tradición sin noticia de visitas anteriores no resulta
creíble, la implicación de muerte por lapidación difícilmente es
creación ex
eventu, y por estar integrado en Q es casi con seguridad anterior
al 70 d.
C. Tan deduce que el objetivo de Jesús era la «renovación» de Jerusalén
para
que fuera sede del reinado de Yahvé, y refuerza esta idea examinando la
entrada
en Jerusalén, el incidente del templo y la última cena. Aunque va
excesivamente
lejos en lo tocante a la entrada en Jerusalén, su tesis en conjunto
está mejor
argumentada que la mayoría de las que compiten con ella.
b)
¿Para representar el regreso de Yahvé a Sión?
Wright
había elaborado antes una tesis aún más atrevida: que un aspecto
central de la
esperanza judía del Segundo Templo era el regreso de Yahvé a Sión, y
que Jesús
«quiso representar, simbolizar y personificar» ese acontecimiento
culminante.
Wright la desarrolla por dos líneas. 1) Que Jesús dijo del Hijo del
hombre que
«vendría» al Anciano de Días para sentarse en el otro trono (Dn
7,9-14); pero
sigue sin estar claro cómo ese triunfo final en/al cielo conecta con la
anterior ida de Jesús a Jerusalén. 2) La parábola de los talentos/minas
(Mt
25,14-30/Lc 19,12-27), donde Wright considera que la vuelta del amo/rey
no debe
entenderse como «segunda venida», sino como el regreso de Yahvé a Sión
con sus
devastadores resultados. La idea de que el discurso sobre la «segunda
venida»
corresponde más a la perspectiva de narraciones posteriores que a la
primera
formulación es defendible, pero estos datos no permiten deducir que
Jesús se
viera en ese papel ni que entendiera su viaje como escenificación del
regreso
de Yahvé. La referencia al regreso de Yahvé era importante en la
esperanza
judía y pudo influir en Jesús al hablar de la crisis creciente; pero la
tesis
resultaría más convincente si los ecos fueran más fuertes y repetidos.
Es una
versión fascinante del relato, pero difícilmente atribuible al núcleo
de la
tradición.
c)
¿Para sustituir el culto de Jerusalén?
La
hipótesis de que Jesús pretendía manifestar su reprobación a las
autoridades
jerosolimitanas ha sido ampliada relacionando sus palabras y acciones
en el
templo con las de la última cena. Según Theissen y Merz, Jesús quería
que ésta
reemplazase a aquél: hablando y actuando en el templo declaró su fin, y
en el
cenáculo declaró la sustitución del culto: pan en lugar de holocausto,
una
nueva alianza sin sacrificio. Similar es la ampliación de Chilton sobre
la
importancia de la pureza para Jesús: tras «ocupar» el templo, las
comidas de
Jesús habrían sido entendidas como sacrificios mejores que los del
corrompido
templo de Caifás, instaurando un culto alternativo donde el pan y el
vino
reemplazaban el sacrificio.
Estas
tesis son valiosas porque atribuyen a Jesús la intención de establecer
un nuevo
culto (la eucaristía) en sustitución del templo. Pero adolecen de un
grave
fallo: los primeros cristianos seguían acudiendo al templo y
participando en el
sistema sacrificial, lo que implicaría que habían malinterpretado esa
intención. La versión de Chilton, además, vincula «cuerpo» y «sangre»
con la
carne y sangre de Jesús sustituyendo las del sacrificio, fortaleciendo
el
vínculo última cena – ocupación del templo a costa del vínculo última
cena –
muerte de Jesús, ya manifiesto en las formas más primitivas del relato.
Se
trata de una hipótesis aplicada forzadamente, no desarrollada a partir
de la
tradición. No parece que se obtengan respuestas satisfactorias sobre
por qué
subió Jesús a Jerusalén sin dilucidar cómo entendía Jesús su muerte.
17.5. ¿Contaba
Jesús con su muerte?
Si
su misión en Galilea estaba causando irritación creciente en las
autoridades
jerosolimitanas, no parece probable que Jesús lo ignorase, ni menos aún
que no
contara con la posibilidad de su arresto o algo peor. ¿Subió entonces a
Jerusalén consciente de que ello podía costarle la vida?
a)
El sino de los profetas
Es
más que posible que Jesús esperase correr la suerte de los profetas, el
martirio en Jerusalén como consecuencia de la actividad profética. Dada
la
tradición de que el justo debía esperar sufrimiento, quien antepusiera
el hacer
la voluntad de Dios debía contar con padecer y aun morir. Sobre todo,
Jesús
tendría presente lo sucedido a su mentor, Juan el Bautista; aunque Juan
había
sufrido a manos de Antipas, difícilmente podía pensar que en Judea las
cosas
serían distintas.
b)
Hostilidad creciente
Jesús
tuvo que ser consciente de que su misión y libertad estaban cada vez
más
amenazadas. Los desplazamientos en Galilea pudieron estar motivados, al
menos
en parte, por la necesidad de mantenerse a distancia de Antipas (Lc
13,31); sus
antenas políticas eran sensibles. Probablemente se habían presentado
contra él
graves acusaciones (practicar la magia, violar el sábado, ser un hijo
rebelde),
todas punibles con lapidación según m. San 7,4. Jesús debía
tener
presente la posibilidad de ser lapidado (Mt 23,37/Lc 13,34) y de
recibir
sepultura sin ser embalsamado, como criminal (Mc 14,8). El hecho de que
tales
temores no se cumplieran (no fue lapidado y fue sepultado dignamente)
indica
que la tradición los recordaba pese a no haberse hecho realidad. Sobre
todo,
Jesús no pudo emprender la acción simbólica en el templo sin plena
conciencia
de que lanzaba el guante a las autoridades religiosas, sobre todo si
también
habló provocadoramente sobre la destrucción y sustitución del templo.
Habría
sido extraordinariamente ingenuo si no hubiera previsto el desenlace.
c)
Las predicciones de la pasión
La
prueba más controvertida de ese conocimiento previo son las tres
predicciones
de la pasión (Mc 8,31; 9,31; 10,33-34, parr.). La tradición recuerda
claramente
que Jesús predijo su muerte, además de la «entrega» y el sufrimiento,
con
variaciones típicas de la comunicación oral. La versión mateana muestra
conocimiento de un bar 'enaßa autorreferencial (Mt 16,21); las
variaciones en la frase final son llamativas (Marcos «después de tres
días» en
voz activa frente a Mateo/Lucas «al tercer día» con voz pasiva en
Mateo),
reflejando una formulación más precisa a la luz de la resurrección. El
grado de
variación es amplio, desde la brevedad de la versión lucana de la
segunda
predicción hasta la plenitud de detalles en la tercera (entrega a
gentiles,
burla, escupitajos, azotes, muerte); Mateo añade incluso la crucifixión
(20,19)
como método de ejecución. Estos indicios son coherentes con un proceso
de
transmisión muy reflexionado.
Pero
¿son versiones oralmente comunicadas de algo realmente dicho por Jesús?
La
segunda predicción (Mc 9,31) parece la menos desarrollada: «El Hijo del
hombre
va a ser entregado en manos de los hombres». Hay un característico
juego de
palabras («Hijo del hombre» / «hombres») que presupone una formulación
hebrea/aramea original, una «pasiva divina» y una construcción
semítica.
Estamos ante un maßal arameo que expresa de manera escueta la
perspectiva del arresto: «el hombre va a ser entregado a los hombres».
Subsiguientes transmisores ampliaron «entrega» y «hombres» a la luz de
lo
realmente sucedido, pero el carácter proverbial del núcleo, no afectado
por
esas modificaciones, sugiere que fue Jesús mismo quien formuló el maßal,
muy posiblemente al explicar por qué debía subir a Jerusalén.
Conclusiones: 1)
Jesús era recordado utilizando bar 'enaßa con flexibilidad. 2)
Previó
que su misión encontraría rechazo en Jerusalén, donde sería arrestado y
entregado al poder de las autoridades. 3) Aceptó como designio divino
lo que
iba a suceder.
d)
Otras metáforas
Jesús
es recordado utilizando otras metáforas para referirse al sufrimiento
que
habría de soportar: el cáliz, el bautismo y el fuego. El doble
testimonio de
Marcos y Lucas indica que se recordaba el uso de la imagen del bautismo
(Mc
10,38-39; Lc 12,50) para el sufrimiento previsto. En el contexto
marcano/mateano, el dicho sobre el cáliz (Mc 10,38-39; Mt 20,22-23)
denota
previsión de sufrimiento; lo llamativo es el anuncio de que Santiago y
Juan
deberían beberlo: predicción difícilmente formulada en los primeros
años
cristianos (no se cumplió como se anunciaba), que debe remontarse a
Jesús y se
conservó por venir de él. La imagen del cáliz reaparece en Getsemaní
(Mc
14,36): la poco halagüeña descripción de Jesús en el huerto es
probablemente
fiel a su estado de ánimo cuando ya era plenamente consciente de lo que
le
aguardaba.
Más
intriga despierta el doble dicho sobre fuego/bautismo de Lc 12,49-50,
paralelo
en EvTom 10 (sobre el fuego) y vinculado al sombrío anuncio de
división
intrafamiliar (Mt 10,34-36/Lc 12,51-53; cf. EvTom 16). Lo más
llamativo
es el eco de la metáfora del Bautista: «Él os bautizará con Espíritu
Santo y
fuego» (Mt 3,11/Lc 3,16). Que dos de las tres imágenes principales de
la
predicción de Juan (bautismo, fuego) reaparezcan aquí con efecto
similar
(anuncio de intenso padecer) no puede ser simple coincidencia: hay un
recuerdo
de que Jesús utilizó las metáforas del Bautista. Probablemente Jesús
aplicó la
metáfora de Juan a su propia misión, viendo en ella un anuncio
adicional de que
él mismo viviría una intensa experiencia de sufrimiento.
e)
La última cena
Aunque
las tesis de Theissen/Merz y Chilton van más allá de lo permitido, la
tradición
es firme en que Jesús pronunció palabras que revelaban que sentía la
inminencia
de su muerte. Dos actos característicos de simbolismo profético, uno al
comienzo y otro «después de la cena», dejaron una impresión duradera en
los
presentes. Jesús invitó a ver en el pan partido y distribuido un
símbolo de sí
mismo, y también en el vino escanciado. El simbolismo de la muerte es
claro,
incluso sin las variadas interpretaciones del núcleo que sin duda
comenzaron
desde el primer recuerdo. Es poco dudoso, pues, que Jesús previó
rechazo a
causa de su mensaje en Jerusalén, que compartiría la suerte de los
profetas,
que padecería como hombre a manos de hombres, que bebería la copa del
sufrimiento y que se vería atrapado en la tribulación final.
17.6. ¿Dio
Jesús sentido a su muerte
prevista?
El
material tradicional ya examinado ofrece varias respuestas posibles.
a)
¿El justo mártir?
La
idea de que el padecimiento y muerte de un justo podía indicar el final
del
sufrimiento del pueblo, e incluso contribuir a acelerarlo, había sido
expresada
en relación con los mártires Macabeos. Si Jesús estaba influido por la
poderosa
tradición sapiencial y apocalíptica judía relativa al justo doliente,
como
parece probable, es totalmente verosímil que hubiese hablado en esos
términos
de la pasión y muerte que preveía.
b)
El «Hijo del hombre» doliente
Jesús
pudo utilizar la visión de Daniel de «alguien como un hijo de hombre»
para
forjar sus expectativas. El dicho nuclear (Mc 9,31) muestra indicios de
influencia de Daniel: «hijo de hombre» (Dn 7,13), «entregado» (7,25), y
«resucitado». No está claro que kebar 'enaß en Daniel fuera
percibido
como uso distinto del modismo hebreo/arameo normal; en la
interpretación
añadida, la figura humana representa a «los santos del Altísimo» en su
triunfo
tras el terrible sufrimiento infligido por el cuarto reino, símbolo
adecuado de
la fragilidad de Judá frente a Antíoco Epífanes.
Si
Jesús utilizó la visión de Daniel, no lo hizo simplemente para expresar
esperanza de triunfo final, sino para reflejar la inevitabilidad del
sufrimiento previo. La idea del bar 'enaßa frágil se mezcla con
la del
justo doliente. Posibilidad sugerente: Jesús pudo interpretar la visión
de
Daniel como predicción de lo que él debía padecer por Israel en calidad
de
representante suyo. Tal idea no está explícita en Daniel (como tampoco
la teología
de 2 Mac 7 expresa el sufrimiento vicario), pero, aunque sea de manera
incipiente, se encuentra en el uso jesuano de bar 'enaßa. Si
Jesús se
refirió a sí mismo como «el (hijo del) hombre», aludía a lo
genéricamente
humano de su condición; y si halló en Dn 7,13 inspiración, tal vez
incluyó la
idea de que ese «alguien como un hijo de hombre» representaba a Israel.
c)
Otras metáforas
Una
cuestión no abordada antes es que Jesús aplicó las metáforas del
bautismo y del
fuego al sufrimiento que esperaba para sí. De hecho, ésta es la
característica
más sorprendente: tomó del Bautista las metáforas y las utilizó para sí
mismo.
Juan había predicho la venida de uno que bautizaría a otros con
fuego (o
con Espíritu ígneo); Jesús corroboró la predicción —¿de quién sino del
Bautista
provendrían estas metáforas?—, pero indicó que no serían otros los así
bautizados, sino él mismo. Un castigo como el anunciado por el
Bautista
entraba en las previsiones de Jesús; no era tema fundamental en su
predicación
del reino, pero no lo rechazó por completo. Lo que hizo fue transformar
las
metáforas peculiares del Bautista tratándolas como anuncio de su propio
destino.
No
nos encontramos lejos de la poco aceptada visión de Schweitzer: Jesús
esperaba
que la tribulación final fuera inminente y, hacia el momento de su
viaje a
Jerusalén, estaba convencido de que él mismo iba a sufrir esa misma
tribulación. ¿Sólo por él, en solidaridad con los demás, o por ellos de
algún
modo? Aquí se desvanece la claridad. Una posibilidad: el ulterior
desarrollo
paulino de la metáfora bautismal en Rom 6,3-4 («bautizados en la muerte
de
Jesús») podría reflejar una adaptación de Jesús: si él empleó la
metáfora del
Bautista para su propia muerte anunciada, pudo inspirar el uso paulino,
del que
no había precedente. Antes de examinar el último material, debe
mencionarse
también Zac 13,7, citado en Mc 14,27/Mt 26,31 («Heriré al pastor, y se
dispersarán
las ovejas»): su uso en CD 19,7-10 parece indicar previsión similar de
tribulación escatológica y plantea preguntas sobre el carácter vicario
del
sufrimiento del pastor.
d)
El siervo doliente
Si
pudiera atribuirse a Jesús, este tema permitiría una respuesta positiva
sobre
el sufrimiento vicario. ¿Aludió Jesús al siervo de Yahvé del
Segundo
Isaías (Is 52,13–53,12)? Respuestas afirmativas eran características de
generaciones anteriores; pero en la segunda mitad del siglo XX se hizo
predominante una respuesta negativa. Hay acuerdo general en que Is 53
influyó
en las primeras reflexiones cristianas, pero ¿hay indicios de que Jesús
mismo
fuera influido?
1) Lc
22,37. La tradición de la enseñanza contiene una única cita directa
de Is
53 (Lc 22,37: «Fue contado entre los malhechores», Is 53,12), en un
contexto
evidentemente antiguo (la enigmática frase de las dos espadas), pero
rodeada de
lenguaje característicamente lucano y coherente con el uso lucano del
siervo
dentro del tema «humillación-exaltación» (no del sufrimiento vicario).
Un
análisis histórico-tradicional no la puede atribuir con confianza al
propio
Jesús.
2) Mc
10,45. Jeremias ve aquí intensa influencia de Is 53,10-11. Las
conexiones
son notables pero un tanto vagas, y la alusión necesita ser «trabajada»
para
hacerse clara. Lucas conoce otra versión de la enseñanza, con la
conclusión sin
los elementos de la alusión a Is 53; Jn 13,3-17 deriva probablemente de
otra
versión. El núcleo es la presentación de Jesús como el que sirve o ha
venido a
servir; la frase final marcana/mateana sería adaptación de la tradición
a la
luz de Is 53. Una solución complementaria se basa en paralelos
lingüísticos con
Is 43,3-4, aunque más verosímil es Sal 49,7-8 (al que Jesús pudo aludir
también
en Mc 8,37). Otra posibilidad: el dicho nuclear se formuló con bar
'enaßa,
y el verbo servir aparece en Dn 7,14, donde a «alguien como un
hijo de
hombre» le servían pueblos y naciones. Jesús pudo establecer un
contraste
deliberado: Daniel se centra en el triunfo final, Jesús describe la
misión del bar
'enaßa más bien como servicio.
3) Mc
14,24. Jeremias encuentra otra alusión en las palabras
eucarísticas. La
supuesta alusión es a Is 53,12, pero la imagen no es sacrificial;
igualmente
significativa, según Jeremias, es la referencia a «(los) muchos»,
peculiaridad
de Is 52,13–53,12. Aquí también parece estar más ante el esfuerzo de un
comentarista por hallar alusiones que ante una alusión reconocible.
Cualquier
alusión sólo se propondría respecto al dicho sobre la copa según
Marcos/Mateo;
la imagen de la sangre derramada no está en la versión paulina, y la
formulación paralela cuerpo/sangre refleja una celebración
desarrollada. La
alternativa es que Jesús describió su muerte como sacrificio de
alianza,
antes que como ofrenda por los pecados. El precedente sería Ex 24,8
(«Ved la
sangre de la alianza que el Señor ha hecho con vosotros»), lo que
concuerda con
la posibilidad de que Jesús viera en el grupo formado a su alrededor la
plasmación de la renovación del pacto con Israel, o que hablara con
vistas al
establecimiento de la nueva alianza prometida en Jr 31,31-34. Quizá
Jesús
aceptó mejor su muerte porque la percibió como sacrificio que iba a
hacer
efectiva esa nueva alianza.
Si
esto es correcto, Jesús era recordado recurriendo a otro tema
importante para
dar sentido a lo que iba a ocurrirle: justo doliente, hijo de hombre
sujeto a
la muerte, destinado al cáliz y al bautismo de fuego anunciado por
Juan, y
ahora también ofrenda de alianza. Lo que no puede decirse con tanta
confianza
es que la imagen del siervo doliente de Is 53 fuera una de las usadas
por
Jesús. El interés de los comentaristas por servirse de este icono del
sufrimiento vicario para dilucidar la idea que Jesús tenía de sí mismo
puede
haber desviado la atención de otras imágenes mejor atestiguadas. Quizá
Jesús
reflexionó sobre los pasajes del siervo, como evidentemente hizo con
otros,
pero la tradición no permite sacar conclusión taxativa.
¿Qué
sentido dio Jesús a la muerte que evidentemente previó con creciente
certeza?
La tradición indica varias respuestas probables: 1) sufriría en
obediencia a la
voluntad de Dios, como otros fieles y justos; quizá, como los mártires
Macabeos, esperaba que su muerte marcase el final del sufrimiento de
Israel; 2)
en su condición de elegido para instar a su pueblo a la conversión y
reconstituir Israel, esperaba sufrir como los santos del Altísimo en
tiempos de
los Macabeos, considerándose más destinado a servir que a ser servido;
3)
probablemente llegó a la conclusión de que la tribulación escatológica
(cáliz,
bautismo con fuego) anunciada por el Bautista tendría que soportarla él
mismo,
quizá por sus discípulos o por un Israel renovado; 4) si Dios iba a
establecer
una nueva alianza, sería necesario un sacrificio de alianza, y la
muerte de
Jesús podía constituirlo. Mucho es especulativo —¿cómo no, al intentar
acceder
a la mente de una figura histórica?—, pero la especulación nace
directamente de
la tradición de Jesús y da sentido a lo que de otro modo parecería
táctica
temeraria en sus últimos días.
17.7. ¿Esperaba
Jesús el triunfo después de
la
muerte?
La
conclusión es que a esta pregunta puede responderse afirmativamente,
aunque la
respuesta deberá matizarse teniendo en cuenta la tradición y los
indicios de
reflexión pospascual. Aquí, más que en ninguna otra parte, la tradición
pudo
ser formulada a la luz de lo que los discípulos creyeron que sucedió la
mañana
en que las mujeres fueron al sepulcro. Aun así, hay posibilidad de
discernir
una esperanza formulada antes de esa mañana.
a)
Esperanza de triunfo final
En
el judaísmo del Segundo Templo existía el firme convencimiento de que
los
justos no debían pensar que su comportamiento como tales era en vano.
El tema
que prevé sufrimiento y muerte para el justo anuncia su triunfo final
en el más
allá. 1) Esto lo expresa con particular claridad el libro de la
Sabiduría (Sab
3,1-9 y 5,1-5): las almas de los justos están en manos de Dios, no
habrá
tormento que las alcance, dominarán naciones y el Señor reinará sobre
ellos
eternamente; los inicuos quedarán estupefactos por su salvación
inesperada. No
sorprende que los primeros cristianos usaran Sal 16,8-11 (Hch 2,25-28;
13,35)
para reflejar la confianza en Dios más allá de la muerte. 2) Si Jesús
utilizó
la visión daniélica de «alguien como un hijo de hombre», basta recordar
la
capacidad de esa visión para infundir esperanza de triunfo tras el
sufrimiento;
la figura humana representaba a los santos del Altísimo en su
justificación. Un
indicio adicional: en la visión se habla de un reino entregado a ese
hijo de
hombre (Dn 7,14), a los santos del Altísimo (7,18.22.27). Existe pues
la
posibilidad de un vínculo directo entre la expectativa jesuana del
reinado
venidero y su propio destino en el triunfo futuro. Lo confirman también
la
aspiración de algunos de los Doce a participar en el reinado (Mc 10,36
parr.) y
Lc 22,29-30, ambos pasajes indicando que la participación está
condicionada al
sufrimiento previo. 3) Si Mc 14,24 recuerda palabras de Jesús sobre su
muerte
como sacrificio de alianza, debe notarse que 14,24 está vinculado a
14,25, el
«voto de abstinencia», pronunciado con perspectiva de celebración en el
reino
de Dios (cf. Lc 22,18.20): Jesús pudo entender su muerte como
sacrificio para
la nueva alianza, pero esperaba compartir sus beneficios en una
existencia post
mórtem. 4) Si Is 53 hubiera influido en Jesús (aunque la tradición
no lo
permite afirmar), también allí hay esperanza de triunfo para el siervo
doliente
tras la muerte (Is 53,10-11), y el más antiguo uso apologético
cristiano de Is
53 en Hechos se dirigía a explicar sufrimiento seguido de exaltación.
5)
Por último, consideremos la idea más general de que Jesús relacionó su
buena
noticia de la inminente venida del reino con su propia muerte. No es
probable
que la considerase señal del fracaso del plan divino, sino más bien que
la
entendiera como realización de ese plan o incluida en él. Pese a ser
perspectiva desalentadora, su muerte no era para Jesús derrota ni
desastre: de
lo contrario, ¿habría subido tan resueltamente a Jerusalén? Es más
posible que
viera en su muerte esperada un preludio a la consumación del plan de
Dios, los
dolores de alumbramiento del mundo nuevo, o incluso el medio por el que
el
reino habría de venir. Si así era, seguramente esperaba obtener el
triunfo tras
la muerte y participar de la dicha permanente del reino. Schweizer lo
expresa
bien: si Jesús previó sufrimiento y rechazo, no consideró esa situación
una
catástrofe sino un acceso a la gloria del reino venidero; si se llamó a
sí
mismo «el Hijo del hombre» conectando el título con su humilde posición
terrena
y con la gloria futura, debió esperar algo similar a su exaltación a la
gloria
de Dios.
b)
Esperanza de resurrección
¿Es
posible que Jesús expresara su esperanza de triunfo en términos de
resurrección? Las predicciones de la pasión lo indican («después de
tres
días/al tercer día resucitará/será resucitado»). Pero su forma actual
muestra
signos de adaptación: «después de tres días» se ha vuelto «al tercer
día»; «lo
matarán» ha pasado a «lo crucificarán». Detrás puede haber un maßal
más
sencillo: «el hombre va a ser entregado a los hombres», en el que no se
expresa
esperanza de triunfo. ¿Es la expectativa de resurrección parte del
desarrollo
posterior?
La
única razón para ponerlo en duda es que la resurrección había llegado a
ser
forma prominente de esperanza de vindicación en el judaísmo del Segundo
Templo,
como muestran Is 26,19 (adición tardía a Isaías) y Dn 12,1-3 («Muchos
de los
que duermen en el polvo despertarán, unos para vida eterna, otros para
vergüenza»). Las primeras expresiones de teología martirial ya
manifiestan
esperanza de triunfo final como resurrección (2 Mac 7,9.14). Esperanzas
similares aparecen en Testamentos de los Doce Patriarcas y 1
Henoc.
Los fariseos creían firmemente en la resurrección, al igual que el
propio
Jesús. Por eso tendría poco de sorprendente que él interpretase la
perspectiva
de triunfo final como esperanza en la resurrección, concretada en la
resurrección general y final precedente al juicio universal: si
Jesús
esperaba la resurrección, era presumiblemente como partícipe de la
resurrección
general y final de los muertos.
Hay
indicios del uso del lenguaje de «resucitar» en servicio del concepto
de
profeta redivivo: Jesús visto como el Bautista «resucitado» (Mc 6,14),
como
Jeremías (Mt 16,14) o «uno de los antiguos profetas resucitado» (Lc
9,8). Pero
estos juicios proceden de personas perplejas tratando de comprender un
fenómeno
impresionante. Las esperanzas sobre el regreso de Henoc y Elías son
solo en
parte similares (se creía que ninguno había muerto), aunque el
Seudo-Filón
identificaba a Elías con Finjás, mantenido en vida secretamente. Los
rumores
sobre el Nerón redux son ejemplo de los temores o esperanzas
generables
tras la desaparición de una persona famosa. Pero tales especulaciones
no
constituyen una teología coherente como la del Segundo Templo respecto
a la
resurrección final. El rasgo característico aquí sería que la esperanza
de
resurrección se atribuye a alguien antes de su muerte.
¿Podría
ser, entonces, que en una o más ocasiones Jesús desarrollase el maßal
relativo a la entrega del (hijo de) hombre añadiendo la esperanza de
triunfo
final entendido explícitamente como resurrección? En las versiones más
primitivas, Jesús prevé su resurrección «después de tres días»; tal
expresión
significa casi con seguridad «pronto, en breve», como en Lc 13,32-33 y
Mc
14,58. Eso cuadraría con la inminencia del desenlace esperado por Jesús
y con
el período de abstinencia previsto antes de su participación en el
banquete del
reino (Mc 14,25). Dada la ambigüedad de una esperanza solo expresable
metafórica y simbólicamente, la imagen del resurgimiento a un nuevo
día, de ser
resucitado con otros a una forma final de existencia cualitativamente
distinta,
proporcionaba una expresión más nítida que otras imágenes.
Más
aún: cualquier esperanza de resurrección que Jesús abrigara para sí
pudo ser la
de compartir la resurrección final. Relacionando esto con las creencias
sobre
el reino y la tribulación, parece sumamente verosímil que Jesús
entendiese la
culminación de su misión como culminación del plan escatológico divino.
Jesús
(y sus discípulos) sufriría la tribulación final por medio de la cual
se
cumpliría el plan de Dios; y la venida del reino se haría realidad. Su
muerte
introduciría ese período conclusivo, que iría seguido en breve
(«¿después de
tres días?») de la resurrección general, el establecimiento de la nueva
alianza
y la venida del reino.
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