El
cristianismo en sus comienzos. Tomo I. Jesús recordado
Quinta parte. Culminación de la misión de Jesús
Capítulo 18. ‘Et resurrexit’
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
18.1. ¿Por qué no concluir
aquí?
En la Misa en si menor de
Bach,
al movimiento lento del coro «Crucifixus» sigue de inmediato el
jubiloso «Et
resurrexit», como cabe esperar en el culto cristiano. Pero en un
estudio
histórico de Jesús cabe preguntarse si debemos seguir esa pauta: la
«resurrección», comoquiera que se defina, queda más allá de la
historia, al
menos en el sentido de lo que puede observarse mediante el método
histórico. La
muerte, por definición, es partida del continuo espacio-temporal, único
campo
donde tal método opera. ¿Por qué no terminar entonces la búsqueda del
Jesús
histórico en su muerte? Muchos buscadores aceptan la lógica de no
mezclar
historia y fe, y añaden a lo sumo un epílogo sobre la resurrección.
No seguiremos aquí esa lógica,
sino
que concluiremos el volumen con un capítulo sobre la resurrección, por
varias
razones. Primera: en una obra titulada El cristianismo en
sus
comienzos, conviene rematar este primer volumen sobre Jesús con un
estudio
de lo que los cristianos han creído siempre que era lo más notable de
él: su
resurrección de entre los muertos. Tal creencia parece haber sido para
el
cristianismo no sólo su médula, sino también su presupuesto y punto de
partida.
Todo intento de deslindar un movimiento de Jesús o forma de
cristianismo que no
celebrase su resurrección incurre en petición de principio, pues todos
los
datos disponibles (incluso Q) fueron conservados por iglesias que la
celebraban. Desde el punto de vista histórico puede decirse
rotundamente: sin
la resurrección de Jesús, no habría habido cristianismo.
Segunda:
los propios evangelios consideraban
la resurrección clímax de sus relatos. Incluso en Marcos, que no recoge
apariciones, se anuncia claramente que Jesús ha resucitado (Mc 16,6-7).
Debemos
respetar esta creencia e investigar qué le servía de base. Tercera:
como
se viene subrayando, no cabe esperanza histórica de llegar a un Jesús
«objetivo» separado de las reacciones que provocó; sólo tenemos la
impresión
causada por Jesús, el impacto cristalizado en la tradición: el Jesús
recordado.
Los capítulos finales de los evangelios no difieren en esto de los
precedentes:
también reflejan el impacto producido por Jesús, y la «resurrección» es
la
cristalización de ese impacto. Procedamos a examinar los dos grupos en
que se
dividen estas «tradiciones de la resurrección»: las relativas al
sepulcro de
Jesús y las apariciones posresurreccionales.
18.2. La tradición del
sepulcro
vacío
Ya quedó señalada la probabilidad
de
que se diera a Jesús sepultura digna aunque apresurada. La tradición de
que su
sepulcro fue hallado vacío «el primer día de la semana» es muy similar
a otras:
los sinópticos ofrecen versiones paralelas, y el cuarto evangelio una
distinta.
Hay un claro núcleo estable, también en EvPe 12,50-57: María
Magdalena y
otras fueron al sepulcro temprano, encontraron rodada la piedra, vieron
uno o
dos ángeles que les dijeron «no está aquí, ha sido resucitado», y
entraron a
comprobarlo. En torno a ese núcleo se teje el relato con variaciones
evidentemente debidas a intereses de cada evangelista: Marcos deja al
público
en tensión (16,8); Mateo introduce el relato sobre la guardia y un
nuevo
temblor de tierra; Lucas convierte la promesa de aparición en Galilea
en
recuerdo de algo dicho allí; Juan resalta a María Magdalena y suma el
testimonio ocular de Pedro y el otro discípulo; EvPe da relieve
antijudío.
Tiene poco sentido explicar las
diferencias suponiendo que Mateo y Lucas conocían sólo a Marcos. Es más
razonable que el relato circulase en varias versiones, con núcleo fijo
y
detalles, embellecimientos y énfasis variables, como corresponde a la
tradición
oral. La hipótesis de que el relato surgió como parte de una
celebración
litúrgica en el lugar del sepulcro es aún menos creíble: una liturgia
arraigada
habría permanecido estable. ¿De dónde surgió entonces la tradición? Los
que
experimentaron el impacto del acontecimiento dieron a la tradición su
forma
definitiva: las mujeres que vieron el sepulcro, los primeros a quienes
les fue
contado, o el grupo en el que se celebró por primera vez. Naturalmente,
el
episodio se integró desde el principio en la celebración de la
resurrección.
a) El papel prominente de
María
Magdalena y las otras mujeres
Es uno de los aspectos más
permanentes
pese a todas las variaciones. Son ellas las primeras en dar la noticia;
María
tiene el honor de referir el suceso a los otros discípulos,
convirtiéndose en apostola
apostolorum. Pero en la sociedad del Oriente Medio de entonces las
mujeres
no eran consideradas testigos fiables: su testimonio ante un tribunal
era
escasamente valorado, y la noticia de que María había estado poseída
(Lc 8,2)
no añadía credibilidad. ¿Por qué entonces se atribuyó tal testimonio a
unas
mujeres, sino porque era recordado como procedente de ellas? ¿Cabe
argumentar
seriamente que en la Palestina del siglo I se ideara una historia
incapaz de
mantenerse en pie ante la incredulidad pública? Esto basta para
explicar por
qué la tradición citada por Pablo no las incluye entre los testigos (1
Cor
15,4-8). Sorprende, sin embargo, que Marcos y Mateo no mencionen otros
testigos, pues Juan habla del testimonio de Pedro y el otro discípulo
(20,3-10), corroborado por Lc 24,12.24 («algunos de los nuestros fueron
también
al sepulcro»). Si había testimonios adicionales, el hecho de que Marcos
y Mateo
se contentaran con el de las dos Marías parece indicar el gran valor
dado al
testimonio de las mujeres desde el principio.
b) Indicios arqueológicos
Los hallazgos arqueológicos en
Jerusalén aportan una corroboración indirecta interesante. Durante el
período
herodiano se extendió allí la práctica de la segunda sepultura:
tras la
sepultura inicial en cueva, donde el cadáver quedaba reducido a
esqueleto, los
huesos eran recogidos y depositados en un osario en un nicho. La
práctica
parece haber sido peculiar o exclusivamente judía, y se han descubierto
nichos
(kokim) a pocos metros del emplazamiento tradicional del
sepulcro de
Jesús. La explicación está en las creencias sobre el destino post
mórtem: la
esperanza en la resurrección futura se había extendido en las décadas
anteriores, sobre todo tras la reflexión sobre los mártires Macabeos, y
se
concretaba como creencia en la reconstitución física de los muertos. La
práctica de la segunda sepultura se desarrolló con vistas a esa
resurrección
esperada: conservar juntos los huesos era necesario para que Dios
dispusiera de
la estructura sobre la cual reconstruir el cuerpo, como ya se describía
en la
visión de Ezequiel (Ez 37,7-10).
c) Ausencia de todo indicio
de
sepulcro intacto
En Jerusalén la afirmación de que
alguien había resucitado se entendería desde la perspectiva de la
restauración
física del cuerpo muerto: la resurrección física implicaba sepultura
vacía. Es
notable que en el material disponible no haya la menor traza de
cuestionamiento
de las primeras afirmaciones cristianas con referencia a un sepulcro
intacto.
La polémica rabínica posterior no llegó a sugerir, por ejemplo, que los
discípulos hubieran olvidado dónde estaba el sepulcro; Mateo nos dice
que
circulaba el rumor de que el cuerpo había sido robado (Mt 28,15), lo
que
muestra que los contrarios no negaban que el sepulcro estuviera vacío,
sino que
seguían la misma lógica buscando explicación alternativa. Ese silencio
es tanto
más significativo cuanto que el relato fue referido en Jerusalén poco
después
del suceso: el movimiento de Jesús «despegó» allí pronto. La
resurrección de
Jesús, no sólo su doctrina, constituyó desde el principio lo central
del
mensaje cristiano. Nada habría invalidado mejor las afirmaciones de
Pedro y los
otros que un testimonio en contra: cuerpo intacto, irreconocible tras
la
descomposición, o dejado en lugar no recordado. Sobre todo dada la
coincidencia
parcial entre las autoridades del templo y los saduceos, contrarios a
la
creencia en la resurrección, nada mejor que tales argumentos para
demoler la
nueva doctrina.
d) Ausencia de toda noticia
de
veneración del sepulcro
Nada indica que en las primeras
décadas del cristianismo se venerase algún sepulcro como aquel en que
fue
depositado Jesús. Lucas, que compartía una idea muy física de la
resurrección
(Lc 24,39), nunca alude a culto u oración en el lugar (Hch 2-5);
tampoco Pablo.
Esto es tanto más sorprendente cuanto que en el judaísmo de la época,
como en
otras religiones, estaba bien atestiguada la costumbre de honrar la
memoria de
difuntos dignos de reverencia construyéndoles tumbas apropiadas y
venerando su
lugar de descanso. En Israel se conserva hasta hoy el conocimiento de
sepulcros
de profetas y maestros, y tanto Mateo como Lucas recuerdan a Jesús
refiriéndose
a ese instinto (Mt 23,29/Lc 11,47). ¿Por qué los primeros cristianos no
lo
siguieron? La única respuesta obvia, a la luz de los datos, es que no
creían
que el cuerpo de Jesús estuviera en sepulcro alguno: no podían venerar
sus
restos porque no creían que hubiera restos que venerar. Lo mismo vale
contra la
explicación alternativa de que los discípulos habrían robado el cuerpo
(Mt
28,13-15): de haberlo hecho, habría sido inconcebible que no lo
depositaran
reverentemente y no mantuvieran alguna veneración subrepticia. Los
primeros
cristianos sabían dónde había sido sepultado (recuerdo conservado aún
en
tiempos de Constantino), pero no tenían interés en el lugar: sabían que
el
sepulcro estaba vacío.
e) ¿Y el testimonio de Pablo?
Llama la atención que la más clara
noticia de la tradición sobre la resurrección fuera de los evangelios
(1 Cor
15,3-8) atestigüe sólo apariciones, sin referencia al sepulcro. Aún más
notable: Pablo concibe el cuerpo resucitado como diferente del
sepultado, un
«cuerpo espiritual» (15,44-50), no como reconstitución física.
¿Significa esto
que Pablo negaba la idea de la reconstitución física de Jesús y por
tanto no
sabía nada del sepulcro vacío, o lo rechazaba? No parece. La tradición
recibida
hablaba no sólo de la muerte sino también de la sepultura: «que fue
sepultado y
que se apareció...» (15,3-4); la sepultura del cuerpo era elemento
importante
en las declaraciones confesionales primitivas. Probablemente la mejor
explicación de los diferentes conceptos es que Pablo se movía en un
ambiente
más helenístico, donde se suponía una relación menos estrecha entre
carne y
espíritu. Su concepto sería de segunda etapa, ocasionado por la
propagación del
anuncio en el mundo helenístico. En cierta medida, los dos ramales de
tradición
(sepulcro vacío y apariciones) eran independientes: Pablo pudo
prescindir
virtualmente del primero, y las primeras referencias al sepulcro vacío
no
mencionan apariciones en él. Esta independencia hace difícil sostener
que una
tradición diera origen a la otra. Por el contrario, parecen haber
surgido de
recuerdos independientes, mantenidos vivos por ellas. Como otras
tradiciones
examinadas, ésta debió de comenzar como declaración de un testigo
ocular y
luego ser referida una y otra vez en los círculos de los primeros
discípulos.
18.3. Tradiciones sobre
apariciones
de Jesús
La segunda serie de tradiciones,
mucho
más extensa, es también mucho más diversa. No hay nada similar en la
tradición
de Jesús, y un análisis sinóptico efectivo resulta casi imposible.
Pueden
enumerarse hasta doce apariciones en orden aproximadamente cronológico.
a) Apariciones a las mujeres
(Mt
28,8-10; Jn 20,11-18)
¿Estamos ante versiones variantes
de
una misma tradición? Difieren en participantes, emplazamiento y
contenido, y
carecen de núcleo común; el relato de Mateo es vago, mientras Juan
ofrece un
encuentro emocionalmente delicioso. Por otro lado hay coincidencias:
primera
aparición, María Magdalena, conexión con el sepulcro vacío, acción de
agarrar/tocar a Jesús, encargo de informar a «mis hermanos». La
cuestión clave
es por qué ambos evangelistas reconocieron a las mujeres como primeros
testigos. La única respuesta obvia es que la memoria colectiva guardaba
un
persistente recuerdo de ello, recuerdo que Mateo no podía pasar por
alto pese
al engorro narrativo. Juan da prominencia a María Magdalena en esta
etapa
tardía sin haberla identificado antes con la adúltera o con la que
ungió los
pies: parecería conservar un recuerdo temprano (¿del discípulo amado?)
de que
ella fue realmente la primera en ver a Jesús.
b) Aparición a Pedro (Lc
24,34; 1 Cor
15,5)
Ambas declaraciones tienen tono
formulario, propio de la confesión eclesial más que del testimonio
personal. Su
función es situar la aparición a Pedro en primer lugar de importancia.
Que ni
Lucas ni Pablo mencionen apariciones a mujeres lleva a preguntarse si
tuvieron
noticia y prefirieron no mencionarla, lo cual es posible por la poca
estima del
testimonio femenino. Notablemente, Lucas no fuerza la prioridad
temporal de la
aparición a Pedro situándola en el sepulcro: hay al respecto una
reticencia que
podría reflejar la del propio Pedro. ¿Debería incluirse Jn 21,15-24?
Aunque
situado en el contexto de una aparición a siete discípulos, el relato
tiene
carácter personal, casi íntimo, y la triple pregunta «¿Me amas?»
refleja la
triple negación de Pedro. Su localización en Galilea contradice la
afirmación
lucana de que la aparición tuvo lugar en Jerusalén el primer domingo.
¿Podría
ser, como muchos suponen, que las apariciones iniciales fueran en
Galilea y que
toda la tradición jerosolimitana fuera desarrollada para consumo
público por la
iglesia de Jerusalén? Una posible solución es que la aparición a Pedro
hubiera
sido vivencia privada durante su vida, no permitida convertirse en
tradición
eclesial, y sólo comunicada tras su muerte desde la perspectiva joánica
del
discípulo amado.
c) Aparición en el camino de
Emaús (Lc
24,13-35)
Es un relato sin apoyo en otras
tradiciones, claramente versión lucana: el estilo de Lucas, la
presentación de
Jesús como profeta (24,19), la atribución de la crucifixión a los
dirigentes
judíos (24,20), el tema del Mesías que debía padecer según las
Escrituras
(24,26), y sobre todo la culminación en la partición del pan
(24,30-31.35), que
proporciona el vínculo entre el compartir mesa de Jesús y el partir el
pan de
la Iglesia primitiva (Hch 2,42-46). Al mismo tiempo, hay indicios de
tradición
anterior: la identificación de Cleofás, el lugar de destino (Emaús),
las
expectativas creadas por Jesús (24,19.21), la nota de que algunos
discípulos
varones vieron también el sepulcro vacío (24,24). El episodio podría
reflejar
que la partición del pan fue lo que hizo conscientes a los primeros
discípulos
de la presencia continua de Jesús, ya no como recuerdo de comidas
anteriores
sino como nuevo modo de presencia en la celebración. Lucas
probablemente
conoció el episodio en su búsqueda de testigos oculares (Lc 1,2): de lo
contrario, ¿por qué relacionar la primera aparición narrada completa
con
discípulos oscuros, contradiciendo la prioridad atribuida a Pedro y a
los Doce?
d) Aparición a los Once en
Jerusalén
(Lc 24,36-49; Jn 20,19-23; 1 Cor 15,5)
En las tradiciones de apariciones,
ésta es la más parecida al modelo familiar de capítulos anteriores. Hay
un
núcleo común: «Jesús se presentó en medio de ellos y dijo: ‘La paz esté
con
vosotros’, y habiendo dicho esto, les mostró las manos y los pies/el
costado»,
seguido de la alegría de los discípulos. Que el núcleo aparezca en un
paralelo
Lucas-Juan, no en el típico sinóptico, es significativo, pues las
tradiciones
sinóptica y joánica raras veces se aproximan tanto. Cada evangelista lo
desarrolla a su manera: Lucas subraya la materialidad (24,39.43), el
cumplimiento de las profecías y la acción del testigo «empezando desde
Jerusalén»; Juan sigue con su imagen negativa de «los judíos», potencia
el tema
de la «paz» y comprime el encargo pentecostal (20,21-23). Podemos
hablar aquí
de una tradición narrada repetidamente en las primeras comunidades. Que
lo
recordado sea una experiencia de grupo y no individual puede
ser
significativo: fue desde el principio una tradición eclesial, recibida
como
expresión de experiencia compartida.
e) Aparición a Tomás (Jn
20,24-29)
Probablemente es ulterior
variación
sobre la tradición básica de la aparición a los Once. Tiene los mismos
elementos nucleares: Jesús se presenta en medio de ellos y dice «la paz
esté
con vosotros», y muestra las manos y el costado. Su función en Juan es
ofrecer
respuesta a quienes (como Tomás, ¡uno de los Doce!) ponían en duda la
resurrección. Significativamente, Juan no presenta a Tomás metiendo el
dedo en
las heridas ni siquiera tocándolas: la vista basta para una confesión
de fe que
va más allá de todo lo atestiguado hasta entonces (20,27-28). La
bendición
final es para los que creen sobre la base del testimonio apostólico,
sin haber
visto.
f) Apariciones en Jerusalén
y en
Galilea
El comienzo de Hechos (1,3-11)
describe a Jesús «vivo» tras la pasión, apareciéndose durante cuarenta
días y
hablándoles del reino de Dios; el uso de synalizø («comer sal
con»)
retoma el tema lucano de la comensalidad. Del contexto casi parece
deducirse
una aparición continua de cuarenta días: hay una confusa mezcla de
afirmación
trascendental y formulación imprecisa que refleja más la vaguedad de la
memoria
que un modo de expresión deliberado. En contraste con los relatos de
apariciones a los Once en Jerusalén, los de Galilea (Mc 16,7; Mt
28,16-20; Jn
21,1-23) no tienen puntos de contacto entre sí, ni siquiera en la
localización
(monte en Mateo, lago en Juan). Mateo lleva su evangelio al clímax con
la
afirmación de la autoridad divina de Jesús y la misión universal;
interesante
es 28,17 («lo adoraron, pero algunos dudaron»): Mateo deja la nota de
la duda
en el aire, ¿como reminiscencia de que en las apariciones no todos
estaban tan
persuadidos? Jn 21,1-14 muestra un recuerdo de discípulos que habían
perdido sentido
de dirección o motivación (21,3), con escena de sencillez trivial
(pescadores
cansados, Pedro desnudo para la tarea, distancia y número de peces,
desayuno de
pescado y pan en la orilla). Quizá es otro recuerdo atribuido al
discípulo
amado, y por eso Juan numera ésta como tercera aparición.
g) Otras apariciones (1 Cor
15,6-8)
Pablo enumera apariciones a más de
quinientos hermanos a la vez, a Santiago, a todos los apóstoles, y a él
mismo
«al final de todos». Esta tradición fue formulada como tradición
meses
después de la muerte de Jesús. La aparición a Pablo no pudo ocurrir
hasta
unos ocho meses después de la muerte; el período de las apariciones
duró
probablemente hasta aproximadamente el tiempo de su conversión. Lucas y
Pablo
coinciden en que el período de apariciones tuvo su fin: cuarenta días
para
Lucas, «al final de todos» para Pablo. La inclusión de la aparición a
Pablo
crea un contraste considerable, pues según Hechos se produjo desde el
cielo,
mientras las otras son referidas como apariciones en terra firma.
La
compensación es que gracias a ella tenemos lo más próximo a un
testimonio
personal de primera mano: «¿Acaso no he visto yo a Jesús, nuestro
Señor?» (1
Cor 9,1), «brillar la luz del evangelio de la gloria de Cristo» (2 Cor
4,4.6),
Dios «tuvo a bien revelar a su Hijo en mí» (Gál 1,16).
18.4. La tradición dentro de
las
tradiciones
a) La diversidad
Las perspectivas no son halagüeñas
en
comparación con la tradición sinóptica de la misión. Cuatro de las doce
apariciones enumeradas cuentan con un solo testimonio (Cleofás, los más
de
quinientos, Santiago, todos los apóstoles). Donde hay coincidencia es
casi
tangencial, salvo en las apariciones a los Once en Jerusalén, donde hay
un
núcleo más sustancial. Las apariciones a los Once plantean con más
insistencia
la pregunta del lugar (¿Jerusalén o Galilea?). Igualmente
desconcertante es la
tensión entre apariciones en la tierra y desde el cielo: ¿cómo pudo la
aparición a Pablo resultar tan aceptable, si lo que claramente fue
entendido
como aparición desde el cielo era excepcional? Sin embargo, las
diferencias son
características de un proceso de tradición que presuponía variabilidad
entre
las comunicaciones orales.
b) ¿Una tradición nuclear?
Las tradiciones contienen
elementos
comunes fácilmente distinguibles: 1) Jesús se deja ver: las
distintas
apariciones se describen sistemáticamente con el verbo øphthæ y
similares, y nadie que no hubiera visto al Señor podía ser reconocido
como
«apóstol». 2) Paradójicamente, casi igualmente atestiguado está el tema
de la incapacidad
de reconocer a Jesús (Jn 20,14-15; Lc 24,16; Jn 21,4), junto con la
duda e
incredulidad. 3) El tema de la comisión: las mujeres avisan a
los
hermanos; Pedro recibe el encargo de apacentar las ovejas; los Once
reciben el
encargo misionero. La comisión era esencial para que un testigo fuera
reconocido como apóstol. 4) Menos común, pero presente, es la aparición
en
contexto de comida (Lucas-Hechos, Jn 21,12-13, Mc 16,14). 5) La
tradición de
que Jesús se apareció por primera vez «el primer día de la semana»
(domingo):
el domingo tenía importancia especial desde muy temprano («el día del
Señor»),
precisamente por ser el día en que se celebraba la resurrección, en
concordancia con la tradición del «tercer día» de la fórmula recibida
por Pablo
(1 Cor 15,4). El primero, tercero y quinto elementos pueden
considerarse
nucleares. Está fuera de toda duda razonable que los primeros
creyentes
experimentaron apariciones posresurreccionales y que tales
experiencias, como
la anterior impresión causada por las enseñanzas y acciones de Jesús,
están
contenidas en las tradiciones que han llegado hasta nosotros.
c) Los silencios de la
tradición
La peculiaridad más llamativa es
la
ausencia de relatos de apariciones a Pedro y a Santiago, hermano de
Jesús, pese
a que serían consideradas las más importantes para el grupo inicial.
Pedro
empezó pronto a funcionar como primer jefe de la iglesia de Jerusalén y
luego
fue sucedido por Santiago. La hipótesis más probable es que estas
apariciones
funcionaban de otro modo en las iglesias primitivas: no se
veían como
tradición eclesial, sino como testimonio personal. Las iglesias
podían
hacer de ellas objeto de confesión, pero no podían desarrollarlas como
relatos,
porque lo narrado pertenecía ante todo a quienes habían experimentado
la
aparición. Lo confirma el carácter marcadamente personal de varias
apariciones
narradas (María Magdalena, Cleofás, Tomás, Pedro en Jn 21, Pablo); en
cambio,
los relatos de las apariciones a las mujeres y a los Once en Galilea
son vagos,
sin distinguirse por su carácter personal. ¿Por qué no hay relatos de
apariciones a Pedro y Santiago? ¿Acaso porque ellos no las narraron y
eran experiencias
demasiado privadas? No se puede pasar de las posibilidades.
d) En suma
Tenemos dos conjuntos de
tradiciones
(sepulcro vacío y apariciones) cuya correlación es obvia desde el punto
de
vista de los sucesos pero menos clara desde la perspectiva
histórico-tradicional. Es muy probable que la tradición del sepulcro
vacío,
incluido el descubrimiento «el primer día de la semana», se remonte a
las
declaraciones de las mujeres. En el caso de las apariciones, el
testimonio
personal de Pablo es fundamental: atestigua la tradición ya establecida
en su
conversión, un año o dos después de los hechos (1 Cor 15,3-7), e indica
los
identificadores de una aparición posresurreccional: ver a Jesús y
recibir un
encargo. Es posible imaginar cierta sucesión: una tradición sobre las
mujeres
(sepulcro vacío, aparición a ellas) surgió en Jerusalén y encontró
corroboración en apariciones a discípulos cercanos, así como en
noticias de
apariciones a los Once que habían vuelto desanimados a Galilea. Estas
tradiciones llegaron juntas a Jerusalén y recibieron forma integrada y
coherente. Aspectos importantes: 1) la fusión sólo se produjo hasta
cierto
punto, pues la confusión sobre el lugar y la prioridad no está resuelta
en
Mateo, Juan ni el final extenso de Marcos; 2) un núcleo —sepulcro
vacío, tercer
día, visión del resucitado, encargo de Jesús— permaneció constante; 3)
esos
elementos esenciales se remontan a los comienzos del proceso de
tradición; 4)
varias apariciones tuvieron carácter de testimonio personal, y algunas
(especialmente Pedro y Santiago) no devinieron tradición eclesial.
18.5. ¿Por qué «resurrección»?
El análisis histórico-tradicional
no
explica los términos utilizados. Podemos confiar en que hubo un
elemento visual
y auditivo en estas experiencias, y que algunos dudaron de si
lo visto
era realmente Jesús. La experiencia llevó a la deducción comprensible
de que
Jesús vivía a pesar de su crucifixión y sepultura. Pero ¿por
qué
«resurrección»? La pregunta surge por dos razones: había otras
categorías
disponibles, y el término resurrección tenía un significado
restringido
a lo que se esperaba en la consumación de los tiempos, antes del juicio
final.
a) ¿Por qué los primeros
testigos
concluyeron que Dios había resucitado a Jesús?
Los discípulos podrían haber
pensado
en otras categorías. 1) Traslado o arrebatamiento: los ejemplos
prominentes eran Henoc (Gn 5,24) y Elías (2 Re 2,11-12), trasladados al
cielo
sin morir. Había considerable especulación sobre Moisés, Esdras y
Baruc. Pero
esa categoría excluye la muerte, mientras que la muerte de Jesús es
central en
la tradición. 2) Triunfo o exaltación: categoría mucho más
probable. La
esperanza para el justo tiene expresión clásica en Sab 3,1-9 y 5,1-5
(«el justo
será contado entre los hijos de Dios»); en 2 Mac 15,13-14 Jeremías se
aparece a
Judas Macabeo en visión de majestuosa soberanía. Encontramos varias
expresiones
de fe cristiana en que Dios exaltó a Jesús directamente desde la
muerte, pero
típicamente la exaltación aparece combinada con la categoría
predominante de la
resurrección, no como alternativa. 3) Resurrección: parecería
irrelevante, pues la esperanza era de una resurrección general o final,
previa
al juicio. Sin embargo, fue precisamente esta categoría, con sus
connotaciones
«finales», la que proporcionó la expresión más temprana de la fe. Lo
indican:
a) la fórmula confesional de Rom 1,3-4 emplea «resurrección de los
muertos» (anastasis
nekrøn), la expresión propia de la resurrección final, no
«resurrección de
entre los muertos»; b) Pablo emplea la imagen de las primicias (aparchæ,
1 Cor 15,20.23), que es parte de la cosecha y no tiene intervalo con el
resto:
sólo se podía usar viendo la resurrección de Jesús como comienzo de la
resurrección final, metáfora seguramente acuñada en los primeros días
por
alguien que la entendía así (1 Cor 15,21); c) puede arrojar luz Mt
27,52-53
(«muchos santos salieron de los sepulcros... y se aparecieron»),
leyenda de
trazas antiguas que probablemente refleja la percepción de que la
resurrección
de Jesús fue el comienzo de la resurrección final.
b) ¿Arroja alguna luz la
conceptualización del cuerpo de la resurrección?
Es discernible un desarrollo
complejo.
1) En un principio la «resurrección» era concebida como muy física: no
devolución a vida de duración limitada, sino reconstitución para una
vida
física como la presente pero ya fuera del alcance de la muerte. Es lo
que se
desprende de la esperanza de resurrección en la Palestina herodiana y
de
expresiones como «salir de los sepulcros». El hallazgo del sepulcro
vacío pudo
estimular tal idea, pero sería sólo confirmación de los presupuestos
del
término. 2) El concepto del cuerpo de la resurrección en Pablo es
claramente
más «espiritual»: cuerpo espiritual (pneumatikon søma)
contrastado con
cuerpo natural (1 Cor 15,44-50); si vio el cuerpo resucitado de Jesús
en
Damasco, lo que vio era como un «cuerpo de luz», idea más próxima a la
concepción helenística. Pero Pablo no abandonó la idea de existencia
corporal
continuada ni dejó de hablar de resurrección: hizo concesión a sus
interlocutores helenizados (cuerpo espiritual) pero permaneció
fiel a su
herencia judía (cuerpo espiritual). 3) El fuerte énfasis lucano
en lo
físico (Lc 24,39) puede deberse a una reacción contra esa dilución; la
reacción
es más intensa en Ignacio de Antioquía (Esmirn 3,1), donde
desaparece la
distinción paulina entre «cuerpo» y «carne». La creencia nuclear de los
primeros cristianos era la resurrección corporal de Jesús; los
diferentes conceptos del cuerpo no eran una modificación de tal
creencia,
acompañada por la creencia firme en el triunfo o exaltación.
c) ¿Qué clase de «visión»?
Si «resurrección» es de
conceptualización problemática, no menos lo es el carácter de la
«visión». 1)
En las apariciones donde se subraya la corporeidad, la implicación es
de una
visión normal; pero la dificultad inicial de reconocer a Jesús, las
dudas, y el
fenómeno de un Jesús que aparece (¿se materializa?) en habitación
cerrada (Jn
20,19.26) y desaparece (¿se desmaterializa?) repentinamente (Lc 24,31)
sugieren
que la presencia no era sólo de existencia física normal. 2) La
formulación
primitiva «se apareció» (øphthæ), con su forma pasiva, indica
que había
algo susceptible de ser visto: lo que vieron les fue dado a
ver. Es la
base del argumento de Hans Grass para distinguir «visión objetiva» de
visión
subjetiva. 3) La aparición a Pablo agudiza estas cuestiones: es visión
de un
cuerpo de luz en el cielo, en vez de un compañero en la tierra. Pablo
no era
ajeno a experiencias visionarias (2 Cor 12,1-7), pero entendía que la
aparición
posresurreccional pertenecía a otro orden: era el «ver» que había
caracterizado
las apariciones anteriores (øphthæ), y a él se le apareció «al
final de
todos», sin posible confusión con visiones posteriores. Pablo no
entendía su
experiencia como visión puramente subjetiva. Difícilmente podemos sacar
otra
conclusión que lo «visto» fue Jesús mismo.
d) De nuevo, ¿por qué
«resurrección»?
Hubo algo que los primeros
testigos
sintieron que sólo podían expresar con la palabra resurrección.
La
alternativa más obvia es pensar en alucinación o proyección de ideas
irreales.
Pero una visión producto de ideas del tiempo sobre mártires exaltados
habría
contenido la imagen de Jesús revestido de majestad celestial (como Ap
1,12-16);
sin embargo, en todas las apariciones primitivas Jesús parece todavía
muy
terreno. Una proyección de ideas irreales habría utilizado las imágenes
más a
mano —Dn 7,13-14, sobre todo si las había evocado el propio Jesús—:
visiones en
atuendo apocalíptico, vestido de blanco deslumbrante y andando sobre
las nubes.
Pero no encontramos eso. Es la interpretación de las apariciones lo que
causa
sorpresa por su carácter insólito respecto a lo imaginado
entonces sobre
santos exaltados y héroes mártires. Las apariciones de Jesús como
apariciones
posteriores a su resurrección no correspondían a nada conocido.
Crearon
su propio paradigma.
La «resurrección» es creencia
nuclear
desde el principio: constituye el comienzo de la fe en la
exaltación de
Jesús, no el desarrollo de otra afirmación anterior. Por medio de este
lenguaje
los discípulos comprendieron lo sucedido; no sólo conceptualizaron su
experiencia a distancia del hecho, sino que la experimentaron
conceptualmente
así. Conviene subrayarlo frente a la tentación, expuesta por Marxsen,
de tratar
la «resurrección de Jesús» como expresión secundaria de algún otro
impacto,
simple modo de decir que su enseñanza no dejaría de tener importancia
(«el plan
de Jesús continúa», «su causa subsiste más allá del Viernes Santo»). El
problema es que la predicación primitiva no consistía en repetir el mensaje
de Jesús, sino en proclamar que él había resucitado. El cambio
desde el
evangelio de Jesús al evangelio sobre Jesús sigue
siendo
percepción fundamental de la diferencia entre tradición prepascual y
kerigma
pospascual. Es la tradición lo que nos lleva a concluir que hubo algo
percibido
como sucedido a Jesús (resurrección evidenciada en el sepulcro
vacío y
las apariciones), y no sólo como sucedido a los discípulos (fe
pascual),
lo que proporciona la explicación más creíble del origen de la
tradición misma.
18.6. La metáfora final
a) La «resurrección» como
interpretación
Volviendo a la cuestión inicial:
¿en
qué sentido podemos considerar histórica la resurrección? Aplicando la
distinción entre acontecimiento, datos y hechos, no podemos contar la
resurrección entre los datos llegados hasta nosotros; tampoco
podemos
considerar datos el sepulcro vacío y las apariciones. Los datos son noticias
del sepulcro vacío y de las percepciones/visiones de Jesús. Si los
hechos
históricos son interpretaciones de los datos, los hechos en
este caso
son a lo sumo que el sepulcro fue hallado vacío y que los discípulos
vieron a
Jesús. La conclusión «Jesús ha sido resucitado de entre los muertos» es
interpretación adicional: una interpretación de datos interpretados,
una
interpretación de los hechos. La resurrección no es un «hecho» de
primer orden
sino, en el mejor de los casos, de segundo orden, como interpretación
de una
interpretación. Para el buscador del siglo XXI, la conclusión de que
Dios
resucitó a Jesús es un nuevo acto de interpretación: una evaluación de
la
interpretación del siglo I.
El método histórico funciona
aplicando
el principio de analogía. Pero la resurrección de Jesús, tal como fue
entendida
desde el principio, iba más allá de las analogías ofrecidas por el
término
(despertar, levantarse del sueño). Incluso aunque el término ya se
usaba para
la resurrección final, la afirmación de que Jesús había sido resucitado
se
convirtió pronto en aserto de algo diferente. La resurrección no podía
ser
explicada con el patrón de casos análogos anteriores: la interpretación
de que
Dios había resucitado a Jesús devino paradigmática, algo que define en
vez de
ser definido. Al interpretar así lo visto, los primeros discípulos
afirmaban
que lo sucedido a Jesús permitía una visión de la realidad determinante
para
cómo debía ésta percibirse. Como interpretación, la resurrección
constituía una
perspectiva de la realidad que determinaba la concepción de la realidad
misma.
Paralelos holgados serían e = mc² o la Declaración de
Independencia; el
paralelo más estricto es la Creación: así como la creencia de que el
cosmos fue
creado determina cómo se percibe el cosmos, la creencia en la
resurrección
determina cómo se percibe la significación de Jesús. La resurrección no
es
tanto un hecho histórico como un hecho fundacional o metahecho,
la
visión interpretativa que permite el discernimiento de la importancia o
falta
de ella de los demás hechos.
b) La «resurrección» como
metáfora
Como admite también Pannenberg,
difícilmente se puede evitar el recurso a la categoría de «metáfora».
Ya quedó
señalado que la metáfora es el poder de «redescribir una realidad
inaccesible a
la descripción directa» (Ricoeur), o «una realidad que describe sin
pretender
ser directamente descriptiva» (Martin Soskice). Esto no lo tienen en
cuenta
quienes pretenden ver «la resurrección de Jesús» como medio de expresar
algo
distinto que pueda decirse más fácilmente. Decir que «la resurrección
de Jesús»
es una metáfora equivale a reconocer que esa frase expresa algo que
de otro
modo no podría ser dicho. Traducir «resurrección» a algo más
«literal» no
es traducir sino abstenerse de hacerlo. Interpretar la primera fe
pascual para
acabar afirmando que la significación de Jesús ha durado más que su
vida
(Marxsen) no es interpretar la metáfora sino vaciarla. Eliminar del
concepto
«resurrección» toda idea de supervivencia no es dar más sentido a la
metáfora
sino destruirla. La realidad captada en la metáfora no es menos
realidad aunque
no pueda ser expresada en otros términos.
Los cristianos han seguido
afirmando
que Jesús resucitó. Pero no porque sepan lo que significa esa
resurrección,
sino porque, como la afirmación de que Jesús es el Hijo de Dios, «la
resurrección de Jesús» ha demostrado ser la más satisfactoria y
duradera entre
una variedad de opciones, todas inadecuadas en mayor o menor grado,
para
resumir el impacto causado por Jesús y la percepción cristiana de su
significación. Lo hacen porque, en cuanto metáfora, la palabra resurrección
es percibida como referente a algo inexpresable de otro modo. Algo que
expresa
la percepción, por lo demás rudimentaria, de que esta vida —incluida la
de
Jesús— no es una historia completa en sí misma, sino que sólo puede ser
comprendida como parte de una historia más amplia en la que Dios es el
actor
principal y en la que Jesús participa todavía de alguna manera. En
suma, «la
resurrección de Jesús» no es tanto un criterio de fe como un paradigma
de
esperanza.
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