El
cristianismo en sus comienzos. Tomo I. Jesús recordado
Quinta parte. Culminación de la misión de Jesús
Capítulo 19. Jesús recordado
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
19.1.
La tradición de Jesús vista desde una nueva perspectiva
En
los capítulos iniciales se examinó la «búsqueda del Jesús histórico»
como un
diálogo progresivo entre «fe» e «historia», cuyas raíces pueden
relacionarse
con el surgimiento de un «sentido de la historia» en el Renacimiento.
Los
progresos de la filología histórica y de la crítica textual
proporcionaron desde entonces los recursos básicos. La introducción del
modelo
científico aportó una metodología rigurosa, pero las esperanzas de
objetividad
de los «hechos» históricos han mostrado ser huidizas, cuando no
ilusorias. Si
por ese lado se incurrió en exceso de confianza historicista, también
existe el
peligro de una excesiva reacción posmoderna. De ahí que la salida más
prometedora sea un modelo en la línea del «realismo crítico»,
que
reconozca el carácter dialógico de la investigación sobre personas o
sucesos de
antaño. El estudio del pasado como problema hermenéutico puso de
manifiesto la
importancia de reconocer un texto histórico como tal, de
conservar un
concepto activo del «sentido llano», de respetar la intención del
texto,
y de tener presente la naturaleza del proceso hermenéutico de diálogo
entre texto y lector. Los hallazgos de la crítica de fuentes (Juan como
fuente
menos directa que los sinópticos; teoría de las dos fuentes para los
sinópticos) siguen ofreciendo la mejor hipótesis de trabajo, aunque las
nuevas
fuentes propuestas y los intentos de estratificar Q se presentan con
más
optimismo del que permiten los datos.
La
tesis principal puede resumirse en cuatro afirmaciones: 1) el único
objetivo
realista de la búsqueda es el Jesús recordado; 2) la tradición
de los
evangelios confirma que en el cristianismo primitivo había gran
interés
en recordar a Jesús; 3) muestra cómo era recordado, y su
carácter indica
que recibió su forma básica mediante repetición oral; 4) esa
forma
básica provenía del impacto original e inmediato causado por Jesús
tal
como lo expresaron por primera vez los testigos directos. Esta tesis
puede reformularse
desde una doble perspectiva: a) la fuerza formativa original
que dio
carácter a la tradición, y b) el carácter de la tradición oral
y del
proceso de transmisión, unida a c) la estrategia de mirar la imagen
amplia,
centrándose en los temas y aspectos característicos.
1)
La fuerza formativa original que modeló la tradición de Jesús fue el
impacto
causado por Jesús, durante su misión, en sus primeros discípulos.
Ese
impacto formativo inicial no fue la fe pascual: aunque la tradición
conservada
fue estructurada y comunicada a la luz de ella, los temas
característicos
muestran haber sido establecidos sin influencia pascual y, por tanto,
probablemente con anterioridad. El impacto inicial fue el de la
llamada
prepascual a la fe. Podemos mirar detrás de él esperando hallar al
que
lo produjo, pero no a un Jesús diferente del causante del impacto.
Cualquier otro «Jesús histórico» será consecuencia de introducir
factores e
intereses ideológicos. El impacto mismo tomó la forma de la
tradición:
la mayoría de aquellos sobre los que Jesús influyó tan decisivamente no
podían
dejar de hablar de él a otros, y ese impacto expresado en
formulación verbal
fue el comienzo de la tradición, junto a un ritual embrionario en las
comidas
colectivas tan características de la misión.
2)
La nueva visión de la tradición como tradición oral concuerda con
esta
perspectiva, e intenta escapar del condicionamiento de una mentalidad
literaria. No niega la interdependencia literaria entre los sinópticos,
pero
cuestiona que las interrelaciones puedan concebirse de manera
exclusivamente
literaria. Pregunta si no será más realista pensar que todos los
grupos/iglesias tenían repertorios extensos de tradición de Jesús,
coincidentes
en parte y regularmente compartidos por apóstoles, profetas y maestros
itinerantes. La fuerza de esta visión radica en la conjunción del carácter
de la tradición oral (combinación de estabilidad y flexibilidad,
con
identidad nuclear conservada dentro de la diversidad) y el carácter
de la
tradición sinóptica (que atestigua ese mismo tipo de proceso). En
las
partes estables e inestables se rastrea lo continuo y
lo
variable: lo primero deja percibir la identidad de la tradición; lo
segundo,
su vitalidad. Los evangelios escritos son esas comunicaciones ya
fijas que
obtuvieron amplia aceptación, pero inicialmente no diferían mucho de
las
innumerables comunicaciones orales que las precedieron. La continua
identidad de la tradición fue adquirida en su primera formación y debe
considerarse prueba del impacto causado por las palabras o hechos así
recordados.
3)
El método ha confirmado el valor de estas perspectivas. Lo más
probable es
que un aspecto característico y distintivo de la tradición tenga que
ver con el
carácter constante y distintivo del impacto causado por Jesús mismo;
los
aspectos discordantes difícilmente pudieron incorporarse en etapa
tardía. La
presentación sinóptica ha mostrado que no hay regularidad de
interdependencia
literaria, sino estabilidad de asunto y estructura junto a diversidad
en los
detalles complementarios, fenómeno que se explica mejor por el carácter
oral
de la tradición y/o el modo oral de transmisión.
19.2.
¿Qué podemos decir sobre los fines de Jesús?
¿Cómo
era el Jesús recordado? Empezamos con Jesús el judío: educado
en la
religión de sus antepasados, viviendo su misión dentro del judaísmo del
Segundo
Templo y como parte de su diversidad. El estudio precedente no induce a
modificar sustancialmente esta proposición de partida. Su compromiso
con las
prioridades de los profetas, la influencia de las Escrituras de Israel
y las
disputas internas características del judaísmo de la época hablan de una
misión de carácter completamente judío. Otras ideas (campesino
mediterráneo
descontento, filósofo cínico itinerante) derivan del fallo de no captar
las
coincidencias con el judaísmo palestino del siglo I. Tampoco es seguro
que
«judío marginal» sea descripción apropiada para Jesús durante su
misión, dada
la heterogeneidad de aquel judaísmo y el hecho de que aún no se había
producido
la separación entre judaísmo y cristianismo.
Las
circunstancias del nacimiento y la educación están fuera del alcance
histórico,
pero está claro que Jesús surgió del círculo de Juan el Bautista
hacia
el año 27. Juan lo bautizó, y los discípulos recordaron pronto aquel
momento
como su unción para la misión. La misión efectiva de Jesús con sus
propios
discípulos empezó después de la salida de escena de Juan. La mayor
parte se
desarrolló en Galilea, aunque no como permanente itinerancia
carismática: los topónimos corresponden a lugares en torno al norte del
lago
Genesaret, accesibles en uno o dos días desde Cafarnaún, base
principal. No hay
respuesta concluyente sobre si la misión jerosolimitana del cuarto
evangelio
refleja visitas periódicas reales o adaptación de tradiciones
imprecisas.
En
el centro de su motivación está el reino. Jesús parece haber
esperado
verdaderamente la «venida», y pronto, del reinado de Dios,
entendido en
clave judía como manifestación visible, plena y final de la autoridad
de Dios.
Esa inminencia suponía una crisis para sus oyentes: el reinado
de Dios
se caracterizaría por una inversión escatológica (altivos humillados,
humildes
ensalzados), gran sufrimiento, juicio, y gran recompensa simbolizada en
el
banquete festivo para los fieles arrepentidos. La crisis no es
reductible a lo
social o político, aunque tenía esas ramificaciones. La esperanza era
inequívocamente en Dios y en un futuro gobernado por Dios, pero el
«qué»
permanece en un lenguaje metafóricamente alusivo que no se
traduce sin
pérdida a prosa descriptiva.
La
esperanza iba dirigida particularmente a Israel. La elección de
los doce
sugiere que tenía que ver en algún sentido con un Israel restaurado,
sus ovejas
dispersas reunidas, o una asamblea reconstituida con nuevo centro de
culto.
¿Liberación del régimen opresor, restauración del reino, fin del
exilio, o
repetición de la llamada profética a volver a Dios con una alianza
nueva? Es
preferible aceptar la frustración de no poder pronunciarse con un «o
esto, o lo
otro». La expresión más nítida de los fines de Jesús son sus
prioridades
recordadas: llevar la buena noticia a los pobres y llamar a los
pecadores.
Una sociedad que se desentiende de los pobres es inaceptable para Dios;
una
comunidad religiosa con demasiados escrúpulos en definir lo aceptable
queda
fuera del alcance de la gracia. No se trata de visión política para una
sociedad rural reconstituida, sino de una sociedad bajo el gobierno
soberano de
Dios. La tradición indica que Jesús tenía en alta estima a las
discípulas y
adoptó actitud favorable hacia los gentiles que encontró, promoviendo
una
sociedad que trabajase para eliminar barreras innecesarias.
Hay
también recuerdo de que Jesús declaró frecuentemente la realización
de
muchas esperanzas de los profetas: las bendiciones de la edad
futura eran
ya experimentadas. Complementó el énfasis del Bautista en el juicio
inminente
con el énfasis contrario (también tomado de Isaías) en la gracia divina
a los
insuficientes. La liberación a los endemoniados y la curación
a
los enfermos eran señales de que Dios reinaba ya. Esas experiencias
confirmaban
a Jesús que la venida completa del reino no podía demorarse. Tal visión
no
dependía de una determinada escala de tiempo: Jesús vivió su misión a
la luz
del reino venidero y animó a sus discípulos a hacer lo mismo. Vida
como súbdito
con lealtad que desbanca todas las demás; como niño dependiente
de la
bondad paternal; como discípulo con encontrar en el servicio la
verdadera grandeza; al servicio de lo que es justo, conforme al
espíritu
del legislador más que a la letra; en el amor a Dios y al prójimo
(incluido el enemigo); en el perdón y la mutua acogida. Esa
comunidad podía
servir como nueva familia, especialmente para los rechazados.
Pero la
imagen preferida era la mesa sin exclusiones, que tipificaba el
derribo
de barreras y anticipaba el gran banquete del reino.
Este
estilo distinguía al círculo de Jesús de otros grupos. El contraste más
marcado
era con los esenios de Qumrán. El paralelo más cercano, pero
también la
antipatía más intensa, se recuerda con los fariseos, sobre todo
por no
mantener separación con los pecadores ni observar las halakot sobre el
sábado y
la pureza, aunque Lucas también recuerda fariseos amistosos y no está
clara su
implicación en el arresto. Quienes Jesús incomodaba más eran las
familias de
los sumos sacerdotes en su base de poder jerosolimitana. La
oposición no se
hizo encarnizada hasta la última semana, y fue la percepción de Jesús
como
amenaza para el templo, su culto y/o su base de poder lo que constituyó
la
razón decisiva del arresto y entrega a Pilato.
¿Cómo
veía Jesús su papel? Era llamado maestro —calificativo que
aceptaba y
que en parte le cuadraba—, pero sus parábolas no habrían bastado para
desencadenar la acción contra él. Profeta era otra categoría
adecuada, y
se le recuerda consciente del rechazo destinado a los profetas.
Adquirió fama
de exorcista y sanador, pero no se advierte que se viera como
taumaturgo
itinerante, y «mago» es despectivo. Más grave fue la imputación de
pretender el
trono de David («rey de los judíos»). La cuestión del Mesías real
había
cobrado importancia decisiva antes de la ejecución, también para sus
discípulos. Pero Jesús parece no haber encontrado modelo en el príncipe
davídico liberador: prohibió hablar de su papel en esos términos y se
negó a
identificarse con esa figura al ser preguntado al final. Si más tarde
«Mesías»
resultó indispensable es porque su misión coincidió con otros aspectos
de la
esperanza judía y dio al título nuevo contenido, no porque él
correspondiera a la imagen vigente.
El
tema de la filiación nos acerca al meollo de la misión. La
insistencia
en presentar a Dios como Padre solícito se complementa con claras
indicaciones
de su sentimiento de íntima relación filial con él, expresada en el
hábito de
orar dirigiéndose a Dios como abba y en la invitación a sus
discípulos a
imitarlo. La expresión «el Hijo del hombre» ofrece un vislumbre
de su
autocomprensión: por un lado, expresión idiomática de quien no quiere
atraer
atención y comparte la fragilidad humana; por otro, si Jesús usó la
expresión
también según Daniel 7, sugiere que preveía sufrimiento, como el Israel
antiguo, y esperaba triunfo tras el padecer. Entra en lo muy probable
que Jesús
contara con la posibilidad de ser eliminado, y que su mensaje del reino
le
diera firme esperanza de que Dios acabaría dándole el triunfo, de
inmediato o
en la resurrección final inminente.
¿Veía
Jesús su llamada como algo más que un anunciar la venida del reino?
¿Intentó
«introducir» el reino? ¿Fue a Jerusalén con intención de instar a sus
jefes a
un extremo intento de retorno a Dios? ¿Creía desempeñar él un papel
decisivo en
la crisis final? ¿Intentaba que su sufrimiento y muerte garantizaran
que los
fieles atravesaran seguros la tribulación final? A ninguna se puede
responder
con un «sí» terminante, ni tampoco con un «no» rotundo. Sigue siendo lo
más
probable que los discursos sobre el rechazo, el sufrimiento del Hijo
del
hombre, el cáliz y el bautismo procedan en mayor o menor grado de la
reflexión
de Jesús mismo. Dos indicios atraen la máxima atención: la declaración
sobre la
destrucción y reconstrucción del templo, y lo dicho en la última cena
sobre una
alianza nueva y el vino que será bebido nuevo en el reino. La
indefinición o
ambigüedad de esas declaraciones se concretó cuando los primeros
cristianos
tomaron conciencia de sí mismos y encontraron en ellas la raíz de lo
que
vivían.
19.3.
Los duraderos efectos de la misión de Jesús
La
duración del impacto se percibe en el cristianismo y en los evangelios.
El efecto más directo y duradero de la obra de Jesús ha sido el
movimiento que
acabó llamándose cristianismo, con una continuidad muy
sustancial entre
la misión de Jesús y lo que vino tras ella. La misión no acabó en
fracaso, y lo
siguiente no fue simple intento de contrarrestar una decepción. Ya
empezamos a
ver el futuro en el modo en que termina la historia: en
su resurrección.
Es imposible dudar razonablemente que la continuación de la misión
comenzó con
discípulos viendo a Jesús vivo, «resucitado de entre los muertos».
Estas
experiencias significaron para los cristianos que Dios había validado a
Jesús:
había triunfado la esperanza recordada de él respecto a su
futuro, como
triunfante había resultado él también; el Hijo del hombre había llegado
al
Anciano de Días y recibido su reino. En esa medida, la esperanza e
intención de
Jesús sobre el reino se habían realizado. La transmutación del conjunto
de
discípulos en «la Iglesia de Dios» era realización reconocible de la
esperanza
de Jesús sobre un templo renovado (con los apóstoles «columnas»); la
Cena del
Señor funcionó desde el principio como continuación del compartir mesa
y
símbolo de la nueva alianza inaugurada en su muerte; la destrucción de
Jerusalén y su templo, cuarenta años después, fue cumplimiento de otros
anuncios. Hubo continuidad de cumplimiento entre las
finalidades de
Jesús y los sucesos posteriores.
No
hubo, por supuesto, completa realización de todo lo previsto: la
resurrección
no dio comienzo a la resurrección general; la misión a los no judíos se
asemejó
poco a la peregrinación escatológica esperada; no siguió el juicio
final. Pero
siempre sucedió lo mismo con la profecía expresada en imágenes humanas.
La
medida de cumplimiento y continuidad alcanzada bastaba para sostener
que Dios
había validado y daba continuidad a la misión a través de ellos.
La
idea cobra fuerza ante el duradero impacto: la tradición de Jesús
misma.
El Jesús de la tradición es precisamente el modo por el que se hizo
comunicable
el impacto causado en los primeros discípulos. La tradición fue vínculo
central
y constituyente de su identidad colectiva como «cristianos»; medio de
instrucción, apología y evangelización. No hay indicio de tensión entre
la
tradición y la apreciación de la importancia de Jesús producida por la
revelación de la resurrección, ni con la centralidad de la cruz. Las
sugerencias de que cuerpos como Q1 o la tradición subyacente al Evangelio
de
Tomás habrían estado en tensión con un evangelio expresado desde la
perspectiva de cruz y resurrección tienen poco de aprovechable y
dependen de
tesis tendenciosas. La tradición fue conservada por los que predicaban
la
muerte y resurrección de Jesús, precisamente como evangelio.
Importa
reconocer la continuidad de la impresión causada por la persona misma
de Jesús.
De la tradición se desprende que a Jesús se le escuchaba como inspirado
por
Dios, como su portavoz y, al menos para algunos, como el representante
escatológico de Dios. Esa imagen no surgió sólo retrospectivamente: en
la
tradición es vista desde una perspectiva aún no cristiana y expresada
en
términos que la fe pascual dejó atrás. Es difícil ver cómo la fe
pascual pudo
crear una afirmación cristológica tan importante si el impacto
prepascual de
Jesús no hubiera sido medido ya con una escala de autoridad y poder
divinos.
No es sólo la impresión de las palabras y hechos lo que quedó grabado
en la
tradición, sino también la impresión de lo que Jesús era. El
carácter
extraordinario de su resurrección no hizo sino ahondar el impacto ya
producido.
Los
recuerdos sobre las enseñanzas y la manera de vivir de Jesús
continuaron
sirviendo a los grupos cristianos como modelo para vivir
responsablemente en comunidad. Del mismo modo que Jesús vivió a la luz
del
reino venidero, así la tradición de Jesús continuó sirviendo de
fuente e
inspiración para todo vivir con preocupación y solicitud. No como
plan ni
manual ético, sino como indicación de relaciones personales profundas,
prioridades, motivaciones y valores. Oída responsablemente, puede
funcionar
como prueba del cuidado solícito de una comunidad y como denuncia de
toda
sociedad que egoístamente trata de satisfacer sus deseos sin
preocuparse por
las necesidades de los demás. Pero interpretar a Jesús sólo en
esos
términos es minusvalorar lo que representó: él relacionaba
característicamente
el amor al prójimo con el amor a Dios, vio su esperada muerte y
resurrección en
coherencia con su predicación, y la tradición se conservó en el formato
evangélico. El duradero impacto, en vez de fragmentado, es percibido en
su
integridad.
En
suma, por medio de la tradición de Jesús todavía podemos oír y
encontrar a
Jesús tal como él habló y debatió, se relacionó a la mesa y curó.
Al
escuchar esa tradición leída desde un púlpito o en el cuarto de estar
de un
vecino, es como si estuviéramos sentados con los primeros grupos
discipulares
mientras compartían recuerdos de Jesús, forjaban su identidad, se
equipaban
para el testimonio y la controversia, aprendían lecciones útiles y
hacían de la
ocasión celebración del culto. Por medio de esa tradición, cualquier
persona
tiene todavía la posibilidad de encontrar al Jesús del que deriva el
cristianismo: el Jesús recordado.
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