El
cristianismo en sus comienzos. Tomo II. Comenzando desde Jerusalén
Sexta parte. Composición de una historia sobre los comienzos del
cristianismo
Capítulo 20. La búsqueda de la Iglesia histórica
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
Prólogo al Tomo II
Este es el segundo tomo de la proyectada trilogía
El
cristianismo en sus comienzos, en el que intento seguir y examinar
la
historia inicial del cristianismo hasta bien entrado el siglo II. El
primer
tomo, Jesús recordado, se centró exclusivamente en la persona a la que
con toda
seguridad se remontan los orígenes del cristianismo. El volumen incluía
una
exposición del método histórico-crítico, que sirve de guía a todo el
proyecto,
junto con el reconocimiento del hecho de la fe como parte de los datos
históricos, y de la función de la fe como parte del diálogo
histórico-crítico.
El tomo II, Comenzando desde Jerusalén,
abarca desde
el año 30 al 70 de nuestra era, un período mucho más largo que los tres
años
que probablemente duró la misión de Jesús. Estos dos períodos y temas
–la
misión de Jesús y la primera generación del movimiento que empezó con
él– son
quizá los más minuciosamente investigados de toda la historia. La
cantidad de
literatura secundaria al respecto ha crecido de manera exponencial,
sobre todo
a lo largo de los últimos treinta años, y no es posible ocuparse de
toda ella,
ni siquiera en monografías dedicadas a aspectos particulares. En lo que
sigue
he prestado, por supuesto, especial atención a las fuentes y a los
datos
históricos de la época llegados hasta nosotros. Además, he intentado
utilizar o
considerar en la medida de lo posible aquello de la literatura
secundaria que,
a mi juicio, ilustra mejor el material de las fuentes. Me he centrado
sobre
todo en la literatura secundaria más reciente, principalmente para
engranar de
la manera más completa posible con el actual debate sobre las numerosas
cuestiones
particulares, pero sin olvidar que buena parte de las monografías y en-
sayos
recientes sobre distintos temas examinan minuciosamente estudios
anteriores y
siguen o abordan las cuestiones más destacadas de esos estudios.
Sin embargo, como en Jesús recordado, he
procurado en
la medida de lo posible relegar a las notas las consideraciones
relacionadas
con la literatura secundaria. Espero haber dejado así el texto
principal
suficientemente desembarazado para permitir que quienes no se interesen
por las
a menudo interminables discusiones de expertos sobre puntos concretos
mantengan
fácilmente el hilo de la lectura. Al mismo tiempo, las notas pueden
proporcionar al menos un buen inicio para quienes deseen profundizar en
los
temas o simplemente examinar esas cuestiones más detalladas. Aun así,
he tenido
que seleccionar las referencias a literatura secundaria, ya que no
entraba en
mi intención ofrecer una bibliografía exhaustiva: ¡bastante grueso es
ya este
volumen! En consecuencia, obviamente, me he visto precisado a tratar
muy por
encima varias exposiciones clásicas y a pasar por alto un considerable
número
de monografías y artículos contemporáneos que bien podrían haber
influido en
mis posiciones en un punto o en otro. A esos autores les presento mis
disculpas
y les invito a señalar- me las omisiones más graves. Debo añadir que,
como
tengo por costumbre, para limitar lo que de otro modo sería una
desmesura, no
he incluido en la bibliografía artículos de diccionario.
Como parte del estudio sobre el comienzo del
cristianismo,
he juzga- do necesario analizar con cierto detenimiento los textos del
Nuevo
Testamento más estrechamente relacionados con ese período, en
particular los
Hechos de los Apóstoles y las cartas de Pablo. Por lo que respecta a
las epístolas
paulinas, entiendo que las consideraciones sobre ellas ofrecidas en las
páginas
de este tomo son complementarias de mi anterior estudio The
Theology of Paul
the Apostle (Grand Rapids: Eerdmans/Edimburgo: Clark, 1998). Ese
libro, en
buena medida, era el necesario paso previo a la composición de El
cristianismo en sus comienzos. Durante los cursos que pre- pararon
el
camino a la trilogía, repetidamente me había visto forzado a dejar en
vía
muerta mis clases sobre los comienzos del cristianismo, por la
necesidad de
ocuparme debidamente de la teología paulina. Pero, tras la salida a la
luz de The
Theology of Paul, pude seguir desarrollando sin obstáculos la
historia de
los comienzos del cristianismo. Por otro lado, esta era la ocasión de
responder
a esos críticos de The Theology of Paul que piensan que la
única manera
adecuada de explorar la teología paulina es considerando cada una de
sus
distintas cartas. En parte por esta razón decidí que un análisis
sumario del
contenido de cada carta sería insuficiente para los fines del presente
volumen;
es decir, insuficiente para ayudar a los lectores a entrar (tan a fondo
como
sea posible) en la intención y el pensamiento que guiaron a Pablo en la
escritura de sus epístolas. El hecho de que con ello podamos ver
también la
teología o, mejor, la teologización paulina tal como fue formulada en
relación
con determinadas iglesias y sus situaciones concretas, es una ventaja
adicional
y debe recordarnos el carácter existencial de la teología/teologización
de
Pablo.
Centrarse en textos particulares, como yo he
hecho,
presentaba el ulterior problema bibliográfico de que la producción de
comentarios sobre esos textos parece ser interminable. Por fortuna, en
la mayor
parte de los casos había para cada texto dos o tres comentarios de gran
peso
reciente- mente publicados. Esos comentarios casi siempre incluyen
análisis o
reseñas de anteriores temas y trabajos. En vez de intentar un diálogo
con la
principal tradición comentarista llegada hasta nosotros a lo largo de
generaciones,
me pareció preferible concentrar mis referencias y consideraciones en
los dos o
tres comentarios en cada caso. Naturalmente, era absurdo pretender
tratar sobre
todas las cuestiones importantes de cada texto, pero abrigo la
esperanza de
haber hecho lo suficiente para que los lectores conozcan en cada caso
tanto las
cuestiones esenciales como las interpretaciones de los datos que
difieren de
las mías. En el apéndice bibliográfico he enumerado separadamente los
comentarios consultados para cada uno de esos textos principales,
esperando que
la lista sea de utilidad.
Este es el principal producto de mis trabajos de
investigación desde que me jubilé, en 2003. La jubilación me ha restado
un
tanto las oportunidades de relación personal con colegas de mi país y
de fuera.
Por eso estoy más agradecido de lo que soy capaz de expresar a los
especialistas que pudieron responder positivamente a mi ruego de que
echaran
una ojea- da crítica a las primeras pruebas de este material. Otros,
por
desdicha, estaban ya sobrecargados de trabajo y tuvieron que declinar
la
petición. Guardo especial gratitud hacia Loveday Alexander, Anthony
Bash, Lutz
Doering, John Kloppenborg, Bruce Longenecker, Barry Matlock, Scot
McKnight, Bob
Morgan, Greg Sterling, Steve Walton y Michael Wolter, algunos de los
cuales
debieron de pasar horas y horas examinando mi material. Con ello me
libraron de
muchos desaciertos y sonrojos, dándome oportunidad de reconsiderar
algunos
puntos y, en no pocas ocasiones, de reescribirlos. Obviamente, las
meteduras de
pata que hayan quedado son mías. No siempre me convencieron las
sugerencias
recibidas, pero en la mayor parte de los casos me sirvieron para
introducir
mejoras. Entre esas personas a las que debo reconocimiento incluyo a mi
editor,
William B. Eerdmans, cuya buena disposición a enviar diversos capítulos
a
diferentes destinatarios ha sido ejemplar y cuya infusión de ánimo ha
sido
ilimitada. Quedo particularmente agradecido a mi corrector, Craig Noll,
sobre
el que ha recaído la inmensa y ardua tarea de garantizar la exactitud
en el
detalle y la coherencia en el estilo a lo largo del enorme original, y
que me
ha permitido enmendar más de un lapsus. Y, sobre todo, gracias a mi
querida
esposa, Meta, que tolera y alienta mi empeño en seguir enseñando y
escribiendo.
Así como el primer tomo estuvo dedicado a Meta,
este segundo
se lo dedico a nuestros tres hijos, que son realmente lo mejor de
nosotros.
Sale a la luz con nuestro ruego y esperanza de que resulte beneficioso
a
quienes aspiran a entender mejor los comienzos del cristianismo y a los
maestros que desean enseñar a esos buscadores de la verdad histórica.
Octubre de 2007
Capítulo 20. La búsqueda de la Iglesia
histórica
«La búsqueda del Jesús histórico»
es
una de las pocas cuestiones que han traspasado el «coto cerrado» de
teólogos y
estudiosos del Nuevo Testamento. La búsqueda de la Iglesia
histórica, en
cambio, ha tenido una repercusión mucho menor fuera de los círculos
académicos,
aunque es igualmente apasionante y susceptible de conducir a resultados
que
sirvan de reto e incluso de desazón. Una curiosidad recurrente en el
siglo
pasado fue que cuanto más desconocido decían algunos especialistas que
era
Jesús, más confiados se mostraban en conocer la Iglesia histórica, sin
advertir
que las primeras iglesias eran tan desconocidas como Jesús.
¿Qué se puede decir sobre el
surgimiento del cristianismo tras salir Jesús de la escena? ¿Cómo llegó
a
hacerse realidad esta religión que iba a configurar la historia y la
cultura de
Europa durante los dos milenios siguientes? El presente volumen se
centra en
los comienzos, en la primera fase del cristianismo. El obvio terminus
ad quem es el año 70 d. C., cuando las legiones de Tito destruyeron
el
templo de Jerusalén: la fecha marca el final formal del judaísmo del
Segundo
Templo y coincide con la muerte de las tres figuras eminentes del
cristianismo
primitivo (Pedro, Santiago y Pablo) y con la composición del evangelio
de
Marcos. Tiene sentido, pues, hablar de un antes y un después
de
70 d. C., y este tomo examina los cuatro decenios precedentes (30-70 d.
C.).
Antes de avanzar conviene, como medida preventiva, ofrecer unas
definiciones y
establecer ciertos contextos: aclarar el «qué» del término fundamental
(§ 20.1)
y señalar las cuestiones y percepciones clave que la búsqueda ha
generado (§
20.2-3).
20.1. Definición de términos
Todo comenzó en Jerusalén: así
resume
Hechos los inicios del cristianismo. Pero ¿qué fue «eso» que comenzó?
La
pregunta, antaño considerada esencial, suele ahora pasarse por alto
como si la
respuesta fuera obvia. Describir el nacimiento de un movimiento
religioso desde
fuera, con todo el conocimiento retrospectivo de su desarrollo, es
un
empeño respetable; pero mucho más difícil es describirlo desde
dentro:
preguntarse cómo se veían a sí mismos sus integrantes cuando los
horizontes
eran limitados y las consecuencias desconocidas. La honradez histórica
nos
prohíbe dar por supuesto que aquellas personas preveían y trabajaban
para hacer
realidad lo que luego acabó sucediendo. Necesitamos, pues, términos
apropiados
que sirvan como descripción social y ofrezcan una visión «desde dentro».
1) Cristianismo. La
respuesta
más obvia incurre, en sentido estricto, en anacronismo: la palabra
«cristiano»
se introduce como neologismo en Hechos, y «cristianismo» aparece por
primera
vez en la segunda década del siglo II, unos ochenta años después de los
sucesos. Podemos suponer una continuidad directa con el «cristianismo»
de
Ignacio de Antioquía, y hablar de cristianismo embrionario o emergente
sin inexactitud. Lo que no podemos es emplear el término dando por
supuesto que
las características del cristianismo desarrollado estaban ya presentes
en los
comienzos.
2) La Iglesia («la
búsqueda de
la Iglesia histórica»). Desde el siglo II en adelante fue una
designación
prominente, validada por el uso de ekklēsia en la literatura
cristiana
más antigua y conectada con las intenciones del propio Jesús y con la
autodesignación de los primeros discípulos como «la Iglesia (qahal)
de
Dios». Pero el singular implica una entidad unificada que ha sido un
ideal
teológico desde los primeros tiempos y una aspiración ecuménica hoy;
precisamente por eso puede servir de lentes con tintes rosados para
percibir
esos comienzos. Walter Bauer y los estudios sobre Nag Hammadi pusieron
en duda
que haya habido jamás una única respuesta a la misión de Jesús o una
«forma
pura» de la «Iglesia primitiva». Es significativo que las referencias
más
tempranas emplean el plural («iglesias») con mayor frecuencia que el
singular.
Un título más seguro sería «La búsqueda de las iglesias históricas».
3) Sinagoga (synagōgē)
es descartable por el peso antijudío posterior, pero el término estaba
todavía
en transición de «asamblea» a «lugar de reunión», y no era aún
designación
técnica de un lugar característicamente judío; de ahí que aparezca
alguna rara
vez en la literatura primitiva del cristianismo como denominación de
una
reunión cristiana. Este uso recuerda que toda línea divisoria clara con
respecto al judaísmo sería históricamente irresponsable.
4) Discípulos (mathētai)
proporciona conexión con la misión de Jesús y alcanza en Hechos casi la
categoría de designación técnica para los integrantes del nuevo grupo.
Sin
embargo, no aparece en ningún pasaje del NT fuera de los evangelios y
de
Hechos. Su ausencia en los demás escritos del siglo I sugiere que
entenderse
con arreglo a la relación maestro-discípulo, pronto, fue considerado
inadecuado
entre los primeros cristianos.
5) Creyentes es realmente
el
primer término colectivo empleado para la nueva comunidad y capta uno
de sus
rasgos distintivos. Fundamentales para una investigación del
cristianismo en
sus comienzos son el qué y el cuándo de esa fe: dado
que Jesús
llamaba a tener «fe», pero no en él mismo, ¿vemos aquí ya realizado ese
cambio
trascendental de creer en respuesta a Jesús a creer en
Jesús?
6) Los que invocan el nombre
del
Señor tiene aire de autodescripción en varios pasajes y refleja la
influencia de Jl 2,32. Los primeros creyentes se veían a la luz del
pasaje de
Joel, un poco como los qumranitas se veían a la luz de Habacuc. Lo
peculiar del
uso cristiano es que «el Señor» cuyo nombre se invoca es las más de las
veces
Jesús.
7) Hermanos es término muy
usado en el NT y cubre el vacío entre la misión prepascual y la
expansión
pospascual; define el movimiento como una asociación familiar
imaginaria. Pero
no era peculiar del grupo de seguidores de Jesús (también en Qumrán), y
hay
poca tendencia en el NT, aparte de 1 Pedro, a designar el nuevo
movimiento como
«hermandad».
8) Santos, en cartas
paulinas y
Apocalipsis, tiene sentido solo desde dentro, como medio de
reclamar
participación en la herencia teológica de Israel; entraña una
reivindicación de
estatus teológico y no sirve como denominación social. 9) Los
elegidos
indica el interés paulino por mostrar continuidad entre sus convertidos
y el
Israel de antaño; como «santos», implica una postura teológica que
tiene
sentido solo en un diálogo entre judíos. 10) Los pobres: los
miembros de
la primitiva comunidad de Jerusalén pudieron verse así, como aquellos a
los que
Dios cuida especialmente; sería un indicio de continuidad con la misión
de
Jesús a los pobres. Otros términos —11) amigos, 12) los
justos,
13) los que son salvados— son demasiado episódicos para
constituir
designación general.
Cuatro términos se acercan más al
objetivo, en cuanto eran utilizados también por gente «de fuera». 14) El
camino (hodos) refleja el modismo hebreo de la conducta como
caminar
por un sendero, atestiguado en Qumrán (1QS 8,14, que se inspira en Is
40,3) y
resonante en la asociación primitiva con el Bautista (Mc 1,3);
difícilmente
podía ser ajena al tema tradicional de los dos caminos. La
designación
implica que quienes se reconocían en ella afirmaban haber hecho la
elección
adecuada y que el suyo era el (único) camino a la salvación. 15) Secta
(hairesis)
en Hch 24,14; 28,22 («la secta de los nazarenos», 24,5) sugiere que los
discípulos, tan pronto como adquirieron importancia a ojos de otros
judíos,
fueron considerados un elemento más del judaísmo del Segundo Templo
tardío,
igual de distinto y «sectario» que los fariseos. 16) Nazarenos
manifiesta un modo peculiarmente judío de designar a los primeros
creyentes
como seguidores del Nazareno; el nombre se conservó como designación
para los
cristianos sirios y se extendió a persas, armenios y árabes. 17) Galileos,
en Hch 1,11 y 2,7, vincula el movimiento con sus orígenes en la misión
galilea
y probablemente confirma que en su etapa más temprana el movimiento
estaba
encabezado por galileos.
De este examen se desprenden
cuatro
observaciones. Primero: no hay un único término que sirviera,
por sí
solo, para designar a los participantes. Lo prudente es usar diversos
términos,
como hace Hechos, a fin de que ninguna imagen se haga fija y normativa.
Segundo:
la variedad de términos es indicio del carácter incipiente del
grupo. La
identidad es multiforme: el «cristianismo» que comenzaba a surgir en
los años
treinta no era una sola «cosa», sino una serie de relaciones,
perspectivas,
modelos en desarrollo de actitud, fe, conducta, culto y misión; la
cuestión es
si esas facetas formaban un todo coherente o, por el contrario,
ocultaban una
diversidad difícilmente describible como unidad. Tercero: el
principal
factor de coherencia a primera vista es la continuidad con la
misión de
Jesús, evidente en «discípulos», «hermanos», «los pobres»,
«nazarenos» y
«galileos», e implícita en «Iglesia» y «el camino». Pero al dejar Jesús
de
estar en escena, ese factor perdió rápidamente eficacia: el rasgo más
destacado
lo señala «los que invocan el nombre del Señor (Jesús)», donde la
relación deja
de ser la de discípulo para transformarse en la de devoto o adorador. Cuarto:
otro factor de coherencia es el carácter peculiarmente judío
que une a
«Iglesia», «sinagoga», «santos», «elegidos», «pobres», «camino» y
«secta de los
nazarenos». La perspectiva desde dentro del judaísmo del
Segundo Templo
indica con claridad que, al comienzo, el cristianismo se mostraba aún
judío en
su modo de definirse, plenamente integrado en la diversidad reinante
del
judaísmo del siglo I.
20.2. De Jesús a Pablo
Las dos últimas observaciones —el
vínculo con Jesús y el carácter judío de la secta emergente— introducen
los dos
principales problemas que durante más de dos siglos han intrigado a los
estudiosos. Uno es cómo colmar la laguna entre Jesús y Pablo: cómo el
mensaje
de Jesús sobre el reino se convirtió en el evangelio de Pablo sobre
Jesús
crucificado visto como Señor; cómo Jesús, el predicador de la Buena
Noticia,
pasó a ser el contenido de ella; cómo el Evangelio de Jesús
devino el
Evangelio sobre Jesús. El otro es explicar cómo una secta judía
se
convirtió en una religión gentil. La «prueba de Klausner» de E. P.
Sanders
—situar a Jesús creíblemente en el judaísmo y, a la vez, explicar la
ruptura
del movimiento fundado por él— es aplicable también a la búsqueda de la
Iglesia
histórica. En el centro del problema está la cristología: el
enaltecimiento muy
temprano de la figura de Cristo provoca preguntas y alimenta sospechas.
a) Hermann Reimarus
Como en la búsqueda del Jesús
histórico, fueron el deísta inglés Thomas Chubb y, sobre todo, el
racionalista
alemán Hermann Reimarus quienes pusieron de manifiesto la
discontinuidad entre
el mensaje de Jesús y las enseñanzas del cristianismo primitivo. Y,
como en el
primer caso, fue Reimarus quien hizo la crítica más penetrante y
devastadora.
En lo tocante a la cristología, subrayó que Jesús «había nacido judío e
intentó
permanecer como tal»: no quiso presentar un Dios trino, ni introducir
una nueva
doctrina, ni igualarse a Dios; al llamarse «Hijo de Dios» solo decía
ser el
Mesías, a quien Dios ama de un modo especial, y fueron los apóstoles
los
primeros en ver un significado mayor en esa designación. Respecto a la
Ley, su
conclusión era contundente: «los apóstoles enseñaron y actuaron
exactamente a
la inversa de lo que su maestro había pretendido, enseñado y ordenado,
puesto
que exoneraron de la Ley no solo a los paganos, sino también a los que
se
habían convertido del judaísmo». Sobre el reino, mantenía que solo
después de
la muerte de Jesús los discípulos cambiaron su anterior doctrina,
dejaron de
esperarlo como redentor temporal y poderoso de Israel y, «en pocos
días»,
alteraron su doctrina entera para hacer de Jesús un salvador que sufre
por toda
la humanidad.
No contento con meter el cuchillo
entre la intención de Jesús y la doctrina posterior de sus seguidores,
Reimarus
quiso rematarlo. Su explicación de la transición es brutal y, en última
instancia, una triste patraña: los discípulos habían seguido a Jesús
por
motivos mundanos —esperanza de futura riqueza y poder, ambición de
tierras y
bienes materiales (Mt 19,29)—; al estar bien mantenidos por los amigos
y
partidarios de Jesús, perdieron la costumbre de trabajar; a la muerte
de él, lo
único que les esperaba era pobreza y deshonra, y fue su deseo de bienes
mundanos lo que les indujo a inventar la historia de la resurrección,
sustrayendo ellos mismos el cuerpo del sepulcro. Esa explicación tiene
más que
ver con la antigua y oculta desilusión de Reimarus respecto a los
postulados
tradicionales del cristianismo que con una lectura imparcial de los
datos. Pero
sus preguntas siguen sin respuesta definitiva, y constituyen su
gran
contribución al debate Jesús/Pablo:
— Cuanto más plenamente se sitúa a
Jesús dentro del judaísmo, más apremiante se hace la pregunta sobre
cómo y por
qué surgieron las afirmaciones acerca de su condición divina.
— Cuanto más plenamente se le
sitúa
como judío observante de la Torá, más apremiante resulta entender cómo
y por
qué los discípulos principales como Pedro y Juan aceptaron la
insistencia de
Pablo en que no se exigiera observancia de la Torá a los gentiles
convertidos.
— Cuanto más plenamente se sitúa
su
enseñanza como anuncio del cumplimiento de la esperanza israelita, más
apremiante se vuelve la pregunta sobre cómo surgió un Evangelio para
todos,
particularmente la fe en la muerte de Jesús como sacrificio por todos
los seres
humanos.
b) El Jesús de la historia
frente al
Cristo de la fe
Como resultado del cuestionamiento
racionalista, el contraste —si no la completa antítesis— entre la
intención de
Jesús y su presentación por el cristianismo primitivo se convirtió en
preocupación central durante dos siglos. David Friedrich Strauss
planteó la
cuestión con su célebre crítica de Schleiermacher, El Cristo de la
fe y el
Jesús de la historia: «el Cristo de Schleiermacher es tan poco real
como el
Cristo de la Iglesia». La fisura quedaba reflejada en el contraste
entre los
sinópticos y Juan, donde «el Jesús de la historia ha desaparecido ya
detrás del
Cristo de la fe».
Más tarde, Adolf Harnack atribuyó
la
transición a Pablo. En famosa declaración insiste en que «el Evangelio,
como lo
predicó Jesús, tiene que ver solo con el Padre y no con el Hijo», y
cita a
Wellhausen: «la obra especial de Pablo fue transformar el Evangelio del
reino
en el Evangelio de Jesucristo». Martin Kähler, en cambio, situó la
transición
en «la predicación apostólica»: «el Cristo real, el Cristo que ejerció
influencia en la historia, es el Cristo que es predicado»; no
hay un
«Jesús histórico» diferente del «Cristo bíblico». Rudolf Bultmann se
basó
directamente en Kähler para reformular la antítesis como Jesús
histórico/Cristo
kerigmático: «no nos corresponde cuestionar
las credenciales» de la
palabra de la predicación. Quedan así planteadas tres cuestiones
inevitables:
la disparidad entre el Jesús sinóptico y el joánico; la dificultad de
cuadrar
la focalización de Jesús en el reino con la focalización de Pablo en
Jesús; y
el problema de que el Cristo bíblico no pueda ser relacionado con el
Jesús de
Galilea.
c) ¿La cristología de Jesús?
C. F. D. Moule ilustró las posturas
mediante círculos a uno y otro lado de una línea divisoria. Para
Harnack y los
liberales, la fe debía centrarse en el Jesús de la historia y separarse
del
Señor de la fe. Para Bultmann había que destacar al Señor de la fe, y
la línea
divisoria debía trazarse aún más gruesa. La generación posbultmanniana
intentó suprimir
la línea, hallando ya en el mensaje de Jesús una cristología implícita.
Käsemann lo formuló clásicamente: «lo fundamental en la justificación
no es
otra cosa que el reino de Dios que Jesús predicó… la basilea de
Dios es
el contenido de la doctrina paulina de la justificación».
Sin embargo, hay que reconocer que
en
las comunidades pospascuales se habló de Jesús de un modo como él nunca
habló
de sí mismo; se pidió fe en Cristo como Jesús nunca pidió fe en él;
pronto se
hicieron reivindicaciones para Jesús que él nunca hizo para sí. Aun
estirando
los datos de la tradición de Jesús, sigue habiendo una diferencia
sustancial
entre lo recordado de Jesús y lo predicado por Pablo. Estirar más esos
datos es
arriesgarse a escuchar la forma desarrollada en lugar de la voz con
origen en el
propio Jesús. La pregunta sigue en pie: ¿por qué y cómo se llegó a
proclamar a
Jesús de ese modo?
d) La cuestión de la escatología
Al tratar la transición de Jesús a
Pablo es difícil eludir la escatología. Cuanto más se percibe en las
palabras
de Jesús sobre el reino la espera de una venida inminente, más
apremiante se hace la pregunta: ¿en qué sentido, si en alguno, lo que
acabó
sucediendo correspondía a las expectativas de Jesús? El famoso sarcasmo
de
Loisy conserva su mordacidad: «Jesús anunció el reino, y lo que vino
fue la
Iglesia». Asociar la enseñanza paulina sobre la «justificación» a la de
Jesús
sobre el reino parece otro intento de resolver la vana espera de la
venida
inminente. La idea de la parusía (la nueva venida desde los
cielos)
surgió probablemente de la mezcla de su esperanza recordada de triunfo
final
con sus parábolas, igualmente recordadas, sobre propietarios que parten
de
viaje y vuelven inesperadamente. El «retraso de la parusía», ya
señalado por
Reimarus, plantea si fue factor determinante en la configuración de la
teología
cristiana primitiva, si explica la evolución de la teología paulina o
si
proporciona un medio de datar los documentos neotestamentarios.
Käsemann planteó la cuestión
incisivamente desde el otro lado: Jesús no compartía la expectativa
apocalíptica inminente del Bautista, sino que «anunció que Dios estaba
próximo,
a punto de llegar»; fueron la Pascua y la recepción del Espíritu las
que llevaron
al cristianismo primitivo a sustituir esa predicación por «una nueva
apocalíptica». De ahí su célebre frase: «la apocalíptica fue la madre
de toda
la teología cristiana». Su reto es claro: si Jesús no era apocalíptico,
mientras que sí lo eran el Bautista y la comunidad primitiva, ¿de qué
fuente
proviene el carácter apocalíptico tan determinante de la teología
cristiana
inmediatamente posterior?
e) Debates recientes
Los dos ramales más recientes de la
búsqueda no han progresado sustancialmente. La «búsqueda neoliberal» ve
en
Jesús un subversivo (sin más) sustancialmente distante del Cristo
crucificado
de Pablo, presentando a este último como una «corrupción» del Galileo
«original». La llamada «tercera búsqueda», la del Jesús judío,
restablece el
énfasis en el Jesús prepascual: cuanto más judío creemos que fue Jesús,
más
difícil nos resulta entender cómo surgió el Cristo del dogma; si antes
el
segundo cerraba el acceso al primero, ahora parece ser el primero el
que
obstaculiza el acceso al segundo.
Desde la perspectiva del
cristianismo
primitivo, las cuestiones son complementarias. Por un lado, se afirma
una
continua comunidad galilea de discípulos que conservó las enseñanzas
subversivas, sin interés por la cruz y la resurrección. Por otro, en
línea con
Barth y Käsemann, se insiste en que «la revelación de Jesucristo» por
Pablo
(Gál 1,12) corta la continuidad histórica y traslada todo a un nuevo
plano
(«nueva creación»). El debate contemporáneo gira en torno a cuánto
tardó en
surgir una alta cristología: la cristología se desarrolló dentro de una
matriz
judía, pero ¿consideraron ya Pablo y sus predecesores a Jesús
preexistente,
socio en la creación, identificado con Yahvé o incluido en la identidad
del
Dios único? Si así fuera, la discontinuidad con el dogma posterior
sería menor,
pero la disyunción con las declaraciones del Jesús recordado aumentaría
dramáticamente.
Del examen precedente surgen
varias
preguntas que el volumen debe abordar: cómo explicar la transición del
Jesús
sinóptico al joánico; el significado de la relativa desaparición del
anuncio
del reino en el cristianismo más temprano; en qué medida (¡si en
alguna!) el
mensaje de Jesús influyó en el evangelio paulino; cómo y por qué se
produjo la
transición de Jesús el predicador a Jesús el predicado; si la Pascua
confirmó
un convencimiento creciente de Jesús sobre su papel o irrumpió con
fuerza de
revelación; y si los cambios cristológicos ocurrieron tan rápidamente
como para
desde el principio oscurecer la importancia de Jesús de Nazaret.
20.3. De secta judía a religión
gentil
El debate sobre cuándo comenzó
propiamente la cristología es decisivo, pero no el único esencial. La
discusión
más amplia concierne a la relación del cristianismo con el judaísmo,
y
aquí interesa la cuestión de cómo y por qué surgió el cristianismo
del
judaísmo, que es la segunda mitad de la prueba de Klausner. El
análisis
inicial de los términos (§ 20.1) puso de relieve el carácter claramente
judío
de muchos de ellos: «Iglesia», «sinagoga», «santos», «elegidos»,
«pobres»,
«camino», «secta de los nazarenos», a los que cabe añadir «el pueblo de
Dios»,
«las doce tribus» y «la semilla de Abrahán», y el más polémico de
todos:
«Israel». ¿Eran percibidos quienes los empleaban como gente de «dentro»
del
judaísmo? ¿Pretendía la secta tener en exclusividad los derechos sobre
la
herencia de Israel, al modo de Qumrán?
La cuestión adquiere nitidez en el
contexto en que aparece por vez primera el término «cristianismo».
Ignacio de
Antioquía lo introdujo para diferenciar esta nueva entidad del mucho
más
arraigado «judaísmo»: Cristianismós debía entenderse como
realidad
opuesta a Ioudaïsmós. Hay aquí una progresión irónica: así como
Ioudaïsmós
fue introducido para definirse en oposición a Hellēnismós,
«cristianismo» nació en oposición a «judaísmo». Al igual que la
rebelión
macabea definió el judaísmo como no helenismo, Ignacio definió el
cristianismo
como no judaísmo. Esta autodefinición devino el postulado principal: el
cristianismo había desbancado al judaísmo, drenándole toda sustancia, y
había
sustituido a Israel como «el pueblo de Dios». Ese sustitucionismo
ha
impedido buenas relaciones judeocristianas durante la mayor parte de la
historia: la pregunta clave es si surgió desde el principio como parte
integral
del nuevo movimiento.
La cuestión tiene además dos
lados,
porque hay dos partes en el proceso: no solo la creciente separación
del
cristianismo respecto del judaísmo, sino también el creciente acercamiento
del cristianismo al helenismo. A medida que el cristianismo se
fue
haciendo más distinto del judaísmo, se hizo también más griego, más
abierto a
los debates religioso-filosóficos del mundo grecorromano. ¿Cuánto había
de
repulsión o expulsión, y cuánto de atracción y asimilación?
a) F. C. Baur
Así como Reimarus inauguró la búsqueda
del Jesús histórico, Ferdinand Christian Baur es la figura clave en la
búsqueda
de la Iglesia histórica. Su programa: «cómo fueron traspasados los
límites del
judaísmo, cómo el cristianismo, en vez de permanecer como una mera
forma del
judaísmo, se afirmó como una doctrina distinta, rompió con él y empezó
a actuar
como una forma independiente y nueva de pensamiento religioso y de
vida». El
estudio de las cartas a los corintios le proporcionó la clave: la
relación de
Pablo con los apóstoles más antiguos no era de armonía sino de fuerte
oposición
entre un partido petrino y un partido paulino. Esa percepción generó la
tesis
de que la historia más temprana del cristianismo fue un largo conflicto
entre
las ramas paulina y judía. Hechos, que presenta un Pablo cercano a
Pedro, tenía
que datarse en un período posterior de reconciliación; e Ignacio y
Policarpo no
podían ser auténticos, pues su datación a comienzos del siglo II no
encajaba en
el esquema.
Baur partía del prejuicio
idealista
entre «particularismo» judío y «universalismo» cristiano: el
cristianismo era
«universal» y «absoluto»; el judaísmo, defectuoso y limitado. Esa
formulación
expresaba bien la arrogancia de la intelectualidad europea
decimonónica, y
lamentablemente el contraste sigue prolongándose como crítica cristiana
del
judaísmo. Pero, como análisis del proceso histórico, su tendenciosa
reconstrucción no se sostiene. En el mundo anglosajón nadie minó su
análisis
con más eficacia que J. B. Lightfoot, no por oposición frontal
—Lightfoot
reconocía que «el odio sistemático a Pablo» fue un factor importante—
sino por
su enfoque hermenéutico: frente al método deductivo idealista de Baur,
Lightfoot sometió los textos a riguroso análisis crítico, como muestra
su
monumental estudio de Ignacio y Policarpo, que demolió la datación
tardía. En
Alemania, Albrecht Ritschl mostró que no había dos bloques monolíticos:
era
preciso distinguir entre Pedro y los «judaizantes» adversarios de
Pablo, y
reconocer un cristianismo gentil distinto del paulino, raíz del
catolicismo
primitivo.
De aquí surgió una visión de
conjunto
que dominó el siglo XX: un continuo que va desde los
judaizantes,
pasando por Pedro y los Doce, los judíos helenísticos, los gentiles
helenísticos, Pablo, hasta los radicales gnostizantes; un continuo
cuyas
posiciones intermedias —helenistas, evangelio antioqueno, «temerosos de
Dios»,
Santiago— recibieron creciente atención. Pero el reconocimiento
permanente de
Baur sigue en pie: los comienzos del cristianismo se caracterizaron por
tensiones y conflictos tan considerables como los del judaísmo del
Segundo
Templo. Quedó desterrado para siempre el «mito de los comienzos» como
un
período ideal de unidad.
b) La escuela de la historia de
las
religiones
Hacia finales del siglo XIX la
atención se desvió del origen judío al abrazo del helenismo. Harnack
había
descrito el desarrollo del dogma como obra del «espíritu griego». La
escuela de
la historia de las religiones insistió en que el cristianismo solo se
entiende
en el contexto de las otras religiones de la época y, sobre todo, influido
por ellas; influencia palpable en dos áreas: rito cultual y mística
de
Cristo.
Wilhelm Heitmüller planteó la
cuestión
con más agudeza desde el bautismo y la Cena del Señor: la fórmula «en
nombre
de» reflejaría la creencia, atestiguada también en el judaísmo, de que
el
«nombre» portaba poder; y la eucaristía reflejaría la idea primitiva de
devorar
a la divinidad, presente en los misterios dionisíacos. En el centro
estaba el
convencimiento de que el cristianismo era una religión sincrética, un
culto
mistérico más, que compartía con otros la creencia básica en un dios
que muere
y resucita, como Atis, y los medios sacramentales para participar de su
destino.
Esta tesis tuvo que matizarse
considerablemente: se sabe muy poco sobre las religiones mistéricas;
los ritos
hídricos de iniciación al culto de Isis parecen haber sido
purificaciones
preliminares y no la iniciación misma; la motivación era más liberación
de los
terrores del más allá que redención de los pecados; no hay noción clara
de
identificación mística con la deidad; aparte de la comida presidida por
el dios
(1 Cor 10,20-21), el rito dionisíaco de «comer carne cruda» no es
precedente de
la Cena; y las influencias decisivas para los rasgos paulinos son más
bien
judías: el bautismo de Jesús como metáfora de su muerte, su disposición
a
compartir mesa y, particularmente, su última cena. Aun así, los
estudiosos se
han resistido con razón a aislar totalmente el cristianismo primitivo
de su
entorno religioso: el propio Pablo veía paralelo entre el entusiasmo
corintio y
el éxtasis dionisíaco (1 Cor 12,2; 14,23). La socioantropología (ritos
de paso,
conversión, liminaridad, ritos prandiales, magia generalizada) ha
reforzado la
idea de que sin reconocer esas analogías no se aprecia debidamente la
historia
del movimiento.
El otro aspecto sobresaliente fue
el
cambio de doctrina y moral por religión y experiencia. Wilhelm Bousset,
en su Kyrios
Christos, contribuyó decisivamente al hacer ver que entre Jesús y
Pablo
tuvieron que interponerse la comunidad palestina y las comunidades
helenísticas
(Antioquía, Damasco, Tarso): desde entonces ningún estudio puede pasar
por alto
la complejidad de esa transición. Bousset llevó a la práctica la
llamada
programática de Wrede de estudiar el cristianismo primitivo como
historia de
una religión y no de una doctrina, ampliando los límites del canon. Su
principal aportación fue subrayar la intensidad del sentimiento
religioso
expresado por la fórmula paulina «en Cristo»: «detrás del misticismo
que deja
percibir Pablo con su en Christō einai está la experiencia viva
del
Kyrios Christos presente en el culto»; «para Pablo, Cristo pasa a ser
la fuerza
sobrenatural cuya presencia sostiene y llena completamente su vida». No
es solo
misticismo cultual: Pablo desarrolló un misticismo personal.
c) La búsqueda del gnosticismo
precristiano
Detrás de los mitos del dios que muere
y resucita, Bousset percibía el mito gnóstico más fundamental del Hombre
primordial, que se hunde en la materia y es liberado de ella,
expresado en
el «Poimandres» y en el himno naaseno (Hipólito, Ref. 5.10.2).
Esta
visión se convirtió en punto de partida de la influyente Teología
del Nuevo
Testamento de Bultmann, que suponía que el mito gnóstico había
alcanzado
pleno desarrollo antes de Pablo: Cristo sería la persona-luz que trae
la gnosis
vital, el redentor que desciende y vuelve a ascender (Flp 2,6-11), el
Hombre
espiritual (1 Cor 15,44-49); de ahí también la distinción entre
«espirituales»
y «psíquicos» (1 Cor 2,13-15) y el «cuerpo de Cristo».
El problema es que sobre el mito
pleno
del redentor gnóstico no hay testimonio claro anterior al siglo II d.
C. Hay
términos sueltos (gnōsis, pneumatikos) y paralelos
parciales
(descenso y ascenso de la Sabiduría en 1 Henoc 42), pero la
tesis tiene
que postular el mito completo antes para llamar a tales
elementos
«fragmentos». Es más probable que el mito completo sea una amalgama
posterior
con esos elementos anteriores: el mito del Adán judío parece haber
influido en
el Poimandres; Cristo, el hombre espiritual, es en 1 Cor 15,44-49 el último
Adán, no el primero (texto de escatología judía, no de cosmología
platónica o
gnóstica); y las figuras de redentor primordial solo aparecen en el
siglo II,
probablemente como contribución cristiana al gnosticismo sincrético. La
búsqueda derivó luego hacia los adversarios paulinos
—«gnósticos» en 1
Corintios, Efesios, etc.—, pero el resultado es que la búsqueda de
influencia
gnóstica precristiana en el siglo I ha quedado varada. Los documentos
de Nag
Hammadi han evitado su olvido total, pero el asunto ya no será de los
principales.
d) Perspectiva sociológica
Expresión natural de la historia de
las religiones fue examinar los comienzos del cristianismo como
fenómeno
social. Edwin Hatch abrió camino al relacionar la organización de las
iglesias
primitivas con agrupaciones del mundo clásico, pero el impulso se frenó
con
Troeltsch, que insistía en que «el ascenso del cristianismo no es un
fenómeno
social, sino religioso». Hubo que esperar quince años hasta que, con
Gerd
Theissen y sus estudios sobre la iglesia corintia, el enfoque
sociológico se
convirtió en una gran avenida. Lo referido en Hechos sobre la iglesia
de
Jerusalén ofrece poca información fiable para análisis sociológico, y
el Sitz
im Leben de los evangelios es muy especulativo; pero las cartas de
Pablo,
por su inmediatez con iglesias concretas, han resultado fértiles.
El enfoque permite entender mejor
las
dinámicas sociales de los pequeños grupos que se reunían en casas
privadas,
viviendas a menudo poco espaciosas, en las ciudades donde
principalmente
operaba Pablo. ¿Cuál era la proporción de ricos y pobres, de esclavos y
propietarios, de judíos y no judíos? ¿Qué significaba para Pablo
trabajar con
sus propias manos? ¿Cómo influían en las conductas y relaciones
internas las
convenciones patrón/cliente y honra/deshonra propias del mundo
mediterráneo?
¿Cuál era el estatus de las mujeres en las iglesias domésticas y su
papel
ministerial? ¿Cómo sobrevivieron y medraron los primeros grupos
cristianos en
ambientes a menudo hostiles? ¿Qué límites trazaron en torno a sí y qué
movimientos permitían a través de esos límites? Estas preguntas son de
considerable importancia para una descripción completa de los comienzos
del
cristianismo.
En paralelo, una clara candidata a
examen psicológico y socioantropológico era la prominencia del Espíritu
y de
sus fenómenos. Hermann Gunkel desplazó la noción «espiritual» desde el
mundo
idealista hegeliano a algo mucho más primitivo: la experiencia de
dotación de
poder. Este entender el Espíritu como experiencia se hizo fundamental
para
analizar el lenguaje del Espíritu en el NT, y la descripción weberiana
del
líder carismático ofrecía un punto de enlace natural. El enlace, sin
embargo,
no fue muy explotado: el surgimiento del pentecostalismo en la primera
mitad
del siglo XX pudo contribuir a que los estudiosos descuidaran ese
aspecto,
considerando el Espíritu un concepto demasiado primitivo. El
reconocimiento por Käsemann de la importancia del entusiasmo como
elemento
(peligroso) del cristianismo naciente, junto con el crecimiento del
movimiento
carismático en la segunda mitad del siglo, ha renovado el interés por
la
dimensión carismática y experiencial de los escritos paulinos. Cuanto
más se
reconoce que el cristianismo primerísimo fue, en algún sentido
significativo,
un movimiento del Espíritu, más importante resulta tener
presente esta
dimensión.
Vinculado a esto, el debate
Sohm-Harnack sobre «carisma» y «derecho canónico» (Kirchenrecht)
sigue
vivo: para Sohm, la sustitución de la estructura carismática paulina
por el Kirchenrecht
(visible en 1 Clemente) marcó la «caída» de la era apostólica a
la
subapostólica; para Harnack, función carismática y cargo administrativo
no
fueron sucesivos sino simultáneos. El debate se reavivó al replantearse
el
«catolicismo primitivo» desde la sociología weberiana: ¿la
«rutinización» o
institucionalización del carisma es acontecimiento de la segunda
generación o
se da ya dentro de las iglesias de Pablo? Otro aspecto recuperado fue
la
influencia de la retórica antigua en Pablo, redescubierta tras Johannes
Weiss y
reactivada por Hans Dieter Betz y los debates posmodernos: las cartas
paulinas
se ven cada vez menos como meras declaraciones teológicas y más como
piezas
retóricas. Si a esto añadimos los avances arqueológicos, la atención a
ciudades
clave (Jerusalén, Roma, Éfeso, Corinto) y los datos depurados sobre el
judaísmo
de la diáspora, las perspectivas para conocer los comienzos del
cristianismo se
vuelven cada vez más luminosas.
e) Vuelta al punto de partida
La búsqueda del redentor gnóstico
precristiano ha quedado como un paréntesis. El enfoque sociológico ha
absorbido
gran parte de la energía. Pero en la última generación ha reaparecido
como
primordial el interés por entender mejor por qué y cómo surgió el
cristianismo
en su forma característica dentro del judaísmo: la prueba de Klausner
sigue
siendo necesaria.
En cristología, una oleada
importante
ha estudiado los antecedentes y posibles prototipos —héroes enaltecidos
(Henoc,
Elías), ángeles gloriosos, intermediarios divinos como la Sabiduría— de
lo que
los cristianos pronto predicarían de Cristo. Con tales precedentes,
parece
haber poca necesidad de buscar más. Pero ¿cómo explicar la ruptura con
el
judaísmo? Maurice Casey la considera consecuencia inevitable del
trasplante de
categorías judías a terreno gentil. Larry Hurtado la sitúa en la
devoción a
Cristo de las primeras comunidades, devoción que chocaba con el
monoteísmo del
Segundo Templo. A mi entender, no hay tanto un cristianismo que rompe
con su
matriz como un judaísmo rabínico que estrecha aún más sus límites para
dejar
fuera no solo al cristianismo naciente sino también a otras formas del
judaísmo
del Segundo Templo.
Respecto al misticismo, la
percepción
creciente de que el misticismo judío merkabá ya era practicado
en
tiempos de Pablo ha devuelto el tema al debate con renovado poder
explicativo.
No hay razón para considerar el «misticismo» como indicio per se
de
influencias no judías: Pablo no abriga dudas sobre las visiones y
revelaciones
de 2 Cor 12,1-4, y si 2 Cor 4,4-6 refleja su experiencia de conversión,
bien
puede servir de base para argumentar que su entera percepción de Cristo
brotó
directamente de aquella visión.
En cuanto a las influencias
determinantes en la teología paulina, W. D. Davies inició un giro al
protestar
contra el indebido énfasis en los antecedentes helenísticos e insistir
en los
orígenes judíos. Pero tropezaba con un prejuicio hondamente arraigado:
¿no era
el judaísmo aquello de lo que Pablo había abjurado? ¿No había sido
liberado de
la esclavitud de la Ley y del fariseísmo legalista? La escuela de la
historia
de las religiones había seguido motivada, en realidad, por la
concepción de
Baur del cristianismo como religión universal liberada del
particularismo
judío.
Hasta que E. P. Sanders no atacó
con
dureza esa parodia del judaísmo, no se reconoció ampliamente la
obcecación que
había en la indiferencia por las raíces judías de Pablo. Sanders mostró
que el
punto de partida del judaísmo del Segundo Templo era la alianza dada
por
iniciativa divina, no un logro humano; los judíos tenían la
responsabilidad de
mantenerla mediante la Ley, pero el énfasis en el arrepentimiento y la
centralidad del sistema sacrificial expiatorio significaban que
calificar la
religión judía de legalista era erróneo e injusto. Acuñó la expresión nomismo
pactal para abarcar ambas dimensiones: la iniciativa pactal y la
respuesta
de obediencia.
Esta «nueva perspectiva sobre
Pablo»
era en realidad una nueva perspectiva sobre su judaísmo, y exigía una
visión
renovada del propio apóstol. Si Pablo no reaccionaba contra un judaísmo
legalista, ¿contra qué reaccionaba? Sanders consideró la reacción de
Pablo
esencialmente confusa. He argüido, sin embargo, que la nueva
perspectiva
muestra que el objetivo no era la idea de obtener aceptación divina por
mérito
personal, sino la intención judía de evitar que el privilegio del
estatus
pactal se diluyera por el contacto con no judíos. La reacción de Pablo
iba
contra el exclusivismo por cuya conservación él mismo había luchado
antes; en
particular, contra la idea (compartida por muchos cristianos
procedentes del
judaísmo) de que las «obras de la Ley» —en especial la circuncisión y
las
normas sobre lo puro y lo impuro— seguían condicionando la relación
pactal
tanto para judíos como para gentiles. En este conflicto y a partir de
él,
precisamente como «apóstol de los gentiles», Pablo formuló la doctrina
de la
justificación por la sola fe (Gál 2,1-21).
Han llovido respuestas. Friedrich
Avemarie observa que los datos rabínicos son menos homogéneos de lo
admitido
por Sanders, que habría forzado en exceso la parte pactal del «nomismo
pactal».
Se ha señalado que la «justificación» se refiere no solo a la
aceptación
inicial por la fe sino también al juicio final, y que el concepto judío
de
justificación es más condicional de lo que Sanders admite. El pasaje
clave Rom
4,4-5 puede servir como torre de asalto contra la teología paulina
reinterpretada.
Subyacente al debate está la
cuestión
histórica fundamental: ¿qué hizo que los primeros evangelistas
cristianos
llevasen el Evangelio a no judíos? ¿Qué produjo la apertura a los
gentiles,
acontecimiento decisivo para el cristianismo y para la historia
europea? ¿Y por
qué, al darlo, tomaron la revolucionaria decisión de no tratar a los
gentiles
como prosélitos, absteniéndose de exigirles la circuncisión y la total
obediencia a la Ley? Tras el debate teológico sobre la «nueva
perspectiva» está
la cuestión histórica del giro crucial: si logramos aclararla, habremos
descubierto la clave más importante para desentrañar el misterio de
cómo una
secta mesiánica judía se convirtió en una religión predominantemente
gentil.
Inevitablemente, gran parte de
este
tomo se centrará en Pablo. Pablo vive —es él mismo— esa
coyuntura
crítica: el judío que se hace creyente en Jesús el Mesías; el zelota
fariseo
que se convierte en apóstol de los gentiles; figura paradójica y
enigmática: ¿apóstol
para Israel o apóstata de Israel? Por supuesto, antes empezaremos
describiendo los acontecimientos del primer cristianismo pascual previo
a su
decisiva contribución, que incluye la crucial apertura a los gentiles.
Pero las
circunstancias históricas de ese paso son muy oscuras, y la
dilucidación de las
cuestiones depende de los datos aportados por Pablo. Sin esa
aportación, los
sucesos más importantes de los comienzos del cristianismo serían
siempre un
enigma.
Naturalmente, Pablo no fue el
único
judío cristiano que intervino en la expansión inicial fuera de la
tierra de
Israel. Debemos resistir la tentación de tratar Hechos como si
ofreciera toda
la historia: ese libro se limita a aludir a sucesos importantes en
Antioquía y
Siria, no dice nada sobre los comienzos en Alejandría y Egipto, y la
carta a
los Romanos presupone la existencia allí de iglesias sobre cuyo origen
solo
cabe conjeturar. Indagaremos lo más posible en esos acontecimientos, en
este
volumen y en el tomo III. Pero las consideraciones fundamentales siguen
siendo
válidas: a Pablo hay que atribuir la expansión más significativa
del
movimiento naciente; las cartas paulinas son casi las únicas
subsistentes de la
primera generación cristiana; y la colección y conservación de esos
escritos
indica la enorme repercusión que tuvo desde el principio en quienes
resultaron
ser los impulsores y configuradores del cristianismo. Sigue, pues, en
pie la
pregunta fundamental: ¿cómo y por qué surgió el cristianismo del
judaísmo
del Segundo Templo? Con su corolario: al surgir más plenamente
dentro del
mundo helenístico, ¿en qué medida cambió de carácter el nuevo
movimiento y se
convirtió en algo diferente?
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