El
cristianismo en sus comienzos. Tomo II. Comenzando desde Jerusalén
Sexta parte. Composición de una historia sobre los comienzos del
cristianismo
Capítulo 21. Las fuentes
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
Como en la
primera fase de la investigación, relativa a la misión de
Jesús, en la fase siguiente —dedicada a la primera generación del
“cristianismo” (30-70 d. C.)— no podemos avanzar sin preguntarnos con
qué
fuentes contamos. La primera que se nos ocurre es el escrito del NT que
parece
pensado precisamente para suministrar esta clase de conocimiento: los
Hechos de
los Apóstoles. Pero las consideraciones sobre Baur en el capítulo
precedente (§
20.3a) nos han puesto sobre aviso respecto a la posibilidad de que
Hechos esté
lejos de ser un proveedor fiable de información histórica.
Antes
incluso de entrar en Hechos, hay que tener presentes dos
problemas: 1) las divergencias entre lo allí narrado y lo que Pablo
dice en sus
cartas; 2) la posterior concentración de Hechos en Pablo. Respecto a lo
primero, la respuesta habitual ha sido que el relato de primera mano de
Pablo
merece más crédito que el de Lucas, de segunda mano en el mejor de los
casos.
Pero hay que tener en cuenta que Pablo no es un informador
desapasionado: la
fuerza de sus sentimientos se manifiesta página tras página en sus
cartas. La
elección entre Pablo y Hechos en caso de discrepancia, por tanto, no
siempre es
sencilla. Respecto a lo segundo, no podemos suponer que Lucas haya
transmitido
la historia completa de la evangelización en sus comienzos, ni que la
misión de
Pablo fuera la única más allá de Palestina. Pero apenas tenemos
información
sobre la primera difusión en Siria más allá de Antioquía, o hacia el
este, ni
sobre Alejandría, Egipto y la costa del norte de África.
Hay, sin
embargo, una tercera fuente, para la que nos ha preparado el
estudio de la tradición de Jesús desde la perspectiva de la oralidad en
el tomo
anterior: la información que nos puede brindar la misma tradición de
Jesús
sobre el modo en que fue utilizada y desarrollada en los años
inmediatamente
siguientes a los acontecimientos pascuales. Aquí vuelve a emerger el
asunto, ya
tratado parcialmente en Jesús recordado, de si las varias
formas y
cuestiones destacadas de esa tradición son indicio de movimientos
diversos y
divergentes surgidos del impacto inicial de Jesús. En particular, en el
material de Q suelen ver sus especialistas la vitalidad de una o más
comunidades galileas pospascuales, un tanto divergentes de la línea
principal
evidenciada en Marcos y Pablo.
Como
ocurrió en § 7, es apropiado empezar reuniendo las pocas
referencias del cristianismo embrionario que se encuentran fuera de
fuentes
específicamente cristianas.
21.1.
Fuentes externas
a) Josefo
(37-ca. 100)
En ningún
lugar de sus escritos habla Josefo de “cristianos”. Conviene
destacarlo, porque escribe abundantemente sobre su gente, los judíos, y
vivía
en Roma, integrado en la Casa del Emperador, cuando compuso las Antigüedades
judaicas en los años noventa. Esto induce a pensar que Josefo no
tenía
noticia de los “cristianos” o que no los consideraba merecedores de
mención
como secta notable o problemática dentro del judaísmo o relacionada con
él,
incluso en Roma. La observación podría ser importante, dada la
existencia de
otras referencias a ellos —incluida 1 Clemente, escrita por la
misma
época— y sugiere una relativa invisibilidad de los grupos cristianos en
las
grandes ciudades del Mediterráneo. Dos generaciones después de los
acontecimientos del año 30 en Jerusalén, el crecimiento de los
nazarenos/galileos/cristianos aún no había impresionado a los
escritores y
comentaristas de la época. ¡Pronto eso iba a cambiar!
La única
información que ofrece Josefo es la breve noticia de la
ejecución sumaria de Santiago, hermano de Jesús, en Jerusalén el año
62.
Aprovechando el intervalo entre la muerte del procurador Festo y la
llegada de
Albino, el sumo sacerdote Anano reunió un sanedrín y llevó ante él “al
hermano
de Jesús, el presunto Cristo (ton adelphon Iēsou tou legomenou
Christou),
de nombre Santiago, y a algunos otros”, acusándolos de transgredir la
Ley y
entregándolos para que fueran lapidados (Ant., 20.200). Más
tarde habrá
ocasión de examinar la motivación política tras la actuación de Anano y
lo que
el episodio nos dice sobre la posición de Santiago en Jerusalén y sobre
su
posible implicación en la política de Judea en un período de tensión
creciente.
Lo importante aquí es que por primera vez un cristiano prominente
aparece
dentro de una noticia no cristiana, identificado por su asociación con
“Jesús,
el supuesto Cristo”. Dos generaciones después de sus comienzos, los
cristianos
empezaban a emerger en la historia no cristiana. No hay mención de
cristianos
ni de cristianismo en documentos grecorromanos anteriores al siglo II,
pero las
referencias de autores situados a caballo entre esa centuria y la
anterior
—Epicteto, Tácito, Suetonio y Plinio— merecen examinarse.
b)
Epicteto (ca. 55-135)
Epicteto
se refiere a los cristianos solo una vez, llamándolos
“galileos” (4.7.6), en un pasaje donde admira su disposición a perder
bienes,
familia e incluso la vida por su causa. Dos puntos merecen comentario.
Primero,
el uso del nombre “galileos” indica que entre las clases más cultas
existía la
percepción de que el nuevo movimiento se había originado en la oscura
región de
Galilea o que los más de sus primeros miembros o dirigentes procedían
de allí.
Segundo, los integrantes de ese grupo eran lo bastante numerosos como
para que
un maestro como Epicteto se sintiera impresionado por su disposición al
sufrimiento. Hay también un segundo pasaje (2.9.19-21) sobre “falsos
bautistas”
(parabaptistai) que probablemente se refiera a prosélitos del
judaísmo,
aunque podría también atestiguar la confusión que había en la gente de
fuera
sobre si el nuevo movimiento estaba todavía ligado a la religión de los
judíos.
c) Tácito
(ca. 56-ca. 120)
La
referencia principal es a los chivos expiatorios que Nerón eligió
por el incendio de Roma en el año 64. Nerón —escribe Tácito— castigó
con la
mayor crueldad a una clase de hombres odiados por sus vicios (per
flagitia
invisos), a quienes la gente llamaba cristianos (Chrestianos).
“Christus, el fundador del nombre, había sufrido pena de muerte en el
reinado
de Tiberio por sentencia del procurador Poncio Pilato, y la perniciosa
superstición (exitiabilis superstitio) fue contenida
momentáneamente;
pero resurgió, y no solo en Judea, donde había comenzado esa
enfermedad, sino
también en la capital misma”. Se procedió al arresto de los que
confesaban (fatebantur)
ser cristianos, y luego una vasta multitud (multitudo ingens)
fue
condenada, no tanto por el incendio como por su “odio al género humano”
(odio
humani generis); muchos fueron cubiertos con pieles y muertos por
perros, o
crucificados y quemados como antorchas nocturnas (Anales,
15.44.2-5).
Algunas
observaciones se imponen. Primera: el nombre de “cristianos”
era ya corriente entre la gente; presumiblemente la confesión arrancada
(fatebantur)
era la de serlo, no la de haber provocado el incendio (Tácito no los
consideraba culpables). Segunda: el lenguaje de Tácito implica un
número
considerable de cristianos en Roma a comienzos de los sesenta, quizá
varios
centenares. Tercera: la acusación de “odio al género humano” era un
cargo
habitual contra los judíos, por lo que Tácito consideraba a los
cristianos como
miembros de una forma de judaísmo, aunque distinguibles más
precisamente como
“cristianos”. Sulpicio Severo conserva además un pasaje, posiblemente
derivado
de Tácito, según el cual Tito habría opinado que destruir el templo
aceleraría
el fin tanto del judaísmo como del cristianismo, “porque esas
religiones,
aunque opuestas la una a la otra, derivan de los mismos fundadores; los
cristianos proceden de los judíos” (Christianos ex Judaeis). La
ambivalencia sugiere que la identidad cristiana entonces emergente daba
lugar a
confusión: ¿eran los cristianos los mismos que los judíos o constituían
una
religión separada?
d)
Suetonio (ca. 70-ca. 140)
Ya hemos
citado la breve referencia de Suetonio a la expulsión de los
judíos de Roma, probablemente el año 49, dado que “provocaban
constantes
disturbios a causa del instigador Cresto (impulsore Chresto)” (Divus
Claudius, 25.4). Suponiendo que el pasaje contiene una confusa
noticia de
disturbios en Roma relativos a Cristo (no causados por
él), esto
nos dice algo sobre los comienzos del cristianismo en la capital. La
enseñanza
de Jesús o, más probablemente, la afirmación de que Jesús era el Cristo
(Mesías), causó tales turbulencias en la comunidad judía romana que las
autoridades expulsaron cierto número de judíos —quizá solo a los que
más
porfiadamente afirmaban y a los que con más ahínco negaban la
mesianidad de
Jesús. Hch 18,2 relaciona la presencia en Corinto de Priscila y Áquila
con esa
expulsión. Si la expulsión ocurrió en el 49, los comienzos del
cristianismo en
Roma se sitúan ya hacia mediados de la década de los cuarenta, apenas
unos
quince años después de la muerte de Jesús.
La
referencia de Suetonio a la persecución neroniana es más escueta
que la de Tácito: “Se infligió castigo a los cristianos, una clase (genus)
de hombres dados a una nueva y maléfica (maleficus)
superstición” (Nerón,
16.2). Tácito y Suetonio, ambos romanos cultos, ven a los cristianos
como una
amenaza para las costumbres romanas, parte de una tendencia más amplia
a
denigrar tradiciones religiosas extranjeras. A través de tales
referencias
podemos percibir, al menos, la antipatía y hostilidad que afrontaron
los
primeros cristianos al irse perfilando su peculiar identidad.
e) Plinio
el Joven (ca. 61-113)
Como
gobernador de Bitinia-Ponto bajo Trajano, Plinio escribió hacia
112 una larga carta consultando al emperador sobre cómo proceder con
los
cristianos (Ep. 10.96). Nunca había asistido a procesos de
cristianos y
se planteaba si la culpa estaba en “el nombre mismo” (nomen ipsum)
o
solo en los delitos asociados a él. Interrogaba tres veces, advirtiendo
de la
pena capital; a los que perseveraban, los mandaba ejecutar “porque,
fuera lo
que fuera aquello en lo que creían, su terquedad e inflexible
obstinación debían
ser castigadas”. A los que negaban, los absolvía cuando invocaban a los
dioses,
hacían ofrenda ante la imagen de Trajano y maldecían a Cristo. Algunos
confesaban haber sido cristianos en el pasado —unos hace tres años,
otros hasta
veinte— y aseguraban que toda su culpa o error fue reunirse un día
determinado
antes del amanecer a “cantar un cántico con respuestas a Cristo como
dios” y
comprometerse mediante un juramento solemne (sacramentum) a no
robar, no
cometer adulterio, no faltar a la palabra dada ni negar un depósito
confiado.
Plinio torturó incluso a dos esclavas llamadas “diaconisas” y nada
encontró
“salvo superstición perversa y desmedida”.
La carta
confirma que el nombre de “cristiano” estaba bien
establecido. Llama la atención la duda de Plinio sobre si era delito
aplicarse
ese nombre, y que esta duda no le impidiera ejecutar a los obstinados.
Los
delitos “asociados con el nombre” eran, presumiblemente, negarse a
invocar a
los dioses tradicionales y no querer venerar la imagen de Trajano, lo
cual
equivalía a no reconocer los derechos del emperador. Los ciudadanos
romanos
eran transferidos a las autoridades judiciales de Roma. Es asimismo
notable el
grado en que la justicia romana dependía de “denunciantes”. Pero, sobre
todo,
llama la atención la extensión e influencia que el cristianismo había
alcanzado: “muchos de toda edad y condición, y de uno y otro sexo”
comparecían;
el movimiento había llegado no solo a las ciudades, sino “hasta a
aldeas y
campos”; los templos estaban casi desiertos, las fiestas habían
interrumpido su
celebración, y la carne de las víctimas apenas tenía compradores. Esta
información no es propaganda de un enemigo, sino un informe formal al
emperador, redactado para que el consejo recibido pudiera ser apropiado
a la
situación. La respuesta de Trajano muestra a este familiarizado con el
asunto:
los procesos contra cristianos no eran ya una novedad, pero tampoco tan
frecuentes
como para que un antiguo consejero como Plinio no abrigara dudas. Es
también
notable que la confrontación entre la lealtad a Jesús como Señor y la
lealtad
al emperador era ya un método establecido de probar a los cristianos. Y
que
muchos negaran serlo sin mayor problema sugiere que, junto al
crecimiento
sustancial, los márgenes del movimiento eran porosos, con tránsito en
ambas
direcciones, lo cual deberá recordarse al rastrear la composición del
cristianismo: no solo hubo un crecimiento continuo y sustancial, sino
que
muchos de los incorporados al nuevo movimiento lo abandonaban luego.
De la
carta extraemos también una valiosa “instantánea” del culto de
aquellos primeros cristianos de Bitinia: se reunían dos veces un día
determinado (probablemente el domingo); la primera, para el culto y la
renovación del compromiso, con un canto a Cristo “en calidad de dios”;
la
segunda, para una comida común de carácter ordinario, que habían dejado
de
celebrar al prohibirse las asociaciones; la exhortación no versaba
sobre
doctrina, sino sobre responsabilidad social y ética; y los únicos
oficiales mencionados
son las dos esclavas “llamadas diaconisas”.
f) Dión
Casio (ca. 160-230)
En un
pasaje muy discutido (67.14.1-3), Dión Casio describe cómo
Domiciano ejecutó en el año 96 a su primo Flavio Clemente. La acusación
contra
él y su esposa Flavia Domitila fue de “ateísmo”, cargo por el que se
había
condenado a otros “después de irse a la deriva hacia las costumbres
judías”. No
se puede afirmar que Flavio Clemente y su mujer se hubieran hecho
cristianos
—las costumbres judías mantenían atractivo para no judíos curiosos—,
pero no
hay que descartar la posibilidad de que abrazaran lo que podríamos
llamar
judaísmo cristiano. El episodio es, sobre todo, indicio de que el
cristianismo
no debía parecer muy diferente del judaísmo en esa época, y de que la
atracción
de las costumbres judías contribuyó probablemente a la expansión de la
secta
nazarena entre los no judíos.
En
resumen, sin acceso a fuentes cristianas el historiador tendría
información mínima: un movimiento identificable por referencia a
alguien
llamado Cristo o Cresto, surgido en Judea, rama de la religión de los
judíos,
con presencia sustancial en Roma ya en los años sesenta. Más allá no
hay otro
camino que recurrir a las fuentes cristianas.
21.2.
Los Hechos de los Apóstoles
“Hechos de
los Apóstoles” (praxeis apostolōn, acta
apostolorum) es un título antiguo, utilizado ya por Ireneo, el
fragmento
muratoriano y el prólogo antimarcionita a Lucas. Probablemente a
mediados del
siglo II había quedado establecido, y constituye un testimonio de la
alta
estima de que gozaban entonces los apóstoles. Aunque el libro trata en
realidad
solo de los hechos de Pedro (y solo en cierta medida) y de los de
Pablo, pronto
fue considerado la relación definitiva de los comienzos del
cristianismo, “la
era apostólica”.
a) Autor y
data del libro
Hechos es
el segundo de una obra de dos, junto con el evangelio de
Lucas, según indica el prólogo (1,1-2), los rasgos estilísticos comunes
y los
paralelos creados entre ambos libros. Por eso el prólogo de Lc 1,1-4
—con su
mención de testigos oculares y cuidadosa investigación— es aplicable
también a
Hechos. Ningún libro identifica a su autor, pero la tradición del siglo
II
(Ireneo, fragmento muratoriano, prólogo antimarcionita) atribuyó la
obra a
Lucas, “el querido médico” de Col 4,14. Los pasajes en primera persona
del
plural (“secciones nosotros”: 16,10-17; 20,5-15; 21,8-18; 27,1–28,16)
dan la
impresión de que el narrador estuvo presente y participó en los
acontecimientos
descritos; los cambios abruptos de primera a tercera persona se
explican mejor
por su presencia o ausencia.
La data de
los años ochenta o noventa concuerda mejor con los
indicios: 1) Hechos es posterior al tercer evangelio, dependiente de
Marcos
(datado en los últimos sesenta o primeros setenta); 2) escrito por
alguien que
probablemente fue compañero de Pablo; 3) cuya descripción del
cristianismo
primitivo refleja las preocupaciones de la generación pospaulina. Los
manuscritos presentan, además, una variante notable: el “texto
occidental”, que
aclara y suaviza el texto subyacente con explicaciones que casi seguro
no son
originales pero atestiguan cómo fue recibido Hechos en el cristianismo
occidental primitivo.
b) La
cuestión del género literario
Desde la
historiografía moderna se ha discutido mucho el género de
Hechos. Hay acuerdo general en que corresponde a la categoría de
historia, al
menos en cierto sentido, pero con salvedades que enturbian y socavan la
conclusión. Primero, no hay un único tipo ideal de “historia” antigua;
los
documentos del NT no encajan en ninguna categoría rígida. Lucas no se
preocupaba por acomodarse a un género, sino simplemente por contar la
historia
de los comienzos del cristianismo, usando técnicas normales como la
inclusión
de discursos en puntos convenientes y declaraciones sumarias para
mantener la
dinámica narrativa. El uso de esas técnicas no lo hace mejor o peor
historiador. Segundo, el debate sobre fuentes, muy vivo a principios
del siglo
XX, pronto llegó a punto muerto: el estilo de Lucas en Hechos es tan
uniforme y
característicamente lucano que no se pueden distinguir fuentes.
Recordemos, por
otro lado, el respeto que mostró Lucas hacia sus fuentes al compilar el
evangelio, evidenciado por los claros paralelos con Marcos y Mateo. Que
no se
puedan detectar fuentes escritas en Hechos induce a pensar que las
fuentes de
Lucas no solían ser literarias, sino información recogida en
conversaciones,
dentro del paradigma de una sociedad oral en la que la tradición se
conservaba
con variaciones de exposición como atestigua la tradición sinóptica.
Tercero,
el debate posterior, dominado por la cuestión de si Hechos era
historia,
kerigma o teología, partía del supuesto erróneo de que historia y
teología son
incompatibles. Pero, como recuerda Clare Rothschild, los historiadores
antiguos
siempre han empleado técnicas retóricas y “la teología está plenamente
integrada en la composición de obras históricas antiguas”. Todd Penner
subraya
el carácter retórico de la historiografía antigua: ponían el acento
menos en
los fundamentos que en la verosimilitud de su exposición; la historia como
retórica, no simplemente con uso de recursos retóricos. Los
historiadores
modernos son menos tendenciosos —pensemos en los diversos estudios
actuales
sobre Ricardo III, Churchill o Margaret Thatcher—, pero reconocer la Tendenz
de Lucas no lo convierte en mal historiador, sino solo en alguien que
lee la
información desde una perspectiva particular; de ahí la coincidencia de
muchos
en que el libro podría llevar como título alternativo “Los Hechos del
Espíritu
Santo”. Por último, no se puede juzgar Hechos con cánones modernos:
Lucas no
contaba con libros de consulta ni con acceso a archivos oficiales, y
muestra
desconocimiento de las cartas paulinas; no debe sorprender que la
información
sea a veces confusa o inexacta —como el error sobre el censo de Quirino
(Lc
2,2) o la referencia a Teudas (Hch 5,36)—, sin que ello reste valor
general a
su obra.
c) Valor
histórico
La
cuestión no es si Hechos es “buena” historia según criterios
modernos, sino si respondía a las exigencias historiográficas del mundo
antiguo. Hay sólidas razones para respetar el alcance de su relato. El
prólogo
(Lc 1,1-4) emplea lenguaje convencional pero responsable: anuncia una diēgēsis
—elenco narrativo de hechos— elaborada según el testimonio de quienes
“desde el
principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra”. Samuel
Byrskog
ha mostrado que los principales historiadores griegos y romanos
valoraban la autopsia
(lo visto con los propios ojos) como vía de acceso al pasado. La
temática de
testigos atraviesa la propia narración de Hechos (1,21; 4,20; 26,16) y
enmarca
la elección del duodécimo apóstol y la predicación apostólica.
Los
pasajes con “nosotros” indican no solo presencia personal del
autor, sino también ocasión de consultar a participantes de las
primeras fases.
En 16,10-17 estuvo con Silas, “dirigente entre los hermanos”; en
21,8-18 pasó
días con Felipe, uno de los jefes del grupo de los helenistas que había
evangelizado en Samaría, conoció al profeta Ágabo (otro vínculo con el
relato
anterior sobre Jerusalén y Antioquía, 11,28) y se hospedó en casa de
Mnasón de
Chipre, “un antiguo discípulo”. La falta de noticias “nosotros” durante
la
prisión de Pablo en Jerusalén y Cesarea (caps. 22–26) puede tener
varias
explicaciones; el “nos” de 27,1 sugiere que el autor pasó allí algún
tiempo,
durante el cual habría tenido muchas oportunidades de preguntar a los
testigos
oculares. Conviene recordar también el modo en que Lucas trató sus
fuentes en
el evangelio: el uso de Marcos (y la reconstrucción de Q) permite
reconocer su
deseo de realizar el trabajo conforme al programa fijado en Lc 1,1-4.
Si la
tesis principal de Jesús recordado es correcta, Lucas era
además un
transmisor fiel de las tradiciones que aprendió en forma oral y
escrita, por lo
que la imposibilidad de aislar fuentes escritas en Hechos no argumenta
contra
la fiabilidad de su transmisión de lo que oyó y presenció.
A esto se
añade un grado considerable de coincidencia con los datos de
las cartas paulinas sobre la persona y los desplazamientos de Pablo. Y,
especialmente desde los pasajes “nosotros” en adelante, llaman la
atención
múltiples detalles de precisión histórica: Lucas conoce que Herodes
Antipas era
solo tetrarca de Galilea (13,1) y Agripa I y II propiamente reyes
(12,1;
25,13); denomina correctamente procónsul (anthypatos) a Sergio
Paulo en
Chipre (13,7) y a Galión en Corinto (18,12), siendo el único escritor
del NT en
usar adecuadamente el equivalente griego del título latino de
gobernador de
provincia senatorial; usa “procurador” (hēgemōn) para Félix y
Festo
(23,24; 26,30); llama a Filipos “colonia” (16,12) y “pretores” (stratēgoi)
a sus magistrados; designa “politarcos” (politarchai) a los de
Tesalónica, título atestiguado solo en inscripciones macedonias y no en
la
literatura griega; los cargos efesios (procónsul, grammateus, asiarchoi)
son exactos; usa el término correcto agoraios para una
audiencia
provincial; y sus descripciones de la ciudadanía romana y los
procedimientos
judiciales reflejan las décadas medias del siglo I, no las posteriores.
Josefo,
además, confirma muchos datos: Judas el Galileo, Teudas (aunque Lucas
yerra en
las fechas, 5,36-37), el “egipcio” de 21,38, las datas de las
procuradurías de
Félix y Festo, la identidad del sumo sacerdote Ananías (23,2; 24,1) y
los
nombres de Drusila y Berenice (24,24; 25,13). La conjunción de estos
elementos
hace pensar en una historia con base seria, atenuando los yerros con la
consideración
de las limitadas fuentes documentales: no había boletines oficiales del
Estado
ni fácil acceso a archivos para alguien como Lucas, que dependía de
noticias de
primera mano y de relatos originados en décadas anteriores, sin mostrar
siquiera conocimiento de las cartas paulinas.
d) Una
historia con ciertas tendencias
Por otro
lado, son claras varias Tendenzen de Lucas. La primera
es presentar la narración como historia de Dios realizando sus
designios, una
historia de la salvación que continúa la historia bíblica de Israel; de
ahí el
sostenido interés por el reino de Dios, la justificación de la misión a
los
gentiles y la afirmación apologética de que el movimiento no
representaba
amenaza para Roma. La segunda es el evidente ingenio artístico: Hechos
está
estructurado en paralelo con el evangelio, y Lucas omite o reserva
episodios
marcanos —la acusación de destruir el templo, la abolición de la
distinción de
alimentos, la muerte del Bautista— para potenciar el impacto narrativo
en
Hechos (Esteban en 6–7; Cornelio en 10; Hch 24,24-26). Tercera, la
composición
misma denota intención: el paralelismo entre los dos protagonistas, la
repetición tres veces del relato de la conversión de Pablo (cap. 9, 22,
26), la
inserción doble de la conversión de Cornelio (10,1–11,18) para
proporcionar el
precedente decisivo para la misión a los gentiles, y la deliberada
inserción
entre el episodio de los helenistas (8,4-40; 11,19-26) para opacar el
éxito de
estos.
Cuarta, la
libertad lucana para componer un relato coherente se
percibe en: su idealización de la primera comunidad de Jerusalén
(2,41-47;
4,32-35); su compresión de acontecimientos; su atenuación de la crisis
ocasionada por los helenistas; su suavización de las relaciones entre
Pablo y
la iglesia de Jerusalén; la omisión del enfrentamiento de Antioquía
(Gál
2,11-16); su silencio sobre la actividad epistolar de Pablo y sobre las
tensiones de las cartas corintias; y la casi ocultación de la razón
principal del
último viaje de Pablo a Jerusalén (entregar la colecta). Lucas y Pablo
no
buscaban lo mismo: Hechos pone de manifiesto la unidad de la secta
nazarena,
mientras que las cartas paulinas están motivadas por conflictos y
tensiones. La
solución podría estar en que Lucas usó sistemáticamente tradiciones de
la
iglesia jerosolimitana, considerada la iglesia madre, no tanto
por un
“catolicismo temprano” sino para entrelazar esa perspectiva con la
actividad
misionera de Pablo y ofrecer una presentación integrada. Por último,
hay que
mencionar cierta ingenuidad de Lucas al narrar fenómenos espirituales o
extáticos (5,15; 19,12), su uso acrítico de “señales y prodigios”, y su
falta
de reserva ante la glosolalia (a diferencia de Pablo) y la evaluación
de
profecías. Nada de esto disminuye el valor de Hechos como fuente, pero
exige
descontar cierto sesgo. Importa subrayar que ni debemos idealizar a
Lucas como
gran historiador antiguo ni considerar que sus errores y Tendenzen
lo
despojan del título de “historiador”.
21.3.
Los discursos de Hechos
Los
discursos o sermones constituyen alrededor del 30 % del libro y
contienen su mayor carga teológica. En este terreno las convenciones de
la
historiografía antigua difieren más marcadamente de las modernas. Los
discursos
antiguos servían no solo para reflejar lo que se sabía que el personaje
había
dicho, sino también lo que el historiador pensaba que probablemente
había dicho
o debía haber dicho. Tucídides lo formula así en Historia de la
guerra del
Peloponeso 1.22.1: ha puesto “en boca de cada orador los
sentimientos
apropiados a las circunstancias, expresados como me parece que
probablemente lo
fueron, pero esforzándome al mismo tiempo lo más posible en transmitir
el
sentido general de lo que realmente se dijo”.
Lucas
trabajó de acuerdo con esas convenciones. Primero, todos los
discursos llevan el sello de Lucas: son composiciones lucanas. Segundo,
combinan admirablemente brevedad (tres o cuatro minutos) y redondez; no
son
esquemas, sino miniaturas finamente trabajadas. Tercero, en muchos
casos pueden
detectarse rasgos intrínsecos que invitan a pensar que Lucas tomó e
incorporó tradición. No necesariamente parte de un documento, sino
tradición que podía relacionarse con el personaje y representar sus
puntos de
vista. Los discursos reflejan los intereses de Lucas, pero también
material no
lucano: una fuente para estudiar la primitiva expansión y enseñanza
cristiana,
si se usa con cuidado.
a) Hechos
2,14-36/39: discurso de Pedro en Pentecostés
Varios
indicios sugieren tradición anterior. Es un buen ejemplo de
sermón judío: un midrás sobre Joel 2,28-32 con apoyo en Salmos. Joel se
cita en
este pasaje de manera mucho más completa que en otros lugares del NT,
pero el
pensamiento subyacente había quedado establecido en la tradición
cristiana. Sal
16,8-11 (Hch 2,25-28) podría pertenecer a la panoplia teológica de
Lucas, ya
que aparece solo aquí y en Hch 13,35; pero Sal 110,1, citado en
2,34-35, sin
duda pertenece a la reflexión cristiana inicial sobre lo que le sucedió
a
Jesús. La escatología sorprende por su primitivismo: Lucas suele
matizar la
inminencia de la parusía, pero aquí la cita de Joel se intensifica con
“en los
últimos días” (en tais eschatais hēmerais) y la imaginería
apocalíptica
de 2,19-20 subraya la expectación de “el día grande y terrible del
Señor”. La
cristología también es primitiva: se llama a Jesús “el Nazareno”, “este
Jesús”,
y se le describe con lenguaje poco alusivo a la divinidad como “un
hombre
acreditado por Dios”; sus hechos prodigiosos son “señales que hizo Dios
por
medio de él”. La alusión al “juramento” en 2,30 evoca probablemente Sal
89,4 y
la promesa hecha a David en 2 Sm 7,12-16. “El Mesías” es aún título, no
nombre
propio. Jesús es el que confiere el Espíritu tras su exaltación, idea
que
apenas reaparece en el NT y que probablemente refleja la influencia del
Bautista. Y, sobre todo, se afirma que “Dios lo ha hecho Señor y
Mesías” (kai
kyrion auton kai Christon epoiēsen ho theos, 2,36), formulación que
corresponde al primer arrebato de entusiasmo, pero que pronto fue
desplazada
por otras más cuidadosas que evitaran sugerir que Jesús no fue hecho
Mesías hasta la resurrección. La cristología había avanzado mucho
cuando
escribió Lucas; cuesta pensar que él promoviera estos viejos puntos de
vista.
Más bien usó memorias o tradiciones del acervo común, preguntando con
interés a
quienes recordaban la predicación primitiva de la iglesia
jerosolimitana y
elaborando el sermón a base de esas memorias.
b) Hechos
3,11-26: predicación de Pedro en el templo
De nuevo,
Lucas parece haber usado tradición muy antigua. Los títulos
cristológicos son llamativos: Jesús es llamado pais (“siervo”,
3,13.26),
eco de LXX Is 53,13 (“mi siervo será glorificado”). La idea de la
glorificación
de Jesús por Dios es excepcional en el NT fuera de Juan, y la
aplicación del
título pais se limita a Hch 3–4 (más 4,25.27.30). Esta alusión
al Canto
del Siervo de Is 52,13–53,12 es seguramente muy temprana, porque
expresa solo
una teología de sufrimiento y triunfo, anterior a las teologías de
expiación
elaboradas más tarde. Se le llama también “el santo y justo” (3,14),
epítetos
raros en el NT, y archēgos (“iniciador”, 3,15; 5,31), solo
presente
además en Heb 2,10; 12,2. La línea de pensamiento de 3,19-20 es
semítica:
complementa el arrepentimiento griego con la idea hebrea de conversión,
dar
media vuelta (šub); habla del “rostro del Señor” [= Dios] y del
envío
del “Mesías nombrado para vosotros”; y mantiene la idea de Jesús
recibido en el
cielo y esperando la señal para volver como el Cristo y consumar la
restauración universal. Como 2,17, es una escatología inminente que
Lucas no
promueve en otros lugares y que encierra una sensación de excitación
expectante: el Cristo, tras su reciente partida, regresará pronto a
culminar la
historia. Aparece, además, la presentación de Jesús como cumplimiento
de la
promesa de Dt 18,15-16 (el profeta como Moisés), promesa apenas
reflejada en
los escritos judíos de la época y que solo cuenta con otra cita
explícita en
7,37; aunque “profeta” no se convirtió en elemento cristológico
central, dejó
huellas en varios puntos. Y, único en el NT, el argumento de que Jesús,
siervo
de Dios, cumple la promesa de la alianza de Gn 22,18 de bendecir a
todas las
naciones, pero primero a Israel. J. A. T. Robinson describió este
pasaje como
“la cristología más primitiva de todas”. No podemos decir si Pedro
pronunció
exactamente esas palabras, pero el manifiesto primitivismo indica que
Lucas era
consciente de los peligros de anacronismo y no pretendió que el sermón
sirviese
de pauta para la predicación de sus días: bastaba con que ofreciera una
representación válida de lo que Pedro dijo o podía haber dicho.
c) Hechos
10,34-43: discurso de Pedro a Cornelio
Este
sermón se estructura en torno a cinco alusiones escriturísticas:
Dt 10,17 (Dios no es parcial), un principio fundamental de la justicia
judía;
Sal 107,20 (“envió su palabra y los sanó”); Is 52,7 (“los que anuncian
la
paz”); Is 61,1 (“ungido con el Espíritu Santo”); y Dt 21,22 (“colgado
de un
árbol”). La conexión de Dt 21,22 podría reflejar una primitiva polémica
contra
la idea de un Mesías crucificado, como sugiere Gál 3,13 (“Maldito todo
el que
cuelga de un árbol”); posiblemente, esa polémica fue parte de la
motivación de
Pablo como perseguidor. A las alusiones se añaden la familiar mención
de muerte
y resurrección, una exhortación implícita a creer y la promesa de
perdón. El
discurso contiene elementos lucanos pero también otros más antiguos: la
responsabilidad
de los judíos en la ejecución de Jesús (10,39); el tema del testimonio,
dos
veces repetido (10,39.41.43); la resurrección como hecho “manifiesto”
(10,40.41); la mención del nombre de Jesús (10,43); y una escatología
menos
inminente, más distante (10,42).
Pueden
aislarse, además, elementos primitivos: el mensaje centrado en
Israel (10,36.42); “sabéis” como posible indicio de auditorio judío
(10,36); la
colocación de Juan el Bautista y su bautismo en y como el comienzo de
la misión
de Jesús (10,37; cf. 1,22; 13,24); “Jesús, el de Nazaret” (10,38), que
necesita
aún ser identificado; la cristología de Jesús como profeta inspirado,
ungido
por Dios con Espíritu y poder (eco de Is 61,1), idea no característica
de la
cristología más elaborada de la segunda generación; la misión sanadora
descrita
en términos contenidos (“buenas obras y exorcismos”); el tema del
sufrimiento y
triunfo sin doctrina de expiación; la fórmula confesional “al tercer
día”
(10,40), sin paralelo en Hechos pero ya recogida en 1 Cor 15,4; y la
descripción de Jesús como “juez de vivos y muertos”, sin nota de
inminencia,
que parece elaborada sobre la experiencia del retraso de la parusía.
Además,
10,34-35 parece como una introducción añadida —el salto desde 10,35 a
10,36 es
brusco— y los vv. 34-35 y 43 podrían ser añadidos a un conjunto
bastante
coherente. Una hipótesis verosímil es que Lucas trabajó sobre alguna
tradición
de predicación a gentiles “temerosos de Dios”, lo cual explicaría la
tensión
entre las fórmulas tradicionales y la apertura universalista, y que
siguió la
práctica tucididea de poner “en boca de cada orador los sentimientos
apropiados
a las circunstancias”, transmitiendo al mismo tiempo el sentido general
de lo
dicho.
Para
valorar estos discursos no es necesario suponer que Pedro
pronunció realmente esas palabras: los principios historiográficos de
la época
y la brevedad de las miniaturas lo hacen improbable, y el estilo de
Lucas es
visible. Pero la presencia de material anterior es igualmente difícil
de negar.
¿Cómo accedió Lucas a él? No mediante versiones escritas (poco
probables en
aquella sociedad oral) ni mediante fórmulas fijas todavía en uso —C. F.
Evans
observó que no hay un Sitz im Leben equivalente para los
discursos
apostólicos. En una sociedad oral, sin embargo, es razonable que los
temas y
argumentos de la predicación temprana proporcionaran material
reutilizado por
maestros y presbíteros, y que Lucas hallara antiguos maestros y
presbíteros aún
capaces de recordar fórmulas y argumentos que la tradición viva había
dejado
atrás.
21.4.
Las cartas de Pablo
En los
modernos intentos de rastrear los orígenes del cristianismo la
fuente más valorada ha sido, con mucho, el epistolario paulino. La
razón es
sencilla: las cartas de Pablo contienen testimonios directos de
acontecimientos
de la primera generación, mientras Hechos ofrece, en el mejor de los
casos,
testimonios de segunda mano. Lo positivo del contraste es que Pablo
estuvo
activamente implicado en decisiones que configuraron el cristianismo;
lo
negativo, que Pablo fue una figura controvertida y un apasionado
defensor de un
modo de entender el Evangelio que otros creyentes encontraban difícil
de
aceptar. Pablo no es testigo neutral. Ambos —Lucas y Pablo— tienen
perspectiva
propia. Dicho esto, queda el hecho de que las cartas de Pablo son
preferentemente acreedoras de nuestra atención.
a) ¿Qué
cartas se deben al propio Pablo?
Pablo
probablemente dictaba sus cartas a un secretario o escriba,
añadiendo de su propia mano un saludo final. El secretario podía
limitarse a
escribir lo dictado, pero también podía realizar cambios menores en la
forma o
el contenido o, en algunos casos, redactar la carta entera en nombre
del autor,
en especial cuando una larga colaboración había permitido al secretario
conocer
bien el pensamiento y los intereses del remitente. Siete cartas
paulinas
indican autoría conjunta, lo que sugiere la posibilidad de que el
coautor
contribuyera con su propio lenguaje o sus sentimientos. La pregunta,
por tanto,
ha de reformularse: ¿qué cartas están escritas con las palabras del
propio
Pablo? El consenso mayoritario distingue tres grupos: 1) siete cartas
indiscutidas (Romanos, 1 y 2 Corintios, Gálatas, Filipenses, 1
Tesalonicenses y Filemón); 2) dos de autoría incierta
(Colosenses y 2
Tesalonicenses); 3) cuatro atribuidas a la generación
pospaulina
(Efesios y las pastorales). Las del primer grupo son genuinamente
paulinas,
pese a la coautoría, y el hecho de que Pablo no vincule ningún otro
nombre al
suyo en Romanos (Tercio se define como escriba en 16,22) indica su
intención de
que esa carta fuese expresión especial de sus propios puntos de vista;
las
discusiones afectan sobre todo a la integridad (especialmente en 2
Corintios y
Filipenses), aunque suele admitirse que los diversos elementos son
partes
auténticas de cartas escritas o dictadas por Pablo. En el segundo
grupo, la
hipótesis de trabajo es que proceden de Pablo, aunque con mayor
participación
del secretario; en Colosenses, el vocabulario algo distinto sugiere que
Pablo
(en prisión) encomendó la redacción a otro (¿Timoteo?) y mostró su
conformidad
añadiendo Col 4,18. Las cuatro restantes son seudónimas, escritas por
discípulos cercanos tras la muerte de Pablo, con un contenido
considerado como
exposición aceptable —incluso autorizada— de sus ideas en
circunstancias cambiantes;
la seudonimia no respondía a voluntad de engañar, sino a una práctica
acorde
con las costumbres de la época.
b)
Elementos autobiográficos
Las cartas
paulinas contienen información autobiográfica breve pero
relevante: su identidad israelita/hebrea (Rom 11,1; 2 Cor 11,22; Flp
3,5); su
pasado precristiano (Gál 1,13-14; Flp 3,4-6); su conversión y
apostolado (1 Cor
9,1; 15,8.10; 2 Cor 4,4.6; Gál 1,1.12.15-16); el tiempo en Arabia (Gál
1,17);
las primeras relaciones con Jerusalén (Gál 1,17-20); la primera misión
(Gál
1,21-23); la segunda visita a Jerusalén / Concilio (Gál 2,1-10); el
incidente
de Antioquía (Gál 2,11-14/17); su predicación a gentiles (Rom 10,14-17;
1 Cor
15,1-11; Gál 1,6-9); los fundamentos de su misión y sus peligros (Rom
11,13-15;
2 Cor 11,23-28); su propósito de ir a España (Rom 15,23-24.28); el
compromiso
de la colecta (Rom 15,26-31; 1 Cor 16,1-4; 2 Cor 8–9; Gál 2,10); y su
teología,
expresada en las cartas mismas.
c)
Referencias al judaísmo de la época
Pablo es
el único fariseo conocido del que se conservan escritos
personales de antes de la destrucción del templo. Aunque los judíos
actuales
—desde una concepción configurada por el judaísmo rabínico tardío— no
suelen
considerarlo un testigo judío, Pablo da testimonio del judaísmo del
Segundo
Templo en parte de su diversidad: el judaísmo del que brotaron el
cristianismo
y el judaísmo rabínico. Sus cartas, junto con los sinópticos, los
manuscritos
del Mar Muerto y varios pseudoepígrafos, son testimonios desde dentro
de los
últimos cuarenta años del judaísmo del Segundo Templo. La lista de
marcadores
de identidad que reflejan sus cartas es amplia: fe en la unicidad de
Dios (Rom
3,30; 1 Cor 8,6; Gál 3,20); Dios creador; aversión a la idolatría;
elección de
Israel; identidad “hebrea”; la Ley como rasgo definitorio; el “celo”
por la
Ley; alta valoración de las tradiciones ancestrales; las “obras de la
Ley”,
especialmente la circuncisión; las leyes alimentarias; el sábado; la
hostilidad
a la porneia; el culto y el templo; la autoridad de la
Escritura (kathōs
gegraptai). Muchas de estas alusiones eran conflictivas, pues Pablo
redefinía esos marcadores a la luz de su nueva fe en Cristo, pero
ofrecen un
valiosísimo atisbo del judaísmo paulino.
d)
Conocimiento de Jesús, dado por supuesto
En la
investigación sobre la vida de Jesús se subraya frecuentemente
el poco interés de Pablo por la vida anterior a la pasión. Pero se
tienen muy
poco en cuenta los indicios de que Pablo daba por supuesto el
conocimiento de Jesús y de su misión por parte de sus destinatarios, ya
bautizados en su nombre y que habían recibido alguna catequesis básica.
Pablo
apela al modelo o patrón de Jesús: en Rom 6,17 remite al “modelo de
enseñanza”
(typos didachēs), expresión que casi siempre denota una
referencia
personal, probablemente Cristo (cf. Flp 3,17). Col 2,6-7 dice “como
habéis
recibido [la tradición del] Cristo Jesús, el Señor, continuad
procediendo según
él” (similarmente Ef 4,20). Rom 15,1-3 presenta a Cristo como modelo
del amor
al prójimo; el paralelo con Gál 6,2 sugiere que la enseñanza de Jesús
(Mc 12,31
par.) proporcionaba el equivalente cristiano de la Ley, “la ley de
Cristo”. De
ahí “sed mis imitadores, como yo lo soy de Cristo” (1 Cor 11,1) y
“tened entre
vosotros los mismos sentimientos que hubo en Jesucristo” (Flp 2,6-11).
Hay
además alusiones a rasgos concretos: Jesús es descendiente de Abrahán y
David
(Rom 1,3; 9,5; Gál 3,16), observante de la Ley (Rom 15,8; Gál 4,4), con
hermanos —entre ellos Santiago (1 Cor 9,5; Gál 1,19)—, familiarizado
con la pobreza
(2 Cor 8,9), conocido por su mansedumbre (2 Cor 10,1) e instituyó una
comida
conmemorativa la noche en que fue traicionado (1 Cor 11,23-25); además,
hay
ecos de su enseñanza.
e)
Alusiones a creencias y culto del cristianismo prepaulino
Una de las
líneas de investigación más fascinantes del siglo XX ha
sido el intento de discernir, a través de Pablo, el estado del
movimiento al
que se convirtió. El resultado principal ha sido el esclarecimiento de fórmulas
kerigmáticas y confesionales que Pablo recibió y transmitió: Rom
1,3-4
(sobre el Hijo de David constituido Hijo de Dios desde la
resurrección); Rom
10,9 (“Jesús es Señor”, “Dios lo resucitó de entre los muertos”); 1 Cor
15,3-5/7 (cristología en cuatro líneas: murió por nuestros pecados, fue
sepultado, resucitado al tercer día, se apareció a Cefas y a los Doce,
etc.).
Pueden identificarse variaciones: fórmulas de resurrección, fórmulas
con “murió
por”, fórmulas con paradidōmi (“entregar”) y fórmulas mixtas.
Igualmente
productivos han sido los intentos de discernir material litúrgico:
bautismo en el nombre de Cristo (1 Cor 1,13); la tradición recibida (parelabon)
de la Cena del Señor (1 Cor 11,23-26); lengua de plegaria arameas (abba
en Rom 8,15 y Gál 4,6; amēn en 1 Cor 14,16; Marana tha
en 1 Cor
16,22); materiales hímnicos (Flp 2,6-11; Col 1,15-20); y exposición de
Escritura, especialmente Sal 110,1 (1 Cor 15,25) e Is 53 (Rom 4,25). En
la
segunda mitad del siglo XX se trató de identificar tradiciones
“helenistas” o
específicamente “antioquenas”, basándose en la asociación de Pablo con
la
iglesia de Antioquía (Hch 11,25-26; 13,1).
f)
Parénesis y estilo de vida
Que el
bautismo en el nombre de Jesús implicaba adhesión a Cristo como
Señor y un estilo de vida acorde es obvio. Lo interesante es saber
cuánto de la
parénesis paulina perteneció a la tradición previa. De hecho, el
lenguaje
técnico de transmitir/recibir tradición se encuentra en Pablo con más
frecuencia en parénesis y exhortaciones sobre la vida apropiada para
los
llamados por Cristo. Algunas exhortaciones están intensamente
inspiradas en la
tradición judía (la antipatía a la idolatría y la licencia sexual en 1
Cor 5–6
y 8–10); Rom 12,9-21 recoge la sabiduría que los judíos de la diáspora
habían
acumulado sobre la convivencia en un ambiente hostil; las listas de
virtudes y
vicios reflejan modelos tradicionales judíos y grecorromanos; y “hacer
el bien”
(Rom 2,10) es un ideal compartido. Buena parte de la tradición de Jesús
aludida
contenía ya enseñanza ética: Pablo se remite a la autoridad de Jesús al
tratar
del matrimonio y el divorcio (1 Cor 7,10) y del sustento del misionero
(1 Cor
9,14). Nada de esto sugiere que Pablo dijera algo nuevo: la mayor parte
era
enseñanza compartida con grupos anteriores y formó parte de la
tradición que él
recibió al convertirse.
g) La
jerarquía en las iglesias prepaulinas
De la
tradición más temprana recibida por Pablo (1 Cor 15,3-5/7) se
desprende: 1) que Cefas era el más prominente de los discípulos
antiguos; 2)
que existía un círculo rector, “los Doce”; 3) que Santiago, hermano de
Jesús,
era también figura prominente; 4) que “todos los apóstoles” parece
referirse a
un grupo mayor que “los Doce” (incluyendo a Andrónico y Junia, Apolo,
Bernabé,
Silvano y Pablo mismo). El relato autobiográfico de Gál 1–2 arroja luz
sobre la
jerarquía jerosolimitana: Cefas/Pedro es la figura principal en la
primera
visita (Gál 1,18), aunque también Santiago y “los apóstoles” tienen
prominencia
(1,19). En la segunda visita, el orden parece haber cambiado: ahora se
menciona
la triarquía formada por Santiago, Cefas y Juan (2,9), y en el
incidente de
Antioquía Cefas cede ante una observación de Santiago (2,11-12). “Los
Doce” no
aparecen en las cartas paulinas fuera de 1 Cor 15,5, y no hay mención
de
“ancianos” en las epístolas indiscutiblemente paulinas. Más intriga
despiertan
los “falsos hermanos” (Gál 1,7; 5,10.12; 2 Cor 11,13-15; Flp 3,2), a
quienes
una destacada teoría relaciona con la jerarquía jerosolimitana. La idea
de una
era apostólica idílica resulta pronto bastante dudosa: el movimiento
prepaulino
parece más tradicionalmente judío de lo que Pablo consideraba
aceptable, y la
misión paulina entre no judíos causó tensiones.
h)
Indicios sobre las iglesias destinatarias
Las cartas
de Pablo nos dicen mucho sobre las iglesias y grupos a los
que escribió. 1 Corintios revela una iglesia primitiva como ningún otro
documento; las cartas son la parte paulina de un diálogo que se mantuvo
durante
años, y para Corinto contamos además con varias cartas distintas y,
posteriormente, con 1 Clemente, de unos cuarenta años después,
lo que
nos permite percibir esa iglesia a lo largo de sus dos primeras
generaciones.
Pero hay que tener presente que Pablo no es un testigo desapasionado:
solo
tenemos su parte de cada diálogo y debemos “ver” a esas iglesias a
través de
sus ojos; la “lectura especular” para reconstruir la otra parte es
ardua y
problemática.
21.5. La
tradición de Jesús
Entre las
fuentes para los comienzos del cristianismo no debemos
olvidar la tradición de Jesús, fuente principal del tomo I. No estuvo
vacío de
ella el espacio de cuarenta años entre Jesús y los evangelios escritos.
La
corriente de tradición no desapareció bajo tierra durante varias
décadas para
emerger cuando Marcos aplicó la pluma al papiro. Es razonable suponer
que esa
tradición fue objeto de reflexión y uso durante el período 30-70.
La crítica
de las formas, en los años veinte, observó que las iglesias
primitivas dieron a la tradición de Jesús formas duraderas, indicando
con ello
sus preocupaciones, necesidades y prioridades. Bultmann ordenó la
tradición en
dichos (apotegmas y dichos dominicales) y narraciones (relatos de
milagros e
historias y leyendas). El procedimiento reforzó la hipótesis de que las
primeras formas fueron dichos sueltos y a menudo fragmentarios,
hipótesis que
ya he criticado severamente. C. F. D. Moule, en cambio, abordó el
problema
desde otro ángulo: discernió tres contextos amplios donde la tradición
habría
funcionado (la Iglesia en el culto, la Iglesia explicándose a sí misma
y la
Iglesia atacada), recordándonos contextos a priori aceptables
para su
uso y recitación. Por mi parte, en los maestros y responsables de
mantener una
tradición oral distintiva, pudo haber tendencia a agrupar material del
mismo
género, formando subrepertorios: relatos declarativos, parábolas del
reino, relatos
de curaciones, etc.
a) Relatos
y dichos sueltos
No quiero
dar a entender que la tradición se transmitiera solo en
bloques. Había muchos elementos sueltos con fuerza especial: el logion
“el que tenga oídos para oír, que oiga”, el dicho sobre la sal (Mc
9,49-50
par.), o frases no contenidas en los evangelios (Hch 20,35; EvTom
82).
La plegaria “Abba, Padre” se asentó tan firmemente en las primeras
comunidades
aramaicas que pasó en su forma original a las iglesias griegas (Rom
8,15; Gál
4,6). El padrenuestro debió de conservarse como una unidad de tradición
muy
repetida desde el principio. Entre los relatos, el de la mujer que
ungió a
Jesús (Mc 14,3-9 par.) acaba con la promesa de que se narrará en su
memoria; el
de Bartimeo (Mc 10,46-52) conserva su nombre; los relatos con
personajes
nombrados (Leví/Mateo, las negaciones de Pedro, la sepultura por José
de
Arimatea, la mención de los hijos de Simón de Cirene) sugieren especial
vínculo
con personas concretas. Sorprende que la tradición no se haya atribuido
en
bloque a maestros determinados: era la tradición de Jesús, y
eso
bastaba. Hay un paralelo con la primera tradición rabínica, donde la
mayoría es
anónima. El anonimato no niega la implicación apostólica, pero recuerda
que la
tradición era importante por ser de Jesús, no de tal o cual apóstol.
b)
Agrupaciones de enseñanzas de Jesús
Además de
elementos sueltos, encontramos varias colecciones de dichos:
las bienaventuranzas (Mt 5,3-12; Lc 6,20b-23); el seguimiento de Jesús
(Mt
8,19-22; Lc 9,57-62); lo nuevo y lo viejo (Mt 9,14-17 par.); las
parábolas de
la luz y el juicio (Mc 4,21-25; Lc 8,16-18); Jesús y el Bautista (Mt
11,2-19;
Lc 7,18-35); Jesús y los exorcismos (Mt 12,24-26 par.); el coste del
discipulado (Mt 16,24-27 par.); las parábolas de crisis (Mt 24,42–25,13
par.).
El hecho de que estas agrupaciones varíen considerablemente de un
evangelio a
otro es marcado indicio de que los evangelistas no se sirvieron de unas
mismas
fuentes escritas: más bien, distintas colecciones circulaban en los
repertorios
de varios apóstoles y maestros, y los evangelistas conocieron
diferentes. No hay
razón para pensar que las agrupaciones temáticas no se diesen ya en la
tradición oral primitiva: agrupar material homogéneo es una técnica
pedagógica
natural.
c) Los
indicios de agrupaciones tempranas en material Q
Podemos
hablar de una colección Q reconocible de tradición de Jesús,
formulada principalmente en los años cuarenta y cincuenta. El carácter
de Q
—fundamentalmente una colección de enseñanzas— sugiere un procedimiento
para
retener y transmitir la tradición. El más influyente estudio reciente,
el de
John Kloppenborg (The Formation of Q), concluye que el elemento
constituyente de Q fue una colección de discursos y admoniciones
sapienciales,
que creció luego con la adición de apotegmas y frases proféticas. Su
“estrato
formativo” (Q1) consiste en seis discursos sapienciales: 1) Q
6,20b-23b.27-49
(núcleo del sermón de la llanura); 2) Q 9,57-62; 10,2-16 (discipulado y
misión); 3) Q 11,2-4.9-13 (la oración); 4) Q 12,2-7.11-12 (hablar sin
temor);
5) Q 12,22-31.33-34 (prioridades adecuadas); y 6) Q 13,24; 14,26-27;
17,33;
14,34-35.
Por
ejemplo, el material del primer grupo identificado por Kloppenborg
forma el núcleo de lo que generalmente se conoce como el sermón de
la
llanura —equivalente Q del sermón del monte mateano—: el grupo de
bienaventuranzas (Mt 5,3-6.11-12/Lc 6,20b-23/EvTom 54, 68, 69);
dichos
sobre la respuesta a la hostilidad y a las críticas (Mt 5,39-47;
7,12/Lc
6,27-35/Did 1,3-5); aforismos sobre carácter y conducta (Mt
7,16;
12,35/Lc 6,43-45/EvTom 45); la parábola de los constructores
prudentes e
insensatos (Mt 7,21.24-27/Lc 6,46-49). Es fácil concebir este material
como
típico de los grupos didácticos conservados en el repertorio de un
maestro. Al
mismo tiempo, que Mateo y Lucas ordenen el material de maneras
diferentes, que
parte de él se conserve en Mateo fuera del sermón del monte (Mt 10,24;
12,35) y
que parte ni siquiera aparezca en el Evangelio de Tomás
recuerda lo
flexible que era el uso de ese material en la comunicación oral.
El interés
por el discipulado y la misión, probablemente
característico de la secta nazarena desde el principio, forma un
segundo grupo
natural (Mt 8,19-22/Lc 9,57-62; Mt 9,37-38; 10,7-16/Lc 10,2-11/EvTom
14,
39, 73; Mt 10,40/Lc 10,16/Jn 13,20). Mc 6,7-13 ofrece un encargo de
misión
variante, recordando de nuevo que el material no era definitivo, sino
que
sufría cambios al aplicarse a distintas situaciones. Igualmente natural
es que
los maestros conservaran la enseñanza de Jesús sobre la oración
(Mt
6,9-13/Lc 11,2-4; Mt 7,7-11/Lc 11,9-13); sobre la exhortación de Jesús
a hablar
francamente y sin temor (Mt 10,26-31/Lc 12,2-7; Mt 10,19-20/Lc
12,11-12/Mc
13,11/Jn 14,26); y sobre las prioridades adecuadas (Mt
6,25-33/Lc
12,22-31/EvTom 36; Mt 6,19-21/Lc 12,33-34). El grupo final de
Kloppenborg (Q 13,24; 14,26-27; 17,33; 14,34-35) difícilmente puede
citarse
como indicio de un grupo anterior a Q. Estos cúmulos, aunque no
identificables
definitivamente como muy tempranos, son la clase de material esperable
en el
repertorio de apóstoles y maestros cristianos.
d) Los
indicios de material premarcano
La otra
formación temprana y escrita de la tradición es el evangelio
de Marcos. Marcos no fue un simple colector: redactó y compuso, y el
aislamiento de lo modificado es extraordinariamente difícil sin una
fuente
escrita previa contrastable. Pero es muy probable que Marcos se
sirviese de
material preformado. Un posible esbozo del material premarcano incluye:
las
veinticuatro horas del ministerio de Jesús (1,21-38); la controversia
en
Galilea (2,1–3,6); las parábolas (4,2-33); los milagros en torno al
lago (4,35–5,43;
6,32-52); matrimonio, hijos y discipulado (10,2-31); la controversia en
Jerusalén (12,13-37); el pequeño apocalipsis (13,1-32); y el relato de
la
pasión (14,1–15,47).
Mc 2,1–3,6
ofrece un buen ejemplo de cómo uno de los Doce o un
discípulo de primera hora pudo agrupar varios relatos de disputa en una
secuencia dramática culminada con el complot contra Jesús (3,6). Ese
grupo de
cinco relatos podía constituir una exposición oral con la que se
enseñaba a los
nuevos cristianos la manera en que Jesús respondió a los ataques,
proporcionándoles un ejemplo de cómo debían reaccionar en
circunstancias
similares. La secuencia documenta probablemente un mayor interés
cristológico,
con hincapié en la autoridad del Hijo del hombre (2,10.28), visto
entonces como
título pero sin estar todavía establecido en la reflexión cristológica.
Subraya
la relación de Jesús con “pecadores” (2,15-17), palabra con resonancia
solo en
círculos judíos. Indica además una primitiva confusión sobre si los
cristianos
debían seguir practicando el ayuno (2,18-20), y refleja una situación
en la que
aún se daba mucha importancia al sábado y donde la cuestión no era si
observarlo sino cómo (2,23–3,5); en otras palabras, el relato
cobró su
forma actual dentro de un contexto palestino y antes de que la
observancia de
los días santos fuese objeto de discusión (Gál 4,10; Rom 14,5; Col
2,16). No
hay razón, pues, para que el grupo no pudiese haber sido puesto en su
orden
actual en los primeros diez años del movimiento.
Mc 4,2-33
parece colección de parábolas adaptada por Marcos. Es
posible reconstruir su desarrollo: en una primera fase, dos o tres
parábolas
sobre semillas (el sembrador, la semilla en desarrollo inadvertido y el
grano
de mostaza), unidas por sus obvios vínculos verbales y temáticos (Q
tenía una
colección distinta, Mt 13,31-33/Lc 13,18-21). Después, una
interpretación se
añadió de modo permanente a la parábola del sembrador (vv. 13-20), con
vocabulario característicamente cristiano, incorporada antes de los vv.
10-12
puesto que el v. 13 se refiere retrospectivamente “a esta parábola”
mientras el
v. 10 generaliza “las parábolas”. Los breves dichos parabólicos (vv.
21-22.24-25) circularon de manera independiente, dado que el material Q
correspondiente está disperso en Mateo y Lucas. La colección se remató
en una
etapa premarcana añadiendo introducción (v. 2) y conclusión (v. 33). El
v. 9
(“el que tenga oídos para oír, que oiga”) es un ejemplo de dicho
característico
de Jesús excluido espontáneamente en algunas exposiciones; se repite en
el v.
23, aunque no por Mateo y Lucas. Los indicios más claros de la propia
intervención de Marcos están en los vv. 10-12, donde inserta su teoría
de las
parábolas. No pretendo con esto una proposición firme sobre la
composición de
Mc 4,1-34; contemplo varios momentos de enseñanza en diferentes grupos
e
iglesias, donde colecciones de material homogéneo (en este caso
parábolas)
sufrieron cambios en el contenido y en el uso de una exposición a otra.
Los
apóstoles y maestros reunieron también una colección de relatos
sobre el poder taumatúrgico de Jesús: la tempestad calmada
(4,35-41), el
geraseno endemoniado (5,1-20), la hija de Jairo (5,21-43), la primera
multiplicación (6,32-44) y Jesús sobre las aguas (6,45-52). Están
vinculados
por tema (el poder de Jesús sobre fuerzas amenazadoras) y por
cronología (idas
y venidas por el lago), y enmarcados por milagros en el propio lago. El
resumen
contenido en 6,53-56 cierra la serie, aunque no es seguro que formara
parte de
la colección primitiva. Esta colección se ha tomado a veces como prueba
de una
“fuente de milagros” y de una cristología del “hombre divino” (theios
anēr)
que Marcos habría corregido presentando un Hijo del hombre doliente.
Esa tesis
se examinará en el tomo III. Aquí basta con recordar la crítica de la
falacia
“un documento por comunidad”, ya tratada en el tomo I: es excesivo
deducir el
carácter de un grupo solo por un único conjunto hipotético, y casi
igualmente
inaceptable suponer que tal grupo poseía solo un documento o
conjunto de
tradiciones. Más bien estamos ante una colección genuina de relatos
agrupada
con fines pedagógicos, parte de un repertorio mucho más amplio. Por
último, el
“pequeño apocalipsis” (Mc 13) refleja considerable reflexión sobre los
anuncios
de Jesús acerca del templo y reelaboración ante peligros como la crisis
provocada por la decisión de Calígula de erigir una estatua suya en el
templo,
menos de diez años después de la muerte de Jesús. Marcos recoge incluso
la
exhortación “el que lea, que entienda” (13,14), que muy probablemente
fue
elemento fijo en la enseñanza cristiana ante tan horrible perspectiva.
En suma,
la mejor explicación de la presencia de este material en
Marcos no es que el evangelista reuniera elementos antes dispersos.
Aunque la
noticia de Papías respecto a la ordenación introducida por Marcos en la
predicación de Pedro sea solo una explicación posible, parece muy
probable que
Marcos utilizase repertorios de más de un maestro, repertorios que
contenían
diversas colecciones de tradición y que él manejó con flexibilidad. Que
algo de
esto ya estuviera por escrito es bastante posible, pero los materiales
mismos,
tal como son utilizados por los tres sinópticos de diferentes maneras,
sugieren
más la flexibilidad de la tradición y la comunicación oral.
e)
Indicios de interés narrativo
¿Comunicaban
los apóstoles y primeros maestros la tradición solo en
colecciones temáticas, desentendiéndose del aspecto narrativo? K. L.
Schmidt
mostró que algunas referencias cronológicas y topográficas de Marcos
eran del
propio evangelista, y se dedujo a la ligera que los primeros cristianos
no
tenían interés narrativo. Pero es absurdo suponer que no les interesara
la
persona y misión de aquel por cuyo nombre eran designados. Hay
indicadores de
interés narrativo anterior a Marcos: Juan el Bautista como comienzo de
la
misión (Mc 1,1); las veinticuatro horas (1,21-38); la creciente
oposición
(2,1–3,6); los milagros del lago (4,35–5,43; 6,32-52); las misiones
fuera de la
Baja Galilea (7,24-37; 8,27-30); el viaje a Jerusalén (10,1.32.46); y
la semana
final / pasión (caps. 11–15). Algunos pueden atribuirse a Marcos, pero
otros
están integrados en la tradición o son compartidos con otras versiones.
Marcos
puede describirse como un comunicador hábil en una línea de maestros y
transmisores; muchas formas anteriores expresaron interés narrativo
similar,
aunque menos expertamente desarrollado. A todo el mundo le gusta una
buena
historia: la de Jesús y su misión, enseñanza y milagros tuvo que
constituir
buena parte de la tradición con la que los apóstoles dotaron a las
nuevas
iglesias.
En
resumen, la tradición de Jesús —incluso en su forma escrita final—
aporta una contribución adicional a nuestro conocimiento de los
primeros grupos
cristianos. La tradición sinóptica nos permite saber: 1) que los
primeros
cristianos comunicaron la tradición que arranca de la misión de Jesús;
2) algo
del cómo recordaban a Jesús y hacían uso de su tradición (las
formas y
agrupaciones); 3) qué obtuvieron del recuerdo de Jesús que fuera
importante
para su vida, su testimonio y su culto: material de oración, enseñanza
sobre
discipulado y prioridades, historias edificantes, parábolas, contenido
para la
predicación, e instrucciones para afrontar controversias y oposiciones.
21.6.
Conclusión y una nota sobre procedimiento
Las
posibilidades de alcanzar conocimientos históricamente fundados
acerca del cristianismo anterior a Pablo se suelen considerar mínimas.
Es
cierto que las fuentes externas apenas dicen nada y que un examen
superficial
de Hechos puede crear expectativas excesivas. Pero también hemos visto
que
Hechos puede proporcionar datos más fiables de lo que estaba dispuesta
a
reconocer la antes predominante escuela teológica del NT. Los discursos
que
Lucas pone en boca de sus personajes ofrecen indicios considerables de
detalles
prelucanos e incluso primitivos. Y no dependemos solo de Hechos: sin
bucear
demasiado en las cartas de Pablo se encuentran referencias y alusiones
a una
amplia variedad de material heredado que revela aspectos de la historia
primitiva del cristianismo, en parte confirmados y en parte negados por
Lucas.
Tampoco debemos olvidar la corriente de tradición de Jesús que
discurría en
paralelo a las fuentes lucanas y prepaulinas, pero que Lucas y Pablo no
transmitieron como tal. Considerando todo esto, las fuentes para la
segunda
fase de El cristianismo en sus comienzos dan mucho más de sí de
lo que
podíamos haber imaginado al comienzo de este capítulo, y podemos
abordar con
buenas perspectivas la séptima parte.
Antes, una
nota sobre procedimiento. Los capítulos iniciales de Comenzando
desde Jerusalén han seguido la pauta de la primera y segunda partes
del
tomo I (búsqueda de la Iglesia histórica y análisis de las fuentes para
el
período 30-70). En este punto, sin embargo, cambio un tanto de rumbo.
En Jesús
recordado, antes de estudiar la misión de Jesús, expuse su contexto
histórico. Tentaría hacer lo mismo aquí: ofrecer una visión general de
los
contextos político, social y religioso, describir la diáspora
occidental, las
principales ciudades (Jerusalén, Antioquía, Éfeso, Corinto, Roma) y la
competición filosófica y religiosa. Pero no es ese el camino que voy a
seguir.
Edwin Judge observó que la “historia neotestamentaria” ofrece al lector
moderno
un panorama “a vista de pájaro”: permite interrelacionar
acontecimientos de
Roma y Jerusalén, saber datos desconocidos para los actores, ver los
sucesos
desde diferentes perspectivas. El problema es que, al permitirlo,
impiden
situarse dentro del proceso histórico. Como los espectadores de
un
melodrama que ven el peligro mientras el héroe lo ignora, o como quien
ve la
grabación de un partido conociendo el resultado: por saber que el
cristianismo
acabó triunfando, ¿cómo entrar adecuadamente en las inseguridades y
temores de
los primeros cristianos?
Escribir
una historia “desde dentro” es imposible. Pero es factible
intentar situarse lo más posible dentro de los horizontes de
aquellos
cristianos: sintiéndose tan desconocedor como ellos de lo que sucedía
fuera de
Palestina; llegar con Pablo a Éfeso o Roma como por primera vez; oír a
los
primeros creyentes reflexionar sobre la trascendencia de Cristo Jesús
sin saber
a qué daría lugar. Ya en Christology in the Making me aventuré
por este
camino, atendiendo al “contexto histórico de significado” de términos
fundamentales y a su “conceptualidad en transición”. Sigo creyendo que
el
intento merece la pena, con la esperanza de que los lectores “sientan”
en
cierto modo aquel cristianismo en formación con la excitación
existencial de
una experiencia viva. Por eso he escogido títulos muy semejantes para
ambas
obras, dado que mi objetivo es hacer percibir más plenamente el proceso
de
“llegar a ser”.
En
consecuencia, mi procedimiento será “situar la escena” para cada
etapa al llegar a ella. En lugar de describir directamente el judaísmo
de la
diáspora, dejaré que su realidad incida poco a poco (§ 24, 27, 29). La
extensión de Pablo a Corinto será el lugar adecuado para describir lo
que él
vio y experimentó (§ 31). Lo que podría haber sido un gran capítulo de
“contexto histórico” queda dividido y sus elementos se tratan por
separado, en
la medida en que resulte necesario en cada etapa. Espero que, así, la
conmoción
y sorpresa de muchos acontecimientos sea más visible y podamos apreciar
mejor
el coraje de quienes se aventuraron en lo que para ellos era un futuro
incierto.
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