El
cristianismo en sus comienzos. Tomo II. Comenzando desde Jerusalén
Séptima parte. La primera fase
Capítulo 22. El comienzo en Jerusalén
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
22.1. ¿Una
comunidad o varias?
¿Cómo
surgió el cristianismo, o lo que iba a ser conocido como tal? A
primera vista la respuesta parece sencilla: en sus primeros capítulos
Lucas
narra los comienzos de la iglesia de Jerusalén como inicio de una nueva
religión y la iglesia madre del cristianismo, e incluso permite fijar
el día y
la hora de ese nacimiento: la fiesta de Pentecostés, cincuenta días
después de
la Pascua de la crucifixión, inmediatamente antes de las nueve de la
mañana
(Hch 2,1.15). Pero la cuestión no es tan simple como sugiere la
deliciosa
narración lucana, y se imponen dos consideraciones importantes.
a)
Observaciones monitorias de la historia de las religiones
No podemos
suponer que el cristianismo sea un caso único en su
nacimiento como movimiento religioso. Los inicios de las entidades de
esa
categoría son típicamente mucho más confusos y complicados de lo que
reconocen
los devotos posteriores. Como el cristianismo surgió de una religión
largo
tiempo establecida —el judaísmo del Segundo Templo—, los paralelos más
cercanos
son las nuevas denominaciones originadas dentro del cristianismo mismo:
el
surgimiento de la Reforma en el siglo XVI, el del metodismo en el XVIII
y el
del pentecostalismo en el XX comparten rasgos con el cristianismo
naciente como
movimientos de renovación surgidos dentro de una tradición mayor de la
que
acabaron independizándose. Pero en cada uno de esos casos el nacimiento
no se
produjo sin problemas, y lo surgido difícilmente puede describirse como
una
sola entidad. El protestantismo incluye trayectorias diversas
(luteranismo,
Iglesias reformadas, anglicanismo, congregacionalistas, anabaptistas),
además
de precursores como los husitas y los valdenses. El metodismo abarca a
Whitefield, los hermanos Wesley, la Conexión de la condesa de
Huntingdon y el
metodismo episcopal estadounidense. Y el pentecostalismo no se reduce
al
resurgimiento de Azusa Street (Los Ángeles, 1906): hay múltiples
Iglesias de
Dios, tradiciones de Santidad Pentecostal y, en Gran Bretaña, las
Asambleas de
Dios, la Iglesia de Elim y la Iglesia apostólica, cada una con sus
propios
orígenes.
A la vista
de esto, cabe preguntar si el hecho de que Lucas sitúe en
un solo día y lugar el nacimiento de todo lo que iba a seguir no se
debe a que
contempló esos orígenes a través de unos cristales rosados, o a que
adoptó una
postura partidista, prestando atención selectiva a lo que en realidad
habría
sido un comienzo más problemático y dividido. Incluso cabe que su
narración
tuviese finalidad polémica, pretendiendo negar mediante silencio
deliberado que
el movimiento hubiera tenido otra génesis. El propósito de esta
especulación es
recordar la eventual necesidad de revisar algunas ideas sobre los
comienzos del
cristianismo. Walter Bauer cuestionó la idea tradicional de que las
primeras
formas del cristianismo en las ciudades del Mediterráneo hubiesen sido
uniformemente “ortodoxas” y de que la “herejía” apareciera después como
corrupción de una pureza original; para él, el cristianismo primitivo
se
asemejó a un “cajón de sastre”, y la “ortodoxia” fue la facción
vencedora que
impuso su explicación borrando huellas de otras versiones. Sin aceptar
sin más
su argumento —muy criticado—, el hecho de que pueda plantearse para el
siglo II
debe servir de aviso para no desestimar una discusión similar sobre el
surgimiento del cristianismo en el siglo I.
b)
Indicios en el Nuevo Testamento
Una
hipótesis notable postula la aparición en Galilea de una comunidad
de seguidores de Jesús que continuó existiendo en los años cuarenta y
cincuenta: la comunidad Q. El argumento es que el material Q, centrado
en la
enseñanza y carente de relato de la pasión, hace pensar en una
comunidad que
vio a Jesús solo como maestro de sabiduría. Esta hipótesis me parece
muy poco
convincente: la idea de que una comunidad poseía un solo
documento o
tipo de tradición es improbable, y más todavía la suposición de que Q
define la
comunidad y permite conocer su carácter, dado que su extensión,
contenido y
datación son objeto de debate. La mejor explicación de una tradición de
Jesús
con marcado sello galileo y sin perspectiva orientada a la pasión es
que tomó
su forma actual ya durante la misión de Jesús en Galilea.
Dicho
esto, los defensores de la comunidad Q no fueron los únicos en
admitir una comunidad galilea independiente de Jerusalén, y conviene
recordar
el extraño silencio sobre una presencia continua de discípulos en
Galilea: la
única referencia a la “iglesia… de Galilea” está en Hch 9,31. Cabría
pensar que
el impacto de Jesús en los pueblos de Galilea tuvo un efecto mayor del
que esa
sola mención indica. ¿No podría haber en la hipótesis más realidad de
la que
estoy dispuesto a admitir? ¿Corrieron Hechos y otros documentos un velo
de
silencio sobre el “cristianismo” galileo porque el efecto duradero de
la misión
allí tomó una forma de la que los escritores de la corriente principal
prefirieron no dejar constancia? Ampliando la cuestión, ¿puede
aplicarse al siglo
I el argumento de Bauer sobre la diversidad del siglo II, como
intentaron
Robinson y Koester rastreando diversas “trayectorias” hacia atrás hasta
los
escritos del NT, o como llevó al extremo Burton Mack?
El asunto
se complica con pasajes que aluden a otros grupos que se
identificaban con Jesús sin reconocer orígenes jerosolimitanos. Pienso
especialmente en el curioso episodio de Mc 9,38-40/Lc 9,49-50: alguien
que
realiza exorcismos “en el nombre de Jesús” pero que “no viene con
nosotros”;
situado en el ministerio de Jesús, cabe preguntar si fue también
conservado
como guía para los primeros cristianos al encontrarse con seguidores
que “no
venían con nosotros”. También están los episodios de Hch 18,24–19,7:
Apolo,
instruido “en el camino del Señor” pero conocedor solo del bautismo de
Juan y
necesitado de instrucción “más exactamente” (18,25-26); y los doce
“discípulos”
que conocían solo el bautismo de Juan y no habían “oído hablar del
Espíritu
Santo” (19,2-3). ¿De dónde procedían? ¿En qué sentido eran “discípulos”
si
conocían tan poco? Otros especulan sobre si los problemas de Pablo en
Corinto y
otros lugares fueron causados por cristianos en vez de por no
cristianos. Hay,
pues, razón suficiente para dudar de que Lucas nos haya contado toda la
historia, dada su propensión a correr un velo sobre los episodios menos
agradables. Lo más relevante son los indicios, dentro del relato de los
primeros días en Jerusalén, de que la visión de Lucas es allí selectiva
y sesgada.
22.2.
Entre Pascua y Pentecostés
En Hechos,
Lucas llena los cincuenta días previos al “lanzamiento” del
cristianismo narrando las apariciones de Jesús (1,1-8), la ascensión al
cabo de
cuarenta días (1,9-11), la estancia en el piso superior (1,12-15) y la
elección
del sucesor de Judas (1,15-26). Es particularmente difícil obtener aquí
una
clara perspectiva histórica: el arranque del segundo volumen presenta
un
problema análogo al de los capítulos iniciales del evangelio. El
capítulo 1 de
Hechos ofrece, sin embargo, una serie de puntos de comprobación
importantes
para cualquier reconstrucción histórica.
a)
¿Estuvieron las apariciones de Jesús limitadas a Jerusalén? (Hch
1,1-8)
Lucas
circunscribe las apariciones a Jerusalén. Ya en el evangelio,
Jesús ordena a los discípulos “permaneced en la ciudad hasta que seáis
revestidos con poder desde lo alto” (Lc 24,49), y Hechos se hace eco:
les mandó
“que no dejaran Jerusalén” (Hch 1,4). Esta insistencia resulta extraña
a quien
recuerda las apariciones en Galilea atestiguadas por los otros tres
evangelistas. Lucas parece haber puesto especial empeño en excluirlas:
mientras
Marcos (16,7) y Mateo (28,7) recogen el anuncio de que Jesús “irá
delante de
vosotros a Galilea”, Lucas lo modifica en “recordad lo que os dijo
cuando
estaba aún en Galilea” (Lc 24,6-8) y omite Mc 14,28. La intención no es
solo
literaria, sino teológica: los cinco primeros capítulos de Hechos se
centran en
Jerusalén y en cómo los jefes de la joven iglesia controlan y aprueban
los
primeros grandes logros de la misión. Lucas quería sostener que
Jerusalén era
el centro y la fuente de la misión cristiana, reflejando la perspectiva
de la
iglesia jerosolimitana y manteniendo la continuidad con el Israel de
antaño.
Pero cabe preguntar si pretendía también silenciar las voces de
testigos de
otros comienzos.
b) ¿Por
qué cuarenta días? (Hch 1,1-8)
Lucas es
muy explícito: las apariciones duraron “cuarenta días” (1,3).
Esto crea tensión con los demás evangelios —donde las apariciones
jerosolimitanas ocurren el mismo día de la resurrección— y, sobre todo,
con la
tradición primitiva recogida por Pablo en 1 Cor 15,5-8, que parece
implicar un
período muy superior a cuarenta días si la lista, como es probable, fue
compuesta en parte por orden cronológico. La aparición a “más de
quinientos
hermanos a la vez” presupone un número de discípulos mayor del que cabe
imaginar en ese período y parece situarse con la expansión ya en
marcha; la
aparición “a todos los apóstoles” presupone el surgimiento de un grupo
mayor de
enviados; y la aparición al propio Pablo se sitúa entre ocho meses y
tres años
después de la resurrección. A la luz de esto, es más verosímil que
Lucas
tratase de restringir el número de apariciones reconocidas que
de
ampliarlo, excluyendo así a Pablo de la lista (1,21-22), al que parece
reacio a
situar a la altura de los Doce. El propio Pablo atestigua esa necesidad
de
restringir: él fue el “último de todos” (eschaton de pantōn) y
entró en
el círculo de modo forzado, como un ektrōma (“aborto”, 1 Cor
15,8). Ya
se veía el peligro de que la tradición de apariciones fuese aprovechada
por
quienes querían arrogarse autoridad sobre la memoria de Jesús.
¿Por qué
cuarenta y no treinta o cincuenta? Las respuestas solo pueden
ser conjeturales. Lucas pudo tener presentes las tradiciones bíblicas
del
“cuarenta” (Israel en el desierto, Moisés en el Sinaí durante cuarenta
días y
cuarenta noches, el reinado de David, Elías hacia el Horeb, las
tentaciones de
Jesús). Pero, sobre todo, parece que ya estaba suficientemente
establecida la
tradición del primer Pentecostés como la primera experiencia del
Espíritu en la
memoria colectiva, dada por acontecida en la siguiente fiesta de
peregrinación
tras la resurrección; cuarenta era el número redondo más obvio antes
del día
cincuenta de esa fiesta. Cabe además una consideración teológica
adicional: el
espacio de diez días entre el fin de las apariciones y Pentecostés
servía para
separar de manera clara el tiempo de Jesús del tiempo de la efusión del
Espíritu. Muy análogamente a la necesidad de limitar el período de
apariciones
reconocidas, pudo haber la de establecer una distinción inequívoca
entre
apariciones pospascuales y experiencias de inspiración del Espíritu o
encomienda (cf. Hch 2,1-4; 4,8.31; 10,19-20; 13,3), pues el
reconocimiento de
una aparición suponía una autorización y legitimación muy superiores a
las
derivadas de cualquier experiencia del Espíritu. Estas consideraciones
no
resuelven si Lucas forzó las tradiciones al restringir las apariciones,
pero
ponen de manifiesto las intensas preocupaciones teológicas que
configuraron su
narración.
c)
Aspectos claramente lucanos en Hch 1,1-8
Varios
pasajes muestran que Lucas quiso subrayar determinados puntos.
Primero, se esfuerza en marcar la continuidad entre los hechos y
enseñanzas de
Jesús del primer libro y lo dicho durante los cuarenta días: la misión
de Jesús
se extiende “hasta el día en que fue llevado al cielo” (1,2.22), y lo
tratado
entonces es “el reino de Dios” (1,3), tema central de su enseñanza. Con
ello
Lucas no solo indica continuidad entre el mensaje prepascual y la
enseñanza
pospascual, sino que excluye la posibilidad de una enseñanza pospascual
adicional o incompatible con la del evangelio, y subraya que “el reino
de Dios”
seguía siendo elemento de la primitiva predicación cristiana;
notablemente, 1,3
forma una inclusio con 28,31 (Pablo “proclamaba el reino de
Dios”),
indicando que, aunque la proclamación cristiana se centrara en la
muerte y
resurrección, las cuestiones centrales de la enseñanza prepascual
seguían
siendo fundamentales. Segundo, subraya la tangibilidad de las
apariciones:
Jesús se presentó “con muchas pruebas convincentes” (1,3), ilustradas
por su
aparición a los discípulos la noche del primer domingo de Pascua (Lc
24,38-43).
Tercero, reintroduce de inmediato a los apóstoles en el centro: las
instrucciones son dadas “por medio del Espíritu Santo a los apóstoles
que él
había elegido” (1,2), doble mención de categoría —elegidos por el
propio Jesús,
instrucciones inspiradas por el Espíritu— que los presenta como fuente
de
autoridad y continuidad.
Cuarto,
plantea la pregunta no respondida en el evangelio: “¿Es este
el tiempo en que el reino será restablecido a Israel?” (1,6); Jesús
rechaza la
especulación temporal (1,7) y redirige la atención hacia la tarea y la
responsabilidad (1,8), reapareciendo la “esperanza de Israel” casi al
final de
Hechos (28,20). Quinto, la alternancia entre las palabras sobre el
reino
(1,3.6-7) y la promesa del Espíritu (1,5.8) sugiere que hay relación
entre
ambos y que el Espíritu prometido es la presencia y acción del poder
regio de
Dios; como en la misión de Jesús, la actual actividad de ese poder
anticipa el
reino aún venidero. Sexto, la promesa del Espíritu recibe atención
particular:
la inminente experiencia de Pentecostés es presentada como el bautizo
de los
apóstoles en el Espíritu Santo predicho por el Bautista (Lc 3,16),
conexión que
indica cuán fundamental es la experiencia del Espíritu en la visión
lucana de
la participación en el nuevo movimiento. Por último, Hch 1,8 introduce
la nota
programática de todo el libro —Jerusalén, Judea y Samaría, hasta el
confín de
la tierra (2–7; 8–12; 13–28)—, es la noticia de la encomienda de Jesús
(rasgo
de los relatos de apariciones) e introduce el tema del testimonio
potenciado
por el Espíritu, que hará más efectivo el testimonio de lo que hizo
Jesús y
especialmente de su resurrección. Mientras las prioridades de Lucas son
tan
claras, la cuestión de en qué medida pudo utilizar recuerdos de la
época queda
bastante oscura.
d) ¿Qué
entendía Lucas por “la ascensión”? (Hch 1,9-11)
La
culminación de los cuarenta días es “el día en que Jesús fue
llevado al cielo”, relato único en el NT. En los evangelios hay poca o
ninguna
separación cronológica entre resurrección y ascensión: Mateo no narra
una
ascensión propiamente dicha; el propio Lucas, en su evangelio, deja la
impresión de que Cristo fue llevado al cielo el día de la resurrección
(Lc
24,50-51); y Juan habla de una ascensión ese mismo día (Jn 20,17).
Otros textos
emplean imágenes de un solo movimiento de resurrección-exaltación: el
discurso
de Pedro (Hch 2,32-33), el himno de Filipenses (Flp 2,8-9), Hebreos
(Heb 1,3) y
la teología joánica de la “elevación”. ¿Por qué solo Hechos distingue y
separa
por cuarenta días la resurrección de la ascensión? La respuesta más
sencilla es
que Lucas quería señalar de manera indiscutible el final de la serie de
apariciones, dando visibilidad a la partida final ante testigos —no
menos de
cinco veces en tres versículos emplea palabras de percepción visual—,
en
consonancia con la “teología lucana de la ausencia”.
Todo esto
plantea preguntas difíciles sobre la corporalidad de Jesús
resucitado, su localización entre apariciones y su visibilidad
alternante,
preguntas que la propia narración lucana suscita con su insistencia en
“pruebas
convincentes”. El texto de 1,4 (“estando con ellos”, synalizomenos)
podría sugerir que Jesús se dejaba ver durante un tiempo considerable,
aunque
los episodios paralelos del evangelio dan a entender que las
apariciones eran
de corta duración (Lc 24,31.51). Si el cuerpo de Cristo resucitado no
era menos
físico que el del crucificado (Lc 24,39), ¿qué decir de su visibilidad
e
invisibilidad durante esos cuarenta días? ¿Estuvo Jesús
desmaterializado o
escondido en el tiempo no dedicado a sus apariciones esporádicas? ¿Se
consideraba que no había “pisado” el cielo entre aparición y aparición
hasta el
día de la ascensión? Estas preguntas pueden parecer descomedidas,
propias del
escepticismo de D. F. Strauss, pero es la misma narración de Lucas la
que da
pie a ellas. Hay que recordar que Lucas solo podía operar con la
conceptualización de su época, en la que el cielo se concebía
literalmente “en
lo alto” y el ir a él como “ser elevado”: no era una opción de género
literario, sino una visión del mundo que condicionaba lo que se veía
realmente
y el modo de conceptualizarlo. Como no hay duda de que muchos vieron a
Jesús
después de su muerte y la serie cesó en determinado momento (1 Cor
15,8:
“último de todos”), es fácil suponer que la última aparición terminó
con lo que
se entendió como una partida al cielo; cabe incluso preguntar si la
ascensión
fue simplemente la aparición de despedida de Jesús.
No hay
posibilidad de ir más allá, y centrarse solo en estas
cuestiones es no comprender lo principal: la significación teológica de
lo que
la ascensión afirmaba —de ahí el escaso interés por aquellas cuestiones
en
nuestras fuentes—. Desde muy temprano se entendió como fundamental que
Jesús no
solo hubiera sido resucitado, el comienzo de “la resurrección de los
muertos”,
sino también exaltado al cielo. Precisamente porque los primeros
cristianos
creyeron necesario predicar ambas cosas del antes crucificado
—resucitado
de entre los muertos y exaltado al cielo—, Lucas refirió la tradición
de las
apariciones de modo que las dos afirmaciones quedaran claras y
eficaces, sin
que una fuese subsumida en la otra.
e)
¿Quiénes estuvieron presentes? (Hch 1,12-15)
Lucas
repite la lista de Lc 6,14-16 con dos modificaciones: reordena
los cuatro primeros nombres (Juan pasa al segundo lugar, anunciando su
asociación con Pedro; Santiago al tercero, anunciando su prominencia) y
omite a
Judas Iscariote, cuya ausencia explica enseguida. Añade que había
mujeres y que
también estaban la madre y los hermanos de Jesús. Dos cosas curiosas:
primero,
a Santiago, hermano de Jesús, no se le nombra explícitamente ni se
vuelve a
mencionar su vínculo familiar (en contraste con Gál 1,19), pese a su
pronta
relevancia (12,17; 15,13-21; 21,18); ello, unido a la declaración
implícita de
que solo “los apóstoles” fueron agraciados con apariciones (1,2),
sugiere que
Lucas sabía que la aparición a Santiago figuraba hacia el final de la
serie de
1 Cor 15,5-7 y que, como Pablo, Santiago no figuraba entre los
apóstoles.
Segundo, no hay mención de aparición posresurreccional a María, la
madre de
Jesús, ni en Hechos ni en la lista de 1 Cor 15 ni en los evangelios. Es
sorprendente, además, la aclaración parentética de que “la muchedumbre
allí
reunida era de ciento veinte”, dato que podría proceder de las propias
investigaciones de Lucas, aunque deja en el aire de dónde habían salido
esas
personas y cómo se alojaban; la verosimilitud de la narración depende
de ello
en grado no desdeñable.
f) El
final y la sustitución de Judas (Hch 1,15-26)
El otro
acontecimiento que llena el vacío de diez días es el arreglo
de la brecha abierta en el círculo de los Doce por la defección y
muerte de
Judas. El relato del final de Judas (1,18-19), insertado de manera
forzada en
el discurso de Pedro, diverge notablemente de Mt 27,3-10, lo que indica
que los
detalles tenían escaso interés para los primeros cristianos: Mateo lo
usa como
cumplimiento de profecía, mientras Lucas describe el carácter
tremebundo de la
muerte en la tradición del “así perecen los que desafían a Dios”. Lo
importante
para Lucas era explicar por qué había una plaza vacante y por qué debía
cubrirse: recomponer el grupo de los Doce, que representaban las doce
tribus de
Israel y eran foco de su restauración escatológica para volver a ser el
pueblo
elegido (cf. Lc 22,29-30). Evidentemente, Lucas consideraba importante
la
integridad de los Doce y que se alcanzase antes de la habilitación por
el
Espíritu, posiblemente como requisito para Pentecostés; describe el
papel de
los Doce como “este ministerio (y apostolado)” (1,17.25; cf. 6,4, “el
ministerio de la palabra”), núcleo constituyente y autorizado de la
comunidad.
Lucas ofrece además un atisbo del razonamiento de las primeras
comunidades,
mostrando a Pedro fundándose en la Escritura (Sal 69,25 y 109,8),
salmos
imprecatorios que piden castigo para los enemigos; el salmo 69 se
entendía como
anuncio del rechazo y sufrimiento de Jesús, y no cuesta imaginar a los
primeros
discípulos buscando en esos salmos sentido a lo sucedido y orientación
sobre lo
que convenía hacer.
El relato
deja tres cuestiones en el aire. Primera: la tradición
recibida por Pablo menciona una aparición “a los Doce” (1 Cor 15,5)
pese a la
defección de Judas, lo que solo se explica si “los Doce” quedó pronto
establecido como designación del grupo nuclear, aunque entonces
lo
compusieran solo once miembros. Segunda, y más llamativa: solo se
presentan
José Barsabás y Matías como candidatos; dada su subsiguiente
prominencia y la
aparición que le atribuye 1 Cor 15,7, ¿por qué no es candidato
Santiago, el hermano
de Jesús, que además estaba presente (1,14)? De nuevo, su participación
inicial
queda envuelta en un interrogante. Tercera, y todavía más extraña: ¿por
qué se
cubrió la vacante en el ínterin de diez días, antes de Pentecostés, y
por un
método (echar a suertes) que el nombramiento por Jesús o por el
Espíritu habría
hecho innecesario? Lo extraño de esa opción es claro indicio de que
Lucas se
servía aquí de una tradición anterior y de que había memoria de una
iniciativa
tomada antes de que los apóstoles confiaran en la guía del Espíritu
(compárese
con la posterior renuencia a cubrir la vacante de Santiago, hermano de
Juan, en
12,2). Una vez más, Lucas deja varios hilos sueltos e interrogantes sin
responder.
Conclusión
¿Qué
esperaba Lucas lograr con este capítulo inicial? Hace numerosas
afirmaciones, las más importantes de las cuales tienen que ver con: la
centralidad de Jerusalén en el arranque del cristianismo; la autoridad
y
función constituyente de los apóstoles (los Doce); el carácter del
nuevo
movimiento como prolongación del papel y la misión de Israel; Hechos
como
continuación de la misión y el mensaje de Jesús (el reino de Dios); la
necesidad del testimonio autorizado por el Espíritu; la tangibilidad de
Jesús
resucitado; el fin de las apariciones tras un tiempo limitado; la
importancia
de distinguir la resurrección de la elevación al cielo; y la clara
distancia
entre la ascensión y Pentecostés. Igualmente claros son los datos
históricos
sobre los que construyó su narración, atestiguados también en otros
lugares: la
visión de Jesús por numerosos discípulos en Jerusalén; el encargo
misionero a
aquellos a quienes se apareció; el cese de las visiones tras algún
tiempo; la
reflexión sobre el reinado de Dios en relación con Israel; la
importancia de
“los Doce”; la temprana idea de que Jesús fue resucitado y llevado al
cielo; la
muerte ignominiosa de Judas; el recurso a las Escrituras; y la posible
iniciativa de cubrir la vacante antes de Pentecostés. Pero la
transmisión
lucana deja sin contestar preguntas sobre cómo relacionar sus noticias
con las
apariciones en Galilea, qué hacer con la separación respecto a
Pentecostés,
cómo entender “la ascensión” y cuándo se asociaron los familiares de
Jesús al
grupo. Una cuestión final conduce a la siguiente fase: al situar la
elección
del sustituto en un tiempo en que los apóstoles aún no habían recibido
el
Espíritu, ¿pretendió Lucas indicar que tales decisiones no eran
válidas, o
subrayar por contraste la necesidad de confiar en la tradición de la
enseñanza
de Jesús y en la guía del Espíritu?
22.3.
Pentecostés
El relato
del primer Pentecostés cristiano (Hch 2,1-13) es uno de los
más famosos e influyentes de Lucas. Estando reunidos todos los
discípulos al
comienzo de la fiesta, de repente un sonido como de viento impetuoso (pnoē
biaia) llena la casa, se les aparecen “lenguas divididas, como de
fuego” y,
llenos de Espíritu Santo, se ponen a hablar en “otras lenguas” (heterais
glōssais). Muchos judíos de la diáspora residentes en Jerusalén,
atraídos
por el ruido, se asombran al oír cada uno en su propia lengua las
maravillas de
Dios; algunos, en cambio, lo tildan de farfulla de borrachos,
comentario que da
pie al primer sermón de Pedro, tras el cual no menos de tres mil se
convierten
y son bautizados. Pese al poder cautivador de la escena, surgen
preguntas
similares a las del capítulo anterior.
a)
Prioridades teológicas de Lucas
Tres
aspectos llaman la atención. Primero, el interés de Lucas en
vincular este relato con su libro anterior: así como la misión de Jesús
dependió de la unción por el Espíritu (Lc 3,22; 4,18; Hch 10,38), la de
los
apóstoles depende ahora de ese mismo Espíritu (Lc 24,49; Hch 1,8); el
comienzo
real de Hechos no se produce hasta el capítulo 2, como el del evangelio
no se
producía hasta Lc 3–4. La venida del Espíritu se identifica con el
cumplimiento
de la promesa del Bautista (Lc 3,16; Hch 1,5); aunque aquella anunciaba
un
bautismo “en Espíritu y fuego” de carácter purgativo, Lucas no tiene
reparo en
describirlo como experiencia de exultación más que de purgación, y no
es casual
que en Pentecostés se conjuguen oír viento (pnoē) y ver fuego,
aunque
“como” de viento y “como” de fuego (2,2-3): quizá quería indicar que,
pese a no
corresponder exactamente a lo anunciado, el episodio debía entenderse
como el
cumplimiento genuino de la predicción de Juan. Segundo, la descripción
de la
muchedumbre “de todas las naciones que hay bajo el cielo” (2,5), pese a
la
hipérbole, presenta la escena como comienzo del cumplimiento de la
profecía de
Simeón y prefiguración de la misión universal; el “catálogo de
naciones”
(2,9-11), insertado un tanto forzadamente y con algunas incoherencias,
funciona
como coro y subraya que desde el primer día la buena nueva fue oída por
una
gran variedad de judíos de la diáspora.
Tercero,
lo más sorprendente: los llenos de Espíritu hablaron en
lenguas extrañas. Esta es la manera más natural de entender lo escrito
por
Lucas. Algunos han intentado situar el milagro en la audición más que
en el
habla, apoyándose en que algunos solo oían farfulla de borrachos
(2,13), pero,
en lo que concierne al propio Lucas, es obvio que con sus palabras
quiso
transmitir que los apóstoles se expresaban milagrosamente en lenguas
extranjeras hasta entonces desconocidas para ellos: glōssa
significa
“lengua”, y heterai glōssai (2,4) difícilmente puede traducirse
de otro
modo que “otras lenguas”, mientras hēmeterai glōssai (2,11)
equivale a
“nuestras lenguas”. El Espíritu posibilitó manifestaciones verbales
inteligibles para gran parte de la muchedumbre (2,8-11), aunque no para
toda
(2,13), potenciando un culto —y un anuncio— con sentido para un amplio
abanico
de nacionalidades. ¿Podemos leer algo más en el relato o extraer alguna
deducción adicional?
b) La
significación teológica de Pentecostés
“Pentecostés”
significa literalmente “quincuagésimo” y designa la
fiesta celebrada cincuenta días después de la Pascua, segunda gran
fiesta de
peregrinación. Su significación había ido evolucionando: ya se había
convertido
en fiesta de renovación de la alianza en Jubileos 6,17-21 y
probablemente en Qumrán, vinculándose con la alianza del Sinaí (tanto
Éx 19,1
como 2 Cr 15,10 sitúan los hechos en “el tercer mes”). En Filón
aparecen
desarrolladas las tradiciones del Sinaí —la voz que “sonó como el soplo
a través
de una trompeta”, la llama convertida en “discurso articulado en la
lengua
familiar a los oyentes” (Decal. 33, 46)—, aunque Filón no
asociaba la
revelación con Pentecostés. Esa conexión se hace explícita solo en el
judaísmo
rabínico posterior (Rabí Yohanán, fallecido en 279): la voz del Sinaí
se
dividió en setenta lenguas para que todas las naciones oyesen en la
suya.
Estos
paralelos plantean si tales tradiciones influyeron en la
narración lucana y hasta qué punto: ¿le era familiar a Lucas no solo
Pentecostés como fiesta de renovación de la alianza, sino también la
concepción
de la ígnea revelación del Sinaí ofrecida en lengua comprensible para
los
reunidos? ¿Incorporó elementos de esa especulación para presentar
Pentecostés
como el equivalente cristiano del Sinaí, sugiriendo que daba
cumplimiento a la
esperanza de una nueva alianza y que el Espíritu había reemplazado a la
Torá
como factor determinante del nuevo movimiento? Lo esencial es que, si
la
narración fuese producto de esa influencia, resultaría muy difícil
atribuir lo
que cuenta —en particular las numerosas lenguas— a alguna reminiscencia
histórica. Lo que puede afirmarse con cierta confianza es que
Pentecostés ya se
había convertido en fiesta de renovación de la alianza; dado que Israel
identificaba la alianza con la Torá, la fiesta incluía alguna
celebración de la
entrega de la Ley en el Sinaí, y la lectura de Éx 19 en ella era
costumbre
arraigada ya en el siglo anterior a Jesús. Para un judío —y lo eran
todos los
primeros discípulos— habría sido difícil oír este relato sin asociar la
efusión
del Espíritu con la renovación o el establecimiento de la alianza.
Pero más
allá de esto las bases históricas se vuelven extremadamente
endebles: la tradición de Hch 2 difiere significativamente de la
rabínica sobre
el Sinaí, y cuanto más antigua es la reflexión, mayores son las
diferencias;
las consideraciones de Filón sobre Éx 19 parecen simple exposición de
un relato
bíblico, con puntos de contacto mínimos. Al mismo tiempo, que el
vínculo entre
Pentecostés y el Sinaí no se documente en la tradición rabínica antes
del siglo
II no es decisivo en contra de que ya se hubiera establecido antes: el
silencio
de los rabinos podría reflejar menor interés por Pentecostés, quizá
como
reacción contra la importancia que le daban los “judaísmos heterodoxos”
de la
época —en Qumrán, entre los terapeutas, que la consideraban la
principal fiesta
del año, y en el propio Filón—. El aspecto de mayor interés, sin
embargo, es la
ausencia casi completa, en el relato lucano, de indicios de que Lucas
quisiera
que sus lectores percibiesen tales connotaciones o de que moldease su
narración
para hacerlas explícitas. La hermenéutica actual reconoce que un texto
puede
suscitar asociaciones inconscientes para el autor, pero nuestra
investigación
se dirige a las fuentes de las que Lucas se sirvió; y a ese respecto no
hay
indicio considerable de que el relato sea resultado de especulaciones
de su
época sobre la entrega de la Torá. Las asociaciones con Pentecostés
eran con la
fiesta misma, no perceptibles en la narración; podrían incluso ser de
las
establecidas históricamente con el primer Pentecostés cristiano, aun
cuando
Lucas optara por desentenderse de ellas.
c) Las
bases históricas del relato de Pentecostés
¿Qué decir
de los datos históricos sobre los que Lucas construyó su
relato? Primero, el movimiento que llegó a ser el cristianismo empezó
como una
secta entusiástica dentro del judaísmo del Segundo Templo. Lo atestigua
Hechos
—aunque Lucas pone la tangibilidad de esas experiencias más de relieve
de lo
que otros hubieran preferido— y lo confirma Pablo, que se refiere
libremente,
aunque con más circunspección, a hablar en lenguas (1 Cor 14), previene
contra
apagar el Espíritu (1 Tes 5,19), se gloría de visiones y revelaciones
del Señor
(2 Cor 12,1.7) y atribuye al poder del Espíritu señales y prodigios
(Rom 15,19;
Gál 3,5); a ello se añaden Ef 5,18 —que contrapone embriagarse de vino
y
llenarse de Espíritu (cf. Hch 2,13)—, Heb 2,4 y el rico imaginario
experiencial
joánico (Jn 4,23-24). Estas características —experiencia extática,
visiones,
profecía y curaciones asombrosas— se asemejan a las de los comienzos de
la
Reforma radical y el pentecostalismo. Al designar el cristianismo
primitivo
como “secta entusiástica” es difícil evitar las connotaciones de Schwärmerei;
si el término resulta insatisfactorio por evocar excesos, puede
sustituirse por
“abiertamente espiritual” o el más actual “carismático”. En todo caso,
era el
tipo de movimiento ferviente de renovación capaz de despertar recelo e
incluso
hostilidad en quienes vivían apegados a las tradiciones establecidas.
Lo
importante es que esos rasgos tuvieron que aparecer por primera vez de
un modo
que fijara la pauta para los adheridos posteriores (como Azusa Street
en 1906);
seguramente no yerran quienes describen Pentecostés como “la primera
manifestación de éxtasis masivo inspirado”, una experiencia reconocida
como del
Espíritu de Dios y compartida por quienes serían los primeros
dirigentes.
Segundo,
esas experiencias fueron entendidas desde el principio como
experiencias del Espíritu de Dios en cumplimiento de la esperanza
profética.
El énfasis en Pentecostés como cumplimiento de “la promesa del Padre”
no es
distintivamente lucano: lo hallamos en Gál 3,14, Ef 1,13, los ecos de
Ezequiel
en 2 Cor 3,3, 1 Tes 4,8 y Ap 11,11, el lenguaje de Is 11,2 en 1 Pe
4,14, la
imagen del Espíritu “derramado” en Rom 5,5 y Tit 3,6, el bautismo en el
Espíritu de 1 Cor 12,13 y el “Pentecostés joánico” de Jn 20,22. Llama
la
atención que Hch 2,17 modifique la profecía de Joel, sustituyendo el
ambiguo
“después de esto” por “en los últimos días”; el cambio es sorprendente
porque
hay pocos indicios de entusiasmo escatológico en el resto de la
narración, lo
que sugiere que la frase llegó a Lucas en las tradiciones recibidas.
Esa
sensación de esperanza realizada debió de ser estimulada por los dos
acontecimientos gemelos que los discípulos experimentaban: la evidencia
de que
ya había empezado la resurrección del fin de los tiempos y la del
derramamiento
del Espíritu profetizado.
Tercero,
¿dónde aconteció? Muy probablemente en Jerusalén: no hay
fuente que señale otro lugar de origen, y el testimonio de Pablo es
esencial.
Aunque Pablo no se creía particularmente dependiente de Jerusalén e
incluso fue
a veces hostil a los emisarios que le llegaban de allí, reconoce su
primacía,
autoridad y carácter fontal en diversas ocasiones (Gál 2,1-10; Rom
15,25-27);
de haber existido otro centro de origen, sin duda lo habría indicado, y
el
hecho de que no lo haga (aparte de la mención de Antioquía en Gál 2,11)
solo
puede significar que todo comenzó en Jerusalén. Notablemente, los jefes
de la
comunidad eran galileos —Pedro, Santiago, Juan y pronto el hermano de
Jesús—
que habían abandonado por completo la región donde Jesús había
desarrollado con
más éxito su actividad, probablemente porque Jerusalén era el lugar más
obvio
para la culminación del drama escatológico iniciado en la resurrección;
la
consecuencia fue que Galilea quedó privada de los primeros discípulos y
no
figuró como escenario principal del nuevo movimiento.
Cuarto,
¿cuándo? El Pentecostés siguiente a la crucifixión. La escala
de tiempo de los primeros años se traza con notable confianza: Pablo se
convirtió unos dos o tres años después de la muerte de Jesús, y en los
meses
previos hay que situar el período de Hch 2–8, con la persecución de la
secta y
sus causas; si la creencia en la resurrección hubiera tardado meses o
años en
arraigar, esos sucesos serían imposibles. Además, el cristianismo
cristalizó
entre dos fiestas judías, Pascua y Pentecostés (cf. Hch 20,16; 1 Cor
16,8), lo
que implica que algo sumamente especial sucedió en Pentecostés, como
antes
había pasado en la Pascua. Esta fiesta ofrece además solución a la
anomalía de
las apariciones galileas: para quienes habían sido revitalizados en
Galilea y
consideraban Jerusalén el lugar del acto siguiente o final del drama
divino,
Pentecostés —la fiesta de peregrinación más inmediata tras la
resurrección— era
la ocasión más propicia para regresar a Jerusalén; Lucas pasó por alto
las
apariciones galileas porque no aportaban nada significativo a su
visión. Se
entiende así también por qué circunscribe las apariciones a cuarenta
días: el
acontecimiento de Pentecostés, a cincuenta días de la Pascua, estaba ya
fijo en
la tradición recibida, y cuarenta era la cifra redonda más
significativa hacia
atrás. Si la ascensión “empezó” como la última aparición de Jesús,
Pentecostés
“empezó” como la primera experiencia cristiana del Espíritu.
Quinto, el
cristianismo naciente atrajo muy pronto un gran número de
adeptos; la persecución de Saulo, un año o dos después, confirma que la
secta
se hacía peligrosamente influyente. Aunque las cifras de Lucas (2,41;
4,4) hay
que ponerlas entre paréntesis, el rápido crecimiento es un hecho
histórico, y
su mejor explicación no es una discreta transición sin desencadenante,
sino
algún “big bang” que galvanizó a los discípulos; el relato de Hch 2 es
la
versión lucana de ese “big bang”. Lucas, además, presenta a la
muchedumbre como
“judíos piadosos… residentes en Jerusalén” (2,5), no solo peregrinos:
tenía
presente que muchos judíos de la diáspora se habían asentado allí, como
confirman datos incidentales (José Bernabé de Chipre, 4,36-37; Mnasón,
21,16)
y, sobre todo, la abrupta mención de los “helenistas” junto a los
“hebreos” en
la primera comunidad (6,1), término que designa a judíos de la diáspora
establecidos en Jerusalén. El cristianismo embrionario no era, pues,
estrictamente palestino o arameo, sino que desde el principio incluía
un número
considerable de judíos grecohablantes. Por último, los paralelos de la
historia
de las religiones sugieren base histórica para el hablar en otras
lenguas: en
el pentecostalismo primitivo abundan las noticias de personas que
oyeron a los
“llenos de Espíritu” expresarse en lenguas extrañas para los hablantes
pero
conocidas por algunos oyentes. Como con los milagros de Jesús, no hay
que
presumir que toda noticia sea interpretación posterior; Lucas pudo
haber
conocido testimonios de quienes aseguraban haber oído hablar “en
nuestras
propias lenguas” (2,11). Podemos preguntarnos si se precipitó al dar
por válida
esa información, pero no podemos afirmar que se inventara el episodio.
d)
Conclusión
Lo que
encontramos en el relato lucano del primer Pentecostés —o a su
trasluz— es la memoria compartida de la explosión inicial de renovación
espiritual y entusiasmo que puso en marcha lo que iba a ser conocido
como
“cristianismo”. Que ese acontecimiento tuviera lugar en Jerusalén es
bastante
verosímil; que ocurriera durante la fiesta de Pentecostés siguiente a
la muerte
de Jesús es muy probable; y aún más probable es que se produjera como
una
experiencia de éxtasis espiritual de los discípulos del “núcleo”,
acompañada de
glosolalia, durante la que algunos creyeron oír palabras en la lengua
de su
propio país. Y es difícilmente discutible que el resultado fue la
adhesión al
movimiento de numerosos judíos de la zona, muchos de ellos vueltos de
la
diáspora.
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