El
cristianismo en sus comienzos. Tomo II. Comenzando desde Jerusalén
Séptima parte. La primera fase
Capítulo 23. La comunidad más temprana
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
Cualesquiera
que sean los precisos detalles del surgimiento de la primera comunidad
cristiana en Jerusalén, lo cierto es que podemos considerarla ya
existente no
muchos meses después de la muerte de Jesús. La convicción de que Dios
había
resucitado a Jesús de entre los muertos, junto con el entusiasmo
espiritual
atribuido al Espíritu prometido para la nueva era, originó una nueva
secta que
pronto atrajo nuevos adeptos y una creciente oposición por parte de las
autoridades del templo. Aun cuando todos o la mayor parte de los
detalles
aportados por Hch 2,41–5,42 fueran descartados o pasados escépticamente
por la
criba del juicio crítico, la innegable evidencia de la persecución por
Saulo
(Gál 1,13-14.23) quedaría como una indicación suficiente de ambos
hechos.
23.1. El
carácter social de la primera comunidad
cristiana
¿Qué
podemos decir sobre esa primera comunidad cristiana? De momento solo
nos
ocupamos de la primera mitad del período: aproximadamente desde el año
30 d. C.
hasta la muerte de Agripa I en el 44 (Hch 12,20-23).
a.
El contexto social de Jerusalén
Sobre
el ambiente y las circunstancias que rodeaban a la primera comunidad
cristiana
en Jerusalén hay un considerable cúmulo de conocimientos, obtenidos de
fuentes
antiguas (Filón y Josefo, en particular) y de la arqueología. En lo
tocante al
poder político, sabemos que Judea estaba entonces sometida a un período
de
gobierno directo de Roma (6-41 d. C.), lo que volvería a ocurrir desde
el 44
hasta el comienzo de la rebelión judía en el 66, con el breve
intermedio del
reinado de Agripa I (41-44 d. C.). Durante ese primer período de
gobierno
directo, la política imperial fue generalmente comprensiva con los
judíos, en
parte por el apoyo que estos habían prestado a Julio César y en parte
porque
Herodes Agripa I era amigo de la familia imperial.
Poncio
Pilato continuó como prefecto hasta el año 37 d. C., cuando fue
destituido y
Judea quedó subordinada a la provincia romana de Siria. El poder
militar de
Roma no se hizo sentir de manera particularmente rigurosa: el prefecto
residía
en Cesarea y solo en determinadas ocasiones —sobre todo durante las
fiestas
judías principales— subía a Jerusalén, donde se instalaba en el palacio
de
Herodes. Las fuerzas de las que disponía eran tropas auxiliares
reclutadas en
el país, pero solo entre los habitantes no judíos, pues desde la época
de César
los judíos estaban exentos del servicio militar. En Jerusalén estaba
estacionada una sola cohorte (cf. Hch 21,31). Pilato había provocado
dos
conflictos centrados en Jerusalén, al parecer en el primer período de
su mandato
(años 26-30, precisamente durante la misión de Jesús), pero por lo
demás no
parece que se inmiscuyera mucho en los asuntos internos ni que creara
ulteriores dificultades a la nueva secta, ya que no vuelve a aparecer
en la
historia del cristianismo naciente. En cambio, Herodes Agripa tuvo una
breve
pero potencialmente devastadora intervención durante su corto reinado
(Hch
12,1-19).
Respecto
a la religión establecida, la autoridad principal residía en los sumos
sacerdotes y en las familias de las que generalmente salían. En buena
parte de
este período la familia sumosacerdotal más poderosa fue la casa de Anás
(=
Anano), con José Caifás, yerno de Anás, en el cargo desde el año 18
hasta el 37
d. C. El sumo sacerdote, sus predecesores y los miembros de las
familias nobles
están seguramente en la mente de Lucas cuando habla de “la estirpe de
sumos
sacerdotes” (4,6), “los sumos sacerdotes” (4,23; 5,17.24) y “el sumo
sacerdote
y los suyos” (5,21). Relacionados con ellos aparecen a veces los
“ancianos”
(4,5.8.23), presumiblemente laicos cabezas de familia (terratenientes),
aunque
quienes ostentaban el poder eran claramente los sumos sacerdotes. Estos
tenían
autoridad para reunir un consejo (synedrion) en el que
considerar
asuntos de Estado y cuestiones legales. Hay debate sobre si tal consejo
debe
ser llamado “el sanedrín” en este período, pero lo cierto es que está
presente
en los capítulos iniciales de Hechos. En el consejo de 5,34 es
enteramente
verosímil la presencia del distinguido fariseo Gamaliel, nieto del aún
más
famoso Hillel; que expresara una opinión en contraste con la hostilidad
de los
sumos sacerdotes concuerda con las tensiones existentes entre la
facción
sumosacerdotal (saducea) y los fariseos (cf. 23,6-9).
La
base en la que descansaban la autoridad y el poder de las familias
sumosacerdotales era el templo. En torno a él giraba la vida de Judea,
cuyo
territorio comprendía lo necesario para sostener su culto. Jerusalén no
se
hallaba en ninguna ruta comercial ni junto a río o costa con tráfico
significativo: su importancia radicaba totalmente en el templo. Este,
desde la
enorme plataforma construida por Herodes el Grande, dominaba la ciudad,
y
quienes lo gobernaban controlaban también su vida. Los ingresos que
afluían a
sus arcas —del culto sacrificial, de los peregrinos y del impuesto
pagado
también por los judíos de la diáspora— debían de ser inmensos. El
templo
funcionaba además como banco, donde se hallaban depositados grandes
fondos
privados, y, al estar aún en construcción, mantenía activos a
muchísimos
trabajadores de los más diversos oficios. Exceptuados los palacios
reales y la
guarnición, más o menos toda la actividad industrial y comercial
dependía
directa o indirectamente del templo. No debe extrañar, por tanto, que
este
proporcione el escenario y la ocasión para lo que sucede a lo largo de
Hch 3–7
y que la principal interacción sea con sus autoridades.
Más
allá de esto, el historiador se enfrenta a una notable parvedad de
datos
fiables. Los obtenidos de las excavaciones son decepcionantemente
escasos, ya
que las destrucciones de los años 70 y 135 arrasaron la ciudad. Aparte
de lo
que se conoce sobre el monte del templo y de una buena idea de dónde
debieron
de alzarse los muros (al menos la primera muralla), ha resultado
difícil
obtener una imagen clara de la estructura de aquella Jerusalén.
Conocemos el
emplazamiento de la fortaleza Antonia, los estanques de Siloé y
Betesda/Betzatá
(Jn 5,1-9), y podemos suponer el de algunos mercados. Sabemos con
cierta
seguridad dónde estaban los palacios de Herodes, de los reyes de
Adiabene y el
asmoneo. La restauración del barrio judío desde 1967 ha puesto al
descubierto
residencias señoriales de la antigua Ciudad Alta. La mención por Josefo
de “la
puerta de los Esenios” ha originado especulación sobre un barrio esenio
cerca
de donde se ha situado tradicionalmente la “sala superior” de la última
cena.
Fuera de esos conocimientos, prácticamente no hay más que conjeturas.
Todo
esto significa que es muy difícil reconstruir el inmediato contexto
social y
las condiciones en que empezó a florecer la primera comunidad. No
sabemos nada
acerca de dónde vivían ni dónde se reunían (descontado el patio del
templo), ni
de su posición social y ocupaciones. La trama narrativa de Hechos se
sostiene
sin que Lucas necesite entrar en esas cuestiones, lo que ha producido
una
sucesión de episodios un poco como de ensueño, que intensifica la
impresión de
estar ante una reconstrucción idealizada. Pero la información que
proporciona
permite hacer algunas observaciones y completarlas con imaginación
histórica
anclada en lo verosímil.
b.
¿Quiénes eran los primeros cristianos?
Sean
exactas o no las cifras de Hch 2,41 (3.000 convertidos) y 4,4 (5.000
creyentes), la nueva secta debió de crecer con notable rapidez. Pero
¿quiénes
eran los primeros cristianos?, ¿de qué estratos de la sociedad
jerosolimitana
procedían?, ¿cómo se sostenían? La información no basta para una imagen
general
nítida, pero sí para trazar algunos rasgos significativos. Conviene
subrayar un
dato notable: los discípulos del grupo nuclear eran galileos (1,11;
2,7).
¿Vivían con parientes, amigos o residentes locales que ya eran
discípulos?
Aunque todos vivían “por la fe”, para sostenerse tenían que disponer de
alguna
fuente de ingresos.
Pronto
se habla de “un gran número de sacerdotes” que “se sometían a la fe”
(6,7) y,
después, de “algunos de la secta de los fariseos que habían creído”
(15,5),
confirmado por la referencia a “falsos hermanos” en Gál 2,4. Cabe
pensar, pues,
en sacerdotes que dependían de una parte de los diezmos y primicias
ofrecidos
al templo y en fariseos que ejercían alguna profesión. No son raras las
menciones de mujeres entre los discípulos: “algunas mujeres, entre
ellas María,
la madre de Jesús” (1,14); las hijas y siervas de la profecía de Joel
(2,17-18); Safira (5,1-10); “gran número, hombres y mujeres” (5,14);
las viudas
de helenistas (6,1); las víctimas de la persecución de Saulo (8,3;
9,2);
Tabitá/Dorcás (9,36-41); María, la madre de Juan Marcos, y la criada
Roda
(12,12-15).
Hay
también noticia de propietarios entre los primeros cristianos: el dueño
del
pollino (Lc 19,29-31); los favorecedores de Jesús en Betania; el
propietario de
la “sala superior” (Lc 22,12); Simón de Cirene, que poseía un campo;
los
discípulos de Emaús; Pedro, que pudo ofrecer hospitalidad a Pablo (Gál
1,18);
Bernabé, que vendió un campo (4,37); Ananías y Safira, que
probablemente tenían
tierra que vender (5,1); María, la madre de Juan Marcos, con buena casa
y
personal de servicio (12,12-13); y Mnasón de Chipre, que tenía una casa
fuera
de Jerusalén (21,16). Hay además otras tres indicaciones: los primeros
discípulos se reunían cada día en las diversas casas (kat’ oikon)
(2,46;
5,42); toda la comunidad podía reunirse en algún lugar no público
(15,6.12); y
Santiago “y todos los ancianos” pudieron recibir al grupo de Pablo a su
llegada
(21,18). Esta información es extremadamente incompleta, pero sin duda
había
entre ellos propietarios de fincas urbanas y rurales, escribas,
comerciantes,
artesanos y vendedores de mercadillo; y, a juzgar por la referencia a
“los
pobres entre los santos de Jerusalén” (Rom 15,26), la secta atrajo a no
pocos
mendigos. David Fiensy podría estar en lo cierto al deducir que “casi
todos los
estratos de la sociedad se hallaban representados” en la iglesia
jerosolimitana.
c.
¿Dónde se reunían?
Difícilmente
se puede discutir la rápida expansión de la nueva secta, pero ¿dónde
podían
reunirse siendo sus miembros muy numerosos? La expresión epi to auto
(1,15; 2,1.44; 4,26), “en un mismo lugar, juntos”, da idea de grandes
reuniones
comunitarias, pero solo los patios del templo tenían capacidad
suficiente para
acoger reuniones masivas (el pórtico de Salomón: 5,12), y la enseñanza
allí
impartida habría sido muy pública. ¿Habrían tolerado las autoridades
del templo
esas reuniones? Quizá debamos preguntarnos si todos los discípulos se
reunían o
intentaban reunirse como un solo grupo. “La sala superior” (1,13) tenía
capacidad para una reunión concurrida, pero no en número aproximado a
los de
2,41.47; cabe preguntarse si servía de sinagoga o lugar de asamblea y
si
debemos imaginar desde el principio algunas de esas sinagogas/asambleas
cristianas, en las que distintos miembros de los Doce funcionarían como
jefes o
maestros. Los otros lugares especificados son distintas viviendas de
discípulos
(2,46; 5,42), lo que presumiblemente implica una red de grupos o
iglesias
domésticos en la que muchos compartían la responsabilidad de jefes y
maestros.
Como
indica la historia de los movimientos de renovación, no debemos suponer
que
rápidamente quedaron establecidas y formalizadas estructuras y pautas
de vida
en común. Por el contrario, con la incorporación diaria o semanal de
nuevos
adeptos, debió de haber un grado considerable de improvisación. El
único modelo
organizativo que surgió —la comunidad de bienes— parece no haber
funcionado
bien mucho tiempo (6,1), y los acontecimientos subsiguientes ilustran
la clase
de problemas a los que está sujeta toda secta de crecimiento rápido.
d.
La comunidad de bienes
Desde
el punto de vista económico, la característica más llamativa de la
nueva secta,
según Hechos, era que sus miembros “todo lo tenían en común” (2,44);
“nadie
decía que era suya cosa alguna, sino que todo era común para ellos”
(4,32).
Lucas muestra de nuevo una comprensible tendencia a mirar
retrospectivamente
ese comienzo a través de lentes de color rosa —los bienes eran vendidos
y el
dinero se distribuía según las necesidades de cada uno (2,45); “no
había entre
ellos ningún necesitado” (4,34)—, aunque luego indica que la
administración del
fondo común pronto dejó que desear (6,1).
Esta
descripción de un “comunismo primitivo” ha provocado comentarios
escépticos por
razones no siempre válidas, pero resulta enteramente verosímil en sus
detalles
básicos. La comunidad de Qumrán, conocida seguramente por muchos
creyentes de
Jerusalén, practicaba la propiedad en común y exigía a sus nuevos
miembros la
entrega de todas sus posesiones (1QS 6,19-22). Filón habla de grupos de
esenios
que vivían en pueblos y ciudades de Palestina sin propiedad privada,
compartiéndolo todo y entregando el salario a un tesorero común, y
describe a
los terapeutas cerca de Alejandría, que “regalaban sus bienes en vez de
emplearlos mal”. Sería erróneo suponer que estos paralelos funcionaron
solo en
el terreno literario inspirando a Lucas: más bien debemos ver aquí
indicios de
la clase de entusiasmo espiritual que se expresa en un compromiso
fuerte e
incluso excesivo de unos con otros. Jesús había dado prioridad a los
pobres en
su ministerio, y el relato del joven rico incapaz de venderlo todo y
dar el
dinero a los pobres se encuentra en los tres sinópticos (Lc 18,18-23
parr.). La
inspiración estaba ya en el sistema de Israel de “ayuda a los pobres”
(cf. Sant
1,27). En siglos posteriores, impulsos similares dieron como resultado
el
monacato cristiano. No debe causar sorpresa, pues, que Lucas hable de
la
comunidad de bienes casi como consecuencia inmediata de Pentecostés.
Un
aspecto interesante es la peculiaridad del relato de Lucas, indicio de
que
probablemente lo escribió basándose en recuerdos del entusiasmo inicial
y no en
modelos de Qumrán o los esenios (o en Platón). Porque Lucas no
dice que
todos los creyentes vendan sus casas, tierras y demás bienes y
contribuyan al
fondo común (a diferencia de Qumrán, donde era obligatoria la entrega
de bienes
en el noviciado). La idea es más bien que los miembros vendían
propiedades
según surgía la necesidad de nuevas aportaciones (2,45; 4,35). Y aunque
4,34
podría entenderse como que quienes tenían propiedades las vendían en su
totalidad, lo que sigue no casa con tal interpretación. En 4,37 se
menciona a
José Bernabé, que había vendido un campo y llevado el producto a los
apóstoles,
probablemente porque fue sobremanera generoso o la primera contribución
importante recibida, pero sin dar a entender que vendiera toda su
tierra. De
manera similar, el pecado de Ananías y Safira (5,1-10) no fue retener
para sí
parte de lo obtenido, sino fingir entregar la totalidad cuando se
habían
quedado con una parte. Además, María, la madre de Juan Marcos, aún
poseía una
gran casa (12,12) sin vulnerar al parecer el espíritu de comunidad.
La
comunidad de bienes era, pues, mucho más voluntaria que en Qumrán, y al
parecer
se vendían propiedades solo para mantener el fondo común del que vivían
los
miembros más pobres. Sin embargo, la práctica parece un tanto
ocasional, ya
que, según Lucas, el fondo no se mantenía con rentas o salarios, sino
con la
venta de bienes inmuebles (2,45; 4,34-37). De ser así, ese sistema
difícilmente
podía servir a largo plazo: continuar vendiendo propiedad era la receta
para
llegar a la pobreza comunitaria, dada además la regularidad de las
hambrunas.
Esa política podía sostenerse a corto plazo con la frecuente
incorporación de
nuevos adeptos, cuyo compromiso económico ayudase a mantener el fondo
aunque la
ayuda a los pobres lo siguiera drenando.
Probablemente
debamos entender la comunidad de bienes como expresión del afecto mutuo
entre
sus miembros, engendrado por su experiencia compartida, y como señal de
que su
horizonte futuro era muy limitado. No preveían la subsistencia a largo
plazo de
su estilo de vida comunitario, pues esperaban que pronto se produciría
el
regreso del Jesús resucitado y exaltado y “la restauración de todas las
cosas”
(3,21), lo que podría coincidir con el esperado restablecimiento del
reino de
Israel (1,6). Difícilmente podemos suponer que su expectativa fuera
clara o
detallada; un optimismo eufórico bastaría para explicar la visión
despreocupada
respecto al futuro de la comunidad de bienes. De todas formas, no
podemos
excluir que repetidas ventas de propiedades, junto con un creciente
recurso al
fondo común, constituyesen un factor principal en la relativa pobreza
que
sufrió después la Iglesia de Jerusalén (cf. 11,29; Rom 15,26-27).
23.2. El
carácter religioso de la primera comunidad
cristiana
Cualquiera
que fuera la composición social del público asistente a las primeras
reuniones
cristianas en Jerusalén, su motivación era ante todo religiosa,
desarrollada a
partir de las experiencias gemelas de las “apariciones pospascuales” y
del
entusiasmo religioso, junto con las interpretaciones generadas por
ellas (la
exaltación de Jesús al cielo y la efusión del Espíritu prometida para
la edad
futura). Al relato de Pentecostés sigue de inmediato un texto (Hch
2,41-47) con
varios indicadores del carácter de la comunidad recién nacida. Es un
resumen
lucano, pero la mayoría de las características señaladas tienen
confirmación en
otros pasajes.
a.
Bautismo en el nombre de Jesús
Según
Lucas, Pedro concluyó su sermón exhortando: “Arrepentíos y haceos
bautizar en
el nombre de Jesucristo para el perdón de vuestros pecados, y
recibiréis el don
del Espíritu Santo” (2,38), y quienes respondieron fueron pronto
bautizados:
“unas tres mil almas” (2,41). Esto constituye la inauguración formal de
la
nueva secta. El relato plantea dos interrogantes principales. Primero,
¿por qué
bautismo? Quien lee por su orden los dos libros de Lucas no encuentra
en el
primero aviso de que el bautismo va a entrar en el segundo. Juan el
Bautista
contrapuso su bautismo con agua y el bautismo con Espíritu y fuego del
que iba
a venir (Lc 3,16), pero Lucas no indica que Jesús siguiera a Juan en la
práctica del bautismo, ni Jesús resucitado prescribe en Lucas una forma
de
bautismo cristiano, como en Mateo (Mt 28,19). Al contrario, presentando
enseguida a los discípulos bautizados con Espíritu (Hch 1,5), Lucas
parece dar
a entender que Pentecostés representaba el cumplimiento total de la
predicción
del Bautista, sin dejar espacio para una continuación de su bautismo
con agua.
Y de pronto refiere que Pedro instó a sus oyentes a ser bautizados.
Una
explicación frecuente en el siglo XX era que la experiencia del
Espíritu se
entendía al principio como la realización del bautismo de Juan y que el
bautismo con agua no se introdujo hasta la época de los helenistas,
años más
tarde. Pero esa solución es imposible, porque el bautismo hídrico es
algo obvio
en las primeras fuentes cristianas: en particular Pablo, nuestro
testigo
directo más antiguo, da por supuesto que todos los creyentes lo han
recibido
(Rom 6,3-4; 1 Cor 12,13), incapaz de concebir un cristiano no
bautizado. Como
él mismo se incluye entre los bautizados, cuando se convirtió —dos o
tres años,
a lo más, después de Hch 2— el bautismo ya se practicaba
sistemáticamente. La
conclusión es que Lucas tiene razón al describir el bautismo como
característica
de la nueva secta desde el principio. Por qué se reintrodujo, cuando el
mismo
Jesús había prescindido de él, es cuestión problemática; la solución
más
verosímil es que los miembros de la primera comunidad creían que así lo
había
dispuesto Jesús resucitado. La raíz de Mt 28,19 podría ser el recuerdo
de una
revelación experimentada como encargo de Cristo resucitado de bautizar
a
quienes respondiesen a la Buena Noticia. Que Lucas no mencione este
encargo no
extraña, pues suele dejar el relato de ciertos acontecimientos para más
tarde y
podría haber pensado que sus lectores reconocerían la implicación de Lc
24,47.
Segundo,
¿cómo se entendía este bautismo? La formulación de Hch 2,38 es
sorprendentemente evocadora de lo recordado del ministerio del
Bautista:
arrepentimiento, bautismo, perdón de los pecados y promesa del Espíritu
(Lc
3,3.16). La implicación podría ser que al principio se veía el bautismo
cristiano como continuación o reelaboración del de Juan, pero con la
promesa
del Espíritu entendida (¡y experimentada!) como cumplida. Esto
explicaría los
varios pasajes vinculados a 2,38.41 en Hechos, en los que el don del
Espíritu
debía ir estrechamente acompañado del bautismo: los samaritanos,
bautizados sin
haber recibido el Espíritu, necesitaban intervención apostólica
(8,16-17);
Cornelio y sus amigos, por haberse derramado el Espíritu sobre ellos,
eran
dignos de ser bautizados (10,47-48); y los discípulos efesios, cuyo
desconocimiento del Espíritu mostraba que no habían sido bautizados de
manera
efectiva, debían seguir el proceso completo. Lucas expone su propia
visión
haciendo de Hch 2,38 una especie de modelo de conversión e iniciación,
pero el
uso paulino de la metáfora del bautismo para la unión con Cristo y la
recepción
del Espíritu (Rom 6,3-4; 1 Cor 12,13) confirma que la aceptación del
bautismo
debió de ser ocasión de profundas experiencias religiosas, atmósfera
intensamente cargada que probablemente estableció tal modelo.
Lo
más destacado del nuevo rito era que se realizaba “en el nombre de
Jesús”,
frase que lo distingue del bautismo del Bautista. Una suposición
atractiva es
que, con Jesús ya ausente, el bautismo “en su nombre” se veía como modo
de
indicar la incorporación a las filas de sus discípulos; esto explicaría
adicionalmente la reintroducción del bautismo: mientras durante la
misión de
Jesús el discipulado implicaba cercanía física a él, en su ausencia el
ser
bautizado daba tangibilidad equivalente al acto del neófito de
someterse a la
autoridad y poder que “el nombre de Jesús” expresaba (cf. 1 Cor
1,12-15).
Contribuye a explicar cómo surgió el nombre de “cristianos” (Hch
11,26): los
que pertenecían a la facción de Cristo, los que se reunían bajo el
nombre de
Jesús, “los que invocan el nombre del Señor Jesús” (1 Cor 1,2; Rom
10,12-14;
cf. Hch 2,21; 9,14.21). El bautismo habría sido ocasión para la primera
invocación de su nombre, como queda explícito en la narración del
bautismo del
propio Pablo (22,16).
Tampoco
hay que pasar por alto las implicaciones sociales. El bautismo en el
nombre de
Jesús no era una práctica regular de ablución ritual, como las de
Qumrán: igual
que el rito del Bautista, se recibía una sola vez en la vida, y, más
claramente
que con Juan, era un rito de iniciación que incorporaba al neófito a
una nueva
secta, caracterizada por un discipulado comprometido con Jesús y por el
reconocimiento de su condición de Mesías (“en el nombre de Jesucristo”)
y de Señor (“en el nombre del Señor Jesús”). Debió de ser el
compromiso
expresado inicialmente con el bautismo “en el nombre de Jesús” lo que
más
claramente marcó a los miembros del nuevo movimiento. Si es importante
percibir
a los primeros cristianos como judíos y miembros plenos de la sociedad
del
judaísmo del Segundo Templo, también lo es reconocer desde el principio
la
relevancia del bautismo “en el nombre de Jesús” para la formación del
grupo y
de los rasgos que con el tiempo darían al cristianismo una identidad
propia
entre las religiones de la antigüedad.
b.
La enseñanza de los apóstoles (Hch 2,42)
Un
obvio elemento de cohesión serían las convicciones y la doctrina que
distinguían al grupo, principales entre ellas las relativas a Jesús, en
cuyo
nombre habían sido bautizados sus miembros. A priori cabe
pensar que los
apóstoles se sirvieron de dos fuentes en particular: las Escrituras
(lo
que los cristianos llaman Antiguo Testamento) y las tradiciones
sobre Jesús,
de las que los discípulos más cercanos a él serían el caudal principal.
Lucas
presenta a Cristo recién resucitado “interpretando” para los discípulos
de
Emaús “lo que había sobre él en las Escrituras” (Lc 24,25-27.44-46), y
el
segundo discurso de Pedro afirma que en Jesús cumplió Dios lo anunciado
por los
profetas (Hch 3,18); los judíos de Berea “examinaban cada día las
Escrituras”
(17,11). Estos relatos reflejan al menos la curiosidad que llevó a los
primeros
discípulos a relacionar lo experimentado con lo que la Escritura
enseñaba. Las
Escrituras eran demasiado importantes para su identidad religiosa
—reforzada
por el uso que de ellas hizo Jesús— para que empezaran siquiera a
pensar que su
propia experiencia las hacía irrelevantes.
En
los discursos atribuidos a Pedro, Lucas pudo servirse de
interpretaciones de
pasajes a los que los primeros cristianos recurrían para consuelo e
instrucción: Sal 16,8-11 (Hch 2,25-28; 13,35), el salmo 89 (aludido en
2,30),
Dt 18,15-16 (3,22-23; 7,37, con reflejo en la transfiguración), y las
cinco
alusiones del sermón a Cornelio. Algo muy significativo es que en los
primeros
intentos de narrar la pasión probablemente se usaron pasajes de la
Escritura
—en particular los salmos 22 y 69— para arrojar luz sobre los
acontecimientos.
Dado que la mesianidad de Jesús debió de surgir durante su misión y que
el
título “Cristo” quedó establecido enseguida (su primer nombre formal
fue “cristianos”,
Hch 11,26), esa mesianidad fue parte destacada de la teología cristiana
primitiva, en la que pasajes como Sal 2,7 y 2 Sm 7,12-14 desempeñaron
un papel
(Hch 13,23.33; Rom 1,3-4). Sal 110,1 debió de configurar
sustancialmente el
pensamiento cristológico muy en los comienzos, posiblemente en
conjunción con
Sal 8,4-6; Is 53 parece haber influido pronto y de manera destacada
(Hch
8,32-33; Rom 4,25); y el pasaje de la piedra rechazada (Sal 118,22) se
utilizó
para expresar el rechazo y triunfo final de Jesús (Hch 4,11; Rom 9,33;
1 Pe
2,4-8). La posibilidad de que ya los primeros cristianos formaran
cadenas de
pasajes o colecciones de “testimonios” ha cobrado fuerza con el
descubrimiento
de colecciones similares en Qumrán (4Q174-177).
La
otra característica principal —la experiencia entendida como
experiencia del
Espíritu escatológico prometido— debió de ilustrarse con la profecía de
Joel
(Hch 2,17-21). Los ecos de la imagen del “derramamiento” del Espíritu
(Rom 5,5;
Tit 3,6) reflejan cómo el lenguaje de Joel entró en el vocabulario
cristiano,
igual que la frase “todo el que invoque el nombre del Señor”; las
alusiones de
Pablo a Ez 11,19 y 37,14 (2 Cor 3,3; 1 Tes 4,8) indican que esos
pasajes
influyeron en el entendimiento por los primeros cristianos de lo que
experimentaban. No se sugiere que todos esos pasajes surgieran en “la
enseñanza
de los apóstoles”, pero reflexionar sobre ellos e interpretarlos debió
de ser
parte de la enseñanza que desde el principio configuró la idea de sí
mismas y
el mensaje de las primeras comunidades.
Igualmente
podemos dar por cierto que fue dedicada mucha atención a las
tradiciones de lo
que Jesús dijo y enseñó. Difícilmente la revolución en el pensamiento
de los
discípulos sobre Jesús les llevaría a olvidar o descartar los recuerdos
de la
misión en respuesta a la cual se habían hecho discípulos; al contrario,
los
recién atraídos querrían saber más acerca de Jesús, en cuyo nombre
habían sido
bautizados. El material de la tradición sinóptica debió de proporcionar
gran
parte del “programa de estudios”: la unción de Jesús por una mujer (Mc
14,3-9),
con especial patetismo mientras había memoria fresca de su ejecución;
los
recuerdos personales de Mateo, Bartimeo o Simón de Cirene; cúmulos de
dichos
sobre las duras exigencias del discipulado (Lc 9,57-62; Mc 8,34-37);
parábolas
como la de lo viejo y lo nuevo (2,21-22) y la del tesoro escondido y la
perla
(Mt 13,44-46), que resonaban con la sensación de un nuevo comienzo; la
enseñanza sobre el abandono en la Providencia (Mt 6,25-33), posible
factor de
la comunidad de bienes; y el recuerdo de las comidas en común, que dio
origen a
prácticas similares. También aquí Lucas insiste en el especial interés
de los
discípulos por el reino de Dios; que el tema dejara de ocupar un primer
plano
en las cartas paulinas no indica falta de continuidad, sino que la
continuidad
pronto se mantuvo más en lo relativo a la formulación.
Tan
pronto como el mensaje provocó oposición, la exhortación de Jesús a
confesar
sin miedo la propia fe devino elemento prominente, y cobraron valor los
relatos
sobre cómo actuó Jesús en las controversias (Mc 2,1–3,5). En las
disputas sobre
el sábado los relatos tomaron su forma final en un contexto judío que
aún daba
por supuesta su observancia; la enseñanza sobre las verdaderas fuentes
de
impureza podía interpretarse sin impugnar la ley de pureza (Mt
15,11.17-18). Lo
más interesante son los indicios de cómo la tradición de Jesús fue
configurada
a la luz de la fe pascual: el testimonio de la piedra rechazada añadido
a la
parábola de los viñadores (Mc 12,1-9); la adición interpretativa de Mc
2,20 a
la parábola sobre el ayuno, motivada por ver la muerte de Jesús como
razón para
reanudar esa disciplina; la identificación de Jesús como el novio; la
transición desde un “hijo del hombre” autorreferencial al título
cristológico
“el Hijo del hombre”; y la transformación de la ida triunfal de Jesús
al cielo
en la esperanza de una nueva venida suya desde el cielo. En otros casos
los
indicios son posteriores (las instrucciones misionales de Mc 6,7-13, o
el
“pequeño apocalipsis” de Mc 13, posiblemente formulado con motivo del
intento
de Calígula de erigir una estatua en el templo en el 39 d. C.), pero
respecto a
los demás ejemplos hay buena razón para creer que la utilización de la
tradición empezó dentro de la comunidad de Jerusalén como parte de “la
enseñanza de los apóstoles”.
c.
La comunión (Hch 2,42)
Llama
la atención que Lucas presente a los primeros cristianos como dedicados
asiduamente a la “comunión” (koinōnia). Es la única vez que
emplea esta
palabra, frecuente en cambio en Pablo, para quien denotaba
“participación en”,
la acción de compartir: experiencia compartida del Espíritu (2 Cor
13,13; Flp
2,1) o participación en la Cena del Señor (1 Cor 10,16). El uso de
Lucas parece
acercarse al sentido derivado de “hermandad, comunidad”, expresión y
resultado
de ese compartir, pero en su contexto posterior a Pentecostés conserva
la
connotación de comunidad nacida de la experiencia compartida del
Espíritu.
Connotaciones similares tienen epi to auto (“juntos, en el
mismo lugar”)
y homothymadon (“con un mismo pensamiento o impulso”), que
Lucas emplea
repetidamente; la idealización probablemente no se debe solo a él, sino
también
a recuerdos de los participantes.
Ese
sentimiento de comunidad se percibe en la invocación Abba,
inspirada en
el modo de dirigirse Jesús a Dios. En Romanos (8,15) y Gálatas (4,6)
hay prueba
suficiente de que la invocación había arraigado firmemente en forma
aramea y se
hallaba extendida en la primitiva devoción cristiana: dirigidas a
comunidades dispares,
ambas cartas suponen una experiencia común, y este tipo de invocación
solo pudo
establecerse en las primeras comunidades de Judea, de lengua aramea. Lo
sorprendente es que ambos pasajes den por supuesto que el Abba
expresa
la misma experiencia del Espíritu y que quienes así se dirigen a Dios
están
unidos por la condición compartida de hijos y herederos: esa visión
debió de
hermanar a los nuevos cristianos en una comunión nacida de la
compartida
experiencia del Espíritu, con inmenso poder psicológico y social.
Otro
indicio del mismo poder vinculante lo ofrece Lucas al referir que
compartían
los alimentos en las diversas casas “con regocijo y sencillez de
corazón” (en
agalliasei kai aphelotēti kardias) (2,46). El término agalliasis
aparece solo en escritos religiosos, frecuentemente en los Salmos, e
indica el
gozo y fervor extremo de las fiestas religiosas; es notable que Lucas
use el
verbo afín para la exultación de Jesús “en el Espíritu Santo” (Lc
10,21). Esa
intensidad está implícita también en el verbo krazein (“gritar
con
vehemencia”) que Pablo usa para exclamar Abba (Rom 8,15; Gál
4,6).
Probablemente no sea coincidencia que Pablo emplee koinōnia
también en
relación con la colecta: la sensación de que a los creyentes gentiles
les había
sido concedido participar en la misma realidad espiritual (Rom 15,27)
motivaba
un extraordinario sentido de hermandad. No sorprende, pues, que Lucas
use koinōnia
en estrecha conexión con la comunidad de bienes (Hch 2,42-45): el
convencimiento de que la efusión del Espíritu era experiencia gozada
por todos
representó un importante factor emocional en la creación del fondo
comunitario.
d.
La fracción del pan (Hch 2,42.46)
Ha
sido costumbre dar por supuesto que aquí se hace referencia a las
comidas
cultuales que incluían la memoria y repetición de la “última cena” de
Jesús. De
hecho, Pablo habla de “partir el pan” en relación con la Cena del Señor
(1 Cor
10,16) e indica cómo transcurría (11,20-26): empezaba con la fracción
del pan,
del modo usual, y la copa se reservaba para la sobremesa. Uno de los
usos
paulinos más significativos de koinōnia está en este contexto
(10,16), y
la recepción por Pablo de la tradición de la última cena implica que su
conmemoración estaba ya bien establecida cuando él recibió instrucción.
La
inferencia es que entre los primeros discípulos había permanecido
fresco el
recuerdo de aquel acontecimiento y que muy temprano convirtieron en
práctica
habitual su conmemoración; si la orden “haced esto en memoria mía” (Lc
22,19; 1
Cor 11,24-25) no formaba parte del recuerdo original, tendríamos un
nuevo caso
de tradición desarrollada al hacer uso de ella.
En
su formulación, sin embargo, Lucas parece tener en mente la práctica de
las
comidas diarias en común: la “fracción del pan” equivale a la comida en
conjunto, por referencia metonímica a la acción con la que el padre de
familia
indicaba su comienzo. Así debe entenderse en las otras tres referencias
de
Hechos: Pablo y sus amigos parten pan en domingo (20,7.11), con dos
comidas en
medio día; y tras quedar la nave a la deriva, Pablo parte pan y come,
animando
a los demás a compartir el alimento (27,35-36), comida rudimentaria de
tripulantes y pasajeros. Mejor que designarlas como cultuales, conviene
ver en
estas comidas la reanudación de un aspecto característico de la misión
de
Jesús: su costumbre, muy conocida y criticada, de compartir mesa, dando
inicio a
la comida con la bendición y fracción del pan (Mc 6,41; Lc 24,30). Lo
que se
tiene en mente es la espontaneidad (“en las diversas casas”) y el gozo
por la
compañía de otros que compartían la misma experiencia (2,46), no ritos
cultuales formales. Por eso aquellas comidas no eran solo para
creyentes, sino
abiertas, como las de Jesús, brindando a curiosos y simpatizantes la
oportunidad de saber sobre él: comidas tan efectivas para la
evangelización
como las predicaciones más formales.
Esto
no significa percibir en los primeros años dos tradiciones muy
distintas: una
celebración escatológica festiva en torno a una mesa (quizá sin vino ni
palabras de institución) y una celebración cultual “paulina” centrada
en la
muerte de Jesús (tal vez influida por los cultos mistéricos). Quizá la
conmemoración de la última cena, o Cena del Señor, fue inicialmente una
celebración anual, la versión cristiana de la Pascua (cf. el carácter
pascual
de la última cena en los sinópticos y 1 Cor 5,7); según Orígenes y
Epifanio,
los ebionitas la celebraban como fiesta anual, posiblemente siguiendo
la
práctica primitiva de Jerusalén. En cualquier caso, no debemos suponer
uniformidad de práctica entre las iglesias primitivas, ni leer las más
antiguas
tradiciones a la luz de la alta teología eucarística desarrollada en
siglos
posteriores, lectura que presupone una distinción casi con toda
seguridad
anacrónica entre comidas cotidianas y celebración eucarística.
e.
Las oraciones (Hch 2,42)
La
oración desempeña un papel prominente en Lucas. Dado que Jesús era
recordado
como hombre de oración que enseñó a sus discípulos a orar, no podemos
poner en
cuestión que la oración constituía una prioridad cardinal para ellos,
expresión
natural de la experiencia compartida y la exultación ya mencionadas.
Durante
aquellos primeros meses el padrenuestro empezó seguramente a
experimentar la
modificación litúrgica, y la invocación Abba quedó fijada en su
forma
aramea. Los grupos domésticos (2,46) tenían momentos de culto y oración
bastante espontáneos (2,47), además de enseñanza y conmemoración de la
última
cena; la informalidad evidente aún en la iglesia corintia (1 Cor 14,26)
podría
dar idea de aquellas reuniones. No hay indicio de que pronto la
asamblea del
domingo fuera considerada especial entre las reuniones diarias.
La
más sorprendente referencia a la oración es Hch 3,1: Pedro y Juan
solían subir
al templo a la hora de la oración, la nona (las tres de la tarde).
Presumiblemente esto indica que los dirigentes principales participaban
en el
culto del templo; el culto podía consistir simplemente en oración
comunitaria
(de ahí la descripción de la sinagoga como “casa de oración” y la
formalidad de
“las oraciones”). Coherentemente, “todos los días” los miembros
“pasaban mucho
tiempo juntos en el templo” (2,46), y al menos los dirigentes nunca
parecen
estar fuera de él durante mucho tiempo (3,11; 4,1; 5,12.20-21.42). El
templo
era el mayor espacio social de Jerusalén, ideal como punto de reunión,
y sus
jefes iban allí principalmente a dar testimonio de su nueva fe. Pero no
hay el
menor indicio de crítica del templo ni de su culto: ¿habría resultado
la nueva
fe tan atractiva a “multitud de sacerdotes” (6,7) si los primeros
discípulos lo
hubieran rechazado? Lucas se complace en dar la impresión de que,
mientras el
nuevo paradigma de culto empezaba a configurarse en las casas, los
creyentes
seguían valorando el templo y participando en sus ritos; puesto que
había
sinagogas también en Jerusalén (6,9), podemos inferir que esas
reuniones
domésticas eran consideradas sus equivalentes informales.
f.
“La Iglesia de Dios”
Que
Pablo recuerde su actividad anterior como persecución de “la Iglesia de
Dios”
(1 Cor 15,9; Gál 1,13) podría significar o bien que las comunidades de
Jerusalén y Judea (Gál 1,22-24) tenían esa idea de sí mismas, o bien
que la
toma de conciencia de estar persiguiendo a “la Iglesia de Dios” fue una
conmoción que condujo a su conversión. De darse lo primero, la
implicación
sería que aquellos creyentes ya se veían como la expresión escatológica
del
pueblo de Dios, el qahal Yahweh/Israel. Esto sugiere que Jesús
pudo ser
recordado describiendo en esos términos a su grupo de discípulos,
concuerda con
la imagen de algunos dirigentes jerosolimitanos como “columnas” del
templo
escatológico y explica en parte por qué Pablo empleó sistemáticamente
el
término ekklēsia para todas sus comunidades.
g.
Un conventículo santo
Aspecto
notable en la descripción de Lucas es que repetidamente habla del
“temor” (phobos)
que la nueva secta suscitaba entre la gente de Jerusalén: “el temor
dominaba a
todos, porque se realizaban muchas señales y prodigios a través de los
apóstoles” (2,43); “gran temor invadió a la iglesia entera y a cuantos
oyeron
la historia de Ananías y Safira” (5,5.11). “Señales y prodigios”,
expresión
tomada de Joel, indica la evaluación poco crítica que hace Lucas de las
curaciones milagrosas, pero es indudable que ocurrieron “hechos
extraordinarios” en las primeras comunidades (cf. Gál 3,5; Rom 15,19).
Lucas
narra una sola de esas curaciones, la del tullido de nacimiento junto a
la
Puerta Hermosa (3,1-10), que llegó hasta él en tradición jerosolimitana
o
memorias personales, y a la que vincula un segundo sermón de Pedro
(3,11-26) y
el conflicto con las autoridades del templo (4,1-22). Aun cuando Lucas
haya
elaborado un episodio típico, casi podemos asegurar que ocurrió la
curación y
que la oposición sumosacerdotal comenzó muy pronto, probablemente
porque la
nueva comunidad captaba la atención pública y obtenía apoyos vistos
como
amenaza para la autoridad de los sumos sacerdotes.
Lo
que quiero subrayar es que la nueva secta tenía un carácter que
podríamos
llamar numinoso. Hechos tan extraordinarios infundían asombro,
respeto o
temor (2,43); los testigos de la curación estaban “llenos de estupor”
(3,11).
Prominente en los caps. 3–4 es la referencia al “nombre” de Jesucristo
(3,6.16;
4,7.10.12.17.18.30): por representar la presencia del recientemente
crucificado
pero ya resucitado y exaltado, el “nombre” evocaba la sensación de lo
numinoso,
de la presencia y poder de lo santo, tanto más cuanto se mostraba
eficaz en
ganar adeptos y en realizar curas milagrosas. No cuesta imaginar un
ambiente en
el que lo espiritual se sentía casi como presencia tangible de energía
pura, y
donde la nueva secta parecía dotada de un halo de santidad, lo que
Rudolf Otto
describe como mysterium tremendum et fascinans.
Algo
así subyace en el inquietante episodio de Ananías y Safira, donde la
pareja,
tras retener con perfecto derecho parte del dinero pero habiendo
mentido al
respecto, sufre una muerte fulminante ante Pedro (5,1-11). Es ociosa la
idea de
penetrar en este relato con un análisis racional: parece básicamente
una
exposición de los efectos devastadores de una transgresión de lo santo.
En el
mundo antiguo se creía que la santidad impregnaba el lugar u objeto
apartado
para Dios, tocado con algo del temible poder de su presencia: la
prohibición de
subir al Sinaí (Éx 19,10-25), los casos de Nadab y Abihú (Lv 10,1-3) y
de Akán
(Jos 7), la muerte de Uzzá al sujetar el arca (2 Sm 6,6-7). El templo
era el
foco de santidad de la religión de Israel (Hch 6,13). Estas memorias
populares
aumentaban la sensación de la presencia de ese poder santo que envolvía
a los
dirigentes de la nueva secta. Posteriormente Pablo muestra disposición
similar
a desempeñar el papel de Pedro respecto a otro pecador grave (1 Cor
5,3-5) y
preocupación por el potencial efecto letal de participar indignamente
de la
Cena del Señor (11,29-30). No debemos pensar, pues, que Lucas usó
leyendas
dispersas para crear una impresión; más bien debemos ver remembranzas
populares
conservadas y narradas en las reuniones de los primeros cristianos,
sobre todo
por quienes recordaban la atmósfera espiritual intensamente cargada de
los
comienzos.
Esta
visión de Hch 3–5 podría explicar también la información sumaria que
tras el
episodio de Ananías y Safira ofrece Lucas (5,12-16): más “señales y
prodigios”,
un aura protectora que envuelve a la secta (5,13), la atracción de
nuevos
adeptos (5,14) y un poder sanador que emana de Pedro (5,15-16), como
había
emanado de Jesús (Lc 8,44-46). Era una atmósfera en la que podía surgir
un
relato como el de la liberación milagrosa de los apóstoles de la cárcel
y su
subsiguiente ida al templo (5,17-26). No debemos limitarnos a catalogar
tal
pasaje dentro del género de salidas milagrosas de prisión y suponer que
Lucas
lo insertó arbitrariamente; debemos ver más bien una nueva muestra de
las
actitudes y experiencias eufóricas de la primera comunidad, cuyas
reuniones
intensificaban los niveles de conciencia espiritual de los
participantes por
celebrarse en una atmósfera saturada de efervescencia, entusiasmo y
expectación.
23.3. Los
dirigentes
¿Qué
podemos decir sobre los dirigentes de la primera comunidad cristiana en
sus
mismos comienzos? Aunque casi todos los detalles se han perdido en la
niebla
del tiempo, son visibles todavía algunos aspectos generales.
a.
Los Doce
Las
doce tribus, vistas como imagen de Israel en su integridad, siguieron
siendo
importantes en el cristianismo primitivo (Sant 1,1; Ap 21,12). La
manera más
obvia de interpretar la elección por Jesús de doce discípulos es que
quería
representar a las doce tribus de Israel, al menos en el propósito
escatológico
de Dios; esa misma razón puede explicar la prominencia de “los Doce” en
los
escritos más tempranos. El testimonio más notable es 1 Cor 15,5, la
aparición a
los Doce de Jesús resucitado, tradición ya establecida en el momento de
la
conversión de Pablo; y la categoría de los “doce apóstoles” en Ap 21,14
confirma que hacia finales del siglo I su papel era considerado
fundacional
para el cristianismo.
La
inferencia obvia es que los doce discípulos escogidos por Jesús
—reducidos a
once, luego devueltos al número de doce con la sustitución de Judas—
fueron
vistos en un principio como el núcleo de la nueva secta, en torno al
cual se
aglutinaron quienes se incorporaban para participar en el Israel de la
era
recién nacida con la resurrección. La idea que ofrece Lucas de los Doce
como
núcleo unificador y coordinador (Hch 6,2) debe de representar en buena
parte la
realidad de ese núcleo en los primeros tiempos: el valor permanente del
símbolo
indica que los Doce desempeñaron una función rectora y aglutinadora que
estableció su poder en la tradición. Esto es cuanto podemos decir. El
hecho de
que el recuerdo de los Doce quedara pronto confuso significa
seguramente que,
al alargarse el tiempo previsto para el regreso de Cristo y prestarse
menos
atención a Israel tras ampliarse la misión a los gentiles, también
ellos
perdieron relevancia. Llama la atención el poco interés de los
escritores
neotestamentarios por la identidad de los Doce; incluso Lucas, que
habla más de
“los apóstoles”, parece minimizar su papel como tales en los primeros
tiempos.
Debemos inferir que pronto ese papel fue considerado de escasa
importancia a
causa de la rápida expansión del movimiento y de los cambios que
siguieron.
b.
Pedro
La
jefatura de Pedro es prácticamente la única que cuenta para Lucas en
los
primeros capítulos de Hechos. Esto concuerda no solo con su prominencia
durante
la misión de Jesús, sino con la tradición de haber sido el primero al
que se
apareció su maestro resucitado (1 Cor 15,5). Su otro nombre, Cefas, sin
duda
antiguo, tiene que ver con la idea de que Pedro es la piedra sobre la
que
descansa la Iglesia fundada por Jesús (Mt 16,18). Que Pedro y
únicamente Pedro
sea así recordado puede explicarse solo si desempeñó realmente un papel
fundacional en la formación del cristianismo.
La
preponderancia de Pedro tiene confirmación ulterior en el testimonio de
Pablo,
que subió a Jerusalén tres años después de su conversión precisamente
para
“conocer a Cefas”, es decir, entrar en contacto con él y formarse un
juicio
sobre su persona (Gál 1,18). Es claro que la categoría de Pedro en la
posterior
historia del cristianismo refleja que desde el principio fungió como
jefe o
portavoz reconocido de “los Doce” o “los apóstoles”: poner dones “a los
pies de
los apóstoles” (Hch 5,2-3) significa presentarse ante Pedro. A él le
correspondía una principal responsabilidad y autoridad en “la enseñanza
de los
apóstoles” (2,42), así como en servir de ejemplo respecto a la
predicación y
las curaciones de los primeros días y en la confrontación con las
autoridades
del templo (los temas principales de Hch 3–5). Fuera de esto, los datos
no
proporcionan base para especulaciones; pero sin duda tendremos que
volver a
Pedro al irse desarrollando la historia del cristianismo en sus
comienzos.
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