El
cristianismo en sus comienzos. Tomo II. Comenzando desde Jerusalén
Séptima parte. La primera fase
Capítulo 24. Los helenistas y la primera apertura
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
Para esta segunda fase del
relato de los Hechos, Lucas parece haber recurrido a tradiciones de
tres
clases: las concernientes a los “helenistas” y la expansión del
movimiento más
allá de Jerusalén, las relativas a la aparición de Pablo y las
referidas a Pedro
y su labor misionera. La relativa independencia de estos materiales
dificulta
relacionarlos cronológicamente, pero también revela el interés de Lucas
en
dejar que sus fuentes hablen por sí mismas. Lucas mantuvo cierta
progresión
cronológica intercalando esos bloques en vez de entrelazarlos: insertó
la
conversión de Pablo y la misión de Pedro dentro de la narración sobre
los
helenistas, dando a conocer el éxito de Antioquía antes de desarrollar
los
relatos de Pablo y Pedro. Se plantea así una elección: seguir el orden
de Lucas
o seguir por separado cada grupo de tradiciones. El autor del libro
opta por lo
segundo, pese a la desventaja de que cada hilo lleva más allá de la
primera
década (incluso hasta entrados los años cuarenta) y obliga luego a
retroceder,
porque mantener separadas las hebras permite estimar mejor su valor
histórico.
Se empieza, pues, por los helenistas, como invita a hacer el propio
Lucas.
24.1. Una nueva fase
“En aquellos días, al aumentar
en número los discípulos, hubo quejas de los helenistas contra los
hebreos,
porque sus viudas no eran bien atendidas en la provisión de ayuda
diaria” (Hch
6,1). Con estas palabras Lucas introduce una de las fases más
intrigantes del
cristianismo primitivo. El idilio de un grupo de creyentes en rápido
crecimiento, capacitado divinamente e impertérrito en su predicación,
queda
interrumpido por la nota discordante de una pelea doméstica. El cuerpo
de
creyentes, en apariencia homogéneo, se revela compuesto al menos por
dos grupos
dispares: helenistas y hebreos. La hasta entonces indiscutida dirección
de los
apóstoles tiene que complementarse con siete hombres elegidos por la
comunidad
(6,2-6). Aparece un nuevo personaje carismático, Esteban, uno de esos
Siete,
mientras Pedro y Juan quedan fuera de escena; a Esteban se le atribuye
el
discurso más extenso del libro (7,2-53), y su muerte va seguida de una
persecución y de una expansión del mensaje (8,1-4). De los Siete
proviene también
Felipe, a quien se atribuye un gran éxito entre los samaritanos
(8,4-25) y la
primera conversión de un gentil, un eunuco (8,26-40). La misma
dispersión por
la persecución condujo a una predicación más amplia y, sobre todo, a la
fundación de la iglesia de Antioquía de Siria, la mayor metrópoli del
Imperio
oriental (11,19-26).
Hay consenso entre los
especialistas en que Lucas pudo servirse de material de fuentes para
esta
sección. Es probable que obtuviera una narración bastante coherente —de
la
memoria oral— que, partiendo de la elección de los Siete, llegaba hasta
la
fundación de la iglesia antioquena; seguramente formaba parte de la
historia
(fundacional) de esa iglesia, que Lucas desarrolló desde su propia
perspectiva.
La continuidad del relato quedó interrumpida al insertar la conversión
de Pablo
y la misión de Pedro (9,1–11,18), pero la repetición del lenguaje de
8,4 en
11,19 muestra que más tarde retomó conscientemente sus fuentes.
Son numerosos los indicios de
que Lucas utilizó y se vio constreñido por ese material: las
denominaciones
“helenistas” y “hebreos” se introducen sin explicación; la nota de
disensión
(6,1) contrasta con la insistencia anterior en que todo se hacía
homothymadon,
“con una misma intención”; el recurso a una elección en vez de un
nombramiento
divino se desvía de la presentación previa; cinco de los Siete no
vuelven a
mencionarse, lo que sugiere que sus nombres llegaron con la tradición;
las
circunstancias asistenciales que motivan la elección se pierden de
vista
enseguida, pues Esteban tiene poco de “asistente social”; aparecen como
adversarios de Esteban otros helenistas (6,9-14), no las autoridades
sacerdotales; la acusación contra Esteban (6,14) recoge un dicho de
Jesús
embarazoso para los cristianos, tratado como falso testimonio pero
reconocido
de hecho por Jn 2,19; el discurso es único y su actitud hacia el templo
contrasta con los capítulos 1–5; el tema del templo adquiere ahora gran
presencia; la protección divina concedida a Pedro y Juan no se extiende
a
Esteban; la encarnizada persecución de Pablo halla confirmación en sus
propias
cartas; y varias peculiaridades léxicas (“discípulo”, “los Doce”,
“lleno de
Espíritu”, “gracia”) apuntan a un vocabulario ajeno, culminando en la
primera
aparición del nombre “cristianos” (11,26).
En suma, el bien desarrollado
relato de Hch 6,1–8,40 con 11,19-26, que empieza con los “helenistas” y
concluye con los “cristianos”, está estructurado —probablemente desde
una
perspectiva antioquena— para narrar una de las fases de transición más
decisivas
en el surgimiento del cristianismo. Cabe suponer que Lucas usó esas
tradiciones
para subrayar lo que le interesaba; más problemático es que pudiera
haber
rozado apenas elementos incompatibles con su intento de presentar una
misión
sin divisiones internas importantes. Sabemos que era capaz de ello:
nada dice
del enfrentamiento de Pablo en Antioquía (Gál 2,11-17) ni de las
dificultades
del apóstol con otros predicadores. Por eso, leer entre líneas la
historia
tiene algo de labor detectivesca, donde todo depende de lo que hagamos
con las
pocas pistas dejadas por Lucas.
24.2. ¿Quiénes eran los helenistas?
La brusca yuxtaposición de
“helenistas” y “hebreos” es muy reveladora. “Helenista” (Hellēnistēs)
significa
“persona de lengua griega”, y “hebreo” (Hebraios) significa
presumiblemente
“persona que habla hebreo o arameo”. Pero hay más que decir.
a) Los grecohablantes
El griego era ampliamente
hablado o entendido en Jerusalén y sus alrededores, tanto por judíos
como por
gente de otros países. La distinción no implica que los “hebreos” solo
supieran
arameo, sino más bien que los “helenistas” hablaran solo griego y
entendieran
poco o nada el arameo. Esto cobra fuerza si, como parece probable, los
helenistas eran judíos de la diáspora establecidos en Jerusalén que
usaban solo
el griego, lingua franca del Mediterráneo. Hengel los imagina como
judíos de la
diáspora retirados a Jerusalén, aspiración (el regreso a la madre
patria) bien
conocida por los dispersos. La referencia de 6,9 a “la sinagoga de los
libertos, cirenenses y alejandrinos, y otros de Cilicia y Asia”
refuerza esta
idea: incluía a judíos de la diáspora residentes en Jerusalén,
probablemente
descendientes de cautivos llevados desde Judea tras la conquista de
Pompeyo (62
a. C.) y luego manumitidos. Una comunidad monolingüe en una ciudad de
lengua
distinta se reuniría naturalmente para sus actividades comunes.
El propio nombre “hebreo” es
sorprendente en Jerusalén: ¿quién llamaría “arameohablantes” a los
representantes de la mayoría de la población, que era de lengua aramea?
Lo
lógico es que el término lo usaran personas que no hablaban arameo,
igual que
hoy unos inmigrantes podrían llamar “anglohablantes” a los nativos sin
aplicarse a sí mismos ese rótulo. Análogamente, la designación paulina
de
judíos y gentiles como “circuncisión” e “incircuncisión” revela una
perspectiva
judía. La inferencia es que el contraste entre “helenistas” y “hebreos”
expresa
una perspectiva helenista, lo que potencia la probabilidad de que Lucas
se
sirviera de recuerdos elaborados por los propios helenistas y de que el
título
del capítulo sea plenamente adecuado.
b) Judíos vueltos de la diáspora
El idioma es expresión de
cultura. Si el griego era la única lengua de los helenistas, cabe
pensar que su
cultura y actitudes eran de carácter helenista, lo que concuerda con
que fueran
judíos retornados de la diáspora cuyo estilo de vida reflejaba valores
helenísticos, al menos en cierto grado —pues el hecho mismo de haber
regresado
a Jerusalén matiza ese apego al mundo de la diáspora—. Por su parte,
“hebreo”,
autorreferencia poco apropiada en Jerusalén, es explicable en la
diáspora: es
el contexto de las otras dos apariciones del término en el NT (2 Cor
11,22; Flp
3,5), donde Pablo habla como judío criado en la diáspora empeñado en
mantener
su identidad. Además, “hebreo” es en cierta medida un arcaísmo
asociado, como
señala Harvey, al tradicionalismo o el conservadurismo. Su empleo
indica
determinación de conservar la identidad tradicional judía frente a las
influencias del helenismo, actitud reflejada en el “hebreo de los
hebreos” de
Flp 3,5.
Conviene recordar que fue la
antipatía hacia el helenismo la que dio origen al término “judaísmo”.
La
conclusión es que los términos “helenistas” y “hebreos” indican cierto
grado de
desconfianza y posiblemente de hostilidad entre los dos grupos.
Probablemente
los helenistas se consideraban superiores a los hebreos, vistos como
tradicionalistas de miras estrechas, mientras los hebreos veían a los
helenistas como quienes minaban tradiciones fundamentales. Estas
actitudes se
reflejan en la recomendación de Pablo sobre el choque romano respecto a
leyes
alimentarias y días santos (Rom 14,3-5). Que Lucas no ofrezca una
imagen
completa es más que probable.
c) Su queja
El término empleado para la
queja, gongysmos, denota una murmuración en voz baja: los helenistas,
sintiéndose injustamente tratados, manifestaban entre ellos un malestar
dirigido no contra los jefes, sino contra los “hebreos”. La situación
es la de
dos grupos distintos, uno resentido hacia el otro. La queja era que las
viudas
de los helenistas quedaban desatendidas en la distribución diaria del
fondo
común (2,44-45; 4,32.34-35). El contexto social es claro: por la
costumbre de
casar a chicas con hombres mayores, muchas enviudaban jóvenes, y entre
los
retornados de la diáspora muchas mujeres se hallaban pronto sin medios
ni
parientes en una ciudad poco familiar y de lengua extraña. Que se
desatendiera
solo a las viudas helenistas (y no a las viudas en general) refuerza la
idea de
que ambos grupos llevaban vidas socialmente —y tal vez espacialmente—
separadas. El fallo del sistema de distribución no se debía solo al
aumento de
asociados, sino a que los dos grupos estaban separados o enfrentados.
Es difícil evitar la conclusión
de que la terminología y los detalles, por los que Lucas pasa casi de
puntillas, revelan que a los pocos meses del nacimiento de la nueva
secta
surgió un grado considerable de tirantez entre grupos. Hablar de
“cisma” (Haenchen)
es aventurarse demasiado, pero negar que algo iba mal (Hill) es pasar
por alto
las implicaciones de la terminología. El idilio inicial había
terminado: entre
grupos de distinta procedencia que practicaban de diferentes maneras su
fe
compartida no tardaron en surgir sospechas y resentimientos. El
ponzoñoso
brebaje apenas empezaba a calentarse, pero los elementos esenciales ya
estaban
presentes.
24.3. Los Siete
Lucas no se demora en mostrar
cómo respondió la joven iglesia. Los Doce convocan “a la asamblea de
los
discípulos” (6,2) y establecen prioridades: su responsabilidad sobre
“la
Palabra de Dios” debe tener primacía sobre “servir las mesas” (6,2.4).
La asamblea
ha de buscar siete hombres de buena reputación, “llenos” de Espíritu y
de
sabiduría, a quienes los Doce encargarán esa necesidad: garantizar que
las
viudas helenistas sean incluidas en la distribución. La asamblea escoge
a los
siete, los presenta a los apóstoles y, con oración, les impone las
manos (6,6).
Todos sus nombres son griegos,
lo que sugiere que pertenecían a los grecohablantes. La deducción no es
segura
—también Andrés y Felipe, discípulos de Jesús, tenían nombre griego—,
pero el
relato subsiguiente, en el que Esteban y Felipe son protagonistas y que
forma
parte de 11,19-26, indica que provino del grupo helenista. Nicolás
figura como
prosélito (gentil convertido al judaísmo) y era de Antioquía. Es
razonable
deducir que los Siete pertenecían todos a “los helenistas”. Esto da
relevancia
al hecho de que solo helenistas fueran elegidos por el conjunto de la
comunidad, lo que sugiere que la administración en cuestión afectaba
únicamente
al sector helenista. Cabe pensar que los grecohablantes se reunían
aparte en
casas donde solo se hablaba griego, y que quizá los Siete fueran los
jefes de
las iglesias domésticas helenistas —tal vez siete por haber exactamente
siete
congregaciones de lengua griega—. Así, los Siete representarían a los
creyentes
helenistas como los Doce representaban a la Iglesia en su conjunto (y
en
particular a los hebreos), por lo que pueden llamarse “los Siete”
(21,8) de
manera paralela a “los Doce”.
Son varios los indicios de
enfoque helenista o antioqueno: la aparición de “los discípulos” como
autorreferencia; la yuxtaposición de “los Siete” a “los Doce”, que
refleja la
de “helenistas” y “hebreos”; los hombres “llenos de Espíritu” y de
“sabiduría”,
expresiones que solo aparecen en esta sección; y el contraste de plērēs
(“lleno”, permanente) con el habitual plēstheis lucano (“llenado” para
una
ocasión), que sugiere una inspiración más estable. Si solo se eligieron
helenistas, igual que solo sus viudas habían sido desasistidas, hay
buen motivo
para pensar en una Iglesia articulada desde el principio por dos grupos
distintos, diversa en lengua, cultura y composición social.
24.4. Esteban
a) ¿Cuándo apareció Esteban en escena?
Lucas no data estos
acontecimientos. Antes de Hch 12 la secuencia es razonablemente clara,
pero el
número de años entre los capítulos 2 y 12 queda vago. Los únicos datos
relativamente fiables se relacionan con la trayectoria de Pablo. Como
la
cronología paulina sugiere una conversión no muy posterior a dos o tres
años
después de la crucifixión, todos los episodios anteriores deben
situarse dentro
de ese lapso, incluyendo un período de actividad persecutoria de Saulo
suficientemente intenso para ganarle fama de “perseguidor”.
Probablemente,
pues, la crisis interna se sitúa en el primer año de la nueva secta, y
el
surgimiento de Esteban como figura destacada no más tarde de dieciocho
meses
después de la muerte de Jesús.
b) El ministerio de Esteban
Esteban parece haber dedicado
buena parte de su tiempo a obrar milagros y discutir (6,8-10). De él se
dice
repetidamente que estaba “lleno de fe y de Espíritu Santo”, “lleno de
gracia y
poder”, que hablaba con irrefutable “sabiduría y Espíritu”: es
presentado como
la figura carismática más convincente de todo el NT, descripción basada
sin
duda en el recuerdo de un poderoso predicador. Lo notable es que su
misión se
desarrolló por completo entre judíos de la diáspora, como indica la
mención de
la sinagoga que atendía a ese círculo. Conviene distinguir sentidos: en
6,1
“helenistas” son judíos de la diáspora creyentes en Jesús; en 9,29 son
judíos
de lengua griega no creyentes; en 11,20 parecen ser simplemente
griegos. Los
creyentes helenistas eran solo una fracción de los judíos
grecohablantes
retornados, de modo que lo de 6,9 fue una disputa entre helenistas, una
discusión exclusivamente en griego.
De ahí cabe deducir que la
disputa no se originó solo por la conversión de algunos a la fe en
Jesús, sino
también por tensiones internas de la comunidad grecohablante. Dos
posibilidades: una brecha generacional —Esteban como una especie de
“joven
turco” de una generación posterior— y, sobre todo, el templo, pues la
razón
principal del retorno de los judíos de la diáspora era estar cerca de
él.
Cualesquiera que fueran los factores, lo que está a la vista es una
viva e
incluso colérica disputa entre los judíos de la diáspora establecidos
en
Jerusalén.
c) Las acusaciones contra Esteban
La irritación no provenía de un
mensaje centrado en la muerte y resurrección de Jesús, sino de la
acusación de
pronunciar “palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios” y de hablar
“contra
este lugar santo y la Ley” (6,11.13). Se le atribuye decir que Jesús
destruiría
“este lugar” y cambiaría “las costumbres que Moisés nos transmitió”
(6,14). Los
ecos de las acusaciones contra el propio Jesús son manifiestos.
Notablemente,
Lucas había omitido en su evangelio el dicho sobre destruir el templo y
la acusación
de blasfemia, reservándolos para esta parte de Hechos: conocía bien el
relato
del proceso de Jesús, pero quiso presentar a Esteban como autor del
primer
ataque verbal pleno contra el templo y contra Moisés.
La acusación se centra en el
ataque a “este lugar santo”. Para los retornados de la diáspora que
vivían
cerca del templo, esto era casi una blasfemia y un cuestionamiento de
su razón
para residir en la Ciudad Santa; y como mucha legislación mosaica
concernía al
templo, el ataque a este se percibía también como ataque a Moisés.
¿Había
empezado ya Esteban a hacer una crítica radical de la Ley? El discurso
atribuido a él centra su ataque en el templo y no en Moisés, por lo que
conviene atenerse a que lo más sensible de la acusación fue su crítica
del
templo. Hch 6,14 refuerza que se recordaba que Jesús había predicho la
destrucción del templo; Esteban tomó un aspecto relegado de su
enseñanza y lo
puso de relieve, reabriendo, en palabras de Weiss, “una herida que los
discípulos originales habrían querido ver curada”. Esteban pudo adoptar
así una
posición de desacuerdo en dos frentes: explícitamente ante otros
helenistas e
implícitamente, como helenista, frente a “los hebreos”, en ambos casos
por la
cuestión de si la lealtad al templo era coherente con lo que Jesús
había dicho.
d) Muerte de Esteban
La ejecución sumaria de Esteban
—primer mártir cristiano— es el clímax del relato (7,54-60), con claros
ecos de
la pasión de Jesús. Notable es su visión del Hijo del hombre en pie a
la
derecha de Dios (7,55-56), cumplimiento de la expectativa atribuida a
Jesús en
su proceso: el proceso de Esteban no solo refleja el de Jesús, sino que
lo
completa. También sus palabras finales recuerdan las de Jesús según
Lucas:
“Señor Jesús, recibe mi espíritu” (cf. “en tus manos pongo mi
espíritu”) y “no
les tengas en cuenta este pecado” (cf. “perdónalos”). La semejanza
subraya la
calma y confianza ante lo irremediable y confirma que, para el Esteban
lucano,
Jesús había sido exaltado a la derecha del Padre.
No es posible determinar cuánto
de la escena se debe a Lucas, pero el martirio difícilmente es
invención suya:
es asunto demasiado sensible. El paralelo con la pasión no tarda en
desvanecerse, pues, aunque describe el proceso como comparecencia ante
el sanedrín,
atribuye la muerte a una muchedumbre descontrolada (7,57-58). La
expresión de
sabor helenista en 7,55 indica un relato recibido de fuentes, y la
única
referencia al Hijo del hombre fuera de los evangelios apunta a
tradición y no a
creación lucana. El núcleo histórico es que Esteban puso de actualidad
la
enseñanza de Jesús sobre la destrucción del templo, atrayendo las iras
de una
comunidad cuya fe se centraba en él. Queda la cuestión de la
participación de
“un joven llamado Saulo” (7,58): su presencia en Jerusalén es probable
y su
fama de perseguidor da verosimilitud a ello, pero el propio Pablo no la
menciona, por lo que lo razonable es señalar su presencia y pasar a
terreno más
firme.
24.5. El discurso atribuido a Esteban
Lucas aprovechó la comparecencia
ante el sanedrín para incluir un discurso muy largo. Como con todos los
discursos de Hechos, surge la pregunta de su procedencia.
a) ¿Propaganda helenista?
Suele observarse que el discurso
encaja mal en su contexto: se dilata mucho antes de abordar los cargos
y los
responde solo oblicuamente. Pero el griego del discurso es fundamental
para su
argumento: 7,42b-43 cita la LXX de Am 5,25-27 (con “más allá de
Babilonia”);
7,45 usa Iēsous, traducción griega de “Josué”, con evidente alusión a
Jesús; la
referencia a “la ekklēsia en el desierto” (7,38) y la salvación
(sōteria) “por
su mano” (7,25) adquieren tono significativo. Que Esteban, helenista,
hablara
solo en griego no es extraño; lo inverosímil es que un synedrion de
Jerusalén
tolerara un parlamento tan largo en griego. Además, Lucas lo redactó
con sus
propias palabras, por lo que difícilmente procede todo de un recuerdo o
de
actas.
Varios indicios descartan que el
discurso sea creación del propio Lucas: su contenido es único en
Hechos, no es
claramente cristiano hasta el final y carece de la habitual exhortación
al
arrepentimiento; contiene una lectura poco ortodoxa de la historia de
Israel
(la sepultura de los patriarcas en Siquén y no en Hebrón, 7,16); trata
la
circuncisión sin problema (7,8), reflejando un período anterior a
Pablo; alude
a 2 Sm 7 vinculando las acusaciones contra Jesús y Esteban; y las
palabras
despectivas sobre el templo (7,48) contrastan con la idea positiva que
Lucas
tiene de él. La mejor explicación es que Lucas dispuso de una fuente
helenista,
quizá un escrito propagandístico, que expresaba una visión helenista de
la
historia de Israel y del templo, lo que concuerda con la práctica
historiográfica de la época.
b) Su finalidad
El discurso pertenece al género
de la rememoración histórica: el recuerdo de los propios orígenes que
forma la
identidad de un pueblo, como la Eneida para Roma o la epopeya
fundacional para
Estados Unidos. En Israel, la rememoración de la historia sagrada
—patriarcas,
éxodo, desierto— forma su identidad, razón por la que buena parte de la
Torá es
relato y la Pascua revive el éxodo. Una rememoración cuidadosa puede
fortalecer
o reconfigurar esa identidad; el paralelo más estrecho de Hch 7 en
selectividad
y Tendenz sería la lectura esenia de CD 2,14–6,2.
El análisis revela un doble
tema. Primero, el rechazo de los siervos de Dios —José, Moisés y los
profetas—
culmina en el rechazo de Jesús, “el Justo” (7,52), acorde con los
discursos
anteriores; en esto Esteban no dice nada peor que Pedro y Juan. Mayor
provocación
encierra el segundo tema: el rechazo del templo como condición para
garantizar
la presencia de Dios. La mayor parte del discurso se centra en la época
anterior a la tierra prometida y el templo, subrayando que Dios estuvo
con su
pueblo fuera de la tierra (apareció a Abrahán en Mesopotamia, estuvo
con José
en Egipto, habló a Moisés en el Sinaí, dio “oráculos de vida” en el
desierto):
no hace falta lugar sagrado para garantizar su presencia. Se traza
además una
línea directa desde el becerro de oro hasta el culto astral condenado
por Amós,
los dos mayores fallos de Israel en su culto. Ambos puntos se
sintetizan en
7,44-50: la tienda portátil, hecha según modelo celestial, contrasta
con el
templo de Salomón, descrito casi con los términos del becerro de oro y
calificado con la despectiva expresión “hecho con manos” (to
cheiropoiēton),
término que el judaísmo helenístico aplicaba al ídolo. La crítica
implícita es
que la actitud de los acusadores hacia el templo era poco menos que
idolátrica.
En la parte final (7,51-53) se
enlazan los dos temas: la incapacidad de reconocer a Jesús concuerda
con la
actitud idolátrica hacia el templo. La continuidad que el templo
proporcionaba
se cuestiona radicalmente y empieza a redefinirse, concibiendo a Dios
como
independiente del templo; este aparece como estorbo y símbolo de una
falsa
percepción de la presencia divina. Queda así abierto el camino a la
fase
siguiente (Hch 8). En cuanto a la teología, pese a la crítica del
templo, el
discurso no critica la Ley: Moisés es el héroe, a quien se dedica casi
la mitad
del texto, presentado como redentor y modelo de profeta, y la Ley es
“oráculos
de vida”. Esteban no reprocha falta de devoción a la Ley, sino que no
la
guarden (7,52-53). El conflicto por la Ley vendrá después (Hch 15).
c) El discurso, testimonio de la crisis
ocasionada por Esteban
El análisis permite ver el
discurso como complemento del resto de la narración, y ambos capítulos
confirman las deducciones independientes. Esteban era recordado como
personaje
carismático de la comunidad grecohablante jerosolimitana que soliviantó
al sector
más tradicional evocando la crítica de Jesús al templo. La ira se
encendió
principalmente entre judíos de la diáspora, pero, por tratarse de un
asunto tan
vital como el templo, la pasión se inflamó y Esteban fue ejecutado por
furor
popular. La fractura entre Hch 2–5 y 6–7 sugiere que sus puntos de
vista
chocaban también con el grupo principal de creyentes (“los hebreos”).
Titular
el episodio “primer cisma” es demasiado atrevido, pero no puede
excluirse que
su postura le acarreara la animadversión no solo de helenistas no
creyentes,
sino también de judíos creyentes.
24.6. Primera persecución: ¿contra quiénes iba
dirigida?
Lucas refiere que la ejecución
de Esteban inició “una gran persecución contra la iglesia de Jerusalén”
y que
“todos, a excepción de los apóstoles, se dispersaron” (8,1), seguido de
la
sepultura de Esteban, la persecución de Saulo y la dispersión hacia
Samaría.
Llama la atención que los apóstoles permanecieran en Jerusalén pese a
la
ferocidad descrita: cualquier represión competente “entresaca a los
jefes”
primero, por lo que cuesta imaginar una política que no los hiciera
objetivo
prioritario. El “todos” encierra la característica hipérbole lucana:
hubo un
éxodo considerable, pero no huyeron todos; aun así es extraño que los
apóstoles
salieran indemnes, sobre todo porque Lucas no lo atribuye a
intervención
divina.
La improbabilidad del escenario
induce a buscar otro. Puede partirse de algo seguro: hubo una
persecución,
confirmada por el propio Pablo (Gál 1,13; 1 Cor 15,9). Su declaración
“las
iglesias de Judea aún no me conocían de vista” (Gál 1,22), junto con
“el que en
un tiempo fue nuestro perseguidor predica ahora la fe” (1,23), sugiere
una
persecución dentro de Judea dirigida por Saulo pero con poco contacto
directo
con los afectados, y probablemente gobernada desde Jerusalén, su base
natural
como fariseo. La preocupación de las autoridades, ya presente en Hch
4–5, se
incrementó al hacerse Esteban eco de las predicciones de Jesús sobre el
templo;
la misma lógica que impulsó la acción contra Jesús se aplicó ahora con
renovada
fuerza. El consejo de Gamaliel pudo atenuar la acción contra Pedro y
Juan, pero
el surgimiento de una voz radical —la de un discípulo del propio
Gamaliel—
reforzó a los “halcones” del sanedrín.
Cabe dar un paso más: “todos”
puede referirse a los principales objetivos de la persecución, los
helenistas
representados por Esteban, mientras que los apóstoles, percibidos como
vinculados al templo, quedaron a salvo. Lo confirma que quien da el
siguiente
paso decisivo no es un apóstol, sino Felipe, uno de los Siete, mientras
los
apóstoles permanecen en Jerusalén sin ser inquietados (8,14). Surge así
un
escenario probable: los creyentes helenistas formaban un grupo
diferenciado,
con culto y vida en común aparte, dirigidos de hecho por los Siete;
entre ellos
hubo una marcada reacción contra el templo, tipificada por Esteban; los
“hebreos” no compartían esa postura, y mediaba entre ambos una profunda
línea
de falla. Por eso, cuando Esteban fue ejecutado por sus ideas, los
hebreos
seguramente no se sorprendieron ni salieron en su defensa.
La conclusión es que la
persecución se dirigió principalmente contra los seguidores
grecohablantes de
Esteban y no contra la nueva secta en su conjunto. No sorprende que un
Saulo de
la diáspora dirigiera su ímpetu contra otros judíos de ella, vistos
como el
polo opuesto de su excesivo celo. Y como Jerusalén devino luego el
bastión
conservador (Gál 2,12; Hch 21,20), parece que fueron “los hebreos”
quienes
pudieron regresar y rehacerse, manteniendo su vínculo con el templo. En
suma,
la persecución inicial fue una agudización de las tensiones dentro de
la
comunidad grecohablante: fueron helenistas no creyentes quienes, ante
lo que
consideraban blasfemias, tomaron la iniciativa de acabar con ellas bajo
la
dirección de un joven fariseo llamado Saulo.
24.7. La misión de Felipe
Lucas presenta la misión de
Felipe como primer resultado positivo de la persecución (8,4-5). Por el
carácter helenista del relato, este Felipe es uno de los Siete, “Felipe
el
evangelizador” (21,8), no el apóstol. Su éxito principal fue en
Samaría, una de
las regiones de la dispersión, lo que concuerda con el programa de 1,8.
El
éxito samaritano se refleja también en Jn 4,39-42, y no hay razón para
que
Lucas atribuyera por iniciativa propia al oscuro Felipe esa acogida y
la
primera conversión de un gentil; de nuevo construye su narración con
relatos de
iglesias que ligaban sus orígenes a los “dispersos”.
a) Samaría
Para apreciar la importancia hay
que recordar la historia de Judea con Samaría. Parte del Reino del
Norte,
Samaría fue devastada por los asirios en 722 a. C.; el pueblo
entremezclado
allí establecido adoptó la religión del país y se consideró heredero de
Moisés,
conservando su propio Pentateuco y levantando su templo en el monte
Garizín.
Por ello fueron recordados como mal dispuestos hacia los repatriados de
Babilonia. Cuando el asmoneo Juan Hircano amplió el territorio de
Judea,
destruyó el templo del Garizín (128 a. C.), invalidando la forma
samaritana de
la religión de Israel; fue probablemente entonces cuando Ioudaios
empezó a
incluir un contenido religioso (“judío”). El fracaso de la política
asmonea con
los samaritanos contrastó con su éxito en Galilea y acentuó la
obstinación
samaritana. Las tensiones persistieron, reflejadas en la tradición de
Jesús.
Llevarles el anuncio del Mesías fue un paso a través de una gran
divisoria:
traspasar deliberadamente uno de los límites por los que el judaísmo se
definía
como judío y no samaritano.
b) El evangelizador/apóstol de Samaría
Felipe “predicaba al Mesías”
(8,5) y “la Buena Noticia del reino de Dios y el nombre de Jesucristo”
(8,12),
con éxito en exorcismos y curaciones (8,7.13). Varios rasgos proceden
probablemente de las tradiciones recibidas: el uso excepcional de
“Cristo” sin
identificar; la posible conexión con la esperanza mesiánica samaritana
(“el
Taheb”), reflejada quizá en el relieve dado al profeta como Moisés en
el
discurso de Esteban; y la descripción de “señales” —y no del habitual
“señales
y prodigios”— con una viva referencia a la expulsión de malos
espíritus, poco
característica de Hechos.
La impresión de sencillez pronto
se desvanece. Simón, un mago, figura como destacado convertido
(8,9-13), pero
solo para preparar la confrontación de Pedro con él (8,18-24). El
ministerio de
Felipe tiene un defecto: sus convertidos no han recibido el Espíritu,
lo que no
se dice en el relato del éxito en Samaría, sino como un flashback
(8,16), en el
que el protagonismo lo tienen Pedro y Juan, con Felipe ausente. Es como
si dos
relatos se hubieran fundido torpemente en uno.
c) La demora del Espíritu
El episodio es un rompecabezas
para quien estudia la iniciación cristiana. Por Hch 2,38 el proceso
normal
sería arrepentimiento/fe, bautismo y recepción del Espíritu en estrecha
proximidad. Pero aquí hay una desconexión temporal: los samaritanos
“únicamente
habían sido bautizados”, y el Espíritu “aún no” había descendido
(8,16); solo
cuando Pedro y Juan oran e imponen las manos lo reciben (8,15.17). El
episodio
podría atribuirse a Lucas, que quizá quería mostrar que la
evangelización quedó
bajo el control de las autoridades jerosolimitanas; pero el equilibrio
del
relato habla contra una separación arbitraria, y la ausencia de
instrucción
ulterior y de Felipe queda sin explicar (salvo por la tendencia de
Lucas a
fijarse en los actores principales).
Lo importante es que Lucas
entendía la recepción del Espíritu como el factor fundamental para
entrar en la
nueva secta: en todos los casos constituye el momento crucial de la
iniciación.
En los comienzos, recibir el Espíritu se vivía como experiencia
transformadora
y a veces llamativa que precedía y configuraba la fe. Pudo ocurrir que
en
Samaría no funcionara el modelo habitual y faltaran las manifestaciones
del
Espíritu, lo que habría provocado el viaje de Pedro y Juan, no en
estrecha
sucesión con Felipe, sino como medida de la jerarquía jerosolimitana
para
atraer a su círculo movimientos que podían desviarse. El asunto es
incierto,
pero no puede descartarse que el interés teológico de Lucas (subrayar
el papel
central de Jerusalén) coincidiera con un intento real de la jerarquía
de
afirmar su autoridad sobre las ramificaciones del movimiento.
d) La confrontación de Pedro con Simón el Mago
El relato introduce a Simón el
Mago, una de las figuras más interesantes del mundo antiguo. Justino
Mártir,
samaritano como él, lo sitúa en Gitta y refiere que su pueblo lo
veneraba como
Dios supremo; otras fuentes lo identifican con el fundador de los
gnósticos
simonianos. No es posible saber cuánto de esto refleja el relato de
Lucas, que
lo narra desde perspectiva cristiana para mostrar la superioridad del
cristianismo sobre la magia, aunque un encuentro histórico entra dentro
de lo
posible. El título “el Gran Poder” (8,10) suena auténtico: en un
sistema
monoteísta “el Poder” podía referirse a Dios, aunque la noción de un
sistema de
poderes podría anticipar rasgos de los sistemas gnósticos posteriores.
Lucas
distingue cuidadosamente la opinión que Simón tenía de sí mismo de la
opinión
popular sobre él.
Hay un marcado contraste entre
las dos mitades: en la primera, Felipe demuestra ser un canal más
impresionante
de los poderes divinos, y el propio Simón, asombrador del público,
queda
asombrado y se hace bautizar; en la segunda, Simón aparece como un
charlatán
que solo busca aprender los secretos del éxito y comprar el poder de
conferir
el Espíritu (8,18-19). La respuesta de Pedro es un rechazo rotundo:
Simón no
tiene parte en aquello, pues sigue “en la hiel de la amargura” (8,23).
Tras
dejar la puerta entreabierta a un desenlace favorable (8,24), Lucas
corta el
relato abruptamente, quizá deliberadamente, invitando al lector a
buscar el
desenlace. Remata el episodio atribuyendo nueva evangelización
samaritana a
Pedro y Juan (8,25), subrayando que la expansión se hizo bajo
supervisión
apostólica.
e) El primer gentil convertido
Lucas vuelve a Felipe para
narrar la conversión del eunuco etíope (8,26-39), episodio enmarcado
por
intervenciones sobrenaturales: un ángel envía a Felipe hacia Gaza y el
Espíritu
lo arrebata después hacia Azoto, con eco de los relatos de Elías. Su
trascendencia
reside en las dos palabras que describen al personaje: “eunuco etíope”.
Los
eunucos, sin posibilidad de circuncisión, tenían vedado el acceso a “la
asamblea del Señor” (Dt 23,1): el relato comienza con suprema ironía,
pues el
hombre había ido a adorar a Jerusalén pero, como gentil y eunuco, no
habría
pasado del patio de los gentiles. Es en el camino de vuelta donde logra
la
aceptación no obtenida antes: el templo no había sido “casa de oración
para
todas las naciones”, y es la nueva secta mesiánica la que satisface su
aspiración. El tema del templo, presente también en el episodio
samaritano, une
el material de los capítulos 6–8; como Lucas hace tan poco uso del
vínculo,
este debió de existir antes de llegar a sus manos, lo que apoya la
hipótesis de
una perspectiva helenista coherente.
El otro factor es que el hombre
era etíope: Etiopía representaba el límite del conocimiento geográfico,
“los
confines de la tierra”. Así, Felipe podía verse como el primero en
llevar el
Evangelio “hasta los confines de la tierra” (1,8), lo que es extraño en
el
programa lucano, pues inmediatamente después relata la conversión de
Pablo
(nombrado para los gentiles) y la de Cornelio por Pedro (precedente
decisivo).
¿Por qué atribuir entonces la primera conversión de un gentil a una
figura
menor como Felipe? La única respuesta obvia es que así le llegó el
relato: las
fuentes helenistas tenían a Felipe en lugar destacado, y Lucas, fiel a
ellas,
da crédito a lo que lo merece aun a costa de su propio programa. De
nuevo corta
el relato sin final, dejando hilos colgando e invitando al lector a
imaginar la
continuación.
La misión de Felipe.
f) Importancia de la misión de Felipe
Lucas situó a Felipe en su lugar
dentro de la historia más amplia: matizó su éxito en Samaría con el
dato de que
sus convertidos no recibieron el Espíritu por su ministerio, y su
triunfo con
Simón resultó vano. ¿Pretendía minusvalorar la misión de Felipe para
presentarla absorbida por los apóstoles? Tal vez, pero mantuvo a Felipe
fuera
de escena al entrar Pedro y Juan, sin el menor atisbo de crítica ni
enfrentamiento. Por lo demás, todo en el relato es elogio de Felipe:
obtiene el
gran logro inicial; su misión está acompañada de aprobación divina
(señales,
exorcismos, intervención del Espíritu, alegría); su mensaje concuerda
con la
predicación normal, con la primera identificación explícita de Jesús
con el
Siervo de Is 53; y su práctica de bautizar pronto no se presenta como
extraña.
Lo más probable es que Lucas tomara estas noticias de sus fuentes y,
más allá
de integrar a Felipe en la misión jerosolimitana, no encontrara
inconveniente
en ofrecer el relato tal como le llegó. Como Esteban y Bernabé, Felipe
es un
héroe menor sin el cual la historia del cristianismo podría haber
tomado otro
rumbo. Lucas lo finaliza con un Felipe que predica por la costa hacia
Cesarea,
donde se estableció (21,8). Que Lucas no limara los bordes ásperos de
su
material no lo convierte en mal historiador; hizo bien incluyéndolo.
Antioquía de Siria.
24.8. El avance en Antioquía
Tras la misión de Felipe, Lucas
inserta dos series de primera importancia: la conversión de Saulo/Pablo
(9,1-31) y la de Cornelio (9,32–11,18). Estos acontecimientos
transformaron la
nueva secta en un poderoso movimiento misionero más allá de Palestina y
del
judaísmo; sin ellos el cristianismo nunca habría sido lo que Lucas
conoció.
Pero, tras atenderlos, Lucas vuelve a las fuentes de los capítulos 6–8:
así
como 8,4 introdujo la misión de Felipe, 11,19 retoma el hilo para el
avance en
Antioquía.
a) Antioquía
La dispersión tuvo efectos en
Judea, Samaría y Damasco, pero sobre todo a lo largo de la costa, con
Antioquía
junto al Orontes como destino más obvio. Antigua capital seléucida, era
ahora
capital de la provincia romana de Siria, sede de la defensa del flanco
oriental
y tercera ciudad del Imperio tras Roma y Alejandría, con entre 150.000
y
400.000 habitantes. A la provincia correspondía la supervisión de
Palestina;
Pilato era responsable ante el gobernador residente en Antioquía. Era,
pues, la
capital política y cultural de la región y base obvia para cualquier
movimiento
expansivo. Famosa por su proximidad a Dafne, sede de un culto a
Artemisa y
Apolo, era vista por los romanos tradicionalistas como fuente de
decadencia
(“vida disoluta”), y en ella estaba bien establecido el culto al
emperador.
Antioquía mantenía fuertes
vínculos con Judea, y muchos judíos se habían establecido allí,
favorecidos por
los gobernantes sirios, con derecho a mantener sus costumbres. Josefo
señala
que Siria, y en concreto Antioquía, tenía el mayor porcentaje de
habitantes
judíos; los residentes judíos serían unos treinta mil. El dato más
interesante
es que los judíos “atraían constantemente a sus ceremonias a multitudes
de
griegos”, haciéndoles compartir en cierta medida su suerte. Es en
Antioquía
donde encontramos por primera vez en medida significativa el fenómeno
de los
“judaizantes”, “temerosos de Dios” o “adoradores de Dios” gentiles,
integrados
hasta cierto punto en la comunidad judía y participantes en las
actividades de
las sinagogas. Esta coincidencia de judíos y no judíos fue factor
principal en
lo que sigue.
b) Predicación a los griegos/grecohablantes
Según Lucas, los helenistas
dispersos “no predicaban la Palabra más que a judíos” (11,19), pero
algunos
“chipriotas y cirenenses” en Antioquía hablaban “también a los griegos”
(11,20). Dos aclaraciones: la mención de chipriotas y cirenenses no
implica que
solo ellos fueran de la diáspora, sino que fueron los recordados por
tomar la
iniciativa; y respecto a los destinatarios, la lectura más antigua es
“grecohablantes” (Hellēnistas), aunque la alternativa
“griegos/gentiles”
(hellēnas) ofrece el contraste paulino habitual. Prescindiendo de lo
que
escribiera Lucas, la clave está en el contraste entre la predicación
limitada a
“los judíos” y la que incluía “también a los hellēnistas/hellēnas”,
recalcando
el avance que suponía esa expansión. Lucas usa Hellēnistai sobre todo
como
indicador de lengua, y es el contexto el que precisa de qué
grecohablantes se
trata: discípulos en 6,1, judíos no creyentes en 9,29 y, en 11,20,
griegos/gentiles distintos de los “judíos”, a la luz de las noticias de
Josefo,
los numerosos gentiles “temerosos de Dios” vinculados a la sinagoga.
Aunque la innovación aparezca
poco destacada —quizá porque, desde la perspectiva del narrador, no era
tan
importante como la conversión de Cornelio—, difícilmente puede
exagerarse su
importancia. El judaísmo no era una religión misionera: fariseos y
esenios
atraían a otros judíos a un cumplimiento más estricto, pero no buscaban
que los
gentiles adoptasen sus prácticas. Israel acogía a temerosos de Dios y
prosélitos y esperaba la afluencia escatológica de las naciones a Sion,
pero no
salía a buscar la incorporación de gentiles. Por eso lo que empezaron a
hacer
los helenistas fue insólito: una de las características del
cristianismo
primitivo es que surgió del judaísmo del Segundo Templo como secta
misionera.
Hay que imaginar a numerosos
gentiles antioquenos hechos creyentes y bautizados, plenamente
admitidos a
pesar de su falta de circuncisión, como resume “la gracia de Dios”
percibida
por Bernabé (11,23). Obtenían así una aceptación e integración nunca
dispensadas
por la sinagoga: el temeroso de Dios podía llegar, incluso sin
circuncisión, a
ser miembro pleno de una secta judía, innovación destinada a llevar a
esa secta
a un choque frontal con el judaísmo dominante. Una conversión aislada
como la
de Cornelio podía verse como anomalía, pero un rápido crecimiento de
tales
conversiones tenía que crear tensión. Probablemente no hubo hondas
meditaciones
previas: el éxito se interpretó como signo de la gracia de Dios.
Cualesquiera
que fueran los detalles, la misión a los gentiles comenzó con los
helenistas en
Antioquía, cruzando allí un Rubicón; Lucas atribuye principalmente a
Pedro ese
éxito (de ahí la minuciosidad del episodio de Cornelio), pero conserva
la
versión helenista al lado de la suya, dándole otra importancia.
c) El papel de Bernabé
Reaparece uno de los personajes
menores más destacados. Bernabé figuraba ya fuera del círculo
apostólico
(4,36-37), acabó con las sospechas hacia Pablo en Jerusalén (9,26-27) y
luego
aparece como dirigente de la iglesia de Antioquía (13,1-2). Hombre de
valía,
con propiedades en Jerusalén y Chipre, pudo estar entre los que huyeron
o, por
su relevancia social, librarse de las medidas más severas. Lucas relata
que “la
iglesia de Jerusalén” lo envió a Antioquía a inspeccionar (11,22), lo
que
plantea a la jerarquía interrogantes similares a los del éxito de
Felipe en
Samaría y concuerda con el interés de Lucas en presentar la expansión
como
aprobada desde Jerusalén; pero Gál 2,12 confirma la posibilidad de
tales
delegaciones. A diferencia de Samaría, aquí Bernabé queda totalmente
satisfecho
de lo que ve, como Pedro lo había estado con Cornelio.
Son nuevos indicios de la
perspectiva de las fuentes helenistas o antioquenas. Bernabé desempeñó
un papel
importante: se estableció en Antioquía y se convirtió en miembro
dirigente
(11,25-26; 13,1-2), recordado como “hombre bueno, lleno del Espíritu
Santo y de
fe”, que ayudó a consolidar la expansión y, como hombre de buena
posición bien
considerado en Jerusalén, sirvió de lazo de confianza entre ambas
iglesias.
Esto aflora ya en el viaje de Bernabé y Saulo a Jerusalén con ayudas
contra el
hambre (11,27-30). El relato lucano sobre los comienzos de Antioquía
debe
basarse en recuerdos de primera mano referidos con fidelidad, aunque en
brevísimo esbozo.
d) Los primeros “cristianos”
Otro aspecto notable es la
indicación final de que “fue en Antioquía donde, por primera vez, los
discípulos fueron llamados ‘cristianos’” (11,26). Los otros nombres
—“el
Camino”, “la secta de los nazarenos”— los veían como movimiento dentro
del
judaísmo, pero Christianoi era una formación nueva. Es la forma griega
del
latín Christiani, lo que indica que el nombre fue acuñado por alguien
de lengua
latina o habituado a ella, probablemente las autoridades romanas, de
modo
análogo a “herodianos” o “cesarianos”: los “cristianos” eran percibidos
como
partidarios de “Cristo”. El término aparece inicialmente en textos
referidos a
Siria y Palestina.
Su importancia es doble:
confirma que el crecimiento en Antioquía tuvo carácter suficientemente
público
para atraer la atención de las autoridades, vigilantes ante grupos
subversivos,
y que la afirmación de que Jesús era el Mesías (Christos) era
característica de
esa comunidad. De ello se sigue, primero, que Christos fue entendido
como
nombre propio y no como título —sea por desconocer los griegos su
sentido
mesiánico, sea por la frecuente mención de “Cristo Jesús”, lo que
explicaría
que en Pablo el sentido titular esté borroso—, y quizá los cristianos
antioquenos oscurecieron las connotaciones políticas del nombre para
evitar la
asociación Mesías = rey. Segundo, la designación no implica
necesariamente que
se les viera como religión nueva o comunidad totalmente aparte de las
sinagogas: con tantos judíos en la ciudad, había numerosas asambleas, y
cuesta
pensar que los cristianos fueran pronto distinguibles de los grupos
mixtos. Más
probablemente el nombre fue acuñado por judíos de la diáspora y sus
judaizantes.
Es irónico que “cristiano” derivara de la necesidad de las recelosas
autoridades; la lentitud con que lo adoptaron los propios designados
sugiere
que no era de su gusto, pero arraigó al fin.
e) ¿Cuándo ocurrió todo esto?
Como en muchos capítulos
esenciales, surge la pregunta de la datación. Dado que la iglesia de
Antioquía
ya era misionera no después de mediados de los cuarenta (13,1-3) y
estaba bien
establecida antes del incidente de Antioquía (Gál 2,11-17), el éxito
misionero
allí ocurrió dentro de la década de los treinta, antes de los diez
primeros
años del cristianismo; y si Saulo perseguía ya a los dos o tres años de
la
crucifixión, debió de acontecer hacia la mitad de los años treinta. La
ordenación lucana impide mayor precisión. Cabe preguntar si Lucas
reflejó
suficientemente lo sucedido: en su deseo de atribuir a Pedro el éxito
prototípico con los gentiles, ¿optó por no reconocer que el gran avance
aconteció en Antioquía y por no dar relevancia a los helenistas
anónimos y a
Bernabé? Las razones para considerar de extraordinaria magnitud el
éxito
antioqueno son: fue la primera vez que el Evangelio penetró en una gran
ciudad
del Imperio; sirvió de trampolín para una amplia misión entre gentiles;
se
lograron allí las primeras conversiones de gentiles sin circuncisión en
número
sustancial; y se formaron las primeras comunidades mixtas de creyentes
judíos y
no judíos. En Antioquía el movimiento inició una mutación a través de
los
helenistas —del relato que empieza con “helenistas” y termina con
“cristianos”—, por lo que a partir de allí empieza a ser apropiado
llamar
“cristianismo” al nuevo movimiento.
24.9. ¿Una teología helenista/antioquena?
¿Es posible identificar a esta
distancia algo que podamos llamar la teología y praxis de la iglesia
antioquena
o de los helenistas? El empeño corre el riesgo de aspirar a mucho paño
con poco
hilo, pero hay indicios cuya utilización conjunta puede resultar útil.
a) La tradición de Jesús en griego
El punto de partida es la
condición grecohablante de los helenistas: el mensaje que los ganó tuvo
que
llegarles en griego, de manos de evangelizadores bilingües capaces de
traducir
las enseñanzas de Jesús. Este proceso de verter la tradición aramea al
griego
pudo iniciarse durante la propia misión de Jesús, probablemente de modo
informal y oral, dependiente de los pocos discípulos bilingües, pero
parece
haber estado en marcha desde el inicio. La traducción introdujo
inevitablemente
mayor variación, pues pocas palabras tienen correspondencia exacta
entre
lenguas; ello no implica que la sustancia quedara alterada ni que se
disipara
el control de los primeros testigos, pues los grecohablantes debían ser
instruidos en las creencias de la secta. La variabilidad perceptible
aún en los
sinópticos podría remontarse en parte a esos primeros intentos de
traducción.
Algunos rasgos pueden atribuirse
a los helenistas con cierta probabilidad: el paso de “hijo de hombre” a
“el
Hijo del hombre”, en parte resultado de traducir un giro arameo poco
familiar
(la expresión titular fuera de los evangelios solo aparece en labios de
Esteban, 7,56); la secuencia de Mc 2,1–3,6, centrada en la autoridad
del Hijo
del hombre; la adición de Mc 2,20 sobre la reanudación del ayuno, quizá
tras
perder confianza en un regreso inminente al huir de Jerusalén; la
crítica de la
pureza ritual de Mc 7,15.19, ligada al templo; la explicitación de la
“purificación del templo” con vistas a su papel como casa de oración
“para
todas las naciones”; el uso de cheiropoiētos en Mc 14,58; y la
descripción del
Hijo del hombre “en pie a la derecha de Dios” (7,56), fusión de Dn 7,13
y Sal
110,1. Cabe incluso preguntarse si se deben a ellos las primeras
agrupaciones
de enseñanzas (en griego) que pasaron a la fuente Q.
b) Cristología y teología en desarrollo
La traducción acarreó cierta
mutación en el lenguaje teológico y litúrgico. La transición del
Messias arameo
al Christos griego contribuyó a que el nombre perdiera su sentido
titular. En
cambio, el tratamiento a Jesús como mar, “Señor”, ganó resonancia
traducido
como kyrios, dado su uso en los cultos griegos: Esteban invoca a Jesús
como
“Señor” con autoridad para perdonar pecados (7,59-60), aunque
distinguido de
“la gloria de Dios” y descrito “en pie” y no sentado. La referencia al
profeta
como Moisés y al Hijo del hombre sugiere que los helenistas adoptaron
inicialmente formulaciones cristológicas de los primeros creyentes de
Jerusalén. Algunas fórmulas confesionales e hímnicas reflejadas por
Pablo
podrían remontarse a helenistas activos en Antioquía. También es digna
de
mención la referencia a Dios como ho hypsistos, “el Altísimo” (7,48),
título
griego habitual; el uso de los LXX, con su mayor alcance; y la fórmula
“bautizados en el nombre de” (8,16), quizá interpretada en analogía a
una
transacción comercial.
c) Actitud con respecto al templo
Una segunda característica de
las tradiciones helenistas es su actitud crítica hacia el templo.
Esteban se
hace eco de las palabras de Jesús sobre su destrucción, y el discurso
describe
el lugar como idolátrico; Felipe evangeliza a los samaritanos, que
atesoran la
memoria de su destruido templo del Garizín, y bautiza a un eunuco
inadmisible
en el templo de Jerusalén. Esa crítica incluía probablemente una
crítica de la
práctica tradicionalista de los hebreos, que seguían frecuentándolo.
Como
judíos de la diáspora, los helenistas estaban acostumbrados a vivir su
religiosidad con independencia del templo, por lo que las raíces de una
actitud
diferente, como la de Pablo, estaban hundidas en suelo helenista.
¿Acompañaba a esa crítica una
teología de la muerte de Jesús como sacrificio que hacía superfluo el
culto del
templo? La continua asistencia de los primeros discípulos indica que
ellos no
veían obsoleto ese culto; pero si los helenistas le dieron la espalda,
pudo ser
porque ya habían desarrollado una visión de la muerte de Jesús como
sacrificio
definitivo, o porque esa teología resultó de su rechazo del templo.
Pudo
influir también que la teología del martirio arraigara con fuerza en la
diáspora, llevando a entender la muerte de Jesús según 4 Macabeos,
desde el Día
de la Expiación. Que solo a Felipe se atribuya la identificación de
Jesús con
el Siervo de Is 53 (8,32-35) podría reflejar una reflexión helenista
más
completa. Todo ello es relevante para la cuestión de si el Evangelio
que
aprendió Pablo, “que Cristo murió por nuestros pecados” (1 Cor 15,3),
era una
formulación helenista, sin que esto implique que tal teología fuera
rechazada
en Jerusalén.
d) Creciente apertura misionera
Dos aspectos implican voluntad
de desarrollar la interpretación de la tradición: el uso de las
Escrituras
judías en griego, con el mayor alcance de los LXX (reflejado, por
ejemplo, en
el uso de la Sabiduría de Salomón en Rom 1–2), y el comienzo de la
conexión con
las filosofías y religiones griegas, al que el establecimiento en
Antioquía
debió de llevarles. No debe minusvalorarse el contraste entre una
iglesia
jerosolimitana apegada a sus raíces, sin iniciativa de llevar el
Evangelio
fuera, y una dispersión helenista que lo difundía con éxito. Es posible
que su
alejamiento del templo fuera también un alejamiento de la esperanza de
una
parusía inminente en el templo, y un convencimiento creciente de que la
Buena
Noticia debía difundirse antes del regreso de Cristo. Lo indudable es
que el
comienzo de la misión cristiana, en sentido estricto, debe anotarse en
la hoja
de servicios de los helenistas: probablemente se debe a ellos que la
nueva
secta se hiciera evangelizadora, desarrollando el primer esfuerzo
misionero
sostenido de la historia de Israel. Esto ayuda a explicar la distinción
de 1
Cor 15,5-7 entre “los Doce” y “todos los apóstoles” si “apóstol” tenía
el
sentido de “misionero”: la percepción paulina del apostolado pudo verse
influida por su relación inicial con helenistas.
e) El impacto del Espíritu
Un rasgo notable de estas
fuentes es la prominencia del Espíritu. La descripción de personajes
“llenos
del Espíritu” como característica duradera —distinta del “lleno del
Espíritu”
ocasional típico de Lucas— sugiere una idea distinta de cómo opera el
Espíritu:
los helenistas lo concebían quizá morando en los creyentes, con una
“plenitud”
evidenciada en liderazgo (6,3), testimonio eficaz (6,5.10), visión
(7,55) y
disposición a reconocer la gracia de Dios (11,23-24), como marca
principal de
su presencia. Una diferencia similar distingue a Lucas de Pablo, por lo
que
aquí podría estar la base de la idea paulina.
Esto se refuerza con la
prominencia del término “gracia”, destacando el paralelo entre Hch
11,23-24 y
Gál 2,8-9: la gracia se manifestaba tan claramente en la exitosa
evangelización
de helenistas anónimos y de Pablo que los apóstoles “columnas” tuvieron
que
reconocerla, como Bernabé en Antioquía. Es más probable que Pablo
tomara el
término “gracia” —que casi resume su teología— de los helenistas que a
la
inversa. Hay que reconocer la decisiva importancia de que se viera la
mano de
Dios en la conversión de gentiles incircuncisos, aceptados como
miembros plenos
casi solo sobre la base de haber recibido el Espíritu: dadas las
seculares
tradiciones sobre cómo admitir a no judíos en el qahal Israel,
prescindir de
ellas exigía una señal divina irrefutable. El Espíritu y la gracia
manifiestos
en los convertidos gentiles eran esa prueba segura, suficiente para
convencer
hasta a los creyentes judíos tradicionalistas.
f) Actitud con respecto a la Ley
Más ambigua es la actitud hacia
la Ley. Lo esencial de su crítica se dirigía contra el templo, pero esa
actitud
se reflejaba inevitablemente en otros elementos de la Torá, sobre todo
la
pureza ritual y los diezmos sacerdotales, ligados al servicio del
templo. Como
los mandamientos solían verse interconectados, esa despreocupación
revela al
menos un comienzo de desapego y el reconocimiento de que la Ley —y en
particular la circuncisión— no debía considerarse vinculante para todos
los
convertidos gentiles. Las referencias positivas a Moisés en el discurso
indican
que ese desapego no era aún muy marcado, por lo que la crítica de Pablo
es una
radicalización de la postura helenista.
¿La aceptación de que la
circuncisión era innecesaria implicaba desentenderse de la Ley? Solo en
cierta
medida. Los numerosos testimonios del Espíritu bastaron para eliminar
dudas
incluso entre judíos fieles a la Torá; y la prontitud de los creyentes
antioquenos
en situarse del lado de Pedro y del “grupo de Santiago” en el incidente
de
Antioquía (Gál 2,11-14) indica poca voluntad de perseverar en una
“crítica
radical de la Ley”. Hubo, pues, una fase intermedia, entre Santiago y
Pablo, en
que los helenistas pudieron vivir con la anomalía de un Evangelio que
no
imponía la circuncisión y a la vez les permitía considerarse miembros
de una
secta del judaísmo del Segundo Templo. Esa situación se reflejaba en la
actitud
más relajada de la iglesia de Antioquía, donde judíos y gentiles
cristianos
comían juntos libremente (Gál 2,12) antes de la intervención del “grupo
de
Santiago”; práctica atribuible a los helenistas y aprobada
implícitamente por
Bernabé. La posterior confrontación entre Pedro y Pablo probablemente
venía
cociéndose desde tiempo atrás.
g) Eclesiología
Al trasladar al griego la
tradición de Jesús saltó a primer plano la palabra ekklēsia, “iglesia”.
¿Puede
detectarse un concepto helenista distintivo de iglesia y orden
eclesial?
Depende de cómo se perciba la elección de los Siete (6,3-6): si eran
helenistas
y jefes de los helenistas, constituyen una estructura paralela y
distinta de
“los apóstoles”, elegidos por los discípulos y nombrados por los
apóstoles. El
ministerio aparece así en desarrollo, y, si su papel iba más allá de
administrar bienes (dar testimonio, evangelizar), en una dirección no
jerárquica y carismática.
Puede deducirse más de Hch
13,1-3. En un tiempo en que Santiago era ya el líder indiscutido de
Jerusalén y
parecía establecerse el modelo sinagogal de ancianos, la iglesia de
Antioquía
figura dirigida por un grupo de cinco “profetas y maestros”, con un
culto que
incluye ayuno, atención a la voz del Espíritu y disposición a enviar
misioneros. Esto difiere del modelo de Jerusalén y prepara el
ordenamiento más
carismático de las iglesias paulinas. Que solo se hable de “profetas” y
“maestros” supone un equilibrio necesario: apertura a nuevas
percepciones del
Espíritu y lealtad a la tradición enseñada. Notable es la diversidad
del grupo:
Bernabé, Simeón “Níger”, Lucio de Cirene, Manaén —criado junto a
Herodes
Antipas— y Saulo; que ninguno coincida con los de 6,5 no prueba nada en
contra
del origen helenista, pues en una misión en desarrollo surgen
continuamente
nuevos líderes.
Pese al terreno especulativo,
cabe la firme conclusión de que la fundación de la iglesia de Antioquía
constituyó el mayor avance visto hasta ahora en el desarrollo del
cristianismo.
Cualesquiera que fuesen los detalles del episodio de Esteban y la
dispersión,
el resultado fue el comienzo de la transformación de la secta en
movimiento
misionero. De las filas helenistas surgieron evangelizadores que
llevaron la
Buena Noticia más allá de Judea y luego a Antioquía, la principal
metrópoli de
la región. La iglesia fundada allí estaba en alguna medida entre lo
judío y lo
griego, y de sus dirigentes surgió el apóstol de los gentiles,
Saulo/Pablo, que
dejaría una impronta decisiva en la eclesiología y la teología
cristianas. Sin
los oscuros emprendedores e innovadores de 11,20, la secta del Nazareno
nunca
habría llegado a ser el “cristianismo”.
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