El
cristianismo en sus comienzos. Tomo II. Comenzando desde Jerusalén
Séptima parte. La primera fase
Capítulo 25. El surgimiento de Pablo
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
Después de Jesús, la figura más
importante en los comienzos del nuevo movimiento es el fariseo Saulo,
convertido en el apóstol Pablo, hasta el punto de haber sido descrito como el
verdadero fundador del cristianismo. La razón es sencilla: cuanto más se sitúa
a Jesús dentro del judaísmo del Segundo Templo y más se considera el
cristianismo primitivo como una simple secta mesiánica de ese judaísmo, más
admirable resulta la transición al cristianismo predominantemente gentil del
siglo II en adelante; y si hubo una persona responsable de esa transición más
que ninguna otra, fue Pablo, el “apóstol de los gentiles” (Rom 11,13). Su
aparición en escena representa un momento de extraordinaria trascendencia y
exige más atención que la dedicada a Bernabé, Santiago o incluso Pedro.
No está del todo clara la
interrelación de la aparición de Pablo con otros sucesos de los primeros diez
años. Lucas insertó el relato de la conversión de Pablo dentro de la expansión
helenista (tras la evangelización en Samaría, pero antes del avance en Antioquía)
y antes de la misión de Pedro. Aunque conviene seguir cada ramal de tradición
por separado, no hay buena razón para alterar el orden general, de modo que,
tras el relato helenista hasta el establecimiento en Antioquía (11,19-26), se
retrocede ahora para ocuparse de Pablo, como hizo Lucas en el capítulo 9. La
cronología de Saulo/Pablo puede establecerse con notable seguridad, con un
margen de pocos años, pero su punto fijo más firme se halla aún algo más
adelante, por lo que su consideración completa se pospone.
25.1. La juventud y educación de Saulo
a) Fecha de nacimiento
Solo hay dos pistas sobre la
edad de Pablo. En Hch 7,58 se le llama “joven” (neanias), término que podía
designar a alguien entre veinticuatro y cuarenta años; aun siendo estimación
lucana, la posterior relación personal de Lucas con Pablo da cierta validez a
esa descripción hacia el año 31 d. C. En Flm 9 él mismo se describe como
“anciano” (presbytēs), segunda edad de más años (50-56) según la división común
de la vida en siete edades; pero la incertidumbre sobre la fecha de Filemón
(Éfeso o Roma) y sobre el sentido real o figurado del término impide precisar.
Un cálculo estricto situaría el nacimiento hacia el 2 a. C.–4 d. C. (lo más
probable) o algo después. En cualquier caso, esta cuestión no influye mucho en
el desarrollo de la historia.
b) Tarso
Por Lucas sabemos que Saulo
nació en Tarso (Hch 22,3); aunque Pablo nunca menciona el lugar, las otras
referencias de Hechos a Tarso se explican mejor suponiendo que Lucas disponía
de información fiable sobre la estrecha relación de Pablo con esa ciudad (9,30;
11,25; 21,39).
c) ¿Ciudadano romano?
Más consecuencias tiene la
cuestión de si Saulo era ciudadano romano, como dice Hch 22,25. Algunos lo
niegan por considerar improbable que un judío alcanzara esa ciudadanía, porque
Pablo no la menciona y porque un ciudadano no podía ser azotado con varas (2
Cor 11,25). Pero nada lo impedía en principio: el esclavo de un ciudadano la
obtenía al ser manumitido, y es concebible que Saulo descendiera de un judío
esclavizado por Pompeyo en 63 a. C. y luego liberado y dotado de ciudadanía, o
que su familia la obtuviera por servicios o por compra. Durante la última
República la ciudadanía se concedió más ampliamente como medio de mantener
unido el imperio. El conflicto entre Hch 22,25 y 2 Cor 11,25 no debe
sobreinterpretarse, pues pudo haber incidentes en que su ciudadanía no se
revelara o no fuera creída; y, sobre todo, sin la apelación al César basada en
esa ciudadanía es difícil explicar el traslado de su caso a Roma. La ciudadanía
pudo darle mayor audacia y contribuir a su envío a Roma (Hch 25,11-12).
d) Pablo el judío
Se llega a terreno más firme con
Flp 3,4-5, donde Pablo expresa su “confianza en la carne” enumerando sus
credenciales, alarde difícil de inventar: “circuncidado al octavo día” (Gn
17,12), lo que muestra que para Pablo la circuncisión era la característica
definitoria de la pertenencia al pueblo de la alianza y señal de distinción
frente al ambiente no judío; “miembro del pueblo de Israel”, descendiente
directo de los patriarcas y no prosélito, con la identidad étnica como base de
su confianza; “miembro de la tribu de Benjamín”, motivo de orgullo, pues solo
Benjamín nació en la tierra prometida y su tribu permaneció fiel a Judá; y
“hebreo de hebreos”, intensificación que refleja su primitiva determinación de
mantener la identidad étnica e identificarse con los orígenes de su pueblo.
Todo ello indica que fue educado desde el principio como judío devoto y
practicante, con un hogar piadoso equivalente al de un judío ortodoxo de la
diáspora.
e) Pablo el helenista
Que Tarso fuera un centro
intelectual helenístico ha alimentado especulaciones sobre la sujeción de Pablo
a influencias helenizantes, atribuyendo a su formación tarsiota tanto su
habilidad retórica como su enseñanza sobre la muerte y resurrección o sobre los
sacramentos, supuestamente modelados según los cultos mistéricos. Pero es casi
imposible creer que el autor de Flp 3,4-5 fuera “helenista” en el sentido de
integrar la religión de Israel en la cultura helenística; ese “hebreo” habría
rechazado tal epíteto salvo como simple “grecohablante”. Son pocos los indicios
de educación clásica duradera: Pablo no comparte la alta valoración griega de
la “virtud” ni muestra conocer la literatura clásica; sus máximas filosóficas
eran lugares comunes, y su capacidad retórica pudo adquirirla escuchando
oradores, sin necesidad de una educación formal en Tarso, máxime cuando la
retórica se enseñaba en todo el mundo de lengua griega.
f) Educación en Jerusalén
Hay un prolongado debate sobre
si Pablo se educó en Tarso o en Jerusalén. Los textos clave son Hch 22,3
(“nacido en Tarso…, pero formado en esta ciudad, educado estrictamente en la
Ley… a los pies de Gamaliel”) y 26,4. Van Unnik observó que los tres participios
de 22,3 corresponden a las tres etapas —nacimiento, crianza, educación— y que
la crianza tuvo lugar “en esta ciudad”, que solo puede significar Jerusalén;
ello implica que Saulo recibió su formación básica allí, adonde habría sido
llevado tempranamente (una hermana suya vivía en la ciudad, 23,16). La última
oración de 22,3 alude a su educación superior, y akribeia (“exactitud”)
caracteriza el intento farisaico de interpretar y observar la Ley con
escrupulosidad.
La narración lucana coincide con
la descripción de Pablo en Flp 3,5-6 y Gál 1,13-14: “en cuanto a la Ley,
fariseo”, con sus connotaciones de rigurosidad (hacerse fariseo era elección,
no nacimiento, y la formación solo podía obtenerse en Jerusalén, por lo que
hablar de fariseos residentes en la diáspora es una contradicción); “en cuanto
al cumplimiento de la Ley, intachable”, expresión de confianza que no significa
vida “sin pecado”, sino conforme a las exigencias de la Ley, lo que Sanders
llama “nomismo pactal”; y “progresé en el judaísmo más que muchos… por mi
extraordinario celo por las tradiciones de los antepasados”, donde aparece un
elemento de competición que evoca el ambiente entusiasta de los estudiantes
fariseos. La estrecha correspondencia entre los recuerdos de Pablo y lo
referido por Lucas hace casi absurdo dudar de que Pablo pasó sus años más
formativos educándose en Jerusalén. En alguna etapa aprendió el oficio de
fabricante de tiendas (Hch 18,3), coherente con su capacidad de mantenerse por
sus manos, aunque no necesariamente como parte de su educación. Sobre un
posible matrimonio no hay información suficiente.
g) En suma
Los datos invitan a imaginar a
Saulo como un joven notable con raíces en la diáspora y en Jerusalén: nació en
una ciudad de la diáspora importante, mantuvo allí su ciudadanía, su familia
pudo tener alta posición en Tarso, regresó a esa ciudad tras su conversión (lo
que indica continuidad de lazos familiares) y su dominio del griego no es el de
un segundo idioma, con los LXX como Biblia de elección. Su inmersión en la
cultura helenística no se limitó a sus primeros años: podía desenvolverse con
soltura en ese contexto como judío observante o como neófito cristiano. Al
mismo tiempo, su nacimiento y primeros años en Tarso le dieron las fuertes
raíces de un judío intensamente devoto. Lo natural es que un joven con
potencial académico y compromiso religioso fuera enviado a Jerusalén en su
adolescencia para su educación principal, donde, como fariseo en ciernes,
superó a los demás en celo por la Ley y las tradiciones, viviendo en estricta
coherencia con la Torá y las halakot farisaicas.
25.2. “El perseguidor” (Gál 1,23)
No hay duda de que Saulo estuvo
muy implicado en la persecución del movimiento cristiano embrionario,
conclusión independiente de Hch 8,3 y 9,1-2 y basada en su propia confesión:
“perseguí a la Iglesia de Dios” (1 Cor 15,9), “la perseguía encarnizadamente y
trataba de destruirla” (Gál 1,13), “en cuanto al celo, perseguidor de la
Iglesia” (Flp 3,6). Además, las propias iglesias lo recordaban así: “nuestro
antiguo perseguidor predica ahora la fe que antes trataba de destruir” (Gál
1,23).
a) ¿Con la autoridad de quién?
No cabe suponer que un joven
fariseo tuviera por sí mismo autoridad para arrestar, pues los fariseos
carecían de autoridad como tales en la sinagoga del siglo I, y la autoridad
civil delegada por Roma recaía en el sumo sacerdote y su círculo. Pero algunos
fariseos principales eran llamados a asambleas convocadas por el sumo sacerdote
y se incorporaban a delegaciones, de modo que cabe imaginar a un ardoroso joven
fariseo que, con el apoyo de la policía del templo, recibe permiso para
reprimir esas ideas. La referencia a que se le dio autoridad para buscar en
Damasco seguidores del Camino (9,1-2) suele considerarse dudosa —¿qué
jurisdicción tenía el sumo sacerdote en otra ciudad?—, pero puede haber más de
lo que parece: la iniciativa se atribuye al propio Saulo, que pide cartas para
“las sinagogas”; y el sumo sacerdote, sin jurisdicción formal sobre ellas,
disponía de medios de presión (su autoridad máxima en disputas y el control del
templo como “banco central” del judaísmo). Todo ello da a la referencia lucana
más credibilidad de la habitual.
En cuanto a la dureza de la
persecución, Lucas dice que Saulo “hacía estragos en la Iglesia” (8,3), andaba
“respirando amenazas y muerte” (9,1) y emitía su voto contra los condenados a
muerte (26,10), lo que parece ir más allá de la disciplina sinagogal de los
“cuarenta azotes menos uno” (2 Cor 11,24). El propio Pablo describe su celo con
intensidad similar: perseguía “en grado extraordinario” y “trataba de destruir”
(eporthoun) la Iglesia, verbo que suele encerrar la idea de destrucción
violenta. No puede excluirse el uso de la fuerza bruta; cabe imaginar una
acción policial limitada con respaldo sumosacerdotal y, fuera de su
jurisdicción, a Pablo urgiendo a los jefes de sinagoga a castigar con todo
rigor a los seguidores obstinados del Camino. Atenuar más esta lectura sería
vaciar el lenguaje paulino de su significado.
b) ¿Por qué perseguía Saulo?
Tradicionalmente se daban tres
respuestas: se oponía a la proclamación como Mesías de un crucificado (a quien
Gál 3,13 sugiere vería como maldecido por Dios, lo que haría blasfemo llamarlo
Mesías); objetaba la recuperación helenista de la crítica de Jesús al templo
(6,14; 7,48); y consideraba que los cristianos infringían y abandonaban la Ley,
amenazando al judaísmo, lo que concuerda con su “extraordinario celo”. Cada
razón entró de algún modo en su impulso, pero ¿son explicación suficiente? “Los
hebreos” pudieron seguir en Jerusalén pese a confesar a Jesús como Mesías; para
muchos judíos de la diáspora el templo tenía importancia marginal; y respecto a
la Ley, el estudio de los helenistas (§ 24) mostró que en un principio no se la
cuestionaba tan negativamente como haría Pablo después (Ananías de Damasco es
descrito como “hombre piadoso según la Ley”). Cabe preguntarse, pues, si estos
factores bastan, y la respuesta apunta a una dimensión pasada por alto: el
“celo” al que Pablo atribuye explícitamente su persecución.
c) Saulo el celante
Si una palabra caracteriza a
Saulo antes de su conversión es “celo”, punto en que Lucas y Pablo concuerdan
plenamente (Hch 22,3-4; Gál 1,13-14; Flp 3,6). No hay que inferir que se
declarara miembro del partido de “los zelotas”, que no adquirió ese sentido
hasta veinticinco o treinta años después; lo notable es que recordaba su celo
como expresado sobre todo en la persecución. La pista está en el uso del tema
“celo” (qn’) en la Torá: el propio Yahvé es “celoso” al exigir que Israel no
adore a ningún otro dios. Esos celos de Yahvé eran el modelo del celo de
Israel: un ardiente deseo de conservar su identidad como pueblo elegido y
proteger su santidad frente a las naciones, expresado a veces en acciones
violentas. El héroe más famoso es Pinjás, que mató al israelita y a la
madianita “porque tenía celo por Dios” (Nm 25), reflejo directo de los celos de
Yahvé y modelo de los zelotas posteriores.
Otros héroes celebrados por su
celo confirman el patrón: Simeón y Leví en la matanza de los siquemitas; Elías
en su victoria sobre los profetas de Baal; Matatías, que “inflamado de celo”
emuló a Pinjás y desencadenó la rebelión macabea (1 Mac 2); Qumrán, con su celo
dirigido contra los “productores de iniquidad”; Filón, que habla de “miles…
celosos de las leyes, inexorables con los que las subvierten”; y la Misná, que
autoriza a los celantes a caer sobre el transgresor. Tres rasgos distinguen
esta tradición: surge ante la realidad de que muchos judíos no observaban la
Ley, amenazando el carácter elegido de Israel; podía dirigirse tanto contra
judíos acomodaticios como contra extranjeros; y generalmente implicaba
violencia y derramamiento de sangre.
Estos tres rasgos son
manifiestos en la actividad persecutoria de Pablo, dirigida contra otros judíos
(los helenistas) y recordada como feroz. El corolario es la respuesta a la
pregunta inicial: Saulo perseguía porque consideraba a los helenistas una amenaza
para la condición de Israel como pueblo separado para Dios, lo que también cabe
describir como celo por la Ley en su función de baluarte contra las
corrupciones externas. No hace falta suponer que los helenistas hubieran
emprendido ya la misión a no judíos: bastaba el menosprecio del templo (Hch
6,14; 7,48), el eco de las políticas helenizantes que provocaron a Matatías y
el dato de que Pablo pretendía continuar su represión en las sinagogas de
Damasco. Así, su celo persecutorio no provenía solo del afán de que se guardara
la Torá, sino de una radical determinación de defender la santidad de Israel
atacando a los judíos que, a su juicio, empezaban a derribar las barreras que
lo mantenían aparte.
25.3. “Estando ya cerca de Damasco, hacia el mediodía”
La tradición de que Saulo se
convirtió “en el camino de Damasco”, probablemente a los dos o tres años de la
crucifixión, está bien establecida. Aunque Pablo nunca dice dónde ocurrió, las
implicaciones de Gál 1,17 (fue luego a Arabia y “volvió” a Damasco) concuerdan
con los tres relatos de Hechos (9,3-8; 22,6-11; 26,12-20) lo bastante para
dejar el asunto fuera de duda.
a) ¿Por qué Damasco?
¿Por qué tantos helenistas
huidos de Jerusalén fueron a Damasco, y por qué los persiguió Saulo allí? Un
factor principal fue la numerosa presencia judía: Josefo refiere que más de
diez mil quinientos judíos murieron allí al inicio de la rebelión y que lograban
muchas conversiones entre las mujeres damascenas. Otro factor pudo ser el poder
del etnarca del rey nabateo Aretas IV (2 Cor 11,32); una misión de disciplina
interna judía se llevaba a cabo más fácilmente donde el dominio romano era
menos directo, mientras que la región costera estaba más vigilada. Damasco,
además, tenía estrechos vínculos históricos con Israel y estaba a unos 220
kilómetros de Jerusalén. Lo esencial es que la influencia de “los seguidores
del Camino” se había extendido a esa importante comunidad judía, quizá
directamente desde Galilea. No hay razón para dudar de que algunos helenistas
huidos acabaron en Damasco; probablemente conviene abstenerse de hablar de
“iglesia”, como hace Lucas: bastaban reuniones de “discípulos” en casas, donde,
a ojos de Saulo, se propagaban ideas subversivas, para provocar su airada
reacción.
b) “¿No he visto a Jesús, nuestro Señor?” (1 Cor 9,1)
Además de los tres relatos de
Hechos —con su parte central idéntica y variaciones típicas de la narración
oral—, hay referencias del propio Pablo: 1 Cor 9,1; 15,8; 2 Cor 4,6; Gál
1,15-16; Flp 3,7-8. Difícilmente puede cuestionarse su convencimiento de haber
visto a Jesús resucitado, aparecido a él como antes a Pedro y los Doce (1 Cor
15,8). Los relatos de Hechos abundan en el aspecto visual (la luz del cielo, la
ceguera y su curación, “el Señor Jesús se te apareció”), con eco en 2 Cor 4,6.
En los relatos, Saulo llama kyrie a la figura luminosa y pregunta “¿quién eres,
Señor?”; el convencimiento de que era Jesús (“Yo soy Jesús, a quien tú
persigues”, parte del núcleo narrativo) pudo tenerlo en el instante o poco
después. La implicación es que Saulo no fue a las autoridades de las sinagogas,
sino que buscó a los que pensaba perseguir o fue buscado por ellos, lo que
prueba que la experiencia fue suficientemente impresionante. Fue, al parecer,
una visión directamente del cielo, que Lucas llama “visión celestial” y Pablo
describe como “revelar en mí a su Hijo” (Gál 1,16): hay un fuerte elemento
visionario, pero el factor principal es que Pablo lo experimentó como un ver a
Jesús.
c) “¿No soy yo apóstol?” (1 Cor 9,1)
El otro rasgo común es que Pablo
experimentó el encuentro como una encomienda: el convencimiento de haber
recibido el encargo no solo de hacerse apóstol, sino específicamente apóstol de
los gentiles (Rom 1,5; 15,15-16). También aquí Hechos guarda estrecha
correspondencia con los recuerdos de Pablo, aunque el encargo es el elemento
más variable: en 9,15 se indica solo en la visión de Ananías; en el segundo
relato, brevemente y luego confirmado por una visión en el templo (22,21); y en
el tercero, explícitamente por el propio Jesús en el camino (26,16-18). La
repetición, pese a las variaciones, indica un elemento firme de la transmisión
oral. La experiencia encerró un elemento visual y otro auditivo con fuerza
suficiente para hacerle unirse a los que perseguía; su percepción se aclaró con
el tiempo (la noción de “apostolado” no surgiría de inmediato), pero en Gálatas
reiteró que recibió su encargo y su evangelio directamente “mediante
Jesucristo”. Nada sugiere que se viera primero como apóstol de los judíos: si
algo tenía claro al mirar atrás era que el Señor resucitado le había
encomendado ser su misionero entre los gentiles.
d) Enviado a los gentiles
Que Saulo entendiera su
encuentro ante todo como llamada a predicar a los gentiles (Gál 1,16) tiene
varios corolarios. Primero, la disputa entre “conversión” y “encomienda” se
vuelve insustancial: no se convirtió de una religión a otra —lo que sería anacrónico—,
pero el giro de ciento ochenta grados (Flp 3,7) fue una conversión tan palmaria
como quepa imaginar: de una forma del judaísmo del Segundo Templo a otra, del
fariseísmo al mesianismo de Jesús, de un judaísmo cerrado a uno abierto.
“Conversión” corresponde al lenguaje del historiador; “encomienda”, a la idea
de Pablo; ambos son compatibles.
Segundo, el énfasis en “enviado
a los gentiles” explica la aparente contradicción entre Gál 1,11-12 (“no recibí
ni aprendí de hombres el Evangelio”) y 1 Cor 15,3 (“recibí… que Cristo murió
por nuestros pecados”): Pablo no consideraba que su evangelio fuera distinto
del de Pedro, Santiago y Juan, pero tenía el convencimiento de que estaba
abierto a los gentiles, y como tal le había sido encomendado. Tercero,
presentaba esa encomienda en continuidad con la de los profetas: Gál 1,15-16
parece concebido para hacer eco de Jr 1,5 (“te nombré profeta de las naciones”)
e Is 49,1-6 (“luz de las naciones… hasta los confines de la tierra”), pasaje
que Pablo y Bernabé citan en Hch 13,47. Pablo entendía así su conversión como
encomienda profética en los términos del Siervo del Segundo Isaías: apóstol de
los gentiles, sí, pero no apóstata de Israel, sino apóstol de Israel encargado
de realizar su destino como “luz para las naciones”.
Cuarto, esto apoya la hipótesis
de § 25.2: el celo persecutorio era la determinación de evitar que el carácter
separado de Israel peligrara con la crítica helenista del templo o la rebaja de
sus barreras frente a los gentiles. Reconocer que estaba completamente
equivocado en su motivación central dejó a Pablo conmocionado: la luz del cielo
le reveló su ofuscación respecto a la voluntad de Dios sobre Israel. Por eso es
apropiado llamarlo “conversión”: con su giro se hizo defensor de lo que había
perseguido (Gál 1,23), pasando de combatir a quienes amenazaban las líneas
divisorias de Israel a desarrollar una misión que le exigía cruzarlas. Esa
transformación hizo del implacable perseguidor el más eficaz misionero de la
expansión del movimiento, lo que invita a un juicio positivo de la experiencia,
al margen de las especulaciones psicológicas, de base poco firme.
e) Origen del evangelio de Pablo
Cabe atribuir a Seyoon Kim el
mérito de haber devuelto a primer plano la conversión como influencia notable
en la creación del evangelio paulino, sobre la base de dos aspectos. El primero
concierne a su cristología: el encuentro transformó su entendimiento de Jesús,
configurado también por lo que creían los discípulos a los que perseguía. Esa
fue la toma de conciencia central: lo que decían sobre Jesús era verdad. Así,
Jesús había sido resucitado (revelación desde el cielo, aparición final de 1
Cor 15,8); tenía que ser el Mesías (Saulo trataba de demostrarlo con fervor, y
el énfasis en “Cristo crucificado” recuerda su anterior oposición); era el Hijo
de Dios (Hch 9,20; Gál 1,16); y había sido constituido Señor (su modo más
característico de referirse a Jesús, enraizado en la misma experiencia y en Sal
110,1). Esta cristología implicaba, en una lógica no del todo clara, una buena
noticia también para los gentiles (Gál 3,13-14; Rom 10,12). Cuánto más pueda
decirse depende de 2 Cor 4,6 y de si refleja una experiencia de misticismo
merkabá que le hiciera ver a Jesús con gloria divina; pero el texto está
aislado y no hay indicios suficientes para decidir si refleja una evaluación
temprana o más madura.
El segundo aspecto es que
“Cristo murió por nuestros pecados” le fue transmitido casi desde el principio
(1 Cor 15,3): Pablo heredó la idea de la muerte de Jesús como sacrificio, en
analogía al Día de la Expiación, y la creciente irrelevancia del templo para su
evangelio se refleja en la pérdida de solemnidad de sus referencias a él
(aunque Lucas lo presenta orando en el templo, Hch 22,17, lo que enturbia la
cuestión). Puede tenerse más confianza en el don del Espíritu como central y
constitutivo de la condición de cristiano, dado su papel en las conversiones
que Pablo logró (Gál 3,2.5). Respecto a la justificación por la fe, es probable
que Pablo llegara a esa percepción básica a través de su experiencia misionera
y su confrontación con otros misioneros, más que de inmediato. Y sobre una
ruptura con la Ley, la mejor pista es el “celo” del perseguidor: era la Ley en
su función diferenciadora y delimitadora lo que defendía y lo que ya no pudo
sostener tras su encuentro con Cristo, predicando desde entonces a los gentiles
sin exigirles la circuncisión. La experiencia desencadenó una transformación
amplia y radical; que todas las conclusiones de sus escritos las sacara de
inmediato o con el tiempo importa poco para apreciar su teología madura.
25.4. Las consecuencias inmediatas y el “período de túnel”
Las consecuencias inmediatas de
la conversión están envueltas en sombras, y el lapso entre ella y la aparición
de Pablo como misionero en Antioquía (Hch 13,1-3) es como un largo túnel donde
el tren solo se vislumbra en algunos espacios abiertos.
a) Lucas frente a Pablo
Aquí se halla uno de los
desacuerdos más notables entre Hechos y la versión paulina. Lucas sugiere que
Saulo, tras convertirse, dejó Damasco al poco tiempo y marchó directamente a
Jerusalén, donde fue recibido por los apóstoles (9,23-27; cf. 22,16-17). Pero
Gál 1,16-20 dice otra cosa: “sin subir a Jerusalén… marché a Arabia, de donde
volví a Damasco. Luego, después de tres años subí a Jerusalén para conocer a
Cefas y estuve con él quince días. No vi a otros apóstoles, pero sí a Santiago…
os certifico ante Dios que no miento”. Pablo protesta claramente contra una
versión diferente: niega haber consultado “a la carne y a la sangre” y haber
ido a Jerusalén a obtener su misión y su evangelio de los apóstoles, justo lo
que parece decir Lucas. La importancia que le da lo lleva a un juramento
solemne. No hay modo de evitar el conflicto: Lucas vio el episodio como medio
de vincular a Saulo con la jerarquía jerosolimitana para apoyar su tema de la
centralidad de Jerusalén. Quizá Lucas, familiarizado con otras visiones de
Pablo —incluidas las de sus oponentes—, elaboró un relato no excluyente que
tuviera en cuenta ambas perspectivas.
b) “Marché a Arabia” (Gál 1,17)
Adónde fue Saulo y por qué son
cuestiones oscuras. “Arabia” podía designar amplias regiones, pero la
proximidad a Damasco apunta al reino de Nabatea, al sur, lo que concuerda con
la referencia al rey Aretas (2 Cor 11,32). Más difícil es por qué fue allí. No
hay que suponer que “Arabia” significara un desierto: es tentador el paralelo
con el retiro de Jesús y con la práctica de un período de retiro tras una
experiencia visionaria, y es imaginable que Saulo necesitara reconstruir su
mundo interior; pero Nabatea era próspera y poblada, por lo que cabe deducir
que fue a “predicar a Cristo entre los gentiles”, en concordancia con su
apología de Gál 1,12–2,14. Pablo dejó la cuestión nebulosa; lo único que quiso
señalar fue su independencia respecto a Jerusalén: en Arabia no había nadie a
quien consultar.
Tras ese tiempo “volvió a
Damasco”, lo que indica que pasó allí el período posterior a su conversión, si
bien la estancia previa a la marcha a Arabia debió de ser breve, aunque
suficiente para ser bautizado y recibido en la asamblea de discípulos (Hch 22,16;
cf. Rom 6,3-4) y, sobre todo, para recibir el Espíritu (Hch 9,17), experiencia
que él entendía que le hizo ser “de Cristo” (Rom 8,9). No sabemos qué parte de
los dos o tres años hasta su primera visita a Jerusalén pasó en Damasco. Ese
período terminó con su huida de la ciudad: Pablo recuerda que el rey Aretas
trataba de prenderlo (2 Cor 11,32-33), quizá por disturbios en Arabia, mientras
que Lucas la atribuye a la oposición de la comunidad judía (Hch 9,23-25). Ambos
relatos podrían ser complementarios.
c) “Después de tres años subí a Jerusalén para conocer a Cefas” (Gál 1,18)
Pablo se centra aquí en su
relación con Jerusalén y los apóstoles. Una cosa es clara: su ida a Jerusalén
hacia el 35 d. C. fue su primera visita tras la revelación y su primer
encuentro con dirigentes jerosolimitanos. La distancia temporal deja entender que
su idea de la revelación estaba ya formada antes de la visita y que los
apóstoles no influyeron en ella; Pablo escribe para rechazar la afirmación de
que su evangelio dependiera de la jerarquía. No niega, sin embargo, todo
contacto: admite que pasó dos semanas con Cefas/Pedro y que vio además a
Santiago, “el hermano del Señor”, y a nadie más con autoridad apostólica.
Lo más importante es qué
significa que el objeto de la visita fuera “conocer” (historēsai) a Cefas,
verbo único en el NT cuyo sentido conserva la idea de “averiguar acerca de”, de
obtener un juicio informado sobre la persona; los quince días exceden con mucho
la hospitalidad habitual. Cabe deducir: que Pablo, pese a su encomienda
directa, vio la importancia de contactar con el discípulo más destacado,
considerando su encomienda en armonía con el encargo de Jesús a Cefas; que
“conocer” a Cefas durante dos semanas incluiría saber de su época con Jesús; y
que, inevitablemente, ello supuso alguna introducción a la tradición de Jesús,
ya como instrucción formal o como recuerdo extenso. Hubo muchas horas de
conversación, suficientes para que Pablo almacenara tradiciones que luego
transmitiría a sus iglesias, sin que ello entre en conflicto con su aserción de
la independencia de su evangelio “a los gentiles”.
d) La asociación de Saulo con la iglesia de Antioquía
En algún momento Saulo se hizo
activo en la iglesia de Antioquía y pronto fue uno de sus dirigentes (Hch
13,1). Lucas refiere que volvió a Tarso hacia el 36 antes de que Bernabé lo
llevara a Antioquía (11,25-26) y de la misión de los capítulos 13–14. Pablo
resume todo el período (unos trece años) lacónicamente: “me fui a las regiones
de Siria y Cilicia” (Gál 1,21), lo que al menos correlaciona Tarso (Cilicia) y
Antioquía (Siria). No aclara cuándo se unió a esa iglesia ni si su trabajo en
Siria y Cilicia fue independiente o asociado a ella, pero los datos apuntan a
una asociación más temprana que tardía: Gál 1–2 sugiere que no trabajó como
misionero independiente antes del Concilio; su labor en Siria y Cilicia se hizo
probablemente bajo los auspicios de Antioquía, capital de la provincia;
concuerda con que la antioquena era una iglesia hija de la jerosolimitana y con
que Saulo funcionaba allí como maestro o profeta (13,1) y no salió en misión
hasta recibir el encargo en Antioquía (13,2-3). La mejor fecha para su llegada
a un puesto prominente puede ser el 40 d. C., dos años arriba o abajo.
Como Gál 1,21 parece abarcar el
período entre las dos primeras visitas a Jerusalén, probablemente incluye el
llamado “primer viaje misionero” (Hch 13–14), aunque la vaga información no lo
menciona expresamente —quizá porque una referencia explícita no habría sido
coherente con su insistencia en la independencia de su evangelio—. Dos cosas
pueden afirmarse con relativa confianza: Lucas parece bien informado sobre la
asociación de Pablo con Antioquía (confirmada por el incidente de Gál 2,11-14),
y Pablo se dedicó durante un tiempo considerable a la misión en esa amplia
región, viendo que Dios actuaba por su medio entre los gentiles (Gál 2,2.7-9),
lo que acabaría convirtiendo las condiciones de admisión de los gentiles en
fuente de agria disputa (Hch 15,1-2; Gál 2,1-5).
e) ¿Influencia antioquena en la teología de Pablo?
Frente a la idea de que la
influencia decisiva fue el encuentro de Damasco, la principal explicación
alternativa del siglo XX fue el sincretismo pagano que Pablo habría hallado en
Siria y Cilicia. No cabe duda de que fue influido por la teología helenista/antioquena
(§ 24.9), de modo que su entendimiento de Jesús y del Evangelio fue una mezcla
de varias influencias: su conocimiento de la fe ancestral y las Escrituras; el
encuentro con el Cristo exaltado; la información obtenida en sus dos semanas
con Pedro; lo aprendido en su asociación con Antioquía; y su propia reflexión
sobre la experiencia del Espíritu y su misión en desarrollo. Sobre esta base se
comprende todo lo que escribió, sin necesidad de hipótesis sobre influencias de
las religiones mistéricas o de un supuesto mito del Redentor gnóstico
precristiano, que han resultado gratuitas e innecesarias.
25.5. “Conozco a una persona en Cristo…” (2 Cor 12,2)
Dos cuestiones del primer
período de asociación con Antioquía requieren comentario. La primera es la
enigmática alusión de 2 Cor 12,2-4, que se entiende como autobiográfica: Pablo
recuerda una de sus “visiones y revelaciones” de “carácter extraordinario”,
describiéndola en tercera persona para distanciarse no del hecho, sino de la
importancia que otros daban a tales experiencias. Puede datarse con cierta
precisión: catorce años antes de 2 Corintios (55/56) sería el 42 d. C. No debe
identificarse con la conversión ni mezclarse con 2 Cor 4,6, pues la datación lo
impide (la conversión es unos diez años anterior); Pablo deja claro que el
encuentro de Damasco perteneció a la categoría aparte de las “apariciones
posresurreccionales” que lo hicieron apóstol y concluyeron con él (“al final de
todos”); en la conversión hubo una visión del cielo y una luz “en su corazón”,
mientras que 12,2-4 refiere un viaje al cielo donde oyó palabras que no podían
pronunciarse.
El pasaje es valioso porque
revela una dimensión sorprendente de la espiritualidad de Saulo: estaba
acostumbrado a “visiones y revelaciones”, quizá practicaba el misticismo
merkabá, posiblemente ya desde su etapa farisea. El que tuviera que retroceder
catorce años para recordar esa visión “extraordinaria” sugiere que ese viaje al
cielo fue excepcional, pero siguió disfrutando de experiencias visionarias
durante su actividad, aunque las considerara de escasa importancia. Ambos
aspectos —que las experiencias continuaron y que él las tenía por poco
significativas— importan para apreciar su espiritualidad.
La segunda cuestión es la
discutida noticia de un viaje de Bernabé y Saulo desde Antioquía para llevar
ayuda a Jerusalén ante una gran hambre (Hch 11,27-30). No faltan datos sobre
hambres bajo Claudio ni miembros empobrecidos en Jerusalén (Rom 15,26); el
problema es que el juramento solemne de Pablo (Gál 1,18–2,1) no deja margen
para una visita intermedia. Aunque podría identificarse con Gál 2,1-10, la
correspondencia de este con Hch 15 es demasiado estrecha para verlos como
sucesos distintos. Parece más verosímil que esa visita la hiciera Bernabé solo
o con otros antes de formar equipo con Saulo, y que algunos predispuestos
contra Pablo dieran por cierto que él le acompañó. El intento de presentarlo
como visitante más asiduo y sumiso a Jerusalén es seguramente lo que le indujo
a detallar con tanta escrupulosidad sus visitas. Así, Hch 11,27-30 parece otro
pasaje donde Lucas recoge una versión que contradice lo recordado por Pablo,
pero que utilizó —acaso sin conocer la versión paulina— para subrayar la inalterable
continuidad entre la jerarquía jerosolimitana y la misión de Pablo entre los
gentiles.
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