El
cristianismo en sus comienzos. Tomo II. Comenzando desde Jerusalén
Séptima parte. La primera fase
Capítulo 26. La misión de Pedro
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
Tras
seguir los ramales helenista y paulino de las tradiciones que Lucas usó
para
los primeros quince años de su narración, se retoma el ramal petrino.
Pedro
había sido la figura dominante en la primera fase (Hch 1–5), pero
prácticamente
desaparece después: su ausencia durante el episodio de Esteban es
sorprendente,
y solo es introducido para compensar la misión de Felipe en Samaría y
garantizar la supervisión jerosolimitana (8,14-25). Tampoco se le
menciona en
relación con la conversión de Pablo (cf. Gál 1,18) ni con la visita por
el
hambre (11,27-30), y cada vez que Lucas retoma sus tradiciones (9,32;
12,1-3)
lo hace de manera abrupta. Esa falta de “desbaste” en las uniones es
valiosa,
pues recuerda que Lucas pasaba de una tradición a otra sin buscar
transiciones
elegantes, e incluso hace preguntarse hasta qué punto era preponderante
la
figura de Pedro para quienes elaboraron esas tradiciones. Con todo,
Lucas
disponía de un importante ramal petrino, que retoma en 9,32.
26.1.
Apostolado de “la circuncisión”
Por
Gál 2,7-9 sabemos que Pedro había trabajado con éxito en la misión a
otros
judíos antes del Concilio de Jerusalén (en la primera parte de los años
cuarenta y probablemente al final de los treinta). Pablo habla de un
“apostolado de la circuncisión” (2,8), de modo análogo a cómo se
describe a sí
mismo como “apóstol de los gentiles”. La formalidad del lenguaje tiene
una
triple implicación: que Pedro se creía llamado a una misión particular,
predicar el Evangelio entre su pueblo; que los demás dirigentes de
Jerusalén
reconocían y apoyaban ese apostolado, creído “confiado” a él (2,7); y
que tuvo
notable éxito, pues Dios actuó eficazmente por su medio (2,8).
La
encomienda de Pedro
Sorprende
que Lucas no proporcionara una referencia equivalente a la de la
encomienda de
Pablo para la llamada de Pedro a la misión entre su pueblo. Esa llamada
queda
subsumida en la encomienda general de Hch 1,8, pero en la primera fase
(Hch
2–5) nada indica que Pedro entendiera su encargo como misión fuera de
Jerusalén; en parte ello puede deberse a la práctica redaccional de
Lucas de
mantener separadas las fases, posponiendo hasta Hch 10 la visión en que
Pedro
recibe el encargo. Quizá hizo falta la dispersión de los helenistas
para que se
reconociera la necesidad de la misión fuera de Jerusalén; cabe ver un
vínculo
entre la aparición a “todos los apóstoles” (1 Cor 15,7) y la apertura
misionera
helenista (8,4). También pudo influir el recuerdo de la instrucción de
Jesús
(Mt 10,5-6), de modo que parte de la función de 8,14-25 sería mostrar
que Pedro
aprobaba la misión a Samaría e incluso participaba en ella. Sea como
fuere,
algo tuvo que llevar a Pedro al camino de la evangelización.
26.2. La misión
de Pedro en la llanura costera de
Judea (Hch 9,32-43)
El
primer ministerio “a solas” de Pedro es coherente con su misión a “la
circuncisión”. Las localidades de Lida y Joppa, en el extremo del
territorio de
Judea, tenían población predominantemente judía, por lo que “todos los
habitantes de Lida” puede significar “todos los judíos”; tal vez, tras
su
salida a Samaría, Pedro volvió a la práctica de Jesús de recorrer los
extremos
de la casa solar del judaísmo. Lucas pudo servirse de recuerdos
antiguos: los
nombres de personas (Eneas, Tabitá/Dorcás) y lugares (Lida, Sharón,
Joppa) y la
viva descripción de las obras caritativas de Tabitá llegaron de
tradiciones
locales, como los relatos de la curación de Eneas y la resurrección de
Tabitá.
Esta última refleja el relato de la hija de Jairo (la expulsión de la
multitud
y la fórmula de dirigirse al difunto), pero los verbos difieren y se
omite la
fórmula “en nombre de Jesucristo”, lo que sugiere uso de tradición;
cualquiera
que fuera el estado real de la mujer, la opinión de los más cercanos
era que
había sido resucitada.
Lucas
deja la fuerte impresión de que todo éxito evangelizador fue
consecuencia de la
acción pastoral de Pedro y, sobre todo, de su fama como sanador: fue la
noticia
de las curaciones, no la predicación, lo que hizo que muchos “se
volvieran al
Señor” (9,35.42), acorde con el énfasis lucano en el poder de los
milagros para
generar fe. De ello se deduce que Pedro aún no había dado el gran salto
evangelizador ni tenía la disposición desbrozadora de Felipe; el
episodio
siguiente (10,1–11,18) mostrará la conmoción que sufrirían su teología
y su
idea de sí mismo, reflejo de las dudas de los primeros creyentes ante
la
posibilidad de borrar las líneas divisorias que Dios había trazado. La
nota
final, sobre su estancia en casa de Simón el curtidor —oficio que
causaba
impureza ritual por el contacto con pieles de cuerpos muertos—, prepara
el paso
siguiente y quizá implica que Pedro empezaba ya a alejarse de su culto
centrado
en el templo.
26.3. Cesarea
como punto central
Lucas
efectúa una segunda adición significativa a la historia de la expansión
helenista: el encuentro de Pedro con el centurión Cornelio
(10,1–11,18). La
finalidad es clara: demostrar que la primera apertura misionera a los
gentiles
reconocida por la iglesia de Jerusalén se desarrolló bajo la dirección
del
propio Pedro (por eso no cuenta la conversión del eunuco etíope). La
prueba
aducida es doble: las visiones entrelazadas de Pedro y Cornelio
(10,1-23),
repetidas en versículos posteriores, y la inesperada bajada del
Espíritu sobre
Cornelio y sus compañeros mientras Pedro aún predicaba (10,44-47;
11,15-17). La
primera prueba manifiesta la aceptación de Cornelio por Pedro; la
segunda, la
aceptación de Pedro por los apóstoles de Jerusalén.
Misión de Pedro.
a)
Lucas y su tradición
Como
de costumbre, hay parte de invención y parte de historia. Los indicios
de
intervención de Lucas son claros: es posible que la primera apertura
real a los
gentiles ocurriera cronológicamente en Antioquía (11,19-24), pero Lucas
consideraba la apertura decisiva como un episodio con participación
personal de
Pedro, importante para mostrar la continuidad absoluta del nuevo paso
con todo
el trayecto anterior. Además, Lucas pospuso hasta aquí la confrontación
sobre
lo puro y lo impuro, excluyendo de su evangelio el pasaje de Mc 7,1-23,
para
situarla en el episodio de Pedro/Cornelio; con ello evita la
yuxtaposición,
pero hace más apremiante la pregunta de cómo pudo Pedro decir que nunca
había
comido nada impuro (10,14) si Jesús ya había enseñado lo de Mc
7,15.18-19.
Pero
también hay algo a favor del valor histórico de la tradición. La
vacilación de
Pedro sobre las relaciones entre judíos y gentiles está atestiguada por
Pablo
(Gál 2,11-12): si era reacio a compartir mesa aun después de la
aprobación
formal, su renuencia anterior sería mayor, y Mc 7 refleja probablemente
el
mayor relieve dado a la misión gentil en la versión marcana. Si los
primeros
cristianos experimentaron visiones que configuraban su actuación, no
hay razón
para negar que la tradición incluyera una que sacó a Pedro de su
actitud. Y lo
narrado en 10,44-48 —el Espíritu recibido antes del bautismo— no parece
invención, pues habría creado un precedente incómodo; es más probable
que las
predicaciones de Pedro fueran acompañadas de manifestaciones del
Espíritu, con
la conclusión inevitable para una secta que las valoraba: Dios había
aceptado a
esos gentiles. El relato básico debió de llegar a Lucas con las
tradiciones de
9,32-43, quizá como parte de la tradición fundacional de la iglesia de
Cesarea.
 Plano de Cesarea.
b)
Cesarea
Parte
de la importancia del episodio reside en la de Cesarea. Reconstruida
por
Herodes el Grande (acabada en 13 a. C.) con un excelente puerto y
nombre en
honor del emperador, prosperó hasta ser una de las principales ciudades
de
Palestina; desde el 6 d. C. era residencia del prefecto romano y base
de sus
fuerzas, con población predominantemente gentil aunque con minoría
judía y
tensiones entre ambos grupos. Con el establecimiento del cristianismo
allí se
abría un nuevo horizonte: influir en la guarnición romana, llevar el
Evangelio
fuera de los sectores judíos y, como ciudad portuaria, trasladarlo a
otros
puertos del Mediterráneo (Éfeso, Corinto, Roma, Alejandría). Para
Pedro, la
misión en Cesarea representaba un paso más allá de Lida y Joppa. El
relato consta
de dos partes: el reconocimiento por Pedro de que Dios no hace
distinciones
entre los seres humanos según su identidad, y la predicación a Cornelio
sobre
esa base, con la consecuencia de la aceptación divina de Cornelio y sus
compañeros.
26.4. La
conversión de Pedro
El
relato es bipartito, y la primera parte —el proceso de conversión de
Pedro— lo
es a su vez. La revelación no es tan dramática como la de Saulo, pero
no fue
menos una conversión, por la que Pedro abandonó convicciones
tradicionales
hondamente arraigadas que habían gobernado su vida (10,14-15.28). Que
aún se
necesitara la bajada del Espíritu sobre Cornelio para completar esa
conversión
muestra la magnitud de la transformación y la trascendencia del paso.
Lucas
narra con esmerada meticulosidad para que no haya duda de que el paso
fue por
mandato directo de Dios.
a)
Cornelio
El
nombre “Cornelio” era parte de la tradición. Se supone gentil
(10,34.45), de
“la cohorte Itálica”, situado en la capital administrativa romana;
quizá era un
oficial en servicio o un veterano retirado y establecido en Cesarea con
su
familia. Su descripción (10,2) subraya su piedad: temía al Dios de
Israel,
oraba constantemente y daba muchas limosnas, característica de la
piedad judía;
es definido como hombre “justo”, reconocido por toda la nación judía,
uno de
los buenos centuriones de Lucas. ¿Exageró Lucas su cercanía previa al
judaísmo
para acortar el salto de Pedro? No necesariamente: había muchos
gentiles que
“judaizaban” sin hacerse prosélitos (sin circuncidarse), los llamados
“temerosos de Dios”, aceptados de buena gana en las reuniones judías.
Nada
invita a dudar de que el encuentro fuera con alguien similar a Cornelio
o con
él mismo.
b) La
visión de Pedro
El
núcleo del relato es una visión que Pedro tiene en una azotea de Joppa,
entre
la visión de Cornelio y la orden del Espíritu. Ve un gran lienzo que
baja con
“toda clase de cuadrúpedos, reptiles y aves”, incluidos los impuros, y
oye la
orden “mata y come”; reacciona enérgicamente: “¡De ninguna manera,
Señor! Yo
nunca he comido nada profano e impuro” (10,14). Pedro aparece aquí
absolutamente fiel a las tradiciones del judaísmo: la observancia de
las leyes
alimentarias se había convertido en marca distintiva frente a las
influencias
gentiles, y los héroes de los relatos populares mostraban su lealtad
negando la
comida de los gentiles. Conviene subrayar que la cuestión no era menor,
sino
que estaba en la base de la identidad judía: lo que estaba en juego era
el
carácter de la nueva secta como movimiento judío. La impugnación no
puede ser
más terminante: “Lo que Dios ha hecho puro no lo llames tú profano”
(10,15),
repetido tres veces. Tras el éxtasis, Pedro queda perplejo, pero recibe
doble
confirmación: el Espíritu le dice que vaya con los mensajeros, y la
noticia de
la visión complementaria de Cornelio. La conclusión es obvia: la
impureza
anulada por Dios se refiere a ese gentil temeroso de Dios.
c)
Conversión de Pedro
El
encuentro con Cornelio (10,27-29) es la culminación de la primera
mitad. Pedro
toca el punto fundamental: “Sabéis que a un judío le está prohibido
juntarse
con un extranjero o entrar en su casa, pero Dios me ha mostrado que no
debo
llamar a nadie profano o impuro” (10,28). Pedro infringía una norma
fundamental: que los judíos debían mantenerse separados de los gentiles
para
conservar la santidad de Israel como pueblo elegido. La práctica no era
tan
rígida —había relaciones comerciales y muchos gentiles judaizantes
“mezclados”
con los judíos—, pero el principio era básico, y donde más se ponía a
prueba
era al compartir mesa, principal ocasión de transmisión de impureza.
Pedro
había reconocido la estrecha relación entre las leyes alimentarias y la
separación
de judíos y gentiles (Lv 20,24-26): si la ley sobre lo puro y lo impuro
había
servido para defender esa separación, su abolición significaba que el
tiempo
del mantenimiento aparte de Israel había concluido. La distancia que
Pedro
superó no era vertical (entre Dios y la humanidad), sino horizontal
(entre
judíos y gentiles); el derribo de las barreras étnicas en torno a
Israel era
indispensable para la difusión del Evangelio y entrañaba una
redefinición de la
identidad de Israel.
d) La
aceptación de Cornelio
Eliminada
la barrera que impedía a Pedro concebir la predicación a un gentil,
ahora
estaba autorizado para ofrecerle el Evangelio con plena libertad. Esta
segunda
mitad se divide en el discurso de Pedro y la efusión del Espíritu.
e)
Discurso de Pedro y tensiones teológicas (Hch 10,34-43)
Las
palabras iniciales —“Dios no muestra parcialidad, sino que en cualquier
nación
el que lo teme y practica la justicia le es grato” (10,34-35)— resumen
la
lección aprendida y revelan las tensiones teológicas que creaba el
nuevo
entendimiento del Evangelio. La imparcialidad de Dios (Dt 10,17)
concernía
ahora a judíos y gentiles: lo que hace aceptable a una persona no es su
herencia étnica, sino su sumisión a Dios, lo que está en tensión con el
axioma
de la elección de Israel. La cuestión clave es que Cornelio fue
aceptable para
Dios incluso como gentil, y su aceptación plena dependía solo de su fe
y
recepción del Espíritu como gentil, sin hacerse prosélito. La tensión
continúa:
un beneficio centrado en Israel deviene un beneficio encauzado mediante
Israel,
cuyas fronteras se sobrepasan; y la frase “es el Señor de todos”
(10,36),
referida a Jesús, encierra una redefinición de Dios y de su propósito,
inherente al monoteísmo de Israel: si hay un solo Dios, lo es de todos
los
pueblos. El resto del discurso sigue las líneas habituales de los
anteriores
discursos de Hechos.
f) El
Pentecostés gentil (Hch 10,44-48)
Como
culminación y resolución de las tensiones, el Espíritu Santo “cayó
sobre todos
los que escuchaban” (10,44): su primacía como marca de la aceptación
por Dios
queda fuera de disputa, con la implicación de que Cornelio había
creído. No se
prescinde del bautismo en el nombre de Jesucristo, pues los dos
identificadores
del nuevo movimiento —Espíritu y nombre de Jesús— son
interdependientes. Así,
Cornelio pasa de ser aceptable a ser aceptado. Incluso “los de la
circuncisión”
que acompañaban a Pedro —quienes consideraban la circuncisión el rasgo
más
distintivo del pueblo de la alianza— quedaron convencidos por la
manifestación
del Espíritu, subrayada en la continuación cuando, tras criticar a
Pedro por
comer con gentiles, fueron silenciados (11,2-3.18). El impacto
perceptible del
Espíritu —hablar en lenguas y alabar a Dios— hace deliberado el eco de
Pentecostés: lo sucedido a Cornelio no difería de lo acontecido a los
discípulos. Pedro saca la conclusión inevitable: “¿Se puede negar el
agua del
bautismo a estos que han recibido el Espíritu Santo como nosotros?”
(10,47). El
orden es excepcional —el Espíritu precede al bautismo—, pero ello no
llevó a
concluir que no necesitaban bautizarse. Algo así tuvo que suceder para
que
tradiciones de siglos fueran anuladas tan rápidamente; la escena es lo
que
cabría deducir de Gál 2,7-9 con 3,2-5. La conversión de Cornelio fue un
hito
—quizá el momento más decisivo—, pero tuvo lugar únicamente porque
antes se
había convertido el propio Pedro.
g) El
reconocimiento de la iniciativa de Dios (Hch 11,1-18)
El
segundo relato (11,1-18) no se debe al mero gusto por repetir, sino que
obedece
a una finalidad distinta: concierne a la aceptación de Pedro y de lo
que había
hecho, más que a la de Cornelio. Se presenta como defensa de su
conducta
(11,3), y la acusación no es que bautizara gentiles incircuncisos, sino
que
había comido con ellos: lo que principalmente se cuestionaba era la
acción
inicial de Pedro, un judío, de aceptar a un gentil. Así, el primer
relato gira
en torno a la conversión de Pedro y la cuestión de la “separación”
judía, y el
segundo, en torno a la aceptación de Pedro por los apóstoles de
Jerusalén, con
lo que se mantiene la unidad del movimiento y su continuidad con la
herencia
anterior. Lucas finaliza indicando que se ha reconocido un precedente
decisivo
(11,18), aunque otros lo verían como simple excepción, razón por la que
la
cuestión volverá a surgir en 15,1.5.
26.5. Tiempos
difíciles bajo Herodes Agripa I (Hch
12)
El
conocimiento sobre el Pedro de los años treinta y cuarenta está
limitado por el
“período de túnel”. Las noticias lucanas enlazan con la historia no
cristiana
solo en dos puntos: las menciones de Gamaliel (5,34; 22,3) y la
referencia a
Herodes Agripa en Hch 12. Lucas decidió omitir varios episodios del
marco
siro-palestino que habrían podido reforzar sus temas.
a) Los
episodios omitidos
Entre
los episodios a los que pudo aludir destacan: el conflicto entre
Herodes
Antipas y el nabateo Aretas (36 d. C.) y la abortada campaña romana
contra
Aretas (37); la matanza de samaritanos por Pilato y su consiguiente
caída
(36-37); la destitución de Caifás por Vitelio (37); y el prolongado
intento de
Calígula (39-41) de erigir una estatua en el templo de Jerusalén, que
provocó
grandes protestas y ataques contra comunidades judías de la diáspora.
Estos
sucesos no formaban parte directa de la historia de Lucas, pero
debieron de
afectar a las primeras comunidades cristianas. La crisis de Calígula
tuvo
particular repercusión: es posible que Mc 13 tomara su forma definitiva
en
respuesta a ella (“la abominación de la desolación erigida donde no
debe”),
aumentando el fervor escatológico. Lucas, que transformó Mc 13,14 en
una
referencia al asedio de Jerusalén (Lc 21,20) y amplió la escala
temporal del
regreso del Hijo del hombre, quizá no empleó el episodio por ese
fervor; su
silencio deja un vacío en el conocimiento del cristianismo primitivo.
b)
Herodes Agripa I (10 a. C.–44 d. C.)
Agripa
es uno de los personajes más fascinantes de la época. Nieto de Herodes
el
Grande, educado en Roma y amigo de la familia imperial, fue encarcelado
al
final del reinado de Tiberio por apoyar a Calígula, quien al subir al
trono lo
liberó y favoreció; durante la crisis de la estatua usó su amistad para
persuadirle de desistir, y luego ayudó a asegurar la sucesión de
Claudio.
Recibió las tetrarquías de Filipo y Lisanias con título de rey, luego
la de
Antipas y, de Claudio, Judea y Samaría, de modo que por primera vez
desde la
muerte de Herodes el Grande el reino quedó unido bajo un solo
gobernante. A su
regreso a Jerusalén (41) se esforzó en demostrar su piedad, ganando el
apoyo de
los fariseos: ofreció sacrificios, cubrió los votos de nazireos y
observaba
escrupulosamente las tradiciones. Su reinado incide en tres puntos de
la
narración de Hechos.
c) La
ejecución de Santiago (Hch 12,1-2)
Sorprende
la brevedad con que Lucas refiere la ejecución por Agripa de Santiago,
hijo de
Zebedeo, hecho morir “por la espada”. Aparte de 1,13, es la única
mención de
este Santiago, que con Pedro y Juan formaba el círculo interior de los
Doce;
Agripa fue contra él por ser uno de los líderes de la secta. El
contraste con
la atención dedicada a Esteban y a los procesos de Pedro es llamativo.
Lucas
quizá no disponía de un informe más completo, lo que plantea por qué la
iglesia
de Jerusalén no conservó ese recuerdo; al menos cabe deducir algo
positivo:
Lucas no se tomó la libertad de desarrollar una noticia tan escasa, lo
que
habla de su escrupulosidad como historiador. Queda también sin aclarar
por qué
no se cubrió el puesto vacante en los Doce, a diferencia del caso de
Judas,
quizá porque había perdido fuerza el simbolismo de “los Doce”. El
motivo de
Agripa puede deducirse de su devoción ostentosa: bastaba con que
buscara
oportunidades de demostrarse extremadamente devoto y como líder capaz
de acción
resolutiva, en línea con sus aspiraciones de liberar a Israel del
dominio
romano. La brevedad del relato refleja lo sumario de la ejecución, sin
proceso
ni audiencia: la despiadada eliminación de un posible disidente.
d) La
prisión de Pedro (Hch 12,3-19)
Lucas
se detiene más en la acción de Agripa contra Pedro. Viendo que la
medida contra
Santiago había salido bien, Agripa decidió que otra acción contra la
secta
aumentaría su aceptación popular. La referencia a “los judíos” suena un
tanto
extraña —pues también las víctimas eran judías— y quizá indica un
cambio de
perspectiva en Jerusalén, un giro de la opinión provocado por el
intento de
Calígula y acelerado por la reunificación del reino de David bajo un
solo
gobernante y la piedad ostentosa de Agripa, que reavivaron las
esperanzas de
restauración de la soberanía de Israel. La inclusión de la muerte de
Agripa
(12,20-23) confirma que Hch 12 refleja una crisis política resuelta
solo con su
muerte. De ahí dos corolarios: la persecución de comienzos de los
cuarenta tuvo
motivación más política que religiosa, pues en una situación de fervor
nacional
cualquier disidencia se veía como amenaza; y empezaba a percibirse un
sentimiento nacionalista creciente en Judea que afectaría a las
actitudes hacia
la nueva secta, cuya insistencia en presentar a Jesús como Señor iba a
contrapelo de las aspiraciones nacionalistas.
El
episodio es un clásico ejemplo del género “fugas milagrosas de
prisión”. Pedro
es arrestado durante los ázimos, custodiado con extraordinaria
seguridad
mientras la Iglesia ora por él; la noche antes de su presentación, un
ángel
llena la celda de luz, le suelta las cadenas y lo guía a través de los
puestos
de guardia hasta la puerta exterior, que se abre sola. Todo ello “era
real, no
una visión” (12,9). Pedro va a casa de María, y sigue la divertida
escena de la
sirvienta Roda, que reconoce su voz pero no abre. El relato deja
entrever la
mano de un narrador magistral: el drama de la escena principal, el
juicio de
Lucas sobre la tangibilidad de la intervención celestial, y el
artificio
narrativo de la escena de Roda. Parece incuestionable que Pedro fue
encarcelado,
pues su prisión encaja en una secuencia que empieza con la ejecución de
Santiago y termina con la muerte de Agripa, y los nombres de María,
Juan Marcos
y Roda figuraban probablemente en las primeras narraciones. La
misteriosa nota
final de la marcha de Pedro “a otro lugar” (12,17) difícilmente es
invención de
Lucas y podría reflejar un tiempo en que importaba mantener el secreto
sobre su
paradero.
El
episodio funciona como culminación de la serie petrina, con triple
importancia:
Pedro abandona la escena jerosolimitana, y su mensaje final —“comunicad
estos
acontecimientos a Santiago y a los hermanos”— podría indicar la llegada
de
Santiago a la primacía, precursor del monoepiscopado; leído a la luz de
Gál
2,7-8, Pedro emprendió luego la actividad misionera fuera de Jerusalén,
más
atento a Antioquía y a la misión de Pablo que la mayoría de los que se
quedaron
(incluido Santiago); y no debe olvidarse el creciente fervor
nacionalista
incitado por Agripa ni la hostilidad cada vez mayor hacia la secta. La
muerte
de Agripa (44 d. C.) es un clásico ejemplo de castigo divino de la
soberbia:
Josefo la atribuye al “destino” y a un búho de mal agüero, y Lucas a
“un ángel
del Señor”, “porque no había dado gloria a Dios” (12,23). Las dos
versiones, de
autores muy distintos, ilustran cómo la transmisión oral daba variedad
dentro
de una identidad básica. La muerte de Agripa, recibida con regocijo en
Cesarea
y Sebaste, sugiere que el nacionalismo judío halló poca simpatía en las
ciudades helenísticas y que la oleada de sentimiento nacionalista
remitió por
un tiempo, dando un respiro a la joven Iglesia; Claudio no perseveró en
mantener unido Israel, sino que lo sometió de nuevo a un procurador.
26.6. ¿Una
teología característicamente petrina?
Es
casi imposible extraer una teología característicamente petrina de los
primeros
discursos de Hechos. Desde la perspectiva historiográfica, solo cabe
deducir
que Lucas obtuvo esa información de las más antiguas formulaciones de
los
primeros creyentes de Jerusalén, aún disponibles cuando investigaba.
Dado su
papel dirigente, cabe suponer que Pedro fue portavoz de esas creencias
y que
algunos de sus aspectos se debían a él. Según sugiere Hengel, podrían
atribuirse a influencia de Pedro rasgos como la continuación del
bautismo de
Juan “para el perdón de los pecados”; el uso de Sal 110,1 para llamar a
Jesús
“Señor” en uno de los más tempranos intentos de entender lo sucedido a
Jesús
(Hch 2,33-36; cf. 1 Pe 3,22); y la utilización de Is 53 en la primitiva
reflexión
sobre la muerte de Jesús, sugerida por el empleo de país
(“criado/niño”) en
alusiones atribuidas a Pedro (Hch 3,13.26; cf. 1 Pe 2,22-25).
El
contraste con Pablo es frustrante: como hay cartas escritas por el
propio
Pablo, podemos comparar la descripción lucana con sus propias palabras
e
inferir qué tradición recibió; pero es difícil, si no imposible,
extraer de
esas cartas alguna tradición distintamente petrina que Pedro le hubiera
comunicado durante sus dos semanas juntos en Jerusalén (Gál 1,18);
incluso la
aparición de Jesús resucitado a Pedro se reduce a dos palabras: “se
apareció a
Pedro” (1 Cor 15,5). Lo más próximo a una teología característicamente
petrina
está en la carta atribuida a él, 1 Pedro, donde podrá discernirse mejor
una
forma distintiva de su evangelio.
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