El
cristianismo en sus comienzos. Tomo II. Comenzando desde Jerusalén
Séptima parte. La primera fase
Capítulo 27. Crisis y conflicto
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
A partir de Hch 13 (mediados de
los
años cuarenta), Lucas centra casi exclusivamente su atención en
Saulo/Pablo y
en la misión con la que más tarde fue identificado. Sabemos que Pedro
continuó
su actividad misionera y que Santiago permaneció en Jerusalén como jefe
de
aquella iglesia, pero Lucas no desarrolla nada de ello, ni la
evangelización de
helenistas anónimos, ni la siembra de la fe en otras ciudades como
Edesa,
Alejandría o Cirene. Desde Hch 13 salta de Jerusalén a Antioquía, de
Antioquía
al Egeo y del Egeo a Roma. Hechos no ofrece una descripción completa de
los
comienzos del cristianismo, pero tampoco lo pretende.
27.1. La misión con punto de
partida
en Antioquía
a) Una innovación radical
La secuencia de Hch 13–14 es muy
discutida, en parte por la dificultad de compatibilizarla con el
testimonio de
Pablo de que entre sus dos visitas a Jerusalén estuvo activo en Siria y
Cilicia
(Gál 1,21). Es la primera referencia escrita sobre la difusión del
Evangelio
más allá del litoral mediterráneo. Las misiones de Felipe y de los
helenistas
habían preparado el camino, y la apertura en Antioquía había sido
amplia y
sostenida; en esa línea se emprende la nueva misión. Esta oscuridad no
debe
impedir apreciar la innovación que representaba dentro del judaísmo del
Segundo
Templo: aunque la acogida de temerosos de Dios era habitual, el
judaísmo seguía
siendo una religión étnica, y que una secta judía se esforzara en
convertir no
judíos como estrategia sostenida jamás se había intentado. Al franquear
la
puerta a los gentiles con la misma condición que a los judíos (fe en
Jesús el
Mesías) se inició el proceso de gentilización: el cristianismo, que
había
comenzado como judaísmo mesiánico, pasó a ser algo diferente.
Lucas era consciente de algunas
implicaciones, por lo que subraya que la misión se emprende por orden
del
Espíritu Santo (13,2.4), doblemente autorizada como la aceptación de
Cornelio;
seguramente usó buena tradición: el recuerdo de una declaración
profética
durante el culto. Nada que no llegara a la categoría de una clara
autorización
del cielo habría bastado para una apertura contraria a la creencia
general de
que, siendo el judaísmo la religión de los judíos, incorporarse a él
exigía al
menos “judaizar” o hacerse prosélito. Lucas deja claro también que la
elección
de Bernabé y Saulo se debió a la iglesia de Antioquía (13,3), que los
envió
como emisarios; la tradición recordaba a Bernabé como la figura
principal. La
misión suele llamarse “primer viaje misionero”, aunque la denominación
es
equívoca.
b) Chipre (Hch 13,4-12)
La primera etapa fue Chipre, a
solo 60
millas del puerto de Antioquía. Era natural que hicieran allí el primer
alto,
pues Bernabé era natural de la isla, algunos chipriotas figuraban entre
los
fundadores de la iglesia de Antioquía y muchos judíos se habían
establecido
allí. En Salamina emplearon el método que usarían sistemáticamente: la
predicación inicial en las sinagogas, imitando el modelo con el que los
helenistas habían fundado la iglesia de Antioquía. Algunos han
cuestionado que
Pablo, el apóstol de los gentiles, siguiera esta práctica, pero la
objeción es
poco imaginativa: los gentiles mejor dispuestos a recibir el Evangelio
eran
probablemente los ya atraídos al judaísmo como simpatizantes o
“temerosos de
Dios”, y los reiterados azotes que Pablo sufrió (cinco veces treinta y
nueve
azotes, 2 Cor 11,24) confirman que su relación con la sinagoga continuó
mucho
tiempo. Que Lucas no mencione oposición de los judíos chipriotas,
cuando el
antagonismo judío se vuelve destacado a partir de la etapa siguiente,
indica
que esa oposición no era una fijación suya.
La narración se concentra en un
episodio: el encuentro con el mago Elimas en Pafos y la conversión del
procónsul romano Sergio Paulo, ambos históricamente verosímiles, pues
las
fuentes hablan de romanos de clase alta atraídos por las
“supersticiones” orientales
y de gobernantes que tenían magos y adivinos entre su personal.
Bar-Jesús es el
clásico ejemplo de mala integración judía en el mundo religioso más
amplio (un
judío que era mago y falso profeta): es el único personaje descrito
como mago
en Hechos —la confrontación mediante magia es uno de los temas
secundarios del
libro— y el único descrito como “falso profeta judío”, lo que conecta
con la
historia de la falsa profecía en Israel; su oposición al Evangelio se
contrasta
con la devastadora acusación de un Saulo lleno de Espíritu. Lucas
presenta como
contraste a Sergio Paulo, uno de sus romanos buenos: el representante
de la
autoridad romana, “hombre inteligente” abierto a la Palabra, frente a
la doblez
del mago. El resultado es la conversión del procónsul, pero,
sorprendentemente,
Lucas no narra reacción de los judíos ni nuevas conversiones, quizá por
la
brevedad de sus fuentes, aunque casi con certeza tuvo alguna. El paso
del
“Saulo” judío al “Paulo” grecorromano se produce curiosamente en este
punto (13,9),
antes de la conversión del procónsul; podría reflejar la transición a
una
misión más abierta a griegos y romanos, una transición en su relación
con
Antioquía y el ascenso de Pablo a la preponderancia sobre Bernabé,
invirtiendo
la relación anterior.
c) Antioquía de Pisidia (Hch
13,13-52)
El grupo llegó a Perge y se
dirigió al
interior, hacia Antioquía de Pisidia. El rumbo es algo sorprendente y
deja dos
cuestiones abiertas: por qué Juan Marcos se separó en Perge y regresó a
Jerusalén —quizá disconforme con que Pablo hubiera sustituido a Bernabé
o con
la dirección más ambiciosa de la misión—, y por qué se dirigieron a la
meseta
de Anatolia —tal vez por la mala salud de Pablo (Gál 4,13-14) o por los
vínculos familiares de Sergio Paulo, natural de Antioquía de Pisidia—.
Antioquía de Pisidia era la principal colonia romana del oriente
griego, con
abundante población judía y una floreciente sinagoga que atraía a
simpatizantes
gentiles influyentes (13,50). Llegar a los gentiles temerosos de Dios a
través
de las sinagogas era la clave de la estrategia paulina. El sermón fue
bien
recibido el primer sábado, y el siguiente “casi toda la ciudad” acudió,
lo que
provocó la reacción de los judíos: no tanto por el mensaje como por su
capacidad de atracción, que podía alterar las buenas relaciones de la
comunidad
judía. La reacción de Pablo es arquetípica: se vuelve a los gentiles,
citando
Is 49,6, aunque siguió con la misma práctica de empezar en la sinagoga;
la
escena se repetirá (18,6; 28,25-28). Lucas capta la intención paulina:
“al
judío primero, pero también al griego”.
d) El sermón de Pablo en Antioquía
(Hch 13,16-43)
El discurso es comparable al
primer
sermón de Pedro (2,14-39) en extensión y carácter, paralelo sin duda
deliberado: Pablo predica el mismo mensaje. El párrafo inicial es
propio de
cada orador; el kerigma se centra en la muerte de Jesús, instigada por
su
pueblo y vindicada con la resurrección; el cumplimiento de Sal 2,7
figura aquí
en lugar de Sal 110,1, aunque Sal 16,10 es común; y ambos comparten la
exhortación a creer y el ofrecimiento de perdón. Aún más que en el
capítulo 2
se subraya la continuidad con la antigua revelación a Israel, pero
llama la
atención que el discurso se dirija también a los temerosos de Dios
gentiles,
incluidos en la continuidad (“nuestros padres”, “nosotros, sus hijos”):
expresa
una apertura solo insinuada en los sermones de Pedro. La intención de
Lucas no
es reproducir el sermón, sino ofrecer en miniatura una idea de lo que
Pablo
dijo; el doble aspecto (continuidad con Israel y apertura a los
gentiles) es
característico de Pablo, mientras que la exhortación final es menos
paulina. El
sermón ofrece más una mirada de soslayo a Pablo que material para
reconstruir
su predicación más temprana.
Misión de Pablo desde Antioquía.
e) Iconio, Listra y Derbe (Hch
13,50–14,20)
Expulsados de Antioquía, Pablo y
Bernabé fueron a Iconio, donde se repite el patrón: predicación en la
sinagoga,
muchos creyentes judíos y griegos, y judíos que excitan a los gentiles;
tras
enterarse de un plan contra ellos, huyen a Listra. Predicar sobre Jesús
como
“Señor” en ciudades con culto al emperador podía producir escalofríos.
En
Listra, sin sinagoga, una curación milagrosa ofrece la ocasión de un
encuentro
decisivo: los habitantes toman a los misioneros por dioses (“los dioses
han
bajado en figura de hombres”), lo que da pie a Lucas para subrayar el
mensaje
sobre un Dios único, Creador de todo. El breve discurso (14,15-17) es
de
carácter totalmente judío: hay que convertirse de la vana idolatría al
Dios
vivo. Este axioma de la fe judía figura aquí como parte de la buena
noticia,
pues la fuerte propensión evangelizadora del cristianismo primitivo
hizo
necesario convertir su monoteísmo en parte de su predicación: el
evangelio es
ante todo sobre Dios, y luego sobre Jesús. No hay nada inverosímil en
la serie
de acciones: el propio Pablo recuerda haber sido apedreado (2 Cor
11,25) y 2
Tim 3,11 conserva tradición de persecución en Listra. El viaje terminó
en
Derbe, con notable éxito en hacer discípulos.
f) La vuelta de los misioneros
sobre
sus pasos (Hch 14,21-28)
El viaje de regreso se narra con
gran
economía. Que Pablo y Bernabé pudieran regresar a ciudades de las que
habían
sido expulsados indica que la oposición había sido un fenómeno de
multitudes.
Las cartas confirman que Pablo, fundador de iglesias, se interesaba por
su
desarrollo, por lo que una visita de seguimiento era prioritaria:
confortaba y
exhortaba a sus convertidos a “permanecer en la fe” y presentaba el
sufrimiento
como puerta del reino, temas y lenguaje típicos de Pablo como pastor.
La
referencia al nombramiento de ancianos (14,23) crea una anomalía
histórica,
pues las cartas indiscutiblemente paulinas no hablan de ancianos;
parece que
Lucas dio por supuesta desde el principio una estructura eclesial más
común en
su tiempo, leyendo las tradiciones de la época fundacional de modo que
resultaran visibles la armonía y el orden de las iglesias primitivas.
El
informe a la iglesia de Antioquía subraya que era Dios quien había
abierto a
los gentiles la puerta de la fe; se había iniciado una nueva fase con
efectos
que Lucas procede a describir.
g) Evaluación sumaria
En Hch 13–14 hay patentes indicios
de
aportaciones lucanas: misión por mandato del Espíritu, confrontación
con la
magia, actitud favorable de las autoridades romanas, la sinagoga como
punto de
partida, un sermón que subraya la continuidad con la herencia judía,
otro que
suena tan artificial como muchos discursos de la historiografía antigua
(14,15-17), oposición de “los judíos”, el primer caso del tema de la
“vuelta a
los gentiles”, el interés en recalcar que todo sucede según los
designios de
Dios, la difusión de la Palabra y la anacrónica noticia del
nombramiento de
ancianos. Notables son también los paralelos creados entre Pablo y
Pedro:
milagros punitivos, sermones iniciales marcadamente similares y la
curación de
un “tullido de nacimiento” que suscita el asombro de la multitud y da
ocasión
de predicar.
Pero hay igualmente indicios de
tradición recibida, quizá del propio Pablo o de Timoteo, conocido de
los
discípulos de Listra e Iconio: la profecía de la que resulta una nueva
estrategia (13,2-4); la primera y obvia etapa en Chipre, patria de
Bernabé; el
sorprendente nombre Bar-Jesús y la oscuridad del nombre Elimas; la
correcta
designación de Sergio Paulo como “procónsul”, siendo Chipre provincia
senatorial; el embarazoso dato de que Juan Marcos abandonó la misión;
el
vínculo de Sergio Paulo con Antioquía de Pisidia; la breve descripción
del
servicio sinagogal, coincidente con lo que sabemos por Filón y Josefo;
la
implicación de que las comunidades judías tenían simpatizantes
influyentes
entre los ciudadanos locales; el recuerdo de la misión en Antioquía,
Iconio y
Listra (2 Tim 3,11); la referencia a Pablo y Bernabé como “los
apóstoles”
(14,4.14), que solo se explica desde una perspectiva antioquena,
habiendo sido
ambos elegidos y enviados por esa iglesia; y la estrecha coincidencia
entre la
enumeración de sufrimientos de Pablo (2 Cor 11,25) y el relato de Hch
14,19.
Lucas presentó además a Pablo de manera armónica con su propio
testimonio
(aunque menos logradamente en el sermón): el Evangelio “al judío
primero, pero
también al griego” (cf. Rom 1,16); la misión como cumplimiento de Is
49,6 (cf.
Gál 1,15-16); el sermón de 14,15-17 como variación de Rom 1,20-23 y eco
del
llamamiento a volverse de los ídolos al Dios vivo (1 Tes 1,9); y la
presentación del sufrimiento como preliminar necesario de la gloria.
27.2. La crisis
La crisis estalló tras el regreso
a
Antioquía, en la segunda mitad de los años cuarenta. Tanto Lucas como
Pablo
coinciden en que lo que la ocasionó era la circuncisión: si los
creyentes
gentiles tenían que circuncidarse. Según Hch 15,5, “algunos de la secta
de los
fariseos” que se habían hecho creyentes exigían circuncidar a los
gentiles y
mandarles guardar la Ley. Para apreciar lo que estaba en juego hay que
entender
por qué la circuncisión era tan importante, por qué había sido relegada
y por
qué tardó tanto en debatirse.
a) Circuncisión
La importancia fundamental de la
circuncisión está clara en Gn 17,9-14: sería “una señal de la alianza”,
una
alianza “en vuestra carne como alianza eterna”, y todo varón
incircunciso “será
extirpado de su pueblo”. La alianza que constituía a Israel —la semilla
de
Abrahán, heredera de las promesas, la asamblea de Dios— era “la alianza
de la
circuncisión” (Hch 7,8); sin ella no hay alianza, ni promesa, ni
nación. La
crisis macabea reforzó enormemente su valor como señal de identidad y
marca
divisoria indeleble: la aversión helenística a lo que los griegos veían
como
una mutilación causó que muchos judíos “eliminaran las marcas de la
circuncisión”, y durante la rebelión fue una cuestión decisiva: el
decreto
sirio ejecutaba a las mujeres que circuncidaban a sus hijos —con los
niños
colgados al cuello—, y los rebeldes macabeos circuncidaban a la fuerza
a
cuantos niños incircuncisos encontraban en el territorio de Israel. La
circuncisión forzosa estuvo a la orden del día en los territorios
conquistados
por los asmoneos, y el Libro de los Jubileos subraya que el
incircunciso “no
pertenece a los hijos de la alianza…, sino a los hijos de la
destrucción”.
Así se entiende la lógica de Hch
15,1:
“A menos que os circuncidéis según la costumbre mosaica, no os podréis
salvar”.
La circuncisión era imprescindible. Su carácter esencial era conocido y
comentado en todo el mundo grecorromano, lo que es notable porque
también la
practicaban otros pueblos; en el caso de los judíos tenía especial
prominencia
por insistencia de ellos, como esencial para marcar y conservar su
peculiaridad
nacional y religiosa y para la salvación final esperada como miembros
de la
alianza. Tácito escribe que “adoptaron la circuncisión para
distinguirse de
otros pueblos”, y Josefo, que Dios la mandó a Abrahán “a fin de que su
descendencia no se mezclase con otras”; por eso Pablo pudo redefinir la
distinción judío/gentil como “circuncisión/incircuncisión”. Para los
convertidos al judaísmo, someterse a ella era el paso determinante para
cruzar
la frontera entre el gentil y el judío, el rito por el que quien no era
hijo de
Abrahán se convertía en hijo de la promesa. Más de una vez se cuestionó
la
necesidad del rito en sí, pero la respuesta siempre fue que era
demasiado
fundamental para prescindir de él; ni siquiera al docto Filón se le
habría
ocurrido razonar de otra manera. En Hechos, el argumento de que los
gentiles
debían circuncidarse se atribuye a creyentes “de la secta de los
fariseos”; en
Pablo, a un grupo al que llama despectivamente “falsos hermanos
infiltrados”.
En ambos casos eran representativos de los más tradicionales, y
sorprende que
solo ellos sintieran la necesidad de abordar la cuestión.
b) ¿Por qué los evangelizadores
judíos
no circuncidaban convertidos gentiles?
Aquí hay que volver al
sorprendente
abandono de la manera uniforme de proceder con los gentiles: a los
convertidos
en Antioquía no se les exigía la circuncisión. De haberse establecido
la pauta
tradicional, abandonarla habría suscitado protestas mucho antes; la
escandalosa
realidad histórica es que misioneros judíos aceptaban gentiles como
miembros
plenos sin exigirles que se circuncidasen. La razón es que la venida
sobre
ellos del Espíritu (y el bautismo) hacía superflua la circuncisión:
gentiles
temerosos de Dios que creían “recibían el Espíritu” —una experiencia
transformadora, perceptible para otros—, como atestiguan Lucas
(Cornelio,
10,45-46) y Pablo (Gál 3,2.5). Ambos lo consideran prueba de la
aceptación
divina de los gentiles aún incircuncisos. Los misioneros concluyeron
que la
circuncisión era innecesaria: Dios había eliminado la línea divisoria
marcada
por el rito. Lucas, sin embargo, no saca la misma conclusión sobre el
bautismo
(Cornelio, ya bautizado en el Espíritu, recibe el bautismo de agua),
pues
bautismo y circuncisión pertenecían a órdenes distintos; la clave está
en el
papel de la circuncisión para distinguir al judío del gentil, barrera
que Pedro
y Pablo rompieron al comprender que el Espíritu había prescindido de
ella.
Queda una pregunta: ¿por qué la
cuestión no se abordó antes? Probablemente porque los tradicionalistas
veían a
los creyentes gentiles en la misma situación ambigua que los “temerosos
de
Dios” adheridos a la sinagoga, sin inquietarse por incorporaciones como
la de
Cornelio, vistas como excepciones anómalas o como comienzo de la
peregrinación
escatológica de los gentiles. La alarma solo sonó cuando los
convertidos
gentiles empezaron a superar en número a los creyentes judíos: la
excepción
estaba deviniendo regla. El éxito de la misión enviada desde Antioquía
formuló
directamente la pregunta hasta entonces no planteada. Conviene subrayar
la
importancia de aquella dispensa: un acontecimiento nuevo (gentiles que
reciben
el Espíritu) estaba relegando una regla que había definido al pueblo de
Dios
durante siglos, avalada por revelación divina. Es precisamente en esos
momentos, por percepciones sentidas como nueva revelación, cuando se
forman las
nuevas religiones.
27.3. El Concilio de Jerusalén
Pablo y Lucas coinciden en que la
crisis se resolvió en un encuentro en Jerusalén con intervenciones de
Pablo,
Bernabé, Santiago y Pedro (Gál 2,1-10; Hch 15,6-29). La mayoría de los
comentaristas ve dos versiones de un mismo encuentro, pero una minoría
identifica
Gál 2,1-10 con la visita anterior de Hch 11,30, datando Gálatas antes
del
concilio. Lo que está en juego es la fiabilidad de la narración de
Lucas,
particularmente del “decreto apostólico”.
a) Gálatas 2 = Hechos 11
Esta reconstrucción tiene una
triple
ventaja: hace coincidir a Lucas y Pablo en tratar la visita decisiva
como la
segunda; evita las dificultades de relacionar Hch 15,6-29 con Gál
2,1-10,
especialmente la falta de toda referencia de Pablo al decreto
apostólico; y ve
en Hch 15 la resolución de la crisis de Antioquía. Pero origina
problemas
notables: el incidente de Antioquía encaja con dificultad en la
secuencia de
Hechos; obligaría a suponer que Lucas pasó por alto un acuerdo previo
sobre la
circuncisión, pese a que Pablo relaciona Gál 2,1-10 con un acuerdo
formal que
habría hecho innecesario todo debate posterior; y la actitud atribuida
a Pedro
en Hch 15,10 es incompatible con su conducta en Gál 2,12, además de
resultar
difícil que un Pablo tan indignado en Gál 2 actuara con la mansedumbre
que
sugiere Hch 15.
b) Gálatas 2 = Hechos 15
Los puntos fuertes de Gálatas son
los
débiles de Hechos, y viceversa. Si lo que está en juego es la
fiabilidad de
Lucas, conviene ver si esta reconstrucción daña su reputación más que
la de la
mayoría de los historiadores antiguos. Lucas era despreocupado al
narrar las
relaciones de Pablo con Jerusalén (9,26-30), mientras que Pablo era
mucho más
escrupuloso; su confusión sobre Hch 11,30 no es más grave que la de su
versión
de la primera visita. Las diferencias entre Hechos 15 y Gálatas son
marcadas,
pero ninguno ofrece una crónica objetiva: Lucas relata el encuentro
como lo
haría un dirigente jerosolimitano (los actores principales son Pedro y
Santiago, y a Bernabé y Pablo los despacha en una frase), mientras que
Pablo
recuerda como decisiva su propia contribución, eclipsando casi por
completo a
Bernabé. Reconocido esto, es muy probable que Hch 15 y Gál 2 sean
versiones de
un mismo acontecimiento, con solo el decreto apostólico como problema
persistente.
c) La relación entre Pablo y
Jerusalén
Para ver detrás de ambas
perspectivas
un recuerdo compartido hay que atender a la susceptibilidad de Pablo al
describir su relación con Jerusalén. Al negar que recibió su evangelio
de los
apóstoles, reconocía sin embargo su autoridad: el verbo “consultar”
(Gál 1,16)
implica que esos apóstoles eran las obvias autoridades a las que
acudir. En la
segunda visita, Lucas presenta a Pablo y Bernabé como emisarios de
Antioquía
(Hch 15,1-3), mientras que Pablo afirma que fue “movido por una
revelación”
(Gál 2,2), declarando su independencia de Jerusalén y Antioquía; pero a
la vez
reconoce que fue para “saber si corría o había corrido en vano”, lo que
muestra
que consideraba decisiva la aprobación jerosolimitana. La tensión es
espectacular: por un lado admite que la decisión de Jerusalén fue
crucial, pues
quería remitirse a esa autoridad; por otro, pretende dejar claro que ya
no la
reconoce sobre él. Con su fórmula “los tenidos en algo” (2,6) adopta un
tono
ligeramente despectivo: reconoce su preeminencia pasada pero la declara
irrelevante ahora. Algo había sucedido entre la consulta y la escritura
de la
carta: probablemente el incidente de Antioquía, que hace difícil la
secuencia
Gál 2,10 = Hch 11,30.
27.4. El acuerdo alcanzado en
Jerusalén
Según Pablo
El encuentro (Gál 2,1-10) fue muy
tenso. Se habían infiltrado “falsos hermanos” —cristianos judíos con
una idea
muy distinta de lo exigible a los gentiles—, y el principal asunto era
la
circuncisión. Pablo y Bernabé habían traído a Tito, un griego
convertido, cuyo
caso serviría de precedente; los “falsos hermanos” intentaron “forzar”
su
circuncisión, pero Tito no fue circuncidado. Lo más probable es que no
fueran
los apóstoles de Jerusalén quienes ejercieran tal presión: estos
trataron de
que Pablo accediera, pero sin insistir, reconociendo la fuerza de sus
argumentos. La contraargumentación es clara (2,7-9): la gracia de Dios
había
probado ser tan eficaz con los convertidos gentiles que la circuncisión
resultaba superflua. “Los tenidos en algo ninguna cosa me añadieron”
(2,6):
Tito no fue circuncidado, y los apóstoles “columnas” consintieron
formalmente
en que el Evangelio se predicara a los gentiles sin exigirles la
circuncisión.
No debe subestimarse lo admirable de la decisión: que judíos dirigentes
de una
secta mesiánica aceptaran formalmente que ya no fuera exigible la
circuncisión
(¡a pesar de Gn 17!) es asombroso. Sin la aquiescencia de Santiago,
Pedro y
Juan, la apertura misionera se habría malogrado o convertido en secta
renegada;
en particular Santiago, más próximo al extremo tradicionalista, era
acreedor al
aplauso de los cristianos gentiles por reconocer la gracia divina aun
manifestada de forma inesperada.
De Gál 2,1-10 se entresacan otros
dos
elementos del compromiso. El acuerdo formal se refiere muy brevemente:
los
apóstoles columnas “nos dieron a mí y a Bernabé la mano derecha de la
amistad,
que nosotros a/para los gentiles, y ellos a/para la circuncisión”.
Suele verse
como una división de la responsabilidad misionera, y se debate si era
geográfica o étnica, pero ninguna interpretación es satisfactoria, pues
había
muchos más judíos en la diáspora que en la tierra de Israel y la
táctica de
Pablo era llegar a los gentiles por las sinagogas. La ausencia de verbo
y la
amplitud de la preposición eis sugieren una división muy
general: Pablo
y
Bernabé en relación con los gentiles, Pedro, Santiago y Juan con los
judíos.
Como Pablo y Bernabé representaban de hecho a la iglesia de Antioquía,
quizá
deba verse en el acuerdo un reconocimiento del papel de cada parte:
Antioquía
representaría los intereses de la misión a los gentiles y Jerusalén los
de la
misión a los judíos. Esta interpretación ayuda a explicar la posterior
actitud
de Pablo respecto a lo que consideraba intromisiones en sus
responsabilidades.
Pablo recuerda también una
condición
no integrada en el acuerdo formal, sino impuesta con carácter
suplementario:
“solamente que debiéramos tener presentes a los pobres” (2,10),
probablemente
los de Jerusalén. La preocupación activa por los pobres era
característica de
la Ley y la tradición judía; más en concreto, la limosna se entendía
como
expresión central de la justicia según la alianza, con cierta sinonimia
entre
“limosna” y “justicia”, y era particularmente importante en el caso de
los
temerosos de Dios, como Cornelio. Además, la expectativa de la
peregrinación
escatológica de los prosélitos al monte Sion incluía la idea de que
irían
llevando dones. Si a los gentiles no se les exigía la circuncisión,
¿qué otra
cosa los uniría al pueblo de Dios? La justicia de la limosna era
precisamente
ese vínculo, garantía de que los creyentes gentiles asumían los deberes
pactales. Así, el acuerdo de Jerusalén fue probablemente un compromiso:
la
jerarquía, habiendo reconocido la misión de Pablo (dubitativamente) y
cedido en
la circuncisión (de mala gana), trató de salvaguardar que el pacto
imponía
obligaciones que los gentiles debían cumplir; Pablo y Bernabé,
alcanzado su
objetivo principal, no tuvieron inconveniente en aceptar una obligación
que de
todos modos querían mantener. El problema es que la jerarquía pensaba
salvaguardar una cuestión de principio —el nomismo pactal—, mientras
que Pablo
entendía el acuerdo como superación de toda práctica destinada a
separar a
judíos de gentiles. Curiosamente, Pablo no menciona nada sobre comer
con
gentiles, olvido de gran trascendencia para el episodio siguiente. El
acuerdo
consta, pues, de tres elementos: la división de responsabilidades, el
reconocimiento de una misión a los gentiles sin circuncisión y la
disposición
sobre los pobres.
Según Lucas
La versión lucana difiere
considerablemente: el precedente determinante lo da el encuentro de
Pedro con
Cornelio (15,7-9), no el éxito de Pablo; la intervención de Pablo y
Bernabé es
solo confirmatoria; y el papel decisivo se atribuye a Santiago
(15,13-21). La
resolución de Santiago se apoya en Am 9,11-12 (sobre la reconstrucción
de la
tienda de David para que los gentiles busquen al Señor), y las
salvedades —el
llamado “decreto apostólico” (15,20)— son más extensas que la
exhortación a
recordar a los pobres: abstenerse de lo contaminado por ídolos, de la
fornicación, de lo estrangulado y de la sangre. Las diferencias llevan
a muchos
a negar la historicidad estricta de Hch 15: la cita sigue los LXX, y la
condición adicional no cuadra con Gál 2,10 —¿cómo pudo Pablo afirmar
que nada
le fue impuesto?—. Pablo aceptaba dos de los cuatro componentes (ídolos
y
fornicación), pero aceptar los otros dos, relativos a carne kósher,
equivalía a
reconocer la Ley como base de la armonía, a lo que se oponía
decididamente; nunca
alude a tan importante acuerdo. Por eso Hch 15 no puede considerarse
historia
en sentido estricto.
Por otro lado, las dos versiones
coinciden en tres aspectos significativos que prueban que se refieren a
un
mismo encuentro: el precedente decisivo de la recepción del Espíritu
por
gentiles incircuncisos; el resultado principal de que no era necesaria
su
circuncisión; y la presencia de una condición adicional. Además, el
argumento
de Santiago no es inconcebible en Pablo: la imagen del “pueblo de Dios”
da a
entender que la llamada a los gentiles es coherente con la llamada a
Israel y
una prolongación de ella, y la cita de Am 9,11-12 ofrece una visión de
un
Israel restaurado en el que judíos y gentiles constituyen un todo,
argumentos
muy paulinos. Lucas ofreció una versión coherente con su intención de
describir
los comienzos como un período de concordia, presentando a Santiago
apoyando el
precedente de Pedro en términos muy propios de Pablo, con lo que logra
una
relación del acuerdo alcanzado por esas tres figuras clave y hace
hincapié en
la armonía.
Las condiciones del “decreto
apostólico” no parecen basarse en las “leyes noédicas”, sino en la
legislación
relativa al “forastero residente”, es decir, a los no judíos que vivían
de
manera permanente en la tierra de Israel. El decreto podría entenderse
como la
solución de la iglesia jerosolimitana al problema de cómo considerar a
los
temerosos de Dios que habían devenido creyentes y recibido el Espíritu
como
gentiles: tratarlos de hecho como “forasteros residentes”. La condición
era,
para los efectos, similar a la impuesta sobre la limosna en la versión
de
Pablo: en ambos casos los judíos más tradicionalistas, encabezados por
Santiago, intentaban asegurar que los creyentes gentiles, aun
incircuncisos,
mantuvieran un estilo de vida en armonía con las prioridades de los
creyentes
judíos. La iniciativa está concebida desde una perspectiva judía, con
el
respeto de la Ley como elemento aglutinador, y no se piensa todavía en
comunidades cristianas como tales (nótese la ausencia de toda
referencia
abierta a Jesús).
Puesto que la versión lucana no
coincide en detalle con la de Pablo y refleja una perspectiva tan
distintamente
jerosolimitana, lo más probable es que esta fuera la visión de
Jerusalén de los
acontecimientos, o que la teología y la práctica fueran tal como
quedaron
establecidas en los años siguientes al Concilio. El origen del decreto
lo
indican sus destinatarios (15,29): los creyentes gentiles de Antioquía,
Siria y
Cilicia, iglesias fundadas cuando Pablo aún reconocía plenamente la
autoridad
de Jerusalén. Como las disposiciones de Santiago tuvieron probablemente
el
apoyo de toda la iglesia de Antioquía pese a la disconformidad de
Pablo, debió
de haber una quiebra en las relaciones de Pablo con esa iglesia y con
las que
operaban bajo su supervisión, lo que explica que nunca vuelva a
referirse a las
iglesias de Siria y Cilicia mientras se esfuerza por conservar su
influencia en
las de Galacia. Cabe pensar, pues, que el decreto representa la
práctica
desarrollada en las iglesias mixtas que continuaron bajo la supervisión
de
Jerusalén y Antioquía, que Lucas —como hizo con el nombramiento de
ancianos—
retroproyectó al Concilio, viéndola desde la perspectiva de su tiempo,
cuarenta
o cincuenta años después. Ello lleva aparejada la duda sobre la
historicidad de
la expedición de la carta con el decreto a Antioquía y a las iglesias
de Siria,
Cilicia y Galacia: una vez más, es en su descripción de los contactos
de Pablo
con los “apóstoles” de Jerusalén donde el relato de Lucas resulta menos
compatible con la actitud de Pablo. El único elemento que concuerda con
la
actividad posterior de Pablo es la aparición de Silas, primero como
representante de Jerusalén y luego como sustituto de Bernabé, aunque la
tradición lucana es algo confusa en este punto.
27.5. Conflicto: el incidente en
Antioquía
A la crisis siguió el conflicto.
Algún
tiempo después del acuerdo se produjeron en Antioquía acontecimientos
que
pusieron a prueba la buena voluntad generada. La causa fue la misma
que, según
Lucas, afrontó Pedro con Cornelio: la licitud de que un judío comiera
con un
gentil. Pedro había bajado a Antioquía y comía con todos los creyentes,
judíos
y gentiles; pero cuando llegaron “algunos de parte de Santiago”, empezó
a
separarse de los creyentes gentiles, seguido por el resto de los
judíos,
incluido Bernabé. Pablo se enfrentó a Pedro abiertamente.
a) Cinco expresiones clave
La intensidad de la preocupación
de
Pablo y su consternación ante la conducta de Pedro se juzgan por la
franqueza
de su retórica: Pedro “era reprensible” (2,11), “temía a los de la
circuncisión” (2,12), practicaba la “hipocresía” (2,13), “no procedía
con
rectitud, conforme a la verdad del Evangelio” (2,14). La dureza del
lenguaje
opaca la cuestión de fondo, que se aclara con cinco expresiones
empleadas en el
relato. Primera: Pedro “se separaba” (aphorizō) de los creyentes
gentiles; al
verbo subyace la palabra hebrea parash (“separado”), de la que
procede,
según
la opinión mayoritaria, el término “fariseos” (los “separados”), por su
tendencia a separarse de los demás israelitas para mantener la pureza.
Era casi
un término técnico, usado también en un documento de Qumrán (4QMMT)
donde sus
dirigentes explican que se habían tenido que “separar” del resto de
Israel por
razones de pureza. La conducta de Pedro obedecía, pues, a la misma
motivación
de los fariseos, o incluso a una inquietantemente similar a la de los
qumranitas; si hay alusión a la tradición de Cornelio, Pedro estaba
contradiciendo la revelación recibida (Hch 10,28), lo que explica la
acusación
de hipocresía.
Segunda: Pablo califica la
conducta
anterior de Pedro —cuando “comía con los gentiles”— de “vivir como un
gentil y
no como un judío” (2,14). La frase no significa que los creyentes
judíos
hubieran abandonado totalmente la ley que gobernaba las relaciones con
los
gentiles; el modelo de Antioquía, como indica Josefo, era que los
gentiles se
relacionaran con los judíos aceptando al menos algunas de sus
costumbres. Decir
de otro judío que se conducía como los gentiles era un modo eficaz de
vilipendiar un proceder desaprobado en las polémicas intrajudías, por
lo que la
frase está tomada casi con certeza del lenguaje de quienes rechazaban
la
conducta de Pedro. Tercera: Pablo lo acusa de “forzar a los gentiles a
judaizar” (2,14); el verbo “judaizar” se empleaba con el sentido de
adoptar un
estilo de vida judío, como hacían muchos no judíos asistiendo a las
sinagogas,
en un estadio anterior a la circuncisión, el de los temerosos de Dios.
Pedro y
los creyentes judíos estaban presionando a los gentiles para que
potenciaran el
carácter judío de su vida: las condiciones en que se había compartido
mesa ya
no eran suficientemente “judías”.
Cuarta: Pablo argumenta desde una
perspectiva particularmente judía: “Nosotros somos judíos por
naturaleza y no
gentiles pecadores” (2,15). “Pecador” designa al infractor de la Ley,
pero
también se aplicaba a los judíos de una facción opuesta y, sobre todo,
al
gentil, ajeno por definición al pueblo de la alianza, un “fuera de la
Ley”. Es
difícil no percibir la nota despectiva: Pablo utilizaba el lenguaje que
subyacía a la acción de Pedro y buscaba terreno común con sus hermanos
judíos,
con la acusación implícita de que el abandono del compartir mesa
equivalía a
seguir mirando a los gentiles como pecadores, aun sabiendo que eran
receptores
de la gracia y el Espíritu; de ahí su ulterior argumento (2,17):
entender como
“pecado” la inobservancia del estilo de vida judío es considerar a
Cristo, que
ha aceptado a esos no observantes, como “servidor del pecado”. Quinta:
“obras
de la Ley”, en cierta antítesis a “fe en Jesucristo” (2,16); denota
hacer lo
que manda la Ley, la conducta prescrita por la Torá, y resume la
concepción
tradicional de la relación pactal: Israel, como respuesta a la gracia
de su
elección, debía obedecer la Ley (el “nomismo pactal”). En el contexto
de
2,11-17, hacer las obras de la Ley significa “separarse” de los
“pecadores” y
llevar el estilo de vida judío, de ahí su tono negativo, aunque hacer
las obras
de la Ley fuera en sí algo bueno.
b) Un paralelo esclarecedor: 4QMMT
La publicación de 4QMMT (1994)
aclaró
el lenguaje paulino: en esa carta aparecen el lenguaje de “separación”
y la
expresión “las obras de la Ley”, hasta entonces considerada casi
exclusiva de
Pablo. La frase “algunas de las obras de la Ley” introduce una serie de
resoluciones haláquicas sobre el templo, el sacerdocio y la pureza; el
paralelo
con Gálatas es sorprendente, pues Pablo emplea la expresión como
referencia
sumaria a las normas (el compartir mesa) que gobernaban la conducta de
Pedro.
Aún más notable es el tercer paralelo: la carta de Qumrán concluye con
la
esperanza de que la fidelidad haláquica “te será contada por justicia”
(de Gn
15,6). Pero mientras 4QMMT señala que la fidelidad haláquica es contada
como
justicia, Pablo sostiene que justicia no son las obras de la Ley, sino
la fe,
creer como creyó Abrahán (Gál 3,6-9). Así, 4QMMT ilumina la idea
subyacente a
la actitud de Pedro: que había “obras de la Ley” decisivas para la
propia
posición ante Dios. Pablo refleja y opugna deliberadamente esa
posición; desde
su perspectiva, Pedro y los otros habían sucumbido a una visión judía
de los
gentiles que ya debía haber quedado atrás.
c) El elemento ausente en el
acuerdo
de Jerusalén
Para entender la secuencia hay que
suponer que la cuestión del compartir mesa no se había tratado en el
acuerdo de
Jerusalén. Se aduce que Tito comería allí con cristianos judíos, pero
no
necesariamente: no sabemos dónde se alojaron, los grupos pudieron
amoldarse a
las prácticas tradicionales, comer juntos pero no la misma comida, o
tratar a
Tito como excepción individual. Sobre todo, si el asunto se hubiera
abordado en
Jerusalén como en Antioquía, ¿habrían aprobado Santiago y los otros que
Tito
comiera con judíos? La responsabilidad no puede imputarse solo a “los
de la
circuncisión”, ni exonerar a Santiago: la llegada de “algunos de parte
de
Santiago” fue el catalizador de la separación de Pedro, lo que solo
pudo
ocurrir porque Santiago desaprobaba que comiera con gentiles. La
solución más
probable es que el acuerdo no incluyó la cuestión de las iglesias
mixtas: la
presencia de Tito no la suscitó, la crisis sobre la circuncisión fue
tan
traumática que ninguna parte quiso tocar otro asunto, y Santiago pudo
entender
que la adición al acuerdo salvaguardaba el nomismo pactal. Hay que
tener
presente, además, la deteriorada situación política en Judea —la crisis
de
Calígula, el reinado de Agripa, los procuradores duros—, que avivó el
sentimiento nacionalista y presionó a los judíos de la secta a mostrar
apego a
sus leyes; quizá había más que sarcasmo en la acusación de que Pedro
“temía a
los de la circuncisión”.
d) Las razones de Pedro
A menos que consideremos a Pedro
carente de principios, debemos inferir que tuvo buenas razones para
separarse,
pues tampoco fue el único: también Bernabé cambió de postura. Pedro
debió de
enfocar la situación desde el nomismo pactal, entendiendo que un judío
estaba
obligado a vivir con arreglo a la Ley; sintió la creciente presión del
nacionalismo y pudo dejarse influir por la delegación de Santiago; le
preocupaba la continuidad de su misión a los circuncisos, pues ser
identificado
como “pecador” lo habría hecho inaceptable para muchos judíos; y quizá
esperaba
que los creyentes gentiles se comportaran como los temerosos de Dios,
adoptando
costumbres judías —la acusación de “forzar a judaizar” puede ser una
lectura
agria de su táctica de retirada gradual—. En conjunto, la política de
Pedro era
bastante sensata: mostraba que le importaban las creencias de otros
judíos sin
imponer a los gentiles una exigencia adicional, pues el Evangelio no
estaba en
juego (los gentiles ya habían recibido el Espíritu y el bautismo).
Pablo no
estaba de acuerdo, y bien que lo demostró.
e) La verdad del Evangelio: el
terreno
común
La respuesta de Pablo (Gál
2,14-16)
muestra su esfuerzo por expresar lo que estaba en juego. Las frases
“vivir como
gentil” y “gentiles pecadores” citan probablemente el lenguaje del
grupo de
Santiago para censurar a Pedro; Pablo lo recoge como punto de partida
de su
recriminación. También apela al terreno común: “nosotros, que somos
judíos…,
sabemos que nadie se justifica por las obras de la Ley, sino solo por
la fe en
Jesucristo”. La apelación es doble: a la compartida condición judía —la
“justificación” enraizada en la herencia común, en que la condición de
judío se
debía enteramente a la iniciativa de Dios, como confirma la cita de Sal
143,2—
y a la fe cristiana compartida por todos. Esta sola frase prueba que la
doctrina de la justificación por la fe no era una creación paulina ni
se
formuló por primera vez solo para su misión.
f) El principio subyacente
La cuestión para Pablo era que los
dos
elementos se habían vuelto inconciliables: la conducta de Pedro
mostraba que la
antigua actitud judía hacia los gentiles era incompatible con el
Evangelio
compartido. Pedro exigía “obras de la Ley” además de fe en Cristo. La
táctica
de Pablo, partiendo del lenguaje del grupo de Santiago, era mostrar que
el
entendimiento compartido de cómo se relaciona Dios con la humanidad era
contrario a esas actitudes. El empleo de ean mē (“excepto”) en
2,16a
podría
reflejar la ambigua posición de Pedro: la justificación por la fe, pero
con la
observancia aún necesaria de ciertas obras. La formulación resultaba
inadecuada
y había que reformularla con nitidez antitética: “solo por la fe en
Cristo, y
no por las obras de la Ley”. Para Pablo, nada menos que “la verdad del
Evangelio” estaba en juego, estrechamente vinculada a la libertad de no
ser
“forzado” a observar las obras de la Ley.
g) La verdad del Evangelio:
alcance de
Gálatas 2,16
Gál 2,16 es la primera declaración
existente de lo que muchos consideran el núcleo del evangelio paulino.
Pablo no
llegó a la justificación por la fe en Antioquía ni en respuesta a
Pedro: desde
su predicación más temprana sostuvo que Dios acoge a quienes reciben el
Evangelio y creen. Pero la cuestión “fe frente a obras” no surgió hasta
cierto
tiempo después; fue el éxito de la misión lo que hizo aflorar si la
justificación dependía de la observancia de la Ley. Las “obras de la
Ley” se
refieren en primer lugar a las prácticas que distinguían a los judíos
como
pueblo aparte (la circuncisión, las normas alimentarias), pero el
principio
teológico trasciende esa cuestión: al definir la aceptabilidad para
Dios, y la
de unos creyentes para otros, no se debe añadir nada a la llamada a la
fe; la
fe en Cristo es la única base de la unidad cristiana. No hay que perder
de
vista lo que originó esta percepción: la realidad de la convivencia
entre
judíos y gentiles. Lo que irritó a Pablo fue la negativa de un grupo de
creyentes
a aceptar plenamente a otro; justificación significa que los creyentes
deben
aceptarse del todo, aun con desacuerdos. Las dos dimensiones —vertical
(aceptación por Dios) y horizontal (aceptación de los otros)— están
inextricablemente unidas.
h) Las consecuencias
¿Qué sucedió después? La lectura
tradicional supone que Pedro reaccionó bien y se restauró la armonía,
pero
choca con un obstáculo: Pablo no dice que prevaleciera. Si hubiera
vencido, lo
habría indicado, como hizo tras el encuentro de Jerusalén. En cambio,
su
respuesta se mezcla con lo que quería decir a los gálatas, dejando
inacabado el
relato, casi como si fuera consciente de que su reconvención a Pedro no
había
tenido éxito. Introduciendo la probable respuesta de Pedro —que tenía
buenos
motivos—, se perfila la posibilidad de que fuera él quien se impusiera,
logrando persuadir a los creyentes gentiles de amoldarse a la práctica
judía:
el compartir mesa se reanudó, pero de un modo que Santiago aprobaba y
Pablo
desaprobaba. “Santiago, aun ausente, ejercía una influencia más
poderosa que
Pablo presente”.
De esta hipótesis verosímil
derivan
varios corolarios. Pablo había sido de hecho desautorizado por la
iglesia que
primero lo había enviado como misionero; como seguía creyendo
apasionadamente
en la verdad del Evangelio que esa iglesia había rechazado, la relación
no
podía ser como antes, y a partir de entonces trabajó mucho más como
misionero
independiente. Al ponerse del lado de Pedro, Antioquía había
manifestado su
disposición a reconocer la autoridad de Jerusalén y de Santiago y, a
ojos de
Pablo, dejado de apoyar la causa de los creyentes gentiles, situándose
fuera
del ámbito de responsabilidades que le correspondían según la división
de
Jerusalén, por lo que pudo concluir que no podía seguir sirviendo como
misionero de aquella iglesia.
Hubo también una ruptura con
Bernabé,
su antes estrecho coagente, que no le había apoyado como en Jerusalén.
Lucas
confirma la ruptura —Pablo y Bernabé se separaron y emprendieron
misiones
distintas, Bernabé a Chipre y Pablo a Siria y Cilicia—, pero la
atribuye a “una
aguda discordia” (paroxismos) sobre la propuesta de llevar a Juan
Marcos
(15,36-39); quizá no haya que elegir entre ambas razones, pero da la
impresión
de que Lucas no cuenta toda la historia. Probablemente hubo asimismo
una
ruptura con las iglesias de Siria y Cilicia, para las que Pablo había
trabajado; el hecho de que la carta de Hch 15,23-29 se dirija a los
“hermanos
gentiles de Antioquía, Siria y Cilicia” refuerza la inferencia de que
esas
iglesias, “hijas” de la antioquena, siguieron a esta en dejar de apoyar
a
Pablo, que no vuelve a mencionarlas y que no las incluirá en la colecta
para
Jerusalén.
Por último, Pablo consideró el
desenlace como una ruptura de hecho con la iglesia madre
jerosolimitana. En su
referencia al acuerdo de Jerusalén había querido reconocer la autoridad
de sus
dirigentes —pues lo habían apoyado y esa autoridad reforzaba su
argumentación
ante los gálatas—, pero por el tiempo en que escribió la carta era más
que un
poco cicatero en reconocer su posición. El cambio se debió casi con
seguridad
al enfrentamiento de Antioquía, ocasionado por la llegada del grupo “de
parte
de Santiago” y su desaprobación de los judíos que “vivían como
gentiles”: Pablo
formuló “la verdad del Evangelio” con más aspereza precisamente en
oposición a
las directrices jerosolimitanas. El acuerdo de Jerusalén no había
acogido esa
verdad en términos suficientemente explícitos, y el intento de Pablo de
formularla con más claridad parece haber sido rechazado o pasado por
alto. Era
tiempo de que construyera lo que pudiera sobre las partes del acuerdo
que no
habían sido desechadas y cumpliera su misión de predicar la verdad del
Evangelio como la había recibido, desentendiéndose de la jerarquía de
Jerusalén.
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