El cristianismo en sus comienzos. Tomo II. Comenzando desde Jerusalén
Octava parte. Apóstol de los gentiles
Capítulo 28. Datas, destinos y distancias

JAMES D. G. DUNN





RESUMEN

Antes de estudiar a fondo la misión de Pablo como “apóstol de los gentiles”, conviene observar la estructura cronológica de su misión y de su vida en conjunto, y reflexionar sobre las duras realidades que entrañaba su actividad misionera, sobre todo en lo concerniente a los viajes.

 

28.1. Cronología de la vida y misión de Pablo


a) Introducción


En sus líneas generales, la vida y misión de Pablo no son objeto de gran controversia, y una aproximación de hasta diez años resultaría aceptable en historia antigua, donde tal margen para acontecimientos menores del Imperio romano se considera normal. Como la principal contribución de Pablo son sus cartas y la teología elaborada en ellas, al final importa poco fijar de manera definitiva si concibió esa teología o escribió una carta diez años antes o después.

Las líneas generales son, aproximadamente, estas: nacimiento en torno al “cambio de era”; educación en Jerusalén desde la adolescencia (entre el final de los años diez y el comienzo de los veinte); conversión poco después de la crucifixión de Jesús, en los primeros años treinta; un intervalo sustancial (Gál 1,18; 2,1) antes de su segunda subida a Jerusalén, en la última parte de los años cuarenta; un lapso de cinco a ocho años de evangelización en la región del Egeo, durante el que escribió la mayoría de sus cartas (desde la primera mitad de los cincuenta); y un período final de unos cinco años, desde la detención en Jerusalén hasta su arresto domiciliario en Roma (Hch 24,27; 28,30), antes de desaparecer de la vista en los primeros años sesenta.

Aunque este esquema bastaría —pues poco de relevancia histórica o teológica depende de una mayor precisión—, los problemas surgen porque casi nadie se contenta con las certezas relativas de las líneas generales. Como esa precisión es inalcanzable, los estudiosos quedan atrapados en interpretaciones conflictivas de los datos, según muestra la variedad de intentos cronológicos de los últimos treinta años.

La principal disputa metodológica gira en torno al valor que se atribuye a la información de Hechos. Casi todos coinciden en que las cartas paulinas son la fuente preferente y de primera mano; algunos trabajan casi exclusivamente con ellas, recurriendo poco o nada a Hechos, aunque la mayoría no rechaza servirse de este libro, con tendencia a seguir a Pablo cuando ambas fuentes divergen. La cuestión se agrava cuando, a partir de datos ambiguos de Pablo o de fuentes no bíblicas, se concluye que Lucas entendió mal o deformó deliberadamente los hechos. Teniendo presentes las consideraciones ya expuestas sobre Lucas como historiador (§ 21.2), ese corolario resulta muy discutible: es un procedimiento equivocado sacar conclusiones de datos ambiguos no lucanos y luego menospreciar con ellas la narración de Lucas. La información de Hechos debe incluirse entre los datos por examinar y correlacionar; y cuando se demuestra cierta coincidencia entre las fuentes, aunque sea aproximada, ello indica que los acontecimientos ocurrieron, en buena medida, como los refiere Lucas.


b) Puntos firmes y discutidos de la cronología paulina


Cuando es tanto lo que no puede datarse con precisión, lo natural es construir el marco sobre los puntos más firmes y rellenar los vacíos con las fechas más probables. Los puntos más firmes, según el consenso, son:

– La crucifixión de Jesús, probablemente en el año 30, posiblemente en el 33.

– Los períodos indicados por el propio Pablo: tres años entre conversión y primera visita a Jerusalén (Gál 1,18) y catorce más hasta la segunda (2,1). El cómputo inclusivo permitiría reducirlos a unos dos y trece años respectivamente, pero un total firme de quince o dieciséis años es buena hipótesis de trabajo.

– El proconsulado de Galión en Corinto (51-52), que permite datar la estancia de Pablo allí (Hch 18,12-17) en 49-51 o 50-52 d. C., siendo el 51 la fecha más probable para su comparecencia ante Galión.

– Los períodos indicados en Hechos: los dieciocho meses en Corinto (Hch 18,11); los tres meses en la sinagoga de Éfeso y dos años en la escuela de Tirano (Hch 19,8.10); los dos años de prisión en Cesarea (Hch 24,27), cotejables con los mandatos de Félix (52/53-59/60) y Festo (59/60-72); y los dos años de cautiverio en Roma (Hch 28,30).

Otras fechas se calculan con razonable probabilidad. La conversión de Saulo se sitúa como la última de las apariciones de Jesús, en una serie de hasta dos o tres años, y la persecución de los helenistas comenzó poco después del nacimiento de la secta. La huida de Damasco (2 Cor 11,32-33; Hch 9,25) ocurrió bajo el rey nabateo Aretas IV, cuyo reinado (9 a. C.–39/40 d. C.) impide la precisión: Jewett la fecha en 37-39 d. C. (“piedra angular” de su hipótesis), pero Riesner advierte, con razón, que los datos arqueológicos y textuales no permiten tal confianza sobre el control nabateo de Damasco; solo cabe afirmar que tuvo lugar en los años treinta. Douglas Campbell propone, con base en una inscripción chipriota de mal estado, datar el encuentro con Sergio Paulo (Hch 13) hacia 37 d. C., dato poco seguro. El intervalo entre el Concilio de Jerusalén (Gál 2,1-10) y el incidente de Antioquía (2,11-14) fue breve, de unos meses. Y el tiempo de varios viajes —de Antioquía a Corinto, en torno al Egeo y por mar— puede estimarse teniendo en cuenta las condiciones meteorológicas y estacionales, que impedían los desplazamientos invernales por el Tauro y las tierras altas de Asia Menor.

El dato más controvertido es la expulsión de los judíos de Roma por Claudio, referida por Suetonio (Claudio 25,4) y datada habitualmente en el 49 d. C., lo que engrana con la llegada de Pablo a Corinto y el gobierno de Galión. Como ni Josefo ni Tácito la mencionan, algunos identifican ese pasaje con el decreto del 41 referido por Dión Casio (60,6,6), eje de la cronología de Lüdemann. Pero el argumento falla: Dión Casio dice expresamente que Claudio no expulsó a los judíos, sino que les prohibió reunirse; era improbable una medida represiva al comienzo del reinado, cuando Claudio era amigo de Herodes Agripa, mientras que la segunda mitad de los cuarenta resulta más verosímil; y la coincidencia de esa etapa con la misión corintia debe contar como indicio, no descartarse. Además, el alcance del decreto del 49 fue probablemente limitado —quizá solo afectó a líderes como Áquila y Prisca—, lo que explicaría el silencio de Josefo y Tácito. Un recurso frecuente es postular dos decretos, uno paliativo en el 41 y otro más drástico en el 49.


c) Soluciones debatidas


Las discrepancias mayores conciernen a cuándo desarrolló Pablo su primera misión en Macedonia, a las fechas del Concilio de Jerusalén y del incidente de Antioquía, y al lugar y fecha de las “epístolas de prisión” (Filipenses, Colosenses y Filemón).

La tesis de una misión temprana en Macedonia y Acaya ya en los años cuarenta (o treinta) depende de situar la expulsión de Roma en el 41 o de datar esa misión antes del Concilio y del incidente de Antioquía. Pero, aunque Gál 1,21 pueda incluir trabajo en Galacia, una actividad tan extensa hacia el oeste no encaja con esa referencia sin suponer que Pablo ocultaba algo. Consecuencia de esas mismas lecturas es datar el concilio y el incidente durante el viaje de regreso narrado en Hch 18,22; pero aquí vale la misma crítica metodológica: lo referido en Hechos debe ser parte de los datos de partida. Ni la fecha del 37 para la huida de Damasco ni la del 41 para la expulsión son tan seguras que invaliden la secuencia lucana.

La otra diferencia atañe a la datación de las cartas. Si 1 Tesalonicenses fue anterior al concilio, se datará en los cuarenta o cincuenta; si Gálatas lo fue, a finales de los cuarenta, o, por su semejanza con Romanos, a mediados de los cincuenta; y las “epístolas de prisión”, según se sitúen en un encarcelamiento efesio o romano, en los primeros cincuenta o en los sesenta. En opinión del autor, la primera carta conservada es 1 Tesalonicenses, escrita en Corinto hacia el 50; Gálatas, también corintia, algo posterior (ca. 51); y las “epístolas de prisión”, compuestas en Roma, pues la ausencia en ellas de toda referencia a la colecta —preocupación central durante la misión efesia— desaconseja datarlas en Éfeso. Cabe señalar, además, la opinión minoritaria de que Pablo, tras un primer arresto en Roma, fue liberado y volvió a la misión del Egeo (cartas pastorales) o intentó ir a España (1 Clem 5,6-7), aunque falten pruebas de su llegada y haya un vacío de dos años entre el final de Hechos y la noticia de Eusebio sobre su martirio bajo Nerón (HE 2,25,5-8).


d) Resumen provisional


Aunque no hay certezas sobre los primeros años, el abanico de fechas de nacimiento es demasiado amplio. No parece probable que alguien nacido varios años antes del cambio de era fuera llamado neanias (“joven”) a comienzos de los treinta, ni que rozara los setenta al morir; si escribió Filemón al final de su vida, ya habría rebasado la edad de presbytēs (Flm 9). Una fecha demasiado tardía, en cambio, le habría impedido tener edad para dirigir la persecución de los helenistas. Lo más razonable es situar el nacimiento en torno al cambio de era. Su educación (§ 25.1f), según Hch 22,3 y 26,4, transcurrió en Jerusalén, completando su formación farisea a mediados de los años veinte.

Dada la probable crucifixión en el 30 d. C. y el auge de los helenistas, la conversión se sitúa hacia el 32. Los tres años en Arabia (Gál 1,17-18) y la huida de Damasco llevan al 34 o 35; los “catorce años” (Gál 2,1) apuntan al 47/48 para el Concilio de Jerusalén, con el incidente de Antioquía pocos meses después. La actividad de Hch 13–14 encaja en este marco, no así una misión en Macedonia y Acaya. El viaje por tierra a Corinto, con escalas en Filipos y Tesalónica, sugiere una llegada a finales del 49 o comienzos del 50, fecha que engrana con la expulsión de Áquila y Prisca (Hch 18,2) y con el proconsulado de Galión. Habría seguido una tercera visita a Jerusalén y Antioquía (Hch 18,22) a finales del 51 o comienzos del 52, el regreso a Éfeso (finales del 52 o inicios del 53), dos años y medio o tres en Éfeso, el viaje por Macedonia y tres meses en Corinto (Hch 20,3), que conducen al 56 avanzado o, más probablemente, al 57. La visita final a Jerusalén (primavera o verano del 57) precedió a más de dos años de privación de libertad en Jerusalén y Cesarea; un viaje por mar avanzado el 59 desembocaría en la llegada a Roma en el 60 y en dos años de arresto domiciliario, hasta el 62. Más allá callan las fuentes primarias.

Aunque algunas fechas tengan un margen de uno o dos años, el marco es suficiente para situar lo esencial de la misión. En suma:

– ca. 1 a. C.–2 d. C.: nacimiento en Tarso.

– ca. 12-26: educación en Jerusalén.

– 31-32: persecución de los helenistas. 32: conversión.

– 34/35: huida de Damasco y primera visita a Jerusalén. 34/35-47/48: misionero de la iglesia de Antioquía.

– 47-48: Concilio de Jerusalén e incidente en Antioquía.

– 49/50-51/52: misión en Corinto (1 y 2 Tesalonicenses, Gálatas).

– 51/52: tercera visita a Jerusalén y Antioquía.

– 52/53-55: misión en Éfeso (1 y 2 Corintios).

– 56/57: Corinto (Romanos). 57: viaje final a Jerusalén y arresto.

– Reclusión en Jerusalén y Cesarea; inicio del viaje marítimo a Roma; 59: llegada a Roma.

– 60-62: arresto domiciliario en Roma (Filipenses, Filemón, Colosenses[?]). 62 (quizá): ejecución.



28.2. Viajes y vía crucis


Los viajes de Pablo por tierra y mar no eran excepcionales en su época. Antes, Alejandro Magno había llegado a Afganistán y la India; los comerciantes recorrían las costas del Mediterráneo y del mar Negro, y ya se seguía la Ruta de la Seda; existían lazos entre las culturas mediterráneas, celtas y del Lejano Oriente, y los ejércitos romanos marchaban cientos de kilómetros. Con todo, las hazañas de Pablo siguen siendo impresionantes —comparables a las de John Wesley en la Inglaterra del siglo XVIII— y, al haber hecho a pie casi todos sus desplazamientos terrestres, no deben tratarse a la ligera, aunque Lucas no las subraye lo suficiente.


a) Viajes


Se ignora la extensión de la primera fase en Siria y Cilicia, pero los itinerarios de Hch 13–21 suponen al menos dos viajes desde Jerusalén y Antioquía hasta la costa occidental de Asia Menor, tres viajes por tierra a la ribera norte del Egeo, no menos de dos regresos a Siria-Palestina, varias idas y venidas entre Jerusalén y Antioquía, y el viaje final a Roma. La estimación más cuidadosa de distancias y tiempos es la de Jewett, que calcula desde Jerusalén hasta Corinto un total aproximado de 3.497 kilómetros en doce a veinte semanas, con etapas como Jerusalén-Antioquía de Siria (600 km), Antioquía-Derbe (471 km), el tramo Tróade-Filipos por mar (250 km) o Atenas-Corinto.

El cálculo es solo aproximativo por varias razones: las rutas no siempre se conocen —Jewett supone una misión en el norte de Galacia que el autor considera improbable y que añadiría muchos kilómetros—; tampoco se sabe la rapidez de Pablo, que viajaba casi siempre a pie. Según la estimación “Naismith” (cuatro kilómetros por hora), el máximo diario serían unos treinta y dos kilómetros, y menos en viajes largos (entre veinticuatro y treinta y dos); incluso una infantería entrenada no superaba los treinta diarios en marchas de semanas, necesitando descanso. Difícilmente Pablo recorrería más de 160-190 kilómetros semanales, por lo que las cifras mínimas de Jewett parecen optimistas. Hay que dejar margen, además, para el clima y las estaciones: la subida por las Puertas Cilicias y los desplazamientos por Anatolia no se intentaban en invierno, y la navegación cesaba de mediados de noviembre a mediados de marzo; los vientos predominantes favorecían el rumbo oeste-este, razón por la que Pablo siempre volvía en barco. También importa su salud —pasajes como Gál 4,13-15 y 2 Cor 12,7 sugieren enfermedades graves ocasionales— y la duración desconocida de sus estancias en cada localidad.

Si se abrevia el tiempo de la misión gálata, queda aún un recorrido de tres mil doscientos kilómetros por la región, que requeriría un mínimo de cien a ciento cuarenta días solo de viaje; añadiendo estancias, descansos y esperas de embarque, resulta un mínimo de un año entre Antioquía de Siria y Corinto, con un máximo probable de dieciocho meses a dos años. No es preciso repetir el cómputo para los demás viajes: basta el ejemplo para mostrar las dificultades de tales estimaciones. En conjunto, Pablo fue un viajero experimentado que debió de recorrer entre cinco mil y seis mil kilómetros durante su misión.


b) “Vía crucis”


El testimonio “jactancioso” de 2 Cor 11,25-27 ofrece una viva impresión de lo que suponían aquellos viajes: tres naufragios, una noche y un día a la deriva, peligros de ríos, bandidos, compatriotas, gentiles, ciudad, desierto, mar y falsos hermanos, además de trabajo, fatiga, insomnio, hambre, sed, frío y desnudez. El “peligro de ríos” implica que no siempre había buenas calzadas; el “peligro de bandidos” era común incluso en las vías principales (quizá Pablo recordaba Licaonia); el desierto evoca la escasez de agua; y las noches sin cobijo obligaban a improvisar campamento.

Normalmente, Pablo y sus compañeros eran acogidos por particulares, pues la hospitalidad estaba hondamente arraigada: templos y altares servían de asilo, Zeus/Júpiter recibía el nombre de “Xenios” (Hospitalario), y la leyenda de Filemón y Baucis (Ovidio) ilustraba ese ideal, evocado quizá en Listra (Hch 14,11-13). Abrahán y Job eran encomiados por su acogida; las sinagogas servían de hospedería; y el episodio de Emaús (Lc 24,13-33) muestra la invitación típica. Por eso la hospitalidad fue elemento clave de la misión cristiana primitiva, y cuando Pablo exhortaba a “practicar la hospitalidad” (Rom 12,13) recordaba seguramente las veces en que él mismo la había recibido.

Donde faltaban compatriotas o invitaciones quedaban los albergues. En zonas de poder romano, las posadas (mansiones) se espaciaban a una jornada (30-36 km), pero alcanzar la siguiente exigía ocho o nueve horas de marcha continua, no siempre posibles; además, se procuraba evitarlas por su mala fama. Murphy-O’Connor las describe: estancias en torno a un patio, salas comunes abajo y dormitorios arriba, con intimidad solo para quien pagaba, mientras los demás compartían habitación o dormían en el suelo, expuestos al robo del equipaje. Los viajes por mar, sobre todo con mala mar, eran aún más estresantes: pasajeros apiñados y con las solas provisiones que pudieran llevar. El relato del viaje a Roma (Hch 27), sea cual sea su valor histórico exacto, describe bien lo que cabía esperar y resistir. Lucas, aunque narra vivamente el naufragio, suele omitir los detalles ásperos de los viajes terrestres, y el propio Pablo solo alude a esos sufrimientos; una descripción más realista de su “vía crucis” habría dado una visión más completa del coste personal de su apostolado.