El
cristianismo en sus comienzos. Tomo II. Comenzando desde Jerusalén
Octava parte. Apóstol de los gentiles
Capítulo 29. Pablo el apóstol
JAMES D. G. DUNN
|
RESUMEN
29.1. El
segundo fundador del cristianismo
Desde
Hechos 13 en adelante, la narración lucana de los comienzos del
cristianismo se ocupa casi exclusivamente de Pablo, y tras la consulta
de
Jerusalén (Hch 15 / Gál 2,1-10) esa concentración se hace aún más
intensa. El
foco tiene un inconveniente: deja en la oscuridad otras zonas de la
primera
expansión cristiana (no sabemos, por ejemplo, cómo arraigó el
movimiento en
Roma, ni disponemos de información completa sobre las «miríadas» de
judíos
creyentes y celosos de la Ley de las que habla Santiago en Hch 21,20).
Pero,
por otro lado, gracias a esa atención disponemos de muchos datos que
concuerdan
con lo que de las cartas se deduce sobre la misión de Pablo y que
ofrecen un
valiosísimo marco para leer esas cartas. Por ello estamos muy en deuda
con
Lucas.
Individualmente,
Pablo es la figura más importante surgida en la
primera generación de la nueva secta mesiánica, y Lucas no podía haber
elegido
a nadie más idóneo en quien centrarse. La misión paulina que siguió al
Concilio
de Jerusalén fue el acontecimiento más importante de las primeras
décadas de la
historia del cristianismo. Esa misión y la enseñanza transmitida en las
cartas
contribuyeron más que ninguna otra cosa a transformar el cristianismo
embrionario —una secta mesiánica estrechamente vinculada al judaísmo
del
Segundo Templo— en una religión de composición crecientemente gentil,
acogedora
para los griegos y cada vez menos compatible con el judaísmo que iba a
sobrevivir al fracaso de las dos rebeliones judías (66-73 y 132-135 d.
C.).
La
cuestión queda oscurecida por la presentación tradicional de la
misión posterior de Pablo como un «segundo» y un «tercer» viaje
misionero, que
da la impresión de que él seguía viendo en Jerusalén o Antioquía su
base de
operaciones. La realidad es que, tras su fracaso en lograr que se
aceptara solo
la fe en Cristo como condición para compartir mesa, Pablo realizó su
misión de
manera casi totalmente independiente de aquellas dos ciudades,
asumiendo el
acuerdo de Gál 2,6-9. Como resultado del incidente de Antioquía perdió
de hecho
su soporte y pasó a basar sus operaciones en otras dos ciudades
estratégicas
del Imperio: Corinto y Éfeso. Por eso, lo que se ha llamado dos «viajes
misioneros» se describe mejor como la misión de Pablo en el Egeo.
Esa
misión, desarrollada a lo largo de Hch 16–20, fue de crucial
importancia por dos razones. La primera es la decisiva orientación
hacia
Occidente, que bastó para desplazar el centro de gravedad del
cristianismo
primitivo desde Jerusalén y la costa oriental hacia las metrópolis de
Asia
Menor, Grecia y, después, Roma. La segunda, aún más decisiva a largo
plazo, es
que fue durante la misión del Egeo cuando Pablo escribió la mayor parte
de sus
epístolas —casi con seguridad las más importantes, y posiblemente todas
las que cabe atribuirle—. Son estas cartas los únicos escritos
cristianos
datables con certeza en la primera generación, y aseguraron que el
legado de
Pablo siguiera influyendo en el cristianismo, dándole de hecho su
carácter
definitivo.
Los ocho
años aproximados de la misión del Egeo, junto con los tres
años de la misión de Jesús, los primeros años de la iglesia de
Jerusalén y la
expansión inicial de los helenistas, fueron los más decisivos para la
existencia y el carácter permanente del cristianismo. De ahí lo
adecuado del
título que a veces se aplica a Pablo: «segundo fundador del
cristianismo».
Conviene, pues, dedicar toda una sección a reflexionar, en el comienzo
de su
misión independiente, sobre la visión que Pablo tenía de sí mismo, la
fuerza
que le impulsaba, su objetivo, sus tácticas, el Evangelio que predicaba
y las
dificultades que afrontaba (§ 29).
29.2.
¿Quién creía ser Pablo?
Sorprendentemente,
esta cuestión tan obvia no se ha planteado de
manera directa, postergada por el interés tradicional en lo que Pablo
enseñó y,
más recientemente, en cómo actuó. Pero la pregunta «¿qué pensaba Pablo
de sí
mismo?», «¿cómo se habría presentado a un desconocido?», sigue siendo
válida,
ya se formule en términos de «concepto de sí mismo» o en el lenguaje
más
reciente de «identidad». Dado que dependemos de lo que él escribió,
sería más
exacto preguntar «¿quién decía ser Pablo?»; pero conservo la
formulación
inicial porque Pablo, como su misión, funcionó a modo de línea
divisoria entre
el judaísmo y el cristianismo (más, de hecho, que el propio Jesús).
En varios
pasajes Pablo se manifiesta en términos autobiográficos.
Aparte de su presentación habitual en el saludo inicial («Pablo,
apóstol de
Jesucristo»), los datos más relevantes proceden de Rom 11,1 («Yo soy
israelita,
del linaje de Abrahán, de la tribu de Benjamín»); Rom 11,13 («Soy
apóstol de
los gentiles»); 1 Cor 9,1-2 («¿No soy yo apóstol? ¿No he visto a Jesús,
nuestro
Señor?»); 1 Cor 9,21-22 (hacerse «como judío» para los judíos y «como
sin Ley»
para los gentiles, a fin de ganarlos); 1 Cor 15,9-10 («Yo soy el último
de los
apóstoles... pero, por la gracia de Dios, soy lo que soy»); 2 Cor 11,22
(«¿Son
hebreos? Yo también... ¿israelitas?... ¿estirpe de Abrahán?»); Gál
1,13-14 (su
antigua conducta «en el judaísmo» perseguidor); Gál 2,19-20 («Ya no
vivo yo,
sino que es Cristo quien vive en mí»); y Flp 3,5-8 (todo lo tiene por
pérdida
ante el conocimiento de Cristo). De estos pasajes emergen cuatro
aspectos
notables del concepto que Pablo tenía de sí mismo.
a) «En el
judaísmo»
Por Gál
1,13-14 es claro que Pablo consideraba su «conducta en el
judaísmo» como algo del pasado. Pero no debemos confundir el «judaísmo»
aludido
allí con lo que hoy llamamos judaísmo del Segundo Templo. El término
histórico
se acuñó para describir la enérgica resistencia religioso-nacionalista
frente
al intento sirio de imponer una homogeneidad religiosa suprimiendo el
carácter
distintivo de la religión de Israel (Torá, circuncisión, leyes de
pureza). En
ese sentido lo usa Pablo: su «conducta en el judaísmo» era su vida como
fariseo
fanático, dispuesto a perseguir e incluso destruir a quienes pusieran
en
peligro la santidad y peculiaridad de ese «judaísmo». La misma idea
aparece en
Flp 3,5-6, donde aquello que ahora considera «basura» (ta skybala)
era
sobre todo ese celo y rectitud de fariseo. Cabe decir, pues, que tras
su
conversión y encomienda Pablo ya no se consideraba ligado al
«judaísmo», es
decir, a la concepción farisaica de la herencia de Israel. Pero ¿había
dejado
por ello de considerarse judío?
b) Pablo
el judío
Es difícil
no percibir un sentido étnico en la voz «judío» (Ioudaios),
derivada del nombre de la región de «Judea». Pablo, aunque criado en la
diáspora, había nacido judío y se mantuvo tal étnicamente; y aunque el
término
había ido adquiriendo una connotación religiosa, las investigaciones
recientes
concluyen que el aspecto étnico permaneció en el núcleo de la identidad
judía.
La situación ambigua de Pablo se percibe en sus cartas: en Rom 2,17
parece
distanciarse del «judío» al que critica, mientras que en Gál 2,15
afirma ante
Pedro: «Nosotros somos judíos por naturaleza y no pecadores gentiles».
Más
sorprendente es que en Rom 2,28-29 Pablo defina al «judío»
eliminando lo externo y visible: «no es circuncisión la externa, la de
la
carne, sino que el judío lo es en el interior, y la circuncisión es en
el
corazón, en el Espíritu». No por ello renegaba de su identidad judía
—enseguida
afirma «la ventaja del judío» (3,1-2)—, pero al menospreciar lo externo
restaba
importancia a «lo judío» como identificador étnico. Aún más llamativo
es 1 Cor
9,21-22, donde, siendo étnicamente judío, dice haberse hecho
«como
judío»: aquí ser judío es casi un papel que se asume o rechaza según
las
circunstancias. En suma, Pablo no quería prescindir del adjetivo
«judío»:
seguía siendo válido para diferenciar étnica o culturalmente, y para
denotar
una íntima relación con Dios en la que también podían participar los no
judíos;
pero ya no era aceptable como término que implicara una parcialidad
divina a
favor del «judío».
c) «Yo soy
israelita»
Aparte de
Gál 2,15, Pablo nunca se llama a sí mismo «judío». Muestra
una ambivalencia similar con otras palabras de identidad nacional: en
Flp 3,5
«hebreo» es algo que parece tener en nada, pero en 2 Cor 11,22 afirma
con vigor
su condición de «hebreo», «israelita» y «del linaje de Abrahán» frente
a los
jactanciosos de Corinto. Esa misma herencia, desestimada en Flp 3,5-7,
es
reafirmada sin reserva en Rom 11,1: «Yo soy israelita».
Lo notable
de Rom 11,1 es que sigue al intento de Pablo por redefinir
«la semilla de Abrahán» (Rom 4; Gál 3) y lo que constituye a Israel
como Israel
(la llamada de Dios, Rom 9,6-13.24-26). Su confesión «yo soy israelita»
incluye
una identificación étnica difícilmente discutible, pero es sobre todo
la
afirmación de una identidad vista como determinada por Dios, no
por un
deseo de distinción frente a otras naciones ni por adhesión a los
principios
haláquicos. Pablo reafirma así la identidad de Israel como determinada
ante
todo por Dios y en relación con Dios, una identidad que trasciende y
absorbe la
diversidad étnica y social.
d) «En
Cristo»
Probablemente,
nuestra idea de qué pensaba Pablo de sí mismo debe
estar condicionada sobre todo por la frecuencia con que usaba las
expresiones
«en Cristo» y «en el Señor», con las que indica dónde está situado y
cuál es su
punto de referencia primario. «En Cristo» tiene a veces el valor del
neologismo
«cristiano», entonces reciente, y su correferente colectivo es la
expresión
cardinal «el cuerpo de Cristo».
Gál
2,19-20 y Flp 3,5-8 dejan percibir un cambio en lo que constituye
la identidad de Pablo. Ha «muerto a la Ley» (Gál 2,19) y abandonado lo
que
antes valoraba (identidad étnica, rectitud de fariseo, celosa defensa
de las
prerrogativas de Israel), juzgándolo todo «basura» en comparación con
«ganar a
Cristo», «ser hallado en Cristo», «conocer a Cristo» y hacerse
semejante a él
en la muerte y la resurrección. «Cristo en él» era ahora el carácter
determinante de su vivir (Gál 2,20; cf. Rom 8,9-11). Un indicio del
cambio se
halla en la transición de Rom 11 a Rom 12: tras centrarse
exclusivamente en
Israel, el primer contexto social en el que quiere que sus lectores se
reconozcan es el cuerpo de Cristo (12,3-8).
Por eso, a
la pregunta «¿quién creía ser Pablo?» la respuesta más
sencilla es la frase de 2 Cor 12,2: «un hombre en Cristo». No había
dejado de
ser judío étnicamente, pero esa condición ya no definía su relación con
Dios ni
su identidad. Pablo tenía una identidad múltiple, con facetas que
tomaban forma
y peso de sus relaciones sociales y variaban con el tiempo; pero el
factor
clave es que la consideraba determinada principalmente por su relación
con
Cristo, sin que ello supusiera una desestimación completa de sus otras
identidades, en especial la de judío circuncidado.
29.3. El
apóstol
Otro
identificador esencial merece tratamiento aparte por la mucha
importancia que Pablo le daba: el título «apóstol». A juzgar por las
introducciones de la mayoría de sus cartas (Rom 1,1; 1 Cor 1,1; 2 Cor
1,1; Gál
1,1; Col 1,1), así quería ser llamado y conocido. «Apóstol del Mesías
Jesús»
era la designación que él había escogido, la que habría llevado impresa
en sus
«tarjetas de visita» y que empleaba casi a modo de membrete. La
insistencia con
que se aplicaba el título —el inusual comienzo de Gálatas, «no de parte
de los
hombres ni por mediación de hombre alguno, sino por Jesucristo y Dios
Padre»—
revela que alguien discutía esa atribución, sobre todo porque Pablo no
reunía
las condiciones de Hch 1,21-22 y se negaba a ser considerado un apóstol
de
menos entidad que «los apóstoles anteriores» a él.
a)
Nombrado por Cristo resucitado
El sentido
básico de apostolos era «enviado», «emisario
autorizado». Pablo afirmaba el título porque la autoridad que lo
enviaba era
Cristo, «por voluntad de Dios». Pero una razón más le hacía sentirse
especialmente autorizado: no solo había sido nombrado por Cristo, sino nombrado
por Cristo resucitado en una de sus apariciones posresurreccionales.
A ello
se refiere dos veces en 1 Corintios («¿No he visto a Jesús, nuestro
Señor?»,
9,1; «se me apareció también a mí», 15,8), con una doble afirmación:
que la aparición
a él era de la misma clase que las hechas a Pedro, los Doce y «todos
los
apóstoles» (15,5-7), y que fue «al final de todos», casi indicando que
después
de Pablo nadie vivió ya una aparición del resucitado. En ambos puntos
coincide
con Lucas: el requisito para ser apóstol era la gracia de una aparición
posresurreccional, porque el papel esencial del apóstol era dar
testimonio de
la resurrección, y esas apariciones cesaron pasado un tiempo limitado.
b)
Servidor del Evangelio
En el
pensamiento de Pablo, «apóstol» y «Evangelio» se favorecían
mutuamente en una relación simbiótica: en Rom 1,1 «llamado a ser
apóstol» y
«elegido para el Evangelio» son equivalentes; como ministro de Cristo,
su
función era «servir al Evangelio como un sacerdote» (Rom 15,16); su
papel era
predicar el Evangelio (1 Cor 15,11); y la insistencia de Gál 1,1 («no
de parte
de los hombres») se refleja en la de Gál 1,11-12 (su evangelio no era
«de
origen humano», sino recibido «por una revelación de Jesucristo»). La
agitación
de los dos primeros capítulos de Gálatas no era tanto en defensa propia
como en
defensa de «la verdad del Evangelio». La autoridad a la que aspiraba
Pablo como
apóstol era, por tanto, la autoridad del Evangelio: su posición
apostólica era secundaria
con respecto a él y estaba a su servicio. Por eso no tenía
inconveniente en
reconocer la prioridad de quienes le habían precedido (Gál 1,17; 2,2):
era más
importante que todos predicasen el mismo mensaje y que los apóstoles de
Jerusalén validasen su predicación (Gál 2,6-9) que el reconocimiento
formal de
su apostolado.
c) A los
gentiles
Pablo
consideraba su encomienda, al parecer desde el principio, como
un encargo de llevar el Evangelio a los gentiles: había recibido «la
gracia y
el apostolado para predicar la obediencia de la fe entre todas las
naciones»
(Rom 1,5); afirmaba sin más «Yo soy apóstol de los gentiles» (Rom
11,13); era
«ministro de Cristo Jesús para los gentiles» (Rom 15,16); y Dios reveló
a su
Hijo en él «para que lo anunciase entre los gentiles» (Gál 1,16). Este
punto es
decisivo por dos razones. Primera: fue justamente esa encomienda de
llevar la
Buena Noticia a los no judíos lo que se reveló sumamente polémico en
los
comienzos del cristianismo, hasta provocar un cisma que se prolongaría
tres
siglos en las hostiles relaciones entre la corriente principal y las
sectas
judeocristianas. Segunda: fue esa encomienda lo que llevó a Pablo a
formular
«la verdad del Evangelio» con tanta claridad —el ofrecimiento de
aceptación por
Dios de todos los creyentes, sin otro requisito que la fe—,
plasmando
así de forma permanente el núcleo del Evangelio cristiano.
Esta
interpretación dio al concepto cristiano de «apóstol» su
connotación característica y original. El sentido de «mensajero,
emisario» ya
existía; lo nuevo fue el sentido de enviado a ganar adeptos, a
convertir
a otros allende los límites del judaísmo del Segundo Templo,
llamándolos a la
fe en el Cristo de Israel. Fue eso lo que hizo del cristianismo una
religión
esencialmente misionera.
d) Apóstol
de Israel
Menos
explícito pero igualmente importante para Pablo era el
convencimiento de que su encomienda como apóstol de los gentiles no
solo
respondía a la voluntad de Dios, sino que era una ampliación de la
encomienda
de Dios a Israel. En Gál 1,15-16 hay un claro eco de Jr 1,5 (Jeremías
«constituido profeta de las naciones») e Is 49,1-6 (Israel puesto como
«luz de
las naciones»); y en Gál 3,8 describe la promesa pactal a Abrahán —«En
ti serán
bendecidas todas las naciones»— «como el Evangelio predicado con
antelación».
Pablo solo pudo escribir así si entendía que su función era proseguir
el
propósito de Dios respecto a Israel. Lo mismo se deduce de Rom 9–11,
donde su
cometido entre los gentiles es parte del gran plan de Dios de extender
la
misericordia a todos, incluido Israel. En suma, Pablo se habría
opuesto
enérgicamente a la acusación de ser «un apóstata de Israel»: afirmaba
ser no
solo apóstol de Cristo, sino también apóstol de Israel.
e)
Apostolado escatológico
Para
entender a la primera generación cristiana es fundamental su
perspectiva escatológica: creían que con Jesús había alboreado la
era final
(esjaton), concretada en dos acontecimientos —la resurrección
de Jesús
como comienzo de la resurrección general y su inminente regreso como
Mesías y
Señor—. Lucas optó por no destacar esa motivación, pero Pablo nos
permite verla
a través de sus cartas: recuerda a los tesalonicenses que esperan «a su
Hijo,
que ha de venir de los cielos» (1 Tes 1,9-10); cree que aún vivirá en
la venida
del Señor (1 Tes 4,15; 1 Cor 15,51); presenta la resurrección de Cristo
como
«las primicias de los que han muerto» (1 Cor 15,20.23); anima a
abstenerse del
matrimonio porque «el tiempo es corto» (1 Cor 7,29.31); y afirma que
«la noche
está casi acabada, y el día cerca» (Rom 13,12).
Que esta
perspectiva conformó su idea del apostolado se ve en tres
pasajes. En 1 Cor 4,9, Dios ha exhibido a los apóstoles «como el gran
final»,
«condenados a morir», puestos como espectáculo ante el mundo: los
apóstoles
representan el último acto de la historia cósmica, cuya ejecución
pública será
la «caída del telón». En Rom 11,13-15, Pablo ensalza su ministerio
entre los
gentiles en la esperanza de «provocar celos» a los de su sangre y
salvar a
algunos; esa «aceptación» de su pueblo significaría algo más
maravilloso que
«la reconciliación del mundo»: «un retornar de muerte a vida», la
resurrección
final. Esperaba, pues, que su misión desencadenase los acontecimientos
finales,
incluida la venida del libertador (11,26). Y en Col 1,24 completa «en
su carne
lo que falta a las tribulaciones de Cristo»: sus sufrimientos
apostólicos
colman esa hysterēma, con el corolario de que quedaría completa
la obra
de redención y se desencadenaría «la consumación de todas las cosas».
Conviene
recordar, no obstante, que la consideración escatológica decisiva para
Pablo no
era lo que aún estaba por venir, sino lo que Dios ya había hecho en
Cristo
resucitándolo de entre los muertos: ese era el acontecimiento que
determinaba
todos los demás.
f)
Fundador de iglesias
Frente a
la imagen distante de la sección anterior, importa recordar
otro aspecto fundamental de la misión de Pablo: fundar iglesias. Esto
se
percibe en 1 Cor 9,1-2: él no era apóstol para otros porque no los
había
convertido, pero sí para los corintios, «el sello de su apostolado en
el
Señor». En otros pasajes el convencimiento de ser misionero fundador
halla
repetida expresión: «como hábil maestro constructor» puso el cimiento
(1 Cor
3,5-15); trabajó más que los otros apóstoles (1 Cor 15,10-11); entendía
su
función como la de un «embajador de Cristo» (2 Cor 5,20). Cuando dice
que «Dios
puso en la Iglesia primero apóstoles» (1 Cor 12,28), probablemente no
pensaba en la Iglesia universal, sino en la iglesia local que los
creyentes
corintios formaban como cuerpo de Cristo. Menciona también a Andrónico
y Junia
como «ilustres entre los apóstoles» (Rom 16,7), probablemente los
apóstoles
fundadores de la iglesia (o iglesias) de Roma.
Como
apóstol fundador, Pablo entendía que su misión era «poner el
cimiento» (1 Cor 3,10), y ese cimiento «es Jesucristo» (3,11): el
Evangelio que
había sido llamado a predicar, con sus fórmulas credales y la enseñanza
sobre
la vida y misión de Jesús que había aprendido de Pedro (Gál 1,18).
Aunque su
motivación escatológica pueda parecer hoy extraña, fue ella la que
implantó el
cristianismo de forma tan duradera en la región del Egeo y más allá. Su
labor
como apóstol de los gentiles no alcanzó solo a la primera generación,
sino que
ha beneficiado a todas las posteriores.
29.4.
Estrategia de Pablo
Dada su
visión de la encomienda apostólica, ¿cómo esperaba cumplirla?
¿Cuál era su estrategia?
a) «Desde
Jerusalén y en todas las direcciones» (Rom 15,19)
Hacia el
final de Romanos, Pablo pasa revista a su misión: «desde
Jerusalén y en todas las direcciones hasta el Ilírico he dado
cumplimiento al
Evangelio de Cristo... pasando por donde vosotros, iré a España»
(15,18-28).
Varios estudios recientes han conectado este pasaje con Is 66,19-20, en
el que
se contempla por primera y única vez en la Biblia hebrea una apertura
misionera
a las naciones, concebida como catalizador del
regreso del Israel
disperso y de la peregrinación de los pueblos a Sion. Por ser el único
versículo que mantenía esa expectativa, es probable que influyera en
Pablo. La
dirección del viaje de Is 66,19, según el orden de las naciones,
coincide
aproximadamente con la de la actividad misionera de Pablo (Cilicia,
Asia Menor,
Macedonia/Grecia y más al oeste), que entiende su campo como un arco —o
medio
arco— desde Jerusalén hasta el Ilírico, con otra curva prevista hacia
España.
Además, al asimilar su éxito entre los gentiles a una «ofrenda
sacerdotal» (Rom
15,16) evoca la esperanza de Is 66,20, lo que enlaza con la colecta que
pensaba
llevar a Jerusalén (15,25-27) como parte de su plan de cumplir la
misión de
Israel entre las naciones.
James
Scott ha ampliado la tesis señalando como influencia adicional
el elenco de naciones de Gn 10: la frase «todas las naciones» (Gál 3,8;
cf. Gn
12,3) evocaría la lista de los descendientes de los tres hijos de Noé,
y «la
totalidad de las naciones» (Rom 11,25-26) remitiría a las setenta o
setenta y
dos naciones de Dt 32,8 y Gn 10. Junto con Ez 5,5 (Jerusalén «en medio
de las
naciones»), Scott concluye que Pablo situaba su misión en la esfera de
Jafet
—Asia Menor y Grecia, con España como extremo occidental—. Aun sin
suscribir en
todos sus detalles las tesis de Riesner y Scott, Is 66,19 arroja luz
suficiente
sobre la razón fundamental de la misión de Pablo y el motor de su afán
por ir a
España: si España completaba el (semi)círculo desde Jerusalén, ese afán
concordaría con su esperanza de ganar a «la totalidad de los gentiles»
(Rom
11,25) y desencadenar así la culminación del plan de Dios y la
resurrección de
los muertos.
b) «Donde
Cristo no ha sido nombrado» (Rom 15,20)
Un segundo
principio era predicar «donde Cristo no ha sido nombrado,
para no edificar sobre cimientos ajenos» (Rom 15,20): un compromiso de
trabajar
solo en territorio virgen, como apóstol pionero de los gentiles. En 1
Cor
3,10-11 deja claro que no le importaba que otros construyeran sobre sus
cimientos (la misión de Apolo), pero sí distinguir su estrategia y
evitar que
otros modificasen los fundamentos puestos para sus iglesias. La
importancia del
principio se manifiesta en 2 Cor 10,13-16, donde la palabra clave es kanōn
(«campo de actividad», «asignación»). El texto expresa lo que el
acuerdo de
Jerusalén significaba para Pablo: el alcance de su asignación
determinaba el de
todo posible gloriarse, «en el Señor» (10,17); los corintios eran
prueba de esa
asignación (10,14); no intentaba invadir el campo ajeno (10,15-16) —y
le
disgustaba que otros invadiesen el suyo, lo que precisamente había
ocasionado
la enérgica exposición de 2 Cor 11 y, probablemente, la cuidadosa
formulación
de Gál 2,7-9—; y entendía las bases establecidas, como Corinto, como
plataformas de lanzamiento para nuevas empresas misioneras.
La única
excepción fue Roma: como quería atender a creyentes ya
existentes, en 1,11-12 se autocorrige inmediatamente para presentar la
atención
como mutua, «de creyente a creyente», y no como si fuera apóstol de
Roma. Ello
refleja cierta ambigüedad en la concepción de su encomienda: como
apóstol de
las naciones, ¿no entraban en su responsabilidad todas las iglesias
gentiles?
Esa ambigüedad se reflejó en muchas tensiones internas de sus iglesias.
c) Al
judío primero, pero también al gentil (Rom 1,16)
Pablo
expresa la razón teológica de su encomienda de manera solo
aparentemente incoherente: el Evangelio es «fuerza de Dios para salvar
a todo
el que cree, al judío primero, pero también al griego» (Rom 1,16). No
era
simple táctica —llegar a los gentiles por las comunidades judías—, sino
una
estrategia de principio: el Evangelio no era algo creado ex nihilo,
sino
la culminación del plan salvífico de Dios para Israel y a través de
Israel. El
Jesús anunciado es el Mesías de Israel; la justicia revelada es el
cumplimiento
de la obligación que Dios asumió escogiendo un pueblo; la misión a los
gentiles
es la puesta en práctica de la misión de Israel de ser luz para las
naciones;
los creyentes gentiles son también semilla de Abrahán e injertados en
el olivo
de Israel. El fallo de Israel cambió el orden cronológico (la
totalidad
de los gentiles entraría antes de la salvación de «todo Israel», Rom
11,11-15.25-26), pero el orden teológico permaneció: «los dones
y la
llamada de Dios a Israel son irrevocables» (11,29).
Frente a
quienes definen el evangelio de Pablo desde una discontinuidad
apocalíptica con el pasado, las metáforas paulinas —semilla de
Abrahán,
olivo que madura— solo pueden leerse como elementos de una historia en
desarrollo (Rom 9–11). Esto se aclara con la palabra «misterio» (Rom
11,25),
que procede de la apocalíptica judía: el misterio revelado es que
siempre fue
voluntad de Dios la llegada de los gentiles antes que Israel, y que el
endurecimiento de Israel es solo temporal. Es la elucidación de un
misterio
mayor, el del designio «escondido desde siglos» de introducir a los
gentiles
como coherederos en Cristo (Col 1,25-27; Ef 3,6). La teología del
«misterio» no
tiene que ver con una interrupción del plan divino, sino con el modo en
que ha
de realizarse.
d) ¿Un
desafío al poder de Roma?
¿Quería
Pablo construir sus iglesias como sociedad alternativa al
orden imperial? La tesis tiene cierta lógica: las ekklēsiai
podrían
contrarrestar las asambleas oficiales; el «evangelio» (euangelion)
se
opondría al «evangelio» de César y a la Pax romana; y presentar
a Jesús
como «Señor» exaltado retaría la potestad del emperador, sobre todo
donde el
culto imperial estaba establecido (Antioquía de Pisidia, Éfeso). Los
estudios
recientes subrayan la amplísima difusión de ese culto —monedas,
inscripciones,
estatuas, templos, juegos— y la estructura patrón-cliente de la
sociedad
romana, de modo que resistirse a trabajar dentro de ella podía verse
como
construcción de una contraestructura.
Sin duda
había una dimensión política y cierto tono subversivo, pero
quizá se ha puesto demasiado el acento en ello. Primero, el tono
político era
inherente al significado básico de «asamblea», y en Pablo influyó más
el uso de
ekklēsia en los LXX para «la asamblea de
Yahvé/Israel». Segundo, euangelion
pudo deberse simplemente a la influencia del Deutero-Isaías (Is 52,7;
61,1,
citado en Rom 10,15) más que a oposición directa a César. Tercero,
«Señor» no
era exclusivo del César —se aplicaba a muchos dioses—, de modo que la
confesión
«Jesús es Señor», fuera de los círculos cristianos, podía parecer más
extravagante que subversiva; además, Pablo quitó énfasis a la
descripción de
Jesús como hijo de David. Y en Rom 12,9–13,10, dirigido a creyentes de
la
capital, recurre a la tradición sapiencial judía y a la de Jesús para
instar al
cumplimiento de los deberes cívicos, incluido el pago de impuestos. El
factor
decisivo es la falta de cualquier indicio firme —aparte de Hch 17,7-9,
que
termina sin imputación— de que el evangelio de Pablo fuera visto en
vida de él
como una seria amenaza política. Dicho esto, un movimiento que vivía
según la
Buena Noticia, declaraba su lealtad primordial a Jesús como Señor y se
veía
como cuerpo colectivo de Cristo estaba realmente formando una nueva
sociedad:
el equivalente paulino de lo que parece haber inculcado Jesús, una vida
comunitaria profundamente subversiva, aunque no de manera abierta.
29.5.
Táctica de Pablo
Si la
estrategia ha de deducirse de alusiones, la táctica con que
Pablo la llevó a cabo es solo un poco más transparente.
a)
Actividad centrada en las ciudades
Mientras
la misión de Jesús se desarrolló por los pueblos de Galilea,
la de Pablo se centró en grandes ciudades del Mediterráneo oriental:
fundaciones imperiales de Galacia y, sobre todo, Tesalónica, Corinto y
Éfeso.
Las razones fueron varias: en las ciudades era más fácil emplear el
griego
(quizá Listra le enseñó que no podía actuar con eficacia sin arraigo de
esa
lengua); había más oportunidades de sostenerse con trabajo retribuido;
encontraba comunidades judías establecidas y un número mayor y más
variado de
gentiles, que ofrecían líneas de comunicación con otras partes del
mundo no
judío; los pequeños grupos despertaban menos atención indeseada que en
ciudades
provinciales; y cada gran ciudad tenía una zona de influencia que
permitía
breves salidas a otras poblaciones. Esto se refleja en las referencias
de Pablo
a «las iglesias de Galacia», «de Asia», «de Macedonia» y de Acaya, así
como en
las fundaciones derivadas (Cencreas desde Corinto, Colosas por Epafras)
y en
las iglesias de Asia Menor atestiguadas en el Apocalipsis y en Ignacio,
surgidas seguramente desde bases paulinas, con Éfeso como probable
centro
principal.
b) A la
sinagoga primero
Había
grandes comunidades judías en muchas urbes del Imperio, sobre
todo en Asia Menor y Roma. Filón y Josefo documentan asentamientos
antiguos
(desde Antíoco el Grande), cartas senatoriales de apoyo y el intento de
confiscación de Flaco, todo lo cual atestigua una población judía
considerable
y un fuerte sentido de identidad compartida, expresado en las
costumbres y el
pago del impuesto del templo, reconocido por las autoridades romanas.
Lejos de
los guetos medievales, esas comunidades formaban parte de la mezcla
étnica de
las ciudades y a veces gozaban de alta estima: la espléndida sinagoga
central
de Sardis, los asientos reservados en el teatro de Mileto «para los
judíos que
son también adoradores de Dios», la protección de Julia Severa en
Acmonia o la estela
de Afrodisias, con nombres judíos y «adoradores de Dios» entre los
donantes y
varios miembros de la corporación municipal.
El centro
natural era la sinagoga o casa de oración. El principal
indicio de que Pablo mantuvo su vinculación con ella son sus palabras
en 2 Cor
11,24: «Cinco veces he recibido de los judíos los cuarenta azotes menos
uno»,
castigo de jurisdicción sinagogal. Que tan repetidamente se expusiera a
recibirlo testimonia que había optado por la táctica de predicar
primero en las
sinagogas y quería continuar pese a la hostilidad de muchas
autoridades. Lucas
es, pues, creíble al presentarlo iniciando su misión sistemáticamente
en la
sinagoga de cada ciudad. Ello no contradecía su condición de apóstol de
los
gentiles: era en las sinagogas donde encontraba a los gentiles ya más
abiertos
a su mensaje, conforme al principio «al judío primero, pero también al
gentil»
y a su práctica de «hacerse judío» para ganarlos (1 Cor 9,20-21).
c)
Temerosos de Dios y prosélitos
Llamativamente,
el judaísmo atraía a muchos no judíos por su concepto
de Dios, sus valores morales, el descanso semanal y sus fiestas, pese a
ser una
religión nacional y no un culto mistérico. Filón y Josefo hablan —con
exageración— de la considerable atracción de las costumbres judías
(sábado,
ayunos, leyes alimentarias); el verbo «judaizar» y las referencias a
«prosélitos» en el NT, la literatura judía y las inscripciones sugieren
un
amplio abanico de adhesión, desde la curiosidad hasta la conversión
plena,
confirmado también por fuentes romanas. Que se les llamara ya
formalmente
«temerosos de Dios» (theosebeis) no es lo importante; el hecho
es que
había muchos de esos gentiles, lo que hace creíble lo referido por
Lucas sobre
Cornelio, sobre los que «temen a Dios» en Antioquía de Pisidia, sobre
Lidia en
Filipos o Ticio Justo en Corinto. Un factor adicional: las cartas de
Pablo,
dirigidas a públicos gentiles, están salpicadas de citas y alusiones
bíblicas
(según los LXX) que solo podían resonar en oyentes ya familiarizados
con las
Escrituras por haber asistido a las lecturas sabáticas de la sinagoga.
d)
Económicamente independiente
Pablo
insiste en que era importante ganarse el sustento con sus
propias manos (1 Tes 2,9). En 1 Cor 9 argumenta que, aunque «el Señor
ha
mandado que quienes predican el Evangelio vivan del Evangelio» (v. 14),
él
renunció a ese derecho para «no crear ningún obstáculo» y «entregar
gratuitamente» su evangelio (vv. 12.18), defendiendo lo mismo frente a
los
«falsos apóstoles» (2 Cor 11,7-21). La razón se aclara al recordar la
estructura patrón-cliente: aceptar retribución lo habría atrapado en
una
relación de lealtad casi servil, en conflicto con su fidelidad
primordial al
Señor. No es casual que exprese este principio en 1 Corintios, donde
las
tensiones entre los pocos poderosos y la mayoría plebeya eran en parte
propias
de esa estructura. Sí aceptó las donaciones espontáneas de Filipos (Flp
4,10-19), que a nada le obligaban, y ayuda para el Evangelio (la
escuela de
Tirano), que entendía como apoyo a la misión, no a su persona.
De su
trabajo manual —como guarnicionero o fabricante de tiendas— se
siguen dos corolarios: que su oficio le ocupaba gran parte del día y
determinaba su experiencia y estatus social (la vida del taller, el
trabajo
agotador, la baja estima de los artesanos); y que probablemente
aprovechaba ese
tiempo para su labor misionera, sacando a colación el Evangelio en
conversaciones con compañeros y clientes. En suma, Pablo era no solo un
audaz
estratega, sino un táctico con claros principios y prioridades y con
determinación
para aplicarlos.
e) Sus
colaboradores
Aunque a
veces escribe como si toda la responsabilidad cayera sobre
él, las cartas (y Hechos) revelan un considerable número de colegas y
colaboradores (synergoi). Los más destacados son Bernabé
(apóstol y
compañero principal en su primer trabajo misionero), Silas/Silvano
(principal
compañero al iniciar la misión del Egeo), Timoteo (convertido suyo, su
mano
derecha y coautor de numerosas cartas), Tito (convertido y principal
conducto
con los corintios) y Apolo (misionero independiente al que apoyó con
calidez).
Merecen mención especial Priscila y Áquila (anfitriones y compañeros de
viaje),
Tíquico, Aristarco y otros. Las cartas nombran a una larga serie de synergoi
y colaboradores —Urbano, Epafrodito, Clemente, Marcos, Lucas, Filemón,
Febe,
Andrónico y Junia, Epafras, Onésimo y muchos más—, así como a los
anfitriones
que albergaron iglesias domésticas (Lidia, Jasón, Ticio Justo, Gayo,
Filemón).
Depuradas
las listas, el equipo misionero de Pablo lo formaban más de
cincuenta personas, al menos diez de ellas mujeres. La misión paulina
no fue,
pues, obra de un solo hombre: fue siempre un trabajo en equipo,
coherente con
su teología del cuerpo de Cristo y con su táctica de irradiar
influencia desde
un centro urbano mediante compañeros y emisarios. Ello implica que
Pablo fue un
consumado líder, capaz de inspirar lealtad personal, calidez afectiva y
amistad
profunda; el modo tradicional de recordarlo como alguien admirable pero
lejano
debe ser modificado a fondo.
29.6. El
evangelio de Pablo
¿Es
posible conocer el evangelio que predicaba Pablo al llegar a una
nueva ciudad? El problema es que sus cartas, sin propósito
evangelizador, se
dirigen a comunidades ya establecidas, y los sermones que Hechos le
atribuye no
son transcripciones literales. Pero Pablo recuerda con frecuencia a sus
lectores sus experiencias iniciales, y de esas alusiones —junto con
coincidencias no insignificantes con los sermones de Hechos— se obtiene
una
idea válida de los puntos principales de su predicación, sin suponer
que
comunicó siempre el mismo mensaje ni en el mismo orden.
a)
Convertirse de los ídolos al Dios vivo (1 Tes 1,9)
Según Hch
14 y 17, cuando predicaba fuera de la sinagoga lo central
era la proclamación de Dios como creador y sostenedor de todo,
irrepresentable
en madera o piedra. Aunque cabría pensar que en la sinagoga, ante
prosélitos y
«temerosos de Dios» ya imbuidos de la noción judía de Dios, centraba el
mensaje
en Jesús, los datos de las cartas corrigen esa inferencia: Pablo
recuerda que
los tesalonicenses «se convirtieron de los ídolos para servir al Dios
vivo y
verdadero» (1 Tes 1,9), y describe a los gálatas como antes esclavos
«de cosas
que por naturaleza no son dioses» (Gál 4,8-9). Su evangelio logró,
pues, la
conversión de politeístas a la fe en el único Dios creador, en plena
continuidad con la respuesta judía a los gentiles: para los efectos,
pedía
afirmar el credo judío (Dt 6,4) y los dos primeros mandamientos del
Decálogo,
fe que continuó en su teología a nivel de sustrato (1 Cor 8,4-6).
b) Cristo
crucificado (1 Cor 1,23; 2,2)
La parte
central de la predicación era Jesucristo: el Evangelio era
«el Evangelio de Cristo», «de su Hijo», «del Señor». Hablar del Mesías
de
Israel ofrecía un acceso natural a los «temerosos de Dios», y debía
incluir
información básica sobre Jesús y su título «Cristo», pues gentiles
inteligentes
no aceptarían un mensaje sobre un desconocido sin saber quién era; de
ahí la
transmisión de la tradición de Jesús como caja de resonancia, sin
ocultar su
condición judía (de la estirpe de David, «nacido bajo la Ley»). Pero la
predicación giraba principalmente en torno a su crucifixión,
era
«predicación de la cruz» (1 Cor 1,18): aquella ejecución infamante no
negaba la
mesianidad de Jesús, sino que expresaba la sabiduría contracultural del
designio de Dios —«un Cristo crucificado: escándalo para los judíos y
necedad
para los gentiles; mas... fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Cor
1,22-25)—.
Así, «Cristo murió por nuestros pecados» (1 Cor 15,3) formaba parte del
fundamento, y la crucifixión no representaba el rechazo de Jesús por
Dios, sino
la expresión de su amor por los pecadores (Rom 5,8), obligando a
modificar el
concepto tradicional de la mesianidad.
c) Dios
resucitó a Jesús de entre los muertos (Rom 10,9)
Igualmente
central era que Dios había resucitado a Jesús, punto
principal de las fórmulas kerigmáticas y confesionales que Pablo
refleja. Lo
que distinguía a sus convertidos era la fe en «el que resucitó a Jesús
de entre
los muertos» (Rom 4,24-25); sin esa resurrección la fe sería vana (1
Cor
15,12-17). La afirmación era radical: implicaba que los acontecimientos
del
«fin de los días» ya estaban en marcha, que había comenzado la
culminación de
la historia. Por eso Jesús «se entregó por nuestros pecados, para
librarnos de
este mundo perverso» (Gál 1,4), y por eso «todo el que está en Cristo
es una
nueva creación; lo viejo ha pasado» (2 Cor 5,17; cf. Gál 6,15). La
resurrección
de Jesús no era un hecho aislado, sino el eje sobre el que giraba todo
el plan
de Dios: ¡significaba una creación nueva!
d) Jesús
es Señor (Rom 10,9)
Estrechamente
ligada a la resurrección estaba la creencia de que Dios
había exaltado a Jesús a su diestra como «Señor» (en línea con Sal
110,1). Esta
condición era aún más central en Pablo, que resumía su predicación como
«predicamos a Jesucristo como Señor» (2 Cor 4,5) y describía a los
creyentes
como «los que invocan el nombre del Señor». La confesión (probablemente
bautismal) «Jesús es Señor» (Rom 10,9) equivalía a la entrega de uno
mismo a
Jesús, reconociéndolo como Señor, y fundamentaba las exhortaciones a
pensar y
actuar «en el Señor». ¿Implicaba esto que Pablo adoraba a Jesús como
Dios? No
cabe un simple sí o no: aplicaba a Jesús textos sobre Yahvé (Is 45,23
en Flp
2,11; la Shemá en 1 Cor 8,6), pero también hablaba del «Dios y
Padre de
nuestro Señor Jesucristo» y nunca dirigía a Cristo su acción de gracias
o su
adoración cultual, sino que oraba a Dios «a través» de Cristo.
Significativamente, los creyentes judíos más tradicionalistas, que
criticaban
su actitud ante la Ley, no parecen haber objetado nada a su cristología.
e) Esperar
la venida de su Hijo de los cielos (1 Tes 1,10)
El
recuerdo de la conversión de los tesalonicenses indica que Pablo
habló en su predicación inicial de la parusía y del juicio venideros,
hasta el
punto de que algunos dedujeron que «el día del Señor» llegaría
enseguida, con
la inquietud que planteó la muerte de algunos convertidos antes de la
venida (1
Tes 4,13-18). Quizá esa confusión lo persuadió de dar al tema menos
relieve
después —en ningún escrito es tan prominente como en las cartas a los
tesalonicenses—. Pero la expectativa apocalíptica siguió alimentando su
misión,
de modo que el relativo silencio posterior no debe interpretarse como
un cambio
de pensamiento.
f) Hemos
creído en Cristo Jesús (Gál 2,16)
Lo que
buscaba Pablo se resume en una palabra: «fe». Su mensaje era
«la palabra de la fe», y los cristianos son «los que creen» en Cristo,
con el
corolario de la adhesión a Jesús como Señor en el bautismo (Rom 10,14).
Un
rasgo interesante: mientras la predicación de Jesús y la de Hechos
llamaba al
«arrepentimiento», este término y «perdón» no figuran en los recuerdos
paulinos
de su predicación misionera. Pablo no solía hablar de los pecados de
sus
oyentes ni de culpabilidad por la muerte de Jesús; su mensaje era una
invitación a aceptar la nueva posibilidad abierta por la muerte y
resurrección
de Jesús para una vida completamente nueva. Ello se matiza por la
fórmula
«murió por nuestros pecados» y por su insistencia posterior en la
justificación, la salvación de «esta perversa edad» y la
reconciliación; pero
muchos de esos temas miran al futuro, no al momento inicial de la
conversión.
En todo caso, el principal llamamiento de su discurso evangelizador era
a la
fe, a creer en Cristo.
g)
Recibiréis el Espíritu Santo
También
notable es la promesa hecha a quienes daban una respuesta de
fe. Cuando Pablo recuerda cómo se convirtieron sus oyentes, el elemento
más
común es la recepción del Espíritu: «recibisteis un Espíritu de hijos
adoptivos» (Rom 8,15), «el Espíritu que viene de Dios» (1 Cor 2,12),
«en un
solo Espíritu fuisteis todos bautizados» (1 Cor 12,13), Dios «dio en
garantía
el Espíritu en nuestros corazones» (2 Cor 1,21-22), «¿Recibisteis el
Espíritu
por las obras de la Ley, o por escuchar con fe?» (Gál 3,2-3), entre
otros. En
lo más próximo a una definición del cristiano, Pablo subraya esa
recepción: «Si
alguno no tiene el Espíritu de Cristo, es que no pertenece a Cristo»
(Rom
8,9.14). Este centrarse en el don del Espíritu —y no en el perdón— es
el
reverso de su hincapié en la fe y no en el arrepentimiento: a Pablo le
interesaba más una nueva manera de vivir y de comunidad, vidas
transformadas
más que pecados perdonados, aunque sin olvidar el «despojarse de» y
«revestirse
de» (Rom 13,12; Col 3,5-10). Así como la resurrección fue la otra cara
de la
muerte de Jesús, el «caminar en novedad de vida» era la otra cara de
ser
bautizado en su muerte.
h) La Cena
del Señor y cómo vivir
Entre las
tradiciones que Pablo transmitía estaba la institución de la
Cena del Señor (1 Cor 11,23-26). Su papel —mantener ante la comunidad
la
centralidad de Cristo y de su muerte, mediante la comunión con su
cuerpo y su
sangre y el anuncio de su muerte «hasta que él venga»— dio a la comida
en común
su carácter distintivo, y fue probablemente Pablo quien estableció el
modelo
regular de su celebración.
La
instrucción de los que se preparaban para el bautismo incluía
también guías y exhortaciones éticas (1 Tes 4,1-8; Gál 5,25; Rom 8,13):
transferidos al señorío de Cristo, los convertidos debían vivir en la
«obediencia de fe» (Rom 1,5). Gran parte de esa enseñanza conectaba con
la
tradición ética judía (evitar la idolatría y la impudicia, cumplir la
Ley
mediante el amor al prójimo) y se transmitía a las iglesias por medio
del
apóstol fundador, formando un acervo de tradiciones de la enseñanza de
Jesús y
relatos sobre él. El evangelio de Pablo era a la vez prospectivo y
retrospectivo respecto a la muerte y resurrección de Jesús: la
justificación
miraba también a la justificación final, y la salvación era resultado
de un
proceso que culminaría el día de la ira. Estos temas no eran ideas
tardías,
sino estímulos desde el principio para una conducta conforme al
Espíritu
orientada al juicio futuro. Las numerosas alusiones a lo que Pablo
predicaba, a
cómo se convirtieron sus destinatarios y a lo que creían y
experimentaban
forman un vínculo común que él podía presuponer incluso al escribir a
iglesias
que nunca había visitado (Colosas y Roma).
29.7.
Pastor de almas y autor de epístolas
Tendemos a
ver a Pablo como el gran misionero que llevó el Evangelio a
Europa, y no es una mala imagen. Pero dedicó igual o más tiempo y
energía a pastorear
las iglesias que había fundado, cuidándolas de los peligros de la
infancia y
los traumas de la juventud. Lo sabemos por sus cartas: la culminación
de la
lista de penalidades de 2 Cor 11,23-28 es «la presión diaria: mi
preocupación
por todas las iglesias». Las epístolas no tienen un propósito
directamente
evangelizador; son más bien manuales de instrucciones que abordan,
teológica y
prácticamente, las cuestiones y problemas de las iglesias paulinas. Es
el Pablo
pastor y maestro el que se nos muestra en ellas; sin ellas, con solo lo
referido por Lucas, tendríamos una idea muy incompleta de su misión y
no
comprenderíamos por qué dejó tan gigantesca huella.
a) Función
y finalidad de la carta
La carta
tenía una función sustitutiva del encuentro personal y de
enlace entre un diálogo pasado y su continuación futura. En Pablo, la
conexión
epistolar venía dictada por las grandes distancias y los frecuentes
retrasos de
sus viajes; es claro que habría preferido tratar las cuestiones en
persona (la
relación con Corinto, donde una carta y un intermediario como Tito
daban
mejores resultados, matiza algo esto). Un corolario importante: las
cartas no
sustituían la inmediatez de la comunicación oral ni hacían redundante
la
enseñanza previa; no son una transición de lo oral a lo literario, pues
no
incluyen toda la predicación ni una exposición completa de la tradición
fundacional. Además, la mayoría de los destinatarios no las leían
—probablemente por insuficiente alfabetización—, sino que conocían su
contenido
al oírlas leer en la comunidad: en destino, las cartas pasaban a ser
principalmente comunicación oral.
b) Las
innovaciones introducidas por Pablo
Las
epístolas paulinas eran genuinas cartas, escritas en el griego
demótico de la época. Conocemos hoy las convenciones de las cartas
populares y,
con ello, cómo Pablo las adaptó: cambió el jairein («saluda»)
habitual
por jaris («gracia»), completándolo con el saludo judío shalom/eirēnē
(«paz») —«Gracia y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor
Jesucristo»—, y solía terminar recordando ese saludo inicial, además de
invitar
a «saludaos con el beso santo». La principal innovación estaba en el
cuerpo de
la carta: la cantidad y el carácter de lo que insertaba entre el inicio
y la
conclusión era inusual, hasta el punto de plantear si cabe llamar
«cartas» a
esos escritos o más bien «tratados» o «discursos». El debate huelga:
Pablo
modeló según sus propias necesidades un medio de comunicación a
distancia. Algo
similar ocurre con la retórica de las epístolas: probablemente
no deben
clasificarse según los tipos clásicos (judicial, deliberativo,
epidíctico),
sino que son sui géneris, respuesta espontánea de su cuidado
pastoral.
El que podamos hablar de retórica recuerda, de nuevo, que estaban
destinadas
sobre todo a ser comunicadas oralmente.
c) Las
cartas, trabajos en colaboración
Varias
personas intervenían en la composición y entrega de las cartas.
En primer lugar, el propio Pablo: documentos como Romanos requirieron
varias
sesiones, y cabe preguntarse si dictaba sobre la marcha o trabajaba con
un
argumento ya esbozado, notas y borradores (la interrupción de Flp 3,1
acaso
refleja la llegada de noticias). Luego, los colaboradores o coautores
—Timoteo,
Silas, Sóstenes aparecen como tales en hasta siete cartas—, cuyo papel
iba más
allá de la mera compañía. También los secretarios o amanuenses a los
que
dictaba, como «Tercio, que escribió la carta» a los Romanos (Rom
16,22); Pablo
solía añadir de su puño y letra una nota final («Mirad con qué letras
tan
grandes os escribo», Gál 6,11). El grado de participación del
secretario varía;
combinar coautor y escriba explicaría la desigualdad de estilo que a
veces se
observa (de ahí la hipótesis de que Colosenses pudo ser escrita por
Timoteo en
nombre de Pablo). Por último, un mensajero (angelos) entregaba y
leía la
carta a la comunidad reunida; como el texto carecía de espacios y
puntuación,
el lector debía preparar con cuidado su lectura (¿o representación?),
de modo
que la dimensión retórica brillaba como si el propio Pablo estuviera
presente.
d)
Conservación, lectura, copia y circulación
No debemos
imaginar que cada carta se leía una vez y se guardaba para
siempre. Es probable que Pablo hiciera más de una copia; que una sola
carta se
dirigiera a más de una comunidad; que previera que cada carta se diera
a
conocer a otras iglesias (como fue el caso de Colosenses); y, sobre
todo, que
quienes dirigían o enseñaban volviesen una y otra vez sobre ella,
incorporándola al acervo de enseñanza de la comunidad. Pronto se hacían
copias
y las cartas circulaban más ampliamente: algunos manuscritos prueban
que
Romanos circuló sin los caps. 15–16, y Clemente e Ignacio muestran que
1
Corintios era conocida en Roma y Asia Menor una generación o dos
después. El
proceso que llevó a que 2 Pe 3,16 designara las epístolas paulinas como
«Escritura» pudo comenzar muy pronto. Aunque algunas cartas se
perdieron, las
conservadas lo fueron porque eran muy estimadas, leídas, copiadas y
difundidas.
En
conjunto, la imagen que emerge de Pablo es la de alguien en la
cúspide de una importante transición religiosa y cultural: un apóstol
con un
elevado concepto de su misión y del Evangelio que se creía encargado de
predicar a los gentiles; un hombre de tesón, energía y coraje sin
límites; un
luchador con una estrategia visionaria y lúcido en sus tácticas; un
conductor
de hombres capaz de suscitar profunda lealtad en unos y hostilidad en
otros; un
evangelizador con un evangelio bien pensado y comunicado con poderoso
impacto;
y un pastor cuyo ministerio estableció en muchos lugares un
cristianismo
hondamente cimentado, y cuyas cartas se convirtieron en manuales de
instrucción
y opúsculos teológicos que configuraron el futuro del nuevo movimiento
como
ninguna otra cosa en el siglo I. ¡Un segundo fundador del cristianismo,
realmente!
|
|
|