El
cristianismo en sus comienzos. Tomo II. Comenzando desde Jerusalén
Octava parte. Apóstol de los gentiles
Capítulo 30. Las iglesias de Pablo
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
Durante su
misión del Egeo, Pablo fundó con éxito varias iglesias,
sobre las que las cartas paulinas —en especial las dirigidas a
Tesalónica,
Corinto, Filipos y Colosas— nos ofrecen las mejores percepciones. Antes
de
examinar de cerca cada una, conviene una visión panorámica de lo que
pudo
significar para los recién convertidos devenir «iglesia»: dónde se
reunían,
cómo se relacionaban con la sinagoga, cómo los veían los de fuera, cuál
era su
situación legal, su composición social y su organización. Construir esa
infraestructura facilitará después centrar la atención en las
cuestiones
específicas que ocasionaron cada carta.
30.1. ¿Por
qué «iglesia»?
El término
que denota la existencia del embrionario movimiento
cristiano es ekklēsia, «iglesia». En lenguaje corriente
significaba
simplemente una asamblea o reunión (Hch 19,32.40), aunque se usaba
sobre todo
para el cuerpo de ciudadanos convocados a asamblea legislativa. Su
primer uso
cristiano debió de denotar una reunión sin más, quizá para evitar el
término synagōgē,
ya demasiado identificado con la asamblea de los judíos. Pero la mayor
influencia fue el uso de los LXX de ekklēsia para traducir qahal
Yahweh/Israel
(«la asamblea de Yahvé/Israel»), lo que se percibe en la frecuente
referencia
paulina a «la iglesia (o iglesias) de Dios». La inspiración del término
era,
pues, más teológica que política: no entrañaba la pretensión de ser una
nueva
entidad política, sino la afirmación de estar en continuidad directa
con el
Israel al que Dios llamó (ek-kalein) a ser su pueblo. El uso del
plural
(«iglesias») muestra que, para Pablo, eran «iglesias» los distintos
grupos que
se reunían por separado en casas o locales; la idea de «la Iglesia»
universal
aún no había recibido expresión. Dondequiera que se reuniera un grupo
de
creyentes en Jesús como Señor, allí estaba «la iglesia de Dios».
Esto
plantea preguntas esenciales: ¿cómo se veían esas «iglesias» en
relación con las «sinagogas»? Si los primeros convertidos gentiles
procedían
sobre todo de los «temerosos de Dios», ¿cómo entendían su transición de
la
sinagoga a la iglesia? Y, más importante, ¿cómo veían los foráneos las
nuevas
iglesias, formadas típicamente por gente que había abandonado la
sinagoga (como
en Corinto, Hch 18,7, y Éfeso, 19,9)? ¿Las consideraban un grupo
rebelde, un
cisma, todavía dentro de la comunidad judía? A ello se sumaba la
cuestión,
particularmente sensible, de su situación legal ante el recelo de las
autoridades romanas.
30.2.
Iglesias domésticas: los indicios arqueológicos
Cuando
Pablo habla de que los creyentes «se reúnen en iglesia» (1 Cor
11,18) no piensa en un lugar, sino en las personas que se reúnen para ser
iglesia; por eso sería menos confuso emplear términos como «comunidad»,
«reunión» o «asamblea». La cuestión es dónde se reunían los primeros
cristianos
en las ciudades del Egeo.
a) Los
datos arqueológicos
La
arqueología ha descubierto varios edificios de sinagogas del siglo
I (en Ostia, Stobi, Delos, Priene y probablemente Sardis) y atestigua
reuniones
regulares de judíos en numerosas ciudades de Asia Menor; cabe presumir,
pues,
la presencia de edificios sinagogales o casas privadas adaptadas allí
donde
había una comunidad numerosa. En cambio, no se ha hallado ninguna
estructura
identificable con seguridad como iglesia anterior a un siglo después de
Pablo.
Hay que suponer, por tanto, que las reuniones se celebraban en casas
particulares, no en locales alquilados (cuyo coste no estaba al alcance
de los
pequeños grupos, y cuyas asociaciones difícilmente habrían admitido a
otras
sociedades). La conclusión más satisfactoria es que se reunían en
viviendas de
miembros de la comunidad, dando los más ricos acogida a «toda la
iglesia», como
Gayo, «en cuya casa se reúne toda la iglesia» (Rom 16,23): expresión
que alude
probablemente a las ocasiones en que se reunían todos los creyentes
locales (1
Cor 11,20; 14,23), frente a las reuniones menos numerosas y más
frecuentes en
viviendas más modestas.
La
arqueología de ciudades como Ostia, Corinto y Éfeso, junto con
Pompeya y Herculano, ilumina los tipos de vivienda de la época. La
atención
suele centrarse en las grandes fincas que ocupaban casi una manzana,
pero en
lugares como Ostia se conservan restos por encima del primer piso que
muestran
las viviendas de una sola pieza en las casas de vecindad (insulae)
de
varios pisos. Como resume Purcell, esas insulae albergaban solo
una
pequeña fracción de la población; no siempre eran de baja calidad, y
algunas
tenían viviendas (cenacula) amplias y acogedoras que no eran
indignas de
personas de elevada posición. Juvenal, en cambio, describe en sus Sátiras
las casas de mala calidad, levantadas con demasiada rapidez y altura
por
arrendadores ansiosos de renta, apuntaladas con malas vigas, llenas de
grietas
y expuestas a incendios y derrumbes, donde el inquilino del piso más
alto era
el primero en perecer.
Plano de villa romana en Corinto.
b) Las
iglesias del siglo primero, en cuanto a su dimensión
Dado que
la mayoría de los convertidos eran analfabetos y «faltos de
poder y de alcurnia» (1 Cor 1,26), sus viviendas corresponderían a la
parte
inferior de la escala —casas de vecindad, donde una iglesia sería un
grupo
reducido, de hasta una docena de personas (algunos hablan de «iglesias
apartamentales»)—. Pero la mayoría de los grupos urbanos incluían al
menos
algunos miembros de buena posición que invitaban a los creyentes a su
espaciosa
vivienda; las casas con atrio y triclinio podían acoger hasta una
cincuentena
de personas, aunque no está claro que de un número así saliera una
reunión
ordenada, ni que todos cupieran en una sola sala. En la mayor parte de
los
casos, las iglesias domésticas debían de tener pocos miembros (de doce
a
veinte), y aun «toda la iglesia» de una ciudad no pasaría de cuarenta o
cincuenta. La dinámica de la vida eclesial dependió en buena medida del
espacio
físico disponible.
30.3.
¿Asociación o culto religioso?
Para
entender cómo eran vistas las iglesias conviene situarlas en el
marco de las asociaciones, cultos y escuelas de la época. Existían
asociaciones
de muy diverso tipo —familiares, étnicas o regionales, vecinales y
profesionales (gremios de panaderos, pescadores, médicos,
guarnicioneros,
plateros, etc.)—, además de asociaciones cultuales y escuelas
filosóficas. La
pertenencia no era necesariamente exclusiva: se podía pertenecer a
varias y
venerar a más de una deidad. Muchas tenían miembros de diversos niveles
socioeconómicos, aunque los patronos figuraban prominentemente; algunas
servían
sobre todo a personas humildes, ofreciendo la posibilidad de cenar
fuera,
recibir honra y ser enterrados dignamente. Las comidas en común eran
una de sus
razones de ser. No funcionaban como alternativa al culto imperial, sino
integradas en él. El número de miembros solía oscilar entre 15 y 100.
Técnicamente requerían autorización formal, pero las que carecían de
ella eran
toleradas en tanto no hicieran nada ilegal u ofensivo; por lo general
cubrían
importantes necesidades sociales, culturales y religiosas, actuando
como
agrupaciones de amistad y asistencia.
a)
Sinagogas
Las
sinagogas tenían desde antiguo gran capacidad de permanencia y,
como asociaciones, solían llevar el nombre de personas prominentes o de
la
zona. Tenían apariencia de asociaciones, pues no contaban con
santuarios
locales ni practicaban el sacrificio, y recordaban a las escuelas
filosóficas
por su énfasis en el estudio de los textos sagrados y la exhortación
moral. Muy
importante era el continuo respeto a sus derechos: César y Augusto les
habían
otorgado reconocimiento formal, poniéndolas al abrigo de las
prohibiciones de collegia.
Entre esos derechos estaban el de reunión, administrar sus finanzas
(incluido
el impuesto del templo), la jurisdicción sobre sus miembros (con
potestad de
castigos corporales, cf. 2 Cor 11,24), la exención del servicio militar
y,
significativamente, el permiso para no participar en el culto al
emperador. La
religión judía permaneció, en el período que nos ocupa, bajo la
protección
formal del Estado romano, aunque la expresión religio licita
(muy usada
en estudios modernos) no se encuentre en la literatura de la época.
Así, las synagōgai
judías eran consideradas oficialmente
similares a los collegia y thiasoi de otros grupos
nacionales y
religiosos, aunque, por admitir a simpatizantes no judíos («temerosos
de
Dios»), no eran propiamente asociaciones. La pertenencia a la sinagoga
no
impedía necesariamente participar en otras asociaciones —un judío como
Áquila
podía pertenecer al gremio de fabricantes de tiendas—, salvo en sus
sacrificios
o libaciones a otras deidades. Algunos han sugerido que ciertas
comunidades
sinagogales se volvieron sincréticas (a partir de un posible culto de
ángeles
en Col 2,18), pero el consenso actual es que asociaciones como las de
los Sabbatistai
o los veneradores de Theos Hypsistos no eran judías, sino
reflejos no
judíos del poder de las creencias judías. El examen de las asociaciones
y de
cómo las sinagogas encajaban bien en las ciudades, conservando a la vez
sus
costumbres distintivas, ofrece una base inestimable para indagar cómo
eran
vistas las iglesias paulinas.
b) Iglesias
Los puntos
en común con las asociaciones sugieren respuestas a las
preguntas iniciales. Una iglesia no era como una asociación vecinal o
gremial,
pero, al reunirse en casa de un ciudadano prominente, podía verse como
una
extensión de su familia (asociación familiar); por su condición de
vástago de
la sinagoga, compartía su ambigüedad de estatus; por su rito de
iniciación y su
veneración de un héroe exaltado, parecía una inusitada clase de culto
mistérico; y, por estar alimentada con enseñanza doctrinal y
exhortación moral,
recordaba a una escuela filosófica. Un punto de contacto interesante es
la
descripción paulina de la iglesia como un «cuerpo» (sōma), con
los
creyentes como miembros: la imagen había sido usada en filosofía
política para
la ciudad o el Estado como cuerpo dependiente de la cooperación de sus
partes.
Pero Pablo afirma que ese cuerpo no es una corporación política, sino
un cuerpo
formado por identificación con Cristo mediante el bautismo en un solo
Espíritu
(1 Cor 12,13), con una identidad basada en algo distinto de la
categoría étnica
o social: «ni judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer,
sino
todos uno en Cristo Jesús» (Gál 3,28).
30.4.
Composición social de las iglesias paulinas
Hasta hace
pocas décadas se pensaba que los primeros grupos cristianos
eran predominantemente gentiles y de condición humilde, un movimiento
proletario con pocos líderes de la talla de Pablo. Esa imagen ha
cambiado
decisivamente en la última generación.
a) Judíos
y gentiles
Que Pablo
se presentase como «apóstol de los gentiles» favoreció la
idea de iglesias totalmente gentiles. Pero la realidad era más matizada
y
mixta. Aunque las iglesias de Galacia parecen haber sido
mayoritariamente
gentiles, el uso de la primera persona del plural en el argumento de
Gálatas
sugiere que Pablo tenía en mente también a creyentes judíos. En Romanos
se
dirige principalmente a gentiles, pero los «débiles en la fe» de
14,1–15,6 son
probablemente creyentes judíos, y una finalidad de la carta es pedir a
los
gentiles, que eran mayoría, que no supongan haber reemplazado a los
judíos ni
desprecien a la minoría judía. En Corinto la preponderancia gentil se
deduce de
los problemas planteados, pero la presencia de un grupo partidario de
Cefas y
de quienes no toleraban comer lo sacrificado a los ídolos apunta a
creyentes
judíos. Los nombres confirman la imagen: cerca de un tercio de los
saludados en
Rom 16 eran probablemente judíos, y en Colosenses varios son
identificados como
«de la circuncisión». Estos datos plantean la cuestión de la relación
entre
iglesias y sinagogas (donde estas eran diversas, las iglesias pudieron
verse
como parte de esa diversidad) y muestran que en comunidades mixtas
siempre era
probable la tensión al interpretar «la verdad del Evangelio»; las
tensiones de
la consulta de Jerusalén y del incidente de Antioquía estaban ya
latentes,
aunque tampoco faltaban en comunidades homogéneamente gentiles.
b)
Patronos y benefactores
Aquí
dependemos sobre todo de 1 Corintios, verdadero «tell
literario» explorado a fondo en la última generación de estudiosos. La
contribución de Theissen fue señalar que «no muchos» sabios, poderosos
o nobles
(1 Cor 1,26) no significaba «nadie»: había unos cuantos miembros
influyentes de
las capas altas —los «sabios» de clase acomodada, los «poderosos» con
influencia (patronos o clientes de la clase dominante), los «de la
nobleza» de
la élite local acostumbrada al gobierno regional— cuya proyección era
desproporcionada
a su número. Aunque pocos, serían inevitablemente los más influyentes,
la
minoría dominante dentro de la iglesia.
Los
nombres lo corroboran: Crispo, antiguo jefe de sinagoga (archisynagōgos)
en Corinto, cargo que requería una persona acomodada; Erasto, «tesorero
de la
ciudad», de caudal considerable si es quien costeó un pavimento «a sus
expensas»; Estéfanas, con una «familia» que incluía esclavos; Febe, prostatis
(protectora) de muchos, entre ellos Pablo; Gayo, con casa para «toda la
iglesia»; Priscila y Áquila, con un negocio, que hospedaron a Pablo;
Sóstenes y
Ticio Justo. «Los de Cloe», en cambio, eran probablemente esclavos o
dependientes. La iglesia de Corinto aparece así como una típica
asociación de
clase baja (libertos, artesanos y esclavos) con unos cuantos patronos
de clase
alta, algunos de los cuales causaban problemas al actuar de manera
desconsiderada hacia otros miembros. Lo mismo se observa en Filemón y
Ninfa(s),
propietarios que acogían iglesias en sus casas, o en «los de
Aristóbulo» y «los
de Narciso» (Rom 16,10-11), ligados a casas de personas prominentes,
cuya
pertenencia les daría más influencia dentro de sus grupos.
c)
Esclavos y libertos
La
esclavitud era una realidad establecida; hasta un tercio de los
habitantes de los grandes centros urbanos eran esclavos. Aún no se
consideraba
esencialmente inmoral —eso llegó con la trata masiva—; era el medio de
surtir
de mano de obra el nivel inferior de la escala, y los esclavos podían
ser
personas instruidas con funciones de responsabilidad. La manumisión era
la
aspiración de todo esclavo y se alcanzaba con frecuencia, aunque no
solía traer
libertad económica, sino una relación clientelar. Buen número de los
primeros
cristianos procedían de las filas de los esclavos, como muestran la
exhortación
a esclavos y amos de Col 3,22–4,1 y la carta a Filemón sobre Onésimo.
En
Corinto, «los de Cloe», Fortunato y Acaico eran esclavos o libertos, y
más de
la mitad de los nombres de Rom 16 eran corrientes entre personas de
origen
servil. Las iglesias de Pablo atraían de manera constante a gentes de
más
diversa condición que la mayor parte de las asociaciones.
d) Los
pobres
Pese al
«no muchos» de 1 Cor 1,26, la gran mayoría de las comunidades
paulinas eran pobres, como la mayoría del Imperio: solo era rica una
proporción
exigua (sobre el 3 %) de la población urbana, sin clase media. La falta
de
referencias explícitas a los pobres se explica porque esa dura realidad
se daba
por supuesta (la exhortación a trabajar con las propias manos de 1 Tes
4,11
indica que la mayoría eran trabajadores manuales). Más sorprende la
falta de
hincapié en la ayuda a los pobres, dada su importancia en las
Escrituras y en
la tradición de Jesús; pero la condición del acuerdo de Jerusalén de
«tener
presentes a los pobres» (Gál 2,10) se plasmó en la gran prioridad dada
a la
colecta para «los pobres de entre los santos de Jerusalén» (Rom 15,26),
y es difícil
pensar que Pablo no se preocupara igualmente por los pobres de sus
propias
iglesias (cf. «compartir» y «ejercer la misericordia», Rom 12,8). La
exhortación a ahorrar cada semana para la colecta (1 Cor 16,2) recuerda
la
modesta cuota de las asociaciones y muestra que suelen ser los pobres
los más
dispuestos a tales aportaciones.
e) Mujeres
No era la
presencia femenina lo que caracterizaba a las asociaciones,
ni la participación activa de la mujer ni su desempeño de funciones
directivas.
Sin embargo, no menos de nueve mujeres formaron parte del equipo
misionero de
Pablo —alrededor del veinte por ciento, proporción notable en una
sociedad
dominada por los varones—, y varias tuvieron papeles importantes:
Junia, la
única mujer de la que se sabe que fue nombrada apóstol (Rom 16,7);
Febe,
protectora de la iglesia de Cencreas y primera persona nombrada
formalmente
«diácono» (Rom 16,1-2); Prisca, mencionada antes que su esposo Áquila;
María,
Trifena, Trifosa y Pérside, de quienes se dice que se han «afanado»;
Evodia y
Síntique, que «lucharon» en la obra del Evangelio; Lidia, mujer de
negocios que
acogió a la iglesia de Filipos; y Ninfa(s), que acogió una iglesia
doméstica.
Hay que añadir la participación de mujeres en la profecía pública en
Corinto (1
Cor 11,2-16) y las «mujeres distinguidas» convertidas en Antioquía de
Pisidia,
Tesalónica y Berea. Estos datos deben tenerse presentes al evaluar lo
que Pablo
dice sobre el papel de las mujeres.
f) La
familia cristiana
Como
algunas asociaciones, las iglesias empleaban nombres familiares:
Pablo se equipara varias veces a un padre de sus convertidos, y
«hermano»
aparece más de cien veces en sus cartas (también «hermana»), abrazando
a toda
la comunidad. Lo más peculiar es su afirmación de que Cristo era el
hermano
primogénito entre los hermanos —posible eco de la tradición de Jesús
(Mc
3,35)—. Aún más inusual es que conjuntos familiares enteros eran
considerados
parte de las iglesias (1 Cor 7,14; el código familiar de Col 3,18–4,1
se dirige
directamente a los hijos). La familia ficticia de la asociación
cristiana no
sustituía la estructura familiar normal, sino que la subsumía en la
gran
familia que tenía a Dios como Padre y a Jesús como primogénito. Como la
familia
era, según Aristóteles, la unidad básica del Estado, un movimiento que
se
reunía en casas y usaba la familia como modelo se ajustaba a las normas
sociales; su carácter subversivo, poco aparente, residía en la
subordinación de
todas las relaciones al señorío de Cristo.
30.5.
Organización de las iglesias paulinas
Las
asociaciones romanas solían imitar la estructura municipal, con
jefes y oficiales de variados títulos (magistri, curatores,
grammateus, tamias, episcopos,
diakonos),
y las sinagogas tenían archisynagōgoi, archontes y presbiteroi.
En contraste,
las primeras iglesias
paulinas parecen haber evitado la multiplicidad de títulos y
desestimado todo
concepto de cargo formal. El «apóstol» fundador, con autoridad
continua, era lo
más próximo al presidente de una asociación. Las cartas indiscutidas
mencionan
a Febe como diakonos (Rom 16,1) y, una vez, a episkopoi
y diakonoi
(Flp 1,1), sin que se aclaren sus funciones; nada se dice de «ancianos»
en las
primeras epístolas, pese al testimonio de Hechos de que Pablo los
nombraba al
fundar iglesias.
La
jerarquía que Pablo contempla es «primero apóstoles, segundo
profetas, tercero maestros» (1 Cor 12,28), pero profetizar y enseñar se
consideran funciones más que cargos. El carisma es la profecía misma
—la acción
de proferir palabras inspiradas, que debían ser probadas y evaluadas—,
y el
enseñar la acción de enseñar (Rom 12,7), no circunscrita a unos
maestros. Llama la atención que en las situaciones difíciles de
Galacia,
Corinto y Tesalónica Pablo no pudiera apelar a ninguna jerarquía para
ejercer
la disciplina y tuviera que mostrar liderazgo él mismo. Algunos
ejercían
iniciativa: Estéfanas y su familia «se nombraron ellos mismos» para
cierto
ministerio (1 Cor 16,15), y Pablo pide que se acepte y respete a
quienes
trabajan y se fatigan por la comunidad (1 Cor 16,16; 1 Tes 5,12-13), no
por su
posición social ni por nombramiento formal, sino en virtud de su
trabajo y
servicio.
Pablo
también recomienda que las comunidades en conjunto asuman
responsabilidad sobre el orden y la disciplina: la comunidad reunida
debía
ocuparse del caso de incesto (1 Cor 5,1-5), amonestar a los revoltosos
y
confortar a los débiles (1 Tes 5,14), examinarlo todo y quedarse con lo
bueno
(5,19-22), y enseñarse y amonestarse mutuamente (Col 3,16). Sin
generalizar en
exceso, en las cartas trasluce de manera persistente la falta de
estructuras
organizativas y de dirección formalmente establecidas; de ahí la
utilidad de la
expresión «comunidad carismática», con la matización de que el
resultado fue un
éxito empañado por un alarmante grado de inestabilidad en Corinto. La
descripción de Von Campenhausen —una asociación libre que se
desarrollaba
mediante la viva interacción de dones y ministerios, sin autoridad
oficial ni
«ancianos» responsables— sigue estando cerca de la realidad reflejada
en las
cartas.
30.6. Sus
reuniones
Pablo
preveía la presencia de no creyentes (apistoi) y profanos
(idiōtai) en las asambleas (1 Cor 14,23-24), invitados o
atraídos de la
calle, y las pequeñas iglesias domésticas crecían con la presencia de
amigos,
parientes, vecinos y colegas. ¿Qué pensaban esos visitantes de lo que
veían? De
nuevo dependemos sobre todo de Corinto.
a) El
culto regular
La
iglesia, como la sinagoga, debía reunirse al menos semanalmente.
«El primer día de la semana» (1 Cor 16,2; cf. Hch 20,7) tenía especial
significación: el domingo evitaba coincidir con la reunión sinagogal
del sábado
—permitiendo a judíos, prosélitos y temerosos de Dios cumplir con la
sinagoga y
formar parte de una iglesia doméstica— y evitaba dar la idea de que la
iglesia
era una subunidad de la sinagoga. Los actos de culto eran reconocibles:
lectura
(de la Escritura y de las cartas de Pablo), enseñanza (tradición de
Jesús y
relatos sobre él y los primeros apóstoles), canto y oración (1 Cor
14,26), con
un paralelo manifiesto con la sinagoga y la escuela filosófica. Cantos
y
oraciones eran también regulares en asociaciones y thiasoi; por
eso
sería el contenido y el impacto espiritual lo que atraía. Pablo estaba
preocupado por que las reuniones de Corinto no dieran la impresión de
ser otro
culto extático más, en busca de experiencias de «fuera de este mundo»
(alude a
los antiguos misterios dionisíacos en 12,2; al deseo de posesión e
inspiración
en 14,12; y a la posibilidad de que parecieran «alterados» en 14,23),
no tanto
para evitar problemas con las autoridades como una mala reputación
entre los
ciudadanos.
b) La
comida compartida
Las
jóvenes iglesias, como la mayoría de las asociaciones, se reunían
para una comida en común: Pablo imagina a los corintios reuniéndose
«para comer
la Cena del Señor» (1 Cor 11,20); su participación en ella era lo que
los
constituía en «iglesia». Esto no sorprendería a un extraño, pues las
comidas en
común eran característica principal de asociaciones y cultos (la de
Corinto se
habría visto como un eranos). El anfitrión sería el dueño de la
casa. No
está claro que se celebrasen semanalmente ni que cada reunión fuera
para la
Cena del Señor. Esta era una comida completa, que empezaba a la manera
judía
con la bendición y partición del pan, y cuya copa se compartía «después
de
cenar» (11,25); su carácter de comida completa tiene un corolario
teológico: la
sacramentalidad (cf. 10,16) comprendía la comida entera, pues la
compartición
era parte de su carácter religioso, en consciente recuerdo de la última
cena de
Jesús. Un rasgo que llamaría la atención del visitante era la ausencia
de toda
libación a los dioses: los cristianos rechazaban cualquier vínculo con
un
templo, no comían carne sacrificada, no nombraban sacerdotes. Sus ritos
del pan
y el vino debían de parecer anodinos o afrentosos para los antiguos
dioses;
constituían un culto, pero una extraña clase de culto, ¡y quizá
atractivo por
ello!
c) ¿Una o
más reuniones?
¿Eran
todas las reuniones combinación de culto y comida? Lo más
probable es que fueran distintas, quizá en días diferentes: el capítulo
14
alude a asambleas cultuales con participantes que llegan juntos
(14,26),
mientras que el 11 se refiere a personas que llegan en distintos
momentos
(11,33). Esto concuerda con Plinio, que a comienzos del siglo II
refiere que
los cristianos de Bitinia se reunían dos veces en su día especial:
antes del
amanecer para el culto y más tarde para una comida. No debe suponerse
que cada
encuentro fuera una reunión formal: acogidas a visitantes, salidas en
grupo y
comidas informales brindaban ocasiones para compartir la fe. Por
último, no hay
indicio de que los grupos pidieran permiso para reunirse: probablemente
esperaban no atraer sospechas, dado su pequeño número, o seguían
acogidos a las
autorizaciones de la sinagoga. La reacción de las autoridades romanas
(los
desacuerdos eran «cuestiones de su Ley», Hch 18,15) y el vínculo
percibido con
la comunidad judía daban a los aspirantes gentiles la tranquilidad de
no
ingresar en una asociación políticamente sospechosa.
30.7.
Líneas divisorias
La
identidad grupal y las líneas divisorias son complementarias: el
grupo está constituido por los límites que lo distinguen de otros, y su
identidad es más clara cuanto más claros son esos límites. Al definir
las
iglesias como «el cuerpo de Cristo», Pablo señala implícitamente un
sistema
limitado y un claro sentido de identificación y diferenciación. Como el
surgimiento de la secta de Jesús dentro del judaísmo, también la misión
de
Pablo cuestionó las líneas divisorias. No todos los límites eran de la
misma
clase: podían ser rígidos (condición sine qua non), variables
(con distinto valor para distintos miembros), permeables (que
se pasaban
en ambos sentidos), no exclusivos (que permitían pertenecer a
más de un
grupo) o modificables (al endurecer o suavizar las exigencias).
a) El
bautismo
La línea
divisoria más obvia era el bautismo «en el nombre de
Jesucristo». Pablo no daba enorme importancia al rito (1 Cor 1,14-17),
pero sí
a su simbolismo (bautizados en la muerte de Cristo) y daba por supuesto
que
todos los creyentes habían sido bautizados (Rom 6,4). Toda asociación
religiosa
tenía algún rito de iniciación, de modo que esto no extrañaría a los de
fuera,
ni la idea de pasar de la muerte a la vida o de las «manifestaciones
del
Espíritu» que lo acompañaban. Las diferencias percibidas habrían sido
su
exclusividad y la transformación moral concomitante: mientras que cabía
iniciarse en varios cultos mistéricos, el bautismo suponía una
iniciación en
Cristo incompatible con otras lealtades, la aceptación de una identidad
grupal
distinta (el cuerpo de Cristo) y una drástica transformación moral
(6,9-11).
Para los prosélitos del judaísmo, el equivalente era la circuncisión;
como
Pablo ya no la creía necesaria para los gentiles, debió de entender que
el
bautismo la reemplazaba —un caso claro de abandono de una línea
divisoria
sustituida por otra—, lo que fue un factor importante en la ruptura con
las
sinagogas locales que solía seguir a la fundación de nuevas iglesias.
b) Otros
límites
Pablo puso
el acento en otras líneas divisorias. La fe en Cristo
era otra condición sine qua non, complemento del bautismo (Rom
10,9-10);
de ahí el nombre «creyentes» dado a los miembros. Se percibía que esa
fe
constituía una clarificación o modificación de la exigencia judía de
confesar
un solo Dios (Dt 6,4), pues la adaptación de la Shemá en 1 Cor
8,6 era
obvia para quien conociera ese texto; Pablo entendía la fe en Cristo no
como
sustituir a Dios, sino como completar la fe judía en un solo Dios. La identidad
étnica del pueblo elegido fue otro límite cuestionado al llevar el
Evangelio a los gentiles (tratado en Rom 9–11). Y mientras aceptaba sin
problemas el templo de Jerusalén, su actitud hacia la Ley mosaica es
más
ambigua de lo que suele creerse. Por otra parte, su hostilidad a la idolatría
y a las relaciones sexuales ilícitas (porneia) se
mantuvo tan
inflexible como la de cualquier comunidad judía, con fuerte hincapié en
la
santidad; en cambio, otros miembros tenían actitudes más relajadas, de
modo que
esos límites eran variables dentro de cada iglesia. Las mayores
tensiones
surgían sobre las comidas compartidas: el propio Pablo varió
(intransigente en Antioquía, Gál 2,11-17; flexible en Roma, Rom
14,1–15,6), y
en Corinto los miembros de la élite, arrastrados a fiestas y comidas en
templos, se sentían tironeados en direcciones opuestas. La cuestión de
las
líneas divisorias no se resolvió durante la misión del Egeo —ni se ha
resuelto
del todo nunca—, pero los primeros esfuerzos por abordarla de manera
responsable
resultan instructivos.
30.8. La
red cristiana
Un aspecto
que diferenciaba a las iglesias paulinas de las
asociaciones era la conciencia de pertenecer a un movimiento que se
extendía
por el mundo mediterráneo, interconectado en buena parte por Pablo.
Mientras
las sociedades vecinales y profesionales eran muy locales, y los cultos
como el
de Isis apenas mantenían comunicación entre santuarios, las iglesias de
Pablo
cultivaron un sentido de pertenencia a una extensa red, con Jerusalén
como
iglesia madre. Varios indicios lo muestran: el saludo a Corinto que les
recuerda contarse entre «cuantos en cualquier lugar invocan el nombre
del
Señor» (1 Cor 1,2); los elogios a unas iglesias por una fe «alabada en
el mundo
entero» (Rom 1,8; 1 Tes 1,7-9; Col 1,4); los numerosos saludos de Rom
16 a
personas conocidas en otros lugares; los viajes del propio Pablo y de
otros
maestros y apóstoles (1 Cor 9,5); la abundancia de mensajeros entre
Pablo y sus
iglesias y las «cartas de recomendación» (2 Cor 3,1); las noticias que
«se
oyen» y circulan entre las comunidades; y, sobre todo, la colecta para
Jerusalén, que involucró a las asambleas de Galacia, Macedonia y Acaya
y
requirió numerosos viajes.
No debe
pensarse, pues, que Pablo consideraba autónoma a cada iglesia
por usar el término ekklēsia. Aunque el concepto de la Iglesia
como
cuerpo universal de Cristo no aparece hasta las últimas cartas, Pablo
no veía
las iglesias como desvinculadas: cada una representaba a Cristo y
formaba su
cuerpo en su lugar (1 Cor 12,27), compartiendo una misma identidad, un
mismo
Evangelio (1 Cor 15,11) y un sentimiento común de deuda con la iglesia
madre de
Jerusalén —equivalente a la identidad expresada por las sinagogas de la
diáspora con su impuesto al templo—. Su convicción de que los creyentes
habían
sido injertados en el olivo de Israel (Rom 11,17-24) implicaba la
creencia en
una identidad colectiva sobre la que se desarrollarían las últimas
cartas
paulinas.
30.9.
Conclusión
¿Cuál era
la atracción de las primeras iglesias en un mundo lleno de
asociaciones, cultos, escuelas y sinagogas que ofrecían compañía,
seguridad
ante la muerte y enseñanza para vivir mejor? Ninguna respuesta única
basta,
pero pueden señalarse las causas más probables: el impacto
transformador y
hondamente emotivo del mensaje de Pablo, que suponía un profundo cambio
de vida
y experiencias de amor, alegría y paz atribuidas al Espíritu de Dios;
las
impresionantes experiencias del Espíritu y sus dones, los exorcismos,
las
curaciones y el cuidado de enfermos, pobres y esclavos (subrayadas por
Harnack); la poderosa atracción de una esperanza de vida inmortal,
garantizada
por la resurrección de Cristo (1 Cor 15); el sentimiento de vinculación
con
quien había vencido a la muerte y de participación en su relación
filial con
Dios («en Cristo»); la atracción que la sinagoga ejercía sobre las
personas
religiosas, ahora potenciada por la figura de un judío crucificado y
resucitado
y sin la exigencia de la circuncisión; y lo completo de la «oferta»
cristiana,
que reunía lo más atractivo de cada modelo —vida después de la muerte,
experiencias espirituales, comidas en común, devoción religiosa e
instrucción
en textos sagrados—.
No deben
sobrevalorarse, pero tampoco excluirse, otros factores
socioeconómicos: la perspectiva de una buena comida para los más
pobres; la
posibilidad, señalada por Meeks, de que muchos miembros prominentes
sufrieran
de «incompatibilidad con su alta posición», hallando en los grupos
cristianos
un refugio frente a la angustia y la soledad; y, en términos más
generales, la
disposición de los grupos cristianos a acoger a personas y familias
enteras sin
reparar en posición social, raza ni sexo, inculcando que todos formaban
una
«familia» y que importaban a Dios, a Cristo y a los demás creyentes.
Todo ello,
«presumiblemente», está comprendido en el elogio paulino del Evangelio
como
«una fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree, del judío
primero, pero
también del gentil» (Rom 1,16).
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