El
cristianismo en sus comienzos. Tomo II. Comenzando desde Jerusalén
Octava parte. Apóstol de los gentiles
Capítulo 31. La misión del Egeo: primera fase
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
31.1. La
misión del Egeo
La fase
siguiente del relato lucano sobre los comienzos del
cristianismo (Hch 16–20) se conoce como los “viajes misioneros segundo
y
tercero de Pablo”, pero esta denominación es inadecuada y procede de
una
percepción errónea. Lo que tenemos en realidad es el relato de una
misión
continua en torno a la costa del Egeo, narrada por Lucas como una
unidad
coherente y trabada. Tiene un comienzo claro —la misión se pone en
marcha
guiada por varios indicios de sugerencia divina (16,6-9)— y un final
claro: ese
período, como todo el intenso trabajo misionero de Pablo, culmina y
concluye con
un discurso que tiene toda la apariencia de expresar su última voluntad
y su
testimonio (20,18-35). Entre ambos extremos están el recorrido inicial
por las
partes septentrional y occidental del Egeo (caps. 16–17), una larga
estancia en
Corinto —de hecho el cuartel general de Pablo durante dieciocho meses
largos
(cap. 18)— y, al otro lado del Egeo, Éfeso, que sirvió de base de
operaciones
durante dos o tres años (cap. 19). El viaje de regreso a Antioquía
entre esas
dos mitades lo refiere Lucas de la forma más breve (18,22-23), señal de
que no
lo consideraba particularmente significativo.
Estas
noticias concuerdan sustancialmente con lo que sabemos y
conjeturamos por las cartas paulinas. Ya se ha señalado la posibilidad
de que
el incidente de Antioquía hubiese provocado una ruptura no solo con
Bernabé,
sino también con la iglesia de Antioquía y, a fortiori, con la
jerarquía
de Jerusalén (§ 27.6). En tal caso, Pablo habría cortado sus vínculos
con la
iglesia antioquena: no podía servir ya como misionero de una iglesia
que no le
había apoyado en aquel conflicto sobre las condiciones en que judíos y
gentiles
debían relacionarse en las comunidades mixtas (Gál 2,11-21). Así, el
traslado
al Egeo tuvo más de establecimiento de una misión separada o incluso
independiente que de expansión de la misión antioquena mediante un
“segundo
viaje”. De ahí la gran irritación de Pablo frente a las intrusiones en
su
campo, perceptible en cartas posteriores, y las condiciones de
independencia en
que trabajaba, claramente indicadas en 2 Cor 10,13-16.
Conviene
repetirlo: la misión del Egeo era para el propio Pablo lo más
importante de su labor misionera. Aparte de Gálatas, Romanos y Tito,
todas las
cartas escritas por él o en su nombre se dirigieron a iglesias fundadas
en este
período (o a personas vinculadas a ellas): Filipos, Tesalónica,
Corinto, Éfeso
y también Colosas. Más importante aún, la mayor parte de las cartas
enviadas
por el propio Pablo (incluida, a mi entender, Gálatas) se escribieron
en este
período desde sus bases del Egeo. El propio Pablo parece recordar el
traslado a
Macedonia como un nuevo inicio, pues elogia a los filipenses por su
participación “en el comienzo del Evangelio” (Flp 4,15). Y consideraba
el
cierre del período como el final de la que iba a ser la fase principal
de su
apostolado (Rom 15,18-21); de ahí la importancia de Romanos como
expresión de
su teología madura al cierre del capítulo principal de su trabajo. La
misión
del Egeo fue, pues, el período más importante de su actividad y el de
repercusión más duradera en el desarrollo del cristianismo y del
pensamiento
cristiano.
Podemos
pensar con bastante seguridad que Lucas tomó lo esencial de su
relato de buenas fuentes. Particularmente notable es la presencia de
las
secciones narradas en primera persona del plural, que enmarcan la
misión del
Egeo (16,10-17; 20,5.15); ese “nosotros” sugiere la participación
directa de
Lucas en el comienzo y el final de la misión, o al menos el uso de un
testimonio de primera mano. También el hecho de que pueda nombrar una
figura
clave en cada una de las tres primeras fundaciones (Filipos, Tesalónica
y
Corinto), que dieron hospitalidad a los misioneros, apunta a fuentes
directas.
Al mismo tiempo, la narración es notablemente episódica, centrada en
incidentes
específicos unidos por relatos muy breves; los episodios de Filipos y
Éfeso
muestran la calidad de Lucas como narrador. Su manera selectiva de
escribir
historia deja muchos vacíos: ¿cuánto sucedió durante las largas
estancias de
Corinto y Éfeso, además de lo poco que se nos cuenta? ¿Y por qué no
ofrece
ninguna indicación de lo que iba a dar a Pablo su influencia
perdurable, su
actividad epistolar?
Como de
costumbre, Lucas aprovecha para subrayar lo que le interesa:
que la misión fue siempre por iniciativa divina y con aprobación de
Dios; el
éxito en atraer a la fe a judíos y gentiles temerosos de Dios, junto
con la
hostilidad de la comunidad judía local; la superioridad del Evangelio
sobre
otras fuerzas espirituales; y el tema apologético de que el nuevo
movimiento y
sus misioneros no representan ninguna amenaza para las autoridades
civiles y
deben ser tratados con respeto. Hasta donde podemos saber, estos
aspectos de
interés lucano tenían sólidas raíces en la información disponible y
habrían
concordado con la valoración que el propio Pablo hacía del carácter y
éxito de
su misión.
Misión de Pablo en el Egeo.
31.2.
Comienzos de la misión del Egeo
En busca
de un campo de misión
En Hch
15,40–16,8, Lucas informa brevemente del viaje que Pablo, con
Silas, su nuevo compañero, hizo en dirección oeste desde Antioquía y
Cilicia,
atravesando las Puertas Cilicias y visitando las iglesias fundadas en
Galacia
durante su misión anterior. El relato presenta a Pablo con un espíritu
misionero tan fuerte como siempre, pero con dudas sobre dónde
plasmarlo. “La
verdad del Evangelio”, que había afirmado en Jerusalén y Antioquía (Gál
2,5.14), seguía activando su deseo ardiente de predicar entre no judíos
sin
referencia a la circuncisión ni a otras “obras de la Ley” (2,16).
Pablo
había reclutado a Silas, un dirigente de la iglesia
jerosolimitana (Hch 15,22.40), seguramente para conservar la buena
voluntad y
el apoyo de aquella comunidad; Silas sería su principal compañero en la
primera
fase de la misión del Egeo. En Listra reforzó su equipo con Timoteo
(16,1),
convertido probablemente en una visita anterior. Según Lucas, Pablo se
cuidó de
hacerlo circuncidar (16,3), por ser hijo de madre judía y padre griego.
De ser
cierto, sería otro gesto conciliador: demostraba que la circuncisión no
tenía
para él importancia intrínseca, pero la reconocía como marca de la
condición
judía. Tal iniciativa concuerda con la política expresada en 1 Cor 9,20
y
confirma que “al judío primero, pero también al gentil” era un
principio activo
de su estrategia.
Pablo
había decidido revisitar las iglesias establecidas durante su
labor como misionero de Antioquía (Hch 13–14), decisión coherente con
su
preocupación pastoral, pero quizá también con el afán de asegurarse de
que esas
iglesias no seguían el camino de Pedro y los antioquenos (Gál 2,11-14).
En este
punto Lucas parece relatar los hechos desde la perspectiva de
Jerusalén, pues
afirma que Pablo y Silas iban entregando el “decreto apostólico”
(16,4). En
cambio, la Carta a los Gálatas se entiende mejor como un vigoroso
intento de
Pablo de resistir esa presión y retener a esas iglesias dentro de su
esfera de
influencia.
La ruta
natural hacia el oeste iba de Apamea y Colosas a Éfeso, la
principal ciudad del Asia romana (16,6), pues la táctica de Pablo de
centrarse
en ciudades ya había tomado forma. Pero Lucas narra que, prohibido por
el
Espíritu ir a Asia, el equipo intentó encaminarse al norte, a Bitinia,
y
tampoco se lo permitió el Espíritu (16,7). A menudo se ha pensado que
este fue
el viaje en que se fundaron las iglesias del norte de Galacia,
destinatarias de
Gálatas; pero hace tiempo que se han desmontado los argumentos para
rechazar la
identificación de las ciudades de Hch 13–14 con “Galacia”, y la lectura
más
natural de 16,6 (“atravesaron la región de Frigia y Galacia”) excluye
una ruta
más septentrional.
Lucas no
indica que ese viaje fuera una misión de predicación, sino
que da la impresión de una indecisión predominante en el equipo, en
busca de
nuevos centros de operación tras la ruptura con Antioquía. Que Hechos
presente
como impedimentos del Espíritu la falta de objetivos claros no es un
simple
recurso lucano: de haberlo sido, las orientaciones habrían sido
positivas y
dirigidas al propio Pablo, no negativas y referidas a una pluralidad de
personas. Pablo mismo atestigua su confianza en la guía del Espíritu.
Muy
probablemente no hubo una palabra profética determinada ni una visión,
sino un
íntimo convencimiento compartido, oído como la voz del Espíritu. De
todo ello
se deduce algo notable y a menudo pasado por alto: ese viaje de varios
cientos
de kilómetros se emprendió sin una idea clara de qué dirección tomar.
Según
16,9-10, las dudas terminan en el puerto de Tróade con una
visión que, como en episodios anteriores, determina líneas de actuación
nuevas
e inesperadas. En 16,10 está implícito un proceso de evaluación de la
visión (symbibazontes)
en el que participa el conjunto de los misioneros. Es una especulación
sugestiva —aunque solo especulación— que el “macedonio” fuera el propio
Lucas,
como sugeriría el paso brusco a la primera persona del plural en 16,10.
En todo
caso, el “nosotros” de la visión corresponde al “nosotros” de quienes
quedaron
persuadidos de haber sido llamados a embarcarse hacia Europa.
Fundación
de la iglesia de Filipos
Filipos
era un objetivo obvio una vez decidido ir hacia el oeste.
Lucas la describe como “una ciudad principal de aquella parte (meridos)
de Macedonia” (16,12). Era una colonia romana y, como tal, gozaba de
autonomía,
exención de tributos y régimen de derecho romano, como una parte de la
misma
Italia. Se encontraba en la Vía Egnacia, la gran calzada este-oeste que
iba
desde Dirraquio, en el Adriático, hasta Bizancio. Cabe preguntarse si
Pablo
veía la evangelización de Filipos como un primer paso hacia la misma
Roma.
El único
indicio de comunidad judía en Filipos por entonces es lo que
dice Lucas en Hch 16. De su narración se colige que los misioneros
pasaron los
primeros días buscando sin éxito una sinagoga. A falta de hospitalidad
judía,
esperaron al sábado y se dirigieron, fuera de la puerta de la ciudad,
adonde
suponían que podía haber una proseuchē, una reunión judía para
las
devociones sabáticas y la enseñanza de la Torá. Pablo empleó su táctica
de
siempre y tuvo oportunidad de hablar con las mujeres allí reunidas. Su
testimonio ganó a Lidia, una importante comerciante que “adoraba a
Dios” —es
decir, una temerosa de Dios—, posiblemente atraída ya al judaísmo en su
Tiatira
natal, donde se sabe que existió un Sambatheion o “casa del
sábado”.
Notablemente, incluso antes de instalarse en casa de Lidia, el equipo
siguió
asistiendo a la proseuchē: no se separaron de inmediato como
grupo
independiente, sino que siguieron considerándose parte de la asamblea
judía.
Lidia
tenía un sustancial negocio de lujo (solo los adinerados
compraban prendas teñidas de púrpura) y una vivienda lo bastante grande
para
alojar al grupo y a sus sirvientes, lo que podría indicar que era
soltera o
viuda. Lucas atribuye su escucha atenta (prosejein) al Señor
(16,14);
su bautismo (16,15) convirtió su buena disposición en compromiso, y su
ofrecimiento de hospitalidad sugiere disposición a albergar una iglesia
embrionaria. Que Lidia no reaparezca en Filipenses podría deberse a
varias
razones, entre ellas una ausencia por negocios.
El
episodio siguiente —la muchacha con espíritu de adivinación, su
curación, el consiguiente tumulto, el azotamiento y encarcelamiento de
Pablo y
Silas, el terremoto, la conversión del carcelero y la reivindicación
final de
los misioneros como ciudadanos romanos (16,16-40)— ilustra varios temas
lucanos: la superioridad del Evangelio sobre las fuerzas espirituales y
el
negocio de la adivinación, y la apologética de que los misioneros,
lejos de ser
una amenaza para el orden público, eran tratados injustamente y
merecían
respeto. La invocación de la ciudadanía romana subraya que las
autoridades
habían procedido indebidamente, y la cortés exigencia de Pablo de ser
liberado
públicamente protegía a la joven comunidad que quedaba atrás.
Fundación
de la iglesia de Tesalónica
El destino
obvio tras Filipos era Tesalónica, la capital provincial, a
unos ciento sesenta kilómetros más al oeste por la Vía Egnacia. Su
importancia
para la comunicación este-oeste y norte-sur permite suponer una
significativa
población judía de comerciantes, aunque apenas hay datos epigráficos
que lo
confirmen. La ida allí era coherente con la estrategia de Pablo:
centrarse en
una ciudad importante y usar el sábado y la sinagoga (17,2-3). Según
Lucas, se
repitió el modelo de la misión antioquena: interés y respuesta positiva
de
judíos y simpatizantes gentiles, luego oposición judía con desórdenes
públicos
y marcha de los misioneros. Lucas dio forma al modelo, pero no lo
inventó: el
propio Pablo recordaba vivamente la eficacia de su predicación entre
los gentiles
de Tesalónica (1 Tes 1,5–2,13) y las tribulaciones causadas a los
recién
convertidos por sus compatriotas, probablemente incitados por judíos
(2,14-16).
Es
perceptible aquí el recurso a la Escritura y su exposición para
probar las afirmaciones sobre Jesús (17,2-3.11). Lucas emplea por
primera vez
el verbo dialegomai, que expresa el intercambio de opiniones
mediante
conversación o discusión. Cabe preguntarse si sugiere un cambio de
táctica, de
la predicación al diálogo; pero los varios cambios de énfasis reflejan,
al
menos en parte, decisiones redaccionales para evitar la repetición. El
énfasis
en la prueba escriturística se encuentra tanto en Hechos como en las
cartas,
por lo que no cabe una respuesta tajante.
La
actividad en la sinagoga duró, según Lucas, tres sábados, aunque el
relato sugiere de modo tácito una presencia más prolongada en casa de
Jasón
(17,5-6), y 1 Tes 2,9 y Flp 4,16 inducen a pensar en un período más
largo
(¿otro caso de condensación narrativa?). La mención de Jasón, sin más
presentación, como si su nombre bastara, indica que Lucas usó tradición
válida;
era hombre de cierta posición, con una casa amplia para hospedar a los
misioneros y reunir a los “hermanos”, e incluso pudo haberle dado
trabajo (1
Tes 2,9). Lucas también conocía el título específico de las autoridades
(“politarcas”).
Las
acusaciones contra Pablo, Silas y Jasón reflejan lo estrechamente
unidas que estaban religión y política de Estado, y recurren a la
retórica
populista de las confrontaciones públicas. “Revolucionar el mundo” era
amenazar
el orden establecido; si la enseñanza de Pablo incluía un fuerte
énfasis
escatológico y un discurso sobre el reino de Dios, se entiende cómo
pudo
presentarse como amenaza sediciosa contra el César (cf. Lc 23,2), por
disparatada que fuera. Las autoridades, alarmadas, exigieron una fianza
a Jasón
y los dejaron ir (17,8-9), reconociendo el peligro de la turba y
sabiendo
introducir la calma. Curiosamente, Lucas no aprovecha aquí para
subrayar la
inocuidad de los misioneros, como hace en Filipos y Corinto, quizá
porque se
sentía obligado por la información recibida.
La marcha
a Berea
Pablo y
Silas salieron de noche hacia Berea, a unos sesenta u ochenta
kilómetros al suroeste, fuera de la Vía Egnacia. Cicerón la describió
como oppidum
devium, “ciudad apartada del camino”, lo que la hacía un buen lugar
adonde
huir; pero no era insignificante y hay indicios de una considerable
presencia
judía. La razón principal de ir allí pudo ser simplemente que quedaba
fuera de
la jurisdicción de Tesalónica, lo que invita a pensar que la marcha de
Pablo
figuraba entre las condiciones de la fianza de Jasón.
El modelo
narrativo se repite con variaciones interesantes (17,10-13).
Los judíos de Berea son descritos de modo mucho más positivo: más
“nobles”,
recibieron con avidez la Palabra y “diariamente examinaban” (anakrinontes)
las Escrituras para comprobar la interpretación de Pablo y Silas. La
sinagoga
funcionaba, pues, como casa de estudio a la que se acudía a diario. El
éxito
fue grande entre los judíos (“muchos”, frente a los “algunos” de
Tesalónica) y
también entre mujeres distinguidas y hombres gentiles. La referencia a
Sópater
de Berea (20,4) sugiere que la iglesia quedó establecida. Pero los
judíos de
Tesalónica promovieron hostilidad, y Pablo, principal exponente del
mensaje,
fue rápidamente sacado de escena y conducido a Atenas, mientras Silas y
Timoteo
permanecían atrás. Su orden de que se le reunieran cuanto antes (17,15)
anuncia
la abundante correspondencia y la extensa red de comunicación que
pronto
establecería.
31.3.
Enfrentamiento en Atenas
Lucas no
presenta el traslado a Atenas como parte de la estrategia
misionera: la marcha de Berea y el traslado a Atenas le habían sido
impuestos,
y Pablo no veía Atenas como una base prometedora. La presencia de
judíos y de
temerosos de Dios está atestiguada (17,17), y de nuevo las palabras de
Pablo en
la sinagoga tienen más carácter de diálogo (dielegeto) que de
proclamación. Pero, insólitamente en Hechos, no se vuelve a hablar de
la
comunidad judía: Lucas prefirió referir un nuevo enfrentamiento por el
Evangelio,
esta vez no con la magia ni con un paganismo simplista ni con la
adivinación,
sino con la refinada filosofía griega, en el ágora y de nuevo mediante
el
diálogo (dielegeto, 17,17; syneballon, 17,18).
“¿Qué
tiene que ver Atenas con Jerusalén?”
La
descripción lucana de atenienses y residentes, interesados solo en
“decir u oír la última novedad”, es despectiva (17,21), pero capta la
atracción
que ejercía Atenas como ciudad que evocaba la grandeza griega, junto
con cierta
sensación de gloria marchita. Seguía siendo el centro famoso de la
cultura
griega y repositorio del saber: la “culta Atenas” de Ovidio. Su fama
filosófica
había comenzado con Sócrates y la Academia de Platón. El epicureísmo,
al que
Pablo se habría enfrentado (17,18), era una filosofía práctica
orientada a la
vida feliz y al placer, que enseñaba que el alma no sobrevive a la
muerte del
cuerpo; tenía poca afinidad con el mensaje de Pablo. El estoicismo, más
influyente, fundado por Zenón de Citio en la Stoa Poikilē y
reformulado
por Crisipo, enseñaba a vivir en armonía con la naturaleza guiados por
la razón
cósmica, que identificaban con Dios; ofrecía más puntos de contacto con
el
monoteísmo judío sobre los que Pablo podía esperar construir un diálogo.
Lucas
plantea de hecho la pregunta de Tertuliano: “¿Qué tiene que ver
Atenas con Jerusalén? ¿Qué tiene que ver la Academia con la Iglesia?”.
Su
respuesta es interesante: el discurso atribuido a Pablo construye sobre
algún
terreno común con los estoicos, pero la impugnación cristiana se
establece en
dos puntos: la tradicional aversión judía a la idolatría y las
afirmaciones
cristianas sobre Jesús, señaladamente su resurrección. La reacción de
Pablo
ante las numerosas estatuas (17,16) fue característicamente judía: parōxyneto,
“indignado”. Nada suscitaba tanto desprecio judío como la idolatría,
una de las
cuestiones que originaban incomprensión mutua entre judíos y gentiles.
La
impresión inicial de Pablo fue desfavorable, sobre todo entre los
epicúreos: el término “charlatán” (17,18) evoca a quien vive de ideas
de
segunda mano. La acusación de predicar “divinidades extranjeras” (daimonia)
recuerda deliberadamente la presentada contra Sócrates, cuyo juicio era
de los
episodios más famosos de Atenas. Los atenienses, con escaso
conocimiento del
teísmo judío, pensaban que Pablo predicaba dos nuevas divinidades:
Jesús y la
Resurrección (Anastasis). Llevado ante el areópago —el antiguo
tribunal
de la “colina de Ares”, con posible competencia sobre cultos
extranjeros y
moralidad pública—, Pablo expone su mensaje; el episodio se desvanece
sin
cierre manifiesto (17,32-34), y el eco del proceso de Sócrates sigue
intenso.
Nada de esto significa que Lucas no usara buena tradición: 1 Tes 3,1
confirma
que Pablo pasó un tiempo en Atenas, la descripción de la ciudad
coincide con
las fuentes, y de haber sido pura invención cabría esperar un éxito
mayor que
el de 17,34 (Dionisio Areopagita y Damaris).
El
discurso de Pablo ante el areópago
El
discurso es uno de los más breves entre los sustanciales de Hechos.
Su inicio culto —“Atenienses, veo lo extremadamente religiosos que
sois”
(17,22)— y la alusión al altar “al dios desconocido” (17,23) ofrecen un
punto
de contacto: Pablo no anuncia un dios nuevo, sino al Dios que ellos ya
veneran
inadecuadamente, predicándolo como el único Dios. Establece de
inmediato el
axioma judío de que un solo Dios ha creado todas las cosas y es
soberano del
cielo y la tierra (17,24), en plena coherencia con la apologética judía
de las
Escrituras.
De la
misma lógica se sigue que este Dios no habita en santuarios
“fabricados por manos de hombres” ni necesita nada de los humanos
(17,24-25):
la relación es inversa, pues la humanidad depende de Dios para la vida,
el
aliento y todo lo demás. La humanidad se entiende a sí misma solo
cuando
reconoce esa dependencia, lo que exige un culto apropiado, argumento
con
sentido tanto para epicúreos como para estoicos. En lo esencial, Pablo
se sigue
basando en el monoteísmo judío (17,26-27): la humanidad creada de un
mismo
principio, Dios que fijó las estaciones y los límites de las naciones
con el
fin de que los seres humanos lo buscasen. Los verbos empleados (“para
ver si lo
buscaban a tientas y lo encontraban”) captan la incertidumbre de la
teología
natural: Dios está activo y presente, aun entre las sombras.
La
consideración decisiva es que el Dios creador no ha suscitado un
ansia de Dios para dejarla insatisfecha (17,27-28): no está lejos de
cada
criatura. En este punto se citan una o dos frases de poetas griegos: la
primera, sin fuente conocida (“en él vivimos, nos movemos y
existimos”); la
segunda, del poeta estoico Arato (“porque somos también de su linaje”).
Aquí la
interpretación judeocristiana se aproxima a sentimientos religiosos
griegos y
tiende un puente apologético. Pero el esfuerzo no se agota en buscar
puntos de
contacto (17,29): hay que poner en cuestión una concepción inferior de
Dios;
del “somos del linaje de Dios” se sigue el corolario judío de que Dios
no debe
representarse con imágenes de oro, plata o piedra, crítica que tampoco
era
nueva para los filósofos.
En 17,30,
la apología se convierte en predicación misionera: los
errores pasados, antes tolerados como ignorancia (cf. 14,16), exigen
ahora
arrepentimiento. La conclusión (17,31) anuncia que el Dios creador
llevará todo
a su fin con un día de juicio —idea enteramente judía que pasó a la
teología
cristiana—, y “juzgará al mundo según justicia”, frase tomada de los
Salmos. La
suma condensación de un tema que requeriría exposición más amplia resta
credibilidad al relato. Más audaz aún es la alusión al “hombre
destinado” a
juzgar y, sobre todo, a la resurrección: la ascensión al cielo era
asumible
para griegos y judíos, pero la resurrección de entre los muertos era
una
concepción peculiarmente judía, entendida como resurrección corporal.
Lucas no
podía ignorar la oposición que suscitaría, y parece querer contrastar
la
afirmación fundamental del cristianismo con su sarcástico rechazo
(17,32).
Sobre los
términos del discurso cabe observar que Jesús no es
identificado, por lo que no se expone su continuidad con la historia y
la
profecía de Israel, en contraste con los discursos a los judíos; que el
mensaje
sobre Jesús solo se entiende en el contexto de la fe en el Dios único y
creador; que la única referencia a Jesús es “el hombre destinado por
Dios”,
manteniendo el sentido monoteísta; y que, al centrarse en el juicio y
la
resurrección, no se menciona la cruz. En suma, la teología prima sobre
la cristología.
El hecho de que el discurso gire en torno a la resurrección (17,18.31)
confirma
que, también en contexto griego, la afirmación de que Dios resucitó a
Jesús
estaba en el corazón del Evangelio.
Aunque
algunos estudiosos han dudado de que este discurso, con su
teología natural, sea creíble como de Pablo —insistiendo en que el
Evangelio no
es más que la predicación de Cristo crucificado—, la propia carta a los
Romanos
contiene una clara teología natural (Rom 1,19-32); Pablo conserva
memoria del
rechazo sarcástico de los griegos (1 Cor 1,26) y la idea de Jesús como
juez
final es parte de su teología. Lucas usó, pues, alguna fuente con
percepción
clara de cómo intentó Pablo atraer a los atenienses con un mensaje
esencialmente judío sobre Dios, ampliado con la fe cristiana en la
resurrección, aplicando el método de Tucídides para los discursos. Los
que
creyeron fueron pocos —Dionisio y Damaris—, y no está claro que se
formara una
iglesia viable: Pablo partió casi de inmediato (18,1), y la “primicia
de Acaya”
será luego Estéfanas de Corinto (1 Cor 16,15). El experimento del
encuentro
frontal con la filosofía griega no parece haber tenido gran éxito; su
influencia más duradera quedó en las formulaciones de Rom 1 y 1 Cor 1.
31.4. La
fundación de la iglesia de Corinto
El
traslado a Corinto, en 50 o 51 d. C., permite a Lucas describir la
misión más pormenorizadamente. Proporciona por primera vez datos de
cómo se
sostenía económicamente Pablo (18,2-3); añade al patrón habitual una
crítica de
la intransigencia judía y el anuncio de llevar el Evangelio a los
gentiles
(18,4-6); ofrece la imagen más nítida de la transición del ministerio
en la
sinagoga a la iglesia doméstica (18,7-8); presenta Corinto como ciudad
donde la
misión quedó establecida por largo tiempo (18,9-11); y refiere un
pronunciamiento favorable de las autoridades romanas sobre la situación
legal
de la Iglesia (18,12-17).
Plano de Corinto.
Corinto
Corinto, a
dos jornadas de Atenas, reunía todos los requisitos de un
centro misionero estratégico. Destruida por Roma en 146 a. C., fue
refundada
por Julio César como colonia romana en 44 a. C. Su situación en el
istmo que
unía Acaya con el Peloponeso la hacía un centro natural de comercio en
todas
las direcciones; César proyectó incluso un canal entre el Egeo y el
golfo de
Corinto. Los primeros colonos eran mayoritariamente libertos, que a
menudo
triunfaban como hombres de negocios, lo que aseguró su éxito comercial.
La
colonia atrajo emprendedores de todo el Mediterráneo oriental, y a los
cincuenta años de su fundación era un importante centro financiero, con
ciudadanos de medios considerables.
A la
llegada de Pablo, Corinto tenía unos ochenta mil habitantes y era
provincia senatorial (desde 44 d. C.), gobernada por un procónsul.
Conocer que
el procónsul en 51-52 (o 52-53) era Lucio Junio Galión permite datar
con
precisión la estancia de Pablo (18,12-17). El mayor honor que podía
otorgar la
ciudad era presidir los Juegos Ístmicos, celebrados cada dos años, a
los que
Pablo pudo asistir en 51. La ciudad, bien excavada, tenía un área
central con
columnatas dominada por el templo del culto imperial; la bēma
(“tribunal”) desde la que se dictó la resolución de 18,12-16 ocupaba
una
posición central. La calzada de Lequeo, flanqueada de tiendas, pudo
albergar el
lugar de trabajo de Pablo como fabricante de tiendas. Había muchos
judíos en
Corinto, aunque los principales competidores de la joven iglesia eran
los
cultos ya establecidos y los entramados sociales y profesionales de los
convertidos.
Pablo
encuentra su centro de misión
Junto con
las dos cartas a los corintios, Hch 18,1-17 ofrece la
referencia más completa del establecimiento de una iglesia y su
historia. Para
Lucas, era importante que esa fundación exitosa resultara de una feliz
combinación de sucesos providenciales y garantía divina. El período
estuvo
enmarcado por dos intervenciones romanas: la expulsión de judíos de
Roma, que
dio a Pablo ocasión de conocer a Áquila y Priscila (18,2-3), y la
favorable
resolución de Galión (18,12-16). Aún más decisiva fue una visión del
Señor que
le dio la confianza para un ministerio prolongado (18,9-11). Para el
historiador, muchos datos encuentran corroboración: la expulsión de
Roma (49 d.
C.), el proconsulado de Galión, los nombres de Priscila y Áquila, Ticio
Justo,
Crispo y Sóstenes; y hay indicios de oposición judía en la fundación (1
Cor
1,22-23).
El
encuentro con Áquila y Priscila fue la primera confirmación de que
Corinto podía dar una base estable (18,1-3). Si habían sido expulsados
de Roma
por los disturbios causados por la afirmación de que Jesús era el
Cristo, eran
ya cristianos antes de conocer a Pablo, lo que explica que Lucas no
diga que
fueran convertidos por él. Regentaban un sustancial negocio de
guarnicionería y
disponían de una vivienda capaz de acoger iglesias en Corinto y luego
en Roma;
podían facilitar a Pablo hospedaje y trabajo. La importancia que Pablo
daba a
mantenerse a sí mismo y el buen mercado de tiendas en Corinto pudieron
influir
en su decisión de quedarse.
Mientras
se ganaba la vida, Pablo desarrollaba su actividad principal
los sábados en la sinagoga (18,4), donde “discutía (dielegeto) y
trataba
de persuadir (epeithen) a judíos y griegos”. Cuando Silas y
Timoteo
llegaron de Macedonia (18,5) —quizá con fondos de las iglesias
macedonias—,
pudo dedicarse más plenamente a predicar. Sus propios recuerdos
complementan la
breve referencia lucana: su predicación se centraba en “Cristo
crucificado” (1
Cor 1,23; 2,1) dirigida a “judíos y griegos”; la inminente venida de
Jesús y el
juicio final formaban parte del mensaje (1 Cor 1,7-8); su predicación
se
caracterizaba más por su efecto espiritual que por su fuerza retórica
(1 Cor
2,1-5), con abundantes dones espirituales; y la iglesia resultante era
mayoritariamente de esclavos, libertos y mujeres, con algunos miembros
cultos e
influyentes (1 Cor 1,26), como Crispo.
Ante la
oposición de la mayor parte de la comunidad judía, Pablo tomó
la amarga decisión de llevar el mensaje más directamente a los gentiles
(18,6),
aunque la decisión no fue definitiva. Ticio Justo, temeroso de Dios,
ofreció un
punto de reunión contiguo a la sinagoga: la dinámica es la de un cisma
sinagogal. Mayor importancia tuvo la conversión de Crispo, el archisynagōgos
o jefe de la sinagoga, junto con “toda su casa” (18,8); a él lo bautizó
Pablo
personalmente (1 Cor 1,14). Muchos otros judíos creyeron y se
bautizaron.
Lucas, sin embargo, no compartía la noticia paulina de que la familia
de
Estéfanas fue su primer convertido en Acaya, ni refiere la conversión
de Gayo.
No menos
importancia tuvo la visión del Señor que se le acercó de
noche (18,9-10): la seguridad de que el Señor lo protegería y añadiría
muchos
miembros (“mi pueblo es muy numeroso en esta ciudad”) es presentada
como la
causa de que Pablo se estableciera por un largo período (18,11),
haciendo de
Corinto la base de una misión ya claramente independiente. Pablo
recuerda su
turbación inicial (1 Cor 2,3) y sus numerosas experiencias de visiones
(2 Cor
12,7). Que sucedieron muchas más cosas es claro por 1 Corintios, la
carta que
mejor revela cómo era una iglesia del siglo I; pero Lucas opta por
centrarse en
lo que juzga fundamental y por no contar la parte embarazosa: las
tensiones
nacidas de que los corintios habían sido bautizados por distintos
misioneros (1
Cor 1,11-16) y las tiranteces entre los pocos miembros de clase
superior y la
mayoría (1,26), que pronto germinarían.
La
resolución del procónsul
El único
otro episodio que Lucas incluye, ocurrido hacia el final de
la estancia (¿otoño de 51?), fue la resolución de Galión sobre la
situación
legal de la iglesia (18,12-17). La oposición judía varía aquí del
patrón
habitual: en vez de manipular a los notables o a la gente, los judíos
llevan su
queja directamente al más alto tribunal. La acusación también difiere:
ya no es
de fomentar desorden, sino de “persuadir a la gente para que dé un
culto a Dios
contrario a la ley” (18,13), frase ambigua que evocaba el recelo romano
hacia
las nuevas sectas y, a la vez, expresaba la verdadera queja sinagogal:
que se
animaba a judíos y temerosos de Dios a sumarse a un culto que
prescindía de la
Ley.
La tajante
resolución, dirigida a unos y otros llamándolos “judíos”
(18,14-15), fue de importancia suprema: Galión declaró que, tratándose
de
“dimes y diretes sobre palabras y nombres y sobre vuestra propia Ley”,
no
actuaría como juez. En primer lugar, puso de manifiesto que los
creyentes en
Jesús no infringían ninguna ley romana. En segundo lugar, dejó claro
que las
disputas entre iglesia y sinagoga eran asuntos internos de la comunidad
judía.
Las consecuencias fueron inmensas: en el frente legal, las jóvenes
iglesias
quedaban libres de acciones penales y podían acogerse a la protección
concedida
a las sinagogas; en el plano social y teológico, los nuevos grupos eran
reconocidos como parte del judaísmo de la diáspora, en continuidad con
la red
de sinagogas. El cristianismo naciente no era considerado aún algo
distinto de
su religión de origen.
El caso
quedó cerrado abruptamente (18,16). No está claro por qué
después “todos” golpearon a Sóstenes, el jefe de la sinagoga (cf. 1 Cor
1,1):
¿se había unido a los discípulos?, ¿era más complaciente con la nueva
secta?,
¿o se trató de un brote de antagonismo contra la minoría judía? En
cualquier
caso, el procónsul dejó que la comunidad resolviera sus asuntos, “sin
que nada
de esto diera a Galión ningún cuidado” (18,17), y la resolución
permaneció en
vigor. No se sabe cuánto duró aún la estancia de Pablo, pero el otro
aspecto
importante de su permanencia en Corinto fue que en ese período pudo
desarrollar
contactos epistolares con sus iglesias. La correspondencia iniciada
entonces es
seguramente el mayor legado de Pablo: en esos dieciocho meses escribió
a Tesalónica
(1 Tesalonicenses), quizá también 2 Tesalonicenses, y la Carta a los
Gálatas.
31.5.
Primera carta de Pablo a los tesalonicenses
1
Tesalonicenses es una de las tres cartas paulinas datables con
razonable precisión: escrita durante la estancia en Corinto,
seguramente entre
50 y 52, y muy probablemente al poco de llegar.
¿Por qué
escribió Pablo 1 Tesalonicenses?
Pablo
estaba inquieto por el pequeño grupo dejado en Tesalónica, dada
su marcha precipitada. Su ansiedad es perceptible en 1 Tes 3,1-5: no
pudiendo
soportar la incertidumbre (stegontes), había enviado a Timoteo
“para
consolidar y alentar” al grupo, no fuera que alguno se viera
“perturbado (sainesthai)”
por las aflicciones (thlipsesin). Temía que las presiones los
llevaran a
abandonar la fe. Pero Timoteo regresó con noticias alentadoras (evangelizamenou):
se mantenían “firmes en el Señor” (3,6-8). La carta debió de escribirse
muy
pronto, probablemente en 50.
Sus
objetivos eran mantener la línea de comunicación reabierta por
Timoteo y alentar a los creyentes, que soportaban continuo
sufrimiento y
angustia. La frecuencia de términos que denotan angustia hace
difícil otra
conclusión: este es el tema pastoral dominante, con la muerte de
algunos
convertidos (4,13-18) como ejemplo particular. Que algunos hubieran
“quedado
dormidos” no obliga a suponer que pasó mucho tiempo: las enfermedades
se
llevaban prematuramente a personas en la flor de la edad, y la
hostilidad sufrida
pudo ser un factor, aunque sin indicios de martirio propiamente dicho.
El otro
aspecto preponderante es el escatológico, presente en
la predicación anterior, en la “angustia” de los tesalonicenses y en la
parénesis. Pablo recuerda que se habían vuelto a Dios para “esperar a
su Hijo
Jesús, que ha de venir de los cielos” (1,10). La “venida” (parusía) del
Señor
es tema reiterado, y el título “Señor” (kyrios) aparece con
notable
abundancia, lo que sugiere que su predicación de Jesús como Señor se
orientaba
hacia su pronto regreso. Su enseñanza incluía un sufrimiento inminente
(3,3-4),
la “ira” de Dios (1,10) y el “castigo” final (4,6), con honda
preocupación por
la salvación de los convertidos y por presentarlos santos en la
parusía. No
debían temer por los muertos: al “último toque de trompeta”, “los que
murieron
en Cristo” resucitarán primero y se unirán a los vivos para recibir al
Señor
“en los aires” (4,13-18). Su afán debía ser estar preparados para “el
día del
Señor”, que llega como ladrón en la noche (5,1-9).
¿Qué
revela la carta sobre los creyentes tesalonicenses y su contexto?
Entre las
características notables de la carta está la dificultad de
obtener por ella conocimientos sobre la vida de la comunidad, más allá
de su
conversión (1,5-6; 2,13) y la “persecución” que sufría. Permite
entrever la
predicación de Pablo, su táctica (2,9) y su preocupación (3,1-5), y
posibles
alusiones a críticas contra sus métodos (2,3-7) y a su autodefensa
(2,9-10).
Salvo 1,9 (“os convertisteis a Dios, abandonando los ídolos”), da poca
luz
sobre la competición religiosa, aunque sabemos que el culto al
emperador y los
cultos de Serapis, Dioniso y los Cabiros eran prominentes. Se entrevé
cierto
recelo ante el entusiasmo espiritual: “No extingáis el Espíritu; no
despreciéis
la profecía” (5,19-20). En conjunto, los resultados de la “lectura
especular” son
exiguos.
Sobre la
composición social apenas conocemos nada. Si la iglesia se
reunía en casa de Jasón, sería un grupo de no más de cuarenta o
cuarenta y
cinco personas. De 1,9 se ha querido deducir que era exclusivamente
gentil,
pero no cabe excluir una minoría judía (Hch 17,4). Teniendo en cuenta
la
afición de Lucas a la hipérbole, resulta una imagen no muy distinta de
la de 1
Corintios: una comunidad predominantemente humilde —libertos y
artesanos— con
un pequeño número de individuos de clase superior, más idóneos para
liderarla
(5,12-13).
Más
notable es el contraste con 1 Corintios: 1 Tesalonicenses da la
impresión de un grupo pequeño y un tanto introvertido, activo en la
difusión de
su mensaje (1,8), pero demasiado obsesionado por la inminente llegada
del “día
del Señor” como para preocuparse de la vida de su ciudad. Dos textos lo
revelan. En 4,11-12 se les exhorta a “vivir en tranquilidad (hēsychazein)”,
ocuparse de sus asuntos y trabajar con sus manos, “para que viváis
dignamente
ante los de fuera (tous exō) y no dependáis de nadie”. Y en
5,4-7 se les
recuerda que son “hijos de la luz e hijos del día”, frente a los que
pertenecen
a la noche y las tinieblas. Estos textos apuntan a creyentes que se
comportaban
como ajenos a la sociedad y cuya autoconciencia se constituía por
antítesis
apocalípticas entre día y noche.
La
impresión global es la de un grupo al que su mensaje escatológico y
la persecución habían llevado a cerrarse, con una mentalidad que hoy
llamaríamos sectaria. La carta les aconseja dejar que el regreso
inminente de
Cristo determine sus vidas, vivir como quienes ya han visto amanecer,
ocuparse
de sus asuntos y mantenerse a sí mismos, siempre preparados para la
parusía. La
comunidad tesalonicense era, en otras palabras, una especie de
equivalente
cristiano de Qumrán y precursora de las numerosas sectas apocalípticas
de la
historia cristiana.
Es una
conclusión aleccionadora, sobre todo para quienes ven las
iglesias primitivas como modelos a emular o sostienen que las cartas
paulinas
son intemporales. Hay en 1 Tesalonicenses muchos elementos válidos para
todos
los tiempos —el énfasis en la fe, el amor y la esperanza; la aplicación
del
título “Señor” a Cristo; la expresión “en Cristo”; las fórmulas
kerigmáticas de
4,14 y 5,10—. Pero faltan los temas de las Hauptbriefe
(Romanos, 1–2
Corintios, Gálatas), señaladamente la “justificación por la fe”, y
llama la
atención la dura crítica de “los judíos” de 2,14-16, expresada con una
petulancia momentánea que no vuelve a aparecer. Comparada con otras
cartas,
cuesta evitar la deducción de que en su predicación y primera carta
dejó que
una perspectiva escatológica dominase su enseñanza en una medida que
luego
llegó a modificar significativamente.
31.6.
Segunda carta de Pablo a los tesalonicenses
La opinión
está casi dividida sobre si fue el propio Pablo quien
escribió 2 Tesalonicenses o alguien después en su nombre. Dada la
diversidad de
las cartas de autoría indiscutida, los argumentos para la segunda
posición
resultan sorprendentes, pues dependen de una torpe estadística de
vocablos y
estilos y de no admitir que situaciones diversas exigen respuestas
diversas. No
hay razones estilísticas decisivas que impidan atribuirle la carta,
teniendo en
cuenta las circunstancias distintas y la posible influencia de un
secretario
(¿Timoteo?); y quienes defienden una autoría seudónima posterior tienen
mayor
dificultad para describir la situación hipotética que la habría
motivado.
La clave
de la situación es 2,1-3: respecto a la venida (parousia)
del Señor y “nuestra reunión con él”, los creyentes no deben alarmarse
“ni por
espíritu, ni por palabra, ni por carta” que les haga suponer que “el
día del
Señor ha llegado (enestēken)”; ese día no vendrá sin que antes
lleguen
la apostasía y se manifieste “el hombre impío, el hijo de la
perdición”. Se
aborda así uno de los temas principales de 1 Tesalonicenses. La acción
de
gracias y la oración (1,3-12) desarrollan los otros temas básicos: las
persecuciones (diōgmos) y tribulaciones (thlipsis) aún
soportadas; las pesadumbres que preceden al reino y hacen a los
creyentes
merecedores de él; y la triunfante revelación del Señor Jesús con sus
ángeles
para pagar con tribulación a los perseguidores e infligir castigo (ekdikēsis)
a quienes no obedecieron el Evangelio.
El
problema parece ser que “el día del Señor” se había convertido en
cuestión de disputa: una palabra profética, una enseñanza o una carta
atribuida
a Pablo habían dado por llegado ese día (2,2). De la enseñanza anterior
cabría
deducir sinonimia entre “la venida del Señor” y “el día del Señor” (1
Tes
5,2-5). Algo hizo concluir a muchos que esos acontecimientos ya estaban
en
curso —quizá la creencia de que en la resurrección de Jesús ya había
comenzado
la de los muertos, o lo escrito en 1 Tes 2,16—. El resultado era que
algunos se
comportaban de manera irresponsable (ataktōs) (3,6.11), dejando
de
trabajar, metiéndose en asuntos ajenos y siendo una carga para los
demás (3,8):
situación incipiente ya en la primera carta (1 Tes 5,14), agravada
ahora por la
creencia en la inminente llegada del día del Señor.
Alarmado,
Pablo escribió en cuanto tuvo noticia, probablemente desde
Corinto en 50 o 51, el mismo año que 1 Tesalonicenses. La crisis se
generó
exclusivamente desde dentro, por tensiones internas relativas a la
parusía, lo
que concuerda con la imagen de un grupo centrado en ella. Su respuesta
fue
indicar lo que aún debía suceder antes de ese día: la apostasía y la
manifestación del “hombre impío” que se proclama Dios (2,3-12). Las
imágenes
proceden del lenguaje sobre los enemigos de Israel —el príncipe de Tiro
(Ez
28,2), Antíoco Epífanes (Dn 11,31.36)— y del recuerdo reciente de
Calígula. La
identidad de “lo que lo retiene” (to katejon) y “quien lo
retiene” (ho
katejon) (2,6-7) ha desconcertado a los comentaristas; la solución
preferida, ya de Tertuliano, ve aquí una alusión a Roma, al imperium
Romanum,
cuyo orden impedía el estallido de una persecución desenfrenada, idea
no muy
alejada de Rom 13,1-7.
Cualquiera
que sea la solución del enigma, lo principal es que Pablo
pensaba que aún debían producirse varios acontecimientos antes de la
parusía;
ya lo había dicho estando con ellos (2,5), nuevo indicio de lo intensa
que
había sido su enseñanza sobre el regreso de Jesús. Repitió su enseñanza
sobre
cómo conducirse: trabajar tranquilos (hēsychias) y ganarse el
pan
(3,11-12), siguiendo su propio ejemplo (3,7-9). Sus instrucciones
finales
—apartarse de los indisciplinados para que se avergüencen, sin
tratarlos como
enemigos sino amonestarlos como hermanos (3,14-15)— ofrecen un atisbo
de la
forma más primitiva de disciplina comunitaria. Se percibe de nuevo la
efervescencia de una secta apocalíptica. La enseñanza de Pablo era
coherente
con la de Jesús sobre el reino: inminente, pero con un intervalo antes
de la
venida plena. Pese a su convicción escatológica, Pablo evitó quedar
atrapado en
el entusiasmo, y, como Jesús en Hch 1,7-8, redirigió la atención hacia
la
misión, pidiendo oraciones “para que la palabra del Señor se propague
rápidamente” (3,1).
31.7.
Carta de Pablo a los gálatas
Gálatas es
una de las cartas paulinas más diversamente datadas.
Quienes la consideran anterior a la conferencia de Jerusalén la fechan
hacia
48; quienes la sitúan durante la estancia en Éfeso, en 53 o 54; y
quienes
destacan su similitud con Romanos, en 55 o 56. A mi entender, la
primera opción
se halla más en consonancia con los datos históricos; la similitud de
pensamiento con Romanos no implica cercanía de fechas, salvo que
supongamos en
la teología de Pablo una variabilidad mayor de la que muestran sus
escritos.
Circunstancias
que ocasionaron la carta
Lo más
probable es que Pablo escribiera Gálatas estando todavía en
Corinto, hacia 52, un año después de las cartas a los tesalonicenses.
Tras no
ganar la discusión en Antioquía y marcharse como misionero
independiente, la
iglesia antioquena se esforzó por asegurar que sus directrices (las
“reglas de
comunidad” o “decreto apostólico”) se siguieran en las iglesias
fundadas desde
ella, incluidas las de Galacia. Surgió así la cuestión de si esa
normativa era
aplicable también allí. Algunos creyentes judíos tradicionalistas —los
“falsos
hermanos” (2,4)— vieron en el fracaso de Pablo en Antioquía la
oportunidad de
contrarrestar su victoria de Jerusalén (2,1-10). En iglesias
mayoritariamente
gentiles, la prerrogativa judía tenía que reafirmarse; de otro modo, a
su
juicio, el objetivo salvífico de Dios correría peligro.
Una
poderosa facción se había formado en Galacia, sosteniendo que los
gentiles debían hacerse prosélitos y circuncidarse para participar de
la
herencia de Israel. Esos “que os perturban” (5,12) decían contar con el
apoyo
de la jerarquía jerosolimitana, lo que explica la enérgica declaración
de Pablo
sobre su relación con los dirigentes de Jerusalén (1,10–2,10). Cuando
escribió,
muchos gálatas ya estaban aceptando la circuncisión (6,12-13),
persuadidos de
que, para tener parte en las promesas de Abrahán, debían seguir su
ejemplo.
Todo esto sucedía mientras Pablo estaba en la última parte de su viaje
a
Corinto y en los primeros meses de su estancia. Probablemente un
partidario lo
informó, y Pablo reaccionó con asombro e indignación (1,6): las
primeras iglesias
de su misión gentil se estaban perdiendo, y si Galacia perdía de vista
lo
central del Evangelio, sería difícil mantenerlo en las demás. Buscó
pluma,
tinta, papiro y escriba, y se puso a dictar.
Esta
hipótesis es compatible con todos los datos. Concuerda con los
acontecimientos de Hch 13–14 y 15–18; la expresión to proteron
(4,13),
“la primera vez”, se aviene con repetidas visitas (Hch 13–14 y Hch 16);
las
menciones de Bernabé (2,1.9.13) suponen que los gálatas sabían a quién
se
refería, y Bernabé solo acompañó a Pablo en la misión antioquena. Hay
además
una notable diferencia con las cartas a los tesalonicenses: en ellas
apenas
alude a su condición apostólica, mientras que en Gálatas insiste con
vehemencia
(1,1). Algo sucedió entre unas y otra que hizo imperativo afirmar su
apostolado: la información de Galacia sobre las incursiones de los
misioneros
de Antioquía/Jerusalén y el cuestionamiento de su evangelio y
autoridad. La
hipótesis explica también el cambio de énfasis escatológico: a la luz
de la
confusión tesalonicense, Pablo desplazó su foco del futuro al pasado,
de lo que
Cristo haría al venir a lo que Dios había hecho en su primer
advenimiento. Por
todo ello sigo dudando de que los “gálatas” sean las iglesias del norte
y no
las fundadas con Bernabé bajo la dirección de Antioquía (Hch 13–14).
La carta
puede describirse como una nueva exposición del evangelio
de Pablo. Pese a su urgencia, está planeada con cuidado.
Defensa de
Pablo contra las tergiversaciones de los misioneros
intrusos (Gál 1–2)
La carta
comienza explosivamente, sin la fórmula epistolar de
cortesía, con una terminante aserción de su autoridad: “Pablo, apóstol
no por
disposición humana... sino por designio de Jesucristo y de Dios Padre”
(1,1).
Prescindiendo de la acción de gracias, amonesta de inmediato a los
gálatas por
su “deserción” del Evangelio (1,6-9). Su lenguaje sugiere que los
“intrusos” lo
habían tratado con desdén, presentándolo como uno que simplemente trata
de
agradar a los demás (ēreskon), pulla muy hiriente para un hombre
de
convicción tan firme. La respuesta de Pablo fue insistir en que el
Evangelio
que predicó no era suyo, sino recibido “por revelación de
Jesucristo”
(1,11-12), revelación que lo transformó de perseguidor en predicador
(1,23) y
le encargó darlo a conocer entre los gentiles.
Entrelazada
con esta defensa, hay una descripción amarga pero
cuidadosa de su relación con Jerusalén (1,1–2,10). Aquí la lectura
especular
revela con claridad las cuatro afirmaciones a las que Pablo tuvo que
responder.
Primera: que su apostolado y evangelio derivaban de los apóstoles de
Jerusalén;
Pablo lo rechaza desde la primera línea (1,1.11-12). Segunda: que
aprendió su
evangelio en su visita a Jerusalén tras la conversión; Pablo responde
que, al
recibir la revelación, no subió de inmediato a Jerusalén, y que solo
tres años
después estuvo allí quince días con Cefas y Santiago (1,16-19),
añadiendo un
juramento (1,20) que muestra cuán en serio se tomaba las acusaciones.
Tercera
afirmación: que Pablo había reconocido depender de la
jerarquía jerosolimitana yendo a presentarle su evangelio para obtener
aprobación, de modo que el evangelio autorizado por Jerusalén
completaba y
reemplazaba el suyo. Aquí responde con más sutileza: subió “movido por
una
revelación” (2,2), no por llamada de los apóstoles, aunque les expuso
su
evangelio preocupado por no “correr en vano”. Y deja tres cosas claras:
que el
intento de los “falsos hermanos” de forzar la circuncisión de Tito no
obtuvo el
apoyo de los apóstoles; que estos reconocieron formalmente su misión
entre los
incircuncisos como equivalente al apostolado de Pedro entre los
circuncisos
(2,6-9); y que el reconocimiento que él otorgó entonces a “los
considerados
columnas” ya no podía concederlo sin reservas (2,6: “Dios no hace
acepción de
personas”), a la luz del incidente de Antioquía. Cuarta afirmación: que
Pablo
no había tenido apoyo en su posición contra Cefas en Antioquía, por lo
que la
autoridad derivada de Jerusalén debía reconocerse también en las
iglesias de la
misión antioquena. Sin poder negar lo sucedido, Pablo recuerda el
episodio
desde su perspectiva (2,11-14) y reformula el argumento que había usado
contra
Pedro (2,14-21).
Pero lo
que realmente le interesaba era defender, explicar y
reafirmar el Evangelio. Su lenguaje se hace más agresivo: “aun
cuando
nosotros mismos o un ángel del cielo os predicara un evangelio
contrario...,
¡sea maldito!” (1,8-9); ante los “falsos hermanos”, “ni siquiera por
una hora
cedimos” (2,5); en Antioquía, Cefas “era reprensible” y no procedía
“según la
verdad del Evangelio” (2,11-14). Para culminar, reafirma la esencia de
su
evangelio (2,16-21): su recepción depende de la fe, de la aceptación
del mensaje
sobre Jesucristo y la respuesta de fe en él; cualquier otro
requerimiento niega
la afirmación central de que Dios acepta solo a quienes se ponen en sus
manos.
La percepción de que la Ley servía para definir a otros como
“pecadores” y
constituía muros de separación que anulaban la gracia (2,17-21) había
sido para
Pablo como pasar de la muerte a la vida: morir a la Ley como base de
aceptación
y vivir para Dios por medio de Cristo (2,19-20).
Una
exposición más completa del evangelio de Pablo (Gál 3,1–5,12)
Tras su
apología, Pablo apela primero a la experiencia del Espíritu
de Dios (3,1-5). Los gálatas podían recordar lo vívidamente que
Cristo
crucificado les había sido presentado (proegraphē) ante los ojos
(3,1)
y, sobre todo, haber experimentado su aceptación por Dios al compartir
el
Espíritu Santo, obtenido simplemente por “escuchar con fe”, no por
observar la
Torá (3,2-5). Este hincapié en la experiencia tiene corolarios
teológicos: el evangelio
de Pablo estaba enraizado en la experiencia, suya y de los
demás, en el
poder transformador de una viva experiencia espiritual del Dios vivo
revelado a
través de Jesús, más que en una mera serie de afirmaciones deducidas de
las
Escrituras.
Pero su
convicción no se basaba solo en la experiencia, sino también
en el correcto entendimiento de la Escritura. Los nuevos
misioneros se
habían aprovechado de que los gálatas se habían convertido a lo que era
todavía
en esencia una secta judía mesiánica, y los empujaban al corolario: si
habíais
llegado tan lejos en la aceptación de la herencia de Israel, recorred
el camino
entero y uníos a los herederos de Abrahán circuncidándoos como él.
Pablo
coincidía en el punto central —los gálatas eran “hijos de Abrahán”,
“herederos”
de las “promesas”—, pero sostenía que alcanzaban esa condición los que creían:
hoi ek pisteōs, los que creen como creyó
Abrahán.
Su
exposición se centra en tres textos del Génesis. Gn 15,6: “Abrahán
creyó en Dios, y ello le fue reputado por justicia” (3,6): la fe
caracteriza la
relación que Dios estableció con él y su semilla, de modo que “los ek
pisteōs” son “hijos de Abrahán” (3,7). Gn 12,3/18,18: “En ti serán
bendecidas todas las naciones” (3,8): Pablo lo llama “evangelio”, pues
anticipa
que Dios justificaría a las naciones del mismo modo, ek pisteōs
(3,8-9).
En un paréntesis (3,10-14), contrapone bendición y maldición: la Ley se
refiere
a comportamientos, no a fe; su maldición quedó extinguida con Cristo en
la cruz
(3,13), de modo que la bendición de Abrahán pudiera llegar, en Cristo
Jesús, a
quienes reciben el Espíritu por la fe (3,14). Gn 13,15: “y a tu
semilla”
(3,16): aprovechando que sperma es singular, lo refiere a
Cristo,
descendiente preeminente; como todos los creyentes están incorporados a
Cristo,
“todas las naciones” bendecidas son de facto semilla de
Abrahán, y la
Ley resulta irrelevante para el cumplimiento de la promesa (3,17-18).
Son
fundamentales para su evangelio sus tres componentes: justificación por
la fe
(como Abrahán), don del Espíritu (la bendición prometida) y nueva
identidad “en
Cristo” (la semilla de Abrahán).
Entonces,
¿por qué la Ley?
(3,19–4,11).
Pablo reafirma su finalidad. Frente a una tradición que ve aquí una
profunda
antipatía hacia la Ley, sostengo que su propósito era mostrar que la
Ley era complementaria
del designio divino revelado en las promesas, no directamente
antitética. La
Ley “fue añadida” por Dios, no para anular la promesa, sino con un fin
distinto
(3,19); fue promulgada “en razón de” las transgresiones, ofreciendo el
sistema
sacrificial para expiarlas; vino por medio de ángeles y de un mediador
(Moisés), mientras la promesa fue hecha directamente a Abrahán; su
propósito no
fue nunca “vivificar” —solo la promesa podía hacerlo (3,21)—, sino
ordenar la
vida; y tuvo la función temporal de “proteger” y disciplinar a Israel
como un paidagōgos
(3,23-25), hasta la venida de Cristo y la percepción plena de que la
justificación es ek pisteōs. Solo mediante este sutil
argumento, sin
rechazar directamente la Ley —lo que lo habría puesto en manos de sus
oponentes—, podía Pablo contrarrestar a los nuevos misioneros.
Sigue una
larga conclusión (3,26–4,11). “Por medio de esta fe” todos
los creyentes son “hijos de Dios en Cristo Jesús” (3,26): los ek
pisteōs
no solo son hijos de Abrahán, sino también hijos de Dios. El ser “en
Cristo”
relativiza todas las distinciones de raza, clase y sexo (3,27-29), de
modo que
los griegos creyentes no son inferiores a los judíos de nacimiento.
Pablo
aclara que no rechaza la relación especial de Israel con Dios (4,1-7):
Israel
es aún “heredero”, pero como un menor que no ha alcanzado la mayoría de
edad,
esclavizado “bajo las fuerzas elementales (stoijeia) del
mundo”. Con la
venida de Cristo ha llegado el cumplimiento: los creyentes reciben el
Espíritu
del Hijo, que clama “¡Abba! ¡Padre!”, y ya no son esclavos, sino
hijos
(4,4-7). Si los gálatas, antes esclavos de “seres que por naturaleza no
son
dioses” (4,8), vuelven a observar sábados y días festivos, retrocederán
a la
esclavitud (4,9-10), lo que exaspera y atemoriza a Pablo (4,11).
En evocaciones
personales (4,12–5,1), Pablo recuerda los lazos
de afecto que lo unían a los gálatas (4,12-15) y denuncia los motivos
de los
otros misioneros, que querían “aislar” (ekkleisai) a los
creyentes para
suscitar un celo como el de los conversos más celantes, muy distinto de
su
propio celo maternal (4,17-19). Ofrece luego una lectura del tema de
los hijos
de Abrahán a contrapelo de los textos (4,21-31): hay dos tipos de
filiación, uno
definido por la esclavitud (Agar, Ismael, el monte Sinaí, la Jerusalén
actual,
la Torá) y otro por la promesa (Sara, Isaac, “la Jerusalén de arriba”,
los
hijos nacidos según el Espíritu). Citando las palabras de Sara —“Echa
fuera a
la esclava y a su hijo” (Gn 21,10)—, invita a las iglesias a rechazar a
los
misioneros tradicionalistas; su motivación no era racial, sino
escatológica:
que el creyente gentil abandonara la libertad del Espíritu por la
esclavitud
“bajo la Ley” era más de lo que podía soportar (4,31–5,1).
El
corolario lo expone con crudeza: aceptar la circuncisión era
abandonar a Cristo (5,2-12). Los otros misioneros proponían en
realidad una
elección entre circuncisión y Cristo, entre Ley y gracia; escoger lo
primero
era romper con Cristo y apartarse de la gracia (5,2-5). Lo fundamental
seguía
siendo la fe, “que actúa mediante la caridad” (5,6). Pablo solo podía
esperar
que los gálatas no atendieran a los halagos de los intrusos, a quienes
desea,
con sarcasmo, que se castren ellos mismos en vez de circuncidar a otros
(5,7-12).
Vivir
responsablemente según el Espíritu (Gál 5,13–6,10)
El
recordatorio de que los gálatas debían sostener a sus maestros
(6,6) indica que Pablo había dispuesto antes una adecuada enseñanza en
esas
iglesias. Es fácil imaginar a los otros misioneros argumentando que la
Ley
mostraba con claridad cómo debían vivir quienes invocan el nombre del
Señor, y
advirtiendo que, sin ella, prevalecería el libertinaje: la alternativa
a vivir
como judíos (ioudaïzein) era vivir como “gentiles pecadores” (ex
ethnōn hamartōloi). Pablo, consciente de la fuerza del argumento,
responde
que vivir según el Espíritu es una tercera opción, que tiene el
atractivo de
las otras dos pero evita sus defectos.
La
libertad del Espíritu no es libertad para los excesos, sino para
servirse unos a otros (5,13). La Ley se resume en “ama a tu prójimo
como a ti
mismo”, y el poder del amor cumple lo que la Ley pretendía (5,14-15).
Lo que
quiere el Espíritu es lo opuesto a lo que quiere la carne (5,16-17):
esta busca
solo sus apetitos, que la incapacitan para el reino (5,19-21), mientras
el
Espíritu da su fruto, sobre todo amor (5,22-26). Una vida dirigida por
el
Espíritu es muy distinta de una “bajo la Ley” (5,18): aunque la Ley no
era
contraria al amor, tampoco podía producir ese carácter, de modo que los
gálatas
no ganaban nada poniéndose de nuevo bajo ella. Si aun así desean la
Ley, deben
concebirla como “la ley de Cristo” (6,2), conformando su vivir al
modelo de
mansedumbre y amor de Cristo (6,1-5). Lo decisivo sigue siendo el
juicio de
Dios sobre la vida de cada uno, pero la salida no está en observar la
Ley, sino
en “sembrar el espíritu” para “cosechar vida eterna”, con un compromiso
perseverante (6,7-10).
Conclusión
(Gál 6,11-18)
Pablo toma
la pluma al escriba y remata la carta de su propia mano,
mostrando lo antitéticos que son su evangelio y el mensaje de los
tradicionalistas. Estos buscaban la circuncisión de los gálatas para
mostrarse
ante los demás judíos como fieles a sus tradiciones y calmar la
hostilidad
hacia el mensaje del Mesías crucificado (6,12), y para gloriarse de los
privilegios del Israel étnico (6,13). Pero el mensaje de la cruz había
hecho
nulos esos valores discriminatorios: en la nueva creación, ni la
circuncisión
ni su falta cuentan para nada (6,14-15). Esto es lo que “el Israel de
Dios”
necesita aprender: que se constituye por “esta regla” y debe ordenar su
vida
conforme a ella (6,16).
Las
consecuencias
¿Cuál fue
el resultado de la carta? ¿Escucharon los gálatas y
“despidieron” (4,30) a los otros misioneros, o logró tan poco como en
Antioquía? No hay datos suficientes. Algunos buscan la pista en las
instrucciones sobre la colecta para Jerusalén: según 1 Cor 16,1-2,
Pablo había
dado instrucciones a las iglesias de Galacia, lo que implicaría una
nueva
carta; pero en cartas posteriores solo menciona como contribuyentes a
Macedonia
y Acaya, y las iglesias de Galacia destacan por su ausencia. Una
deducción verosímil
es que los otros misioneros aprovecharan la explosiva reacción de
Pablo,
potencialmente ofensiva, y atrajeran las iglesias de Galacia fuera del
círculo
paulino. La carta se habría conservado porque Pablo retuvo una copia o
porque
circuló antes de la ruptura.
La
alternativa es que la carta lograra su objetivo: la mayoría de los
gálatas siguieron viviendo según el Evangelio de Pablo y rechazaron las
propuestas de Antioquía/Jerusalén. Las instrucciones sobre la colecta
no
exigían necesariamente una nueva carta, y la ausencia de Galacia en
referencias
posteriores no prueba su falta de aportación (tampoco se menciona a las
iglesias de Asia). Según Hch 20,4, entre los delegados del último viaje
a
Jerusalén figuraban Gayo de Derbe y Timoteo, posibles representantes de
aquellas iglesias. Pablo pudo mencionar solo a Macedonia y Acaya por
ser las
más cercanas a Corinto, o porque consideraba la colecta fruto
principalmente de
su misión del Egeo.
Cualquiera
que fuera el caso, lo esencial es que la Carta a los
Gálatas fue conservada y devino parte integral del corpus paulino y de
la
Escritura cristiana, afirmación permanente de la verdad del Evangelio
tal como
Pablo lo percibía. En cuanto a su impacto, cabe especular que la
facción
tradicionalista más conservadora no reaccionó favorablemente a su
lenguaje
agresivo; el conocimiento de la carta pudo provocar nuevas incursiones
en
“territorio de Pablo” (2 Cor 10,12-18; Flp 3,2) y contribuir a la
hostilidad
que halló en su visita final a Jerusalén (Hch 21,20-36). Más tarde,
Pablo pudo
darse cuenta de haberse expresado imprudentemente, por lo que su carta
posterior sobre el asunto —Romanos— se benefició de una mayor
moderación y de
una exposición más cuidadosa del Evangelio, posibilidades que habrá que
tener
presentes en los capítulos siguientes.
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