El
cristianismo en sus comienzos. Tomo II. Comenzando desde Jerusalén
Octava parte. Apóstol de los gentiles
Capítulo 32. La misión del Egeo: segunda fase
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
32.1.
Intermedio
Un relato
deshilvanado
La
información que ofrece Lucas sobre la segunda fase de la misión de
Pablo en el Egeo (18,18–19,41) es mucho menos satisfactoria para el
historiador. Empieza con Pablo haciendo lo que parece un voto de
nazireato al
comienzo de un largo viaje a Palestina (18,18-21), referido de manera
tan
sucinta que su destino queda nebuloso y su propósito sin explicación
(18,22),
sin mención de compañeros de viaje. El regreso al Egeo (18,23) se ve
interrumpido por dos episodios en Éfeso —uno sobre Apolo, otro sobre
doce “discípulos”
(19,1-7)—, lo que sugiere que ya había una misión establecida allí
antes de la
de Pablo. La misión efesia se refiere de modo conciso (19,8-12), porque
Lucas
prefiere atender a dos episodios en los que Pablo está ausente o “entre
bastidores” (19,13-20.23-41). Lucas no dice nada de la intensa
correspondencia
con Corinto que conocemos por 1 y 2 Corintios, ni alude a un posible
encarcelamiento en Éfeso, base de la hipótesis de que allí escribiera
las
“epístolas de prisión” (Filipenses, Filemón y quizá Colosenses).
Son claros
los indicios de que Lucas atiende a sus propias
prioridades. La noticia del voto forma parte de la “rejudaización”
lucana del
apóstol, presentándolo como un judío más practicante de lo que dan a
entender
sus cartas. La nueva visita a la iglesia de Jerusalén y a la de
Antioquía
(18,21-22) enmascara las tensas relaciones que las cartas dejan
entrever. La
integración de Apolo y de los doce discípulos en la misión paulina
(18,24–19,7)
mantiene la línea que, partiendo de Jerusalén, pasa por la misión
helenista y
llega a Pablo. Ambos episodios subrayan que el don del Espíritu era
para Lucas
condición sine qua non del proceso de devenir cristiano
(19,2-6). El
paralelo Pedro-Pablo se amplía con milagros equivalentes (5,15;
19,11-12); el
triunfo sobre exorcistas y magos (19,12-20) ofrece un clímax (“la
Palabra de
Dios crecía pujante y se imponía”, 19,20); y el cuasi tumulto efesio
refuerza
la idea de que el movimiento no amenazaba el orden romano.
Por lo
deshilvanada que resulta esta parte, cabe pensar que Lucas
utilizó noticias y tradiciones algo discordantes. Que dedique tanto
espacio a
episodios en que Pablo no ocupa el centro es extraño en un autor para
quien él
era el gran héroe; los presenta así, probablemente, porque los relatos
llegaron
hasta él de ese modo. Las palabras son del narrador, pero lo narrado
procede de
fuentes anteriores y testigos oculares. Paradójicamente, el no haber
adaptado
los materiales para formar un todo más coherente nos da cierta
confianza en la
verdad de lo referido.
Contacto
inicial con Éfeso (Hch 18,19-21)
Que en los
planes de Pablo entrara una misión en Éfeso concuerda con
su estrategia general: la ciudad era la capital de la provincia de Asia
y
estaba idealmente situada para expandirse hacia el interior y por el
Egeo.
Pablo hizo una visita inicial para “estudiar el terreno”, con su típica
matización “si Dios quiere” (18,21). Lo que se deduce es que no había
allí
iglesia previa: Pablo fue, como de costumbre, a la sinagoga (18,19),
con
favorable acogida y sin escisión. Lo importante es que al partir dejó a
Priscila
y Áquila, que quedaron como representantes de su misión, vinculados a
la
sinagoga. La iglesia de Éfeso no se estableció, según Lucas, hasta el
período
posterior (cf. 19,8). Priscila y Áquila eran un matrimonio con medios y
contactos comerciales en Éfeso, Corinto y Roma; no se consideraban
evangelizadores, y el que tomaran aparte a Apolo para instruirlo
(18,26), en
vez de predicar ellos, refuerza esta hipótesis. Que Lucas no forzara el
relato
para presentar a Apolo confirmado por líderes como Pedro, Juan o
Bernabé es
indicio de su fidelidad a las tradiciones recibidas.
¿Hizo
Pablo un voto?
Lucas
refiere que, antes de dejar Acaya, Pablo hizo un voto en
Cencreas, el puerto de Corinto (18,18), probablemente análogo al voto
de
nazireato de Nm 6,1-21, que consistía en no cortarse el pelo durante un
tiempo.
El voto solo se completaba en el santuario central, por lo que Hch
21,23-24
implica que se mantuvo hasta la visita final a Jerusalén. Quienes
interpretan
la actitud de Pablo hacia la Ley como casi totalmente negativa ven aquí
una
aportación creativa de Lucas; pero Pablo no era tan contrario a la Ley
como se
le describe, y la acción sería coherente con su táctica pastoral (1 Cor
9,20),
como en la circuncisión de Timoteo. Tomado en serio, el voto sería una
expresión de la disposición de Pablo a tranquilizar a los creyentes
judíos
sobre su respeto a la Ley y las costumbres ancestrales, lo que sugiere
que
tenía pensada su visita a Siria como una visita de reconciliación,
capaz de
mostrar su “buena fe” a los conservadores de Antioquía y Jerusalén. Que
Pablo
no lo confirme en sus cartas no es decisivo, pues no se percibe en
ellas
ocasión clara de referirse a esa promesa.
¿Por qué
la ida a Palestina?
En la
época era posible navegar directamente a Cesarea, de modo que,
si la intención era ir a Antioquía, los vientos o la disposición de
pasaje
pudieron obligar a Pablo a arribar a Cesarea, desde donde la visita a
Jerusalén
le habría sido difícil de evitar. Pese a conocer la impopularidad de
Pablo
allí, Lucas pasa casi de puntillas: “subió a saludar a la iglesia y
luego bajó
a Antioquía”, sin mención de un encuentro con Santiago ni de los éxitos
de su
ministerio. Estas noticias minimalistas han intrigado a los
historiadores: ¿se
equivocó Lucas sobre esta cuarta visita?, ¿habría emprendido Pablo un
viaje tan
peligroso para algo tan intrascendente, y tan poco después de la
ruptura de
Antioquía?, ¿confundió Lucas distintas visitas? Pero no hay razón
válida para
desentenderse de su testimonio: dada su práctica de correr un velo
sobre las
agrias relaciones con Jerusalén y Antioquía, la brevedad de 18,22
sugiere otro
caso en que Lucas tenía información pero, incómodo con sus detalles,
optó por
no difundirla.
¿Por qué
realizaría Pablo esa visita tras la áspera polémica de
Gálatas? Una respuesta parcial es que, tras años de ausencia, sintiera
la
necesidad de un respiro; un viaje por mar a su patria podía ser
tentador y
propicio para la reflexión y para visitar nuevas iglesias en los
puertos de
escala. Otra posibilidad es una breve visita privada a Jerusalén para
terminar
de cumplir el voto. Más probable, sin embargo, es que los intereses
derivados
de la visita de Gál 2,1-10 le impulsaran a volver: si entonces fue
importante
obtener de la jerarquía jerosolimitana el reconocimiento de su
evangelio (Gál
2,2), ahora le importaba saber que seguía contando con él, sobre todo
tras el
incidente de Antioquía y sus repercusiones en Galacia. Necesitaba
reconfirmar
el acuerdo de Gál 2,6-9 y que se revocara la exigencia de circuncidar a
los
gentiles; de lo contrario, su misión sufriría interferencias continuas.
Una
visita a Antioquía habría sido igualmente inevitable si los nuevos
misioneros
de Galacia decían haber sido enviados desde allí.
Si esta
fue la razón, el silencio de Lucas sobre los resultados podría
interpretarse como que Pablo fracasó: no obtuvo el renovado
reconocimiento
esperado, las relaciones siguieron tensas y la desavenencia con
Antioquía no se
superó; los indicios de ulteriores intrusiones (2 Cor 10–13, Flp 3) lo
confirmarían. Quizá esa falta de éxito hizo comprender a Pablo que
debía
esforzarse aún más por reconstruir puentes entre las misiones gentil y
judía
mediante una colecta de fondos para la iglesia-madre de Jerusalén. Esto
explicaría que la colecta deviniera una gran prioridad en esta segunda
fase:
cumpliendo la única “condición” del acuerdo de Jerusalén (Gál 2,10),
Pablo
demostraba su buena fe y esperaba inducir a los líderes a ratificar las
cláusulas principales del acuerdo. La decisión de volver por tierra al
Egeo le
permitía además visitar de nuevo las iglesias de su misión anterior; en
1 Cor
16,1 vemos que las de Galacia fueron las primeras a las que dio
instrucciones
sobre la colecta, lo que revela que logró mantenerlas dentro de su
esfera de
influencia.
32.2.
Apolo y los discípulos sin el Espíritu
Entra
Apolo en escena (Hch 18,24-28)
El
intermedio permite a Lucas referir cómo Priscila y Áquila
introdujeron a Apolo en el círculo paulino. Como Bernabé, Apolo es una
de las
figuras más enigmáticas del cristianismo primitivo. Su condición de
“originario
de Alejandría” (18,24) lo hace especialmente intrigante: es el único
entre los
primeros creyentes conocidos que proporciona un vínculo claro con
Alejandría,
segunda ciudad del Imperio, centro del saber, con numerosa colonia
judía y
fuente de gran parte de la literatura de la diáspora (los LXX, varios
apócrifos, las obras de Filón). Su descripción da credibilidad a la
idea de que
los comienzos del cristianismo alejandrino no fueron del todo
“ortodoxos”.
Apolo aparece como “un hombre docto/elocuente (anēr logios),
versado en
las Escrituras” (18,24), a la manera de los apologistas judíos, lo que
explica
que se le atribuyera a veces la autoría de Hebreos.
Apolo
había sido “instruido en el Camino del Señor”, estaba “encendido
del Espíritu” y enseñaba con esmero las tradiciones sobre Jesús, pero
había
sido bautizado solo con “el bautismo de Juan” (18,25-26): su
conocimiento de
Jesús provenía de información anterior a la muerte y resurrección (el
“evangelio galileo”), quizá del período de coincidencia con el
ministerio del
Bautista. Debió de haber muchos como él, hombres y mujeres que habían
respondido a relatos incompletos sobre Jesús. Uno de los principales
logros de
Pablo y Lucas fue terminar de definir la identidad cristiana y sus
contornos,
determinando quiénes eran verdaderos discípulos y cómo rectificar sus
deficiencias. En el caso de Apolo, lo decisivo para Lucas es que estaba
“encendido del Espíritu”: solo le faltaba una ulterior instrucción, y a
diferencia de los doce del episodio siguiente, no necesitaba ser
bautizado en
el nombre de Jesús, pues el bautismo de Juan complementado con el don
del
Espíritu era suficiente (como en 1,5). En ambos casos, la presencia o
ausencia
del Espíritu fue lo decisivo, factor central y concluyente en la
conversión-iniciación.
El
episodio tiene una finalidad adicional. Apolo fue luego una figura
prominente en la misión del Egeo y, según 1 Corintios, foco de cierto
descontento respecto a Pablo, con habilidades retóricas de las que este
carecía. Por eso era importante para Lucas referir que Apolo, con todo
su ardor
y su saber, aún necesitaba una instrucción más completa “en el Camino
de Dios”,
recibida de miembros tan destacados del equipo paulino como Priscila y
Áquila.
Se subraya así que el cristianismo del Egeo fue el de Pablo y sus
colaboradores; que Pablo llegó a considerar a Apolo uno de ellos lo
confirma 1
Cor 16,12. No hay razón para dudar de la carta de recomendación de los
“hermanos” efesios a los discípulos corintios (18,27): tales cartas se
hicieron
práctica común para los traslados de creyentes y fueron un importante
medio de
cohesión de las iglesias dispersas. Apolo ayudó en Corinto con su
vigorosa
refutación de los judíos, sosteniendo que Jesús era el Mesías. Galión
había
estado acertado: la nueva secta seguía siendo judía y sus disputas con
la
sinagoga eran asuntos internos de los judíos.
Discípulos
sin el Espíritu (Hch 19,1-7)
Mientras
Apolo estaba en Corinto, Pablo llegó a Éfeso y encontró unos
doce “discípulos” a quienes preguntó si habían recibido el Espíritu
Santo al
hacerse creyentes. Respondieron que ni siquiera habían oído que
existiera un
Espíritu Santo; solo habían recibido “el bautismo de Juan”. Pablo les
explicó
que Juan bautizaba remitiendo al que vendría después, Jesús; entonces
fueron
bautizados en el nombre del Señor Jesús, y al imponerles Pablo las
manos, el
Espíritu vino sobre ellos y se pusieron a hablar en lenguas y a
profetizar
(19,1-7).
Aunque
Lucas no relaciona los dos episodios, es difícil evitar la
conclusión de que llegaron hasta él vinculados: ambos en Éfeso, ambos
con
personas imperfectamente instruidas que seguían el “Camino del Señor”,
y en
ambos “el bautismo de Juan” como compromiso inicial. La diferencia
principal es
que Apolo ya tenía el Espíritu y no necesitaba rebautizarse, mientras
que los
doce, por no tenerlo, fueron tratados como recién convertidos. Su
desconocimiento de toda noción del Espíritu (19,2) resulta
sorprendente; quizá
no eran judíos ni temerosos de Dios, sino gentiles periféricos. La
vaguedad del
relato sugiere material que Lucas transmite más que inventa; el
episodio le es
útil para documentar que el don del Espíritu es el factor principal de
la
identidad cristiana (19,2-6), lo cual concuerda con las prioridades de
Pablo en
Gál 3,2, y las manifestaciones visibles del Espíritu (19,6) no son tema
solo
lucano (8,18; 10,46). Se infieren dos cosas: que la categoría de
discípulo
presupone el bautismo, y que el bautismo en el nombre de Jesús formaba
parte de
la respuesta a la llamada, culminando en el don del Espíritu. La
imposición de
manos (19,6) parece una ayuda para casos en que el procedimiento normal
no
había “funcionado” (como en 8,17), no una norma universal.
Plano de Éfeso.
32.3.
Fundación de la iglesia de Éfeso
Según
Lucas, en su regreso al Egeo a finales del 52 o principios del
53, Pablo siguió la ruta que no pudo tomar antes (16,6), por las
tierras altas
de Anatolia, descendiendo a Éfeso (19,1). Situada en la orilla opuesta
del Egeo
respecto a Corinto, Éfeso era el obvio centro para la segunda fase de
la
misión; la visita inicial (18,19-21) no había hecho sino confirmar su
potencial.
Éfeso
Augusto
había escogido Éfeso como capital de la provincia de Asia.
Situada cerca de la desembocadura del río Caistro, su emplazamiento era
ideal
para las comunicaciones terrestres y marítimas, en el extremo
occidental de la
antigua ruta persa y la procedente del Éufrates, todavía muy
utilizadas.
Estrabón la consideraba la ciudad comercial más importante de Asia
Menor al
oeste del Tauro, y, a diferencia de su rival Pérgamo, ofrecía
excelentes
posibilidades para expandirse como centro de la presencia imperial.
Durante el
reinado de Augusto se benefició de la prosperidad de la Pax romana
y
experimentó un impresionante crecimiento, ganando el título de “primera
y mayor
metrópoli de Asia”, atestiguado por inscripciones: se construyeron
acueductos,
se pavimentaron calles, se ampliaron plazas y se erigieron templos y
monumentos
como expresión de la romanización. Se le calcula una población de entre
200.000
y 250.000 habitantes, lo que la convierte en la tercera ciudad del
Imperio tras
Roma y Alejandría.
Éfeso
destacaba como centro religioso. Acogía numerosos cultos, pero
el predominante era el de Artemisa, cuyo culto, más que ningún otro,
hizo de
Éfeso un centro de vida religiosa, con amplia influencia en la vida
civil,
económica y cultural (cf. Hch 19,23-41). Su templo, el Artemision,
fuera de los
muros, era una de las siete maravillas del mundo y “el ornato de toda
la
provincia”, y su magnificencia atestiguaba los privilegios y la
prosperidad de
los custodios del culto; servía además de seguro depósito bancario para
muchos
ciudadanos acaudalados. Se conocen dos grandes fiestas anuales en honor
de
Artemisa que atraían a muchos visitantes del mundo griego. Lucas
conocía bien
el orgullo de los efesios por el templo, al presentar a un magistrado
calmando
a la multitud llamando a la ciudad “guardiana (neōkoros) de la
gran
Artemisa” (19,35). Casi la misma importancia —y mucha más política—
tenía el
culto imperial: ya en 29 a. C. Augusto había concedido el derecho a
dedicar
recintos a Dea Roma y Divus Julius, y aunque Éfeso fue la tercera urbe
de Asia
autorizada para un culto imperial provincial, tras Pérgamo y Esmirna,
habría
sido imposible que un residente lo desconociese. El culto imperial no
era visto
como competidor del de Artemisa; sabemos que los curetes, encargados de
los
misterios de Artemisa, se designaban también philosebastoi,
devotos del
culto de los emperadores divinizados. Como otras ciudades de Asia,
Éfeso tenía
una gran población judía, con derechos y privilegios bien documentados
por
Josefo (exención militar, derecho de reunión, mantenimiento de ritos,
recaudación del impuesto del templo), algunos de cuyos miembros tenían
la
ciudadanía romana y desempeñaban papeles significativos en la vida
ciudadana.
El interés de Josefo en mencionar esas concesiones sugiere que eran
cuestionadas y originaban tensiones, pero también que la comunidad
judía
contaba con miembros prominentes y bien conectados. No hay razón para
dudar del
testimonio lucano de que había al menos una sinagoga (18,19.26; 19,8).
La arqueología
permite imaginar la ciudad que Pablo experimentó: la cercanía del
teatro al
ágora baja hace más realista el relato de la multitud precipitándose al
teatro
(19,29).
El centro
de la segunda misión de Pablo
Típica de
Lucas es la brevedad con la que refiere el que probablemente
fue el período más exitoso de toda la trayectoria de Pablo (19,8-10),
centrándose en el cisma de la sinagoga y en el surgimiento de una
iglesia
independiente. El modelo de predicación y oposición tiene
modificaciones
significativas: durante tres meses Pablo predica con valentía, no se
mencionan
temerosos de Dios y hubo apertura del grueso de la comunidad. Pasados
esos
meses surgió oposición, pero solo entre “algunos” (no todos los
judíos), una
clara minoría: si Lucas quería presentar como absoluta la
incompatibilidad
entre el evangelio y “los judíos”, perdió la oportunidad de hacerlo en
una de
las principales ciudades de la diáspora. Hubo ruptura, pero Lucas habla
de una
separación, no de una expulsión: Pablo “tomó a los discípulos y formó
un grupo
aparte” (19,9), sin recriminaciones.
Pablo
estuvo luego dos años “hablando a diario en la escuela de
Tirano” (19,9), lo que sugiere que ganó seguidores ricos capaces de
alquilarle
el local (¿algunos asiarcas de 19,31?), compatible con que siguiera
trabajando
para mantenerse (20,34). El texto occidental precisa que debatía “desde
la hora
quinta hasta la sexta”, durante la siesta mediterránea, lo que le
dejaba las
primeras y últimas horas para su oficio de fabricante de tiendas. La
afirmación
de que “todos los habitantes de Asia oyeron la palabra del Señor”
(19,10) es
una exageración, pero indica la importancia de Éfeso. No es posible
exagerar la
importancia de esos dos años: Pablo tuvo tiempo de ocuparse de una
amplia
variedad de temas, textos y tradiciones —exposición de las Escrituras,
tradición
de Jesús, sus temas característicos—. Esto no significa que Éfeso fuera
el
lugar de un gran desarrollo de su teología, sino el de una presentación
sistemática y pulida de su evangelio ya desarrollado; sus cartas no son
escritos improvisados, sino composiciones que se sirven de argumentos
afinados
en presentaciones previas. La conclusión de 1 Corintios confirma que
decidió
quedarse hasta Pentecostés “porque se me ha abierto una puerta grande
para
trabajo eficaz, y los enemigos son muchos” (16,8-9).
Éfeso era
idónea como centro de una misión destinada a expandirse: se
pueden imaginar equipos enviados a Magnesia, Mileto, Esmirna, Pérgamo y
las
ciudades del valle del Lico (Laodicea, Hierápolis, Colosas), como
confirma Col
1,5-8 y 4,12-13. La referencia a “las iglesias de Asia” (1 Cor 16,19)
indica un
programa bien desarrollado, y en las generaciones siguientes se
escribieron
cartas a muchas de esas ciudades (Ap 2–3, Ignacio). Desde Éfeso
escribió Pablo
varias cartas a los corintios; muchos estudiosos sitúan allí
Filipenses,
Colosenses y Filemón, y la tradición asocia a Éfeso también 1 y 2
Timoteo y los
últimos años del apóstol Juan. Éfeso fue, pues, un escenario decisivo
en la
misión de Pablo y en el desarrollo del cristianismo primitivo.
Milagros
extraordinarios de Pablo y triunfo sobre la magia
Característico
de Lucas es el relato de que los pañuelos y mandiles
que había llevado Pablo eran eficaces en curaciones y exorcismos
(19,11-12),
milagros “no ordinarios” equivalentes a los atribuidos a la sombra de
Pedro
(5,15). Lucas valoró mucho esta información, mientras que la visión de
Pablo de
sus propios milagros era más ambivalente; si el episodio generó una
atmósfera
de temor y entusiasmo (19,17), no sorprendería que las curaciones
hubieran
ocurrido. La creencia de que se puede transmitir poder espiritual por
medios
físicos está en la raíz de la doctrina sacramental, del ministerio de
curación
y de la tradición de las reliquias. El siguiente episodio, de unos
exorcistas
judíos —“siete hijos de un sumo sacerdote llamado Esceva” (19,14)— que
intentaron
en vano exorcizar “por el Jesús a quien predica Pablo”, recuerda la
reputación
de los judíos como exorcistas en el mundo antiguo. La condición de
hijos de
sumo sacerdote suena a número circense y probablemente sea inventada;
más bien
cabe imaginar a un grupo de judíos embaucadores presentándose como
“exorcistas
ambulantes”. Como Simón (cap. 8) y Bar-Jesús (cap. 13), el relato narra
la
confrontación de la nueva secta con formas de judaísmo corrompido o
sincrético
y la subsiguiente victoria, con un mensaje implícito: la verdadera
continuidad
con el judaísmo se busca en “la palabra del Señor”, no en compromisos
sincretistas. La técnica era la habitual —invocar un poder espiritual
más
fuerte: “Te conjuro (horkizō) por...”—, y el uso del nombre de
Jesús
recuerda su fama de gran exorcista. Aunque el episodio tiene algo de
chusco (el
poseso domina a los exorcistas y los hace huir desnudos y maltrechos),
la
lección es seria: el poder espiritual puede ser autodestructivo si lo
emplea
quien no debe o con fines espurios; solo quien sigue a Jesús en
estrecho
discipulado y es guiado por su Espíritu puede actuar eficazmente en su
nombre
(16,18).
Hubo gran
temor al conocerse el suceso, y muchos se hicieron creyentes
y quemaron en público sus libros de magia (19,17-19). Lucas da a
entender que
algunos confesaron sus prácticas algún tiempo después de su compromiso
de fe,
lo que se explica por el carácter misceláneo de muchas religiones de la
época y
porque la magia aún no tenía la connotación negativa actual. El valor
de los
libros quemados —cincuenta mil monedas de plata— representaba un dinero
considerable. En todo ello no hay nada inconciliable con la
credibilidad
histórica.
Conflicto
con la religión oficial (Hch 19,23-41)
Lucas
dedica el resto de su relato a una confrontación de grandes
consecuencias. Que la fe en Jesús fuese vista tan pronto como una
amenaza para
el culto de Artemisa, uno de los más importantes del mundo
mediterráneo, dice
mucho de la pujanza del cristianismo naciente. El suceso es muy
verosímil: el
grupo de artesanos que vivían de las ventas a los peregrinos, la
disminución
del tráfico por la nueva ola religiosa, el discurso demagógico del
orfebre
Demetrio que atizó el miedo, el apoyo de algunos asiarcas a Pablo
(19,31), la
precipitación al teatro y el magistrado calmando el alboroto apelando a
las
tradiciones sobre Artemisa y a la desaprobación romana de las reuniones
irregulares (19,35-40). Lucas se sirvió de fuentes bien informadas,
dando
nombres: Demetrio, Gayo, Aristarco, Alejandro.
Dos
aspectos importan especialmente a Lucas. Uno es que “los judíos”
se vieron metidos en el tumulto: empujaron hacia delante a Alejandro
para que
hablara, pero, reconocido como judío, desencadenó las dos horas de
coreo
“¡Grande es la Artemisa de los efesios!” (19,34). Puesto que el mensaje
de
Pablo se presentaba como dirigido contra la idolatría (19,26), Lucas,
sutilmente, incluye el mensaje paulino dentro de la defensa intentada
por
Alejandro: “los judíos” no aparecen aún como hostiles al apóstol, y el
Camino
se muestra continuo y coherente con su religión. Aún más importante es
que
personajes prominentes (los asiarcas) aparezcan como amigos de Pablo y
que el
magistrado señale la falta de base legal para una querella contra los
discípulos (19,35-41). Como en el caso de Galión en Corinto, la nueva
secta se
presenta formando parte de la religión nacional judía y sin representar
peligro
para el culto oficial ni para Roma. En Éfeso como en Corinto, los dos
principales centros de la misión paulina, el cristianismo se juzgó
asimilable
al judaísmo y susceptible de la misma rúbrica legal, y ambas
fundaciones
duraron y se expandieron.
La crisis
en Asia
Uno de los
mayores problemas es cómo relacionar el relato de Lucas con
la referencia retrospectiva de Pablo a una crisis sufrida en este
período. En 2
Cor 1,8-10 habla de una tribulación en Asia que lo abrumó
insoportablemente,
hasta perder la esperanza de conservar la vida y sentir que había
recibido “la
sentencia de muerte”. Sobre esta crisis cabe afirmar con cierta
confianza que
ocurrió en la provincia de Asia (no necesariamente en Éfeso, que Pablo
menciona
cuando procede), que sucedió entre la composición de 1 y 2 Corintios y
que tuvo
un efecto devastador en él, como atestigua su excepcional lenguaje.
Entre las
posibilidades propuestas: que Pablo “luchara con fieras” en
Éfeso (1 Cor 15,32), improbable porque la expresión es kata
anthrōpon
(no literal), porque como ciudadano romano no podía ser sometido a esa
prueba y
porque el estadio no se usó para ello en los dos primeros siglos; la
revuelta
de Hch 19,23-41, aunque el relato no permite pensar en un ataque al
propio
Pablo, a quien se recomendó evitar el disturbio; los sufrimientos de 2
Cor 1,5
y 12,7, que pertenecen a temas más generales y no concuerdan con una
crisis tan
breve y aguda; y un encarcelamiento en Éfeso, al que parecen aludir 2
Cor 6,5;
11,23 y las referencias a “compañeros de prisión”. Como en otras
partes,
quedamos en la oscuridad: es posible que Lucas corriera un velo sobre
un suceso
muy desagradable. Sea como fuere, es probable que la crisis afectase
gravemente
al apóstol y que 2 Corintios lleve las marcas que dejó en su misión y
su
teología.
32.4.
Entre Éfeso y Corinto
Más
interés aún que las lagunas de la narración lucana reviste lo que
sucedía al otro lado del Egeo, en Corinto, sobre lo que tenemos buena
información en las cartas a los corintios. La reacción de Pablo a los
acontecimientos de Corinto proporcionó a la posteridad 1 y 2 Corintios,
por lo
que lo sucedido allí resultó de mayor importancia y duración que los
acontecimientos de Éfeso.
“Después
de que Pablo dejó Corinto”
Bruce
Winter planteó la pregunta de por qué Pablo, estando en Corinto,
no se ocupó de los problemas que luego abordó en 1 Corintios. Su
respuesta es
que los problemas surgieron tras su marcha (hacia 52) y se debieron en
parte a
que los cristianos eran “cosmopolitas”, ciudadanos de un Corinto
romano. Winter
destaca varios acontecimientos: la creación de un culto imperial
provincial
hacia 54, celebrado anualmente en Corinto (¿“los llamados dioses en la
tierra”
de 1 Cor 8,5?); el posible traslado de los Juegos Ístmicos a Istmia y
los
banquetes oficiales asociados (¿el “derecho” de comer en el templo de
8,9?);
graves carestías de trigo (¿“la presente angustia” de 7,26?); y el
control de
los mercados (¿el apuro de los invitados a comer en casas de gentiles
de 10,25-30?).
Hubo
además acontecimientos dentro de la propia iglesia. La ida de
Apolo a Corinto influyó en muchos creyentes (1 Cor 3,5-9): su éxito dio
la
impresión de que era más eficaz que Pablo y se convirtió en causa de
división
(“Yo soy de Apolo”, 1,12; 3,4). Pudo visitar Corinto Cefas/Pedro, cuyo
nombre
funcionó como banderín de enganche para desafectos de Pablo (1,12). Y
es
probable que las disputas de Pablo con Jerusalén y Antioquía llegaran
después a
Corinto, como sugiere 2 Cor 10–13: los misioneros “intrusos” eran quizá
creyentes judíos tradicionalistas envalentonados por el fracaso de
Pablo en su
acercamiento a Jerusalén y Antioquía. Hay aquí mucho de especulativo,
pero es
un valioso recordatorio de que las situaciones de las cartas no eran
estáticas,
sino que estaban en continua mutación: nuevos miembros, cambios en las
redes
sociales, sustitución de la lealtad patrón-cliente por la lealtad a
Jesús como
Señor. Es más importante percibir aquella iglesia tal como nacía, “con
verrugas
y todo”, que llegar a una confianza plena sobre los detalles.
El
mantenimiento de la comunicación con Corinto
Entre los
dos episodios de Hch 19, Lucas incluye la decisión de Pablo
de ir a Jerusalén, pasando por Macedonia y Acaya, y luego a Roma,
enviando a
Timoteo y Erasto a Macedonia mientras él se quedaba en Asia (19,21-22).
En esa
escueta nota resume meses de ambición e indecisión crónica; hay un
sonido de
autenticidad, pues era conocida la vacilación de Pablo respecto a sus
viajes, y
la nota confirma el papel decisivo de sus colaboradores. Pero Lucas no
menciona
la intensa comunicación con Corinto que conocemos por las cartas, que
incluyó:
noticias aportadas por Apolo; una primera carta, la “carta anterior” (1
Cor
5,9), escrita desde Éfeso; informes y mensajeros recibidos en Éfeso (1
Cor
1,11; 16,17); una posible visita de Timoteo; la petición a Apolo de
visitar
Corinto (1 Cor 16,12); la carta 1 Corintios, enviada desde Éfeso y
llevada por
Timoteo; una visita de Tito para organizar la colecta; una dolorosa
visita de
Pablo (2 Cor 2,1); la “carta de lágrimas” (2 Cor 2,4.9; 7,8.12); el
encuentro
con Tito en Macedonia tras un encuentro fallido en Tróade (2 Cor
2,12-13), con
la buena noticia del arrepentimiento corintio (7,6-16); 2 Corintios,
escrita
después de dejar Éfeso; y los planes para un tercer viaje (2 Cor 12,14;
13,1-2), del que resultó la visita en que escribió Romanos. La
correspondencia
con Corinto nos permite conocer una iglesia del siglo I como ningún
otro
escrito cristiano de las primeras centurias.
32.5. Las
cartas a los corintios
Primera
carta de Pablo a los corintios (la carta A)
“Os
escribí en la carta que no os mezclaseis con gente sexualmente
inmoral” (1 Cor 5,9): esto es todo lo que dice Pablo sobre su primera
carta,
designada como carta A. Lo más probable, y la opinión mayoritaria, es
que A se
perdiera realmente, quizá por ser breve y apresurada, relegada tras la
recepción de 1 Corintios. La tesis de John Hurd —que A había provocado
discrepancias y preguntas a las que Pablo respondió en 1 Corintios—
tropieza
con que nada en 1 Corintios favorece la idea de que su enseñanza
anterior
hubiera causado controversia o de que hubiera abandonado parte de su
doctrina;
buena parte del impulso para componer 1 Corintios tuvo que ver con la
cambiante
situación de la iglesia. La palabra que usa Pablo (synanamignysthai,
“mezclarse con”) implica trato regular; la probable inferencia es que
uno o dos
miembros prominentes seguían recurriendo a prostitutas o a compañeras
en
banquetes, sin que nadie los reprendiera (por su posible clase alta).
En 5,9-13
aclara que se refería a creyentes inmorales y amplía la exhortación a
otros
(avaro, idólatra, borracho), recomendando expulsar al “malvado”. La
disipación
sexual de algunos miembros siguió siendo una gran preocupación (1 Cor
5–6).
Segunda
carta: 1 Corintios. Las fuentes de información
1
Corintios puede datarse hacia 53-54. Sus fuentes fueron tres: una
carta de la iglesia de Corinto, cuyos asuntos se señalan con la
locución peri
de (“en cuanto a”); los portadores de esa carta —Estéfanas,
Fortunato y
Acaico (16,17)—, que probablemente aportaron información oral sobre los
escándalos de los caps. 5–6 y los problemas de 11,2-34, y sobre los que
negaban
la resurrección (15,12); y “los de Cloe” (1,11), citados explícitamente
como
fuente sobre las divisiones (1,12). Es interesante que Pablo aborde
primero lo
que ha llegado de oídas a su conocimiento, antes que las cuestiones de
la carta
formal, lo que podría reflejar su preferencia por la información oral y
sugerir
que la iglesia como asamblea era reacia a afrontar los problemas que le
creaban
algunos miembros.
Llamamiento
a evitar las divisiones (1 Cor 1–4)
Tras los
cumplidos iniciales, Pablo pasa enseguida a un llamamiento a
la unidad: que no haya “divisiones (schismata)” y que tengan “un
mismo
pensamiento” (1,10). Como ha argumentado Margaret Mitchell, este
versículo
indica el tema de toda la carta. Los cuatro lemas de 1,12 (“yo soy de
Pablo /
de Apolo / de Cefas / de Cristo”) han suscitado debate sobre si indican
dos o
cuatro grupos. Había partidarios de Pablo (Crispo, Gayo, Estéfanas) y,
a la
vez, críticos suyos (4,3; 9,3). Apolo había ganado admiradores por su
habilidad
retórica, lo que hizo de la comparación Pablo-Apolo un factor
importante. El
lema de Cefas apuntaría a quienes seguían una línea más judía; el de
Cristo, el
más nebuloso, podría ser solo una reacción de quienes desaprobaban las
banderías.
Dos
observaciones aclaran la situación. Primera, no hay que exagerar
las divisiones: Pablo critica el espíritu partidista, no la
existencia
de partidos, trata a Apolo como aliado (3,5-9; 16,12) y, donde aparece
una
perspectiva judía (inmoralidad sexual, idolatría, el papel de la
mujer), adopta
una posición judía tradicional. Detrás de 1 Corintios hay más bien
tensiones y
discrepancias que verdaderos partidos definidos, en buena parte por
oposición a
Pablo y a su enseñanza. Segunda, las tensiones no eran teológicas, sino
esencialmente sociales y éticas; la única cuestión doctrinal tratada
como tal
es la resurrección, que Pablo deja para el final. La búsqueda de un
gnosticismo
precristiano subyacente no se sostiene, pues palabras como
“conocimiento” y
“espiritual” son demasiado frecuentes en la religión y filosofía
antiguas.
Estudios recientes (Welborn, Mitchell) muestran que los términos de
Pablo (schisma, eris, “hinchado”) reflejan los de las
divisiones políticas de las
ciudades-Estado: el verdadero problema es el partidismo, una lucha por
el poder
ligada a la retórica y la posición social, no una controversia
teológica.
Pablo no
se atribuye preparación retórica; su táctica es otra.
Primero, opone a los valores que daban relevancia social la necedad de
la cruz,
medida de una Sabiduría divina que invierte los valores de la sociedad
(1,18-25); la propia iglesia, con su exigua minoría de sabios y
poderosos, lo
demuestra (1,26-31). Segundo, apela a la experiencia de los corintios:
su
predicación los convenció pese a su pobre retórica (2,4-5), y es el
Espíritu el
que permite apreciar la sabiduría de Dios (2,6-16). Tercero, como en
Gálatas,
les recuerda que lo esencial es cómo crecen sobre el fundamento puesto
(3,10-15), y advierte que es posible “destruir” (phtheirein) la
obra de
Dios, que los hizo su templo al darles el Espíritu (3,16-17). Por
último,
contrapone el ideal de riqueza, honores y poder (4,8) y la arrogancia
concomitante al verdadero cuidado paternal con que él los engendró en
Cristo a
través del Evangelio (4,14-17), indicio de un reino y un poder de orden
muy
distinto (4,18-21).
Conflicto
de sistemas de valores (1 Cor 5–6)
Gerd
Theissen llamó la atención sobre la estratificación social de la
iglesia corintia (1,26): las personas nombradas parecen de alta
posición. Un
punto débil de su análisis es suponer que una alta posición implicaba
alta
integración social, cuando la pertenencia a un movimiento religioso
marginal
entrañaba disonancia con esa posición. Los caps. 5–6 plantean un
enigma: ¿cómo
es que los corintios se muestran “arrogantes” (pephysiōmenoi)
ante un
caso de inmoralidad sexual (porneia) que ni los gentiles toleran
(5,1-2), y permiten que un miembro lleve a otro a los tribunales
(6,1.6)? John
Chow ofrece la respuesta más verosímil: el implicado era probablemente
un rico
patrono (uno de los poderosos de 1,26), cuyo prestigio y la dependencia
de él
hacían que la iglesia callara; ofenderlo habría tenido graves
consecuencias
para los recursos y la viabilidad de la comunidad. Pablo dirige su
amonestación
más contra la iglesia que contra el individuo, y espera que la
comunidad
arregle por sí misma la situación.
Igualmente
informativa es la hipótesis patronal sobre la litigación:
en una colonia romana, el recurso a los tribunales era prerrogativa de
las
personas de alta posición. El pleito era un “caso trivial” (6,2),
civil, sobre
“asuntos cotidianos” (biōtika, 6,4), probablemente una herencia,
con el
demandante afirmando haber sido despojado (6,7-8); como el sistema
legal
favorecía a la clase alta, cabe imaginar a un acaudalado patrón
llevando a
juicio a otro creyente. Ambos casos presentan un conflicto de sistemas
de
valores: la conversión a la lealtad a Cristo significaba una completa
ruptura
con los antiguos usos. Recurrir a prostitutas ya no era un “derecho”
(6,12-20),
ni siquiera para los de alta posición; llevar a un hermano a los
tribunales era
inaceptable (6,1-8); y el caso de incesto exigía rigurosa disciplina
(5,3-8.13). La conversión implicaba un cambio de lealtad y una
transformación
moral que imposibilitara la vuelta a prácticas antes aceptables; lo que
la
sociedad toleraba podía corromper, como levadura (5,6-8). El cuerpo es
“el
lugar donde se hace real el compromiso con Cristo”.
Conflicto
entre lo antiguo y lo nuevo (1 Cor 7)
En 7,1
Pablo se ocupa por primera vez de la carta de los corintios,
respondiendo a preguntas sobre matrimonio y divorcio. También aquí los
problemas nacían de la tensión entre las expectativas de la sociedad y
la nueva
lealtad a Cristo: ¿qué significaba esa lealtad para casados, solteros y
casados
con no creyentes? Su consejo es notablemente avanzado: el matrimonio es
una
verdadera sociedad con derechos y obligaciones mutuas (7,3-5), único
contexto
apropiado para la actividad sexual; reconociendo el deseo sexual como
natural,
concluye que casarse es lo adecuado para muchos, aunque no su opción
preferida
(7,8-9). Sobre el divorcio cita la enseñanza de Jesús (7,10-11), pero
la matiza
para los casados con no creyentes (7,12-16). Aquí la nueva asociación
(la iglesia)
se enfrentaba a las convenciones de la antigua (la familia).
Muy
ilustrativa es su declaración de que la respuesta a Dios no exige
necesariamente cambiar la situación física y social: cada uno puede
vivir su
llamada dentro de sus circunstancias (7,17-24); el esclavo puede
aprovechar la
libertad, pero también servir como esclavo, pues la relación con Cristo
relativiza todas las demás. Sobre los prometidos, Pablo revela su
preferencia
—que no se casen (7,25)—, dejando claro que es solo su punto de vista;
lo
principal es que los corintios elijan entre lo socialmente deseable y
la
prioridad de su devoción al Señor, evitando el conflicto entre las
responsabilidades convencionales y la responsabilidad con Cristo,
conflicto más
grave por el poco tiempo que quedaba ante la proximidad de la parusía
(7,26-35). Aun así, anima repetidamente a casarse a quienes crean que
deben
hacerlo (7,28.36.38). A las viudas jóvenes recomienda no volver a
casarse,
aunque son libres de hacerlo “solo en el Señor” (7,39-40). Pablo no
aconseja
“abandonar” el mundo ni el ascetismo, sino afrontar debidamente las
responsabilidades, ofreciendo un modelo de asesoramiento pastoral
sensible.
Conflicto
de derechos (1 Cor 8–10)
La
siguiente cuestión es la eidōlothyta, “carne inmolada a un
ídolo”. Los tres capítulos (8, 9 y 10) están unidos por el tema común
de los derechos:
cuándo ejercerlos y cuándo no, indicado por el uso repetido de exousia
(mejor traducido “derecho” que “libertad”). Pablo pensaba en la
costumbre
social y en el derecho de algunos (ciudadanos romanos) a participar en
banquetes oficiales, celebrados en templos en honor de la familia
imperial o de
los dioses, cuya carne procedía de animales sacrificados. Esto era un
grave
problema para los miembros judíos o muy influidos por el judaísmo, para
quienes
la idolatría era inaceptable. La cuestión era si los de alta posición
podían
sentirse libres de ejercer su derecho a asistir.
No se
trataba de “conocimiento” (gnōsis): Pablo compartía el
saber de que un ídolo no es nada y de que hay un solo Dios (8,4), pero
ese
conocimiento se usaba para justificar el ejercicio de un derecho. Su
respuesta
afirma la fe en Dios sacando otras inferencias (8,5-6): los “llamados
dioses y
señores” del culto imperial no son nada, pero el único Dios digno de
adoración
es el Padre, y el único Señor, Jesús. La conducta de los creyentes debe
estar
determinada por cómo afecta a otros (8,7-13): si algunos consideran el
comer eidōlothyta
una traición a su fe y, viendo a otros hacerlo, actúan contra su
conciencia, se
destruye su fe; obrar así en perjuicio de un hermano por quien Cristo
murió es
una desconsideración hacia Cristo. Los de mejor conocimiento deben
renunciar a
ese derecho por el bien de los demás (8,13).
Como
ejemplo de que la conducta cristiana debe expresarse como
libertad para renunciar a derechos, Pablo expone su propio caso
(cap.
9): como apóstol le corresponden derechos —en especial el de recibir
apoyo
económico (9,4-14)—, de los que no hace uso para no quedar atrapado en
una
relación clientelar y poder hacerse “todo a todos” (9,12-22). Este
autocontrol
es también necesario para no malograr su propia salvación (9,25-27). En
el cap.
10 vuelve a la eidōlothyta: el ejemplo de los israelitas en el
desierto,
que practicaron la idolatría y murieron (10,1-13), es una advertencia.
Pablo
presenta la cuestión de modo radical: participar de la mesa del Señor
es
incompatible con asistir a un banquete dedicado a un ídolo (10,21),
pues
fuerzas malignas están detrás de los ídolos (10,20). Pero matiza que se
refiere
a los banquetes formales de los cultos, no a la relación diaria: si a
un
creyente lo invitan a comer, que acepte sin reparos, pues “del Señor es
la
tierra” (Sal 24,1); solo si alguien advierte que la carne procede de un
templo
debe rechazarla, por el efecto en el otro (10,25-30).
Los
principios son claros: la idolatría debe evitarse con la mayor
firmeza; el compromiso con Jesús como Señor es una lealtad exclusiva
que no
admite lealtades múltiples; puede comerse eidōlothyta sin saber
que lo
es y sin daño para otros, pues la conciencia de un creyente no es
normativa
para otro; lo inaceptable es participar a sabiendas, cuando
puede ser
tropiezo para alguien; más que “mi derecho” cuenta “lo que construye”
(la
comunidad) y el amor al hermano; un factor crítico es si se puede dar
gracias por
lo hecho y si se hace por la gloria de Dios y por el bien de otros.
También
aquí Pablo se ofrece como ejemplo (11,1).
La tensión
entre familia e Iglesia (1 Cor 11,2-16)
A partir
de 11,2 Pablo pasa a las tensiones dentro de la iglesia,
perceptibles en sus reuniones. La tensión de 11,2-16 (y 14,33b-36)
provenía de
reunirse en casas particulares: que un mismo espacio sirviera de hogar
familiar
y de lugar de encuentro era fuente de malestar, porque el arraigado
patriarcalismo se manifestaba en la familia, regida por la patria
potestas.
Cuando esposas o mujeres empezaron a tomar parte activa en el culto
dentro del
hogar dominado por el varón, surgieron tensiones. En Corinto había
mujeres que
profetizaban y oraban con la cabeza descubierta. La respuesta de Pablo
revela
dos preocupaciones mayores. Una son las implicaciones para la jerarquía
masculina: el anēr es cabeza (kephalē) de la gynē
(11,3) e
imagen de Dios, mientras la mujer es reflejo del hombre (11,7);
apoyándose en
el relato de la creación (Gn 2), Pablo usa la teología del orden creado
para
sostener la convención social, aunque las matizaciones de 11,11-12 (“en
el
Señor”) tienden a una relación más equilibrada. La vuelta al asunto en
14,33b-36 parte de la misma premisa: la mujer debe ser “sumisa” (hypotassesthai)
y preguntar a su marido en casa (14,34-35).
La segunda
preocupación es la impresión pública: un hombre no debe
orar con la cabeza cubierta, por ser imagen de Dios, y es inapropiado
que la
mujer ore descubierta (11,4-7). Pero el argumento de más peso es el
lenguaje de
“vergüenza” y “honor” y la apelación a lo “apropiado” y conforme a la
“naturaleza” (11,13-15): Pablo apela a lo que la sociedad consideraba
aceptable. Esto muestra lo poco que veía la nueva realidad social de la
iglesia
como amenaza para las convenciones; su principal preocupación era la
impresión
que sus iglesias causaban. A diferencia de capítulos anteriores, aquí
parece
compartir en buena medida la actitud de los corintios, y solo la
matización “en
el Señor” (11,11) y su abrupta renuncia a seguir discutiendo (11,16)
indican
cierta incomodidad.
Tensiones
entre ricos y pobres (1 Cor 11,17-34)
Mientras
el primer asunto del cap. 11 lo introduce elogiando (“Os
alabo”, 11,2), el segundo lo inicia con lo opuesto: “No os alabo”. La
conducta
en la comida colectiva era más grave: lo que estaba en juego no era
doctrina,
sino la estratificación social de la iglesia y la idea de algunos de
que la
asociación de Jesucristo debía servir para el goce como otras. La
reunión se
había convertido en ocasión de divisiones (schismata, haireseis):
se comportaban en “la Cena del Señor” como en un banquete festivo. Cabe
imaginar al dueño de la casa con sus iguales reclinados en el triclinio
y a los
demás en bancos; o, en una cena eranos, con cada uno comiendo
lo suyo,
de modo que algunos se embriagaban mientras otros pasaban hambre
(11,21).
Algunos llegaban antes y comían, y los esclavos y libertos, retrasados
por sus
obligaciones, hacían “festín” de las sobras.
La
respuesta de Pablo fue incisiva: no podía alabar esa conducta (dura
amonestación para quienes daban importancia a los elogios); la Cena del
Señor
no era para saciar el hambre, que debían satisfacer en sus casas
(11,22.34);
debían esperarse unos a otros (11,33); estaban “humillando a los que no
tienen
nada” (los pobres), cuando habría que honrarlos; y su comportamiento
suponía un
desprecio a la iglesia de Dios. Dos puntos merecen atención: Pablo no
duda en
condenar abiertamente las divisiones y la desconsideración hacia los
pobres
(“por eso hay entre vosotros muchos débiles y enfermos, y algunos han
muerto”,
11,30), con la esperanza de que su severo juicio fuera aleccionador y
condujera
a la salvación; y la centralidad que atribuía al cuerpo y la sangre de
Cristo
compartidos (10,16) como elementos que daban carácter sacramental a la
comida,
cuyo efecto unificador —la unión con Cristo y entre los participantes—
era el
verdadero marcador de identidad.
Tensiones
por la diversidad de carismas (1 Cor 12–14)
Pablo
responde luego a las cuestiones de la carta sobre los pneumatika
(“cosas espirituales”), que él prefiere llamar charismata
(“dones”):
distinción significativa, pues el primer término centra la atención en
la
experiencia del don como fin en sí, y el segundo en su efecto benéfico
en
otros. Recuerda a los corintios que, cuando eran gentiles, se dejaban
“arrastrar hacia ídolos mudos” (12,2), alusión desaprobatoria a pasadas
experiencias de éxtasis. Las divisiones se hacían evidentes en la
estima por
ciertos carismas llamativos, sobre todo el hablar en lenguas, al que
Pablo
dedica casi todo el cap. 14. Había rivalidad entre profetas y,
presumiblemente,
los mismos factores sociales operaban respecto a otros dones: tener
experiencias de inspiración reportaba prestigio y hacía a alguien más
“espiritual”. Algunos juzgaban sus dones más importantes (12,14-26),
con la
consecuencia de que la contribución de otros se despreciaba como
deficiente.
La
respuesta de Pablo es aquí más mesurada. Deja claros sus puntos
mediante el énfasis repetido: los dones son diversos, pero la fuente es
“la
misma” (el mismo Espíritu, Señor, Dios, 12,4-11), de modo que no cabe
gloriarse
de un carisma superior; Dios ha dotado a “cada uno” (12,7.11.18), por
lo que
despreciar a un miembro es despreciar a Dios; y, sobre todo, insiste en
la
unidad (un solo Espíritu, un solo cuerpo, 12,12-13). Adapta el conocido
símil
del Estado como cuerpo (12,14-26), pero lo transforma profundamente: el
cuerpo
de Cristo no amenaza al cuerpo político, pero es un sistema articulado
de modo
diferente, que vincula en pie de igualdad a judíos y griegos, esclavos
y libres
(12,13), donde los miembros se respetan y cuidan, frente al sistema
imperante
orientado a generar poder para una minoría. Pablo concibe la asamblea
como comunidad
carismática, cuyo funcionamiento depende del Espíritu más que de la
categoría social, con una interdependencia mutua en una especie
de
“equilibrio de poderes” (la lengua necesita interpretación, la profecía
discernimiento, etc.), dotada también para organizarse y disciplinarse
a sí
misma (12,28).
A estas
consideraciones debemos el “Himno al amor” (1 Cor 13): el amor
es el “mucho mejor camino”; sin amor, los dones más excelentes no valen
nada
(13,1-3). La descripción del amor (13,4-7) tiene presentes las
censurables
prioridades de algunos corintios: el amor no es “celoso”, no se
vanagloria, no
se exaspera. La aserción final —que todo conocimiento y toda
experiencia de
inspiración (incluida la de Pablo) son incompletos, y que todos ven aún
“como
por medio de un espejo”, enigmáticamente (13,9-12)— es una reprimenda
para
quienes creían tenerlo todo aquí y ahora. En el cap. 14 vuelve a la
enseñanza
práctica, destacando la profecía como el don más deseable por ser el
más
beneficioso para la comunidad. El criterio fundamental es oikodomē
(“edificación”), término que, como señala Winter, Pablo acuñó para la
fe
cristiana. La profecía es superior al hablar en lenguas porque este
habla solo
a Dios y no edifica a nadie (14,2-4), es ininteligible como un
instrumento
desafinado (14,7-12) y no aporta fruto a la mente (14,14-19), mientras
que la
profecía edifica, exhorta y consuela, y puede llevar al no creyente a
confesar
que Dios está en medio de ellos (14,24-25).
Los
corolarios para el culto (14,26-36) son claros: que todo se haga
por la oikodomē; que hablen en lenguas solo dos o tres por
turno,
siempre con interpretación, y que callen si no hay intérprete; que
hablen solo
dos o tres profetas, evaluando los demás; que el profeta se refrene si
otro
recibe una revelación; y que las mujeres de los profetas no intervengan
en la
evaluación cuando profeticen sus maridos, preguntándoles en casa. Pablo
insiste
perentoriamente en que su instrucción es “un mandato del Señor”
(14,37-38),
pero concluye en tono reposado: “anhelad el don de la profecía y no
impidáis
que se hable en lenguas, pero procurad que se haga todo correctamente (euschēmonōs)
y en sucesión ordenada (kata taxin)” (14,39-40). Esta
exhortación final
se ha sacado luego de contexto; Pablo probablemente habría preferido el
relativo desorden del culto corintio al orden reglamentado de tiempos
posteriores.
La
resurrección de Jesús y la resurrección del cuerpo (1 Cor 15)
Pablo deja
para el final una cuestión de doctrina, lo que marca una
diferencia con el valor dado luego a la uniformidad doctrinal. La
aborda como
tema de discusión y exhortación, no de disciplina. Algunos corintios
decían:
“No hay resurrección de los muertos” (15,12), lo que no significaba
negar que
Jesús había resucitado, sino que los muertos resucitarían en la edad
futura.
Subyace el pensamiento griego de que la materia es antitética al
espíritu: el
alma podía salvarse, pero el cuerpo material estaba destinado a
corromperse; el
cuerpo físico no podía resucitar. De ahí las preguntas: “¿Cómo
resucitan los
muertos? ¿Con qué cuerpo?” (15,35). El problema no era la vida tras la
muerte,
sino concebirla como resultado de la resurrección del cuerpo.
Pablo
responde con un cuidadoso razonamiento. Si no hay resurrección,
tampoco resucitó Cristo, y el mensaje sería falso (15,13-19); pero la
resurrección de Cristo demuestra que hay resurrección, nueva
vida “en
Cristo” como hay muerte “en Adán” (15,20-22), siendo Cristo la primicia
de la
cosecha de resucitados (15,23-28). Por eso la esperanza cristiana no se
limita
a esta vida (15,29-34). En cuanto al modo: este cuerpo muere como un
grano de
trigo y “cobra vida” en un cuerpo diferente (15,36-41); el contraste
decisivo
es entre un sōma psychikon y un sōma pneumatikon
(15,44). Aquí se
ve la finura teológica de Pablo, que desarrolla un doble contraste
original:
entre psychē (alma) y pneuma (espíritu) —la existencia
terrena
tiene su integridad como “cuerpo-alma”, mientras la existencia tras la
resurrección es posibilitada por el Espíritu y modelada según Cristo
resucitado—, y entre sarx (carne) y sōma (cuerpo)
—reteniendo en sōma
el sentido hebreo de la persona en su integridad y dando a sarx
una
connotación negativa—. “Cuerpo” no se identifica con “carne”.
Es notable
la actitud conciliatoria de Pablo: no refuta a los
corintios con una negación antitética (no dice que los cuerpos físicos
resucitarán a la vida carnal), sino que reconoce que la “carne y
sangre” no
puede ser el modo de existencia tras la resurrección, sin compartir
tampoco la
antipatía griega hacia la existencia corporal. Conserva el concepto
hebreo de
la integridad de la vida humana e intenta hallar un camino medio entre
los
conceptos griego y hebreo. Por desdicha, la sutileza de su concepción
se les
escapó a sus seguidores: la vuelta a confundir “cuerpo” y “carne”,
transfiriendo los aspectos negativos de la “carne” a la función física
y sexual
del cuerpo, ha sido desastrosa para la tradición cristiana occidental.
En las
cuestiones finales (1 Cor 16), Pablo trata brevemente de la colecta
(16,1-4),
de sus planes de viaje con su típica ambigüedad (16,5-9), de la llegada
de
Timoteo (16,10-11) y del regreso de Apolo, que él favorecía pero que
Apolo
declinaba por el momento (16,12); cierra con recomendaciones, saludos,
un
saludo de su puño y letra y el maranatha, “¡Ven, Señor!”
(16,22).
32.6.
Tercera carta de Pablo a los corintios (la “carta de lágrimas”)
Lo que más
intriga suscita es la carta a la que Pablo se refiere en 2
Cor 2,1-4.9 y 7,8-12: la escribió “con profunda congoja y apretura de
corazón y
con muchas lágrimas”, no para entristecerlos, sino para que conocieran
su amor
desbordante y para someterlos a prueba. No está claro cuándo fue
escrita:
posiblemente Timoteo o Tito llevaron a Éfeso noticias que produjeron en
Pablo
desesperación o cólera, y quizá su regreso le indujo a realizar la
“visita
dolorosa” (2,1) que lo dejó abatido y le hizo escribir la carta.
¿Qué
originó esa angustia? Tampoco hay claridad. Pudo ser más
información sobre el escándalo de 1 Cor 5,1-5, que la comunidad se
negaba a
afrontar; o la continuación de la conducta escandalosa aludida en 1 Cor
5,9; o
una crisis personal, al ser Pablo acusado malévolamente por un
destacado
miembro de engañar y explotar a los corintios, quizá en relación con la
colecta
(2 Cor 12,14-18; 13,1), lo que explicaría su honda angustia. En
cualquier caso,
el episodio confirma que la comunidad estaba lejos de ser una iglesia
“pura”.
La carta parece haber servido a su fin: el causante de la angustia fue
“castigado” (epitimia) por la mayoría (2,6), y la tristeza y
devoción de
los corintios funcionaron como un bálsamo y aseguraron la
reconciliación
(7,6-13). Prescindiendo de su contenido —probablemente una rotunda
reprobación—, lo más probable es que su portador fuera Tito. No creo
que deba
identificarse con 1 Corintios ni que se conservara; dado que su rasgo
más
destacado era la irritación y la tristeza, cabe pensar que nadie creyó
útil
conservarla cuando se restauraron las buenas relaciones.
32.7.
Cuarta carta de Pablo a los corintios (2 Corintios)
El enigma
de 2 Corintios
2
Corintios es potencialmente la más gratificante de las cartas de
Pablo, pero también la más problemática y frustrante. Cualquier vínculo
con 1
Corintios es sorprendentemente escurridizo: hay claras referencias a la
tercera
carta (cuya existencia corroboran), pero ninguna a la mucho más
sustanciosa 1
Corintios, en la que Pablo trató tantos asuntos con tanto cuidado;
cabría
esperar alguna alusión a lo que había dicho o a la reacción que
produjo. El
otro problema es si la carta ha llegado tal como Pablo la escribió: en
su
estado actual se compone de tres partes (caps. 1–7, 8–9 y 10–13)
claramente
desconectadas y de tono muy distinto. La unidad de los caps. 1–7 tiene
de por
sí ese problema, con la apología personal (1,8–2,13; 7,5-16) al parecer
interrumpida por la apología del ministerio (2,14–7,4), a su vez
interpolada
torpemente por 6,14–7,1; y los caps. 8–9 tratan dos veces de la
colecta. No
sorprendentemente, una considerable tradición erudita infiere que 2
Corintios
es una mezcla de cuatro o cinco cartas distintas; los argumentos más
sólidos se
elaboran sobre los caps. 8–9 como cartas independientes y sobre los
caps. 10–13
como la “carta de lágrimas” (escrita antes) o como una quinta carta
(escrita
después).
Esas
hipótesis explican algunos factores desconcertantes, pero
plantean un problema: ¿por qué un editor anónimo eliminaría las
introducciones
y conclusiones de cada carta y mezclaría los cuerpos de manera tan
torpe?, ¿por
qué dar la impresión de que Pablo escribió solo dos cartas?, ¿por qué
no
adaptar mejor los materiales para formar una unidad coherente? Y si
hubo cartas
independientes, lo lógico es que se hubieran copiado y difundido,
dejando
alguna huella textual, de la que no hay nada. No creo que el enigma
pueda
resolverse definitivamente: los datos soportan una variedad de
hipótesis, y lo
frustrante es la renuencia de algunos a admitir que cambios de
circunstancias,
información o estado de ánimo podrían explicar las faltas de conexión.
Mi
sospecha es que el enigma lo causó el propio Pablo. Probablemente
estaba en tránsito cuando escribió. Tras buscar a Tito en Tróade y
hallarlo
finalmente en Macedonia (2,12-13), supo del arrepentimiento de los
corintios
(7,5-16). En vez de ir de inmediato a Corinto, y sabiendo que un
mensajero
viajaba más rápido, decidió escribir. Una conjetura verosímil: en la
primera
parte indicó la crisis de Asia y explicó su vacilación, derivando
extemporáneamente en apología de su ministerio, con varias pullas a los
recién
llegados, antes de expresar su alivio por las noticias de Tito; como
quería que
Tito siguiera promoviendo la colecta, añadió a una exhortación ya medio
escrita
(cap. 8) otra sobre lo mismo (cap. 9); y, finalmente, al recibir nuevas
noticias de los problemas creados por los nuevos misioneros, incluyó un
desahogo final (caps. 10–13), despachando a Tito con la carta sin
tiempo de
pulirla. Aunque tan especulativa como las otras, esta reconstrucción
permite
trabajar con 2 Corintios tal como está. La mayor parte se escribió
probablemente en el otoño del 55.
¿Cuáles
eran los problemas creados por los nuevos misioneros?
La
situación en Corinto era rápidamente cambiante: tras la fundación,
Pablo tuvo que adoptar una actitud severa por una crisis con uno o dos
miembros
destacados; luego aumentaron los problemas por acontecimientos
sociales, dando
origen a 1 Corintios; después recibió noticias de desafección personal
y
acusaciones, a las que respondió en la “carta de lágrimas”; y, en algún
momento, un grupo de misioneros recién llegados criticó su misión,
provocando
su reacción en 2 Cor 10–13. Lo que Pablo dice de ellos no es
desapasionado,
pero da una idea clara. Eran misioneros cristianos —“siervos de
Cristo”,
“apóstoles de Cristo” (11,23.13)— que anunciaban a Jesús y el Espíritu
y venían
con el “evangelio”; Pablo los tiene por “falsos apóstoles”, “siervos de
Satanás” que anunciaban “otro Jesús” y un “evangelio diferente”
(11,4.13-15). Y
eran judíos que presumían de “hebreos”, “israelitas”, “semilla de
Abrahán”
(11,22), con paralelos notables con las críticas de Gálatas y
Filipenses; se
presentaban como “ministros de justicia” (11,15).
Los recién
llegados eran misioneros judíos que se veían como parte de
una contramisión o misión complementaria, destinada a corregir o
completar la
de Pablo. Que no se mencione la circuncisión es insuficiente para
descartarlo:
bastaba un grupo que adaptaba su mensaje a Corinto, relacionado quizá
con la
facción de Cefas/Pedro (1 Cor 1,12), apóstol de la circuncisión, con
quien
habrían encontrado puntos de contacto; pero, habiendo vivido esa
facción en
comunidad con creyentes gentiles incircuncisos, no se habría dejado
convencer
fácilmente de que ahora debieran circuncidarse. Que Pablo nunca
mencione la Ley
(nomos) en 2 Corintios podría reflejar un proceder más sutil que
en
Galacia. Se sirvieron de anteriores críticas a Pablo (sus capacidades
retóricas
poco desarrolladas, 10,10; 11,6; su negativa a aceptar ayuda económica,
11,7-11; 12,13-18) y destacaban su capacidad para “señales, prodigios y
milagros” y sus “visiones y revelaciones” (12,1.11-12) como prueba de
ser
verdaderos apóstoles, conectando con los corintios ávidos de lo
sobrenatural,
como ya había advertido Pablo en 1 Cor 12–14. Dada la desafección
existente,
los nuevos misioneros se presentaban no solo como iguales, sino incluso
como
superiores a Pablo.
Lo que más
intriga es su relación con Jerusalén, ligada a las
referencias a los “superapóstoles” (hyperlian, 11,5; 12,11).
Puesto que
Pablo parece compararse con ellos (“en nada inferior”), mientras se
considera
superior a los recién llegados (“más que ellos”, 11,23), el
calificativo se
aplicaba seguramente a la jerarquía jerosolimitana. Refuerza esto su
rígida
interpretación del acuerdo de Jerusalén sobre la división del trabajo
(Gál
2,7-9) en 2 Cor 10,13-16: él lo entendía en el sentido de que las dos
misiones,
la de la circuncisión y la de la incircuncisión, no debían interferirse
entrando una en territorio de la otra, y eso era precisamente lo que
hacían los
intrusos, con el apoyo tácito de Jerusalén. Usaban “cartas de
recomendación”
(3,1) en las que basar su autoridad, procedentes de iglesias muy
consolidadas o
de figuras eminentes —la iglesia jerosolimitana o los “superapóstoles”
son el
origen más probable—, y presentaban su misión en línea con la mosaica,
como
sugiere que Pablo proceda enseguida a comparar y contrastar su
ministerio con
el de Moisés (3,4-18). La solución más obvia es que se veían como parte
de la
expansión de la misión más tradicionalista a los judíos, favorecida por
Jerusalén, juzgando deficiente la predicación de Pablo y necesitada de
completarse; fueron a Corinto con recomendaciones de iglesias
respetadas,
hicieron despliegue de sus carismas, utilizaron las ideas corintias
sobre la
amistad y el honor y, para desacreditar a Pablo, se aliaron con los
creyentes
más desafectos. 2 Corintios fue, entre otras cosas, su respuesta a esa
amenaza
contra una de sus fundaciones más queridas.
Una
declaración muy personal (2 Cor 1,1–2,13; 7,5-16)
Tras el
saludo, Pablo prescinde de la habitual acción de gracias y
reflexiona sobre el sufrimiento y el consuelo de Dios, entendidos como
compartir los sufrimientos de Cristo (1,3-7), tema provocado por la
crisis de
Asia que lo llevó al borde de la muerte (1,8-11). Pronto emerge su
preocupación
principal: con referencia a críticas anteriores reforzadas por los
recién
llegados, subraya su integridad personal y apela a la mutua estima
(1,12-14).
Una causa de discordia era su vacilación sobre la nueva visita a
Corinto;
replica jugando con el “sí” y el “no”: como el Evangelio no dice “sí” y
“no” a
la vez, tampoco él (1,17-22). La verdadera razón de su ausencia era no
repetir
la dolorosa visita (1,23–2,1); el “castigo” al causante de la desazón
había
sido suficiente (2,6), y era momento de perdonarlo (2,8-11). Recuerda
luego que
la inquietud le impidió quedarse en Tróade pese a las oportunidades,
porque
quería encontrar a Tito (2,12-13). En este punto cambia de discurso
para la
apología de su ministerio, retomando después el recuerdo del alivio que
le
produjo Tito con buenas noticias del arrepentimiento corintio (7,5-16):
su
contrición compensaba a Pablo del sufrimiento anterior y confirmaba la
confianza que él había expresado a Tito.
Apología
de su ministerio (2 Cor 2,14–7,4)
La
apología se compone de una comparación con el ministerio de Moisés
(2,14–4,6), una reflexión sobre la paradoja del poder divino en la
fragilidad
humana (4,7–5,10), el hincapié en que su ministerio le fue encomendado
por Dios
(5,11-21), una reflexión sobre el ministerio desempeñado entre
dificultades
(6,1-10) y un retorno al tema anterior (6,11-13), interrumpido por una
exhortación preexistente (6,14–7,1) antes de completar la transición
(7,2-4).
Estos capítulos contienen algo de la teología paulina más profunda
sobre la
cruz. La digresión comienza con una colección de metáforas: el triunfo
romano
(2,14), donde Pablo se compara con un enemigo derrotado y esclavizado
llevado
en triunfo por Dios; el buen olor (euōdia) sacrificial
(2,15-16); y lo
contrario del vendedor trapacero. La idea de la muerte como parte de su
destino
de apóstol, originada por la crisis de Asia, se convierte en leitmotiv.
Pablo
ataca luego a los nuevos misioneros, que se presentan con cartas
de recomendación; él no las necesitó, pues el efecto de su ministerio
en los
corintios prueba que fue autorizado por Dios (3,1-3). Apela de
inmediato a la
marca dejada por el Espíritu en las vidas de los creyentes. La palabra
clave es
“ministerio” (diakonia) y la cuestión es la “capacidad” (hikanotēs)
para desempeñarlo. Desarrolla un fuerte contraste entre el ministerio
de Moisés
y el suyo, porque los recién llegados se servían en exceso de Moisés
como
precedente. Las antítesis son marcadas: no tinta sino el Espíritu; no
tablas de
piedra sino corazones de carne; antigua alianza frente a nueva alianza;
no de
letra sino de Espíritu; ministerio de muerte frente a ministerio de
vida;
ministerio de condenación frente a ministerio de justificación; gloria
pasajera
frente a gloria incomparable (3,3-11). Su ministerio del Espíritu era
el
cumplimiento de lo profetizado por Jeremías (Jr 31,31-34) y Ezequiel:
la Ley
como “letra” (gramma) no podía “vivificar”, solo señalar la
condenación;
solo el Espíritu vivifica.
Con
audacia, Pablo reinterpreta Éx 34,29-35 sobre el rostro
resplandeciente de Moisés: supone que el resplandor se apagaba, símbolo
del
carácter pasajero de la gloria de la alianza sinaítica, y describe el
velo como
un velo entre el pueblo y la Ley. Al convertirse al Señor (al Espíritu)
se
retira el velo (3,16); eso hicieron los corintios por el ministerio de
Pablo,
reflejando la gloria de Dios en mayor grado (3,18). Era su ministerio
lo que le
impedía desfallecer; no tenía de qué avergonzarse ni necesitaba
tácticas
discutibles (4,1-2). Ve su misión como predicación de Cristo para que
brille
“la luz del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo”
(4,5-6).
El
pensamiento rebota luego a la paradoja de la insuficiencia de los
predicadores. La idea principal es que la fragilidad humana (“vasos de
barro”),
la oposición y la mortalidad no deben distraer de lo más importante
(4,7-12):
hay una sinergia dinámica entre muerte y vida. La muerte y resurrección
de
Jesús muestran cómo funciona: la realidad del morir del hombre pone de
manifiesto que la vida proclamada no es la suya, sino la de Jesús, y es
la
aceptación del sufrimiento como un compartir el de Jesús lo que hace
eficaz la
proclamación de la vida (4,13–5,4). Es la fe en que Dios resucitó a
Jesús la
que da poder a la predicación, con la renovación interior del Espíritu
y su
promesa de transformación en el cuerpo de la resurrección, garantizada
por el
Espíritu ya recibido (5,5). Esto da confianza para el ministerio
presente,
cuestión de fe y no de visión (5,6-9), con la dedicación que exige el
juicio
final de Cristo (5,10). Un nuevo ataque a los misioneros que se
esforzaban en
causar buena impresión (5,11-12): el factor fundamental es el Evangelio
del
amor de Dios manifestado en la muerte de Cristo, que hizo posible vivir
para
los demás (5,14-15) y trajo una “nueva creación” (5,16-17); ser
ministro del
Evangelio es anunciar la reconciliación con Dios lograda “en Cristo”
(5,18-21).
Pablo,
arrebatado por su Evangelio, proclama que la gracia
transformadora puede experimentarse ahora (6,1-2), y de nuevo
contrasta
el camino fácil de los otros misioneros con la realidad de los
verdaderos
ministros: “aflicciones, calamidades, angustia, azotes, cárceles... con
pureza,
entendimiento, paciencia y bondad... con el Espíritu Santo, con amor
sincero”
(6,4-7), aceptando la dialéctica de “honor y deshonor, buena y mala
fama...
morir y vivir... no tener nada y poseerlo todo” (6,8-10). El texto de
6,11-13
parece el último aliento de una apología que fue una intensa catarsis
emotiva.
Quizá antes de retomar el dictado incluyó una breve exhortación
preexistente
sobre la santidad de Israel (6,14–7,1), discordante con su enseñanza
habitual,
que ponía a los corintios ante una elección radical, antes de completar
la
transición (7,2-4).
En
relación con la colecta (2 Cor 8-9)
Dificultades
similares plantean los caps. 8–9. No sería prudente
excluir que el cap. 8 fuera un primer borrador de lo que Pablo quería
decir
tras las noticias de Tito y que, más tarde, escribiera de nuevo (cap.
9) y
decidiera usar ambos borradores; tales hipótesis tienen la ventaja de
no
obligar a postular un revisor posterior que eliminara introducciones y
conclusiones. Que el propio Pablo revisara una carta escrita con cierto
descuido es más creíble. Por tratarse de un tema que requiere
tratamiento detenido,
las ulteriores consideraciones sobre la colecta se posponen.
Enfrentamiento
(2 Cor 10-13)
Hubiese
interrumpido Pablo la composición por descanso o por nueva
información (más verosímil), los caps. 10–13 son la sección final.
Empieza en
tono suave con ironía y pasa a una apología polémica de intensidad más
sostenida que nada anterior, incluida Gálatas. Lo que lo encrespaba era
que los
recién llegados se presentaban como más merecedores de respeto que él y
habían
logrado engañar a los corintios. La palabra clave es “gloriarse”: Pablo
se
siente tan “picado” que cree necesario gloriarse a su vez. Los recién
llegados
despreciaban su autoridad y su persona —“sumiso” de cerca y “atrevido”
de lejos
(10,1), de cartas “graves” pero presencia “pobre” y discurso
“despreciable”
(10,10)—; se recomendaban a sí mismos midiéndose entre ellos (10,12),
rebasando
su área (10,13-16); ponían el acento donde no debían al predicar a
Jesús
(11,4); se presentaban como apóstoles y “ministros de justicia”
(11,13.15) y se
aprovechaban de la generosidad corintia (11,20), despreciando la
táctica de
Pablo de mantenerse a sí mismo; ponían por las nubes su ascendencia
judía
(11,22) y se jactaban de hazañas, visiones y milagros (11,23–12,12); y
acusaban
a Pablo de fraude en la colecta (12,16-18; 13,1).
La
respuesta de Pablo fue vigorosa: los criterios de los recién
llegados eran erróneos, pues actuaban “según la carne” sin entender la
guerra
entre sarx y pneuma (10,2-5); pidió el respeto que los
cristianos
se deben (10,7); se mostró dispuesto a hablar tan resueltamente en
persona como
por carta y reconoció ser inexperto (idiōtēs) en retórica, pero
no en
conocimiento del Evangelio (10,11; 11,6); su autoridad era la de su
misión,
probada por los mismos corintios (10,13-18); seguía siendo motivo de
orgullo no
haber sido una carga económica, expresión de amor y no de menosprecio
(11,7-21); y, en una condena sin paliativos, describe a los intrusos
como
“falsos apóstoles” y “siervos de Satanás” (11,12-15). En su creciente
vehemencia, cede a gloriarse “haciendo el fatuo” (11,16-17), pero con
sus
propias reglas: un catálogo de lo que el mundo consideraría desgracias
—castigos físicos, sufrimientos, peligros, su “preocupación por todas
las
iglesias” y la poco gloriosa huida de Damasco (11,23-33)—, gloriándose
solo de
su debilidad (11,30; 12,5). Al referirse a sus visiones, las matiza de
inmediato con la “espina en la carne” y el reconocimiento de que
importó más la
gracia que lo sostuvo y “el poder de Dios llegado a su pleno efecto en
su
flaqueza” (12,1-10). Una reiteración de su política de no ser gravoso y
la
negación de fraude (12,14-18) se mezclan con el temor de hallarlos
divididos en
su próxima visita (12,20-21), en la que tendrá que imponer disciplina
(13,2-4)
para que obren el bien, y para edificar y no destruir (13,10). La carta
cierra
con la recomendación de perfeccionarse y vivir en paz (13,11) y con la
bendición que llegaría a ser la principal de la liturgia cristiana: “La
gracia
de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión (koinōnia)
del Espíritu Santo sean con todos vosotros” (13,13).
Las
repercusiones
En los
escritos de Pablo no hay prueba firme del resultado de la
carta. Pero podemos deducir que 2 Corintios, pese a todo el temor
expresado,
tuvo buena recepción: el hecho clave es que cuando Pablo fue de nuevo a
Corinto
permaneció allí no menos de tres meses (Hch 20,3), tiempo durante el
cual,
según opinión general, compuso su Carta a los Romanos, empresa que
requería
calma y concentración. La inferencia casi segura es que la carta tuvo
efectos
favorables: los temores de los párrafos finales no se materializaron o
fueron
disipados por una cálida recepción. La efusión de pesar y afecto
derivada de la
“carta de lágrimas” aseguró probablemente que la enérgica protesta de
los caps.
10–13 suscitara una nueva oleada de contrición. Las acusaciones fueron
retiradas,
los corintios aceptaron la política de Pablo de mantenerse a sí mismo,
y los
“falsos apóstoles” fueron expulsados o siguieron su camino. El tiempo
en
Corinto debió de ser uno de los más tranquilos y gratificantes de su
ministerio. Esto no significa que la comunidad se convirtiera luego en
un
modelo ideal de “iglesia del Nuevo Testamento”; pero esa es ya materia
para
otro libro (1 Clemente).
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