El
cristianismo en sus comienzos. Tomo II. Comenzando desde Jerusalén
Octava parte. Apóstol de los gentiles
Capítulo 33. El cierre de un capítulo
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
33.1.
Recorrido final
Como
es habitual en Lucas, el relato del cierre de la fase efesia del
ministerio
paulino deja muchas preguntas sin responder. La primera salida forzada
de Pablo
en unos cuatro años, provocada por los disturbios de Éfeso (Hch
19,23-41),
desencadena el itinerario que conducirá al apóstol hasta Jerusalén y,
definitivamente, a Roma. El viaje a Macedonia descrito en Hch 20,1-2
coincide
con lo referido en 2 Corintios (2,12-13; 7,5-7), aunque Lucas omite
completamente las graves tensiones entre Pablo y la iglesia corintia, y
no hace
ninguna alusión al desasosiego del apóstol reflejado en aquella carta.
En su
habitual estilo sucinto, Lucas simplemente menciona que Pablo "llegó a
Grecia, donde pasó tres meses" (Hch 20,2-3), lo que apunta a lo que
posiblemente sucedió tras la composición de 2 Corintios: que, según lo
anunciado en esa carta, Pablo fue a Corinto en persona. Su silencio
sobre las
múltiples tensiones entre el apóstol y la iglesia corintia le impide
luego
describir lo que fue probablemente, si Pablo se quedó allí tanto
tiempo, una
grata acogida, la feliz disipación de todas o casi todas las sospechas
y la
reconstitución plena de unas relaciones seriamente dañadas.
Lo
más desconcertante de todo es el silencio de Lucas sobre las que
debieron de
ser las dos prioridades de Pablo durante ese tiempo en Corinto: la
composición
de su carta a los cristianos de Roma y las gestiones finales con
respecto a la
colecta y su transporte a Jerusalén. Romanos tuvo que tenerlo ocupado
muchos
días, y la estancia en Corinto le debió de permitir la concentración
que
requería un escrito de esa envergadura. En cuanto a las gestiones
relativas a
la colecta, le demandaron comunicación copiosa con las iglesias
contribuyentes,
organización de traslados y hospitalidad para los correspondientes
delegados y,
por último, preparativos para el viaje a Jerusalén, garantizando la
seguridad
de los fondos reunidos, con la multitud de detalles inevitables. Pero
Lucas no
ofrece la menor indicación de esto. Más que ninguna otra de sus
decisiones al
escribir Hechos, el silencio de Lucas en este caso parece un abandono
de su
responsabilidad como historiador. Porque ambos asuntos eran de
primerísima
importancia para Pablo —la culminación de su trayectoria— y el vacío
que Lucas
deja al respecto resta valor, más que ninguna otra cosa, a su historia
sobre
los comienzos del cristianismo.
La
única indicación que Lucas ha conservado sobre la colecta está en la
lista de
las personas que acompañaron a Pablo en su nuevo viaje a Jerusalén (Hch
20,4):
Sópater de Berea; Aristarco y Segundo de Tesalónica; Gayo de Derbe;
Tíquico y
Trófimo de Asia; y Timoteo. El relato no explica la razón de que Pablo
fuera
acompañado por esas personas. Solo las cartas paulinas nos permiten
deducir que
eran casi con certeza los representantes nombrados por las iglesias
para llevar
la colecta a Jerusalén (1 Cor 16,3; 2 Cor 8,23). Les había sido
encomendada esa
misión en parte por razones de seguridad —la suma de dinero era
importante—,
pero también para expresar en términos personales el sentimiento de
solidaridad
y de endeudamiento espiritual de las iglesias de la diáspora con la
iglesia-madre de Jerusalén (Rom 15,27). Lo notable es que esos
acompañantes
procedían de los principales lugares donde se había desarrollado la
misión de
Pablo: Galacia meridional, Macedonia y Asia. Es la representatividad
del grupo
—el espectro completo de la misión a los gentiles— lo que da la pista
de su
significación: este fue el gran esfuerzo final de Pablo para superar la
desavenencia con Jerusalén y con la misión a los judíos.
Si
continuamos con la narración de Lucas, el siguiente dato de interés es
que
"los judíos" reaparecen como una oposición unida (Hch 20,3). La
existencia de un complot contra Pablo en relación con su plan de viajar
directamente a Jerusalén en barco de peregrinos tiene corroboración en
Rom
15,25, y el cambio de planes en el último minuto —volver por Macedonia
en vez
de embarcar directamente para Siria— era propio de su asendereada
existencia.
Según 20,5, los acompañantes (los delegados) fueron enviados por
delante a
Tróade, quizá para despistar a posibles enemigos o para dejar a Pablo
tiempo de
visitar las iglesias de Macedonia por última vez.
Pablo
se queda en Filipos para celebrar la Pascua (Hch 20,6), que ahora tiene
también, presumiblemente, una adicional significación cristiana. El
tiempo
sorprendentemente largo del viaje de Filipos a Tróade —cinco días
frente a los
dos de 16,11— pudo deberse a vientos adversos. En Tróade, el discurso
nocturno
y el episodio del joven Eutico son recordados con viveza por haber sido
el
propio narrador testigo directo (20,7-12): Pablo no deja de hablar;
abundan las
luces; el joven Eutico, sentado en el alféizar de la ventana, se duerme
y cae
desde un tercer piso; conmoción al darlo por muerto; Pablo toma las
riendas de
la situación con un gesto que evoca hazañas similares de Elías y
Eliseo. La
escena de Tróade ofrece también la primera indicación clara de que los
cristianos habían empezado a reunirse en domingo, con la finalidad de
"partir el pan" —probablemente una comida compartida que incluía el
recuerdo representado de la última cena, es decir, "la cena del
Señor" sobre la que Pablo había escrito muy recientemente a los
corintios.
Los
detalles del itinerario costero son los más realistas de los recuerdos
históricos de Lucas: la opción de Pablo de cruzar a pie la península de
Tróade
mientras los demás navegan de Tróade a Assos (20,13); el avance por la
costa
—Mitilene, Quíos, Samos— hasta Mileto (20,14-15); la llegada, cruzando
Cos,
Rodas y Pátara, hasta Tiro (21,1-3). La misión del Egeo había llegado a
su fin.
Pablo opta por no detenerse en Éfeso, posiblemente porque la anterior
crisis
allí había sido mucho más seria de lo que Lucas da a entender, o
simplemente
para ganar tiempo y llegar a Jerusalén antes de Pentecostés —que sería
el
momento más propicio para ofrecer las primicias de la misión a los
gentiles—.
Dado el peso que Éfeso tenía en la misión paulina, Lucas opta por
consagrar el
fin de la misión del Egeo mediante el discurso de Mileto a los ancianos
efesios. Pablo lo hizo escribiendo su carta a los Romanos.
33.2.
Razones para escribir Romanos
Con
toda la importancia que Pablo daba a la colecta, el fruto más precioso
que
produjo durante los tres meses en Corinto fue su carta a los romanos.
La
escribió siendo huésped de Gayo, cuya casa servía además como lugar de
reunión
de "toda la iglesia de Corinto" (Rom 16,23). Fue también Gayo, o
quizá Febe, mujer que figuraba entre los benefactores de Pablo (Rom
16,1-2),
quien proporcionó o financió la colaboración de Tercio, un hábil
secretario o
amanuense (Rom 16,22), algo especialmente conveniente para una obra de
la
envergadura de Romanos e indicio del cuidado puesto en su composición.
No hay
que suponer que Pablo dedicó un día tras otro de aquel período a la
carta. Lo
que lo retuvo tanto tiempo en Corinto fue más probablemente la tarea de
organizar la colecta y la reunión de los delegados. Pero habría largos
espacios
muertos en ese trabajo organizativo que él aprovechó para dictar,
corregir y
obtener la composición final de la carta.
a)
¿Por qué la carta a Roma?
El
debate sobre las razones por las que Pablo escribió Romanos ha sido
sorprendentemente vivo. La intensidad de la discusión es consecuencia
en parte
de favorecer una explicación excluyendo las otras. Pero en realidad es
fácil
discernir más de un motivo por los que Pablo escribió la carta:
–
Recomendar a Febe (Rom 16,1-2), que sirvió de portadora de la carta y
quizá
también de representante personal de Pablo para la lectura y difusión
de ella
en los varios grupos de Roma, una función para la que Pablo podría
haberla
preparado.
–
Preparar a las comunidades romanas para su planeada visita: ¿cómo podía
el
apóstol de los gentiles no predicar en la capital del Imperio? Esta
visita
había sido contemplada desde hacía mucho tiempo.
–
Solicitar apoyo de las comunidades romanas para su deseada misión en
España
(15,24.28); ambos versículos dan a entender que la visita a Roma iba a
ser solo
de paso, y Pablo expresa su esperanza de encontrar ayuda económica y de
otro
tipo para el viaje.
–
Obtener de los cristianos de Roma apoyo para su inminente visita a
Jerusalén;
Pablo no estaba seguro sobre el resultado de esa visita (15,31), y le
venía
bien contar con el respaldo del centro del Imperio.
–
Aconsejar sobre problemas entre las comunidades romanas, de los que
había
tenido noticias a través de personas que conocía personalmente (caps.
14–15).
–
Ofrecer lo que Bornkamm llamó la "última voluntad y testamento de
Pablo": el apóstol aprovechó la oportunidad para reunir las
percepciones y
conocimientos alcanzados en su trayectoria misionera y formular así una
síntesis de su teología.
Estas
diversas razones no son incompatibles entre sí; Pablo pudo tener varias
en
mente. Lo que necesita ser explicado sobre todo es por qué la carta
tomó la
forma que tiene, por qué entró en tanto detalle y por qué está tan
dominada por
el deseo de que los creyentes judíos y gentiles se reconozcan y
respeten
mutuamente como iguales receptores del Evangelio. Casi ninguna de las
razones
apuntadas, tomada individualmente, explica por qué el Evangelio fue
objeto de
una exposición tan dilatada. La mejor explicación es que Pablo, en la
relativa
calma de Corinto y desde la perspectiva de haber concluido su misión en
el
Egeo, encontró por fin el tiempo para poner por escrito —con la
compleción
expositiva que las continuas tribulaciones habían impedido— su
reflexión madura
sobre el aspecto más polémico de su vida misionera: que la Buena
Noticia de
Jesús el Mesías es para todos los que creen.
Lo
que está claro por el texto mismo de Romanos es que Pablo se veía al
final de
los períodos más activos, excitantes y fructíferos de su misión. Había
"completado la predicación del Evangelio de Cristo desde Jerusalén
hasta
el Ilírico" (15,19): esto implica que tenía una estrategia de gran
misión,
que estaba convencido de haber completado una parte importante de su
tarea y
que sentía que debía pasar a la siguiente etapa, movido por la
impresión
continua de andar corto de tiempo. Ya no tenía "campo de acción" (topos)
en esas regiones del Egeo (15,23): daba por terminada su propia labor,
dejando
a los creyentes locales la ulterior difusión. En esas circunstancias, y
dada la
relativa calma de sus pocas semanas en Corinto, Pablo concluyó que era
tiempo
de someter a examen lo que había sido su propia misión: reflexionar
sobre su
carácter y las tensiones y disensiones que había ocasionado, sobre lo
que había
demostrado ser más importante en el Evangelio predicado, sobre lo que
necesitaba ser considerado cuidadosamente y puesto por escrito.
b)
Las comunidades de Roma
¿Hasta
qué punto conocía Pablo la metrópoli de Roma y las circunstancias de
aquellos a
los que dirigió la carta? Obviamente, sabía que Roma era la capital del
Imperio, cuyo poder había conocido en centros como Filipos, Tesalónica
y Éfeso.
A los residentes en Roma que él conocía personalmente los había visto
en otra
parte durante sus viajes, y de ellos, y de otros que antes habían
vivido
también en Roma, debía de haber aprendido muchas cosas sobre la Urbe.
Casi
indudablemente sabía que en Roma residía un gran número de judíos,
algunos
descendientes de los llevados allí como esclavos por Pompeyo en 62 a.C.
(Filón, Leg., 155). La expulsión de muchos judíos de Roma por
el edicto de
Claudio era todavía un recuerdo reciente y había hecho posible la
duradera
amistad de Pablo con Prisca y Áquila (Hch 18,1-3). Varios de aquellos a
los que
él conocía personalmente y a los que saludó —Andrónico, Junia y
Herodión— eran
judíos (16,7.11: syngenēs, "compatriota, pariente"). Conocía
también a los jefes de varias iglesias domésticas de Roma (16,3-15), y
sobre
todo a Andrónico y Junia, con quienes había pasado algún tiempo en
prisión
(16,7). La descripción de estos dos como "ilustres entre los apóstoles
que
llegaron antes que yo a Cristo" es de gran significación: dado que para
Pablo el título de apóstol equivalía a fundador de iglesias, los sitúa
entre
los primeros en llevar el Evangelio a Roma y los considera fundadores
de una o
más comunidades romanas. Los únicos vinculados directamente a Roma como
"apóstoles" en el Nuevo Testamento son precisamente Andrónico y
Junia.
Pablo
debía saber que el Evangelio de Jesús el Mesías había llegado a Roma en
el
contexto de las sinagogas judías, y que los disturbios provocados por
la
predicación de Cristo —la confusión de "Cresto" referida por
Suetonio— habían desembocado en el edicto de expulsión de Claudio, que
afectó
principalmente a los judíos que se habían mostrado más activos en la
difusión
del mensaje, entre ellos Áquila y Prisca. El retorno de esos
judeocristianos
tras la muerte de Claudio (54 d.C.) explicaría la situación de fricción
descrita en Rom 14,1–15,6: durante su ausencia, la dirección de algunas
iglesias domésticas había pasado a creyentes gentiles, que ahora debían
ser
exhortados a acoger de vuelta a los hermanos judíos y a respetar sus
sensibilidades tradicionales.
Además,
gracias a los contactos continuos entre Roma y Corinto, Pablo tendría
regularmente noticias sobre las condiciones políticas y sociales de los
creyentes en Roma. De esa fuente debía de proceder su conocimiento de
la
vulnerabilidad de los pequeños grupos (12,14-21: cómo comportarse
frente a la
persecución y el agravio) y de la importancia de respetar a las
autoridades
civiles (13,1-7). El sorprendente consejo sobre los impuestos (13,7)
podría
reflejar una situación concreta: las persistentes quejas en Roma, en
torno al
año 58, sobre la imposición indirecta (vectigalia), que hace
probable
que dos años antes la tributación fuera ya un asunto sensible para los
comerciantes judíos y cristianos.
Zonas de Roma con mayor presencia judía.
33.3.
La carta de Pablo a Roma
a)
El asunto principal de la carta
El
tema central de Romanos queda expresado desde los primeros versículos.
En Rom
1,1-5, Pablo ofrece una declaración credal que funciona como tarjeta de
visita
y como acreditación de su buena fe, pero que sirve también —y esto es
lo que
merece ser subrayado— como declaración del evangelio paulino en sus dos
elementos constitutivos: el carácter plenamente judío del Evangelio
(Jesús es
el Mesías real, "semilla de David", prometido por los profetas de
Israel) y su destinación universal (ese mismo Evangelio es la Buena
Nueva que
Pablo ha recibido el encargo de llevar "a todas las naciones", entre
las que se cuentan los romanos destinatarios de la carta, 1,6). Los
versículos
programáticos de 1,16-17 condensan esa doble declaración en una
afirmación que
sería reconocida por todos como su enunciado temático: el Evangelio es
"fuerza de Dios para la salvación de todos los que creen, del judío
primero pero también del gentil", porque en él se revela la "justicia
de Dios de fe en fe", según la palabra de Habacuc: "El justo vivirá
por la fe".
La
"justicia de Dios" (dikaiosynē theou) es el concepto eje de la
carta. Procede enteramente de la visión israelita: expresa el
cumplimiento por
Dios de la obligación aceptada al crear y elegir a su pueblo, la
fidelidad de
Dios a su compromiso pactual. Nadie que conociese las Escrituras podía
dejar de
reconocer en esta expresión el tema principal de la teología de Israel
respecto
a cómo se relaciona Dios con su creación y su pueblo elegido. Que esa
justicia
salvífica sea revelada "por el Evangelio", que es "fuerza de
Dios para la salvación", indica que el Evangelio de Jesucristo es la
manifestación definitiva de lo que Dios siempre había prometido a
Israel. Y que
sea accesible mediante la fe, no mediante las obras de la Ley,
es la
afirmación más polémica de Pablo, sustentada por la cita de Hab 2,4.
El
tema dominante —que el Evangelio es para todos los que creen,
judíos y
gentiles— no responde a un universalismo ingenuo, sino a la convicción
específica de que la barrera entre judío y griego ha sido superada en
Cristo.
El "todos" que Pablo tenía en mente es el "todos" que
derriba la distinción entre judíos y gentiles, entre los que tienen la
Ley y
los que no la tienen. Tanto el análisis de la situación humana (caps.
1–3) como
el ejemplo de Abrahán (cap. 4), la historia cósmica de la salvación
(caps. 5–8)
y la reflexión sobre el destino de Israel (caps. 9–11) apuntan a ese
"todos": el "todos" que incluye por igual al judío que al
griego.
b)
La grave situación de la humanidad: el judío lo mismo que el gentil
(Rom
1,18–3,20)
Rom
1,18-32: la humanidad sin el Evangelio
Como
buena noticia para todos, Pablo empieza dando a conocer su visión de la
situación de la humanidad sin esa buena nueva y aparte de la fe. Es una
imagen
sombría, de impiedad e injusticia (adikia), fruto de haber
suprimido la
verdad de Dios (1,18-20): la resistencia a aceptar la condición de
criaturas
del Creador, la rebeldía a reconocer la dependencia de Dios, la
equivocada idea
de ser suficientemente sabios para vivir la vida desplegando todas las
propias
capacidades. Pablo tiene en mente a la humanidad en conjunto, pero
formula la
acusación en los términos familiares de la polémica judía contra las
naciones y
del desdén de los judíos hacia ellas. Se centra en los dos pecados que
concentraban la condena más rotunda en las Escrituras de Israel: la
idolatría
("cambiaron la gloria del Dios incorruptible por representaciones en
forma
de hombre corruptible, de aves, cuadrúpedos y reptiles", 1,23.25) y la
licencia sexual, que Israel asociaba tan frecuentemente con la
idolatría
(1,24.26-27, con referencia explícita a prácticas homosexuales
femeninas y
masculinas). A estos pecados añade el catálogo de los que documentan la
clase
de sociedad disfuncional creada por mentes que han renunciado a la
relación con
Dios: envidia, homicidio, rivalidad, engaño, rencor, y muchos más
(1,28-31). La
consecuencia —característica de la cosmovisión judía— es la "ira" (orgē)
de Dios: no el destino o las decisiones arbitrarias de los dioses, sino
el
castigo deliberado del Dios justo sobre quienes han rechazado su verdad.
Rom
2,1-29: el judío también está incluido en la acusación
El
gran golpe retórico del capítulo 2 consiste en que el interlocutor
imaginario
que había asentido satisfecho a la condena anterior resulta ser el
propio
"judío". Pablo finge dirigirse a alguien de su público que aplaudía
esa condena radical de la impiedad humana (2,1), pero que en realidad
comparte
los pecados que condena. El interlocutor es casi con certeza un judío,
identificación que se hace aún más clara cuando el diálogo refleja
ideas
típicamente judías sobre la relación preferente de Israel con Dios: no
que los
judíos nieguen sus fallos, sino que consideran que su desobediencia no
merece
la misma punición divina que los pecados de los gentiles (2,3).
La
respuesta de Pablo es contundente. Desdeñar la bondad y clemencia de
Dios sin
dejarse llevar al arrepentimiento (2,4-5) es no reconocer la
imparcialidad
divina, que las mismas Escrituras de Israel presentan como la cualidad
más
fundamental de Dios como juez (2,6.11). En el juicio final obtendrán
gloria y
honor todos los que hicieron el bien, el judío primero pero
también el
gentil (2,7.10); la cólera y la angustia serán el pago de todos
los que
hicieron el mal, el judío primero pero también el gentil (2,8-9). El
tema
dominante es "todos" como superación de la distinción entre judío y
gentil: los judíos son "primeros" tanto para el premio como para el
castigo.
En
la segunda parte del capítulo, Pablo pone al descubierto plenamente la
identidad del interlocutor: "Tú te dices judío" (2,17). Pero
simplemente "tener la Ley" no da ventaja alguna: la Ley no define
solo quiénes son judíos frente a gentiles; la Ley es también una
llamada a la
responsabilidad. Los judíos infringen los mandamientos (2,21-24) y la
circuncisión, signo de la elección, solo beneficia a quienes realmente
practican la Ley (2,25). Los incircuncisos que observan la Ley son más
del
agrado de Dios que los circuncisos que la infringen (2,27). Como los
maestros
de Israel venían insistiendo, lo que le importa a Dios es la
circuncisión del
corazón, no la circuncisión externa de la carne (2,28-29).
Rom
3,1-20: todos bajo el pecado
Pablo
reconoce que su firme inclusión del "judío" en su acusación sobre el
pecado de la humanidad puede parecer extraña y provocar la pregunta:
"¿Cuál es, entonces, la ventaja del judío?" (3,1). Por ahora puede
solo matizar y no todavía dar la respuesta completa (que llegará en los
caps.
9–11): subraya que Israel fue favorecido por Dios (3,2), que la
infidelidad de
Israel no ha alterado la fidelidad pactal de Dios a Israel (3,3-5) y
que la
justicia de Dios incluye el ejercicio punitivo de esa justicia contra
el pecado
(3,5-6). El resultado de la acusación es que judíos y griegos aparecen
juntos
como "todos bajo el pecado" (3,9). Una cadena de citas bíblicas
(3,10-18) confirma que toda boca debe enmudecer y que todo el mundo se
reconozca reo ante Dios (3,19). La declaración final —nadie será
justificado
ante Dios "por las obras de la Ley" (3,19-20)— no apunta a la
obediencia en general, sino a la obediencia a la Ley entendida como la
práctica
que distinguía al judío del gentil "pecador": esas obras de la Ley no
eximen del juicio, porque la Ley no hace sino dar a conocer el pecado.
c)
La solución del Evangelio para la grave situación de la humanidad (Rom
3,21–5,11)
Rom
3,21-31: la justicia de Dios aparte de la Ley
Habiendo
expuesto la situación de la humanidad, Pablo vuelve a su asunto
principal
(1,16-17): la justicia de Dios, atestiguada por la Torá y los profetas
pero
ahora revelada "aparte de la Ley" (3,21). Esta es la justicia de Dios
"mediante la fe en Jesucristo para todos los que creen" (3,22), pues
todos pecaron y están privados de la gloria de Dios (3,23). La
redención se
realiza a través de la muerte de Jesús en la cruz, presentada con el
lenguaje
del culto israelita: Dios proporcionó a Jesús como medio de expiación (hilastērion),
en clara alusión al Día de la Expiación (3,25), para así mostrar su
justicia
remitiendo los pecados anteriores y justificando a quienes creen en
Jesús
(3,25-26). La consecuencia teológica es que no hay lugar para la
"jactancia" (3,27), sea la del mérito personal o la del privilegio
étnico, porque la justificación es "por la fe, aparte de las obras de
la
Ley" (3,28). El fundamento de esta afirmación es el monoteísmo: "Dios
es uno solo" (Dt 6,4), es decir, es Dios de todas las naciones, y trata
a
todos por igual "en virtud de la fe" (3,29-30). Pablo añade que la fe
no anula la Ley sino que la establece (3,31): solo a través de la fe
puede la
Ley ser cumplida efectivamente, porque lo que Dios pide primero y ante
todo es
la confianza en él.
Rom
4,1-25: Abrahán, padre de todos los creyentes
Pablo
recurre a Abrahán como caso de prueba apropiado. Toda persona
conocedora de la
tradición de Israel sabía que Abrahán era considerado el arquetipo del
prosélito y del judío devoto. El texto clave es Gn 15,6: "Abrahán creyó
en
Dios, y le fue contado como justicia" (4,3). La exégesis paulina es
cuidadosa y convincente. El "contar" de Gn 15,6 hay que entenderlo
como la toma en cuenta de un favor, no de una deuda (4,4): es una
llamada a
Israel para que reconozca que su elección por Dios fue un acto de pura
gracia.
Además, ese "contar" tiene lugar en la historia de Abrahán antes de
su circuncisión (Gn 17) y antes del sacrificio de Isaac (Gn 22).
Abrahán
ejemplifica al que es tenido por justo por la fe y aparte de la Ley; en
consecuencia, es padre de todos los creyentes, no solo de los
circuncisos,
también de los incircuncisos (4,9-12). La promesa a Abrahán no fue
consecuencia
de lo que luego hizo, sino simplemente de su fe; de ahí que presentar
el
cumplimiento de la promesa como dependiente de observar la Ley sea
invalidar la
fe y anular la promesa (4,13-14).
La
descripción de la fe de Abrahán en 4,17-21 es una de las exposiciones
más
profundas del Nuevo Testamento: era la confianza en Dios como el "que
da
vida a los muertos y llama a las cosas que no existen a la existencia"
(4,17). El poder es enteramente de Dios; la participación humana es la
de los
muertos y los no existentes. En el caso de Abrahán, el equivalente fue
dar vida
al vientre de Sara mucho después de que ambos hubieran pasado la edad
de
procrear: solo un fiat de Dios podía hacer que se cumpliera la
promesa.
Por eso la fe no podía ser más que pura confianza. Esa fe —y no su
fidelidad
subsiguiente— fue la que le fue contada como justicia (4,22; Gn 15,6).
Y esa
misma fe en el Dios "que resucitó a Jesús nuestro Señor de entre los
muertos" (4,24) justifica al creyente.
Rom
5,1-11: la seguridad de la salvación
Las
implicaciones del evangelio: habiendo recibido de la fe nuestra
justificación,
estamos en paz con Dios a través de nuestro Señor Jesucristo (5,1).
Pablo no se
detiene en la maravilla de la aceptación por Dios mediante la fe, sino
que pasa
a considerar las implicaciones prácticas de esa aceptación. Se regocija
del
privilegio de tener acceso a la presencia misma de Dios (5,1-2). Pero,
como es
típico en Pablo, no pasa por alto la realidad del sufrimiento; al
contrario,
señala cómo las tribulaciones forman el carácter y avanzan el proceso
de
salvación: tribulación produce constancia, la constancia virtud, la
virtud
esperanza (5,3-4). Y, de nuevo, la experiencia del Espíritu —el amor de
Dios
"derramado en nuestros corazones"— da una base segura para la
esperanza (5,5). La maravilla del evangelio arranca de Pablo un himno
de
alabanza al Dios que lo hizo todo por amor a los débiles, a los impíos,
a los
pecadores y a los mismos que le son hostiles (5,6-10). El resumen del
proceso
de salvación —de la justificación y reconciliación a la salvación
escatológica—
garantiza la seguridad del creyente ante el juicio final.
d)
La historia de la salvación en sus dimensiones cósmicas (Rom 5,12–8,39)
Pablo
inicia una segunda narración de la historia del Evangelio, esta vez a
escala
cósmica. Los actores principales ya no son el judío y el gentil, sino
poderes
que afectan ineluctablemente a la experiencia humana: el pecado y la
muerte, la
carne, la Ley y el Espíritu. La primera narración se centró en la
dimensión
social y horizontal del Evangelio; la segunda cambia de foco hacia los
poderes
cósmicos personificados del pecado y la muerte, que son poderes ante
los que
todos los seres humanos deben doblar la rodilla.
Rom
5,12-21: Adán y Cristo
La
entrada del pecado y la muerte en la experiencia humana se atribuye a
la figura
de Adán, a través del cual llegaron a ejercer su dominio sobre toda la
humanidad (5,12-14). La Ley, introducida entre Adán y Cristo, definió
el pecado
y multiplicó las transgresiones, pero no ofreció respuesta al poder del
pecado;
al contrario, el poder del pecado la instrumentalizó para aumentar su
dominio
(5,20). La novedad del Evangelio es que Pablo puede afirmar que Cristo
desempeña un papel equivalente y contrapuesto al de Adán: así como por
Adán
vinieron la condenación y la muerte para todos, por Cristo vienen la
justificación y la vida para todos (5,15-19). La gracia sobrepasó a la
infracción, la justicia arrolló al pecado. Esta es una afirmación
teológica
asombrosa: que un hombre que había vivido en la tierra de Israel menos
de
treinta años antes resume en sí toda la humanidad y revierte su
destino, del
mismo modo que Adán —la figura representativa de toda la humanidad—
había dado
comienzo al poder del pecado y de la muerte.
Rom
6,1-23: el pecado
La
pregunta retórica de 6,1 —"¿Deberemos permanecer en el pecado para que
la
gracia se multiplique?"— permite a Pablo exponer la lógica del bautismo
en
Cristo. Los bautizados han muerto con Cristo y viven para él: la muerte
de
Jesús significa que está más allá del poder del pecado, y su
resurrección
significa que está más allá del poder de la muerte (6,7-10). Por eso
quienes
han unido sus vidas a la de Jesús se han unido a él en su muerte. El
pleno
equivalente de la resurrección está aún por llegar (6,5), pero el poder
transformador de la resurrección de Cristo actúa ya en el creyente. El
indicativo —lo que ya ha sucedido— fundamenta el imperativo: los
creyentes
deben negarse conscientemente al pecado y consagrar todos sus miembros
al
servicio de Dios (6,11-23), no como obediencia a la Ley, sino como
respuesta a
quien está "bajo la gracia".
Rom
7,1-25: la Ley
La
muerte de Cristo ha liberado a los que estaban sujetos a la Ley para
unirse a
él (7,1-4). Esto posibilita la exposición de la paradójica relación
entre la
Ley y el pecado. La Ley es santa, justa y buena (7,12): no es el
problema. El
problema es que el pecado la ha instrumentalizado, aprovechando el
mandamiento
para suscitar la codicia (7,7-8), convirtiendo así lo que debería haber
sido
camino de vida en ocasión de muerte (7,9-11). El resultado es la
persona
dividida: la mente quiere el bien que la Ley señala, pero la carne,
dominada
por el pecado, hace el mal (7,14-20). Y la propia Ley está dividida:
como
"Ley de Dios" es santa y buena; como "ley del pecado", es
el señuelo que este utiliza para aumentar la esclavitud de la persona
(7,21-23).
El grito desesperado "¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a
la
muerte?" (7,24) es retórico: Pablo sabe que la respuesta ha sido dada
ya
en Cristo.
Rom
8,1-39: el Espíritu
El
Espíritu Santo entra en escena como el gran protagonista que resuelve
la
complejidad acumulada. El Hijo de Dios afrontó el problema de la carne
viniendo
"en semejanza de carne del pecado" y condenó el pecado en la carne
(8,3): los unidos a Cristo pueden experimentar la liberación de los
impulsos
negativos de la carne. El Espíritu ha triunfado sobre el poder del
pecado y de
la muerte, liberando la Ley de la manipulación a la que la tenían
sometida, de
modo que los que viven según el Espíritu pueden ahora cumplir lo que
realmente
demanda la Ley (8,4-6).
La
filiación divina es el núcleo de la nueva situación: el Espíritu de
adopción
hace posible clamar "¡Abba! ¡Padre!" (8,15-16), compartiendo la
condición de hijo de Dios que tiene el propio Cristo. Este privilegio
no exime
del sufrimiento; al contrario, la condición de hijo implica compartir
el
sufrimiento de Cristo como preparación para la gloria (8,17). La
dimensión
cósmica de la esperanza: toda la creación, que comparte la
"futilidad" de los hombres como consecuencia de la desobediencia
humana, aguarda con gemidos la "revelación de los hijos de Dios"
(8,19-22). El Espíritu ayuda en la debilidad del creyente,
intercediendo con
gemidos inefables (8,26-27) y asegurando que el designio de Dios de
restablecer
el orden creado siga adelante (8,28-30). La doxología final (8,31-39)
afirma
con plena confianza que nada en toda la creación puede separar al
creyente del
amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.
e)
La situación de Israel (Rom 9–11)
Con
los capítulos 9–11, Pablo afronta la tercera narración de la historia
del
Evangelio, ahora desde la perspectiva de Israel. La pregunta que lo
impulsa es
dolorosa: si los bienes del Evangelio son los bienes de Israel —si la
justicia
salvífica de Dios proviene enteramente de la historia de Israel, si el
Mesías
es el hijo de David prometido por las Escrituras—, ¿cómo explicar que
Israel no
haya reconocido a su propio Mesías? La respuesta requiere mantener
unidas dos
afirmaciones que pueden parecer contradictorias: que los bienes del
Evangelio
(para todos) son los bienes de Israel, y que esos bienes siguen siendo
de
Israel. Es el "enigma" que Pablo aborda con gran cuidado y que no
puede haber resuelto sin un prolongado esfuerzo de pensamiento.
Rom
9,1-29: la elección divina
Pablo
abre esta sección con un testimonio personal de angustia: desearía ser
él mismo
"anatema" con tal de que sus hermanos israelitas alcanzasen la
salvación (9,1-3). Luego reafirma sin fisuras que los bienes de Israel
siguen
siendo de Israel: la adopción, la gloria, las alianzas, la legislación,
el
culto, las promesas, los patriarcas y —sobre todo— el Mesías "según la
carne" (9,4-5). Ahora bien, ser de Israel no puede definirse por la
identidad étnica: la historia de Abrahán muestra que la elección divina
—no la
descendencia física— determina quiénes son el verdadero Israel
(9,6-13). Frente
a la aparente arbitrariedad de la elección, Pablo afirma tres puntos:
la
soberanía absoluta del Dios Creador (el alfarero puede hacer lo que
quiera con
el barro, 9,19-21); la centralidad de la misericordia divina como lo
que mejor
caracteriza la actitud de Dios hacia la humanidad ("Tendré misericordia
de
quien yo tenga misericordia", Éx 33,19; Rom 9,15-16); y el giro
providencial por el que el "lado oscuro" de la elección —el
endurecimiento de una parte de Israel— abre el camino a la llamada de
los
gentiles (9,22-26).
Rom
9,30–10,21: el fallo de Israel
El
diagnóstico es preciso: Israel buscaba la justicia "como si dependiera
de
obras" (9,32), tropezando con Cristo como piedra de escándalo (9,33).
Los
gentiles, en cambio, alcanzaron la justicia porque respondieron con fe
al
Evangelio. La causa profunda del error de Israel es que intentó
establecer su
propia justicia —exclusiva, étnica, delimitada por las obras de la Ley—
sin
reconocer que Cristo es el telos (fin/meta) de la Ley en orden
a la
justicia para todos los que creen (10,4). Pablo alaba el "celo por
Dios" de Israel (10,2), pero ese celo carecía del conocimiento
necesario:
desconocía que la justicia de Dios revelada en Cristo es accesible por
la fe y
no por las obras de la Ley. El Evangelio predicado por Pablo y otros
apóstoles
—"la palabra de la fe" — es la plenitud a la que apuntaba la promesa
deuteronómica de que la Palabra está cerca, en la boca y en el corazón
(Dt
30,12-14; Rom 10,8-10). Israel la oyó, pero no respondió; fue "un
pueblo
desobediente y obstinado" (Is 65,2; Rom 10,21).
Rom
11,1-36: el misterio y la esperanza de Israel
Pablo
descarta que Dios haya repudiado a su pueblo, apoyándose en el "resto
elegido por gracia" (11,5) y en su propio caso como israelita creyente
(11,1). El endurecimiento de la mayoría de Israel es una fase del plan
divino,
no su conclusión: el fallo de Israel posibilitó la salvación de los
gentiles, y
la salvación de los gentiles ha de provocar los celos de Israel y
conducir a su
restauración (11,11-12). La imagen del olivo cultivado (11,17-24) sirve
para
advertir a los creyentes gentiles de no engreírse frente a Israel:
ellos han
sido injertados en el olivo de Israel, no al revés, y pueden ser
desgajados si
fallan en la fe (11,19-21). La imparcialidad de Dios se aplica a todos
por
igual (11,22).
El
"misterio" que Pablo revela cierra el argumento: "El
endurecimiento que le ha sobrevenido a una parte de Israel durará hasta
que se
convierta el conjunto de los gentiles; entonces, todo Israel se
salvará"
(11,25-26). Pablo mantiene aquí el doble sentido de "Israel": el
Israel étnico que está experimentando el lado oscuro del plan divino, y
el
Israel de la llamada de Dios que incluye a los gentiles injertados. La
esperanza de Pablo se apoya en último término en la misericordia de
Dios: la
experiencia de Israel es el paradigma del plan salvífico de Dios para
todos,
que consiste en amortiguar la desobediencia humana y limitarla "a fin
de
que haya misericordia para todos" (11,31-32). La doxología que cierra
el
capítulo reconoce la insondabilidad de los juicios y caminos de Dios,
de quien,
por quien y para quien son todas las cosas (11,33-36).
f)
Cómo debía concretarse la Buena Noticia en las comunidades romanas (Rom
12,1–15,13)
Tras
las tres narraciones teológicas, Pablo pasa a las implicaciones
prácticas del
Evangelio para las comunidades romanas. La exhortación inicial —ofrecer
los
propios cuerpos como "sacrificio vivo" (12,1-2)— señala la
superioridad del Evangelio sobre la Ley: el culto apropiado ya no
consiste en
llevar animales al altar, sino en consagrar las relaciones sociales al
servicio
de Dios. La renovación de la mente por el Espíritu dará a los creyentes
una
percepción de la voluntad de Dios mejor que la obtenida mediante la
Torá.
Rom
12,3–13,14
Que
Pablo hubiera redefinido Israel para dar cabida a los creyentes
gentiles no
debía dar lugar a una nueva jactancia de superioridad (12,3). Los
creyentes
forman "un solo cuerpo en Cristo" (12,4-5), cuyos miembros deben
ejercer sus carismas por el bien del conjunto (12,6-8). La cabecera de
toda la
ética comunitaria es el amor sin fingimiento (12,9), que se despliega
en formas
concretas: respeto mutuo, ardor en el Espíritu, constancia en la
aflicción,
hospitalidad, compartir las alegrías y penas ajenas (12,10-13), vivir
en
armonía, no engreírse, no vengarse, vencer el mal con el bien
(12,14-21). La
enseñanza de Jesús sobre cómo responder a la persecución y el agravio
informaba
en gran parte estos consejos: Pablo la integra en la sabiduría judía
acumulada
de la diáspora, no como algo separado de ella.
El
respeto a las autoridades civiles (13,1-7) no es una actitud proactiva
de apoyo
al sistema, sino una forma de quietismo político que permite a los
creyentes
centrarse en su responsabilidad principal: construir el cuerpo de
Cristo y
vivir el mensaje del Hijo de Dios sin atraer innecesariamente la
atención de
los informantes. El consejo sobre el pago de los impuestos (13,6-7)
podría
reflejar la situación concreta de los creyentes romanos, tentados a
evadir los
impuestos indirectos que les parecían injustos. El clímax de toda la
sección
parenética es el mandamiento del amor al prójimo (13,8-10), presentado
como la
suma y cumplimiento de toda la Ley, y el recordatorio escatológico de
que el
momento de la salvación final está más cerca de lo que se piensa
(13,11-14).
Rom
14,1–15,6: fuertes y débiles
El
problema concreto de Roma enfrenta a los "débiles en la fe"
—creyentes judíos que mantienen las leyes de pureza alimentaria y la
observancia del sábado, marcas de identidad profundas selladas con la
sangre de
los mártires macabeos— con los "fuertes" —gentiles y judíos liberales
que se consideran libres de esas restricciones—. La situación es
consecuencia
del retorno de los judeocristianos expulsados por el edicto de Claudio
a
iglesias que durante su ausencia habían adoptado prácticas gentiles. No
se trata
de una cuestión baladí: las leyes sobre lo puro y lo impuro estaban en
el
núcleo de la identidad judía y la observancia del sábado era vista como
marca
de pertenencia al pueblo de la alianza.
El
consejo de Pablo puede resumirse en varios puntos esenciales. Ambas
posiciones
—la de los "débiles" y la de los "fuertes"— pueden ser
aceptables ante Dios, siempre que cada uno actúe desde la fe y con
gratitud
(14,5-6): no es necesario que uno esté equivocado para que el otro
tenga razón.
Nadie debe tratar de imponer su criterio a los demás; cada uno dará
cuenta de
sí mismo a Dios (14,10-12). Los "fuertes" no deben inducir a los
"débiles" a actuar contra su conciencia, lo que podría destruir su fe
(14,14-15.20). Las prioridades del reino no son lo que se come o no se
come,
sino la justicia, la paz y el gozo en el Espíritu Santo (14,17), y la
edificación mutua (14,19; 15,2). Los "fuertes" han de asumir
voluntariamente las flaquezas de los "débiles", siguiendo el ejemplo
de Cristo que tampoco buscó su propio agrado (15,1-3).
Es
importante comprender que Pablo mismo comparte la opinión de los
"fuertes" (14,14) y ha sostenido desde Antioquía la libertad del
creyente respecto a las leyes alimentarias. Pero ahora, en Roma, el
problema es
el inverso al de Antioquía: allí los creyentes judíos presionaban a los
gentiles para que "viviesen como judíos"; aquí los creyentes gentiles
presionaban a los judíos para que abandonasen sus prácticas. En ambos
casos se
olvidaba "la verdad del Evangelio": los unos, por insistir en que la
fe sola no era suficiente; los otros, por no amar lo suficiente a sus
hermanos
o hermanas en Cristo.
Rom
15,7-13: conclusión
La
exhortación conclusiva recapitula el mensaje central de la carta:
"Acogeos
los unos a los otros, como Cristo os acogió" (15,7). Cristo se hizo
siervo
de los circuncisos para confirmar las promesas a los patriarcas y para
que los
gentiles glorificasen a Dios por su misericordia (15,8-9). Este doble
propósito
—confirmar las promesas a Israel y abrir la misericordia de Dios a los
gentiles— ha sido la razón de ser de Pablo como apóstol de los gentiles
y es la
síntesis de todo lo expuesto en la carta. La cadena de citas de la
Escritura
judía (15,9-11: Sal 18; Dt 32; Sal 117) muestra que este doble
propósito estaba
ya inscrito en las Escrituras de Israel. Y la cita de Isaías (15,12)
evoca la
visión mesiánica del vástago de Jesé que reina sobre todas las naciones
y en
quien esperan los gentiles. Pablo concluye deseando que esa esperanza
sea
experimentada en sobreabundante medida por las comunidades romanas.
g)
Mirada retrospectiva, planes y saludos de despedida (Rom 15,14–16,27)
Tras
la conclusión teológica, Pablo recapitula su encomienda como "ministro
de
Cristo Jesús para los gentiles" (15,15-16), ejerciendo una especie de
sacerdocio misionero que hace "aceptable la ofrenda de los gentiles
santificada por el Espíritu Santo". El éxito manifiesto de su misión en
el
Egeo —"desde Jerusalén hasta el Ilírico" (15,19)— le da fundamento
para solicitar la visita proyectada a Roma como etapa hacia España
(15,23-24),
una vez entregada la colecta en Jerusalén. La petición de oración para
que
"el socorro que llevo a Jerusalén sea aceptable para los santos"
(15,31) revela la incertidumbre de Pablo sobre la recepción de la
colecta.
La
carta se cierra con la recomendación de Febe (16,1-2), una lista de
saludos que
muestra la amplitud de la red personal de Pablo en Roma (16,3-16) —al
menos
cinco iglesias domésticas— y exhortaciones finales contra quienes
causan
divisiones (16,17-20). Los saludos de los colaboradores de Pablo en
Corinto
(16,21-23) cierran el epistolario. El resultado fue un texto que se
conservó y
copió desde muy pronto —Clemente de Roma parece utilizarlo cuarenta
años
después— y que acabó siendo considerado, con toda justicia, como la más
importante expresión unitaria del Evangelio y de la teología paulina
jamás
escrita.
33.4.
La colecta
La
otra preocupación principal de Pablo durante sus tres meses en Corinto
fue la
organización final de la colecta para "los pobres de entre los santos
de
Jerusalén" (Rom 15,26). La importancia que Pablo le daba a este
proyecto
se percibe en el hecho de dedicarle atención a lo largo de tres cartas
distintas. Aunque Lucas no la menciona, la correlación entre los
"delegados de la iglesia" mencionados en las cartas (1 Cor 16,3; 2
Cor 8,23) y los acompañantes del viaje a Jerusalén enumerados en Hch
20,4 deja
fuera de duda que Pablo dedicó una parte sustancial de su tiempo en
Corinto a
coordinar la reunión de esos delegados, organizar el transporte y
garantizar la
seguridad de los fondos recaudados.
a)
El origen de la colecta
La
condición añadida al acuerdo de Jerusalén —Pablo debía "tener presentes
a
los pobres" (Gál 2,10)— es el punto de partida natural para rastrear
los
orígenes del proyecto. Pero la pregunta es si esa condición marcó el
inicio de
la colecta como proyecto organizado o si esta surgió más adelante. La
hipótesis
que se defiende en el capítulo es que Pablo comenzó a organizar la
colecta
durante su tercer recorrido por las iglesias (Hch 18,23), como
cristalización
de su interés judío tradicional por los pobres y como intento de tapar
la
brecha abierta con Jerusalén tras el incidente de Antioquía.
La
ausencia de instrucciones concretas sobre la colecta en la Carta a los
Gálatas
apoya esta datación: si ya entonces Pablo hubiera estado favoreciendo
activamente la colecta, la habría puesto de relieve explícitamente,
como hizo
al escribir a los corintios (1 Cor 16,1). Tampoco hay ningún indicio en
la
correspondencia con Tesalónica de que Pablo hubiera ya empezado a
organizar el
proyecto. En Gál 2,10, al afirmar que "procuró cumplir con todo
esmero" la condición de tener presentes a los pobres, Pablo
probablemente
estaba afirmando simplemente su continuo interés como creyente de Jesús
en la
tradicional preocupación judía por los pobres, no anunciando la colecta
como
proyecto.
b)
La unicidad de la colecta
La
investigación comparativa arroja una luz reveladora sobre el carácter
único de
la colecta paulina. En la sociedad grecorromana, la asistencia material
se
canalizaba casi exclusivamente hacia los propios ciudadanos a través
del
sistema patrón-cliente: la ayuda era de los ricos a los ciudadanos de
su propia
comunidad, en búsqueda de retribución en honor. La distribución mensual
de
trigo estaba limitada a los ciudadanos pobres, y de los no ciudadanos
simplemente se hacía caso omiso. La asistencia judía tradicional era
más
inclusiva —la condena profética de la injusticia hacia los pobres era
un rasgo
distintivo de la ética social judía—, pero también tenía carácter local.
En
ninguno de ambos casos la ayuda tenía el carácter internacional de la
colecta
organizada por Pablo. El impuesto del templo requería el transporte de
cantidades importantes a Jerusalén, pero era para subvenir a los gastos
del
templo, no para los pobres. Josefo refiere el caso de la reina Elena de
Adiabene, que en torno al año 46-47 d.C. organizó una ayuda de
emergencia para
la hambrienta Jerusalén, pero se trataba de una iniciativa aislada y
personal.
La colecta organizada por Pablo en iglesias de al menos tres regiones
diferentes del Egeo para socorrer a la pobreza en un lugar tan distante
era
algo radicalmente nuevo. Expresaba la convicción de que todas las
agrupaciones
cristianas dispersas forman una sola comunidad, en continuidad con el
pueblo de
Dios Israel, con responsabilidades mutuas de amor activo por el
bienestar de
todos sus miembros.
c)
Detalles prácticos de la colecta
Los
datos prácticos se extraen de tres fuentes. 1 Cor 16,1-4
refleja una
etapa temprana de planificación: las instrucciones coinciden con las
dadas a
las iglesias de Galacia; cada semana, el primer día, cada creyente debe
reservar una parte proporcional a sus ingresos, de modo que esté
prácticamente
hecha la recaudación cuando Pablo llegue. Pablo se plantea la
posibilidad de
que el dinero lo lleven a Jerusalén los propios delegados elegidos por
Corinto,
aunque no descarta acompañarlos él mismo.
2
Cor 8–9 muestra un tempo acelerado. Escribiendo desde Macedonia,
Pablo
puede confirmar que la colecta está prácticamente completada en las
iglesias de
ese territorio: Acaya estaba totalmente preparada desde el año anterior
(9,2).
Participan en la operación Tito, un hermano de gran reputación elegido
por las
iglesias, y otros hermanos delegados (apostoloi) de las
iglesias. Pablo
urge a los corintios a asegurar que su aportación esté lista cuando él
llegue
con los delegados de Macedonia.
Rom
15,25-28.31 muestra el estado final: la colecta está prácticamente
completada, Pablo está a punto de partir hacia Jerusalén para
entregarla
personalmente. La petición de oración para que el socorro "sea
aceptable" (euprosdektos) para los santos (15,31) revela la
incertidumbre de Pablo sobre su recepción. La suma total debía de ser
muy
considerable: de lo contrario, los gastos del numeroso grupo de
delegados
habrían consumido un porcentaje demasiado elevado de lo recaudado. Cabe
suponer
que había sido convertida en oro —más transportable— y que el grupo de
delegados representaba la garantía de seguridad en la entrega.
d)
El lenguaje de la colecta
El
vocabulario específico de 2 Cor 8–9 revela la profundidad teológica con
que
Pablo invistió el proyecto. La concentración de términos poco o nada
usuales en
las cartas paulinas es en sí misma significativa:
–
Charis (8,1.4.6.7.9.16.19; 9,8.14.15): la gracia de Dios "dada" a
las iglesias de Macedonia es el modelo de la generosidad esperada; la
colecta
es ella misma una charis, y su motivación es la charis
del
"acto generoso de Cristo" (8,9).
–
Eulogia (9,5.6): "ben-dición", "don generoso"; las
buenas palabras han de seguirse de buenas obras.
–
Koinōnia (8,4; 9,13): "participación activa en el ministerio de los
santos"; la koinōnia en Cristo no puede ser pasiva, sino que ha
de
expresarse en compartir los bienes.
–
Diakonia (8,4.19.20; 9,1.12.13): "servicio, ministerio"; la
colecta es un ministerio que puede servir de "prueba" (dokimē)
de la fe de los creyentes.
–
Leitourgia (9,12): "servicio público"; en la polis griega,
designaba la obligación de los ciudadanos ricos de sufragar servicios
para el
bien común, lo que Pablo utiliza como analogía de la obligación
cristiana de
contribuir al bienestar de los hermanos necesitados.
–
Dikaiosynē (9,9.10): "justicia"; este término central en la
exposición de Romanos aparece aquí con el sentido de "acción justa"
derivada del compromiso pactal, mostrando que Pablo integraba la
colecta en la
tradición judía de la justicia social.
e)
La teología de la colecta
La
colecta tenía para Pablo al menos tres dimensiones superpuestas. Era,
en primer
lugar, un acto de compasión cristiana: la consecuencia práctica
de haber
experimentado la gracia sin límites de Dios, la expresión internacional
de la
unidad del cuerpo de Cristo. La charis de una donación generosa
concordaba con la charis de "gracias" como respuesta a la charis
de Dios.
Era,
en segundo lugar, un gesto de reconciliación: el intento de
tapar la
brecha abierta con las iglesias-madre, de restaurar la koinōnia
deteriorada entre judíos y gentiles. La colecta fue el intento de Pablo
de
demostrar en términos prácticos que los creyentes gentiles reconocían
su deuda
espiritual con Israel (Rom 15,27) y que pertenecían al mismo pueblo de
Dios. El
carácter representativo de los delegados enviados —procedentes de todas
las
regiones de la misión— convertía la entrega de la colecta en una
afirmación
solemne de la unidad del pueblo de Dios.
Era,
en tercer lugar, un posible cumplimiento de la esperanza profética.
Pablo describe su misión como el ejercicio de un sacerdocio que hace
"aceptable la ofrenda de los gentiles santificada por el Espíritu
Santo" (Rom 15,16), evocando la visión de Isaías (Is 66,20). La colecta
podía también ser parte de la estrategia de Pablo de "provocar los
celos" de Israel con la respuesta de los gentiles al Evangelio (Rom
10,19;
11,13-14). Esta ambigüedad teológica fue probablemente uno de los
factores que
dificultaron su aceptación en Jerusalén, como el propio Pablo temía
(Rom
15,31).
33.5.
El testamento de Pablo (Hch 20,17-38)
La
composición de Romanos y el envío de la delegación a Jerusalén con los
fondos
de la colecta constituyeron el clímax apropiado de la misión del Egeo
—la parte
principal de la obra misionera de Pablo y la que habría de dar sus
frutos más
duraderos—. Lucas, que no menciona ninguno de los dos, opta por señalar
el fin
de esa misión —y de la actividad de Pablo como misionero peripatético—
mediante
el discurso de Mileto a los ancianos convocados desde Éfeso (Hch
20,17-38), que
constituye el testamento literario del apóstol.
a)
¿De dónde derivó Lucas el discurso?
En
los círculos judíos, el género testamentario estaba ya bien
establecido: una
figura venerada que presiente la muerte da instrucciones finales a las
personas
de su entorno, hace balance de su vida y advierte de los peligros
futuros.
Lucas no usa el género como tal, pero la motivación es similar: Pablo,
que está
a punto de separarse para siempre de sus iglesias, hace un repaso del
carácter
de su obra misionera, advierte de los peligros futuros y saca las
lecciones
oportunas para sus iglesias.
El
discurso tiene un carácter marcadamente lucano. Las ideas destacadas
son las
que Lucas consideraría que Pablo habría resaltado: el papel del
Espíritu como
poder ordenador de la Iglesia y su misión (20,22-23.28); el tema del
testimonio
(20,21.23.24); la gracia de Dios y su reino como contenido del
Evangelio
(20,24-25.32); la tensión entre un mensaje dirigido a judíos y a
griegos y la
amenaza procedente de los judíos (20,19.21); y el refuerzo de que el
cristianismo comparte plenamente la identidad de Israel (20,28.32). La
mención
de los "ancianos" efesios como "supervisores" (episkopoi,
20,28) sugiere que Lucas escribe con un ojo puesto en las iglesias de
su propio
tiempo.
Sin
embargo, varios indicios apuntan a que Lucas disponía de datos y
tradiciones
paulinas auténticas. El sentimiento de Pablo de ser criticado desde
dentro de
las iglesias (20,18.26-27.33) es un detalle sorprendente para el lector
de
Hechos, pero completamente familiar para el de las cartas paulinas. El
énfasis
en el sufrimiento como rasgo constitutivo del ministerio (20,19.23)
corresponde
a lo que Pablo expresó en múltiples ocasiones. El ministerio "por las
casas" (20,20) recuerda que la obra principal de Pablo se realizaba a
menudo en iglesias domésticas, mientras que Lucas se centra más en el
ministerio inicial en las sinagogas. La referencia a la iglesia
obtenida
"con la sangre suya" (20,28) es una reflexión teológica sobre la cruz
única en Hechos, pero completamente paulina en su espíritu. El trabajo
manual
de Pablo como principio (20,34) y la cita de una enseñanza de Jesús no
recogida
en los evangelios ("Hay mayor felicidad en dar que en recibir",
20,35) son datos que Lucas no habría inventado. El lenguaje
específicamente
paulino de la gracia, la edificación y la herencia en 20,32 también
apunta a
tradición genuina. El resultado es, en conjunto, una representación
bastante
exitosa del pensamiento paulino, que puede sostenerse como "última
voluntad y testimonio" del apóstol.
b)
El discurso propiamente dicho
El
discurso se articula en dos partes características del género
testamentario: la
apología de la vida pasada y la advertencia y exhortación para el
futuro.
La
apología subraya tres rasgos del ministerio de Pablo. Ha "servido
al
Señor con toda humildad y lágrimas, soportando las pruebas que le
vinieron por
las asechanzas de los judíos" (20,19): el servicio a Cristo a través
del
sufrimiento ha sido la constante de su vida. No ha "omitido nada de lo
que
fuera útil" al proclamar la conversión a Dios y la fe en el Señor
Jesús,
tanto en público como por las casas, con plena coherencia entre lo
dicho en
privado y en público (20,20-21). Ahora se dirige a Jerusalén, con las
predicciones del Espíritu sobre prisiones y tribulaciones, determinado
únicamente a "terminar su carrera y el ministerio que ha recibido del
Señor Jesús, de atestiguar la buena noticia de la gracia de Dios"
(20,22-24). Este último punto sitúa el viaje final dentro de la misión
recibida
del Señor, convirtiéndola en cumplimiento vocacional, no en derrota. La
apología se complementa al final del discurso con la negación de
cualquier
motivación material (20,33) y con la referencia al trabajo manual como
fuente
de sustento y modelo de generosidad para con los débiles (20,34-35).
La
advertencia apunta al tiempo que viene después de Pablo. Habrá un
peligro
exterior: "se introducirán entre vosotros lobos crueles que no
perdonarán
al rebaño" (20,29). Habrá también un peligro interior: "algunos de
vuestro mismo grupo deformarán la verdad para arrastrar discípulos
detrás de
sí" (20,30). Estas advertencias tienen el sonido de vaticinio ex
eventu
propio de documentos escritos a finales del siglo I. El nexo entre la
apología
y la advertencia lo establece Pablo negando tener responsabilidad
personal en
lo que va a suceder: ha proclamado "todo el consejo de Dios" sin
ocultarles nada (20,26-27). La exhortación "estad alerta" (20,31)
recuerda que Pablo pasó tres años dando esas advertencias con lágrimas.
La
encomienda final —"Os encomiendo a Dios y al mensaje de su gracia, que
puede edificaros y daros la herencia entre todos los santificados"
(20,32)— actúa como sello del testamento y condensa el evangelio
paulino en
pocas palabras.
La
escena de despedida es de una intensidad emocional inusitada en Lucas:
los
ancianos abrazan al apóstol y lloran, "doliéndose de que no volverían a
verlo nunca más" (20,38). La misma carga emotiva reaparece en la
despedida
en Tiro (21,5-6) y en Cesarea (21,11-13), donde el profeta Ágabo
anuncia
explícitamente el arresto de Pablo y este reitera su disposición a
morir por el
nombre del Señor Jesús (21,13). Difícilmente podía Lucas dejar más
claro que
esta secuencia marcaba no solo el fin de la misión paulina del Egeo,
sino el
fin de todo el ministerio de Pablo como misionero fundador de iglesias,
con el
final de su carrera ya anticipado.
Conclusión
El
capítulo 33 recoge la culminación de la gran fase misionera de Pablo
centrada
en el Egeo, la parte principal de su obra apostólica y la que habría de
dar sus
frutos más duraderos. Frente al silencio decepcionante de Lucas sobre
las
realizaciones más significativas de ese período, el autor reconstruye
cuidadosamente, a partir de las propias cartas paulinas y del análisis
de los
datos de Hechos, el cuadro completo de lo que ocurrió durante los tres
meses en
Corinto.
La
primera gran realización es la Carta a los Romanos, cuya
composición
ocupa la parte central del capítulo. El capítulo dedica especial
atención a
examinar las múltiples razones que llevaron a Pablo a escribirla, el
conocimiento previo que tenía de las comunidades romanas y de su
situación
concreta, y el contenido de la carta misma, analizado sección por
sección
siguiendo la estructura del original. El resultado de este análisis es
la
confirmación de que Romanos no es un tratado abstracto ni un ejercicio
de
teología especulativa: nace de la experiencia misionera de Pablo en las
principales ciudades del Imperio, responde a las controversias
concretas
suscitadas por su misión y se dirige a una situación específica en
Roma. Pero
al mismo tiempo es mucho más que una carta de circunstancias: es la
síntesis
más elaborada y más influyente de la teología paulina, la exposición
más clara
del evangelio que Pablo había predicado durante décadas, el
"testamento" teológico de quien fue quizá el más grande pensador
cristiano de todos los tiempos.
La
segunda gran realización es la colecta para los pobres de Jerusalén,
analizada en sus dimensiones prácticas y teológicas. El capítulo
subraya el
carácter completamente nuevo de este proyecto —sin paralelo en el mundo
antiguo—, el vocabulario con que Pablo lo invistió de significado
teológico y
las múltiples dimensiones de su intención: compasión cristiana,
reconciliación
con Jerusalén, cumplimiento de la esperanza profética. La incertidumbre
de
Pablo sobre la recepción de la colecta, expresada en la petición de
oración de
Rom 15,31, anticipa el fracaso que pertenece al acto final de su
historia.
La
tercera gran realización —presentada por Lucas como la culminación
literaria de
la misión del Egeo— es el discurso de Mileto, el testamento
literario
del apóstol ante los ancianos efesios. El capítulo analiza su
composición (las
fuentes de que dispuso Lucas y la medida en que el discurso refleja
auténtico
pensamiento paulino), su estructura (apología de la vida pasada y
advertencia
para el futuro) y el significado de la escena de despedida como
anticipación
del martirio.
Sobre
este horizonte de plenitud y de presentimiento del final, Pablo
emprende el
último viaje a Jerusalén. La misión del Egeo ha llegado a su
conclusión; la
carta más importante del cristianismo primitivo ha sido escrita; la
colecta que
debía cerrar la brecha con Jerusalén está a punto de ser entregada.
Pablo ha
cumplido su encargo. Solo queda terminar su carrera.
Notas
complementarias al análisis del capítulo
1.
Sobre la unidad literaria de Romanos y sus problemas textuales
La
cuestión de la "unidad" literaria de Romanos reviste una importancia
menor que la de 2 Corintios, aunque no ha estado ausente del debate. La
idea
popular que circuló hace dos generaciones —que el capítulo 16 estaba
dirigido
en realidad a Éfeso y no a Roma— ha sido abandonada por la mayor parte
de los
autores contemporáneos. Las cuestiones sobre el final de la carta, en
particular la doxología de 16,25-27 (cuya autenticidad paulina es
discutida) y
las variantes textuales que sitúan el capítulo 15 en diferentes
posiciones en
distintos manuscritos, no afectan al cuerpo de la carta. Tampoco han
resultado
especialmente iluminadoras las discusiones sobre la clasificación
retórica de
Romanos —¿epideíctica, deliberativa, protréptica?—, que sirven poco
para aclarar
el efecto que lo esencial del escrito pudo tener en aquellos primeros
destinatarios. Lo que importa es el contenido de la carta y la
situación que le
dio origen.
En
cuanto al capítulo 16, la densidad de saludos personales que contiene
—al menos
veintiséis personas mencionadas por nombre, pertenecientes a cinco o
más
iglesias domésticas diferentes— es en sí misma un argumento a favor de
que
Pablo se dirige a Roma. Ningún otro lugar del Imperio habría
concentrado tal
número de personas que Pablo conocía personalmente pero que no había
visitado
aún como apóstol. La presencia de Prisca y Áquila en la lista (16,3-5)
plantea
alguna dificultad cronológica, dado que en el período de la composición
de 1
Corintios la pareja parece estar en Éfeso (1 Cor 16,19), pero la
movilidad de
personas de recursos en el Imperio romano hace perfectamente plausible
su
regreso a Roma tras la muerte de Claudio. La mención de "la iglesia que
se
reúne en su casa" (16,5) subraya además que Prisca y Áquila, al
regresar,
habían reconstituido una de las comunidades que fundaron antes de la
expulsión.
2.
El debate sobre la "nueva perspectiva" de Pablo y su relevancia para
Romanos
El
análisis del capítulo 33 se desarrolla en el marco del debate conocido
como
"la nueva perspectiva sobre Pablo", iniciado por E.P. Sanders y
continuado por J.D.G. Dunn, N.T. Wright y otros. Este debate ha
cuestionado la
lectura tradicional, heredada de la Reforma, según la cual la polémica
paulina
contra "las obras de la Ley" se dirige contra una concepción judía de
mérito personal ante Dios, es decir, contra la idea de que uno puede
"ganarse" la justicia de Dios mediante la obediencia a la Ley.
Sanders argumentó de manera convincente que el judaísmo del tiempo de
Pablo no
era un sistema de salvación basado en el mérito (lo que se ha llamado
el
"nomismo de pacto" del judaísmo: la gracia de Dios es la que
introduce al israelita en la relación con Dios, y la Ley indica cómo
mantenerse
en esa relación).
Dunn
y otros han aplicado esa perspectiva a la interpretación de Romanos:
las
"obras de la Ley" no son las obras en general, sino las prácticas
específicamente judías —circuncisión, leyes alimentarias, observancia
del
sábado— que funcionaban como "marcadores de identidad" diferenciando
a los judíos de los gentiles. Pablo no estaría criticando el esfuerzo
humano de
ganarse la salvación, sino la pretensión de que la pertenencia a Israel
(marcada por esas prácticas) es condición previa o suplemento necesario
de la
fe en Cristo. Este enfoque es el que subyace al análisis presentado en
el
capítulo 33, aunque el autor mantiene que la crítica paulina tiene
también una
dimensión más amplia: la de la incapacidad humana para presentarse con
seguridad ante Dios sobre la base de lo que hace.
3.
El resultado de la carta en Roma
¿Cómo
fue recibida la carta en Roma? No hay medio de saberlo con certeza.
Clemente de
Roma, escribiendo unos cuarenta años después, parece estar
familiarizado con
ella y utilizarla en varios pasajes, lo que indica que era ya muy
estudiada y
probablemente ampliamente copiada. El hecho de que la carta se
conservase en
diferentes formas textuales implica una intensa circulación desde una
fecha muy
temprana.
Una
suposición bastante extendida —aunque dudosa— es que ya en aquella
época
existía una marcada distancia entre la iglesia y la sinagoga en Roma.
Pero de
Hch 28 se desprende que aún se mantenía al menos un diálogo positivo
entre
ambas. El hecho de que 1 Pedro parezca escrita desde Roma (1 Pe 5,13) y
destinada exclusivamente a lectores judeocristianos apunta también en
la
dirección de que la comunidad romana incluía una presencia
judeocristiana
significativa. La propia carta de Pablo a Roma, dado su carácter,
podría haber
aportado base para ese diálogo. Sin embargo, pocos años después de su
llegada,
los creyentes romanos iban a sufrir una grave persecución bajo Nerón (§
35.2).
La carta fue conservada y, sin duda, resultó un inestimable manual de
enseñanza
y discusión no solo para las comunidades contemporáneas de Pablo, sino
para
todas las generaciones posteriores. El efecto duradero —conviene
añadir— fue
que llegó a ser vista, y sigue siéndolo, como la más importante
expresión
unitaria de evangelio y teología de cuantas se han escrito.
4.
La relación entre la colecta y la carta a los Romanos
Existe
una íntima relación entre la teología de la colecta y la teología de
Romanos
que merece ser subrayada. Ambas expresan, en registros diferentes, la
misma
convicción fundamental: que el Evangelio del Mesías judío crea una
comunidad de
fe que trasciende las barreras étnicas y geográficas, en la que judíos
y
gentiles son iguales receptores de la gracia de Dios y tienen
obligaciones
mutuas de amor y servicio.
Romanos
argumenta esta convicción teológicamente, demostrando que la justicia
salvífica
de Dios es para todos los que creen, judíos y gentiles por igual. La
colecta la
expresa prácticamente, haciendo que las iglesias gentiles del Egeo
contribuyan
al bienestar de la iglesia-madre de Jerusalén en reconocimiento de su
deuda
espiritual (Rom 15,27: "los gentiles han participado de sus bienes
espirituales, y en consecuencia tienen el deber de atenderlos en las
necesidades materiales"). La doxología con la que Pablo concluye la
sección sobre la colecta en Romanos (15,7-13) es, al mismo tiempo, la
conclusión de la carta entera y la expresión más clara de lo que Pablo
esperaba
que significara la entrega de la colecta: que judíos y gentiles se
acojan
mutuamente, se regocijen juntos y glorifiquen al Dios de Israel por su
misericordia.
La
colecta como proyecto concreto y Romanos como exposición teológica son
así las
dos caras de la misma moneda: el intento final de Pablo de mostrar, en
palabras
y en obras, que el Evangelio del Mesías judío es verdaderamente para
todos.
5.
Valoración de las fuentes para el período del recorrido final
El
período recogido en el capítulo 33 plantea un problema historiográfico
específico: la divergencia entre la riqueza de información que
proporcionan las
propias cartas de Pablo y la relativa escasez y selectividad del relato
de
Hechos. Lucas dedica relativamente poco espacio al recorrido final por
Macedonia y el itinerario de vuelta, pero ese poco espacio resulta
extraordinariamente valioso porque incluye algunos de los episodios más
detallados y mejor recordados de todo Hechos (Eutico en Tróade, el
itinerario
costero, el discurso de Mileto).
La
reaparición del "nosotros" narrativo en 20,5 es particularmente
significativa: con toda probabilidad indica que el propio narrador se
había
unido al grupo en Filipos, quizá como uno de los delegados encargados
de
transportar la colecta. Si es así, los recuerdos preservados en los
capítulos
20 y 21 tienen un valor como fuente primaria excepcional, comparable al
de las
propias cartas de Pablo para otros períodos de su vida. La vividez del
episodio
de Eutico, el detalle del itinerario costero con sus etapas diarias, la
emoción
contenida pero perceptible en la escena de Mileto: todo esto apunta a
la
presencia de un testigo ocular.
El
silencio de Lucas sobre Romanos y la colecta, en cambio, sigue siendo
uno de
los enigmas más frustrantes de toda la obra lucana. La mejor hipótesis
explicativa es que Lucas, al escribir Hechos para un público que no
necesitaba
que le explicasen quién era Pablo (presumiblemente ya conocían sus
cartas),
optó por centrarse en los episodios que sus lectores no conocían: los
viajes,
los encuentros, los milagros, los discursos. Las cartas, que sus
lectores
podían leer directamente, quedaron fuera de la narración. En cualquier
caso, el
silencio no disminuye la importancia histórica de lo que Pablo realizó
durante
esos tres meses en Corinto; al contrario, la hace más evidente por
contraste
con lo que Lucas eligió destacar.
6.
El discurso de Mileto como síntesis del ministerio paulino
El
discurso de Mileto (Hch 20,17-38) merece una consideración adicional
como
documento histórico y teológico. Aunque encuadrado dentro de los
esquemas
lucanos del género testamentario, contiene elementos que, tomados en
conjunto,
ofrecen un retrato coherente y verosímil del apóstol en el momento del
cierre
de su misión en el Egeo.
Desde
el punto de vista histórico, el discurso aporta datos sobre la
autocomprensión
de Pablo que no aparecen en ninguna otra parte de Hechos pero que son
completamente congruentes con las cartas. La mención de las "cadenas y
aflicciones" que le esperan en Jerusalén (20,23), la referencia al
ministerio "por las casas" (20,20), la adhesión emotiva a sus
iglesias (20,19.31), la preocupación por los "débiles" (20,35), el
trabajo manual como principio de independencia (20,34), el estilo de un
ministerio que no fue "a escondidas" ni de diferente carácter en
público y en privado (20,20): todo esto cuadra perfectamente con lo que
las
cartas paulinas nos muestran de manera mucho más detallada.
Desde
el punto de vista teológico, el discurso ofrece un vocabulario
específicamente
paulino que es prácticamente único en Hechos: el Evangelio como "buena
noticia de la gracia de Dios" (20,24), la Iglesia como aquella que Dios
"obtuvo con la sangre de su propio Hijo" (20,28), "la herencia
entre todos los santificados" (20,32). Estos elementos sugieren que
Lucas,
ya sea mediante la tradición oral o mediante el conocimiento personal
del
pensamiento paulino, logró captar algo genuino del apóstol al que
estaba
describiendo.
Desde
el punto de vista literario, el discurso cumple en la estructura de
Hechos la
función que en los evangelios cumplen los discursos de despedida de
Jesús (Jn
13–17): el maestro que se va instruye a sus discípulos sobre lo que
habrán de
afrontar después de su partida. La comparación no es exagerada: tanto
en los
evangelios como en Hechos, el discurso de despedida precede a la
"pasión" del protagonista, anticipa sus sufrimientos y encomienda la
misión a quienes quedan. Pablo, como Jesús, sabe que lo que le espera
es el
sufrimiento; como Jesús, lo acepta libremente; como Jesús, encomienda
sus obras
a quienes continúan su misión. La analogía es inequívoca y forma parte
de la
teología narrativa que Lucas despliega en toda su obra.
7.
La cronología del capítulo 33 y su relación con el conjunto de la
actividad
paulina
El
capítulo 33 corresponde aproximadamente a los años 56-57 de la era
cristiana,
según la cronología más aceptada. La misión del Egeo (caps. 28-33 en la
obra)
ha ocupado unos cuatro años, con Éfeso como base central. Los tres
meses en
Corinto (finales del 56 o comienzos del 57) constituyen el período más
productivo en términos literarios y teológicos de toda la vida de
Pablo: es el
momento en que escribe la carta que más ha influido en la historia del
pensamiento cristiano occidental.
Desde
el punto de vista de la estructura de toda la obra, el capítulo 33
funciona
como el "reposo" antes de la tormenta final. Los dos capítulos
anteriores (§ 31-32) narraron las crisis y tensiones de la misión
efesia y la
correspondencia corintia; los dos siguientes (§ 34-35) narrarán el
arresto en
Jerusalén y los años de prisión en Cesarea y Roma. El capítulo 33 es el
momento
de la síntesis y la plenitud: el apóstol ha llegado al fin de su misión
en el
Egeo, ha completado la predicación del Evangelio "desde Jerusalén hasta
el
Ilírico", ha escrito su obra teológica maestra y está dispuesto a
afrontar
lo que le espera con la serenidad de quien ha cumplido su encargo.
Esta
estructura narrativa no es solo un artificio literario. Corresponde a
la
autocomprensión de Pablo tal como la expresa en Romanos: "Ya no tengo
campo de acción en estas regiones, y desde hace muchos años tengo un
vivo deseo
de veros cuando vaya a España" (15,23-24). El apóstol está listo para
pasar a la siguiente etapa. Lo que no sabe —aunque el Espíritu se lo
anuncia—
es que esa siguiente etapa no será la misión en España, sino la
custodia, los
juicios, los traslados y, finalmente, el martirio. Pero eso, como
concluye el
capítulo 33, pertenece ya al acto final de su historia.
8.
La teología del sufrimiento en Pablo: del discurso de Mileto a las
cartas de la
cautividad
El
discurso de Mileto introduce una dimensión del ministerio paulino que
las
cartas del Egeo habían explorado pero que ahora alcanza su plena
articulación:
la inevitabilidad del sufrimiento como parte constitutiva del
apostolado. Esta
teología del sufrimiento no es un elemento accidental o periférico en
Pablo,
sino que forma parte del núcleo de su comprensión del Evangelio. El
apóstol ha
hecho suya la convicción de que el patrón de muerte y resurrección de
Cristo no
solo describe lo que le ocurrió al Mesías, sino que define también la
forma de
vida del apóstol y, en última instancia, de todo creyente.
En
las cartas del Egeo, especialmente en 2 Corintios, Pablo había
desarrollado
este tema de manera extensa. Los catálogos de tribulaciones (2 Cor
4,8-12;
6,4-10; 11,23-29) no son el lamento de un hombre vencido, sino la
proclamación
orgullosa de quien ha descubierto que precisamente en la debilidad se
manifiesta el poder de Dios. "Llevamos este tesoro en vasos de barro,
para
que se vea que esa fuerza tan extraordinaria es de Dios y no nuestra"
(2
Cor 4,7). El "aguijón en la carne" de 2 Cor 12,7-9 lleva a la
paradoja definitiva: "Cuando soy débil, entonces soy fuerte" (12,10).
El discurso de Mileto recoge esta misma teología pero en el tono de una
despedida: el sufrimiento ya no se defiende frente a los adversarios
corintios,
sino que se presenta ante los ancianos efesios como el camino normal y
esperado
del ministerio apostólico.
Esta
perspectiva anticipa de manera significativa las cartas escritas
durante los
años de cautividad (Filipenses, Filemón, Colosenses, Efesios, y las
pastorales
según muchos autores). En Filipenses, escrita desde la prisión, Pablo
puede
decir que lo que le ha ocurrido ha "contribuido más bien al avance del
Evangelio" (Flp 1,12), y que tanto si vive como si muere, Cristo será
glorificado en su cuerpo (1,20). La prisión no es una derrota, sino
otro
capítulo de la misma historia de sufrimiento fecundo que Pablo ha
vivido desde
su conversión. El discurso de Mileto, en la estructura literaria de
Hechos,
funciona como el puente entre las dos grandes épocas del ministerio
paulino: la
misión libre y fundadora del Egeo y los años de cautividad que dan
lugar a una
teología aún más profunda de la cruz.
9.
El proyecto de España y su significado teológico y misional
La
mención del proyecto de España (Rom 15,24.28) merece una atención más
detallada
de la que habitualmente recibe. Pablo no lo presenta como un deseo vago
o como
una posibilidad entre otras, sino como el paso siguiente lógico en el
plan
misional que ha guiado toda su actividad: "habiendo predicado el
Evangelio
desde Jerusalén hasta el Ilírico y habiéndolo completado por todos
lados, ya no
tengo campo de acción en estas regiones" (15,19.23). La lógica es la de
un
misio estratégica que busca los nodos del Imperio Romano —las grandes
ciudades
conectadas entre sí— para desde allí irradiar el Evangelio a las
regiones
circundantes. Corinto y Éfeso han sido las grandes bases del Egeo; Roma
debería
serlo del Occidente; España, la frontera última del mundo mediterráneo
conocido.
No
sabemos con certeza si Pablo llegó a España. La tradición de 1 Clemente
(cap.
5), escrita desde Roma hacia el 96 d.C., habla de Pablo llegando "al
límite extremo del Occidente", expresión que probablemente se refiere a
España. Las Actas de Pedro, un texto apócrifo del siglo II, también
alude a un
viaje de Pablo a España antes de su regreso a Roma. Pero la evidencia
es
insuficiente para la certeza histórica. Lo que es seguro es que Pablo
concebía
la misión en España como el cierre de un gran arco que unía Jerusalén
con el
extremo occidental del Imperio: el cumplimiento de la vocación recibida
en el
camino de Damasco, de ser "luz para los gentiles hasta los confines de
la
tierra" (Hch 13,47, citando Is 49,6).
Desde
el punto de vista teológico, el proyecto de España tenía también un
significado
escatológico. Siguiendo una corriente de pensamiento judío que veía en
la
proclamación del Evangelio a todas las naciones una condición para la
llegada
del fin (Mt 24,14 refleja una idea similar), Pablo podía haber
concebido su
misión como parte del proceso que haría posible la plena manifestación
del
reino de Dios y la salvación de "todo Israel" (Rom 11,26). Llevar el
Evangelio hasta el extremo occidental del mundo conocido era, en esa
perspectiva, aproximar el momento de la consumación. La urgencia que se
percibe
en todos sus movimientos durante este período —el apresuramiento del
regreso a
Jerusalén, la petición de apoyo logístico a los romanos— solo se
comprende
plenamente si se tiene en cuenta esta dimensión escatológica de su
motivación.
10.
Impacto histórico de Romanos en el pensamiento cristiano occidental
Pocas
obras de la historia han ejercido una influencia tan profunda,
prolongada y
multiforme sobre el pensamiento occidental como la Carta a los Romanos.
Esta
observación, que podría parecer una simple afirmación retórica, tiene
el
respaldo de la historia intelectual y religiosa de Occidente. Un
recorrido
somero por esa historia permite calibrar la magnitud del legado que
Pablo dejó
durante aquellos tres meses en Corinto.
En
los siglos II y III, Romanos fue el documento fundamental en la
controversia
con el marcionismo: al afirmar que el Dios que revela el Evangelio es
el mismo
Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, Pablo impedía radicalmente cualquier
intento de
separar el Dios del Evangelio del Dios del Antiguo Testamento. En
Agustín de
Hipona, la lectura de Romanos 13,13-14 en el jardín de Milán fue el
detonante
de la conversión definitiva (Confesiones 8,12), y la teología
agustiniana de la
gracia, el pecado original y la predestinación se construye en diálogo
constante y a veces agonístico con los capítulos 1-11 de Romanos. La
controversia pelagiana del siglo V no fue, en el fondo, sino una
disputa sobre
la correcta interpretación de Pablo.
La
Reforma protestante del siglo XVI tuvo en Romanos su texto fundacional.
Lutero
encontró en la expresión "el justo vivirá por la fe" (Rom 1,17,
citando Hab 2,4) la respuesta a su angustia espiritual y el principio
organizador de toda su teología: la justificación por la fe, no por las
obras.
El comentario de Lutero a Romanos (1515-1516) es uno de los textos
formativos
del protestantismo. Calvino escribió un comentario a Romanos que fue
durante
siglos el modelo del método exegético reformado. La Carta a los Romanos
fue
también el texto clave en el debate anglicano sobre la justificación y
en la
espiritualidad del metodismo: la experiencia de John Wesley en
Aldersgate
Street (1738), donde su corazón se "calentó de una manera extraña"
mientras escuchaba el prefacio de Lutero a Romanos, marcó el comienzo
del
movimiento metodista.
En
el siglo XX, el comentario de Karl Barth a Romanos (primera edición
1919,
segunda 1922) fue el texto que sacudió los cimientos de la teología
liberal
decimonónica e inauguró la teología dialéctica. La idea central de
Barth —que
Dios es el "totalmente Otro" que no puede ser captado en ninguna
experiencia humana ni en ningún sistema teológico, sino solo en la
irrupción
vertical del Evangelio— se formula en diálogo apasionado y a veces
violento con
el texto de Pablo. El impacto del comentario de Barth ha sido tan
profundo que
el teólogo católico Hans Urs von Balthasar lo comparó con la caída de
una bomba
en el jardín de los teólogos. La exégesis del siglo XX —desde Bultmann
hasta
Käsemann, desde Nygren hasta Fitzmyer— no ha podido hacer teología del
Nuevo Testamento
sin ponerse en diálogo con este texto.
11.
Pablo y las comunidades judías del Imperio: el trasfondo de Romanos
Para
comprender adecuadamente la situación que Romanos trata de abordar, es
necesario considerar con más detalle el trasfondo de las comunidades
judías en
Roma y en el Imperio. El judaísmo del tiempo de Pablo no era un
fenómeno
marginal: la dispersión judía (diáspora) era una presencia
significativa
en la mayor parte de las grandes ciudades mediterráneas, con
comunidades
establecidas desde hacía generaciones, bien integradas en la vida
económica y
social de sus ciudades pero al mismo tiempo cuidadosamente distintas en
sus
prácticas religiosas.
En
Roma, los judíos constituían una comunidad numerosa y bien documentada.
Las
estimaciones varían, pero los datos epigráficos y arqueológicos apuntan
a una
presencia de varias decenas de miles de personas en el período
imperial. Las
fuentes antiguas testimonian la existencia de numerosas sinagogas en
Roma —al
menos once son conocidas por las inscripciones de las catacumbas
judías—
distribuidas por varios barrios de la ciudad. Los judíos romanos
gozaban de un
estatuto jurídico especial que les permitía practicar su religión,
observar el
sábado y la ley alimentaria, y recaudar el tributo para el Templo de
Jerusalén.
Esta situación privilegiada no estaba exenta de tensiones: la expulsión
bajo
Claudio (49 d.C., según Suetonio) fue, probablemente, la consecuencia
de
disturbios relacionados con la predicación del mensaje cristiano en las
sinagogas.
La
expulsión y el posterior retorno de los judíos bajo Nerón crearon una
situación
singular en las comunidades cristiano-romanas. Durante los años de
ausencia de
los judeocristianos (aproximadamente 49-54 d.C.), las comunidades
habrían
estado formadas exclusivamente por creyentes procedentes del paganismo.
A su
regreso, los judeocristianos se encontraron en una situación nueva:
eran
numéricamente minoritarios en comunidades que habían desarrollado su
vida y su
teología sin ellos. La tensión entre "fuertes" y "débiles"
que Pablo aborda en Rom 14,1-15,13 refleja muy probablemente esta
situación
concreta: los "débiles en la fe" son, al menos en parte, los
judeocristianos recién regresados con sus prácticas alimentarias y sus
observancias calendáricas; los "fuertes" son los cristiano-gentiles
que han llegado a la convicción de que esas prácticas son indiferentes.
Pablo
interviene en este conflicto con una estrategia doble y característica:
por un
lado, afirma la posición de los "fuertes" desde el punto de vista
teológico —las observancias alimentarias y calendáricas no tienen
relevancia
salvífica—, pero por otro exige a los "fuertes" que no utilicen su
libertad para destruir al "débil" por quien Cristo murió (14,15). La
norma final no es la corrección doctrinal, sino el amor que edifica:
"Acogeos los unos a los otros como Cristo nos acogió" (15,7). Esta
norma de acogida mutua es la que Pablo propone como base de una
comunidad que
pueda incluir a judíos y a gentiles sin que ninguno de los dos absorba
al otro.
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