El
cristianismo en sus comienzos. Tomo II. Comenzando desde Jerusalén
Novena parte. El fin del comienzo
Capítulo 34. La pasión de Pablo
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
Nada
muestra con mayor claridad las prioridades de Lucas al escribir los
Hechos de
los Apóstoles que la parte final de la obra. Los últimos ocho capítulos
(21–28)
están dedicados a los acontecimientos finales de la carrera de Pablo,
de modo
paralelo al evangelio de Lucas, donde la narración desemboca en el
clímax de la
misión de Jesús: el relato de la pasión (Lc 19,29–23,56). Puesto que
Hechos se
centra de modo análogo en las pruebas y sufrimientos finales de Pablo
—arresto,
casi flagelación, comparecencia ante el sanedrín, amenazas de
asesinato,
proceso ante el procurador romano, dos años de prisión, comparecencia
ante el
rey judío, peligros de muerte en mar y tierra—, resulta apropiado
titular estos
capítulos «la pasión de Pablo».
Lucas
dedica un cuarto de toda su narración a referir esta pasión, proporción
sustancialmente mayor que la consagrada al relato de la pasión en el
evangelio.
Presta además mucha más atención a la pasión de Pablo que al proceso y
martirio
de Esteban, el primer mártir cristiano (Hch 6–7), y el contraste con la
brevísima referencia a la ejecución de Santiago, el hermano de Juan
(12,2),
raya en lo asombroso. Pablo es claramente el gran héroe de Lucas, el
artífice
de la primera gran expansión de la secta de Jesús. Toda otra actividad
—incluida la iglesia de Jerusalén y la misión de Pedro— queda
eclipsada. Pablo
permanece solo en el centro de la escena, y ni siquiera a sus
compañeros les es
permitido desempeñar más que papeles oscuros (incluido el propio Lucas,
oculto
tras el «nosotros» de las etapas inicial [21,1-18] y finales
[27,1–28,16] de
esta sección).
No
es de menor importancia que Pablo complete el recorrido que Lucas
obviamente
pretendía para Hechos: llevar el Evangelio a Roma, al parecer por
primera vez.
El programa esbozado en 1,8 queda así cumplido: los círculos de misión
se
expanden desde Jerusalén (caps. 1–5) a Samaría y Judea (caps. 6–12), de
Antioquía a Asia Menor (caps. 13–15), de allí al Egeo (caps. 16–20) y,
finalmente, a Roma (caps. 21–28). Esa compleción se realiza al coronar
Pablo la
encomienda que solo él recibió de llevar el nombre de Cristo «ante los
gentiles, los reyes y los hijos de Israel» (9,15-16): en la repetida
serie de
procesos y comparecencias ante los hijos de Israel, ante los
gobernadores
gentiles y, como clímax, ante el rey judío. No tiene sentido lamentar
que la
narración tenga este centro exclusivo en su parte final; es preferible
apreciar
lo que Lucas nos ha dado a conocer y servirnos de ello para redondear
la
historia de la contribución final de Pablo al cristianismo naciente.
Conviene
tener presente, además, el doble registro que caracteriza toda esta
sección.
Por un lado, está el relato lucano en su intención teológica y
dramática: Lucas
escribe como historiador antiguo y como narrador, libre para
seleccionar,
condensar, repetir y dar forma a los materiales con vistas al efecto
que
persigue. Por otro, está la información que, leída críticamente y
cotejada con
las cartas de Pablo y con otras fuentes como Josefo, permite
reconstruir lo que
probablemente sucedió. El historiador del cristianismo primitivo no
puede
quedarse en uno solo de esos registros: debe apreciar el arte de Lucas
sin
confundirlo con una crónica literal, y debe atender a lo que las cartas
paulinas dejan ver en los márgenes de un relato que, por su propia
lógica, las
ignora casi por completo. De ahí que el análisis avance constantemente
en dos
planos: la trama tal como Lucas la cuenta y la trama tal como las
fuentes
complementarias permiten entreverla.
La
pertinencia del título «pasión de Pablo» se aprecia mejor cuando se
advierte
hasta qué punto Lucas ha modelado esta sección sobre el patrón de la
pasión de
Jesús narrada en su propio evangelio. Como Jesús, Pablo «sube» a
Jerusalén
entre presagios de sufrimiento; como Jesús, es entregado por las
autoridades de
su propio pueblo a manos de los romanos; como Jesús, comparece
sucesivamente
ante una instancia judía (el sanedrín, frente al Sanedrín de Jesús), un
gobernador romano (Félix y Festo, frente a Pilato) y un rey de la casa
de
Herodes (Agripa II, frente a Antipas); como en el caso de Jesús, la
autoridad
romana lo declara repetidamente inocente y, sin embargo, el proceso
sigue su
curso. El paralelismo no responde a un afán de copiar mecánicamente,
sino a una
convicción teológica: el discípulo recorre el camino del maestro, y el
testimonio cristiano se sella, como el de Cristo, en el sufrimiento. Al
situar
la pasión de Pablo en este molde, Lucas confiere a los padecimientos
del
apóstol una densidad de sentido que trasciende lo biográfico y los
inscribe en
la lógica misma del Evangelio que Pablo había predicado.
34.1.
Arresto en Jerusalén
El
intento de acercamiento (Hch 21,17-26)
Como
en Lc 19, en Hch 21 no hay una clara solución de continuidad que marque
el
comienzo de la pasión. Las alarmas suenan repetidamente en el viaje
final a
Jerusalén: el presagio del discurso de adiós (20,24-25), las
desgarradoras
despedidas de Mileto (20,37-38) y Tiro (21,5-6), los avisos proféticos
de
desgracia inminente (21,4.11) y la consiguiente angustia de Pablo y sus
amigos
(21,12-14). El lector queda así preparado para la fría acogida de Pablo
por
«Santiago y todos los ancianos». Estos alaban a Dios por las buenas
nuevas
sobre el éxito de la misión entre los gentiles, pero su respuesta
inmediata es
advertirle de que muchos miles (myriades) de judíos creyentes
son
«celosos» (zēlōtai) partidarios de la Ley y han oído decir que
Pablo
enseña la defección (apostasian) de Moisés, instando a los
judíos de la
diáspora a no circuncidar a sus hijos ni observar las tradiciones.
Estos
comentarios constituyen casi una sorpresa en el relato lucano, donde
Santiago
había aparecido por última vez como figura conciliadora (15,13-29).
Lucas ha
omitido los indicios de tensión creciente con la jerarquía
jerosolimitana que
conocemos por el propio Pablo, pero a la luz de las cartas paulinas el
informe
de Santiago resulta particularmente revelador. El éxito de la misión
entre los
judíos se ha traducido en «miles y miles» de creyentes descritos como
«celosos»
de la Ley —término que evoca la apasionada adhesión a la elección de
Israel y
la fogosa disposición a evitar, incluso por la violencia, todo acomodo
que
adultere el ideal de santidad de Israel. El propio Saulo había ardido
en ese
«celo», como atestiguan Lucas (22,3) y el apóstol (Gál 1,13-14; Flp
3,6). Esos
judíos creyentes habían sido instruidos por oponentes radicales de la
misión
paulina de que Pablo era un apóstata que pedía abandonar la
circuncisión y las
costumbres ancestrales.
Lo
referido tiene el sonido de la verdad. Aparte de que Lucas parece haber
estado
presente (21,18), la correspondencia de este episodio con la
información de las
cartas de Pablo es demasiado estrecha para desentenderse de ella, y
resulta más
persuasiva porque Lucas ha omitido cuidadosamente las tensiones que las
cartas
atestiguan. El pasaje es extremadamente importante porque proporciona
información de gran valor sobre los comienzos del cristianismo en
Jerusalén: da
idea de la fuerza alcanzada por la iglesia jerosolimitana («miles y
miles»),
indica su carácter («todos celosos partidarios de la Ley») y confirma
que
estaba erizada de recelos hacia Pablo y, probablemente, en abierta
oposición a
la extensión del Evangelio a los gentiles.
Con
todo, Santiago es presentado como un hombre transigente que busca un
arreglo
viable. Al igual que en 15,19-20, ofrece una solución de compromiso
cuidadosamente calibrada (21,22-24): no rechaza los rumores, pero
propone que
Pablo los desmienta él mismo demostrando que aún vive como observante
de la
Ley. No era momento de un debate teológico sobre el papel de la Ley;
urgía
calmar los ánimos. Pablo transige, pues no se consideraba un apóstata
ni creía
haber abandonado la Ley, mostrándose tan irénico como Santiago lo había
sido en
el Concilio de Jerusalén (Gál 2,9). La propuesta consistía en que
Pablo,
acompañado de cuatro hombres que tenían un voto de nazireato por
cumplir (Nm
6,1-21), fuera a purificarse con ellos y pagase el rapado de sus
cabezas (21,23-24).
Aun en el caso de no haber hecho él el voto, su simple regreso del
extranjero a
la tierra santa lo obligaba a purificarse durante siete días. ¿De dónde
obtuvo
el dinero para los gastos de los cuatro? ¡Posiblemente de la no
mencionada
colecta!
Si
el voto de Pablo en Cencreas (18,18) era de la misma clase, el apóstol
podría
haber concluido su cumplimiento junto con ellos, aunque Lucas no dice
nada de
esto. Otra posibilidad es que Pablo se mostrase simplemente dispuesto a
correr
con los gastos de los nazireos —gesto de piedad reconocido y honroso—,
lo que
encaja con el proceso descrito, que sigue las normas para la
finalización del
voto (21,26). En cualquier caso, lo que el relato deja entrever es la
voluntad
de Pablo de demostrar con hechos visibles, y no solo con palabras, su
fidelidad
a las costumbres de su pueblo: precisamente la clase de gesto que
Santiago
necesitaba poder mostrar a los «celosos» de la Ley para mantener
controladas
las posturas extremas. La pregunta sobre el origen del dinero, lejos de
ser
anecdótica, conecta este episodio con el gran silencio lucano sobre la
colecta,
que recorre toda la sección como un hilo subterráneo.
Se
frustra el arreglo
Cuando
el proceso estaba a punto de completarse (21,27), ocurrió el desastre.
Pablo
fue visto con Trófimo, creyente gentil que probablemente lo había
acompañado
desde Corinto como uno de los encargados de llevar la colecta. Ir con
él por la
ciudad, en el efervescente ambiente de sospecha, pudo dar pie a los
rumores
—difundidos sin duda con malicia— de que Pablo había introducido a
Trófimo en
el templo, profanándolo, llevándolo más allá del patio de los gentiles
y
atravesando la barrera que advertía a los gentiles de la muerte que les
aguardaba. Incluso el rumor de que Trófimo deambulaba por el patio de
los
gentiles podía bastar para provocar la alarma. Que ni siquiera se
considerase
la posibilidad de que fuera un prosélito —anuncio de la llegada de los
gentiles
a Sion al final de esta era— es congruente con un espíritu celante de
sospecha
decidido a defender a toda costa la santidad de Israel.
La
habladuría de que Pablo iba «enseñando a todos por todas partes contra
el
pueblo, contra la Ley y contra este lugar» (21,28) crea una atmósfera
altamente
cargada, con marcados ecos de la acusación contra Esteban (6,13). El
elemento
adicional «contra el pueblo» recuerda la determinación radical de
proteger la
separación entre judíos y gentiles. La descripción del alboroto
(21,30-36)
resulta sumamente verosímil: la gente se reúne movida por la pasión y
el
prejuicio; Pablo es arrastrado fuera del lugar sagrado, cuyas puertas
se
cierran de inmediato para proteger la propiedad del templo. La
fortaleza
Antonia lindaba con el lado noroeste de la plataforma del templo, con
dos
escaleras que permitían desplegar con rapidez una unidad militar
mandada por el
jefe de la guarnición. Los soldados se retiran en orden, protegiendo a
su
prisionero de la violencia de la turba. «Lucas sabe cómo contar una
buena
historia.»
La
información que llega al lugar de los hechos es, como suele ocurrir en
los
tumultos, confusa e incompleta (21,34): se nos da la versión de una de
las
partes (21,28), pero la otra no tiene ocasión de exponerse. Este
detalle, lejos
de ser un descuido, refuerza la verosimilitud histórica de la escena,
pues así
es como se desarrollan los disturbios reales. El tribuno actúa con el
pragmatismo del oficial experimentado: arresta al causante evidente del
alboroto, aunque solo sea para restablecer el orden y poder investigar
después
con calma. La furia de la multitud al verse arrebatada su presa
completa un
cuadro de masas en el que la pasión nacionalista y religiosa desborda
cualquier
consideración de justicia. El interés de Lucas no es tanto reconstruir
con exactitud
forense lo sucedido cuanto transmitir la atmósfera de hostilidad
incontenible
en que se desencadena la pasión de Pablo, atmósfera que dará sentido a
todo lo
que sigue.
Un
momento de humor mitiga la intensidad del drama: el tribuno se
sorprende de que
Pablo sepa griego (21,37), pues creía que el disturbio había girado en
torno a
un egipcio «que amotinó y llevó al desierto a cuatro mil hombres de los
sicarios» (21,38). El egipcio en cuestión nos es conocido también por
Josefo:
un «falso profeta» que años antes había conducido a una multitud
(treinta mil,
según Josefo) hasta el monte de los Olivos prometiendo tomar Jerusalén,
antes
de ser dispersado por el procurador Félix. Los sicarios (lat. sicarii),
llamados así por la daga (sica) que usaban para asesinar a sus
adversarios, surgieron durante la procuraduría de Félix, en los años
cincuenta.
La respuesta de Pablo (21,39) aporta información única: era natural de
Tarso y
ciudadano de esa notable metrópoli, y declara ser judío, disipando la
confusión
sobre su identidad. Esta declaración contrarresta la impresión de que
la
identidad cristiana hubiera oscurecido por completo la identidad judía:
las
identidades judía y cristiana aún se fusionan en la persona de Pablo,
reflejo
de la idea que el propio apóstol tenía de sí (Rom 11,1; 2 Cor 11,22;
Gál 2,15).
La escena final, algo artificial, presenta a Pablo calmando a la
multitud y
hablándole en arameo, su lengua nativa (21,40).
Primera
defensa de Pablo (Hch 22,1-21)
Por
segunda vez narra Lucas la conversión de Pablo, ahora en labios del
propio
apóstol junto con su apología personal. Como antes, lo central del
discurso es
el encuentro entre Jesús y Pablo, y el punto culminante la encomienda
de llevar
el Evangelio a los gentiles. Hay, sin embargo, dos cambios
significativos: el
énfasis en el carácter judío de la identidad, educación y celo de Pablo
—alguien que incluso después de su conversión iba con naturalidad a
orar en el
templo (22,3.17)— y en Ananías como «piadoso observante de la Ley»
(22,12); y
el modo en que el discurso deja la encomienda para la posterior visión
de Pablo
en el templo (22,17-21), convirtiéndola en la culminación del alegato.
El
hábil trabajo de Lucas es manifiesto. Flanquea el discurso con un
prefacio
(donde Pablo es identificado como «judío») y una continuación (donde es
identificado como ciudadano romano), reflejando un cristianismo que
abarca
desde Jerusalén hasta Roma. El discurso empieza con «soy judío» y
culmina en la
visión de Jesús que da el encargo «Marcha a los gentiles» (22,21):
precisamente
la tensión que caracteriza los comienzos del cristianismo. Pese a ser
judío de
la diáspora, Pablo se había educado en Jerusalén bajo Gamaliel
«estrictamente (kata
akribeian) según la Ley», convirtiéndose en un zēlōtēs de
Dios.
Igualmente notable es el hincapié en la identidad judía de Ananías y en
el
carácter judío de la encomienda de ser testigo del Justo, con ecos de
Moisés,
Isaías, Jeremías y el Siervo, así como la continua identificación con
el
templo, donde recibe el encargo de ir a las naciones.
Por
medio de esta sección Lucas mantiene una tesis: Pablo, y el movimiento
que
representaba, compartían un doble carácter y una doble lealtad. Eran
judíos y
estaban a gusto con las tradiciones de su pueblo, pero también sentían
obligaciones y derechos respecto a las otras naciones. Esta doble
identidad era
la causante de todos los problemas que emergían: judíos que no
reconocían la
obligación hacia los demás pueblos tal como la entendía Pablo, y
autoridades
romanas dubitativas sobre la continuidad de su identidad judía. Pablo
deviene
algo así como un volante de bádminton en continuo vaivén entre las dos
identidades; el constante aclarar la discutida definición de la
identidad del
cristianismo constituye una segunda trama de estos capítulos.
¿Pronunció
Pablo el discurso en esas circunstancias? El contexto dramático no es
tan
exagerado como muchos piensan: en una época en que la oratoria pública
era el
principal medio de difundir información, la costumbre de escuchar
discursos
estaba arraigada. Como de costumbre, Lucas no se sintió obligado a
ofrecer una
transcripción exacta, sino a representar lo que Pablo pudo decir, según
las
convenciones historiográficas de entonces. La variación en las tres
narraciones
de la conversión proporcionadas por un mismo autor indica
suficientemente la
libertad que Lucas se tomaba. Al mismo tiempo, su fidelidad en la
descripción
de Pablo queda patente en varios aspectos: el recuerdo de su pasado de
fariseo
lleno de celo (Gál 1,13-14; Flp 3,5-6), la centralidad del encuentro
con Jesús
en Damasco (1 Cor 15,8; 2 Cor 4,4-6), la insistencia en que era tan
«testigo»
del resucitado como los primeros apóstoles (1 Cor 9,1-2), la similitud
de su
encomienda con las de los antiguos profetas (Gál 1,15-16) y, sobre
todo, el encargo
de llevar el Evangelio a las naciones (Gál 1,16; Rom 1,5; 11,13).
Las
libertades que Lucas se toma al narrar los sucesos desde su propia
perspectiva
resultan, por tanto, plenamente aceptables desde un punto de vista
historiográfico antiguo, puesto que el tema central de cada discurso
concuerda
con lo que el propio Pablo declara sobre la cuestión. Es posible
incluso que,
tras los tres años pasados en Arabia y Damasco (Gál 1,17-18), Pablo
necesitase
el impulso adicional de una nueva encomienda —una de las muchas
revelaciones
que confiesa en 2 Cor 12,6— antes de entregarse plenamente a la labor
de
evangelización en Siria y Cilicia (Gál 1,21-23). La triple narración de
la
conversión a lo largo de Hechos (caps. 9, 22 y 26), con sus variaciones
de
énfasis y de detalle según el auditorio, no debe verse como
contradicción ni
como descuido, sino como recurso narrativo deliberado: cada versión
adapta el
mismo núcleo —el encuentro con el resucitado y la misión a los
gentiles— al
contexto en que se pronuncia, demostrando hasta qué punto ese
acontecimiento
fundacional se mantenía en el centro de la autocomprensión paulina y de
la
presentación lucana del apóstol.
La
continuación (Hch 22,22-29)
Ante
el renovado alboroto, el tribuno lleva a Pablo escaleras arriba hasta
el
cuartel (la fortaleza Antonia) para interrogarlo. Lucas sigue
presentando la
falta de entendimiento entre judío y gentil respecto a quién era Pablo.
La
multitud lo ha oído identificarse con la religión de sus padres, pero
no acepta
su encargo de ir a los gentiles. El tribuno ha aprendido de su error
anterior
—Pablo es judío, no «el egipcio»—, pero vuelve a equivocarse al suponer
que
puede someterlo al castigo arbitrario permitido por la ley romana. Al
ser
informado de que Pablo es ciudadano romano, le cuesta creerlo
(22,25-28). Lucas
se recrea en esta aclaración porque le es útil para hacer ver que Pablo
es un
cristiano típico y representativo: verdadero judío, pero también
ciudadano
romano, de modo que la fe que representa es merecedora de consideración
en
ambos mundos.
El
procedimiento del centurión era el habitual: interrogar al prisionero
mediante
la tortura. Y tortura habría habido, pues el azote romano era un
instrumento
con cuerdas anudadas o correas con púas de metal o hueso. Muy
posiblemente fue
la perspectiva de tan severo castigo lo que causó que Pablo se
identificara
como ciudadano romano, ya que la ley protegía explícitamente a los
ciudadanos
de ese maltrato arbitrario (16,37). La reacción del tribuno y de
quienes lo
habían encadenado ilegalmente (22,29) refleja la gravedad de la
infracción. La
interacción constituye una buena muestra de arte narrativo: la tensión
crece
mientras Pablo es atado al poste del castigo; la sensacional
declaración del
prisionero y la incredulidad del centurión son evocadas vívidamente; y
el
cambio de las tornas es expresivo —el tribuno compró su ciudadanía,
mientras
que Pablo la tiene de nacimiento. Este énfasis en la segunda identidad
equilibra el relato tras haberse subrayado tanto la identidad judía de
Pablo.
¿Qué
había sucedido con la colecta?
En
todo esto Lucas nunca se refiere explícitamente a la colecta, principal
motivación del viaje de Pablo a Jerusalén. Deja pasar brevemente a
Trófimo
(21,29), probablemente uno de los representantes de las iglesias de
Asia
encargados de llevar el dinero, y luego presenta a Pablo diciendo que
el objeto
de su ida había sido «traer limosnas» a los de su nación y «presentar
ofrendas»
(24,17). Es típico de Lucas poner de relieve estas dos acciones,
centrales en
la piedad judía: en el judaísmo de la época había cierta sinonimia
entre
«limosna» y «justicia», y «ofrendas» difícilmente puede referirse a
otra cosa
que a sacrificios en el templo. Lucas juega así con la ambigüedad en
torno a la
colecta, destacando aspectos de Pablo que los creyentes judíos más
tradicionales
podían haber preferido: su fidelidad a la condición judía y su apertura
a la
interpretación más tradicionalista de los dones procedentes de los
gentiles,
tal como Santiago quiso al imponer la condición de «tener presentes a
los
pobres» (Gál 2,6-10).
Lo
significativo es que Lucas pasa por alto la principal intención paulina
respecto a la colecta: que se viera como una mano tendida a Jerusalén
por las
iglesias de su misión, una muestra de gratitud y expresión de koinōnia
destinada a cerrar la brecha abierta entre las iglesias paulinas y la
iglesia-madre. Y su silencio sobre el efecto de la colecta resulta
desconcertante: si esta permitía una interpretación tradicionalista,
¿por qué
no narrar cómo fue recibida y aceptada, con las naturales
demostraciones de
alegría? Lo cierto es que no hay nada —completo silencio—, pese a tanto
tiempo
y esfuerzo dedicados por Pablo. ¿Qué sucedió con ella? ¿Qué hicieron
los otros
delegados durante los procesos y la prisión? Solo nos quedan
especulaciones:
¿se esperaba que Pablo utilizara parte del dinero para seguir la
sugerencia de
Santiago en 21,24? ¿Esperaba el procurador Félix un soborno a partir de
esa
suma (24,26)? ¿Usó Pablo algo para su mantenimiento durante la prisión?
Toda
la cuestión permanece oscura, agravada por la concentración casi
exclusiva de
Lucas en Pablo. En el mejor de los casos, los delegados (gentiles)
habrían
tenido que permanecer escondidos, pues su presencia activa solo habría
exacerbado las sospechas. Quizá se retiraron y enviaron ayuda mediante
un
intermediario neutral, o confiaron la suma a un banquero esperando la
entrega
formal una vez resuelta la crisis. Sin embargo, dado el absoluto
silencio de
Lucas sobre cualquier apoyo de la jerarquía jerosolimitana en los
capítulos
siguientes, es difícil evitar la sospecha de que el dinero de la
colecta no
despertó entusiasmo alguno en Jerusalén; cabe pensar incluso que ni
siquiera
fue aceptado —como Pablo había temido (Rom 15,31)—, tan grande era la
antipatía
generada contra él. En tal caso, esto significaría que la estrategia
con la que
Pablo se había esforzado por mantener unidas las iglesias de su misión
con las
de Palestina había fracasado. Las circunstancias de finales de los años
cincuenta hicieron imposible cerrar la brecha. Por eso, no pudiendo
concluir
con una nota optimista, Lucas optó por centrar la atención muy
intensamente
sobre Pablo para que sus lectores olvidasen por el momento a la iglesia
jerosolimitana.
Conviene
ponderar la magnitud de lo que estaba en juego. La colecta no había
sido para
Pablo un mero acto de beneficencia, sino la pieza central de toda una
teología
de la unidad: el signo tangible de que las iglesias gentiles reconocían
su
deuda espiritual con la iglesia-madre y de que el único pueblo de Dios
abarcaba
ya a judíos y gentiles en una misma koinōnia. Si esa ofrenda
fue
rechazada o aceptada solo a regañadientes y en secreto, el gesto
simbólico
quedó vaciado de su sentido más profundo, y con él el proyecto de
mantener
visiblemente unido el movimiento desde Jerusalén hasta el Ilírico y aun
más
allá. El historiador no puede sino registrar, con la prudencia que
impone el
silencio de las fuentes, que el momento de mayor ambición unificadora
de Pablo
coincidió con el momento en que las condiciones de Jerusalén hacían esa
unidad
más impracticable. Quizá en tiempos menos agitados el intento habría
prosperado; en el clima de los años previos a la guerra judía, no había
forma
humana de tender ese puente.
34.2.
Procesos y tribulaciones
Lo
narrado entre Hch 22,30 y 26,32 resulta un tanto frustrante para el
historiador: la serie de acontecimientos se ofrece de manera minuciosa
y
prolija, en contraste con las series anteriores. Pero Lucas no escribía
para el
historiador, sino que contaba la historia de los comienzos del
cristianismo
como un buen narrador. La minuciosidad de los detalles y las
repeticiones
tienen un efecto casi hipnótico que va subiendo la tensión dramática
hasta la
culminación de 26,28-29, cuando el rey Agripa habla, de hecho, con la
voz del
oyente al que va dirigida la narración. La respuesta de Pablo —«Ruego a
Dios
que antes o después no solo tú, sino todos los que hoy me escuchan,
lleguen a
ser como yo soy» (26,29)— está dirigida también a aquellos a quienes el
relato
sea leído.
La
comparecencia ante el sanedrín (Hch 22,30–23,11)
Por
tercera vez en capítulos sucesivos se establece un contraste entre
hostilidad
judía y protección romana. Tras ser defendido de la multitud, Pablo es
confrontado con dirigentes judíos en un consejo presidido por el sumo
sacerdote, para que se aclare —espera el tribuno (luego identificado
como
Claudio Lisias)— si actuaba en favor o en contra de su pueblo. Lucas
indica
además el poder de Roma sobre los dirigentes judíos: el tribuno tiene
autoridad
para convocarlos no para que juzguen a Pablo, sino para dilucidar quién
es y
las causas del tumulto. La pregunta sigue siendo: ¿cuál es la verdadera
identidad de Pablo y del movimiento que representa?
La
comparecencia no rinde nada positivo. Pablo empieza afirmando su buena
conciencia ante Dios (23,1), y el sumo sacerdote ordena inmediatamente
que lo
golpeen en la boca (23,2). No está claro qué desató esa reacción —el
uso del
griego, la mención de Dios, el hablar sin invitación—, pero la
hostilidad hacia
quien el sumo sacerdote consideraba un fariseo renegado podría explicar
lo que
parece un acto de soberbia. Pablo responde con no menos intemperancia,
pidiendo
el castigo de Dios y llamándolo «pared blanqueada» (23,3), tremenda
irreverencia. Su disculpa al ser reprendido —«No sabía que fuera el
sumo
sacerdote» (23,5)— es ambigua y probablemente sarcástica, y la cita de
Éx 22,28
(«No injuriarás a un jefe de tu pueblo») tiene un punzante filo
irónico, pues
el sumo sacerdote actuaba ilegalmente al pedir castigo para alguien aún
no
juzgado: ¡Pablo resulta más cumplidor de la Ley que el sumo sacerdote!
Dándose
cuenta de sus pocas posibilidades de un juicio justo, Pablo opta por
jugar la
carta de la división. El consejo lo componían saduceos y fariseos, que
discrepaban sobre la resurrección de los muertos. El apóstol, hablando
como
fariseo, reduce todo el asunto a «la esperanza en la resurrección de
los
muertos» (23,6), medio drástico de defender su continua identidad judía
incitando a una facción contra otra. La táctica funciona en cuanto
obtiene
apoyo de sus antiguos correligionarios fariseos, pero a costa de que la
reunión
degenere en un altercado violento (23,7-9). El tribuno interviene por
tercera
vez y lo pone a salvo (23,10). Una nueva visión anima a Pablo: deberá
dar
testimonio del Señor también en Roma (23,11).
Lucas
quería que sus lectores concluyeran que no había perspectiva de
reconciliación
entre los dos extremos: los guardianes oficiales del culto y la Torá, y
Pablo,
representante de la apertura de la secta del Nazareno a prosélitos y
temerosos
de Dios gentiles. La brecha era honda. Pero queda abierta la cuestión
de si era
posible el acercamiento entre los situados en la parte media del
espectro: los
fariseos que esperaban la resurrección (algunos de ellos creyentes,
15,5) y los
miles de creyentes celosos de la Ley (21,20), cuya ausencia de todo el
asunto
no presagia nada bueno. Lucas no aclara si la desavenencia es entre el
judaísmo
y lo que iba a convertirse en el «cristianismo», entre facciones del
judaísmo,
o incluso entre el judeocristianismo y Pablo. No podemos estar seguros
de que
la confrontación ocurrió tal como se narra, pero Lucas pudo tener
información
de primera mano y los lances no son inverosímiles: Pablo se identifica
como
fariseo, en coincidencia con Flp 3,5, y consideraba la resurrección de
Jesús
absolutamente central.
La
maniobra de Pablo de reducir todo el conflicto a la cuestión de la
resurrección
no es un mero ardid procesal; refleja una convicción profunda que
también
afloraba en sus cartas. Para Pablo, la resurrección de Jesús era la
primicia de
la resurrección general esperada por los fariseos, de modo que afirmar
la fe
cristiana equivalía a afirmar la realización anticipada de la más
característica esperanza farisaica. Lo que en el plano táctico parece
una cuña
introducida para dividir al tribunal es, en el plano teológico, la
afirmación
de que el cristianismo no añade una creencia ajena al judaísmo, sino
que cumple
su esperanza más viva. Esta ambivalencia —táctica y teológica a la vez—
es
típica del modo en que Lucas presenta a Pablo: el apóstol se defiende
con astucia,
pero la astucia descansa sobre una continuidad sustancial entre su fe y
la de
Israel. Cualesquiera que fuesen los detalles precisos del altercado, la
narración pone de manifiesto las divisiones internas del judaísmo de la
época y
el papel que el cristianismo primitivo desempeñaba dentro de ellas.
La
figura del sumo sacerdote Ananías, que ordena golpear a Pablo, no
carece de
relieve histórico. Hijo de Nebedeo, ejerció el sumo sacerdocio durante
buena
parte de los años cincuenta y es conocido por Josefo como hombre
acaudalado,
violento y ávido, célebre por apropiarse de los diezmos destinados a
los
sacerdotes ordinarios y por su connivencia con el poder romano. Que un
personaje así reaccione con un acto de prepotencia ante Pablo, y que
este lo
replique con la dura invectiva de «pared blanqueada», resulta del todo
verosímil a la luz de lo que sabemos de él por otras fuentes. La ironía
del
episodio —Pablo, censurado por injuriar a la autoridad, se revela más
respetuoso de la Ley que el propio sumo sacerdote, que la quebrantaba
al
ordenar un castigo antes del juicio— condensa en una escena breve la
tesis que
Lucas defiende a lo largo de toda la sección: la verdadera fidelidad a
la Torá
no está del lado de los acusadores, sino del acusado. El destino
posterior de
Ananías, asesinado por los rebeldes al comienzo de la guerra judía por
su
colaboracionismo, confirma el retrato de un dirigente cuya autoridad
religiosa
estaba profundamente comprometida con los intereses del poder.
La
confabulación de los judíos contra Pablo y su resultado (Hch 23,12-35)
Lucas
no permite que la tensión ceda un ápice. Más de cuarenta judíos
intransigentes
se confabulan para asesinar a Pablo (23,12-13), en complicidad con la
misma
alianza de autoridades hostiles («sumos sacerdotes y ancianos») que se
opusieron a Pedro y Juan (4,5.8.23). El plan era solicitar al tribuno
una nueva
comparecencia y dar muerte a Pablo antes de que llegara (23,15). Así se
marca
aún más el contraste entre la beligerancia judía y la protección
romana; y, en
el esquema de Lucas, aquí culmina la hostilidad judía hacia Pablo: a
partir de
este punto, esa hostilidad disminuye continuamente en intensidad y
eficacia.
Notable
es que el único de su comunidad que sale en ayuda de Pablo pertenezca a
su
círculo familiar (su sobrino). El joven se entera del plan, entra en el
cuartel
y avisa a Pablo (23,16). No se dice cómo lo supo; el narrador deja esos
detalles a la imaginación. Que el sobrino tuviera acceso como familiar
hace
elocuente el silencio sobre otros posibles visitantes. Pablo lo envía a
informar al tribuno (23,17-21): significativamente, es a los romanos a
quienes
se recurre; no hay ayuda dentro del judaísmo ni en la iglesia de
Jerusalén. El
aislamiento de Pablo es completo. El tribuno responde de inmediato,
mandando
que Pablo sea conducido a Cesarea con una escolta de casi la mitad de
la
guarnición, ante el procurador Félix, con una carta que explica que
Pablo no es
culpable de falta grave y que todo se reduce a discordias entre judíos
(23,22-30). El traslado nocturno al pretorio de Cesarea se realiza con
éxito
(23,31-35).
Sorprende
la ausencia de toda mención de hermanos, discípulos o creyentes del
entorno de
Pablo. Mencionarlos habría reforzado la idea de un movimiento de Jesús
unido en
preocupación fraternal; la omisión destaca, una vez más, el papel
protector del
tribuno romano y permite a Lucas subrayar la sentencia de Galión
(18,14-15):
las querellas judías contra Pablo eran cuestiones puramente internas,
carentes
de interés para los romanos. Los detalles y circunstancias son
enteramente
verosímiles para la época, y como Lucas estuvo en Cesarea algún tiempo
(27,1),
podría haber tenido contactos en la guarnición que lo mantuviesen
informado.
El
motivo del aislamiento de Pablo, que aflora con fuerza en este
episodio,
recorre en realidad toda la sección y plantea al historiador una de sus
preguntas más incómodas. Si la iglesia de Jerusalén contaba con «miles
y miles»
de creyentes (21,20), ¿cómo se explica que, en el momento de la prueba,
ninguno
de ellos —fuera de un sobrino que actúa por vínculo familiar y no
eclesial—
salga en defensa del apóstol? Cabe pensar que la propia presentación
lucana,
centrada exclusivamente en Pablo, ha dejado deliberadamente en la
sombra
cualquier apoyo que sí existiera; pero también cabe la lectura más
inquietante:
que la comunidad jerosolimitana, recelosa de Pablo y presionada por los
«celosos» de la Ley, no quisiera o no pudiera comprometerse
públicamente por un
hombre tan controvertido. Esta segunda posibilidad encaja con el
silencio sobre
la colecta y con la sospecha de que el gran proyecto unificador de
Pablo había
encallado. El relato, al despojar a Pablo de todo respaldo salvo el de
Roma,
dibuja sin pretenderlo el cuadro de un apóstol cada vez más solo, cuya
causa la
comunidad madre no abrazó con el entusiasmo que él había esperado.
El
proceso ante el procurador Félix (Hch 24,1-27)
El
proceso ante Félix es el primer y único proceso propiamente dicho,
confirmado
por el repetido empleo de terminología legal. Lucas se sirvió aquí de
buena
tradición y posiblemente de recuerdos de testigos, y conocía el estilo
retórico
de los escritos legales, conforme al cual elaboró el argumento de
acusación
(24,2-4) y el discurso de defensa (24,10-11). El relato indica hasta
qué punto
el control de los asuntos se había escurrido de manos judías: el sumo
sacerdote
Ananías baja a Cesarea como demandante, acompañado solo de «algunos
ancianos» y
con el apoyo de Tértulo, un abogado (rētōr).
Los
dos primeros puntos de la acusación emplean las imágenes de la peste y
de los
altercados: «este hombre es una peste», «promueve discordia» (24,5)
—difícilmente cabían cargos más inquietantes ante un gobernador. La
intención
era enlodar a «la secta de los nazarenos» a través de Pablo como
cabecilla. El
cargo específico de profanar el templo (24,6) resume la acusación
inicial
(21,28). En su defensa, Pablo se muestra familiarizado con las
convenciones
retóricas, expresando confianza en el juicio del procurador —confianza
no del
todo injustificada, pues el matrimonio de Félix con Drusila (24,24) le
daba un
conocimiento inusual de los asuntos judíos. Pablo hace hincapié en su
piedad
tradicional (había ido a adorar a Dios) y muestra lo absurdo de
imputarle disturbios
cuando llevaba en Jerusalén solo doce días.
Seguidamente
«confiesa» (24,14) que el Camino da culto al Dios ancestral conforme a
las
Escrituras y comparte la esperanza de resurrección de justos y
pecadores
(24,15). Pablo responde a las exageraciones contrarias con otra
exageración,
pero esta sirve para poner de relieve la cuestión principal: la secta
de Jesús
era tan tradicional en el culto y tan ceñida a las Escrituras como
cualquier
otra porción del pueblo judío. Particularmente notable es el carácter
teocéntrico de la confesión: «Doy culto al Dios de mis padres... y
tengo
esperanza en Dios» (24,14-15). Se insiste en su piedad tradicional
—conciencia
limpia ante Dios y los hombres (24,16)—, en que vino a traer limosnas y
presentar ofrendas (24,17) y en que había completado los ritos de
purificación.
La única base posible para acusarlo era su afirmación de la creencia en
la
resurrección (24,19-21). Lucas sigue insistiendo en la coincidencia
sustancial
y continuidad directa entre el cristianismo y la fe ancestral de
Israel: Pablo
no era ningún renegado.
Un
detalle de la defensa merece atención particular por lo que deja
entrever en
los márgenes del relato. Cuando Pablo declara que subió a Jerusalén «a
traer
limosnas a mi nación y a presentar ofrendas» (24,17), aflora —casi de
pasada y
sin que Lucas se detenga en ello— la única alusión clara de Hechos a la
gran
colecta que el apóstol había organizado entre las iglesias gentiles
para los
pobres de Jerusalén. Esta referencia velada confirma indirectamente lo
que las
cartas atestiguan con amplitud (Rom 15,25-31; 1 Cor 16,1-4; 2 Cor 8–9)
y
refuerza la sospecha, abordada más arriba, de que el silencio lucano
sobre el
destino de aquel dinero no es casual. Para Pablo, la entrega de la
colecta era
el gesto supremo de comunión entre las iglesias de su misión y la
comunidad
madre; que en el relato quede reducida a una subordinada en una frase
forense
sugiere que Lucas, o no conocía bien aquel episodio, o prefería no
airear un
esfuerzo cuyo resultado pudo ser amargo. El historiador, atento a las
sombras,
recupera aquí un dato que el narrador apenas insinúa.
Félix
aplaza la resolución hasta la llegada del tribuno Lisias y mantiene a
Pablo en
custodia, aunque con cierto grado de libertad. Lucas dice que Félix
«estaba
bien informado en lo concerniente al Camino», declaración sorprendente
que su
referencia a «el Camino» (en vez de «la secta de los nazarenos») parece
confirmar; siendo judía su esposa Drusila, ella le habría facilitado
percepciones inusuales. Entre los episodios más intrigantes están los
encuentros privados de Félix con Pablo (24,24-25). Uno de los temas era
«la fe
en Cristo Jesús» —Pablo trataba de convertir al procurador—; otros, «la
justicia», «el autodominio» y «el juicio futuro», evocan un debate
filosófico.
«Justicia» es término casi distintivamente judío (cumplimiento de las
obligaciones de alianza), mientras que «autodominio» es clave en la
ética
filosófica griega y raro en los LXX y el NT. La respuesta de Félix
—posponer la
vital elección entre el fugaz poder político y una fe estable— lo
convierte en
el poco envidiable paradigma del contemporizador.
Las
conversaciones continuaron durante dos años, lo que lleva a Lucas a
sospechar
que Félix esperaba un soborno (24,26), actitud no extraña en un
funcionario
que, según Josefo, había sobornado para organizar el asesinato del sumo
sacerdote Jonatán. ¿Suponía Félix que el dinero de la colecta seguía
técnicamente controlado por Pablo, sin haber sido entregado a la
iglesia
jerosolimitana? Con sus frecuentes llamadas, Félix da la impresión de
un hombre
tan atraído por el carácter y el mensaje de Pablo como reacio a
arrostrar sus
consecuencias. Permaneció en el cargo aún dos años, manteniendo preso a
Pablo
como favor a «los judíos» (24,27). Sabemos que Félix fue llamado a Roma
en 59 o
60; Josefo refiere que los jefes judíos de Cesarea lo acusaron de mala
administración,
pero fue absuelto por intercesión de Nerón gracias a su influyente
hermano, el
liberto Palas. El que la queja procediera solo de los dirigentes
locales podría
indicar cierto éxito en su intento de ganarse el favor de «los judíos»
de
Jerusalén manteniendo a Pablo en custodia.
El
retrato de Félix es uno de los más logrados de toda la sección. Por un
lado, su
conocimiento de los asuntos del Camino y su disposición a escuchar
repetidamente a Pablo lo distinguen de un funcionario meramente
indiferente;
por otro, su incapacidad para dar el paso que su conciencia parecía
pedirle lo
convierte en figura ejemplar del que aplaza indefinidamente la decisión
decisiva. La mención de los tres temas —justicia, autodominio y juicio
futuro—
no es ornamental: dibuja a un poderoso confrontado precisamente con las
exigencias morales que su propia conducta —rapacidad, falta de
templanza, abuso
del cargo— contradecía. Cuando el relato dice que Félix «se atemorizó»
y
despidió a Pablo aplazándolo para «ocasión oportuna», Lucas ofrece el
cuadro
del hombre que reconoce la verdad pero la pospone por no renunciar a
sus
ventajas. Que la correlación entre Hechos y Josefo respecto a su
destitución
sea sugestiva, pero arriesgada de establecer con pocos datos, no resta
valor al
retrato moral, que es lo que verdaderamente interesa al narrador.
Aumenta
la tensión (Hch 25)
En
muchos aspectos, el capítulo 25 es el más extraño de Hechos: el tema de
la
custodia de Pablo se extiende a lo largo de más de tres capítulos
cuando nada
habría sido más fácil que condensar los hechos en una o dos frases, e
incluso
la apelación al César podría haberse incluido al final del discurso del
capítulo 26. La respuesta es que en Lucas tenemos un magnífico
narrador: la
función del capítulo es acrecentar la tensión narrativa. Como un
crescendo
musical que cae para formarse de nuevo y alcanzar mayor altura, así se
desarrolla el relato hasta su culminación. Empieza con el nuevo
procurador,
Festo, que sube a Jerusalén poco después de tomar posesión
—recordatorio de la
tensión creciente de la época (bandidaje, guerrilla)—, donde los jefes
de los
sacerdotes piden que Pablo sea llevado de vuelta, abriendo la
posibilidad de un
atentado en el camino (25,2-3). Festo, firme al principio, adopta luego
una
postura conciliadora (25,9).
En
la audiencia de Cesarea (25,6-7), Lucas prescinde de detalles —«muchas
graves
acusaciones» sin pruebas— y evoca la atmósfera de continua acusación y
defensa,
con la actitud amenazadora de los judíos y la negación por Pablo de
toda falta
contra la Ley, el templo o el César (25,8). La imputación «contra el
César» es
un elemento nuevo y sorprendente, que recuerda las tácticas contra
Jesús (Lc
23,2). «Apelo al César» (25,10-11) es una de las frases más destacadas
de la
narración y representa un momento decisivo: transfiere el caso de un
conflicto
interno menor al escenario mundial de un proceso ante el dueño del
mundo
civilizado (25,12). Es el punto en que el clímax pasa de tono menor a
mayor,
marcado por la desaparición de «los judíos», reemplazados en la
representación
de los intereses judíos por el mucho más flexible Agripa. La apelación
no ha
resuelto nada; solo asegura que Pablo no será entregado a la
jurisdicción
judía.
Agripa
II, hijo de Agripa I, tenía solo dieciséis años cuando murió su padre
(44 d.
C.); Claudio lo consideró demasiado joven para sucederle, pero fue
recibiendo
territorio del antiguo reino de Herodes el Grande. Su conocimiento de
la Ley y
la tradición judías era considerable, pues Festo buscó su asesoramiento
y Pablo
se lo reconocería. Fue hábil que el procurador lo consultara: esa
reconocida
autoridad le proporcionaba excusa suficiente para ceder o resistir a
las
presiones del consejo judío. La audiencia se inicia con la entrada
procesional
(«con gran aparato») de Agripa y Berenice, seguidos de jefes militares
y
notables (25,23). La escena no se presenta como un auténtico proceso
—no hay
cargo formal; Pablo es declarado inocente por segunda o tercera vez
(23,29;
25,18.25)—, sino como una audiencia en marco espléndido, concebida para
que el
testimonio final produzca el máximo efecto. Las imágenes de Festo y
Agripa
concuerdan con lo que sabemos por otras fuentes, y la apelación al
César
proporciona la única explicación histórica obvia para el traslado de
Pablo a
Roma; los diálogos, en cambio, deben más a la imaginación histórica del
narrador.
La
función de esta lenta preparación se entiende plenamente desde la
lógica del
relato. La conversación privada entre Festo y Agripa (25,14-22), de la
que
Lucas no pudo disponer de ningún acta, y las pomposas palabras
introductorias
del procurador (25,25-27) no aportan información nueva, pero cumplen un
papel
preciso: dilatar la tensión y disponer el escenario para que el último
gran
testimonio de Pablo produzca su efecto máximo. La variación deliberada
en las
indicaciones temporales —«tres días», «no más de ocho o diez días»,
«muchos
días»— sugiere que responden a recuerdos concretos más que a decisiones
arbitrarias, y la pompa de la entrada en la sala se corresponde con el
gusto de
la antigüedad por la ostentación y con el marco de lo que se aproxima a
un
«juicio-espectáculo». Es notable que, en esta ocasión, Lucas haga poco
por
reforzar su tesis central sobre el carácter judío del movimiento
paulino: quizá
la consideraba ya suficientemente establecida, de modo que las
exigencias del
drama que se desarrolla se imponen sobre todo lo demás. El narrador,
dueño de
sus recursos, sabe cuándo argumentar y cuándo simplemente dejar que la
escena
hable por sí sola.
La
audiencia ante Festo y Agripa (Hch 26)
Todo
el relato de la pasión se ha construido con miras a esta escena,
culminación
del libro de los Hechos al igual que la crucifixión lo es de los
evangelios. No
es una simple repetición de la autodefensa del capítulo 22, sino la
respuesta
concluyente del Pablo lucano a sus críticos judíos, dirigida
explícitamente al
rey de los judíos. Junto con el relato de la conversión (cap. 9),
abarca lo
esencial de la misión paulina: en vez de una impugnación de las
acusaciones, es
un examen del curso y fundamento de su existencia. Es la «apología» de
Pablo,
la versión lucana de la apologia pro vita sua.
Al
principio (26,3-4) parece que Pablo recuerda su estilo de vida
anterior, pero
ahora no sugiere un corte entre antes y después de la conversión: se
retrotrae
a «mi vida desde mi juventud», habla a Agripa de «nuestra religión» (thrēskeia)
y de «nuestras doce tribus», y se refiere a los primeros creyentes como
aún
miembros de la sinagoga. El principal motivo, como en 23,6, es
relacionar la
acusación con la esperanza de Israel en la resurrección, convicción
farisaica
(26,6-8): la promesa hecha a los padres se ha realizado con la
resurrección de
Jesús. En el contexto, la pregunta a Agripa equivale a una afirmación:
esta
creencia cristiana en la resurrección de Jesús es una creencia y una
esperanza
judías realizadas.
Sigue
la conocida serie de la conversión, referida con variaciones de
narrador pero
en torno al mismo núcleo del encuentro entre el Jesús resucitado y
Saulo el
perseguidor (26,14-16). La mayor divergencia es que el encargo de ir a
los
gentiles tiene lugar durante el encuentro mismo. Los términos son
fundamentales
para la apología: Pablo fue nombrado directamente por Cristo «ayudante
y
testigo» (26,16), situado plenamente entre los que recibieron el
encargo del
resucitado; fue enviado a las naciones (26,17) con frases que recuerdan
deliberadamente la encomienda al Siervo de Yahvé («a abrirles los
ojos»,
«volverlos de las tinieblas a la luz», Is 42,6-7.16), desempeñando el
papel del
Siervo, el papel de Israel (49,3). La frase final de 26,18 («una parte
en la
herencia entre los santificados, mediante la fe en mí») recuerda el
testamento
de Mileto (20,32) y tiene resonancias paulinas: la identidad cristiana
de los
gentiles debe hacerlos aptos para participar en la herencia de los
judíos.
La
declaración de que Pablo desarrolló su misión en Damasco, Jerusalén y
Judea
para luego ir a los gentiles (26,19-20) concuerda con su propia
afirmación de
haber predicado partiendo de Jerusalén (Rom 15,19) y con la teología
misionera
de «al judío primero, pero también al gentil». Sobre todo, Pablo
insiste en que
su mensaje no es otro que lo predicho por Moisés y los profetas: «que
el Mesías
había de padecer y que, después de resucitar el primero de entre los
muertos,
anunciaría la luz al pueblo y a las naciones» (26,23). La apertura del
Evangelio a los gentiles corresponde a esa identidad y continuidad, por
ser
parte de la misión de Israel de servir «como luz para las naciones» (Is
49,6,
ya citado en 13,47).
El
párrafo final (26,24-32) mantiene la fuerza dramática. El discurso es
interrumpido, distinguiendo aún más las últimas palabras como clímax.
La
reacción de Festo («Estás loco, Pablo», 26,24) pone de manifiesto la
excepcionalidad de la afirmación cristiana. La apelación a Agripa —«Rey
Agripa,
¿crees a los profetas? Yo sé que crees» (26,27)— es una pincelada
magistral:
Agripa no podía dejar de reconocer que Pablo decía «la pura verdad». Su
reacción («Intentas persuadirme para que me haga cristiano», 26,28)
indica la
atracción inherente de un mensaje tan judío para un rey tan judío. La
respuesta
de Pablo tiene una noble dignidad y un punto de patetismo: deseaba que
sus
oyentes compartieran su fe... aunque no sus cadenas (26,29). La escena
desciende con suavidad a su conclusión (26,30-32): los dignatarios
coinciden en
que no hay base para condenar a Pablo, pero el privilegio de su
ciudadanía
proporciona la ocasión del plan divino: ha de comparecer ante el César,
y eso
significa que tiene que ir a Roma, dando el paso final para llegar
«hasta los
confines de la tierra» (1,8). En el aspecto histórico, podemos tener
por cierto
que Pablo compareció ante Festo y fue enviado a Roma; el discurso se
construye
en torno a los dos acontecimientos constantes en su memoria —el
encuentro con
Jesús y el envío a los gentiles—, sin que importe sustancialmente que
su
narrador sea Lucas o el propio Pablo.
La
declaración de inocencia repetida por boca de las máximas autoridades
romanas y
herodianas cumple en Hechos una función comparable a la que cumplen, en
el
evangelio de Lucas, las repetidas afirmaciones de la inocencia de Jesús
por
parte de Pilato y de Herodes Antipas. El paralelismo no es casual:
Lucas
construye la pasión de Pablo en deliberada sintonía con la pasión de
Jesús, de
modo que el lector perciba que el siervo no es mayor que su señor y que
el
destino del apóstol reproduce, en clave propia, el del Maestro. Al
mismo
tiempo, esa inocencia jurídicamente reconocida sirve a un propósito
apologético
dirigido al mundo romano: el movimiento cristiano no es subversivo ni
constituye amenaza para el orden imperial; las acusaciones contra Pablo
nacen
de querellas internas del judaísmo, no de crímenes contra Roma. Que la
apelación al César sea, en términos prácticos, lo único que mantiene a
Pablo
bajo custodia —cuando todas las autoridades lo consideran inocente—
subraya la
paradoja: es precisamente el privilegio de la ciudadanía, y no la
culpa, lo que
lo conduce a Roma, cumpliéndose así, por vías inesperadas, el plan
divino
anunciado desde el comienzo del libro.
Esa
paradoja merece subrayarse, porque resume el modo lucano de entender la
providencia. A lo largo de toda la sección, los actos humanos —la
malicia de
los acusadores, la indecisión de Félix, el cálculo político de Festo,
la
curiosidad de Agripa, incluso la furia del mar— se entretejen sin
violencia en
un designio que los trasciende y los encamina hacia la meta fijada en
1,8. La
apelación al César no es presentada como una jugada hábil de Pablo para
salvar
la vida, sino como el eslabón que faltaba para que el Evangelio llegara
a la
capital del mundo por mano del propio poder que lo custodiaba. Lo que
para los
actores del drama es contingencia, litigio o azar marino, para el
narrador es
conducción soberana: el mismo Dios que había prometido a Pablo en
visión que
daría testimonio en Roma (23,11) se sirve de los engranajes del derecho
imperial para cumplir su palabra. De este modo, la condición de
ciudadano
romano —que en el plano humano explica el traslado— se revela, en el
plano
teológico, como instrumento elegido para que «hasta los confines de la
tierra»
deje de ser programa y se haga historia.
Viaje de Pablo a Roma.
34.3.
Camino de Roma
Tras
unos capítulos pausados, de mucho discurso y poco movimiento, Hch 27
resulta un
agradable contraste: es todo acción y pocas palabras. Disuelve
completamente la
tensión acumulada y permite que se forme otro tipo de tensión, en torno
al
peligro de las fuerzas de la naturaleza. Compositivamente, su función
es como
la del Sábado Santo que sigue al Viernes Santo y lleva al desenlace del
Domingo
de Resurrección.
El
naufragio (Hch 27)
Pablo
y sus compañeros —«nosotros» y Aristarco— son confiados al centurión
Julio, de
la cohorte Augusta. En Mira encuentran una nave mayor con destino a
Italia,
probablemente un transporte de cereales procedente de Alejandría; Roma
dependía
del trigo egipcio, y la seguridad de ese tráfico era objetivo principal
de la
política estatal. Los acontecimientos tienen lugar ya muy avanzada la
temporada
de navegación: «el Ayuno» (27,9), nombre del Yom Kippur (finales de
septiembre
o comienzos de octubre), ya había pasado, y las embarcaciones no se
adentraban
en mar abierto después del 11 de noviembre. La pérdida de mucho tiempo
peleando
con vientos contrarios sugiere a un viajero experimentado como Pablo
—que ya
había naufragado tres veces (2 Cor 11,25)— que la esperanza de llegar a
Italia
era poco realista (27,10). El centurión, al mando, consulta al patrón y
a otros
tripulantes, imponiéndose la idea mayoritaria de invernar en Creta, en
el
puerto más abrigado de Fenice.
El
suave viento del suroeste da paso a otro «huracanado, llamado el
Nordeste» (eurakylōn)
(27,13-15). Arrastrados lejos de la costa, la tripulación toma medidas
de
emergencia: asegurar el bote, ceñir el casco con cables, echar el ancla
flotante y, dolorosamente, aligerar la nave arrojando carga y aparejo.
El mayor
peligro era la Sirte, los temidos bancos de arena de Libia. En un
intermedio,
Pablo cede a la tentación de decir «Si me hubierais escuchado...»
(27,21),
pero, más positivamente, recibe una nueva visión: un ángel de Dios —la
primera
y única en Hechos— le asegura la salvación de todos (27,23-24). El
mensaje
tiene a Dios como centro: a Dios pertenece Pablo y le rinde culto, Dios
tiene
el control soberano, y es la fe en ese Dios la que Pablo afirma
(27,25). Tras
trece o catorce días a la deriva por el Adriático, se aproximan a Malta
(27,27-29).
Pablo
frustra un intento de huida de parte de la tripulación (27,30-32), cuyo
abandono habría dificultado la situación de los demás. Animado por la
cercanía
de tierra, toma la iniciativa de elevar la moral: les anima a tomar
alimento
«para vuestra propia salvación» (sōtēria) y «da gracias a Dios
en
presencia de todos» (27,33-36). Cuanto más ligera fuera la embarcación,
mayores
las posibilidades de vararla; el intento desemboca en el desastre en
«un lugar
de dos mares», donde la nave encalla y la popa es destrozada por el
oleaje
(27,39-41). Los soldados se disponen a matar a los prisioneros para no
responder por su fuga, pero el centurión —impresionado por Pablo y por
sus
seguridades anteriores— lo impide (27,42-43). Es notable que Lucas no
atribuya
esa contraorden a una petición de Pablo: no intenta darle el papel
principal en
el desenlace. Y así, todos llegan a tierra sanos y salvos (27,44).
Lucas
veía en este episodio un paradigma de la misión de Pablo: un progreso
arduo
pero claro, una tripulación incrédula (con papel similar al de «los
judíos»),
un oficial romano bien dispuesto, el amparo de Dios en el peligro y un
final
que cabe describir como «salvación». Si Dios había librado a Pablo del
abismo,
se podía confiar en su promesa de liberación. Los naufragios eran tema
favorito
de los narradores antiguos desde la Odisea, y algunos suponen
que Lucas
siguió esa convención literaria; pero las tempestades eran frecuentes
en el
Mediterráneo, Pablo ya había naufragado (2 Cor 11,25-26) y el propio
Lucas
había pasado por trances semejantes, de modo que casi con certeza el
relato se
basa en recuerdos propios. Lo confirman los nombres del centurión y la
cohorte,
los topónimos poco conocidos (Cnido, Salmón, Cauda), el viento
«Euroaquilón» y
los números mencionados (27,37). Notable es la contención del narrador:
ningún
milagro se atribuye a Pablo más allá de la predicción de 27,26; su
consejo
encierra buen sentido nacido de la experiencia. Pablo es indomable,
pero no
divino. Sobre todo está la aparición del narrador en primera persona
desde
27,1: la conclusión más simple es que el capítulo lo escribió alguien
que fue
compañero de Pablo en la accidentada navegación y en el resto del viaje
hasta
Roma (el «nosotros» final está en 28,16).
La
sobriedad del relato es, en este sentido, su rasgo más elocuente.
Lucas, que en
otros pasajes gusta de establecer paralelos entre Jesús y Pablo,
renuncia aquí
a la ocasión que le brindaba su propio evangelio, donde Jesús calma la
tempestad (Lc 8,22-25): Pablo no calma el mar ni obra prodigio alguno
que lo
distinga de un líder humano sereno y experimentado. Su autoridad
durante la
travesía no procede de poderes sobrenaturales, sino de la combinación
de buen
juicio náutico, fortaleza de ánimo y, sobre todo, de la confianza en el
Dios al
que pertenece y rinde culto. Esta contención narrativa, lejos de
empobrecer el
relato, refuerza su verosimilitud histórica y su mensaje teológico: la
salvación de todos los que iban en la nave no se debe a la magia de un
taumaturgo,
sino al designio soberano de Dios, que se sirve de la entereza de su
testigo
para conducir a buen puerto a justos e indignos por igual. El cuadro
encaja con
el Pablo que conocemos por las cartas: indomable en la adversidad,
persuadido
de que ni la muerte ni la vida pueden separarlo del propósito de Dios.
Veredicto
sobre Pablo (Hch 28,1-10)
El
episodio de Malta (Melitē) es incidental, pero podría tener
origen en
recuerdos: los nativos hablan un dialecto desconocido y muestran una
humanidad
poco común, encendiendo una hoguera por la lluvia y el frío. Pablo no
da
órdenes, mostrándose pronto a ayudar (cf. 20,34); una víbora aletargada
cobra
vida con el calor y lo muerde, provocando la supersticiosa reacción de
los
nativos. Como antes hicieron «los judíos», concluyen que Pablo es un
asesino al
que la justicia divina alcanza pese a haber escapado del mar (28,3-4).
Pero al
sobrevivir indemne, cambian de opinión: no es un asesino, sino un dios.
«La
justicia ha tenido la última palabra», claramente en favor de Pablo, y
este es
el veredicto final que Lucas quería sobre las acusaciones contra él.
Este
veredicto «de arriba» sella la cuestión: ya no hay acusaciones ni
contraacusaciones sobre las que pronunciarse. Pablo puede seguir su
camino como
si nunca hubiera sido objeto de imputaciones graves, incluida la de
apostasía,
e incluso predicar a su propio pueblo. La continuación (28,7-10)
funciona como
corolario: Pablo es recibido como personaje importante, sin alusión a
su
condición de prisionero, y la realización de curaciones prodigiosas
confirma su
poder como medio autorizado por Dios. El episodio tiene un carácter
festivo de
principio a fin: la celebración del juicio favorable de Pablo y de su
autorización por el cielo.
Es
revelador el modo en que Lucas articula los dos veredictos sucesivos de
los
malteses. Primero, ante la mordedura, concluyen que la «Justicia» (Dikē)
divina persigue a un criminal que escapó del mar pero no escapará del
castigo;
luego, al verlo indemne, invierten radicalmente su juicio y lo tienen
por un
dios. Lucas no se molesta en corregir esa última divinización
supersticiosa
—como sí hará notar en otros pasajes que Pablo no es divino (cf. 28,6
frente a
14,11-15)—, porque lo que le interesa es el primer movimiento: la idea
de que
un poder superior tiene la última palabra sobre la culpabilidad de
Pablo, y que
esa palabra resulta absolutoria. El paralelo con «los judíos», que
repetidamente habían querido que la justicia cayera sobre Pablo, es
deliberado:
donde los hombres lo condenaban, el veredicto del cielo lo absuelve.
Así, antes
incluso de llegar a Roma, el lector ha recibido la garantía narrativa
de que el
proceso ante el César, sea cual fuere su desenlace jurídico, no puede
alterar
el juicio que verdaderamente importa.
«Y
así llegamos a Roma» (Hch 28,11-22)
En
febrero (probablemente del 60) los vientos vuelven favorables. El grupo
embarca
en otra nave alejandrina y la ruta (Siracusa, Regio, Pozzuoli) debe
proceder de
recuerdos personales. Pozzuoli era el puerto principal del sur de
Italia; el
hecho de que ya hubiera allí una iglesia establecida es significativo.
Llegados
a las cercanías de la capital, «hermanos» de Roma acuden a recibirlos
al Foro
de Apio y a Tres Tabernas, en la Vía Apia (28,15), pertenecientes al
parecer a
dos agrupaciones distintas. Lucas no dice quiénes eran, contentándose
con la
más breve de las referencias respecto a la fundación de la iglesia en
la que él
mismo debía considerar la capital del mundo —uno de los aspectos más
irritantes
de Hechos, pues por la Carta a los Romanos sabemos que ya había un
considerable
número de cristianos en Roma. Es evidente que Lucas, al narrar la
estancia de
Pablo, estaba decidido a centrarse en su relación con la comunidad
judía local,
dejando en la sombra a los creyentes romanos.
La
existencia de iglesias en Pozzuoli y en las dos localidades de la Vía
Apia
confirma, en contra del silencio lucano, que el cristianismo se había
difundido
por Italia con anterioridad e independencia de Pablo. Que algunos
creyentes
recorrieran entre cincuenta y setenta kilómetros para salir a su
encuentro
revela el prestigio del que ya gozaba el apóstol y, presumiblemente, el
conocimiento que de él se tenía a través de su correspondencia, en
particular
de la Carta a los Romanos. La decisión de Lucas de no detenerse en
estos
creyentes, sino de pasar directamente a los encuentros de Pablo con los
representantes judíos de la ciudad, obedece a su propósito de fondo: no
quiere
cerrar su obra con la imagen de una comunidad cristiana de apoyo, por
valiosa
que esta fuera, sino con la imagen de Pablo dirimiendo, una vez más y
definitivamente, la relación de su Evangelio con Israel. Toda la
arquitectura
final del libro está al servicio de esa declaración, y por eso los
hermanos
romanos quedan reducidos a una breve y conmovedora pincelada en el
camino.
Concluido
el viaje, Lucas recuerda (último uso de la primera persona del plural)
que
Pablo seguía siendo prisionero, en condiciones livianas como desde el
principio
(24,23). En un diálogo resumido típico de Lucas, Pablo enumera ante
representantes judíos los hechos básicos de su caso (28,17-20): su
completa
inocencia de las acusaciones, la hostilidad judía contrarrestada por
los
romanos convencidos de su inocencia, la negación de toda antipatía
hacia su
nación, y que lo que está en juego es «la esperanza de Israel». Desde
la
perspectiva de Lucas (y de Pablo), no era una reunión de pueblos o
religiones
hostiles, sino de miembros «hermanos» de un mismo pueblo. Los judíos de
Roma
aceptan sus explicaciones (28,21-22): sorprendentemente, no han
recibido
acusaciones contra él de otras partes ni de la animosidad
jerosolimitana. Lucas
no quería presentar a «los judíos» tan absolutamente opuestos a Pablo:
los de
Jerusalén no eran representativos de los de otros lugares; los de Roma
podían
examinar sin prejuicios su afirmación. Aunque sabían que «esa secta»
era
discutida en todas partes, seguían viéndola como una «secta» judía y se
mostraban dispuestos a escuchar.
La
escena final (Hch 28,23-31)
Lucas
dedica una escena aparte a la importante reunión posterior. ¿Qué imagen
de
Pablo tenía tanto interés en esbozar? No la del predicador a los
gentiles, ni
la del constructor de la Iglesia, ni la del testigo ante el César, sino
la de
Pablo haciendo una declaración final sobre la relación de su Evangelio
con
Israel y con los gentiles. Al final de su descripción del cristianismo
primitivo, la principal preocupación de Lucas es dejar patente que el
cristianismo solo puede entenderse en relación con el pueblo de la Ley
y los
profetas, y que la salvación que anuncia es también para las demás
naciones.
La
respuesta es similar a ocasiones anteriores: unos quedan persuadidos,
otros
incrédulos (28,24). Lucas emplea el imperfecto para indicar que no era
un
resultado definitivo, sino el comienzo de un proceso continuo de debate
que
probablemente prosiguió durante los dos años siguientes. La declaración
final
(28,25-28) no sigue a un rechazo unánime: los visitantes se marchan en
desacuerdo entre ellos. La cita de Is 6,9-10 no debe verse como que
Pablo se
desentiende definitivamente de «los judíos» —dentro del Isaías
canónico, ese
encargo no implicaba renuncia, pues le siguen sesenta capítulos de
profecía—,
sino que indica la respuesta mixta que su mensaje seguirá encontrando
en su
pueblo. Sería erróneo ver en 28,28 una ruptura definitiva con los
judíos. La
frase «la salvación de Dios dada a conocer a las naciones» alude a Sal
67,2: la
fidelidad de Dios a Israel es parte de su preocupación salvífica
universal,
pensamiento implícito en Lc 2,30-32; 3,4-6; 4,18-27 y en la cita de
Amós por
Santiago (15,16-18). «La hora de los gentiles» es parte del plan divino
de
salvación y no entraña rechazo de Israel: el Pablo lucano no difiere
del de Rom
9–11.
Importa
percibir por qué Lucas eligió cerrar su obra precisamente con esta
escena y no
con otra. Pudiendo concluir con la imagen triunfal del Evangelio
asentado en
Roma, o con un cuadro de la comunidad cristiana en plena expansión,
prefiere
fijar el último plano en Pablo debatiendo con los judíos de la capital
sobre el
reino de Dios y sobre Jesús a partir de la Ley y los profetas. La
elección no
es casual: condensa la convicción que recorre los dos volúmenes de
Lucas, según
la cual el movimiento de Jesús no es una religión nueva surgida de la
nada,
sino el cumplimiento de la esperanza de Israel y la realización de su
vocación
de ser luz para las naciones. Que la respuesta de los oyentes se divida
—unos
persuadidos, otros incrédulos— no clausura el diálogo, sino que lo
perpetúa:
así seguirá siendo la situación del cristianismo respecto a su matriz
judía,
una relación de continuidad reivindicada y de ruptura nunca del todo
consumada.
La última palabra del libro, akōlytōs, «sin estorbo», proyecta
hacia el
futuro esa tarea inconclusa: el Evangelio avanza, pero la cuestión de
Israel
queda abierta, confiada a los lectores que han de continuar la historia.
Lo
que Lucas narra no es tanto una escena final como una escena típica: el
continuo debate entre creyentes en Jesús el Mesías y judíos
tradicionales, en
el que algunos son persuadidos y otros permanecen incrédulos. Así
seguirá
siendo, como consecuencia inevitable de la identidad del cristianismo.
El
epílogo es enteramente positivo: Pablo permaneció en custodia, pero a
sus
propias expensas, sostenido por la ayuda de sus seguidores. No se dice
nada del
progreso de la causa ni de la comparecencia ante el César, ni de
creyentes
romanos, colaboradores o cartas: Pablo es el único centro de atención.
Dos
aspectos importantes cierran el segundo libro de Lucas: las
características del
mensaje de Pablo —«anunciaba el reino de Dios y enseñaba lo referente
al Señor
Jesucristo»— suponen completa continuidad con la predicación de Jesús
(1,3); y
Pablo predicaba «con toda valentía y sin ningún estorbo» (akōlytōs),
imagen final de fidelidad proyectada hacia un futuro entre brumas. Así
da Lucas
su respuesta final a la pregunta que motivó su narración: el
cristianismo es la
extensión de Israel y del encargo de ser luz para los gentiles, un
movimiento
que solo puede entenderse en relación con Israel y su esperanza, y que
solo es
fiel a sí mismo en continuo diálogo con los judíos.
34.4.
Las epístolas de prisión
El
historiador debe apartar de vez en cuando la mirada de aquello en lo
que Lucas
concentra su foco para intentar ver qué sucedía en las sombras
circundantes.
Surgen así dos cuestiones importantes. La primera atañe a la
preocupación de
Pablo por todas las iglesias: si las condiciones de su encierro eran
tan
liberales como dice Lucas (28,16.30-31), Pablo habría podido recibir
visitantes
y mensajeros y mantener el intercambio epistolar. Es en este período
donde
probablemente deben datarse las «epístolas de prisión»: Filipenses,
Filemón y
la discutida Colosenses. Pese al atractivo de relacionar la segunda
carta con
un encierro anterior en Éfeso, los indicios apuntan a un origen romano:
el
encierro efesino es solo una deducción de la crisis de 2 Cor 1,8, mucho
más
aguda que la liviana reclusión domiciliaria de Roma; la ausencia de
toda
mención de la colecta sería inexplicable en cartas de Éfeso; y las
menciones
del «pretorio» y de «los santos de la casa del César» (Flp 1,13; 4,22)
deben
leerse como referencias a la guardia imperial de Roma y a los esclavos
del
palacio de Nerón. Se acepta, pues, como hipótesis de trabajo, una
composición
romana.
Ninguna
de las cartas debió de componerse muy pronto durante el encierro: las
idas y
venidas entre Roma y Filipos (información sobre la reclusión, el regalo
de
Epafrodito, su enfermedad y la consternación causada) ocuparon muchas
semanas;
y la sucesión de acontecimientos en Filemón y Colosenses (la llegada de
la
noticia a Colosas, el viaje de Onésimo, su conversión y servicio)
supone
también un largo período. La otra cuestión crucial es qué sucedió con
el propio
Pablo: cómo terminó su encierro y cómo se completó su pasión.
El
valor de estas cartas para el historiador es difícil de exagerar.
Mientras que
Hechos ofrece el relato visto desde fuera —el dramatismo de los
procesos, la
tensión de los viajes, la arquitectura teológica del conjunto—, las
epístolas
de prisión permiten escuchar la voz del propio Pablo en el trance, sus
estados
de ánimo, sus afectos y sus incertidumbres. En ellas se transparenta un
hombre
que oscila entre la esperanza de la liberación y la aceptación serena
de la
muerte, que se conmueve por la enfermedad de un colaborador y por la
generosidad de una comunidad lejana, que sigue pensando en términos de
misión y
de comunión incluso entre cadenas. Donde Lucas concentra el foco en la
figura
pública del testigo, las cartas iluminan al pastor y al amigo, al
teólogo que
no deja de reflexionar y al estratega que no renuncia a tejer vínculos
entre
las iglesias. Leer ambos testimonios en contrapunto —el relato y las
cartas— es
la única manera de aproximarse con cierta plenitud a los últimos años
de Pablo,
asumiendo que buena parte de lo sucedido en las sombras del encierro
romano
permanecerá siempre fuera de nuestro alcance.
Carta
de Pablo a los filipenses
Lo
más probable es que Filipenses date del encierro romano. La carta
presenta
varias señales de unidad y, aunque algunos han propuesto que se formó
por
combinación de fragmentos, ofrece vislumbres valiosos sobre las
circunstancias
de Pablo. Al expresarse tan libremente, muestra su inseguridad sobre el
resultado del proceso: al principio parece confiado en su liberación (sōtēria,
1,19), pero de inmediato entra en consideraciones sobre su posible
final,
dispuesto a morir e incluso deseándolo («partir y estar con Cristo»,
1,23),
aunque todavía esperaba quedar libre y visitar de nuevo a los
filipenses
(1,24-26; 2,24). Su reclusión era lo bastante liviana para permitirle
comunicarse con creyentes romanos, dar instrucciones a Timoteo, recibir
a
Epafrodito con ayuda y planear devolverlo a Filipos. La serenidad de
Pablo en
situación difícil se manifiesta sobre todo en 4,10-20: su capacidad
para
desenvolverse en la holgura y la estrechez (4,12), su confianza en la
ayuda de
Dios (4,13.19) y su gozo por los dones recibidos (4,18). Todo ello es
coherente
con la escena final de Hechos.
La
característica más notable de Filipenses es la constancia con que Pablo
presenta a Cristo como modelo al que los creyentes deben amoldarse. Es
significativo, dado el tono sosegado de la carta y la ausencia de
arista
polémica: aquí Pablo podía elegir libremente términos e imágenes. La
expresión
más poderosa es el himno cristológico de 2,6-11. El autor comparte la
opinión
minoritaria de que el himno está formulado para evocar el contrastante
paralelo
de Adán: como Adán, Cristo existía en la «forma» (morphē) de
Dios (Gn
1,27) y fue tentado de aprehender la igualdad con Dios (Gn 3,5); pero,
a
diferencia de Adán, rechazó la tentación y aceptó voluntariamente el
destino de
la humanidad —la esclavización a la corrupción y al pecado (Gn 3,19)—
sometiéndose a la muerte. En consecuencia, fue exaltado sobremanera (hyperypsōsen),
no solo al señorío sobre todas las cosas que había sido el propósito
original
para Adán (Sal 8,5b-6), sino a participar del señorío que había sido
prerrogativa de Dios (con inconfundible alusión a Is 45,23). El himno
resuelve
así la tragedia de la desobediencia de Adán, describiendo a un Jesús
que
alcanza un destino muy superior al que Adán hubiera podido esperar.
El
alcance teológico del himno desborda con mucho su función parenética
inmediata.
Al presentar a Cristo recorriendo el camino inverso al de Adán —de la
«forma»
divina al abajamiento, y del abajamiento a la exaltación—, Pablo (o la
tradición que recoge y hace suya) ofrece en germen una cristología que
abarca
preexistencia, encarnación, humillación hasta la muerte de cruz y
entronización
celeste. Que un texto tan denso aparezca incrustado en una exhortación
moral,
sin ánimo de elaborar doctrina sino de proponer un ejemplo, es indicio
elocuente de cuán desarrollada estaba ya la reflexión sobre la persona
de
Cristo en las comunidades paulinas hacia el final de los años
cincuenta. El
movimiento descendente-ascendente del himno proporcionará, andando el
tiempo,
uno de los pilares de la cristología eclesial; pero su sentido primario
en
Filipenses es práctico: la mente que ha de reinar en la comunidad es la
misma
que hubo en Cristo Jesús, quien no se aferró a su rango sino que se
vació de
sí. La gloria del exaltado no anula el patrón del abajamiento, sino que
lo
confirma como camino hacia la exaltación, exactamente lo que Pablo pide
a los
filipenses divididos por la rivalidad y la vanagloria.
Dos
cuestiones introductorias merecen atención. La primera es la unidad de
la
carta. Junto con 2 Corintios, Filipenses es el escrito que más ha
alimentado la
tesis de que algunas cartas del NT son, en su forma canónica, el
resultado de
combinar cartas distintas; en este caso se ha propuesto una composición
a
partir de tres cartas. Los argumentos no carecen de fuerza —la
transición de
3,1 a 3,2 es demasiado abrupta, con el súbito aviso «¡Cuidado con los
perros!»—, pero la tesis no termina de convencer: si los editores se
permitieron cortar y unir textos, ¿por qué no suavizaron más las
uniones?; y si
respetaban tanto los textos paulinos, ¿cómo se permitirían eliminar
principios
y finales de cartas?; además, faltan buenos paralelos de esa práctica
en la
literatura de la época. Es más sencillo imaginar que la liviana
reclusión de
Pablo no permitía largos tiempos de dictado, de modo que la composición
requirió varios días con pausas —quizá por comparecencias ante
autoridades
judiciales—, en una de las cuales algún grave suceso provocó un
comentario
irritado insertado en el pasaje un tanto deslavazado donde ahora se
encuentra.
La
segunda cuestión es la de los adversarios aludidos en 3,2–4,1. Lo más
probable
es que se trate de personas que valoraban en exceso su condición de
judíos y
consideraban defectuosa la adhesión de los creyentes gentiles
incircuncisos de
Filipos. Probablemente eran creyentes en Jesús el Mesías —de lo
contrario no
habrían constituido tal amenaza—, como sugiere que Pablo oponga su
conocimiento
de Cristo al valor del privilegio judío (3,7-11) y la expresión
«enemigos de la
cruz de Cristo» (3,18). El paralelo de 3,5 con 2 Cor 11,22 apunta a
gente
aferrada a una identidad judía tradicional o conservadora. No cuesta
imaginar
que creyentes jerosolimitanos antagonistas con Pablo hubiesen llevado
la lucha
contra su «apostasía» a las iglesias por él fundadas, aunque es menos
probable
una conexión específica con un dirigente como Santiago; de haberla,
tendríamos
en Filipenses pasajes paralelos a Gál 1,17-24 o a los comentarios sobre
los
«superapóstoles» de 2 Cor 11,5; 12,11. Los indicios permiten pensar más
bien en
una campaña continua, de origen último jerosolimitano o derivada del
enfrentamiento de Antioquía, llevada a cabo espasmódicamente por
distintos
grupos sin coordinación central pero con similar motivación, reflejo de
las
tensiones internas que Pablo trató ampliamente en Romanos.
Carta
de Pablo a Filemón
El
segundo escrito vinculable a la reclusión romana es la carta personal a
Filemón, sobre un esclavo de este, Onésimo. De Filemón podemos decir
bastantes
cosas: era un hombre de buena posición, con una casa lo bastante grande
para
acoger a una iglesia (2) y una habitación de huéspedes (22),
propietario de al
menos un esclavo; probablemente vivía en Colosas; parece haber sido un
exitoso
hombre de negocios convertido por Pablo (19), con quien mantenía
estrecha
amistad como uno de sus «colaboradores»; y era seguramente jefe de la
iglesia
que se reunía en su casa.
La
finalidad principal de la carta era interceder por Onésimo, quien de
algún modo
había perjudicado a su amo (18). La idea tradicional —que Onésimo había
robado
y huido, encontrándose luego con Pablo en prisión— presenta
dificultades:
cabría esperar alguna mención del arrepentimiento por el robo, y cuesta
imaginar las circunstancias en que Pablo, en reclusión domiciliaria,
hubiera
conocido a otro preso o podido «devolverlo» a Filemón. Una hipótesis
distinta
ha ganado terreno: era frecuente que un esclavo en conflicto con su amo
buscase
a un tercero para que intercediera ante el propietario ofendido. Esto
concuerda
mejor con el tono de la carta y con la oración condicional del v. 18
(«Si en
algo te perjudicó o te debe algo»). Onésimo habría buscado la
intercesión de
Pablo —cuyo apoyo, dada la deuda de Filemón con él (19), era el que más
necesitaba ganar—, siendo convertido por Pablo durante su reclusión
(«mi hijo
Onésimo, al que engendré estando en cadenas», 10) y ganándose su afecto
al
atender sus necesidades.
La
cuestión del lugar de composición inclina la lógica hacia Éfeso (más
fácil
concebir a un esclavo de Colosas buscando a Pablo allí, a 190 km, que
viajando
a Roma), pero la falta de datos históricos que abonen una reclusión
efesina
sigue siendo factor crítico; una reclusión domiciliaria como la de Hch
28,16
habría permitido el acceso que la carta presupone. Colosenses y Filemón
son
cartas perceptiblemente vinculadas (Col 4,9-14 // Flm 23-24, con elenco
común:
Onésimo, Epafras, Marcos, Aristarco, Demas, Lucas), lo que sugiere que
se
escribieron conjuntamente, probablemente desde Roma. La posibilidad de
que
Onésimo emprendiera tan ardua empresa indica que las relaciones entre
las tres
personas eran de calidad extraordinaria. El objetivo de Pablo era
lograr una
verdadera reconciliación entre Filemón y Onésimo, recibiéndolo «ya no
como
esclavo, sino como un hermano querido» (15-17). Su disposición a asumir
cualquier deuda («cárgalo en mi cuenta», 18) manifiesta su capacidad de
mediador. Notable es lo persuasivo que podía ser Pablo: dirige la carta
también
a la iglesia doméstica (2), de modo que un asunto personal se convierte
en
responsabilidad compartida, reflejo de su convicción de que las
decisiones
importantes debían tomarse como tales, al igual que se comparte la
misma fe
(6).
La
carta tiene un valor que excede con mucho su brevedad y su ocasión
concreta. En
el mundo antiguo un esclavo fugitivo podía esperar castigos atroces
—golpes,
cadenas, marcas a fuego o algo peor—, y sin embargo Pablo no parece
prever nada
de eso, lo que apoya la hipótesis de que el conflicto no era de extrema
gravedad y de que el recurso a su mediación no resultaba inaceptable.
Pablo no
ataca frontalmente la institución de la esclavitud, pero al pedir que
Onésimo
sea recibido «como me recibirías a mí», «como un hermano querido, tanto
en la
carne como en el Señor», introduce en la relación amo-esclavo una
categoría —la
fraternidad en Cristo— que la subvierte desde dentro. Que un
comentarista
hostil pueda calificar de «manipulador» el modo en que Pablo induce a
Filemón a
actuar cristianamente no debe ocultar lo esencial: para Pablo, hasta
una
decisión aparentemente privada sobre un esclavo es un asunto de la
comunidad
creyente, que debe resolverse a la luz de la fe compartida. La sola
posibilidad
de que Onésimo recorriera semejante distancia en busca de
reconciliación
testimonia la calidad excepcional de los vínculos que la fe había
creado entre
estos hombres.
Carta
a los colosenses
El
tercer escrito del período es la Carta a los Colosenses, dirigida a una
iglesia
menor que Pablo no había visitado. La pregunta «¿quién escribió
Colosenses?» no
se resuelve simplemente con la frase inicial, pues la seudoepigrafía
era
frecuente y aceptada en el mundo antiguo. Muchas veces se subraya que
su estilo
difiere tanto del de las cartas indiscutiblemente paulinas que no
podría
corresponder a la misma persona; pero esto no es decisivo, ya que Pablo
pudo
usar un amanuense e incluso limitarse a darle las líneas generales,
dejándolo
escribir con su propio estilo. Timoteo figura como coautor (Col 1,1),
como en
otras cinco cartas: un cambio de estilo se explicaría mejor atribuyendo
cada
estilo a uno de los dos autores. La hipótesis propuesta es que,
mientras Pablo
asumió la responsabilidad principal en aquellas otras cartas, en
Colosenses
dejó que Timoteo la redactara en sus propios términos, haciéndola
constar como
enviada por ambos y contentándose con añadir la nota final de su puño y
letra
(4,18).
Lo
atractivo de esta solución es que explica los aspectos que han llevado
a
concluir que Colosenses es deuteropaulina: no solo las diferencias de
estilo,
sino la disparidad de la cristología y la aparición de nuevos aspectos
como la
«escatología realizada» (2,11-12; 3,1) y los «preceptos de moral
familiar»
(3,18–4,1). Al mismo tiempo, situar la composición dentro de la vida de
Pablo
evita los problemas de una datación pospaulina, particularmente la
falta de
toda referencia al terremoto que casi destruyó Colosas en 60-61 d. C. y
la
dificultad de explicar las referencias a personas vinculadas a Pablo a
comienzos de los años sesenta (4,7-17; Flm 23-24). El estrecho paralelo
entre
Col 4,10-14 y Flm 23-24 refuerza que Colosenses fue compuesta estando
Pablo aún
vivo, aunque en prisión (4,3.10.18) y quizá imposibilitado de hacer más
que
añadir su firma. Una hipótesis posible es que, empeoradas las
condiciones de su
encierro, Pablo solo pudo encargar y aprobar la carta escrita por
Timoteo antes
de que Tíquico, con Onésimo, partiera con ella hacia Colosas. La carta
evidencia preocupación por el peligro que amenazaba a la iglesia
colosense
(advertencias de 2,8-23), aunque la naturaleza precisa de ese «error»
se ha
discutido sin base suficiente. En Colosenses se percibe la transición
ya en
marcha hacia las grandes cartas deuteropaulinas.
Conviene
detenerse algo más en el «peligro colosense», por más que su perfil
exacto se
nos escape. Las advertencias de 2,8-23 mezclan elementos que la crítica
ha
intentado clasificar de muy diversos modos: hay rastros de observancias
judías
(alimentos y bebidas, fiestas, lunas nuevas y sábados, 2,16), de un
culto o
veneración de los ángeles y de visiones (2,18), y de prescripciones
ascéticas
formuladas con el lenguaje del «no tomes, no gustes, no toques» (2,21).
Algunos
han visto en ello una forma temprana de gnosis, otros un sincretismo de
misterios paganos, otros una corriente del judaísmo de la diáspora
teñida de
especulación sobre potencias celestes. La prudencia aconseja no
reconstruir un
sistema acabado a partir de alusiones polémicas: lo único seguro es que
la
carta opone a esas prácticas la suficiencia absoluta de Cristo, «en
quien
habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad» (2,9) y bajo
cuyo
señorío quedan sometidos los «principados y potestades». Frente a una
piedad
que multiplicaba intermediarios y reglas, la respuesta es cristológica:
si los
creyentes han muerto y resucitado con Cristo, no tiene sentido
someterse de
nuevo a los «elementos del mundo». La sobriedad con que el resumen
trata este
punto refleja la del propio análisis: importa la respuesta teológica
más que la
etiqueta historiográfica del error combatido.
Tomar
en serio la coautoría de Timoteo tiene además una consecuencia
metodológica más
amplia. Si en cinco cartas Pablo se presenta junto a Timoteo (y en
otras junto
a Silvano o Sóstenes), entonces buena parte del corpus paulino debería
leerse,
con rigor, como «cartas de Pablo y...». Cuando el apóstol mostró tanto
interés
en dejar constancia de una autoría compartida, probablemente somos
injustos al
no apreciar más la participación de sus colaboradores. La imagen que de
ello
resulta es la de un Pablo que discutía contenido y forma con su
coautor,
dictaba la carta tras ponderar las sugerencias de este y revisaba el
borrador
para asegurarse de que el colaborador quedaba satisfecho de su
aparición como
corresponsable. En el caso de Colosenses cabe imaginar la situación
inversa:
Pablo dejaría a Timoteo la composición libre de la carta, presentada
como obra
de ambos, limitándose él a añadir de su puño y letra la nota final
(4,18). Esta
perspectiva no solo resuelve el problema del estilo, sino que ilumina
el modo
cooperativo en que probablemente se gestaron muchos de los escritos que
conocemos como «paulinos», y permite comprender por qué una carta puede
ser
auténticamente de Pablo sin haber sido materialmente redactada por él.
34.5.
El final de Pablo
¿Cuándo
murió Pablo?
Lucas
termina su narración con un Pablo crepuscular durante sus dos años de
reclusión
(hacia 60-62) en la capital del Imperio. Aunque sabía que Pablo había
sido
llevado a Roma para comparecer ante el emperador, no hizo el menor
intento de
rematar su relato dando noticia de ese proceso. Parece poco verosímil
que no
conociera el resultado: la hipótesis de que Hechos se escribió antes
del
proceso queda descartada por la datación normal del evangelio de Lucas,
que
utiliza a Marcos (finales de los sesenta o principios de los setenta).
Además,
Lucas ya había anticipado el veredicto mediante el comentario entre
Agripa y
Festo (26,31-32) y lo había confirmado con el episodio de Malta: la
inmunidad
de Pablo al veneno probó que no era un criminal. También había
preparado a su
público para la muerte de Pablo en el discurso de Mileto (20,25.29), y
su
tendencia era dorar o silenciar los incidentes negativos.
La
deducción más obvia es que Lucas sabía sobradamente que el proceso
celebrado
tras los dos años había acabado mal para Pablo, ejecutado
inmediatamente o poco
después. Pero esa no era la nota con la que quería finalizar: lo que le
importaba era que, al presentar a Pablo predicando libremente el
Evangelio en
Roma, había culminado el programa de relatar cómo los testigos de
Cristo se
extendieron desde Jerusalén hasta «los confines de la tierra» (1,8).
Era
preferible un final abierto, con la implicación de que la predicación
de Cristo
y del reino de Dios (28,30-31) era la tarea permanente de quienes se
fueran
sucediendo como testigos, invitando a los lectores de la segunda
generación a
continuar la misma historia en sus propias situaciones.
Fuera
de Hechos, tres fuentes adicionales arrojan algo de luz. Primera, las
epístolas
pastorales (1 y 2 Timoteo y Tito), leídas muy probablemente como cartas
escritas en el espíritu de Pablo unos veinte o treinta años después,
aunque
podrían contener material o tradiciones bien fundadas; la más
interesante
respecto a su destino es 2 Timoteo (especialmente 4,9-18), que habla de
la
«primera defensa» de Pablo, afrontada solo, y de haber sido «librado de
la boca
del león». Segunda, la tradición —recogida en 1 Clemente 5,6-7— de que
Pablo
llegó al «límite de Occidente», que recuerda sus intenciones de ir a
España
(Rom 15,24.28). Tercera, los testimonios de Eusebio, que cita a
Dionisio de
Corinto (Pedro y Pablo «enseñaron en Italia en el mismo lugar y
recibieron el
martirio al mismo tiempo») y a Orígenes sobre el martirio de Pablo «en
Roma, en
tiempos de Nerón»; se mencionan el Vaticano y el camino de Ostia como
lugares
venerados.
Conviene
examinar con algún detalle la hipótesis del «doble cautiverio», a la
que
recurre buena parte de la tradición posterior para conciliar los datos.
Según
esta lectura, Pablo habría sido absuelto al término de los dos años
romanos,
habría emprendido la proyectada misión a Occidente —España, según Rom
15,24.28
y 1 Clem 5,6-7— y/o una nueva ronda de visitas al Egeo presupuesta por
1
Timoteo y Tito, para ser de nuevo arrestado, conducido una segunda vez
a Roma y
ejecutado bajo Nerón en circunstancias más duras, reflejadas en el tono
sombrío
de 2 Timoteo. La reconstrucción tiene la ventaja de dar cabida a todos
los
datos dispersos, pero el precio es alto: exige armonizar fuentes que
apuntan en
direcciones distintas (España en Clemente, el Egeo en las pastorales) y
descansa en la autenticidad paulina de unas cartas que la mayoría de
los
estudiosos data una o dos generaciones más tarde. El historiador
prudente la
registra como posibilidad, sin convertirla en certeza.
En
todo ello, la tendencia a la hagiografía y la pretensión de ciertas
iglesias de
ser de fundación apostólica han oscurecido desde antiguo los escasos
datos
históricos disponibles. Cualquier hipótesis deja en el aire varios
problemas:
el silencio de Hechos sobre si Pablo fue puesto en libertad y partió a
nueva
labor misionera; la dificultad de compaginar el testimonio de 2 Timoteo
con el
de las otras dos pastorales; y la dificultad de armonizar 1 Timoteo y
Tito (más
misión en el Egeo, pero nada sobre España) con 1 Clem 5,6-7 (Pablo
llega al
límite de Occidente, pero sin palabra sobre otra misión).
Probablemente, en el
mejor de los casos, deberemos concluir que Pablo fue ejecutado en
tiempos de
Nerón, y quizá por mandato de este, entre 62 y 64 d. C. La falta de una
tradición que refiera de otro modo la muerte de Pablo puede
considerarse
confirmación suficiente para esta conclusión histórica.
Sea
cual fuere la cronología exacta, el sentido último de aquella muerte se
ilumina
mejor desde la propia teología de Pablo que desde los escasos datos
forenses.
Para quien había escrito que el morir era ganancia y que su anhelo era
«partir
y estar con Cristo» (Flp 1,21.23), la ejecución no representaba la
frustración
de una vida, sino la consumación de una existencia entregada por entero
al
Evangelio y configurada con la muerte de su Señor. El apóstol que había
hecho
de la cruz el centro de su predicación selló con su propia sangre la
coherencia
de su mensaje. En este sentido, la pasión de Pablo no es un mero
apéndice
biográfico al gran relato de los orígenes cristianos, sino su corolario
teológico: el testigo que llevó el nombre de Cristo «hasta los confines
de la
tierra» reprodujo en su propio fin el patrón del crucificado, y con
ello dejó a
las generaciones siguientes no solo un cuerpo de cartas, sino el modelo
de una
fidelidad llevada hasta sus últimas consecuencias.
Conclusión
La
pasión de Pablo, tal como Lucas la narra y tal como las cartas permiten
completarla, constituye el broche de toda la historia de los comienzos
del
cristianismo. En el plano del relato, Lucas conduce a su héroe a través
de una
secuencia magistralmente construida —arresto, apologías,
comparecencias,
conspiración, procesos ante Félix, Festo y Agripa, apelación al César,
naufragio, veredicto de Malta y llegada a Roma— que reproduce
deliberadamente
el patrón de la pasión de Jesús y desemboca en la culminación del
programa de
1,8: el Evangelio llega «hasta los confines de la tierra». El doble
carácter de
Pablo —judío fiel y ciudadano romano, testigo del Mesías de Israel y
apóstol de
los gentiles— es el eje en torno al cual gira toda la sección, y la
pregunta por
la identidad del nuevo movimiento, debatida una y otra vez ante
tribunales y
multitudes, recibe su respuesta final en la escena romana: el
cristianismo es
la extensión de Israel y el cumplimiento de su misión de ser luz para
las
naciones, comprensible solo en relación con la Ley y los profetas y
fiel a sí
mismo solo en diálogo permanente con los judíos.
En
el plano histórico, esta misma sección obliga al historiador a leer
entre
líneas. El gran silencio sobre la colecta y sobre el apoyo de la
iglesia
jerosolimitana deja entrever el probable fracaso del esfuerzo supremo
de Pablo
por mantener visiblemente unidas las iglesias de su misión con la
comunidad
madre. Las epístolas de prisión —Filipenses, Filemón y Colosenses—
iluminan, en
cambio, lo que sucedía en las sombras del foco lucano: un Pablo sereno
ante un
futuro incierto, capaz aún de presentar a Cristo como modelo en el
himno de
Filipenses, de mediar con delicadeza entre un amo y su esclavo, y de
dejar que
Timoteo redactara en su nombre una carta que anuncia ya la transición
hacia la
generación siguiente. Lucas eligió no narrar el desenlace, prefiriendo
un final
abierto con Pablo predicando «sin ningún estorbo»; pero la deducción
más
probable es que el apóstol fue ejecutado bajo Nerón, en torno a los
años 62-64.
Con su muerte se completa su pasión y se cierra la primera gran etapa
de un
movimiento que él, más que ningún otro, había contribuido a llevar
desde
Jerusalén hasta el corazón del Imperio.
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