El cristianismo en sus comienzos. Tomo II. Comenzando desde Jerusalén
Novena parte. El fin del comienzo
Capítulo 35. Silencio en torno a Pedro

JAMES D. G. DUNN





RESUMEN

En comparación con la misión de Pablo, lo que conocemos de la misión de Pedro es lamentablemente exiguo. Si Pedro hubiera contado con alguien como Lucas que recogiera sus hechos y aventuras, habría llegado hasta nosotros un relato espléndido; razón más para agradecer lo que Lucas hizo por Pablo. Porque si de Pablo solo dispusiéramos de sus cartas, nuestro conocimiento de su misión sería muy pobre y habría que recurrir a innumerables conjeturas para situar cada escrito en su contexto histórico. El caso de Pedro es bastante peor en cuanto a datos: mientras hay varias cartas que cabe atribuir a Pablo con certeza, en lo tocante a Pedro no existe tal seguridad, e incluso la carta conocida como 1 Pedro suele considerarse una composición o compilación posterior. Sin un Lucas que siguiera sus pasos, solo contamos con indicios que examinar e inferencias que extraer. Hay varios de esos indicios, pero, en conjunto, nos movemos en la oscuridad, con apenas unos hilos de luz que iluminan porciones mínimas de una gran superficie, lo que plantea el problema de cómo relacionar esos diminutos espacios de conocimiento para formar con ellos una imagen general coherente.



35.1. La misión posterior de Pedro


Lo referido sobre el liderazgo de Pedro durante los primeros días de la nueva secta en Jerusalén y sobre sus inicios misioneros es tan abundante (o tan escaso) como la mayor parte de lo que Lucas cuenta de la misión de Pablo. Pero la serie de noticias sobre Pedro se interrumpe cuando él, un tanto misteriosamente, sale de escena para ir «a otro lugar» (Hch 12,17). Después permanece ausente del relato lucano, salvo la breve aunque decisiva reaparición en el Concilio de Jerusalén (15,7-11). Más allá de eso, nada. Las alusiones e indicios de otros pasajes compensan muy poco tan notable silencio.


Pedro, en el Concilio de Jerusalén y en Antioquía


Conviene recapitular lo aprendido sobre estos dos episodios desde la perspectiva de Pedro. En la consulta de Jerusalén, la cuestión —en lo que coinciden Lucas y Pablo— era si los creyentes gentiles debían necesariamente circuncidarse para ser miembros plenos de la secta del Nazareno. La asamblea acordó al final que la circuncisión no era necesaria. Lo determinante fue el reconocimiento, por todas las partes, de que la gracia de Dios había sido otorgada a Pablo para evangelizar a los gentiles con independencia de su condición de incircuncisos (Pablo, en Gál 2,7-9) o, alternativamente, de que el Espíritu de Dios había sido dado a los creyentes gentiles aun no estando circuncidados (Pedro, en Hch 15,7-9). Pablo recuerda el encuentro desde su punto de vista, sin recoger ningún testimonio de Pedro. Lucas, en cambio, narra los hechos más desde la perspectiva de Jerusalén, dando crédito ante todo a Pedro; el testimonio de Pablo y Bernabé solo confirma el decisivo papel petrino (15,12).

La manera más adecuada de considerar ambas versiones es verlas como dos enfoques distintos de un mismo acontecimiento. Que Pablo destaque su propia intervención es entendible, dada la necesidad que percibía de subrayar la autoridad de su evangelio ante la crisis de Galacia. Si con ello restó significación al papel de Pedro, eso solo nos dice algo de la tensión que experimentaba en sus relaciones con los apóstoles «columnas». Pero desde la perspectiva jerosolimitana que representaba Lucas era igualmente necesario reconocer la importancia debida al precedente ofrecido por Pedro. Eso significaba dar prominencia a un episodio del comienzo de la misión de Pedro que proporcionaba ese precedente: la conversión del centurión romano Cornelio (Hch 10,1–11,18). Al evaluar las dos versiones del acuerdo de Jerusalén no debemos enfrentarlas como alternativas mutuamente excluyentes. Si Lucas otorga al episodio de Cornelio un relieve aceptado solo más tarde, ello no disminuye la importancia del precedente; y la versión paulina tampoco debe tenerse por desapasionada e imparcial, como si solo Pablo ofreciese información histórica fiable, un error cometido con demasiada frecuencia al juzgar las visiones respectivas de Pablo y Lucas de un mismo hecho histórico.

El factor decisivo es que se aceptó el alegato en favor de una misión entre los gentiles que no exigiese su circuncisión, con independencia de quién lo presentara. Y, lo que más importa, Pedro desempeñó un papel significativo en ese acuerdo. Aunque solo fuera tender la mano a Pablo en señal de comunión y de aceptación como uno de los dirigentes de la nueva secta (Gál 2,9), ese gesto no era baladí. Y como en ambas versiones entrañaba la idea de que la gracia o el Espíritu de Dios se había abierto camino más allá de la aceptación tradicional de la conversión de gentiles, esto dice mucho sobre las prioridades de Pedro y su disposición a dejar a un lado viejas normas, paso radical que la nueva concepción exigía. Además, basta un pequeño ajuste de la versión paulina para que Pedro aparezca con un mayor papel en la cuestión: siendo reconocido como primero entre los discípulos originales de Jesús, su disposición a reconocer la voluntad de Dios en una misión a los gentiles sin exigencia de circuncisión no podía ser sino un factor de importancia principal. En suma, en el Concilio de Jerusalén probablemente debemos ver a Pedro funcionando como una especie de intermediario entre los creyentes más conservadores, que insistían en la circuncisión como marca indispensable del pueblo de Dios, y Pablo, que abrazaba una concepción más abierta del nuevo movimiento.

El posterior incidente de Antioquía es más difícil de evaluar, precisamente porque solo disponemos de una versión, la de Pablo; Lucas guarda silencio, y tampoco hay aquí una voz que hable por Pedro. Los recuerdos de Pablo nos dejan la impresión de un Pedro temeroso e hipócrita, incoherente y sin principios (Gál 2,11-14). Pero, tanto aquí como en el episodio de Jerusalén, es más que probable que Pablo ofrezca una versión muy parcial de la confrontación. Lo que emerge es un probable conflicto entre principios y pragmatismo; no sobre los principios en sí, sino sobre cómo aplicarlos a la situación concreta. Lo esencial estaba claro y no se discutía. La cuestión era si debían tenerse en cuenta también otros principios y si consideraciones prácticas recomendaban una menor rigidez en aquel caso específico. No es difícil imaginar las razones que debió de sopesar Pedro, especialmente la santidad del pueblo de Dios, Israel, marcada por su separación de las naciones. Encargado de llevar el Evangelio a su propio pueblo, Pedro debió de sentir la necesidad de demostrar su bona fides como judío devoto, también para asegurarse de que los demás judíos le escuchasen como a uno de los suyos. Esta tensión entre principios y pragmatismo será siempre parte integral de la toma de decisiones de quien encabeza un grupo: es demasiado fácil que quienes se aferran a los principios acusen a otros de laxos o timoratos, pues el arte de lograr acuerdos entre partes con intereses distintos implica siempre cierta flexibilidad; y los pragmáticos, a su vez, tienden a tachar de ingenuos o fundamentalistas a quienes ponen el acento en los principios.

Una vez más, probablemente debamos buscar a Pedro en el centro: entre «algunos del grupo de Santiago» (Gál 2,12), empeñados en que los creyentes judíos «vivieran como judíos», y Pablo, defensor en términos rigoristas del principio de justificación por la sola fe. Indicio de que el arreglo de Pedro no se veía como negación de la gracia de Dios a los gentiles es el apoyo unánime al acuerdo por los demás creyentes judíos, incluido Bernabé, principal aliado de Pablo en la misión entre los gentiles. Y la probabilidad de que la iglesia de Antioquía en conjunto se pusiera del lado de Pedro contra Pablo sugiere que muchos creyentes gentiles antioquenos también estimaban apropiados la acción de Pedro y el arreglo resultante para la situación de Antioquía y de sus iglesias «hijas»: los creyentes gentiles se amoldarían a las leyes judías sobre lo puro y lo impuro lo suficiente para permitir que se reanudase la práctica de comer todos juntos.

El Pedro que emerge de estos episodios no carecía de voz ni de principios. Era más bien el necesario contraste con Pablo, entregado por completo a la evangelización de gentiles, temerosos de Dios y prosélitos. Era el puente entre el conservador Santiago y el radical Pablo. No consiguió mantener el vínculo en este caso. Pero el Pablo que después impulsó acuerdos de tipo similar en Corinto y Roma, y que hizo gran prioridad de la colecta entre sus iglesias para los pobres de Jerusalén, reconocía y afirmaba los principios y el pragmatismo en que supuestamente se había basado la actuación de Pedro en Antioquía. Tras luchar por sus principios y mantenerlos con éxito, Pablo se hizo más petrino en su táctica y manera de proceder. La influencia de Pedro en Pablo, sin olvidar el incidente de Antioquía, no debe minimizarse.


Pedro el misionero


Pablo recordaba que a Pedro le había sido encomendada una misión muy similar a la suya. El reconocimiento por la jerarquía de Jerusalén de que a Pablo le había sido confiado «el Evangelio de la incircuncisión» era corolario del reconocimiento previo de que a Pedro le había sido confiado «el Evangelio de la circuncisión», el «apostolado de la circuncisión» (Gál 2,7-8). La misión de Pablo a los gentiles era el complemento de la misión de Pedro a los judíos. Pablo nunca se retracta de ese acuerdo ni lo denuncia; implícito en toda su misión está, pues, el reconocimiento de que Pedro tenía encomendada una misión similar entre su propio pueblo.

La misión se alude claramente en 1 Cor 9,5, donde Pablo se refiere a algo que parecía de conocimiento general: que Cefas, como otros apóstoles y los hermanos del Señor, iba acompañado de su mujer en los viajes. Como la cuestión tratada es la ayuda que los apóstoles, predicadores y maestros debían esperar de las comunidades que atendían, la implicación es que Cefas/Pedro realizó muchos de esos viajes y visitas. Lo que no podemos determinar es si eran visitas pastorales y de enseñanza, como las de Hch 9,32, o de evangelización a sinagogas, en Palestina o fuera de ella.

Es notable el texto de 1 Cor 15,3-11, donde se relaciona a Pedro, explícita o implícitamente, con no menos de tres o cuatro apariciones posresurreccionales de Cristo: a él solo (15,5), a los Doce (15,5), a los más de quinientos (15,6) y, presumiblemente, «a todos los apóstoles» (15,7). Igualmente merece destacarse que Pablo afirme que todos ellos comparten y predican el mismo evangelio: «Tanto ellos como yo, esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído» (15,11). El contraste con Gál 2,7 («el Evangelio de la circuncisión / el Evangelio de la incircuncisión») no debe pasar inadvertido: a juicio de Pablo, él y los demás predicaban un único e idéntico evangelio, de modo que tampoco había diferencia entre el evangelio de Pablo y el de Pedro.

Que Pedro estuviera dedicado al trabajo misionero —expandiendo el cristianismo o consolidando iglesias ya establecidas— probablemente explica por qué desaparece de la escena jerosolimitana tras el Concilio. Particularmente notable es su ausencia cuando Pablo hace su último y decisivo viaje a Jerusalén, así como el que nunca sea mencionado durante el relato lucano de la pasión de Pablo. La inferencia obvia es que Santiago se había convertido en el jefe efectivo y reconocido de la Iglesia de Jerusalén, aunque no solo por la ausencia de Pedro.


¿Dónde desarrolló Pedro su encomienda?


Ninguna de las dos referencias de 1 Corintios indica dónde desarrolló Pedro su encomienda. Lucas limita en Hechos la misión explícita de Pedro a la región costera de Palestina. Quizá deban atribuirse a su actividad misionera «las iglesias de Judea» (Gál 1,22; 1 Tes 2,14).

Resulta oportuno abordar de nuevo la cuestión de si Pedro visitó y predicó en Corinto. Aun sin pruebas suficientes para demostrarlo, siguen en pie importantes indicios de la relevancia de este apóstol en esa ciudad. El nombre de Cefas/Pedro era bien conocido por los creyentes corintios, a quienes se les había dicho desde el principio que Pedro había sido el primero en ver a Cristo resucitado (1 Cor 15,5). Pablo pudo referirse a sus viajes y visitas, misioneras o pastorales, como algo familiar para ellos (9,5). Algunas personas de Corinto lo tenían en alta estima y usaban su nombre como bandera (1,12); en este último caso cabe suponer que ciertas diferencias de énfasis conocidas entre Pablo y Pedro llevaban a algunos creyentes corintios convertidos por Pablo a alinearse en cierto modo con Pedro en determinadas cuestiones. Incluso en esa fundación esencialmente paulina el nombre de Cefas/Pedro resonaba con fuerza, en parte porque Pablo había hecho ver a los corintios la importancia que el papel de Cefas había tenido en los comienzos del cristianismo y aún seguía teniendo. Esto no basta para concluir que Pedro hubiera visitado Corinto en persona, pero permite deducir algo más significativo: Pedro no puso como frontera de su misión la costa oriental del Mediterráneo, sino que muy probablemente, al desempeñar su encomienda apostólica, realizó visitas de evangelización a ciudades con sustancial comunidad judía de la diáspora y visitas pastorales a iglesias con numerosos miembros judíos, llegando así a ser conocido en las iglesias de la misión paulina.

¿Cabe pensar que Pedro estuvo detrás de las incursiones en las iglesias de Galacia, Corinto (2 Cor 10–13) y Filipos? Nada en el lenguaje de Pablo invita a esa inferencia. En Gálatas, él no tiene inconveniente en reconocer su deuda con Pedro (Gál 1,18) ni la cálida comunión con los apóstoles «columnas», Pedro incluido, tras el acuerdo de Jerusalén (2,9). El comentario parentético con que Pablo toma distancia —«no me importa lo que fuesen; Dios no hace acepción de personas» (2,6)— manifiesta de modo relativamente suave que la anterior categoría de Pedro y los otros apóstoles principales tenía ya escaso interés para él, pero no es comparable con la indignación que expresa contra «otro evangelio, que no es otro», llevado a los gálatas por quienes los «perturban» (1,6-7). A juicio de Pablo, «el evangelio de la circuncisión» predicado por Pedro era el mismo que el suyo (2,7.15-16); solo se diferenciaban en los grupos a los que iban dirigidos. Por eso se irritó tanto con Pedro en Antioquía: su proceder minaba «la verdad del Evangelio» acordado. Y puesto que Pablo no se abstuvo de decirle a Pedro a la cara lo que pensaba (2,11-14), difícilmente habría dejado de identificarlo como fuente del «otro evangelio» si Pedro hubiera estado detrás de él. Como había otros más tradicionalistas que Pedro fuertemente representados en el nuevo movimiento, cabe pensar en más de un posible promotor de la instigación a convertir más plenamente a los conversos de Pablo.

Lo mismo vale para Corinto y Filipos. Los «superapóstoles» de 2 Cor 11,5 y 12,11 se caracterizaban más por su elocuencia y milagros que por la preeminencia que distinguía a Pedro, y es difícil imaginar a Pablo pensando en Pedro al advertir contra los «perros» de Flp 3,2. Las identificaciones y asociaciones que tanto impresionaron cuando los comienzos del cristianismo se vieron según la antítesis de Baur entre Pablo y Pedro pierden casi todo su poder de sugestión si se recuerda que el nuevo movimiento contaba con un ala muy tradicionalista y que Pedro aparece regularmente en el centro del espectro de tendencias, intentando conciliar de algún modo los dos extremos.

En cuanto a la misión de Pedro, la referencia más intrigante está en la carta asociada a su nombre: «Pedro, apóstol de Jesucristo, a los elegidos extranjeros de la diáspora en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia» (1 Pe 1,1). ¿Significa esto que Pedro desempeñó su encomienda en esos territorios? Forman, desde luego, una región trabada que comprende la mayor parte de Asia Menor al norte del Tauro y se extiende por la costa sur del mar Negro hasta los confines de Armenia. Esa extensión parece coincidir parcialmente con regiones de la misión de Pablo —seguramente la provincia de Asia, y posiblemente Galacia—, pero, por lo demás, sobre la gran extensión referida no hay otra noticia temprana de misión. Conocemos, en cambio, la existencia de comunidades judías en muchas de sus ciudades, y sabemos por la carta de Plinio a Trajano que el cristianismo había echado hondas raíces y era influyente en Bitinia medio siglo después (Ep., 10.96). Por eso es totalmente probable que en esos territorios hubiera habido una vigorosa evangelización en las décadas medias del siglo I, y de ningún modo es imposible que el propio Pedro participase en ella, aunque solo fuera ayudando a consolidar iglesias fundadas por otros.

Poco más cabe decir. El texto de 1 Pe 1,1 solo menciona a «los elegidos extranjeros de la diáspora» como destinatarios, e implica claramente que eran predominantemente judíos: si «elegidos» procede, como en Pablo, de la idea del pueblo judío como objeto de la elección de Dios, «diáspora» ya había arraigado como término técnico para la «dispersión» de los israelitas por las naciones. Y que se presente a Pedro como autor de una carta así dirigida indica presumiblemente que había alguna razón para vincular con él a los cristianos de esas regiones. Pero, más allá de esto, la tenue luz del pasaje se apaga por completo.



35.2. Pedro, la roca y el pastor


No debemos omitir las inferencias que cabe sacar de los evangelios, en particular de Mateo y Juan.

En Mateo, Pedro es tenido en especial estima. Este evangelista no solo repite las tradiciones que lo presentan como el más prominente entre los discípulos del Nazareno, sino que añade materiales propios que refuerzan esa impresión. Especialmente notable es el juego con su nombre en Mt 16,17-19, y no solo porque con el tiempo el pasaje se convirtiera en base para la reivindicación romana de la supremacía entre las sedes apostólicas: «Tú eres Pedro (Petros), y sobre esta piedra (petra) edificaré mi iglesia». La importancia de este pasaje para el cristianismo posterior se tratará en detalle más adelante. Aquí conviene señalar que la tradición de llamar a Pedro también Cefas (kepha', «piedra») está bien atestiguada por Pablo, de modo que las tradiciones de las que se sirvió Mateo —ya en la primera generación— debían reflejar una valoración de Pedro bastante alta para incorporar ese pasaje. Es verdad que, en su material especial, Mateo presenta a Pedro como un (o el) discípulo típico:

                    14,28-29: representa la «poca fe» de los discípulos.

                    15,15: necesita, como los otros, la explicación de una parábola.

                    16,19: el poder de atar y desatar a él concedido se otorga también a los restantes discípulos (18,18), más o menos en los mismos términos.

                    18,21: pide ser instruido sobre el perdón.

                    18,24-27: paga el impuesto del templo por Jesús y por sí mismo.

Pero, por otro lado, en 16,17-19 queda de manifiesto que Mateo deseaba que Pedro fuera visto como primus inter pares en confesión e importancia representativa. Y comoquiera que enfoquemos la teología o eclesiología de Mateo, la significación que atribuye a Pedro debía arraigar en el recuerdo de la preponderancia de este apóstol o en la veneración de la que ya gozaba en vida como al menos una de las figuras fundacionales sobre las que se construyó la Iglesia de la segunda generación y las siguientes.

El evangelio de Juan refleja una carga similar de tradición sobre Pedro, sobre todo en el equivalente joánico de su confesión de Jesús en Cesarea de Filipo (Jn 6,68-69) y en el lavatorio de los pies (13,5-10). Luego, en el relato de la resurrección, Pedro es el primero en entrar en el sepulcro vacío (20,6-7). Pero llama aún más la atención su papel prominente en lo que parece una adición al evangelio, el capítulo 21. Aquí, lo más notable es la especial encomienda pospascual asignada a Pedro tres veces: «apacienta mis corderos» (21,15), «pastorea mis ovejas» (21,16), «cuida mis ovejas» (21,17). Presumiblemente no es casual que 1 Pedro presente a Pedro instando a los destinatarios: «Apacentad la grey de Dios», según el ejemplo del «mayoral» (Cristo) (1 Pe 5,2-4). La inferencia obvia es que Pedro era visto también como un gran pastor, idóneo para enseñar a los otros «ancianos» (5,1) el arte de conducir a sus hermanos en la fe y, sin duda, ejemplo en ese cometido. De nuevo, que el tema del pastor aparezca en dos tradiciones vinculadas específicamente a Pedro invita a pensar que había un recuerdo bien arraigado de cómo él llevaba a cabo la encomienda recibida de su Señor.

Añadidos a las demás tradiciones y alusiones ya examinadas, estos pocos hilos de luz sobre la gran superficie oscura nos permiten formarnos la idea de que Pedro: 1) gozaba de alta estima en buena parte de las primeras iglesias por su misión entre los judíos; 2) era venerado —aun con sus fallos— como ejemplo de discípulo y por ofrecer una sólida base para la fe en Cristo; y 3) disfrutaba de profundo respeto como pastor de la grey cristiana.



35.3. Pedro, en Roma


Entre las ciudades importantes asociadas con el nombre de Pedro, la única no mencionada hasta ahora es Roma. Varias iglesias atribuían a él su fundación. La más obvia es Jerusalén, donde Pedro fue la figura principal en los primeros años de la secta destinada a convertirse en el cristianismo. También Antioquía podía reivindicarlo en cierta medida, porque, aunque no fundó realmente aquella iglesia, la dirección que le imprimió —y que llevó a la confrontación con Pablo de Gál 2— probablemente fue seguida por la iglesia en su conjunto, estableciendo así el patrón al que se ajustarían las iglesias-hijas de Siria y Cilicia. Menos sustancia tiene la reivindicación de Pedro por parte de Corinto, basada probablemente en inferencias sacadas de 1 Corintios.

En lo concerniente a Roma, poca duda hay de que no fue Pedro el fundador de su(s) iglesia(s); ni, por supuesto, Pablo: antes de su llegada había allí pequeños grupos de creyentes reunidos en domicilios particulares. Lucas no indica nada al respecto, aunque una asociación de Pedro con Roma habría redondeado argumentalmente Hechos —de Jerusalén a Roma— más eficazmente que con Pablo solo. La conclusión obvia es que, si Pedro llegó a Roma, no lo hizo durante los dos años de reclusión de Pablo (Hch 28,30-31). En todo caso, su influencia en Roma como apóstol de la circuncisión sugiere que al menos varias iglesias domésticas romanas mantenían su carácter judeocristiano, y que los consejos de Rom 14,1–15,6 se reflejaron efectivamente en el comportamiento de unos creyentes con otros, según una línea de conducta que sin duda contaría con la aprobación de Pedro.

Sin embargo, la razón por la que él y Pablo pueden considerarse fundadores de la iglesia de Roma no es que fueran los primeros cristianos en llegar o en establecer allí la iglesia, sino que allí sufrieron martirio. Esto nos lleva a la siguiente gran desventura que iba a sufrir el naciente movimiento de Jesús.



35.4. Persecución en tiempos de Nerón


Como ya hemos visto, el conocimiento sobre los primeros años del cristianismo es impreciso, en el mejor de los casos. Pero algo podemos decir de sus características:

                    Agrupaciones domésticas formadas durante el temprano ministerio de Andrónico y Junia, junto con otros (Rom 16,7), que lograron numerosas conversiones.

                    Escándalo en las sinagogas romanas por la reivindicación de la condición de Mesías para Jesús por esos creyentes judíos, y consiguiente expulsión de los líderes y activistas más significados.

                    Tensiones entre las agrupaciones predominantemente gentiles y los creyentes judíos vueltos a Roma al revocarse el decreto de expulsión de Claudio (14,1; 15,8).

                    Tensiones entre los inclinados a mantener tradiciones judías de lo puro y lo impuro y los liberados de esos escrúpulos (14,1–15,7).

                    Conciencia de la vulnerabilidad de los pequeños grupos a molestias y cosas peores por parte de unas autoridades siempre al acecho de posibles grupos perturbadores (12,9–13,7).

                    Rivalidad creciente respecto a Pablo durante su reclusión en Roma y al modo en que seguía predicándose el Evangelio (Flp 1,12-13).

                    Influencia creciente del continuo testimonio de Pablo, a pesar de sus cadenas (Hch 28,16; Flp 1,12-13).

                    Valentía cada vez mayor en la predicación del Evangelio a no creyentes (Flp 1,14).

Todo ello sugiere que el nuevo movimiento atrajo cada vez más la atención pública. Aunque Pablo había instado a los creyentes a «mantener la cabeza baja» (Rom 12,9–13,7), su presencia en Roma, junto con la creciente valentía de todos en dar testimonio de la nueva fe, pudo hacerlos más visibles para las autoridades y sus informantes.

Este es un probable telón de fondo para el más infame de los episodios que ensombrecieron los comienzos del cristianismo. El año 64, décimo de Nerón como emperador, se extendió por Roma un incendio en el que las casas de vecindad de construcción deficiente fueron fácil combustible para las llamas. Tácito recoge los rumores sobre la responsabilidad de Nerón en el inicio o la propagación del fuego, supuestamente para despejar el terreno para su grandiosa Domus Aurea. Para acabar con esos rumores, Nerón buscó chivos expiatorios y los encontró en los llamados «cristianos». Este nombre aparece inicialmente siempre que hay alguna confrontación con autoridades romanas, lo que induce a pensar que así era identificado el grupo por los responsables de proteger a Roma de toda amenaza interna. La breve nota de Suetonio sugiere que dependía de una fuente similar a la de Tácito. Las características esbozadas del cristianismo primitivo concuerdan con esta idea: la creciente actividad evangelizadora de los creyentes romanos bastó para que esa nueva «superstición» atrajera la atención sobre sí.

Vale la pena repetir el terrorífico relato de Tácito, por su viva descripción de la crueldad que Nerón empleó contra los cristianos. Según él, primero se arrestó a los que habían confesado (fatebantur); luego, con base en esas declaraciones, fue condenada una gran multitud (multitudo ingens) de los suyos, no tanto por el incendio como por su «odio al género humano» (odio humani generis). La burla acompañó su fin: fueron cubiertos con pieles de animales y muertos a dentelladas por perros, o atados a cruces y, al llegar la oscuridad, incendiados para servir de lámparas nocturnas. Nerón ofreció sus jardines para el espectáculo e hizo una exhibición en su circo, mezclándose con la gente vestido de auriga o montado en su carro. Por eso, pese a una culpa que merecía el castigo más ejemplar, surgió un sentimiento de piedad ante la impresión de que aquellas gentes eran sacrificadas no por el bien del Estado, sino para satisfacer la crueldad de un solo hombre (Tácito, Anales, 15.44).

La descripción es sobremanera elocuente; aun así, conviene añadir unas notas:

                    No debe olvidarse que seguramente se aplicó la tortura en muchos casos, causando que al menos algunos «confesaran».

                    Que se hable de «un gran número» de condenados indica que el movimiento se había expandido con rapidez: quizá un indicio adicional de la eficacia del testimonio de Pablo en su reclusión y de la creciente evangelización que estimuló.

                    La atribución por Tácito de «odio al género humano» recuerda su crítica igualmente brutal de la religión judía y sugiere que las autoridades daban por supuesto que los «cristianos» compartían aún el tradicional impulso judío a la separación de las naciones; no está claro que fueran ya algo distinto de una secta del mucho más venerable judaísmo.

                    El empleo de cruces como tormento indica conocimiento del punto focal de su mensaje: Cristo crucificado y resucitado de entre los muertos.

                    La crucifixión implica casi con certeza que los ejecutados no eran ciudadanos romanos, lo que hace pensar en una alta proporción de no judíos.

                    Aunque la iglesia romana debió de quedar diezmada, la piedad que la crueldad de Nerón suscitó en muchos residentes cayó sobre el suelo regado con la sangre de los mártires como semilla que iba a echar raíz y florecer en tiempos venideros.

Pero ¿qué había sido de Pedro?



35.5. El martirio de Pedro


En cuanto a esto, la única tradición que merece consideración es la de que Pedro fue uno de los cristianos que perecieron en la persecución iniciada por Nerón tras el gran incendio de Roma en 64 d. C. La tradición presupone que Pedro había llegado a Roma presumiblemente en algún momento de los primeros años sesenta. La inferencia es más precaria de lo que parece, puesto que ni Ignacio de Antioquía (que escribe a Roma en la segunda década del siglo II) ni Justino Mártir (ejecutado allí hacia 165 d. C.) hacen referencia alguna a la presencia o muerte de Pedro en Roma. Tal referencia cabría esperarla especialmente de Ignacio, ya que presentar a Pedro como obispo de Roma o como su predecesor en el camino del martirio habría ido en su favor. Su única referencia a Pedro y Pablo es un contraste entre la autoridad apostólica de ambos y su propia situación de hombre condenado (katakritos) (IgnRom 4,3). A lo sumo cabe inferir que mencionar a Pedro y Pablo juntos en una carta dirigida a Roma aludía a su categoría de figuras allí particularmente veneradas, con Pedro nombrado, comprensiblemente, en primer lugar. Pero cuanto vaya más allá de esto es especulativo.

El indicio más antiguo y consistente de que Pedro estuvo en Roma es el saludo enviado en 1 Pedro desde «la iglesia de Babilonia» (1 Pe 5,13). Que este dato sea prueba suficiente de su presencia y actividad apostólica en Roma depende de dos deducciones. Una es que «Babilonia» corresponda, en clave, a Roma; esto se acepta ampliamente, pues no hay tradiciones que vinculen a Pedro con Mesopotamia, hacía mucho que la ciudad de Babilonia carecía de importancia, y el uso de su nombre para referirse a la decadente capital del imperio más poderoso de la época está atestiguado en el Apocalipsis. La otra es que 1 Pedro ofrece información sobre el propio Pedro o, al menos, sobre cómo era percibido en la generación siguiente. Aquí son especialmente relevantes los nombres de Silvano y Marcos, dos compañeros muy unidos a él. Silvano/Silas había sido también estrecho colaborador de Pablo, sobre todo en la primera fase de la actividad paulina en el Egeo; no cuesta concebirlo de intermediario entre los dos apóstoles, o vinculándose a Pedro en la última parte de la misión de Pablo (se pierde de vista tras Corinto), o en Roma cuando Pablo ya había muerto. En cuanto a Marcos, había formado parte del primer grupo misionero de Bernabé y Pablo (Hch 15,38) y, pese a una tirantez con el segundo (15,39), se convirtió luego en uno de sus compañeros más cercanos durante la reclusión final de Pablo, probablemente en Roma (Flm 24; Col 4,10). Es válido deducir, pues, que, ya muerto Pablo, Marcos se unió a Pedro cuando este fue a Roma y empezó allí su ministerio.

Así pues, el martirio de Pedro en Roma no cuenta con indicios suficientemente sólidos de los primeros tiempos, y los testimonios más explícitos son de época posterior y de valor cada vez más dudoso a medida que el incienso hagiográfico va nublando la visión del historiador. Clemente, de manera señalada, parece más interesado en alabar a Pablo; su mención de Pedro en el mismo contexto es frustrantemente oscura: «Debemos imaginar que tenemos delante a los buenos apóstoles. Ahí está Pedro, quien a causa de injusta envidia tuvo que soportar dificultades no solo una o dos veces, sino muchas, y, habiendo sufrido su testimonio (martyrēsas), fue al lugar de la gloria que merecía» (1 Clem 5,3-4). De nuevo, todo lo que cabe deducir es que Clemente, escribiendo desde la capital del imperio, bien pudo tener en mente —e intentar que recordasen sus lectores— las tradiciones del sufrimiento y la muerte de Pedro también en Roma.

Entre los datos posteriores, los más valiosos los proporciona Eusebio en el pasaje ya citado en relación con Pablo. Refiere que en tiempos de Nerón Pablo fue decapitado en Roma y Pedro crucificado, y que el nombre de «Pedro y Pablo», dado todavía allí a los cementerios, lo confirma, igual que un escritor eclesiástico llamado Gayo, contemporáneo del obispo Ceferino, quien, en una exposición escrita contra Proclo —jefe de los montanistas—, decía poder señalar los «trofeos» de los apóstoles en el Vaticano y en el camino de Ostia. Y que ambos recibieron martirio al mismo tiempo lo afirma Dionisio, obispo de Corinto, en su correspondencia con los romanos, sosteniendo que Pedro y Pablo enseñaron juntos tanto en Corinto como en Italia y sufrieron martirio simultáneamente (HE, 2.25.8).

Las leyendas tejidas en torno a los dos grandes apóstoles son evidentes aquí: en particular la atribución de la fundación de las iglesias de Corinto y Roma a Pedro y Pablo, y la afirmación de que enseñaron juntos en ambas ciudades. Pero el testimonio de Gayo y Dionisio procede del siglo II, no mucho más de un siglo después del año en que probablemente murieron los dos apóstoles, y las tradiciones sobre los lugares donde recibieron sepultura y eran aún venerados —el Vaticano y el camino de Ostia— merecen bastante crédito. Respecto a si el martirio de ambos «al mismo tiempo» pertenece a la tendencia legendaria a unirlos, no es posible pronunciarse con certeza; pero los distintos procedimientos de ejecución —Pablo decapitado, Pedro crucificado— tienen el sonido de un fiel testimonio transmitido a lo largo de generaciones. Eusebio añade luego, citando el tercer volumen del comentario de Orígenes al Génesis, que «al final [Pedro] se trasladó a Roma y allí fue crucificado cabeza abajo, como él mismo había deseado sufrir» (HE, 3.1.1-3).

Aquí, de nuevo, como en el caso de Pablo, la falta de toda tradición distinta puede contarse como corroboración suficiente del hecho central: que Pedro fue ejecutado en Roma, probablemente durante la persecución neroniana, en 64 d. C. Si se tomó algún cuidado de que su ejecución fuera especial, en vez de una más de las muchas variantes de la irracional crueldad de Nerón, pudo deberse a que las autoridades reconocían su categoría como uno de los principales miembros —o el principal— de los cristianos, por lo cual se decidió que su muerte correspondiera sarcásticamente al mensaje de Cristo crucificado predicado por él.



35.6. La duradera importancia de Pedro


Pedro destaca poco, si algo, como autor neotestamentario. Son los escritos del Nuevo Testamento —los únicos, sin duda, procedentes de la primera generación cristiana— los que han asegurado que la influencia de Pablo continúe viva para toda forma de cristianismo en que el NT ocupa un lugar central. Tampoco hay muchos indicios de que Pedro evangelizase y fundase realmente iglesias del modo en que lo hizo Pablo, ni de que sostuviese una misión que configurase decisivamente las iglesias emergentes de la región del Egeo en particular. La importancia de Pedro, sin embargo, iguala y en algunos aspectos sobrepasa la de Pablo, y por esos puntos a su favor es tan venerada su memoria en la cristiandad:

                    Era uno de los primeros discípulos de Jesús y estaba claramente considerado cabeza del grupo; formaba parte, además, del círculo íntimo de Jesús, junto con los hermanos Santiago y Juan.

                    La declaración credal de 1 Cor 15,3-7 confirma que, en todas las iglesias fundadas sobre las aserciones de fe de esa declaración, Pedro era conocido como el más privilegiado y de mayor autoridad, por haber sido el primero al que se apareció Jesús tras su resurrección.

                    Las tradiciones de Hechos sobre los comienzos de la iglesia-madre jerosolimitana dejan claro que lideraba el grupo de «los Doce» (Hch 1–5).

                    Indican su preeminencia como miembro fundacional de «la Iglesia de Dios» su mismo apodo, «Cefas», y su categoría de apóstol «columna».

                    Es indudable que Pablo lo veía como la figura clave vinculada directamente con la misión de Jesús: su visita a Jerusalén tras su conversión tenía como finalidad concreta «conocer a Cefas» (Gál 1,18), lo cual solo puede significar que lo consideraba el principal conducto para conectar con la tradición de Jesús.

                    Su papel como transmisor y representante más respetado y autorizado de la tradición de Jesús en los primeros años encuentra confirmación probablemente en la tradición inmediatamente posterior de que el evangelio de Marcos se compone en realidad de lo enseñado y predicado por Pedro acerca de Jesús (Papías).

                    El éxito de Pedro como apóstol/misionero entre los de su nación fue reconocido por Pablo libremente y sin reservas (Gál 2,7-9); además, el acuerdo de Jerusalén le confirió una responsabilidad tan preeminente en la misión a los judíos como la de Pablo en la misión a los no judíos.

                    En el acuerdo de Gál 2,7-9, «el apostolado petrino se acepta como la norma», mientras que la misión de Pablo se entiende como complementaria.

                    Su trabajo misionero se reconocía y respetaba sobremanera también más allá de Palestina, aunque el único territorio en que las principales fuentes lo recuerdan ejerciendo su ministerio es la parte oriental de la cuenca mediterránea (Hch 9,32-43).

                    Pedro reconocía plenamente —quizá tras haber sido llevado a esa convicción— que Dios acogía a los no judíos en las mismas condiciones que a los judíos, sin requerir que se hicieran prosélitos (Hch 10,1–11,18; Gál 2,7-9).

                    Esa aceptación del alcance universal de la gracia y el Espíritu de Dios, junto con su encomienda de dar testimonio de Jesús el Mesías a los judíos, probablemente le permitieron, en la crisis de Jerusalén y en el enfrentamiento de Antioquía, juzgar la situación desde las dos partes, reconocer las razones de cada una y trazar una línea de actuación intermedia con posibilidades de éxito —aunque no inmediato— en la obtención de concordia.

                    Su asociación con la función de pastor atestigua probablemente un ministerio de apoyo, en particular de comunidades de judíos creyentes, que lo llevó cada vez más veces y por más tiempo fuera de Jerusalén.

                    Un breve ministerio de Pedro en la misma Roma y su consiguiente muerte, con mucha probabilidad durante la persecución neroniana del año 64, le proporcionaron la alta categoría de testigo preeminente y garantizaron que la iglesia o iglesias de Roma mirasen retrospectivamente hacia él, así como hacia Pablo, viendo en ellos las bases seguras sobre las que fueron construidas.