El
cristianismo en sus comienzos. Tomo II. Comenzando desde Jerusalén Novena parte. El fin del comienzo
Capítulo 37. El legado de los dirigentes de la primera generación
JAMES D. G. DUNN
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RESUMEN
Los
años sesenta fueron un completo desastre para el cristianismo primitivo. En el
espacio de solo dos años (62-64), los tres dirigentes más destacados de la
secta de Jesús —Pablo, Santiago y Pedro— fueron apresados y ejecutados; en el
64 la furia de Nerón diezmó las comunidades romanas, y en la rebelión judía
(66-70) la iglesia-madre de Jerusalén quedó atrapada en aquel vórtice o tuvo
que abandonar lo que los creyentes consideraban el centro del mundo. Aparte de
la ejecución de Jesús, nunca había recibido el conjunto de sus discípulos una
serie de golpes similar en tan poco tiempo. El conocimiento del cristianismo
pasa por una zona de oscuridad durante gran parte de las décadas siguientes; la
combinación del final de Hechos y la falta de una serie coherente de cartas
como las de Pablo equivale a un apagado de los focos que iluminaban los puntos
de mayor interés. Presumiblemente, Lucas encontró más apropiado terminar su
narración antes del desastre, con la esperanza de que el avance sostenido de la
primera generación inspirase a las siguientes.
Antes
de cerrar la historia de la primera generación cristiana, importa apreciar que
no se permitió desaparecer la especial herencia de sus tres figuras más
descollantes. A cada uno de esos grandes dirigentes le es atribuido un
documento que debe entenderse como un intento de representar su enseñanza y
conservar lo que defendía, no por mera devoción, sino porque su mensaje seguía
siendo importante tras haber sido arrebatado a la iglesia que veneraba su
memoria. Los tres documentos son Efesios (Pablo), la Carta de Santiago y la
primera Carta de Pedro. Efesios fue descrita por F. F. Bruce como «la
quintaesencia del paulinismo», y descripciones equivalentes podrían servir, mutatis
mutandis, para las otras dos cartas.
37.1.
Pablo: la Carta a los Efesios
La
Carta a los Efesios es uno de los documentos más sugestivos del NT. Su tono de
honda serenidad, de oración sostenida y de abierta confianza en Dios (caps. 1 y
3), así como su visión de una iglesia unida, de madurez y amor crecientes,
aunque todavía enfrentada a un temible adversario (caps. 2, 4, 5, 6), debieron
de inspirar a los primeros públicos a los que fue leída, como aún inspiran a
sus lectores actuales.
¿Por
qué la mayoría de los expertos creen que Efesios no procede de Pablo?
Dentro
del corpus paulino, Efesios presenta características muy peculiares que han
inclinado a la mayoría de los expertos a verla como obra de un discípulo de
Pablo, escrita algún tiempo después de su muerte:
•
A diferencia de otras cartas, no
está dirigida a una iglesia o persona concreta ni trata de una situación
particular; si fue una carta circular, su concepción difería de cualquier otra
paulina.
•
El estilo de los caps. 1–3 es
pleonástico, marcado por repeticiones y redundancias, excepcional en el
conjunto paulino.
•
Hay una relación excepcionalmente
estrecha con Colosenses, con fraseología idéntica que se explica mejor por
dependencia deliberada, generalmente de Efesios respecto a Colosenses.
•
La perspectiva parece de segunda
generación: «los apóstoles» son vistos retrospectivamente como cimientos (2,20)
y llamados «santos» (3,5), y la autodescripción de Pablo se vuelve más
honorífica («el prisionero del Señor»).
•
La teología ha trascendido la de
las primeras cartas e incluso la de Colosenses: la cristología cósmica se
convierte en eclesiología cósmica (1,22-23); la «iglesia» local pasa a ser la
Iglesia universal; la Ley apenas se menciona, y la escatología es las más de
las veces «realizada» (la salvación ya ha acontecido, los creyentes ya han sido
resucitados y sentados con Cristo, sin referencia a una nueva venida).
La
razón de la composición fue, concebiblemente, celebrar la fe y los logros
apostólicos de Pablo, usando Colosenses como plantilla, y garantizar que su
mensaje no se perdiera, sino que se adaptara a las circunstancias posteriores a
los sesenta. Efesios fue, pues, un intento de formular el legado de Pablo —el
«paulinismo»— para la segunda generación y darle un contexto litúrgico adecuado
para el culto y la instrucción. El estrecho vínculo con Colosenses, la mención
de Tíquico (6,21-22) y la asociación con Éfeso sugieren que fue escrita en la
provincia de Asia, quizá ya en la década de los setenta.
Reflexión
piadosa sobre la maravilla del evangelio de Pablo (Ef 1–3)
Tras
el inicio con la fórmula paulina («apóstol», «gracia y paz»), los tres primeros
capítulos se desarrollan como una gran oración y meditación (1,3–3,21).
Comienzan con una profunda reflexión sobre los bienes espirituales recibidos de
Dios y sobre el designio divino, impartidos desde antes de la Creación (1,4) y
culminados en la plenitud de los tiempos con el resumen de todo «en Cristo»
(1,10) y el Espíritu como garantía de la redención (1,14), todo «para alabanza
de su gloria» (1,6.12.14). Es notable el carácter peculiarmente judío del
lenguaje y el pensamiento: «Bendito sea Dios» (1,3), la elección para ser
santos e hijos adoptivos, la herencia como antes Israel, el «misterio» del
designio divino. La oración (1,15-23) pasa de la típica plegaria por sabiduría
a una reflexión casi extática sobre la grandeza del poder de Dios, que resucitó
a Cristo y lo sentó a su diestra, «para la Iglesia, que es su cuerpo, la
plenitud del que lo llena todo en todo» (1,22-23): la Iglesia vista como lugar
y medio del que se sirve Dios para llevar a cabo su designio sobre la creación,
como prototipo de la reconciliación entre los pueblos.
El
autor separa luego los dos temas centrales y entrelazados del evangelio de
Pablo. El primero (2,1-10) es la relación simbiótica entre gracia divina y fe
humana: la imagen de la condición humana sin Dios es tan sombría como en Pablo
(«muertos en vuestros delitos», conducta determinada por el espíritu de los
tiempos, vida motivada por simples apetitos, esclavos del «príncipe del imperio
del aire»), y el Evangelio es la iniciativa divina frente a esa esclavitud,
señalada por las tres grandes palabras misericordia, amor y gracia, con
reiterado hincapié en «gracia» (2,5.7.8), que iguala la triple aparición de «en
Cristo Jesús». El remedio divino transforma a los muertos en vivificados, a los
cautivos en resucitados y sentados con Cristo, y la debilidad humana en
realización de buenas obras. El escritor ha prescindido de la frase «obras de
la Ley», dando al pensamiento mayor alcance: la salvación se alcanza por la
gracia sola a través de la fe sola, frente a todo esfuerzo humano. No era una
mala interpretación de Pablo, sino una percepción ya captada dentro de la
tradición judía del nomismo pactal del Deuteronomio, razón por la que Pablo
podía apelar a ella sin necesidad de argumentarla; el autor anticipó así el
teologúmeno de la Reforma, pero sin los falsos corolarios de que el judaísmo
sea solo «obras» o de que las buenas obras sean irrelevantes: «Somos hechura
suya, creados en Cristo Jesús para las buenas obras» (2,10).
El
segundo tema (2,11-22), ahora desenredado del primero —algo que Pablo no había
hecho del todo—, es que ese mismo evangelio es para gentiles tanto como para
judíos. Planteada la cuestión desde una perspectiva judía (la idea de que los
gentiles estaban excluidos de la gracia que llegaba a través de Israel), el
Evangelio es el mismo: «en Cristo», los que estaban «lejos» están ahora
«cerca», y Cristo es la paz entre los pueblos enemistados. La clave es que el
autor ve interrelacionadas las dos hostilidades —la de los gentiles con Dios y
la de judíos y gentiles entre sí—, ambas expresadas en «el muro que los
separaba» (2,14), formado principalmente por la Ley y sus normas de pureza y
alimentos. En el centro del evangelio de Pablo estaba la creencia de que Dios
resolvió mediante Cristo ambas exclusiones y que ninguna podía resolverse
aislada de la otra: hacer de judíos y gentiles un solo pueblo era parte de la
reconciliación con Dios. El resultado son individuos de todas las naciones que
comparten los privilegios de Israel —«conciudadanos de los santos y familiares
de Dios» (2,19)—, formando un «templo santo en el Señor» que reemplaza al
templo de Jerusalén.
El
escritor insiste luego en que el empeño de Pablo fue dar a conocer ese
Evangelio, como si temiera que en una situación «post-70», con iglesias
mayoritariamente gentiles, ese aspecto central de la misión paulina quedara
olvidado, como de hecho sucedió. Subraya que Pablo estuvo preso «por vosotros,
los gentiles» (3,1) y desarrolla el «misterio» del plan de Dios (Rom 11,25; Col
1,26-27): «que los gentiles sois coherederos, miembros del mismo cuerpo y
partícipes de la misma promesa en Cristo Jesús por medio del Evangelio» (3,6).
La meditación remata con una de las oraciones más hermosas de la Escritura
(3,16-19), donde lo que Colosenses atribuía al Cristo humano —la plenitud de la
divinidad— se presenta para los creyentes como posibilidad piadosa: el objetivo
de la Iglesia es nada menos que encarnar la presencia y el amor de Dios como lo
hizo Cristo. Se cierra con una doxología (3,20-21).
Exhortación
de carácter paulino (Ef 4–6)
Siguiendo
la práctica regular de Pablo, la carta añade una serie de exhortaciones.
Característica es la llamada a conducir la vida de modo que exprese la gracia
recibida (4,1), con humildad, mansedumbre y paciencia, manteniendo la unidad
del Espíritu (4,2-3). La declaración 4,4-6 tiene más de fórmula litúrgica (la
estructura ternaria «un solo Espíritu, un solo Señor, un solo Dios») que nada
anterior. La presentación de la Iglesia como cuerpo de Cristo es paulina, pero
aquí la Iglesia no es ya local sino universal; los dones son los ministerios
establecidos de apóstol, profeta, evangelista, pastor y maestro (4,11); entra
en la madurez buscada la capacidad de resistir la falsa enseñanza (4,14),
preocupación de la segunda generación; y la cabeza del cuerpo no es ya una
parte de él, sino Cristo, cabeza sobre el cuerpo (4,15).
Sigue
una sección de exhortaciones generales (4,17–5,20) que recuerda a 2,1-10 en su
estructura: el pasado de los efesios como gentiles, su conversión y el plan de
Dios. La imagen del cambio de ropa para denotar la vida nueva (4,22.24) se
desarrolla con vivas referencias a lo que deben «despojarse» (mentira, ira,
hurto, palabras dañosas, amargura, licencia sexual, codicia, chocarrería) y a
la nueva vida (verdad, trabajo honrado y solidario, palabra edificante, bondad
y perdón, imitación de Dios y amor). Las recomendaciones se basan en antiguas
fórmulas sapienciales griegas y judías, pero enraizadas en el perdón y el amor
de Cristo y posibilitadas por el Espíritu. En 5,6-14 se introduce el contraste
entre luz y tinieblas, con un posible fragmento de himno cristiano («Durmiente,
¡despierta!»), y se contrapone la ebriedad a la euforia del Espíritu,
manifestada en alabanzas y acción de gracias (5,18-20).
Un
aspecto llamativo es el desarrollo (5,21–6,9) del código de moral familiar
tomado de Colosenses, con la motivación de mostrar que los miembros de las
iglesias domésticas eran buenos ciudadanos y atestiguar la calidad de la
familia cristiana. El núcleo convencional es transformado por la convicción de
que toda relación debe vivirse «en el Señor». Las mujeres han de mostrarse
sumisas a sus maridos como era exigido entonces (5,22-24), pero la exhortación
se suaviza con la llamada previa a ser sumisos unos a otros (5,21) y con el
modelo de Cristo como amador y salvador, no como dueño: el marido debe amar a
su mujer con amor autosacrificial (5,25-33), reflejando el misterio de los dos
que se hacen una sola carne y la relación de Cristo y la Iglesia. En la relación
de padres e hijos (6,1-4) se habla directamente a los hijos como miembros
responsables, con cita de Éx 20,12, y se recuerda a los padres su
responsabilidad de educar «en el Señor». En la de amos y esclavos (6,5-9),
también los esclavos son miembros plenos, obedeciendo «como al Señor», y los
amos deben recordar que comparten el mismo Señor en el cielo, imparcial.
Esta
adaptación cristiana del código familiar merece una observación. Una notable
variación respecto a otros códigos similares es que se hable directamente a los
hijos y a los esclavos como miembros responsables de la comunidad, no solo como
objetos de la autoridad de otros; el cristianismo no tiene en exclusiva la
buena ética —el núcleo de enseñanza es bastante convencional—, pero lo
convencional queda transformado por la convicción de que todas las relaciones
deben vivirse «en el Señor» y con el amor generoso y sacrificial de Cristo como
modelo. La motivación de fondo era doble: demostrar que los integrantes de las
pequeñas iglesias domésticas eran buenos ciudadanos, no subversivos de los
valores sociales tradicionales, y atestiguar la calidad y el carácter de la
familia cristiana.
La
secuencia de cierre (6,10-20) es una de las más vivas descripciones de la vida
cristiana como lucha espiritual, con temas judíos bien establecidos, sobre todo
el de Yahvé como guerrero divino y el de la armadura que lleva al juzgar los
pecados y la injusticia social. La adaptación de estas imágenes ejemplifica
cómo funciona una tradición viva: no reciclando material antiguo, sino
estimulando nuevas formulaciones que lo absorben y recrean para auditorios
cambiantes. Las fuerzas enemigas son nada menos que los poderes cósmicos, las
influencias intangibles ejercidas sobre la humanidad, conceptualizadas como «el
diablo» (6,11) o como multiformes en su impacto. Solo pueden resistirse con «la
fuerza del poder de Dios», único poder adecuado para derrotarlas: el cinturón
de la verdad, la coraza de la justicia, el calzado de la disposición para el
Evangelio de la paz, el escudo de la fe, el yelmo de la salvación y la espada
del Espíritu, que es la Palabra de Dios (6,14-17). La exhortación final
abandona las imágenes bélicas pero subraya la necesidad de comunicación con el
Jefe Supremo mediante la oración «en el Espíritu» y de un esfuerzo conjunto en
la lucha que se sigue librando, volviendo al tema de la misión de Pablo, «para
dar a conocer con valentía el misterio del Evangelio» (6,19). La conclusión
reproduce casi al pie de la letra Col 4,7-8, y la bendición final desarrolla la
habitual plegaria paulina de gracia y paz.
Una
epístola eclesial
Lo
que más llama la atención es la concepción de la Iglesia, a la que la carta
vuelve una y otra vez: no una iglesia concreta, sino la «Iglesia» casi como
figura ideal, suma de todas ellas. Es definida como familia y herencia de Dios
por medio de Jesucristo; representación del señorío de Cristo, «su cuerpo, la
plenitud del que lo llena todo en todo» (1,22-23); nueva humanidad formada de
los dos pueblos reconciliados; «conciudadanos de los santos»; «un templo santo
en el Señor»; coherederos y partícipes de la misma promesa; medio por el que la
sabiduría de Dios se da a conocer a los principados; «gloria de Dios en Cristo
Jesús»; un solo cuerpo con ministros para su edificación; hijos de la luz;
cuerpo que tiene a Cristo como cabeza; y, finalmente, prometida de Cristo,
amada con amor sacrificial. Por su continuo destacar el papel de Pablo, su
validación «en Cristo» de la conducta, su confianza en el Espíritu y su mirada
al objetivo final de la gloria de Dios, Efesios es un adecuado tributo a Pablo
y merece reconocerse como «la quintaesencia del paulinismo».
37.2.
Santiago: la Carta de Santiago
La
carta atribuida a Santiago es uno de los escritos más interesantes de los
tiempos iniciales del cristianismo, porque, más que ningún otro salvo las
cartas indiscutidas de Pablo, nos pone en contacto con la primera generación.
Mientras las cartas paulinas informan sobre las iglesias de la misión entre
gentiles, la Carta de Santiago proporciona una percepción sin igual del
cristianismo embrionario de Palestina y probablemente de la misma Jerusalén: es
casi una ventana a la iglesia jerosolimitana y su influencia en los años
cincuenta y sesenta. La comparación con Pablo ha ido en detrimento de Santiago,
porque Pablo es la única voz indiscutida de la primera generación y porque,
para generaciones de comentaristas protestantes, ha definido qué son el
cristianismo y el Evangelio; además, durante casi dos siglos de estudios
influidos por Baur, la primera respuesta a «¿quiénes eran los adversarios de
Pablo?» era «Santiago». Importa, pues, retirar la carta de la sombra de Pablo e
interpretarla en sí misma.
¿Quién
es Santiago?
La
carta empieza: «Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo» (1,1), lo que
implica que era muy conocido y no necesitaba más presentación. Descartado por
su temprana ejecución el hermano de Juan, solo queda como posibilidad razonable
Santiago el hermano de Jesús. Los argumentos habituales contra su autoría no
son tan convincentes como se afirma: que el griego es demasiado bueno para un
galileo se ha desacreditado desde que cayó la dicotomía entre judaísmo
helenístico y palestino, pues Santiago dirigió la iglesia de Jerusalén más de
treinta años y debía comunicarse en griego con la diáspora; que no se presente
como hermano de Jesús va en realidad contra la tesis que lo esgrime, pues otro
autor lo habría subrayado, y limitarse a «siervo de Dios» indica seguridad en
la propia autoridad; la vacilación en aceptarla como canónica se explica porque
inicialmente fue usada en comunidades judeocristianas tradicionalistas vistas
luego como «heréticas»; la crítica a los ricos refleja un malestar social ya
presente en la Judea anterior a la rebelión; y la atribución del carácter
sapiencial al judaísmo de la diáspora opera con generalizaciones excesivas,
pues la Sabiduría (Ben Sirá) estaba arraigada en el judaísmo del Segundo
Templo. Tampoco la actitud ante la Ley obliga a negar la autoría: la adhesión
de Santiago a la pureza ritual no tenía por qué ser mayor que la de Jesús, y
abordar la carta con una idea preconcebida de lo que «debía» creer revela mala
investigación. La implicación natural del saludo se mantiene: la enseñanza es
del Santiago más famoso del cristianismo primitivo.
El
resto del saludo —«a las doce tribus que están en la diáspora» (1,1)— no es un
recurso sentimental, sino expresión de la conciencia de israelitas palestinos y
de la diáspora de formar un solo gran pueblo. Su importancia es triple:
armoniza con la idea de Jesús de un Israel restaurado, en directa continuidad
con su misión; concuerda con la imagen de Santiago en el Concilio de Jerusalén
y en Antioquía; y refuerza la centralidad de Jerusalén, pues solo desde una
perspectiva en que Jerusalén fuese el centro de Israel podía componerse una
carta así. Ello no implica que el propio Santiago la compusiera: es probable
que su enseñanza, recordada, fuera transcrita parcialmente y, tras su muerte o
tras la destrucción de Jerusalén, puesta en su forma actual para una
circulación más amplia, reflejo de la influencia que ejerció en vida. Esta es
la hipótesis que el autor favorece: abordar el escrito como repositorio del
legado de Santiago.
¿Se
trata de una carta?
La
respuesta es que no: tiene un comienzo de carta, pero no las consideraciones
finales habituales; la enseñanza cesa sin más. Falta casi todo lo que define a
una carta, lo que recomienda cautela ante un análisis literario que la dé por
tal. El texto se lee mejor como un compendio de la enseñanza de Santiago,
apuntes de sus temas más repetidos, sin gran esfuerzo de adaptación al formato
epistolar. Su paralelo más cercano es el material Q de la tradición de Jesús, y
siguió un proceso similar de acumulación: así como la tradición sinóptica es
tradición de Jesús, la Carta de Santiago puede clasificarse como tradición de
Santiago. Bauckham ofrece un análisis verosímil de su estructura: el capítulo 1
introduce prácticamente cada uno de los temas tratados con más detalle en los
caps. 2–5, con vínculos verbales deliberados entre ambos. Pertenece al género
sapiencial, con paralelos en Proverbios, el Eclesiástico, los dichos de Jesús,
el Pseudo-Focílides o los Dichos de los Padres. La carta permite deducir que
Santiago fue un reputado maestro cuya sabiduría era muy valorada, y que alguien
reunió lo más selecto de su repertorio para difundirlo.
La
tradición oral de Santiago
La
carta es aún más interesante si es transcripción de enseñanza impartida
oralmente y conocida solo así en vida de Santiago e incluso después, pues nos
proporcionaría una percepción sin paralelo del funcionamiento de la tradición
oral de las primeras comunidades y arrojaría luz sobre cómo funcionaba la
tradición de Jesús en modalidad oral. La enseñanza sapiencial es la más idónea
para la transmisión oral, pues el aforismo encapsula percepciones agudas
preparadas para la retención en la memoria. Que la carta está hondamente
enraizada en la tradición sapiencial se demuestra por sus ecos y citas de
Proverbios y Eclesiástico; pero más que citas deliberadas, se trata de temas
comunes, de sabiduría compartida que Santiago absorbió y reelaboró con su
propio estilo, igual que Ben Sirá hizo con Proverbios.
Lo
decisivo es que Santiago procedió igual con la otra enseñanza que más le había
influido: la sabiduría de Jesús de Nazaret. No la emplea como texto fijo que
citar y repetir, sino que la usa absorbida y convertida en parte vital de su
propia enseñanza y de la parénesis de una comunidad. No es la enseñanza de
Jesús conservada para repetidas reflexiones, sino la enseñanza de Santiago,
configurada por el recuerdo de lo que enseñó Jesús y de cómo lo enseñó. Así es
como la tradición de Jesús era absorbida y seguía moldeando la vida de los
primeros cristianos. La carta debe verse, pues, como ilustrativa de la
enseñanza de Santiago tanto en la manera como en el concepto, y como modelo de
la continua reexposición creativa de la tradición de Jesús y de la parénesis
cristiana.
Los
temas duraderos de la enseñanza de Santiago
Respetando
mejor el espíritu de la tradición oral, conviene fijarse en los temas
destacados sin atender al orden del contenido. Cinco saltan a la vista. El
primero es la madurez/perfección: el término teleios aparece en Santiago
más que en ningún otro escrito del NT, referido al don de Dios, a la Ley, al
efecto de la paciencia, a la fe perfeccionada por las obras y al hombre que no
yerra al hablar. Confirma que la enseñanza de Santiago no era evangelizadora,
sino dirigida a llevar a los creyentes a la madurez que Dios quería para ellos.
Aquí se incluye la larga exhortación sobre las responsabilidades del maestro y
el peligro de la lengua sin freno (3,1-12), ilustrado con la brida, el timón,
el pequeño fuego que incendia un bosque y la bestia indómita; una misma lengua
puede bendecir y maldecir. Se siente la voz de Santiago, también maestro,
consciente del potencial y los peligros de su función.
El
segundo tema es la sabiduría (sophia), presentada como algo que buscar.
Típica es la combinación de la exhortación de Prov 2,3-6 con la recomendación
de Jesús de pedir a Dios con confianza (Mt 7,7). En 3,13-18 Santiago describe
la sabiduría de lo alto con adjetivos del discurso moral —«pura, pacífica,
suave, complaciente, llena de compasión y buenos frutos, imparcial, sincera»—,
en evidentes paralelos con el amor (1 Cor 13) y el fruto del Espíritu (Gál
5,22-23): hablar de sabiduría de Dios es otro modo de referirse a la obra del
Espíritu y al resultado del amor. El capítulo 4 y 5,7-11 contrastan la vida
según normas cotidianas (la sabiduría de abajo, surgida de pasiones y codicias,
amistad con el mundo y enemistad con Dios) y la orientada por la sabiduría de
lo alto y la expectativa de la venida del Señor, que potencia la paciencia. Se
critica la jactancia, no por obras de la Ley o pertenencia étnica como en
Pablo, sino por la falsa confianza en que las cosas seguirán igual; el «Si el
Señor quiere» (4,15) expresa la actitud cristiana ante el futuro.
El
tercer tema es la oración, parte integral de la búsqueda de sabiduría: «Si
alguno está falto de sabiduría, que se la pida a Dios» (1,5), basándose en la
enseñanza de Jesús sobre la oración eficaz y reforzada con la advertencia
contra la falta de resolución. La exhortación final (5,13-18) trata del interés
mutuo, en especial por los que sufren: que el enfermo llame a los ancianos para
que oren sobre él y lo unjan con óleo en el nombre del Señor, con confesión
mutua de los pecados y el ejemplo de Elías. La inclusio de 1,5-8 y
5,13-18 evidencia la importancia de la oración para Santiago y testimonia el
carácter y la espiritualidad de las iglesias de Judea.
El
cuarto tema son las advertencias a los ricos: el carácter pasajero de la
riqueza (1,9-11), la crítica de la obsequiosidad con los ricos en la asamblea
(2,1-4) —Dios ha «escogido a los pobres para hacerlos ricos en la fe»— y, sobre
todo, la enérgica denuncia de 5,1-6, el paralelo más estrecho con las
acusaciones de profetas como Amós e Isaías contra la explotación de los pobres:
«vuestra riqueza está podrida... los jornales que no habéis pagado están
clamando... habéis condenado y matado al justo». El que la carta se atribuya a
Santiago, sin indicar que la catástrofe del 70 fue castigo de esos pecados, y
el remate con una reminiscencia de la ejecución de Jesús (5,6) sugieren que la
denuncia fue formulada por primera vez antes de los acontecimientos de Judea y
por el mismo Santiago, en aguda percepción de las condiciones de las asambleas
de Jerusalén.
El
quinto tema, el más interesante, es la Ley y las obras. Santiago insiste en «la
Ley perfecta de la libertad» (1,25; 2,12) y en no limitarse a escuchar la
palabra, sino ponerla por obra (1,22-25), rasgo característico del judaísmo, de
Jesús y también de Pablo (Rom 2,13); su preocupación por huérfanos y viudas
(1,27) y su resumen de la Ley en Lv 19,18 («Amarás a tu prójimo») van en la
línea de Jesús y de Pablo (Rom 13,8-10). La cuestión que ha cautivado a los
estudiosos es la afirmación de que «la fe sin obras está muerta» (2,14-26),
clásico ejemplo de «fijación paulina». Hay algún grado de reacción contra la
enseñanza paulina sobre la justificación por la fe: el estrecho paralelo entre
Rom 3,27–4,22 y Sant 2,18-24 —planteamiento en términos de fe y obras, «Dios es
uno solo», Abrahán como ejemplo, cita de Gn 15,6, conclusión— hace difícil
dudar de que uno refleja conocimiento del otro, y, siendo Santiago el más
polémico, su versión responde a la de Pablo. No hace falta suponer que
conociera Romanos: bastaba que llegara a Jerusalén noticia de la enseñanza
paulina, entre los rumores que, según Hch 21,21, creaban prejuicios contra
Pablo.
Lo
interesante es cómo responde Santiago: como Efesios, separa las «obras» de las
«obras de la Ley», expresión que nunca usa. Lo que recalca es la importancia de
que la fe se exprese en obediencia a Dios y en activo interés por el bienestar
ajeno, sin preocupación manifiesta por la pureza ritual. Es como si, ante
posturas como la atribuida a Pablo, hubiera optado no por refutarle, sino por
subrayar lo que este ya destacaba: que la fe se manifieste en acciones
motivadas por el amor (Gál 5,6). Sant 2,14-26 deja ver a Santiago situado entre
Pablo y sus críticos judeocristianos, ejerciendo de mediador con el mismo
pasaje de Gn 15,6 para exponer ideas que Pablo habría querido enunciar a su
modo: un Santiago que habla como en Hch 15, buscando terreno común. Confirma
incidentalmente que la cuestión de los gentiles era la mayor causa de
discordia, y, al convertir una posible crítica acerada en un aserto con el que
Pablo no podía sino estar de acuerdo, esperaba minar las interpretaciones
erróneas del evangelio paulino.
¿Es
cristiana la Carta de Santiago?
La
pregunta surge porque, desde la perspectiva del cristianismo desarrollado, la
carta es característicamente judía y vagamente cristiana: solo dos veces
menciona explícitamente a Jesús (1,1; 2,1), «la venida del Señor» (5,7-9) se
refiere casi seguro a él, y la curación «en el nombre del Señor» recuerda Hch
3–4, pero no hay referencia explícita a la vida, muerte y resurrección de
Jesús, y los modelos de paciencia son los profetas y Job. Ello explica la
demora de su aceptación canónica. Con todo, su cristología está más allá del
adopcionismo ebionita y presenta a Jesús como Señor, en concordancia con Pablo.
La pregunta, sin embargo, está mal planteada; mejor sería preguntar qué nos
dice el escrito sobre el cristianismo embrionario. La respuesta revela una comunidad
en continuidad directa con las tradiciones sapienciales del Segundo Templo y
con Jesús de Nazaret; para la que la glorificación de Jesús no era antitética
con la tradición de su enseñanza; que usaba material como el del sermón del
monte en su parénesis; y que muestra cómo comunidades gentiles y judías
pudieron respetarse mutuamente en la tradición de Jesús. Precisamente este
carácter aseguró su reconocimiento como Escritura en los siglos III y IV. La
Carta de Santiago es un inestimable testimonio de un período de gran sinonimia
entre cristianos y creyentes judíos en Jesús el Mesías, y un recordatorio de
cuán judía era la tradición de Jesús. Este es el legado de Santiago.
37.3.
Pedro: la primera Carta de Pedro
Con
Pedro la situación es diferente. Tiene tan poca voz en el material examinado
que no sabemos cómo podía ser una teología o carta petrina; 1 Pedro no contiene
casi nada con que compararla, a diferencia de Efesios y Santiago. Las
referencias a Pedro dan, en el mejor de los casos, una imagen poco definida: un
hombre con considerables cualidades de líder, papel principal en la predicación
a los judíos, pero puntos de vista poco claros. El desencanto respecto a los
discursos atribuidos a Pedro en Hechos es considerable, pues todo intento de
relacionarlos con 1 Pedro ha tenido éxito muy limitado.
¿Quién
escribió 1 Pedro?
Como
en Santiago, hay una autopresentación: «Pedro, apóstol de Jesucristo, a los
elegidos extranjeros de la diáspora en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y
Bitinia» (1,1), sin discusión sobre quién es este Pedro. El consenso de los
investigadores, ejemplificado por el comentario de Achtemeier, es que no pudo
escribirla Pedro y que se debe a un miembro de la segunda generación, con
argumentos de peso que, sin embargo, admiten matización:
•
La calidad del griego —«la mejor
prosa del NT»— hace dudar que la escribiera un pescador galileo. Pero la
objeción vale tanto como en Santiago, y si allí se juzga menos persuasiva,
también aquí; además, Silvano pudo actuar como secretario o amanuense (5,12:
«por medio de Silvano os he escrito»), y la dependencia de la versión griega
del AT puede explicarse por el uso de los LXX o por un secretario.
•
La falta de recuerdos personales
de la vida de Jesús argumenta desde la «falacia de un solo documento»; tal
ausencia es común a las epístolas del NT y no singulariza a 1 Pedro.
•
El sabor paulino de la carta
sorprende menos si se recuerda lo poco que sabemos de la teología petrina:
Pedro y Pablo coincidían en mucho, y cabe preguntarse si no había tanta
influencia de Pedro en Pablo como a la inversa, y si parte de la enseñanza de Pablo
no es tan «petrina» como 1 Pedro «paulina». Esto sería un nuevo indicio de que
Pedro era más irénico y conciliador, lo que cuadra con su título posterior de
primer papa.
•
La situación de Asia Menor
reflejaría un tiempo posterior a Pedro, argumento difícil de apoyar o rebatir;
Achtemeier piensa que la carta refleja más hostilidad de particulares que
persecución oficial, lo que no sirve para determinar si Pedro vivía aún. La
falta de tensión entre cristianos y judíos podría deberse a que en esas
regiones los gentiles no eran significativos, de modo que «la cuestión de los
gentiles» no se planteaba.
En
conjunto, la autoría es difícil de dilucidar, y la posibilidad de que el propio
Pedro sea el autor está más en el aire de lo que se ha pensado. Resulta
oportuna la pregunta «¿por qué Pedro?».
¿Por
qué Pedro?
La
carta tiene tres aspectos notables, todos en función de la tradición de que
proceden. El primero es la fuerte influencia del lenguaje y pensamiento de las
Escrituras judías: virtualmente todas sus imágenes proceden del AT, indicio
sobre todo de la influencia de la Escritura en el lenguaje de instrucción de
las primeras iglesias. El segundo, como en Santiago, son los claros indicios de
influencia de la tradición de Jesús, sobre todo de su enseñanza sobre la
respuesta al maltrato injusto: no es cuestión de dependencia literaria, sino de
cómo la enseñanza de Jesús era recordada, absorbida y usada en la parénesis. El
tercero es el uso de tradición cristiana primitiva de carácter litúrgico,
catequético y parenético (formas hímnicas o confesionales, temas catequéticos,
tradiciones sobre persecución), que circulaba en diferentes formas por un
amplio abanico de iglesias, lo que permitía a un documento como 1 Pedro evocar
asociaciones familiares en grupos diversos y obtener escucha respetuosa en
iglesias tan dispersas como las de su lista de destinatarios.
La
cuestión es cómo pudo atribuirse exitosamente a Pedro, sin que su autoría fuera
puesta en duda. No basta suponer que se descubrió una enseñanza y se le
atribuyó por su talla, ni que un discípulo desconocido la compuso y la puso a
su nombre: esa lógica se contradice, pues supone a la vez que Pedro gozaba de
alta estima y que no se recordaba nada de su enseñanza. Así como el autor
protestó en Jesús recordado contra la idea de un Jesús de escaso
impacto, protesta aquí contra la de un Pedro de no mayor repercusión. Es más
razonable pensar que Pedro produjo considerable impacto, sobre todo en la
misión entre los judíos que dirigía, y que buena parte de su enseñanza era
recordada en la tradición oral de las iglesias donde trabajó. El envío desde
Roma (5,13) sugiere que en los dos años (o los que fueren) que pasó allí antes
de su ejecución produjo el impacto del que 1 Pedro es manifestación. La tesis
de la seudonimia, en su forma más verosímil, sostiene que una enseñanza o
documento firmemente integrado en la corriente autoritativa iniciada por la
figura nombrada puede atribuírsele sin falsedad. La explicación más obvia es
que 1 Pedro representa la enseñanza de Pedro, reconocida y aceptada como tal: o
bien la compuso él «por medio de Silvano», o bien un compañero cercano
(¿Silvano?, ¿Marcos?) reunió sus enseñanzas en una carta que es un adecuado
tributo a lo que Pedro había enseñado y predicado.
El
legado de Pedro
El
legado petrino está expresado en las palabras de Jesús inscritas en torno a la
cúpula de San Pedro: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia»
(Mt 16,18), un legado afirmado con vigor creciente a lo largo de los siglos
pero que, visto desde el siglo I, tiene su plasmación más probable en la
primera carta atribuida a él. La carta presenta varias secuencias y temas
sorprendentes.
Probablemente
fue escrita sobre todo para creyentes judíos. Va dirigida a miembros de un
Israel disperso que viven en la diáspora como «extranjeros» y «exiliados»
(1,17; 2,11), descritos en términos característicamente judíos: «elegidos»,
beneficiarios del cumplimiento de las profecías, herederos de la
responsabilidad de Israel («Seréis santos, porque yo soy santo»), «linaje
elegido, sacerdocio real, nación santa» (Éx 19,6). Son perspectivas también
paulinas, como la imagen de «piedras vivas» y «sacerdocio santo». Pero la
diferencia se hace manifiesta al hablar de «gentiles»: la carta nunca los ve
como creyentes, sino como la población hostil en medio de la cual viven los
destinatarios (2,12), cuyo pasado era hacer «lo que los gentiles deseaban
hacer» (4,3). A diferencia del uso paulino de Os 2,25 para señalar la llamada a
los gentiles (Rom 9,24-25), en 1 Pe 2,9-10 el versículo declara el plan
salvífico para el pueblo elegido. La impresión es la de alguien que había
tenido contacto principalmente con creyentes judíos de la diáspora en
territorio gentil hostil: el legado de Pedro, que llevó su misión a los judíos
con la máxima seriedad, compartió con Pablo muchos temas dándoles su enfoque
propio, y nunca abandonó la esperanza de que su pueblo abrazara el Evangelio,
manteniendo el cristianismo dentro de su marco judío.
Un
segundo tema, expuesto sistemáticamente, es la centralidad de Cristo en el
cumplimiento de las profecías de Israel y en la salvación. Como Pablo, 1 Pedro
bendice al «Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo» (1,3); Cristo fue
predestinado antes de la creación y manifestado en los últimos tiempos
(1,20-21); los profetas, inspirados por su Espíritu, predijeron sus
sufrimientos y gloria (1,10-11); se le presenta como cordero sin defecto cuya
preciosa sangre rescata (1,18-19) y como la piedra preciosa puesta en Sion y
causa de tropiezo (2,6.8); aplica Is 53 a su pasión vicaria con la mayor
claridad del NT (2,22-24); resume su sufrimiento «el justo por los injustos»
(3,18); contiene la primera declaración del «espanto del infierno» —Cristo «fue
a predicar a los espíritus encarcelados» (3,18-20; 4,6)—; presenta el nuevo
nacimiento «mediante la resurrección de Jesucristo» (1,3), la llamada a la
obediencia, la expresión «en Cristo», el compartir los sufrimientos de Cristo y
la expectativa de su retorno como juicio final, con una viva esperanza del «fin
de todas las cosas» inminente (4,7). La cristología está muy desarrollada, ya
pulida por Pablo pero con elementos propios: Jesús no es solo maestro, sino que
su importancia alcanza a toda la historia, y su sufrimiento es fuerza actual
que sostiene a quienes sufren.
La
ventaja de exponer así la cristología de 1 Pedro es percibir lo desarrollada
que estaba, ya pulida por Pablo pero con sus elementos propios. Es notable que
no se recuerde a Jesús simplemente como maestro: su importancia alcanza a la
historia entera, desde la creación hasta el fin de todas las cosas. Su
sufrimiento y muerte no son solo acontecimientos del pasado capaces de inspirar
a quienes sufren, sino que, como en Pablo, la realidad de Cristo sufriente y
resucitado es una fuerza actual que los sostiene y les da esperanza. Aquí la
frustración de no poder oír la voz de Pedro empieza a resolverse, al sentir a
alguien que con un poderoso mensaje centrado en Cristo debió de producir un
impacto duradero en los muchos judíos a los que llevó la Buena Noticia.
El
tercer tema es por qué y cómo deben los cristianos esperar sufrimiento, el más
predominante de la carta, tanto el de Cristo como aquel al que los creyentes
están destinados: el gozo de ser probado en la fe (1,6-7), la atención al
sufrimiento injusto de los esclavos cristianos (2,18-20) —que ocupa el primer
lugar en la adaptación de los preceptos de moral familiar, con el recuerdo del
sufrimiento injusto de Jesús como aliento—, la respuesta a maldiciones y
maltratos según la enseñanza de Jesús (3,9), las situaciones en que la fe era
cuestionada y se sufría calumnia por ser «cristiano», y la extensa exhortación
de 4,12-19: los cristianos deben esperar una prueba de fuego, pueden alegrarse
de compartir los sufrimientos de Cristo, y ser injuriado por su nombre es
bendición y motivo de glorificar a Dios. Esto revela comunidades con muchos
esclavos —presumiblemente judíos de la diáspora occidental que hallaban nueva
esperanza en el Evangelio— y una posición humilde que las hacía vulnerables a
recelos y provocaciones; la nota distintiva de 1 Pedro es el consuelo hallado
en el modo como murió Jesús, no solo en el carácter vicario de su sufrimiento.
El
cuarto tema es vivir en un mundo hostil: las comunidades de seguidores judíos
del Mesías Jesús han de vivir dentro de una sociedad cuyas autoridades y
valores les son antagónicos. Viven en el exilio (1,1) como extranjeros, lejos
de su verdadera herencia y ciudadanía (1,4); como Pablo en Rom 12–13, 1 Pedro
aconseja honrar a las autoridades, incluido el emperador, y ser buenos vecinos
(2,11-17); insta a guardar los mandamientos y mostrar respeto absoluto a los no
cristianos —compromiso ético que el informe de Plinio a Trajano refleja, al
jurar los cristianos no cometer delitos—; recuerda la vulnerabilidad de
esclavos y conversos a la hostilidad; señala que las mujeres podían tener
maridos no creyentes (3,1-6), mientras que los maridos creyentes tenían esposas
también cristianas (3,7), indicio de que el cristianismo atraía más mujeres que
hombres en un contexto patriarcal donde la nueva cristiana debía extremar la
circunspección para no parecer que desafiaba a su esposo; y recuerda con
frecuencia la esperanza cristiana y el juicio divino, del que ni siquiera los
creyentes estarían exentos, para no ceder a los señuelos de la sociedad ni al
desaliento. En suma, 1 Pedro ofrece una teología pensada a fondo para un
movimiento que se veía demasiado distinto de la sociedad de su tiempo en
creencias, valores y prácticas, postulados que el cristianismo posterior, ya
religión de Estado instalada en el poder, encontró más difícil de cumplir.
Un
tema final es la Iglesia desde la perspectiva de 1 Pedro, que ofrece un par de
vislumbres de la vida colectiva de las comunidades. La mención de «ancianos»
(5,1.5) recuerda el modelo sinagogal de Jerusalén y de Sant 5,14, y podría
indicar estructuras concebidas como sinagogas. La imagen del pastor que cuida
su rebaño (5,2-4), quizá particularmente asociada a Pedro (Jn 21,15-17), podría
sugerir su influencia en cómo se entendían a sí mismas las comunidades por él
atendidas y a sus propios ministros. La concepción tan paulina de las
comunidades como carismáticas en su funcionamiento (4,10-11), con cada miembro
agraciado con un don —de palabra o de servicio—, evoca iglesias que seguían
viviendo por el Espíritu y reconociendo dirigentes surgidos a través de su
ministerio. El bautismo desempeña un papel importante en el comienzo del
proceso de salvación, definido de modo interesante como «no eliminación de la
suciedad del cuerpo, sino petición a Dios de una buena conciencia» (3,21). Y la
Iglesia es concebida como universal, «vuestros hermanos esparcidos por todo el
mundo» (5,9), sin clara distinción entre iglesia local y universal, con las
únicas referencias territoriales al principio (las cinco provincias) y al final
(todo el mundo). En todo ello, 1 Pedro representa seguramente una voz de la fe
judía en Cristo de la diáspora occidental, mayoritariamente judía en su
composición, que de otro modo habría quedado casi totalmente perdida: la de los
judíos llegados a la fe principalmente por la misión de Pedro, apóstol de los
circuncisos. Si es así, la carta presta un servicio de valor incalculable, pues
sin ella quedaría casi desconocido el establecimiento, en esas regiones y
círculos, de lo que acabaría siendo el cristianismo.
37.4.
El fin del comienzo
La
historia hasta este punto
En
cuarenta años, un movimiento surgido tras la muerte de Jesús había pasado de
una infancia complicada a una vigorosa adolescencia. Desde sus comienzos casi
enteramente en Jerusalén y Judea se había extendido considerablemente, primero
y quizá primariamente a través de la diáspora judía, con notable expansión en
Siria, Asia Menor, Macedonia, Grecia e Italia. Comenzó como secta judía, pero
su atractivo para no judíos empezaba a convertirlo en algo diferente. Se
trataba de pequeños grupos —iglesias domésticas, a veces de no más de una
docena de personas, con frecuencia ocultas en barrios bajos—; no hay que
exagerar su tamaño. Solo Jerusalén y Roma parecen haber conocido un pronto
florecimiento. Las estimaciones varían desde unos tres mil cristianos en total
hasta los cuarenta mil que calcula Bo Reicke hacia el año 67; pero, fueran
cuales fuesen los números, la semilla se había esparcido ampliamente. No hay
modo de determinar cuánto afligieron al movimiento las calamidades de los
sesenta: devastadoras en Jerusalén y Roma, debieron de notarse mucho menos en
otros lugares, como Asia Menor y la región del Egeo, donde el crecimiento de
las iglesias no parece haber disminuido. En ese contexto, las tres cartas
examinadas no eran las últimas voluntades de un movimiento herido de muerte,
sino las constituciones para los herederos de aquellos dirigentes, las bases de
la siguiente fase de construcción del cristianismo.
¿Qué
grado de continuidad con la misión y el mensaje de Jesús?
La
cuestión de la continuidad surge por el escaso interés que la misión prepascual
de Jesús parece reflejar en los primeros escritos y porque las afirmaciones
sobre Jesús dan la impresión de haber convertido su mensaje sobre el reino de
Dios en otro centrado en el Señor Jesucristo. La convicción de que Dios había
resucitado y exaltado a Jesús transformó a los discípulos y sus creencias,
originando aserciones asombrosas que le atribuían funciones y culto antes
reservados a Dios. Sin embargo, la afirmación de que era Mesías fue parte
integral de la tradición de Jesús desde el principio; a la luz de Mc 14,62-64
es discutible que esas creencias estuvieran en continuidad con las propias
expectativas de Jesús; los pasajes cristológicos sinópticos atestiguan que las
reflexiones cristianas fueron alimentadas por la tradición de Jesús; y la
interpretación de su muerte como ofrenda definitiva por el pecado tiene raíz en
la previsión que el propio Jesús tenía de ella. Sorprende también la vitalidad
de la experiencia espiritual atribuida al Espíritu, estrechamente vinculada
desde el principio a las convicciones sobre Jesús, vínculo que impidió que el
entusiasmo derivara en otra clase de movimiento. El cuidado con que Hechos
presenta a los predicadores hablando del reino de Dios y, sobre todo, los
indicios de que la tradición de la enseñanza de Jesús fue una fuerza continua
en la parénesis de muchas comunidades muestran que no debe exagerarse la
desconexión entre la misión de Jesús y el Evangelio pospascual. Lo que más intriga
es la continuidad/discontinuidad respecto a la expectativa del retorno
inminente de Jesús, cuyo impacto tras los desastres de los sesenta se tratará
en el tomo III.
Del
judaísmo al cristianismo
El
movimiento surgido a comienzos de los años treinta es el cristianismo
propiamente dicho, en continuidad directa con la secta de los nazarenos y el
«cristianismo» de Ignacio. Pero ¿era ese cristianismo distinto del «judaísmo»
en el período 30-70? La imagen se ha aclarado: las primeras descripciones como
«secta de los nazarenos» sitúan al movimiento dentro del espectro de las sectas
del Segundo Templo; es difícil negar el carácter completamente judío de la
comunidad de Jerusalén, vinculada al templo y a la Ley; la ruptura más palmaria
(Gál 1,13-14, único uso de «judaísmo» en el NT) recuerda más bien la diversidad
del judaísmo del Segundo Templo, del que Pablo abandonó solo una forma
particular. Las nuevas afirmaciones sobre Cristo no parecen haber originado
especial tensión —su fe monoteísta se afirma repetidamente, y «Mesías» pronto
perdió sentido titular—; debían de parecer a la mayoría de los judíos similares
a las especulaciones apocalípticas y místicas sobre héroes exaltados. La
verdadera manzana de la discordia fue la Ley mosaica: la medida en que los
gentiles debían observar la Torá. No hubo misioneros antinomianos —Pablo
defendía los mandamientos y aborrecía la porneia y la idolatría—, pero
reaccionó contra la Ley como «muro divisorio» (Ef 2,14); abandonar las obras
distintivas como la circuncisión era algo que pocos judíos se atrevían a
contemplar, por lo que las iglesias paulinas podían parecer demasiado «poco
judías». Legalmente, las iglesias domésticas seguían al abrigo del estatuto de
las sinagogas. La conclusión es que en la diáspora ya había empezado la
separación: firme la continuidad teológica y ética, pero, sociológicamente,
cada vez más iglesias gentiles desarrollaban un estilo divergente. El desastre
del 70 debió de poner en cuestión toda esperanza expresada desde la perspectiva
de la restauración de Israel, cuestión que se retoma en el tomo III.
El
carácter del cristianismo al final de la primera generación
El
cristianismo que surgiría de los desastres de los sesenta tenía mucho de cajón
de sastre. Ya con los helenistas había empezado a abrirse un espectro de
posiciones, y la misión paulina a los gentiles fue el catalizador para una
apertura aún mayor; probablemente fracasó el intento de Pablo de subsanar la
ruptura entre las iglesias de la misión gentil y Jerusalén. Pero el espectro no
debe reducirse a un antagonismo entre Pedro y Pablo (Baur) o entre Pablo y
Santiago (los herederos de Lutero): había mayor complejidad, con los creyentes
judíos muy conservadores en un extremo, una o más facciones predominantemente
gentiles opuestas a Pablo en el otro, y Santiago, Pedro y Pablo dispersos entre
ambas posiciones. Ese cristianismo nunca fue la Iglesia pura idealizada después
como «era apostólica». Es probable que los conservadores del extremo engrosaran
las sectas judeocristianas «heréticas», y tienta vincular el otro extremo al
gnosticismo del siglo II. Queda también la cuestión del efecto de la transición
desde el cristianismo carismático de la primera generación a su forma
posterior, y la tensión entre carisma y función. Estas cuestiones se tratarán
en el tomo III. Entretanto, cabe reiterar que los tres dirigentes principales
representan juntos lo constante en la diversidad de aquella generación inicial:
un cristianismo de índole íntegramente judía y veterotestamentaria, con un
evangelio de salvación tanto para el judío como para el gentil, que unía a
ambos mediante la fe compartida en el Mesías Jesús, inspirada por su misión,
enseñanza, muerte y resurrección; una fe consagrada al único Dios a través de
Cristo, y motivada y validada por el Espíritu.
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